Alberto Szpunberg, autor de Como sólo la muerte es pasajera, recibe a María Malusardi y entre ambos arman esta entrevista para la Revista Kunst. En uno de sus pasajes, la charla sigue así:
-¿La poesía en tu caso tiene que ver con una búsqueda esencial del ser?
-Ser no es una palabra mía.
-Y qué palabra usarías.
-La vida, pero en sus términos cotidianos y concretos. Demasiado filosófico “el ser” y también a mí me suena pretencioso y falso. El planteo del ser deriva fácilmente en la idea de Dios y a mí no me molesta la idea de Dios, aunque no tengo tratos con Dios, soy ateo, pero soy dialoguista también. Por lo tanto, si mientras estamos charlando vos y yo ahora se sumara Dios, lo incorporamos a la conversación. Y si no conversa es porque es un dios muy débil y muy pobre. La poesía muestra precisamente la importancia del diálogo porque trabaja con el lenguaje y el lenguaje se realiza en el diálogo, siempre es uno y hay otro.
-En el ensayo Las poéticas del siglo XX, Raúl Gustavo Aguirre advierte que a partir de las vanguardias, la poesía se ha ido hermetizando, digamos, y de este modo marcando una distancia con el lector corriente. ¿Lo ves así?
-Yo no creo que la poesía se haya hermetizado. No. Creo que se acentuó el divorcio entre el ser humano y la humanidad misma. Y hoy estamos en plena eclosión de ese fenómeno y nos enfrentamos a un tejido social desgarrado. Parecemos una jauría de individualidades. No, ni siquiera, ni una jauría ni un cardumen. Sólo individualidades. Hoy el grado de alienación es mayúsculo. Ya no se puede reivindicar fácilmente ni a la clase obrera ni a los sindicatos, sólo como antecedente histórico. Fijate el tema de los indignados, estas revueltas juveniles, ese movimiento espontáneo puede encontrarse en la plaza pública, pero no en la fábrica, no en el seno de los sindicatos. Hay un vacío interior muy grande.
-En las primeras décadas del siglo XX, el dadaísmo y luego el surrealismo surgieron como grupos combativos, tanto desde el lenguaje como desde lo político y la acción social. “Es posible que la imaginación esté a punto de reconquistar sus derechos”, apuntaba André Breton en el Segundo Manifiesto. Los poetas estaban encaminados a hacer la revolución. Un siglo más tarde, ¿en qué situación nos encontramos, política y poéticamente?
-Es como que algo está tocando fondo. El mundo no puede seguir como fue hasta ahora. La revolución es más necesaria que nunca. Ahora la revolución es un cambio de conciencia. La que conocimos o leímos o intentamos hacer fracasó, entonces hay que inventar algo nuevo y ahí la poesía tiene mucho que decir y aportar, claro. No es que la poesía tiene que ser lo que ciertas elites tildan despectivamente como poesía política, sino que la poesía debe ser transformadora, liberadora. Eso es otra cosa.
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miércoles, noviembre 08, 2017
"Se acentuó el divorcio entre el ser humano y la humanidad misma"
miércoles, septiembre 09, 2015
Alberto Szpunberg, el hechicero del asombro
Christian Kupchik lee para Bazar Americano la poesía reunida de Alberto Szpunberg, Como sólo la muerte es pasajera
El palestino
Edward Said transcribió la transcripción que de un monje sajón ya había hecho
el alemán Erich Auerbach. “El hombre que siente que su patria es dulce, todavía
es un tierno principiante; el que piensa que toda tierra es como la suya, ya es
fuerte; pero perfecto es quien siente que todo el mundo es una tierra extraña.”
Hugo de San Víctor escribió esto en el siglo XII, quizá bajo la fuerte
impresión de que esa virtud es impracticable, muy posiblemente con el
convencimiento ideal de que la perfección tendrá finalmente un lugar, o mejor
dicho, un tiempo.
