[A própósito de Conquista de lo inútil. Por Matías Serra Bradford, para ADN Cultura]
En una selva "envuelta en sí misma", en plena filmación de la película Fitzcarraldo , Werner Herzog encuentra en su libreta un refugio donde preservarse: "En medio de cientos de extras indígenas, docenas de trabajadores forestales, la gente de los barcos, personal de cocina, equipo técnico y actores, la soledad me golpeó como un animal gigante y enfurecido. Pero yo veía algo que los otros no veían". Suele decirse de los enajenados que "ven cosas". El sueño de construir un teatro de ópera en el Amazonas, utopía del barón del caucho y melómano peruano Carlos Fermín Fitzcarraldo, fue la semilla que Herzog necesitó para vislumbrar una geografía y un proyecto demenciales. (El cruce de música y desequilibrio es un leitmotiv reincidente en el trabajo del cineasta alemán; basta recordar su film sobre el compositor Gesualdo y, en otro plano, Tierra de silencio y oscuridad , sobre los sordomudos, halagada por Oliver Sacks, otro veterano en ese campo.)
Paso a paso, Herzog registra el primitivo suspenso de una alucinación: hacer pasar un barco, de un río a otro, por arriba de una montaña. Y plasma un modelo de fragilidad definitivo para la creación artística. Un diario íntimo se asemeja a una madre permisiva, todo lo tolera y todo lo absuelve. Este, Conquista de lo inútil. Diario de filmación de Fitzcarraldo incluye los contratiempos imaginables y los peligros menos risueños: los berrinches de Klaus Kinski, los sobornos mendigados, las lluvias que no llegan, los ríos que no crecen. Provocar condiciones adversas parece ser en Herzog, como en Peter Brook, el único modo de preparar un marco propicio para dar lugar a la "verdad extática". El autor de Del caminar sobre hielo y Herzog on Herzog , devoto de Büchner, Hölderlin y Von Kleist, ya se había jurado "ir hasta el fin de lo insensato". La práctica del montaje, médula del cine, es absorbida por la rutina del diario: qué se elige contar de un día. Y el diario, en paralelo, también pone en juego cómo borrar mejor la frontera entre ficción y documental.
Conquista de lo inútil es un zoológico a puertas abiertas: serpientes, tarántulas, iguanas, monos, murciélagos, ratas, tapires, caimanes, "buitres que extienden sus alas como el Crucificado y que perseveran como estatuas en esa posición, presumiblemente para refrescarse o ahuyentar parásitos que pican." La hipnosis de la descripción febril se vuelve irresistible y una recia cualidad visual impera en las observaciones: "La selva a ambos lados del río, que celebraba su misa nocturna, cumplía la función de monaguillo. Ningún sonido animal, ningún grito nocturno; sólo de un gigantesco árbol torcido cayó una hoja inmensa, como un pterosaurio alcanzado por flechas."
En el último año del rodaje de Fitzcarraldo , 1981, año que cultivaba como todos una férrea vocación de olvido, otros fervorosos adictos a la naturaleza, dos diaristas impenitentes en lengua alemana -Ernst Jünger y Peter Handke- tomaban notas cuya sola espectacularidad consistía en llegar con gracia al final de la jornada, en velar por el día siguiente. Por esos mismos meses, Handke escribía: "Me gustaría tener la selva virgen delante de la ventana; así, con el tiempo, vería el mayor número de detalles que pueda uno ver." Y eso es lo que consignó Herzog, hasta la más ínfima vibración de una jungla. El 18 de marzo de 1981, Jünger definió involuntariamente otro de los desvelos del cineasta de Münich: "¿Por qué produce tanta inquietud que un ser humano desaparezca sin dejar rastro?" Jünger alude a la leyenda del niño abandonado Kaspar Hauser, que Herzog llevó al cine, enigmática contracara de megalómanos como Fitzcarraldo o el conquistador de Aguirre, la ira de Dios .
Exótico, genuino, Conquista de lo inútil deja una huella imborrable y le devuelve a la literatura una cualidad un tanto relegada: la intensidad.
martes, mayo 19, 2009
Intensidad de lo adverso
lunes, mayo 18, 2009
Expensas extraordinarias
A propósito de Anís, de Mariana Dimópulos.
[por Jimena Repetto para Revista Siamesa]
A veces las distancias engañan y nos hacen pensar que son un buen patrón para medir cuánto conocemos o desconocemos de los otros. Anís de Mariana Dimópulos es una novela sobre las paradojas de las proximidades y, a la vez, sobre el deseo de vencer la soledad como una línea que fuga, nunca satisfecha, al infinito.
En un mismo edificio conviven personajes en apariencia extraños y, sin embargo, tan comunes y cercanos como podría ser cualquier hijo del vecino. Las fantasías que ellos construyen, sus miradas deformadas sobre la realidad, en su contraste y conjunto, generan en el lector la desazón y la risa, la melancolía y la burla, pero, a la vez, la compasión. Y un poco porque no hay quien pueda escapar a la lente subjetiva con la que cada uno mira al mundo, y otro porque con cierta soberbia sentimos que en nuestra vida nunca, ¿nunca? hemos llegado a tales niveles de distorsión de la realidad como los que ellos alcanzan.
Bonow, Patricia, Inés, entre otros, cada uno en su mundo y todos viviendo literalmente encimados, cargan deudas siempre pendientes que terminan recayendo en faltas y temores, abandonos a destiempo, amores nunca confesados y diversas frustraciones en degradé. Y, como lo indica el nombre del bar en el que el señor Bonow, tal vez el más desquiciado de ellos, toma su anís y desahoga sus penas,“La Amistad” es el lazo más profundo y cercano que pueden entablar.
Con un narrador que por momentos coquetea con el registro de los personajes, descripciones precisas, textura rítmica y diálogos en su forma y tiempo justos, Anís es una rareza que vale la pena explorar. Incluso si el riesgo que el proyecto propone es construir subjetividades saturadas en sus propias divagaciones, Dimópulos lo sortea con grandeza y logra darle a cada una el grado justo dentro del no tan extraño mundo en el que se mueven. En definitiva, se nos presenta un texto que por momentos pareciera extrañarse a sí mismo, deformarse en la elección léxica y las imbricadas estructuras de las frases y desafiar al lector a dejarse llevar hacia adentro de esta peculiar "reunión de consorcio".
Y, a medida que avanza la narración, todas las historias se van hilando, un poco como sucede en la vida misma. Entonces el edificio que comparten, se convierte en metáfora del texto, un espacio en el que los personajes habitan en distintos planos y pisos de realidad, un lugar de convivencia en el que cargan en secreto sus dolores a expensas -extraordinarias- de la soledad.
Si uno de los desafíos que propone una primera novela es hacer ingresar a quien escribe en la compleja categoría de autor, Anís hace que leamos a Dimópulos como una escritora capaz de construir con precisión y gracia un pequeño universo que nos interpela, porque en la distancia crítica de la lectura podemos analizar cuán similar es al que nos aloja.
jueves, mayo 14, 2009
miércoles, mayo 13, 2009
Generación post-post
por Agustín J. Valle, para Rolling Stone
El pasado, más que determinarnos, muta al compás de lo incierto del presente. Intervenir sobre él –su figura, su sentido, sus derivados- es un modo humano de constituirse actualmente. Esta novela de autoconciencia generacional (Oloixarac nació en el 77 y plasma la era multidroga y Google Earth) critica el proyecto político de la generación de los setenta. En tiempos en que desde la cúspide del Estado se gesticulan reivindicaciones de lo muerto entonces, difícil ver como casual que una de las dos protagonistas paralelas de Las teorías salvajes se apellide Kamtchowsky y sea casi siempre llamada la pequeña K.
El humor, por tramos subyacente y por tramos explícito en esta novela debut, acota el rango de tiro de su ambición –manteniéndolo distintivamente extenso pero dándole finitud-, al tiempo que la salva de la pretenciosidad del sabelotodismo. Pues el tono hasta absurdo y delirante que adquiere el relato de la narradora, una bella y brillante estudiante de filosofía, relaja nuestra recepción de su teoría. Plantea una matriz para las formas de ser de la criatura humana, vinculada a la herencia histórica de los albores de la especie: la marca de haber estado milenios ocupando en la cadena alimenticia (esa dinámica cotidiana) la posición de presa. La lógica presa-predador, lógica del matar y ser matado como posibilidad constante del mundo, anidaría en toda estructura cultural. Funda un punto de vista que emana un radical trastocamiento de la moral, lo que pone a circular, en todas las zonas y épocas, un amplio abanico de atrocidades; con la sustancia de esa memoria, Oloixarac, sobre el final de la novela, literalmente pinta su aldea.
Novela también de obsesión sexual -vale decir de realismo sexual-, con una pequeña K de promiscuidad no ideológica que involuntariamente deviene estrella porno amateur, y una filósofa-narradora elegantemente guasa, que sólo para impresionar a un tipo quiere levantarse (apresar) a otro, un escritor ex montonero que le parece horrendo. Sobre él la novela tracatatea su crítica. Califica a los Montoneros como “banda armada de profesión peronista”, dice “pegame y decime ESMA” y un etcétera de sarcasmo. La tragedia setentista ya no es solemne; estamos en la post-postdictadura. Pero también cuela críticas menos cancheras, como ¿bastan las buenas intenciones para ser heroico?, o el cuerpo de los asesinatos y las amenazas eran el camino ritual hacia un destino ejemplar. A la crítica plasmada en la novela –incisiva argumentación acaso cercana a Bombita Rodríguez- podría objetársele el estar hecha con la liviandad de quien juzga las conductas de un tiempo desde las perspectivas abiertas por el ulterior, salvo por una intervención del ex monto, quien contesta la metralla retórica de la brillante joven diciéndole: “No sos mejor que nosotros por no haberte equivocado. Hubieras hecho lo que fuera por ser una Evita cualquiera, una montonera”.
Con voluntad antropológico-epocal exhaustiva, y un poder de nombrar inhabitual, es una novela sobresaliente. Lejos de meros ejercicios redaccionales, anecdotarios o flashes autobiográficos, busca aprovechar las posibilidades que sólo ofrece el artefacto novela, y en ese sentido lo honra. Ahora bien, en su voluptuosidad expresiva, en algunos tramos se complejiza mucho; rinde culto a la riqueza del idioma pero debilita el lazo con todo lector no altamente letrado, el relato resulta atropellado, como si de tanto entusiasmo la narradora sobreestimara la comprensibilidad de lo que escribe. Pero avanza la novela y triunfa la creatividad, la imaginación, con una trama que en sus mojones “entretenidos” no pierde ni sutilezas ni pluralidad de sentidos simultáneos; el atropello logra la forma virtuosa de una prosa desbordante, que se lleva puesto el lenguaje y deforma naturalmente las palabras.
martes, mayo 12, 2009
“Es una antropología del desastre”
Entrevista a Carlos Ríos, autor de Manigua (novela swahili).
