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lunes, agosto 22, 2016

Los vagabundeos de Sergio Chejfec

Entrevista a Sergio Chejfec por Patricio Tapia para LaTercera (Chile)


En uno de los relatos de Modo linterna, de Sergio Chejfec (1956), el protagonista, un “novelista documental”, quiere sacar cierta fotografía para acreditar su presencia en un congreso de escritores; él mismo se extraña de su afán porque nunca se propuso escribir la verdad y siempre despreció las novelas basadas en hechos reales. Sin embargo, dice, desde hace un tiempo, “no sé si la realidad a secas, en todo caso el documento acerca de los hechos verdaderos, es lo único que me salva de una cierta sensación de disolución”.

En otros relatos, como en otros de sus libros -La experiencia dramática o Mis dos mundos-, muchas veces el narrador parece ser el propio autor, trastocando las convenciones del relato autobiográfico. Allí coexisten la digresión y el soliloquio, el viaje y el vagabundeo; puede contar una visita a Caracas (ciudad en la que vivió) o un paseo a un suburbio de Nueva York (donde vive hace una década); puede referir el caso de un vecino invisible o la visita a un cementerio.

Su libro más reciente, Últimas noticias de la escritura, podría ser crónica personal o ensayo. Partiendo de la historia de una libreta, reflexiona sobre su experiencia con diferentes soportes de lo escrito, las anotaciones en los libros y una serie de personajes extravagantes con no menos extrañas técnicas de apropiación: desde alguien que pretende la fabricación de sus originales hasta un artista que pasa a máquina obras clásicas, pero sin cambiar de hoja (resultando un papel ilegible); desde un transcriptor de miles de páginas de libros hasta un artista que copia manualmente prensa o documentos impresos del siglo XX.

Un “novelista documental”. ¿Le da importancia a la distinción entre ficción y no ficción?
Creo que para un novelista documental esa distinción es bastante relativa. Sobre todo porque piensa que cierto uso de los documentos puede desdibujarla. Quiero decir, esa una distinción relativa, o sea, también movediza. El novelista documental cree en la existencia de esa distinción, pero le da un significado relativo. 

¿Visitó alguna vez la tumba de Juan José Saer en París?
Sí, una vez. La visité con dos amigos. Los tres estábamos de paso en esa ciudad. Antes del encuentro yo tenía la secreta esperanza de que me acompañaran. Considero que es bueno ir solo a los cementerios si uno carece allí de deudos. Puede ser una experiencias fascinante.

¿Hay seres invisibles?
Entiendo que sí. Sería arrogante decir que he visto seres invisibles. Pero eso no desmiente la experiencia.

¿De qué modo la “materialidad” de lo escrito influye, si lo hace, en su sentido?
No sé si influye en su sentido. Creo que influye en su presencia. La idea de sentido es amplia y profunda. La materialidad de lo escrito tiene un efecto, digamos, climático; puede llegar a ajustarse a cierto tono, o no. Me ha pasado, notar leves diferencias entre una frase escrita sobre la pantalla, comparada con la misma frase, sobre papel.

¿Le da valor a los manuscritos suyos o de otros?
Tienen para mí un valor extrañamente sacramental. No los míos sino los de otros. Impresiona la inmediatez de lo escrito; la marca manual que, como tal, estuvo sometida a una lluvia de casualidades y efectos momentáneos. Y que por un extraño designio quedó fijada de un determinado modo. Pero esa quietud no proviene del manuscrito, sino de la violencia que se ejerce sobre él, precisamente para fijarlo. Entonces esa paradoja me parece increíble. Aquello que rescata al manuscrito, lo destruye, digamos.  

