Luis Adrián Vives lee París y el odio, de Matías Alinovi, y entrevista al autor para Evaristo Cultural:
–Me gustaría iniciar esta entrevista pidiéndote algunas reflexiones acerca de la libertad en su relación con las diferentes partes de la identidad: la del origen, la que se relaciona con la lengua, con el idioma, la identidad cultural; la de la política; la de la religión; la del género, la sexual…Las identidades parciales, como puentes hacia la aceptación o el rechazo.
–Es una pregunta difícil. Puedo decir esto: ninguna de esas contingencias –origen, idioma, cultura, género– restringen verdaderamente la libertad. Tendemos a pensar la libertad como pluralidad de posibilidades y creemos, en consecuencia, que si las cartas están jugadas de algún modo –soy hombre, luego, las posibilidades que tendría siendo mujer no me pertenecen; soy argentino, luego, las posibilidades que tendría siendo austríaco me están vedadas– somos menos libres que si no lo están. Queremos conservar el mazo entero entre las manos. Lo cierto es que el único modo de ser libre es elegir qué hacer con algo que no he elegido. Sartre llama facticidad a todo aquello que no elijo. La facticidad es, en definitiva, la que me permite elegir: es la condición de posibilidad de mi libertad. De todas formas, creo que tu pregunta apunta a otro lado. Me estás diciendo, según entiendo, que la facticidad puede ser aceptada o rechazada por mí. Sí, claro que sí. Creo, sin embargo, que en el rechazo de la facticidad, en el fingir que no soy argentino, por ejemplo, hay una cierta mala fe. Y los proyectos de mala fe no habilitan la libertad. No hago más que repetir ideas de Sartre, pero debo estar eligiéndolo.
Tal vez haya otra dimensión en tu pregunta, que yo estoy desconociendo. Podría ser que esos puentes hacia la aceptación o el rechazo a los que te referís supongan la aceptación o el rechazo de mi persona por parte de otro. Bueno, si yo elijo libremente algo –vivir una cierta facticidad de algún modo, digamos: sentirme orgullosamente cordobés, o esconder celosamente que nací en Córdoba, por ejemplo– lo elijo frente a los otros, que me hacen sentir las consecuencias de mi elección. Así, debo asumir lo que los otros opinen de mí –la aceptación o el rechazo en tu pregunta– como una nueva facticidad, que no limita verdaderamente mi libertad, sino que es consecuencia de ella.
–¿Qué podemos adelantarle a tus lectores sobre la personalidad de Eladio Marino y sobre sus verdaderas ganas, las de escribir y, otras, las de incendiar la París que no le cierra.
–Que las ganas verdaderas, e impracticables, se tramitan simbólicamente. O que el incendio es metáfora de otra cosa. Que no debo tener mucha imaginación, porque ya escribí otra novela con incendio. En principio, yo quería escribir una novela rigurosa sobre un estudiante argentino que llevaba su voluntad de incendiar París a la práctica. Explicarlo todo, salvo las razones del incendio. No explicar nunca por qué quería incendiar París, sino cómo lo hacía. Mostrar los medios con que contaba, las distintas posibilidades, si las había. Cómo ponía en marcha esos medios. Cómo convencía a otros, porque no creía que la tarea pudiera llevarse a la práctica de manera solitaria. Todo. No supe escribir esa novela. Y escribí la que pude. La historia de un estudiante argentino que proyecta escribir una novela en la que alguien quiere incendiar París. O que traduce la novela de otro y la tergiversa, y hace aparecer el incendio de París que el otro nunca contó.
–¿Cuándo y cómo Cortázar termina convirtiéndose en una especie de mochila que debería abandonarse para caminar mejor por la ciudad de las luces?
–Cuando se vuelve póster. Referecia cultural insoslayable. Pero no estoy seguro. Fui muy feliz leyendo los cuentos de Cortázar. Los buenos servicios es un cuento perfecto.
–Hablemos de los mitos que giran alrededor de París; y estoy tentado de pedirte una opinión sobre cuál habría sido la intención de hacer circular algo que, si bien en principio no calzaría en la categoría “mitos”, adquirió suficiente popularidad; me refiero a esa suerte de fábula sobre las cigüeñas que traen a los bebés desde aquel centro de la civilización.
–No lo sé. Me parece que, al revés, el mito de la cigüeña, si lo es, responde a la necesidad de dar una respuesta al modo en que los niños llegan al mundo. Y que al tener que inventar de dónde vienen, aparece la referencia a la centralidad por antonomasia: París.
–¿Cuándo, en qué casos el resentimiento pasa a estar justificado?, ¿siempre, nunca, excepcionalmente?
–Me cuesta pensar la relación entre sentimiento y justificación. Odio a alguien: ¿cómo se justifica ese odio? ¿Qué quiere decir que ese odio está justificado? Más bien tiendo a ser víctima del odio. El odio es un proyecto fallido, aunque a veces sea difícil de evitar.
–¿A qué respondería esa francofilia que se evidencia en las élites locales que decidieron la orientación de nuestra cultura nacional?; hablemos un poco de las élites letradas.
–Entiendo que es antigua, originaria, y que responde a la distancia extraordinaria que existía entre el Río de la Plata y París, centro mundial de influencia política y cultural, en el siglo XIX. Y también al viaje que Echeverría hace en 1830. Y a otras razones que no podría precisar. En un pasaje de su autobiografía, Vicente López enumera los autores románticos que el viaje de Echeverría les permite leer, los libros que trae con él –Cousin, Chateaubriand, Dumas, Saint-Simon, Hugo– y explica: “aprendíamos a pensar a la moderna”. Es decir que el primer grupo de pensadores argentinos establece, y deja escrito, que España es el atraso y Francia es la modernidad. Esa idea hizo un larguísimo camino entre nosotros.
–¿Cómo compatibilizar la perspectiva de la alteridad con la intolerancia que nace del lenguaje, en virtud de una tendencia a lo hegemónico?
–Siento que la pregunta me supera, porque incurre en peticiones de principios y exige aceptar presupuestos sobre los que no puedo decir nada. ¿Por qué suponer que la intolerancia nace del lenguaje? Y si así fuera, ¿por qué esa intolerancia surgiría de una tendencia a lo hegemónico? ¿Y de dónde vendría esa tendencia hacia lo hegemónico? ¿De una impronta personal del lenguaje? ¿De la sociedad, de la ideología, del Estado? Además, existiría algo que en la pregunta se nombra como perspectiva de la alteridad, que debería ser compatibilizado. Creo que hay toda una filosofía implícita en la pregunta de la que yo debería saber algo para poder responder.
–Héctor Bianco, ¿un ejemplo de pensar y de sentir en otro idioma?; la tarea de ir moldeando una nueva identidad y el esfuerzo por llegar a cumplir sus deseos. Ficción y realidad. ¿Qué podés decirnos de este personaje, esencial, cuya historia se cruza con la de Marino?
–No digamos nada del meollo de la cuestión.
Puedo decir que el personaje de Bianco decide que ser, en París, es ser parisino. Y entonces olvida voluntariamente que no lo es. Olvida su origen, su lengua, y un pasado ambiguo. Y se convierte en uno de los inmortales de la academia.
–Tu mirada sobre la librería Shakespeare, y la inteligencia de incluirla en la novela. Hablemos de ello, si te parece.
–El primer departamento en el que viví en París, muy poco tiempo, estaba pegado a la librería Shakespeare. Todos los días miraba la vidriera, entraba, veía a la gente extasiada. El lugar se me fue configurando como un simulacro bien montado. Y se me convirtió en metáfora de París.
–La homosexualidad aparece con cierta fuerza acompañando relatos que conforman esta novela y, fundamentalmente, en lo que hace a personajes vinculados al arte y a la literatura; ¿esto tiene que ver con París o se trata de una mirada más amplia?
–En alguna entrevista, Borges dice que tiene algunos amigos homosexuales –cuando alguien usa el giro “tengo un amigo x”, todos temblamos, ¿no es cierto?– y que a esos amigos les ha advertido lo siguiente: no vamos a hablar de tu homosexualidad, porque igual hay otros temas, por ejemplo el universo.
–Un pasaje brillante, como tantos otros, tiene que ver con “las vidrieras europeas”; me pregunto si cuando te referís al “viejo” de la librería, no estarías haciendo por vía de implicación, alguna alusión indirecta a otro personaje principal -pensé en H.B.-
–No lo había pensado. Pero no puedo rechazar la interpretación. En principio, me refiero a George Whitman, que fue el propietario de la librería, y al que yo veía todos los días, sentado detrás de la vidriera. Whitman era un personaje de París, de esos entre genuinos y falsos que hay en todos lados, como dice Bioy Casares. Pero de repente me doy cuenta de que tu interpretación es increíblemente certera: la impostura de Whitman sería a su librería, lo que la de Bianco a París. Sí.
–Para ir cerrando esta entrevista, te pregunto por el proceso de escritura, y por el dominio del lenguaje que hace de la lectura, de París y el odio, un placer adicional al enriquecer la trama y el argumento.
–Del proceso de escritura no sé bien qué decir, salvo que siempre escribo menos de lo que quiero. Menos tiempo, con menos empeño.
—Y, por último, te pido nombres de aquellos escritores, hombres y/o mujeres que consideres que, de un modo u otro, pudieron haber ejercido alguna influencia en tu formación, más allá de este estilo propio.
–Contesto como un revolucionario heroico: no voy a dar ningún nombre. Me parece que todo lo que uno lee sirve para algo. Para saber qué quiere hacer, o qué no, de un modo general. Para recordar el placer extraordinario de ciertas lecturas y sostener la ilusión de que uno también podrá alcanzarlo.