[Por Silvina Friera, para Página 12]
En apenas 61 páginas, Manigua (novela swahili), de Carlos Ríos, condensa una historia de una belleza hipnótica sobre un mundo que se desintegra. “Al llegar a la tierra de nuestros antepasados no vamos a conseguir ni lo que más deseamos ni lo que más tememos”, dice un narrador en tercera persona, recordando las palabras que el padre ciego le dijo a su hijo Muthahi. En este espacio hobbessiano, donde kikuyus y kambas, entre otros, demuestran que “el hombre es lobo del hombre”, es necesario que cada clan sea liderado por un hombre llamado Apolon. Muthahi, que no sabe quién es su madre, adoptará el nombre que le corresponde para ser el líder del clan. Pero también deberá cumplir con un mandato: viajar hacia la provincia costera para buscar una vaca que sacrificarán cuando nazca su enésimo hermano. Si no consigue la vaca, lo atarán a un palo y morirá de sed. Las escalas de este itinerario llevarán al héroe a tener que camuflarse sutilmente: suplantará al hombre muerto del ómnibus o se hará pasar por Donise Kangoro, el propietario ciego de todas las vacas y tierras de Sao José dos Ausente. La empresa no será fácil en esa ciudad devenida en un “asqueroso moridero”.
Recién llegado de Puebla (México), donde vivió los últimos ocho años, Ríos admite que hay temas que lo obsesionan, que son “una maldita piedra en mi zapato”. La lengua todavía no aterrizó en Buenos Aires, anda levitando en una zona híbrida más que neutral, como si no se decidiera a quedarse con los mexicanismos ni a recuperar las frases y giros rioplatenses. A veces se le escapa un “tú”, en vez del voseo que archivó en un rincón lejano de su memoria a medida que se fue insertando en Puebla. “Tenía ganas de salir del país en 2001, no por razones económicas, sino personales. Estando en Asunción del Paraguay, en un congreso de archivistas, conocí a un archivista de Costa Rica que me pasó la dirección de un archivista argentino que vivía en Puebla. Le escribí, me respondió y me invitó a su casa. En ese momento estaba estudiando archivística y me fui”, cuenta el escritor en la entrevista con Página/12. “Puebla es una ciudad muy antigua, con un acervo archivístico impresionante. Trabajé un tiempito digitalizando documentos de alto volumen. Después fui conociendo gente en la Facultad de Letras, participé en un congreso de poesía y me empezaron a conocer en la ciudad. Conseguí trabajo como corrector de estilo de un periódico, de ahí pasé a redactor en la sección de Cultura, y mi tercer libro de poemas lo publiqué en México”, repasa Ríos (nacido en Santa Teresita en 1967), autor de los poemarios Media romana, La salud de W.R. y La recepción de una forma, que ha decidido regresar definitivamente a la Argentina.
–El hecho de estar viviendo en Puebla cuando comenzó a escribir la novela, ¿incidió en la forma que fue adoptando Manigua?
–Lo que se metió de México es el uso del tú. No hay un voseo argentino, sino un tono neutro que para mí era natural usar allá. Quería que fuera una novela que no estuviera localizada ni en México ni en la Argentina. La primera imagen que tuve la vi en la televisión, en un programa de la National. Había un aborigen australiano, tirado en el piso, que decía que él era el último de su clan. Me impactó muchísimo y quise escribir algo para llegar a ese momento, que es el que corona la novela. Después de escribir la novela, leí en un artículo que en Africa la vaca es un bien preciado. Si un joven quiere tomar por esposa a una muchacha, si va con una vaca, tiene el sí asegurado. ¿Qué sería Manigua para mí? Es la historia de un mandato familiar que fracasa. Y a la vez es un diario secreto con capítulos breves. Escribir esta novela fue como explorar la memoria del día anterior. La palabra Manigua es centroamericana y quiere decir algo confuso, intrincado. Es una palabra que tomé de un poema de Gerardo Denis, que nació en España pero fue un gran poeta mexicano.
La entrevista completa, acá.
lunes, mayo 11, 2009
Las 10 preguntas / Dimópulos
Por Sonia Budassi, para Perfil:
Mariana Dimópulos trabaja como traductora de inglés y de alemán. El año pasado publicó la novela Anís (Entropía). En esta entrevista, la autora habla de sus rituales a la hora describir, confiesa que todos sus favoritismos “están del lado de los muertos” y completa: “Leo muy poca literatura ‘viva’, si es que el término existe”.
Mariana Dimópulos nació en Buenos Aires en 1973. Estudió Letras en la UBA y Filosofía en la Universidad de Heidelberg. Vivió en Alemania de 1999 a 2005. Fue profesora de español y se dedicó también a varios oficios, desde la panadería hasta la traducción de folletería hotelera. Desde hace un tiempo trabaja como traductora de inglés y de alemán. Actualmente vive en El Hoyo, provincia de Chubut. Publicó su primera novela, Anís, en 2008 en la editorial Entropía. En ese texto conviven dos registros simultáneos; una narración clásica, una voz omnisciente y, al mismo tiempo, las voces que irradian las particulares percepciones de sus personajes, disímiles vecinos de un edificio; desde el Señor Bonow a la entrañable niña enamorada de todo lo verde. En este momento, la autora trabaja en su segunda novela, La propia sangre.
- ¿Cuál es el primer libro que recuerda haber leído?
- En honor a la verdad, Artemito y la princesa. Se trataba de un dragón con largas pestañas y una princesita, que, supongo, se enamoraban. Hasta ahora, nunca me había puesto a considerar el nombre del dragón: arte-mito. Algún psicoanalista de buenas pinzas sabría qué hacer con ese recuerdo.
- ¿Cuál es su autor favorito vivo?
- Todos mis favoritismos están del lado de los muertos. Leo muy poca literatura viva, si es que el término existe. Pero no es una actitud de la cual uno pueda estar orgulloso. Es como no ver las películas de estreno ni las series de la televisión: dificulta la conversación de canapé, tan necesaria para la supervivencia en nuestros días. Pero pensándolo bien, hay una autora al menos a la que sigo, de quien me interesa saber lo que hace: la española Pilar Pedraza, una semidesconocida que cultiva el gótico.
- ¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?
- Como carezco de sentido práctico, me llevaría Guerra y paz de Tolstoi. Pero alguien con mayor esperanza de enfrentar los avatares de una isla desierta y que no quisiera sacrificar su gusto literario a las propias ensoñaciones, ¿no debería llevar el Crusoe? Digo si no le disgustara ese abrupto realismo, claro está.
- ¿Cuál es el último libro que leyó o qué está leyendo en este momento?
- Estoy leyendo El factor humano, de Graham Greene. Tengo una terrible debilidad por las novelas de espionaje y los policiales. ¿Se encuentra algo bello, algo verdaderamente conmovedor? Muy poco, pero hay que sucumbir a ellas. Y sucumbir es bello de vez en cuando.
- ¿Qué libro reciente no pudo terminar de leer?
- Una gramática del griego antiguo en tres tomos. Pero todavía no pierdo las esperanzas.
- ¿Qué libro quisiera releer pronto?
- Una novela de algún autor del siglo XIX, los únicos que supieron hacerla realmente. Puede ser rusa o inglesa. Si fuera inglesa, El molino del Floss, de George Eliot, o alguna de Thomas Hardy, la increíble y amarguísima Jude el oscuro. Si fuera rusa, Los hermanos Karamazov, por poner una de las tantas. Todos los rusos, si se quiere, una y otra vez.
- ¿Cuándo escribe?
- Cuando tengo la más mínima sospecha de estar en lo correcto.
- ¿Quién debería ser el próximo Nobel?
- Alguien que necesite el dinero realmente. O el austriaco Thomas Bernhard, póstumo.
- ¿Cuáles son sus rituales o supersticiones a la hora de escribir?
—Qué pregunta. Todo es una superstición a la hora de escribir. La existencia de lo que uno escribe, los fantasmas que uno convoca, todo eso es parte de un credo sin religión. Si alguien nos mirara desde afuera cuando escribimos, ¿no pensaría que estamos haciendo un rito extraño que de nada sirve?
- ¿Cuál es su comienzo favorito de la literatura universal?
- “Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente–, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y mejorar la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera (…), entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible.” Esto es Moby Dick, de Melville.
jueves, mayo 07, 2009
miércoles, mayo 06, 2009
“Hay verdades que la palabra escrita no puede describir”
[Entrevista a Alejandro García Schnetzer. Por Silvina Friera, para Página 12]
Cómo no quedar prendado con el personaje homónimo de la novela Requena (Entropía). A mediados de 1929, en el café Albéniz, este filósofo y poeta sorprende a un puñado de jóvenes con aspiraciones poéticas –Lanuza, Maldonado y el narrador– que se acercan para averiguar qué está leyendo. Requena no es alguien común y corriente. Está leyendo un libro en sánscrito. Nada menos que el Martín Fierro. Al lector le pasa exactamente lo mismo que a esos jóvenes: no quiere perderse a este hombre fuera de serie, que supo vivir en un caserón que ya no existe, en la esquina de Thames y Gorriti, y que tuvo la biblioteca más grande de todo Palermo. En el barrio, lo saludan todos: desde el afilador y la peluquera hasta el chofer del tranway. El grupo congenia inmediatamente con Requena, a quien llaman el Maestro, incluidos también Gorostiaga y Armendáriz, el único que tenía un libro publicado y que se sumó más tarde al “centro del mundo”, el Albéniz, donde por las tardes se reunían para discutir cualquier asunto sentimental o metafísico. Si el perfil de este vecino de Palermo bordea la excentricidad, su lenguaje tiene el aroma de lo que se ha perdido. “Le comisiono cuidar mi biblioteca –le pide Requena al narrador antes de viajar a Madariaga–. No la saquee y, cada tanto, si no es mucho, riegue las plantas. De otro modo, la tan versificada y comentada muerte se pasearía a sus anchas.” Los diálogos de los que participa son como las joyas de la abuela o la bisabuela que se encuentran en un cofre olvidado. No importa que nadie sepa su verdadero nombre, cuándo cumple años ni que tengan poca información sobre la vida de este hombre un tanto misterioso. Lo que importa es lo que dice y lo que hace Requena, escritor “oral” y “poeta gigante” al que nunca pudieron convencer de que publicara algo.
