miércoles, febrero 10, 2016
Sobre Manigua
lunes, diciembre 14, 2015
Entrevista a Carlos Ríos
El autor de Manigua y Cuaderno de Pripyat, entrevistado por Mariano Vespa para el sitio
Ni a palos.
martes, abril 15, 2014
Entropía, diez años editoriales. Chejfec, Ríos, Ronsino.
Mañana comienza el ciclo "Entropía, diez años editoriales" en la librería Gandhi de Palermo.
Sergio Chejfec, Carlos Ríos y Hernán Ronsino compartirán con el público sus procesos creativos.
martes, diciembre 10, 2013
Manigua
Daniel Roldán lee Manigua, de Carlos Ríos y escribe sobre ella en la revista Litura.
Manigua es una novela mítica. Crea un mundo que tensa el verosímil a tal punto que asume el riesgo de romperlo capítulo a capítulo.
Muthahi, el protagonista, es el hijo de líder del clan. Su padre es la autoridad, es quien establece y hace cumplir la ley. Él le explica a Muthahi que la prohibición es lo que da a la comunidad un sentimiento de unidad. Le explica también que el clan debe ser liderado por alguien que se llame Apolon. Muthahi, por no llamarse así, sabe que no será él quien deba asumir el compromiso de liderar a la tribu ni de tener que cumplir con las pruebas necesarias para lograrlo. Eso le brinda tranquilidad. Pero el padre desarma el refugio del nombre con un rito de bautismo: lo nombra Apolon. Muthahi, ahora Apolon, no puede renunciar a la ley paterna. Debe cumplir con un mandato cuyo objetivo es una excusa narrativa: ir a buscar una vaca para sacrificarla por el cercano nacimiento de su hermano. Es, más que otra cosa, el viaje iniciático de un héroe.
La ley paterna es lo que impulsa al héroe a andar su propio camino, cuyo recorrido implica elaborar el odio al padre absolutista (quien le ha negado hasta el nombre de su propia madre), descubrirse a sí mismo y hacer algo más con el destino impuesto.
En algunas culturas, el bautismo con el cambio de nombre implica un nuevo destino. No es una transformación; es un volver a nacer siendo otro. En el catolicismo, por ejemplo, se lo puede ver en el caso de la elección del Papa. En Manigua, Apolon se reinventa el destino no sólo por la imposición del deseo paterno; él hace algo más con ese “deber ser” y, a través del procedimiento del relato enmarcado en el que cuenta su historia iniciática a su hermano moribundo –el mismo que motivó su viaje heroico-, es a partir de su relato que se convierte en la voz, en la identidad de su pueblo.
Trabajando la extrañeza de un argumento edificado con tribus africanas, sobre el paisaje desolado de tierra yerma, sin alimentos, con caseríos de cartón y botellas plásticas, evocando el recuerdo de matanzas étnicas al filo de los machetes, Ríos construye un universo de extraña verosimilitud.
Allí conviven elementos de ese imaginario lejano de tribus violentas, de ritos iniciáticos, de mitos sobre los que se funda un orden social y cultural, con elementos de la vida contemporánea, con objetos de urbanidad como el viaje en colectivo, como el uso del celular.
Manigua no ofrece al lector la comodidad de la pasividad, y mucho menos de la indiferencia. El argumento debe ser reconstruido a partir de la sucesión de imágenes que significan por sí mismas, de recursos narrativos que oscureciendo iluminan y multiplican sentidos. Sin embargo, muchos de estos componentes funcionan contextualmente y pueden reconocerse en el texto situaciones y problemáticas casi cotidianas, en juego con otras al borde del delirio. En este sentido, a pesar de ir a contrapelo de la narrativa tradicional realista, Manigua brinda también un lugar desde donde pensar el mundo.
Partir de un relato dado, de un mito, de un arquetipo y poder transformarlo desde la mirada crítica, hace de la literatura una de las herramientas más fuertes de trasformación de la realidad.
Texto publicado en el Nr. 5 de la Revista Litura. No todo es psicoanálisis. Edición de Acción Lacaniana. La Plata. Septiembre 2013.
lunes, septiembre 02, 2013
Manuel Quaranta reseña a Carlos Ríos (Argentina)
Manuel Quarante reseña Manigua y Cuaderno de Pripyat para el sitio web El Roommate
Dos novelas de Carlos Ríos.
I. Manigua, Buenos Aires: Entropía, 2009, 64 páginas
¿Qué es Manigua? ¿Es el intento de construir una genealogía? ¿Un relato sobre los orígenes? ¿La reconstrucción de un pasado mítico?