Mostrando las entradas con la etiqueta Matías Alinovi. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Matías Alinovi. Mostrar todas las entradas
viernes, junio 02, 2017
Idiosincracia
martes, diciembre 20, 2016
Matías Alinovi / Entre la desilusión y el odio
Matías Alinovi visito los estudios de Radio Gráfica y dialogo con La Señal Medios acerca de su última novela “Paris y el Odio”, del valor de la identidad, el discurso político y las meditaciones metafísicas. Por Fernando Infante Lima.
“Paris y el Odio” se nutre de la ilusión de un joven que cree ver en París las respuestas que está buscando. En medio de un alucinado viaje que funde condes y castillos medievales, fiestas privadas en túneles secretos en la vera del Sena y la dramática conversión de un escritor argentino en francés, la ciudad le muestra su peor cara teñida de indiferencia. El impulso inmediato es trazar un plan de venganza que tiene un único objetivo posible: incendiar París.
FIL: La búsqueda de la identidad parece ser un tema recurrente en su obra. En su libro anterior “La Reja”, la introdujo como un asalto, un hecho violento que narcotiza los rasgos que puede definir a una persona. En su nueva novela “París y el Odio” usted vuelve sobre el tema desde una perspectiva diferente. ¿Por qué eligió reafirmar su identidad a partir de la negación de esa misma identidad por parte de otro escritor argentino que vive en París?
MA: El tema de la identidad es un tema complejo, recientemente leí un artículo en el que decía que la identidad es un concepto de derecha y me dejo pensando en porque yo estaba tan preocupado por la identidad. Cuando fui a París, fui como un estudiante promedio, de clase media, que no se hace demasiadas preguntas y piensa que es natural hacer un doctorado en Europa. Esa idea que en un principio parecía natural aparece cuestionando por el mismo medio. Es inevitable pensar ¿Por qué estoy acá? Uno se siente un poco conducido y las respuestas a esas preguntas en la historia siguen su camino. La novela lo que intenta es demostrar que hay distintos modos de construir o entender esa identidad. En ese medio que no sabía nada acerca de mi identidad tuve la necesidad de reafirmarla exageradamente, empujarla al borde de la caricatura. En París conocí a Bianccoti, que es un gran escritor argentino que vivió toda su vida adulta en Francia y él había hecho todo lo contrario, él se había convertido en un escritor francés. A mí esto me llamaba particularmente la atención. Él era el ejemplo perfecto de que es posible construir una nueva identidad. Que la identidad no era una fatalidad como yo la entendía, que podía ser otra cosa que era imposible de alcanzar para mí. Esa larga estadía en París me dio la posibilidad de reafirmar mi identidad y lo digo si queres tontamente, volví más argentino que nunca. Entendí que había algo que hacer, algo que construir, algo que sostener y esta es la condición de posibilidad de cualquier otra cosa. Una reacción en contra a la pedida de identidad a la Bianccioti.
En la novela hay una tercera historia que vuelve sobre el tema, se da en la novela clásica francesa que nunca se pregunta por sí misma. El planteo es a través de un personaje que se llama igual aun cuando representan distintos espacios de tiempo. En las tres historias que se suceden a un mismo tiempo intente reflexionar sobre la construcción, el sostenimiento, la herencia de una identidad y en qué lugar me encontraba parado yo en referencia a esas tres posiciones.
FIL: Usted cita a Descartes en una frase que cuestiona la pasividad de la gente a creer en lo que le dicen, naturalmente teniendo en cuenta quien es su interlocutor. A mi me parece increíble que esa disposición a creer es tan fuerte que nunca pone en duda la veracidad de esa información. Es posible que Descartes lo haya pensado desde un plano literario o filosófico, pero si lo trasladamos al plano social de la Argentina de hoy, cobra una significancia mayor. ¿Usted lo pensó teniendo en cuenta esta perspectiva?
MA: Yo doy clases de filosofía y leemos a Descartes, leemos “Las Meditaciones Metafísicas” que es el texto que inaugura la modernidad filosófica. El texto se pregunta metafóricamente si se conoce algo que sea indudablemente verdadero. En el inicio dice yo soy Descartes, soy una persona que tiene conocimientos, sé que tres más dos es cinco, es decir cosas que son indudablemente verdaderas, pero en realidad entiende que las aceptó como verdaderas y nunca las puso en duda. Se propone entonces, poner en duda aquellas cosas que le resultan indudables y encuentra argumentos para ponerlo todo en duda. La idea de Descartes es que si uno no pone en duda aquello que le resulta verdadero, nunca alcanza la certeza, la verdad, porque lo dice textualmente cuando es muy joven: “la verdad no es un objeto que se pase de mano en mano, sino que se engendra en uno mismo y por uno mismo”. El primer paso para intentar alcanzar la certeza es dudar de aquello que ha recibido. Ese es el comienzo de la filosofía moderna e inicia un camino de trescientos años.
Yo entiendo hacia donde apuntas y recuerdo a mi padre que es alguien políticamente interesante, daba credibilidad a lo que decía el diario. Era todo lo que tenía que decir en términos de certeza. Es un vehículo que daba legitimidad. Me acuerdo de un libro de Flaubert que se llama “Diccionario de Ideas Recibidas”, que son un conjunto de ideas que no se ponen en duda porque se está acostumbrado a ellas. En ese sentido no se puede alcanzar certeza porque no hace el trabajo cartesiano de poner en duda lo que presume indudable. Me parece que felizmente en la Argentina después de un largo proceso empieza a ponerse en duda lo que se recibe.
FIL: Sin embargo me preocupa que hay gente en las redes sociales que replica trolls que son construcciones vacías de contenido, son mensajes que en el mejor de los casos puede portar medias verdades. Creo que hay gente dispuesta a creer en esos armados como si fueran verdades absolutas. Una buena parte de nuestra sociedad le da un alto nivel de aceptación a ese tipo de mensajes.
MA: Creo que en término de lucha política, los discursos deben ser políticos y los discursos políticos no apuntan a la verdad, apuntan a la verosimilitud. La tan cuestionada idea del relato. Un discurso político es un relato, que intenta ser coherente, pero intenta por sobre todo convencer conmoviendo, no razonando. Cuando se dice: “Acá se trata de elegir en liberación y dependencia, nosotros somos la liberación y ellos son la dependencia”, no se está diciendo una verdad fáctica. Se está construyendo un relato verosímil que apunta a conmover para convencer. En la Argentina siempre ha habido una gran lucha política y es por eso que los discursos son de ese orden. Intentan construir verosimilitud, no verdad y eso me parece que está bien. Cuando Alfonsín recitaba el preámbulo de la constitución: “con la democracia se come, se cura y se educa” ¿A vos te parece que decía verdades?
En la radio repiten una canción cada cinco minutos, creo que es de una propaganda, que dice: “no es ilegal contar plata, aunque todo sabemos de que se trata” que apunta al episodio de “la rosadita”. Y yo me preguntaba: ¿Se dé qué carajo se trata? El discurso ahí intenta colonizarte el pensamiento. Ahí aparece el trabajo cartesiano. La idea de repreguntarse sobre lo que parece evidente. Un amigo me dijo: “Michele Obama es un genio”, entonces yo le respondí, para que pueda entrar en esa convicción, señalame el camino mediante el cual yo pueda entrar en esa convicción. No hay ninguno. ¡Eso se ve en obras? ¿Se ve en discursos? ¿En dónde se ve? No se ve, es una mera repetición de la nada. La realidad política se construye en esas repeticiones, sin importar si lo que se dice es verdad y con un sector de la sociedad dispuesto a creer lo que le dicen.
FIL: La contundencia con la que en la novela quiere destruir París, me da la impresión que lo que intenta es destruir el mito que existe en torno a París. El mito que en buena medida construyo la aristocracia argentina que veía a París como un faro y quería reproducirla acá. Ese París de ensueño que vive en las páginas de Cortázar. ¿Es así?
MA: Es absolutamente eso. Deshacerse de ese amor no correspondido y ponerse a trabajar, olvidarse de ese tipo de mitos. Esas ideas interrumpen una construcción concreta que tenemos que hacer, relaciones concretas. La posibilidad de mirar hacia otro lado. Esta es una historia muy larga, empieza en el Facundo. El modelo de civilización de la generación del 37 es Francia. Ahí aparece Jauretche elevando su crítica a ese modelo. Esto les permite decir cosas increíbles: “El problema de la Argentina es la extensión, es demasiado grande”. ¿En qué sentido es demasiado grande? En el sentido que Francia es mucho más chica y es el modelo de la civilización.
FIL: Es por eso que Sarmiento quería vender una buena parte de la Patagonia.
MA: Claro. Es una idea de modelo fijo. Si es demasiado grande hay una política de achicamiento territorial. Hay demasiadas vacas y demasiados gauchos, entonces fomento la inmigración. Son medidas, la de la Argentina liberal de 1880, pensadas en torno a un diagnóstico que tiene que ver con identificar a Francia como el modelo fijo. Creían que la única forma de ser civilizados es ser Francia. Creo que seguimos pensando así y eso obtura las propias posibilidades. A mí me llama la atención el imitador de Sandro. Cuando lo ves, ves solo las diferencias que hay con Sandro. Es como calcarse en negativo, No tiene la pinta, no tiene la voz, no tiene el carisma, no tiene nada de Sandro. Es pura negatividad. Eso ocurre siempre que te posicionas a un modelo fijo. Una cosa es decir, así como él pudo, yo puedo. Así como Sandro pudo cantar y salir con muchas mujeres, yo también quizá podré, pero para eso tengo que potenciar mis propias capacidades. Si no tus capacidades son solo las diferencias del modelo original. Me parece que seguimos pensando así. Hay que olvidarse de los modelos fijos que nos anclan en la negatividad. Estoy harto de escuchar decir, que hay demasiados negros, somos poca gente, que el país es demasiado grande. Basta, eso ya terminó. Este es el país que tenemos. Entonces hay pensar en cuáles son las potencialidades, tenemos que pensar en términos estratégicos que es lo que vamos a desarrollar.
FIL: La construcción negativa es terrible, nadie habla peor de la Argentina que los propios argentinos.
