Juan Rapacioli escribe para Telam una crónica del segundo encuentro del ciclo Preguntas por el cómo, que se desarrolló el pasado miércoles 21 de mayo en la librería Gandhi de Palermo.
Las diversas formas de encarar un relato, de pensar un narrador, de concebir la escritura, así como la intimidad del proceso creativo fueron los temas abordados anoche en la Librería Gandhi por los escritores Fernanda García Lao, Ignacio Molina y Mariana Dimópulos.
En el marco del ciclo "Preguntas por el cómo", organizado por los diez años de la Editorial Entropía, los escritores hablaron sobre sus respectivas maneras de asumir la escritura, sus puntos de vista sobre los tipos de narrador, y las diferentes formas de pensar una estructura narrativa.
Molina (Bahía Blanca, 1976) es autor de las novelas "Los modos de ganarse la vida" y "Los puentes magnéticos"; los libros de relatos "Los estantes vacíos" y "En los márgenes", y los libros de poemas "Viajemos en subte a China" y "El idioma que usan todos".
El escritor admitió que "la verdad es que no soy muy prolífico, no escribo todos los días; me gustaría, a veces lo intento, pero siempre termino escribiendo cuando me sale. Hasta hace poco tenía un trabajo de nueve horas por día y pensaba que cuando no trabajara más iba a tener mucho tiempo para escribir. No es así, no tiene que ver con el tiempo libre".
"En realidad -sostuvo-, es en esos momentos, cuando no tengo tiempo, que me dan ganas de escribir. Los escritores grosos tienen sus decálogos y consejos sobre la escritura, yo no soy uno de ellos, pero igual lo tengo: creo que la premisa más importante es que cuando uno se pone a escribir tiene que olvidarse un poco de la palabra literatura, que es muy grande".
"Al menos -continuó- eso me pasa a mí, si me pongo a escribir de manera muy solemne, no me sale nada; en cambio, si de pronto estoy frente a la computadora, no pensando en hacer gran literatura, ahí sale algo que luego se asocia a otras cosas; de alguna manera mis libros salen así: no tengo una idea previa, sino escenas sueltas".
Molina apuntó que esas escenas, "en algún momento se entrelazan y así empiezan a conformar una historia. No es que empiezo una historia conformada por esa escenas, sino que son diferentes escenas que a la larga van a conformar una historia".
El autor mencionó, además, que "es muy importante el tema del narrador, encontrar la persona, la voz del relato. Una vez que llego a esa voz, ese tono, empieza a surgir todo lo demás. Voy relacionando las partes sueltas y ahí sí escribo todos los días".
García Lao (Mendoza, 1966) es autora de las novelas "Muerta de hambre", "La perfecta otra cosa", "La piel dura" y "Vagabundas", y del libro de cuentos "Cómo usar un cuchillo". Vivió en España desde 1976 hasta 1993. Escribió, además, varias piezas teatrales con las que viajó por Latinoamérica.
"Estuve pensando en cómo surgen los relatos, cómo aparecen, y cómo eso se modifica con el paso del tiempo -mencionó la escritora-; cuando empecé a escribir me sentaba y me dejaba llevar por el automático surrealista: no saber para dónde voy, no planificar nada, y dejar que los dedos sean los que dirigen a la cabeza".
"Pero después de mucho tiempo de escribir así -explicó- empezaron a aparecer otras fuentes, un deseo de encontrar algo en mi cabeza que no sabía que existía, para poder generar otras cosas a partir de experiencias vividas o noticias insólitas o del territorio más oscuro que viene de la poesía, que siempre está".
En "Cómo usar un cuchillo", apunta la autora, "hay un par de cuentos que tienen que ver con noticias y de cómo a partir de la noticia uno se adueña de ese universo realista y lo lleva a un lugar al borde de lo inverosímil: la noticia se refería a una mujer que fue al dentista porque el día anterior había comido pulpo crudo y algo le molestaba en la boca".
"Entonces -continuó-, el doctor la examina, y le dice que encontró espermatóforos de pulpo. O sea que el pulpo había eyaculado en la boca de la mujer o no había quedado limpio. Me pareció genial pensar que la mujer quedara embarazada de un pulpo después de cenar".
"Claro -explicó- tenía que seguir la lógica humana y aquellos espermatóforos debían ir al lugar indicado, así fue como inventé un personaje y pude situar el tema de la voz y el punto de vista. Además, me puse a estudiar el sistema reproductivo de los pulpos, como para tener la base científica para después irse al carajo".
Dimópulos (Buenos Aires, 1973), es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y traductora del alemán y el inglés. Vivió en Alemania entre 1999 y 2005. Publicó las novelas "Anís", "Cada despedida" y "Pendiente".
"A diferencia de mis dos colegas, yo sí soy metódica -afirmó la escritora-, sí sé a dónde voy cuando escribo, lo logre o no, y, de hecho, una de las cosas que me pasan y que a veces es una trampa mortal, es que sé perfectamente cómo tiene que terminar lo que pienso escribir".
La autora sostuvo que le interesa "la idea de hacer verosímil lo imposible, es un desafío en la hora de escribir, esa es la maravilla de la ficción, algo que no es real y sólo puede ser verosímil".
"Trato de ser metódica -reafirmó-, pero no vivo de lo que escribo, por lo cual tengo poco tiempo; me dedico a la traducción, eso me lleva muchas horas por día y significa que escribo cuando puedo, pero siempre tengo un libro dando vueltas en la cabeza que me tortura, me sigue, me pone bien y mal".
La escritora aseveró: "de ninguna manera me siento a escribir con la idea de ver a dónde me lleva el libro. Eso no quiere decir que sepa cómo llego a ese final, por eso tengo que reescribir mucho, abandonar y empezar de nuevo un libro terminado que no funciona".
"Lo que me pasa -explicó- es que tengo un problema y, para solucionarlo, debo convertirlo en relato. Es un problema de orden teórico que sólo se puede resolver a partir de una narración".
viernes, mayo 23, 2014
Un diálogo sobre las formas de concebir la escritura
martes, mayo 20, 2014
Preguntas por el cómo: segundo encuentro. Mariana Dimópulos, Fernanda García Lao e Ignacio Molina
Mañana, en la librería Gandhi de Palermo, se desarrollará el segundo encuentro de "Preguntas por el cómo", el ciclo con el que Entropía festeja sus diez años.
En este encuentro, Mariana Dimópulos, Fernanda García Lao e Ignacio Molina compartirán con el público la intimidad de sus procesos de escritura y sus aproximaciones a la producción literaria.
Miércoles 21 de mayo, 19 hs. Librería Gandhi. Malabia 1784. Palermo. CABA.
Los esperamos!
jueves, abril 03, 2014
Fernanda García Lao en el Salón del Libro de París
Fernanda García Lao, autora de Cómo usar un cuchillo, estuvo invitada al Salón del Libro de París. Gabriela Scatena, del diario Los Andes, de Mendoza, le hizo esta entrevista al respecto:
Desayuno en París
Del otro lado del teclado –lo que es decir, lejos del Aconcagua, “de la tierra del sol y del buen vino”- Fernanda García Lao se está duchando justo ahora, después de haber escrito “¡Mendoza, presente!”, después de haber llegado de Lille en donde dio unas charlas, participó de un café literario en homenaje a Juan Gelman y conoció a nuevos lectores.
“La librería VO - librairie internationale VO, en francés- es la única en Lille que tiene libros escritos en otras lenguas además de la francesa y que son novedades, así que allí están mis libros”, explica la autora de “Vagabundas”.
Fernanda ha viajado a París como parte de la delegación argentina que participó, el fin de semana pasado, en el Salón del Libro, la feria editorial más importante de toda Francia.
La primera pregunta se cae de madura:
- ¿Qué significa para vos haber sido invitada al Salón justo en el año en el que la Argentina es invitada de Honor?
- Creo que es un reconocimiento a mi obra, que en el último tiempo ganó mucha visibilidad.
- ¿Por qué? (las preguntas más sencillas son, a menudo, las más complejas de responder, pero García Lao no sufre de falsa humildad zalamera, así que responde rápido)
-Porque mi último libro llamó la atención. Yo hice al revés, primero publiqué novelas y después cuentos. Elegir la brevedad fue un modo de romper el estereotipo, la ficción de que era una novelista.
El libro al que hace referencia es el recomendable “Cómo usar un cuchillo”. En la portada está ella, empuñando uno, cerca de una cajonera que parece encoger las patitas de madera, de puro miedo.
Tan lejos, tan cerca
En el año cortaziano, el Salón del Libro recordó muy especialmente al autor de “Rayuela”. Así que la mendocina también se encargó de diseccionar el gusto por su literatura. “Sí, por supuesto que me gusta Cortázar. Me gustan mucho sus cuentos, ‘Casa tomada’, ‘El otro cielo’, las ‘Instrucciones’ (porque me dan risa) y también Antonio Di Benedetto me parece un cuentista bastante fantástico”.
Justamente “La literatura fantástica en el Río de La Plata “ es el nombre de una de las mesas en las que ha participado dentro de la feria parisina. “Es un reconocimiento al género cuento que es todo un baluarte en nuestra literatura. Argentina es un país bastante insólito e incomprensible, ideal para el fantástico.”
La otra mesa en la que participó se llamó “Lejos de Buenos Aires”, una rueda compuesta por mujeres.
. ¿Hay un rasgo definitorio en el hecho de estar lejos de Buenos Aires?
-Y sí, a mí me encanta la anarquía, la libertad de la periferia y de lo excéntrico.
Cortázar tiene una frase en Rayuela: “En París todo era Buenos Aires y viceversa”. “Y – dice García Lao- uno se va construyendo entre idas y venidas, entre los viajes Pero yo, que ya viajé tanto, ahora no tengo ganas de moverme. Uno termina inventando un yo para cada ocasión, esa riqueza, esa ficcionalización de uno es lo que replica para escribir.
