lunes, abril 17, 2017

La bella tragicomedia de los que eligen titubear

Ariel Pavón lee Acá todavía, de Romina Paula, y escribe para la revista Otra parte:

Acá todavía, la última novela de Romina Paula, es el contundente manifiesto de una generación que hace de la vacilación su bandera y su coraza. Está dividida en dos partes, dos trances que Andrea, la narradora, debe atravesar; dos caras de una búsqueda personal cuyo corolario es la incertidumbre. La enfermedad del padre (“Todavía”), internado en una clínica que se vuelve el centro del mundo, y un inesperado embarazo (“Acá”), contracara luminosa de la agonía, son los disparadores de dos instancias complementarias, que se despliegan, a la vez, en geografías precisas: la Recoleta, donde la narradora vive y circula como una extraña; y los suburbios de Montevideo, convertidos en un regreso “a las simples cosas”. Mientras asiste a la agonía del padre, Andrea se entrega vacilantemente al deseo de Rosa e Iván, dos empleados de la clínica. Más tarde, tras la noticia del embarazo, inicia un viaje que es duelo y a la vez rescate indeciso del padre.

En virtud de esos desplazamientos, el título no funciona como un indicador espacial, sino como coordenada interior, familiar, ideológica. En la novela abundan las preguntas propias de una subjetividad inquieta, incluso obsesiva; pero las respuestas no asoman, porque en Andrea hay inquietud, pero no movimiento. A su alrededor todo cambia, pero Andrea, enrolada en la duda, apenas puede abandonar la inmovilidad. Hasta la decisión de seguir adelante con el embarazo aparece como una aceptación aquiescente, un “acá” tan vacilante como el “todavía” inicial. El idioma de la novela, que acepta formas del español neutro, coloquialismos y entonaciones costumbristas, rechaza obstinadamente lo asertivo, lo cuestiona y lo diluye en preguntas. Porque no responder es conservar, como tesoro personal, un lugar al que Andrea apuesta: el lugar de quien está sólo levemente contrariado, que convierte la incomodidad en zona de confort, un ámbito libre del peso de las decisiones. Acá todavía es la bella tragicomedia de los que eligen titubear.

“El avance tecnológico es más rápido que el crecimiento moral”

Martín De Ambrosio lee Circuito de memoria, de Raúl Castro, y entrevista al autor para Planeta azul:

Raúl Castro (Buenos Aires, 1936) es uno de esos inventores casi secretos que tiene Argentina. Desde los nueve años, y después de encontrarse con un libro sobre la física de la electricidad de 1860, se dedicó a hacer inventos, perfeccionarlos y, lo más notable, vivir de eso en un lugar del sur de Sudamérica, cuando “eso” era tecnología de punta mundial.

Sus memorias de inventor –focalizadas en aquellos años en que las radios a galena eran toda una novedad- fueron editadas recientemente por Entropía bajo el título Circuito de memoria. “El libro es un homenaje a todos los que teníamos en esos momentos fe y fervor en el futuro, que estaba más claro. Cuando nos parecía que la ciencia iba a ser algo, el hilo conductor. La verdad es que nos fuimos encontrando con bastantes atolladeros a lo largo de todo el siglo XX”, dice Castro, sentado en un sillón de su casa de Villa del Parque, con algo de desilusión por el curso de la humanidad.

-¿Qué lo impulsó a dedicarse a inventar desde tan chico?

Mi timidez me impulsó, mi poca aptitud para comunicarme. Y también que nunca me gustó seguir el camino fácil. Por ejemplo, en el secundario, cuando tenía física y mecánica en los exámenes usaba fórmulas alternativas. No hacía el desarrollo esperado, sino de otra manera, y después tenía que explicarles a los profesores por qué lo había hecho.

-Se acuerda de cosas que pasaron hace mucho en una Buenos Aires que ya no existe, con tranvías y antes del reinado de la imagen.

Lo notable es que antes de escribirlas yo no creía que podía retener esas memorias. Pero me di cuenta de que el olvido contiene a la memoria. Tomando el desarrollo tecnológico como guía me fui a otros lugares que tenía como una foto, según fui viendo. Fue casi una arqueología de la tecnología, hasta lo que hay ahora.

-Otra de las cosas que sorprende es la construcción de televisores de manera artesanal, con sus propias manos. Hacer algo así hoy sería imposible por los niveles de complejidad requeridos.

Construí cientos de televisores, algunos eran bastante difíciles de hacer por los componentes que tenían. Fue una pasión como cualquier otra. Pero me incidió en el lenguaje: yo no pensaba con palabras sino con componentes. A través de mecanismos lo que hacía era traducir de otro idioma. Por eso cuando apareció el transistor fue como un cambio de idioma, como irse a vivir a otro país. Eso me pegó un sacudón hasta que engrané de nuevo.

-Todo ese mundo de individuos solitarios con aptitudes tecnológicas que se cuenta en el libro en cierto sentido murió.

Sí. Yo acompañaba los procesos, pero como hay fenómenos de realimentación positiva, va demasiado rápido la ciencia, tan rápido que no se puede alcanzar. El avance es peligroso porque es más rápido que el crecimiento moral de las sociedades, del sentido de la vida. Es como que el proceso superó a nuestras capacidades. Ahora es imposible además hacerlo de manera individual, todo es en equipo y está fragmentado, no se alcanza a conocer todo. A veces, quien lo hace no tiene remota idea de qué hace.

-Arthur Clarke decía que se llega a un momento en que la tecnología es indistinguible de la magia.

Tal cual. Eso lo planteo al final: los científicos están en una nebulosa, en parte son como los poetas. Cualquier teoría que pueda pensarse no se aparta de un conjunto significativo y las hipótesis se les ocurren de muchas maneras. La tecnología es una cosa, son trabajos en equipos, pero los teóricos, como los que postulan la teoría de cuerdas pueden y deben volar con la imaginación. Pero debo decir que no me gusta la ciencia ficción. Al contrario, me genera rechazo. Soy un mal lector porque leo y me embalo. La palabra me reverbera en la cabeza y me sugiere cosas que hace que yo pueda plantearme la posibilidad de actuar. Entonces, dejo de leer y me pongo a hacer.

Lo nuevo de la escritora que nunca nos desilusiona

Tamara Talesnik lee Acá todavía, de Romina Paula, y escribe para Revista Chocha:

El enero pasado Romina Paula dio una nota en la que dijo que su última novela, publicada a mediados del año pasado, es como un diario de ficción. Al igual que ¿Vos me querés a mí? (2009, Entropía) y Agosto (2012, Entropía) leerla se siente como formar parte del universo privado y cotidiano de otra persona. Las frases largas y “desprolijas” y los paréntesis con aclaraciones neuróticas se sienten como escuchar a una amiga contar algo que le pasó. En Acá todavía este algo está dividido en dos etapas: en “Todavía”, Andrea cuida a su padre internado, mientras coquetea con una enfermera y vuelve constantemente a anécdotas que la configuraron emocionalmente; en “Acá”, Andrea vive lo que pasa después de acompañar a su padre en el hospital.

A diferencia de las dos publicaciones anteriores, no hay diálogos constantes ni la narradora le habla a un muerto, pero persiste la sensación de familiaridad que aliviana y a la vez da peso al relato y a su temporalidad: lo que está pasando acá es la vida de Andrea, ni más ni menos.

Las cosas que sabemos con seguridad de Andrea son las que ella también sabe con seguridad: que tiene un padre enfermo, dos hermanos, una mamá a la que no ve mucho, una mejor amiga, una ex novia. Las cosas que no sabemos muy bien de Andrea son las que ella tampoco sabe muy bien: de qué trabaja, si quiere ser directora de fotografía o qué, si va a estudiarlo, si le gusta la enfermera, si le gusta el ex novio de la enfermera.