MA: Estoy de acuerdo. Es una pena. Este es un país en que hay un nivel de pensamiento crítico importante. A partir de ahí se puede empezar a construir y nunca se hace.
FIL: Borges dice que, una vez construido el trabajo literario, los escritores tienden a buscar ideas que justifiquen lo que han escrito. Si bien eso es cierto, me parece que en el medio del fervor de la escritura, aun cuando uno parte desde un lugar, hay un vértigo que va desde un punto ciego sin saber hacia dónde lo conduce. Una vez concluido ese impulso, que es claramente visceral, el escritor tiene que releer para ver con claridad que ha escrito. Entonces la idea expresada por Borges parece un tanto forzada, quizá maliciosa.
MA: Borges lo dice muy tendenciosamente. Dice la literatura consiste en encontrar razones para justificar lo que uno hizo antes. Puede ser que haya impulso primero. La discusión está en pensar que lo que uno hizo antes no lo haya hecho entregado. Esa idea habla de una construcción mentirosa. En creer que a posteriori encuentro razones para justificar lo anterior de un modo falaz, artero.
FIL: Es posible que en medio de la escritura se encuentren vías alternativas que no hayan sido tenido en cuenta en un principio y que sean muy funcionales a lo que se quiere expresar.
MA: A mí no me paso con esta novela, pero si me paso con la anterior, que es “La Reja”. Es algo que me sucedió. Había vivido unas situaciones de angustia, me senté a escribir y salió sola. Después la miré y la miré con extrañeza. La leo hoy con extrañeza. Y es verdad, el hecho que las justificaciones sean a posteriori, no implica necesariamente que la construcción previa no haya sido sincera. No implica que uno no haya estado empeñado en esa construcción. Estuvo empeñado y luego entiende. Hay una idea de la epistemología que expresa que na hay una racionalidad instantánea. La racionalidad lleva un determinado tiempo, incluso respecto de aquello que hiciste. Es una idea de la epistemología a propósito de las teorías científicas, uno sabe hacia dónde conducen y no donde van a morir. Es un proceso que se va completando hasta que muere por sí misma.
FIL: El hecho de que su formación haya sido en una disciplina muy precisa como la física, que tiene una estructura de razonamiento muy estricta, se contrapone con la literatura que es muy abierta ¿En qué medida influencio en su trabajo?
MA: Yo estudie esa carrera porque era joven y no sabía qué hacer. Sabía que tenía que estudiar algo y creo que la estudie física porque necesitaba sentirme inteligente. Creo que siempre supe que no me iba a dedicar a eso. En cuanto a la influencia en mi trabajo, no sé en qué medida influye. Estoy contento en haberla estudiado porque disciplina, obliga a pensar, a ordenar, estructurar. La Física es una gran aventura de pensamiento. Hoy siento que cuando me siente a escribir, algo de esa estructura me interpela. Esa quizá sea mi facticidad. No quiero que la escritura sea pura estructura. Me gusta que me de algún sesgo. Se que en un punto, mi última novela en ese sentido es fallida, porque a partir de la formación uno piensa en un súper estructura que es muy difícil de sostener. La Física me dio la posibilidad de pensar ordenadamente.
viernes, noviembre 18, 2016
Entrevista a Matías Alinovi
Entrevista a Matías Alinovi a propósito de París y el odio. Por Fernando Infante Lima para Radio Gráfica
martes, noviembre 01, 2016
París y el odio, de Matías Alinovi
Por Pablo Díaz Marenghi para Artezeta
En su segunda novela, Alinovi construye una trama que une a
un aprendiz de escritor exiliado en la capital parisina, con un argentino en la
Academia Francesa de Letras y terroristas árabes
“La decisión de
incendiar París fue repentina. París o Francia, era lo mismo. La tomó solo, una
mañana, en el pozo de dos plantas”. Así arranca París y el odio (Entropía,
2016), la más reciente novela de Matías Alinovi. Eladio Marino (un homenaje a
otro Eladio, Linacero, habitante del pozo de Onetti) es el narrador de una
novela muy extraña. Posee una prosa por momentos confesional, monologuista. A
veces, el tono se vuelve algo confuso, enredado, pero tal parece ser la
intención del narrador: marear al lector en un relato que oscila entre un
físico argentino que quiere escribir y se va a probar suerte a la capital
parisina y un escritor consagrado, el único hispano parlante que logró acceder
a la Academia Francesa de Letras: Héctor Bianco, un claro guiño a la historia
de Héctor Bianciotti, el único argentino que formó parte de la institución
encargada de regular y perfeccionar el idioma francés.
Alinovi construye una París en ruinas antes de su propio
incendio. Una ciudad en donde “hacía frío y oscurecía pronto”. Marino va
narrando y recorriendo las callecitas de la ciudad encontrándose con otros
compatriotas. Algunos están vivos y son simples trabajadores que se ganan sus
baguettes como pueden. Otros, están muertos hace rato y se convirtieron en
leyendas, como Atahualpa Yupanqui y Julio Cortázar. Bianco toma la voz en el
relato por momentos y cuenta sus desventuras; desde que escribió sus primeras
novelas hasta su romance con un crítico literario francés. La muerte de su
compañero de vida lo marcaría para siempre. Luego, su llegada a la Academia y
sus dudas por el hecho de volverse un académico o, como le dicen en Francia, un
“inmortal” -sobrenombre que se origina en el lema A la inmortalidad, creado por
el fundador de la Academia, el cardenal Richelieu.
Marino mata el tiempo en las piletas públicas de París y va
alternando críticas a la ciudad con referencias cortazarianas (sí, aparecen los
axolotes y oraciones que empiezan con “Encontraré a…”, símil Rayuela). Recorre
museos y se aburre. La ciudad que había leído como una maravilla lo defraudaba
y la quería en ruinas. En la novela se destila todo el tiempo un sentimiento de
decepción que desborda las 172 páginas. Quizás los puntos más altos sean
aquellos en donde Marino desnuda su alma a través de sus preocupaciones. ¿Cómo
podría convertirse en escritor y escribir su anhelada novela? La prosa de
Alinovi es muy prolija. A veces, por momentos, roza lo artificioso. Como si
quisiera dar muestras excesivas de su capacidad narrativa que es, sin dudas,
notable. Pese a ser una obra breve, hay ciertas estructuras que podrían
evitarse y evidenciar la potencia ígnea del verdadero relato: la historia de un
joven exiliado que mastica su desarraigo e intenta convertirse en escritor, con
todo el vértigo que eso implica. El final, con árabes y el protagonista a
caballo, cual Juan Moreyra, podrá ser para algunos incorrección política y para
otros un cliché.
El verdadero valor de una obra de arte se esconde en la
motivación. El resplandor de Stephen King es una historia de terror pero es,
ante todo, el relato de las obsesiones de un alcóholico que teme dañar a su familia.
1984 de George Orwell es una distopía pero que nace de las tripas de un
periodista que le grita a una sociedad en defensa del derecho a la información.
En París y el odio se percibe una motivación muy personal, casi iniciática en
el autor. También graduado en Ciencias Físicas, también joven, su primera
novela La Reja (Alfaguara, 2013), fue muy destacada por la crítica. Peculiar
por su estructura (casi un poema largo) le permitió abrirse camino dentro de la
literatura argentina contemporánea. Es posible encontrar similitudes entre
Alinovi y Marino. Por momentos, estas similitudes tan densas parecen
encarcelarse por barrotes literarios artificiosos (como la historia de los
túneles parisinos o los árabes del final de la novela, que aparecen desdibujados,
llenos de lugares comunes y de una manera algo brusca).
La segunda novela de Alinovi es una aventura atractiva, con
una prosa estéticamente muy lograda pero con una motivación personal que parece
constreñida, que podría dar mucho más. Como dijo Leon Tolstoi en su ensayo ¿Qué
es el arte? (1897) “se considerará arte lo
que exprese sentimientos
bastante universales para
que los sientan
todos los hombres”. Alinovi
enciende las llamas de un fuego universal, como esta idea también del escritor
ruso de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. ¿Quién no se sintió extranjero
alguna vez, pateando sus propias veredas? ¿Quién no tuvo miedo de dar el primer
paso en un camino profesional que se parecía a un ascenso al Everest con
escarbadientes? Resta saber si el escritor querrá profundizar este camino en su
siguiente novela, experimentando aún más en estructuras lingüísticas y voces
alternadas, o explorará en su interior más profundo que se deja leer
incendiario, sin necesidad de recurrir a túneles medievales o a terroristas
islámicos.
lunes, octubre 24, 2016
Matías Alinovi: “La literatura es una incesante lucha en contra del lugar común”
Entrevista a Matías Alinovi en Infobae. Por Matías Méndez.
Las citas que abren el libro son la primera señal de lo que
nos vamos a encontrar en la última novela de Matías Alinovi: Ernest Hemingway,
Eva Perón, Jean-Paul Sartre y Silvina Ocampo conviven en las dos primeras
páginas de París y el odio (Entropía). Con esa mixtura, el lector ingresa y
rápido recibe otro llamado de atención para que agarre el libro con más ímpetu:
"La decisión de incendiar París fue repentina. París o Francia, era lo
mismo", así comienza el libro de Alinovi, autor de una recordada y
elogiada novela, La Reja (Alfaguara, 2013).
Si en aquella primera novela la reflexión acerca de la
identidad entraba en juego a partir de la toma de una casa en el Conurbano,
aquí Alinovi la plantea desde la construcción que puede hacerse de una nueva.
Lo hace tomando datos biográficos del escritor Héctor Bianciotti, que se radicó
en París, se naturalizó francés y fue el único miembro proveniente de un país
hispano que integró la Academia Francesa de Letras. Alinovi vivió ocho años
ahí, lo conoció y se sintió atraído por la decisión de Bianciotti de
construirse una nueva identidad. "Esa idea de la negación de unos orígenes
y la integración en otra cultura me interesaba particularmente, porque yo me
sentía en el lugar opuesto: me parecía que la identidad era sostener el
origen", afirma Alinovi en el estudio de Infobae.