Carlos Ríos abre la novela, aproximadamente, con estas palabras: desorden, confusión, impenetrabilidad, incógnita. Todo en abundancia. Es decir, Manigua, en primer lugar, y sobre todo, es un problema, o, con más precisión, varios problemas.
“¿Cuál había sido mi verdadera madre? […] ¿Dónde se originaba el odio a su padre?”, se pregunta Apolon. Tenemos así un problema familiar, un secreto que no conocen ni siquiera aquellos que lo guardan. Una respuesta esquiva, volátil, ausente. Pero ¿no será la pregunta por su madre una metáfora de la lengua materna? Una lengua a la que sólo se accede por la intervención despiadada del padre. ¿Allí residirá el odio de Apolon? En la implementación de la ley, de un sacrificio que se debe cumplir: todas las mujeres menos tu madre. Su hermano, en cambio, “perdió la oportunidad de ser nombrado”, un hombre sin nombre que atraviesa la vida incapaz de incorporarse a la cultura, un moribundo desde la cuna, castigo absoluto de un padre que no impuso su nombre, su ley.
Manigua tiende una soga en el abismo que suele separar lo que es de lo que puede ser. En la novela de Ríos no se trasluce una realidad previa que debe ser narrada sino, por el contrario, esa realidad se construye pieza por pieza –fragmento a fragmento– con plena conciencia, justamente, de que una de ellas, la que dé por finalizado el rompecabezas, la última pieza, la que falta, está, irremediablemente, perdida: “hurga, la encontrarás en tu memoria […] No, hermanito menor, jamás la encontraré”. Situación que en modo alguno implica una carencia, sino una forma particular, propia de señalar la oscuridad en la que estamos inmersos y no porque su autor tenga una linterna que le permite observar con claridad sino porque él, está, quizás, más preso que nosotros.
El relato del hecho –¿qué hecho?– está sostenido, además, por un moribundo. Jacques Derrida afirma que toda escritura está relacionada al testamento. Al legado. Aquí propongo que todo acto narrativo, oral o escrito, apunta a transmitir una herencia: “soy tu herencia” afirma Apolon, quien continúa el relato consciente de que es el último traidor a la memoria de su hermano, por este motivo resulta ser su “única maldición”. En el caso de Manigua el relato remite a una herencia pero también a un soporte vital: la historia –¿qué historia?– debe continuar como en Las mil y una noches (“todas las noches escucho las historias que le cuenta a su hermano”, confiesa la enfermera), para salvar una vida: en realidad, nunca se salva una vida, en todo caso se ruega una prórroga a la muerte, nosotros, moribundos eternos.
“Son los dibujos que hice de las historias que le cuentas a tu hermano”. La enfermera dibuja lo que escucha de las historias que Apolon rememora para su hermano agonizante. ¿Este procedimiento no implicaría una duda con respecto a la posibilidad de reconstrucción que se está intentando? ¿Qué tipo de registro configuraría el dibujo trazado a partir de un relato de un hecho –¿qué hecho?– sucedido años atrás? ¿Cuáles son las garantías de veracidad que ofrece cualquier registro? ¿Se puede reconstruir un acontecimiento pasado a partir de un dibujo? La incertidumbre acerca de este modo de representación pesa sobre Apolon: “jamás hice un dibujo”. No, él es hombre de palabra, del fluir constante y errático de la palabra.
Manigua, como vemos, condensa varios problemas: origen, lenguaje, representación. Pero falta uno capital, ubicuo, el de la muerte (que sin duda está relacionado al de la violencia y el miedo: “la raíz de la violencia es el miedo”), o mejor dicho, en palabras de Rilke, madurar una muerte, es decir, aceptar, lentamente, que vida y muerte forman parte del mismo paquete. Y si esto es cierto, el nacimiento sería la primera y última firma de ese contrato que nos une al mundo hasta que la muerte nos separe. En este sentido, Manigua trabaja a modo de contrapunto la relación vida–muerte. Apolon narra –intenta narrar– los hechos sucedidos las semanas previas al nacimiento de su hermano que en la actualidad se está muriendo. Apolon pretende dar cuenta de un origen cuando el final está más que próximo. La novela se mueve en esa tensión desde el comienzo. Vida y muerte formando parte de un único movimiento. Hay muerte, inevitablemente, porque hubo nacimiento
¿Qué es, entonces, Manigua? Es un relato del que algo se escapa, algo de su fluir se torna inasible “palabras, niños, machete, brazo, madriguera, mamíferos, gigantes, huesos, perezosos, punta, hermengo, playas, evidencias, cuevas, estructuras, sedimento, donise, kangoro, roedores, armadillos, marcas, garras, palabras”, es el relato fragmentario de una ausencia, de una falta: lo esencial de la historia se ha perdido para siempre.