Alejandro García Schnetzer, el autor de este notable libro de tan sólo 72 páginas, su primera ficción publicada, podría ser una suerte de Requena del siglo XXI. Aunque nació en Buenos Aires en 1974, hace ocho años que reside en Barcelona, donde trabaja como traductor y editor del sello Libros del Zorro Rojo, editorial que ha publicado más de ochenta obras ilustradas de ficción para el público infantil, juvenil y adulto. El escritor fuma en pipa desde los 18 años. “Oscar Wilde decía que ser prematuro es ser perfecto, vaya uno a saber qué habrá querido decir con eso”, cuenta García Schnetzer a Página/12, en un bar de Palermo, en Ravignani y Paraguay, a pocas cuadras de la casona donde imaginó que vivió Requena.
–Fumar en pipa es un tanto anacrónico, algo de otro tiempo.
–¿Acaso hay algo que no tenga lo anacrónico por destino? Hay un problema con lo anacrónico. El tiempo va desfigurando las cosas, lo va desfigurando a uno. Y a los modos de pensar también...
La entrevista completa, acá.
martes, mayo 05, 2009
Los debates salvajes
[Entrevista a Pola Oloixarac. Por Diego Rojas, para Veintitrés]
Hace tiempo que las tranquilas aguas de la literatura no se veían conmovidas por la publicación de una novela. La democracia y la posmodernidad parecían haberle quitado cualquier posibilidad de peligro a la literatura: todo podía ser dicho y ser tolerado, ya nada habría de causar escándalo. Sin embargo, Las teorías salvajes, la primera novela de Pola Oloixarac, dividió las aguas y provocó reacciones polarizadas. El escritor Guillermo Martínez opinó que era una “novela brillante, a la vez profunda y divertida, que logra convertir la teoría en prismas de inesperada belleza literaria”.
Para Beatriz Sarlo “las teorías (antropológicas, psiquiátricas, filosóficas, tecnológicas) fascinan, pero también son instrumentos para escribir una novela que yo no llamaría filosófica, sino de aprendizaje, no una ‘educación sentimental’ sino una educación a secas”. Pero así como recibió elogios, también provocó rechazos: “¿Puede alguien ser considerada nueva promesa de las letras y publicar una novela debut que, para digerirla, es recomendable usar hepatoprotectores?”, se preguntó Cicco en el diario Crítica. Diego Erlan señaló en su columna en la revista Ñ que muchos decían por lo bajo que Las teorías salvajes era una “novela sin amor y sin poesía”. Planta, una revista que circula en la Facultad de Letras, fue aún más lejos: pidió “una retractación pública por parte de Oloixarac” y planteó que, más que literatura, se encontraba allí “un consenso periodístico de derecha”.
¿Pero qué pudo haber escrito esa chica para provocar semejante revuelo? La novela narra las peripecias de su protagonista, obsesionada por los postulados del catedrático Augusto García Roxler y por su persona, mientras decide llevar adelante un plan para seducirlo que incluye ciertas aventuras con Collazo, un intelectual de pasado guerrillero. Al mismo tiempo, relata la relación entre Pabst y Kamtchowsky, dos nerds que incursionan en algunos hábitos sexuales y culturales alejados de su experiencia previa.
De cualquier manera, el texto es una excusa para revisar la actualidad de las imposturas intelectuales y políticas en la academia, el estado de situación de la cultura y el campo cultural y se ríe de la santificación de los setenta. En el comentario sobre el libro publicado en Veintitrés se dijo que Oloixarac era una especie de “Fogwill con polleras”. El mentado escritor opinó sobre la polémica: “Pola es una mina que va llegar lejos. Es mucho más culta que cualquiera de los que escribieron sobre ella. La verdad es que no me doy cuenta si la izquierda es atacada o no, porque yo opino igual a lo que plantea la novela”. Al ensayista y director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, el pedido de retractación le resulta raro, ya que la novela es “fresca y muestra una desfachatez inteligente y aguda. Usa una técnica de la provocación en términos de gran sutileza. Es un coqueteo insinuante con la deformación de la vida y estetiza con alegría algunos de sus rasgos, que son muy amargos. Y produce una nostalgia por el valor de la teoría a partir de teorías inexistentes”. Hace tiempo que una ficción no provocaba tanto apasionamiento. Y siempre es bienvenida la pasión a los debates que impulsa la literatura.
–Pola, ¿es una escritora de derecha?
–Claro que no. Pero la ausencia física de una extrema izquierda, desde la que se podría realizar una crítica valedera, hace parecer que cualquier crítica a la izquierda se realiza desde el lugar del mal. Como si habitara un bastión intocable. Yo fui formada en el pensamiento crítico, que es un valor de la izquierda, y cuando hay una serie de cuestiones que no se repiensan, quedan anquilosadas. Y hay que moverlas de alguna manera. Para eso utilizo la escritura.
[La entrevista completa, acá.]
lunes, mayo 04, 2009
Havilio mundial y reimpreso
A la vez que nosotros reimprimimos su formidable Opendoor, Caballo de Troya, el sello español (dirigido por Constantino Bértolo) lo lanza a la arena europea. El cielo es el límite.
martes, abril 28, 2009
Bailando en la Sociedad Rural
lunes, abril 27, 2009
jueves, abril 23, 2009
miércoles, abril 22, 2009
Retroceder, nunca; rendirse, jamás
Bizarra no se rinde
por Liliana Viola, para Las 12
Bizarra, que ya desde este título nada oculta ni tampoco exagera, constituyó una proeza. En el Centro Cultural Ricardo Rojas, en 2003, antes de ser el libro gordo que es ahora, Bizarra fue un espectáculo teatral que parecía estar cumpliendo a la perfección con una prueba delirante y digna de héroes de leyenda: construir una telenovela que sea una parodia de la telenovela y hacerlo en una sala teatral, con continuidad, dividida en diez capítulos a seguir no con el control remoto sino con el cuerpo, acudiendo a la platea dos veces por semana para reirse de la realidad abombada que nos dejó la crisis. Bizarra lo consiguió. Y como premio obtuvo un género roto, corrompido, ampliado y tocado además por el encanto de lo efímero. Bizarra desarrolla la historia de las hermanas Velita y Candela pero tiene espacio para incluir manzaneras, saqueos en supermercados, un calendario erótico... El género melodramático llevado a su máxima expresión en el contexto de una ciudad donde circulan sobrevivientes de una gran crisis nacional. Melodrama con actualidad, con los dramones argentinos, con los críticos que pretendieran reflexionar sobre la ruptura que se producía sobre el escenario, con la celebridad puesta a prueba. Una especie de comedia humana elevada no a la potencia sino a la impotencia argentina. Para quienes pensaran que el componente “fugacidad” fue el secreto de este engendro, la aparición de Bizarra en forma de libro obliga a pensar un poco más. El texto monumental consigue ahora una segunda proeza: se puede leer. Y se puede leer con la fruición con que se leen las fotonovelas, con la avidez con la que se miran los dramones imposibles, con el ojo torcido con que se busca el chiste y con la incredulidad con la que se leen los diarios. La historia que comienza en un frigorífico de Morón con un poema recitado por las reses, no se dispersa en ningún momento a medida que incorpora personajes, escenas y sobre todo estereotipos a burlar.
Los mandatos del género melodramático se mantienen, así como la topadora decidida a burlarse de todos. Una lectura que se asusta ante el tamaño de esta Bizarra, se alegra al ver que la locura puede durar.
viernes, abril 17, 2009
Scarbourogh Fair
Este año, Entropía multiplica el alcance de sus desaciertos y se presenta en la 35ª Feria Internacional de Libro de Buenos Aires.
Quien persevere logrará encontrarnos en el coqueto stand 2321 del Pabellón Amarillo, que compartiremos con los sellos Bajo La Luna, Paradiso, Caja Negra, Cactus, Cebra y Mármol-Izquierdo.
Habrá quema de libros y otras fantasías.
miércoles, abril 15, 2009
Havilio para las masas
Iosi Havilio, autor de la recientemente exportada Opendoor, se presentará en el ciclo Carne Argentina y promete leer extensas parrafadas de su obra magna. Aquí, la información:
Ciclo Carne Argentina Colección Otoño
Leen: Iosi Havilio, Teresa Arijón, Cristian Alarcón y Hebe Uhart
Jueves 16 de abril, 20.30
Bar de La Tribu [Lambaré 873]
Gratuidad absoluta
martes, abril 14, 2009
El grado cero de la utopía
A propósito de Bizarra, por Jorge Dubatti, para Ñ.
La edición de "Bizarra" constituye un acontecimiento descomunal en la historia del teatro argentino. Hay que agradecer especialmente al editor Juan Nadalini el riesgo de publicar la que tal vez sea la obra de teatro más larga del mundo (o al menos una de las más largas). Es un acontecimiento porque pone en evidencia la talla del genio de Rafael Spregelburd, cuyos detractores esta vez deberán llamarse a silencio para no tener que aceptar que hablan sin haber leído los varios centenares de páginas de esta pieza monumental. Es también un acontecimiento porque el texto publicado permite evocar de una manera más aproximada la poética del espectáculo teatral que durante semanas pudo verse en entregas, para regocijo de los espectadores, en el Centro Cultural Rojas de la UBA y que es, a nuestro parecer y el de otros muchos críticos e investigadores, un hito en ésta nuestra nueva época de oro del teatro argentino. Además, la edición permite ratificar la calidad literaria de este texto que afianza una de las modalidades más interesantes del teatro de Spregelburd: su línea explícitamente política, ejercida a través de una virulenta crítica social. No se salva nada ni nadie, no hay personaje positivo ni moraleja bienpensante. Como más tarde en "Acassuso" y "Bloqueo", "Bizarra" arrasa, pulveriza todos los discursos sociales para construir la metáfora de un país impresentable, berreta, insostenible, con formato de telenovela, que se parece mucho a nuestra Argentina.
Demolidos por la crítica todos los discursos, el espectador llega a través de la risa a un sentimiento de carencia y de sustitución y es invitado a imaginar el otro país que desearía, debería, podría tener. Nueva modalidad política de la sátira que denuncia una realidad degradada y, aniquilándola simbólicamente, permite ver que esa realidad ha sustituido a otra posible que no conocemos y deberíamos empezar a soñar. Es el teatro del grado cero de la utopía, a partir del que empezar a imaginar otra vez: Spregelburd no dice cómo debemos pensar, sólo invita a pensar nuevamente porque es indispensable. La operación política y poética puede sintetizarse: demolición, sustitución y vacancia, llamado por efecto de carencia o ausencia a imaginar o concebir la utopía de un país a otro, de un mundo mejor.