En esta entrevista, el autor cuenta cómo Bianciotti llegó a
olvidar palabras del castellano, reflexiona sobre la identidad, sobre la idea
argentina de París, sostiene que en Julio Cortázar conviven dos escritores y
explica su posición frente a la escritura.
—¿Se planteó esta novela con la idea de hacer una biografía
de Héctor Bianciotti?
—Sí, quería utilizar los datos biográficos de Héctor
Bianciotti que conocía y ponerlos en la novela y los que no conocía los
inventé. No hacer una biografía, lo que me interesaba del personaje era que
representaba para mí al tipo de escritor, te diría de persona en general, que
es capaz de adaptarse a un nuevo lugar olvidando el lugar de origen. Él lo
logró y la metáfora fue tan perfecta que murió olvidando todo con Alzheimer. Se
volvió un personaje muy francés, muy amable, muy difícil de definir de dónde
vendría, un personaje con un levísimo acento. Me encontré con él algunas veces
y a mí me sorprendió mucho. Yo le preguntaba por Córdoba, porque él nació ahí y
me dijo: "Yo odio Córdoba".
—¿Usted veía en él una negación de la identidad?
—No, yo veía un modo de construirse una identidad que sería
negar el origen para una identidad construida por el entorno, ser es ser
francés o ser es ser del lugar que vos elegís. La identidad como una idea de
elección personal y no como una fatalidad.
—¿La identidad como una construcción y no como lo dado?
—Absolutamente, uno siente que la identidad es lo dado, es
el tesoro de la cultura que se te confía para bien y para mal. Aparecés en el
mundo y sos fatalmente argentino, qué le vamos a hacer. Con eso es con lo que
tengo que hacer, es lo que Sartre llamó la facticidad, es lo que no elijo.
Gracias a que hay algo que no elijo es que puedo elegir. Es trascendiendo eso
que no elijo, trascendiéndolo hacia mis propias posibilidades es como me
construyo y como me convierto en alguien. No es la única forma de entender la
idea de la identidad, él la entendía como parte de las cosas que podían ser
elegidas, no como algo dado.
—¿Como una búsqueda?
—Quizás como una búsqueda.
—¿Le atrajo eso cuando lo conoció personalmente o cuando lo
veía en la escena pública?
—No sabía prácticamente nada de él antes de conocerlo, salvo
que formaba parte, y este es un dato que siempre fue muy llamativo, de la
Academia de Letras Francesas, que tiene como una cuestión de récord, es el
único. Es también una institución como decimonónica, en donde están vestidos
con trajes, hay que hacerse forjar una espada cuando uno entra, se hacen llamar
"Los inmortales". Es una cuestión que para nosotros remite a la
logia, a la secta. No sabía nada, salvo eso y lo llamamos por teléfono desde la
nada, siendo absolutamente nadie; nos atendió y vino a comer a la casa en la
que vivíamos. Conocíamos un personaje muy raro, era como un tipo muy pintón,
tenía un porte como de actor de cine, alto, de ojos verdes. Vino muy trajeado,
empezamos a hablar y fue muy interesante. Se había olvidado muchas palabras,
por ejemplo, se había olvidado la palabra "venta", me decía /vont/,
se había olvidado la palabra "tractor". Me contó que había conocido a
Eva Perón en la fábrica de aviones de Córdoba, donde trabajó poco tiempo y que
un día fue Eva en un tractor. Decía: "Eva estaba subida a una de esas
cosas que andan por el campo"; y yo le dije: "carreta", y me
respondió: "¿Qué carreta?", y después entendimos. Conocimos a ese
personaje muy raro y después lo cruzábamos en encuentros mundanos como en la
Embajada y ese tipo de cosas, y siempre me llamó la atención la voluntad de
convertirse en francés olvidando los orígenes.
—¿Ese olvido lo llevó a olvidar el lenguaje?
—Sí, se olvidaba las palabras castellanas. Estuvo muchísimos
años sin volver a la Argentina, hasta que volvió con el presidente [Jacques]
Chirac, porque es un poco el papel que juegan en la Academia Francesa, son como
los representantes de las culturas del mundo y entonces los presidentes toman
apoyos de ellos.
—Crecimos escuchando dos leyendas: una, que París es la
ciudad luz, una suerte de meca de la cultura hacia la que hay que ir y la
segunda, que Buenos Aires es la París del sur, y usted viene con su novela a
barrer con todo eso.
—Está bien, lo ponés en términos de la infancia y las ideas
de la infancia están llamadas a ser, tarde o temprano, abandonadas. Es como un
llamado al abandono de esas ideas, a la crítica de esas ideas desde todos
lados. [René] Descartes propone como punto de partida de su filosofía
justamente eso, dice: "Desde chico he recibido unas ideas, nunca las puse
en duda, las acepté como verdaderas, alguna vez tengo que hacer la crítica de
esas ideas y entender por mí mismo si son verdaderas o no". Ser argentino
es un poco recibir la idea de que París es todo lo deseable, es la
civilización, es una idea vieja para nosotros, que viene de [Domingo F.]
Sarmiento y de la generación del 37. Nosotros recibimos la idea como la recibe
un chico; además recibimos que debe ser nuestro modelo y que debemos acercarnos
a ella y que Buenos Aires es la París de Sudamérica.
—Inclusive que lo fuimos…
—Eso también está bien: sería el mito de la edad dorada,
hemos sido, hemos podido serlo, quizás podamos serlo de nuevo. Me hiciste
acordar a [Mario] Vargas Llosa diciendo que Argentina tiene que ser lo que ya
fue, lo cual es una cosa bastante desconcertante: "Tengo que ser lo que
fui, pero no sé qué es eso que fuimos". Está ahí dando vueltas el mito.
Eso nos recorta y nos distingue de Latinoamérica, nos hemos pensado siempre
como muy atraídos. Ninguna de estas ideas es novedosa, están todas en el
Facundo, están todas en la generación del 37.
Ser argentino es un
poco recibir la idea de que París es todo lo deseable, es la civilización
—¿Hemos crecido con el mito de que somos más europeos que
latinoamericanos?
—Absolutamente, y es una lástima eso, es como un destino
sudamericano fallido. Me parece que la historia nos ha pasado por arriba y que
esta novela a veces la pienso como vieja en su planteo, porque la idea de la
idealización de París corresponde a generaciones anteriores. Me parece que eso
se abandona, tarde o temprano.
—Si uno piensa el título, París y el odio, también habría
que decir que nunca hemos pensado el odio atado a París, sino que está
vinculada más al amor que al odio.
—Edgardo Scott, un amigo, me dijo que no le cerraba el
título y después me dijo: "Es lindo porque lo entendí: es el amor y el
odio". Yo no lo había entendido y él lo entendió, y me parece que está
bien como lo entendió. París desde el título está en el lugar del amor, de un
amor no correspondido además y esto es lo que a mí me hace un poco mal de eso,
es extraño querer tanto a alguien cuando ese alguien no se fija en vos.
—En la novela incluso postula a ese alguien, París, que sólo
se mira a sí mismo, por ejemplo, en una escena en una estación de metro. ¿Por
qué?
—Ahí hay un cartel que dice: "El tango es una música de
origen africano que estuvo de moda en la París de comienzo del siglo XX",
esa es la definición del tango. Es una definición francesizante. Ellos dicen,
está escrito por ahí, que Francia se hizo en todo y que eso está bien porque es
un modo de entender la realidad. Por eso digo que es raro poner a alguien en el
lugar del amor cuando ese amor está tan poco correspondido que ni siquiera
aparecés nombrado en la línea que define al tango. Es raro.
—Plantea una referencia a lo que podríamos llamar las
primeras lecturas. Hablo de Cortázar, sobre el que el narrador dice:
"Caminando por París te caminaba Cortázar por encima".
—Qué injusto, qué feo decir eso, la verdad que me siento muy
mal. Hay algo de eso, hay algo de la caricatura París hecha por Cortázar o que
nosotros vemos así. Me siento mal y casi que no quiero decir nada, pero es
verdad que Rayuela es una novela que se lee en la adolescencia y que parece
estar muy por debajo de las posibilidades literarias de Cortázar, que parece
ahí haber un Cortázar él mismo adolescente, un poco obnubilado por esas
posibilidades de París.
—¿Barroco?
—Puede ser barroco, un poco sustancialista, como si París
fuera una sustancia maravillosa. Todas esas cosas que a mí siempre me
parecieron un poco ridículas, eso de los encuentros fortuitos, de La Maga…
Nadie se encuentra con nadie. Uno sale caminando para Palermo y otro para
Constitución y no nos vamos a encontrar. Está bien, ahí me pueden acusar de que
estoy perdiendo el aspecto más importante o el romanticismo de la novela. No
sé, Cortázar es un extraordinario escritor y luego es una persona, que como
persona puede estar más o menos influida, más o menos atraída por cuestiones
más o menos banales. Yo disfruté, como casi ningún otro grupo de cuentos, los
cuentos de Cortázar, a los que leí en París.
—¿Pueden parecer dos escritores?
—Son dos escritores completamente distintos. Eso lo sentí
muchas veces, el de Rayuela y el de los cuentos.
—Hay una palabra que cruza la novela y en la que me quiero
detener: 'afectación', que creo que está postulada acerca de París, pero
también sobre el campo literario. ¿Es así?
