jueves, julio 31, 2014

Iosi Havilio: "La palabra acá es una excusa, un síntoma de la neurosis"

La Serenidad de Iosi Havilio en Diario Registrado 
Por Mariana Kozodij.

En su última nouvelle, que se presenta el 30 de julio, encontramos una estela de lo indescifrable que genera lecturas de buceo. Hablamos con el autor de este texto que rompe con las tramas convencionales.



 Iosi Havilio nos trae una nouvelle que juega con nuestra paciencia. Comenzar e internarse en "La Serenidad" es un desafío. No es para cualquiera. Hay tramas y cabos que se atan de manera sutil, un Protagonista que se llama de manera impersonal "El Protagonista", mafia rusa, una mujer que representa todos los deseos contenidos en el nombre Bárbara, una "misión salvadora", el lenguaje de las ratas, una madre descalza, filosofía, psicología e historia, entre otras cosas.

"La Serenidad" no brinda una lectura fácil, es de esos textos que no se centran tanto en las continuidades de una trama clásica sino en la forma en que se narran aconteceres. Una forma que puede generar disfrute en esta "fábula del yo" pero que también puede perdernos en una intertextualidad que está en la cabeza del autor pero no siempre en la del lector.

Dialogamos con Havilio e intentamos un acercamiento a ese universo tan particular que supo construir en "La Serenidad".

¿Cómo describirías al Protagonista de esta nouvelle? Por que si bien uno puede ir descubriendo pequeñas cosas de su persona, hay mucho misterio e impersonalidad, ya desde el hecho de llamarlo Protagonista a secas. 
Ioisi Havilio (IH)- El Protagonista de La Serenidad es un maniático de todas las manías. Empezando por la palabra. El tipo va y viene de la exaltación al derrumbe, de nombrarse héroe de la nada a regodearse con sus decadencias. Yo creo que se sabe mucho sobre él, demasiado, el narrador, que es él mismo, encuentra en el exceso la estrategia para que la disección no sea tan cruda. Sus circunstancias son de lo más ordinarias, se pelea con la novia, escribe poemas malos, vagabundea por la noche, se enfrenta al duelo paterno, el pasado se le viene encima a cada rato y él se escapa, lo exorciza con palabras, alucinándolo. Llamarlo "El Protagonista", es una ironía, claro, pero también la posibilidad de armar tu propia aventura. -

Hay un uso de mayúsculas muy particular a lo largo de todo el relato ¿Por qué? 
IH- ¿Qué nombramos con mayúsculas? Los nombres propios, los lugares, las divinidades, el título de una obra. En el mundo fabulesco y fabulero de La Serenidad, el juego se abre y se entroniza con mayúsculas al pretencioso pero también al que se arrastra, que muchas veces es el mismo. El Protagonista no podría sostenerse en pie si no fuera por esas muletas que son las mayúsculas, igual que el padre muerto, la madre baqueteada, el filósofo pusilánime, El Gran Otro o El Zar de La Milonga. La mayúsculas es un pedido de auxilio, un Aquí estoy, ¡rescátenme de este pantano!

Cuando uno escribe y cuenta una historia también propone una lectura y "La Serenidad" resulta por momentos un tanto encriptada ¿sentís que es así?
H- Entiendo que es un texto que desde el vamos propone tomar distancia de la letra, desde el momento que anuncia las peripecias de El Protagonista antes de cada capítulo y ensaya una narración atiborrada y engañosa. Justamente, porque la palabra acá es una excusa, un síntoma de la neurosis. Al pie de la letra, la serenidad es imposible. La comprensión cede su terreno en favor de la experiencia, de todo lo que constituye lo real.

La novela ofrece una prosa que juega con lo poético, lo ensayístico y también se acerca a lo político y la militancia ¿cómo te surgieron todos esos cabos en la trama? Lo pienso en términos que incluso decís que el Protagonista "está dado a la intertextualidad". 
 IH- La trama está atravesada por esa manía oral del narrador/protagonista. Y en cada aventura, a cada paso, lo interpelan fantasmas, situaciones, que traen consigo discursos de todos sus tiempos, canciones de cuna, textos filosóficos, cuadros lacanianos, cánticos políticos, lecturas de todo tipo, noticias, grafitis… todas esos símbolos que lo agobian. Se tira la cultura por la cabeza con la vana esperanza de que en el desboque aparezca la calma.

La Madre descalza es una figura que se repite de manera constante y que va ganando profundidades ¿cómo surgió?
IH- Al comienzo de la noche, El Protagonista está en una fiesta y recibe un mensaje: La Madre se escapó descalza. La imagen genera una pulsión, el hijo sale al rescate, la madre huye, de un hospital, de la casa, de la oscuridad, de la muerte, como una mártir. Se la imagina en camisón con los pies desnudos caminando por el medio de una avenida porteña en la mitad de la noche, es su modo de redimirla, su manera de verla resurgir. El Protagonista corre en su auxilio, pero sobre todo corre tras esa imagen, repitiendo en su presente la historia de la madre para volver a ocupar el lugar de la niñez. La madre que encuentra en casa está en paz, tiene algo de monje. Un monje que lo arropa, le lee, le da de comer queso y unos pesos para seguir adelante.

Hay una épica que se destaca a partir de las enunciaciones clásicas, casi como en el cine mudo, de aquello que va a acontecer ¿presentarlo de esa manera te ayudó a organizar las ideas, los textos? ¿O hay otro tipo de intencionalidad? 
 IH- Hubo un momento en que pude ver el derrotero del protagonista en esta noche/día como una película de aventuras tan palpables como alucinadas y las bajé al papel; estas indicaciones fueron tomando esta forma de didascalias que cumplen la doble función de organizar el relato y declarar el género. Exaltan situaciones de lo más banales, que el narrador se encarga de enmascarar.

Damián Ríos presenta "La Serenidad" como una discusión tuya con los modos de novelar el presente ¿coincidís? 
I H- La escritura de La Serenidad irrumpió entre otras escrituras, digamos más conscientes, planificadas. Una expresión más orgánica que literaria, de algún modo molesta, difícil de aprehender, caótica y deforme. Más tarde, a medida que fui tomando distancia, entendí que en efecto venía a problematizar con cierto modo de concebir la novela que había cultivado en los otros libros. Ahora, no se trata de una discusión exclusivamente estética, te diría que en buena medida se trata de una discusión muy personal, en relación a qué es esto de escribir, en la actualidad, en nuestras circunstancias, pero también política: ¿qué lugar tiene esto que llamamos literatura?

 ***
 La Serenidad nos ofrece una lectura particular que puede generar el disfrute entre reflexiones y diálogos muchas veces ontológicos o puede perdernos entre aconteceres y prosa. Iosi Havilio sirvió la mesa de La Serenidad, quedará en usted- estimado lector- decidir si disfruta o se abstiene de ese festín.

Iosi Havilio: Nació en Buenos Aires en 1974. Publicó las novelas Opendoor (2006), Estocolmo (2010), Paraísos (2012). Sus obras han sido editadas en España, Inglaterra, Estados Unidos y Croacia

Diario Registrado, 29/07/2014


viernes, julio 25, 2014

Transmitir una experiencia

Reseña de Como sólo la muerte es pasajera de Alberto Szpunberg para ADN Cultura.

Por Sandro Barrella.

Como sólo la muerte es pasajera llama Alberto Szpunberg al conjunto de su obra y toma prestado el título de un verso propio. Este gesto—como en el pase del testigo— se repite: versos que pasan de poema a poema, títulos que hacen uso de palabras ya dichas, escenas que se trasladan de libro en libro con alguna variación en el curso del tiempo, de una vida en el poema. Otro tanto ocurre con la dedicatoria que reitera una y otra vez: “a los compañeros, desde siempre y hasta siempre”, con spinoziana persistencia, blandiendo una memoria que también es imperativo categórico para el hombre que publica su primer libro a los veintidós y a punto estuvo un par de años después, de unirse a la célula del guevarista EGP en el monte salteño, en lo que fuera una de las primeras experiencias de la guerrilla en la década del sesenta.
Experiencia y transmisión parece querer decir Szpunberg a lo largo de sus libros que, leídos como un todo cobran una dimensión de unidad indisoluble. Experiencia y transmisión, como quien discute la tesis de Walter Benjamin en Experiencia y pobreza. En su artículo, Benjamin se refiere a los combatientes que regresan de las trincheras de la primera guerra mundial: “la cotización de la experiencia ha bajado y precisamente en una generación que de 1914 a 1918 ha tenido una de las experiencias más atroces de la historia universal. Lo cual no es quizás tan raro como parece. Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable”. Un cuarto de siglo después, los campos de exterminio nazis darán cuenta de un nuevo enmudecimiento. Si Benjamin se anticipa a Adorno, Primo Levi los contradice al afirmar que después de la Shoa, no se puede escribir poesía sino sobre Auschwitz. Lejos de pretender asimilar aquellos acontecimientos capitales—únicos, singulares—del siglo XX con el reciente pasado argentino, de lo que se trata es de comprender el contexto político, social y cultural, en el que la escritura de Szpunberg toma cuerpo y se vuelve una voz esencial de la poesía argentina.
    Luego de Poemas de la mano mayor (1962) y Juego limpio (1963), ambos con ciertas marcas de estilo que harán presencia en sus libros posteriores, es El che amor (1965), el que va a trazar el devenir de la obra futura: “Abajo aquí sus huesos sus fusiles/ ese atadito de hombre/ no sé la tierra cómo hace que se aguanta/ los que avanzan sobre ella son las mejores noticias que nos llegan de ustedes// delen, muertos de amor, sostengan que nacemos.” La literatura y la vida se funden: a la revolución por la poesía, por el amor. “Poemario que decidió mi vida”, escribe Szpunberg en el prólogo. El libro encarna el pre-texto de lo que va a venir, tanto en los hechos de la vida del poeta como en el decurso de su poesía, que, a silencio de imprenta, siguió siendo escrita, aquí y en el exilio, volviéndose cada vez más compleja, cohesionada en su núcleo y expandida en recursos. Szpunberg alterna el verso corto, medido, con el versículo, y en ambos casos es la música, la encadenada entonación de las palabras, el ritmo que fluye, lo que da entidad a su poesía.
    En sus poemas abundan, la lluvia, el mar (por todas partes), el bosque y la tierra húmeda, ramas y niebla; muchas preguntas. En diálogo abierto, la pregunta como meditación y búsqueda del rostro amado, la voz amada, el sentido de lo que se perdió; la compasión y el pensamiento sobre el otro. La pregunta como exégesis constante, elucidación y comentario, de quien no clausura ni sella la experiencia individual y colectiva. Diálogo abierto—con la tradición lírica, con la filosofía, la literatura y con la historia—desde una obra abierta, Szpunberg aguza la mirada, su visión es una máquina que atrae todo cuanto ve y devuelve postales de la totalidad.
  Como sólo la muerte es pasajera, incorpora a títulos fundamentales como Su fuego en la tibieza (1981), Luces que a lo lejos (2008), La encendida calma (2002) o La academia de Piatock (2008), una extensa sección de obras inéditas que confirman la densidad, la riqueza de la poesía de Szpunberg, su honestidad intelectual (“No, ya no soy yo el que habla, es sólo el poema,/ donde las palabras siempre dicen otras cosas,/ menos mentir.)”, su apego a una lírica que no renuncia al sentido de la historia,   como si hiciera suyas, las palabras de Marina Tsvietáieva: “El tema de la Revolución es el encargo del tiempo. El tema de la exaltación de la Revolución es el encargo del partido”.

ADN Cultura, 11/07/2014

miércoles, julio 23, 2014

“El verdadero protagonista de esta novela es el lenguaje”

La Serenidad, de Iosi Havilio en Página 12:

La cuarta novela del escritor porteño es un extraño artefacto, tan teatral en sus excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa, el autor pone en tela de juicio los modos de representación.