Sin embargo, cuando escribo, no escribo de mí. Obviamente uno nunca deja de ser quien es pero a mí me interesa el mundo, me interesan los demás, me interesa lo impúdico, lo que uno siempre oculta, los interiores. Si me preguntás, haría una película sólo de interiores. Ya no me interesa el paisaje, salvo que sea un personaje más. Me gustan los asuntos bien personales y subjetivos.
Idas y venidas
Fernanda (que tiene ese lindo apellido que suena a lagos y pequeños saltmontes) es hija del reconocido periodista mendocino Ambrosio García Lao. De pequeña, emigró a Madrid junto a sus padres y hermana y, después de transcurrir su adolescencia en Europa, su familia decidió regresar a la provincia. “Cuando volví de Madrid a Mendoza no tenía ganas de estar, no me podía relacionar, era demasiado punk, demasiado oscura, no encajaba. Un poco así fue el primer personaje que escribí”, recuerda.
Así que después de sentirse excéntrica un tiempo, se volvió a Madrid.“soy reincidente”, dice.
Parte de esos viajes quedan en su acento, mezcla de mendocino y madrileño: “nunca hablé de ‘yo’, no podría hacerlo”, asegura.
Escritora, actriz, directora de teatro y poeta, parece una mujer renacentista: “sí, soy renacentista pero sólo de lunes a viernes, los fines de semana soy medieval”, bromea la mendocina y las carcajadas llegan sonoras a través de la línea telefónica. Fernanda empezó a escribir cuando estaba embarazada de su primera hija.
Según cuenta, era como “estar poseída”; los relatos le llegaban y escribió un primer libro “Coro de Inmorales” que todavía está inédito pero que es la usina de los demás libros que publicó.
“Muerta de Hambre”, la novela que ganó el 1º Premio Fondo Nacional de las Artes, fue traducida al francés como “El hambre de María Bernabé” por la Editorial La Derniere Goutte. María Bernabé Castelar, la protagonista, es una adolescente obesa, rotunda, notoria. “La piel dura” y “La Perfecta Otra Cosa”, también fueron traducidas al francés.
En sus libros, los críticos destacan la torsión que le ejerce a las palabras, y el humor, el fino humor. En los cuentos de “Cómo usar un cuchillo” ese filo agudo y perturbador aparece, concentrado.
lunes, enero 27, 2014
Abyección, horror y la literalización de las metáforas
viernes, septiembre 27, 2013
Comentario del libro: Cómo usar un cuchillo
Andrea F. Amendola reseña Cómo usar un cuchillo, de Fernanda García Lao, para la revista Lectura Lacaniana.
En “Cómo usar un cuchillo” Fernanda García Lao nos arroja sin anestesia hacia la fuga del sentido. Cada uno de sus cuentos se desnudan de los oropeles consensuados que toda trama escrita comporta y nos captura, presurosamente, en la complicidad de un asesinato común: la del sentido compartido. Sus cuentos se tuercen en lo imprevisto, bamboleándose desde la metáfora que vela hasta el decir exiliado de recursos. Tal como quien pretende orientarse en los pasajes de un laberinto, Fernanda nos sacude hacia el no saber, producto del volcán erupcionando lo sabido, se escurre el lector cual lava ardiente que arrasa, desacomodando, descomponiendo aquello que se intenta leer y es en ese intento en donde la autora, desliza con estilo contundente el filo de su cuchillo produciendo un corte en las formas; como dice en uno de sus cuentos: “(…)que entienda lo difícil que me he vuelto, si como la cebolla, lo siguiente será un ajo seco en el fondo”. ¿Y qué decir desde una lectura lacaniana del presente texto? Lao hace de su pluma henchida en la tinta que la concierne, el cuchillo por donde crea su obra y con ella se traslucen las costillas del goce criminal. Es en este mismo sentido que la interpretación analítica se torna cuchillo, dice Lacan en el seminario XXIV: “…es el forzamiento por donde un psicoanalista puede hacer sonar otra cosa que el sentido”. Y en ese acto interpretativo las resonancias incluyen un vacío al cual el analista de orientación lacaniana se dirige, hacia lalengua como el significante en su estatuto de letra, separado del sentido y dirigido, bajo el resplandor de un filo acuciante y sediento de corte, a revelar la singularidad del goce de cada cual. Un libro imperdible. Una cita con el crimen. No olvide limpiar sus manos, ya es tarde para las excusas que el sentido le provee, usted… es parte.
martes, septiembre 24, 2013
"Yo imagino pequeñas bellezas en un gran montón de basura"
En el Suplemento Cultura del Diario Tiempo Argentino, Jonás Gómez entrevista a Fernanda García Lao sobre Cómo usar un cuchillo.
Editorial Entropía acaba de editar Cómo usar un cuchillo, primer libro de cuentos de Fernanda García Lao. La autora, también dramaturga y dibujante, ya ha publicado Muerta de hambre, primer premio del Fondo Nacional de las Artes 2004, La piel dura, La perfecta otra cosa y Vagabundas.
Al momento de hablar de sus personajes los describe como "criaturas crecidas en su fallo, gente que desarrolla sus vicios", y de esos seres está poblado el libro, situados en historias que pueden hospedar tanto imágenes crudas y violentas como humor, fantasía y hasta fraseos de sonido bello. La variedad de aristas es uno de sus atributos, García Lao parece no plantearse límites previos al desarrollo de la escritura. Sobre esta amplitud creativa responde:
–Yo quiero que haya todo. En eso soy shakespeareana. Aspiro al cielo y al infierno, al barro y al palacio, al amor y a la muerte. Esos opuestos y el claroscuro son vitales para crear. Me imagino pequeñas bellezas en un montón de basura, porque ahí se ven bellas, entre los escombros. Y al revés. Si siento que hay mucho humor enseguida busco lo negro. Y ando como pintando, eso también tiene que ver con una creencia medio fundamentalista de que no me bastan dos o tres cosas, el asunto, los personajes, el nudo, el desenlace. Eso es lo más simple.
–¿Cómo fue el proceso de escritura del libro? Aparece el cuchillo como objeto, pero también hay otras hojas de metal, vinculadas a lo quirúrgico.
–Fui armando este libro muy atenta al tono, pero la premisa fue experimentar con las estructuras narrativas, la sintaxis, los puntos de vista. Que los textos entraran en discusión. El cuchillo fue como la excusa. La concentración de cada núcleo, las ideas en estado de síntesis. Escribo varias cosas a la vez. Soy muy fiel a mis propios estados, no me obligo a escribir ni hago sistema de escritura. Siempre tengo un archivo alternativo que me libera de mí misma y del otro. Hay un archivo oficial, que es el que estoy laburando, pero también hay un proyecto B conviviendo con el proyecto A. Si me siento particularmente demoníaca voy al cuento (risas) porque en el cuento soy más mala. Creo que está buenísimo no ser pretencioso, sino que sea el objeto el que demande tu interés, no que vos se lo imprimas. Me sirve mucho pensar que escribo para mí. Yo escribía antes de ser leída por nadie y si volviera a foja cero no se alteraría lo que hago, porque no lo hago para agradar a nadie, no me quiero hacer amiga escribiendo. Hay como una idea de que lo cotidiano es lo más rastrero y que la creación te eleva y yo creo que el terreno de la literatura y de las artes en general es un terreno sin espacio de arriba y abajo. Es donde estoy ubicada. También yo elegí que mi vida sea lo que gira en torno a la imaginación y no al revés. Se fue dando desde muy temprano, desde antes de saber sostener el lápiz, porque era el monólogo y la soledad.
–Leyendo Muerta de hambre y tu nuevo libro se percibe un avance en un tono que no llega a ser minimalista, pero da la impresión de que en los textos hay un recorte externo e interno. ¿De qué manera trabajás tu escritura?
–Necesito tiempo para entender cada libro mío. Siempre los termino varias veces, tienen que decantar. Tengo que volver. En ese regreso siempre encuentro que me he saltado cuestiones que descubro en esa otra segunda lectura ya menos entusiasta, menos apurada por estos perros que te llevan hasta el final. La segunda vuelta ya tenés una desconfianza, te ponés a prueba. La tercera mirada se hace sobre cada coma, punto y adjetivo. Andás como dinamitando pero con poca pólvora, para que no se destruya lo circundante. Y escribo al hueso. Soy bastante cadavérica, no escribo de más y después saco, tengo que poner arriba del cadáver. Escribo con mucha elipsis. Tiene que ver con esta cuestión de condensar situaciones, que es algo que se labura mucho en el teatro, porque no hay un espacio de tiempo prolongado, con tres pantallazos tenés que transmitir quién es quién. No diseño cada cuento, no hago un dibujo anterior, antes del cuento no había nada. Y no ando arrastrando imágenes o estados por el mundo hasta que me siento frente a la computadora. No. Me siento frente a la computadora y ahí empieza a cobrar forma. Una vez que lo veo empiezo a entender de qué se trató aquello.
–¿Se generan cruces en tu narrativa a partir de tu formación en teatro y dibujo? Si los encontrás, ¿en dónde sentís que aparecen?
–Hay cuestiones que son afines a todas las artes que aplico. Estudié dibujo y pintura, pero lo que me interesa es el dibujo. Y tiene que ver con esta cuestión de profundizar el trazo, de crear un ser con pocas líneas. En casi todos mis dibujos los personajes están desnudos y se les ven los huesos. Tampoco describo qué tiene puesto nadie, me da igual. Dibujo casi el estado de alguien, no me interesa el adorno. Si hay un objeto es porque viene a discutir con ese que está ahí. Gráficamente me pasa exactamente lo mismo que con la literatura, no me interesa de dónde vino ni a dónde va.
–En Muerta de hambre y en tu nuevo libro está muy presente la comida, aparece como un elemento que transforma el cuerpo, pero de manera negativa. ¿Qué sentís que se pone en juego en el acto de comer?