Atravesar
las páginas de Como sólo la muerte es pasajera (Entropía, 2013), volumen que
reúne la poesía completa de Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940) implica un
viaje que se da en muy raras ocasiones y que confirma aquella perfección que el
monje sajón anunciaba.
El texto
que sirve de prólogo –y que con justicia poética pero a la vez con sutil
clarividencia el poeta titula Seré el que seré arranca con unos versos en
yiddish que su padre cantaba marcando el ritmo con la mano. Su madre, en
cambio, preparaba en la cocina del viejo conventillo una ensalada que incluía a
Chopin, Angelito Vargas, el jazán Pinchik y el coro del Ejército Soviético. El
mismo texto se cierra con un verso exiliado de cualquier poema y que sirve de
mercurio para comprender el derrotero de Szpunberg: “Como quien nace, la última
trinchera es uno mismo”.
La nota completa, acá.
viernes, julio 24, 2015
Con un valsecito parece que volás
El prolífico Szpunberg, que en 2013 publicó su poesía
reunida en el volumen Como sólo la muerte es pasajera, se presenta hoy y el
próximo viernes junto al grupo del bandoneonista César Stroscio en la sala
Borges de la Biblioteca Nacional.
Por Silvina Friera para Página 12.
La voz del bandoneón tiembla una tarde en Barcelona. Dos
amigos que se cruzaron en el exilio europeo, el poeta Alberto Szpunberg y el
bandoneonista César Stroscio, finalmente cumplen la vieja promesa de hacer algo
juntos. El poeta balbucea y garabatea unos versos: “Nunca, nunca corazón,/
Nunca nadie lo sabrá si fue amor”... El fuelle va entrando en calor: sus
músculos se repliegan y expanden. Entre palabras y acordes, entre tristezas y vibraciones,
componen un valsecito inicial que los emociona, titulado “De los dos”. “Yo le
iba a poner el nombre de la chica de la que estaba en ese momento
enamoradísimo. César, que es muy sabio, me dijo: ‘las minas pasan, los
valsecitos quedan’...”. De ese encuentro salieron muchas cosas, pero
básicamente canciones, chacareras, milongas y otros valsecitos, recuerda
Szpunberg frente a Página/12. Esta conspiración artística conduce a De ida sin
vuelta, un concierto de poesía y música con el acompañamiento de Stroscio,
Claudio “Pino” Enríquez (guitarra), Ricardo Capria (contrabajo) y Luis Sampaoli
(canto), que se presentará hoy y el próximo viernes 24 a las 19 en la sala
Borges de la Biblioteca Nacional (Agüero 2502), con entrada libre y gratuita.
El prolífico Szpunberg publicó en 2013 su poesía reunida,
Como sólo la muerte es pasajera (Entropía), que ya está agotado. En un solo
volumen congregó los diez libros que tenía editados hasta el momento: Poemas de
la mano mayor (1962), Juego limpio (1963), El che amor (1965), Su fuego en la
tibieza (1981), Apuntes (1987), La encendida calma (2002), El libro de Judith
(2008), La academia de Piatock (2008), Luces que a lo lejos (2008) y Traslados
(2012). Pero además incluyó cinco inéditos: Sol de noche (2008), Como sólo la
muerte es pasajera (2009), El síndrome de Yessenin (2010), Ese azar, este
milagro (2011) y Como el clavel del aire (2013). A los 75 años, el poeta
continúa escribiendo y volviendo a luchar contra esa multitud de voces
amotinadas en el gesto siempre abierto del poema. Lejos de la parálisis o del
miedo a “no tener nada que decir o comunicar”, hay en sus archivos un puñado de
poemarios inéditos, como Elogio de la insensatez, ¿Por qué no hay más bien
brócoli? y los sonetos de La tarde muy lentamente, que piden pista para ser
publicados. Que necesitan del manoseo de la lectura de los otros para conmover
a sus destinatarios.