“Todavía” está compuesto por todas esas cosas que la protagonista ve claramente, sus afectos y su pasado; mientras que “Acá” es lo que está pasando ahora y el brillo de las posibilidades y cosas que están por suceder. Acá todavía tiene mucho de novela de aprendizaje. Hay una protagonista joven que vive un hecho que claramente modifica la vida como la conoce y que luego se dirige a vivir el resto de su vida marcada por eso. Pero, en realidad, Andrea no aprende nada, sino que se entrega a que las cosas están fuera de sus manos y a que sus decisiones no son tan importantes.

Esta no es una historia de finales cerrados, menos aún de moralejas ni descubrimientos definitorios. Lo que más ilustra el espíritu general de Acá todavía, y tal vez de casi todo lo que escribió Romina Paula hasta ahora, es la reflexión de la narradora sobre su orientación sexual: “yo no puedo evitar identificarme con los que no pueden saber. La perfección no es posible más que en el instante”.

lunes, abril 03, 2017

Átate, demoníaco Caín o me delata

Valeria Sager escribe para Bazar Americano sobre El Sr. Ug..., de Humberto Bas:


La primera página de la novela está marcada recurrentemente por un signo inventado que produce de algún modo una clase de connotación abierta y vasta. Se trata de una especie de potencia de numeración vacía, de indicación numérica ordinal, o de grados, situada sobre los dos puntos. Esto es así “:º”. Y repetido, es : º, :º,:º, etc. Una potencia cero de la enumeración, la explicación, la paráfrasis. Cero, porque no termina de ocurrir, se interrumpe, se deriva y muchas veces roza lo que parece infinito. Numerar esa posibilidad de las palabras con una potencia que no fuera cero, sería fijarla y detenerla. De ese detenimiento es de lo que El Sr. Ug… parece huir. En esa primera página, hay una vaquita y una anciana que sostiene lo que el narrador identifica como un bastón hasta que la anciana le aclara que se trata de un cayado y que no le sirve para caminar sino para denotar. Como apertura de lo que va a contarse, la frase es curiosa porque la novela, que es una especie de continuo de los pensamientos de un insomne, trabaja con el silencio, el corte y la interrupción de una manera extraña, de un modo que podría figurarse exactamente como un cayado que punza el piso al caminar o punza la hoja al dejar un trazo hecho de pequeños vacíos, pequeñas incisiones de blanco o de blancura. Un cayado que va inscribiendo lo que se calla. Y a la vez, lo que allí se ve es el momento en el que la connotación que está en el centro de la prosa de Humberto Bas, allí donde cada cosa y cada palabra parecen dispuestas a una remisión infinita, va convirtiéndose en denotación a medida que se construye. Porque todo lo que se dice, lo que se imagina y se encadena, una vez escrito adquiere un tipo de perfección que parece tan determinante, tan exacta que tiene como efecto la anulación del despliegue del paradigma.

Curiosa, curiosísima forma. El Sr. Ug… es una novela de la deriva, la enumeración, el ensanchamiento extenso de las relaciones paradigmáticas, de la asociación y el juego de palabras pero cuando el cuadro termina de componerse parece que todo lo que queda es único e irremplazable. Como los juegos de Alina Reyes en “Lejana” de Cortázar, los anagramas y palíndromos que entretenían a la protagonista de ese relato permitiéndole conciliar el sueño pero también acercarse a la otra, a la lejana, a la mendiga en Budapest; los del narrador de la novela de Bas, lo llevan a imaginar varias vidas de un vecino, el Sr. Urdanpilleta. Y es a fuerza de inventar esas vidas, que Urdanpilleta se convierte en alguien que de algún modo lo reemplaza. Va llenando el tiempo del insomnio mientras ocupa el lugar del que no duerme y éste se convierte en el otro:

“Única redención, enajenarse. No mirar hacia delante, sino a las cosas. Olvidar el reloj, olvidar la hora, olvidar las razones, los motivos, evitar acariciar el edema que perturba y volcarse a lo inmediato con estratagemas simples”. Estratagemas, no tan simples, complejísimos para el lenguaje igual que los de Alina Reyes:


Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep… Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres alternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.

Estratagemas desplegados que no parecen tener fin en la imaginación del insomne y entonces asocia todo, hacia adelante, sin parar. Así, por ejemplo piensa los instantes de un viaje en colectivo del Sr. Urdanpilleta cuando, desde la cama, desde la imposibilidad del sueño, se ubica en el punto de vista del otro y escribe: “Soy su mirada”, entonces:


Aparecen híperes y shoppingues de todas las comuniones: Jumbo, walmart…Jumbo, Walmart y Coto, Jumbo, Walmart, Coto y Easy. E. Easy. ¿E o y Easy? Jumbo, Walmart, Coto, Easy y Unicenter. Unicenter y Ykua-Bolaños (cof…cof). ¿Y o u? Ykua Bolaños (396), King Fong, Mina India, Santo Domingo. La Paloma. Mona Lisa, La Riojana, Casa Martel, LaiLai Center, Vandôme, International, Whu, Hijazi, Shopping Barcelona, Del Este, Duty Free, West Garden, La Anónima (ahhh, alarido de la peonada fusilada en la Patagonia trágica), Carrefour, Dot, Abasto, Alto Palermo, Pacífico, Alcorta, Bullrich, Montevideo Center, Las Palmas, Macy´s, Bloomingsdale´s, Corte Inglés.

Y sigue así, a lo largo de unas páginas más. Lo que ocurre es que el narrador no tiene otra interioridad ni otras circunstancias que las que se exhiben al inventar y creer las actividades e ilusiones de otros: su vecino, los personajes de los libros que lee, un bollito de papel arrojado al mar o el Che Guevara ante la Asamblea de las Naciones Unidas.

En la contratapa dice: “El Sr. Ug… es una novela cuya duración es un único minuto de una misma noche”, pero aquí también hay una trampa de despliegue y fijación, o como en el par sintagma / paradigma, de selección y asociación. Ese minuto, el del presente de la narración en la que siempre son la 03:49 escande, al titilar en el reloj, el avance del relato insomne con fragmentos de lo que lee, piensa o imagina el narrador mientras no puede dormir. Esas historias, sin embargo, se desarrollan, se arman, se completan anulando la categoría de tiempo mientras, paradójicamente, avanzan. Porque los cuentos que se ramifican y se extienden se construyen durante la fijación del 03:49. “La manecilla que va, va y vuelve y se clava; 03:49, 03:49” pero en esos segundos, se cuentan vidas casi enteras y no es solo el relato el que pese a la imposibilidad de la afirmación, se extiende en un tiempo que no existe o se deshace. No es solo el relato, la voz del narrador que se prolonga y cuenta sino las vidas de los que son contados. Allí también, las variantes paradigmáticas parecen darse todas juntas sin anularse una a otra, sin selección alguna.

Novela que parece buscar intensamente el despliegue de un puro significante y sin embargo, cuenta historias, casi como si fuera a su pesar: “[…] los grafos son significantes y las anécdotas, los significados”:



[…] [E]n la fusión de ambos se confabulan las armonías y desavenencias de los acontecimientos narrados. Si supiera esto [el Sr. Urdanpilleta] acomodaría sus pensamientos para pensar lo mismo; que las pobres letras, o los pobres significantes, están a la espera de que unos ojos se les posen encima. ¿No se cansan los significantes?, se preguntará. ¿No se cansan de esperar y esperar para significar?

¡¿Vocación e servidumbre, la de los pobres grafos?!

¿Él no será uno de esos? ¿Un pobre tipo in-significante?