II. Cuaderno de Pripyat, Bs. As.: Entropía, 2012, 98 páginas
Cuaderno de Pripyat no es un conjunto de escritos diversos, fragmentados, como un collage, dispuestos a delimitar y definir la totalidad de una ciudad cercada desde hace décadas por los demonios de la radioactividad. O, mejor dicho, no es sólo eso. Es, además, y principalmente, una búsqueda. Y sin temor a la redundancia, aclaro: la búsqueda del origen. Porque en realidad, toda búsqueda es búsqueda del origen. Perdido, claro. Mítico, por supuesto. Unánimemente en falta. Lo que implica, justamente, el deseo de volver, de retornar, de ver cómo fueron las cosas: “el hombre regresa al lugar donde nació”, un hombre cuyo nombre, sólo de manera provisoria, es Malofienko. Casi un innombrable que pretende afrontar un retorno al origen que en este caso padece ya no de una falta sino de, al menos, dos. La común a todos y la de aquellos que sufrieron por obra y gracia de la violencia y el desastre una segunda pérdida, una “doble muerte”. Su novia se lo advierte: “¡No hay nada tuyo ahí! ¡Nada!” Antes, en todo caso, ellos, podían. Pero ahora, luego de la tremenda explosión radioactiva que sepultó hombres, mujeres, sueños y tristezas, no queda nada: “en sentido estricto no hay regreso” y mucho menos a Pripyat, lugar donde Malofienko nació y nadie lo reconoce. Y no hay regreso porque cuando Pripyat era, él no era un sujeto, “hay un desgarro en el espacio-tiempo” que impide ese retorno, un hiato en la historia que señala hacia la carencia de lenguaje, de hecho, Malofienko sabe sólo dos o tres palabras en su lengua materna. En este sentido, Cuaderno puede considerarse una continuación de Manigua, “aunque podría afirmarse lo contrario”: se produce en ambas un regreso al punto de partida, un intento de reconstrucción de la historia de un nacimiento, algo “que ayude a recuperar la identidad perdida”. No es casualidad entonces que en esta segunda novela el personaje ignore, nuevamente, como sucedía en Manigua, la identidad de su madre que siempre “le estuvo reservada”.
Entonces, “¿a qué fuiste?” ¿A buscar a tu madre? ¿A encontrar una infancia? ¿A recuperar la inocencia? “¿A quién le interesa el pasado?” “Ellos, tus padres, jamás regresarán, no hay forma de hacerlos volver”. Y aquí un pensamiento o, más bien, una recomendación, parece imprescindible: “no hay que enamorarse de los orígenes”. Allí no queda nada, en todo caso, habrá que inventarse una genealogía, pero no permanecer atado a un pasado al que no se puede volver, no por una carencia propia sino porque está desaparecido para siempre, porque, quizás, en realidad, nunca existió: “nunca se puede volver, podés volver al lugar geográfico, pero no al tiempo, y lo que uno quiere realmente es volver al tiempo que dejó, y eso es imposible”. Y por supuesto que no alcanza con “acopiar testimonios” para elaborar un documental que tiene por misión, como en general ese género, reconstruir un acontecimiento pasado o una figura: ¿a quién busca recuperar Malofienko? ¿Qué figura pretende delinear con su documental? Testimonios, versiones, puntos de vista, dibujos, fotografías, registros fílmicos, “por el momento son materiales imposibles de organizar” Tal vez, ese “por el momento”, ignora que en la base de estos ejercicios o materiales “respira una vida incapaz de retratarse”, al mejor estilo Orson Welles en Citizen Kane.
Leer Cuaderno de Pripyat inmediatamente después de Manigua es un ejercicio que permite advertir mejor que ambas obras conforman una unidad, aunque una unidad fragmentada, retaceada, en expansión –¿o contracción? –, una unidad detonada desde el núcleo mismo, multiplicidad de voces, que pretende demostrar que la explosión sigue ejerciendo su potencia a partir de pedazos que son imposibles de juntar, “restos de mampostería verbal”, “copias de copias” de copias que impiden gritar victoria y obligan a reconocer que el intento de forjar un retrato o recuperar una historia no es más que “la reconstrucción falsa de una experiencia”. Y también permite la lectura continuada justificar una afirmación de un personaje de Manigua que recién cobra su valor integral luego de leer Cuadernos y que bien puede endilgarse al autor de las dos novelas: “hay temas que me obsesionan”.
lunes, junio 17, 2013
Ciudades de la llanura
Javier Mattio lee "Cuadernos de Pripyat", de Carlos Ríos y lo reseña para la revista Ciudad X, del diario La voz del interior.