¿Es algo extraño escribir?
No creo. Es tan extraño como varias otras cosas. Como ellas, posee su propia extrañeza. En ese sentido sí lo es.

viernes, mayo 06, 2016

“Ser un buen caminante te hace mejor escritor, mejor observador”


Entrevista a Sergio Chejfec. Por Daniela Sánchez Russo para Revista Arcadia (Colombia)
Osado y atípico en su literatura, Sergio Chejfec es un autor que curiosamente no pronunció palabra hasta que cumplió cinco años. Sus primeros recuerdos –afirma– son imágenes mudas: sus hermanos mayores burlándose de él (el niño raro) mientras comían en la mesa; su abuela judía intentando comunicarse a través de gestos con las manos… Escenas silenciosas que terminaron por ser decisivas, pues al parecer fue su silencio el que lo convirtió en un observador de detalles que se reflejan en su escritura y en su narrativa inusual.
Además de su encrucijada para hablar, Chejfec también fue un escritor tardío. La primera vez que intentó escribir un relato tenía 30 años, pero plena consciencia de las temáticas que le interesaba explorar: la identidad como un lugar voluble; el relato que no está obsesionado con la trama, con la idea de un inicio, un desarrollo y un final; y la ciudad como un espacio que se ha venido homogenizando con el pasar de los siglos. Estas temáticas convergen con sus narradores, cohabitan con ellos, y así es común que sus protagonistas sean caminantes sin rumbo de las ciudades, errantes lúcidos, reflexivos, hiperconscientes.
Por ejemplo, el narrador de la novela Mis dos mundos (Alfaguara, 2008) camina por una ciudad del sur de Brasil hasta cansarse de sus propios pensamientos:
“El vagabundeo se me ha convertido en una de esas adicciones pasibles de ser tanto la ruina como la salvación. Contraje la costumbre en la infancia, cuando por las secuelas de una enfermedad dejé de caminar. Me sentaban en el umbral para ver pasar la gente y los autos. (…) Al cabo de un año, un nuevo dictamen autorizó a que me pusiera de pie, y para mí fue recuperar una disposición física gracias a la palabra, como si un dios me delegara parte de su libertad”. 
También camina el narrador de Los Planetas (Alfaguara, 1999) por la periferia de Buenos Aires, cavilando, perdiéndose en su propio relato. Un relato que tiene como origen el recuerdo de un amigo secuestrado durante la dictadura militar argentina, y que en ningún momento se propone la linealidad. Este quiebre con la cronología también tiene incidencia sobre la sintaxis del texto, que, en algunos momentos, tiende a complejizarse. Como llega a suceder en recursos literarios como el flujo de consciencia, Chejfec rompe las reglas de la misma, dificultándole la tarea a un lector que queda a merced de la consciencia única del narrador.
En este primer punto hay que detenerse, para poder tener un entendimiento de este autor que es prolífico –tiene más de diez libros entre novelas, relatos, ensayos y poesía–, pero desconocido en Colombia por la industria editorial. 
¿Por qué jugar con algo tan establecido como las reglas de la sintaxis?
La sintaxis es el nivel más superficial de la escritura. Disfruto hacer frases donde el narrador se pierde, donde hay que retomar el sujeto, porque siento que allí es donde la escritura encuentra su límite material y se abre pie para la experimentación. Mi momento de máximo placer en la escritura se da cuando siento que un texto adquiere un tono único, y que sobre ese tono puedo escribir cualquier cosa, porque el ritmo igualmente se mantendría.
En sus libros los narradores parecen vivir por sus reflexiones, haciendo que se dificulte el avance de la trama. ¿Por qué esta resistencia a la construcción tradicional de una historia?
Desde siempre me sentí más comprometido con la literatura que no plantea una linealidad, que no es espejo de la realidad. La literatura entendida como un esquema que tiene que tener ciertos pasos y obedecer ciertos crescendos para revelar una verdad y ser conclusiva me parece formularia y técnica. Me gusta leer y tratar de escribir una literatura que trate de hurgar en los bordes, en las intermitencias, que proponga no un tiempo cronológico sino uno psicológico, perceptivo, dictado por la memoria. Aquí podemos ubicar a autores como Kafka o Tristam Shandi.