–Me parece que la ingesta se toma con mucha liviandad. En general. Estoy convencida de que uno está tragando información ajena. Más allá de los venenos, las hormonas y los conservantes. Somos seis mil millones de personas y nadie come nada fresco. La comida es algo que se ha ido transformando al igual que los relatos que hacemos de este mundo y le presto mucha atención a eso, cómo y qué come cada uno. Muerta de hambre me permitió preguntarme sobre la forma, si uno es anterior o posterior a la forma. Muchas veces me lo pregunté después de chica. Si tuviera otra contextura, si fuera negra, hombre, si tuviera otra cara, ¿pensaría lo que pienso y sentiría lo que siento o también la forma altera el modo de ver el mundo? Y lo que como, ¿me estoy comiendo sólo esto que veo o todo un proceso que resultó en el plato? También veo una conexión erótica entre la ingesta, el cuerpo y el deseo de poseer. Es algo físico. No he construido una teoría en relación al hecho, lo siento por asociación, hay una forma de mostrar y hacer desear que tiene mucho que ver con lo erótico. De todas maneras, me parece que cuando escribís le prestás atención a todo. «
miércoles, septiembre 11, 2013
Filo, un libro de Fernanda García Lao
Matías Luque reseña Cómo usar un cuchillo, de Fernanda García Lao, en el diario Malviticias
La lectura avanza, no se detiene, cada relato alienta a la imaginación. Combina el humor negro con una narrativa exquisita, dando lugar a ciento de imágenes que ofrece el texto. Intencionalmente, se aleja del realismo cotidiano y se sumerge en la oscuridad sin llegar del todo a escribir cuentos de ciencia ficción. García Lao interpela al lector, lo incomoda con sus relatos contundentes, que ganan fuerza a cuestas de una fina escritura, delicada y a su vez visceral “morir te vas a morir igual, pero te da rabia que te pinchen y te saquen de tu vida que era tuya y no se la prestabas a nadie”.
La importancia del sonido de las palabras bien elegidas por la autora, dan el clima exacto en cada relato y ayuda a hilvanar cada acción. Los universos creados quedan eximidos del porqué, bombardean y se alejan de la belleza mundana “un objeto inmóvil es una derrota de Dios”. Los personajes reencarnan, mutan, algunos son asesinados, otros prefieren suicidarse. La sexualidad toma las riendas en varios pasajes. Nada es imposible, todo es real en el mundo que nos ofrece. La velocidad, la fluidez de la prosa imanta, su velocidad permite alejarse de lo plano, los personajes avanzan como cuchillos, no retroceden, establecen distancias.
Nada es bello, todo es oscuridad, tristeza, hastío y desesperanza, García Lao retrata los vínculos, el desprecio, el abandono sin eufemismos, pero ponderando al lenguaje, a las palabras y posicionándolas como reales protagonistas del libro. La importancia del espacio, los planos dibujados auspiciando de paratexto, conjugan con lo escénico teatral.
Desde una mujer que se masturba pensando en su vecino después de comer pulpo y se embaraza a si misma dentro de la bañera, un vendedor de raíces llega a un pueblo y terminara cambiando la vida de todos los habitantes, los pasos de un asesinato, un concurso de belleza donde las participantes sufrirán diferentes desgracias “la belleza es un desperdicio”, la vida desde un sótano, una navidad “impúdica”, un enjambre de abejas lamen y devoran a una mujer, todos habita en Cómo usar un cuchillo.
jueves, agosto 15, 2013
Picado fino
Ana Ojeda reseña, en Espacio Murena, Cómo usar un cuchillo, de Fernanda García Lao.
En Cómo usar un cuchillo, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) hace con la literatura, lo que el punk hizo con el rock. Integrado por veintisiete relatos breves, este libro es pura experiencia de lectura, paladeo de un asombro que descoloca con violencia y constancia, que se reestrena −virgen− con cada nuevo comienzo. Pretender escribir una reseña de él se torna de pronto superfluo acto gratuito. Idiota. “Escribo y me siento importante porque no tengo absolutamente nada que decir”.
Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Obviedades: FGL trabaja con ellas, las contorsiona hasta dejarlas desfiguradas, irreconocibles, novedosas. Punk. En estos relatos, la brevedad se apoya en la escansión, una de las marcas que se mantienen a lo largo de todo el volumen. Pululan así números, títulos, blancos que organizan tanto como desordenan el discurrir de la narración. “La abundancia no es para mí”, sospecha en algún momento alguien. Cómo usar un cuchillo no abunda porque prefiere ramificarse, tubérculo rizomático en constante huida del estancamiento que supone la etiqueta, la clasificación. En la atropellada, da por tierra con argumento, estructura aristotélica, teleología, suspense: en estos cogollos narrativos se cuenta lo que se quiere contar, porciones casi arbitrarias de historias a las que se les podría quitar o agregar sin modificar en nada el efecto, el interés de la lectura, que avanza siempre sedienta, con ganas de más. Magia. FGL desquicia las cómodas rutinas decodificadoras del lector, aprendidas a fuerza de repetición, obligándolo a desplegar las alas de la imaginación, forzándolo a bracear en la distancia que une (y aleja) una frase con la siguiente, tan unidas o distantes como el Sol y un limón. “Usted llegó con los pantalones de otro, no sonría, tenía unas ojeras horribles”. La distancia semántica entre una frase y la siguiente, entre las distintas partes de una misma oración se constituye así en la patria del lector, que navega en la duda al tiempo que entrelaza hipótesis de relaciones tan descabelladas como posibles.
Los relatos que presenta este cuidado volumen de la Editorial Entropía se enhebran dialogados, casi didascálicos. Ejemplo perfecto es el cuento que da título a la antología, cuyo comienzo reza: “Ella debe estar tirada, sucia, con las piernas violetas y el cuello roto” y en la misma tesitura sigue hasta el final. Como si, en el universo FGL, la literatura sólo fuera posible como diálogo, como teatro. Pura impostura: “Parecer natural es importante. Serlo, no”.
El cuchillo que acapara título desarrolla varias valencias simultáneas conforme se avanza en la lectura: muerte (y alrededores: asesinatos, suicidios, amenazas) y hambre (y alrededores). Muerte y alimentación. Lo cual es perfecto, porque enlaza sin esfuerzo los comienzos −allá por 2005− de FGL, con su desopilante Muerta de hambre, la primera novela de FGL, ganadora del premio Fondo Nacional de las Artes (edición 2004) y publicada por la editorial El Cuenco de Plata al año siguiente, problematiza −entre otras muchas cosas− uno de los tabúes de Occidente actual: la gordura (en la antología entrópica, la autora dedica a este tema el exquisito “Asterisco”). María Bernabé Castelar es gorda y desmedida: “Cuando estalle quiero dejar sin aliento a la prensa. [...] Voy a obligar a esta ciudad a contemplar mi podredumbre. [...] Yo soy un asco en serio”. Llevará las aristas de su unicidad (“Todos pertenecían a algún grupo nominable. Se reconocían entre ellos. Se mezclaban y reproducían. [...] Sólo yo era individual”) más allá del plano de la estética y la salud (amenazada por sus 120 kg) para convertirse en un sistema interpretativo. Para María Bernabé, es posible decodificar la realidad a partir del mecanismo de la alimentación. Así es como −un ejemplo− sus ideas más idiotas se comen a las más inteligentes, al punto de que “me lleno de pequeñas ideas sin peligro que repito hasta el hartazgo”. El humor explosivamente cínico, presente ya en Muerta de hambre, se mantuvo a lo largo de toda la obra de FGL −La mirada horrible (Colihue, 2005), La perfecta otra cosa (El Cuenco de Plata, 2007, 3er Premio Cortázar), Vagabundas (El Ateneo, 2011), La piel dura (El Cuenco de Plata, 2011)−, al punto de constituirse en una de las marcas fundamentales –reconocibles– de su estilo.
Como suele suceder con toda primera novela, Muerta de hambre contenía in nuce todo el universo que luego su autora iría desplegando y radicalizando en libros posteriores. Aprovechaba todavía las bondades de la trama (si bien la novela concluía −de manera bastante reveladora respecto de lo que estaba por venir− con una serie de materiales eclécticos y fragmentarios escritos por terceros y cuartos sobre el caso María Bernabé), que luego fue diluyéndose, desapareciendo: prótesis innecesaria. En este sentido, los relatos reunidos en Cómo usar un cuchillo no son realistas, ni delirio onírico, ni surrealismo, sino una despiadada trasposición literaria de la experiencia de lo real. Vivimos inmersos en un mundo hecho de palabras, historias, malentendidos anudados −la mayor parte de las veces− sin ton ni son. De ellos, rescatamos los que nos gustan, nos resultan cómodos o atractivos, y los ingresamos en la prensa teleológica del causa-consecuencia, de una pretendida lógica. Con ellos tejemos nuestros recorridos, deseos, aspiraciones. Así tenemos un objetivo laboral, preocupaciones sentimentales, etc.: “El progreso se alimenta de pánico”. FGL, lejos de permitirnos la tranquilidad de lo esperable, nos bombardea desde estas páginas con situaciones, personajes, flujos y contextos, hurtándose a la tarea de construir una explicación, un por qué. Nos desampara, clavándolos en un paraje en el que campea lo no lindo, no agradable, no complaciente (otra de las marcas que se mantiene estable a lo largo de su producción).
Lejos del realismo, bastante usual en la producción literaria argentina actual, FGL prefiere dislocar, torcer, abocarse al corte y confección hasta dejar en evidencia no sólo la tramoya del lenguaje y sus estúpidas frasesitas hechas, sino también los núcleos duros de los presupuestos que nos moldean: “Usted sólo es imprescindible para usted”.
lunes, agosto 12, 2013
Instrucciones a mí misma para pensar cómo usar un cuchillo.