Como las ciudadelas de bordes vagos y fantasmales que se divisan en ellas, las novelas de Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967) se construyen sobre un espacio sin bordes reconocibles, forjando anomalías sin tradición o ubicación sencilla en un mapa “literario”. Su prosa precisa compone frankensteins de imaginarios disímiles en los que los géneros también se acoplan como restos de maquinarias desmanteladas. Cuaderno de Pripyat, su última novela, continúa y complejiza el procedimiento trazado ya en Manigua, y remite a la fábula, el relato bíblico, la sátira, el diario de viaje.
Esta vez, la hondonada geográfica donde Ríos monta su ludismo poético es Pripyat (en Manigua había sido la zona-lenguaje-cultura swahili en África), tanto la ciudad ucraniana abandonada tras el desastre de Chernobil como su periferia en forma de anillo, allí donde arriba el artista-antropólogo Malofienko tras dividir destinos en Kloten con su novia Fridaka, quien parte para Oslo. La misión de Malofienko es recolectar testimonios para un documental sobre la vida en Pripyat, y por eso parte de la novela está integrada por “entrevistas” con gente de la zona, a las que se suma un relato más convencional sobre la historia de Malofienko y fragmentos más abiertos sobre la ciudad, que se dividen en capítulos con nombres de colores en ruso y español.
Y es que Ríos opera contaminando lenguas y acudiendo a la materialidad enrarecida de esos lenguajes, aprovechando la posibilidad formal y ficcional que despiertan nombres como Oksana Zabuzhko o la
Preobrazhénskaya, o ese ¿ni? Tak, tak (¿no? Sí, sí) retórico que Malofienko adopta como un tic en su monólogo. Y también la contaminación “temática”, donde palabras-entidades propias de la narración mítica (y mitológica) como “rebaño”, “exploradores”, “mercado central” y “saqueadores” se alternan
con referencias contemporáneas a YouTube, Skype y los videojuegos. Y, como Mario Bellatin, Ríos inventa palabras-seres como los cibercomerciantes, el liquidador o el destazador, en un juego de desplazamientos nominales afín a la ciencia-ficción.
Cuaderno de Pripyat es también un libro asediado por la radiación, en este caso la de la usina poética y sus posibilidades.
Aunque también Pripyat, está claro, oficia como parábola de un mundo que parece retornar a su estado más bárbaro, sangriento y primitivo, no importa si es África, Ucrania o el conurbano bonaerense, y que, como Pripyat, yace en un limbo en el que faltan 960 años para la “recuperación”.
El artista sanitario, editado en Córdoba por Postales Japonesas, parece el producto de una escritura previa a Cuaderno de Pripyat: curiosamente su ciudad protagonista es Oslo (“Oslo la refractaria”), allí donde viaja la amante de Malofienko. También urbe de matanzas y sacrificios tribales, es allí donde pinta el “artista sanitario” sus obras, en su habitación circular y con su dedo-pincel, mientras se comunica con su colega pintor de la “Florencia del Elba”, antes de emprender una visita al maestro y viajar en busca de su destino hacia el DF en México, donde se encuentra con el muralista José Clemente Orozco y sus frescos sobre Quetzalcóatl.
Relatos raros, cautivantes y de una predestinación bienvenida, las obras de Ríos sólo pueden equipararse a las de Bellatin en su aislamiento extraterrestre, su pulcritud experimental y su oscuro sentido del humor. Pero como le pasa a Malofienko cuando lo comparan con su némesis Sergei Sviatchenko y, enojado, se defiende diciendo “no soy un artista”, así tampoco vale la pena establecer lazos entre dos autores que, más que “escritores”, son fundadores de flamantes alquimias narrativas, las que dejan atrás tendencias previsibles y recurrentes para erigir ciudadelas exóticas y a la vez cercanas.
viernes, mayo 31, 2013
En busca del espacio perdido
Mariano Dubin lee Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos, y escribe su reseña para Bazar Americano:
viernes, mayo 24, 2013
Atractor extraño
Nicolás Maidana lee Cuaderno de Pripyat y Manigua, de Carlos Ríos, y escribe su reseña para la Revista Mancilla.
