viernes, julio 12, 2013

“¿Vos me querés a mí?”, de Romina Paula


Florencia Defelippe lee ¿Vos me querés a mí? de Romina Paula y lo recomienda en la revista digital Ojo Seco



¿Va alguien a quererme así? ¿Así de este modo? ¿Así a mí?

¿Así a mí de este modo? ¿De esta manera o a mí?

Romina Paula



Este libro es la primera novela de Romina Paula, y abrirlo es entrar en un laberinto. Entre diálogos casi cinematográficos y encuentros que se rozan con lo fugaz, lo cotidiano y  lo genuino, es fácil sentirlo cerca, tanto como la atracción que se siente por el precipicio,  la caída, una puesta en abismo. Entre cruces de historias que se muestran ante el lector de manera fragmentaria, se percibe la intimidad; algo oscuro nos es develado y, aunque es algo ya conocido, nos sorprende encontrarlo frente a frente. El sexo y el placer se traman con otras experiencias y el lenguaje se destruye y reconstruye desde una infancia que no quiere perderse; sin embargo, se sabe que este intento de retención es imposible. Las imágenes vuelven y escapan fugitivas, como sombras. Es que ¿Vos me querés a mí? está escrito desde la sombra y el deseo, si es que estos términos pueden tomarse como cosas distintas porque, como dice Inesia, la narradora/ superviviente/ actriz/ joven de clase media con una carrera de la facultad de Filosofía y Letras inconclusa: “el deseo es un lugar oscuro”.

Mal catalogada como “literatura de minita”, no es difícil  dejarse llevar por estos clichés en donde todo ‘debe’ pertenecer a un estilo, un género, una condición, pero si ahondamos un poco más, fuera de este rótulo trillado, lineal y académico hay un grito desesperado por encontrar el fondo, una esencia verdadera de las cosas, un intento de arrancar de raíz la careta de toda una generación mal armada, traumada y mal querida; una generación que busca por todos los medios respuestas -la mayoría de las veces, en lugares insólitos y equivocados- que siempre giran en torno al amor, a querer, o a querer tener; si no es que son todos la misma cosa, así de amplia y perturbadora.

En definitiva, se trata de desarticular un intenso juego de superposiciones para caer nuevamente en tretas y guiños lingüísticos que se encadenan “rizomáticamente”: “Actuar es ejecutar y coger es morir, decir coger es una forma de distanciar y distanciar es minimizar, minimizar es preservarse y preservarse es querer morir un poco menos. Actuar es matar y coger es morir, cuando la conciencia de la carne, de la materialidad, de la fetidez, es tan evidente.”

La familia ‘apacible’ y destrozada, la niñez, los vínculos afectivos, la sexualidad, los diálogos entre chicos, los diálogos entre chicas, la vocación y la angustia existencial, todo, forma parte de un mismo interrogante que atraviesa a la novela entera:

“-Che..

-¿Qué?-

-¿Vos me querés a mí?-”

Y es así como el texto atrapa. Lentamente, nos va alejando del lugar seguro y nos pierde, de una manera sutil pero efectiva, en lo único en lo que podemos ser nosotros mismos: la propia desnudez. Emocional, física, de todo tipo. Luego, sólo queda recorrer con temor esa inmensidad:

“La casa se agranda y hay más cuartos y tienen ventanas y son muy lindos, mucho más lindos, con mucha madera, mucha luz y colchones en el piso y yo estoy con Pablo en una cama marinera, miramos el pino y tener vértigo, mucho vértigo”.

jueves, julio 11, 2013

El juego de las cinco diferencias


En el blog de Eterna Cadencia, el texto con el que Luis Chitarroni presentó Modo Linterna, de Sergio Chejfec


1. De Modo linterna se egresa con una ignorancia inmodesta, distinta, que merece postulaciones menos enfáticas que las que solemos usar, que las que yo suelo usar: Modo linterna, ejercicio narrativo y experimento conceptual, del que el polaco se desentiende con un gesto de abstinencia que supone una cortesía superior, chamánica, brahmánica o china. Sobre todo rabínica.

Desde que lo conozco, Sergio tuvo la paciencia de no sacarse de encima “el drama de las ansias ajenas” con un ademán visible, desdeñoso o indiferente. Es una admisión que consiste en no encogerse de hombros. Parecida a la del koan (¿o era meramente un haiku?): “Admirable aquel que frente al rayo no dice: la vida huye”. Exclusión radical del tópico, del lugar común.


Tal vez lo único parecido a estos relatos de Chejfec —exagero, claro— deben de ser, menos que las excursiones de Sebald, los huaben, esos relatos chinos de la dinastía M’ing, relatos de mercaderes viajeros —que son a su vez los caballeros andantes sin causa— que simulan fijar el interés de su trama en las transacciones en taeles y de los trayectos en li, pero que yuxtaponen el mapa al mundo que recorren, y que canjean el valor real del dinero, y el de los personajes y poblaciones, a la laboriosa y justiciera circulación kármica.

Modo linterna es una suma y una resta: el modo constituye per se un rechazo y una evasión. Del conjunto de ineptitud y de orfandad de los modos para enfrentar las acusaciones complementarias (de frivolidad,  falsa profundidad,  simplificación,  hiperintelectualización). Se suma a los otros libros del polaco pero no deja de, como se abusa hoy, en busca de peor expresión, “hacer ruido”. Es un libro que entra en la biblioteca polaca muy resueltamente, sí, aunque no se sabe para ubicarse dónde.

Y se resta en la medida en que el proyecto de abandono y de busca tiene algo sebaldiano que es absolutamente polaco: una mira, un objetivo, un foco chejfec. Un modo linterna. Es, como toda pesquisa, el resultado resbaladizo e iluminador que necesita de una guía para “acomodarse”,  para jamás moverse a sus anchas. La sobriedad del método —“modo”—  nos alcanza a revelar una forma —“linterna”— cuya prolongada diatriba con el procedimiento de descripción habitual proporciona una receta para el desconcierto menos severa que la de Maimónides.

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2. Como preconiza el doctor Johnson en su viaje a las Hébridas, es fácil fantasear sobre un mundo que escribirá de manera aforística, y que resolverá —o tratará de resolver— sus problemas no solo verbales con esos vehículos que son puro diseño, y que Valéry, para dar otro salto, consideraba ya “un abuso de confianza”.

Ese futuro llegó, claro, y casi todas las sucursales de la persuasión parecen ocupadas por solícitas maniobras carentes de sentido, limitadas a imitar el sentido cuando el sentido tenía sentido. Por eso la educación a que nos invita Modo linterna no es solo una instrucción, por eso de este libro se “egresa”. Narrar y convertir el hilo conductor del relato —del relato largo que permite a todos los demás tripularlo (¡que difícil tripular un hilo!)—, que en un contubernio insoslayable de trayectorias, guacamayería estridente a la espera de un tucán, guías en las que se encuentran las direcciones de los escritores en un estado de lengua que los reclama a temperatura adecuada para los signos vitales, proyectos lintérnicos y/o documentales, una gnoseología de la nieve, cuchilleros sin amparo canónico, parece un exceso bíblico o pynchoniano al que solo un escritor de la sobriedad del polaco puede devolverle una proporción legible. A la que este modo, método se le ocurre —de vuelta— con los sentidos (en doble acepción)  pone en funcionamiento. El solo trabajo de amor perdido es arduo y provoca y una fatiga encomiable, ¿pero qué podemos alegar acerca de salir a su encuentro? Comentar esa proeza es meramente laborioso, ¿pero presentarla?

