jueves, enero 12, 2017

Malicia en La Agenda

Mariano Vespa reseña Malicia, de Leandro Ávalos Blacha para La Agenda BA



Aquella placidez serrana que Perla y Juan Carlos, junto a su “compañero de gastos” Mauricio, pronosticaban para sus vacaciones en Villa Carlos Paz, se ve convulsionada por una serie de asesinatos de actrices de teatro de revista. Ese contexto estructura Malicia, cuarto libro de MaliciaLeandro Avalos Blacha (1980).

Hace unos años, el periodista Pablo Petrovel se convirtió en el sommelier cordobés de segundas marcas: el catálogo exhibe gaseosas cola, salchichas, vinos, y cómo no, fernets. De alguna manera, el escenario teatral que compone Avalos Blacha es un sustitutivo en rebaja de una idílica Mar del Plata. Pese a la atmósfera de terror y desconfianza, la temporada sigue y Perla, de improviso, se sube a un escenario. Su exuberancia ha llamado la atención de propios y extraños. En simultáneo ha ocurrido el crimen de otra celebridad, que tiene como testigos a Celina, una niña inquieta, y a Marta, una médium. Ambas entran en trance y, a la vez, intentan construir su carrera: Marta autopublicitándose en todos los medios como una mujer capaz de leer el más allá y Celina, endemoniada, desde una pantalla construye adversarios y se apropia del discurso de las vedettes: “De mi vida privada prefiero no hablar”; “gracias chicos, cerramos la nota acá”; “reventé la temporada y a todas esas muertas de hambre”, son alguno de sus yeites. Con ese trasfondo, no son pocos los obstáculos que tiene el comisario Di Lisio, casi retirado, para trabajar en los casos.


Avalos Blacha combina hilaridad en un clima donde lo trash adquiere protagonismo en la marquesina. No pierde de vista el tono noir, sino que moviliza la intriga hacia Perla, la inminente próxima víctima. Pero como sucedió con otra de sus novelas, Berazachussetts, y con algunos relatos de su maestro, Alberto Laiseca, las viejas están ahí, al acecho.

Orgía en Carlos Paz

Gonzalo León escribe sobre Malicia, de Leandro Ávalos Blacha para Perfil Cultura



Leandro Ávalos Blacha (Quilmes, 1980) es uno de los autores argentinos jóvenes más interesantes de su generación. Sus anteriores novelas, Berazachussetts y Medianera, fueron traducidas al francés y publicadas en Gallimard y Asphalte Éditions; hace unos años formó parte de la delegación argentina que asistió al Salón de París. Pero esto no significaría mucho, si no contara con una escritura sólida, donde lo tradicionalmente novelístico va mezclándose con el policial y el fantástico hasta dotar a sus novelas de un delirio, que ya se ha hecho parte de una tradición, especialmente de la generación surgida en los 60 (Copi, Laiseca, Aira, etc.) y que Damián Tabarovsky en su ensayo Literatura de izquierda denominó como el Contracanon.    

Pero además de trabajar con esta parte de la tradición, este autor agrega elementos de la cultura pop, especialmente del cine clase B (películas de zombis y de fantasmas) y de las series de TV. En Malicia, su última novela, avanza un paso más y coquetea con el lenguaje televisivo, sobre todo con la idea de fama y de cobertura televisiva que está presente en toda la novela, y lo hace usando como pretexto una serie de crímenes en la Villa Carlos Paz en plena temporada, con las vacaciones de familia y el calor a cuestas, con las compañías y vedettes, con el espectáculo a full, un espectáculo que, como versa el dicho, no se puede interrumpir, pese al asesinato de Piru Viedma, una vedette de segunda línea ocurrida en el teatro. Aquí la escena de la muerta en un baño impacta, porque los tres testigos –la niña Celina, la señora mayor Estela y la médium Marta– no pueden salir de su asombro, están paralizadas, en otro mundo, como si la muerte fuera un espectáculo más o un pasaporte para la ficción delirante.

Si en el inicio de Berazachussetts un grupo de amigas encontraba el cuerpo de una obesa casi moribunda, suponen que ha sido violada y la llevan a su departamento para descubrir luego que se trataba de una zombi que se alimentaba de carne humana, en Malicia el inicio es más bien calmo: dos amigos –Juan Carlos y Mauricio– en una piscina de un hotel de Carlos Paz observan a la gente, ambos amigos se conocen de hace tiempo, Juan Carlos es apostador y se acaba de casar con Perla y para ahorrar le propone a su amigo que alquilen una habitación los tres. Pese a que la pareja está en luna de miel, éste acepta. Si en Berazachussetts el cuerpo era la obesa zombi, aquí es una mujer cuasi objeto que luego se descubrirá con otro estatus. La mujer entendida como algo raro, extraño, como sobrenatural pero a la vez admirable.
  
Hay otro nivel de lectura muy interesante en esta novela: el performático. Los shows que van a ver Juan Carlos y Mauricio, la repentina participación de Perla en uno, vestida de vedette, la muerte de la Piru Viedma, todo parece una puesta en escena. De hecho cuando muere esta vedette, la producción decide reorientar el espectáculo hacia su muerte: “Era una producción modesta, con un elenco que reunía personajes mediáticos recién surgidos de la televisión, vedettes de segunda línea y gente con trayectoria que llevaba cierto tiempo sin trabajar. Sabían que la idea podía resultar de mal gusto para algunos, pero que atraería la atención de muchos otros”. Como en las performance no importa tanto que sea de mal gusto, lo que importa es que atraiga, que llame la atención. Pero esta idea performática también está presente en la desaparición posterior de Celina, sobre todo cuando reaparece en las pantallas de televisión de toda la ciudad. Aquí se une performance y televisión, porque Celina, como desaparecida, no sólo está en esas pantallas, sino que además controla qué se transmite, qué se interrumpe, y para ello ocupa todo, desde el recuadro de la persona que traduce a lenguaje de señas. Y lo hace obviamente porque es una presencia, ya no es una persona.

Quizá la única cosa floja de la novela sea el final, en el que Ávalos Blacha vuelve a subir la apuesta y ya parece un videojuego de monjas satánicas versus policías.

Artezeta: Libros destacados del año

Acá todavía, de Romina Paula, entre los diez libros nacionales destacados por la revista Artezeta
Por Ayelén Cisneros.



Romina Paula corta la maleza, corre las hojas y avanza sin hacer ruido. A paso firme nos adentra en la selva que son sus historias sobre mujeres y conflictos existenciales. Es dramaturga, eso se nota en los diálogos precisos y verosímiles. Acá todavía es una novela sobre el duelo que nos remite de manera constante a la infancia y a la adolescencia de la protagonista, entre los noventa y los dos mil. El padre tiene cáncer y ella lo acompaña en el tránsito por su internación y al mismo tiempo ambos participan de una especie de despedida adelantada. ¿Cómo se narra el dolor? Se lo construye con escenas cotidianas, con humor y con dignidad. La narración es en primera persona y pasa de momentos de monólogo interior, a escenas en el hospital y recuerdos varios. Mientras hay dolor también hay lugar para gustar de alguien y Paula da una esperanza entre tanta densidad. No es casual que el título de la novela sean dos deícticos: su enunciación y la relación con el tiempo es la clave para esta oda al recuerdo. 

El nuevo libro de Romina Paula: Acá Todavía

La tercera novela de Romina Paula es una apasionante aventura sentimental, cuyo centro de gravedad son las tensiones familiares.

Por Alejandro Caravario para Brando

Foto: Sebastián Arpesella

Resulta disonante aplicar la jerga crítica o sus sinónimos para una obra como Acá todavía, tercera novela de Romina Paula luego de ¿Vos me querés a mí? y Agosto. Cabría, más que en otros casos, seguir el consejo de Susan Sontag y pensar en una erótica (así dice ella, podría ser otro dispositivo fundado en la sensibilidad), antes que en interpretaciones, asignación de linajes literarios y otros deberes de la lectura más o menos especializada.

Porque la historia que aquí se narra tiene el aire de un diario íntimo y está signada por los sentimientos. Libre de los pudores del estilo y sin siquiera -ahí está la magia del estilo de Romina- suponer un lector con quien establecer un acuerdo. Una responsabilidad. La voz de Andrea, la narradora, suena a soliloquio, las más de las veces a corazón abierto, sobre esas menudencias como la muerte, el amor, el sexo y la maternidad. Todo, sin salir de la interioridad de la familia, de los ritos silvestres, de la vida social ordinaria. Alquimia con herramientas sencillas. Sutil y bella urdimbre a la que el público se asoma casi en calidad de infiltrado. Es decir, con el estímulo extra del voyerismo.

La clave acaso es la vocación -y la ternura- de desagregar las escenas cotidianas sometidas a tensión por un hecho excepcional. Acá todavía comienza en un hospital donde agoniza Mario, el padre de Andrea. Es el motivo, doloroso, de la reunión de los tres hermanos (Andrea y los dos varones mayores), del estado de emergencia e introspección, del pasar revista a la biografía colectiva, con sus hitos, sus heridas y, sobre todo, su sedimento de amor. Se trata, como toda la novela, de una secuencia reflexiva hecha de asuntos privados y entrañables. Un álbum familiar subtitulado.