Por Silvina Friera

Las raíces están en el misterio. De la sonrisa inicial al desenlace con el discurso de Heidegger –“la creciente falta de pensamiento reside en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su huida antes de pensar”– intervenido por la lengua florida del Protagonista, que pronuncia el texto frente a una multitud de ratones. La serenidad (Entropía), la cuarta novela de Iosi Havilio, es un extraño artefacto, tan teatral en sus excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa que pone en tela de juicio los modos de representación, el escritor no deserta. El puñado de imposibilidades y problemas que despuntaban en sus anteriores novelas, acaso en estado larvario, ahora son llevados al paroxismo. La anécdota dentro de la anécdota, para el héroe de esta ficción, sería su propio suicidio. “La reconstrucción es un anhelo imposible –se afirma hacia el final del libro–. El Protagonista deja la horizontalidad y se abalanza sobre el escritorio para dejar correr lo que queda de tinta: ‘el último soplo de un hábito decadente’. Desmenuza una biografía que nunca existió en el sentido estricto. Y, sin embargo, en el fondo del relato hay tensión, trama y personajes que, al igual que los extras y los decorados, cayeron en el atiborre. Sus frases fueron frívolas y sentimentalistas. Todas las decisiones estéticas le resultan impracticables. Se le ocurre una genialidad: resignar el papel principal y ver.”

“Yo tengo una relación difícil con la palabra personaje, como la palabra trama y estructura”, confirma el escritor a Página/12. “Entiendo que existen, pero en el trabajo de la escritura, cuando esas palabras intervienen, termina notándose. Y el texto se va deshilachando. Uno de los tantos corrimientos que supone La serenidad es pensar qué es eso de un personaje. Y aparece, en mayúsculas, El Protagonista.”

–¿Cuál sería la diferencia entre protagonista y personaje?

–El personaje es una función que puede volverse carne. Y ése es el intento: pensar el personaje como una verdadera entidad, sin distancia.
En Paraísos, tengo un personaje que se llama Eloísa y yo prefiero llamarla siempre Eloísa, no nombrarla como personaje. El Protagonista es el modo en que el narrador se nombra a sí mismo, así se sublima, pateando sus funciones de personaje. Esa es su aventura. Si me apurás, te diría que en ese movimiento cobra vida.

La aventura narrativa se le escapa de las manos al Protagonista en un juego donde es héroe y antihéroe. “Yo pienso La serenidad como una descarga, como una reacción casi orgánica –reflexiona Havilio–. Hay un momento en que El Protagonista se pregunta: ¿y yo qué hago en todo esto? Yo me sumo a esa pregunta en términos literarios. La descarga se volvió un texto y apareció una posible estructura y cronología. Hay un rechazo y a la vez un homenaje a ciertas formas de representación. De hecho cuando vi la palabra ‘fin’ al cierre de la novela, me di cuenta de que debía ir ‘telón’. Yo creo que es un texto que está interpelado e inspirado por expresiones no necesariamente literarias, sino más bien musicales, teatrales, audiovisuales. Es un texto puesto en escena en la distribución, en la inclusión de imágenes. No sé si la palabra es homenaje, pero sí tiene cierto vínculo con la teatralidad. Incluso el uso del adjetivo es claramente teatral y no contemporáneo.”

–Sin embargo, hay ciertas marcas de contemporaneidad, como “los ringtones más tristes de la historia” que aparecen mencionados.

–De tan contemporáneo me sale esto (risas). El Protagonista es un pobre hombre que realmente está atrapado en un círculo de expresiones previsibles. Y le sale esta descarga, este desborde. Yo lo siento como un pedido de auxilio por fuera y por dentro. ¿Qué es esto de escribir?

–¿Y qué es?

–Hay un momento en que empecé a preguntarme por el oficio, eso que para mí era una palabra de viejos, cuando estaba terminando de escribir mi anterior novela, Paraísos. ¿Quién está escribiendo? ¿Yo, el oficio, el narrador? Se produjo un conflicto muy interesante que dio origen a esta reacción. Escribir tendría que ver con acercarse y asomarse al misterio del mundo. Y el oficio puede que atente, que domestique el misterio. Eso me dio cierto pavor. En algún momento escuché que pasé de “escritor joven” a “escritor establecido” en un chasquido. Esa palabra, “escritor establecido”, me llevó a preguntarme por la materia de la escritura. Y el verdadero protagonista de esta novela es el lenguaje.

–¿Qué importancia tiene la filosofía en La serenidad, que ya desde el título remite a Martin Heidegger?

–Gelassenheit –la serenidad– fue uno de los textos de Heidegger que más me impactó en mi paso por filosofía. Yo estudié muchos años la carrera; fue un paso largo y frustrante. Antes de entrar a la carrera, pensaba la filosofía como una ficción o como parte de un universo donde no discrimino qué es ficción o ensayo. La academia me mató porque no supe adaptarme y se fue fagocitando mi vínculo con la filosofía. La génesis de mi placer filosófico está en ese texto de Heidegger, que fue quedando como un recuerdo de infancia, como uno de esos espacios que vas revisitando. Como Opendoor, mi primera novela, fue en otro sentido. En un momento, mientras estaba escribiendo esta descarga, apareció la palabra serenidad y volví a leer el texto de Heidegger, un discurso bellísimo que pronuncia en su pueblo natal, en 1955, en ocasión del aniversario de un compositor. Y tuve una imagen que sucedía en un futuro bien remoto. Me imaginaba los restos de la civilización y se me vinieron un conjunto de roedores o ratones, rescatando el texto de Heidegger. El Protagonista es un sobreviviente; es un hombre ya vencido que comparte irónicamente el texto de Heidegger, uno de las materiales más brillantes de siglo, con estos ratones que se mofan y se enternecen del hombre y sus meditaciones. También está (Jacques) Lacan, que lo abordé de una manera desprejuiciada, libre, descarada. Hay un texto en el que define las tres esferas del imaginario, donde piensa la expresión artística, que me resultó muy inspirador. La serenidad me permitió reconciliarme con el discurso filosófico y rescatarlo en el lugar de la ficción.

–Le permitió producir ficción con la filosofía, ¿no?

–Sí, y más que ficción: escritura, expresión. Tuvieron que pasar casi unos veinte años para poder reencontrarme con la filosofía. Yo hice varios estudios, estudié filosofía, composición musical, guión de cine. En todos fracasé. Después, con los años, estos estudios me supieron dar una recompensa. Hay un famoso poema de Fogwill, “Llamado por los malos poetas”. La serenidad es un llamado a los malos poetas, pero también a los malos filósofos. Se necesitan muchos malos filósofos dando vueltas permanentemente para rescatar la flor del pensamiento. El Protagonista es un mal poeta y un mal filósofo, pero de eso hace su pequeña epopeya.

–Hay también en la novela una cita bíblica sobre el buen ladrón y el mal ladrón, algo que no es ajeno en su narrativa.

–Es cierto. Pero no tengo un programa que establezca que en cada novela tengo que meter una cita bíblica. En este momento estoy escribiendo una novela y tengo una Biblia al lado. No he tenido una educación religiosa ni nada parecido, pero la Biblia es un texto fascinante. Ahora estoy trabajando con descaro las distintas versiones que hay del momento de la Resurrección; son cinco o seis ficciones en una. Es una especie de “elige tu propia aventura”, según Mateo, Lucas o el Evangelio que sea. Hay un texto que descubrí sobre el camino a Emaús, que es donde Jesús en carne y hueso se disfraza de caminante y se les acerca a dos incrédulos y camina con ellos hasta Emaús, tres días después de la resurrección. Lo que estoy escribiendo es el reverso de La serenidad, pero forma parte de la misma pregunta, del mismo barajar y dar de nuevo. Y está inspirada, en parte, por Resurrección de Tolstoi.

Más allá del dispositivo quijotesco en el que cada capítulo es presentado a la manera de la célebre novela de Cervantes –por ejemplo: “De cómo El Protagonista rompió con Bárbara, se enredó en discusiones ontológicas y fue humillado por la presencia del Gran Otro”–, La serenidad está intervenida también por otras escrituras. “Algunos que la leyeron me dicen que reconocen a (Witold) Gombrowicz, a (Osvaldo) Lamborghini, a (Roberto) Arlt.” “Sí, es probable. Pero si hay una influencia viva, tiene que ver con las escrituras corridas del naturalismo y del realismo del presente –subraya el escritor–. La literatura suele estar con la mirada puesta sobre las grandes obras y las grandes influencias. Me tomó trabajo liberarme y sacarme cierto lastre literario de la solemnidad que tiene que ver con algo que está entre tapa y tapa, y que todavía sigo sin entenderlo mucho.”

–El Protagonista queda en medio de una movilización y está tan perdido que no entiende muy bien lo que está pasando. Es como si todo le pasara por el costado.

–Podría decir que después de escuchar sobre la narradora de Opendoor, a la que le pasaba todo por el costado –en la que hay cierta indiferencia, ya que así como se droga hasta la médula va a recoger moras–, me pregunto si será un poco eso. ¿Es indiferencia? Yo estoy convencido de que uno escribe por dos razones: para preguntarse quién es el que habla, qué le está pasando a ese protagonista, y para preguntarme quién soy yo. En un momento descubrí que había una estrategia. Ese desapasionamiento tenía una contracara en la vehemencia del lenguaje y la expresión. Todo esto que a ella parecía resbalarle en Opendoor lo expresaba necesariamente en la escritura, en el decir. Esto estalla por los aires en La serenidad. Si al Protagonista pareciera que la novia lo deja y está en la plaza desorientado, y viene un hombre que le dice que es su hermano y de-spués se acuerda de que no tiene hermano, él grita su libertad de una manera barroca, visceral y también cursi. El relato de ese momento en la plaza es muy sentido, aunque él esquive las pancartas y las columnas. Su revolución pasa por el decir, por el relato mismo.

–El Protagonista recuerda que sus convicciones eran aleatorias, que podría votar, como cuando jugaba de niño, a la UCedé, a los peronistas, al MAS. ¿Este desconcierto admite una lectura generacional?


–Sí, en un momento El Protagonista, cuando recuerda la urna de cartón que había hecho para celebrar la vuelta de la democracia, dice: “Su izquierda, su derecha; su letanía desamorada”. Para mí fue enorme escribir eso. Hay una mirada en relación con lo vivido que hace que esté plagado de contradicciones, que en este desboque salieron un poco a la luz, ¿no? Yo nací el mismo año en que murió Perón. Mi madre es artista, pintora; mi padre, comerciante, un hombre criado en cierta burbuja de clase media. Siempre me quedé en un lugar conformista y cuando quise superar eso me sentí fuera de juego, algo que coincide con el momento en que empiezo a escribir y publicar. De preguntar y recibir respuestas medio abstractas sobre la década del ’70, en la que pasé mi infancia, que es donde se cuece todo, pasé a un desayuno brutal y a ver las esquirlas del otro. Eso sucede políticamente, pero también en la literatura. Así como uno celebra ese desayuno brutal, también de algún modo me silenció. ¿Qué puedo decir yo en ese concierto? No soy ni hijo de militantes ni hijo de desaparecidos. Ahí aparece ese “revisionismo” de plantear que yo tengo de todas formas un relato para contarme. En La serenidad está graficado en esa urna de cartón que me hice. Nos habíamos ido a vivir a París por un año y volvimos en el ’83. Y yo en esa urna votaba por todos, jugando. “Era su izquierda, su derecha.” El desconcierto de dónde estaba parado lo pude pensar un poco en esta novela. Me acuerdo de que Fogwill, a su modo brutal, decía que para triunfar en España con una novela había que poner cada 50 o 60 páginas la palabra “desaparecido”. Más allá de lo brutal, tiene también un costado que te permite pensar y tomar prestada una herencia que no tengo. Escribir es una actividad imparable que te toma en la vigilia, en el sueño. A los seis o siete años, cuando salimos de Buenos Aires para hacer un viaje a Chile, vi un cartel que decía “Opendoor”. Y le pregunté a mi padre qué era. El me dijo que era un pueblo donde había un hospital para locos de puertas abiertas. Yo le pedí y le rogué que bajáramos, que lo quería ver. Pero, ante la negativa de mi padre, tuve que imaginarme ese lugar. Y no fui consciente entonces de que eso sería una novela veinticinco años más tarde. Yo tengo la idea del escritor como médium y hay que trabajar ese médium. La escritura es un acto de liberación del ego y del yo para entregarse al narrador.