—Creo que sí. Dos cosas: una, es pesado que siempre la
literatura, porque me decís esto y me reconozco en ese lugar y pienso:
"miles de tipos han escrito" y siempre escribir es escribir sobre la
afectación de la literatura o criticarla. Cuando era chico, pensaba que
hablaban sobre la escritura y yo quería que hablaran sobre las novelas, hay
algo del regodeo que está siempre presente que lleva a la afectación, a lo
remanido. La otra cosa, yo entiendo a la literatura como una incesante lucha en
contra del lugar común, en el sentido más amplio del término: en la escritura,
en las palabras, en los temas, en las posiciones, en las opiniones, en la
afectación. Hay algo en la literatura que siempre empuja para el mismo lado,
hacia el lado de la afectación, de lo remanido, del lugar común. Es como una
tradición la de la literatura, muy agobiante por momentos. Ya se ha dicho todo,
ya se ha escrito todo, ya han aparecido todos los personajes en el mundo.
Seguir escribiendo es enfrentar esas dificultades, con mayor o menor éxito,
pero enfrentarlas, no ceder al lugar común, a la tontería.
—La novela tiene un protagonista que navega entre el fuego y
el agua, entre las piletas que visita y su deseo de incendiar París.
—Este Iladio Marino, que tiene un nombre ridículo pero no
encontraba el nombre. Entre el fuego y el agua, sí. El agua sería la metáfora
de lo gentil, de lo amable, de lo que permite navegar y el fuego sería la de la
destrucción. Está entre esos dos estados de ánimo, un estado agua y un estado
de ánimo, fuego. Es un poco París, que puede ser amable, interesante, que puede
ser atractiva, pero también puede ser dura, excluyente, puede ser antipática.
viernes, octubre 07, 2016
Quemar París
La Revista Transas reseña París y el odio, de Matías Alinovi.
Por Mauro Lazarovich.
París y el odio es la segunda novela de Matías Alinovi
(1972). Construida sobre un paródico incendio de la ciudad de la luz, la novela
indaga en torno al mito de la cultura francesa como horizonte de expectativa de
ciertos sectores ideológicos de la Argentina. Cortázar, Copi, la editorial
Gallimard y un simulacro de Pepe Bianco son invocados con sorna y patetismo en
flamígeras páginas.
En su última película, Francofonía, estrenada este año en
los cines argentinos, el director ruso Alexander Sokurov retrata la ocupación
nazi a París de junio de 1940, poniendo en el centro de su relato al mítico
museo del Louvre. La película parece, a golpe vista, un homenaje a un pacto
implícito de complicidad entre dos hombres: el director del Louvre, Jacques
Jaujard, y el Conde Wolff Metternich, el oficial alemán encargado de supervisar
la gestión del museo durante la ocupación, quién se comprometería con el
cuidado de las piezas de arte por sobre los intereses de sus superiores, al
punto que acabaría procurando una franca desobediencia al gobierno de su país
en nombre de algo que podríamos identificar como el patrimonio cultural
universal.
El relato de la velada traición de Metternich, crucial para
la preservación de obras de indudable valor y belleza que podrían haberse
perdido (como tantas otras) merecería, a priori, un tono de festejo. Sobrevuela
la película, sin embargo, una inflexión melancólica, de desconsuelo y de
inquietante denuncia. Sokurov contrasta las poéticas imágenes de la ocupación
(un joven soldado alemán persigue y besa a una enfermera francesa, hermosos
ambos, junto al Sena) con la crudeza de la ocupación rusa (gente caminando al
lado de cadáveres por calles nevadas: la naturalización del horror). Incisivo,
Sokurov muestra la belleza imponente de las obras del Louvre mientras desliza
un discurso subversivo (históricamente algo cuestionable y posiblemente
autocrítico) que indaga “nuestra” debilidad por París. Las imágenes de archivo
del film muestran un Hermitage exponiendo marcos vacíos, paredes desnudas en
plena posguerra frente a un Louvre incólume, campante. Sokurov imagina, aunque
no lo dice, un bombardeo contrafáctico, una calamidad que nunca sucedió porque
Metternich y Jaujard lograron evacuar todas las obras, evitar los posibles
saqueos, ponerlas fuera del alcance de la guerra y la violencia, preservar el
patrimonio. Matías Alinovi, joven escritor argentino, no fantasea con un
bombardeo, pero sí con un incendio.
“La decisión de quemar París fue repentina” arranca París y
el Odio, la última novela de Alinovi, segunda de su obra, publicada este año
por la editorial Entropía, generando una tensión que en buena medida se
mantiene (con algunas dispersiones) durante todo el relato. Alinovi es
reconocido dentro de los nuevos narradores de la literatura argentina por haber
sacado en el año 2013 La Reja, una novela inspirada que establecía un velado
juego literario, sagaz y renovador, con la obra de Cortázar (particularmente
con cuentos como “Casa tomada” y, sobre todo, “Las puertas del cielo”) al
tiempo que procuraba, con un estilo elegante y una ironía mordaz, una
indagación profunda sobre la posesión o, todavía más, acerca de la identidad.
París y el odio, podríamos decir, es también una obra sobre
la identidad y, más específicamente, sobre la nacionalidad y la procedencia.
Divida en tres secciones (I, II y III) que se alternan a lo largo del libro, la
novela narra la historia de Eladio Marino, alter ego del autor, proyecto de
escritor aunque físico hasta el momento, que habita una París clase b, hace
vida de becario y, mientras padece enfurecido las fantasías cortazarianas sobre
la ciudad luz, planea escribir una novela incendiaria y parricida. Los otros
dos relatos, que funcionan con menos fluidez y, por momentos, hay que decirlo,
hacen extrañar la contundencia de La Reja, narran por un lado, la historia del
túnel por donde entrarán los árabes (una cita sarmientina, aclara el autor) que
destruirán París al final de la novela y, por otro, la trágica historia de
Héctor Bianco, referencia explícita a Héctor Bianciotti y, como ya ha sugerido
Beatriz Sarlo, a José Bianco, legendario jefe de redacción de Sur y quizás el
escritor argentino que con más fluidez recorrió las letras francesas.
El guiño híper explícito a Bianciotti surge, al igual que
sucedía con La Reja, de un hecho real y autobiográfico. Alinovi conoció al
escritor en los ocho años que vivió en París y, relata él mismo, quedó
impresionado por su adaptación y metamorfosis, la que en buena medida se narra
hacia el final de la obra. El Bianco de París y el Odio funciona como héroe y
villano a la vez. Es, al mismo tiempo, la fantasía del que se va y triunfa, el
que se mimetiza totalmente, como también, en tanto que representante de unas
instituciones culturales vetustas, un viejo melancólico y olvidadizo
(tematizando claramente el alzhéimer de Bianciotti), ridículamente disfrazado
de “general decimonónico”, representando una batalla que ya no le importa a
nadie con una solemnidad un poco patética, un poco absurda. En ese doble juego
se percibe el modus operandi general de la novela: Alinovi toma una fantasía,
la pasea e intenta destruirla y, en tal caso, si La Reja era un agudo análisis
sobre el imaginario y las ilusiones de la clase popular argentina, París y el
Odio da vuelta la mirada y examina el horizonte ideológico y cultural de la
clase media/alta, procurando meter el dedo en la llaga de sus esnobismos y
tilinguerías.
En este sentido Bianco, el personaje, sería apenas una
excusa, una pieza en una batalla más grande. La guerra (ficticia, novelesca,
como manda el epígrafe de Silvina Ocampo) que establece Alinovi es tanto una
lucha contra el cliché, contra el lugar común y la banalidad, como una diatriba
contra un París desesperado por “francesizarlo” todo y, sobre todo, contaminado
por un imaginario cansado, deshecho, insoportable. A lo largo de las páginas de
la novela se acumulan un sinnúmero de referencias a Rayuela, a la editorial
Gallimard, a Copi, voluntaria y conscientemente transparentes, poco sutiles y
paródicas, exhibiendo a libros y autores deambular por las calles parisinas en
toda su “estudiada y negligente indolencia”.
Pasean por las páginas del libro jóvenes sensibles leyendo novelas
iniciáticas en librerías polvorientas (“esa elegancia fría de París”),
constantes referencias a Juan José Saer, a Atahualpa Yupanqui, a todo personaje
marcado por la estela parisina, todo filtrado por una prosa que imita al tiempo
que parodia a Cortázar (las preguntas retóricas, las oraciones truncas, el
discurso que se interrumpe a sí mismo): un homenaje pasado por la sorna.
“Caminando por París te caminaba Cortázar por encima”,
piensa el protagonista en un momento. Luego completa: “Cortázar es el nombre de
una claudicación existencial innominada, propia (…) Había venido a París por
Cortázar, Marino lo pensaba y sentía de repente una vergüenza piadosa ante sí
mismo” (Pág. 40). Clarísimo: Cortázar es una mochila demasiado pesada para
caminar y por eso Alinovi necesita, al final de la novela, montar una escena
tan perfecta y rococó (aristócratas ofreciendo tomates en la boca de unos
bambis salvajes) sólo para interrumpirla con un disparo, con el ruido de las
armas y la revolución.
La cita es útil porque también expresa la dosis de
autocrítica que tiene la invectiva del argentino. La búsqueda de independencia
también aparece como una reacción contra el rechazo, en palabras del autor, “un
rencor contra uno mismo, como si me planteara por qué me quedé enganchado con
esa mina que no me quiere”. París como una femme fatale que abandona a su
amante cuando éste más la necesita, una imagen que se ve claramente en la
historia de Bianco quién, al enterarse de la muerte de su pareja, entra en tal
shock que olvida su francés de repente, y debe arreglárselas con un español
natal que no le sirve para nada y que es lo único que le queda.
El personaje de Bianco sirve para ilustrar todavía un núcleo
más de la obra: el problema de la identidad como continuidad o como ruptura. El
contraste entre Marino y Bianco procura reflejar esa dicotomía: el que rompe
con sus orígenes y el que los mantiene. Esta reflexión, sobre el ser argentino,
que por supuesto abarca también la pregunta sobre qué es ser un escritor
argentino, toma una forma acabada en la noticia que Marino lee en Libération
acerca de un árabe, Alí-el-Hadjiri, que se hacía pasar por Robert Maillard, un
francés elegante, educado, un poco snob. Obligado por la policía y la justicia
a asumir su verdadera identidad el acusado opta por el suicidio. Mejor morir
que volver a ser quien era; en la carta de despedida firma Robert.