Pongo música francesa. Ésta música me acompaña tácitamente desde hace años, pero no es una compañera muy fiel. ¿O debo decir que la infiel soy yo? A veces incursiono por otros universos sonoros, pero hoy termino de leer Cómo usar un cuchillo de Fernanda García Lao, me siento a escribir y casi de manera instintiva armo una lista de reproducción que arranca con Paris Combo, pasea por “Siberie m’etait Contée” de Manu Chao, y llega a Pauline Croze pasando indefectiblemente por Yan Tiersen y Edith Piaf. “La falta de variedad es la muerte”, escupe Rudolf en este libro. Voy eliminando los temas hasta quedarme sola con el gorrión. Cierro los ojos atravesada por la música de “Le petit monsier triste”, cargada de la lectura de los cuentos y siento un filo que me abre la boca del estómago.
Miro las marcas que hice en el texto. «Me asustan las miradas tibias», dice en “Desierto al revés” y me lleva a pensar en los narradores. Sorprenden: nunca son inocentes Un ejemplo de esta delicadeza es “Eclosión”, mi cuento preferido del libro, dónde una mujer virgen de treinta y seis años se masturba pensando en el vecino después de comer pulpo y se embaraza a sí misma. «Un proyecto de pulpo ha quedado oculto bajo la lengua y terminará siendo fecundado en un orgasmo extravagante: ella lo traslada de su boca a su cloaca de hembra». En este cuento la autora construye un narrador en apariencia no involucrado que sale a la luz en una última frase. La historia no se modifica pero nos obliga a preguntarnos quién es ese testigo que nos la cuenta.
Releo y copio los párrafos que marqué en el libro. Descubro párrafos completos que funcionan como perfectos microrrelatos. Extracto de “Sentencia”: «A los once, sus ojos se llenaron de muerte. En un accidente doméstico, sus padres explotaron por el aire al compás de la caldera. El fuego la dejó sola, con sus ojeras azules. Se quedó con la bolsa de lácteos, contemplando el desastre. El pasado había fagocitado de un bocado a su familia. Y a la biblioteca. Amalia sonrío, excedida de infortunio». Fragmento de “Sótano: ser de abajo” (cuento que viene con mapa de ubicación): «Mi hija parece una sandalia. Toda al descubierto. La tapo para no verla. Me turba su presencia. Y el sentimiento es mutuo. Un día no va a venir. Ya huele a hombres que la siguen. Tiene semen en el horizonte».
Leo los cuentos en voz alta. Leí varias veces “Libidine” porque más allá de ser un cuento impecable y original, me gusta como suena. Pienso en Ivonne Bordelois que en Etimología de las pasiones dice que las palabras, como nuestros cuerpos, se resisten y hacen ruidos, toda clase de ruidos, que las palabras son ruido e idea y que también están hechas de aire rudamente modulado por la garganta, los dientes, la lengua y siguen teniendo mucho de los primeros gruñidos, cercanos a los de los primates que estuvieron en su origen.
Pienso en escritores con el cuerpo muerto. Hay autores que reniegan del cuerpo, aunque no lo asuman o no lo sepan, eso se siente en la lectura. Como dijo Foucault, «si la sexualidad está reprimida, destinada a la prohibición, a la inexistencia y al mutismo, el solo hecho de hablar de ella produce una transgresión deliberada». Pero más allá de eso hay autores que pueden hablar de sexo y aun así su literatura puede carecer de él, del componente animal. Tal vez sin proponérselo comulgan con esa idea de Aristóteles de que todas las pasiones son malas si conducen a la desmesura. Y hay resultados muy interesantes pero no me entusiasman particularmente. En cambio Fernanda García Lao sostiene el lenguaje con narradores y personajes con cuerpos vivos, con latidos y circuitos de fluidos. Los desnuda y embellece en un manual de instrucciones cruel: «Hay algo sucio en tu persona. Se te intuye la humedad y el jugo. Tengo una sed terrible, me voy a atragantar y voy a dejar que me mojes los zapatos».
Me distraigo y recuerdo cosas que mejor olvidar. Le envío un mensaje a mi amiga contándole un comentario mala leche de alguien. Ella me responde: hay que sacar el cuchillo”. Y yo: “hay que saber cómo usarlo”.
Presto atención a la música. Suena “La vie en Rose”. Una balada francesa cantada con la garganta, por momentos apenas un sonido gutural onomatopéyico. Algo en el ritmo invita a moverse. Se escucha bien, se disfruta, pero se puede percibir por debajo cierta oscuridad, la sensación de que cualquier cosa puede venir a modificarnos el baile agradable. El lenguaje de Cómo usar un cuchillo es musical y perturbador como un tema de la Piaf, como una cajita de música o la risa de un niño en una película de terror.
viernes, julio 19, 2013
Criaturas malhabladas
Pablo Natale reseña Cómo usar un cuchillo, de Fernanda García Lao para el suplemento Ciudad X, del diario La Voz del Interior.
En la foto de solapa de Cómo usar un cuchillo vemos a Fernanda García Lao en un retrato en blanco y negro, sosteniendo una hoja tamaño oficio extrañamente rasgada o doblada, y de fondo un paisaje que bien podría ser una selva o un cuadro de un jardín. En esa foto, García Lao, vestida con una blusa que deja ver uno de sus hombros, está concentradísima leyendo o haciendo que lee. En gran medida, la teatralización de la mujer, de la lectura, de la sensualidad y de la muerte (la autora parece embalsamada) presente en el retrato contiene lo que luego encontraremos en el libro.
Bocetos de relatos, puestas en escena con gráficos arquitectónicos incluidos, cuentos que presentan a un personaje en el momento justo en el que se dedica a explotar, cientos de cuchillos y seres deformes son los protagonistas de un libro cuya escritura ha sido sometida a la distorsión, buscando incomodar y transgredir. Basta leer los títulos con que García Lao etiqueta sus cuentos para trazar el universo en el que opera su literatura: “Asterico”, “Inmundo”, “Anarquía de la forma”, “Mensaje viscoso”, “Desierto al revés”.
Hay un cuento en que dos adolescentes se burlan de una empleada doméstica, hay uno de una cantante que sobrevive a un insólito naufragio, hay uno sobre una mesita (¿?), hay un concurso de modelitos rodeadas de extraterrestres, hay uno de una mujer que se suicida, hay otro de una niña genio que se suicida.
En Cómo usar un cuchillo nos encontramos con una mezcla de Lautreamont, el mejicano Carlos Velázquez y La loca de mierda, o con una fila de sketches gores ridículos, escatológicos o provocadores cuyos principales temas son el lenguaje y el mal.
Hace unas semanas apareció un video en la web en el que una jovencita rusa era filmada en medio de un supuesto casting porno. El francés del otro lado de la cámara le preguntaba, con asistencia de una traductora, si le gustaba leer, si había tenido novio, y todo iba derivando hacia el lugar común del género. De pronto alguien golpeaba la puerta, se cortaba la luz, se escuchaban gritos, y la rusa degollaba a distancia a la traductora mientras se acercaba sonriendo a cámara.
Esa también hubiera sido una escena “bien García Lao”, una autora cuya estética se ha concentrado en la banalización de la violencia, la teatralización del mal y la celebración de lo deforme.
miércoles, julio 17, 2013
Las criaturas salvajes
Germán Lerzo lee Cómo usar un cuchillo y lo reseña para la Revista Invisibles
“Toda conciencia es una enfermedad” dice el epígrafe de Dostoievski con el que abre el libro. Y esa frase, que anticipa la naturaleza de los cuentos que vamos a leer, también nos remite a esta otra: “La enfermedad es el lado oscuro de la vida. Una ciudadanía más cara”*. Basta con leer los primeros relatos de Cómo usar un cuchillo para descubrir que Fernanda García Lao se sumerge con destreza y precisión en la conciencia de estas criaturas que narran porque tienen un motivo para sufrir. Mis formaciones mentales están teñidas de muerte, dice la narradora del primer cuento (“No hay mantra”) y la narradora del último, que parece haber aprendido más, dirá: Me he acostado con la desgracia, pero no suelo comentarlo (“Inmunda”). Eso que sucede en el medio de una voz resignada que dejó de buscar y otra que se ríe de sí misma en continua búsqueda, es el universo delicado, risible, inesperado que se nos presenta en los otros cuentos. Y en cada uno, los/las protagonistas suelen pagar el precio de esa “ciudadanía más cara” en la que viven.
Las voces masculinas y femeninas que narran siempre son distintas, como la forma de percibir el mundo o su manera de terminarlo. Hay muertos, asesinos, suicidas, farsantes, casados, amantes despechados y seres abandonados. El talento de la autora consiste en darle a cada uno de ellos un tono y un estilo preciso para hacer de su realidad algo más claro de lo que parece. La primera persona nos mete de lleno en la cabeza del que narra, pero rápidamente nos damos cuenta que García Lao no recae en la moda de eso que se dio en llamar “literatura del yo”, y acaso su mayor mérito consiste en que esas voces nunca sean las mismas. El sentido de lo que dicen está atomizado en cada oración, como puntadas filosas que marcan el pulso de lo que ven y piensan, en sentencias mínimas. Aunque la realidad que los contiene los diferencia sutilmente, ellos tratan de conceptualizarla:
Hice todo, respiré, perforé la mente. Pero no logré deshacerme del mundo. (No hay mantra); Los necios son los nuevos hermosos (Asterisco); Miro hacia delante con la certeza del que no tiene nada (Desgracia en tres sets); El amor es un tobogán ingrato (Mi pequeña molotov); Una vez fui linda. Pero la belleza es un desperdicio (Tiburones con rodete); Las maduras son un colchón delicioso y transpirado (Buenos Aires); Yo voy al amor en cuentagotas (Desierto al revés); Creo que la inutilidad se compensa con la carne (Naufragio); Si ve a una mujer feliz seguida por un perro, huya (Cómo usar un cuchillo); Yo no tengo nada que decir, lo supe desde siempre (Chalet); No se venga un corazón tomando otro; No hay nada más real que la muerte (Bisturí); Disfrute de su neurosis. No le puedo decir más (Juicio final).
