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viernes, noviembre 18, 2016
Las brazadas de Herzog y Cheever
Luis Sagasti escribe para el blog de Eterna Cadencia sobre la epifanía que llevo a Werner Herzog a caminar de Munich a París, relatada en su diario Del caminar sobre hielo.
Como un rayo se le cruzó por la cabeza a Werner Herzog la
siguiente idea: si emprendía una marcha a píe de Munich hasta París, la
extraordinaria crítica alemana Lotte Eisner, a quien al decir prudente de todos
el cine de su país tanto le debía, se iba a salvar de una enfermedad que la
tenía al borde de la muerte. Una y otra vez, con la convicción de un recién
converso, Herzog se repite que ella no tiene ningún derecho a morirse. No
ahora, dice; hay que impedirlo de algún modo. Veintiún días exactos demoró en
recorrer a pie los casi ochocientos cincuenta kilómetros que separan las dos
ciudades. En una sola ocasión estuvo al borde de resignarse a un vehículo pese
al frío y la lluvia constante. De semejante marcha, que parece una suerte de
reverso de El nadador de Cheever ―amén de que ambos viajes concluyen de manera
diametralmente opuesta, el alemán se hospeda en muchas casas de verano que
encuentra deshabitadas, mientras no hay día en que en algún momento no camine
bajo el agua― de semejante marcha, decía, surge un libro entrañable, es decir
de los que se leen mejor en la cama: Del caminar sobre el hielo (Entropía)
.
Agradecimiento y expiación son los motivos más usuales por
los cuales alguien inicia una peregrinación: de alguna manera hay algo de
capitalismo religioso en el asunto, después de todo se trata de pagar por los
favores recibidos o devolver con dolor en el cuerpo el daño realizado. Herzog
paga por adelantado; un cheque al portador que debe entregar sin decir una
palabra de su sacrificio (“Alguien le tiene que haber dicho por teléfono que yo
había venido a pie, yo no quería mencionarlo”).
A medida que avanza, los dolores y achaques de su admirada
Lotte van ocupando su cuerpo. Cada paso la libera. Ampollas, calambres, el frío
como una segunda piel. La mugre lo cubre por completo. Solo en un momento,
justo en mitad del viaje, el cuatro de diciembre, habita en él la duda, la
sensación cruda del sinsentido: “¿Vive aún nuestra Eisner?” ―se pregunta.
Dos años antes, Herzog había filmado una obra maestra:
Aguirre, la ira de Dios.
En su diario de viaje escribe cosas como: “Las suelas arden
por efecto del núcleo incandescente del interior de la tierra”, “la lluvia
puede dejarte ciego”, “la verdad atraviesa incluso los bosques”. Se trata de
pequeñas iluminaciones, retazos, esquirlas de la epifanía inicial. Son
guijarros involuntarios, salvajes, que arroja hacia adelante para marcar el
camino que lo lleve hacia El Dorado que le fuera negado a Lope de Aguirre, al
nadador de John Cheever. El combustible de su andar es el amor entrañable por
alguien a quien hay que aplazarle la fecha de partida. Con semejante kerosene
no hay forma de fallar.
Herzog llega sin pies, exhausto, a París. Y, cuando
encuentra a Eisner en su cama, susurra: “Abra las ventanas, desde hace unos
días que puedo volar”.
Nueve años más vivió la gran Lotte.
martes, octubre 18, 2016
Editoriales chicas que fichan a los grandes
Cómo es el trabajo de hormiga de los sellos independientes
para lograr incluir en sus catálogos a reconocidos autores del mundo; historias
de paciencia, olfato y marca personal para seducir a los escritores o a los
dueños de sus derechos.
Por Sofía Almiroty para La Nación Revista.
Muchas de las editoriales pequeñas y medianas incluyen
grandes nombres en sus catálogos. Los editores coinciden en que depende de
estar atentos a títulos que pueden pasar desapercibidos en los grandes grupos
editoriales, que incluso a veces se olvidan que poseen ciertos títulos. Pero en
mayor medida, conseguir un nombre importante depende de la insistencia y el
trabajo en la relación personal que se entabla con el escritor, la agencia o la
editorial extranjera que posee los derechos sobre un libro, así como conocer a
los traductores e investigadores que estudian la literatura y hacen de puente.
Estos últimos suelen encontrar la punta del hilo hacia material inédito de
escritores fundamentales y de rastrear la pista hasta ofrecérsela al editor. Y
luego, en tándem, trabajan sobre lo que después se convierte en un libro
importante para el capital cultural. "El editor literario independiente es
el que tiene la función de descubrir material inédito", afirma Fabián
Lebenglik. Y quizás así el rol del editor pequeño es un oficio más cercano al
de un detective idóneo y paciente. Así, además del trabajo de hormiga a paso
persistente, la tarea de editar implica también una red de personas, amigos,
traductores, quizás otros escritores o cualquier informante que, casi como un
espía, busca información y la ofrece a las editoriales. Los mismos traductores
funcionan como exploradores de este universo de textos inéditos.
Las editoriales independientes suelen también crear libros
que, de no ser por ellas, no existirían.
San Francisco, 16/6/1979
Casa de Coppola sobre Broadway.
Afuera un viento muy fuerte sacude con violencia los
arbustos de laureles. Los veleros en la bahía se inclinan por completo; las
olas están afiladas, inquietas. Desde Alcatraz, el faro manda señales en pleno
día. Todos mis amigos no están ahí. Cuesta acometer este trabajo, esta enorme
carga de los sueños. Sólo los libros dan algún consuelo.
Werner Herzog escribió este fragmento mientras filmaba
Fitzcarraldo, quizás una de las películas con el rodaje más accidentado de la
historia del cine. Quizás también, en un atisbo de registrar lo absurdo de
filmar una película en Iquitos, en el medio de la Amazonía peruana, creó un
diario de notas que daba cuenta de la odisea de realizar este film, luego
emblemático. El diario no existía en español hasta que la editorial Entropía
localizó el libro apenas lanzado en Alemania y comenzó las tratativas para
publicarlo. "En ese momento, Ariel Magnus, en su rol de traductor, estaba
ofreciendo el libro a las grandes editoriales, pero no parecía despertarles
interés -explica Juan Manuel Nadalini, editor socio de Entropía-. Cuando me
enteré de eso, le mandé un mail. Desde la editorial teníamos un gran interés
por el cine y por Herzog, y en ese momento se empezaba a reconocer a Herzog
como escritor además de director." Después de un año de idas y vueltas
entre los editores, el traductor y el propio Herzog, se publicó La conquista de
lo inútil en 2008, un libro que reúne estas anotaciones que le llevaron al
director más de veinticinco años escribir. "Publicamos este libro porque
estaba disponible y porque es imprescindible, pero no suele darse esta
coincidencia. Este tipo de libros siempre están ocupados", aclara
Nadalini.
Desde Entropía localizaron el material disponible y le
escribieron a Herzog para pedirle la cesión de los derechos de autor de la
primera edición del Diario de grabación de Fitzcarraldo, para traducirla al
español y publicarla. Esto les permitió abordar los gastos de la primera
impresión. El libro lleva vendidos siete mil ejemplares y va por la quinta
edición. A partir de la segunda, comenzaron a pagarle por los derechos. En
algún momento el mismo Herzog comentó, en alusión a La conquista de lo inútil:
"Escribo mejor de lo que filmo. Hay más sustancia en estos escritos que en
todas mis películas juntas". Fue Entropía, junto a un traductor, quienes
pensaron que ese material era imprescindible para constituir el citoplasma del
capital simbólico cultural y lo llevaron a cabo. El año pasado, la misma
editorial, el mismo traductor y el mismo autor publicaron Del caminar sobre
hielo, otro diario de notas que el cineasta había escrito sobre una travesía
iniciada en noviembre de 1974, a pie desde Munich, donde vivía, hasta París
para visitar a una amiga que estaba muy enferma.
La nota completa, en este link
viernes, mayo 27, 2016
La verdad alucinada
Martín Jali escribe sobre Werner Herzog para La Agenda BA
Los proyectos de Werner Herzog llegan como una forma de su
desaforada obsesión y no guardan un fin utilitario. Por eso nos fascinan.
Estamos en el mes de junio de 1979, en la casa de Francis
Ford Coppola, en la bahía de San Francisco. En un living con ventanales
imponentes, donde se escucha el viento y se vislumbran los veleros estacionados
en la bahía, Werner Herzog trabaja desaforadamente en el guión de Fitzcarraldo.
Coppola no está en casa. El director de La ley de la calle y la trilogía de El
padrino se recupera de una operación de hernia y duerme en una cama de hospital
que hizo trasladar al séptimo piso del Edificio Sentinel, entre las calles
Kearny y Jackson, donde funcionan los míticos Estudios Zoetrope. No se siente del todo bien, está quejoso y se
refugia en su trabajo, como todo workaholic crónico. Coppola acaba de regresar
de su recorrida por media docena de festivales, donde presentó Apocalypse now,
película inspirada, como todos sabemos, en El corazón de la tinieblas, de
Joseph Conrad pero también en Aguirre la ira de Dios. En este momento de sus
vidas, Herzog y Coppola se encuentran a años luz de distancia. Uno acaba de
parir una película accidentadísima, caótica, enferma, que ahora – no olvidar
que estamos en 1979 – recoge premios en todo el mundo. Herzog, en cambio, fiel
a su modelo de producción furiosa, escribe su guión en 3, 4, 5 días, mientras
observa los autitos pasar por encima del Golden Gate y escucha ópera con el
padre de Francis Ford. Uno termina su odisea personal, el otro apenas la
vislumbra en el futuro inmediato.