En la segunda parte, la fábula deriva en un viaje, como decía el poeta, cargado de futuro. Andrea, de sexualidad anfibia, sigue los pasos de un hombre al que ha conocido a través de la mujer a la que pensaba seducir. Como si su elección en materia amorosa dependiera del azar. Este viaje implica una nueva familia y también la construcción de una nueva identidad. La ruptura con el personaje de hija. La aventura de la madurez, que está contada, como lo demás, a modo de acopio de experiencias que el relato permite examinar más detenidamente

miércoles, diciembre 28, 2016

Nueve preguntas a Leandro Ávalos Blacha

En el blog de Eterna Cadencia. Por Valeria Tentoni



Responde el cuestionario fijo a escritores el autor de Serialismo, Berazachussetts, Medianera y Malicia, que acaba de salir por Entropía.

"Crónicas marcianas es siempre el libro que me gustaría escribir"

1. ¿Qué te llevarías de tu casa en caso de incendio?

A mi perra y una bolsa de Golocan para que sobreviva.

2. ¿Qué libro de otro autor produjo en vos el efecto que te gustaría producir en quienes te leen?

El primer flechazo lo dieron Crónicas marcianas y Almuerzo desnudo. Encantamiento que sigue hasta hoy. Crónicas marcianas es siempre el libro que me gustaría escribir. De Almuerzo desnudo no entendía nada. Y era una traducción horrible. Así todo, el virus Burroughs había traspasado. Después, me gustaría tener algo de ese espíritu de libertad que destilan las obras de Aira, Copi y Laiseca.

3. ¿Qué es lo mejor y lo peor que le puede pasar a un escritor?

Lo mejor, escribir. Lo peor, no hacerlo. Hacerlo sin imaginación. Preocuparse más por las camarillas y por sentenciar en Facebook cuál es la posta de la literatura, que trabajar sus textos. Creer que no hay vida fuera de esta pecerita de la literatura.

4. La superstición es...

El opio del pueblo.

5. ¿Qué disco escucharías manejando solo por la ruta del desierto?

"El verdadero camino hacia el aeropuerto" de Bob Chow 

6. ¿A qué persona real, nacida en cualquier momento de la historia, le desearías una vida eterna? ¿Se lo darías como castigo o como premio?

Sin dudas sería un castigo. Pero a Ottomar Rodolphe Vlad Drácula Príncipe de Kretzulesco (Jr., alias "Otti"), descendiente de Vlad Drácula.

7. ¿De qué personaje de ficción te gustaría ser amigo en Facebook?

Del Monitor, personaje emblemático de las obras de Laiseca.

8. ¿Qué creés que hay después de la muerte?

Nada.


9. ¿Nos mandás una foto de tu biblioteca?



Entrevista a Romina Paula

Por Martín Caamaño para Los Inrockuptibles de diciembre. 

Foto: Sebastián Arpesella
Con Acá todavía, Romina Paula continúa construyendo su camino literario a través de temas universales como la familia, la sexualidad, la enfermedad y la muerte, pero explotando e incorporando nuevos elementos narrativos a su estilo personal y único.

Romina Paula confiesa no haber leído El desierto y su semilla. “Debería hacerlo”, dice. Sin embargo, Acá todavía, su última novela, podría relacionarse en más de un sentido con la de Jorge Barón Biza. Así como en aquel libro Mario acompañaba la internación de su madre en una clínica italiana, en la cual van a reconstruirle la cara corroída por el ácido, en la primera parte de Acá todavía se repite algo de esa atmósfera hospitalaria pero los vínculos se invierten: es Andrea, la hija, la que vela por la salud de su padre –llamado casualmente Mario– que está internado en el Hospital Alemán por una enfermedad que nunca se nombra pero que bien puede intuirse. En este caso, el deterioro es invisible, interno, casi no deja rastros en la superficie: “Hago un seguimiento, un rastreo de mi papá, de la enfermedad en él y sigo sin entender. Cómo se origina, de dónde surge, cuándo, por qué. Ahora mismo, mirándolo, ¿dónde está? Sigo viendo a mi padre grande, esbelto, fornido en definitiva el mismo hombre de siempre”, reflexiona Andrea. Mientras en la novela de Barón Biza la internación de la madre propulsaba el retorcido bildungsroman del hijo, en la de Romina Paula ese tiempo de detención y de espera que propone la cotidianeidad seriada del hospital sirve para activar el recuerdo de Andrea, que rememora su pasado y se replantea diferentes aspectos de su vida.

Al igual que en El desierto y su semilla, el argumento de Acá todavía parte de un hecho real. Hace algunos años el padre de Romina Paula murió de leucemia en el Hospital Alemán después de pasar varias semanas internado. La segunda parte del libro entonces se centra en el derrotero de Andrea luego de la muerte de Mario, lo que también hace que Acá todavía se inscriba en la extensa serie de novelas sobre la muerte del padre. A través de un monólogo interior con una fuerte impronta coloquial, no exenta de grandes destellos de lirismo, y diálogos memorables, que tal vez provengan del costado de Romina Paula como dramaturga, Acá todavía consigue singularizar y volver tan intenso como especial un tema ya tratado muchas veces. Luego de cuatro obras de teatro –Si te sigo, muero; Algo de ruido hace; El tiempo todo entero y Fauna– y de dos novelas publicadas –¿Vos qué querés de mí? y Agosto–, con Acá todavía Romina Paula sigue echando luz sobre cuestiones universales como la familia, la maternidad, la sexualidad, la enfermedad, la muerte o la condición de la mujer con una sensibilidad fuera de serie. “No sé si puedo aportarle algo más que mi mirada y la honestidad al intentar comunicar esa mirada”, dice. “Supongo que a esta altura del partido ya se trata más de cómos que de qués: intento encontrar una cadencia, un cierto uso de las palabras, un modo de decir”.

  
ENTREVISTA> ¿Tuviste en cuenta algún libro sobre la muerte del padre a la hora de escribir Acá todavía?
No tuve en cuenta ningún libro en particular. Había escuchado acerca del de Mauro Libertella pero lo leí recién cuando terminé de escribir el mío. De hecho, hay un capítulo de su novela en el que habla acerca de las novelas que trabajan sobre este tópico. Sí me daban vueltas como padres fallecidos Fogwill y Viel Temperley. Fogwill murió el mismo año que mi papá, algunos meses después, y reactivó el duelo y me hizo pensar en cómo debe ser tener un padre escritor. O artista. Pero escritor. Vera, la hija, escribió un texto hermoso para la muerte de su padre, que publicó Página/12, y yo estaba con la novela ya y ese duelo me hizo eco. Mi padre no fue escritor ni nada parecido, mi padre no hablaba sobre las cosas; me da mucha curiosidad imaginar cómo es tener un padre que sí. Cuando escribía Si te sigo, muero, mi primera obra, nos juntamos con una de las hijas de Viel Temperley para que nos hablara de su padre, que también había sido publicista, como Fogwill. Y ella nos contó algunas historias de su extravagante padre. Creo que un poco hacia esos dos padres escritores acerqué a Mario a la hora de escribir: en la novela podía tener el padre que quisiera. 


¿Y cuándo supiste qué ibas a escribir sobre la muerte de tu papá?
Una vez que pasaron unos meses del desenlace, o incluso durante la internación, pensaba que iba a necesitar escribir acerca de eso para hacerlo soportable. Además, es una situación transitada por mucha gente y me daban ganas de ponerle palabras, de compartirlo. También quise en algún momento escribir algo así como una novela familiar, al estilo Thomas Mann, con muchos personajes con desarrollo. Esa primera versión se llamaba Los integrados. Otra novela que quise escribir era la del romance de la protagonista con una enfermera no gay. Y otra, la de la reconstrucción de la sexualidad. Resultó ser un poco de cada una de esas novelas posibles, pero ninguna por completo.

Más allá del disparador, ¿cuánto de vos hay en Acá todavía? Además de la muerte de tu papá, fuiste madre hace poco, y en la segunda parte Andrea reflexiona mucho sobre la maternidad: ella dice “nada de bebés, ni cerca”, y al final está decidida a ser madre, a pesar de las circunstancias…
Mi papá murió de leucemia en el Hospital Alemán. Pero nuestra cuarentena no se pareció mucho a la de la novela y mi familia no es como la de Andrea. Empecé a escribir la segunda parte antes de quedar embarazada y seguí estándolo ya; conviven ambos estados en esa escritura. Para mí algo de lo por momentos lisérgico y lírico que puede tener la segunda parte puede estar vinculado a mi estado o percepción o exageración de ese estado. Y la sensación del presente puro también es algo que asocio a la maternidad y a los primeros años de un niño: cuando aún no hay lenguaje, no hay especulación, y entonces no hay más que presente. Eso lo vivo con mi hijo y me parece fascinante.


Tanto en Fauna como en esta novela, es central la cuestión de la familia. ¿Qué es lo que te interpela del tema?
Todos salimos de algún vientre así que la familia, por presente o ausente, siempre está, no puede no ser un tema. Por lo menos en el paradigma psicoanalítico en el que me crie.

En “Todavía”, la primera parte del libro, construís un mundo muy cerrado y preciso, con una lógica propia, en torno al hospital. ¿Qué te atrajo de narrar ese ámbito?
Los hospitales son no lugares, son muy alienantes. En los últimos años, por distintas razones, pasé varias jornadas en hospitales, y su sistema, su organicidad, no podría ser más alienante. Entonces me gustaba la idea de una protagonista que aprovecha esa situación fuera del tiempo y se pliega a la cuarentena de su padre para no tener que tomar decisiones acerca de su vida. También me divirtió fantasear con el intercambio con los que trabajan ahí, el otro lado, digamos, que es algo que no suele suceder tanto, aun cuando uno pase largas temporadas internado. Sobre la base de lo biográfico me divirtió inventar esta otra historia y sus personajes. Dentro de esa alienación, Andrea fuga hacia el pasado y hacia un futuro posible, entregándose a conocer gente nueva en ese contexto atípico.