«En los bordes de la literatura argentina reciente sobreviven, sigilosas, ciertas obras que se animan a erigir su pequeño gran proyecto secreto. Pero aunque parezcan microscópicas, solapadas bajo el flujo inabarcable de publicaciones, aquello que osan murmurar desde afuera consigue filtrarse en el interior de esa coraza autosuficiente que simula ser la literatura argentina. Es el caso de los libros de ficción de Carlos Ríos -tres “novelitas” hasta la fecha: Manigua, Cuaderno de Pripyat y el inconseguible A la sombra de Chaki Chan-, los cuales interpelan a la literatura desde una suerte de exilio artificial, un medioambiente alejado de las obsesiones recurrentes con que nos vino acostumbrado la ficción argentina reciente: las variadas formas de neorrealismo suburbano o las poéticas epigonales de los herederos de César Aira (dos ejemplos más o menos reconocibles). A diferencia de aquellos excedentes contemporáneos, la novelística de Ríos irrumpe en el horizonte para oxigenar un poco el panorama a través de otra clase de topografías, otras marginalidades; muy lejos del exotismo aireano (cuyos libros, uno sobre otro, a través de las décadas, se impusieron con la soberbia del que reclamaba para sí un lugar central en el canon, Olimpo del que parece inamovible). Por el contrario, la literatura de Ríos hace existir cuidadosos objetos experimentales. Tal vez sólo con la intención de circunscribir pequeñas zonas, mínimos habitáculos en el interior del cual eso que todavía llamamos ficción pudiera malearse con docilidad.
En el caso concreto de Manigua, asistimos a la travesía de Apolon en busca de una vaca sagrada con el fin de honrar el nacimiento de su hermano, escenificada en un África fantasmagórica, primitiva y apocalíptica al mismo tiempo -trayecto que nos es referido a través de una voz que va alternando entre la primera y la tercera persona-. Una topografía delirante plagada de leyendas, de éxodos tribales, de formas de vida antropológicamente localizadas (kikuyus, kambas, hombres-hormiga, etc.), de fragmentos de ficción que de repente asumen unprotagonismo absoluto (como un primer plano que amenazara con impregnarlo todo: aquella cabeza de roedor gigante que desentierran los ocupantes del autobús en el medio del desierto) sólo para esfumarse tiempo después (la misma cabeza de roedor gigante, esta vez atada al techo de un autobús que se va hundiendo poco a poco en el pantano), son parte de una maquinaria narrativa que evoluciona a través de destellos, como intensidades puras propagándose por el mismo espacio literario que las propicia.
Los ojos van recorriendo esas superficies compuestas por diferentes temporalidades y voces al tiempo que absorben esa escritura lacónica, exacta, que a diferencia del estilo “científico” de Mario Bellatin (con el que, indefectiblemente, se lo ha comparado), no disimula su matriz poética. Por el contrario, la ficción en Ríos se permite hacer evolucionar la frase siempre un poco más allá, hasta que va diluyéndose, como si se deshidratara en mojones episódicos. La arquitectura fragmentaria con que está organizado el libro (una serie de bloques numerados, elípticos), propicia, creo, esa tensión necesaria entre la pulsión atemporal, mítica, de la frase y el carácter autosuficiente de los párrafos, cuya concisión permite circunscribir la lengua y activar esa suerte de chamanismo desmesurado con que la ficción, en algunos momentos privilegiados, no cesa de aparentar que poetiza:
“Mi hermano es una especie de lente a través de la cual se filtra la vida en el desierto, allí donde la magia se ha retirado por ausencia de bosques. Sin su vida, sin sus arrebatos orgiásticos, sería imposible descifrar el mundo y penetrar en el aceite de su gran ilusión.”»
martes, marzo 19, 2013
El collage de la ficción
Yamila Bêgné lee Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos, y escribe esta reseña para el blog de Eterna Cadencia.
Pripyat desde arriba. La historia de Cuaderno... es la historia de Malofienko, un “hombre que regresa al lugar donde nació”, Pripyat, la ciudad que quedó vacía desde la explosión del reactor cuatro de la central nuclear de Chernobyl. Con la intención de reunir material para un documental, el protagonista parte hacia la zona de exclusión luego de discutir con Fridaka, “su-casi-novia” urbanista, que decide no acompañarlo. En cambio, contará con la compañía de Leonid y Nikolai, “los guías sugeridos por la administración del hotel para entrar en la ciudadela”. A ellos se suma una tríada de personajes que tanto podrían ser material de sueños como mutantes o creaciones artísticas del mismo Malofienko. Son el destazador, la Preobrazhénshaya y el pequeño Tymoshyuk: entre liquidadores y exploradores, este trío puebla las anotaciones del protagonista.