El breve relato, casi una parábola, encierra -creo- la
posición de Alinovi: una solución arltiana. El problema sería menos París que
el insoportable determinismo de las decisiones acostumbradas, la repetición
incesante de mentiras ruinosas, y la solución, entonces, se encontraría solo en
un gesto: la traición. El indirecto libre de Marino lo expresa bien en un
momento: “¿No era la muerte de las posibilidades argentinas -exagerado-, su
propia muerte parcial, la de Marino -no exageremos, morirse voluntariamente-,
la entrega fervorosa de las dos o tres cosas sagradas que no pueden entregarse
-lo sagrado, imperiosa aparición de herejía-, la confesión entusiasmada de no
querer ser nada, liberados de los desasosiegos del que aspira a darse esencia,
para estar, entonces sí, tranquilos para siempre siendo nada?” (Pág. 57).
Alivoni traiciona una fantasía y se queda con otra: la libertad de recorrer a
caballo las calles de una Paris devastada; la ilusión de la emancipación
cultural.
martes, septiembre 13, 2016
París y el odio, de Matías Alinovi
Reseña de Josefina Sartora para Claroscuro
El odio hacia París y hacia Francia toda fluye en cada línea
de esta asombrosa novela de Matías Alinovi, quien se revela como un gran nuevo
novelista. Odio hacia la celebridad instituida de esa ciudad, laudada por
tantos, despreciada por el protagonista, suerte de alter ego del autor, quien
también es físico, quien también es traductor, quien vivió penurias en París,
al parecer. A diferencia de tantos que hemos hecho el peregrinaje cortazariano
por París, su personaje Eladio Marino
desmerece la experiencia de Cortázar y su literatura, pero no puede apartarse
de ellas. (Un capítulo comienza diciendo “¿Encontraría a Maude?”, parafraseando
el comienzo de Rayuela.) No sabemos si por odio genuino, frustración de quien
no puede acceder o no está a la altura del mito, o toda una simulación
pretendidamente iconoclasta, en una suerte de amor-odio muy personal y logrado.
Su nueva novela (la primera había sido La reja, de alguna
manera un homenaje a Casa tomada, justamente, y escrita en verso) atraviesa la
historia de ese traductor que involuntariamente sigue los pasos de Cortázar por
la Ciudad Universitaria y la Orilla Izquierda, hasta dar con un escritor
consagrado. Novela en clave, su personaje Héctor Bianco está basado en la
figura de Héctor Bianciotti, escritor argentino miembro de la Academia
Francesa, a quien la novela describe detalladamente: homosexual, editor de Gaulemard
(=Gallimard), autor de Los páramos plateados (=Los desiertos dorados), ganador
del premio Domina (=Femina), amigo de Topi (=Copi), hasta su hundimiento en el
Alzheimer. Y hay más claves, que no queremos denunciar.
Pero no es ese el único recorrido: hay un inevitable grupo
de amigos bohemios algo decadentes, y entre tantos escritores, todos
obsesionados con París, no faltan los robos literarios; hay un sorpresivo
descubrimiento de secretas galerías subterráneas que unen la campiña con los
túneles de París; y hay un grupo de musulmanes que sembrarán la destrucción y
desolación en todo el territorio francés, donde ya no queda ningún mito por
rescatar, en una reedición europea muy actualizada de la dupla civilización y
barbarie.
Todo esto, sí, y en una
novela breve, que ofrece una escritura maravillosa. El trabajo de Alinovi con
la lengua es formidable, similar al del poeta, y es es aspecto más alto de la
novela. Su prosa suena evocativa del verso, y no sólo el alejandrino de 14
sílabas, como se encarga de advertir la contratapa. Párrafos enteros tienen una
musicalidad, un ritmo, una cadencia que guía la lectura con una fluidez de
placer agradecido. Valga un fragmento:
“Tenía que hacer tiempo. Amanecía. Buscó el Sena en el mapa,
qué otra cosa, el Sena obligatorio. Había que tomar la rue de Bercy y bajar por
el boulevard Diderot. Lo encontró detrás de unas defensas de piedra
majestuosas, bajo puentes soberanos, brillando movedizo entre calzadas muy
amanecidas y todo era mejor que el agua igual que en cualquier parte. Caminó
mirando el río hasta Saint-Michel, bajó al metro.
Y no pensó que había una lección agazapada en el silencio
esplendoroso de la piedra: el prestigio como afán de la distancia, algo del
orden de un desdén equilibrado. Porque en principio París era el asombro sin un
signo definido.”
jueves, septiembre 08, 2016
Alinovi incendia París
Una lectura de París y el odio, de Matías Alinovi. Por Guillermo Roz para Soñamos España
Hay relatos que son como un relámpago en un campo oscuro:
sirven para dejar iluminados ciertos perfiles de animales, fantasmagóricos en
una breve eternidad. París y el odio (Editorial Entropía, Buenos Aires, 2016)
es el relámpago que inventa Matías Alinovi, quien ya había sorprendido a la
literatura en castellano con su novela anterior La Reja, para eternizar y dejar
a la vez en la oscuridad, un círculo de ciertos personajes de la cultura
argentina que pasaron parte de su vida en la capital francesa.
Tres historias se cruzan y se tocan: un joven argentino
pretendiente a escritor pero profesional de la Física, un autor glorioso y
ridículo a la vez, y un proyecto arqueológico desmesurado y surrealista. Así,
todos mezclados, en medio de un París por momentos elevado a la categoría de
mito y por otros vulgar y embustero, las viejas glorias argentinas se dejan
llevar por la prosa de Alinovi. Alinovi, que bebe de Saer y de Cortázar y de
Copi y de ninguno, compone un fresco de arrabal y nostalgia, de sueños rotos y
pandillas de desclasados, y de un plan que acabe con la ciudad de Eiffel. Una
novela que los mata a todos para revivirlos, y que crece al ritmo de una lengua
literaria, la de Matías Alinovi, que arrastra a los lectores hacia el incendio
magnífico de una gran literatura.
jueves, agosto 11, 2016
Paradojas de un viaje ideal
París y el odio, de Matías Alinovi, en La Nación. Por Edgardo Scott.
No está mal: la adquisición de la escritura como el
aprendizaje del fuego. Escribir para hacer un incendio. En París y el odio,
mediante un alegórico y alucinado aprendizaje, Matías Alinovi completa el gesto
iniciado en La reja (2013) y también lo completa para su propia generación. La
definitiva recuperación de la rabia arltiana. Esa rabia localizable en Rodolfo
Walsh y Osvaldo Lamborghini, después ahogada, renacida en Carlos Correas y
Gustavo Ferreyra, que ahora Alinovi enriquece junto a los textos de Ariana
Harwicz, Carlos Godoy o Juan José Burzi. Porque el secreto de la cultura yace
en la violencia, un descubrimiento que siempre intenta erradicarse y que, sin
embargo, nunca deja de renacer, de resistir, acaso porque "escribir
-escribe Alinovi- era ante todo incomodar".
Y para esa rabia, para ese proyecto, una novela de exilio.
El desventurado joven graduado e intelectual argentino que intenta volverse
sofisticado, educarse -evadirse- habitando París. ¿Qué París? El ideal porteño
por excelencia. Post 2001, desde luego. El país incendiado, los asesinados, los
pobres, la clase media en pánico, en desbandada. Y Eladio Marino (guiño a
Eladio Linacero, que soportaba El pozo onettiano) se va a París. ¿Y qué
encuentra? Primero, a otros argentinos. Concretos y fantásticos. Está el que lo
aloja y le consigue trabajo, pero también los fantasmas: Cortázar, Yupanqui.
Finalmente, la cruza de los dos planos: la figura de Héctor Bianccioti, el
único escritor hispanoamericano -argentino, cordobés- que ingresó en la Academia
francesa. ¿El que realizó el sueño? Más bien un destino confuso, hecho de
ilusiones, rencor e intrascendencia.
A diferencia de La reja, menos una novela que un poema largo
(a la manera de Los jóvenes o de El Fiord), una honda impresión narrada con
pena y violencia en endecasílabos, en París y el odio, Alinovi sí despliega
toda una imaginación. Hay escenas, detalles, fantasías, extravíos, citas.
Construye intercambios y personajes en calladas amistades, amores frágiles,
todo siempre bajo una soledad erizada: "Lo que habrá siempre entre los
hombres: un comercio que de a poco se establece y que se va estragando una vez
establecido".
Pero siempre tendremos París; el amor, el odio, las dos
caras de una misma pasión: en la Ciudad Luz, la ignorancia. "Mejor así,
porque entonces no saber era lo pleno." Alinovi escribe los ensueños
parisinos desde este lado del mundo como indescifrables ruinas arqueológicas.
¿Quedarse y rabiar o irse y evadir? No hay conclusión.
Dicotomía falsa. La única certidumbre es estética. La verdadera literatura es
anarquista: desconoce la propiedad, la identidad, la frontera.
miércoles, agosto 03, 2016
El libro de la semana por Beatriz Sarlo: "París y el odio"
Por Beatriz Sarlo para Télam
Turbas de origen islámico destruyen París. Antes del
desastre final, un tirador furtivo interrumpe una fiesta aristocrática cuyos
invitados se dedican a alimentar cervatillos ofreciéndoles tomates. Suena
ridículo, pero así pueden ser las reuniones de una decadencia definitiva. La
ciudad histórica y literaria ya no existirá y quien lo cuenta es un argentino,
tanto el personaje, Eladio Marino, como Matías Alinovi, autor de "París y
el odio" (Entropía, 2016).