Bizarra posee además un rasgo notable: su escritura está amasada en la teatralidad, por lo que reafirma la conquista para la literatura argentina de un territorio nuevo y singular, no el de la "literatura dramática" o literatura escrita para el teatro, sino el del teatro en sí mismo –convivio efímero y eterno, cuerpos en acción, gramática del espacio e intensidad musical de los acontecimientos de escena– transformado en una nueva y extraña literatura. Muchos no comprenden aún la revolución que el teatro de Spregelburd significa; en el mejor de los casos les falta perspectiva histórica. Ojalá la lectura de la desmesurada y tan terrenal "Bizarra" los ayude para calibrar tamaño fenómeno artístico.
martes, abril 07, 2009
El peso de los sueños
Ariel Magnus revisita para Radar su traducción de Conquista de lo inútil, de Werner Herzog.
"Quiero alentarlo a traducir con total libertad algunos tramos del texto", me escribió Werner Herzog en su primer mail, "porque el tono poético es más importante que lo preciso de la descripción. Sobre todo bien al final, donde hablo del remolino de palabras, elegí en mi idioma palabras que siempre tuve en la cabeza por su sonoridad. Traducidas directamente, estas palabras pierden sin embargo su resonancia. En ese caso deberíamos buscar juntos palabras que a mí me parezcan maravillosas en castellano, como por ejemplo murciélago". El mail es de fines de 2007. En los meses subsiguientes le fui mandando la traducción por partes, ya que Herzog domina el castellano y se había ofrecido a leerla y eventualmente corregirla. Casi un año más tarde, cuando ya le había mandado el libro entero, Herzog me mandó su segundo correo, disculpándose por no haber podido mirar la traducción (había estado filmando la secuela de Bad Lieutenant, en este caso con Nicolas Cage en lugar de Harvey Keitel, y de inmediato se había ido a Venecia para poner en escena el Parsifal, me contó culposo, como si yo le hubiera pedido explicaciones). En este segundo mail vuelve a insistir sobre el "remolino de palabras": "Habría que buscar, en completa libertad respecto al original, palabras que en castellano tengan un sonido extraño y misterioso. Me ocuparé de esto en los próximos días y le mandaré propuestas". Herzog empezó a filmar en Etiopía y luego de nuevo en San Diego y después en Kashgar, por lo que las propuestas nunca llegaron. Tal vez fuera mejor así, porque no sé si me hubiera animado a traducir las palabras originales por otras distintas, por ejemplo murciélago, aun cuando me lo pidiera el autor.
Estos y otros pocos mails, aunque no muy útiles para los aspectos más prácticos de la traducción, sí lo fueron para mí desde un punto de vista conceptual. En primer lugar, porque pintan a Herzog tal como lo imaginaba y admiraba, es decir como un tipo obsesionado con una idea, un detalle mínimo en donde se juega de alguna manera el espíritu de toda su obra. Fitzcarraldo es sin ir más lejos la historia de una obsesión, tanto la historia que se cuenta en la película como la realización de la película misma. Por eso cuando el proyecto se estanca y aún no se ha decidido la incorporación de Klaus Kinski, Herzog se pregunta por qué no actuar él mismo de "Fitz". "Me atrevería a hacerlo –asienta en su libro–, porque mi tarea y la del personaje se hicieron idénticas."
Completo, acá.
lunes, abril 06, 2009
150 monos sobre Bizarra
Monumental, delirante e increíblemente divertida, Bizarra es una proeza. Para empezar, es una proeza de escritura. Las nada desdeñables 500 páginas que los 10 capítulos de la obra abarcan en la edición de Entropía son prueba suficiente de ello. Pero no vamos a ponernos en Coca Sarlo (ver Escritos sobre literatura argentina) para hacer un elogio del tamaño, más propio de una Alessandra Rampolla que de la otrora titular en Puán. No, las virtudes de la -extensa, para qué negarlo- obra que nos ocupa van mucho más allá de la cantidad de páginas. Lo primero que hay que notar es la pasmosa seguridad de Spregelburd para manejar el monstruo y sus más de 100 personajes, dosificando con justeza la intriga, ramificando el relato, aprovechando los recursos del género y trasgrediéndolos al mismo tiempo.
Sigue acá
viernes, abril 03, 2009
Las 10 preguntas / García Schnetzer
Por Sonia Budassi, para Perfil:
Es editor, traductor y escritor. En 2008 publicó la novela Requena por la editorial Entropía. Además, dirige colecciones del sello Libros del Zorro Rojo. En esta sección, habla de sus lecturas y de las rutinas, o la falta de ellas, al sentarse a escribir. “Escribo cuando puedo. Cuando puedo, muy raramente”.
Alejandro García Schnetzer nació en Buenos Aires en 1974. Estudió Edición en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Barcelona, instituciones en las que luego se desempeñó como docente. Desde 2004 trabaja como director de colecciones en Libros del Zorro Rojo. Ha traducido obras de Denis Diderot (La religiosa, Carta sobre el comercio de libros), Arthur Rimbaud (El barco ebrio), Luiz de Camões (Sangre y recuerdos), Fernando Pessoa (Cartas a Ophelia) y Eça de Queirós (El mandarín). En 2008 publicó la novela Requena por editorial Entropía.
–¿Cuál es el primer libro que recuerda haber leído?
–Un volumen de cuentos tradicionales rusos, regalo de tía Nora. Era un libro infantil publicado en castellano por una editorial de la Unión Soviética. Los ocho relatos que lo integraban se proponían algo extraño: difundir entre los niños hispanohablantes el valor de la colectivización y la planificación económica a través del costumbrismo, del folclore eslavo.
–¿Cuál es su autor favorito vivo?
–Mis autores favoritos están clínicamente muertos. De los vivos leo con interés a Eric Hobsbawm, resabio universitario que aún me acompaña.
–¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?
–El Ensayo sobre la población, de Malthus.
–¿Cuál es el último libro que leyó o que está leyendo en este momento?
–Terminé La insolación, de Carmen Laforet, que no es inferior a Nada, y ahora leo las Cartas de mi molino, de Alphonse Daudet, libro intermitente, donde algunos relatos son superiores a otros, como los que dedica al poeta Mistral o a los fareros de Sanguinaires. Imagino que Daudet, en su carácter, debió de ser una persona modesta; se resignó a trabajar en ocupaciones tediosas, sin embargo las contrariedades no le impidieron escribir algunas páginas admirables. Se dice que Daudet es invisible respecto de otros escritores de su tiempo, pienso que ese dictamen carece de importancia pues la lectura busca la emoción y ésta sucede cuando y donde quiere.
–¿Qué libro reciente no pudo terminar de leer?
–Trato hecho, de James Chasse. Alguien entró en casa una noche y me lo robó; sospecho que fue mi padre.
–¿Qué libro quisiera releer pronto?
–De Mitre a Roca, de Milcíades Peña, cuya parcial revindicación de Sarmiento creo entender y rechazar. También Jardín junto al mar, de Mercé Rodoreda, y Buenos Aires desde 70 años atrás, libro que José Wilde escribiera en 1881 y que tiene sentencias y pasajes muy curiosos, citaré dos: “Es extranjero, es verdad, pero muy civilizado” y “El cónsul holandés, señor Bilberg, murió herido por un cohete volador, en la inauguración del ferrocarril de Chivilcoy”. Cómo no pensar en Bilberg, en su destino; y en sus parientes de La Haya, recibiendo tal noticia.
—¿Cuándo escribe?
—Cuando puedo, muy raramente. De lunes a lunes trabajo como editor y traductor; en la mazmorra que habito debo leer y escribir sin descanso. De modo que la otra escritura, la romántica, por darle un mal nombre, sólo puede sobrevenir cuando logro desplazar a la primera, es decir más o menos cada vez que un camello pasa por el ojo de una aguja.
–¿Quién debería ser el próximo Nobel?
–Alguien que de verdad necesite el dinero.
–¿Cuáles son sus rituales o supersticiones a la hora de escribir?
–Supersticiones para escribir no tengo. Como ritual, una vez que el camello ha pasado, suelo escuchar un disco instrumental de Gustavo Mozzi: Los ojos de la noche, un trabajo notable bajo cuyo influjo fui escribiendo Requena. (Acaso Gustavo Mozzi esté ahora repitiéndose los versos: “¿Cómo pude engendrar este penoso hijo / y la inacción dejé, que es la cordura?”)
–¿Cuál es su comienzo favorito de la literatura universal?
–“De mi abuelo Vero, el buen carácter y la ausencia de cólera. De la fama y el recuerdo del que me engendró, la decencia y la virilidad. De mi madre, la devoción, la generosidad y refrenarse tanto de hacer daño como de tener la idea de hacerlo; además, la sencillez en el régimen de vida, lejos de las costumbres de los ricos.” Marco Aurelio, Meditaciones.
martes, marzo 31, 2009
"Escribo mejor de lo que filmo"
Eso dice Werner Herzog en la entrevista que le realizó Andrés Hax para la revista Ñ, a raíz de la publicación de "Conquista de lo inútil", traducido por Ariel Magnus para esta casa editora.
El texto completo de la nota, acá.
miércoles, marzo 25, 2009
martes, marzo 17, 2009
jueves, marzo 12, 2009
Los saberes de la infancia
A propósito de Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi, por Alejandro Caravario para Llegás a Buenos Aires.
Uno, varón al fin, podría caer en la tentación de leer Los domingos son para dormir, el muy bello libro de relatos de Sonia Budassi, como fisgón.
Quiero decir, adentrarse sigilosamente en territorio femenino y auscultar la intimidad (meditaciones, anhelos, preferencias sexuales, soliloquios inconfesables) de esas heroínas sencillas, como las que alguna vez invitamos al cine o les propusimos un porvenir sereno y colmado de niños.
Sería una lectura instrumental, de servicio, acaso valiosa en el arduo mercado de la seducción y la conquista, pero condenada al desconcierto. Porque las mujeres que animan los cuentos de Sonia son incompletas, vacilantes, inestables. Habitantes de un mundo de transiciones, un limbo en el que se superponen (no se suceden, ahí está el problema de esta gente) la inocencia infantil y el rigor de la adultez, el legado familiar (aquella información segura y anticuada) y el protocolo de la chicas modernas con aspiraciones profesionales, la periferia (el pago chico) y el centro.
Escenario clave, la casa. Allí se juegan los pormenores del coto femenino. Sólo que el lugar que antes protegía es ahora la exposición de un tablero que nunca se acomoda, donde todo es desorden. El relieve caótico de la soledad. Como en “Todo lo de anoche”, un cuento sobre la resaca del domingo (un día para dormir), en que una joven junta sus pedacitos y los de un departamento estragado.