Es que la vida del Sr. Urdanpilleta, el vecino del narrador, es una multiplicidad de vidas. Todas imaginadas, todas, igual de probables, igual de verosímiles, casi igual de mediocres o grises. Todas configuradas como escenas de una vida cualquiera absolutamente olvidable y, sin embargo, materia del hilar difuso del insomnio y el aburrimiento de quien las piensa, las cree y las convierte en ciertas; tan propensas a la asociación y a la deriva como puede serlo un hombre vacío que no es más que una figura capaz de ser llenada de cualquier modo, capaz de significar lo que quiera quien lo observa, quien lo adivina, lo inventa. Una multiplicidad de vidas tan ciertas como puede ser algo hecho de palabras. Así, El Sr. Ug… podría definirse como la novela de la multiplicidad de las evidencias que se despliegan como si conformaran un mundo que se exhibe como si fuera a la vez todos los posibles y el único verdaderamente cierto.

jueves, marzo 16, 2017

Giallo criollo

Entrevista a Leandro Ávalos Blacha en Evaristo Cultural. Por Nicolás Ferraro



Temporada. Villa Carlos Paz. Juan Carlos y Perla se van de luna de miel con Mauricio, el mejor amigo-enemigo de Juan Carlos, y los tres comparten habitación. Pero eso no es lo más incómodo. Una vedette es asesinada. Y solo es la primera. Un asesino serial de vedettes pone en jaque la temporada y las vidas de las personas involucradas en la farándula.

Videntes que quieren su minuto de fama. Celos. Ganas de fama. Peleas de cartel. Hipnotismos. Crímenes desproporcionados. Impredecible. Chicos haciendo quilombo. Casi, casi como cualquier otra temporada de verano en Villa Carlos Paz. 
Sólo que Ávalos Blacha se encarga de agregarle bastante más de sangre.

¿De dónde surge Malicia?

Por un lado, surge de la idea de hacer algo sobre Carlos Paz, cuando pasé por ahí en unas vacaciones, hace varios años. Me llamaba la atención algo muy intenso que se producía en la calles, mucha ebullición en torno al mundo del espectáculo en una ciudad más bien chica, que estaba creciendo como plaza teatral. Los actores, los móviles de televisión, los fanáticos. Mucha interacción. Y todo concentrado en unas pocas cuadras llenas de gente. También cierta intriga por lo que era el teatro de revista o por qué la gente iba a ver un género que, si alguna vez funcionó con cierto misterio alrededor de las grandes vedettes, ahora estaba cada vez más próximo a la televisión, hasta casi no diferir de ella. Como un reality. Esto se cruzó con algo que siempre había querido hacer, pensar una novela en sintonía con los giallos, las películas de Darío Argento o Mario Bava, por ejemplo. Por los espacios que usaban como ambientación (muchas veces teatrales) y la importancia que suelen tener los personajes femeninos pensaba que podía hacerlo funcionar con el teatro de revista como marco.

Con el correr de las páginas nos metemos en una novela coral, con situaciones que se van saliendo de control página a página. Una historia -que se agradece- impredecible. Con un entramado tan complejo, me gustaría conocer cómo fue el proceso de escritura de tu novela. ¿Tenías planteado un esqueleto o fuiste descubriendo la historia a medida que la escribías?

Nunca tengo una estructura tan armada en la cabeza, mientras escribo. En este caso había un mínimo esqueleto, se podría decir, dado por algunos momentos que plantea lo policial de la novela (los crímenes, pensar una figura de detective, los sospechosos, la resolución). Algo bastante escueto. Tenía claro que era un arco en el que se iban a trenzar otras historias, que llevaran la novela a lo sobrenatural. Creo que el texto avanzó a partir de los personajes, que estos me fueron marcando hacia dónde ir. Y, a la par, determinadas situaciones por las que quería que la novela transitara (como, por ejemplo, el juego, los casinos, la presencia del satanismo o los extraterrestres), u otras que eran frecuentes en los giallos y quería incluir.

Malicia está plagada de personajes pintorescos, ¿cuál fue el que más te sedujo a la hora de escribirlo?

Disfruté, especialmente, de lo que ocurre con el personaje de una nena, Celina, que en la novela entra en contacto con el espíritu de una de las vedettes asesinadas. En especial porque fue la puerta para trabajar con la voz en primera persona de una vedette medio Andrea Rincón, y con los programas de espectáculos. También porque es un personaje que da pie a otros fenómenos sobrenaturales, algo vinculado a Poltergeist, pero desde lo mediático.

Ya desde los epígrafes que elegiste para abrir la novela hasta el teatro de revistas inspirado en Batman y el Joker, el imaginario de la cultura pop parece dejar cada vez una huella más fuerte en las obras contemporáneas. ¿A qué creés que responde esto? ¿Qué es lo que más te atrae de esas construcciones?

Me parece que, en primer lugar, muchos de esos discursos son los que me formaron. Las historietas, las revistas, las películas, la televisión. Me interesa, en general, el modo que tienen de narrar, de entretener, funcionan como influencias naturales. Siempre me atrajo la figura del Joker, más que las de los superhéroes, y mientras pensaba en la figura del asesino de la novela se me fue haciendo muy presente. En los giallos es recurrente el tema de la locura, lo traumático, algo que ronda al Joker, cómo la locura es una puerta de escape a las zonas oscuras de la memoria. Incluso desde lo estético se acercaba al asesino de guantes del giallo. Pensar una obra de revista sobre el Joker me servía para que ese rasgo demencial fuera un condimento presente en el texto de forma continua, tanto en la obra como fuera de ella, a través de la publicidad, por ejemplo. O con otros discursos en los que vivimos inmersos (lo mediático, el espectáculo, las redes sociales). Me gusta la literatura que se nutre de todo. Que arrasara con dicotomías como culto/popular, géneros mayores/menores, lenguajes altos/bajos o cualquier cosa por el estilo. Que no tenga miedo ni prejuicios sobre el material con el que trabaja, sino que se enfoque en qué hacer con ellos. Lo que hizo Puig, Copi, Uhart, Sasturain, Aira, Shua, Gorodischer, De Santis, Puenzo, por nombrar solo algunos.

Haciendo un paralelismo, el otro lado de la mano, por decirlo de una manera, es la cultura mediática, quizás más condenada a un estallido desenfrenado de presencia en nuestras vidas, para después desaparecer efímeramente. ¿Qué pensás que es lo que atrapa de estas realidades? ¿Cómo decidiste trabajar con ese medio?

Al elegir el teatro de revista como fondo de la novela era imposible no atender de algún modo a la cuestión mediática. También porque tenía una presencia física en la ciudad (los móviles, los noteros, los televisores como ruido de fondo constante), tenía que tener la entidad de un personaje. Me interesaba esa capacidad de la industria del espectáculo de convertir todo en objeto de consumo y de forma inmediata, en simultáneo con el interés de la gente por consumirlo. Desde el lado de la producción de esos programas, a veces me resulta admirable la capacidad de fabricar una noticia, suspenso o intriga con los hechos más insípidos. O el “estrellato” al alcance de todos y por motivos absurdos, que nada tiene que ver con lo artístico. Me intriga qué morbo colectivo se activa para que eso despierte interés.

Malicia es un libro difícil de encasillar. Podría decirse que aborda el género policial y el fantástico, los dos géneros con más crecimiento en los últimos años. ¿Por qué creés que esté sucediendo esto? ¿Combinar estos géneros es una manera de combatir los clichés?

Siempre tengo la duda de si antes realmente no había tanta literatura de estos géneros o si existen, pero no encontraron la publicación. Y, en realidad, pienso más puntualmente en el caso de la ciencia ficción (que sin dudas tiene una producción argentina, no tan acompañada desde lo editorial en algunos momentos). En el fantástico y en el policial nuestra literatura tiene una tradición muy rica, basta con pensar en cuán presente están en la obra y en las lecturas de un escritor central como Borges. No sé por qué se da el auge, en especial en las series. También en ambos géneros se puede caer en clichés y, de hecho, una de las mayores dificultades en ellos es no hacerlo. Vivimos realidades cada vez más complejas, quizás el único realismo posible es explorar lo extraño. Pienso en las obras de colegas con obras no necesariamente de género, que precisamente trabajan ese umbral: Falco, García Lao, Zina, Schweblin.