Siendo un escritor argentino, ¿qué connacionales ha tenido de referentes?
Sin duda, Juan José Saer. Es un caso particular porque en sus libros efectivamente se tienen ejemplos de cómo una narración puede avanzar no en términos de intrigas y argumentos sino en torno a tópicos reiterativos, a recurrencias que no son sino obsesiones del narrador, y que ayudan a establecer una memoria de la lectura.
¿Alguna vez tuvo miedo de que sus relatos, por ser poco convencionales, no fueran a ser publicados?
No tuve miedo, pero sí problemas para publicar. Mi primera novela, Lenta biografía, duró siete años en ser publicada, tiempo en el que estuve sometido a esperas y humillaciones. Pero yo decidí seguir escribiendo, sin cambiar mi escritura. Siempre concebí que la literatura propia tiene que tener un punto de resistencia que implique dificultades para ser leída y para que circule.
Sus personajes no parecen estar definidos, o al menos no a través de los retratos psicológicos, comunes en las novelas naturalistas o realistas. De hecho, la identidad fija es un estado del que ellos huyen. Por ejemplo, en Modo linterna hay un personaje que es invisible aunque imprescindible para el relato, mientras el narrador de Los Planetas admite: “Imaginemos el agotamiento de alguien queriendo ser el mismo todo el tiempo”…
Solo el hecho de preguntarse por la identidad crea posibilidades literarias: es un tema lo suficientemente amplio, común pero abstracto y polifacético, y que va acorde a mi forma de escribir. Una forma de escribir vinculada a la peripecia, a la idea de la anécdota, a la trama alejada del avance causa y efecto. En mis historias ocurren muchas cosas que no están organizadas convencionalmente, en términos de crescendo o argumental o de intriga. Como tampoco hay vínculos claros de relaciones causa y efecto, mis libros avanzan por un sistema de circunvoluciones reflexivas donde la descripción es tan importante como los hechos. Esto a la vez determina que los encadenamientos se organicen alrededor de tópicos y no de anécdotas.
Otro enclave de su literatura es el narrador en primera persona que, al caminar, se somete a una experiencia, a una serie de reflexiones del ambiente y de sí mismo: el ambiente de la ciudad. ¿Por qué esta fijación con la figura del caminante?
Siempre me gustaron los escritores caminantes: Benjamin, Kafka, Borges. Creo que ser un buen caminante te hace mejor escritor, mejor observador. Me parece que cuando uno camina desarrolla una sintaxis de pensamiento particular, diferente a la que se desarrolla cuando se está acostado o sentado. Tiene que ver con la velocidad, con las pausas de la respiración, con el paisaje que se va desplegando y que te somete a una interacción precisa con el entorno. Trato de que esta observación se ataña a mis personajes. Además, aunque esta idea pueda sonar infantil, creo que caminar es la única actividad que no ha sido colonizada por un mercado particular. Están quienes caminan por esparcimiento, quienes caminan para mantener su ritmo cardíaco, quienes peregrinan, quienes son turistas o forasteros, están los vagabundos, que podrían ser los caminantes revulsivos porque se les mira con desconfianza. Pero los pobres no tienen otro remedio sino caminar: ellos son los caminantes compulsivos.
¿Sus personajes tratan de revivir o copian la figura del flaneur?
No, pero no porque yo lo busque intencionalmente sino porque nuestro entorno ha cambiado. El flaneur era la persona o el personaje que, caminando, descubría y celebraba la ciudad. Sin embargo, esta figura, aunque se intente, ya no es posible, porque las ciudades se han ido homogenizando debido a las comunicaciones (ahora los turistas o habitantes de una ciudad saben qué hacer por Yelp o Google Maps), a las equivalencias en recursos humanos, económicos y arquitectónicos.
Entonces, ¿cómo describiría a sus caminantes?
Mis caminantes son sujetos que sienten desilusión frente a la caminata, son como tributarios de la tradición moderna, que constatan que caminar es una experiencia deceptiva. Por eso me parece que llega a crearse una atmósfera que refleja al autómata. Yo también soy un caminante asiduo, un caminante permanentemente decepcionado, así que estos personajes reflejan también mi experiencia personal.

