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miércoles, diciembre 02, 2015

Roque Larraquy en la Audiovideoteca de escritores

Entrevista a Roque Larraquy, autor de La comemadre, para la Audiovideoteca de escritores, archivo audiovisual de Literatura Argentina.

Roque Larraquy recuerda la biblioteca de su casa familiar como disparador del hábito y la necesidad de leer y escribir. Hoy, la idea de la gesta es uno de sus intereses, así como las relaciones de poder y las temáticas en las que los personajes se proponen grandes metas  luego deben lidiar con el fracaso.

La entrevista, acá:

jueves, diciembre 11, 2014

La comemadre, de Roque Larraquy

Sobre la edición española de La comemadre (Turner) en la web El placer de la lectura

Por Rafael Martín



La editorial Turner ha inaugurado nueva colección para, dice, dar cabida a historias inverosímiles, voces nuevas o textos experimentales: El cuarto de las maravillas. Lo ha hecho con ‘La comemadre’ del argentino Roque Larraquy, un texto con tal aire de rareza, portento y excentricidad que no cabe sino considerarlo como objeto indispensable para ese catálogo alternativo. Y como en esas carpas donde se exhibían monstruos vivientes y deformaciones antinaturales, Larraquy hace de maestro de ceremonias de una función cargada de crueldad pero que el humor y la ironía convierten en simplemente delirante.

Separadas por un siglo de distancia, las dos partes de la novela inciden en los excesos a los que puede conducir la búsqueda descontrolada de notoriedad o espectáculo, tanto en el campo de la ciencia como en el del arte: las dos formas más humanas de expresión. La primera parte se desarrolla a comienzos del siglo XX en un sanatorio de la provincia de Buenos Aires. Allí, un grupo heterogéneo de científicos se dispone a investigar qué ocurre en esos nueve segundos durante los cuales, dicen, una cabeza separada de su tronco aún sigue con vida. Quieren, así, tener noticias de primera mano del más allá. Los voluntarios para el experimento los encuentran entre enfermos terminales de cáncer a los que han atraído con falsas promesas de una curación que, los mismos médicos, acabarán por descartar.

El carácter ingenuo y siniestro de clásicos de la ficción científica como ‘La cabeza del profesor Dowell’ de Aleksandr Beliaiev, deviene aquí en lúdico y mordaz por obra de un estilo sincopado, con cambios de ritmo que conducen a la sorpresa de un requiebro o al abrupto final de una frase. Pero además, Larraquy se asegura el efecto festivo del texto con las peripecias de unos personajes más interesados en llamar la atención de la enfermera jefe que en trascender los límites del conocimiento.
En la segunda parte, el narrador es un reconocido artista multimedia que conforme corrige el borrador de una tesis sobre su figura, nos va dando a conocer su biografía. Se nos informa, así, de una precoz habilidad para el dibujo y de un sobrepeso desmesurado que, además de presentar al protagonista como doblemente prodigioso, lo arroja a una adolescencia marginada. Su producción artística iniciada con la exhibición de un niño de dos cabezas, continuará su morboso desarrollo incluyendo extremidades humanas en la elaboración de instalaciones efímeras cada vez más exigentes, cuya compleja inutilidad recuerda a la de los extraños artefactos descritos por Raymond Roussel.

Poco a poco iremos encontrando conexiones tanto entre los protagonistas de las dos partes del texto como entre las obsesiones que los mueven, como esa tendencia al uso fraccionado del cuerpo humano, ya sea mediante vivisección o amputación, o el repetido legado de unas ranas metálicas en cuya consideración de juguete para ciegos creyó ver el joven receptor una insinuación sobre su futuro. Pero el más inquietante de los vínculos es la presencia reiterada de la comemadre, una planta que produce larvas microscópicas capaces de devorarlo todo casi sin dejar rastro, y que viene a solucionar el problema de la acumulación de cuerpos en el sanatorio y a facilitar la desaparición de víctimas de la mafia.


Como ven, un argumento enloquecido pero lleno de sugerencias y quiebros, tan desquiciado como alguno de Boris Vian o Flann O’Brien, y al que el lenguaje con toque porteño  de Larraquy convierte en un texto singular y sorprendente.