Si bien toda esa primera parte parece estar sumida en el presente estático de la espera en el hospital, la narración tiende a la evocación, al recuerdo. Algo que después, en la segunda parte, cambia: Andrea se activa, actúa, y no recuerda tanto…
La primera parte quizá tiene aún esa carga de esa novela familiar que quería contar, y de la reconstrucción de su devenir sexual o amoroso. Y con una protagonista estática, como vos decís, que recuerda y reconstruye. Y en la segunda se echa a rodar esta cosa de puro presente donde los acontecimientos parecen ir sucediéndose y ella avanza sin reflexionar demasiado. Creo que es un estado de escritura al que me entregué, este segundo, quizá menos transitado por mí hasta ahora.

¿Y cómo ubicás esté libro con tus otras novelas? ¿Le encontrás alguna continuidad?
Ahora que salió esta novela me preguntan si las pensé como trilogía y lo que respondo es que podré saberlo cuando haya escrito la próxima. Si sigo con la narradora en primera persona será que es el modo que tengo de escribir. No las pensé como trilogía. La continuidad sin duda la da esa voz y algo de los distintos momentos de la vida; son sucesivas también en el sentido de que parecen ir cubriendo distintos momentos de la vida de una mujer.

El relato de Andrea es una suerte de deriva de la conciencia, y si bien el lenguaje tiene una marca muy coloquial también aparecen salidas e inflexiones más poéticas. ¿Cómo fuiste armando ese tono?
Tiene esa combinación. El tono coloquial aparece en todo lo que escribí; el otro, un poco menos. Como te decía, acaso la segunda parte de la novela tenga un tono un poco distinto de lo que escribí hasta ahora. Diría más que es algo que se me impuso o que fue apareciendo y tras lo cual me fui.

Dentro del teatro siempre se destaca tu rol como dramaturga. Por otro lado, Acá todavía ya es tu tercera novela. ¿Qué hace que una idea o una historia desemboque en una obra o en un libro?
Lo de adónde van a parar las ideas no lo tengo tan en claro. Me siento a escribir algo con ciertas ideas, y otras aparecen en el durante. Es raro que si estoy escribiendo una obra de teatro me surja algo que prefiera trasladar a otro lenguaje. Tengo ambos lenguajes escindidos en mi cabeza. Y sin embargo, en el teatro, por ejemplo, no escatimo nada en traer a la literatura en su estado más puro, como cita; pero ese texto literario apareció como necesario para ese contexto, y no quisiera hacerlo funcionar en la narrativa, por ejemplo. Tanto el teatro como la narrativa están hechos de palabras y de cadencias, y en ese punto son una y la misma cosa pero cada material tiene su propia entidad, y ahí quizá haya ideas recurrentes, pero cada obra pide y propone su propio universo de ideas.

Por último, acabás de estrenar Cimarrón en el Teatro Argentino de La Plata. ¿Qué nos podés contar de la obra? ¿Se va a poder ver en algún teatro de Capital?

Justamente Cimarrón es algo así como una obra sobre ciertas lecturas. Un día tuvimos un ensayo bueno y les dije a los actores que sentía que había funcionado porque me había devuelto la sensación de la primera lectura de esos textos en mi adolescencia. Es una obra muy de ideas también. Los personajes no son personajes del todo; son entidades, caracteres, que van encarnando discursos. Es fragmentada, no cuenta una historia sino muchas. La estrené en La Plata en la sala TACEC, que es el centro de experimentación del Teatro Argentino de la Plata. Este año lo curó Cynthia Edul y nos invitó a estrenar ahí con producción de ellos. Es un espacio en el que he visto cosas muy interesantes, y para mí era un lujo estrenar ahí. La sala misma es muy especial, es el bajo escenario de la sala principal, con mucha presencia de hormigón y hierro. Pensé el montaje para ese espacio. Ahora estamos buscando otro no convencional para hacerla en Buenos Aires el año que viene y es probable que también hagamos una temporada en una sala del Cervantes, que no es caja negra sino que tiene una arquitectura rococó. Que vendría a ser justo lo opuesto al TACEC pero me parece interesante por eso: haremos una versión de la puesta íntima y rococó.

lunes, diciembre 26, 2016

Sobre la arena húmeda de la noche, por Cynthia Edul

Acá el texto que Cynthia Edul leyó en la presentación de Acá todavía, de Romina Paula


Imagino un diálogo habitual:

Alguien me pregunta:

¿De qué se trata la novela?

Respondo:

La novela narra la agonía de un padre. Mario, el padre de Andrea, la narradora, agoniza en el Hospital Alemán, padece una enfermedad en la sangre. Andrea lo acompaña en los largos días de tratamiento, en la habitación de terapia intensiva. Ella no tiene, como sus hermanos, Juanchi y Coco, grandes obligaciones. Trabaja free-lance como técnica en cine, está sola (terminó una relación con Lourdes, su novia) y decide acompañar, en todo momento, a su padre. En el hospital va a conocer a Rosa, una enfermera por la que va a sentir una fuerte atracción y a Iván, el ex de Rosa, y que por contagio, también va a sentir una fuerte atracción.

¿De qué se trata la novela?

Bueno, ese es el punto de partida.

¿Cómo empieza la novela?

La novela empieza en penumbras.

Las penumbras.

Dice la narradora: “Acá, ahora que los pasillos están en penumbras”. Son las penumbras de un hospital en el que de a poco, Mario empieza a transitar una agonía, agonía que Andrea o Trapo como la llaman su padre y sus hermanos, o el cebú (como ella se dice a sí misma), que hace guardia junto al cuerpo deprimido del que fue un padre fornido, robusto, enérgico y que ahora, de a poco, se está yendo.  Pero, ¿qué son las penumbras? ¿cómo se “está” en penumbras? No se ve bien, se camina “a tientas”, se va descubriendo con el tacto, con el olfato, con un esfuerzo de la mirada, eso que nos rodea. Porque las penumbras son el territorio de Acá todavía. Y el territorio tiene sus rutas, el territorio puede ser un objeto de deseo, puede ser el cuerpo, también puede ser una pesadilla. Pero el territorio siempre pide una exploración. Y de eso se trata Acá todavía, de una exploración dedicada, precisa, enfática, sobre todos los sentidos de eso que llamamos “mundo”:  La sexualidad, la familia, la pareja, la amistad, el ser y el hacer. Pero ese mundo se pone en crisis cuando el padre anticipa su muerte. La potencialidad y el hecho de la muerte del padre tensionan los sentidos de todo lo que se conoce. Se tiró de la soga. Descienden las penumbras y empieza la exploración. Bienvenidos. Estamos en este territorio, Acá. Todavía.  

Los territorios suelen tener fronteras que indican acá, allá. También una historia. Un “entonces”, un “ahora”. ¿Qué es “todavía”? El pasado que perdura en el presente, que liga el entonces con el acá, el ahora. Eso que viene de atrás y todavía persiste, como un dolor, como un recuerdo o una emoción. O se lo quiere hacer persistir. Eso es lo que transita la escritura de Romina Paula. Camina sobre ese tramo emocional que liga el pasado de una vida común con el momento en el que esa vida se va. Y esa vida no es más que la de un padre al que se acompaña a morir. En tanto Mario “todavía” agoniza, Andrea, evoca escenas del pasado que dejaron huella en lo que ella de alguna manera puede reconocer como lo que “es”, también escenas que hicieron a ese mundo en común que es la familia y que con la ausencia de Mario, se empieza a disolver. Y ¿acá? Acá, puede ser el adentro del hospital, ese no lugar de paredes blancas y pisos blancos, que pueden tener un estilo, tal vez señorial como el del Hospital Alemán, en el que sucede gran parte de la novela, lugar de tránsito, en el que el cuerpo se enferma o se calma o se disciplina o se depone. Pero el acá, ese no lugar, ese sopor de la habitación de terapia intensiva, es también el territorio en el que se evocan otros lugares, otros territorios, como las vacaciones en Punta del Este en la década de los noventa, que Andrea llama “colorinche, mal cortada, cínica y bronceada” y que por impuesta, ajena y extemporánea, solo provocaba angustia; o la escuela y los primeros objetos de deseo, como Wolf, o Juanchi, o San Isidro, el territorio de la familia, o los paseos nocturnos en la Costanera. Los territorios de la propia experiencia, que acá, todavía, se evocan para hacerles algunas preguntas. Preguntas a esos lugares y a esos protagonistas que la componen. ¿Qué? ¿cómo? ¿por qué? Desde ese no lugar, habitado por las preguntas, se evoca. Dice Andrea: “Desde esta ronda, evoco la mañana en la que comienza, esto que componemos”.

El padre va a morir. Quedamos ahora en un mundo que se presenta como ajeno, porque lo propio, lo que uno puede identificar como lo propio, se fue. Andrea acompaña a su padre a morir y la primera parte del libro despide una vida, al mismo tiempo que reconstruye la vida en común, para que la letra, conserve, acá, todavía, eso que fueron y eso que la hizo ser.

Sobre la arena húmeda de la noche

La novela tiene dos momentos y dos lugares establecidos como territorios de la ficción. La agonía de Mario en el Hospital Alemán y Uruguay, el territorio en el que en el pasado, Mario “se estiraba en la arena, se desperezaba bajo el mediodía, exponiendo el torso y toda su piel al sol y su inclemencia, su brillo, y exhalaba ese ‘qué vida perra’, mientras sumergía los pies en la arena caliente”, y a donde los hijos deciden tirar las cenizas del padre. Y que se inicia, sobre la arena húmeda de la noche. Pero Uruguay es otra ruta. La ruta del deseo, que se va desplegando por impulsos y que Andrea transita sin mapa, solo guiada por la brújula de la intuición. Ahí va a buscar a Iván, el chico que conoció en el hospital durante los largos días de la agonía de Mario y que se le impone como pregunta. Así como es el deseo. Se impone y solo se lo puede caminar.