Sin embargo, Herzog hace algo raro, un poco disonante con su
personalidad. Conversa con productores de Hollywood, toma milkshakes y come
hamburguesas en restaurantes ultra chetos de Los Ángeles. Como si esto fuera
poco, se reúne con los directivos de la 20th Century Fox, a quienes intenta convencer
de una verdadera alucinación fílmica. “Dije que la obviedad que no se discute
es que tiene que tratarse de un verdadero barco de vapor sobre una montaña de
verdad, pero no por una cuestión de realismo sino para estilizar un gran evento
operístico. A partir de ahí, las amabilidades que intercambiamos se cubrieron
de una ligera capa de escarcha glacial”, escribe Herzog en las primeras páginas
de su lúgubre y fantasmático Conquista de lo inútil, su suerte de diario
emocional y onírico sobre la filmación de Fitzcarraldo. ¿No es un delirio,
acaso, viajar a lo profundo de la jungla peruana con Klaus Kinski, comer monos
asados entre mariposas gigantes, perros sarnosos e indios sonámbulos, mientras
Mick Jagger, quien todavía no ha abandonado el rodaje, conduce un auto por las
callecitas de Lima, con el equipo de filmación que acaba de llegar, con días y
días de retraso, desde Brasil? ¿Hay alguna manera de hacer las cosas más
difíciles?
Al conocer estos episodios uno comienza a sospechar que lo
que predomina en Herzog es una peculiar teoría del colapso. Se trata de una
matriz interior que lo impulsa hacia lugares insospechados, donde las
condiciones de producción de su propio arte aparecen estrechamente ligadas a la
obra en sí. Esto es fascinante a secas. En un país como el nuestro, donde tanto
el cine, como el teatro, la música y la literatura, se llevan adelante con
escasos recursos, la discusión sobre las condiciones materiales de producción
son una constante. Se produce, en general, mientras se trabaja de otra cosa.
Hace unas semanas nos reunimos con unos amigos a cenar.
Mientras preparábamos unas pizzas caseras y tomábamos cerveza, comenzamos a
enumerar algunos pocos artistas que una y otra vez, con años de diferencia, nos
toman por asalto la sensibilidad. Claro: hacia pocos días nos habíamos enterado
de la muerte de Prince. En algún momento llegamos a la pregunta: ¿por qué nos
vuelve locos, a la gran mayoría, el cine de Herzog?
Para empezar, coincidimos en que Herzog es todo un outsider
y la prueba absoluta de que se puede crear sin recursos, viniendo de la
pobreza, obligado a comerse las suelas de sus propios zapatos, vender su reloj
por un desayuno o contrabandear televisores en la frontera mexicana. Hagamos un
breve racconto: Werner Herzog nació en Munich en 1942, es decir, en el ojo de
la tormenta de la Segunda Guerra Mundial, pero se crió en la región montañosa
de Baviera, sin electricidad ni agua potable, sin radio ni televisión. Herzog
realizó su primera llamada telefónica a los 17 años. Hasta los 11, no sabía ni
siquiera que el cine existía. Su formación fue enteramente autodidacta y se
apoyó, como repite una y otra vez en cada entrevista que le hacen, en la
literatura. Aún hoy, Herzog afirma no
ver más de 4 o 5 películas por año. Hay que leer, leer, leer, dice. No se puede
hacer cine sin leer. Y sin viajar, preferentemente a pie. Lo de Herzog es el
anti turismo, el modelo de viaje que se formateó a mediados del siglo XX para que
la clase media recorra el mundo, compre paisajes y estadías en hoteles all
inclusive o hostels de habitaciones compartidas. “El mundo se revela como es
para el que viaja a pie”, repite.
En Del caminar sobre el hielo – menos espectral que
Conquista de lo inútil –Herzog plasma esta teoría. Cuando descubre que la vida
de Lotte Eisner, pionera del nuevo cine alemán, corre serio peligro, decide
caminar de Munich a París como una manera de exorcizar a la muerte. Como suele
suceder en el universo Herzog, por motivos casi místicos, todo sale bien.
Eisner vivirá 9 años más, Herzog tendrá su propio road trip vital y nosotros
leeremos con altas dosis de placer su pequeño libro, editado el año pasado por
la bella editorial Entropía. No es el único, ya que a el se suman Herzog por
Herzog y Manual de supervivencia, entrevistas con Hervé Aubron y Emmanuel
Burdeau, ambos por el sello El cuenco de plata. Las ediciones entonces se
acumulan: existe un mercado, y, al parecer, también un público.
Para pensar esta suerte de fascinación nacional herzogiana
hablo con Ariel Magnus, escritor y traductor de Conquista de lo inútil y Del
caminar sobre el hielo. Autor de novelas como Un chino en bicicleta (Norma,
2007) y Cazaviejas (Interzona, 2014), Magnus, durante su estadía en Alemania,
leyó en su idioma original Conquista de lo inútil, decidió traducirla y buscar
editorial, tarea que, aunque resulte increíble por la calidad del texto,
confiesa que le tomó varios años. Es más, debido a que los derechos eran
demasiado caros para una pequeña editorial como Entropía, Magnus le escribió a
Herzog para que les regalara los derechos de la primera edición.
“Conquista de lo inútil -señala Magnus- es un backstage
literario de Fitzcarraldo, pero que termina sobrepasando a la película, porque
funciona también de backstage anímico e intelectual de su director. Una de las
cosas más sorprendentes del libro es que cuenta los sueños como cuenta las
escenas que vive o filma, con lo que todo queda inmerso en el mismo mundo, la
misma selva de imágenes y sensaciones. Caminar sobre el hielo es también un
protocolo de una conquista inútil, de la prosecución de una superstición en la
que no cree ni quien obedece insensatamente a ella. Herzog nunca es tan bueno,
creo, como cuando es cronista de sí mismo, porque tiene una personalidad tan
rica e ideas tan desaforadas que colma tranquilamente el espacio que en otras
circunstancias requeriría de toda una serie de personajes y situaciones”.
En este “ser cronista de sí mismo” hay un punto interesante.
Herzog se aleja de forma menos programática que sensible de las grandes teorías
del conocimiento que atravesaron el siglo XX: el Marxismo y el Psicoanálisis.
Vivimos en un mundo complejo, donde nuestras dudas se resuelven a un click de
distancia y la imaginación vital y el deseo se ha trasladado a las pantallas de
nuestras computadoras. “No pienso demasiado en mí mismo ni en mi trabajo, ni
siquiera me miro al espejo. Conozco el color de mis ojos únicamente porque lo
dice en mi pasaporte”, explicó en una entrevista en DOC Estudio en 2012, frente
a un estudiante púber que balbuceaba sus preguntas en inglés. Pueden buscarlo
en Youtube, como la gran mayoría de sus films. Aquella vez Herzog agregó: “Yo
no puedo estar con una mujer que se psicoanaliza. Es peligroso pensarse
demasiado a sí mismo. El cuerpo y la mente se vuelven inhabitables”. Después
señaló la habitación en la que se encontraba, y mencionó los claroscuros debajo
de los muebles y las sombras sobre las cortinas. El que quiere oír, que oiga.
¿Pero qué hay de nuestro aguante local? “Herzog y los Toten
Hosen tienen más llegada acá que en Alemania. A ellos mismos les debe
sorprender. Mi impresión es que allá Herzog es como, digamos, acá Subiela. No
por la calidad de sus producciones (¡ni por lejos!), sino en el sentido de
alguien que supo ser exitoso, que marcó una época tal vez, pero ahora está
olvidado. Exagero, seguramente, pero tampoco tanto. Con (Peter) Handke creo que
pasa un poco lo mismo. Quizá con (Win) Wenders también. Hay algo con esa generación
alemana (o alemana-hablante), que pegó mucho en su momento, pero cuyos ecos
sólo siguen reverberando de este lado. A esto se agrega que Herzog estuvo acá,
filmó en Argentina, y su relación con Latinoamérica ayuda quizá a que lo
sintamos más cercano. Como sea, habla bien de nosotros como público, porque es
un grandísimo director y un gran autor también”, opina Magnus.
Así, los proyectos de Herzog llegan como una forma de la
obsesión, y no con un fin utilitario. Se trata de una no carrera, porque no hay
pasos programáticos. El prestigio o el dinero son un fin para hacer más
películas, y no un fin en sí mismo. “Realizo películas para entender el
significado de mi propia vida, por eso no pretendo ganar mucho dinero con esto
que hago”, ha dicho Herzog alguna vez.
Sus películas son inspiradoras porque plasman un mundo
personalísimo pero reconocible. Son también fundacionales. Sus documentales no
son documentales en el sentido estricto del término. Hay diálogos inventados,
escenas enrarecidas y comentarios en off cuasi místicos, todo puesto ahí con el
objetivo de llegar a otro nivel, si es posible, más verdadero. La ficción como
trampolín hacia lo profundo. El cine Herzog trama cartografías alucinadas sobre
la locura, y la frontera entre lo humano y la naturaleza.
Pero hay otra cosa, y tiene que ver con el límite, tanto
estético como cultural. Mientras nuestros escritores intentan encontrar nuevos
nodos para representar la ciudad o narrar el paisaje, Herzog se ubica más allá,
en la frontera entre ambos. Es más, Herzog comienza en esa frontera, pero luego
se excede, como en Grizzly man, la historia del documentalista Thimoty
Treadwell, un hombre que se va a vivir a Alaska con los osos grizzlys. Pero los
osos, una noche, se lo devoran dentro de su carpa, y uno ya no sabe qué terreno
está pisando. O Enemigos íntimos, que narra su relación con Klaus Kinski, aquel
psicópata y adicto al sexo protagonista de Fitzcarraldo. O en el pequeño lapsus
de los pingüinos suicidas, en Encuentros en el fin del mundo, cuando la voz
grave de Herzog sigue el desolado extravío de esos animales, que avanzan hacia
las montañas para morir en soledad. Busquen entonces sus documentales,
entrevistas, largos y masterclass, la gran mayoría disponible en la web.