El placer de la lectura, 12/2014

viernes, octubre 31, 2014

Roque Larraquy experimenta con la locura en “La comemadre”

Por Sergio Sancor.


Cuentan que la locura lleva el arte pegada a los talones. Que los trastornos mentales llevan implícitos una forma de ver el mundo que hace que la creatividad – ese término tan subjetivo – haga estragos allá por donde pasa. Pero en este mundo de locos y cuerdos, ¿quién es el que determina cuál es la raya que los separa? Roque Larraquy parece tenerlo claro: la línea que divide tu cabeza del cuerpo.
Hay veces que los libros son tranquilos. Uno va leyendo, se va empapando de la historia, y los cierra pensando que la placidez ha llegado. Otras veces, los libros son incómodos. Te hacen reflexionar sobre aspectos que llevabas guardando demasiado tiempo en el cajón. Y en ocasiones, como sucede con La comemadre, son como una bofetada tirada a dar con la mano abierta que te deja a caballo entre la estupefacción y la sensación de haber leído algo tremendo, una pequeñita joya, una canallada que se te mete dentro. Dos épocas diferentes, pero unidas por un mismo concepto: la locura. 1907, un sanatorio donde sus médicos experimentan con las cabezas – literalmente – de sus reclusos, para ver cuánto tiempo las cabezas cercenadas se mantienen con vida. 2009, un artista poco convencional – por llamarlo de alguna manera – encuentra una planta que devora la carne por dentro hasta dejarla en nada. Y aunque os preguntéis qué tiene que ver una cosa con otra, la tiene, vaya sí la tiene, pero eso habrá que dejarlo para el final.
Roque Larraquy, desconocido por estos lares, convierte aquí la experimentación en una especie de feria de los malditos en la que el juego macabro, el amor enfermo, el arte y sus conceptos, son manejados con la precisión de un cirujano para convertir a La comemadre en una historia que, parafraseando el texto, nos comerá por dentro. Lectura ágil, pero no por ello menos intensa. Pequeños párrafos, disparos directos a la cabeza, amores frustrados entre las cuatro paredes del lugar de la locura, y arte subterráneo que, aunque no se entienda, se comprende. Suele decirse que se necesita una regeneración en lo que a contar historias se refiere. Quizá esta novela intervenga en ese limbo donde los nuevos descubrimientos se mueven libremente hasta que caen en nuestras manos. Lo importante, al fin y al cabo, no es que sea alguien conocido, lo importante es que por dentro, cada uno de nosotros, los libros nos devoren. Y éste lo consigue, con creces.

La cueva del erizo, 29/10/2014

El poderoso discurso de la pseudociencia

El escritor argentino Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975) inaugura la colección Cuarto de las Maravillas, de Turner, con La comemadre.

Por Alberto Gordo.

¿Quién demonios es este Roque Larraquy?”, se preguntaba, hace algún tiempo, Ignacio Echevarría. El crítico de El Cultural terminaba de leer La comemadre (Turner), primera novela de este escritor argentino de 1975, y parecía sinceramente impactado. Atribuía su fabricación a una suerte de conjuro literario: La comemadre solo podía haber sido escrita “a cuatro manos -entre risas y a escondidas de todos- por Jorge Luis Borges y Witold Gombrowicz”. O entre Gombrowicz y Virgilio Piñera. O, decía, por un Villiers de L'Isle-Adam versionado por Paul Valéry. Era raro.

El primero de los dos relatos que componen La comemadre cuenta una historia de 1907. En el sanatorio de Temperley, un grupo de médicos inician un descabellado experimento que parte de la idea de que el ser humano vive -y puede decir cosas- hasta nueve segundos después de que le corten la cabeza. Así que instalan una guillotinas y consiguen, con espectaculares mentiras, que unos enfermos de cáncer donen sus cuerpos a esa disparatada ciencia: “Esta es la propuesta -escribe el narrador-: seleccionamos pacientes terminales. Les cortamos la cabeza de modo que no se lastime el aparato fonador, técnica que he practicado exitosamente con palmípedos y que ya explicaré, y pedimos que la cabeza nos cuente en voz alta qué percibe”. Son especialmente delirantes las aportaciones de cada uno de los doctores, que se suman al proyecto con entusiasmo. Los médicos creen estar a punto de dar un paso decisivo en la Historia de la Ciencia. “A mí lo que en realidad me interesa -nos dice, al teléfono desde Buenos Aires, el autor de la novela- es el discurso de la pseudociencia. Me interesa ese discurso porque posee la épica del fracaso”.