Así, los relatos suelen alternar entre personajes que asumen diferentes posiciones: la de quienes no entienden lo que pasa, la de aquellos que entienden demasiado y la de aquellos que se dejan llevar, no sin malicia, por el entorno. Pero la angustia de los primeros se compensa con el humor implacable de los segundos y la curiosidad de los últimos. Mientras que algunos personajes deciden poner un final drástico a esa incomprensión, otros salen a relucir el cinismo con que observan todo, desde un lugar distanciado. Del mismo modo, los narradores masculinos tienen una tendencia al crimen como las voces femeninas al suicidio. Pero todos parecen jugar con su destino y aceptar que el lugar que ocupan nunca es igual, porque ese momento que se narra es la inminencia de una transformación en otra cosa, que también los modifica. Los personajes no tienen un pasado que necesite ser contado: ellos viven en el más puro presente, y ese lapso de tiempo, esa instantánea, es lo que se describe.
Las situaciones que viven estas criaturas oscuras, mordaces, son muy diferentes, no obstante, su actitud desprejuiciada es lo que, en ocasiones, los hermana. En “Mi pequeña molotov” la narradora cuenta la aventura de incendiar una refinería de gas junto a su novio, y lo que para ella está punto de explotar es la relación misma. Esa mirada distanciada es semejante a la del padre en “Chalet/Epístola Punk” que observa a su ex mujer enamorada de un hongo deforme y a sus hijas como lagartos; también es comparable a la acidez de la narradora de “Naufragio”, una cantante cuyo único talento es coquetear con un periodista ridículo que la pretende y un trompetista que la rechaza, mientras ella se ríe de esa estrategia desesperada a bordo de un crucero. Y los relatos más destacados, “Juicio final” junto con “Vertical”, donde se narra en tercera persona la historia de una chica que decide pasar la noche con un grupo de chicos ricos (“estúpidos”, “subnormales”) a los que les grita, dentro de una fuente de agua: “manga de hijos de puta, oligarcas del averno, me cago en Cariló” constituyen un grupo sólido donde la observación sagaz hace posible entrever, al mismo tiempo, la risa desencajada, patética, de su narrador o protagonista. Como dice Diana Bellessi, ese humor fino, desopilante atraviesa todo el libro, tanto para contar los minutos finales de alguien como para ofrecer instrucciones a la hora de cometer un crimen perfecto.
Podríamos decir que en los 27 cuentos de Cómo usar un cuchillo el lector encontrará varios relatos que burlan los esquemas, las convenciones del género y hasta el lugar convencional de la corrección política, que es, al fin y al cabo, una suerte de estilo con el que la literatura suele dar lo mejor de sí.
lunes, julio 08, 2013
Escribo lo que suena en mi cabeza
viernes, julio 05, 2013
Yo ausente. En carne viva
Adriana Bocchino lee Cómo usar un cuchillo, de Fernanda García Lao y lo reseña para BazarAmericano
a) Leer el libro una vez. Le producirá vértigo y no podrá dejar de leer hasta el final aunque en la tapa diga “cuentos” y crea que podrá ir de a uno cuando le sobre tiempo.
b) A no asustarse, aunque le dé miedo. Será perseguido/a al filo de cada hoja que pase. Recuerde: se trata de literatura. No importa el género.
c) Vuelva a leerlo despacio, muy despacio.
d) Déjese.
Este libro de cuentos… no… mejor decir relatos… mejor, micro relatos… cuentos breves… no, tampoco, bueno, no sé. Son 27 puntadas, 27 entradas según el título conciso de cada una de ellas. “No hay mantra” –¿anuncio? ¿carta de despedida? ¿una dedicatoria?: “Dedico este clavado a los corazones duros, a los que están peor. A él: por no quererme”– inicia un entramado de situaciones siempre penosas, “de un humor fino, desopilante” dice Diana Bellessi en la contratapa. Ese es el punto. Por un lado la desgracia, por el otro una escritura sometida a “una torsión tan violenta, a tal desacomodo” –también dice Bellessi– que se avanza “con un gesto de desvarío”, “sin que haya ruta en el espacio o en el tiempo”, hasta quedar atrapados en la escena, donde siempre, de alguna forma, hay un crimen. Está la muerte, la de él o la de ella, o el abandono: los efectos son los mismos. Humor negro digo, de un escepticismo irónico aplastante. Es el derrumbe.
¿Cómo usar un cuchillo es una interrogación indirecta o una exclamación? El título del libro no tiene signos que lo aclaren. El título del cuento con el mismo título es un instructivo. Para un asesino o su víctima. O al revés. Ya no sabría decirse el género. Ni de qué persona se está hablando en cada caso.
“Bisturí/ Desgrabaciones de mi alma” sigue adelante desde un “yo” que no es mujer… es “una invención” que dice yo. “Nada es simple y no es una frase. Yo he visto a la muerte en persona paseándose por ahí como una putita en celo”. Y este yo, ahora, es un señor raro, tiene un trabajo raro, bisturí en mano y trato continuo con los muertos/as, de todas las edades. Tres páginas de este libro y dos desacomodos. Una empieza a inquietarse en la silla donde lee. Estos cuentos, empiezo a sospechar, rompen todos los esquemas.
Primer esquema: Fernanda García Lao es una mujer. Segundo: es hija de exiliados, ella misma una exiliada desde los diez años. Todas las mínimas biografías que la presentan recurren a estos datos y si con ellos pudiese pensarse una matriz de escritura, los dos esquemas, mis dos esquemas, se quiebran rápido. Ella no escribe en femenino. Tampoco desde el exilio. Y para más datos, no adhiere a la nostalgia melancólica con la que algunos caracterizan la literatura argentina, ni las historias de amor o desamor que tan bien correspondería al caso, tampoco al giro subjetivo ni a la autoficción a la page, o a las escrituras del yo que despertaron nuestros últimos entusiasmos críticos. No. Fernanda García Lao, aunque dice yo constantemente en estos cuentos, es el yo menos pensado. El/la lector/a tiene que ir acomodándose al punto de vista en cada relato, enterándose de a poco quién dice yo y, mientras tanto, acomodándose al filo del cuchillo o de la página que pasa por la garganta, la entrepierna, un ojo, la muñeca. Parece Di Benedetto anoto, pero peor. Me deja sin palabras. Quien escribe le hace decir yo a los personajes que inventa, pero nunca es ella. En apariencia.
Hay una entrevista donde Fernanda García Lao dice “A los 10 años inicié un exilio que no terminó: donde voy está mi casa” (Clarín, 16-3-13). Y también un blog donde se lee, podría decir incluso que se ve, una performance. Allí todo es ella y sus libros, cuatro novelas (La piel dura, La perfecta otra cosa, Muerta de hambre, Vagabundas), algunos poemas, este libro, sus obras de teatro (La amante de Baudelaire, vestida de terciopelo; Ser el amo; La mirada horrible), las películas en las que trabajó, presentaciones y reseñas, entrevistas en diarios y revistas, en radio con video incluido, fotos, muchas fotos de ella y tomadas por ella, varias veces con hombro descubierto, mirada desafiante y provocativa, intervenciones, encuentros, afiches, anuncios, su nombre, por todas partes. El blog se llama Fernanda García Lao. Ella es actriz, cantante, dramaturga, pianista, periodista, bailarina… “Optimista por naturaleza” según el título de otra entrevista bien jugosa (Acción Digital, 1° de enero de 2013). ¿Cuándo escribe esta mujer? ¡Y cómo escribe!
Vuelvo a la tapa de Cómo usar un cuchillo por ver si desentraño el misterio. Una mujer, sin cabeza ni pies, se acerca sigilosa, velada, con un cuchillo en la mano (en algún lugar se sabrá que es Fernanda García Lao, en complicidad con Paula Mariasch); por delante –¿o por detrás?– un mueble de archivo. De metal. Como el cuchillo. Puro cálculo en el sigilo, en el cuchillo, en la memoria ordenada y bien guardada. En el montaje. El epígrafe de Memorias del subsuelo (Dostoievski, obvio) con el que se abren estos relatos avisa “Toda conciencia es una enfermedad”. La ambigüedad siempre, la conciencia de la ambigüedad: aquí, un epígrafe viniendo del subsuelo. Contradicción, contrasentido. Contranatura. Una enfermedad parsimoniosa, lenta, silenciosa. La conciencia.
27 puntadas dije. Podría decir estoques, incisiones, cardenales, cortes, puntazos, puñaladas… que descuartizan cualquier noción teórica establecida, dejándola allí, sobre la mesa, chorreando sangre. Para que aprendan. Para que aprendamos los críticos.
Dice también, en varias entrevistas lo repite, que lo que menos le importa en literatura es el autor –ni siquiera entonces lo usa en femenino– sino los personajes, las situaciones, la libertad de ser a cada paso un/a otro/a. Ser cualquiera.