Porque eso es lo que busca descubrir esta exploradora Andrea/Romina. En algún momento de su camino pensó “que era necesario definirme, saber qué exactamente, pensaba en el concepto de identidad”. Y elige un lugar: el margen. “Ahora prefiero mantenerme entre el margen y atenta a las personas, gente que me gusta, que me llama la atención, a veces son hombres, otras es una mujer, quiero que ya no sea un tema de conversación, no quiero quedar fijada, no quiero ni necesito saber…”
Pero la búsqueda va mucho más allá del sentido de todas las categorías. Intenta comprender qué es eso rancio que acecha de fondo, esa mancha en el corazón que no es melancolía, tampoco ser propenso a la depresión. La mancha en el corazón es una puerta de acceso a la búsqueda de lo posible, para poder asomarse al verdadero estar bien. Que de qué se trata el verdadero estar bien. Dice la narradora: De la “auténtica adecuación, la de cada uno para sí, estar adecuado, ser adecuado para uno, uno mismo… ser adecuado para sí y poder encontrarse con otra gente que también está buscando su propio entorno, su propia adecuación, su para sí. Ese camino había emprendido y vaya que me costó y que me cuesta aún”. Esa es la puerta que abre la muerte del padre. Ese es el camino que se inicia. Hacia adelante y hacia atrás, con pocas herramientas en la mochila, las mínimas para sobrevivir día a día, mientras se intenta dilucidar algo de qué somos.

Sobre la arena húmeda de la noche. La novela es también una novela sobre la visión. Sobre la visión más profunda, la de las cosas del mundo que nos rodea, la de lo más interno de uno mismo. Intentar ver ahí donde no se puede ver, porque es de noche o porque se está en penumbras o porque se esconde, como la enfermedad que corroe el cuerpo del padre, como el deseo que se impone sin ley, sin orden, como la de esa mancha en el corazón, angustia, inquietud, inadecuación de uno con el mundo y Dios contra todos. Intentar ver, discernir, ver como si se viera por primera vez. Poner en palabras la muerte del padre, el acto de nombrarlo, decir papá murió, para poder decir entonces que estamos en un nuevo territorio y que empezamos de nuevo. En un artículo que recientemente escribió a propósito de Cimarrón, la nueva obra de Romina que tuve el honor y también el orgullo de acompañar a estrenar, Fabián Casas recuerda una escena de Mad Max en la que los protagonistas entienden que la única salida posible es volver hacia atrás. Y a propósito del mundo y los problemas que Romina despliega en Cimarrón, Casas dice algo que me parece también tan adecuado para Acá todavía. Dice: “es volver a enfrentar los problemas, las dudas, alejarse del confort y atravesar el camino del dolor para resurgir en un territorio extraño”. Eso es lo que hace Romina Paula en Acá todavía. Alejarse del confort, atravesar el camino del dolor, resurgir en un territorio extraño.

La literatura es un territorio de penumbras. Eso lo entendió muy bien Romina. Penumbras que se explorar con una sola linterna: la pregunta. Territorio de preguntas y no de afirmaciones. En ese explorar, se obtiene, desde ya, un conocimiento. Pero lo que nos dice Romina Paula en Acá todavía, es que ese no es el conocimiento de la razón, ese saber positivista que define las cosas, pone etiquetas o establece categorías. Es otro tipo de conocimiento. El conocimiento que Andrea/Romina obtienen explorando los territorios de Acá, todavía, es otro. Es un deseo en verdad. “Anhelo el momento en el que el caos y la no linealidad cuántica lo tomen todo y modifiquen el modo de ver y nos abstengan de la voluntad del mandato de entender” para resurgir en un territorio extraño, para poder recibir al otro tal como es, en lo que tiene para ofrecer, para entender que la perfección no es posible más que en el instante. Porque allí donde solo se ve la noche o la penumbra, Romina encuentra una verdad. Para compartirla, con nosotros, acá, todavía. Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Por Cynthia Edul.



miércoles, diciembre 21, 2016

Mocka, de Diego Muzzio

Reseña de Mockba en Planeta Ceres.



Los doce cuentos que componen Mockba, directa o indirectamente, están regidos por un tema central que ya pasa a ser un distintivo de la narrativa de Diego Muzzio: la muerte.

Sin embargo, a lo largo de todos los relatos se produce una especie de tensión entre la muerte más concreta y el concepto de muerte, la parte más abstracta. En ese sentido, varios de los cuentos relatan muertes, o también tienen que ver con cementerios, profanadores de tumbas, cremaciones, y demás, pero varios otros rozan este tema de forma más alejada, si se quiere. De esta forma, cuentos como “Jeremías y Zacarías” no contienen hechos estrictamente relacionados a la muerte, pero sí incluyen otros elementos que pueden vincularse con este tema, como puede ser, por ejemplo, el grupo de adolescentes que interpreta las trágicas obras de Sófocles, con el personaje principal de Edipo. En este tipo de relatos la muerte es abordada de modo que no funcione solamente como el hecho principal de la historia, sino que sirva como contexto o ambientación para que las situaciones que se narran puedan ir desarrollándose. Por otra parte, el concepto de la muerte como herramienta para contextualizar los cuentos también sirve para ver qué rol tiene esta en nuestra mente, cómo nos relacionamos con ella y qué representa en nuestra vida cotidiana; cómo la muerte puede ser interpretada de distintas formas según la persona que la esté enfrentando. Por ejemplo, en el texto “Mapas”, en el que una pareja se dirige a un cementerio, la muerte es el tema que los enfrenta, que inicia el enojo de ambas partes, a partir de lo que parece ser el fallecimiento de una hija o de un ser querido. En este relato, la muerte de Martina, la chica fallecida, se muestra como un juego de responsabilidades, es decir, si es que su muerte fue culpa de uno o de otro. En contraposición, por citar otro texto, en “Póker de reyes”  la muerte relacionada con el tema de las apariciones sobrenaturales, es utilizada por parte del protagonista para obtener una ventaja por sobre su competidor en el juego.

Naturalmente, también hay otros cuentos que sí encaran este tema como eje único y principal, pero siempre hay algo que los complementa, ya sean las experiencias de los personajes, su propia psicología o la inclusión de otros “géneros”, por decirlo de alguna manera, como puede serlo la biografía, específicamente en el último cuento. Así, los relatos conforman un mundo único; si bien estos pequeños universos comparten rasgos generales entre sí, cada uno puede valerse por sí mismo, incluyendo determinados elementos que los hacen sobresalir a medida que se van desarrollando.
Ya desde el primer libro que leí de Muzzio me encantó su prosa. En la mayoría de los pasajes de estos relatos se ve un estilo realmente estilizado, con una elección de palabras inmejorable, y una gran cuota de poesía en prosa, podríamos decir. Lo que me ha llamado bastante la atención o, mejor dicho, es uno de los factores que más me gustaron de estos cuentos, (y que también me había pasado con Las esferas invisibles y El sistema defensivo de los muertos) es la genial habilidad que tiene Diego Muzzio para narrar o para escribir sobre un tema que en un principio idealizaríamos como algo feo (la muerte) de una forma muy bella, poética y lírica. De esta forma, en muchas ocasiones, me encontré habiendo olvidado el tema central que rige estos doce cuentos y atinando solamente a disfrutar de la capacidad narrativa de este autor. Porque poder abstraernos (aunque sea por un rato) del concepto general que rige estos cuentos para apreciar con mayor profundidad la forma que tiene Muzzio para contárnoslo es probablemente uno de los mayores logros de este libro.

Si bien hay algunos que me gustaron más que otros, todos los cuentos que componen Mockba se destacan individualmente, por un lado por las historias interesantes y diferentes que plantean, y por otro por la excelsa manera que tiene el autor de narrarnos lo que va sucediendo.  

martes, diciembre 20, 2016

Matías Alinovi / Entre la desilusión y el odio

Matías Alinovi visito los estudios de Radio Gráfica y dialogo con La Señal Medios acerca de su última novela “Paris y el Odio”, del valor de la identidad, el discurso político y las meditaciones metafísicas. Por Fernando Infante Lima.




“Paris y el Odio” se nutre de la ilusión de un joven que cree ver en París las respuestas que está buscando. En medio de un alucinado viaje que funde condes y castillos medievales, fiestas privadas en túneles secretos en la vera del Sena y la dramática conversión de un escritor argentino en francés, la ciudad le muestra su peor cara teñida de indiferencia. El impulso inmediato es trazar un plan de venganza que tiene un único objetivo posible: incendiar París.

FIL: La búsqueda de la identidad parece ser un tema recurrente en su obra. En su libro anterior “La Reja”, la introdujo como un asalto, un hecho violento que narcotiza los rasgos que puede definir a una persona. En su nueva novela “París y el Odio” usted vuelve sobre el tema desde una perspectiva diferente. ¿Por qué eligió reafirmar su identidad a partir de la negación de esa misma identidad por parte de otro escritor argentino que vive en París?