lunes, septiembre 07, 2015

A propósito de dos visitas al Teatro Colón

Leonardo Sabatella comenta para el Blog de Eterna Cadencia la adaptación teatral del cuento "Deshacerse en la historia" de Sergio Chejfec, incluido en Modo Linterna (2013)



Si es cierto que se canta lo que ya no puede decirse (la idea se la adjudican a Fassbinder), las recientes adaptaciones de El limonero real y Deshacerse en la historia, de Juan José Saer y Sergio Chejfec respectivamente, que pudieron verse hace días atrás en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, nos enfrentan a puntos ciegos y relecturas, a zonas inestables, pero sobre todo a una pregunta, quizás implícita, que es por la literatura y sus cruces, sus formas de traducción a otras disciplinas, pero también sobre su expansión.

[...]
Las adaptaciones parecieran funcionar en oposición. Una con libreto del autor del texto original (Chejfec se encargó de la versión de su propio relato, que mutó al nombre Teatro Martín Fierro) enfatiza los rasgos de identidad, la escritura como una representación posible de una deriva mental, de la formación de un pensamiento. En el caso de El limonero… se trata, más bien, de efectuar cierto recorte, de mostrar una lectura posible de la novela y dejar que la ópera se hace cargo de los momentos más oscuros del libro (esos momentos en los que se enfrenta la imposibilidad de seguir diciendo). En ambas obras estamos frente a estrategias deliberadas sobre el material. Ninguna de las dos reduce el libro a un ingenuo nivel verbal ni lo ciñe a la dimensión de la historia o el motivo de su narración. Esto hace posible una exploración de las escrituras, que sean abordadas y problematizadas por otros soportes. Casi al modo de lo que entendía Roland Barthes por lectura crítica, aquella que completa y expande el sentido del texto.
Las imágenes de Eduardo Stupía en Teatro Martín Fierro, precisas y esquivas al mismo tiempo, casi todas en blanco y negro, son imágenes que parecieran provenir de un viejo archivo de recortes personales que recuerda a sus collages; figuras que pertenecen a una misma especie. Las proyecciones en la que se ven los trazos que se arman y desarman del pincel de Stupía, que se contraen o se licúan, nos hablan de la fragilidad de la representación, de su carácter de transformación en el tiempo. Quizás no haya mejor forma de representar el tiempo que la de ver un pintor, cómo el tiempo se expande y se transforma en una tela. Los trazos de Stupía, similares a una grafía, parecen reescribir en el plano pictórico la puesta dramática, en un juego de ecos y resonancias.

En el caso de Teatro Martín Fierro está basado en un relato de 20 páginas, mientras que El limonero real es una novela de más de 200 (al menos en la edición del Centro Editor de América Latina, seguramente sus reediciones, con mayor cuerpo de letra, superen las 300) pero ambas en el escenario terminan contando con una duración similar. El tiempo y la extensión de la literatura parecieran desintegrarse frente al dispositivo teatral que les impone sus propias reglas.
[...]

Las dos puestas quizá tengan su mayor acierto en haber acentuado su carácter de representación. Principalmente con la explicitación de un narrador o una voz en off pero no únicamente. En el caso de Teatro Martin Fierro también a través de cierta operación en la cual los actores-lectores dan cuenta de su condición, desaparece la acción y es reemplazada por un testimonio indirecto o una serie de reflexiones de y sobre otro (Martín Fierro). Asistimos a una especie de sesión de logopeia, ese modo que Pound decía que adoptaba la poesía cuando era “una danza del intelecto entre las palabras”.

Un efecto de ambas puestas probablemente sea un regreso al libro, a los libros. La relectura no para poner a prueba lo que se ha visto (esa condición de juez o inspector quizás encarne el empobrecimiento de un lector) sino porque, como cita Chejfec a Saer, la literatura puede cambiar la experiencia. Entonces, adaptación y relectura generan un efecto sobre lo que la literatura ya ha transformado, un efecto secundario, contraindicado, colateral, una onda expansiva.