El entramado histórico de fondo (la explosión, la posterior evacuación y el regreso a la zona de alienación, en Ucrania), está trabajado desde una estética que liga a Ríos con Saer, de cuyo cuento “Lo visible”, también situado en Chernobyl, la novela toma el epígrafe. África y la lengua swahili en Manigua, Ucrania y sus cirílicos en Cuaderno...: la concentración en un espacio delimitado y sus voces es el rasgo que vincula a Ríos con Saer, y, de entre los más jóvenes, también con Hernán Ronsino.
En Cuaderno... funciona también una lógica onírica de la repetición, que enlaza la novela con los textos de Aira y con los últimos libros de Pablo Katchadjian. En esta línea, la novela ofrece a un búho de cerámica, al pájaro de las cuatrocientas voces y a los caballos de Przhevalski, seres que rozan lo fantástico y que aparecen, desparecen y vuelven a aparecer. Completa el arco estético la vuelta a tópicos que Ríos ya venía trabajando: la carne, presente en sus poemas y tan cara a la literatura argentina, retorna de manos del destazador, que “corta lonjas de carne y en la mesa de madera arma un corazón con esas tiras”; las reflexiones sobre el lenguaje, centrales en Manigua, se recuperan también en esta segunda novela: “Cada palabra es un pez líquido”.
Pripyat desde adentro. Pero eso no es todo. La lectura del detalle indica que la novela de Ríos puede entenderse en el marco de lo que Juan José Mendoza llama escrituras past. En su “teoría de las emulsiones”, Mendoza señala que lopast “está pergeñado por una acumulación clandestina de referencias; efecto rebote, bucles en el tiempo regidos por las leyes de la lectura y la reescritura”. Una emulsión así es la que rige la construcción de Cuaderno..., que fusiona datos y personajes históricos, fragmentos de notas y entrevistas periodísticas disponibles on-line, referencias literarias, artísticas y científicas y hasta una fábula de Esopo. Así, por ejemplo, el pequeño Tymoshyuk puede develarse también como Anatoliy Tymoshyuk, un crack del fútbol ucraniano; la Preobrazhénshaya puede ligarse a Olga Preobrazhénshaya, bailarina del Ballet Imperial Ruso; y Mariika, uno de los personajes que Malofienko entrevista, se identifica como la única niña nacida en la zona de exclusión después de la catástrofe.
El procedimiento entusiasma: Carlos Ríos despliega una escritura de investigación que apuesta a una práctica de lectura activa ligada a las búsquedas en internet. Al leer Cuaderno de Pripyat con Google como herramienta, el lector va construyendo, a la par de Malofienko, su propio pastiche de la zona de exclusión. De alguna forma, este hilo para la lectura ya estaba sugerido en los mails que Malofienko y Fridaka se envían: “Sí, al principio no entendía el chiste porque no sabía quién era esa persona. ¿Esto también me lo contaste vos? ¿O lo averigüé por mi cuenta? Da lo mismo”.
miércoles, febrero 27, 2013
Radiaciones lejanas
Rodrigo Ottonello lee Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos, y escribe su reseña para Los Inrockuptibles:
miércoles, enero 30, 2013
Fotos encontradas por azar
Jonás Gómez lee Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos, y entrevista al autor para Tiempo Argentino:
viernes, enero 18, 2013
Las diez respuestas
Quintín lee a Carlos Ríos en el suplemento cultural del diario Perfil y a partir de allí propone una aproximación a sus novelas Manigua y Cuaderno de Pripyat:
lunes, enero 14, 2013
Sistema de desmarcaciones
Silvina Friera lee Cuaderno de Pripyat y entrevista a Carlos Ríos, su autor, para Página 12:
–¿Logra granjearse una cultura?