Medio siglo después de "Rayuela", Alinovi celebra
París de una manera bien contemporánea: en lugar de la magia que irradia en la
novela de Cortázar, la ciudad es aniquilada. Son dos formas distintas de la
persistencia de un mito poderoso para los argentinos. Entre Cortázar y Alinovi,
está la París de Victoria Ocampo, escenario en 1913 de una de las batallas de
la nueva música, la noche en que la Consagración de la Primavera provocó la ira
de un público también aristocrático, del que Victoria Ocampo se apartó,
abrazando la causa de Stravinski y dando comienzo a su propio mito de París, el
de la modernidad estética.
Cortázar puso a caminar a Oliveira y a la Maga por una
ciudad especialmente diseñada para el flâneur culto, haciendo de cuenta que los
puentes y los mendigos que dormían bajo sus arcos estaban allí para que la
literatura trazara apropiados contrastes. Alinovi ya no puede repetir este
programa porque ha sido demasiado desgastado por la ficción y por la realidad.
Pero el magnetismo de París es tan persistente que, incluso detestándola,
resulta difícil alejarse de su pasado, aunque sea en clave irónica.
En "Rayuela", ese pasado literario son el museo de
citas que, a todos sus lectores, si llegaron a la novela muy jóvenes, les
ofreció una biblioteca de iniciación. Alinovi no repite este gesto, sino que
narra la madurez, la vejez y la muerte del escritor Héctor Bianco, un nombre
que conduce de forma transparente a Héctor Bianciotti, el argentino que tuvo
éxito al migrar a la lengua francesa y terminó entre "los
inmortales", como se llama en Francia a los Académicos. Por supuesto,
haber elegido el apellido Bianco es una pista que, además de homenajear a un
escritor poco citado hoy, conduce a la revista Sur, de la que José Bianco fue
secretario de redacción durante dos décadas. La revista Sur nos conduce a
Victoria Ocampo. Nada se pierde en las alusiones.
Alinovi ofrece muchas menciones levemente enmascaradas del
campo literario francés que son amablemente divertidas porque no exigen gran
trabajo. El temido crítico, cuyo programa de televisión fue un altar donde
rodaban cabezas o se consagraban obras, Bernard Pivot, en esta novela pasa a
ser Tizot; su programa, que se llamaba "Apostrophe", acá se llama
Circunflejo. Gallimard, la legendaria editorial, se convierte en Gaulemard,
donde en efecto trabajó Bianciotti; no falta la nrf, rebautizada Rnf, la
Nouvelle Revue Française en cuya famosa sigla solo se desplaza una letra.
Alfredo Arias aparece como Abelardo Soria y Copi, como Topi. Además de estas
transposiciones, los nombres de las calles y de las estaciones de subte dan
París con exactitud de sonido, que es lo que vale en la literatura, pero
también con exactitud topográfica (o eso le pareció a esta lectora que conoce
bastante mal París).
Alinovi tiene más material del que necesita. Para llegar al
jardín aristocrático donde los cervatillos son obsequiados con tomates, una
línea de la historia arranca en siglos pretéritos y, alrededor de 1900, tiene
un elenco de campesinos, pastores y un noble que se desplazan por una
escenografía de bosques donde se descubre un túnel que apunta ¿dónde si no a
París? Es probable que la trama de la novela necesite de este túnel para que su
protagonista conozca a los aristócratas de la fiesta, pero también podría
objetarse que el motivo que hace posible este mutuo conocimiento es demasiado
artificioso. Digo artificioso sabiendo que esta palabra puede ser objetada, ya
que todo en la literatura lo es. Sin embargo, el artificio del túnel no termina
de encajar en la trama y, por eso, no por ser arbitrario, se vuelve irritante o
innecesario, como si hubiera formado parte de otra historia y se lo hubiera
querido rescatar en esta.
Hay más: la persuasiva ambigüedad del personaje frente a la
ciudad en la que no pensaba quedarse y termina quedándose. Marino frente a
París elude el enamoramiento y eso permite vivir en una ciudad real, donde los
departamentos son pozos mal amueblados; donde los extranjeros no comen haute
cuisine ni toman grandes vinos; donde no se experimenta permanentemente un
rapto de cultura o un desmayo estético; donde los científicos rusos cobran
medio sueldo y el otro medio lo cobra un argentino; donde incluso la vida de un
escritor consagrado puede ser un modelo de monotonía y penuria. París resulta
interesante en esta versión que no exalta sus cualidades.
Alinovi escribe una ciudad distinta a la del mito pretérito.
Más que la fiesta en el jardín aristocrático, que evoca una desvanecida Dolce
vita, interesan los domingos repetidos en los que Marino se encuentra con un
amigo y juntos leen Libération. En París, el escritor Bianco abandona su lengua
de origen, el castellano del Río de la Plata, para adoptar el francés.
Inteligente y patética experiencia la de esa libre elección entre lenguas, que
concluye en una paradoja funesta: Bianco primero gana el francés y luego va
perdiendo su lengua natal y también la nueva, hasta morir en la desmemoria del
Alzheimer.
Desde el comienzo los lectores saben que Marino quiere
incendiar París. Es matemático (investiga un tema sugestivamente designado como
las "matrices simétricas") y quiere escribir una novela donde se incendie
la ciudad-museo de Cortázar. Matrices simétricas porque Alinovi termina su
novela mostrando la destrucción de París por otros medios: la actual pesadilla
francesa con los islámicos.
Podría decirse entonces que su París y el de Cortázar (a
quien menciono porque se lo menciona muchas veces, incluso con citas como
"¿Encontraría a …?") son dos caras bien diferentes del mito. Y, sin
embargo, no. La ciudad que merece una destrucción gigantesca es la ciudad del
mito por razones mucho más íntimas, que tocan la escritura. Me explico. La
primera novela de Alinovi, "La reja", estaba totalmente escrita en
versos endecasílabos, sorprendente desafío ya que el resultado, además de
original, no era un texto hiperculto, a pesar de que el verso endecasílabo es
el verso más difícil en castellano. No había sido hecho antes y esto le daba a
la novela no un aire forzado sino una elaborada sencillez, si se admite la
unión de dos términos contradictorios. Un escritor original en su primera
novela.
Las segundas novelas son siempre un problema. Nadie puede
exigir que se repita la inesperada originalidad de "La reja". Pero
tampoco era posible prever que la escritura de Alinovi mostraría, justamente en
esta novela parisina, muchos de los rasgos que Cortázar convirtió en estilo, hasta
el amaneramiento. Los lectores los reconocerán en las oraciones sin final
(porque se cree que ese truncamiento refuerza lo expresivo o lo coloquial); en
las oraciones sin verbo conjugado (a las que se atribuye las mismas virtudes);
en las oraciones independientes encadenadas por la conjunción "y"
(que simplifican las enumeraciones o la narración).
Finalmente, en la forma que da a conocer los pensamientos
del personaje, el famoso discurso indirecto libre, que, por supuesto, no
inventó Cortázar, pero que lleva su marca para la literatura argentina. Esta
escritura sucede como si Alinovi se hubiera contagiado del predecesor, pese a
las ironías que le dedica.
Por eso, mientras leía esta segunda novela esperaba la
tercera, la que todavía no llegó.
jueves, julio 21, 2016
París y el odio en Harper's Bazaar
Libros de julio. Por Christian Kupchik para Harper's Bazaar
Odiar es una respuesta humana tan legítima como cualquier otra. El tema es sobre qué se enfoca. Y París, al menos desde aquí, no parece ameritar semejante aversión. A través de tres historias, Matías Alinovi plantea en su novela París y el odio (Entropía) una inteligente reflexión que atraviesa la mitificación y la identidad. Una tras otra, el autor descorre las telas de una idealización tan banal que solo merece el fuego.
lunes, julio 11, 2016
La condena de pertenecer
La segunda novela de Matías Alinovi (1972), París y el odio,
pone en juego, en tres historias, la tensión entre el ideal moderno de
emancipación y la furia que desencadena su imposibilidad. Algunas corrientes
historiográficas sostienen que el lema de la revolución jacobina -libertad,
igualdad y fraternidad-, solo pudo llevarse por medio de un terror
estructurante. Esta disputa puede verse
al comienzo de la novela: “La decisión de incendiar Paris fue repentina. París
o Francia, era lo mismo. La tomó solo, una mañana, en el pozo de dos plantas.”
Los deseos piromaníacos corren por cuenta de Eladio Marino, un científico
argentino que apenas sobrevive con su beca y su desgano con pretensiones de convertirse
en escritor. Ese relato enmarcado que constituye la “biografía de incendiario”
está constreñida por su experiencia parisina, que lejos de cualquier vínculo
idílico, desdeña ciertos gestos nostálgicos intelectuales. La acción, desde su
óptica, está atada a una destrucción que la precede. Ese pozo que se referencia
en la cita inicial anticipa un descubrimiento de principios de siglo XX: una
galería subterránea que funcionaba como osario, hallazgo que vincula muerte y
anonimato, caracteres que también están presentes en la tercera y última
trama. Como una suerte de remembranza a
Héctor Bianciotti, el foco está puesto en Bianco, un reconocido escritor y
crítico argentino, el primer hispánico miembro de la Academia francesa a quien
Marino le envía sus primeros relatos. Pese a que Bianco parecería estar en el
lugar que soñó, algunos sinsabores le juegan en contra. La concatenación
narrativa que propone Alinovi es pura potencia, aun cuando sugiere que
pertenecer, más que un privilegio, a veces es una condena.
lunes, junio 06, 2016
“El problema de la Argentina pasa por la identidad”
Un físico con aspiraciones literarias que sobrevive como
puede en Francia atraviesa esta historia que tiene que ver con la idea,
compleja en nuestro país, de “construir una identidad”. Cortázar y Bianciotti
aparecen en la trama, que evita toda corrección política.