lunes, agosto 31, 2015

Un relato cautivante

Por Federico Monjeau para Clarín



"Teatro Martín Fierro". Basada en un texto de Sergio Chejfec, la obra subió en el CETC con música de Pablo Ortiz, imágenes de Eduardo Stupía y dirección escénica de Agustina Muñoz
Teatro Martín Fierro, obra especialmente encargada y estrenada el jueves por el CETC, está basada en el relato de Sergio Chejfec Deshacerse en la historia, de su libro Modo linterna (Entropía). Ese relato, tal vez uno de los más originales y experimentales del autor, es una especie de pieza de teatro muda inspirada en Martín Fierro. 
El relato describe objetos y personajes casi inmóviles, e infiere posibles sentidos de la escena. Por momentos tiene el tono de las obsesivas descripciones de Schoenberg para su monodrama La mano feliz. “El frasco del compadrito está volcado sobre el piso, como si hubiera rodado en algún momento de la pelea, y también han quedado unos lazos de colores, o moños, junto con el corbatín que llevaba puesto el moreno”. Otras veces la descripción se dispara en un sentido abiertamente metafórico: “Las armas e instrumentos que adornaban la pared blanca se han esfumado, como si hubieran sido atraídos por el mismo relato”.
 En efecto, todo termina adherido a la superficie del relato. Teatro Martín Fierro no es una ópera: la representación no busca encarnar los personajes (lo que sería prácticamente imposible), aunque sí materializar ciertos objetos. La bellísima realización visual del pintor Eduardo Stupía que se proyecta sobre el fondo de la sala reelabora todo un repertorio campero, aunque no se limita a eso y por momentos adquiere una impensada autonomía. El simulacro guitarrístico de Fierro (en el relato sus dedos se mueven ágiles a una mínima distancia del encordado enmudecido) proporcionan el punto de partida de la inspirada realización musical de Pablo Ortiz: un cuarteto de guitarras (Nuntempe Ensamble) que toca prácticamente al unísono su estribillo gaucho, arcaico y maquinal. El segundo elemento de la parte musical es un trío de voces femeninas a cappella (Mercedes García Blesa, Lídice Jasmina Robinson y Marcela Campaña, impecables), que retoma párrafos del texto y los entona en un breve y expresivo madrigalismo. Si los repiqueteos de las guitarras remiten a un paisaje pampeano o un ambiente de pulpería polvorienta, las voces fememinas se elevan hasta el límite del registro agudo en un dramatismo celestial, lo que en la pequeña “escena” del réquiem (con su sutil cita mozartiana) adquiere una condensación especialmente conmovedora. 
Esas voces retoman algunos párrafos leídos en la escena. No hay una representación, sino una lectura de un texto fascinante que, a pesar de su enrarecimiento o su abstracción, mantiene tensión y suspenso del principio al fin. La lectura está a cargo de los actores Lisandro Rodríguez, Laura López Moyano y Agustina Muñoz (esta última responsable además de la puesta en escena junto con Stupía), más una voz en off grabada.
 Leer textos en vivo no es fácil. La mínima equivocación puede resultar más perturbadora que la nota falsa del pianista que por lo general se las ingenia para seguir su marcha como si nada hubiera pasado. Esta realización no estuvo del todo exenta de pequeños deslices de lectura, además de alguna entrada a destiempo rápidamente corregida. 

Pero la lectura en vivo tampoco es fácil por una cuestión expresiva, de tono. Por momentos sobrevino una inconveniente hibridación: duplicaciones gestuales; intercambios demasiado explícitos entre los tres lectores; un amague de dramatización que permaneció incierto, débil, vacilante. Acaso sean los únicos momentos levemente dispersivos de una producción artística de rara y cautivante belleza.  

Teatro Martín Fierro

Autores Sergio Chejfec, Pablo Ortiz, Eduardo Stupía Puesta en escena Eduardo Stupía y Agustina Muñoz Sala CETC jueves 27, repite hoy a las 20 y mañana a las 17. Calificación Muy bueno

miércoles, febrero 04, 2015

Eso que la literatura ilumina

Sergio Chejfec. Los cuentos de “Modo linterna”, el último libro del escritor argentino, confirman la singularidad de su estilo que hace del matiz y del deslinde una geografía personal.





En El punto vacilante, una compilación de ensayos de 2005, Sergio Chejfec se refería a una tradición de la errancia encarnada en escritores como Paul Groussac, Guillermo Enrique Hudson, Witold Gombrowicz. Se trata de escritores que no ceden fácilmente sus páginas a los regímenes de la legibilidad, escritores que han hecho de la extranjería su domicilio: “El idioma extranjero revela lo que el castellano argentino es incapaz de ver y describir, ‘enseña’ a escribir porque descubre zonas y formas de representación ocultas para la lengua local” –escribía Chejfec por aquel entonces. En esa tradición de Chejfec se suman muchos nombres y trabajos con el lenguaje. Se agrega el francés de Copi, el italiano de Juan Rodolfo Wilcock, las incrustaciones del calabrés en la obra de Roberto Raschella, la glosolalia de Emeterio Cerro. Es una tradición que sitúa a la literatura en un punto intersticial de la lengua, saliendo al encuentro de un idioma que vuelve extraño al lenguaje.