MA: El tema de la identidad es un tema complejo, recientemente leí un artículo en el que decía que la identidad es un concepto de derecha y me dejo pensando en porque yo estaba tan preocupado por la identidad. Cuando fui a París, fui como un estudiante promedio, de clase media, que no se hace demasiadas preguntas y piensa que es natural hacer un doctorado en Europa. Esa idea que en un principio parecía natural aparece cuestionando por el mismo medio. Es inevitable pensar ¿Por qué estoy acá? Uno se siente un poco conducido y las respuestas a esas preguntas en la historia siguen su camino. La novela lo que intenta es demostrar que hay distintos modos de construir o entender esa identidad. En ese medio que no sabía nada acerca de mi identidad tuve la necesidad de reafirmarla exageradamente, empujarla al borde de la caricatura. En París conocí a Bianccoti, que es un gran escritor argentino que vivió toda su vida adulta en Francia y él había hecho todo lo contrario, él se había convertido en un escritor francés. A mí esto me llamaba particularmente la atención. Él era el ejemplo perfecto de que es posible construir una nueva identidad. Que la identidad no era una fatalidad como yo la entendía, que podía ser otra cosa que era imposible de alcanzar para mí. Esa larga estadía en París me dio la posibilidad de reafirmar mi identidad y lo digo si queres tontamente, volví más argentino que nunca. Entendí que había algo que hacer, algo que construir, algo que sostener y esta es la condición de posibilidad de cualquier otra cosa. Una reacción en contra a la pedida de identidad a la Bianccioti.

En la novela hay una tercera historia que vuelve sobre el tema, se da en la novela clásica francesa que nunca se pregunta por sí misma. El planteo es a través de un personaje que se llama igual aun cuando representan distintos espacios de tiempo. En las tres historias que se suceden a un mismo tiempo intente reflexionar sobre la construcción, el sostenimiento, la herencia de una identidad y en qué lugar me encontraba parado yo en referencia a esas tres posiciones.



FIL: Usted cita a Descartes en una frase que cuestiona la pasividad de la gente a creer en lo que le dicen, naturalmente teniendo en cuenta quien es su interlocutor. A mi me parece increíble que esa disposición a creer es tan fuerte que nunca pone en duda la veracidad de esa información. Es posible que Descartes lo haya pensado desde un plano literario o filosófico, pero si lo trasladamos al plano social de la Argentina de hoy, cobra una significancia mayor. ¿Usted lo pensó teniendo en cuenta esta perspectiva?



MA: Yo doy clases de filosofía y leemos a Descartes, leemos “Las Meditaciones Metafísicas” que es el texto que inaugura la modernidad filosófica. El texto se pregunta metafóricamente si se conoce algo que sea indudablemente verdadero. En el inicio dice yo soy Descartes, soy una persona que tiene conocimientos, sé que tres más dos es cinco, es decir cosas que son indudablemente verdaderas, pero en realidad entiende que las aceptó como verdaderas y nunca las puso en duda. Se propone entonces, poner en duda aquellas cosas que le resultan indudables y encuentra argumentos para ponerlo todo en duda. La idea de Descartes es que si uno no pone en duda aquello que le resulta verdadero, nunca alcanza la certeza, la verdad, porque lo dice textualmente cuando es muy joven: “la verdad no es un objeto que se pase de mano en mano, sino que se engendra en uno mismo y por uno mismo”. El primer paso para intentar alcanzar la certeza es dudar de aquello que ha recibido. Ese es el comienzo de la filosofía moderna e inicia un camino de trescientos años.

Yo entiendo hacia donde apuntas y recuerdo a mi padre que es alguien políticamente interesante, daba credibilidad a lo que decía el diario. Era todo lo que tenía que decir en términos de certeza. Es un vehículo que daba legitimidad. Me acuerdo de un libro de Flaubert que se llama “Diccionario de Ideas Recibidas”, que son un conjunto de ideas que no se ponen en duda porque se está acostumbrado a ellas. En ese sentido no se puede alcanzar certeza porque no hace el trabajo cartesiano de poner en duda lo que presume indudable. Me parece que felizmente en la Argentina después de un largo proceso empieza a ponerse en duda lo que se recibe.



FIL: Sin embargo me preocupa que hay gente en las redes sociales que replica trolls que son construcciones vacías de contenido, son mensajes que en el mejor de los casos puede portar medias verdades. Creo que hay gente dispuesta a creer en esos armados como si fueran verdades absolutas. Una buena parte de nuestra sociedad le da un alto nivel de aceptación a ese tipo de mensajes.



MA: Creo que en término de lucha política, los discursos deben ser políticos y los discursos políticos no apuntan a la verdad, apuntan a la verosimilitud. La tan cuestionada idea del relato. Un discurso político es un relato, que intenta ser coherente, pero intenta por sobre todo convencer conmoviendo, no razonando. Cuando se dice: “Acá se trata de elegir en liberación y dependencia, nosotros somos la liberación y ellos son la dependencia”, no se está diciendo una verdad fáctica. Se está construyendo un relato verosímil que apunta a conmover para convencer. En la Argentina siempre ha habido una gran lucha política y es por eso que los discursos son de ese orden. Intentan construir verosimilitud, no verdad y eso me parece que está bien. Cuando Alfonsín recitaba el preámbulo de la constitución: “con la democracia se come, se cura y se educa” ¿A vos te parece que decía verdades?

En la radio repiten una canción cada cinco minutos, creo que es de una propaganda, que dice: “no es ilegal contar plata, aunque todo sabemos de que se trata” que apunta al episodio de “la rosadita”. Y yo me preguntaba: ¿Se dé qué carajo se trata? El discurso ahí intenta colonizarte el pensamiento. Ahí aparece el trabajo cartesiano. La idea de repreguntarse sobre lo que parece evidente. Un amigo me dijo: “Michele Obama es un genio”, entonces yo le respondí, para que pueda entrar en esa convicción, señalame el camino mediante el cual yo pueda entrar en esa convicción. No hay ninguno. ¡Eso se ve en obras? ¿Se ve en discursos? ¿En dónde se ve? No se ve, es una mera repetición de la nada. La realidad política se construye en esas repeticiones, sin importar si lo que se dice es verdad y con un sector de la sociedad dispuesto a creer lo que le dicen.



FIL: La contundencia con la que en la novela quiere destruir París, me da la impresión que lo que intenta es destruir el mito que existe en torno a París. El mito que en buena medida construyo la aristocracia argentina que veía a París como un faro y quería reproducirla acá. Ese París de ensueño que vive en las páginas de Cortázar. ¿Es así?



MA: Es absolutamente eso. Deshacerse de ese amor no correspondido y ponerse a trabajar, olvidarse de ese tipo de mitos. Esas ideas interrumpen una construcción concreta que tenemos que hacer, relaciones concretas. La posibilidad de mirar hacia otro lado. Esta es una historia muy larga, empieza en el Facundo. El modelo de civilización de la generación del 37 es Francia. Ahí aparece Jauretche elevando su crítica a ese modelo. Esto les permite decir cosas increíbles: “El problema de la Argentina es la extensión, es demasiado grande”. ¿En qué sentido es demasiado grande? En el sentido que Francia es mucho más chica y es el modelo de la civilización.



FIL: Es por eso que Sarmiento quería vender una buena parte de la Patagonia.



MA: Claro. Es una idea de modelo fijo. Si es demasiado grande hay una política de achicamiento territorial. Hay demasiadas vacas y demasiados gauchos, entonces fomento la inmigración. Son medidas, la de la Argentina liberal de 1880, pensadas en torno a un diagnóstico que tiene que ver con identificar a Francia como el modelo fijo. Creían que la única forma de ser civilizados es ser Francia. Creo que seguimos pensando así y eso obtura las propias posibilidades. A mí me llama la atención el imitador de Sandro. Cuando lo ves, ves solo las diferencias que hay con Sandro. Es como calcarse en negativo, No tiene la pinta, no tiene la voz, no tiene el carisma, no tiene nada de Sandro. Es pura negatividad. Eso ocurre siempre que te posicionas a un modelo fijo. Una cosa es decir, así como él pudo, yo puedo. Así como Sandro pudo cantar y salir con muchas mujeres, yo también quizá podré, pero para eso tengo que potenciar mis propias capacidades. Si no tus capacidades son solo las diferencias del modelo original. Me parece que seguimos pensando así. Hay que olvidarse de los modelos fijos que nos anclan en la negatividad. Estoy harto de escuchar decir, que hay demasiados negros, somos poca gente, que el país es demasiado grande. Basta, eso ya terminó. Este es el país que tenemos. Entonces hay pensar en cuáles son las potencialidades, tenemos que pensar en términos estratégicos que es lo que vamos a desarrollar.



FIL: La construcción negativa es terrible, nadie habla peor de la Argentina que los propios argentinos.



MA: Estoy de acuerdo. Es una pena. Este es un país en que hay un nivel de pensamiento crítico importante. A partir de ahí se puede empezar a construir y nunca se hace.



FIL: Borges dice que, una vez construido el trabajo literario, los escritores tienden a buscar ideas que justifiquen lo que han escrito. Si bien eso es cierto, me parece que en el medio del fervor de la escritura, aun cuando uno parte desde un lugar, hay un vértigo que va desde un punto ciego sin saber hacia dónde lo conduce. Una vez concluido ese impulso, que es claramente visceral, el escritor tiene que releer para ver con claridad que ha escrito. Entonces la idea expresada por Borges parece un tanto forzada, quizá maliciosa.



MA: Borges lo dice muy tendenciosamente. Dice la literatura consiste en encontrar razones para justificar lo que uno hizo antes. Puede ser que haya impulso primero. La discusión está en pensar que lo que uno hizo antes no lo haya hecho entregado. Esa idea habla de una construcción mentirosa. En creer que a posteriori encuentro razones para justificar lo anterior de un modo falaz, artero.