Aun así, sobrevive en ella (y creo que en todos los personajes de Sonia) un resto poderoso de voluntad erótica (sus chicas son chicas guerreras, atentas al delineador y a los efectos de las medias de red) que su compañero desaira. Pero no es el desamor sino la eventualidad pura lo que resalta el encuentro fallido, el sexo insípido. Por lo demás, los hombres de Los domingos son para dormir -borrosos, fuera de foco- suelen ser insuficientes.
Sigue acá.
martes, marzo 10, 2009
lunes, marzo 09, 2009
Hacia una literatura más radical
[Reseña de Las teorías salvajes, por Hernán Vanoli para Ñ.]
Cuando una novela aborda de modo directo núcleos traumáticos de la sociabilidad que la constituye y alimenta, y además muestra la voluntad de cuestionar ciertas prácticas y creencias presentes su comunidad de lectores potenciales, ese ímpetu de trascendencia, por más que venga acompañado de los correspondientes anticuerpos, funciona como un hecho político – literario en el que vale la pena detenerse. Las Teorías Salvajes, de la debutante Pola Oloixarac, cumple con estos requisitos.
La novela es, a primera vista, el diario desbocado de una estudiante de filosofía que sueña conquistar a un titular de cátedra. Este diario convive con la historia de amor entre Pabst y Kamtchowsky, dos bloggers que, retratados con despiadada ironía, encarnan los clichés propios de una microcultura arraigada en un sistema de referencias geek cuyas coordenadas van de You Tube y la modernidad periférica del circuito de las artes visuales a Los Goonies y las películas de Olmedo y Porcel, pasando por la filosofía de Leibniz y la revista Humor. Recorrido hiperbólico entonces, que a través de la lógica de la redundancia y la superposición disecciona un humus emotivo generacional, como si Oloixarac fuese una etnógrafa trash empantanada en el fango académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, con la que se muestra inclemente pero de la cual, sin lugar a dudas, es un producto refinado.
Diario y romance narrado en tercera persona se ven interrumpidos por mazazos o bocetos de esas “teorías salvajes” que conforman el núcleo de la novela: una ambiciosa ontología de lo humano (la “Teoría de las transmisiones yoicas”, que apuesta por una suerte de neo-racionalismo pragmático e historicista, no teleológico), y unas acaso más interesantes reflexiones sobre lo actual (“había comprendido que el régimen de acceso a la empatía contemporánea se encuentra vinculado al uso inteligente, glamoroso, de la crueldad”) que, de a momentos, acercan su propuesta a la de Michel Houellebecq o Frederic Beigbeder. Pero, a diferencia de lo que ocurre con los franceses, el deseo de producción de verdad que sostiene Las Teorías Salvajes surge de procedimientos que asumen el riesgo de apropiarse y de re-contextualizar la jerga heredada de la filosofía canónica, haciéndola, al fin, productiva.
A la hora de abordar la herencia de la militancia setentista, la novela cae en su propio diagnóstico generacional. Así, aunque la repetición de ciertos gestos pop sobre las fricciones entre líbido social y proyecto político no están a la altura de su inteligencia, estamos ante el triunfo de una voluntad que reclama un espacio diferente para la literatura, acaso más radical.
viernes, marzo 06, 2009
Dormir, soñar, huir
[Guido Carelli Lynch reseña, en Ñ, Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi.]
“Compulsión a la repetición” es el título de uno de los nueve relatos de Los domingos son para dormir, el primer libro de cuentos de Sonia Budassi y, también sin querer (queriendo) una declaración estética de la autora sobre su propia antología.
No se trata de reiteraciones sintácticas y mucho menos de una falencia de una escritora que ha dado sobradas cuentas de su manejo del idioma. Es, más bien, la reconfirmación de una voz, de un tono unificador en cada cuento, que terminan por sellar una unidad narrativa bien palpable.
La primera persona como voz narradora y protagonista en todos los relatos sirven para plasmar eso cometido monocorde. La omnipresencia de la pérdida de los padres, lugares, amantes, infancia o juventud, amores de una y otra forma, se reflejan y multiplican de un cuento a otro y refractan una emoción acabada de nostalgia. “La nostalgia es un espectro con armas de guerreros, pero se mezcla y se gasta”, se lee en el cuento citado.
Cada relato parece un segmento distinto en la vida del mismo personaje, esa mujer entre los veinte y los treinta, varada entre la ciudad (Buenos Aires), el pueblo (Bahía Blanca o Pehuancó) y dudoso primer mundo (Nueva York), que ama y odia al mismo tiempo sus rutinas y ritos compulsivos. La acción es mucho más estática que dinámica, más reflexiva que prosaica. El título que da nombre a la antología, hilvana los relatos en un tiempo muerto que es metáfora de las tardes de domingo. Si la autora acierta en la combinación de factores para plasmar una emoción, menos efectiva parece, por momentos, la cadencia interrumpida por el tiempo presente, aclaraciones, paréntesis reiterados y excesivos guiños autorreferenciales, que acaban por minar la paciencia del lector de igual manera que el clima opresivo de la depresión dominical.
Más allá de los juicios estéticos, subjetivos, circunstanciales y arbitrarios, es para festejar la audacia de Budassi – y de Entropía- independiente de la lógica comercial que determina la imposibilidad de un futuro más promisorio para un género siempre amenazado. Lógica a la que Budassi le lleva la contra desde la pequeña utopía que ella misma creó en la editorial Tamarisco y desde su propio ímpetu narrativo.
jueves, marzo 05, 2009
En faldas y a lo loco
[Silvina Friera resume para Página/12 la charla entre Terranova y Oloixarac del pasado martes.]
La comedia de la calle Puan
La inauguración del ciclo “Los martes de Eterna Cadencia” arrancó con Pola Oloixarac, autora de una primera novela, Las teorías salvajes (Entropía), que la instaló en un lugar de provocadora y revulsiva –hasta de chica mala o incorrecta de la literatura argentina– entre críticos, periodistas y lectores. Aprendió, rápido, a agitar el ambiente y a generar discusiones. Entrevistada por Juan Terranova, este “dúo dinámico” se sacó chispas, especialmente cuando se puso las cartas sobre la mesa de la sempiterna pulseada entre los del bando de filosofía (Pola) y los de letras (Terranova). El aplausómetro del público que desbordó el bar de la librería, por el ímpetu de las palmas de algunos más que por la convicción, se inclinó, hay que decirlo, a favor de la filosofía, carrera que estudió Oloixarac en “un ecosistema gagá donde se permitía al académico gagá convivir a gusto con el deterioro institucional”, tal como la define a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires la narradora de la novela. “Es difícil hacer una reflexión crítica de este libro, pero lejos de ser un obstáculo para su lectura resulta una virtud”, admitió Terranova.
Después de enumerar una serie de ideas que le generó la lectura de Las teorías salvajes –la filosofía como insatisfacción, el campo intelectual porteño como circuito de entrenamiento del narcisismo, “un libro que, más allá de su alta calidad literaria, faltaba por su contundente pronunciamiento sobre lo contemporáneo” y “Houellebecq en la calle Puán”, entre otras puntas–, Terranova señaló que “no hay posibilidad de que en la Argentina, más aún, en nuestra Argentina cibernética y kirchnerista del presente, las teorías no sean salvajes”. Ante la pregunta del escritor sobre la ausencia en la novela de un conocimiento positivo, Oloixarac dijo que “hasta los personajes más secundarios plantean relaciones entre la teoría y la acción; todos buscan contrastar teorías y, por lo tanto, inscribirse en una suerte de situación, de producción de verdad”. Terranova recordó que tuvo una discusión con una lectora de la novela respecto de si todos los personajes del libro eran feos, categoría que representarían dos de los protagonistas principales, Kamtchowsky y Pabst. Pola pegó un grito y aclaró: “Estos feos no son como el personaje feo que está marginado, que es como un nabo y nadie lo quiere. Los personajes feos acceden al cálido núcleo de la aceptación sexual, de hecho se mezclan. A mí me interesaba crear esta matriz porque la cuestión que me parecía más importante es que el sexo, una pasión que me parece totalmente contemporánea, es la pasión por la autoestima”.
Leer todo.
martes, marzo 03, 2009
Fin de fiesta
[Reseña de Bizarra, por Gabriel Zayat para "Llegás a Buenos Aires"]
Y cinco años después se editó Bizarra. La obra que se consagró como una monumental fiesta del teatro, a la que acudieron más de ocho mil espectadores e indagó sobre la posibilidad de referirse, siempre con una distancia paródica y una ácida ironía, al género de la telenovela y al contexto político social de la Argentina del 2003, llegó a las librerías. Una telenovela teatral, una teatronovela. El guión de Bizarra se presenta con la expectativa implícita de poder soportar una existencia puramente literaria. Aquel contexto político y social en el que surgió, ya no existe. Ni su soporte escénico, ni los miles de espectadores, ni los casi 80 actores que participaron en sus diez ediciones, ni las figuritas, ni aquella fiesta… pero surgió el libro. Una fiesta en formato de libro.
Es sabido que la verdadera esencia del teatro se concreta en escena, que leer una obra de teatro es una experiencia más cercana a lo literario que a lo teatral. El texto dramático incluye (aunque existen corrientes que las excluyen deliberadamente) las didascalias, que determinan su potencialidad escénica. El teatro suele ir del texto a la escena, y en ciertos casos leer teatro puede ser una actividad aburrida, o al menos incompleta. Así como relatar un sueño no es soñarlo, leer teatro no es experimentar teatro. En este caso leer Bizarra después de tantos años, sabiendo que no es sólo improbable sino imposible que se reponga como puesta, es una experiencia de otro orden. Se trata de una aproximación, una forma de volver a experimentar (aún sin haberlo visto) aquello que alguna vez existió, que despertó los odios mas incondicionales y los amores mas irracionales y se transformó en un extraño acontecimiento, algo sin precedentes, en un fenómeno absolutamente inédito en la escena teatral porteña.
Completo, acá.
viernes, febrero 27, 2009
Pola Live, In Concert
La autora de la casa Pola Oloixarac, responsable de cada uno de los párrafos de Las teorías salvajes, será objeto de una exhaustiva disección pública, a cargo del forense Juan Terranova.
La cita es el próximo martes 3/3 a las 19:00 horas, en el marco del novel ciclo Los martes de Eterna Cadencia (Honduras 5582, Palermo, Capital Federal).
miércoles, febrero 25, 2009
Bellatin y el relieve pampino
[Texto escrito y leído por Ariel Schettini durante la presentación de Condición de las flores, de Mario Bellatin.]
Para negar la sentencia que diagnostica que los argentinos somos pedantes y altaneros, contamos con una serie (estoy tentado de decir: un ramillete) de visitantes ilustres que han apostrofado a los argentinos de modos diversos. No me refiero a los ya célebres “viajeros del siglo XIX” –aunque podría incluir en esta lista a los “naturalistas” (porque algo de naturalista hay en la obra que nos convoca), sino a aquellos que durante el siglo XX no han cesado de hacer de esta pobre patria un hogar que demandó de ellos epítetos y exhortaciones, títulos y advertencias.