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3. Esta construcción (usemos de una la maldita palabra) caprichosa renuncia a la veleidad chapucera del “gusto”. Los tiempos en que nos toca vivir son curiosamente los precipuos, los indicados, no los indicativos. El polaco tiene una anosmia inquisitiva directamente opuesta a la curiosidad proboscídea de los escritores convencionales, menos indiscreta. Es un dispositivo que depone la superstición de la juventud, a la que tanto él y yo estuvimos sometidos cuando, sin haber publicado unas pocas palabras, merecíamos ya el repudio general de lectores imaginarios.

La afinidad electiva más próxima a este [casi] principio de identidad y elegancia el cuadro verista de Giacomo Balla que cita en Los enfermos, que a mí me remite, por una distorsión de la memoria o por la tapa de una edición desprevenida, entrevista,  a “Lo real”, el cuento de Henry James. Una repartición, un reparto: lo real en la medida justa: el mayordomo por el señor, el landlord; los sanos (o los curados)  por los enfermos,  I malati.

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4. Más de una cosa deja clara Modo linterna: la lógica y las anécdotas son de los otros. La anécdota de Gombrowicz, que tal vez debamos a Gómez, pertenece tal vez a Gombrowicz. ¡Bendita sea la duda, bendita sea la deuda! De acuerdo con la misma, los días de calor Witoldo atendía el mostrador del Banco Polaco en calzoncillos. Yo obtuve hace unos años unas fotos de Gombrowicz sacadas en el Banco Polaco. En todas tiene una expresión entre despavorida y ausente. Cierto que está en reuniones o ceremonias ajenas, muy ajenas. Salvo en una, la más rara; la expresión se reduce a un mínimo de irrespirable confinamiento; hay en la boca una mueca, entiendo ahora, que no es desdeñosa sino divertida. Debía de estar sin pantalones.

Hay, ¿cómo decirlo?, una operatividad clandestina a la que daremos el nombre (que el polaco ya anticipó) “linterna”.  Hay un uso medido (como cuando decíamos “teléfono medido”) del chiaroscuro linterna que transforma la ironía, le saca la angustiosa retombée del sarcasmo, [[[el sopetón ácido que tan atractivo resulta  solo a inspectoras de colegio =NO]]]); es, a pesar de su alcurnia retórica, una especialidad del polaco, algo ultratenue, como una categoría duchampiana. Por ejemplo: insatisfecho de comprobar, después de advertir la liturgia [crepuscular] de Vila-Matas con la servilleta, tan digna de un caballero español, que su deseo de establecer  contacto con las guacamayas se ha incrementado, y el de presentarse ante el polígrafo no;  y que el deseo de Vila-Matas de establecer contacto con Elizondo, después de habernos enterado, por obra y gracia de un escritor presumiblemente mexicano, que ese Elizondo no es Salvador, ya después de  después, el modo linterna desliza, como si la misión de un narrador documental fuera un abuso de abstinencia… Polaco:  «Con las otras preguntas es igual, lo mismo con los sobrentendidos de Vila-Matas. Sé que a Vila-Matas no le preocupa ser original, no en este caso por lo menos; pero alcanzo a intuir que se siente triste de haber quizá(s) defraudado a Elizondo (el referí) con preguntas ya formuladas infinidad de veces…»

Lo implícito, no necesariamente a cargo de la objetividad linterna.

Por carecer de modo linterna y de integridad documental propias, voy a contribuir más de lo necesario con presunciones y carraspera, exagerando los anhelos: (I) Sé que a Vila-Matas no le preocupa ser original (a nadie que necesite tanto de la literatura precedente podría importarle de veras una categoría desde el vamos tan excluyente);  (II) no en este caso por lo menos (en todos los demás, sí: espera que los lectores no adviertan su impostura, su bajísima ralea de estafador de medio pelo). Los recursos inimitables del polaco —o mejor, del modo linterna— lo habilitan para un puesto de honor en un arte que Borges practicó  después de desentender y desdeñar el arte desafiante de Mastronardi (que consistía en agraviar tras una apariencia de elogio: “Infalible en el error…”). El arte de Modo linterna es soberbio, digno de un asesino (retórico) serial: es el arte de injuriar sin dejar rastros.

*

5. La única gran concesión —con algo de recoveco y algo de catástrofe, con los signos indiscernibles de la voluntad y el desgano (recto y verso)— es que el polaco se deja sustituir, reemplazar, invadir por algo que es ya lo contrario de un devaneo: es una actividad y una impronta.  Depone su timidez, su calvicie, su inspiración, sus titubeos, sus anteojos siempre sorprendentes, sus gorras, su transitividad, su intransitividad,  su interlineado, su sombreada intransigencia, su moral, sus planetas y sus dígitos, su conducta (tratar de saber cómo debería desayunar un frugal argentino en el extranjero, en cálidas exuberancias tropicales o en paraísos gélidos) a un estilo al que ni siquiera tiene la arrogancia de nombrar, de llamar por su nombre (tardío, azul, geométrico, futurista). A este hallazgo excepcional, esta maniera,  que nosotros podemos finalmente admirar (no apreciar)  sin posibilidad alguna (aunque hayamos egresado) de asimilarla dio en llamar: “modo linterna”. A todo eso tuvo el coraje de renunciar el polaco por ese procedimiento, ese método, ese instrumento, ese misterio.  Menos a dos cosas: su amor por la literatura  y su amor por la Pancha.

miércoles, julio 10, 2013

Sergio Chejfec destacó "la zona de incertidumbre" al escribir

Osvaldo Quiroga leyó Modo Linterna y entrevistó a Sergio Chejfec  para su programa radial El refugio por la vuelta, en AM 1270, Radio Provincia.

Aquí, el audio de la entrevista.


El autor de “Modo linterna” contó que se trata de una obra que “propone relatos que pueden continuar como si fueran hebras”, en relación a los personajes que aparecen en varias de sus novelas.

El escritor, Sergio Chejfec, señaló que su libro “Modo linterna” se trata de nueve relatos “que fui escribiendo en los últimos años, siete de ellos en revistas y libros y agregué dos más que estaban sin publicar”. “Y algunos relatos están concebidos como pequeñas secuelas que pertenecen a otras novelas mías”, contó en diálogo con Radio Provincia.

Asimismo, explicó que su forma de escribir en esta obra no corresponde “a un mundo autosuficiente y cerrado, sino que propone relatos que pueden continuar como si fueran hebras, como si fueran flecos, dando la posibilidad de varios hilos de seguimiento”.