Un cuchillo no es un puñal, ni una navaja, tampoco un machete, menos un estilete, daga, bayoneta o faca, y sin embargo… puede servir, animarse a ser cualquiera de ellos, disimuladamente, para cumplir su objetivo. Los relatos que no quieren definirse en términos de género –ni textual ni sexual (su autora también dice que se aburre de las fórmulas genéricas)– hacen como si fuesen cuentos tanto como un cuchillo pudiese convertirse, por el uso, en bisturí, puñal o taco aguja. Cualquiera, los personajes, puede convertirse, mutar y matar… o matarse, según las circunstancias. Y digo cualquiera porque el yo que aparece y vuelve a aparecer, siempre un yo, nunca, nunca, es el de Fernanda García Lao. ¿O sí? Puede ser el yo de una mujer, el de un hombre, alcohólico o suicida, el de una chica, el de un loco, un violento, el yo meditativo de un marido-padre aburrido o el de un asesino/a que da consejos, el de una víctima que obedece o aun una que se rebela, un ella y yo o un él y yo, qué más da. A veces, una tercera persona despiadada, “Vertical”, mira la muerte pasar como si lloviera. Y, sin embargo, recordarnos, el yo suicida del primer relato. El dolor absoluto vuelto indiferencia. Es posible que se trate de la misma persona hecha girones. Incluso la segunda que aparece en “Juicio Final”. Quizás todos los yo, en definitiva, sean al fin y al cabo “lo mismo”: huesos y vísceras desparramadas como terrones oscuros sobre la tierra o un cadáver desarticulado en picada sobre una vereda. Estadísticamente, los personajes hombre son más bien asesinos que víctimas. Las mujeres tienden al suicidio. Todos se arman o se desarman a la velocidad que le imprime cada situación. Es la arbitrariedad de la situación la que impulsa las acciones. En “Mensaje viscoso”, por ejemplo, la velocidad del tren. En “Chalet”, “Buenos Aires” o “Sótano”, el plano que inicia los relatos. En “Tiburones con rodete”, la anacrónica fiesta de la vendimia mendocina la que imprime su ritmo a la locura. El estilo se mimetiza con el espacio en el que las cosas suceden. Eso es el desvarío. La torsión violenta de la que habla Bellessi.
Anoté, como dije, el eco de Di Benedetto. Después advierto que Fernanda García Lao nació en Mendoza. Será la tierra, pienso, que hace que los escritores escriban así. ¿Así, cómo? Empieza pareciendo una escritura ingenua, serena, se va haciendo cínica, ladina, temible, monstruosa, hasta dejar sin defensa a quien lee. Horada despacio, no en el pecho sino en el estómago, hasta convertirlo en migajas de pan que se llevan los pájaros, imagen reiterada en varios cuentos de Di Benedetto. Eso se siente. Después, mucho después, leo que el autor de El Pentágono, Los suicidas, o Absurdos, fue uno de los mejores amigos de su padre –periodista y exiliado también él y de una trayectoria brillante–, asiduo visitante junto al pintor Enrique Sobisch de la familia García Lao, sobre todo allá, en Madrid. Es a partir de ellos que Fernanda García Lao encuentra la exacta dimensión de su exilio, y comprende qué es el exilio. “Argentina se convirtió en una película sin color para mí. Los amigos más cercanos de mis padres eran Antonio Di Benedetto y Enrique Sobisch. Un escritor y un pintor de una cultura impresionante. Empecé a pensar que el país, además de violento, estaba ciego.” (“Donde voy está mi casa”. Sociedad Mundos íntimos. Clarín 16/03/13).
Escribir sobre Cómo se usa un cuchillo obliga a cortar el discurso crítico. La autora se impone por todas partes. En su blog están explicados, y mostrados, los procedimientos. Calculados digo. Qué más podría agregarse. En los videos, el de su entrevista radial con Natu Poblet por ejemplo, aparece una mujer dulce, simpática, de suaves mohines y risa con todos los dientes, con cierto acento madrileño todavía. Esta escritora, es de temer. Es escritora en serio, de oficio. Hace de su necesidad virtud, profesionalismo absoluto. Como cuando aprendió ese acento madrileño para poder salir del baño en el que se encerró los días primeros de su escuela española. Ni los pies dejaba que le vieran. Subida al sanitario, en cuclillas, tenía diez años. Sabe perfectamente lo que hace. Ahora, ¿en venganza? deja paralizado al/a lector/a a la orilla de un río, el brazo estirado, al borde del agua, muerto de sed.
En su blog un retrato, una reproducción de un retrato. Sin duda Fernanda García Lao. Pintada por Verónica, una de sus hermanas –la otra, Gabriela, también escribe– que empezó a pintar allá en Madrid, con Enrique Sobisch. Su madre le puso un ultimátum: “hija, no puede ser que pases los fines de semana encerrada”. El título: “Yo ausente”. La retratada, Fernanda, está pensando en otra cosa. La hermana sabe lo que pinta. El exilio, parece, es el encierro, a cal y canto, en otra parte. Puede salirse por algún arte: pintura, literatura, actuación. ¿Puede?
Dice en otra entrevista “la visión objetiva es imposible. Somos víctimas de las versiones: no hay dos testigos que vean el mismo accidente. Esa libertad para interpretar los hechos, es fundamental para hacer literatura. Las generalidades no me interesan. Además, en ambos libros [se refiere a La perfecta otra cosa y Muerta de hambre], hay una tentativa de oralidad sin intermediario. Me interesaba trabajar la primera persona como una caja de resonancia, donde la insatisfacción o el deseo no tuvieran filtro. Hay una voluntad confesional, como de último momento. El personaje se abre antes de desaparecer. La verdad frente al abismo”. (La perfecta otra cosa. Matricule des Anges. Por Eric Bonnargent. Entrevista con Fernanda García Lao, traducida por Mélanie Gros-Balthazard, publicada en el blog FGL el 23 de noviembre de 2012).
Resumen: sangre, muerte, asesinos/as, asesinados/as, escepticismo, ironía, humor, cálculo. El blog también tiene un epígrafe, tomado del primer capítulo de su La piel dura: “Buscar en las diagonales. Irse por la tangente. Hay esqueletos bellísimos en los rincones”. Eso hace en literatura. Eso pide que hagamos como lectores.
La Amalia, de “Sentencia”, esa niñita que “sabía demasiado”, que escondía a Nietzsche dentro del estómago de un peluche o a Shopenhauer bajo las botas de lluvia, la que “a los once años se le llenaron los ojos de muerte”, se me ocurre la concentración de todos aquellos yo, enloquecidos, asesinos o suicidas, dispersos a lo largo del libro. Una niñita, varada en el exilio de la vida y que, entonces, prefiere la muerte. Así como Celina, de “Vida en ascenso”, “UNA PERSONA QUE NO SABE LO QUE QUIERE”, una que “HA PERDIDO EL EQUILIBRIO”, “UNA MENOS”. O el yo de “Inmunda” que escribe “Escribo y me siento importante porque no tengo absolutamente nada que decir. He conseguido ser un pan de centeno, como la mayoría de los intelectuales. […] Voy a desmigajarme para cerrar el círculo”. El último relato.
miércoles, junio 12, 2013
Al filo
Ada Fornaro lee Cómo usar un cuchillo y entrevista a Fernanda García Lao para Radar Libros
Dramaturga, gran lectora de teatro, preocupada por el rol de los diálogos, Fernanda García Lao es sin dudas una singularidad de la narrativa argentina. Cómo usar un cuchillo la confirma en esa originalidad y la muestra como una escritora capaz de explorar la fantasía, el humor y el lado escatológico de la vida.
El año pasado, cuando estaba en París, Fernanda García Lao visitó por primera vez la tumba de Baudelaire. No había una lápida, sólo unas flores azules que la desconcertaron. Para esta escritora mendocina, exiliada de chica a España y repatriada de grande, el poeta francés seguía vivo. En alguna parte, en algún lugar. Pero lo que encontró fue un pedazo de tierra convertido en mausoleo. La muerte del héroe del mal se hizo patente y lloró a moco tendido. Espantó turistas. Ese fue su homenaje.
Dramaturga, poeta y novelista, García Lao fue considerada en 2011 como “uno de los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana” en la Feria de Guadalajara. Después de varias obras de teatro y cuatro novelas (Muerta de hambre, La perfecta otra cosa, La piel dura y Vagabundas) publica ahora Cómo usar un cuchillo, un libro de relatos inclasificables que integran listas, manuales, radiografías de espacios y cuentos que son poemas o poemas que eligen narrar. Mata a todos, o a casi todos. Le da rienda suelta a su instinto asesino y pocos personajes sobreviven. García Lao se ríe mucho. En sus textos y en la vida. Porque el brote fantástico –tan presente en su literatura– suele nutrirse del humor.
¿Cómo fue el pasaje de la dramaturgia a la narrativa? ¿Qué te llevó a mudarte de género?
–En realidad fueron actividades paralelas siempre. Era más visible lo teatral y lo otro crecía a la sombra. Yo empecé a escribir relatos desde chica y después me puse a escribir dramaturgia. Pero sobre todo era una gran lectora de teatro. Yo imaginaba todo, leía pensando en puestas en escena. Todo eso empezó de adolescente. El teatro del absurdo fue una gran escuela para los diálogos que para mí son vitales. Creo que muchas veces en la narrativa se olvidan. A mí me gusta escuchar a los personajes en la vía directa. Prefiero recurrir a la voz concreta.
En Cómo usar un cuchillo hay una escritura performativa, de palabras convirtiéndose en acciones. ¿Buscaste deliberadamente ese movimiento?
–Sí. Para mí las protagonistas del libro son las palabras y el modo en que se alían para crear sentido. Siempre recurrí a diferentes disparadores y que tienen que ver con concentrar, nuclear. Las palabras como un ejército alucinado que no puedo manejar. Hay mucho de escritura automática, abrirse al inconsciente, olvidarse del presente. Aparece todo lo que uno calla para vivir socialmente. Como cuando me despierto de un sueño y me pongo a escribir todo eso que pasó en el otro mundo. No creo en la causalidad. El naturalismo es mentira.
En este libro hay mucha oscuridad, pasa de lo gótico a lo gore. Lo escatológico, el asco y la náusea están presentes en casi todos los relatos. ¿Qué estabas buscando?