Es interesante ver las dos caras de la tragedia, por un lado, fortaleciendo la unión de las personas para salir adelante juntos, y por el otro, los buitres decididos a alimentarse de los muertos. Me gustaría profundizar en esta idea.

A la mayoría de los personajes de la novela los imaginaba un poco apáticos en las formas, pero intensos e impulsivos. Siento que se unen solo por no tener una alternativa mejor o para no perderse el ser parte de algo. Hay giallos que, tras la muerte de una primera víctima, el whodunit dispara todas las intenciones secretas que su círculo íntimo pudo tener para matarla (como en Seis mujeres para el asesino). En Malicia la amistad de Juan Carlos y Mauricio es de odio, más que amor. El matrimonio de Juan Carlos y Perla es por lo menos extraño. Pero de algún modo son lo que tienen a mano. Otra cosa que me gustaba de los giallos es la presencia de ciertas prácticas radicales (el satanismo, la brujería, el sadomasoquismo, las drogas), en las que personajes de ese tipo encuentran la cuota de autenticidad que no tienen en la vida cotidiana. En Malicia la tragedia a veces actúa del mismo modo, es lo que puede darles cierta entidad, algo que contar, de ahí que también tenga algo festivo: como aceptar felizmente ser víctima del asesino para alcanzar la fama.

¿Cuáles fueron las principales influencias a la hora de dar cuerpo a Malicia? A los que les guste la novela, ¿qué obras le recomendarías?

Las influencias que tuve más presentes fueron los giallos: las películas de Darío Argento, Mario Bava, Sergio Martino. E Intrusos. Creo que en lo que escribo siempre asoma algo de los autores que más me gustan: Alberto Laiseca, César Aira, Copi, Wilcock, podría agregar a Fredric Brown, Kobo Abe, Yasutaka Tsutsui, Philip José Farmer. Moju la bestia ciega de Edogawa Rampo.

¿Cómo trabajaste el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

Me parece que se da un diálogo entre esos aspectos. Uno no avanza sin el otro. Pero creo que es algo que se va ajustando en la marcha misma, mientras se encuentra un tono para el texto. Hay algo de la trama que tal vez da una pista para el lenguaje, una orientación, de qué manera debería contarse esa historia. Pero, al mismo tiempo, es el lenguaje el que va a definir el rumbo de la trama.

Publicaste tu primera obra hace más de diez años, ¿cómo ves, en la actualidad, el estado de situación de la literatura en general y cuáles creés que fueron los principales cambios desde que empezaste?

Me parece que la literatura argentina vive un estado de mucha efervescencia. Hay voces muy distintas, muchas editoriales, creo que también ganó un espacio más generalizado en lo que al periodismo se refiere (se les da más espacio a las editoriales independientes y a los narradores jóvenes), se traducen muchas obras. Lo que creo que no cambia es que ese “clima de efervescencia” tiene una vida muy circunscripta a Palermo, a Buenos Aires capital. Sigue siendo difícil que los libros circulen fuera de esta y que, a la vez, lleguen más editoriales y escritores del resto del país acá. No sé si es algo que puedan lograr las editoriales por sí solas, sin una política de Estado al respecto. Tampoco cambió esto respecto a Latinoamérica, con una lengua en común en casi todo el continente las obras no circulan si no fueron publicadas en un grupo editorial grande (aunque esto tampoco lo garantiza en sí) o en España.

Alberto Laiseca impactó como pocos el mundo de la literatura argentina, principalmente con su obra, pero también con una camada de discípulos que hace rato están siendo parte de los más interesante -y refrescante- del panorama actual. Me gustaría que me cuentes del impacto de su obra en vos y de él como maestro.


Creo que es el autor que más me influyó. Fue una sorpresa encontrarme con su obra primero, por el imaginario con el que trabajaba, esa mezcla de clase B, terror, delirio, sexo, humor. Fue una sorpresa idéntica conocerlo. Cómo impactaba con esa figura digna de encarnar a alguno de sus monstruos favoritos de la Hammer, pero tan cercano y querible después. Nunca buscaba influenciar directamente en la voz o en la estética que uno estaba creando. No emitía juicios de este tipo. Más bien era un trabajo de guía, de ayudar en el modo que uno iba conectando con su mundo. Eran clases sin una estructura fija tampoco. Leíamos o simplemente se charlaba, se discutía, se tomaba cerveza y salías con mucho olor a cigarrillo. Algo que siempre nos impactó fue el compromiso de trabajo de Lai. Sobre todo su idea en torno al contar sus cuentos y participar en lecturas. Laiseca lo practicaba mucho. Pensaba en qué iba a darle a esa persona que se sentaba a escucharlo.

lunes, marzo 06, 2017

En los elegantes dominios de la técnica

Virginia Cosin escribe sobre Circuito de memoria para Revista Ñ



En la antigüedad los griegos distinguieron dos términos para la creación: Techné y Poiesis. Del primero deriva la palabra técnica y refiere a la actividad mediante la cual se fabrica un objeto que no existe en la naturaleza y requiere cierto tipo de habilidad práctica. Del segundo deriva la palabra poesía y nombra también a una actividad creativa pero, para esta, se necesita un saber previo. La traducción de techné al latín es ars, y de ahí viene la palabra arte.

Con el tiempo arte, técnica y ciencia se imbricaron de muy diferentes maneras. A fines de la modernidad algunos pensadores ubicaron en el centro de sus reflexiones estos modos de imbricación. La técnica estaba cambiando las formas de pensar y hacer el mundo.

La literatura, incluso antes que la filosofía, cruzó estas dos especies supuestamente distintas y antagónicas (arte y ciencia) y dio a luz un cuerpo hecho de saber científico y de fantasía al mismo tiempo. Las novelas de Julio Verne y Mary Shelley, pero también la serie Breaking Bad, son ejemplos manifiestos de esta capacidad de acoplamiento narrativo. El interés de la literatura por la ciencia, en los últimos años, ha ido creciendo como si, por fin, hubiera algo o alguien que pudiera reconocer que no hay nada de duro en las ciencias duras y que imaginación, fantasía y fe son tan necesarias para la ciencia como para el arte.

En estas aguas navega Circuito de memoria, el segundo libro de Raúl Castro. Un libro que, de tan anfibio, forma parte de una colección de inclasificables. Ni novela, ni ensayo, ni crónica. En cierto modo, autobiografía, si podemos relacionar “auto” con ese volver a sí para escribir un texto compuesto de palabras (grafía) ahora que su autor las ha dominado –y con gran elegancia– aunque de niño, y también de joven, percibiera al mundo, despojado del poder de nombrar, como un rizoma que crecía indefinidamente, del modo que lo hacen los electrones a través de sus circuitos y sus redes.

Circuito de memoria es un libro, además de extraño, precioso, escrito con la tranquilidad del que mira hacia atrás después de haber vivido un tiempo bastante largo, pero con la inquietud y la pasión del niño que recuerda haber sido.

A través de capítulos breves, la memoria establece relaciones no siempre sincrónicas, de modo que lo relativo del tiempo se hace patente en una diacronía donde conviven gramaticalmente pasado y presente, el niño que a los seis años encuentra un vetusto libro de física a partir de cuya lectura construye el primero de una larga serie de tecnofactos y el hombre que es hoy: “No sabía qué hacer –escribe–. En esos casos no sirvo para nada”.

La solapa del libro sólo nos informa sobre Raúl Castro que nació en Buenos Aires en 1936 y publicó la novela Antuca en 2005. Ese silencio celeste en el que se pierden las poquísimas referencias que nos conceden los editores es la laguna que, sólo en parte, se repone en el cuerpo del texto que le sigue y transcurre entre el descubrimiento de fenómenos físicos, la pasión exploratoria del inventor y del mago, la soledad del que se sabe poseedor de un don y el descubrimiento del poder magnético de la materia pero, también, de los afectos.

miércoles, marzo 01, 2017

Romina Paula: “La muerte de uno siempre es la vida de los demás”

Entrevista a Romina Paula para La Voz del Interior, por Javier Mattio.