Por último, destacó que “la zona de incertidumbre siempre es la que nos hace trabajar mejor”.

lunes, julio 08, 2013

Escribo lo que suena en mi cabeza

En La Voz del Interior, Gustavo Pablos entrevista a Fernanda García Lao sobre Cómo usar un cuchillo


En la Feria del Libro de Guadalajara 2011 se dijo de Fernanda García Lao que era uno de los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana. Ahora acaba de publicar el libro de relatos Cómo usar un cuchillo (Editorial Entropía), el quinto después de las novelas Muerta de hambre, La perfecta otra cosa, La piel dura y Vagabunda.

La mayoría de estos textos breves tienen su origen en una matriz onírica o en el espesor de una escritura que le da a una intuición o imagen apenas entrevista un sustrato extraño y nunca verosímil o realista. La escritura sigue un registro entre lírico y narrativo y esquiva los esquemas más o menos transitados para apostar, en todo caso, a la creación de fragmentos confesionales, escenas sueltas o abiertas, introspecciones desenfadadas. En este marco de argumentos astillados una voz casi siempre descarnada y visceral avanza y exhibe los mínimos elementos de una situación que apenas se arma y ya se pasa a la siguiente.

El comienzo esquivo e indecidible de "Desierto al revés" es un ejemplo: "Cómo confundí tu oreja con el plato de canapés, no sé. Pero allí estaba. Blanda como una nalga muerta. Recién al morderla te descubrí. Eras tan apetecible como tu lóbulo. Aquella dentellada anticipó lo que vendría después: una velada difícil". O también el de "Juicio Final": "Usted llegó con los pantalones de otro, no sonreía, tenía unas ojeras horribles. Susurraba algo que no pudimos entender. Fueron sus últimas palabras libres. Después se produjo un gran silencio. En la mano izquierda apretaba un poco de pelo. Pelo de vieja teñida. ¿A quién se lo arrancó?".

En "Rudolf", un vendedor de raíces llega a un pueblo y una de sus variedades, un bulbo, terminará modificando la vida de sus habitantes y adueñándose de todo; en "Tiburones con rodete", un concurso de belleza destina a sus participantes un sinfín de desgracias; en "Mesita", el narrador decide dejar en la escena del crimen un cuchillo encima de la mesa del teléfono para así conferirle al mueble algo de protagonismo; en "Navidad impúdica", una familia es testigo de cómo la empleada doméstica enloquece la tarde del 24.

"Son 27 mundos en donde hay de todo –cuenta García Lao sobre el origen de estos relatos-. Un mínimo porcentaje llegó de noticias que leí por ahí y que me inquietaron. Noticias que instalaban una duda, sin lógica a la vista. En otros casos es el inconsciente el que me dictaba las primeras frases, esas engendraban a las que siguen y así. Sólo tengo que estar atenta, es casi como escuchar. Escribo lo que escucho, lo que suena en mi cabeza".
Por una ficción oscura
Para la autora la realidad es "una usina de sinsentido" y no le parece que el mundo "sea un lugar simple, ordenado y sin fisuras".

"El realismo tuvo su razón de ser en el siglo XIX. La reproducción ya no tiene sentido, lo social es múltiple, está desencajado. Y por eso falsificar escenitas simples y hacerlas pasar por ficción me parece una operación poco interesante", afirma. Y añade: "Prefiero asumir la oscuridad, borrar lo ordinario y apuntar al detalle insólito: a quién le pasa qué y cómo lo escribo".

García Lao es hija de periodistas que debieron exiliarse, durante la última dictadura, en España, y allí vivió ella hasta 1993. Además de narradora es cantante y actriz, tiene varias obras de teatro en su haber, y con muchas de ellas ha recorrido el continente como actriz, oficio que también la llevó al cine en varias ocasiones.

En sus libros anteriores ya estaba presente esa capacidad para mirar y narrar desde la conciencia de personajes por momentos absurdos y delirantes, cuyas acciones y pensamientos parecen responder a una lógica que está más allá -por encima o por debajo- de lo convencional.

–¿De dónde surge la comunión con esta clase de personajes y/o narradores?

–Creo que de mi entrenamiento actoral he aprovechado el hecho de asumir el personaje desde la encarnación misma de un pensamiento, una rutina, una particularidad física, un modo lingüístico. Aplicado a la narrativa, puedo detenerme en la creación de espacios de conciencia más amplios, de mayor complejidad. Y encontrar diversas perspectivas, puntos de vista. Construir cuerpos con palabras, ideas, con presunción de profundidad. No conozco a nadie que sea plano, que no tenga aristas absurdas, deseos que a simple vista ni sospechás. Hay mucha preocupación por que se vea el personaje en algunos autores. A mí me interesa que se sienta que hay alguien ahí. Me da igual si tiene el pelo negro o gris.

–Este es el primer libro de cuentos que publicás. ¿Fue fácil el trabajo con textos breves?

–Yo soy breve por naturaleza, de hecho empecé escribiendo textos híper concentrados en sí mismos. De no más de 10 líneas. Así que en mi caso, debo hacer el esfuerzo inverso cuando escribo novela. Y es que me aburren los enlaces. Me gusta la velocidad, escribo rápido, de una sentada. Cuando corrijo ya estoy más tranquila y puedo permitirme el lujo de estar algunos días frente a los textos.
Las palabras

En estos relatos la prosa avanza y actúa como un cuchillo que deja jirones a un costado y desdibuja o deja en un segundo plano la anécdota. "Para mí el lenguaje es siempre el protagonista, más que la acción. Y en este libro quise hacer foco, cerrarme sobre las palabras. Abordar la sintaxis como un elemento más en conflicto -reflexiona la autora-. Me gusta pensar que no hay distancia entre fondo y forma, que hay simbiosis entre lo que se dice y el cómo. La excusa del asunto sigue estando, pero es opacada por el estado de la narración, en tensión permanente".

Si bien se trata de un mundo de personajes sórdidos, oscuros, por momentos patéticos, siempre conflictivos, hay un humor no adherido desde afuera a la frase sino que es más bien su condición de posibilidad, y que compensa la supremacía de la muerte, la crueldad, la destrucción, el absurdo y la metamorfosis física o emotiva. "Creo que vengo un poco así de fábrica, con humor afilado. Hubiera sido raro que no apareciera en mi literatura", dice García Lao. Y añade: "De cualquier manera, en la vida no soy tan negra. Pero hay algo lúdico presente, y la muerte es parte del juego. Prefiero reírme de ella. Como dice el narrador de 'Bisturí': 'Yo he visto a la muerte en persona paseándose por ahí como una putita en celo'. Le anulo solemnidad, la convierto en un personaje más de lo patético".

viernes, julio 05, 2013

Yo ausente. En carne viva


Adriana Bocchino lee Cómo usar un cuchillo, de Fernanda García Lao y lo reseña para BazarAmericano

a)      Leer el libro una vez. Le producirá vértigo y no podrá dejar de leer hasta el final aunque en la tapa diga “cuentos” y crea que podrá ir de a uno cuando le sobre tiempo.

b)      A no asustarse, aunque le dé miedo. Será perseguido/a al filo de cada hoja que pase. Recuerde: se trata de literatura. No importa el género.

c)      Vuelva a leerlo despacio, muy despacio.

d)      Déjese.