Página 12, 16/06/2014

martes, julio 22, 2014

La Serenidad de Iosi Havilio en Inrockuptibles

Después de tres libros más tradicionales, Iosi Havilio se arriesga en La serenidad a construir una nouvelle experimental, que bucea en los rincones de la conciencia de sus personajes reafirmando el rol clave que tiene en la ficción el artificio literario.

Por: Martín Caamaño para Los Inrockuptibles

“Es una gran bocanada de aire, un exabrupto, una pequeña sublevación”, dice Iosi Havilio sobre La serenidad, su nuevo libro, la nouvelle que acaba de editar por Entropía, editorial en la cual dio sus primeros pasos como novelista.
El de Havilio es un derrotero curioso. Sin dudas, se trata de uno de los grandes narradores argentinos surgidos en los últimos tiempos, algo que ya quedó claro con Opendoor, su primera novela. Lo que sorprendió de aquella historia narrada por esa estudiante de veterinaria anónima que decide irse a vivir al campo luego de la confusa desaparición de su novia no fue solo la precisión con que estaba escrita ni ese nuevo enfoque sobre una de las dicotomías dominantes de la literatura argentina desde sus inicios –la oposición entre el campo y la ciudad– sino el placer hipnótico de una trama en apariencia sin propósitos ajenos a los de la historia misma; es decir, sin gestos pirotécnicos externos al propio libro. La sorpresa fue entonces la vocación latente por la narración pura, algo que con el correr de los años y de las diferentes publicaciones se transformaría en un sello de autor. Quizás esto fue lo que provocó que nombres como Fabián Casas o Beatriz Sarlo afirmaran entusiastas que Havilio parecía un escritor salido de la nada, revelando cierto desconcierto en el elogio.  Luego de Opendoor, vino un cambio de frente radical con Estocolmo, el relato sobre un chileno gay que regresa a su país escapando de un novio después de pasar más de tres décadas exiliado en la capital sueca. A esa peripecia sobre las diferentes formas que puede adoptar el miedo le siguió Paraísos, la continuación de Opendoor, que sin embargo puede leerse igualmente de forma autónoma. Para ese entonces, Havilio ya había demostrado tener el don para escribir sobre casi cualquier cosa. Cualquier cosa –la descripción de un tumor en la cola de un caballo, de un dedo deforme o del brazo flácido de una diabética; los comportamientos inesperados y al mismo tiempo posibles de los personajes; ciertas palabras, ciertas escenas– que caiga bajo el encantamiento de su pluma parece volverse automáticamente interesante.
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Ya desde la primera línea queda certificada la supremacía de la conciencia por sobre el cuerpo; una conciencia que solo va a materializarse a través de la escritura.
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Como si la historia (y el tono) que atraviesa al personaje de Opendoor y Paraísos lo obligara a abismarse, a asumir riesgos nuevos cada vez que la deja atrás –de ahí el cambio de registro en Estocolmo–, ahora con La serenidad vuelve a dar un salto desconcertante en su narrativa. Havilio recuerda: “Un día, alguien me dice: ‘te estoy siguiendo la carrera, te convertiste en un escritor establecido’. ‘¡Qué horror!’, pensé. ¿Qué diablos significa eso? ¡Establecido! Un escritor establecido es un escritor muerto”. En este caso, la fuga de lo establecido para Havilio es una novela de sesgo experimental, en la que los personajes son más bien categorías o funciones (se llaman: El Protagonista, La Reina De La Noche, El Gran Otro, El Filósofo De Toda Una Generación, La Madre, El Padre, así, todo en mayúsculas) y cuyo verdadero protagonista no es otro que el lenguaje mismo, al que le saca chispas, produciendo durante la lectura un efecto placentero e inquietante que se asemeja al crepitar de un caramelo Fizz en la boca.
Aunque ciertos rasgos distintivos de su literatura se mantienen –la deriva de los personajes como motor del relato, la búsqueda de la supervivencia en un mundo adverso y enrarecido– La serenidad apunta a otra dirección. Ya desde uno de los epígrafes, pasando por la odisea del personaje principal durante una jornada delirante que a su vez contiene la eternidad del tiempo novelesco, las referencias a Shakespeare (con el espectro del padre Hamlet incluido) y el monólogo de Barbarita sobre el final a la manera de una Molly Bloom del conurbano, convierten a esta en una novela en la cual resuenan constantemente los ecos del Ulises de Joyce. “Después de varios intentos fallidos, hace un par de años leí y disfruté enormemente la lectura del Ulises en voz alta, guiado por una frase que Joyce escribe en una carta cuando termina el manuscrito, donde dice temer que alguien se tome una sola línea en serio”, confiesa Havilio.
Por sus temas y ciertos juegos de lenguaje, en La serenidad se puede detectar, además del de Joyce, el influjo de una tradición de escritores locales como Roberto Arlt, Cesar Aira y sobre todo Osvaldo Lamborghini. “A los que mencionás podría agregar Gombrowicz,  Sánchez, al Fogwill poeta”, coincide Havilio, aunque aclara que con este libro en realidad se propuso establecer una suerte de diálogo con cierta tendencia vanguardista de la literatura argentina contemporánea. “Lo cierto es que La serenidad es el resultado de haberme sentido interpelado por escrituras del presente, algo así como influencias del futuro. Pienso en Gracias, de Katchadjian, El Tucumanazo, de Castromán, los cuentos de Falco, los textos de Aldana Capellano, el gran Roberto Echavarren, también la danza y el teatro, por ejemplo el Ulises de Ariel Farace.”
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“La serenidad es el resultado de haberme sentido interpelado por escrituras del presente, algo así como influencias del futuro.”
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Mientras que Opendoor y Paraísos tienen como rasgo común no revelar información acerca del pasado de sus personajes, encadenados al presente elástico de la trama –empezando por la narradora, de la que ni siquiera sabemos el nombre–, en La serenidad –como en Estocolmo, aunque con procedimientos muy diferentes–, el pasado insiste una y otra vez más no sea para demostrar la imposibilidad de su restitución. Es de esta imposibilidad que se nutren los artilugios de la ficción. La historia se pone en movimiento luego de una aparente ruptura amorosa, cuando Bárbara deja a El Protagonista. A partir de entonces asistimos a un vagabundeo errático en dos direcciones: por una ciudad enloquecida aunque perfectamente reconocible, y por los rincones de la conciencia de El Protagonista. Es ahí que se activa la máquina fallada de la memoria: el recuerdo de una fiesta cercana, el regreso a la infancia, el pasado político, la caprichosa herencia legada por El Padre. La serenidad plantea la aventura de las diferentes posibilidades que puede asumir el yo; El protagonista se desdobla en su Yo Pequeño, en El Gran Otro (amante de Barbarita) o hasta incluso en su propia mujer en el instante del acto sexual.
En un momento se lee: “El seso es lo de menos, lo que vale es la conciencia”. Y ese podría ser el lema que rige la novela. Ya desde la primera línea (“El misterio está en La Sonrisa. Ni en la carne ni en los huesos”) queda certificada la supremacía de la conciencia por sobre el cuerpo; una conciencia que solo va a materializarse a través de la escritura. “¿Podés hablar claro, estúpido…?”, le reclama el Hermano Mayor a El Protagonista. Ya es sabido que cuando la que habla es la conciencia se suele dar paso al exabrupto lírico. “Llevar al oficio al paroxismo precisa de práctica, aislamiento, algo de misterio”, reza otro pasaje. Y Havilio bien podría estar hablando de sí mismo como autor. Porque, después de tres novelas, su apuesta con La serenidad parece ser justamente esa, llevar el oficio al paroxismo.

Iosi Havilio
La serenidad
(Entropía)
146 páginas

Inrockuptibles, 03/07/2014


jueves, julio 17, 2014

Palabras inesperadas

Entrevista a Iosi Havilio sobre su última novela, La Serenidad, en La Voz del Interior
Por Javier Mattio.

Tal vez el escritor argentino más prometedor y secretamente reverenciado de la nueva generación, Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974), desplegó un veloz in crescendo con la seguidilla Opendoor (2006), Estocolmo (2010) y Paraísos (2012). De la contención preciosista de la primera al exceso desfondado de la última, Havilio exploró las posibilidades de la novela con una autonomía y tenacidad elogiables, levantando un mundo no muy distinto al real en extrañeza, volubilidad y encantamiento.

El agujero negro en el que se abismaba la planicie urbano-grotesca de Paraísos es una posible clave para entender La serenidad, la nueva nouvelle de Havilio, a primera vista un giro desconcertante en su trabajo. Divertimento satírico y metanarrativo con aires de folletín dieciochesco, La serenidad avanza con libre pulso experimental en las andanzas de El Protagonista, quien con su nombre parece revelar el entramado que subyace a toda historia. Suerte de compendio no ya de la obra de Havilio sino de la humanidad y la literatura enteras en sus poco más de 140 páginas, La serenidad incluye filosofía –el título del libro replica al de un texto de Heidegger–, triángulo amoroso, autobiografía, referencias que van de la Biblia al Ulises, juegos con el lenguaje, mucho humor y un radar pícaro de lo contemporáneo que siempre caracterizó al autor porteño: la militancia, el country, el barrio, los noticieros, el vaivén ciudad-campo siguen murmurando entre bastidores.

“La serenidad irrumpió como una tromba entre medio de otras escrituras, digamos, más conscientes –cuenta Havilio–. Me resulta difícil precisar un tiempo, fue lo más parecido a escribir dentro de un sueño. Reconozco una serie de orígenes: una conversación trasnochada, entre la filosofía y la frivolidad, que dejó su huella en el párrafo inicial; un texto más o menos homónimo de Heidegger que estudié allá lejos y hace tiempo; el cuadro de Bouguereau (la tapa del libro), una pintura clásica nacida a destiempo, entre las vanguardias. Por último, atravesando estas memorias desmembradas, hay una frase atrapada en el aire que le escuché decir a mi hijo menor que se convirtió en epígrafe, faro, película aglutinante de todo este mundo: ‘Soy una mala historia’”.

–¿Parte “La serenidad” del escepticismo o de la confianza en toda historia?
–En la novela trama y voz son una misma cosa. Más que del escepticismo, el libro es fruto de un convencimiento: sea cual fuera el universo en cuestión todo termina rindiéndose o revelándose a la voz que lo perfora. Y no hablo de la voz del escritor, nada más triste y lejos, sino de las voces que germinan desde el interior de determinado mundo para horadarlo. Esa esencia es la que me interesa. Ocurrió igual con las novelas anteriores, las publicadas y las no. Pienso en La serenidad como un eslabón en carne viva de una misma cadena.

–¿Es este tu libro más humorístico?
–Me dejé llevar y entretener por este Protagonista que se distancia de sí mismo para retratarse, sin escalas, entre la humillación y la gloria, como un stand upper desaforado y barroco inmolándose en un gran teatro de operaciones que incluye la tragedia pero también el sketch, la realidad más berreta, lo onírico. En esa falsedad donde gana el absurdo él destila sin embargo algo de humanidad. Visto desde afuera seguramente podría decirse que se trata de una parodia, de una gran farsa. Desde la mirada del Protagonista/Narrador, es la crónica y la elegía de un tremendo nopodermiento.