Herzog, como los pingüinos, los va a llevar a lugares insospechados.
miércoles, septiembre 09, 2015
Viaje al corazón salvaje
Martín Jali lee Del caminar sobre hielo para Esto no es una revista
Lo único que parece importar, en Werner Herzog, es el
instinto, entendido desde su matriz animal pero también inflamado por su
peculiar falta de juicio, por cierto paganismo religioso, por un extravío
programático. Como si todos, en este mundo feroz, violento y desordenado,
acecharan. Por eso su encanto rabioso y esa propensión tan suya hacia las zonas
salvajes del corazón humano. A Herzog no solo le disgustan los estudios por su
particular mirada corporativa, sino por su adoctrinamiento sensible, por su
acartonamiento, por el artificio y el molde. Como si no hubiera maneras, o cada
uno, para convertirse en artista, escritor, músico o cineasta, debiera
encontrar las propias. Por eso la recorrida vital y el aprendizaje no se
alcanzan desde la academia, sino a través del cruce de fronteras. Para el
director alemán la clave del proceso creativo reside en las dificultades, mejor
si son mayores, más profundas y excesivas, a las que somete su cuerpo, su
visión, su sensibilidad e inteligencia a la hora de proyectar un film. Una
pregunta: ¿A Herzog le importa el dinero? A medias: lo necesita para hacer
películas, no mucho más.
Los decorados, las escenografías, la caustica comodidad de
los interiores de plástico y metal, no sirven. Herzog necesita meterse en la
selva, ponerse en peligro. El instinto de supervivencia funciona para sí mismo,
para su proyecto, pero también para la posterioridad que ansía: sus películas,
y el mito de sus películas, valen tanto por sus logros en la pantalla como
también por lo que ocurrió en el detrás de escena. Por eso los intelectuales lo
adoran, por eso siempre mencionan sus películas. Es un Aira que, en lugar de
escribir con caligrafía hermosa en pequeños cuadernos rayados, pone en riesgo
su vida. Y lo mejor: sobrevive. Así, Herzog se mete en las cavernas antiguas
donde nuestros antepasados se congelaron, sueña con camaleones, se obsesiona
con un hombre que convivía con los osos y muere destrozado por sus garras.
En Conquista de lo inútil (Entropía, 2004, con formidable
traducción de Ariel Magnus) anota sus impresiones durante la filmación de
Fitzcarraldo. Más que diario de cine, es un diario de cómo la vida en la selva
penetra el corazón de un director de cine. Pero entonces: ¿qué lugar ocupa la
literatura? Editorial Entropía acaba de editar De caminar sobre el hielo, un
diario que Herzog escribió en noviembre y diciembre de 1974 – sorprendentemente
jamás editado en español – cuando cruzó la distancia que separa Munich de Paris
en una suerte de caminata delirante y mística: Herzog creía que, de lograrlo,
salvaría la vida de LotteEisner, la guía y maestra de aquella generación de
cineastas alemanes. Lo logró: atravesó los paisajes desolados de Europa para
llegar a Francia con sus pies deshechos. LotteEisner viviría nueve años más. Su
prosa es oscura, brutal, por momentos alucinada. Casi todo parece un delirio
onírico pero, a la vez, realista.
En Conquista de lo inútil, Herzog escribe: “Cuesta acometer
este trabajo, esta enorme carga de los sueños. Sólo los libros dan algún
consuelo.” Y también ha dicho, como un consejo fatal y hermosísimo para sus
aprendices, que se multiplican cada año: "Viajen a pie, el mundo se deja
comprender para los que caminan. Esto tiene mucho más valor que pasar cuatro
años en una escuela de cine. Manténganse alejados de los Estudios. La Academia
es el enemigo. Va a matar sus instintos. En lugar de ir a la escuela trabajen
como chofer de taxi o como guardaespaldas en un club porno, hagan lo que sea
para ganar el dinero para hacer películas. Pero sobre todo lean. Tienen que
leer. Lean y lean y lean. Pero no teoría del cine: lean poesía, libros que
enseñen sobre la profundidad del mundo. Si no leen, nunca serán
cineastas".
¿Cómo no enamorarse de Herzog? ¿Cómo no querer ser él mismo,
y sufrir por no conseguirlo? ¿Cómo no sentir el embate de los sueños y querer
alcanzarlos, dejando todo en el camino para perderse en aquel universo salvaje?
Herzog lee, escribe, argumenta que la lectura es esencial en
la formación creativa. Pero se dedica a filmar, trabaja en un arte concebido a
través de máquinas, donde todo es copia. Busca la verdad y el salvajismo, y
filma en 3D, y da conferencias que pueden seguirse vía streaming en todo el
mundo, y llega a Río de Janeiro, y, en la jungla, no sabe cómo resolver un ataque
de caimanes que ha devorado parte de sus rollos de filmación. Herzog, entonces,
apela al instinto, confiando que todo, tarde o temprano, se resolverá, y si no
es así, mejor, tomará otro rumbo.
Cuando narrar las grandes ciudades y la vida en ellas alcanza
un nivel de saturación estético que linda con lo imposible, Herzog va a la
periferia, cruza las fronteras, viaja al futuro, donde el paisaje se desgrana
de urbe para potenciarse. De nuevo: ¿Cómo no querer ser Herzog, y sufrir por no
serlo?
lunes, agosto 31, 2015
Del caminar sobre hielo
Por Damián Huergo para Revista Acción
Todo empezó con una llamada. De un lado del teléfono, Werner
Herzog en Munich. Del otro, en París, un amigo que le comunicaba que Lotte
Eisner estaba enferma, grave. Eisner fue una de las primeras críticas de cine,
guardiana de la historia del cine alemán y, en particular, madrina de la
generación de cineastas de posguerra. Herzog no concibió lo que escuchaba. Y,
apelando a la invención de un ritual, se propuso caminar en línea recta desde
Munich a París para impedir la muerte de su adorada Eisner. Del caminar sobre
hielo es el diario que escribió durante noviembre y diciembre de 1974, en su
andar por una fría y fantasmal Europa. Como si fuese un largo plano secuencia,
va describiendo todo lo que ve a su paso: granjas, remolinos, cuervos, bares,
escombros y nieve, mucha nieve. A la vez, narra los efectos del camino en su
cuerpo, la resistencia de la naturaleza ante su paso intuitivo. Al llegar a
París, su pedido parece haber sido escuchado: Eisner continuó con vida los
siguientes 9 años. Como se lee en el libro: «Solo si fuera una película creería
que todo esto es real».
lunes, julio 20, 2015
Del caminar sobre hielo
“SPRICH DEIN WORT UND ZERBRICH”
Por El Genio Maligno para el sitio chileno EANoticias
Werner Herzog, Del caminar sobre hielo. Entropia: Buenos
Aires. 2015. 112 pags.
En 1987, Gilles Deleuze, filósofo francés de largas uñas y
cinéfilo empedernido, pronuncia una conferencia relativamente famosa titulada
¿Qué es el acto de creación?
En ella Deleuze plantea la afinidad entre la obra de arte y
el acto de resistencia, para lo que recurre a un pensador ya casi olvidado
(entonces y ahora): André Malraux, novelista, intelectual orgánico del gobierno
de de Gaulle y uno de los intelectuales que ayudó a apagar los fuegos del mayo
francés, que el mismo Deleuze ayudó a iniciar.
¿Qué rescata Deleuze de Malraux? Un concepto, una cosa muy
simple sobre el arte: Malraux dice que el arte es la única cosa que resiste a
la muerte.
Saltemos en el tiempo al invierno de 1974. “Solo si fuera
una película creería que todo esto es real” anota Werner Herzog en su libreta,
al poco de comenzar su caminata. Una larga marcha desde Múnich hacia París en
línea recta. Su peregrinaje tiene como objetivo llegar hasta la cama de una
amiga moribunda. El caminante cree que sus pasos, su peregrinar, la mantendrá
viva.
Herzog, quien ya había filmado para entonces dos de sus
películas más importantes (Aguirre, la cólera de Dios y Kaspar Hauser), llena
su libreta de anotaciones inconexas, instantáneas que retratan el frío y el
camino que queda bajo sus pies.
A veces confuso, Del caminar sobre hielo es la bitácora de
un doble acto de resistencia: el acto ritual del hombre caminado en soledad
para ganarle un tramo a la Parca, y el testimonio de una odisea privada para
guardar los retazos del recuerdo de un inexorable olvido. Ahí su belleza, ahí
su posibilidad de salir del ámbito de lo privado, su primera forma, y llegar a
nosotros como libro.
Alcanzar lo público, entrar en la circulación de los hombre,
será su gesto para con la muerte y el olvido enfrentados mediante una
escritura, bajo el frío del invierno, en una batalla perdida desde el vamos.
Herzog se detiene en paisajes de hielo y páramos,
describiendo cómo el paisaje se transforma al pasar del territorio germano al
galo, cruzándolo al igual que los dialectos, y donde aún se mantiene un mundo
bucólico que lo reconoce como un extraño:
“Una mujer mayor, rechoncha y pobre, que está juntando leña,
me dirige la palabra, enumera a sus hijos, cuando nacieron, cuando murieron.
Como siente que quiero seguir viaje, habla el triple de rápido, resume destinos
enteros, saltea la muerte de tres chicos, pero después las recupera porque no
quiere que queden ignoradas: y todo esto en un dialecto que me hace difícil
seguirla. Tras el deceso de toda su generación de hijos sólo dijo sobre sí
misma que ella juta leña, todas las mañanas; habría querido quedarme más tiempo
con ella.”
Por caminos que recuerdan antiguos imperios y que guardan
huellas de grandes guerras no tan antiguas, las notas avanzan, se detienen en
lo minúsculo, en el detalle de las minifaldas de las adolescentes (acto de
resistencia de la erótica contra el frío de la Mitteleuropa), en caminos con
nombres impronunciables, los campesinos, los animales (vacas tan reflexivas
como poéticas) y árboles que humean como seres vivos.
Recuerdos de peregrino que llegan a nosotros como viaje
imaginado.
Herzog deja ver un brillo de esperanza casi religiosa en
esta bitácora, donde cada palabra sabe que en ese caminar es en sí un potlach,
un sacrificio tan gratuito como excesivo e inútil. Una escritura que de tan
banal se vuelve mística, lo que le permite lograr, mejor que en sus plúmbeas
películas, entregar el retrato de esa resistencia de la que hablaba Deleuze,
citando a Malraux.
Las esquelas fragmentadas del breve libro, publicado por
Entropía, le dan forma a algo tan frágil como como el hielo que se quiebra bajo
sus pies. Y así lo perduran.