En esa pesquisa Sergio Chejfec repara naturalmente en Juan José Saer, acaso una de sus grandes pasiones como lector, quien hizo de su “apartamiento” del mundo un modo de existencia. De paso por Buenos Aires Sergio Chejfec vuelve sobre aquellas reflexiones, pero esta vez para matizar la idea de que esa domiciliación en el extranjero pueda ser vista como otra condición de posibilidad para la escritura: “Son muchos en la Argentina los escritores que escribieron fuera del propio país. El hecho no pasa por hacer del hecho de estar afuera algo importante para la escritura de la obra sino que hay una situación previa. Hay ciertos rasgos constitutivos de una poética que hacen del hecho de estar fuera un motivo más de su literatura. El distanciamiento de Saer respecto del objeto que se quiere narrar, por ejemplo, la extrañeza que hay con respecto a los motivos de sus relatos, todo eso es previo al hecho de vivir afuera. El se va en el 68 y ya encontrás en su literatura previa operaciones que después se van a repetir”.

Residente en el extranjero desde 1990 (en Venezuela hasta 2005, en los Estados Unidos desde ese año), Sergio Chejfec ha hecho de la reflexión sobre la geografía y sobre el espacio uno de los grandes temas de su literatura: “Hay diferentes tipos de presencias de escritores. Hay algunos escritores que prefieren no tener una presencia pública tan marcada y que prefieren intervenir de una manera más solapada, más elusiva, y puntualmente cuando publican alguna novela. En relación con eso yo no tengo una posición tomada. Yo creo que un escritor es tan autorizado como muchos otros para opinar sobre lo que ocurre. Para mí fue muy inspirador estar fuera del país en la medida en que estuve catorce años o más en un país como Venezuela que es un país tan parecido y al mismo tiempo tan diferente de la Argentina. Cuando yo me voy a Venezuela me encuentro con que no voy a un país del Primer Mundo. Entonces buena parte de la experiencia del exilio que pasa por el contraste entre Tercer Mundo y Primer Mundo, abundancia/escasez, integración social/desarticulación, etcétera, esos contrastes emigrando a Venezuela estaban mucho más disueltos. Entonces me encuentro con un país que tiene muchos parecidos con lo que estaba ocurriendo en la Argentina en ese momento. Y al mismo tiempo con una enorme cantidad de matices. Sobre todo esa diferencia un poco tenue de empezar a vivir en un país que tiene como lengua al español también, y que posee una diferencia de grado con la Argentina, creo que fue una experiencia impactante para mí para poder tener una experiencia del matiz y del deslinde no radical respecto de mi propio paisaje y geografía que fue muy decisivo para la manera en que yo concebía tanto la distancia del país como mi propia literatura. Es una hipótesis, pero es como si la experiencia me hubiera brindado la oportunidad de ejercitar conmigo mismo y con mi propia percepción cotidiana unos leves matices de grado.

–¿Cuando vas a Estados Unidos eso cambia?

–Eso en Estados Unidos cambia, pero yo casi todo lo que escribí lo escribí en Venezuela. Porque de acá cuando me voy había salido Lenta biografía (1990) y al poco tiempo iba a salir Moral (1990). Pero yo lo que siento es que de alguna manera para mi propia acumulación –no quisiera usar la palabra trayectoria o formación–, para mi propio despliegue como escritor, el período de Venezuela fue decisivo. Fue determinante para que yo siguiera escribiendo. Los Estados Unidos fueron importantes pero eso ya responde a otra lógica. Tiene que ver con una experiencia zombi, te diría. Yo fui bastante zombi en Venezuela también. No fui escritor nunca en Venezuela. Nunca publiqué. Y allí, salvo algunos amigos, nadie me reconocía como escritor. Yo era como una especie de persona común. No quiero decir que los escritores se destaquen por algo en particular, pero a lo que me refiero es que el hecho de no publicar ahí me daba una vida bastante particular. Yo estaba dedicado a mis cosas. Venezuela es como un país ideal para eso. Te encontrás con mucha gente que se dedica al arte y que desarrolla una obra durante décadas más allá del medio profesional e intelectual en el que te animás. Y en un punto a mí me resultaba fascinante esa especie de desencuentro que había entre geografía y literatura. Se daba la situación de que yo estaba ausente de la Argentina pero publicaba en Buenos Aires, y estaba físicamente presente en Venezuela pero allá no era escritor. Todo esto de ser y no ser escritor al mismo tiempo para mí es una experiencia muy buena, yo me siento muy a gusto. Y es lo que en Estados Unidos me sigue ocurriendo. Al pertenecer a una minoría lingüística tengo una presencia fantasmal, entre insignificante y virtual, demasiado imaginaria.