En el año 1932, Borges adjudicó la autoría de la definición del efecto geográfico astronómico de la pampa (la vastedad del horizonte) a uno de los tantos “visitantes ilustres” de Victoria Ocampo, Pierre Drieu La Rochelle. En su paso por Argentina, antes de su “conversión” al nazismo, dijo la frase que es relatada por Borges así: “(...) recuerdo que salimos a caminar por los arrabales de Buenos Aires. No sé si era por Chacarita, por el puente de Alsina, por Barracas, no recuerdo bien dónde, pero de pronto sentimos la gravitación de la llanura. Habíamos dejado las casas y estábamos entrando en el campo, entonces Drieu dijo una cosa que no recogió en ningún libro, pero que es la definición de la llanura, que todos los escritores argentinos hemos buscado, con la cual no hemos dado. Fue necesario que aquel normando viniera y nos la dijera. Dijo: ‘Vertige horizontal’, es la expresión magnífica (...)” (Revista Sur, Nro. 349.)
No muchos años después, en una de sus conferencias en la Universidad de La Plata, Ortega y Gasset, otro visitante ilustre, nos calificó de modos varios (en todas sus versiones uno podría decir que eran formas educadas y finas de decir que los argentinos eran haraganes…). Pero lo hizo con un argumento de la “Geografía Humana”: Ortega miró la vasta llanura pampera y percibió que en esa inmensidad que se hundía había algo de la idiosincrasia argentina: la idea de un país cuyo valor consistía en ser una pura promesa que jamás se habría de realizar. Como Ortega y Gasset era filósofo, creyó que una palabra suya era suficiente para cambiar ese destino ya trazado en la orografía y decidió poner manos a la obra y hacer del relieve pampeano un desafío que su sola voz habría de transformar como un terremoto: “Argentinos, a las cosas”, rezó, para la sabiduría o el misterio nacional.
Seguramente hubo otros, pero hoy me preocupa agregar uno más a la lista: la semana pasada, invitados por la Fundación que dirige Arturo Carrera, un grupo de artistas e intelectuales fuimos a conocer el proyecto de Estación Pringles. Conocimos la Estación de Quiñihual, donde pronto habrá una residencia de artistas, que en el medio de la pampa podrán ver florecer su obra, protegidos por la hospitalidad de otros artistas. Allí, Arturo Carrera confrontó a Mario Bellatin con el Paisaje chato, uniforme e indudablemente rico, y el Autor de Condición de las flores dijo su frase para el bronce.
Ajeno a la historia de extranjeros que lo precedían, dijo aquello que los argentinos esperan que se diga cuando se coteja a un foráneo con esa rareza del relieve pampeano.
Como en todos los casos en los que habla, casi sin intención o fingiendo espontaneidad, Bellatin inauguró la lista ilustre del siglo XXI.
El hombre miró la llanura, y luego de una meditación corta y bajo el rayo del sol que nos doblegada, pronunció las palabras. Dijo (y aquí la entrego para la meditación colectiva): “¡Qué verde es casi todo!”.
Seguir leyendo...
lunes, febrero 23, 2009
Culebrón bizarro
[Reseña de "Bizarra", por Celia Dosio para "Perfil"]
No se hace una tele-novela, con sus entregas semanales, en un teatro. No se puede hacer reír con temas tan serios como la crisis de 2001. No se monta una obra de teatro-arte con un elenco de más de cincuenta actores. Tampoco se habla de política en un culebrón ni se permite al público elegir entre posibles finales. Sin embargo, Rafael Spregelburd escribió, digirió y hasta actuó en Bizarra una “teatro-novela” en diez capítulos que fueron estrenados de a uno por semana en el Rojas entre agosto y noviembre de 2003.
La fórmula era la vieja y conocida historia de dos hermanas separadas al nacer, una vive en la riqueza y opulencia; la otra, es pobre y desgraciada pero llena de virtud. Según Spregelburd, esa fue la excusa para poner en escena la disparatada idea de que en la Argentina la memoria y la política se viven en clave melodramática.
La extraña conjunción de los lugares comunes de la telenovela latinoamericana y la narración del derrumbe del país involucró en una misma trama a personajes tan disímiles como la rubia de ABBA, el coro de Bomberos Voluntarios de Luján, una artista pop, un sindicalista troskista, Jorge Dubatti, monjas alucinadas, falsas travestis, policías de otras obras de teatro y hasta el mismísimo Satanás. Hubo también un álbum de figuritas de Bizarra, un CD y una colección de fotos pseudo eróticas de los protagonistas.
La Editorial Entropía entendió el valor de todo esto y acaba de publicar la versión completa de la teatronovela. Incluyendo un epílogo en donde el autor dialoga con Javier Daulte: cuentan anécdotas muy divertidas, aportan su pertinente y lúcida reflexión teórica y no se privan de repetir las ventajas de nuestro teatro comparado con el del viejo continente. La experiencia de lectura de Bizarra es necesariamente distinta –falta la inmediatez, los errores, la precariedad– pero se disfruta como un buen folletín.
miércoles, febrero 18, 2009
Boca de urna
Este es el listado de los ejemplares más vendidos, durante la última semana, en Librería Otra lluvia (Bulnes 640), según "Radar Libros".
FICCIÓN
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo
Haruki Murakami
Tusquets
Las teorías salvajes
Pola Oloixarac
Entropía
Virilidad
Cynthia Ozick
Bajo la Luna
Recorre los campos azules
Claire Keegan
Eterna Cadencia
Los encubridores
Muriel Spark
La Bestia Equilátera
lunes, febrero 16, 2009
La teoría en tiempos de Google
[Beatriz Sarlo escribe en "Perfil" sobre "Las teorías salvajes", de Pola Oloixarac.]
El pececito se llama Yorick y la gata Montaigne Michelle. Su dueña se aferra a una “edición trilingüe de la Metafísica de Aristóteles” y usa “gorra de escribir” como Jo en Mujercitas. Una tormenta le impone, como toda la naturaleza, su “efecto gótico” y el terror la conduce a una cita de John Aubrey sobre la costumbre de Hobbes de cantar de noche desgañitándose porque creía que así beneficiaba sus pulmones. Inmediatamente, por deslizamiento, llega Rousseau que, como Hobbes, también protagoniza episodios de paranoia “clásica y barroca”.
Cualquier párrafo de la novela de Pola Oloixarac ofrece esta variedad de remisiones culturales. La Facultad de Filosofía y Letras de la UBA es la patria de adopción de la narradora (alias Rosa Ostreech: Avestruz Rosado), hija vengadora y respetuosa, satírica y disciplinada de la heterotopía cuyo lugar físico es Puán y Pedro Goyena. Las teorías salvajes no podría haber salido de una cabeza educada en otra parte; a quienes conocen la abigarrada escena de la Facultad esta novela les resultará algo así como una carta escrita por un pariente próximo que desprecia y ama los cuatro pisos del edificio y los personajes de picaresca que discurren allí (los vendedores de videos y discos truchos o de panes rellenos, los organizadores de iniciativas descabelladas que la novela, al pasar, pone en ridículo, las profesoras arratonadas, los ayudantes de cátedra solícitos, los titulares carcomidos por la decrepitud y la repetición que se transforman en objetos eróticos de estudiantes obsesivas, ávidas y ambiciosas).
Las teorías salvajes muestra lo que se puede hacer con lo que se aprendió en la Facultad, o sea que, a su modo, es un panegírico del mundo universitario que ha convertido a una mujer joven y bella (narradora, personaje, conste que no digo autora) en una especie de monomaníaca para quien lo erótico se consume o se consuma en la pasión filosófica y viceversa. Reivindicación hipercrítica de Puán y Pedro Goyena, la novela se apoya sobre el mismo suelo que convierte en un campo minado. No hay por qué pensar de antemano que eso carece de un interés más amplio, porque todo depende de la eficacia de la sátira que a veces es veloz, inteligente, cruenta, y otras, demasiado engolosinada con su perspicacia.
Fiel a esta heterotopía del Saber, la narradora tiene siempre un libro a mano para fregarlo contra el hocico de su gata en un gesto de didactismo mimético; o para contar una performance porno-underground o un trip de pastillas y polvos diversos en una disco. Las teorías (antropológicas, psiquiátricas, filosóficas, tecnológicas) fascinan, pero también son instrumentos para escribir una novela que yo no llamaría filosófica, sino de aprendizaje, no una “educación sentimental” sino una educación a secas.
Se podría hablar de los procedimientos intertextuales que ponen de manifiesto esta educación, de las citas de libros reales o de textos inventados. Sin embargo, no estoy muy segura de que “intertextual” sea la palabra adecuada. Habría que buscar otra. La intertextualidad pertenece a la época de las bibliotecas reales y de las enciclopedias. Las citas, alusiones y ficciones teóricas de esta novela son de la era Google, que ha vuelto casi inútil el trabajo de hundir citas cifradas porque nada permanece cifrado más de cinco minutos. Sylvia Molloy escribió que la erudición borgeana era incierta y finalmente poco confiable. Esa cualidad dudosa de la cita, que producía la indeterminación de los textos de Borges, hoy no tiene condiciones de posibilidad: no hay incertidumbre; verdadera, modificada o intacta, la cita siempre se encuentra a pocos golpes de teclado; y las citas falsas no aparecen entre los resultados del buscador.
El personaje de Las teorías salvajes lleva una mochila llena de libros, posee los clásicos en las lenguas correspondientes, clasifica con cartoncitos los estantes de su biblioteca. Pero ella y nosotros sabemos que allí está Google, burlando la colección de libros y artículos sobre papel, como una amenaza a la custodia privada del saber. Atento a esta cualidad Google, Tulio Halperín Donghi, en Son memorias, reemplazó todas las referencias a libros que conoce perfectamente por una fórmula leve y divertida: “Google me informa”. Después de Google, no hay erudición sino links. Las teorías salvajes vive desesperadamente esta situación y quizá por eso Pola Oloixarac acumula referencias.
Aunque Hobbes es “el centro flamígero” de la biblioteca y las teorías de un antropólogo apócrifo invierten la ficción freudiana en torno al asesinato del Padre, Las teorías salvajes sobresalen más en el aforismo y el mot d’esprit: un setentista es un “trasto viejo de ideologemas” y está “envuelto en su extraño glamour de veterano de guerra sucia”; el consumo de cumbia por las capas medias es una “degeneración chic de lo inadmisible”. Igual que Laura Ramos, Oloixarac es implacable con la educación recibida como hija de “progres”: a los chicos no se les compra helados Massera y en los colegios está bien visto “escribir ensayos sobre los desaparecidos y poemas sobre la dictadura en las clases de expresión corporal”, cuyos títulos pueden ser “Pégame y llámame Esma”. La caricatura de esos años de infancia es tan sarcástica como eficaz, con una sola excepción: no funciona la parodia del diario íntimo de una militante setentista que la novela transcribe. La parodia necesita una idea más exacta del texto a parodiar y Oloixarac no la tiene.