–El asco me parece que es una emoción muy activa. No es paralizante. El asco provoca físicamente alteraciones. Está la náusea, el vómito. Algo muy sartreano, obviamente. El asco está muy emparentado con este momento que vivimos, en que hay tanta saturación, exceso y eso lo provoca. Creo que son manifestaciones físicas a la vida absurda que pretendemos llevar. Y yo veo mucha gente que quiere manipular sus vidas con actividades y el cuerpo las vive traicionando. El cuerpo necesita otras cosas. No sé muy bien cuáles. Tampoco sé de dónde me vienen esas imágenes. Lo que sí sé es que cuando estoy escribiendo sobre fluidos, sangre y cuchillos, dejo de ir por un tiempo a la carnicería. Lo que pasa fuera de los textos empieza a impresionarme.
La mayor parte de los personajes de tus cuentos derrapan, pierden el control.
–Yo sentí eso mucho tiempo en mi vida. Porque me llevaron a España de chica en el exilio y no fue mi decisión. Después mi viejo se murió de un día para el otro, nos volvimos a Mendoza, y los planes empezaron a parecerme una estupidez. Pasé una etapa muy anárquica. Me transformé en una terrorista de los planes. Y creo que eso también se refleja en la escritura. Yo no trazo un mapa antes de ponerme a escribir. No construyo castillos en el aire...Si ni siquiera tengo un ladrillo.
miércoles, junio 05, 2013
“El arte dogmático es un imposible para mí”
Martín Líbster entrevista a Fernanda García Lao acerca de Cómo usar un cuchillo en el blog de Eterna Cadencia.
Cómo usar un cuchillo es la primera colección de relatos que Fernanda García Lao publica luego de cuatro novelas que recibieron premios y menciones en diversos concursos. Ahora, a contracorriente de la mayoría de sus colegas que suelen editar libros de cuentos como escalón previo a la novela, se lanza al terreno del relato breve: su último libro contiene 27 piezas cargadas de violencia, vísceras, humor sutil, personajes al borde del colapso mental y material y hasta un manual de instrucciones que explica, a la víctima y al victimario, cómo llevar a cabo un asesinato como Dios manda. Sus palabras se retuercen, se rebelan contra sí mismas y contra la estructura que las contiene y las oprime. Cuando logran zafarse, vuelan como cuchillos enloquecidos dirigidos al rostro del lector.
García Lao, por suerte, es mucho menos amenazante que sus textos: piensa mucho antes de hablar y lo que dice, al igual que lo que escribe, suele tener sentidos que se abren y se multiplican en la mente de quien la escucha. Se ríe con frecuencia, aun cuando habla de cosas serias y hasta un poco siniestras; también en este sentido ella y su literatura se parecen. Hablar con ella es un placer por su generosidad y por la lucidez con que analiza el proceso literario, su papel como escritora y algunas tendencias del arte y el mundo contemporáneo.
–Lo primero que te quería preguntar tiene que ver con el proceso de construcción del libro. Cuando uno lo lee, observa un estilo coherente y una temática recurrente, casi como si fuera una novela en relatos.
–Los cuentos son de distinta data, pero no la corrección del libro, que fue minutos antes de entregarlo. Ahí ya lo trabajé como una unidad. Incluso escribí varios en los últimos días; cuando ya había dado por terminado el libro, no pude menos que sentarme y escribir un par de cuentos más, que envié más tarde a la editorial. Pero había cuentos que tenían un par de años, que siempre formaron parte del libro. No me interesa el cuento como objeto a olvidar en una cartera, sino como parte integral de algo. Me interesa que los textos disputen un poco entre sí y que, a nivel del ritmo, esté logrado cierto sentido de la respiración. Estuve muy pendiente de la sucesión de los textos, y no me daba igual que fuera primero uno u otro. Como en un álbum de música, quedaron muchos temas afuera, y de la última selección eliminé algunos cuentos. Con Valeria Castro de Entropía vimos que todos los textos estuvieran a un nivel no digo parejo, porque eso es imposible… Y además uno trabaja mucho con el desnivel. Pero había cuentos que eran experimentos un poco más fallidos que los que quedaron, entonces decidí sacar un par de cuentos y en esos huecos escribí estos relatos nuevos, como nuevas miradas sobre eso que había quedado ahí.
–¿Te interesa lo fallido como material a publicar o sos perfeccionista?
–Depende de qué fallido estemos hablando. Yo llamo fallido en este caso a que las piezas no terminen de encajar; no me interesan los cuentos cerrados ni los cuentos perfectos. No creo en eso, no creo en el arte perfecto, pero soy bastante obsesiva en cuanto a la selección de las palabras, de la sintaxis, de las imágenes, de las tensiones. Eso lo trabajo como si no hubiera posibilidad de fallo. Pero no me interesan los textos donde observo preciosismo; me gusta que haya tensión, pero también me interesa que queden algunas hilachas que le dan verosimilitud a las cosas más insólitas. En la ficción, como en la construcción de una mentira, a veces uno habla de más para ser creído. Y ahí me parece que hay que recortar lo que queda fuera del universo del relato. Pero estos otros pliegues que uno no entiende muy bien de donde vienen, esos sectores de oscuridad, está bueno dejarlos así. Eso sería el fallido para mí, no intentar iluminarlo todo.
–En el libro hay algunas frases que tienen mucha ambigüedad sintáctica, y también hay ambigüedad en los narradores. La ambigüedad parece ser un tema que te interesa.
–Sí. A mí me interesaba también explorar con total libertad cada uno de esos mundos breves que imagino para dotarlos de cuestiones que tenía ganas de explorar, entre ellas el punto de vista y la puntuación, para probar e intentar hacer estallar algunas cosas que se imponen como convención de trabajo. Como cuando uno se pone a escribir un cuento y te dicen “Para escribir un cuento se necesita a, b, c, d…”.
–El decálogo del cuentista.
–Claro, que es algo que detesto y que tiene engañada a un montón de gente que piensa que hay una fórmula matemática que si uno maneja va a dar a luz algo interesante. Como yo no creo en esa premisa, tenía ganas de demostrarlo y de demostrármelo a mí misma y patear esas cuestiones que parecen casi dogmas. El arte dogmático es un imposible para mí.
– El libro todo el tiempo trata de desacomodar al lector, incluso desde la adjetivación o la sintaxis. Me imagino que esto es buscado.
–Yo te podría contestar que sí o que no y en ambos casos sería absolutamente veraz. Por un lado hay una cuestión de origen en mi modo de escribir que tiene que ver con eso. Mi primer libro de cuentos, que está inédito, se manejaba con los mismos parámetros. Y yo antes de eso no había escrito más que poemas espantosos, con el diccionario en la mano, jugando a saltar, jugando al corte. Porque por algún deseo oculto yo sabía que para que mi vida tuviera sentido tenía que escribir. No como profesión, sino como práctica vital. Y de pronto un día entendí lo que quería escribir y me senté y lo terminé en un mes, más o menos, de escritura diaria y alocada, como dictada. Después ese libro siguió creciendo. Y además no tenía nada que ver con mi vida cotidiana ni con ese presente, sino que era algo absolutamente… no sé si llamarlo “artificial”. Yo en ese momento estaba embarazada, y en lugar de asustarme por mi precocidad, me agarró como un “arrebato metafísico. Algo muy potente, en el que también estaba implicado mi cuerpo y todo ese misterio que se estaba produciendo ahí. Necesitaba equilibrar de un modo intelectual eso tan fuerte que estaba más allá de mí, pero que se producía en mí, para no quedar postergada por el evento que no paraba de crecer y multiplicarse. Entonces empecé a pensar un montón de cosas que eran como didascalias de una obra de teatro que no escribí, donde había vínculos extraños entre objetos y personas. Y ahí empezaron a aparecer un montón de objetos que hacen a la historia de una persona más allá de su cuerpo y sus rutinas, que son cosas que me resultan muy poco interesantes, objetos que tienen que ver con las elecciones de mundos que uno hace. Pero también tiene mucho que ver con la puesta en escena. Yo de algún modo pongo en escena, lo que pasa es que no está pensado para ser visto, sino para ser leído. Es como si postergara la presencia del espectador.
–En ese sentido, me pareció que la tapa de La piel dura, esa fotografía de Marcos López, estaba muy bien elegida, porque en el libro hay mucho de puesta en escena, no sólo en el argumento sino a nivel sintáctico. En este sentido, Cómo usar un cuchillo parece una radicalización de ese procedimiento. Tal vez por la forma breve; todo está mucho más concentrado.
–Yo disfruto mucho de la concentración, de “inquietar” situaciones. En realidad, cuando escribo novelas lo que más me cuesta son los enlaces, porque me gusta escribir núcleos. Por eso también salto tanto; en una página de una novela mía pareciera que pasan muchas cosas. Y eso es porque el detalle me aburre; tampoco me interesan las descripciones.
–Pero más allá de ese “recargamiento”, la prosa es muy vivaz.
–No es pesada; tiene algo de liviandad. Si la frase es un hilo, no le podés colgar tres kilos de ropa. Espero que la cosa fluctúe, que pase aire, que sucedan cosas en ese colgajo.
–¿Sos lectora de poesía?
–Sí. Leo y escribo poesía. Y esa ligereza de la que yo hablo viene emparentada con estas ráfagas de humor que en la poesía no aparecen. Mis novelas tienen más humor que mis cuentos y mis cuentos, a su vez, tienen más humor que mis poemas. En esa destilación hacia la síntesis se va perdiendo el absurdo y va quedando una pasta un poco más densa. Y a mí me parece que la poesía y las palabras que van apareciendo y van atrapando cosas también me atrapan a mí de algún modo. Siento que la poesía es una actividad de riesgo. Soy más lúdica en las novelas, siento que es un terreno para jugar.
–El humor en los relatos es más sutil que en La piel dura, por ejemplo. Ahí usás el humor más abiertamente.
