miércoles, febrero 04, 2015

Eso que la literatura ilumina

Sergio Chejfec. Los cuentos de “Modo linterna”, el último libro del escritor argentino, confirman la singularidad de su estilo que hace del matiz y del deslinde una geografía personal.





En El punto vacilante, una compilación de ensayos de 2005, Sergio Chejfec se refería a una tradición de la errancia encarnada en escritores como Paul Groussac, Guillermo Enrique Hudson, Witold Gombrowicz. Se trata de escritores que no ceden fácilmente sus páginas a los regímenes de la legibilidad, escritores que han hecho de la extranjería su domicilio: “El idioma extranjero revela lo que el castellano argentino es incapaz de ver y describir, ‘enseña’ a escribir porque descubre zonas y formas de representación ocultas para la lengua local” –escribía Chejfec por aquel entonces. En esa tradición de Chejfec se suman muchos nombres y trabajos con el lenguaje. Se agrega el francés de Copi, el italiano de Juan Rodolfo Wilcock, las incrustaciones del calabrés en la obra de Roberto Raschella, la glosolalia de Emeterio Cerro. Es una tradición que sitúa a la literatura en un punto intersticial de la lengua, saliendo al encuentro de un idioma que vuelve extraño al lenguaje.

En esa pesquisa Sergio Chejfec repara naturalmente en Juan José Saer, acaso una de sus grandes pasiones como lector, quien hizo de su “apartamiento” del mundo un modo de existencia. De paso por Buenos Aires Sergio Chejfec vuelve sobre aquellas reflexiones, pero esta vez para matizar la idea de que esa domiciliación en el extranjero pueda ser vista como otra condición de posibilidad para la escritura: “Son muchos en la Argentina los escritores que escribieron fuera del propio país. El hecho no pasa por hacer del hecho de estar afuera algo importante para la escritura de la obra sino que hay una situación previa. Hay ciertos rasgos constitutivos de una poética que hacen del hecho de estar fuera un motivo más de su literatura. El distanciamiento de Saer respecto del objeto que se quiere narrar, por ejemplo, la extrañeza que hay con respecto a los motivos de sus relatos, todo eso es previo al hecho de vivir afuera. El se va en el 68 y ya encontrás en su literatura previa operaciones que después se van a repetir”.

Residente en el extranjero desde 1990 (en Venezuela hasta 2005, en los Estados Unidos desde ese año), Sergio Chejfec ha hecho de la reflexión sobre la geografía y sobre el espacio uno de los grandes temas de su literatura: “Hay diferentes tipos de presencias de escritores. Hay algunos escritores que prefieren no tener una presencia pública tan marcada y que prefieren intervenir de una manera más solapada, más elusiva, y puntualmente cuando publican alguna novela. En relación con eso yo no tengo una posición tomada. Yo creo que un escritor es tan autorizado como muchos otros para opinar sobre lo que ocurre. Para mí fue muy inspirador estar fuera del país en la medida en que estuve catorce años o más en un país como Venezuela que es un país tan parecido y al mismo tiempo tan diferente de la Argentina. Cuando yo me voy a Venezuela me encuentro con que no voy a un país del Primer Mundo. Entonces buena parte de la experiencia del exilio que pasa por el contraste entre Tercer Mundo y Primer Mundo, abundancia/escasez, integración social/desarticulación, etcétera, esos contrastes emigrando a Venezuela estaban mucho más disueltos. Entonces me encuentro con un país que tiene muchos parecidos con lo que estaba ocurriendo en la Argentina en ese momento. Y al mismo tiempo con una enorme cantidad de matices. Sobre todo esa diferencia un poco tenue de empezar a vivir en un país que tiene como lengua al español también, y que posee una diferencia de grado con la Argentina, creo que fue una experiencia impactante para mí para poder tener una experiencia del matiz y del deslinde no radical respecto de mi propio paisaje y geografía que fue muy decisivo para la manera en que yo concebía tanto la distancia del país como mi propia literatura. Es una hipótesis, pero es como si la experiencia me hubiera brindado la oportunidad de ejercitar conmigo mismo y con mi propia percepción cotidiana unos leves matices de grado.

–¿Cuando vas a Estados Unidos eso cambia?