Romina Paula publicó su tercera novela, Acá todavía, donde recrea acontecimientos personales en un diario de ficción. La protagonista asiste en simultáneo a la muerte del padre y la maternidad.

Un antes y un después, y entre medio una conciencia suspendida que se asoma a lo que fue, es y será. Romina Paula (Buenos Aires, 1979) entrega en Acá todavía una tercera novela que bien podría formar una trilogía íntimo-generacional con Agosto (2009) y ¿Vos me querés a mí? (2005), aunque aquí tiene lugar un escarbar más denso y definitivo, una incipiente madurez surgida del duelo, la incertidumbre y la regeneración. Andrea, alias Trapo, pasa la primera mitad de la narración en los abúlicos pasillos del Hospital Alemán porteño, donde en vísperas de Navidad asiste junto a su familia a la convalecencia terminal de su padre. La vulnerabilidad de la situación la hará volver al pasado, a vacaciones familiares en Punta del Este y primeras salidas a boliches, a novios y novias de diversas épocas, a problematizar cualquier certeza sexual, existencial y afectiva.

Será en esa institución sanitaria que, vía una enfermera correntina con la que intenta un affaire, Andrea conoce a Iván, un interno de ambulancias del que queda embarazada. El viaje a Uruguay en busca del padre de la criatura por nacer signa la segunda parte de Acá todavía, en la que la protagonista agudizará aún más su introspección al preguntarse por el sentido de la maternidad en tiempos actuales, sobre la necesidad de un padre, de una pareja, a la vez que asiste a una instancia sobrenatural en las ruinas de un estadio en la que ve aparecer a los (a sus) muertos.

El conflicto subterráneo de Acá todavía es cómo afrontar la muerte y la vida –dos máximas biológicas- en un contexto de crisis total. “Quizás esté vencido un orden de cosas y haya llegado la hora de reestructurar. O de des: desestructurar. Lo viejo, lo rancio”, dice Andrea, reflejo subjetivo de ese tránsito histórico vertiginoso en el que así y todo hay que tomar grandes y urgentes decisiones. Romina Paula, que en un lapso de cinco años perdió a su padre y fue madre, imprime en Acá todavía cierto pulso autobiográfico mediado por el diario ficcional, con el fin de año como frágil punto de partida: “Empecé a escribir la novela en Navidad y también la enfermedad de mi padre atravesó una Navidad –dice-. Supongo que algo de lo climático de esos momentos, de las fiestas, atravesado por algo tan poco festivo como una internación, hace el contraste más doloroso. No es que las fiestas me interesen, pero sí es cierto que en ellas se abisma algo de lo familiar. Ahora que lo pienso, ambos eventos llevan en sí algo de la solemnidad de la ceremonia”.

Y continúa: “Es una novela que registra ciertos momentos de la vida, con sus respectivas ceremonias. Creo que la muerte de uno siempre es la vida de los demás también, porque confirma que los demás siguen vivos, que pueden asistir a esa muerte y contarla y eso no puede no ser vital. Pensé la escritura en términos de recambio generacional, si se quiere. Este impulso de tener hijos cuando los padres mueren, como si fuera algo atávico de preservación de la especie o, menos científico, algo del vértigo de que la vida continúa o con la voluntad de que continúe. Lo pensé más así: cuando la generación que nos precedía desaparece y queda uno ocupando ese lugar”.
El centro de la novela es la putrefacción, simbolizada por una invasión de gusanos que toma el departamento de Andrea por asalto mientras ella está en el hospital. Lejos de implicar un designio oscuro, esa instancia revulsiva abre un porvenir. Romina Paula: “Si algo se propone la protagonista es reconciliarse con la incertidumbre, el entre de las cosas. La incertidumbre siempre tuvo mala prensa y el paradigma determinista eclipsa el poder del azar: cada vez estoy más convencida de que lo inverosímil, lo improbable, es la regla. El otro día hablaba con la periodista Silvina Friera, porque en la novela escribí ‘Como siempre, la gente confiando más en lo verosímil que en lo real’, y llegamos a la conclusión de que acaso el problema sea eso que llamamos real o cómo se lee eso que llamamos real, que para mí lleva el peso de la verdad cuando en realidad está lleno de caos”.

Estar en el mundo

-La mirada atrás pone en retrospectiva al país. De la década de 1990 la protagonista dice: “La década colorinche, mal cortada, cínica y bronceada”. Y agrega: “Aquello era la angustia, esto podría ser tristeza, pero con dignidad”. ¿Es el “Acá todavía” un lema aplicable a la Argentina?

-Es probable que el “Acá todavía” sea muy argentino. Escribí esa descripción de los ‘90 cuando el panorama político no era el actual. Más allá de entrar en una discusión partidista, se podría decir que se puede pensar en el “Acá todavía” como algo negativo, una definición de no progreso. Por mi parte lo pensé como todo lo contrario, un sinónimo de estar vivo, “Acá todavía” en el mundo.

-Te dedicás también a la actuación y la dramaturgia, estás por debutar como guionista en televisión (en el unitario "El maestro" de Pol-ka, con Julio Chávez). ¿Qué lugar ocupan tus novelas? 

-Si bien es cierto que siempre digo que lo que menos soy es actriz, últimamente ya no pienso tanto en esos términos e intento concentrarme y entregarme cuando estoy haciendo cada cosa y, entonces, ya más a salvo de las definiciones, hago lo que hago en cada momento sin pensar tanto qué soy. En los últimos años pasé más tiempo en teatros que otra cosa, montando mis obras. Pero al mismo tiempo siempre estuve con alguna novela en proceso. Y cada tanto actúo en alguna cosa. Podría decir que lo pienso más de adentro para afuera que al revés: doy algo mío en cada una de esas cosas y con mejores o peores resultados, aunque eso ya sería pensar de afuera para adentro.

Leandro Ávalos Blacha: “Confío en el camino que se van haciendo los libros por sí solos”

Entrevista a Leandro Ávalos Blacha en Revista Almagro
Texto: Gustavo Grazioli / Fotos: Francisco Odriozola


Una escritura que no repara en ciertas cuestiones del canon más clásico, historias que juegan con desparpajo con guiños cinematográficos y lenguajes televisivos. En todas estas operaciones se puede mencionar a un solo responsable: Leandro Ávalos Blacha, un escritor que camina terrenos en donde lo que pesa son esas construcciones de mundos que parecen homenajear a su maestro, Alberto Laiseca. Las historias se cargan otro verosímil y en ellas pueden convivir, por ejemplo, cuatro docentes y una punk zombie sin perder ese estado de querer llegar hasta el final. Puede, también, rendir tributo al autor de Los Sorias a través de nombres que utiliza para sus personajes, y ponerle a una vedette de su último trabajo, Malicia, Sisi Iseka.

Ávalos Blacha (1980) lleva la imaginación hasta los lugares más recónditos de la literatura y es quien por intermedio de este dispositivo vuelve a revivir, junto con Sebastián Pandolfelli, el legado de ese realismo delirante que inauguró Laiseca. “Sin imaginación la sociedad humana se destruye, porque la sociedad funciona por imaginación”, sabía decir “El conde”. Y es de esta forma como todo parece convivir en Berazachussetts (Entropía, 2007), Malicia (Entropía, 2016), Serialismo (Eloísa Cartonera, 2005) y su libro de cuentos Medianera (Eduvim, 2011).

-¿Elegís el mundo de la literatura para desajustar la realidad?
-Es muy difícil, no sé. Siempre me gustó mucho leer y en algún momento se fue dando lo de empezar a escribir. Pero empezando por las lecturas, mis gustos siempre tuvieron que ver con la literatura de género. Todos los autores que más me conmovieron siempre tuvieron que ver con autores que presentaron mundos un poco torcidos.
Porque a veces no son autores estrictamente de género… Aira, Laiseca… Son gente que no hace propiamente ciencia ficción, pero sí es una literatura que coquetea con una realidad atada a otro verosímil. Por eso siempre me pareció interesante hablar de mundos realizados con zombies, por ejemplo, pero desde una perspectiva de género que no estuviera atada a lo cotidiano. A veces, como lector también me resulta muy chato. Me interesan las obras que se proponen construir algo distinto, que no se quedan con lo que tienen al alcance de la mano.