Este libro de cuentos… no… mejor decir relatos… mejor, micro relatos… cuentos breves… no, tampoco, bueno, no sé. Son 27 puntadas, 27 entradas según el título conciso de cada una de ellas. “No hay mantra” –¿anuncio? ¿carta de despedida? ¿una dedicatoria?: “Dedico este clavado a los corazones duros, a los que están peor. A él: por no quererme”– inicia un entramado de situaciones siempre penosas, “de un humor fino, desopilante” dice Diana Bellessi en la contratapa. Ese es el punto. Por un lado la desgracia, por el otro una escritura sometida a “una torsión tan violenta, a tal desacomodo” –también dice Bellessi– que se avanza “con un gesto de desvarío”, “sin que haya ruta en el espacio o en el tiempo”, hasta quedar atrapados en la escena, donde siempre, de alguna forma, hay un crimen. Está la muerte, la de él o la de ella, o el abandono: los efectos son los mismos. Humor negro digo, de un escepticismo irónico aplastante. Es el derrumbe.

¿Cómo usar un cuchillo es una interrogación indirecta o una exclamación? El título del libro no tiene signos que lo aclaren. El título del cuento con el mismo título es un instructivo. Para un asesino o su víctima. O al revés. Ya no sabría decirse el género. Ni de qué persona se está hablando en cada caso.

“Bisturí/ Desgrabaciones de mi alma” sigue adelante desde un “yo” que no es mujer… es “una invención” que dice yo. “Nada es simple y no es una frase. Yo he visto a la muerte en persona paseándose por ahí como una putita en celo”. Y este yo, ahora, es un señor raro, tiene un trabajo raro, bisturí en mano y trato continuo con los muertos/as, de todas las edades. Tres páginas de este libro y dos desacomodos. Una empieza a inquietarse en la silla donde lee. Estos cuentos, empiezo a sospechar, rompen todos los esquemas.

Primer esquema: Fernanda García Lao es una mujer. Segundo: es hija de exiliados, ella misma una exiliada desde los diez años. Todas las mínimas biografías que la presentan recurren a estos datos y si con ellos pudiese pensarse una matriz de escritura, los dos esquemas, mis dos esquemas, se quiebran rápido. Ella no escribe en femenino. Tampoco desde el exilio. Y para más datos, no adhiere a la nostalgia melancólica con la que algunos caracterizan la literatura argentina, ni las historias de amor o desamor que tan bien correspondería al caso, tampoco al giro subjetivo ni a la autoficción a la page, o a las escrituras del yo que despertaron nuestros últimos entusiasmos críticos. No. Fernanda García Lao, aunque dice yo constantemente en estos cuentos, es el yo menos pensado. El/la lector/a tiene que ir acomodándose al punto de vista en cada relato, enterándose de a poco quién dice yo y, mientras tanto, acomodándose al filo del cuchillo o de la página que pasa por la garganta, la entrepierna, un ojo, la muñeca. Parece Di Benedetto anoto, pero peor. Me deja sin palabras. Quien escribe le hace decir yo a los personajes que inventa, pero nunca es ella. En apariencia.

Hay una entrevista  donde Fernanda García Lao dice “A los 10 años inicié un exilio que no terminó: donde voy está mi casa” (Clarín, 16-3-13). Y también un blog donde se lee, podría decir incluso que se ve, una performance. Allí todo es ella y sus libros, cuatro novelas (La piel dura, La perfecta otra cosa, Muerta de hambre, Vagabundas), algunos poemas, este libro, sus obras de teatro (La amante de Baudelaire, vestida de terciopelo; Ser el amo; La mirada horrible), las películas en las que trabajó, presentaciones y reseñas, entrevistas en diarios y revistas, en radio con video incluido, fotos, muchas fotos de ella y tomadas por ella, varias veces con hombro descubierto, mirada desafiante y provocativa, intervenciones, encuentros, afiches, anuncios, su nombre, por todas partes. El blog se llama Fernanda García Lao. Ella es actriz, cantante, dramaturga, pianista, periodista, bailarina… “Optimista por naturaleza” según el título de otra entrevista bien jugosa (Acción Digital, 1° de enero de 2013). ¿Cuándo escribe esta mujer? ¡Y cómo escribe!

Vuelvo a la tapa de Cómo usar un cuchillo por ver si desentraño el misterio. Una mujer, sin cabeza ni pies, se acerca sigilosa, velada, con un cuchillo en la mano (en algún lugar se sabrá que es Fernanda García Lao, en complicidad con Paula Mariasch); por delante –¿o por detrás?– un mueble de archivo. De metal. Como el cuchillo. Puro cálculo en el sigilo, en el cuchillo, en la memoria ordenada y bien guardada. En el montaje. El epígrafe de Memorias del subsuelo (Dostoievski, obvio) con el que se abren estos relatos avisa “Toda conciencia es una enfermedad”. La ambigüedad siempre, la conciencia de la ambigüedad: aquí, un epígrafe viniendo del subsuelo. Contradicción, contrasentido. Contranatura. Una enfermedad parsimoniosa, lenta, silenciosa. La conciencia.

27 puntadas dije. Podría decir estoques, incisiones, cardenales, cortes, puntazos, puñaladas… que descuartizan cualquier noción teórica establecida, dejándola allí, sobre la mesa, chorreando sangre. Para que aprendan. Para que aprendamos los críticos.

Dice también, en varias entrevistas lo repite, que lo que menos le importa en literatura es el autor –ni siquiera entonces lo usa en femenino– sino los personajes, las situaciones, la libertad de ser a cada paso un/a otro/a. Ser cualquiera.

Un cuchillo no es un puñal, ni una navaja, tampoco un machete, menos un estilete, daga, bayoneta o faca, y sin embargo… puede servir, animarse a ser cualquiera de ellos, disimuladamente, para cumplir su objetivo. Los relatos que no quieren definirse en términos de género –ni textual ni sexual (su autora también dice que se aburre de las fórmulas genéricas)– hacen como si fuesen cuentos tanto como un cuchillo pudiese convertirse, por el uso, en bisturí, puñal o taco aguja. Cualquiera, los personajes, puede convertirse, mutar y matar… o matarse, según las circunstancias. Y digo cualquiera porque el yo que aparece y vuelve a aparecer, siempre un yo, nunca, nunca, es el de Fernanda García Lao. ¿O sí? Puede ser el yo de una mujer, el de un hombre, alcohólico o suicida, el de una chica, el de un loco, un violento, el yo meditativo de un marido-padre aburrido o el de un asesino/a que da consejos, el de una víctima que obedece o aun una que se rebela, un ella y yo o un él y yo, qué más da. A veces, una tercera persona despiadada, “Vertical”, mira la muerte pasar como si lloviera. Y, sin embargo, recordarnos, el yo suicida del primer relato. El dolor absoluto vuelto indiferencia. Es posible que se trate de la misma persona hecha girones. Incluso la segunda que aparece en “Juicio Final”. Quizás todos los yo, en definitiva, sean al fin y al cabo “lo mismo”: huesos y vísceras desparramadas como terrones oscuros sobre la tierra o un cadáver desarticulado en picada sobre una vereda. Estadísticamente, los personajes hombre son más bien asesinos que víctimas. Las mujeres tienden al suicidio. Todos se arman o se desarman a la velocidad que le imprime cada situación. Es la arbitrariedad de la situación la que impulsa las acciones. En “Mensaje viscoso”, por ejemplo, la velocidad del tren. En “Chalet”, “Buenos Aires” o “Sótano”, el plano que inicia los relatos. En “Tiburones con rodete”, la anacrónica fiesta de la vendimia mendocina la que imprime su ritmo a la locura. El estilo se mimetiza con el espacio en el que las cosas suceden. Eso es el desvarío. La torsión violenta de la que habla Bellessi.