–¿Lo contemporáneo guía tu obra?
–Escribimos, decimos, nos movemos, ensayando una doble coreografía. Interpelados e interpelando aquello que llamamos real, lo que nos rodea. Ahora bien, y aquí anida un equívoco grande, lo real no se reduce a lo tangible, lo palpable y mensurable. También está hecho de lo que no es, del pasado, del futuro, de la imaginación, de las potencialidades y, fundamentalmente, de los misterios, cósmicos y minúsculos que, arrinconados, siguen gobernándolo todo.

Viaje espiralado
–¿Marcó “Paraísos” un límite? ¿Qué te llevó a dar el giro de “La serenidad”?
–Entiendo la escritura como un viaje espiralado al fondo de algo, de un todo, con aproximaciones y alejamientos hacia un núcleo que, en el mejor de  los casos, conseguimos olfatear, tantear, vislumbrar de a ratos. Como fogonazos. Paraísos fue sin dudas una buena curva, una curva peligrosa, en las vueltas de ese caracol sin fin. En ese giro hubieron muchas lecturas, músicas, películas y experiencias que fueron avivando el mundo de La serenidad.

–Además de las fotos, hay un diagrama misterioso en “La serenidad”, ya había uno en “Paraísos”. ¿A qué se deben?

–Opendoor también estaba poblada de imágenes, diagramas, bocetos. De hecho, durante toda su escritura alimenté una suerte de collage que permaneció en la cocina narrativa (fotos, recortes, líneas de tiempo, acuarelas, culos, manchas de café) donde seguramente estaban cifradas las bases de La serenidad. Sólo que aquí sucede al revés: la historia y la trama quedaron en casa y la trastienda tomó el escenario llevándose todo puesto. Creo que uno de los puntos esenciales de la escritura es el trabajo del pretexto, del paratexto. De eso se trata: escribir es, ante todo, explorar el imaginario que nos convoca más allá de los símbolos, al margen de la anécdota y los personajes. Ahí está el goce.

La Voz del Interior, 03/07/2014

martes, junio 03, 2014

La Serenidad, de Iosi Havilio

Manuel Quaranta reseña La Serenidad, de Iosi Havilio, para la revista Vísperas.

Eco, la más famosa de las ninfas que habitaban en el bosque –Oréades– era capaz de proferir frases de una belleza inconmensurable, esta facultad perturbaba a Hera, esposa celosa de Zeus, e instigadora –debido a sus temores– de un terrible castigo: Eco fue condenada a repetir indefinidamente la última palabra que expresaba cada persona, de este modo, quedaba para siempre trunca la posibilidad de establecer un diálogo con otro ser humano.

La serenidad, título emblemático de la nouvelle de Iosi Havilio, parecería abrir una grieta profunda en la esperanza de construir una comunión lingüística entre las personas. El diálogo se encuentra, definitivamente, obturado: “El hermano mayor es incapaz de advertirle sobre el descontrol del lenguaje y traslada las fisuras del discurso por todos los lados de la cara”. Pero no sólo eso.

La serenidad es un quiebre –¿es verdaderamente un quiebre o las problemáticas del escritor de Opendoor y Paraísos se repiten aunque de forma diferente?– con respecto a la producción anterior de Havilio, un lenguaje exuberante atraviesa casi todas las páginas hasta llegar a un paroxismo descomunal plasmado en frases tales como “…hierve la palabra en las cavidades textuales del protagonista y la ilación es un placer inevitable” o “…llorar, llorar, llorar, por los pobres, los muertos, los violentos, los degollados, los consumidores, los poetas, los locos, los militantes, llorar juntos por los benefactores, por los críticos y los mormones, llorar por las plantas que se van muriendo, llorar por nosotros, mucho, por nuestros parientes…y contemplarnos en el lago espejo desde el sillón roto, los pies mojados, chorreantes de pellejos, con el partido de ajedrez abandonado en lo mejor, para estirar el goce”; en este contexto cobra sentido la pintura expuesta en la tapa del libro, Les Oréades de William-Adolphe Bouguereau, en tanto cifra de lo que uno encontrará apenas comience a leer: proliferación incansable de palabras expuestas al sin sentido o a volver todo un engaño.

Cada capítulo de la nouvelle de Havilio se presenta de idéntico modo que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, por ejemplo, Segunda parte del libro de Cervantes: Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea; Capítulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote; Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote.

La serenidad: De cómo El Protagonista desembarcó en un suburbio, comió entre gitanos, subió una montaña, se perdió en el bosque y dio milagrosamente con el camino a casa; Donde se cuenta el escape en tren del Protagonista, las extrañas escenas que vivió durante el viaje y la manera en que recuperó un par de zapatillas tres décadas después.

¿Por qué la filiación? Havilio vuelve a leer El Quijote. Lo da vuelta: promesas de aventuras o historias que se deshacen, una intertextualidad presente en cada resquicio que carcome la posibilidad de un conflicto principal, la magdalena de Proust en “Queso Fresco”: “La cara de La madre se vuelve nítida de a poco. Es una reconstrucción por capas finas…Esa mujer infinita que lo conoce desde la semilla […] El Protagonista hizo lo que tenía que hacer. El sabor de ese queso consagrado por el recuerdo”.

La serenidad es también, como indica Damián Ríos, “el resultado de una feliz discusión de Havilio con los modos de novelar en el presente”, poniendo en cuestión todas las figuras representativas de la novela moderna: “El Protagonista deja correr lo que queda de tinta…el último soplo de un hábito decadente…Desmenuza Una Biografía que nunca existió en el sentido estricto. Y sin embargo, en el fondo del relato hay Tensión, Trama y Personajes que al igual que los Extras y los Decorados, cayeron en el atiborre. Todas las decisiones estéticas le resultan impracticables. Se le ocurre una genialidad: resignar el papel principal y ver si así…”.

Si cabe alguna duda de que La serenidad es una novela sobre la novela, basta citar un pasaje, “El Protagonista se siente tentado a hablar de la pelambre que evita su propio suicidio, la anécdota dentro de la anécdota”, como esas muñecas rusas que guardan el secreto de una historia dentro de otra historia, pero ¿qué es lo que en realidad guardan si nada pasa dos veces de la misma manera?; en este sentido La serenidad es “el sueño de la reconstrucción” de una historia, de una vida, de una infancia, pero con plena conciencia de que “La reconstrucción es un anhelo imposible”.

Por último, envalentonado en esta exuberancia verbal propongo un exceso interpretativo final: La serenidad es una novela sobre el lenguaje en la que se multiplican las referencias filosóficas, por ejemplo en el parágrafo “Discurso inaugural”, que cierra la nouvelle, habría una clara alusión a las famosas y polémicas palabras pronunciadas por Martin Heidegger al asumir el rectorado de la Universidad de Friburgo en 1933. Y aquí viene el exceso: Eco, en tanto prefijo significa ‘casa’, ‘morada’ o ‘ámbito vital’; Heidegger, a su vez, en Cartas sobre el Humanismo, escribió: “El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada”.

*Nota: Iosi Havilio corrige mi exceso, “Discurso inaugural” remite a un discurso que Heidegger pronunció en su pueblo natal en el año 1955 titulado Serenidad: “La Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio se pertenecen la una a la otra. Nos hacen posible residir en el mundo de un modo muy distinto. Nos prometen un nuevo suelo y fundamento sobre los que mantenernos y subsistir, estando en el mundo técnico pero al abrigo de su amenaza”.

martes, mayo 27, 2014

Alberto Szpunberg. Como sólo la muerte es pasajera

En el número 12 de la Revista Kundra, Manuel Quaranta reseña Como sólo la muerte es pasajera, de Alberto Szpunberg

Una palabra, poco más, pero qué menos que una palabra
como una hoja abandonada en el aire por sus manos
que abre el silencio en ese punto, ese giro
por donde siempre asoma la muerte, poco menos
que una palabra que no dice nada, “muerte”, precisamente nada,
absurda e inexistente como el silencio
que pretende olvidar sus labios –alucinados– que la pronuncian.


Reseñar Como sólo la muerte es pasajera –poesía reunida– de Alberto Szpunberg resulta un ejercicio imposible. ¿Qué criterio utilizar para abrir el juego? Podría, por ejemplo, seleccionar el libro inédito que le da título al volumen completo. Pero ¿consigo con esto captar un mínimo de su producción? ¿Cuál de los quince libros –entre inéditos y editados– representa mejor al conjunto? ¿Qué hacer?
El criterio elegido para esta reseña es tan arbitrario como cualquiera: podría haber pensando en el mar, la ausencia, la memoria, los pájaros, la inocencia o la lluvia, sin embargo una de las palabras que más se repite en cada uno de los libros es muerte, y es ella –sólo ella, en este caso– la que me permite reflexionar acerca de la poesía reunida de Alberto Szpunberg, publicada por editorial Entropía.
Morimos de amor, de hambre, de sed, mueren los pobres, los ricos, los desaparecidos. Muerte Muerte Muerte Muerte Muerte: ¿A qué responde esta insistencia? ¿Derrotarla, conjurarla, vaciarla, morirla? ¿Por qué nombrarla? El nombre no nombra, sólo llama. ¿Convocarla? La muerte, nunca tanta chance de aventura, ¿festejarla?, También ¿te acuerdas? está la muerte, ¿recordarla?, La palabra calla lo que dice, ¿despreciarla?

Demasiadas muertes, piensa él, demasiadas. Un mar de muertos o un mar lleno de muertos, o lágrimas que lloran a los muertos, aunque, firme, “un poema, por favor, corto de agua y ausente de llanto”, rebelde, soberano, como quien dice: “de acuerdo –dijo–: esta es la vida, esta es la muerte”, saliendo a pelear un combate perdido, Despertamos de un sueño en otro sueño/ ¿qué pasó?, nos restregamos los ojos, ¿qué pasó?, y con cierto horror no exento de tristeza nos enfrentamos al día más terrible de los días, un 24 de marzo de 1976, oscuro, como “oscura es la palabra”.
En realidad, estoy triste: en realidad, no estoy triste. Escribo para morir, en realidad, escribo para vivir. Pare revivir a mis demasiados muertos, a los hermanos muertos en la imposible ausencia. Una mano, un hermano, la mano que mata, La posibilidad de matar ya nos hace asesinos,/ y hay preguntas de siempre que siguen sin respuesta:/ ¿por qué el manotazo que mata al mosquito?/ ¿Por qué la osadía de rematar hasta la misma muerte?

La mano, la muerte, ¿la muerte del hermano?, ¿de qué hermano? El primer libro publicado por Szpunberg se titula Poemas de la mano mayor (1962), y yo leo poemas del hermano mayor, presencia constante en ese libro, el hermano, la mano, desde el epígrafe de los hermanos Expósito; ¿qué significa la mano? Acariciar, escribir: Mientras tus manos,/ pacientemente,/ me abrigan de la muerte. ¿La muerte?

La poesía reunida de Alberto Szpunberg está plagada de obsesiones, la muerte, sin duda es una, pero, más allá, o más acá de la muerte, la poesía, la preocupación poética recorre, ubicua, desesperada, toda su obra: Porque en algún recuerdo ya lo hemos visto/ es pasajera la muerte, no el desamparo,/ pero hay una palabra,/ una sola/ que se vuelve poema.
Afirma Szpunberg, en el prólogo, Volver es imposible, y tiene razón, la vuelta siempre es engañosa, el origen, mítico, está perdido, pero sobre todo, el poeta es incapaz de volver porque no tiene ni un sombrero para decir adiós.

lunes, mayo 26, 2014

Literatura blanca


En el diario El litoral, de Santa Fe, Pablo Giordano reseña "Modo Linterna", de Sergio Chejfec.