El título de esta nota es una cita de Nietzsche, que se
podría traducir, aproximadamente, como: di tu palabra y quiébrate.
Solo eso quería decir.
viernes, julio 10, 2015
El gran Werner necesita caminar
Por José Miccio para Bazar Americano
1
Esto escribió Herzog en el punto número siete de su
Declaración de Minnesota, un manifiesto acerca de la verdad y los hechos en el
documental: “El turismo es pecado y el viaje a pie, virtud”. No es la única
ocasión en la que hizo referencia a lo que en su vida y su cine significa
caminar. Anoto otras tres. 1) En una larga entrevista realizada por Hervé
Aubron y Emmanuel Bordeau en 2008, publicada con el título de Manual de
supervivencia, considera que caminar es una experiencia tan decisiva como pasar
hambre y estar preso. 2) En una de las declaraciones reunidas por Paul Cronin
en Herzog por Herzog dice: “El volumen, la intensidad y la profundidad del
mundo son cosas que solo experimentan los que viajan a pie”. 3) En el autorretrato
de media hora que filmó a mediados de los 80 afirma que sus películas nacen de
apuntes que toma mientras camina. Herzog es el Bruce Chatwin de los cineastas.
Una de sus frases más famosas dice: Filmar películas es un asunto atlético, no
estético.
Del caminar sobre hielo es un diario de viaje a pie: el que
Herzog hizo de Munich a París a fines de 1974 para ver a Lotte Eisner, entonces
muy enferma. O mejor dicho: no para verla sino para salvarla, como si sus pasos
pudieran demorar los de la muerte. Un acto absoluto de amor absoluto. Eisner no
era solo una mujer a la que Herzog quería, y a la que por quererla le dedicó su
esfuerzo y El enigma de Kaspar Hauser. Escribió un estudio clásico sobre el
cine expresionista (La pantalla diabólica), fundó junto a Henry Langlois la
Cinemateca de Francia e impulsó el Nuevo Cine Alemán. Una anécdota ilustra su
importancia cultural y el papel que cumplió en la vida de Herzog. Fritz Lang le
dijo una vez que no creía que se volvieran a filmar películas alemanas. Eisner le
contestó que ya había una: Señales de vida, el debut en el largometraje de un
jovencito llamado Werner.
El librito -cien páginas, tamaño chico- se inscribe
perfectamente en la filmografía de Herzog. Hay en él nubes, obstinación,
energía, misterio, humor, onirismo, riesgo, visión. Imposible para quien tenga
la fortuna de haberlas visto no recordar durante la lectura imágenes de sus
películas. La materialidad hiriente de la nieve y el frío, por ejemplo, es tan
palpable como la selva amazónica de Aguirre, el volcán de La Soufrière o las
montañas de Grito de piedra. La visión de un tren que arde en el espacio y de
estrellas y planetas que colapsan difiere en contenido pero no en vigor poético
de las visiones del pastor Hias en Corazón de cristal. Incluso algunas personas
que se cruza en el camino, y que ocupan apenas unos renglones, parecen salidas
de sus películas. Ahí están la mujer que perdió a todos sus hijos y junta leña
y el molinero al que su esposa y el amante de su esposa encerraron durante años
en el altillo, y que aceptó su suerte con conmovedora entrega: “Lo taponaron
con tablas y él no se resistió, porque le alcanzaban sopa para comer”. El
propio Herzog es un personaje de Herzog: un tipo que se traza un objetivo
titánico y no se detiene hasta alcanzar la locura, el éxtasis o una derrota a
la vez épica y ridícula. Escribe casi al comienzo del diario: “Cuando yo
camino, camina un bisonte”. Y también: “Nuestra Eisner no debe morir, no va a
morir, yo no lo permito”.
2
Herzog escribe maravillosamente, tal como muestran Del
caminar sobre hielo y Conquista de lo inútil, el diario de filmación de
Fitzcarraldo que Entropía editó en 2008, también con traducción de Ariel
Magnus. Los dos libros se pueden leer con independencia del cine: tienen una
vida propiamente literaria, y por eso son tan buenos. El estilo fragmentario y
veloz de Del caminar sobre hielo, en ocasiones casi fotográfico pero ligado
siempre a lo que Herzog llama paisajes interiores, trae a la memoria versos y poetas,
además de palabras no muy confiables y alemanísimas, como romántico y
expresionista. (Curiosamente, es casi imposible no pensar en el primer Girondo
cuando se leen cosas como esta: “Cornejas que se pelean por algo y una que cae
al agua. Sobre una pradera mojada yace olvidada una pelota de fútbol de
plástico. Los troncos de los árboles humean como seres vivos”). Un autor
inevitable teniendo en cuenta el tema del que hablamos es Robert Walser, de
quien Herzog es una encarnación punk. (“Mientras cagaba, un conejo me pasó a un
manotazo de distancia, sin verme”). Otro es Kerouac. El modo en que la lluvia,
los animales, los hombres y las montañas comparten en el diario nivel
ontológico es admirable, y está en sintonía con algunos textos del gran beat,
como los reunidos en Viajero solitario (un título muy herzoguiano, por cierto).
De todos modos, Herzog es fundamentalmente un director de
cine, y es en sus películas que podemos encontrar las claves de su modo de
entender la naturaleza, la cultura y el lugar que ocupa el hombre en ese
desastre infinitamente cruel e infinitamente cómico que llamamos universo. Se
puede notar en casi toda su obra: bajo cualquier orden o contrato hay caos, y
si algo falta en este mundo es armonía, proporción y sentido. Las acciones mayúsculas
que acometen tantos de sus personajes son intentos por gobernar lo
ingobernable, absurdos y gloriosos. El Stroszek de Señales de vida lanza un
desafío cósmico que nadie escucha, y su visión no consigue más que un burro
muerto. Aguirre quiere ser Cortez y termina monologando con un mono.
Fitzcarraldo –el conquistador de lo inútil, tal su hermoso epíteto– cruza un
barco por una montaña después de descomunales esfuerzos y al día siguiente el
río lo devuelve al lugar del que partió. No todo es derrota (si es que en
verdad la hay). El ingeniero de El diamante blanco logra volar sobre la selva
de Guyana en su globo después de que un documentalista perdiera la vida en el
intento. El atleta de El éxtasis del escultor de madera Steiner es campeón
mundial de salto en esquí. El propio Herzog siempre vuelve de sus aventuras con
una película. Pese a estos triunfos (si es que lo son), el universo permanece
fuera de quicio. Es algo que de una manera u otra terminan por saber tanto los
mesurados como los megalómanos, dos modos de ser que conviven en el propio
Herzog, aunque su fama prefiera solo el segundo. Del caminar sobre hielo deja
ver algo con claridad: lo que Herzog comparte con sus protagonistas no es lo
que persiguen sino la voluntad con la que tratan de alcanzarlo, y en ocasiones
el riesgo. Por recurrir a su película más famosa: para llegar a El Dorado o al
cine es necesario sobreponerse a una naturaleza que demuele y asusta, pero eso
no significa que el loco Aguirre sea el loco Herzog. Sucede más bien al contrario:
no hay personaje que le sea más ajeno. Aguirre quiere oro y poder, y reduce a
nada todo lo que se interpone entre él y su objetivo. Es un conquistador: la
selva es solo un obstáculo a vencer. Herzog quiere imágenes verdaderas y
conmovedoras. Es un cineasta: la película no está más allá de la selva sino en
su mismo corazón cruel.
El fracaso o la victoria son meros resultados, lo que
importa no pasa por ahí. El ralenti magistral con el que Herzog filma el salto
de Steiner es equivalente a las palabras del aviador alemán que se incorporó a
la fuerza aérea estadounidense porque quería volar, no importaba la bandera ni
la ideología. (Su historia se cuenta en El pequeño Dieter necesita volar. El
verbo del título es más adecuado que querer). Es el hecho de estar en el aire,
la suspensión del tiempo y el universo que significa una acción absoluta lo que
le interesa a Herzog. El instante en el que alguien se despoja de todo lo que
lo ayuda o somete, y alcanza entonces el éxtasis, la locura o cualquier forma
de revelación. Aguirre, Fitzcarraldo, Gesualdo, Stroszek, Dieter, Steiner,
Kinski, Woyzeck, Cobra Verde: las películas de Herzog que tienen un nombre
propio en el título (siempre de varón, para quienes quieran acusarlo de algo)
son las que ilustran mejor este punto. El clímax de Nosferatu es un verdadero
drama de absolutos: el amor de una mujer que se entrega al vampiro para salvar
a su esposo y la delectación del propio vampiro, perdido para siempre en un
cuello blanco y prerrafaelita.
La excepcionalidad de los personajes de Herzog puede nacer
del arrebato o de la disciplina más estricta, pero siempre acceden a un lugar
que no existe más que para ellos. En esa tierra de revelaciones, Fitzcarraldo,
Aguirre y Dieter tal vez se crucen al menos por un instante con otras criaturas
igual de herzoguianas: las que en vez de sobrepasar ciertos límites se
mantienen siempre ajenas a ellos. El ejemplo más acabado es Kaspar Hauser, que
no acepta ninguno de los modos de comprender propios de la civilización, y cuya
existencia termina por alterar los fundamentos de la sociedad, la lógica y la
religión. Contra sus maestros, Kaspar dice: Dios no puede haber creado todo de
la nada, la ventana de una torre es más grande que la torre, hay voluntad en la
manzana, la polis es peor que la mazmorra en la que viví hasta los dieciséis
años. El cine es un instrumento para indagar en los límites de la experiencia.
Lo que está más allá o más acá de la percepción y la cultura: a eso apunta
Herzog. Su filmografía es una ciudad poblada por condenados a muerte,
sordociegos, atletas, hombres-oso, hombres del bosque, asesinos,
sobrevivientes, místicos. Hay algo inexplicable en todos ellos, incluso algo
monstruoso, pero de ningún modo inhumano. Sean quienes sean. La dulcísima
sordociega Fini Straubinger (protagonista de la notable País del silencio y la
oscuridad) tiene una experiencia del mundo a la que no podemos acceder, y que
ella misma no puede comunicar a pesar de intentarlo con palabras que recuerdan
a las iluminaciones románticas (y que probablemente haya escrito el mismo
Herzog). El artista-asesino Gesualdo, que mató a su esposa, al amante de su
esposa y compuso una música infinitamente triste que parece prefigurar a
Wagner, es un misterio para todos los que hablan de él, no importa si son
eruditos, cocineros o fantasmas.