FIL: Es posible que en medio de la escritura se encuentren vías alternativas que no hayan sido tenido en cuenta en un principio y que sean muy funcionales a lo que se quiere expresar.



MA: A mí no me paso con esta novela, pero si me paso con la anterior, que es “La Reja”. Es algo que me sucedió. Había vivido unas situaciones de angustia, me senté a escribir y salió sola. Después la miré y la miré con extrañeza. La leo hoy con extrañeza. Y es verdad, el hecho que las justificaciones sean a posteriori, no implica necesariamente que la construcción previa no haya sido sincera. No implica que uno no haya estado empeñado en esa construcción. Estuvo empeñado y luego entiende. Hay una idea de la epistemología que expresa que na hay una racionalidad instantánea. La racionalidad lleva un determinado tiempo, incluso respecto de aquello que hiciste. Es una idea de la epistemología a propósito de las teorías científicas, uno sabe hacia dónde conducen y no donde van a morir. Es un proceso que se va completando hasta que muere por sí misma.



FIL: El hecho de que su formación haya sido en una disciplina muy precisa como la física, que tiene una estructura de razonamiento muy estricta, se contrapone con la literatura que es muy abierta ¿En qué medida influencio en su trabajo?



MA: Yo estudie esa carrera porque era joven y no sabía qué hacer. Sabía que tenía que estudiar algo y creo que la estudie física porque necesitaba sentirme inteligente. Creo que siempre supe que no me iba a dedicar a eso. En cuanto a la influencia en mi trabajo, no sé en qué medida influye. Estoy contento en haberla estudiado porque disciplina, obliga a pensar, a ordenar, estructurar. La Física es una gran aventura de pensamiento. Hoy siento que cuando me siente a escribir, algo de esa estructura me interpela. Esa quizá sea mi facticidad. No quiero que la escritura sea pura estructura. Me gusta que me de algún sesgo. Se que en un punto, mi última novela en ese sentido es fallida, porque a partir de la formación uno piensa en un súper estructura que es muy difícil de sostener. La Física me dio la posibilidad de pensar ordenadamente.

lunes, diciembre 19, 2016

Malicia, de Leandro Ávalos Blacha

Una lectura de Malicia en Planeta Ceres, por Gala Semich


Es común en el mundo de la literatura que, por ejemplo, para reseñar un libro, uno trate de encasillarlo según géneros, ya sea por tener de qué hablar, o también para establecer relaciones entre lo que vemos en el texto en cuestión y lo que dicen las características más básicas de cada uno de los géneros. Algunos de los más comunes son el policial, romántico, histórico, realista, fantástico, thriller, terror, etc. Sin embargo, esto de tratar de definir a qué género pertenece determinado libro funciona mejor en los textos que uno puede leer e inmediatamente reconocer sus características más representativas. Entonces, ¿qué hacemos con los libros que responden a rasgos de varios géneros? Analizando el desarrollo de la trama principalmente, este es el caso de Malicia.

Una lectura posible de este texto es interpretarlo como un cruce entre lo policial y lo fantástico o lo sobrenatural. Por un lado, están los rasgos más representativos del género de investigación, ya que hay un crimen, que luego se transforma en crímenes, participación de la policía en el caso y, naturalmente, un asesino. Por otra parte, que es sin duda lo más interesante del texto, en Malicia también se pueden reconocer aspectos que en el manual del policial, ya sea clásico o negro, no aparecen  como base para escribir un texto de este tipo. Habitualmente, los textos policiales son, de alguna manera, realistas, porque retratan hechos que podrían pasar en nuestra vida cotidiana sin ningún problema. Pero en este caso, la inclusión de figuras más ligadas a lo esotérico como los espíritus, los entes malignos, las sectas, criaturas no humanas, etc., hace de Malicia un texto policial que se aleja de las “normas”, generando que la historia sea muy original y consiga sorprender al lector.

De hecho, otro de los factores que más destaco de esta novela es la imprevisibilidad que caracteriza a todo el desarrollo de la trama. En los textos que contienen misterio o intriga, como en los policiales, por ejemplo, es indispensable que el lector se sienta interesado en el caso que se está narrando, que haya hechos que le llamen la atención y lo/la inviten a seguir leyendo. En Malicia, esto no deja de suceder en ningún momento. Cuando comencé la novela, de ninguna forma me imaginé todo lo que iba a venir después, en materia de personajes, escenarios y hechos propiamente dichos. Esto, desde mi punto de vista, es uno de los grandes puntos a favor que tiene esta novela. Más allá de que engancha de una forma casi adictiva, todo el tiempo sorprende, y va agregando elementos que, por un lado, confunden al lector, porque son nuevos y originales, pero por el otro, genera que uno quiera seguir con la lectura para ver qué tiene el autor preparado para explicar la tormenta de nueva información a la que estamos sometidos constantemente.

Siguiendo por la línea argumental, la trama está muy bien lograda. Vedettes, sectas, asesinatos, monjas, televisiones que se prenden solas, exitoína, criaturas sobrehumanas, trances, etc., son todos factores que van entrelazándose, encastrando como piezas de rompecabezas. Y esto no se logra de forma forzada, sino cada concepto se relaciona con el otro de forma natural, o por lo menos con una buena explicación de por medio. Todo esto está atravesado por tintes humorísticos, que le dan a la historia otro rasgo que la distingue por sobre otras historias inicialmente policiales. Sin embargo, a medida que pasan las páginas, la historia va también centrándose en sus personajes. Los principales, Juan Carlos y Mauricio, son dos amigos, si se puede decir, que viajan juntos a Carlos Paz, acompañados de la mujer de Juan Carlos, Perla. Pero a medida que la trama va avanzando, uno puede ver que, de amigos, estos dos no tienen nada. Compiten constantemente, por cosas sin sentido. Va viéndose su egoísmo, sus ganas de sobrepasar al otro. Y cuando llega el momento, cada uno quiere salvarse, sin importar lo que suceda. No solamente ocurre esto con estos dos personajes, sino que cada uno de los que va apareciendo pareciera contagiarse de esta actitud. Por supuesto, también están presentes las peleas mediáticas o para ascender en el rango artístico, y demás conflictos que caracterizan al mundo del espectáculo.

Malicia es una muy buena historia, de la que no podría encontrar un género que la defina completamente. Es una novela que mezcla muchos aspectos diferentes que podríamos encontrar en varios libros distintos. Pero además, logra combinar todos estos rasgos de manera que el resultado sea una historia bien construida, con personajes interesantes y con un ritmo muy llevadero y que engancha al lector absolutamente.

viernes, diciembre 16, 2016

Presentación: Acá todavía, de Romina Paula

Acá, el texto que leyó Virginia Cosin, autora de Partida de nacimiento, en la presentación de la novela de Romina Paula, el jueves 24 de noviembre de 2016.