Toda reseña es una mirada particular que se esfuerza por ser objetiva sin condicionar la experiencia que se quiere transferir a quien lee. En este caso no sabría qué hacer y no hay otra manera de empezar que no sea admitiendo que junto a Mario Bellatin y César Aira, Sergio Chejfec es uno de los escritores más difíciles de abordar. Son como electrones, los cuales no pueden medirse completamente: podemos conocer su ubicación dentro del orbital, pero no a qué velocidad se mueve, u optar por conocer la velocidad pero sacrificando detectar su posición. Estos tres autores parecen experimentar en laboratorios donde lo único importante es no aburrirse, ni aburrir, y de allí surgen géneros o libros como éste, el cual obliga a una lectura de aliento laxo para la narrativa que avanza con pasos de ensayo literario. El autor, quien aseguró que podría dejar de escribir en cualquier momento sin más, nació en 1956, en Buenos Aires y se radicó en Nueva York hace 24 años. El año pasado apostó para Modo linterna por el pequeño sello argentino Entropía, editorial acorde a su obra -según él mismo- la cual crece en voz baja. Estas nueve historias, siete de las cuales habían sido publicadas en diversas antologías, y dos que se editan por primera vez, convierten la materia y la experiencia personal en representaciones abstractas y souvenires -respectivamente-, valiéndose de la crónica testimonial, el ensayo, la ficción, el diario filosófico; técnicas conocidas aunque aquí de a momentos irreconocibles.

El viaje parece lento pero es una ilusión de la ruta, el horizonte se difumina. Modo linterna es tan cercano a la fotografía que hasta en algunas páginas le hizo falta a Chejfec incrustar reproducciones. Pero... ¿qué podemos encontrar en él? ¿Son cuentos, hay historias? Sí, y además exóticas, de donde surgen conceptos en apariencia complejos por tan culturizados pero simples por definición. En el primer cuento, por ejemplo, la invisibilidad es tratada como algo natural (y lo es, a pesar de que la ficción nos haya convencido de lo contrario).

El bello relato de un paseo por la ciudad nevada y silenciosa, casi un tratado sobre el invierno en New Jersey, parece ofrecer una literatura leve y/o minimalista pero se acerca más a lo exhaustivo y detallista del significado. Amasa la alegoría, Chejfec, algo prepara y quizá no haga falta saber qué.
En uno de los relatos, un acompañante al encuentro de su enfermo puede constituir una micronovela, y en otro, un oso de peluche llamado Colita debe aparecer en las fotos de viaje de un ensayista (acompañado de un narrador, un músico y un teólogo) que terminarán buscando la tumba de Saer (uno de los varios guiños alegóricos que pueden encontrarse). Por allí aparece también Vila-Matas, que quiere conocer al árbitro Elizondo, el cual confiesa que quiere escribir unos poemas y una novela. Por un lado están los hechos, por el otro lo reflexivo, como explicó Chejfec en más de una oportunidad.

Hay tanta ficción circulando, que sólo una interrelación con otros géneros vinculados a lo real pueden nutrirla y volverla vívida. Ésa parece ser la receta que cocinó este libro. La documentación fue materia prima pero también el valor agregado y la obra en sí. ¿Una santísima trinidad para un nuevo género? El anecdotario puede ser autobiográfico para generar atributos inversos: así como el personaje o narrador puede ser el autor, la experiencia ficcionalizada y por tanto simbolizante muta al autor y al lector en personaje para proponerle atravesar ciertas experiencias, eso sí, con la levedad y el silencio de la nieve que cae. Dicen que los libros deben cambiar al lector, pero en ningún tratado se dictamina que éste deba percibirlo.

viernes, mayo 23, 2014

Un diálogo sobre las formas de concebir la escritura

Juan Rapacioli escribe para Telam una crónica del segundo encuentro del ciclo Preguntas por el cómo, que se desarrolló el pasado miércoles 21 de mayo en la librería Gandhi de Palermo.


Las diversas formas de encarar un relato, de pensar un narrador, de concebir la escritura, así como la intimidad del proceso creativo fueron los temas abordados anoche en la Librería Gandhi por los escritores Fernanda García Lao, Ignacio Molina y Mariana Dimópulos.

En el marco del ciclo "Preguntas por el cómo", organizado por los diez años de la Editorial Entropía, los escritores hablaron sobre sus respectivas maneras de asumir la escritura, sus puntos de vista sobre los tipos de narrador, y las diferentes formas de pensar una estructura narrativa.

Molina (Bahía Blanca, 1976) es autor de las novelas "Los modos de ganarse la vida" y "Los puentes magnéticos"; los libros de relatos "Los estantes vacíos" y "En los márgenes", y los libros de poemas "Viajemos en subte a China" y "El idioma que usan todos".

El escritor admitió que "la verdad es que no soy muy prolífico, no escribo todos los días; me gustaría, a veces lo intento, pero siempre termino escribiendo cuando me sale. Hasta hace poco tenía un trabajo de nueve horas por día y pensaba que cuando no trabajara más iba a tener mucho tiempo para escribir. No es así, no tiene que ver con el tiempo libre".

"En realidad -sostuvo-, es en esos momentos, cuando no tengo tiempo, que me dan ganas de escribir. Los escritores grosos tienen sus decálogos y consejos sobre la escritura, yo no soy uno de ellos, pero igual lo tengo: creo que la premisa más importante es que cuando uno se pone a escribir tiene que olvidarse un poco de la palabra literatura, que es muy grande".

"Al menos -continuó- eso me pasa a mí, si me pongo a escribir de manera muy solemne, no me sale nada; en cambio, si de pronto estoy frente a la computadora, no pensando en hacer gran literatura, ahí sale algo que luego se asocia a otras cosas; de alguna manera mis libros salen así: no tengo una idea previa, sino escenas sueltas".

Molina apuntó que esas escenas, "en algún momento se entrelazan y así empiezan a conformar una historia. No es que empiezo una historia conformada por esa escenas, sino que son diferentes escenas que a la larga van a conformar una historia".

El autor mencionó, además, que "es muy importante el tema del narrador, encontrar la persona, la voz del relato. Una vez que llego a esa voz, ese tono, empieza a surgir todo lo demás. Voy relacionando las partes sueltas y ahí sí escribo todos los días".

García Lao (Mendoza, 1966) es autora de las novelas "Muerta de hambre", "La perfecta otra cosa", "La piel dura" y "Vagabundas", y del libro de cuentos "Cómo usar un cuchillo". Vivió en España desde 1976 hasta 1993. Escribió, además, varias piezas teatrales con las que viajó por Latinoamérica.

"Estuve pensando en cómo surgen los relatos, cómo aparecen, y cómo eso se modifica con el paso del tiempo -mencionó la escritora-; cuando empecé a escribir me sentaba y me dejaba llevar por el automático surrealista: no saber para dónde voy, no planificar nada, y dejar que los dedos sean los que dirigen a la cabeza".

"Pero después de mucho tiempo de escribir así -explicó- empezaron a aparecer otras fuentes, un deseo de encontrar algo en mi cabeza que no sabía que existía, para poder generar otras cosas a partir de experiencias vividas o noticias insólitas o del territorio más oscuro que viene de la poesía, que siempre está".

En "Cómo usar un cuchillo", apunta la autora, "hay un par de cuentos que tienen que ver con noticias y de cómo a partir de la noticia uno se adueña de ese universo realista y lo lleva a un lugar al borde de lo inverosímil: la noticia se refería a una mujer que fue al dentista porque el día anterior había comido pulpo crudo y algo le molestaba en la boca".

"Entonces -continuó-, el doctor la examina, y le dice que encontró espermatóforos de pulpo. O sea que el pulpo había eyaculado en la boca de la mujer o no había quedado limpio. Me pareció genial pensar que la mujer quedara embarazada de un pulpo después de cenar".

"Claro -explicó- tenía que seguir la lógica humana y aquellos espermatóforos debían ir al lugar indicado, así fue como inventé un personaje y pude situar el tema de la voz y el punto de vista. Además, me puse a estudiar el sistema reproductivo de los pulpos, como para tener la base científica para después irse al carajo".

Dimópulos (Buenos Aires, 1973), es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y traductora del alemán y el inglés. Vivió en Alemania entre 1999 y 2005. Publicó las novelas "Anís", "Cada despedida" y "Pendiente".

"A diferencia de mis dos colegas, yo sí soy metódica -afirmó la escritora-, sí sé a dónde voy cuando escribo, lo logre o no, y, de hecho, una de las cosas que me pasan y que a veces es una trampa mortal, es que sé perfectamente cómo tiene que terminar lo que pienso escribir".

La autora sostuvo que le interesa "la idea de hacer verosímil lo imposible, es un desafío en la hora de escribir, esa es la maravilla de la ficción, algo que no es real y sólo puede ser verosímil".

"Trato de ser metódica -reafirmó-, pero no vivo de lo que escribo, por lo cual tengo poco tiempo; me dedico a la traducción, eso me lleva muchas horas por día y significa que escribo cuando puedo, pero siempre tengo un libro dando vueltas en la cabeza que me tortura, me sigue, me pone bien y mal".

La escritora aseveró: "de ninguna manera me siento a escribir con la idea de ver a dónde me lleva el libro. Eso no quiere decir que sepa cómo llego a ese final, por eso tengo que reescribir mucho, abandonar y empezar de nuevo un libro terminado que no funciona".

"Lo que me pasa -explicó- es que tengo un problema y, para solucionarlo, debo convertirlo en relato. Es un problema de orden teórico que sólo se puede resolver a partir de una narración".

martes, mayo 20, 2014

Preguntas por el cómo: segundo encuentro. Mariana Dimópulos, Fernanda García Lao e Ignacio Molina

Mañana, en la librería Gandhi de Palermo, se desarrollará el segundo encuentro de "Preguntas por el cómo", el ciclo con el que Entropía festeja sus diez años.

En este encuentro, Mariana Dimópulos, Fernanda García Lao e Ignacio Molina compartirán con el público la intimidad de sus procesos de escritura y sus aproximaciones a la producción literaria.

Miércoles 21 de mayo, 19 hs. Librería Gandhi. Malabia 1784. Palermo. CABA.
Los esperamos!


viernes, mayo 16, 2014

La unión hizo la fuerza en la Feria del Libro

Violeta Gorodischer escribe sobre Los siete logos en la revista ADN del Diario La Nación

Se multiplicaron en Buenos Aires durante los últimos diez años y, siguiendo el ejemplo de Los Siete Logos, que desde 2013 agrupa en un mismo stand a Beatriz Viterbo, Adriana Hidalgo, Caja Negra, Entropía, Eterna Cadencia, Katz y Mardulce, en esta edición debutaron Los Sólidos Platónicos.