3
Del caminar sobre hielo es Herzog en estado puro. Esto es,
un lugar para la maravilla. Lo primero que salta a la vista es qué significa
caminar: no una actividad calma y contemplativa sino un esfuerzo, un gasto de
energía, un trato permanente con el dolor. Ampollas en los talones y en los
dedos gordos, un tobillo hinchado, molestias en las rodillas y el tendón de
Aquiles, en las piernas y en la ingle. En dos momentos Herzog se pregunta:
“¿Cómo puede doler tanto caminar?” También el clima pone el cuerpo en primer
plano. Alguna vez hay sol y brisa. Pero la regla es otra: niebla, viento,
nieve, tormenta, granizo y aire constantemente húmedo. Es casi invierno. Herzog
duerme en casas vacías o en reparación, en casas rodantes, en graneros, alguna
vez en un hotelito o como invitado de una familia generosa. Se cansa, tiembla,
está intranquilo. Tiene que ser así, se dice. No hay otro modo. Necesidad es
capricho más visión. Cuando se siente débil piensa herzoguianamente: “En viejas
fotos marrones, los últimos navajos marchan, agazapados sobre sus caballos y
envueltos en mantas en la tormenta de nieve, hacia la extinción; la imagen no
se me va de la mente y aumenta mi resistencia”. Como el aviador Dieter, que en
la selva de Laos huyó y huyó de sus captores hasta que la misma muerte decidió
dejarlo, Herzog parece poseído por una fuerza tenaz e inevitable. La conciencia
duda, la voluntad no. Un automovilista lo levanta en la ruta, bajo una lluvia
total: “Viajé con él más de cuarenta kilómetros, luego se levantó en mi un
terco orgullo y volví a caminar bajo el aguacero”.
La prosa de Herzog compite con sus propias películas en
fortaleza material y poder alucinatorio. Su propio lenguaje piensa a veces en
el cine: “Pasa caminando un hostal de montaña” / “Entran en cuadro las
piedritas” / “Mirar cómo se tambalean los abetos sacudidos en cámara lenta”. En
Conquista de lo inútil Herzog sugiere que sus textos pueden ser leídos no como
informes de filmación sino como paisajes interiores nacidos del delirio de la
jungla. En Del caminar sobre hielo podría decir: esto no es un diario, son
visiones que vienen del frío y de los pies. “Primeros problemas con las botas,
todavía son tan nuevas que me aprietan” / “Pensar flamígeramente en hielo hace
que el hielo se forme con la rapidez del pensamiento. Siberia se creó de esa
manera, las aureolas boreales constituyen sus últimos fogonazos. Esa es la
explicación”. Como el de su cine, el espacio que va de Munich a París es al
mismo tiempo material y mental, físico y metafísico. Caminar es una actividad
aeróbica pero sobre todo un modo de conocimiento sensible. El pensamiento es
iluminación y zapatos: “Tras estos pocos kilómetros a pie sé que no estoy
cuerdo; la certeza me viene desde las suelas”.
No solo en la literatura y el cine se sostiene Herzog. En su
autorretrato de 1986 muestra algunas pinturas de Caspar David Friedrich, entre
ellas El caminante sobre el mar de nubes, su obra más famosa. La soledad, el
paisaje alucinado, las dimensiones de la naturaleza y el ser humano: todo lo
que se ve en el cuadro tiene relación con Del caminar sobre hielo. Ahí arriba,
en el borde, solo ante los elementos, grande y pequeño, orgulloso, el hombre de
Friedrich bien podría ser Herzog. Habría que cambiarle la ropa, demasiado
dandy, por una camiseta de fútbol y una capa de plástico, y habría que dotar a
la imagen de humor, o buscar un segundo cuadro, igual pero burlón, tal vez con
esta talla, tomada del punto diez de la Declaración de Minnesota: “La Madre
Naturaleza no llama, no te habla, aunque de tanto en tanto un glaciar se tire
un pedo”. El humor de Herzog –tan fundamental en su obra– no reniega del
espíritu de trascendencia: lo protege de sus malos sacerdotes, empeñados en
desconocer cuánto le debe al ridículo con el que marcha. En un momento de Del
caminar sobre hielo escribe, abismado: “Comiendo un sándwich me tragué por
error la punta de la bufanda”.
4
Herzog caminó de Munich a París en 1974, veintidós días,
entre el 23 de noviembre y el 14 de diciembre. Lotte Eisner, cuya vida estaba
en riesgo, murió nueve años después, cerca de los noventa. Explicaciones
posibles: o el diagnóstico estaba errado, o Eisner era un búfalo, o los pies de
Herzog la salvaron. En la Laudatoria con la que termina el libro, pronunciada
en 1982 con motivo de la entrega a Eisner del premio Helmut Käutner, Herzog le
dice a su amiga: “Tiene permiso para morir”. En Herzog por Herzog cuenta más
extensamente: “Yo caminaba contra la muerte de Lotte. Sabía que si viajaba a
pie ella estaría viva cuando llegara. Unos años después de aquella caminata mía
estaba casi ciega, no podía caminar ni leer ni tampoco ir al cine, y me dijo:
‘Werner, estoy bajo un hechizo que no me deja morir. Estoy cansada de la vida.
Ahora sería un buen momento para mí’. Y yo le dije en broma: ‘De acuerdo,
Lotte, aquí y ahora te libero del hechizo’. Lotte murió tres semanas después”.
No habría que desestimar esta historia entregándola a la
probabilidad o la suerte. Estamos hablando de Herzog. En un momento,
agotadísimo, con dificultades para sostenerse en pie, escribe en el diario:
“Transformo un caer hacia adelante en caminar”. Debería haber memes con su cara
como los que hay con la de Mascherano.
Cuando Herzog se
corta sangra el cuchillo.
(Actualización julio – agosto 2015/ BazarAmericano)
jueves, julio 02, 2015
Del caminar sobre hielo
Por Gabriel Baigorria para Indie Hoy
Lotte Eisner ocupa uno de los lugares más importantes en la
historia del cine alemán y mundial. Fue crítica y teórica, fundadora de la
Cinemateca Francesa, coleccionista y recuperadora de filmes. En palabras del
mismísimo Herzog, es a través de ella que se le concedió legitimidad al cine
alemán y a su generación de directores.
Pero en el caso de Del caminar sobre hielo (Entropía, 2015),
poco importan estos datos. Porque aquí, Lotte Eisner es una excusa. O más bien,
su posible muerte.
Al enterarse de que está muy enferma y probablemente muera, Werner
Herzog toma una decisión desesperada: viajar inmediatamente de Munich a París
para verla. Lo extraño (o no tanto, si revisamos un poco la locura con la que
encaró algunos de sus proyectos, empresas disparatadas, rozando a veces la
insanía) es que decide hacerlo a pie, con la firme convicción de que eso
alargará la vida de su amiga, hasta que él llegue. Así que agarra un bolso, una
campera, una brújula, se calza unas botas nuevas y transforma lo que podrían
ser noventa minutos en avión en una travesía de 20 días a pie, 830 kilómetros
en las peores condiciones, caminando bajo el invierno más crudo, asolado por
tormentas de nieve, lluvias, barro y granizos.
Apenas comienza la aventura ya se dice a sí mismo “Solo si
fuera una película creería que esto es real”. Avanza y se convence: “Tras estos
pocos kilómetros a pie sé que no estoy cuerdo”. Le escapa a la poca gente con
la que se cruza, campesinos sobre todo, “para no tener que mirarlas a la cara”
por la vergüenza que le da su aspecto.
Solo puede adivinar los días de la semana, sin saber si su
amiga ya murió, y por las noches fuerza la entrada de casas de vacaciones para
dormir, embarrado y congelado hasta la médula.
La sed se vuelve insoportable. Las ampollas en los pies y
los dolores en las pantorrillas, intolerables. La locura y los cuervos
revoloteándolo como sombras, esperando que su mente y su cuerpo caigan
rendidos, atravesados en el camino.
Praderas, bosques, miradores, cosechas, niebla, nieve,
lluvias. Los paisajes van cambiando a cada paso. Y sus impresiones también. La
importancia de las cosas parecen ir reduciéndose a planos detalle: ahora el
verdadero valor se encuentra en la sal gruesa de los pretzels, en un remolino
de papeles en el viento o en las primeras vacas que divisa cruzando la frontera
con Francia.
Del caminar sobre hielo es un diario de viaje, el de un
hombre con su animalidad a flor de piel, que parece accionar por impulso, que
hace sin pensar mucho previamente, pero piensa mucho sobre lo que está
haciendo. Un diario que sabe que la peor soledad es la que te obliga a estar
con uno mismo. Un diario que plantea una incógnita: ¿Qué es lo que lleva a un hombre
a internarse en la soledad más absoluta y en las peores condiciones, luego de
enterarse que una amiga va a morir? Incógnita que, por suerte, no termina de
responder.
martes, junio 30, 2015
Cuando la brújula estaba en las suelas
Del caminar sobre hielo de Werner Herzog en El Observador deUruguay
Dice un viejo proverbio inglés que todo viaje de mil millas
siempre empieza con un paso. Caminar, pensar, escribir. Tres verbos en modo
infinitivo que han sabido poblar esta columna a lo largo de los años. De alguna
forma secreta y semántica, los tres verbos son primos hermanos. Cuando un libro
los reúne se produce una rara fiesta para los sentidos, empezando por la vista,
por la lectura.
Esa reunión se produce en Del caminar sobre hielo, un
librito que acaba de publicar la editorial argentina Entropía y que conseguí en
una escapada a Buenos Aires. Digo librito en el sentido cariñoso y físico del
término, porque el volumen cuenta con 106 páginas en formato reducido. Este
pequeño gran objeto es un diario de viaje.