La inmaterialidad del mundo

En Modo linterna , su último libro, Sergio Chejfec vuelve sobre ese núcleo imaginario y virtual que ha latido desde siempre en sus novelas y relatos. Casi siempre hay un viaje, alguien que medita sobre el espacio y la geografía y que va describiendo objetos con precisión. En “El testigo”, por ejemplo, tras una larga ausencia alguien regresa al país para perseguir los rastros que ha dejado Julio Cortázar durante sus años en Buenos Aires. Busca en una guía de teléfonos de los años 30 la dirección en la que pudo haber vivido Cortázar, o las direcciones de otras personas que pudieron haber tenido contacto con el escritor. A aquel tiempo y a aquella geografía se superponen los trayectos invisibles que trazan las líneas de colectivos en una Buenos Aires contemporánea que, a su vez, se superpone con los trayectos de las líneas de colectivos de una Buenos Aires a la que el personaje, llamado Samich, evoca de su infancia en la ciudad. Ese rasgo huidizo y efímero de la realidad también vuelve a aparecer en el cuento “El seguidor de la nieve”. Allí el narrador ve en la débil materia que constituye la nieve una metáfora para ilustrar la sospechosa materialidad del mundo. También sospechosa es la materialidad de la propia escritura de Chejfec, pese a ser la suya una escritura muy plástica. Chejfec piensa a su escritura como “navegaciones conceptuales y abstractas”. La suya parece ser, como la de la nieve, una escritura inscripta con suavidad, nunca impuesta sobre la hoja. Podría decirse que aquella metáfora de la nieve es también una búsqueda de la página en blanco, como aquella persecución de Maurice Blanchot cuando afirma que una utopía de la literatura es escribir el silencio.
Chejfec acarrea silencios de una página a otra, de un punto a otro del mapa. Y sus relatos, como decía Borges a propósito del hecho estético, emergen como la inminencia de una revelación que no se produce. O se produce de otro modo. Es que esa misma idea parece estar tomando al perseguidor de la nieve en el relato de Chejfec: la belleza poética de la nieve no promete nada, pero en “su promesa falsa lo deja todo”.
Desde la perspectiva de muchos, un escritor es un modo de ver el mundo. Y una escritura es, ante todo, una forma de mirar. Un modo de mirar detalles precisos.
Modo linterna también parece estar tomado por ese principio: el de mirar de a una sola cosa por vez. “Yo encontré como adecuado el título de Modo linterna por una cuestión muy pedestre. Medio en broma y medio en serio para mí la idea del modo linterna tiene mucho que ver con la operación misma de la literatura o de lo que se espera de ella. La literatura sería un discurso o un dispositivo textual que a medida que va iluminando va oscureciendo otras zonas pero eso gracias o debido a o por culpa de lo que va iluminando. Eso de iluminar áreas, pero a costa de oscurecer otras, eso me parece que es lo mejor que se le puede pedir a la literatura. Entonces se me ocurrió el título de Modo linterna como una metáfora de la literatura. Fue algo que me entusiasmó casi como un principio. ¿Qué cosa es la literatura? Es algo que ilumina zonas de la realidad a costa de dejar otras en la oscuridad. Y eso nunca es fijo sino que, si se quiere mover, entonces aquello que hasta hace un momento estaba iluminado pasa a quedar a oscuras.”

–¿Qué es lo que la literatura puede iluminar?

–No importa lo que la literatura puede iluminar, lo que importa es que esté iluminando. Son operaciones como escénicas. ¿Qué ilumina el lenguaje? No sabés si ilumina lo que se está diciendo o lo que se quiere decir.

Revista Ñ, 02/02/2015