Agruparse para ganar fuerza: ésa es la premisa que, en la última Feria del Libro , reunió a varias de las editoriales medianas y pequeñas que se han multiplicado en Buenos Aires. Tal vez el ejemplo más elocuente sea el de Los Siete Logos, stand revelación 2013, que este año apostó a repetir la experiencia. Lo conforman Caja Negra, Eterna Cadencia, Adriana Hidalgo, Beatriz Viterbo, Katz, Mardulce y Entropía. Un popurrí con algunas de las propuestas más innovadoras en lo que hace al terreno literario local. Caja Negra, por ejemplo, nació en 2006 con la publicación de El arte y la muerte, de Antonin Artaud; Nietszche, filósofo dionisíaco, de Ezequiel Martínez Estrada, y Acéphale, libro que compilaba los cinco números de una revista dirigida por Georges Bataille. El crecimiento más importante, sin embargo, se dio en los últimos dos años. Tanto, que hace sólo semanas se hicieron acreedores del premio "Editores del año", elegido por el jurado más incuestionable en termómetros de lectura: los libreros. Palabra desorden, de Arnaldo Antunes; Black Music, de LeRoi Jones, y El contexto de un jardín, de Alexander Kluge, son los últimos títulos editados. "Logramos establecer una frecuencia de novedades y reediciones mensuales más constante que la de los primeros años. Fuimos afianzando y expandiendo ese círculo de lectores: al multiplicar nuestro catálogo, la propuesta editorial de Caja Negra va sumando una mayor cantidad de temas y de registros, va expandiendo su alcance", explica Ezequiel Fanego, uno de sus creadores. En cuanto a la decisión de asociarse con otros colegas, Fanego asegura que tiene que ver con las instancias de diálogo y solidaridad, "muy comunes entre cierto tipo de editoriales". Así, en ese contexto de intercambio, surgió la idea de participar juntos "como un modo de absorber entre todos los costos y al mismo tiempo conformar una propuesta lo más rica y alternativa posible". Algo parecido sostiene Leonora Djament, al frente de Eterna Cadencia, una editorial que, desde su nacimiento en 2008, apuntó a un crecimiento lento y sostenido a partir de la publicación de literatura, poesía y ensayos. El mes pasado sacaron al mercado La descomposición, de Hernán Ronsino, y Sobre Kafka, de Walter Benjamin. "Es más fácil, divertido y rentable agruparnos con otras editoriales -asegura Djament-. La Feria del Libro es un espacio muy grande y costoso, y la mejor alternativa fue elaborar una estrategia asociativa donde potenciamos nuestros catálogos." Damián Tabarovsky, de Mardulce, afirma: "Publicamos libros arriesgados, y a la vez, lo hacemos de una manera profesional: los libros están bien editados, bien distribuidos, con buena prensa. Exportamos a América Latina y España". ¿Sus últimos títulos? Inclúyanme afuera, de María Sonia Cristoff, y Letras hilvanadas. ¿Cómo se visten los personajes de la literatura argentina?, de Victoria Lescano.

Planes para el futuro

Tanto éxito tuvieron Los Siete Logos, que ya han compartido varias ferias en el interior del país durante 2013, fueron juntos a la Feria del Libro de Chile y tienen planes para Guadalajara. Pioneros de la movida, los mentores de Entropía, que acaba de cumplir su primera década, miran el pasado con fuerza reivindicatoria: "Nacimos en 2004, cuando aún eran muy notables las secuelas de la mayor crisis socioeconómica de la historia argentina. Un contexto complejo, que presentó dos características que alentaron la formación de nuevas editoriales. Por un lado, una fuerte restricción del mercado importador de libros como consecuencia de la devaluación del peso. Por otra parte, el clima social había derivado en una gran efervescencia en la producción textual -recuerda Sebastián Martínez Daniell-. En estos años surgieron Interzona, Eterna Cadencia, Bajo la Luna, Mansalva, Tamarisco, Adriana Hidalgo, Beatriz Viterbo, Caja Negra, Entropía y algunas más. Editoriales que venían a reflejar esa enorme producción literaria que estaba siendo ignorada o desperdiciada."

Diez años más tarde e inspiradas en varios de estos antecesores, jóvenes apuestas editoriales se unieron bajo el nombre Los Sólidos Platónicos para debutar en la Feria 2014: Fiordo, Aquilina, Letranómada, Libraria, Criatura Editora, Gourmet Musical y Wolkowicz. "El ejemplo de Los Siete Logos nos pareció inteligente e interesante, así que convocamos a algunas editoriales más con las que sentimos afinidades y también complementariedad, y nos tiramos a la pileta", cuenta Julia Ariza, de Fiordo, que editó su primer título en 2012 (El diván victoriano, de Marghanita Laski). Lo interesante es que esta acción trasciende el marco de la Feria: por un lado, ya encaran ventas al exterior en forma conjunta, por el otro, varios de los integrantes del colectivo se agruparon para promocionar sus catálogos en las librerías a lo largo del año. "Y es probable que aprovechemos esta nueva red para pensar nuevas actividades que nos permitan llegar a más librerías, ferias y lectores", agrega Julia.

En el efervescente campo de la literatura infantil, por otra parte, la idea se replica. Bajo el nombre de Tejemos Historias, varias editoriales especializadas en este género (Ojoreja, de Lúdico, Gerbera y La Bohemia) apostaron al objetivo de ganar fuerza y visibilidad en el mismo movimiento. "En una primera instancia, esto ha tenido que ver con la presencia en la Feria del Libro, pero al poco de andar descubrimos que cada quien podía compartir su experiencia y sumar no sólo en el particular de los demás sino también en el colectivo. Así apareció la necesidad de buscar un nombre y empezar a desarrollar una identidad común", plantea Valeria Sorín, editora, junto con Laura Demidovich, de La Bohemia, un proyecto de donde han salido títulos como Una siesta antes de comer, de Sandra Comino y Yael Frankel, Alacrana para armar, de Graciela Bialet e Istvansch, y El Jorobadito, de Roberto Arlt, ilustrado por Luis Scafati.

Ricardo Romero, de Aquilina (parte de Los Sólidos Platónicos), repasa el parate de dos años que tuvo su editorial, nacida en 2008, ("problemas de distribución", aduce) y se alegra de haber podido resurgir en el último año. "Las editoriales chicas tenemos las mismas ventajas (capacidad de riesgo y apuestas personales, ausencia de burocracia que encarece la producción de cada libro), pero también los mismos problemas: distribución, proyección, llegada a los lectores -sostiene-. Estar en la Feria es un salto hacia adelante en todos estos aspectos, y el hecho de reunirnos teniendo catálogos tan distintos nos permite que los lectores se crucen." La ventaja, coinciden todos, es que entre ellos no compiten. Más bien, se complementan..

martes, mayo 06, 2014

"Todo poema es de amor"

A raíz de la publicación de Como sólo la muerte es pasajera, Juan Fernando García entrevista a Alberto Szpunberg para el suplemento Cultura del diario Perfil.


Protagonista medular de la generación del 60, se publica la poesía reunida de Alberto Szpunberg, un escritor reconocido tanto por su compromiso político como por haber forjado una obra distanciada del modelo cristalizado por sus contemporáneos. 

Toda poesía habla de la memoria. Todo poema es una balsa tallada en esa madera hecha de tiempo y experiencia. Y hay quien puede navegar por aguas cenagosas, nadar en aguas cristalinas, o hundirse en arenas movedizas. La memoria –personal y colectiva– es parte esencial de la obra del poeta  Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940).

Como hijo dilecto de la generación del 60, esa memoria es eminentemente política. Pero a diferencia de muchos de sus compañeros de ruta y militancia (entre otros, su querido Juan Gelman, fallecido en enero de este año), sus versos cincelan el gesto amoroso. Y es por eso que su poesía es tan extraña, o distanciada del modelo cristalizado por muchos de sus contemporáneos.

La reciente aparición de su obra reunida, bajo el título endecasílabo Como sólo la muerte es pasajera, promueve este diálogo. Como telón de fondo, el cielo gris, los brillos de un mediodía de lluvia persistente, en el barrio de San Telmo. De los ecos familiares, de la política, de la poesía en forma de grueso volumen, versó una conversación con la calidez que emana de su tono, de su risa carraspeada por el cigarrillo, la misma calidez que irradian sus poemas, de una belleza inusual. Son 50 años de producción sostenida, que a esta edición de libros éditos pudo adisionarle cinco piezas inéditas con las que abre el volumen, y actualiza la lectura.

Alberto Szpunberg es uno de los más grandes poetas argentinos, porteño medular que se fue al exilio en 1977, se afincó en Barcelona, empezó a volver en 1984, y decidió quedarse definitivamente en diciembre de 2001, “en medio del quilombo”, cuando creyó que aquel “argentinazo” cambiaría todo. También, las razones domésticas: “Mis hijas se hicieron grandes; y yo me volví prescindible”, afirma, riéndose.

Ante la pregunta, o simplemente la insinuación de catalogarlo como “poeta político”, sonríe y afirma: “Yo no soy un poeta político, soy un ser humano, y todo humano es un sujeto político.” Cree firmemente que ese rótulo empequeñece la poesía. Y cita a Aristóteles en griego, donde resuena la voz de aquel docente universitario que aún pervive en él, y traduce: “El hombre es de naturaleza política”, por eso insiste: “¿Cómo no va a aparecer eso en la poesía?”. Aunque sabe que algunos son más explícitos, más coyunturales. En su poesía aparecen esas marcas, esas huellas de los días vividos: hay “compañeros”, hay “17 de octubre”, y también “30.000 ausencias”, y hay sobre todo (valga la paráfrasis de uno de sus grandes libros) “fuego en la tibieza”, donde mora la memoria de todos, el tiempo que hace a la políitica y también a la mirada implacable del poeta, que aún sigue preguntándose “en la luz de qué memoria”.  Lo que no hay es regodeo en el dolor, ni melancolía absurda de exilios. No, no abreva ahí su lírica política.

La memoria es también la de la infancia, la de la casa en Paternal con una madre que “escuchaba tangos, música popular, y apagaba la radio cuando llegaba el viejo porque a él le gustaba sólo la música clásica. Aunque en mi casa nunca, pero nunca se escuchó Wagner”, por eso, en el breve y brillante prólogo del libro, “Seré el que seré”, enumera: “Chopin, Angelito Vargas, el jazán Pinchik y el Coro del Ejército Soviético”, que el lector atento de esas casi quinientas páginas de la bella edición de Entropía, de esa quincena de libros, reconocerá en las voces que brillan y vibran en los poemas, esas marcas de oralidad que son también su estilo.

Para Szpunberg, no hay sujeción para la poesía, es “la rompedora de límites”, no tiene temas vedados porque debe abrirse siempre al misterio, a través de su transgresión. “Una palabra no es igual en un poema que en otro; no es igual una lectura a la mañana que a la noche.” Cree que hay un empecinamiento en limitar los temas poéticos, que cree que es el mismo empecinamiento en decir que tal poesía “es de izquierda”. Ese tipo de aseveraciones le parecen inadmisibles y en esa libertad funda su poética. Por eso también puede decir que nunca relee lo editado, y este volumen, que resistió un poco (“los culpables son Alejandro García Schnetzer y Gelman”), no tiene correcciones posteriores. Por eso es que la poesía “anda merodeando siempre”.

Quien haya escuchado alguna lectura pública de Alberto Szpunberg habrá quedado prendado del efecto de su voz, de su cadencia, y esa pregnancia quedará grabada a fuego en la lectura solitaria de los poemas. Como sólo la muerte es pasajera es una compilación que habla también del asombro porque también, como aquel poema de Emily Dickinson, se funden “verdad y belleza”.

¿Qué es la poesía, entonces? “La poesía es asombrosa siempre, por su propia naturaleza. Es un intento de creación. Y cuando uno descubre la poesía tiene una sensación maravillosa. Como cuando te enamorás. Porque en definitiva, todo poema es un poema de amor.”


martes, abril 29, 2014

Entropía, 10 años de un sello nacido al calor de la nueva literatura argentina

En TELAM, nota sobre los 10 años de Entropía


La editorial independiente Entropía celebra sus primeros diez años de vida con un catálogo "permeable y reactivo a los cambios de época", y una interesante apuesta en la 40 Feria del Libro de Buenos Aires, que se celebra en el predio porteño de la Rural hasta el 12 de mayo próximo.

Los 10 años de Entropía llegan con la nueva colección Nouvelle que inauguró "La Serenidad" de Iosi Havilio; y la presentación en "Zona Futuro" de la Feria, el 9 de mayo a las 20:00, de la escritora Romina Paula y los editores Gonzalo Castro y Sebastián Martí­nez Daniell, quienes repasarán los inicios del sello, con música y un brindis.