–Eso en Estados Unidos cambia, pero yo casi todo lo que escribí lo escribí en Venezuela. Porque de acá cuando me voy había salido Lenta biografía (1990) y al poco tiempo iba a salir Moral (1990). Pero yo lo que siento es que de alguna manera para mi propia acumulación –no quisiera usar la palabra trayectoria o formación–, para mi propio despliegue como escritor, el período de Venezuela fue decisivo. Fue determinante para que yo siguiera escribiendo. Los Estados Unidos fueron importantes pero eso ya responde a otra lógica. Tiene que ver con una experiencia zombi, te diría. Yo fui bastante zombi en Venezuela también. No fui escritor nunca en Venezuela. Nunca publiqué. Y allí, salvo algunos amigos, nadie me reconocía como escritor. Yo era como una especie de persona común. No quiero decir que los escritores se destaquen por algo en particular, pero a lo que me refiero es que el hecho de no publicar ahí me daba una vida bastante particular. Yo estaba dedicado a mis cosas. Venezuela es como un país ideal para eso. Te encontrás con mucha gente que se dedica al arte y que desarrolla una obra durante décadas más allá del medio profesional e intelectual en el que te animás. Y en un punto a mí me resultaba fascinante esa especie de desencuentro que había entre geografía y literatura. Se daba la situación de que yo estaba ausente de la Argentina pero publicaba en Buenos Aires, y estaba físicamente presente en Venezuela pero allá no era escritor. Todo esto de ser y no ser escritor al mismo tiempo para mí es una experiencia muy buena, yo me siento muy a gusto. Y es lo que en Estados Unidos me sigue ocurriendo. Al pertenecer a una minoría lingüística tengo una presencia fantasmal, entre insignificante y virtual, demasiado imaginaria.

La inmaterialidad del mundo

En Modo linterna , su último libro, Sergio Chejfec vuelve sobre ese núcleo imaginario y virtual que ha latido desde siempre en sus novelas y relatos. Casi siempre hay un viaje, alguien que medita sobre el espacio y la geografía y que va describiendo objetos con precisión. En “El testigo”, por ejemplo, tras una larga ausencia alguien regresa al país para perseguir los rastros que ha dejado Julio Cortázar durante sus años en Buenos Aires. Busca en una guía de teléfonos de los años 30 la dirección en la que pudo haber vivido Cortázar, o las direcciones de otras personas que pudieron haber tenido contacto con el escritor. A aquel tiempo y a aquella geografía se superponen los trayectos invisibles que trazan las líneas de colectivos en una Buenos Aires contemporánea que, a su vez, se superpone con los trayectos de las líneas de colectivos de una Buenos Aires a la que el personaje, llamado Samich, evoca de su infancia en la ciudad. Ese rasgo huidizo y efímero de la realidad también vuelve a aparecer en el cuento “El seguidor de la nieve”. Allí el narrador ve en la débil materia que constituye la nieve una metáfora para ilustrar la sospechosa materialidad del mundo. También sospechosa es la materialidad de la propia escritura de Chejfec, pese a ser la suya una escritura muy plástica. Chejfec piensa a su escritura como “navegaciones conceptuales y abstractas”. La suya parece ser, como la de la nieve, una escritura inscripta con suavidad, nunca impuesta sobre la hoja. Podría decirse que aquella metáfora de la nieve es también una búsqueda de la página en blanco, como aquella persecución de Maurice Blanchot cuando afirma que una utopía de la literatura es escribir el silencio.
Chejfec acarrea silencios de una página a otra, de un punto a otro del mapa. Y sus relatos, como decía Borges a propósito del hecho estético, emergen como la inminencia de una revelación que no se produce. O se produce de otro modo. Es que esa misma idea parece estar tomando al perseguidor de la nieve en el relato de Chejfec: la belleza poética de la nieve no promete nada, pero en “su promesa falsa lo deja todo”.
Desde la perspectiva de muchos, un escritor es un modo de ver el mundo. Y una escritura es, ante todo, una forma de mirar. Un modo de mirar detalles precisos.
Modo linterna también parece estar tomado por ese principio: el de mirar de a una sola cosa por vez. “Yo encontré como adecuado el título de Modo linterna por una cuestión muy pedestre. Medio en broma y medio en serio para mí la idea del modo linterna tiene mucho que ver con la operación misma de la literatura o de lo que se espera de ella. La literatura sería un discurso o un dispositivo textual que a medida que va iluminando va oscureciendo otras zonas pero eso gracias o debido a o por culpa de lo que va iluminando. Eso de iluminar áreas, pero a costa de oscurecer otras, eso me parece que es lo mejor que se le puede pedir a la literatura. Entonces se me ocurrió el título de Modo linterna como una metáfora de la literatura. Fue algo que me entusiasmó casi como un principio. ¿Qué cosa es la literatura? Es algo que ilumina zonas de la realidad a costa de dejar otras en la oscuridad. Y eso nunca es fijo sino que, si se quiere mover, entonces aquello que hasta hace un momento estaba iluminado pasa a quedar a oscuras.”

–¿Qué es lo que la literatura puede iluminar?

–No importa lo que la literatura puede iluminar, lo que importa es que esté iluminando. Son operaciones como escénicas. ¿Qué ilumina el lenguaje? No sabés si ilumina lo que se está diciendo o lo que se quiere decir.

Revista Ñ, 02/02/2015

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