-¿Pensás que lo cotidiano es una manera de obstaculizar la imaginación?

-No es que no me guste una historia realista solo por eso. Sí es cierto que lo autorreferencial no es algo que me atraiga. Pero sé que hay modos de hacerlo que básicamente tienen que ver con la escritura y con el lenguaje. Una novela que lo hace es Acá Todavía, de Romina Paula, que trabaja mucho con lo íntimo. Hay un juego con el yo, con la memoria y la experiencia, pero más allá de eso construye un artificio que funciona muy bien en la narración. Es una voz que, por lo menos a mí, me resultó muy hechizante y que podría estar hablando de un mundo de marte o un recuerdo de la infancia y las dos cosas me resultan atractivas. Todo depende de cómo estén trabajados esos materiales. Lo cierto es que ese tipo de literatura del yo no es la que más me atrae. Ese ego del escritor ahí funcionando, la tortura de la escritura. Eso, la verdad no me interesa demasiado.

-Pasaste por el taller de Laiseca, ¿qué elementos pudiste encontrar ahí para incorporar a tu ficción?

-Fue importantísimo el taller, básicamente para empezar a escribir. Era la primera vez que hacía taller y tenía ganas de que fuera con algún escritor. Lo que un poco pasó con Laiseca es que no lo conocía demasiado y se había empezado a hacer muy visible por los cuentos de terror en I-Sat, y a la vez empezaron a publicarse muchos textos. Lo primero que leí fueron Las aventuras de un novelista atonal y fue medio la misma impresión de cuando había leído Crónicas Marcianas. Son como esos libros mazazo. Fue ver un tono que no tenía tan presente en la literatura argentina: mezcla como de humor negro y delirio. Así empecé con Lai. Antes escribía pero como una inquietud personal, el taller lo que me dio fue como esa constancia de todas las semanas generar algo. Después, el grupo que se formó fue muy importante: estaba con Sebastián Pandolfelli y dos compañeras más, y de a poco eso se convirtió en un grupo de autoayuda, entonces cuando por ahí no escribía era un espacio de literatura. También Laiseca a veces leía los textos que por ahí estaba escribiendo o explicaba los cuentos que iba a contar después, era muy estimulante. A veces leía autores que en ese tiempo tal vez no estaban tanto en circulación. Me acuerdo que hablaba mucho de El camino del tabaco (novela de Erskine Caldwell) que en ese momento no se conseguía en cualquier lado, tenías que ir a algún parque; o agarraba antologías medio perdidas y te encontraba un cuento que era buenísimo. Las lecturas de Lai de por sí eran muy disímiles: podía leer de física, economía, magia, tenías saberes muy heterogéneos y podía incorporar esas cuestiones en el taller. Trabajaba de una forma muy libre, nunca eran devoluciones que tenían correcciones muy incisivas. Nunca te iba a cuestionar un estilo. Pretendía seguir estimulando la escritura y que cada uno encontrara su tono de una manera libre. Laiseca fue fundamental en todo, no solo como maestro en taller sino como escritor en general. Siempre pienso en él, Aira o Copi, y en ese canon alternativo.

-En Berazachussetts hay un grupo de amigas que se disputan la diplomacia con la mujer zombie. ¿Creés que estás poniendo en la mesa un universo de miserias sociales?

-No creo nunca en eso como una motivación. Creo que eso pasa inevitablemente porque uno trabaja con el lenguaje, personajes y un discurso que hace que de forma irremediable lo social se construya en eso que se está representando. En ese sentido no hay ninguna obra que pueda escapar a eso. En algún punto en Berazachussetts quizás era algo que tenía más presente porque básicamente creo que era una novela que cuando la escribía funcionaba como un imaginario más apocalíptico. En Malicia, en cambio, cuando empecé incluso como disparador y todo, siempre tuve esta idea del cine italiano y de cierto referente que tenía que andar por ahí. Quizás hay como una mínima trama policial más definida que en Berazachussetts, que es todo más caótico…

“Lo que más me interesa tiene que ver con el cruce de géneros”

Entrevista a Leandro Ávalos Blacha por Silvina Friera para Página 12

Foto: Rafael Yohai

El aparente desorden del universo es simplemente un orden más elevado, un orden implícito situado más allá de nuestra comprensión”. La frase –que pertenece a Asilo Arkham de Grant Morrison– podría preludiar una historia policial “delirante” que sucede durante la temporada de verano en Villa Carlos Paz (Córdoba). Penetración, sutileza y sagacidad. Leandro Avalos Blacha otra vez lo hizo con Malicia (Entropía), novela cuya principal extrañeza consiste en combinar una heterogeneidad de elementos del cine, el cómic, el terror, el thriller y el humor que, a priori, parecerían no ser aptos para convivir en ese “orden elevado” construido por el escritor. A esa ciudad de las Sierras Cordobesas llega un “trío” circunstancial que se las trae: Perla -que pronto se transformará en una estrella a partir de su debut en El Joker- y su marido Juan Carlos, un jugador compulsivo. A la pareja de recién casados se les ocurrió la “feliz” idea de invitar a compartir la habitación a un amigo del marido, Mauricio, para ahorrarse unos pesos. Los amigos en cuestión, presas de un individualismo exasperado y un egoísmo ilimitado, compiten deslealmente y están impulsados por viejos rencores. La trama se inicia con el crimen de la vedette Sisí Iseka, que integra el elenco de El castillo de las secuestradistas, título de un cuento de Alberto Laiseca (1941-2016), maestro con el que se formó Ávalos Blacha, a quien llama “Lai” desde el afecto abreviado. Pronto se sumará otro asesinato más: el de la mediática Bárbara Rainbow. La galería sobrenatural se completa con una médium que busca capitalizar sus servicios, una niña poseída que sabe demasiado y un grupo de monjas siniestras.


   Avalos Blacha –autor de la celebrada Berazachussetts (2007), novela con la que ganó el Premio Indio Rico– maneja los resortes de la narración con una pericia excepcional para componer una diversidad de atmósferas que rompe con las convenciones. “Las mandíbulas de las religiosas se alargaron hasta adquirir la anatomía de bestias. Lo tomaron de los brazos y lo arrojaron contra la pared. Soldi observó espantado cómo les crecían los dientes y las espaldas. Soltaban un vaho irrespirable y lo estudiaban, esperando un mínimo movimiento suyo para despedazarlo”, se lee en una parte de la novela. “Las monjas se reían como hienas y murmuraban una especie de oración en latín. Soldi se percató al rato de que la tonada era una canción infantil que le cantaban de niño y que las voces de las mujeres eran ahora la de sus padres muertos”. Otro ejemplo más, cuando en la sala de un teatro –y entre relámpagos– comenzó a cobrar forma el rostro de Celina con los cabellos crispados. “Su alarido se expandió como un golpe de corriente por la conexión eléctrica del teatro. Estallaron todos los circuitos: cables, enchufes, luces, parlantes, artefactos. Brotaron pequeños incendios. Los espectadores luchaban desesperados por alcanzar la salida. Minutos más tarde, los gritos de Celina cesaron, y con ellos toda la electricidad”.

   “Malicia fue lo último que empecé a escribir en 2009, cuando todavía iba a lo de ‘Lai’, después de unas vacaciones que había pasado en Carlos Paz –cuenta el escritor en la entrevista con PáginaI12–. Era un momento en el que cobraba cada vez más importancia como plaza teatral y lugar de vacaciones. Siempre me llamó la atención este hábito de que en el verano hay que ir al teatro de revistas. Al ser un lugar chico, había algo muy intenso en Carlos Paz en cuanto a la proximidad que se generaba; era una peatonal colmada de gente y los actores tenían que entrar a los teatros y se mezclaba todo: los móviles de televisión con los fanáticos”, agrega el autor de Serialismo y Medianera.