Expliquemos. El autor del libro es el cineasta alemán Werner
Herzog, quien se hizo famoso en el séptimo arte por haber dirigido Aguirre, la
ira de Dios, El enigma de Caspar Hauser, Fizcarraldo y Cobra Verde, entre
muchas otras obras maestras, de la ficción y del documental. En el invierno de
1974, Herzog (que todavía no era lo famoso que fue después, pero ya poseía ese
espíritu de la acción poética y de las aventuras quijotescas en su alma), se
enteró de que la crítica alemana Lotte Eisner, estaba internada en un hospital
de París, con la vida pendiendo de un hilo.
Eisner había sido la mano derecha de Henri Langlois, el
célebre crítico de cine francés, creador de la Cinemateca Francesa, que sirvió
como ejemplo de tantas otras réplicas en el mundo. Pero para Herzog, Eisner era
una admirada maestra y una mentora en el cine, una mujer que le había enseñado
un criterio, una sensibilidad, que lo había introducido en la historia del cine
de su país, y que entonces fungía para Herzog casi como hada madrina. Cuando
Herzog había acudido a ella lleno de dudas sobre su vocación y sus ganas de dejar
el cine, la señora Eisner le contestó: "No lo hagas. La historia del cine
no se lo podría permitir".
Ante la noticia de la enfermedad de la mujer, Herzog
reaccionó con su genial determinación irracional: se convenció de que la forma
en que Eisner se recuperaría sería si él emprendía un viaje a pie hasta su
sanatorio en la capital francesa.
Con ese convencimiento, el cineasta partió desde Múnich el
sábado 23 de noviembre de 1974 con rumbo a París. Con 32 años y un hijo, Herzog
decidió acometer solo esta empresa, que vista en retrospectiva agregaría
sentido a otros hechos de su biografía como artista. No tenía idea del camino
más cercano ni de los atajos que debía tomar. Tampoco sabía dónde dormiría y de
qué forma subsistiría, porque para el caminante la imprevisión y la apertura a
la aventura es un tesoro. Sí tenía unas buenas botas y la brújula en las
suelas. Con este espíritu digno de un peregrino a Santiago, Herzog salió de su
casa con el objetivo entre ceja y ceja de salvarle la vida a una septuagenaria
amiga.
El resultado del libro es delicioso. Herzog anota en orden
cronológico las sucesivas etapas de su odisea de casi 900 kilómetros y narra
con lujo de detalles las situaciones que vive, desde apuntes del natural, como
paisajes y climas (es pleno invierno) a los personajes que conoce, las familias
que lo acogen o las casas vacías a las que entra para refugiarse. Así, de día
en día, el caminante quema cada una de sus etapas, en un recorrido que es tan
interior como geográfico a través de Alemania y Francia.
El sábado 14 de diciembre, Herzog por fin encuentra a
Eisner, quien ya estaba en su casa, en proceso de recuperación. El narrador,
con las piernas reventadas, siente vergüenza de decirle que viene caminando
desde Múnich. La proeza había llegado a su fin. Parafraseando a otra gran mujer
del cine alemán, el viaje a pie hasta París para Herzog fue el triunfo de su
voluntad. Y la edición por parte de Entropía representa la posibilidad de que
los lectores vivamos en esas páginas el triunfo de un artista.
jueves, junio 11, 2015
Del caminar sobre hielo
Por wenceslaob para el blog de viajes Blucansendel
Los que siguen a Werner Herzog están acostumbrados a sus
locuras cinematográficas, pero las locuras en papel son una novedad. Del
Caminar sobre hielo es la crónica del viaje que Herzog hizo entre Munich y
París, en 1974, caminando.
A fines de 1974 Herzog recibió un llamado telefónico desde
la capital francesa donde le avisaron que Lotte Eisner estaba muy enferma y a
punto de morir. La noticia shockeó a Herzog, y luego de colgar el teléfono,
como él mismo explica en el libro, “Agarré una campera, una brújula y un bolso
con lo estrictamente necesario. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que
confiaba en ellas. Tomé el camino más recto hacia París, con la firme creencia
de que ella seguiría con vida si yo iba a pie”. En línea recta, de Munich a
París hay unos 850 kilómetros.
¿Por qué reaccionó así Herzog? ¿Quién era Lotte Eisner? En
1974 Herzog era un treintañero que junto a otros directores de cine estaban, de
alguna manera, reflotando el cine alemán que había sido cercenado por la
Segunda Guerra Mundial. Un nuevo cine emergía en Alemania pero nadie lo sabía,
hasta que a Lotte Eisner se le ocurrió escribir sobre el tema.
Lotte Esiner nació en 1896 en Berlín y dedicó toda su vida a
investigar, promover y escribir sobre cine. Fue la última persona que poseyó un
conocimiento integral sobre la historia del cine alemán desde sus orígenes. Fue
la primera crítico de cine de Alemania y una pensadora muy influyente. Su
ensayo más famoso es La Pantalla demoníaca (1952). Cuando el nazismo tomó el
poder en Alemania, Eisner se exilió en Francia, donde vivió el resto de su
vida. Y fue ella quien lanzó al plano global, quien legitimó, a la generación
de cineastas de la que era parte Herzog.
Se entiende así que Herzog, un ser humano extremadamente apasionado,
haya reaccionado como lo hizo, huyendo de una situación incómoda o buscando una
solución mágica. Cómo sea, Herzog se largó a caminar y Del caminar sobre el
hielo cuenta ese viaje que se extendió entre el 23 de noviembre y el 14 de
diciembre de 1974.
El relato es muy raro, pero es raro por lo puro y literal.
El autor aclara que para la publicación del libro suprimió las partes más
íntimas del diario. Lo que quedó es un relato tan minuciosamente real que por
momentos se torna surrealista. Da la sensación que Herzog mira a través de una
cámara y lo que va viendo se plasma en su diario. Y esa cámara se mueve de un
lado a otro constantemente. Pasa del
bosque, a un paquete de cigarrillo, a la lluvia, a un dolor en la pierna, al
silencio, el cielo. Son frases cortas, ágiles, contundentes, muy visuales.
Desde lo literario, el aporte se da en un recurso que
utiliza varias veces y que consiste en que en medio de una de las
descripciones, sin aviso, luego de una coma, arranca con el relato de otra
historia, breve, que a veces es auto concluyente y a veces te hace preguntarte
de qué está hablando este tipo.
Lo que se cuenta en Del caminar sobre hielo no es un viaje
de descanso, es un viaje atormentador contado por un viajero atormentado. Pero
el relato no se hunde en lo metafísico y existencial, sino todo lo contrario,
está absolutamente a nivel humano, a la altura de la cotidianidad de la vida de
las personas con las que se cruza en el camino. Son pocas las personas con las
que se involucra durante el viaje y más bien busca la soledad.
La mayor parte de la caminata la realiza bajo la lluvia o
neviscas, por carreteras solitarias, a través de bosques y campiñas, por
pequeñas localidades. Por las noches,
cuando puede, fuerza algunas casas deshabitadas para dormir o lo hace en
posadas o donde lo agarra la oscuridad. Camina muchos kilómetros por día,
demasiados, tanto que enseguida un dolor en una pierna se mete en el relato.
No es un típico relato de viaje, es una especie de catarsis
en formato narrativo.
Pero lo más sorprendente es el final de Del caminar sobre
hielo, simultáneamente realista y fantástico.
Por supuesto, no lo voy a develar.
El libro incluye, además, un mapa y un epílogo. El epílogo
es el discurso que Herzog pronunció en 1982 en ocasión de la entrega del Premio
Helmut Käutner a Lotte Eisner (la lectura del epílogo nos ayuda a atar cabos
acerca del atípico relato). Eisner murió en 1983.
viernes, junio 05, 2015
Acerca de Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog
Por Manuel Pedrosa para Escrituras Indie
Estamos en 1974. Werner Herzog, de 32 años, ya habia
producido y dirigido películas como Fata Morgana (1971), Aguirre, la ira de
Dios (1972) y El enigma de Kaspar Hauser (1974). A fines de noviembre de ese
año recibe la noticia de que Lotte Eisner, la historiadora del cine, la autora
de La pantalla diabólica, “la conciencia del Nuevo Cine Alemán”, esta
gravemente enferma en Paris. Sin dudar, Herzog decide ir desde Munich a Paris
caminando en línea recta, solo con un par de botas nuevas, una campera, una
brújula y un bolso de mano. Dos motivos empujan esta decisión: el convencimiento
de que Eisner seguirá con vida si recorre a pie la distancia hasta Paris y la
imperiosa necesidad de estar a solas con él mismo.
Durante esta travesía de 800 km, Herzog lleva un cuaderno
donde anota las impresiones, sensaciones y observaciones que le despiertan el
caminar. “¿Es buena la soledad?”, se pregunta en un momento del viaje. Y se
responde: “Sí, lo es. Sólo que aporta miradas dramáticas de lo venidero”. El
caminar posibilita una nueva experiencia, un extrañamiento en la mirada. Las observaciones
se presentan como un registro continuo donde lo desechado, la mugre que oculta
la civilización, se intercala con lo maravilloso. La fascinación que despierta
un paquete de cigarrillos puede alternarse con la visión de un tren en llamas
que “sale directamente hacia el oscuro universo”, donde “ocurren inconcebibles
colapsos de estrellas, planetas enteros se derrumban sobre un único punto”.
Bajo la lluvia constante del invierno europeo, castigado por
tormentas de nieve y ráfagas de viento, con los pies cada vez más lastimados y
el cuerpo llevado al límite, Herzog avanza. Recorre campos desolados, pierde el
rumbo en bosques laberínticos, pernocta en casas abandonadas o, cuando el
riesgo es demasiado, duerme en pequeños alojamientos. Cada tanto la duda
aparece: “¿Vive aun nuestra Eisner?”, pero la fuerza del caminar (“Cuando yo
camino, camina un bisonte”) aleja todo momento de recapitulación y mantiene a
Herzog en movimiento.