En Vivir su vida, de Godard,  Anna Karina entra en un bar, prende un cigarrillo y mira al hombre sentado justo detrás de ella. Está aburrida se ve, entonces se da vuelta y le pregunta al hombre  qué hace. Él dice que lee. Ella le pregunta por qué. Porque es mi trabajo, le dice él. Entonces ella le pide acompañarlo y él accede. Pero cuando  están frente a frente, le dice que no sabe qué decir. Que le pasa seguido: “sé lo que quiero decir, lo medito antes de decirlo, pero cuando llega el momento de hablar, puf, ya no soy capaz de decirlo.”  Después de eso empiezan con una serie de disquisiciones en torno a la relación entre pensar y hablar y se preguntan cuál es la necesidad de hablar. Ella dice: las palabras deberían expresar exactamente lo que quieren decir. ¿Es que nos traicionan? Y él: es que nosotros las traicionamos a ellas. Se debe poder decir lo que hay que decir. Hay que pensar, y para pensar hay que hablar. No se puede de otra manera. ¿Entonces hablar y pensar es lo mismo? Claro. Uno no puede distinguir el pensamiento de las palabras que lo expresan. Uno busca, y no encuentra la palabra justa.
La escritura de Romina constituye, creo yo, un acontecimiento singular, porque consigue atrapar el pensamiento en el instante mismo en que se está convirtiendo en un decir, el texto  despliega un modo de  hacerse, de estar haciéndose, como un  work in progress,  o un backstage, en el que el   tejido se teje sin  molde, es una deriva que lleva a vaya uno a saber dónde, pero no es sin dirección, sino más bien una búsqueda a través de la cual se condensa el lenguaje- Romina ensaya modos de decir y hay un especie de incomodidad, de insatisfacción con esa responsabilidad que conlleva el nombrar, tener que quedarse con una palabra que nunca es la precisa.
Escribir sin escritura, diría Blanchot o Grado cero de la escritura, diría Barthes. Sin fórmula comprobada, sin modelo, regresando a una lengua originaria, solitaria, que habla de  modo instintivo aunque, claro, se trate de una construcción, una ficción.
Podría decirse que esta novela trata de muchas cosas. Pero sobre todo  es una novela sobre las palabras, sobre el encarcelamiento que lo dicho ejerce sobre el decir, sobre el lenguaje como lugar de excepción.
¿Cómo nombrar, por ejemplo al amor? ¿Y cuántos tipos diferentes de amor hay? ¿Qué es el amor de pareja? ¿Un especie de dependencia, de necesidad del otro, de des-personalización? ¿Y el filial? ¿Qué diferencia al amor que se siente por un hermano o un amigo del  que se siente por un amante? ¿El  deseo erótico constituye  la diferencia? ¿Y a un padre? ¿Y a una madre? ¿No se los desea?  ¿Odiando se puede amar, también? ¿Y al hijo? ¿Al que todavía no se tuvo? ¿Puede haber un pre amor? ¿Se lo ama por instinto? ¿Por obligación?  ¿Y tiene el mismo nombre, “amor”,  eso que se siente siendo niña, antes de experimentar la sexualidad adulta, que después?
La metafísica ha dado respuesta a algunas de estas preguntas, los griegos adjudicaron nombres para los distintos modos del amor  y los diccionarios proveen definiciones y clasificaciones, códigos comunes y estables, que tanto Romina como su narradora  demuelen con más preguntas, como si fueran martillazos.
“Pienso en la palabra bicoca y sonrío, que palabra más extraña. Pienso también que una palabra así particular bien empleada en el momento adecuado te puede salvar el día o por lo menos una situación. Pensar, por ejemplo “ahora a la distancia el divorcio fue una bicoca” ¿o no se puede usar así? Eso, por ejemplo, es una de las cosas que más me costó de la separación con Lourdes, sino la que más: perder todo ese universo de palabras en el que nos encontrábamos, todo ese mundo semántico arrancado de mi cabeza, en cuestión de días como una lobotomía del verbo, pero no, sin extirpación, o una extirpación en negativo: lo que se sustraía era el interlocutor, más que el lenguaje, y si no hay nadie ahí para recibirlo ¿qué se hace con ese capital? Durante meses seguí viendo todo a través del prisma de esa gramática compartida, a veces las frases, los comentarios solo se formaban en mi cabeza y otras llegaba a pronunciar bajito,  para mí, como para que por lo menos fuera dicho, expulsado.”
¿Y cómo hablar con un ser querido, fundamental, al que se está viendo morir?  Los límites de su lenguaje, los de Andrea, son los límites de su mundo y en la primera parte del libro, Todavía, su mundo es el hospital:
“Así que ahora con Mario se habla de cosas de enfermos, no sólo, claro, pero el lenguaje también se vio intoxicado, contaminado: la remisión, la quimio, los buches, las plaquetas, la presión, la fiebre, la asepsia, la dieta, la orina, la digestión, los leucocitos, los hematocritos, la médula, el trasplante, la donación.  Y la sangre, la sangre, la sangre como protagonista absoluta, la sangre por ejemplo a la vista, como adorno, colgando del árbol de navidad que arrastra el padre detrás de sí como un grillete: un sombrerero con ruedas, microondas y bolsones de sangre y líquidos flúo que no pueden ver la luz. Eso pende ahora todos los días de la muñeca de mi padre y lo acompaña como un miembro más de su cuerpo, uno o varios miembros más. Algunos de los líquidos flúo, los más fotosensibles, los recubren como una bolsa de papel madera, como una mascarita, como de avergonzada. Las enfermeras entran y salen y actúan y toquetean el arbolito a sus anchas como si no fuera un apéndice del hombre. A él le dicen “Buen día”, como si fuera normal, como si estuviera en un banco esperando para depositar un cheque, así le dicen “cómo le va” y después o al mismo tiempo manipulan los aparatejos y las bolsas, definen, controlan las dosis de todo eso, lo flúo y lo que no, eso que va a parar a las venas y con ellas a los órganos del hombre que responde a ese saludo ese “hola que tal” como si todo ese aparato del horror unido a su interior por conductos, pudiera, todavía, no tener que ver con él.”
El cuerpo. Hay una presencia irreductible del cuerpo: ese cuerpo que se vuelve metáfora,  pan, vino, fantasma. Un cuerpo que desaparecerá bajo el imperio de la muerte pero también el de los sentidos: mientras duerme en el sillón del acompañante del hospital, cuidando al  padre agonizante, Andrea tiene un sueño húmedo, olfativo, táctil, orgásmico; hace presente el cuerpo ausente de la enfermera que le gusta, o que no sabe si le gusta, pero de la que goza.
Andrea no sabe, abjura del saber y de las definiciones. Narra desde el presente fragmentos de pasado, como si navegara un barco que,  en medio de una tormenta, está a punto de zozobrar y hubiera que rescatar bienes preciados, pertenencias  que, de otro modo, serían irrecuperables.
No porque quiera saber qué es, o quién es, sino porque está siendo, estando, haciéndose y rehaciéndose, en camino hacia, cambiando, moviéndose, esquivando la pelota que, si la toca, la convierte en “quemado” o estatua.
Ese presente dislocado  tiene nombre: todavía. Cuando se acabe, cuando ya no sea, cuando ese tiempo deje de transcurrir, se abrirá un espacio, uno nuevo, el del Acá.
Un poco como en la novela Orlando, de Virginia Woolf, Andrea despierta un día convertida en otra,  experimentando otros apetitos, teniendo deseos nuevos que la arrojan hacia una nueva deriva, un especie de vagabundeo, de errancia incierta, pero sin angustia. Andrea, cuyo nombre tiene la misma raíz de Andrógino y deriva de Andros, que significa Hombre, abandona el sueño con Rosa y se entrega al desconocido Iván.  
Y  emprende un viaje, pero las peripecias no la llevan de vuelta al hogar, sino que la arrojan hacia una tierra nueva, lo que estaba atrás queda atrás. Sabe que  si intentara regresar, como Scarlet O Hara , sólo encontraría en su viejo terreno un páramo seco, uno muy diferente del que fue en su tiempo de prosperidad. Habrá que construir, entonces, uno nuevo, un nuevo hogar, fundar el propio.
En el último episodio de la primera parte, Todavía, Andrea vuelve a su departamento después de haber estado días afuera –entre el hospital y la casa del chico- y encuentra una invasión de gusanos (ahora que me acuerdo, antes de emprender el viaje a la Patagonia, la narradora de Agosto luchaba contra una alimaña, un ratón que le daba entre asco, impresión y pena.) La plaga como castigo, como símbolo de la muerte pero, también, como motor para tomar impulso e iniciar un éxodo.
Al comenzar  Acá, la segunda parte del libro, la narradora pareciera estar, permanecer,  a su pesar, o con pesar,  con esa sensación de ridículo, de “esto es imposible” y aunque el aturdimiento dificulte una vez más hallar correlato entre las palabras y lo que significan y haya que volver a nombrar, restituir los sentidos, en la escena siguiente, Romina, ya no la narradora, sino la autora, nos da una cachetada y nos hace reír.
De todas las palabras decibles hay una cuyo significado se nos escapa más que el de ninguna. ¿Cómo nombrar la muerte? Podemos ser testigos de un último segundo de vida. Pero sobre la muerte nada sabemos y nada sabremos jamás. Aunque creemos que sabemos que también nos va a tocar, nunca viviremos esa experiencia. Es in experimentable.  Sin embargo hay otra, casi tan extraña, medio extra terrestre e inverosímil que es la de engendrar vida.
Otro poco como Hamlet, Andrea, la narradora de esta novela, demora la decisión de hablar, de decir aquello que fue a decir, el motivo por el cual emprendió el viaje. Pero a diferencia de la tragedia Shakespereana, o de cualquier tragedia, no es a la venganza hacia donde se dirige, porque no hay nada que vengar, nadie tiene la culpa de su orfandad. En cambio,  hay una vida por delante, una vida con forma de pregunta que no cierra,  se reproduce y excede los límites del final de esta novela.


Virginia Cosin.

Malicia en Revista La Nación



"Un serial killer que homenajea a nuestra maestro: el conde Alberto Laiseca" dice Leonardo Oyola sobre Ávalos Blacha, joven escritor bonaerense que ya tiene en su haber libros como Serialismo, Berazachussetts y Medianeras.

Ávalos Blacha: Malicia es una novela que pensé a partir del cruce entre el policial y lo sobrenatural

Entrevista a Leandro Ávalos Blacha en Télam. Por Juan Rapacioli.


Leandro Ávalos Blacha escribió los libros "Serialismo", "Berazachussetts" y "Medianera". En diálogo con Télam, el autor habló sobre su nueva novela. "Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror", sostuvo.

En su nueva novela, "Malicia", el escritor Leandro Ávalos Blacha se sirve de diversos lenguajes como el cine de terror, la literatura policial, el cómic y la televisión, para configurar una delirante historia que incluye una serie de asesinatos a vedettes, un misterioso grupo de monjas, una niña que sabe demasiado y una pareja de amigos que se la pasan compitiendo en medio de la temporada teatral de Villa Carlos Paz.

Publicada por Entropía, la novela abunda en referencias: el manejo del terror del director italiano Darío Argento, ciertos aspectos bizarros del cineasta estadounidense John Waters, el realismo delirante del escritor Alberto Laiseca y una trama movediza que puede recordar a la literatura de Thomas Pynchon.

Pero más allá de eso, el libro habla sobre el rencor, el egoísmo y la codicia que se establece en las relaciones sociales.
Nacido en Quilmes en 1980, Leandro Ávalos Blacha escribió los libros "Serialismo", "Berazachussetts" y "Medianera". En diálogo con Télam, el autor habló sobre su nueva novela. "Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror", sostuvo.

- Télam: ¿Cómo se originó esta historia en tu cabeza?
- Ávalos Blacha: Tenía muy claro el principio: una relación de dos amigos que están todo el día compitiendo por nada. Quería que la novela tuviera la cuestión del juego muy a flor de piel. El vicio por el casino suele ser un rasgo que hace asomar lo peor de uno. Es algo que termina controlando a los personajes. En un nivel general, es una novela que pensé a partir de los diálogos de las películas, la figura del asesino, el cruce entre policial y lo sobrenatural. En esas películas, muchas veces, la figura de quien comente el crimen queda diluida y lo que asoma no es tanto la monstruosidad del asesino, sino la oscuridad de todos los otros personajes que empiezan a querer salvarse. Una de las películas emblemáticas es "Seis mujeres para el asesino", de Mario Bava.