Entrando por Cerviño 4440, al Pabellón Amarillo del predio de avenidas Santa Fe y Sarmiento, se sumará el taller de escritura de Ignacio Molina, autor de "Los puentes magnéticos"; y ya fuera de la feria, a los festejos se añadirán la reedición de "Opendoor", de Havilio; "La comemadre", de Roque Larraquy; "¿Vos me querés a mí­?", de Paula y "Conquista de lo inútil", de Werner Herzog.

Así como el ciclo "Preguntas por el cómo", cada tercer miércoles de mes, hasta noviembre, en la librería Gandhi de Palermo, donde autores como Sergio Chejfec, Carlos Ríos o Hernán Ronsino cuentan la trastienda, laboratorio y cocina de sus textos.

Entropía nació en 2004, cuando aún era muy reciente el recuerdo de la mayor crisis socioeconómica argentina, "una época que había dejado una estela de empobrecimiento o escasas prosperidades que terminó resultando favorable para la aparición de propuestas editoriales como la nuestra", contó a Télam Martínez Daniell.

Ocurre que "la crisis y consecuente fluctuación de divisas llevó a grandes grupos a restringir la importación de títulos y limitarse a autores probados comercialmente", mientras que la efervescencia social derivó en una gran la producción textual, "pululaban gran cantidad de obras de una nueva generación de escritores que no encontraban espacio" y lo hallaron en emprendimientos inéditos Entropía, Interzona, Bajo la Luna, Mansalva o Adriana Hidalgo.

El rol de esos sellos, reflexionó Martínez Daniell, fue "encausar la enorme producción literaria local que estaba siendo ignorada o desperdiciada", así como "la obra extranjera desestimada por grandes grupos editoriales".

La editorial, asimismo, nació de la confluencia de saberes, intereses y ganas de cuatro viejos amigos: Gonzalo Castro y Martínez Daniell tenían escritas sus primeras novelas sin editar; Valeria Castro hacía años planeaba lanzar su propio sello; y Juan Manuel Nadalini "reunía todas las condiciones para transformarse en un extraordinario editor", agregó.

Con esas dos novelas salió a la calle -"Hidrografía doméstica", de Castro, y "Semana", de Martínez Daniell-, que a pesar de ser obra de dos ignotos "abrió dos puertas en forma casi simultánea", recordó el editor.

Mientras la académica Graciela Goldchluk les proponía editar la correspondencia inédita de Manuel Puig, se acercaban autores inéditos como Paula o Havilio; todas obras que una vez publicadas "se hicieron notar rápidamente en el panorama literario argentino" haciendo que "el salto de la editorial fuera exponencial" y que "el resto de la historia ya sea más conocida", resumió.

En estos 10 años, consignó Martínez Daniell, "el contexto nacional e internacional se ha modificado enormemente y nuestro catálogo y búsquedas fueron siendo permeables y reactivas a esos cambios, aunque el espíritu continúa siendo el mismo".

¿Definir ese espíritu? "No es fácil -se adelanta-, quizás el mejor atajo sea vincularlo con la absoluta libertad a la hora de seleccionar lo que vamos a publicar y el rigor que intentamos poner en el proceso de edición".

"Pertenecemos a un movimiento que, a falta de mejor nomenclatura, se lo llama de editoriales independientes -para indicar que no hay grandes grupos económicos controlando la política editorial-, pero preferimos llamarnos interdependientes, porque nuestra supervivencia depende en gran medida de múltiples comunidades vinculadas con la circulación de textos entre escritores, libreros, editores y críticos", remarcó.

¿Qué define a un sello interdependiente de uno mainstream? "No la calidad de las obras que publica -aseveró Martínez Daniell-, hay buenas y malas en todos los catálogos, la diferencia está en que podemos moldear un catálogo con personalidad propia, suelto de las amorfas preferencias del mercado" y "tiempo" para cada libro libre de "exigencias comerciales".


Con 45 títulos y nueve colecciones -Novela, Nouvelle, Cuento, Teatro, Crítica, Poesía reunida, Apostillas, Colección Puig y Antología- son 56 los autores que publicó la editorial, en su mayoría argentinos aunque el abanico reúne extranjeros como el alemán Werner Herzog, los mexicanos Mario Bellatin y Daniela Tarazona o el portorriqueño Luis Othoniel Rosa.

Cada uno de los autores publicados -Virginia Cosin, Mariana Dimópulos, Alejandro García Schnetzer o Leandro Ávalos Blacha entre otros- "fue un hallazgo" y "el hecho de que luego algunos continúen sus producciones literarias y confirmen el potencial que entrevimos en un comienzo es un valor agregado", aseveró sobre escritores a los que se suman como Pola Oloixarac, Sonia Budassi, Augusto Bianco, Diego Muzzio y Raúl Castro.

Para Martínez Daniell esa búsqueda "es la parte más inasible" del trabajo editor: "¿Cómo se encuentran estos autores en el enorme fárrago de inéditos que circulan por la Argentina? Leyendo mucho, luego empiezan a jugar el azar, afinidades estéticas, valoración de textos en su particularidad y al margen de las nomenclaturas, divergencias razonadas y coincidencias intuitivas", aventuró.

lunes, abril 28, 2014

Entropía y Los siete logos en la 40ª Feria Internacional del libro de Buenos Aires

Al igual que el año pasado, Editorial Entropía participa de la 40ª Feria Internacional del libro de Buenos Aires como parte de Los siete logos, un emprendimiento que llevamos a cabo junto a las editoriales Adriana Hidalgo, Beatriz Viterbo, Caja Negra, Eterna Cadencia, Katz y Mardulce.
Este año sumamos metros cuadrados y nuestro stand es mucho más grande y cómodo pero igual de amigable.
Los esperamos con todo nuestro catálogo y las últimas novedades en el stand 1920 del Pabellón Amarillo.






martes, abril 15, 2014

Entropía, diez años editoriales. Chejfec, Ríos, Ronsino.

Mañana comienza el ciclo "Entropía, diez años editoriales" en la librería Gandhi de Palermo.
Sergio Chejfec, Carlos Ríos y Hernán Ronsino compartirán con el público sus procesos creativos.


lunes, abril 14, 2014

Un recienvenido encuentra en Azul los emblemas de la nueva ficción

El texto con el que Sergio Chejfec, autor de Modo Linterna, inauguró el FILBA Nacional 2014, la semana pasada, en Azul.


Bajo este título periodístico voy a describir una experiencia común a muchos de los que estamos aquí. Al llegar a una ciudad que no se conoce, uno observa cosas sueltas y elabora un cuadro preliminar, jerarquizando ciertos detalles a primera vista. (Digo: uno observa cosas sueltas y cosas que parecen sueltas.) Son minutos que pasan muy rápido. Me refiero a esos momentos de recién-llegado que no tienen nombre, llenos de impresiones pero apartados del conocer.

Si se trata de un escritor, esta situación puede ser el embrión del relato potencial: el escritor está alerta a nuevos estímulos y asociaciones; el viaje, por otra parte, ha puesto en primera fila la propia subjetividad. Hay un escenario físico que puede ser organizado visualmente de muchas maneras. Sin embargo, no es todavía el momentode la peripecia. El observador se sumerge en una cadena de pensamientos y asociaciones larvales en la que ninguna historia puede desarrollarse porque aún nada significa nada en concreto.

Va a imponerse entonces una imaginación de tipo especulativa. No la fantasía de intrigas y persecuciones, de premios y conflictos, de causas y efectos, de idiosincrasias y caracteres, sino la sensibilidad flotante de quien no entiende demasiado lo que está viendo, por otra parte sabe poco acerca de ello, y por algún motivo carece de fuerzas para curiosear. Quiere tener una mirada abarcadora, sabe que la realidad funciona siempre de manera concertada, entiende que ese espacio urbano desconocido tiene un sentido y un uso específicos, etc.; pero él, en la medida en que proviene del exterior y no entiende, toma partido por el reino de lo parcial. La rumia del testigo que razona argumentos y trama relaciones a partir de lo que ve y recuerda . De ese modo fragmentario, sabe, la realidad se presenta mucho más material que como suele exhibirse cuando lo hace en bloque; cada pedazo y detalle del mundo efectivo exhibe una hilacha de historia asignada; la exhibe como un prodigio del tiempo, como si a un arqueólogo se le ofrecieran a ras del suelo todas las pruebas que siempre ha buscado.

La observación detenida es silenciosa, y por eso permite escuchar la propia respiración. No es sin embargo lo único que se escucha, porque tiene la sensación de que su respiración, de tan inaudible, permite oír también la respiración de las cosas que mira, o sea, esos fragmentos de ciudad que se están viendo por primera vez.

Observa la plaza, y algunos de sus ánforas inmensas o luminarias vigilantes, tan adustas en su geometría, parecen latir pese a la condición abstracta que hace tanto las acompaña; ve el perfil bajo de la mayoría de los edificios y supone que son piezas de una gigantesca simulación concertada, inverosímilmente baja teniendo en cuenta la altura del cielo. Quiero decir, escucha la respiración de las cosas y no la escucha; lo mismo pasa con los latidos; ve este mundo levantado sobre la llanura como una propuesta de escenario artificial, pero sabe a la vez que se presenta como absolutamente real. Porque si este escenario no hubiera sido real no habría venido hasta aquí. Quiere homenajear esa realidad sencilla y acotada, esta hospitalidad silenciosa. Pero, ¿cómo se homenajea de incógnito?; ¿cómo se agradece en secreto?

*

Toma esta palabra: secreto. Recuerda otra: acumulación. Sabe hacia dónde su pensamiento puede ir: murmura ahora la palabra “Cervantes”. También podría haber dicho “Quijote”. Observa las cosas a vuelo de pájaro (la plaza, el teatro, los árboles, la municipalidad, los edificios para él ignotos, las copas de los árboles de más allá) e imagina dos torres de libros, de aproximadamente 150 ejemplares cada una, en equilibrio inestable y que buscan competir en altura. Son los 300 quijotes que, supone, luego de vericuetos de todo tipo consiguieron para esta ciudad el adjetivo de “cervantina”. Piensa en un quijote adaptado a la pampa, en la condición amarga o acriollada que debería arrastrar el personaje sintonizado con el medio físico, y en el obligado atributo con que se acompañaría, una desinencia de sí mismo, el caballo.

Naturalmente, al visitante le viene a la mente la existencia de Aballay; y se pregunta si ese héroe reticente y culposo, para todo irresoluto excepto mantener a cualquier precio el pacto de vivir alejado del suelo, se pregunta si Aballay no podría ser considerado como alguno de esos herederos interiores a la misma ficción de la literatura: quiere decir, la literatura reproducida hacia el interior de sí misma.

Imagina la hebra intangible de algún Quijote (¡imposible usar la palabra sueño!) desprendida de la biblioteca del doctor Bartolomé Ronco, viajera del aire como las semillas por la llanura y más allá, hasta alcanzar un recoveco de la mente anti heroica de Antonio Di Benedetto.

Las aventuras de Aballay son tan pedestres, piensa, como las del Quijote verdadero. Sin embargo Aballay carece de imaginación, apenas es un personaje pariente de Kafka; sólo dedica sus fuerzas a no traicionar la promesa que ha hecho. Mientras tanto se convierte en santo y, como el Quijote, se hace real, o sea, se transforma en personaje dentro de su propia historia.