Aquella medicina de principios del XX trabajada con electricidad; o la radiestesia, o la frenología, poseían, afirma el escritor argentino, “una estrategia literaria muy poderosa”. Como poderosos son los embustes de los médicos de Temperley, que prometen a los enfermos la curación, y acto seguido les cortan la cabeza. Todo esto lo leemos en el espantoso diario del doctor Quintana -un diario clínico, secamente descriptivo-, quien, entre decapitaciones, alimenta un dificultoso amor por la enfermera Menéndez, que es alta, atractiva y fuma cigarrillos de cinco minutos exactos. El clima frío y blanco del sanatorio, el aséptico informe de Quintana, el brillo metálico de la guillotina, todo eso le da al conjunto una textura de quirúrgica sobriedad. “El estilo de la novela viene un poco de mi intención de trabajar con el humor”, dice Larraquy. Un humor, digamos, terapéutico. Negrísimo. “Un humor -añade- que surge de la distancia frente al hecho traumático o violento, de una lectura desapegada y cínica de lo que ocurre”. Ese humor, muy medido, es también válvula de escape, o fuga: sin él, La comemadre sería insoportable: “Creo que de ese modo el texto revela su naturaleza no realista. Es un texto muy disparatado. Que transcurre en una realidad grotesca y de algún modo el humor es síntoma de toda esa construcción artificial”, afirma Larraquy.

La segunda historia ocurre ciento dos años después. Un reconocido artista contemporáneo recibe la visita de una joven estudiante de Yale que escribe una tesis sobre él. El relato es la refutación de esa tesis, es decir, de la biografía errónea del artista, un exniño prodigio cuya aportación última a la historia del arte consiste en la inclusión, en sus obras, de miembros amputados de seres humanos, incluidos los suyos. Como si en el arte -o mejor: en el mercado del arte- todo valiera. “En ambos relatos se describe cómo la meta que postulan los personajes-narradores es siempre más importante que la evaluación moral que ellos hagan de su comportamiento", dice el escritor, para quien, desde ese punto de vista, hubiera sido muy torpe condenar a los personajes. "En la segunda parte la violencia tiene también que ver con ese mercado que resulta indistinguible del arte en sí. Los personajes piensan el arte como mercancía, así que improvisan, especulan con los resultados y los efectos retóricos que pueden llegar a producir”. Otra vez, como en el primer relato, al escritor le interesa la legitimación a través del discurso. “Las dos historias comparten un espacio común que es el de la construcción de un discurso que en última instancia los avala y los proyecta”, dice el autor.

Además de lo mencionado, la comemadre (una planta) avala la unicidad de la obra. Es el último y terrible nexo entre ambos relatos: un vegetal cuya savia produce unas minúsculas larvas capaces de hacer desaparecer los cuerpos y reintegrarlos en la tierra. En la historia del sanatorio se menciona la comemadre en un momento problemático, cuando decenas de cadáveres guillotinados se apilan en el sótano. “(...) el depósito del sótano sigue lleno -apunta el narrador-. Habría que resolver cómo vaciarlo. ¿La incineradora? El fuego es sucio, y la suciedad delata. Con estas palabras lo digo. Más higiénico es inyectar las larvas en los cuerpos y hacerlos desaparecer, sin rastro”.

El Cultural.es 15/10/2014

jueves, octubre 09, 2014

“La Comemadre” de Roque Larraquy. Una maravilla en “El cuarto de las maravillas”

Reseña de La comemadre en Lectura y Locura. Por Mariano Hortal.