“No sé por qué, pero siempre me parece más transparente, más
honesto, arrancar con lo que uno está haciendo ahora mismo. Uno va escribiendo
más poemas y lo más reciente creo que es lo más auténtico”, subraya el poeta
que comparte uno de los poemas recién salidos del horno de su intensa
sensibilidad: “Avanzo a tientas según los trazos de tu magia/ pintados en la
roca de oscuras prehistorias:/ de ahí mana el rocío de la rugosidad más tibia,/
la invocación de vos misma en el gemido/ que sube desde el fondo de la herida/
en un repentino destello de estremecimiento”. Una “saga” de catorce poemas
inéditos y canciones articula el concierto de Ida sin vuelta. No es un
principiante en la composición de milongas o chacareras. Cuando algún espasmo
metafísico altera su ecosistema poético, Alberto domestica el alboroto
existencial con la métrica de la canción, como lo experimentó anteriormente con
“Vidalita de la casa dejada”, “Chacarera mezclada”, “Chacarera de memoria” y
“Lo fusilaron contra un paredón del bajo Flores”, entre otras. “¡Qué charlatán
que estoy!”, protesta Szpunberg y anticipa que el recital termina con la
“Milonga de ida sin vuelta”: “Amor mío, no te olvides,/ de que yo ya te olvidé/
yo no soy el que te canta/ el que te canta se fue”// Se fue pa’donde el silencio/
se fue pa’donde el ayer./ Milonga la del espejo:/ quien se mira no se ve”. El
poeta advierte que ese concepto “de ida sin vuelta” es de vital importancia.
“Es como decir: avanzamos como sea; no hay retorno, no hay marcha atrás. Esto
es una actitud ante la vida, una manera de incitar siempre a tirarse a la
pileta. Si hay un poco de agua, mejor, ¿no?”
–¿Qué significa escribir una canción?
–La canción me ordena. Esa necesidad de una métrica regular
sobreviene cuando estoy en una situación de desorden práctico o afectivo. Hay
un soneto dedicado a César, “El valsecito pide un minuto de silencio”, que para
mí es muy entrañable.
–¿Qué le aporta el bandoneón a la palabra? ¿Cómo es la
relación entre el poema y el bandoneón?
–El bandoneón habla; se reconocen quejidos, gemidos,
desgarramientos. Y ni qué hablar con un valsecito; volás, te sentís por los
aires. A veces viene bien hablar desde las alturas, no como engrupido, sino por
una necesidad de transparencia, de algo más traslúcido. Por ejemplo, “El valsecito
pide un minuto de silencio”, ese silencio que pide el valsecito –que implica
una situación crítica porque sabemos lo que significa ese minuto de silencio–,
que de repente se vuelva palabra, que se vuelva un balbuceo, es una sensación
muy hermosa. El texto, si no habla, no es válido. La poesía siempre habla.
Precisamente el libro inédito del brócoli termina diciendo: “Todo poema convoca
a una asamblea permanente”. No es una invitación al baile, pero sí a hablar. Yo
creo que hablamos poco. Son muy pocos los casos en los que realmente hablar es
transmitir, comunicar, emprender juntos. La sociedad parece marchar hacia una
cosa muy individualista, hosca, muy indiferente. Lo peor es esa indiferencia.
La gente se acostumbra a cosas a las que es criminal acostumbrarse, como
alguien que duerme en la calle.
–¿Hay planes para publicar estas canciones en un libro?
–¡Me encantaría! La idea es hacer un disco con César, con
Pino, con toda la troupe. Que estos recitales se traduzcan en un disco en vivo.
Y luego dios dirá... La pasamos muy bien, la verdad que es un disfrute. Uno va
pensando, imaginando cosas. Lo que tiene que estar siempre es la disposición a
escribir, a crear, a transmitir. Eso no se tiene que perder. Bueno... sonó a
frase patriótica (risas). Hay que tener paciencia. Si no se publica no pasa
nada, pero sí pasa... Si la literatura pierde una sílaba, pierde mucho. Hay
algo que se interrumpe y que no llega al otro.
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