No Aballay, sino el observador recién llegado a la ciudad, piensa en esa historia del indio o gaucho anacoreta, o estilita, que es Aballay como una circunvolución sintética de la idea del Quijote. Al observador lo atrae su condición andante, el sino de santo merodeador que, radicalmente obediente a su decisión penitencial, de tan absorbido en su cumplimiento no tiene espacio para la fantasía. Imagina a Aballay pensando (porque habla poco, ni tiene oportunidad de hablar); pensando: Renuncio a las peripecias de los viajes, el caballo –andadura por definición– es la inmovilidad.

*

Antes de que todo esto ocurriera (no me refiero a Aballay, tampoco al doctor Ronco), el visitante busca un libro escrito hace tiempo. Allí lee: “Tras una marcha de pocas horas, entramos en Azul, ciudad de origen reciente que no pasa de ser una simple agrupación de ranchos. En el centro existe un fuerte con algunos cañones; hay también una pequeña iglesia y una tahona movida por mulas. Se estaban construyendo varias casas de ladrillo: entre los trabajadores figuraban hijos del país y algunos ingleses. La población es de unas mil quinientas personas y los indios fronterizos la habían mantenido siempre en estado de alarma. Le estaba reservado al general Rosas, imponerles un verdadero escarmiento con su expedición de 1833.” Enseguida, el autor habla de aproximadamente tres mil indios alineados con el gobierno. Hace el cálculo del costo de cada uno y llega a la conclusión de que el Estado paga un precio increíblemente barato por asegurarse la paz y poseer ese contingente defensivo, más numeroso que la milicia y el ejército. El relato es de 1847. El visitante no se detiene en este párrafo por su importancia documental oideológica. Lo destaca tan sólo como preámbulo a lo que ha llamado su atención, mucho más breve. Dice el relato: “Después de dar una vuelta por la población, fuimos a visitar al Comandante…”

El autor es William Mac Cann, viajero inglés. Uno de los varios cuyas descripciones de viaje inspirarían las hipótesis de Martínez Estrada sobre la argentinidad. El visitante se siente conmovido ante este comentario un poco retórico y dicho al pasar: ese “dar una vuelta” por una población que acaba de ser descripta como una simple agregación de ranchos. Piensa: dar una vuelta es mirar y perder el tiempo; recorrer distraídamente y con la atención alerta, apropiarse de una superficie y someterse a ella. Dar una vuelta es sobre todo una experiencia urbana: estar a la espera del detalle que despierte la atención. El visitante entonces tiembla de emoción, se siente reconocido por la historia entretejida en los libros: cree que pese al tiempo de separación, Mac Cann y él se sometieron a las mismas impresiones al llegar por primera vez a esta ciudad.

Le gusta la idea de asignar a esa frase andariega una atribución especial, piensa que es la prerrogativa que en cierto modo tiene la literatura, en este caso la capacidad de dar por creada una ciudad por la mera narración de unos hechos, que a lo mejor no existieron, pero se mencionaron, y que al haber sido dichos establecen una presencia física tan concreta como la realidad más real.

Piensa: pueden imaginarse varios motivos por los cuales se le ocurre a Mac Cann recordar que dio una vuelta por ese rancherío azuleño, pero esa frase es autónoma, crea un entorno y lo declara cierto, como consecuencia de su propia formulación y con independencia de la realidad efectiva. Sin embargo, es también cierto que nada hay distintivo en Azul, a los ojos de Mac Cann, en lo que valga la pena detenerse, fuera de considerar el lugar como el más exitoso experimento de estabilización de la frontera. Este viajero anda por el poblado como si se tratara de cualquier otro. Entonces, el visitante piensa que se trata de lugares provincianos, difusos por similaridad; nada los destaca fuera de su condición de puntos de concentración en medio de la llanura. Y también piensa que en la medida en que por eso son, en apariencia, permeables a marcas y significados, tienen una extraña, él diría capciosa, proclividad hacia cierto tipo de ficción. Una ficción cuya peripecia fantasmática debe tramarse con momentos de desorientación, también de desconcierto, y, por momentos, de una truculenta confusión.

Como vemos, el visitante se siente otra vez conmovido porque encuentra en este pliegue de la ciudad de Azul otro elemento de identificación. La ciudad reclama una ficción asordinada, de esas que precisan desconfiar de sus propias virtudes. Piensa entonces que si alguien lo escuchara, diría que dio con una regla no escrita de la representación provinciana: las ciudades pequeñas y medianas dicen poco, debido a ello se expresan por las rarezas o caprichos de sus pobladores. Una ley en la que se basan los relatos de Puig, Conti, Briante, Carrera y varios otros.

*

Queda rebotando en la cabeza del visitante la palabra capricho; que a su vez, dado que está en la ciudad elegida, le inspira la palabra exabrupto. Cuando habla de “elegida” se refiere a ciudad señalada por el trabajo del gran ingeniero, cabecera del partido de la provincia donde el ingeniero Salamone hizo el mayor número de obras, ocho; y, encima, una casa particular. Aún el visitante no las ha visto, pero se ha informado y se pregunta si más allá de consideraciones sobre estilos arquitectónicos, de cosas como el formato racionalista o las propuestas decó, de la simbología masónica o el influjo futurista, en cualquier caso, de la ambición trascendente, la obra de Salamone no tendrá como inspiración preliminar un deseo básico vinculado con el tamaño, algo que de tan ineludible busca a primera vista un impacto emocional inmediato, algo así como imponer respeto o temor.

Introducir la desproporción según escala a primera vista equivocada, levantar el monumento gigante y el facetado continuo donde las condiciones físicas no lo requieren ni lo suponen. El visitante sostiene que el gran tópico de la ciudad moderna es la desproporción; permite esa experiencia tan urbana y siglo xx de sentirse extraviado y soñarse anónimo. Piensa por lo tanto que en la desproporción extrema de algunas de sus construcciones, Azul, como otras ciudades de la provincia, exhibe una especie de blasón infrecuente, un carácter focalizado y opcional: quién sabe si esos exabruptos de hormigón están allí para cancelar la idea de la eterna condición armónica de la ciudad (o sea, una desmentida de las distintas versiones de “dar una vuelta”), o si son muestras de la misma desmesura que lo exterior inspira –el visitante se refiere a la desmesura de imponer verticalidad y de ese modo crear espacio a partir del vacío y la planicie natural–.

*

Mientras Mac Cann se pone a dar una vuelta por Azul, en Toay, La Pampa, un niño cautivo lee en voz alta ante un público de indios. El visitante sabe que en dos años ese joven cautivo va a huir hacia el mundo cristiano. En el momento de la fuga, Avendaño tiene alrededor de 14 años. Los siete primeros años los pasa con su familia, en Santa Fe; los otros siete con Caniú, el cacique a quien pertenece, en Toay, a cuya familia se ha integrado y donde es uno más. Avendaño es un cautivo atípico, porque puede leer, y lo hace en voz alta. Llegan indios de otras tribus para verlo en acción, trayendo presentes para Caniú: mantas, cueros, animales. Aunque casi nadie entiende castellano, es el pago por ver al niño “hablar con el papel”, como dicen.

El único libro que Avendaño posee, para entonces no sabe escribir y naturalmente ni piensa en redactar sus memorias, es de catequesis. Es lo que lee frente a los indios. El visitante recuerda El entenado, la novela de Saer; el relato de un cautivo de los indios Colastiné que una vez retornado aprende a escribir y es capaz de contar su experiencia.

Ya como cautivo Avendaño conoce Azul de oídas, porque es de donde llegan las novedades políticas y los envíos del gobierno. Los indios establecen sus alianzas pensando en Azul. Esta ciudad resultará decisiva para el futuro de Avendaño. Aquí será intérprete del gobierno y luego Intendente de Indios. Intervendrá en pactos y componendas, más tarde será factor mitrista y socio de un cacique. Su final es un epílogo de la Revolución de 1874: acaba lanceado en Olavarría junto a Cipriano Catriel. El cuerpo de Avendaño queda, según dicen, en Olavarría, pero su cabeza viaja hasta Azul; una vez en su casa es arrojada desde la ventana hacia la calle, acaso con propósito ejemplarizante, o como eslabón de un hoy olvidado ritual.

El Azul, como se le decía antes, se ha convertido para el observador en un sitio de referencias dispersas e historias borrosas; allí habitan acontecimientos menores, secundarios, y por lo mismo imprecisos, también erráticos y sobre todo inasibles. Pero el visitante cree que en cualquier momento todos esos indicios podrían convertirse en fundamentales y decisivos. Para eso bastaría un simple cambio de las coordenadas históricas, que un día la historia local se revele crucial y así los hechos menores proyecten una grandiosidad oculta hasta ese momento. El visitante cree encontrar allí la estrategia de seducción de la ciudad: no busca impresionar ni imponerse, por eso esconde sus secretos como tesoros inadvertidos, pequeñas cartas robadas que se deslizan ante la vista de todos sin ser descubiertas. Como las luminarias de la plaza principal, que vistas desde abajo parecen observar con cuatro ojos lo que ocurre en la tierra.

Justamente, leyó el relato del cautivo Avendaño no hace mucho y le agrada vincularlo con la ciudad de Azul en una suerte de convergencia de medianías. Porque le gusta pensar en Avendaño como un héroe acotado, medio anónimo, al igual que Aballay y el Quijote, como si uno dijera de poco vuelo, aunque esencial. Un individuo de heroísmo intrascendente, un punto movedizo entre fronteras, que atraviesa y es atravesado, tal como su cuerpo termina encontrando la muerte. El visitante piensa en Avendaño como un héroe cultural pero no literario. Incluso piensa que hace tiempo se acabó la buena época para los héroes literarios, y que son los héroes culturales los que tienen mejores posibilidades como sujetos novelísticos –cree, un momento propicio para el Avendaño heroico–.

*

Pero de los misterios de Azul, si es que existe un grupo de cosas que pueda recibir ese nombre, para el visitante no se destacan en primer lugar las obras afiebradas de Salamone, tampoco el raid exterminador de Mateo Banks, ni la originalidad azuleña durante la expansión fronteriza; lo que atrae más su curiosidad es algo a primera vista trivial como los juguetes de Bartolomé Ronco.

El visitante sabe que fueron de madera y que los hacía para los niños pobres. ¿Habrá quedado alguno en la Casa Ronco? ¿Estará su taller de carpintero? De toda su colección de Quijotes, a los que imagina ordenados en dos pilas que compiten por alcanzar el cielo antes de derrumbarse, de los viejos números de la Revista Azul, donde escribió Xul Solar, Borges, Gerchunoff y varios otros, de sus propios artículos sobre materias morales o gauchescas, muchas de ellas lexicales, como el vocabulario vinculado con la carreta, al visitante le interesan sobre todo esos juguetes mencionados a veces pero en apariencia perdidos, como si fueran el trazo de una letra secreta. ¿Puede pensar que esos juguetes vayan a revelar algo esencial? Probablemente no, aunque los busca porque se trata de los únicos objetos que le inspiran esa pregunta.

El visitante cree que a veces no se eligen las cosas por lo que ofrecen sino por las preguntas que las rodean. Y cuando se habla de preguntas, muchas veces se habla de lo que no se sabe, o se sabe a medias. El escritor pone en escena un saber a medias; si lo supiera todo no escribiría. El visitante entiende que el escritor sabe poco, y también sabe poco, o ejecuta un saber selectivo, ese ambiguo representante del escritor que es quien escribe. Por eso, desde su punto de vista, Azul se recorta como una ciudad ideal. Porque aun cuando crea haberse informado lo suficiente (sin embargo, ¿qué es lo suficiente?, ¿existe una marca o tope que lo señale?), todo dato o elemento recopilado establece un vínculo conflictivo con el significado. Lo cual podría ser una especie de lección para el visitante: cuanto más sabe un escritor, y cuanto más pone en escena ese saber, crece el enigma sobre lo que conoce. Porque una cosa es saber y otra conocer. Un posible malentendido que está en la base de la literatura.