Si hay una editorial actual que se caracterice por su búsqueda de nuevos caminos editoriales y por su eclecticismo podemos hablar sin lugar a dudas de Turner. En su afán de buscar nuevo público uno se siente privilegiado que cuenten con él para experimentar con una nueva colección, máxime cuando esta colección se amolda tanto a mis posibles gustos como es “El cuarto de las maravillas”, cuya premisa es, desde luego, muy apetecible:

“El gabinete de curiosidades de la casa, lugar de las historias inverosímiles, las voces nuevas que además parecen nuevas, las crónicas verídicas, la cotidianidad poética y los libros experimentales.”
La idea de montar un “gabinete de curiosidades literarias” donde dicha etiqueta se comporte como aglutinadora de valores nuevos contemporáneos y un gusto por experimentar es, en mi opinión, un riesgo en los tiempos actuales y solo por ello ya es merecedor de aplauso. La calidad de los libros con los que han comenzado, afortunadamente, refrenda la propuesta dotándola de un interés aún mayor que viene acompañada, por si fuera poco, de unos precios muy competitivos (cercanos a ediciones de bolsillo) y un diseño de fajas ciertamente innovador.

Solamente por la publicación de la encantadoramente experimental y prometeica “La comemadre” del joven escritor argentino Roque Larraquy ya estaría más que justificada la aparición de esta colección.

Nacido en Buenos Aires en 1975 el autor estructura esta historia en dos tiempos paralelos: una primera parte en 1907 y una segunda parte en 2009. Mucho deben las dos narraciones al mito de Prometeo, pero ya en la primera podemos comprobar la base de lo que sucede en un sanatorio:
“Un hecho desconocido por quienes no practican el oficio es que la cabeza separada del tronco permanece consciente y en pleno uso de sus facultades durante nueve segundos. Al alzar la cabeza, el verdugo entrega a su víctima una visión del mundo, última y menguante. Haciéndolo, no solo contradice la idea misma del castigo, sino que convierte al público en espectáculo.”

Esta premisa experimental desencadenará una serie de experimentos para demostrar lo que sucede en el momento relatado, aquí lo experimental se sostiene en lo experimental del lenguaje usado (metaexperimentalidad), lo absurdo se mezcla con lo aparentemente real, el estar en un sanatorio de enfermos de cáncer estimula la imaginación de los doctores, como es el caso de Quintana:
“-Esta es la propuesta: seleccionamos pacientes terminales. Les cortamos la cabeza de modo que no se lastime el aparato fonador, técnica que he practicado exitosamente con palmípedos y que ya explicaré, y pedimos que la cabeza nos cuente en voz alta qué percibe. Por el intento recibimos una excelente paga a expensas de Mr Allomby.”

Parece lógico entonces que engañen a varios de los pacientes indicándoles que no ha funcionado su tratamiento para que acepten la propuesta; si además aluden al caduco e inherente patriotismo argentino como causa por encima de todo, Roque perpetra una burla del carácter argentino:
“La mayoría se deja convencer porque intuye un desastre científico argentino de dimensión mundial, y en esta efusión de patriotismo entregan el cuerpo. El clima de gesta favorece el sí fácil.”
Los intentos de comprobar lo que sucede desencadenan tal cantidad de muertos que, para desembarazarse de ellos, habrá que idear una forma de hacerlo. En medio del horror que supone este espectáculo, una digresión botánica le sirve para introducir la “comemadre”: “Una digresión botánica: el islote Thompson, en Tierra del Fuego, es el único lugar del mundo donde crece una planta de hojas aciculares conocida como “comemadre”, cuya savia vegetal produce (en un salto de reinos no del todo estudiado) larvas animales microscópicas. Las larvas tienen la función de devorar el vegetal hasta resecarlo por completo. Los restos se dispersan y fecundan la tierra donde se reanuda el proceso.”

Esa “comemadre” actúa como el elemento que es capaz de borrar nuestros fallos, resultado de nuestra experimentación, del anhelo de saber si existe otra vida y que alguien nos lo pueda confirmar. ¿Una posible metáfora del olvido selectivo que todos practicamos cuando algo no sale como esperábamos o sobre todo sobre los fallos que cometemos?