viernes, enero 04, 2013
Discovery Factory
En su acostumbrado y minucioso balance anual de la actividad editorial para Página 12, Silvina Friera dice:
lunes, diciembre 03, 2012
Entre las ruinas
Angel Berlanga lee Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos, y escribe su reseña para Radar Libros:
«El hombre de overol llega al filo de la medianoche al lugar donde nació, ve cómo el transporte municipal se aleja y queda a solas, bajo la luz de la luna, en la ciudadela que debió ser evacuada veinte años atrás, luego del desastre nuclear de Chernobyl. “Sabe a qué vino”, anota Carlos Ríos, casi al comienzo; “¿A qué viniste, Malofienko? ¿A qué fuiste?”, se pregunta casi al final. En principio, este reportero llega a Pripyat con el propósito de “acopiar testimonios para un documental casi vendido a los jefes” de Proyecto de Naciones Unidas para el Desarrollo/Fondo para el Medio Ambiente Mundial, pero el descalabro externo e interno le van complicando el objetivo. Le dice Fridaka, su novia, por ejemplo, en la despedida: “Andate a la mierda, vos, no sé qué buscás metiéndote en ese caldo radiactivo. ¡Estúpido obsesivo! Te inventás historias todo el tiempo. ¡No hay nada tuyo ahí! ¡Nada!”. Pero sí hay. Y excede, por lejos, al hecho de que Malofienko pueda llegar caminando a su vieja casa con los ojos cerrados, o que se oriente por los pinos que plantó su padre. Como ocurre en Manigua, su novela anterior, los escenarios aparecen devastados, inhóspitos, con unos pocos habitantes que se adaptaron a condiciones extremas y que, en consecuencia, se han endurecido para sobrevivir. Acaso en consonancia con los fragmentos que quedan, y con los fragmentos de la vivencia y la memoria que puedan ser rescatados o hilados, la escritura de Cuaderno de Pripyat también es fragmentaria. Y poética, como en la novela anterior, pero aquí aparecen además rasgos de humor. Ríos engancha en su ficción a muchos ucranianos reales: Leonid Stadnyk, por ejemplo, fue durante un tiempo “el hombre más alto del mundo” (mide 2,60 metros, y al tipo lo mete en un Tavria, que es un cochecito). Aparecen como referencias, también, los collages de Sergei Sviatchenko y de la poeta Oksana Zabuzhko, una de las “entrevistas” que el protagonista hará en Pripyat. “¿El lugar de mi poesía? ¿A quién le interesa eso? –retruca ella–. Sin embargo, debo decir que es necesariamente el lugar del no integrado. Si no me integro, puedo observar mejor.” Algo de eso late con fuerza en la jugada apuesta literaria de Ríos.»
viernes, noviembre 30, 2012
Notas sobre el silencio pos-atómico
Mariana Zalazar lee Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos, y escribe su reseña para El taller cultural:
Esta segunda incursión de Ríos en la novelística no sólo representa la continuidad de una tesis fundamental de corte antropo-filosófico, sino también la profundización de un exquisito puntillismo poético en la construcción de su prosa. No es sorpresa que haya dado sus primeros pasos como escritor en el universo de la métrica. Media romana (2001), La salud de W.R. (2005) y La recepción de una forma (2006) son algunos de los poemarios que le valieron numerosos premios en su país así como en las tierras de Amado Nervo. Tanto Cuaderno de Pripyat como su antecesor se valen de la fragmentación en capítulos de un modo inhabitual, lejano a la cronología y más próximo a un intento por encerrar bajo cada título una postal autónoma, con valor estético-expresivo propio. Como las hojas de un diario o de una bitácora, donde los registros se contradicen, se superponen, se alimentan desde la falta de una linealidad inequívoca. “El montaje de referencias lo entiendo un poco como un trabajo de composición. Siempre pienso en esa idea de un texto como un imán que atrae elementos diferentes. Cuanto más salvaje sea esa intrusión, en el sentido de que lo que llegue mine, genere inestabilidad, incertidumbre, incertezas, mejor”, afirma Ríos en una entrevista publicada en el diario Perfil, amante confeso de una sintaxis de costuras visibles.
Malofienko se adentra en el horizonte contaminado de Pripyat signado por una infancia en fuga y por una adultez acosada por el reproche de una amante que le asegura que no hay nada que le pertenezca en aquel lugar. La radioactividad le deja, como falso consuelo, un caballo degollado y un montículo de collages alusivos que actúan como memoria extracorpórea. La quema de muebles, la falta de medicamentos, los escombros, la desolación. Pensar que a principios del siglo XX la vedette Löie Fuller se atrevía a preguntarle a Marie Curie si el extraordinario radio que había logrado aislar no podía servir para iluminar los vestidos de gala que lucía en el Follies-Bergére. Es que para ella, claro, los brindis aún no habían quedado detrás.»
viernes, noviembre 16, 2012
Cuaderno de La Plata
Editorial Entropía invita a la presentación platense de Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos.