El estallido de la rabia –o el rencor– se despliega con la
cadencia del verso alejandrino. Matías Alinovi, una vez más, agita el avispero
lírico de las formas con su formidable segunda novela París y el odio
(Entropía). “La decisión de incendiar París fue repentina. París o Francia, era
lo mismo. La tomó una mañana, en el pozo de dos plantas. Estaba traduciendo y
por momentos debía buscar cada palabra. Se cansaba, empezó a inventar: el
sentido divergía hacia la irreverencia. Y de repente tuvo la visión de una
tierra arrasada, de un bosque desde el cual surgía la violencia que se extendía
inconteniblemente por todo el territorio, y vio unas hordas imprecisas que
avanzaban por la avenida de los Campos Elíseos, nombre ridículo”. El joven
argentino que emprende su biografía de incendiario es Eladio Marino, un físico
con aspiraciones literarias que sobrevive como puede con una beca. El muchacho,
que frecuenta las piletas públicas parisinas y manifiesta su antipatía hacia la
librería Shakespeare @ Co, impugna el registro “sentimental y pegajoso” de la
prosa de Julio Cortázar que se cierne sobre él para no dejarlo caminar
tranquilo. “Caminando por París te camina Cortázar por encima”, se queja Marino
–que llegó a esa ciudad por el autor de Rayuela– y cree que para mirar París
con otros ojos hay que radicalizarse.
En la inauguración de una muestra sobre Eva Perón, Marino se
encontrará con el escritor Héctor Bianco, miembro argentino de la Academia
Francesa de Las Letras, un guiño explícito a Héctor Bianciotti (1930-2012),
antes de que se desbarranque por la curva mortal del Alzheimer. “París es
odiosa”, dice Alinovi, que vivió en esa ciudad ocho años, entre el 2000 y 2008.
“Me acuerdo de una frase de Borges que la voy a citar mal… creo que está en
Historia universal de la infamia y me parece que habla de un personaje respecto
del cual se sentía ‘ese rechazo que produce la arrogancia o la inteligencia
sólo cuando es francesa’. Hay un modo de impostar, de aparentar, que es muy
odioso. Yo fui a París muy contento, pensando que era un lugar extraordinario
para vivir y que iba a leer mucho, todas esas cosas que vienen por la cultura.
Odio es una palabra exagerada… fui ganando un cierto rencor: el rencor de
quedarte afuera, de sentir que nunca vas a poder acceder, que no es lo mismo
ser que no ser de ahí. También es un rencor contra uno mismo, como si me
planteara por qué me quedé enganchado con esa mina que no me quiere. Hay un
problema de autoestima grande, por qué fui a París seducido por una idea,
cuando en realidad era un medio que nunca me iba a apreciar”, plantea el escritor
en la entrevista con Página/12.
–¿Lo conoció a Héctor Bianciotti?
–Sí, él vino a mi casa y yo fui a la de él, era un personaje
increíble. Pasó un tiempo y después lo vi un 25 de mayo en una fiesta en la
Embajada, me dijo que se acordaba perfectamente de mí y empezó a decir una
serie de cosas inconexas… estaba muy perdido, ya tenía Alzheimer. Bianciotti me
interesó porque era el escritor “posicionado” en Francia y cuando lo fui a ver,
más de cerca, vi mucha soledad. La idea de la Academia es muy impresionante; él
me contó que cuando lo nombraron en la Academia Francesa se tuvo que forjar una
espada original y hacer esa espada lo arruinó. Me contó que puso 20 mil euros
que no tenía, todo un gran ridículo, ¿no? Él estaba de traje en muchas fotos y
yo vi en ese traje el traje de Facundo Quiroga, vi el traje de un
revolucionario, de un argentino del siglo XIX… Siempre estamos en la misma,
queremos el traje de la Academia… qué lindo sería escribir una historia en la
que hubiera una revolución. Me acordé de Sarmiento que dice en el Facundo que
los gauchos parecen árabes y pensé que si hubiera una revolución en Francia
obviamente estaría encarada por árabes. Esos árabes podrían ser gauchos y el
traje de Bianciotti sería como el traje de un patriota revolucionario. Pero
Bianciotti y la revolución no tienen nada que ver. Bianciotti fue el escritor
que se adaptaba y odió el lugar en que nació. Me acuerdo que me dijo: “Yo odio
Córdoba, odio al lugar en que nací”. Se había convertido en otro y parte de esa
metamorfosis la cuento en la novela. Después me di cuenta de que la novela
tiene que ver con cómo construir una identidad: si la identidad es el rechazo
de lo que te ha sido dado para construirla completamente por vos mismo o si es,
por el contrario, el sostenimiento de lo que te han dado, como Marino que,
incluso en Francia, trata de ser argentino. Si hay lucha por ser otro o si la
identidad es un modo tranquilo de ser, la identidad como ruptura o como
continuidad. El problema de la Argentina pasa por la identidad, por no poder
ser calmadamente algo; entonces te aparecen los Bianciotti y los Marino…
–Así como la novela pone de manifiesto una evidente simpatía
hacia Bianciotti, Cortázar es el personaje antipático de “París y el odio”. Lo
interesante o lo paradójico es que los imaginarios de estos escritores están
como invertidos, ¿no?
–Sí, qué locura… Bianciotti es un personaje antipático y yo
nunca gocé tanto como cuando leí a Cortázar en París. Qué te puedo decir…
Cuando fuimos a París con mi mujer, me compré los Cuentos Completos de Cortázar
y esa lectura fue una experiencia maravillosa. Después uno entra en Rayuela,
que es como una gran pose, y alcanza cierto rencor: ¿esta es la única
posibilidad de ser argentino, ser así como un copado de las circunstancias, alguien
que entiende? ¿No hay lucha? Tenés razón que me da más rabia Cortázar que
Bianciotti. Lo que también da más rabia es que Cortázar es más exitoso.
Bianciotti sería como un pobre drama existencial; tenía un problema personal
con Córdoba y ese problema siempre se puede tener. Cortázar, en tanto que
argentino, te fija en una experiencia de admiración a París. Bianciotti no te
fija nada, por más que él se obnubiló y quiso ser un parisino más. Cortázar te
mete en una serie de admiraciones que no dejan que la Argentina sea
tranquilamente el país que tiene que ser, que quede siempre enganchada por
izquierda o por derecha a la idea del modelo, una idea muy de (Arturo)
Jauretche. El problema de la izquierda y de la derecha en Argentina, dice
Jauretche, es que tienen modelo. El problema es el modelo. El problema es que
para progresar tengas que acercarte a un modelo fijo. Le tuve rabia a Cortázar
por estas razones, razonadas después de haber estado en París.
La entrevista completa, por acá
jueves, mayo 26, 2016
Traducciones y París
Por Damián Tabarovsky para Perfil
El otro día me encontré por la calle con uno de esos típicos
escritores argentinos, de esos pendeviejos que se visten con remeras de rock y
fuman cigarrillos negros franceses creyendo que así son interesantes, cuando en
verdad no le interesan a nadie, y menos a mí, que me descolgué mentalmente de
la conversación, mientras él me contaba que lo habían traducido a no sé qué
idioma y que había salido una nota sobre él en no sé qué diario estadounidense.
Y luego recordé que algo malo debe pasar con ese asunto si el mejor escritor
argentino de las últimas décadas –Héctor Libertella– nunca fue traducido a
ningún idioma, y ni siquiera publicado en España. Habla bien de Libertella
semejante olvido (¿se imaginan a Libertella, con alguno de esos virreyes de
grandes grupos o de grandes editoriales ex independientes, de gira por toda
Latinoamérica vendiendo espejitos de colores?).
Los pichiciegos, de Fogwill, fue traducido al inglés con
suerte dispar. De un lado, cayó sobre uno de los mejores traductores –Nick
Caistor, quien también escribió un bello obituario a su muerte en The Guardian–
y también, a priori, sobre una de las mejores editoriales posibles: Serpent’s
Tail, de Londres. Pero su prestigioso editor –cuyo nombre guardo piadosamente
en silencio– entendió, con razón, que “pichiciegos” es intraducible, pero
frente a ese escollo optó por llamar a la novela Malvinas Requiem, arruinándolo
todo en un instante (arruinando su propio plan: supuso que ese título era más
ganchero y vendedor, pero en Inglaterra prácticamente nadie sabe que las
Falkland Islands en castellano se llaman Islas Malvinas, por lo que el título
se volvió aún más incomprensible que si hubiera dejado Los pichiciegos).
Veremos ahora qué le depara la suerte a la novela en Francia, donde acaba de
salir en la editorial Denoël, traducida por Séverine Rosset, con un título que
sí me gusta –Sous terre, “Bajo tierra”– y una tapa que recuerda el viejo juego
de la batalla naval. Volvamos ahora por un momento a Buenos Aires, aunque para
seguir hablando de Francia, volvamos para detenernos en París y el odio,
recientemente editada por Entropía, segunda novela de Matías Alinovi, después
de la excepcional La Reja, publicada en Alfaguara durante la gestión de Julia
Saltzman. París y el odio abre con una frase programática: “La decisión de
incendiar París fue repentina”. Si digo programática, es porque en esa primera
frase se encuentran las tres palabras sobre las que pivota la novela: decisión,
incendiar, París. París y el odio es una novela que decide incendiar París, como
quien decide incendiar los 60 y el mito del argentino exitoso en la Ciudad Luz:
Cortázar, Atahualpa Yupanqui. Y luego, detrás de eso, queda la violencia, la
ruina de lo que ya no es, el pasado acabado, la sorna sobre los lectores de
Libération. Marino viaja a París después de Cortázar, a una París en la que ya
no está Cortázar y a la que Cortázar le ha hecho mucho daño (el daño del lugar
común). Vaciada del mito, de París sólo queda el odio. La impostura hueca, “el
nombre ridículo” (Alinovi mantiene su plan hasta en las últimas palabras).
Novela de historias entrecruzadas, los momentos de ironía se me hicieron menos
interesantes que aquellos en que la prosa intensa, por momentos brutal, domina
el relato. Por suerte, ése es el tono mayoritario del libro
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