En paralelo a la historia del desenfrenado erotismo filosófico de la narradora nacida y criada en Filosofía y Letras hay otra historia, que transcurre en el escenario de lo semi fashion, semi cool, bizarro de Buenos Aires, donde cada minoría cultural es el centro de pequeños oleajes de celebridad marginal (en realidad: todo es margen). Esos personajes, por un capricho de la fortuna, acceden al estatuto de celebrities fugaces. Allí hay de todo: hijos de madres setentistas (exactamente captadas con su pelos al viento a lo Farrah Fawcett y sus largas polleras), parejas en busca de parejas que arman una especie de colonia urbana para el sexo, las drogas, la difusión de videos, y la creación de una página de games en Internet que se inaugura con Dirty Wars 1975, nerds, cumbieros y, como pintoresco desafío, un empleado de MacDonald’s con síndrome de Down que se masturba con la protagonista de videos under porno. Este abanico de life-styles tiene una dinámica merecidamente mayor que el reducto Puán de las pasiones filosóficas. La zona juvenil de Las teorías salvajes, en especial una noche en la disco y la realización del video-game cuya acción transcurre en los años setenta, muestra una vitalidad exuberante, acentuada por la original insistencia con que Oloixarac escribe sobre los cuerpos feos y las materias o los olores inmundos.
La mezcla de bizarros, nerds y beautiful people produce un tratado de microetnografía cultural más convincente que los que resultan de las pasiones teóricas. Las teorías salvajes están allí.
jueves, febrero 12, 2009
Un espectáculo de realidad
Por Virginia Cosin [para revista Ñ]
La materialidad física de Condición de las Flores, el último libro publicado por el escritor mexicano Mario Bellatín, no es diferente de la de cualquier libro clásico: sus páginas están encuadernadas entre una tapa y una contratapa, en la solapa se consignan los datos biográficos del autor, en su interior no hay fotos, ni dibujos.
Sin embargo se trata de un libro-objeto. Una “caja negra” dentro de la que se encuentra una combinatoria de elementos que más tarde serán revelados. Un artefacto por medio del cual es posible asistir al proceso de apareamiento y germinación de algunos de los textos que ya forman parte del canon de la nueva literatura latinoamericana.
Efecto invernadero, Lecciones para una liebre muerta, Canon perpetuo, Salón de belleza, El gran vidrio son, entre otros, algunos de los títulos que Bellatín publicó a través de importantes editoriales una vez que su nombre comenzó a circular. Actualmente considerado uno de los exponentes principales de un tipo de literatura radical y novedosa, lejos de la tradición y cerca –mucho más cerca- del nuevo boom que rompió (si hace crack es boom) con los parámetros previamente establecidos, dueño de un estilo que escapa a las convenciones: fragmentario, escueto, sincrónico, atonal; Mario Bellatín fue, en algún momento, un escritor anónimo. Durante ese tiempo, debido a una suerte de temor patológico, carente de recursos económicos (no podía siquiera sacar fotocopias), les entregaba a sus amigos en consignación una serie de textos -borradores, apuntes- mecanografiados en una máquina portátil Underwood del año 1915, para que los resguardaran de posibles catástrofes. Buena parte de esos mismos textos fueron, también, ofrecidos como forma de pago a su psicoanalista de orientación lacaniana. “Me pagas con palabras”, fue la propuesta de ella, en aquel momento. El valor de esos textos, adquiridos en pleno ejercicio de la transferencia analista-paciente, creció con el correr del tiempo a medida que crecía la figura del escritor. Años más tarde, abocada a la tarea de recopilar esos escritos dispersos, la crítica Graciela Goldchluk contactó a la psicoanalista Laura Benetti quien, en un acto auténticamente “derrideano” los donó para que fueran publicados.
Condición de las flores es, entonces, un libro de pre - textos que se funden con el contexto (la historia que rodea su publicación), de modo que sus bordes se desdibujan, se derraman unos sobre otros como una pieza de alfarería en pleno proceso de elaboración, en el que las manos untadas de material no se distinguen del objeto. Allí, adentro y afuera son uno: el libro se hace y se deshace en sus intersticios. Las anotaciones de Goldchluk bordan los márgenes del libro, reponiendo a partir de una meticulosa descripción las condiciones performáticas del escrito original: desde el tipo de papel utilizado hasta el color de la birome con la cual el autor realizaba las correcciones del texto mecanografiado en la vieja máquina de escribir.
Mario Bellatín ha confesado que este es un libro que, habiéndolo escrito, no fue leído por él jamás. De modo que el interés que despierta, más allá de la curiosidad que pueda suscitar su lectura, reside en su particular construcción de alguna forma ejecutada a cuatro manos y a la manera de un ready made. Gracias a su particular carácter híbrido, se instala en el panorama actual más como una obra de arte contemporáneo, un “espectáculo de realidad” como lo definiría el crítico rosarino Reinaldo Laddaga, que como un tradicional objeto literario.
martes, febrero 10, 2009
jueves, febrero 05, 2009
Preguntan si...
¿Te sentís parte de una generación literaria? ¿Qué elementos los hermana además del momento y del lugar?
La generación existe, no es cuestión de sentirse parte o no. Supongo que todas las épocas tuvieron sus camadas de nuevos escritores, pero lo que hay ahora, y que se nota desde hace unos cuatro años, es una herramienta como Internet que les permitió, en principio, darse a conocerse entre ellos. Así como en otras décadas los autores se nucleaban en torno a revistas, ahora lo hacen a través de blogs y de sitios digitales. Paralelamente a eso surgieron algunas editoriales independientes como Entropía –en la que edité mi primer libro y voy a editar el próximo– y se armó un circuito de lecturas que ayudó a crear un clima. En cuanto a los autores, no veo ningún patrón común. Por suerte hay una gran variedad de concepciones y de estilos.
De una entrevista que le hizo Valeria Tentoni a Ignacio Molina, y que se puede leer completa: acá.
lunes, febrero 02, 2009
Dasbald lee a Oloixarac
["Huida y lectura rápida", publicado en La lectora provisoria]
Tratando de huir a los microefectos negativos que me provoca el contacto con mi familia política, de la cual una parte esta noche viene de visita a mi hogar dulce hogar, salgo a la calle, me encamino hacia una librería tratando de comprar Las teorías salvajes de Pola Oloixarac. Pronto me doy cuenta de que estoy ante un posible pequeño best seller, si es que apresuradamente se puede llamar así al efecto de haberse agotado en una, dos, tres, cuatro librerías. Finalmente hay dos ejemplares en una sucursal de Hernández sobre los que me abalanzo discretamente. Entonces pago, miro de reojo alguna que otra cosa, pero básicamente salgo rápidamente del local y más rápidamente intento abandonar la zona de la avenida Corrientes con su aire de fantasma setentista de sábado por la noche. No es que la calle Corrientes me parezca insoportablemente espeluznante y horrible bajo cualquier luz o a cualquier hora del día, debiendo escapar imperiosamente cada vez que necesito frecuentar sus inmediaciones, sino que en esta ocasión su fealdad no es suficiente. Debo buscar algún espacio o sitio aún más espantoso que silencie el continuo tic tac con el que una bomba de horror doméstico me acosa: ellos, es decir, mi cuñado, el primo de C., en fin, y algunos otros miembros de la tribu de los Campanelinsky, en este momento deben de estar paseándose por mi casa y sus pasillos, inspeccionándolo todo, hablando a los gritos, etc. Por lo tanto, no se me ocurre nada mejor que el Alto Palermo para esta emergencia. La noche recién comienza y el show aún no.
Todo, acá.
jueves, enero 29, 2009
Los domingos no son cartesianos
A propósito de Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi
Por Patricio Erb, vía Malón Literiario 2.0
“¿Qué cuento te gustó más?” Sin lugar a dudas esta era una del 99% de las preguntas periodísticas que conocen de antemano su respuesta. “No sé”, me dijo la autora de “Los domingos son para dormir” (Editorial Entropía), que de inmediato amplió su contestación contándome los cuentos preferidos de otros. “Los domingos son para dormir”, de Sonia Budassi, invita, del primero al último de sus relatos, a mirar una pantalla de 1000 pulgadas de ideas que buscan desesperadamente un pedazo de carne. “Acto de Fe”, “Seis menos dos”, “Fuera de temporada”, estuvieron entre los mencionados por Budassi (que otros le dijeron), como las narraciones que más gustaron. Tal vez estos tres cuentos pueden pensarse como el paso de la racionalización cartesiana más brutal a la materialidad del dolor (sea de felicidad o de tristeza).
“Acto de Fe”, con mirada femenina, hace recordar a "Memorias del Subsuelo", de Dostoievski. La protagonista, sola en el extranjero edifica sus relaciones (lo maravilloso, lo más o menos, lo terrible) de forma imaginaria. Incapacitada de gritar... de decir, la actriz principal del cuento mantiene vínculos ficcionales con los que la rodean. Pese a todo, allí deviene lo concreto: la muerte, como una irrupción en la vida intelectual, inmóvil, de ella, que sabe pero no puede. Imaginando una línea progresiva hacia la tangibilidad, el cuento “Seis menos dos” podría funcionar como un puente entre lo intelectivo y lo material: la vida de una niña de campo que, dentro de su mundo enfant, vive junto a sus tres hermanos, en casi una misma escena, el nacimiento (fallido) de un ternero y la muerte de sus padres.