Además de la presentación, habrá videos de Gustavo Galuppo e Ignacio Masllorens, una videoinstalación de Nicolás Onischuk, una muestra de fotografías de Pablo Kauffer y música de Nunca Fui a un Parque de Diversiones.
lunes, octubre 22, 2012
Cuaderno nuevo
Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos.
«En el paisaje radioactivo de Pripyat, la ciudad anestesiada, inmovilizada, adormecida, sitio abandonado a saqueadores y cibercomerciantes, las cosas cantan entre restos de animales y caballos sagrados: cantan los pájaros de cuatrocientas voces. Las cosas son sonidos, imágenes y palabras: mirar y filmar para escribir las letras contaminadas, hechas para ser tocadas, además de oídas.
Casi mil años separan aquel paisaje del retorno de la vida: antiguamente había una actividad llamada arte y Malofienko, el probable protagonista, es y no es un artista. Malofi -como lo llama Fridaka, amante con quien intercambia mensajes electrónicos-sigue el rastro de su familia muerta en el accidente nuclear de Chernobyl el 26 de abril de 1986, cuando tenía algunos meses de vida. Contando con el auxilio sospechoso de dos guías asociados a cazadores y traficantes de objetos de la zona de exclusión, no desiste en su búsqueda del pasado reciente, en el lugar en que ?cualquier muerte? es buena y en el momento exacto de la caída de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Poetas y niños ucranianos escriben el nuevo relato de Carlos Ríos con restos de mampostería verbal, con bueyes revolucionarios, al son de violinistas que se niegan a dejar Chernobyl y resisten tocando, sucios y heridos, en los escombros del teatro de Ópera de la ciudad. Finalmente se acredita, según las cuatrocientas voces del Cuaderno de Pripyat, que todo es verdad.»
Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967) es autor de los libros de poemas Media romana (2001), La salud de W.R. (2005), La recepción de una forma (2006) y Nosotros no (2011); de las plaquetas La dicha refinada (2009) y Háblemne de Rusia / Iglú (2010); de los relatos A la sombra de Chaki Chan (2011) y El artista sanitario (2012); y de la novela Manigua (Entropía, 2009).
viernes, julio 13, 2012
El recuerdo, la pesadilla y el silencio
Martín Betancor lee desde Uruguay nuestra Manigua, de Carlos Ríos, y escribe para su blog Asunto literario:
«Manigua es la historia de un viaje pero también de la reconstrucción de ese viaje que, muchos años después, realiza el viajero para un único oyente. Manigua es una conversación entre dos hermanos –el mayor que habla y hace fluir el relato con saltos en el tiempo y en la memoria, el menor que agoniza y escucha- cargada de ambientes oníricos que se vuelven palpables y de sitios concretos que se difuminan en el recuerdo, la pesadilla y el silencio. "Manigua" es, entre las varias acepciones que del término ofrece el Diccionario de la Real Academia Española, citado por el autor al inicio, la “abundancia desordenada de algo, confusión, cuestión intrincada”.
Ambientada en una perdida región de África, donde ocurren prodigios como una cabeza de fósil obstaculizando el pasaje de un ómnibus o un puerto confeccionado con plástico y cartón que comunica al país con el mar, Manigua es una suerte de road movie caliginosa y alucinada.
La primera novela de Carlos Ríos, nacido en Santa Teresita, Argentina, en 1967, delata el oficio de poeta del autor (un poema suyo puede leerse dos post más abajo), oficio que se hace evidente en el ritmo de la prosa, en la descripción de los entornos que atraviesa el protagonista y en la cadencia que sostiene la trama, eje sobre el que se basa el gran poder de este pequeño –por sus páginas, se entiende– libro.
“En la mano de su hermano, en las diabéticas recensiones dactilares, en cada hueso a punto de traspasar la piel, Apolón sintió cómo el proyecto de una comunidad retrocedía, se hacía polvo, se iba irremediablemente a la mierda, un retroceso semejante al del mar frente a la ciudad en donde habían nacido. Así lo contó Apolón. Tomé la mano de mi hermano y la besé y en ella acaricié con mi lengua el reflujo de la historia, no un pasado en común o una textura, lo que sorbí en el cuero de mi hermano fue la piel que dejaría de envolverme en mis próximos años de sobreviviente.”»
lunes, noviembre 21, 2011
Ríos al cubo
La escritora, dramaturga y actriz Fernanda García Lao mantiene el blog Autor al cubo, en el que entrevista a distintos narradores sobre su pasado, presente y futuro.