–¿Qué importancia tiene el cine en la combinación de elementos que se aglutinan en “Malicia”?

–Yo siempre quise escribir una novela que jugara con el género giallo de Darío Argento, Mario Bava o Lucio Fulci; películas que toman el género policial, pero que tienen una salida en la resolución que se vincula con lo fantástico o el terror. Hay un cruce de géneros bastante fuerte y muchas de esas películas tomaron escenarios artísticos como la ópera o la academia de baile. Me parecía que podía poner el foco en el teatro de revistas, pero ni siquiera conocía el género, nunca había visto obras y me causaba curiosidad ver cómo el teatro de revistas continúa existiendo con los cambios que hubo en el rol de la mujer, cómo era un revista más actual, por qué seguía teniendo vigencia. Vi algunas obras en las que trabajaba Florencia de la V –que entonces era como la reina de Carlos Paz–, otra con Nazarena Vélez y con Moria Casán y Carmen Barbieri. Pero no las fui a ver desde un lugar de prejuicio para reírme de lo que hacen. En lo que tenía que ver con el humor, me acuerdo que en la de Carmen Barbieri, el comediante era Beto César, que atrasaba como veinte años y hacía los mismos chistes en relación a las mujeres.

–La novela dosifica lo siniestro, que aparece con más fuerza sobre todo hacia el final. Al principio, el policial va llevando la narración. ¿Cómo trabajó la construcción de la novela en estos registros que van del policial a lo siniestro?

–Hay climas que no son tanto de terror, sino que puede remitir a cierto imaginario presente en películas como los Poltergeist. No sé si busca producir miedo, sino acercarse a ese imaginario. Sí pensaba que fuera más como un viaje hacia ese momento del final. Yo tengo la idea de hacer una trilogía. En la novela se juega con la llegada del que puede ser un Anticristo y en el terror hay unas novelas y unas películas emblemáticas como La profecía, que son tres momentos en la vida del personaje Damien, el supuesto Anticristo: su infancia, su adolescencia y su adultez. Pensé que podría escribir tres novelas diferentes y que cada una podría estar más atada a algún género que otras. La segunda novela cruzaría el terror y el western y en la tercera tendría que ver qué pasa.

–¿Continuarían transcurriendo en el escenario de Carlos Paz?

–No, como en el final de esta novela hay una especie de fuga, pensaba más la continuación como una suerte de caza de brujas de esta nueva secta que se generó. Todavía no tengo muy claro dónde transcurrirá, pero creo que se irá más hacia una guerra de sectas en la que habrá algo de ocultismo.

–¿Por qué aparecen en la novela prácticas vinculadas con el satanismo?

–Quizá lo que me causaba intriga no es la cuestión de la fe en sí, sino la búsqueda de una experiencia, que es algo que veía en varias películas. Hay giallos que toman la brujería y el satanismo y muchas veces son mujeres las protagonistas. Hay personajes que no pueden conectar con la vida cotidiana, que viven todo con cierta apatía y que en algún punto lo único auténtico que pueden experimentar son estas experiencias extremas como el satanismo. Son películas de los 60 y 70 y en algunas es muy fuerte cómo tratan los conflictos de cierto orden establecido más conservador con personajes contraculturales. Hay una película emblemática de Lucio Fulci, Lizard in a woman’s skin, en que la protagonista es una mujer de una familia muy tradicional que habla siempre con su analista de los sueños que tiene en relación a una vecina, que siempre hace fiestas y se escucha que tocan rock y los ven drogarse y tener sexo. Esta mujer sueña que asesina a su vecina. El analista le dice que tiene un conflicto entre deseo y represión, por todo lo que la vecina representa. Finalmente, a la vecina la matan tal como ella lo había soñado.

–¿Cómo combina los géneros para que la novela no se desmadre del verosímil?

–El verosímil es lo principal para que funcione la literatura fantástica o de ciencia ficción. Cuando se pierde el verosímil, en algún punto se pierde todo, se desconecta con todo. Como lector, cuando siento que hay algo que no tiene nada que ver con el realismo, algo que es exagerado o absurdo –pensando en la obra de Laiseca, que puede construir Camilo Aldao como si fuera la Unión Soviética–, la construcción de la voz y los personajes tiene que ser cercana para que no termine en el mero disparate. Me interesa mucho eso y en parte es algo que me gustaría que nunca se perdiera. En cuanto a la irrupción de lo fantástico, es algo que me atrae. Si quiero escribir una novela más realista, termina apareciendo algo que me desvía. Lo que más me interesa tiene que ver con el cruce de géneros. Algo que siempre está presente, que hasta atenta un poco contra el terror, es el humor, que me comentan que encuentran en la novela. Si el humor surge, no sé mucho cómo controlarlo. El trabajo con los editores de Entropía me ayudó a bajar un poco los decibeles y como escritor uno necesita que te lo marquen. Es un gusto encontrar editores que te den a veces ese mazazo necesario para que el texto funcione y crezca.

La sencillez y humildad de Avalos Blacha es digna de comentar. Pocos autores reconocen, al menos públicamente, la importancia que tiene el trabajo de edición en el pulido final de un libro. El escritor –que nació en Bernal en 1980– comenzó el taller con Laiseca en 2003 y dice que estuvo unos seis años. “Yo disfruté mucho el taller con ‘Lai’. Siempre se habla de la soledad de la escritura y del escritor… Y sí, uno escribe solo, pero después hay una instancia de compartir un montón de cosas. La lectura de los otros ayuda a enfocar la mirada. Y ni hablar si diste con una buena dinámica de taller, que es un poco lo que yo extraño. Está bueno encontrar a alguien que te acompañe –reconoce–. Al principio en la novela se menciona ‘El castillo de las secuestraditas’, que es un cuento de ‘Lai’, y en el primer borrador aparecían Alejandra Zina y Selva Almada como personajes de vedettes que terminaban pasándola mal. Y las saqué por algo que decía ‘Lai’ de que no había que atraer fatalidades en lo que uno escribe. En Berazachussets había un personaje que era un bebé muerto que se reanimaba y yo sin darme cuenta le había puesto Albertito. Y lo primero que me dijo ‘Lai’ fue: ‘¡Por favor, cámbiele el nombre!’. En lo que escribo hay algo del estilo que es cercano a lo de ‘Lai’, incluso por el humor”.

–¿De dónde viene su interés por el cruce de géneros?

–Lo primero que me atrajo fue El Eternauta, en esto de encontrar algo de ciencia ficción que hable, con una historia de género, desde la Argentina. Ray Bradbury decía que él había querido escribir Winesburg, Ohio y le salió Crónicas marcianas. Lo interesante es poder contar lo propio desde el género. Y tiene que ver también con la cuestión del verosímil: podés ambientar la historia en la luna o donde se te ocurra, pero tenés que sentir que está hablando del presente. Después hubo lecturas que me marcaron, como Fredric Brown en la ciencia ficción, un autor que siempre tuvo muy presente el humor en sus cuentos y que no tiene nada que ver con esa ciencia ficción más dura. O Philip Farmer, un escritor que tiene novelas en las que mezcla el policial con la ciencia ficción o cosas más de erotismo. Me gustaría poder escribir una historia más clásica. Ahora, para abril o mayo, sale una novela breve, Una casa de pie, que es como una historia de fantasmas de un chico que se va a vivir a una casa antigua refaccionada en la que hubo un taller de costura clandestino. En un incendio, murieron todas las mujeres que trabajaban ahí. Este chico charla con el fantasma de una de estas costureras. La idea de una ghost story clásica termina siendo rara como novela de fantasmas.

–¿Está escribiendo algo ahora?