Anoté, como dije, el eco de Di Benedetto. Después advierto que Fernanda García Lao nació en Mendoza. Será la tierra, pienso, que hace que los escritores escriban así. ¿Así, cómo? Empieza pareciendo una escritura ingenua, serena, se va haciendo cínica, ladina, temible, monstruosa, hasta dejar sin defensa a quien lee. Horada despacio, no en el pecho sino en el estómago, hasta convertirlo en migajas de pan que se llevan los pájaros, imagen reiterada en varios cuentos de Di Benedetto. Eso se siente. Después, mucho después, leo que el autor de El Pentágono, Los suicidas, o Absurdos, fue uno de los mejores amigos de su padre       –periodista y exiliado también él y de una trayectoria brillante–, asiduo visitante junto al pintor Enrique Sobisch de la familia García Lao, sobre todo allá, en Madrid. Es a partir de ellos que Fernanda García Lao encuentra la exacta dimensión de su exilio, y comprende qué es el exilio. “Argentina se convirtió en una película sin color para mí. Los amigos más cercanos de mis padres eran Antonio Di Benedetto y Enrique Sobisch. Un escritor y un pintor de una cultura impresionante. Empecé a pensar que el país, además de violento, estaba ciego.” (“Donde voy está mi casa”. Sociedad Mundos íntimos. Clarín 16/03/13).

Escribir sobre Cómo se usa un cuchillo obliga a cortar el discurso crítico. La autora se impone por todas partes. En su blog están explicados, y mostrados, los procedimientos. Calculados digo. Qué más podría agregarse. En los videos, el de su entrevista radial con Natu Poblet por ejemplo, aparece una mujer dulce, simpática, de suaves mohines y risa con todos los dientes, con cierto acento madrileño todavía. Esta escritora, es de temer. Es escritora en serio, de oficio. Hace de su necesidad virtud, profesionalismo absoluto. Como cuando aprendió ese acento madrileño para poder salir del baño en el que se encerró los días primeros de su escuela española. Ni los pies dejaba que le vieran. Subida al sanitario, en cuclillas, tenía diez años. Sabe perfectamente lo que hace. Ahora, ¿en venganza? deja paralizado al/a lector/a a la orilla de un río, el brazo estirado, al borde del agua, muerto de sed.

En su blog un retrato, una reproducción de un retrato. Sin duda Fernanda García Lao. Pintada por Verónica, una de sus hermanas –la otra, Gabriela, también escribe– que empezó a pintar allá en Madrid, con Enrique Sobisch. Su madre le puso un ultimátum: “hija, no puede ser que pases los fines de semana encerrada”. El título: “Yo ausente”. La retratada, Fernanda, está pensando en otra cosa. La hermana sabe lo que pinta. El exilio, parece, es el encierro, a cal y canto, en otra parte. Puede salirse por algún arte: pintura, literatura, actuación. ¿Puede?

Dice en otra entrevista “la visión objetiva es imposible. Somos víctimas de las versiones: no hay dos testigos que vean el mismo accidente. Esa libertad para interpretar los hechos, es fundamental para hacer literatura. Las generalidades no me interesan. Además, en ambos libros [se refiere a La perfecta otra cosa y Muerta de hambre], hay una tentativa de oralidad sin intermediario. Me interesaba trabajar la primera persona como una caja de resonancia, donde la insatisfacción o el deseo no tuvieran filtro. Hay una voluntad confesional, como de último momento. El personaje se abre antes de desaparecer. La verdad frente al abismo”. (La perfecta otra cosa. Matricule des Anges. Por Eric Bonnargent. Entrevista con Fernanda García Lao, traducida por Mélanie Gros-Balthazard, publicada en el blog FGL el 23 de noviembre de 2012).

Resumen: sangre, muerte, asesinos/as, asesinados/as, escepticismo, ironía, humor, cálculo. El blog también tiene un epígrafe, tomado del primer capítulo de su La piel dura: “Buscar en las diagonales. Irse por la tangente. Hay esqueletos bellísimos en los rincones”. Eso hace en literatura. Eso pide que hagamos como lectores.

La Amalia, de “Sentencia”, esa niñita que “sabía demasiado”, que escondía a Nietzsche dentro del estómago de un peluche o a Shopenhauer bajo las botas de lluvia, la que “a los once años se le llenaron los ojos de muerte”, se me ocurre la concentración de todos aquellos yo, enloquecidos, asesinos o suicidas, dispersos a lo largo del libro. Una niñita, varada en el exilio de la vida y que, entonces, prefiere la muerte. Así como Celina, de “Vida en ascenso”, “UNA PERSONA QUE NO SABE LO QUE QUIERE”, una que “HA PERDIDO EL EQUILIBRIO”, “UNA MENOS”. O el yo de “Inmunda” que escribe “Escribo y me siento importante porque no tengo absolutamente nada que decir. He conseguido ser un pan de centeno, como la mayoría de los intelectuales. […] Voy a desmigajarme para cerrar el círculo”. El último relato.


jueves, julio 04, 2013

Opendoor, de Iosi Havilio


Hernán Galli lee Opendoor, de Iosi Havilio y lo comenta en su blog Sí, la idea de grabar un disco

Afuera quizás llueve.
Siempre, afuera, quizás llueve, o es domingo o algo no termina de cerrar.
Pongamos que afuera llueve y te da por leer Opendoor. Al principio no es nada, pensás que es una novela extranjera, por el nombre del autor, por el título, esa cosas. Entonces te acordás de la colonia neuropsiquiátrica, y si tenés edad y memoria, de la Dra. Giubileo. Mirás bien y no, la novela está escrita por un autor argentino que apenas había pasado los 30 años al publicarla. Todo eso lo aprendés rápido porque está escrito en la solapa. Y enseguida te preguntás (una vez más), ¿con todo lo que me falta leer, elijo la primera novela de un autor contemporáneo? Sigo.

Empezás a leerla a la tarde de un día y para la noche del siguiente está liquidada. Esto está bien, te decís, y lo sabe todo el mundo, pero te lo repetís igual. Pensás que estás leyendo un cuento de Forn, del volumen Nadar de noche, esos cuentos que disparaban la década del 90 en la Argentina. Sí, es eso, pero hay algo más, y te llega Piglia, muy lejano, hasta que das en la tecla y aparece Salinger. Es la misma emoción, la de haber leído la novela más parecida a un cuento, y que quede claro que no hablás de una nouvelle, ese híbrido que casi nunca cierra.