Herzog llegó a París el 14 de diciembre de 1974 y Eisner no
solo no había muerto sino que vivió nueve años más. Una vez mas, la voluntad y
visión de Herzog lo llevan a encontrar el arte en los límites de las
experiencias humanas.
jueves, junio 04, 2015
Del caminar sobre hielo en Revista Brando
Recomendado del mes
Por Fernanda Nicolini
Quienes esperan ansiosamente lo nuevo de Werner Herzog
porque saben que siempre, pero siempre, hay un destello de genialidad en lo que
este alemán produce –puede ser un falso documental sobre el monstruo del Lago
Ness, una maravilla metafísica como La cueva de los sueños olvidados, una remake lisérgica de Bad Lieutenant
o el mejor diario de filmación y por qué no diario íntimo que alguien pudo haber escrito como
Conquista de lo inútil– saldrán a las librerías en busca de Del caminar sobre hielo. Con el
mismo formato que aquel diario de filmación de Fitzcarraldo, pero con una brevedad
contundente, Herzog registra el viaje que hizo a pie en el invierno de 1974 desde Múnich hasta París. Su
motivación era una promesa: su amiga y directora Lotte Eisner estaba muy enferma en la capital
francesa y él creía que si unía las dos ciudades caminando, podía evitar su muerte. Como aclara
en un prólogo de 1978 –el año de su primera publicación–, este diario había nacido como
algo privado, sin intención de ser mostrado. Pero en su relectura, a su autor
le pasó lo mismo que le va a pasar a cada futuro lector: la emoción que genera lo allí escrito
merece ser compartida. Que lo disfruten.
mayo, 2015
De la pantalla a la página
En Review, Revista de Libros, Diego Brodersen habla sobre libros de cine publicados en los últimos meses. Esto comenta sobre Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog y Subjetiva de nadie, de Marcos Vieytes:
Otro volumen, publicado recientemente, de pequeño tamaño pero
contenido altamente rendidor, demuestra la llama que arde en el interior del alemán.
Del caminar sobre hielo, publicado por primera vez en Argentina y con una nueva
traducción de Ariel Magnus registra en una primera persona por momentos
alucinada el peregrinaje de más de ochocientos kilómetros recorridos por Herzog
en 1974, de su Múnich natal al centro de París. No era la primera vez que el
joven director se afanaba en una larga caminata, pero esta en particular la
enfermedad y posible muerte de la crítica y ensayista Lotte Eisner, para muchos
una suerte de mecenas espiritual del Nuevo Cine Alemán. La crónica de ese viaje
a fines de un duro otoño boreal es lo más parecido al clásico documental
herzoguiano: el registro (escrito, en este caso) de la realidad cede
intermitentemente el lugar a los sueños, el lirismo y la locura.
Subjetiva de nadie (fragmentos de un diario crítico) es el
libro que da inicio a la colección Cine de la editorial Entropía. Su autor,
Marcos Vieytes, es un joven crítico argentino que abandonó las filas de la
revista El Amante. Cine para fundar y dirigir su propio sitio web, Hacerse la
crítica. El volumen recorre los laberintos de la memoria cinéfila de manera
singular y –como lo anticipa su título– sumamente personal, por momentos
incluso íntima, combinando con osadía e imaginación el apunte ensayístico, la
subjetividad del gusto y el fraseo poético, en un paseo que va de Aki Kaurismäki
a Romy Schneider y de Aleksandr Sokurov
a Yasujiro Ozu. Y también a Herzog, por cierto.
Herzog: se hace camino al andar
La editorial Entropía acaba de editar un cuaderno de viaje
que el gran director cinematográfico escribió en 1974
Por Christian Kupchik para Revista Quid
Entre los muchísimos méritos que acumula el cineasta alemán
Werner Herzog, hay uno que resulta incontrastable: ha agotado varias vidas sin,
por fortuna, dar por terminada la presente. Nos remitimos a las pruebas. A
saber, ha filmado con enanos y actores bajo hipnosis; convirtió en estrella a
Bruno S., un muchacho hasta entonces encerrado en su autismo; tomó como
escenarios para sus obras la Antártida y Siberia, el desierto de Australia
Central y el Amazonas (donde se animó a subir un barco por una montaña),
incluso las cuevas prehistóricas de Chauvet. Por si fuera poco, viene
resistiendo relativamente bien a Hollywood y ha conseguido sobrevivir a su
actor fetiche, Klaus Kinsky, a quien lo unía una irreparable relación de amor
odio (en verdad, más odio que amor).
Herzog parece estar siempre un paso más allá de todo, de
cualquier límite, de cualquier frontera, incluida la muerte. La primera señal
que dejó de ello fue un breve diario de viaje o cuaderno de apuntes que escribió
antes de llegar a la treintena. En noviembre de 1974 el alemán recibió la
llamada de un amigo de París que le comunicaba que Lotte Eisner, una
institución del cine alemán (la primera difusora del expresionismo) además de
mentora y amiga de Herzog, estaba al borde de la muerte. La respuesta no se
hizo esperar: el director tomó una campera, una brújula y un bolso con lo
estrictamente necesario y salió a la carretera para unir los casi mil
kilómetros que separan a Munich de París. Pero le añadió a su travesía un
sentido místico: cubriría la distancia a pie y durante el tiempo que demandara
el camino él tendría la certeza que su amiga se mantendría con vida.
Era pleno invierno y el conjuro suponía un duro esfuerzo,
además, en virtud del clima. La experiencia iba siendo documentada por Herzog
en un pequeño cuaderno que accedió a editar por primera vez en 1978 bajo el
título de Del caminar sobre hielo
(Entropía, 2015). Se trata, en verdad, de un relato formidable, con una
escritura bella y poética, lleno de agudas observaciones y reflexiones que
exceden lo subjetivo y la anécdota personal. Habla en realidad de lo que la
marcha ofrece, cómo potencia las capacidades de ver y pensar. Habla de lo que
significa el sentido de las pruebas que muchas veces se autoimponen los hombres
y la forma de superarlas. El periplo no fue fácil: debió enfrentar el frío, el
viento, la tempestad violenta, las nubes bajas, la lluvia, el agua que chorrea,
el granizo menudo y duro y la nieve ardiendo plena en el rostro, exponer el
cuerpo al dolor, el agotamiento, y, en ocasiones, la tentación de volver atrás,
de rendirse, de interrumpirlo todo, de abandonar una convicción puesta en
marcha por un sueño insensato y cambiar los lechos de heno en un granero por la
seguridad de una cama cálida. No obstante, Herzog siguió adelante, a pesar de
los peligros latentes y la inseguridad propia.
Y no lo hizo únicamente por esa fidelidad que sentía por su
vieja amiga. El paisaje comenzó a hablarle, lo invitó a la reflexión. Las
impresiones nacidas de esta marcha larga y peligrosa son exquisitas, en la
medida que exaltan la cantidad y variedad de ideas que sorprenden al caminante,
estímulos imposibles de asimilar para el sedentario. Al caminar se redescubren
formas y volúmenes invisibles, el olor de los campos resulta algo poderoso y
nuevo a los sentidos. Surgen sonidos invisibles, el aire se llena de silbidos.
El caminante redescubre en soledad la infinita capacidad del silencio. Herzog
confiesa volver a sentirse vivo hundido en lo profundo de un bosque tenebroso,
donde el silencio sepulcral sólo era interrumpido por una ráfaga de viento. Se
pregunta por los beneficios de la soledad y la respuesta se abre a intuiciones
dramáticas del futuro. Los instantes de armonía perfecta, de euforia con él
mismo, donde comprueba que el aire es de una pureza y de una frescura perfecta,
ponen al lector también en camino.
En este diario de viaje, el paso de lo real a lo imaginario
se sucede sin continuidad. Quizás sirva como clave para observar allí varias de
las vidas que Herzog sigue agotando. Por momentos lo asalta una sed tan
poderosa que siente sólo puede entregarse a ella: la sed por recorrer. El
hombre que camina es soberano, irreductible, libre y, al mismo tiempo, frágil,
anacrónico, mecánicamente imperfecto, físicamente hundido. Volátil, se vuelve
inútil, pues comienza a ser.
miércoles, junio 03, 2015
Herzog de Munich a París… caminando
Por Laura Cabrera para la revista Marcha
La editorial Entropía lanzó Del caminar sobre hielo (1978),
obra del realizador cinematográfico Werner Herzog, compuesta por crónicas de su
viaje a la ciudad francesa a fines 1974, en lo que podría decirse la búsqueda
de un milagro.
“Lo que escribí durante el viaje no estuvo pensado para
lectores. Ahora, casi cuatro años más tarde, al volver a tomar en mis manos el
pequeño anotador, me vi embargado por una rara emoción, y el deseo de
mostrarles el texto también a otros, desconocidos, para mí pesó más que la
timidez por abrir tanto la puerta a miradas extrañas. Sólo suprimí algunos
pasajes muy privados”. Así habla el realizador cinematográfico Werner Herzog de
su libro, Del caminar sobre hielo, compuesto por anotaciones personales, casi
de diario íntimo, escritas en 1974 y publicadas por primera vez en 1978. La
obra fue editada y lanzada hace algunos meses en Argentina por Entropía.
Del caminar sobre hielo pertenece a la literatura de no
ficción, esa que fusiona hechos reales con figuras que corresponden al campo de
lo literario. Es que en su génesis no existe el hecho de pensar en escribir un
libro, ya que fue una experiencia real que intentó guardar en su memoria: la
crítica de arte Lotte Eisner, enfermó. Ella en París, Herzog en Munich. El
cineasta, preocupado por la situación decidió viajar de allí hasta la ciudad
francesa caminando. Creyó que si lo hacía de esa forma ella lo esperaría, se
mantendría con vida y le evitaría una gran tristeza al mundo, ya que él
consideraba que las personas no estaban preparadas para la pérdida de la mujer
que formó a muchos intelectuales de la segunda posguerra.
Emprendió su viaje con una brújula, abrigo, un bolso y unos
zapatos nuevos que creería que serían cómodos. No lo fueron. Pasó frío,
lluvias, hambre. Conoció a muchas personas y observó paisajes, todo en poco
menos de un mes, todo plasmado en crónicas tan descriptivas que al leerlas uno
puede pensarlas en imágenes. El resultado es un libro interesante desde la
experiencia contada y desde la forma, tan puntillosa como apasionada en cada
relato.