Con respecto al primer cuento aquí mencionado, en “Seis menos dos” se observa un giro: la niña protagonista del cuento, dentro de su inocencia, es parte del barro del mundo; mira como sus hermanos (sin éxito) ayudan a parir a un ternero, siente dolor al clavarse una astilla y asume con naturalidad que no verá nunca más a papá y mamá. Finalmente “Fuera de temporada” es el punto de llegada de esta falsa progresión que elimina por completo al mundo de las ideas platónicas. Llegar a Pehuancó en diciembre significa abandonar el racionalismo cartesiano y entrar definitivamente al “conocimiento de sí” foucaultiano. No se trata de empezar a leer libros de autoayuda, sino de enfrentar físicamente los problemas que nos atormentan. Tres amigas en un balneario (nada chic) del sur de la provincia de Buenos Aires fuera de temporada, es la entrada concreta de “Los domingos son para dormir” a lo bello y a lo desagradable de la vida.
lunes, enero 26, 2009
Retrato del Yo
A propósito de Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac
por Mariano Dorr, para Radar
Algunos de los primeros capítulos de esta novela filosófica comienzan con el relato de un rito de iniciación; niños que son perseguidos y atormentados por hombres enmascarados “que amenazan a los pequeños iniciados, persiguiéndolos a punta de lanza hasta empujarlos al centro de los rituales del miedo”. Una vez de regreso, los niños traen puestas las mismas máscaras con que habían sido perseguidos: dejan de ser presas para convertirse en cazadores. La experiencia del miedo los prepara para enfrentar las dificultades de la vida en comunidad y, sobre todo, la guerra. El primer epígrafe de la novela pertenece a un texto de Adorno: “Toda la práctica, toda la humanidad del trato y la conversación es mera máscara de la tácita aceptación de lo inhumano” (Mínima Moralia). Es decir, la práctica misma de los ritos de iniciación, donde hacen falta torturadores enmascarados –verdaderos precursores de toda pedagogía futura– es ya una “mera máscara”. ¿Y qué hay detrás de ese disfraz? Sólo bestias; la más cruda brutalidad que llamamos, eufemísticamente, humanidad. Las teorías salvajes cuenta (entre otras historias paralelas) la iniciación de la “pequeña Kamtchowsky” y su grupo de amigos en la vida sexual e intelectual de Buenos Aires en la era del blog y la ketamina; pero esta vez, se trata de una iniciación con tormentos teóricos y son las teorías mismas las que ahora se exhiben como máscaras. En definitiva, las teorías son máscaras detentadas por tribus modernas. En este sentido, el texto se revela menos como una novela filosófica que como una ficción teórica. En su estructura, la novela amenaza con presentarse como un Tractatus, aunque asediado por el mismo caos que caracterizó desde siempre a la filosofía.
Una voz femenina en primera persona especula con fascinar a un viejo y afamado profesor de Puan (Filosofía y Letras) proponiéndole “un proyecto imposible”: llevar sus propios desarrollos teóricos –la “Teoría de las Transmisiones Yoicas”– a su máxima radicalidad. El loco afán de seducir al profesor Augusto García Roxler lleva a la narradora a escribir sus más bellas páginas en algún lugar entre la carta de amor, la meditación cartesiana y la filosofía política hobbesiana. Para explicar el vínculo entre Soberanía, Reverencia y Muerte, la narradora observa (como Spinoza con sus arañas) un encuentro entre su gata –Montaigne– y una “Blatella Germanica”, la típica cucaracha. Ante el poder de la gata, que la manipula con facilidad, la cucaracha “avanzó voluntariamente hacia su Predador y se postró frente a él”. La narradora se pierde en el “derrotero mental del insecto” Y si es posible imaginar la voz interior de la cucaracha es, ante todo, porque nosotros mismos somos conciencia, y la conciencia –según la teoría– no es sino el resultado de la experiencia del terror. Sólo puede haber un Yo allí donde hay miedo.
La primera novela de Pola Oloixarac no es tanto un texto ambicioso como una novela sobre la ambición. ¿Acaso “pensar”, decir “yo pienso” no es ya una empresa ambiciosa? Las teorías salvajes propone su propio proyecto imposible: hacer un retrato del Yo. Es decir, el retrato de esa ficción que asumimos todos los días, sin hacernos cargo de sus efectos. Y no se trata ni de una psicología ni de una fenomenología del espíritu, sino más bien de una comedia filosófica deslumbrante.
viernes, enero 23, 2009
lunes, enero 19, 2009
Desde los márgenes
A propósito de Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi.
Por Mauro Libertella, para Los Inrockuptibles.
Los domingos son para dormir podría ser una cifra de todo aquello a lo que el mercado editorial contemporáneo le tiene miedo: un primer libro, y encima de cuentos. Como si en esa fórmula se resumiera no sólo un lugar en las librerías, sino también una idea del espacio literario: la escritura que viene de los márgenes y hace temblar a un centro masculino, novelístico, de prosa dura. Ése es el efecto más inmediato de estos diez cuentos: relámpagos de sentido que desestabilizan, que apuestan al exceso como una forma de poner en evidencia algunos clichés de la literatura y de las formas expresivas más fosilizadas.
Podríamos jugar un juego infinito que consistiría en armar series secretas entre los cuentos, como si acercando "Todo lo de anoche" a "Tu vida sin mí", por ejemplo, pudiéramos rearmar el arco completo de un ciclo biológico en sólo diez páginas. El juego es inútil, por supuesto. Cada relato estalla en metástasis y contamina todo el libro, pero también cada cuento es autónomo y sólo se puede leer como un universo cerrado y de límites precisos. "Acto de fe", que abre el libro, no tiene nada que ver con el largo relato final, "Fuera de temporada", pero también se puede leer como su reverso alucinado, su lado B –lo universal frente a lo local, lo solitario frente a lo grupal. En "Acto de fe", tal vez, se resume todo: el viaje, la prosodia beatnik para tiempos modernos, la confianza en los efectos de un estribillo, la escritura que puede ser todo estilo y que sin embargo toca bien de cerca lo real.
Probablemente sea muy pronto para proyectar una filiación y sentenciar que Sonia Budassi pertenece a tal o cual tradición de la literatura argentina. Llegarán además nuevos libros, que se encargarán prolijamente de desdecir estas líneas y que quizás profundicen en esa idea de la literatura como un juego y un ejercicio de auto transformación, como un lugar para decirlo todo sin solemnidad y muy lejos de la afectación.
jueves, enero 15, 2009
Primeras páginas (IV)
Todo esto será tuyo (novela)
de Augusto Bianco
1
–El tren venía por el espacio abriendo el universo. Verdetierra, verdetierra, laguna y cielo, desparramo de pájaros, alambrado y silencio. Sin saberlo, entraba en un mundo que sería mío... De la estación, hicimos campo hasta una paré altísima. Todo parecía quieto, muerto, sin lugar. Nos hicieron pasar. Movieron papeles, suelas, palabras. Isa me dijo: hijo, aquí van a enseñarte a ser un hombre de bien. Me dio un beso y se fue. Nunca más la vi.
–Tuvo que viajar... Ya te contaré.
–En el dormitorio me mostraron: tu cama, tu pilcha, tu ropero, tu número, el ciento once. Resinación y obediencia. Ciega, me dicieron. Quitaron la luz que me estaba desvistiendo. Para apurarme, el celador me tiró un bollo. Como me reí, ligué otro. Como me reí más, otro. Resultado: terminé en el piso y el tipo me zapateó completo. Los pibes, a zafarrancho.
–¿De qué te reías?
–No sé. Ha de ser la drenamina.
–La adrenalina...
–Eso... Entra un dogor, con voz de pito pone todos a callar y me revolea escalera abajo. De los pelos. En el patio empieza a meterme trompadas de sangre. Reíte ahora uno uno uno feto de mil putas. Al final, me metió un gargajo y yo le batí: gracias, vieja.
–¿Por?
–No sé. Venía perdedor. No sabía que me podía reasionar... En enfermería supe que al inflado le decían Clara Boya; que cuando lo veían venir los pibes se hacían encima, entonces iba por otro; que había un par de monguis que habían quedado así por los piñazos del bufa; que con el único que no se metía era con uno que se llamaba Chatarra; que al dire le decían Cangrejo por la cara de curda. Eso supe por el Moncho, un correntino gorgojo, trucha de mulita. Buenazo. Contaba que la vieja lo había parido prematurro. De gramos. Que lo cagó y se fue. Que para salvarlo la partera se lo enchaconó y lo crió ahí calientito calientito. Que le daba teta ahí abajo direto y que cuando al final lo desconchó se vio que se le había formado otro umbligo. Único humano con dos umbligos mostraba levantando la pilcha.
Ella lo miró torcido.
Sigue acá.
martes, enero 13, 2009
La serie perro-gato-peluche
Texto leído por Hernán Vanoli en la presentación de Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi
Todavía estoy tocado por el libro de Sonia. El desafío es que uno no puede alejarse de esos textos, y por eso cuesta tanto ponerlos en perspectiva, ordenarlos en la serie literaria, establecer sus filiaciones. Decir, por ejemplo, que Sonia es la cruza perversa entre algunas zonas de la obra de Manuel Puig y las herederas contemporáneas del realismo norteamericano, entre las que cuento a Lorrie Moore y en especial a A.M. Homes, herederas a su vez de la McCullers, de Dorothy Parker y de Flannery O’Connor. Los cuentos que conforman Los domingos son para dormir pueden ser ubicados en ese mapa. Pero se sabe que leerlos desde esos códigos, inscribirlos en las series imaginadas por los lectores cultos, series posibles entre tantas otras, es, también, domesticarlos. Como así también es domesticarlos exponer, al estilo Marianito Grondona, el diagrama de ejes y oposiciones que iba anotando en los márgenes del libro. Igual lo voy a hacer.
La serie perro–gato–peluche, por ejemplo. Todos los cuentos tienen perros, gatos y peluches, peluches o juguetes, y este triple juego, esa línea, emerge en paralelo con otra línea que brilla y se oculta en los cuentos, un relampagueo envolvente, y se corresponde con el sistema de pérdidas y parentescos que se establecen entre lo que sería la naturaleza, la infancia y lo social. Son dos ejes que se potencian por acumulación: lo que se suma es ideología, la ideología que habita al lenguaje. El tercer eslabón de ambas líneas, el que se corresponde por un lado con los peluches y por otro con lo social, está arrebatado de ideología, y el libro es el despliegue de ese crescendo, y de los cruces rizomáticos que pueden llegar a producirse entre ambas líneas. Podría pensarse en un cuadro de doble entrada: el perro en correspondencia con la naturaleza en su fase mítica (lo natural en fraternidad, interrumpida por lo brutal); el gato como refracción de la infancia constituida por la cisma de los roles de género; y, finalmente, el peluche, o el pequeño pony, el pin y pon, como lo social atravesado por la imposible sutura de lo político (particularmente, la hipocresía, el código, o, como dice la contratapa del libro, el prejuicio como mecanismo semioculto del movimiento de las cosas). Ya está, lo tenemos ahí, el cuadrito de doble entrada para una clase de filosofía política, si se quiere. Oposiciones y relaciones que el libro desmonta y rearticula, complejizando, a través de una experiencia de lenguaje que muestra un virtuosismo poco usual. En algún momento, Walsh dijo que los buenos libros sirven para hacernos menos estúpidos, y en ese sentido, Los domingos son para dormir es un precioso instrumento de saber.
Completo, acá.