Estás seguro de que hay una palabra que acierta a la descripción: lacónico. Y te reís cuando recordás que hay quien cree que lacónico es breve, como minimalista es vacío. Pero te olvidás y volvés a la historia de esta chica (¿25 ó 30 años?) que azarosamente (¿azarosamente?) va a ver un caballo enfermo en Luján, ahí cerca de Opendoor. Después todo es vértigo y se acaba pronto. Cuando pensás en esa chica sin nombre, y te preguntás todo sobre ella, su edad, su pasado, su familia, y todo es un gran hueco, te sobreviene ese poema de Goethe, y concluís que es así, que es como cuando a un tallo lo transplantan y vuelve a vivir y todo lo que lleva dentro se queda ahí, una especie de borrón y cuenta nueva natural.

Cerrás la última hoja y regresás. Regresás al espacio de tierra que atrapa tus pies y te deja dormir por las noches a cambio de la sospechosa calma. No sabés por qué pensás que pareciera como que todo acto de locura, rechazo o subversión se limita a ese territorio, y vos que creés que das el gran salto día a día. Qué importa, hablamos de Opendoor, la mejor novela que has leído en años, que nada pretende ni nada reclama. Una novela justa, casi sin deslices, sin errores, sin prepotencia. Podés analizarla mucho tiempo, concluir si se ubica en la década del 90 o la del 2000, porque un walkman es de la primera, pero la keta, no. Podés preguntarte si todo lo que sucede es demasiado. Podés dudar. No tiene sentido, no va por ahí la cosa. Y para colmo, en las últimas dos páginas, el final te saca una sonrisa de satisfacción, un: "qué bien que la hizo el autor", un sobresalto para que no te olvides de que has leído una obra de ficción, donde todo es realidad, obviamente.


Over.

miércoles, julio 03, 2013

Extravíos de un novelista documental

Ezequiel Alemian reseña Modo Linterna para la Revista Ñ 

Con una vigencia siempre renovada, la naturaleza de lo blanco es una de esas obsesiones extremas que recorren la literatura y el arte modernos.

En “El seguidor de la nieve”, de Sergio Chejfec, un narrador relata las caminatas de un personaje por los suburbios nevados de Nueva Jersey. El narrador y el personaje están tan próximos que parecen hacerse eco mutuamente, como espejismos. Dice el primero del segundo: “Siente que las ideas propias pertenecen básicamente al objeto en el que siempre piensa y, por lo tanto, como ocurre con los atributos de algo, son en este caso efímeras, se derriten y enseguida desaparecen”.

En su silencio, en su claridad, en su indiferenciación, la nieve propone un estado de gracia: impide pensar, promueve el olvido y la falta de conexiones. En esa cartografía última de las abstracciones, los muñecos de nieve y los “ángeles” que dibujan los caminantes dejándose caer sobre la nieve acumulada son los mojones finales de un espacio reconocible. Más allá es la entropía.

“El seguidor...” es uno de los relatos incluidos en el último libro de Chejfec: Modo linterna . Son nueve en total, siete de los cuales habían sido publicados en diversas antologías, y dos que se editan por primera vez.

“Novelista documental”, el quinto relato, se abre con una referencia a los viejos cronistas de América y a la capacidad de nombrar. Subyace en cada descripción el deseo de denominar por primera vez. Al casi no tener elipsis, la escritura de Chejfec no sólo se convierte en lo real, sino que se exhibe convirtiéndose en lo real. (Y no es tanto ver algo como ver su propia visión.) El continuo temporal de la narración hace que el tiempo de la escritura coincida con el tiempo de lo escrito, y con el de la lectura. Hay una obsesión cósmica si se quiere, en esta opción, una especie de heroísmo de lo real. El ritmo descriptivo, por otra parte, enfrenta a Chejfec con la idea de crónica. El potencial del género, parece decirnos, no está en sus elementos de ficcionalización, sino en todo lo contrario: en purgar el relato de todos los elementos ficcionales que sea posible.

El texto cuenta un coloquio de novelistas en un hotel en medio de los Andes venezolanos. Una conversación imposible con unas guacamayas enjauladas ilumina las varias conversaciones que se entretejen en el relato: del novelista documental con otro novelista, con una de las empleadas del hotel, con Enrique Vila-Matas, con el árbitro internacional Héctor Elizondo. “Ese tipo de conversaciones que tiendo a iniciar, supuestamente graves, que cualquiera rápidamente desbarata y después de lo cual me siento nuevamente con las manos vacías”, escribe el narrador.

Poco leído, con el temor de que en algún momento las editoriales dejen de publicarlo, ha llevado al coloquio un trabajo sobre el deseo de empezar de nuevo, aun sabiendo que empezar de nuevo es “casi lo único que un escritor tiene vedado”.

El humor y lo heterogéneo debilitan continuamente la idea de un punto de observación fuerte. Los pensamientos se desprenden de las cosas.

Desde que abandonó la Argentina, Samich, el narrador de “El testigo”, otro de los textos, sufre una desconexión fatal con la geografía. Corre el año 2000. Los libros normales han dejado de motivarlo. “Ahora quiere libros donde la vida se muestre sin interferencias”. Lee la Correspondencia de Julio Cortázar. En enero de 1939, sin saber muy bien qué hacer en Buenos Aires, después de haber vivido en Bolívar, antes de vivir en Chivilcoy, fantaseando con fugarse a México, Cortázar le escribe a un amigo que si viene a la capital busque su dirección en la guía de teléfonos y le haga una visita. En Buenos Aires para visitar a su madre y a su hermana, a las que lo une también un cierto “desafecto”, Samich recorrerá la ciudad en colectivo, como un extranjero. La “naturaleza episódica” de este transporte, su “presencia flotante basada en apariciones discontinuas”, el hecho de que conecten “lugares arbitrariamente prefijados”, a la manera de trazos abstractos, vendrán a constituir el dibujo de “futuras e hipotéticas ficciones urbanas”.

Pero las hipotéticas ficciones urbanas también residen en el pasado. En la Biblioteca Nacional, Samich buscará en las guías de los años ‘40 no sólo la dirección de Cortázar, sino las de varias decenas de otros escritores argentinos. Samich está tentado de encontrar alguna clave esencial o definitoria en esas combinaciones de domicilios, pero no lo hace. “Quizá no conduzca a nada fuera de su propia justificación”.

El ojo cartográfico de Chejfec es un ojo melancólico. El sujeto se retira, se refracta y se pierde en los detalles. “Parezco extraviado caminando por sitios donde nadie tiene nada que hacer”, escribía el novelista documental.

La expresión que da título al libro, hace referencia a la función del teléfono celular de uno de los argentinos (un teólogo, un ensayista y un narrador) que en “Una visita al cementerio” atraviesan París en subterráneo para visitar la tumba de Juan José Saer, un nicho oscuro, “seco de luz”.

Modo linterna bien podría ser el libro de un escritor que parece haber decidido llevar su trabajo hacia el punto de fuga de la pura denominación. Como si ahí residiese la oportunidad última de la literatura, no en el sentido de ser literalmente la última, sino, como piensa el seguidor de la nieve, la última en el sentido de ser la que recién llega.