La historia, que tuvo un buen final para Eisner, da como
resultado en el papel un riquísimo libro. Es evidente que este Werner
esperanzado describió lo vivido desde los sentimientos y desde las experiencias
sensoriales, quizá no con el objetivo de que algún otro pueda aproximarse a lo
que él vivió sino con el de recordar él mismo aquella historia en otro momento
de su vida. Como sea, el resultado es brillante.
Si bien Del caminar sobre hielo se dio a conocer en 1978 y
la historia ya es conocida por quienes suelen inclinarse por los libros
vinculados al cine, ésta es la primera edición nacional. Sin dudas, esta
reedición viene acompañada con el crecimiento de la producción cinematográfica
nacional, tanto a nivel independiente como en el circuito más comercial.
Junio, 2015
viernes, abril 17, 2015
Caminar sobre Herzog
“Del caminar sobre hielo” es un extraño diario de viaje. El
escritor y director de cine alemán Werner Herzog cuenta su periplo a pie desde
la ciudad de Munich hasta París.
Por Pablo Natale para Ciudad Equis, La Voz del Interior
Está esa idea de que se puede hablar de “la mejor obra” de un autor, y luego de sus “obras menores”; está la idea de que las películas, pinturas, poemas de tal o cual en realidad “no eran otra cosa que lo que había vivido”; están los hechos épicos y los hechos insignificantes, y están los “sacrificios” que estamos dispuestos a hacer por nuestros familiares, un dios o un buen amigo. En Del caminar sobre hielo, el cineasta, actor y escritor Werner Herzog deja todo eso en el camino y lo destroza paso a paso. La obra (“literaria”) está a la altura de buena parte de sus producciones cinematográficas: por momentos es intensa, por momentos lenta, casi perdida en el paisaje, y de pronto resulta algo brillante, único.
El libro registra diariamente el periplo que Herzog realizó
a pie, en plena temporada invernal y durante tres semanas, entre Munich y París
a modo de “promesa” o “peregrinación” por la crítica de cine Lotte Eisner,
quien estaba internada en la capital francesa. Mediante frases cortas y frases
descriptivas ocasionalmente interrumpidas por reflexiones o máximas, Herzog
cuenta lo que ve en cada pequeño pueblo, el modo en que, cada noche, invade una
propiedad para pernoctar, las historias que escucha o que inventa, la posible
narración escondida detrás de un pequeño detalle.
Ahí está la frase “una lluvia indecisa cae gota a gota,
siempre al borde de que me importe”, o la sentencia cartográfica-estética
“después de reconocer una decisión errada no tengo el temple para regresar,
prefiero corregirla con otra decisión errada”, o un árbol repleto de manzanas
en un paraje abandonado, o dos camiones detenidos en un paso de altura, uno
casi pegado al otro, los camioneros almorzando juntos sin decirse palabra.
¿Cuál es la obra principal y la obra secundaria de un
hombre? ¿En qué momento un artista deja de construir esa obra y simplemente
vive, respira y camina? ¿Qué es real y que desearíamos que lo fuese? ¿Qué es un
documental y qué es ficción, qué es un diario íntimo y qué es una novela de
iniciación? ¿Cuál es el límite entre una persona extravagante, un loco y un
héroe?
Difícil resumir las virtudes y las preguntas que genera la
obra de Werner Herzog: un grato e incómodo asombro, la sensación de una
vitalidad espléndida en un mundo ansioso, desolado y demasiado preocupado por
que todos sigan las mismas reglas.
lunes, abril 13, 2015
Elogio de la fragilidad
Por Felipe Benegas Lynch para Boca de Sapo
No son extrañas las incursiones literarias de los directores
de cine: Truffaut, David Lynch, Tarkovsky, Woody Allen, etc. El caso de Herzog
no deja de ser particular. Del caminar sobre hielo no es un diario de
filmación, ni un tratado sobre cine o estética, tampoco un guión adaptado.
Escrito a modo de diario de viaje, el texto se vale de una breve nota
preliminar para trazar las coordenadas de los fragmentos: Herzog, personaje y
autor, camina de Múnich a París para conjurar la posibilidad de que la
convaleciente Lotte Eisner muera. Ya en las primeras páginas se lee:
Un único pensamiento omnipresente: irse de acá. Las personas
me dan miedo. Nuestra Eisner no debe morir, no va a morir, yo no lo permito. No
morirá, no. No ahora, no lo tiene permitido. No morirá, no. No ahora, no lo
tiene permitido. No, no va a morir porque no está muriendo. Mis pasos son
firmes. Y ahora tiembla la tierra. Cuando yo camino, camina un bisonte. Cuando
descanso, reposa una montaña. ¡Cuidadito! No lo tiene permitido. No lo hará.
Cuando llegue a París, ella estará con vida. No será de otra manera porque no
está permitido que lo sea. Ella no tiene permitido morir. Más tarde tal vez,
cuando nosotros lo autoricemos.
Sobre un campo llovido un hombre agarra a una mujer. El
césped está aplastado y sucio. (10)
Este es el tono del texto: oscila entre el adentro y el
afuera. La descripción del paisaje y del ejercicio del caminante, así como de
sus astucias y angustias, ocupan gran parte de esta breve obra. Los paisajes
nunca son telones de fondo: en cuanto se pronuncia la sensibilidad exacerbada
de ese cuerpo inmerso en el frío y la humedad el paisaje deviene interno y voz
y mundo se transforman a la par: “Reflexionar sobre mi persona saca una cosa a
la luz: el resto del mundo rima” (10).
Como en sus películas, Herzog apela a una verdad más
profunda que la de los hechos. Su prosa es poética porque responde a estímulos
que van más allá de la verdad lógica y racional, forzando la retórica y la
sintaxis del texto. No es, sin embargo una escritura pretenciosa retóricamente
ni que busque la vana estetización del paisaje y de las emociones. Herzog
avanza, a veces como un bisonte, a veces como un cuerpo a punto de desmoronarse
y transformarse en agua congelada: el hielo sobre el que camina es el de su
propia fragilidad.
Mirecourt, de ahí seguí rumbo a Neufchateau. Había mucho
tránsito y recién después empezó a llover en serio, la lluvia total, una lluvia
constante de invierno que me desmoralizó más por aun por ser tan fría, tan poco
amable y por meterse en todos lados. Tras unos kilómetros me levantó alguien,
fue él quien me preguntó si quería subirme. Sí, dije, quiero. Por primera vez
en mucho tiempo volví a masticar un chicle, que me convidó el hombre. Eso me
devolvió un poco la confianza en mí mismo. Viajé con él más de cuarenta
kilómetros, luego se levantó en mí un terco orgullo y volví a caminar bajo el
aguacero. Campo cubierto de lluvia. Grand es sólo un humilde pueblo, pero con
un anfiteatro romano. En Chatenois, que en tiempos de Carlomagno era el lugar
principal de toda la zona, hay una fábrica de muebles bastante grande. La
población está muy exaltada porque el dueño abandonó precipitadamente la
fábrica de la noche a la mañana, dejando todo acéfalo y sin instrucciones.
Nadie sabe adónde escapó, mucho menos por qué. Los libros están en orden, las
finanzas correctas, pero el dueño se fue sin decir palabra. (72)
Las historias están latentes a cada paso: narraciones
pasadas, futuras y posibles van completando el entramado rumiante de quien
camina. A lo lejos, algo está claro: Eisner no debe morir, ella no puede dejar
vacante su lugar sin previo aviso.
Poder volar después de haber batallado tanto contra la
muerte y la propia fragilidad, es una verdad que no se puede negar con
argumentos lógicos. También es una verdad que trasciende los hechos que
vinculan a Herzog y al cine alemán con Lotte Eisner. Herzog lleva las palabras
al camino y en ese ejercicio socava su arrogante seguridad. Casi sin aliento,
sus palabras son las de alguien desprotegido que a fuerza de exponerse abre un
umbral de comprensión:
En el desconcierto me cruzó la cabeza una palabra, y como la
situación igual era extraña, se la dije: Juntos, le dije, vamos a cocinar fuego
y a detener pescados. Ahí me miró, sonrió muy delicadamente y, como sabía que
yo estaba a pie y por eso desprotegido, me entendió. Por un breve y delicado
momento algo dulce atravesó mi cuerpo muerto de cansancio. Entonces le dije:
abra las ventanas, desde hace unos días que puedo volar. (96)
Vale la pena contextualizar la figura de Lotte Eisner con
respecto a Herzog y al Nuevo Cine Alemán. Así la describe el mismo Herzog en
las entrevistas con Paul Cronin:
…en el caso del Nuevo Cine Alemán tuvimos la suerte de que
Lotte Eisner nos diera su bendición. Ella era el eslabón perdido, nuestra
conciencia colectiva, una fugitiva del nazismo y durante muchos años la única
persona viva en el mundo que conocía a todos desde la primera hora, un mamut
lanudo de pura cepa. Lotte fue una de las más importantes historiadoras del
cine mundial de todos los tiempos y conoció personalmente a todas las grandes
figuras del cine mudo y los primeros años del cine hablado: Eisenstein,
Griffith, Sternberg, Chaplin, Murnau, Renoir y hasta los hermanos Lumière y
Georges Méliès. Y también conoció a otras generaciones: Buñuel, Kurosawa, los
conocía a todos. Sólo ella tenía la autoridad, la visión y la personalidad para
proclamarnos legítimos, y tuvo una importancia vital que insistiera en que lo
que mi generación estaba haciendo en aquel momento en Alemania era tan legítimo
como la cultura cinematográfica que habían creado Murnau, Lang y los otros
directores de Weimar tantos años atrás. (Herzog por Herzog, El cuenco de plata,
2014, p.170)
En ese sentido, es elocuente la “Laudatoria de Lotte Esiner
en ocasión de la entrega del Premio Helmut Käutner”, que cierra De caminar
sobre hielo a modo de epílogo. Tanto Del caminar sobre hielo como Herzog por
Herzog marcan una interesante tendencia en las colecciones de Entropía y El
cuenco de Plata.
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