–Sí, lo que pasa es que en los relatos queda reducido a un mínimo moñito. En la novela tengo más espacio; tal vez en los relatos el humor queda reducido a dos frases, porque está todo más concentrado.
–El humor en los relatos aparece muchas veces asociado a la crueldad y lo siniestro. En realidad, es algo que atraviesa toda tu literatura. En ese sentido también me pareció que la foto de Marcos López era muy apropiada.
–La elegí yo. De hecho, elegí todas las tapas de mis libros.
–¿La que empuña el cuchillo en la tapa de este último libro sos vos?
–Sí, es una autofoto. En realidad son dos fotos, una mía y una de Paula Mariasch. Pero la del cuchillo soy yo. Estuve buscando fotos y ninguna me convencía, así que decidí producirla.
–Hablando del cuchillo, el cuento que da nombre al libro ¿es una parodia de Cortázar?
–Un poco, sí. Y también de esa manera de construir. A mí hay un libro que me tranquilizó mucho que es Del asesinato como una de las bellas artes, de Thomas De Quincey. Cuando lo leí, me dije: “no es para preocuparse, todo esto que a mí me pasa ya le pasó a otro”. Lo leí hace como mil años, entonces yo siento que tengo el permiso de algunos maestros para utilizar las herramientas de otros modos. Evidentemente uno también es resultado de sus lecturas, pero a sus lecturas las elige uno.
–Sin embargo, es difícil encontrar influencias en tu literatura más allá del surrealismo.
–Lo que pasa es que yo escribo muy hacia adentro. No es tan simple encontrar ahí influencias porque yo tampoco adscribo a ninguna escuela; soy fanática de mi libertad.
–¿Pero qué autores te interesaron, en tus años de formación o ahora?
–Yo empecé leyendo teatro del absurdo. En general, me interesan los escritores que son dramaturgos: Beckett, Gombrowicz, Copi, Jean Genet. Casi todos son dramaturgos, y no sé si es casualidad. En general suele suceder que cuando un escritor que primero es narrador escribe para teatro escribe enormes parrafadas y escribe para nadie, no escribe para un actor. Escribe para sí mismo, para una platea, y se pone pretencioso, pesado, interesante… En cambio cuando es un dramaturgo el que escribe narrativa dota a los momentos de otra intensidad, es como si inyectara vitalidad y cuerpo a una idea.
También hay cierta influencia quevediana en lo que yo hago, aunque no tenga nada que ver. Lo leí en la escuela y quedé fascinada. También la lectura del Quijote, que me divirtió muchísimo, La Celestina, textos muy alocados, donde hay un erotismo extraño que también me interesa. Pero supongo que todas esas lecturas quedan palpitando en algún lugar del inconsciente y después se resuelven de un modo del que uno tampoco es tan responsable. Yo no sé si uno es responsable de su estilo.
–En uno de los cuentos, la narradora dice “la falta de variedad es la muerte”. Y yo pensé “acá debe estar hablando…”
–En contra de la pureza. Y de la escritura monótona. Pero lo pienso en todos los órdenes de la vida, no sólo en la literatura.
–El libro se lee un poco como una novela porque hay muchas situaciones repetidas, mucha gente al borde del suicidio…
–Las mujeres. Son las mujeres las que se suicidan y los hombres los que matan.
–En esto yo leía una referencia política muy sesgada.
–Los objetos que uno crea son, de algún modo, máquinas ideológicas. Desde la elección del punto de vista en adelante, todo implica una intervención sobre la realidad. Y uno puede presumir quién es ese que está del otro lado por las elecciones y los recortes que hace. Cuando vos empezás a escribir cualquier cosa, tenés el mundo; todo está por escribirse. Empezás a elegir por determinado sendero y se empieza a cortar el terreno; ese recorte que uno hace es profundamente ideológico. Yo creo que esa elección es mi modo de ser contemporánea con este caos sin nombrarlo. No me interesa ser fiel a lo coyuntural, a lo que parece que sucede. Siempre me sentí un poco fuera de lugar, posiblemente por el exilio, los múltiples cambios de domicilio y de lengua y esas cosas, y un poco fuera del tiempo, no en el sentido esotérico, sino que siento que hay como un continuo. Adelante y atrás me dan igual; no siento que hayan cambiado mucho los grandes temas, pero sí se presentan de modos nuevos. La violencia disfrazada de ley, por ejemplo, es más del siglo XX; la obscenidad actual, el exhibicionismo, el mostrar absolutamente todo para existir, me parece que es algo de lo que participa cierta ideología a la que uno adscribe sin preguntarse y pensando que las ideas han muerto. Se ha conseguido una cosa muy tremenda: que los actos no tengan nombre. Y la gente, yo incluida, se entrega a esto, a hacer un montón de cosas obsesivas o neuróticas.
–Más allá de tu mirada crítica ¿te atrae ese exhibicionismo? ¿Consumís, por ejemplo, trash televisivo?
–Televisivo no. Tengo Facebook, por ejemplo. Pero yo soy consciente de que estoy utilizando una herramienta. Creo que ya todo el mundo se dio cuenta. Pero también me parece muy interesante a nivel vincular. Da una sensación de saber quién sos, o quién es aquél al que estás visitando momentáneamente, y en realidad uno se edita, y para mí eso es un acto tan complejo como la publicación de un texto. Me interesa el componente poético que hay en eso, la síntesis a la que te obliga, y la construcción de una personalidad que no sé si es propia.
–En los relatos aparece mucho el tema del voyeurismo. Hay mucha gente que mira por las ventanas a sus vecinos. ¿A vos Facebook te sirve un poco para observar vidas ajenas?
–Sí, obvio. Y me sorprende que mucha gente comparta imágenes tan privadas.
–En tus libros hay varios personajes que sufren de esa neurosis exhibicionista.
–Sí. Es que yo creo que todos la padecemos en mayor o menor medida. Lo que pasa es que se ha viralizado. También se ha viralizado el deseo de tener un nombre y una cara asociada a ese nombre. Antes uno quería firmar las notas; ahora no es sólo la firma sino también la cara.
–¿Te interesa el arte contemporáneo? Te lo pregunto porque en tus textos se nota una apertura hacia otras formas como el cine, la música y sobre todo las artes plásticas.
–Sí, mucho. Me parece que, epistemológicamente hablando, avanzaron mucho más que la literatura, y tienen códigos mucho más complejos. En literatura, todavía estás luchando para lograr la simultaneidad de escenas, algo que ya está ampliamente superado. En el arte contemporáneo conviven varios lenguajes; la imagen es aceptada con más naturalidad que la palabra y a la vez impacta de otro modo. Estaba pensando en el escándalo que se armó con las obras de León Ferrari; todo eso generó muchísima molestia porque es algo absolutamente visible, algo a lo que cualquiera que pase por ahí tiene acceso. En la literatura, en cambio, te tenés que meter en el libro y ver qué sucede. Y no creo que haya muchos fanáticos religiosos que lean.
Me interesa que la literatura sea un riesgo para el que lee. A mí no me basta con que me cuenten un cuentito. Y me parece que en la literatura deberían convivir las otras artes. De hecho yo pienso mucho en términos de imágenes, en cuestiones que se manejan cuando uno construye visualmente un objeto: la contradicción, el claroscuro, el punto de vista, la perspectiva, las líneas en tensión, en que no todo esté plano. No somos egipcios. Hay mucho texto muy plano, que no tiene ni sombra.
–¿Te interesa la teoría?
–Sí. Pero me parece que es el texto el que lo tiene que decir y no yo. Hay grandes teóricos que, cuando se sientan a escribir ficción, son tediosos o ingenuos o se les nota demasiado el trazo grueso. Y si yo hay algo que no soy es teórica. Yo intento corporizar todo eso que otras cabezas más lúcidas que yo plantean de modo teórico. Para mí, fondo y forma narran juntas; el modo en que aparecen las cosas también es el conflicto.
–¿Cómo te llevás con la idea de lo posmoderno y la falta de referencias?
–Supuestamente lo posmoderno ya está perimido. Estamos sin palabra ahora. Me parece que esa falta de referencias dio el permiso para ser conservadores a muchos personajes de la cultura. Esta cuestión del fin de las ideologías dejó el terreno allanado para una suerte de mediocridad y mucho cinismo. Pero me parece que es un momento interesante para plantar la bandera de la anarquía en el mejor sentido del término; cada uno, como creador, debería construir su lógica y no repetir fórmulas. Me da la sensación de que, a nivel teórico, no hay mucho recambio de cabezas. Los grandes pensadores del siglo XX desaparecieron y ese hueco se nota mucho.
–Esto te lo preguntaba no sólo por vos sino también por tus personajes. Dan la sensación de estar perdidos por la falta de referencias sociales, como desenganchados, y muy pauperizados no sólo a nivel material sino también mental. Aunque lo contradictorio es que lo piensan con una sintaxis y una adjetivación que no serían propios de esos personajes.
Lo que pasa es que ahí está la elaboración. Si voy a hablar de gente simple, necesito un lenguaje más elaborado. Como cualquiera, yo estoy expuesta a un montón de situaciones absurdas y, cuando se las cuento a alguien cercano, me dicen “tenés que escribir eso”. Y yo digo “no, eso ya me pasó”. Uno no escribe sobre lo que ya le pasó, y estoy en contra de la escritura como fotografía de un momento pasado. Uno no es personaje de su ficción. Si no, es como el diario íntimo: el primer estadío de la escritura. En definitiva, mi anécdota personal es igual de aleatoria que cualquiera que yo pueda inventar; no me parece que lo vivido tenga más peso que lo imaginado. Me parece que, si un escritor se limita a hablar de su vecina, su literatura tiene mucho que ver con a dónde se haya mudado. Hay que construirse el silencio para sentarse a escribir. Y hay mucho ruido. Si voy a escribir personajes con ruido, tengo que pensar cuál es mi estrategia narrativa para hacerlo. Y nunca es la literalidad.