Recomenzar, ser un recién llegado: a pesar de los varios libros que publicó su autor, no es para nada injusto decir que Modo linterna es un libro estupendo para empezar a leer a Sergio Chejfec.

martes, julio 02, 2013

Sobre "Agosto" de Romina Paula

Rosario Bléfari lee Agosto, de Romina Paula, y lo comenta en su blog Leer en todas partes


El actor Esteban Bigliardi me trajo un regalo al set de "Un mundo misterioso".  Estamos rodando en Colonia, una escena en el casino, donde su personaje se deja llevar por el mío, ya que va como bola sin manija después que se separó. 
En un almuerzo me da el regalo, es un libro, Agosto, de Romina Paula, su directora en la obra de teatro El tiempo todo entero.  Esteban dice que le gustó tanto que le dan ganas que otros la lean, por eso compra más de una cuando puede y la anda regalando. Estos son los anónimos actos de gestión cultural espontánea que son indispensables por fuera de cualquier ausencia o presencia de políticas culturales. Por eso después de leerla y que a mí también me haya gustado mucho, la recomendé, se la presté a algunos y al tener esta ocasión de que más personas se enteren no dudé en elegirla como uno de los libros que les puede interesar leer, gracias a que este espacio al que me han convocado me permite amplificar estas señales espontáneas y personales.
Romina Paula nació en Buenos Aires en 1979 es directora de teatro y dramaturga  además de escribir novelas (con El tiempo todo entero estuvieron de gira por Francia dos veces y próximamente estrenará:  Fauna), pero también es actriz. Se la puede ver en "El estudiante" de Santiago Mitre. Esta es su segunda novela, la primera se llamó ¿Vos me querés a mí? y también la publicó la editorial Entropía.
Como se trata de un viaje al sur, Esquel,  adonde la protagonista regresa para esparcir las cenizas de una amiga y  en el programa se entra al momento de los libros por algo que llaman disparador y que parte de un tema más general, y también porque me es familiar ese escenario, elegí el sur, la idea de sur, nuestra idea de sur que esta novela profundiza desde una segunda persona que le habla a la amiga ausente. Y bien digo le habla porque la lectura de Agosto es como escuchar hablar, o algo así, algo intermedio porque no deja de ser literario, o se constituye en literario a partir de existir. Sea como sea resulta muy fácil de leer, por una razón distinta a la de la lectura de Sabbatella, es algo que tiene más que ver, tal vez, con lo acostumbrados como estamos hoy a la conversación por escrito.

Una muestra: 


Citas de Agosto, Romina Paula, Entropía, 2009
1) Pag 141,142
..."Bajo la ventanilla un poco mientras vamos hacia la ruta, para que me pegue el frío en la cara, para sentirle el olor a Trelew.Ahora la ciudad no huele mucho, sólo a frío, pero ya en el descampado hay algo de pasto, de basura, de polvo, de noche. A mi me gusta la noche, me gusta la trifulca. Me gusta rozar y no entender, sentir telas y estar confundida, un calor en una tela, ul olor, aroma, algo. Y la saliva y el peso, el peso del cuerpo, del otro, contra la ropa cuando hace frío, todo eso ahí atrapado en una tela, eso que es alguien, esto que hace todo tan hipnótico. Ver gente en la oscuridad, ver en la oscuridad que altera tanto la percepción, arroparse en la oscuridad, contra alguien, contra algo, una espalda, un pecho, algo que envuelva/envolvente, decir cositas, pocas, entre besar y besar, volver a la boca del otro como una estocada, una nueva, renovada, volcarse hacia el otro, sobre, recuperar la boca, ésa, una, una vez más y empezar todo de nuevo, todo de nuevo, la lengua, el olor de la boca y del contorno, del contorno de esa boca, no todas las salivas se secan por igual. No, para nada, un augurio, un auspicio, perder la noción de las partes del otro, de dónde están, de cómo se distribuyen, qué parte de la cara es cuál, cuál parte de la boca es qué, diferencia de tamaños, distorsión de tamaños, de proporciones y espacio, distorsión de una mejilla contra otra, cerca lejos en, los áspero, lo que no lo es. Lugares nocturnos llenos de humo y cuerpos y posibilidades, aunque no siempre, pero la proximidad y ese arrastrarse, arrojarse hacia, contra esos cuerpos y a veces, y de a momentos, entrar, entrarle, a eso, a todo, ir. Robarles un poco de ellos mismos cuando no se dan cuenta, o sí, para que se den y aun así no puedan acusarlo a uno de nada, de nada de lo que uno no pueda defenderse."

2)pag. 119,120
"Todavía es de noche cuando vamos para la ruta. Tengo ganas de este momento, me doy cuenta de eso. Todo de este momento me da ganas y me gusta, hasta el frío: salir a la ruta de madrugada, tener un equipo de mate a mis pies, listo para ser cebado, los bizcochos en la misma bolsa, el camino a través del desierto, la compañía de Julián, su proximidad, estar enfundada en tu campera, reposar mi nuca en la capucha contra el cuero, la cuerina del asiento, el vapor de las ventanillas, la música, la música que vamos a poder escuchar, todas esas canciones. Y hablar, poder hablar con julián o tal vez no hacerlo, poder elegir no hacerlo, eso también. Llena de posibles algos, así me siento, así estoy. A mi alrededor, pura ventanilla. Y al otro lado del vidrio Esquel, la montaña, la mañana , el amanecer y pronto, la nada, el vacío absoluto, un vacío absoluto, con mañana, con sol. El primer rato estamos en silencio. Paramos, cargamos nafta, Juli me pregunta si necesito algo, apenas si llego a decir que no, a negar con la cabeza. El hace el trámite, vuelve al auto y me regala un Paragüitas. Gracias le digo y me lo guardo en el bolsillo de la campera. Tu campera, la nuestra. Juli arranca, da la vuelta a la rotonda: ahora sí que estamos en camino. Me dice que elija algo de música, le respondo que por mí todavía no, que por ahora estoy bien con el silencio, que si le molesta seguir un rato así sin música y él que no, que todo bien, pero que entonces le cebe unos mates porque sino se queda dormido".
Lugar para leerlo CAMA

viernes, junio 28, 2013

Modo Linterna


Fermín A. Rodríguez reseña Modo Linterna, de Sergio Chejfec, para la revista Otra Parte


El desajuste entre lo que se ve y lo que se dice, la desconexión con la geografía, son la condición de estos nueve relatos de Sergio Chejfec. Se trata, en cada caso, de articulaciones afectivas, discursivas y de imaginación inestables, mundos transitorios abiertos por un mecanismo deambulatorio que, al paso lento de una escritura a la deriva, nos abisma en lo que las palabras, sustraídas de sus referentes naturales, no terminan de nombrar o describir. Cada cuento es un pasaje a través de “un teatro de la intrascendencia” de una precariedad temporal extrema, donde el escritor viajero, testigo de la materialidad transitoria del mundo, es atravesado por “contratiempos prácticos verdaderamente minúsculos” cuyo significado ignora, “absolutamente arteros en términos materiales”, aunque al borde de la visibilidad y del reconocimiento (“Vecino invisible”).