Si este pequeño relato nos desafía, el siguiente, ambientado en 2009 empieza con una prolepsis que anticipa parte de la historia, la del protagonista, que igualmente narra en primera persona las consecuencias de lo que le ha sucedido:

“Aquí su síntesis sobre mí: tengo una mano de cuatro dedos, el quinto se me perdió. Tengo un cuerpo que es mío, y una cabeza de perfil anormal que me costó mucho dinero. Un museo de Copenhague ofrece el doble por plastificarme y exponerme al público cuando muera. Dos asociaciones de derechos humanos de Dinamarca demandan al museo por estimular “una mirada del cuerpo como mercancía.” Un colectivo de lesbianas organiza una sentada en la puerta del museo, en solidaridad con el derecho de ponerle precio a mi cuerpo, como se hace con cualquier objeto de arte.”
El anhelo por buscar la otra vida se hace a través del arte, hay dos figuras paralelas, dos genios que llevan vidas similares, el narrador, conocerá a su amante Sebastián:

“Al terminar, con un verdor llamativo para la piel humana y la rodilla roja del roce contra el suelo, Sebastián dice (es un romántico) que esperaba la entrada de su cliente soñado, el que había buscado en los otros, y que yo soy ese. Quiere que estemos juntos desde ahora: con mi aspecto no hay manera de que le sea infiel. Da por descontado que en dos o tres días voy a enamorarme.”
Que le servirá de sujeto base sobre el que experimenta llegar a la sublimación artística aún a costa de lo que le pueda pasar; las consecuencias del dolor causado le llevarán a un sanatorio que es el de la primera historia:

“Veo un diploma de reconocimiento oficial con la cara de Eva, un escudo de armas inglés o irlandés, una pinta antropométrica, una hilera de frascos de porcelana, una serie de fotos individuales del primer plantel médico del sanatorio, con un mismo bigote puntiagudo recorriendo todas las caras, y un retrato al óleo del dueño y fundador, Mr R. Allomby, exhibiendo orgulloso una quemadura que le deforma la boca.”

Como unión no solo está ese sanatorio sino la “comemadre” de la que hablábamos, utilizable, incluso después de cien años; en este caso se convertirá en parte de dicho experimento, nuevamente:
“Es un polvo negro de textura irregular. Su nombre en español, “comemadre”, se extinguió con la planta en la Patagonia hace ochenta años, pero sobrevive en Inglaterra como motherseeker (“buscamadre”) o momsickener (“enfermami”). Los últimos ejemplares están al cuidado de la mafia inglesa, que usa las larvas para borrar evidencia. Esto es lo que dice Sebastián. Los datos restantes provienen de las notas de un médico muerto. ¿Sólo con agua? ¿Después de un siglo? Algunas semillas se mantienen en letargo durante más tiempo. Es un reto a la credibilidad, pero Lucio tiene el rostro apaciguado de los creyentes.”

Lo único que puede frenar el anhelo por la vida ulterior, por la sublimación a través del arte es, sin lugar a dudas, la falta de fe. Experimentar se convierte en un leitmotiv de nuestras vidas si creemos en sus posibilidades, como el de Roque Larraquy y su espléndida pequeña maravilla.

Lectura y Locura, 9/10/2014

martes, octubre 07, 2014

¡Pobres guillotinados!

¿Sigue viva una cabeza tras ser cortada? Larraquy novela los delirios del arte y la ciencia.