- T: En su necesidad de salvarse solos, los personajes muestran su aspecto más egoísta...
- AB: Son personajes que se mueven con un individualismo terrible. El único lazo de amistad que hay en la novela, entre Mauricio y Juan Carlos, está basado en el rencor, la competencia, los celos. Hay algo del conflicto mediático, está muy presente esta suerte de periodismo de espectáculos donde todo gira en torno a peleas entre actrices, el teatro de revista, las obras del verano en Córdoba o Mar del Plata.

- T: ¿Cuál es la influencia que tiene el cine en tu escritura?
- AB: El cine es inevitable, me ayuda a pensar climas para escribir. Es un mundo del que me puedo servir más conscientemente que de lo que puede ser una influencia literaria. Cuando me señalan una influencia de Aira o Laiseca, creo que son cosas que surgen de un modo natural. Con el cine hay algo más meditado, me ayuda pensar en otro lenguaje narrativo. En este caso, el cine italiano estuvo muy presente. Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror. Algo que me gusta, particularmente en el cine de Argento, es que es un cine que no aspira a lo perfecto. De hecho, muchas de sus películas son malas, pero sin embargo siempre tienen algo interesante para apreciar. Es un género que me resulta interesante por cómo fue dando paso al 'slasher' (subgénero del cine de terror). No me interesaba escribir un policial clásico.

- T: ¿Cómo fue tu experiencia en el taller de Laiseca?

- AB: Lo primero que leí de él fue "Aventuras de un novelista atonal". Fue una sorpresa total descubrir algo así en la literatura argentina. Yo estaba interesado en empezar un taller. Ir con Laiseca fue encontrar la libertad en la escritura. Algo que se corría de la imagen solemne de la literatura, una cosa lúdica, fuera de serie. Todo lo que escribí fue gracias a haber ido a lo de Lai, no solo por la influencia de su obra, sino por lo que transmitía. El grupo que se formó fue fundamental para seguir escribiendo. Es muy difícil mostrar lo que uno escribe. Lai sabe cómo darte consejos sin intimidarte. Hay mucha gente que va a talleres y recibe una devolución demoledora, eso muchas veces dificulta el camino. Lai fue fundamental para empezar, para adquirir el hábito, para tomarlo con seriedad, para ser exigente pero tampoco caer en una autocrítica tan extrema que te lleve a abandonar.

Acá todavía

Reseña de la novela de Romina Paula por Josefina Sartora para Claroscuros


El título de esta novela, aparentemente críptico, es significativo. Dos adverbios, el de lugar y el de tiempo, podrían aquí ser intercambiables. Todavía es el subtítulo de la primera parte, que se desarrolla durante la enfermedad del padre, y remarca el estado de stasis de Andrea, la protagonista, mientras espera en el hospital alguna evolución dentro del cuadro de gravedad. Conocemos bien esos tiempos muertos, este estado fuera de la realidad  que se vive en los hospitales, esos momentos en los cuales parece que le tiempo no transcurre, que la vida cotidiana exterior se ha detenido, o ha quedado entre paréntesis, tan bien transmitidos aquí. Así navega la muchacha en esos días de la agonía paterna. La segunda parte, subtitulada Acá, transcurre en Uruguay, donde acude Andrea a arrojar las cenizas paternas al mar, y en busca del padre de su posible hijo. Nuevamente, son los tiempos estancados, las decisiones que tardan en llegar, el estado de indefinición y duda.

La última novela de Romina Paula –a quien le debemos Agosto, Fauna y otras obras teatrales, y actuaciones actorales tan talentosas como su literatura- está fuertemente arraigada en una identidad generacional, y hace pensar en lo autobiográfico. Lo mismo ocurría en Agosto. Todos sus personajes son los jóvenes porteños de treintaylargos, con sus modos, su jerga, sus principios y prejuicios. Con madre ausente, las únicas mujeres mayores que encuentra Andrea –protagonista y narradora en primera persona, a través de cuyo exclusivo punto de vista accedemos a la historia- son personas sabias, distantes, algo incomprensibles para un personaje que parece no haber salido nunca de su micromundo juvenil.

Con una prosa fluida y fresca, con giros expresivos espontáneos y a veces muy divertidos, con gran manejo del habla joven, Paula desarrolla el tema de casi toda su obra, que es el de las relaciones personales y sobre todo, de pareja. Con nombre andrógino, Andrea se siente libre para entregarse tanto a hombres como a mujeres sin problema de género ni contradicciones, porque lo suyo siempre es eso: una entrega. Entrega al otro/otra y a lo establecido, aunque no lo comprenda. Y no es sólo su identidad sexual la que está en juego. El tono de la narración jamás es taxativo, por el contrario: son más las preguntas que se formula Andrea sobre los vínculos, que las certidumbres. “¿Hay una estación más adecuada para morir?” “¿Cómo se hace, por ejemplo, para soportar eso que llaman amor, el de la pareja?” “Que nada de vos me dé asco, ¿será suficiente? Y en todo caso, ¿suficiente para qué?” “Un novio/a ¿no es lo más parecido a un interlocutor constante de la propia vida, otro que acredita que uno, en efecto, está vivo, y que, por ende, tiene continuidad?” Tales los cuestionamientos de la protagonista, quien parece navegar en un entre, que no es sólo temporal. Vuelta hacia el pasado de su adolescencia, proyectada hacia un futuro (im)probable, Andrea parece no querer ocupar ese umbral, o acceder al pasaje, paralizada en un momento de inflexión ante un cambio de vida.

martes, diciembre 06, 2016

Acá todavía en Revista África

Reseña de Acá todavía en Revista África, por Pablo Milani


Acá todavía trata sobre una espera, lo ineludible que pasa mientras uno espera lo irremediable, la muerte, con cierta agonía e ironía a la vez. Romina Paula (Buenos Aires, 1979), registra aquí, en su tercera novela publicada por Entropía, un desenlace, un fin que no quiere llegar a ser pero también un comienzo, un desprendimiento. La novela está escrita en primera persona, ella es Andrea, una mujer ambigua hasta en su sexualidad. Recuerdos de su amor de mujer en la adolescencia y de su padre y su madre junto a sus hermanos hacen de Acá todavía un recorrido no lineal, con bordes apenas reconocidos, que tienen que ver con una retrospectiva, pero que siempre conllevan implícito, una pérdida.  

En la escritura de Romina Paula hay una clara intención de no dejar nada donde está, de una cierta violencia en ese irreparable hachazo del tiempo, de negación, de ir hacia atrás en un tiempo retenido con historias que quieren pertenecer a algo o a alguien. Describe a la familia como algo idílico pero a la vez como registro de un vacío, de un volver a empezar cuando todo se lo ha llevado el tiempo. Habla de vaciarse, de luchar contra el tiempo por más que sea una batalla perdida, de sacarse algunas máscaras y hacerse preguntas que no tendrán respuesta. Aquí la sexualidad de Andrea juega un papel de complicidad y confesión frente al padre, de poder comunicárselo con diálogos dentro de un mundo semántico que fluctúa entre dos fuerzas opuestas, pero que al mismo tiempo conviven. Por un lado esa reminiscencia de un pasado siempre mejor y por el otro su presente, ahora frágil y recortado contra su voluntad. Es en ese ahora donde cada pregunta cambia de respuesta, de forma. Sus planteos dejan de tener esa inocencia primaria, sin lastimaduras y pasan a ser pensamientos que ya no pueden sostenerse por sí solos, que necesitan de la ayuda paterna y que a la vez esa figura como presencia, se irá desintegrando. Buenos Aires convive con la protagonista como algo estático, un lugar donde se puede caminar sin ser reconocido, pero también trabaja como artificio. “Esta es una parte de la ciudad en la que la gente no pasa hambre y para las fiestas se comporta como si fuera Europa o Estados Unidos: compran comida y regalos, visten para la ocasión.” 

Pero no es todo nostalgia en Acá todavía, el encuentro casual con un hombre y el posterior desencuentro para luego reencontrase en la casa de la familia de él, habla de una casi desesperada búsqueda de la protagonista de la novela, Andrea, que no se resigna, escapándose del dolor hacia adelante. Se refiere a la década del 90 como “La década colorinche, mal cortada, cínica y bronceada. Porque una cosa es la tristeza, noble por donde se la mire, y otra muy distinta la angustia, vinculada en general a cosas que podrían ser de otro modo y no lo son, por falta de voluntad o algún tipo de tara. Aquello era la angustia, esto podría ser tristeza, pero con dignidad.”

En Acá todavía surge el traspaso de ser hija a no tener padre, de cierta tristeza, de no saber cómo se llama eso, a no tener esa voz al lado de uno, ese amor que se disipa y pasa a ser otra cosa. De recuerdos eludiendo sombras que no saben que lo son, de silencios sostenidos, de una mente que viaja sin destino y sin pausa. En las palabras de Romina Paula el verdadero sostén es siempre el amor, de no dejarlo, de atravesarlo por completo y arriesgarse en cada paso. Es una constante búsqueda de sentirse completo con el otro, de descubrirse en esa complicidad, ya sea entre hrmanos, con una pareja, ya sea hombre o mujer, mientras la imagen del padre se va diluyendo, se va desmenuzando como alguien que siempre estuvo y un día no lo está más. En las páginas de Acá todavía se respira cierto aire de independencia y dependencia, y ese puente se articula como un estado de mutación, se desliza por un camino del porvenir del que aún no tiene nombre pero que forma parte del inconsciente de la novela.