Hundido en mezclas materiales concretas que recorren como grietas la superficie de la cultura, el escritor persigue “señales elementales”, signos no verbales que ponen en marcha un metódico trance de pensamiento-escritura, abierto a la riqueza sensible de situaciones virtualmente inagotables que se despliegan y verifican en la textura de una escritura con vocación “documental”. El contacto con la nieve de Nueva Jersey, blanca y silenciosa como el vacío de la página, produce en un escritor sudamericano una reorganización de lo sensible y de las relaciones con su entorno que fuerza una escritura híbrida, donde se mezclan la observación empírica y el pensamiento abstracto (“El seguidor de la nieve”).

Además de una estética, el materialismo perceptivo de Chejfec es también una política de la percepción. La conexión inmanente con las cosas y sus aristas básicas, la escucha fina y atenta –documental– del plano sensible donde se traman los procesos, dependen de una sensibilidad micropolítica que nos sitúe más allá de las formas de significación existentes. Este modo de la sensibilidad, excluido por la maquinaria de codificación mediática y los discursos de la comunicación, tiene alguna relación con el “modo linterna” del título –esa aplicación que permite irradiar un haz de luz desde la pantalla de un teléfono celular–. Como si fuera el reverso mismo de la comunicación –el intercambio transparente y rutinario de representaciones codificadas–, el modo linterna baña de luz la materia oscura de las paredes de la cripta donde un teólogo, un narrador y un ensayista buscan nada más y nada menos que la tumba de Saer (“Una visita al cementerio”). Mientras los poderes tecnomediáticos saturan de clichés audiovisuales nuestro tejido pensante y perceptivo, el modo linterna de estos cuentos de Chejfec, sus irradiaciones discontinuas de silencio, indeterminación y misterio, nos llevan, en su precariedad artesanal, hasta la línea de sombra donde se constituye y destituye, de manera incesante, el sentido de las cosas.

Fauna / El tiempo todo entero / Algo de ruido hace




Fauna / El tiempo todo entero / Algo de ruido hace
Romina Paula
_teatro | 146 páginas | $75
ISBN: 978-987-1768-12-7 


"El texto teatral en su rareza implica siempre una tercera dimensión. Es su propio tiempo y espacio, pero es además una hipótesis de representación escénica a la que contiene sin ilustrarla. Como esas cápsulas homeopáticas que no contienen la droga sino a su energía. Cuando el autor no le entiende a la dramaturgia esa extravagancia y escribe olvidando la escena lo suyo queda en mera literatura y es cosa inútil. Cuando tampoco se la entiende y escribe sólo para ese escenario puede que resulte práctico pero nunca trascenderá su módica condición de utensillo. Ahí está el asunto. Cuerpo y palabra en un solo objeto. Por ese escollo medio metafísico es que en el mundo hay tanta gente que escribe teatro pero tan pocos dramaturgos.
En la poderosa solvencia teatral de sus situaciones y personajes y en la belleza llana de sus textos Romina Paula es ejemplo extremo de esa virtud. Y estas tres piezas teatrales una prueba acabada de aquel saber. Una dramaturga con todas las letras y con toda la carne."
Mauricio Kartun

Romina Paula nació en Buenos Aires en 1979. Publicó las novelas ¿Vos me querés a mí? (Entropía, 2005) y Agosto (Entropía, 2009). Como dramaturga y directora estrenó Si te sigo, muero (basada en textos de Héctor Viel Temperley, 2005) y las tres obras que componen este volumen.

lunes, junio 17, 2013

Ciudades de la llanura

Javier Mattio lee "Cuadernos de Pripyat", de Carlos Ríos y lo reseña para la revista Ciudad X, del diario La voz del interior.


Como las ciudadelas de bordes vagos y fantasmales que se divisan en ellas, las novelas de Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967) se construyen sobre un espacio sin bordes reconocibles, forjando anomalías sin tradición o ubicación sencilla en un mapa “literario”. Su prosa precisa compone frankensteins de imaginarios disímiles en los que los géneros también se acoplan como restos de maquinarias desmanteladas. Cuaderno de Pripyat, su última novela, continúa y complejiza el procedimiento trazado ya en Manigua, y remite a la fábula, el relato bíblico, la sátira, el diario de viaje.
Esta vez, la hondonada geográfica donde Ríos monta su ludismo poético es Pripyat (en Manigua había sido la zona-lenguaje-cultura swahili en África), tanto la ciudad ucraniana abandonada tras el desastre de Chernobil como su periferia en forma de anillo, allí donde arriba el artista-antropólogo Malofienko tras dividir destinos en Kloten con su novia Fridaka, quien parte para Oslo. La misión de Malofienko es recolectar testimonios para un documental sobre la vida en Pripyat, y por eso parte de la novela está integrada por “entrevistas” con gente de la zona, a las que se suma un relato más convencional sobre la historia de Malofienko y fragmentos más abiertos sobre la ciudad, que se dividen en capítulos con nombres de colores en ruso y español.
Y es que Ríos opera contaminando lenguas y acudiendo a la materialidad enrarecida de esos lenguajes, aprovechando la posibilidad formal y ficcional que despiertan nombres como Oksana Zabuzhko o la
Preobrazhénskaya, o ese ¿ni? Tak, tak (¿no? Sí, sí) retórico que Malofienko adopta como un tic en su monólogo. Y también la contaminación “temática”, donde palabras-entidades propias de la narración mítica (y mitológica) como “rebaño”, “exploradores”, “mercado central” y “saqueadores” se alternan
con referencias contemporáneas a YouTube, Skype y los videojuegos. Y, como Mario Bellatin, Ríos inventa palabras-seres como los cibercomerciantes, el liquidador o el destazador, en un juego de desplazamientos nominales afín a la ciencia-ficción.
Cuaderno de Pripyat es también un libro asediado por la radiación, en este caso la de la usina poética y sus posibilidades.
Aunque también Pripyat, está claro, oficia como parábola de un mundo que parece retornar a su estado más bárbaro, sangriento y primitivo, no importa si es África, Ucrania o el conurbano bonaerense, y que, como Pripyat, yace en un limbo en el que faltan 960 años para la “recuperación”.
El artista sanitario, editado en Córdoba por Postales Japonesas, parece el producto de una escritura previa a Cuaderno de Pripyat: curiosamente su ciudad protagonista es Oslo (“Oslo la refractaria”), allí donde viaja la amante de Malofienko. También urbe de matanzas y sacrificios tribales, es allí donde pinta el “artista sanitario” sus obras, en su habitación circular y con su dedo-pincel, mientras se comunica con su colega pintor de la “Florencia del Elba”, antes de emprender una visita al maestro y viajar en busca de su destino hacia el DF en México, donde se encuentra con el muralista José Clemente Orozco y sus frescos sobre Quetzalcóatl.
Relatos raros, cautivantes y de una predestinación bienvenida, las obras de Ríos sólo pueden equipararse a las de Bellatin en su aislamiento extraterrestre, su pulcritud experimental y su oscuro sentido del humor. Pero como le pasa a Malofienko cuando lo comparan con su némesis Sergei Sviatchenko y, enojado, se defiende diciendo “no soy un artista”, así tampoco vale la pena establecer lazos entre dos autores que, más que “escritores”, son fundadores de flamantes alquimias narrativas, las que dejan atrás tendencias previsibles y recurrentes para erigir ciudadelas exóticas y a la vez cercanas.