Oportunísima la puesta en circulación en España, en la nueva colección de Turner, de La comemadre, primera novela de Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975), publicada en Argentina cuatro años atrás, y que obtuvo una notable recepción crítica. La cosa no era para menos. Ya desde la página inicial (incluso antes, en los epígrafes) se detecta una prosa muy concentrada con una finalidad desasosegante. El asunto es claramente perturbador, y por partida doble. La novela se articula en dos relatos, ligados por el delirio; en uno, el desenfreno de verificación de la ciencia a principios de siglo (1907), y en otro, la obsesión del artista actual (2009) de convertirse él mismo en objeto artístico. En ambos se experimenta con el cuerpo, más allá de sus límites. El primero narra el proyecto de un grupo de psiquiatras que, en una clínica próxima a Buenos Aires, intenta averiguar qué sucede en los nueve segundos en que una cabeza humana sigue viva después de ser cercenada. Embaucan a los pacientes, enfermos terminales de cáncer, para que donen su cuerpo y los guillotinan para registrar la vida aún latente, lo que dice la cabeza. En el segundo relato, un artista corrige una tesis sobre su vida y obra, con todas las notas al pie desatinadas, exhibiendo su infancia de niño prodigio y joven obeso que, al perder kilos, perdía parte de su yo, y con esa humillación se esforzaba en distinguirse de la especie, en dar vida al monstruo que lo habita, a la vez que declara sus “ganas de ser involucrado en el amor”.

El amor recorre, en efecto, con una tensión subrepticia y abyecta, las zonas menos calamitosas de los dos relatos, que se complementan como una prótesis. Quintana, el psiquiatra que narra la historia de la clínica, se presta a trabajar en el desquiciado experimento por amor a Menéndez, la jefa de enfermeras, de la que sólo sabe que fuma cinco minutos apoyada en una baranda, sin más vida que su profesión, y que todos, incluido el director, andan detrás de ella. Un burbujeo de deseo para justificar la ignominia de la investigación. Al artista el amor le deja la cabeza “como una pantufla de anciana”, y su arte se fundamenta en la mutilación: se extirpa un dedo, que cuelga de un alambre; no es su mejor obra, pero así sabe que lo que pierde no importa, hasta que alguien lo roba, y la representación deriva en trivialidad.

En La comemadre, la precisión de la prosa, con frases breves, escuetas, que conforman una interrogación que obliga a detenerse continuamente, produce también un efecto de anonadamiento, como si la razón hubiera sido reemplazada por una lógica destructiva, y en ese proceso la novela misma aniquilara su significado. El título hace referencia a una planta que produce larvas que la devoran por dentro. Aquí las larvas que anidan en la ciencia y el arte devoran los cuerpos o los transforman en anomalías. Con esta primera novela, Roque Larraquy desplegó un inusitado talento sin renunciar a una inteligencia corrosiva.


El País, 06/10/2014

lunes, septiembre 29, 2014

Entrevista a Roque Larraquy en BLISSTOPIC.com




Redacción / Fotografía de Felipe Restrepo

Este bonaerense de 1975 es uno de los protagonistas iniciales de “El Cuarto de las Maravillas”, la nueva colección de Turner dedicada a “las historias inverosímiles, las crónicas verídicas, la cotidianidad poética y los libros experimentales”. Y lo es con la edición española de su ópera prima, “La comemadre”, un libro en verdad memorable, tan inteligente como irónico y desolador, acerca de un doble desencuentro entre ciencia y arte. Que no se les escape: es un autor por el que muchos perderán la cabeza.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?
“Loveless” de My Bloody Valentine, a los 16, con dinero hurtado de algún bolsillo de mi padre.

¿Cuál ha sido el último?
No lo recuerdo.  Fue hace mucho.

¿Y el que salvarías de un incendio?
“Divididos por la felicidad”, de Sumo.

¿Qué banda sonora le pondrías a tu última novela?
Ruido.

¿Eres de vinilo / CD / MP3?
MP3.

¿Cuál ha sido el mejor concierto de tu vida?
David Bowie en el estadio de Ferro, Buenos Aires, hace unos años.

¿La primera película que recuerdas haber visto en cine?
“Time Bandits” de Terry Gilliam. Tremendo final.

¿Y la última?
“The Master” de Paul Thomas Anderson.

¿Qué sueles escuchar mientras escribes?
Cualquier cosa.

¿Y para relajarte?
Silencio.

¿Una película que veas cada vez que puedes?
“Solaris” de Tarkovsky, “Beetlejuice” de Tim Burton.

¿Un director de cabecera?
Fellini, Herzog, Favio, Martel.

¿Una serie?
“Veep”, con Julia Louis-Dreyfus. “Les revenants”.


Septiembre 2014, Blisstopic.com