–Terminé un libro de cuentos y lo estoy corrigiendo bastante; son dos cuentos que pasan a unas pocas cuadras de Bernal y que tienen que ver con las fiestas patronales. En una de estas fiestas hay fenómenos de abducciones. Quiero continuar la historia de Malicia, de la que tengo muchas notas, pero no pude empezar a escribir nada todavía. En abril me voy a hacer una residencia de escritura en Saint-Nazaire (Francia) por dos meses. Mi idea es aprovechar ese tiempo para escribir la continuación.

Cynthia Rimsky: "La literatura me amplió el mundo"

Entrevista a Cynthia Rimsky en Infobae, por Carla Grassi


Cynthia Rimsky, una de las voces más atractivas del espectro literario latinoamericano actual, acaba de publicar una nueva novela: El futuro es un lugar extraño (Penguin Random House). Rimsky rompe con el género tradicional de la literatura de viaje, en general autoficcional, y lo lleva a un extremo donde se mezclan la narrativa, la poesía, la memoria y el diálogo. Lo especial de su escritura radica en el desplazamiento de la mirada que fragmenta, corta, retrasa y adelanta el relato de una manera única.

Ninguno de sus libros tiene desperdicio. Desde Poste Restante, su primer libro, reeditado el año pasado por Editorial Entropía, hasta Los Perplejos y Ramal, una obra maestra. "Desde que leí Ramal soy fan de Cynthia Rimsky", dice Federico Falco. "De a poco he ido consiguiendo sus libros y disfrutándolos uno por uno. Son siempre extraños, delicados, y llenos de detalles mínimos y perfectos. Ahora Cynthia ha escrito una novela prodigiosa, durísima e impecable", sigue el escritor cordobés, quien colaboró en que la autora fuera publicada en Argentina.

El futuro es un lugar extraño narra la historia de una mujer que parece perdida en el presente, que le cuesta recordar el pasado y no entiende cómo avanzar. Se encuentra atada en un punto caótico en el cual conviven un juicio con su ex pareja y una democracia reciente que no se terminó de instalar, sino que continúa el modelo de la dictadura. Todo sucede delante de sus ojos y de los del lector, como si fuesen una cámara. Mira lo que quiere mirar y sugiere lo que no ve, sin juicios ni interpretaciones. Las imágenes hablan por sí solas.
Leer a Cynthia Rimsky es viajar sin moverse, es mover la mirada, desplazarse para volver a observar al mundo desde una perspectiva renovada.

-¿El viaje es tu único motor de escritura?

-Fue el motor de partida. Si lo miro desde ahora, resulta extraño, ¿no? Necesitar la distancia, el trayecto, la extranjería, para escribir. Pasé años, desde que salí de la Universidad, intentando escribir y nunca podía terminar un texto. De pronto, en un viaje en que no sabía si iba a volver, se produjo una mirada. La escritura vino después, cuando volví a casa y me di cuenta que allí tampoco estaba la casa. la escritura se convirtió en un amparo. De ahí salió Poste restante. Después vinieron otros motores: la curiosidad intelectual, experimentar el tiempo muerto o, más bien, descubrir las vidas que hay en esos tiempos aparentemente muertos, la ficcionalidad de la historia… En todos ellos hay, no sé si un viaje, pero un desamparo o una intemperie, como escribe Gabriela Massuh.

-¿Cómo definirías a un viajero?

–No podría definir lo que es un viajero hoy. No sé si realmente nos desarraigamos cuando viajamos. Llevamos tantas certezas, seguimos tan conectados, nos han convencido que es tan peligroso saltarse las fronteras de los espacios turísticos… ¿Llevar en el equipaje un gas pimienta, un móvil conectado con la policía, todas las reservas previas de Airbnb? No lo sé, tal vez hoy el viajero es el que es capaz de mover la mirada, los prejuicios, los moldes, más que las geografías. Aunque si estuviese respondiendo durante un viaje te hablaría de esos instantes de descubrimiento, en que de pronto se te devela algo mínimo que te saca de la ignorancia.

-¿Sos acumuladora de objetos? ¿En qué tipo de objetos encontrás memorias o historias reflejadas?

-Me he mudado muchas veces y, cuando creí que iba a quedarme tranquila, me vine a la Argentina y en la aduana no te dejan pasar muchas cosas, así que los objetos los hago aparecer en mis historias. Me gusta más retener imágenes que objetos. Pero tampoco las retengo: por ejemplo, hace mucho tiempo que no escribo lo que veo, las dejo ir, tengo la sensación de que no hay que retener, que si hay algo que nos tocó, volverá a aparecer en el momento exacto transformado en otra cosa, creo más en perder que en retener.

-¿De qué manera la Historia atraviesa cada uno de tus relatos? ¿Qué importancia tiene en lo que querés contar?

-Cuando tenía 18 quería cambiar el mundo así que la historia es algo central. A partir de esa frase: "Querer cambiar el mundo", la fui deconstruyendo, la fui permeando con la curiosidad que uno no se permite en dictadura por la urgencia: existe el mundo, qué es el mundo, qué es el cambio y la voluntad, ¿qué es? En mis libros voy tejiendo micro historias con una supuesta macro historia política que comienzo a socavar. En Los perplejos cuento que la narradora va a un congreso sobre Maimónides en Córdoba y se encuentra con un especialista que no participa en el congreso porque cree que esos son falsos estudiosos de Maimónides y le dice que los libros escritos sobre él en realidad son fábulas de la época. A partir de ahí me pregunto por la veracidad de la Historia. En El futuro es un lugar extraño sumo en el olvido la historia de la dictadura y de la pos dictadura para que afloren fragmentos inconexos, desprovistos de sentido, superposiciones, sensaciones que quedan sepultadas por esa abominable lógica explicativa que se le impone a la historia.

-¿Cómo lidiás con la política, tan presente siempre en tus libros, de una manera casi tangencial pero con contundencia a la vez? ¿Pensás en el lector a la hora de hacerlo?

-Hablaría de una actitud crítica, de escribir desde lugares incómodos, desde las preguntas y no desde las respuestas o las afirmaciones. A veces, pienso en algunas personas que conozco, en las respuestas que entregan y, a partir de ellas, invento nuevas preguntas. A mí la literatura me amplió el mundo. Tal vez, si no hubiese sido por la lectura, hoy sería una persona más parecida a la que mis padres criaron, entonces, la pienso un poco así, como apertura.

-¿Cuánto investigás antes de escribir? ¿Qué recursos utilizás?

-Soy como las vacas, rumio, rumio, mucho antes de tragar. Sí, leo, investigo, nunca formalmente, utilizo información para borronearla, deformarla, como una base a la que hacerle las preguntas, y también me pongo en modo observación, en modo permeable.

-Llevás bastante tiempo viviendo Argentina pero tus textos siguen estando atados mayormente a Chile… ¿Ves Buenos Aires como un posible escenario?


-Buenos Aires está en el libro de crónicas Fui, que escribí los dos primeros años aquí. Salía a la calle y todo me parecía tan extraño. En El futuro es un lugar extraño está de un modo falseado, por ejemplo, la protagonista, la Caldini, es un apellido argentino, el bar Roma está en capital… Mis lecturas están ahí y aunque no aparece un Buenos Aires identificable, la considero mi primera novela argentina por el tono.

miércoles, febrero 22, 2017

Poste restante, de Cynthia Rimsky

Lectura del libro de crónicas de Cynthia Rimsky en el blog Blucansendel. Por Wenceslao Bottaro



Un álbum de fotos hallado en un mercado de Santiago de Chile es el punto de partida de un viaje que lleva a la escritora Cynthia Rimsky por ciudades de Europa, Asia y África.

Un domingo de octubre de 1998, la autora pasea por el Mercado Persa de Arrieta en Santiago de Chile. Hurgando entre los trastos que ofrecen los puestos, halla un álbum de fotos, de tamaño  pequeño, forrado con un tapiz. Al abrirlo, en la primera página, encuentra la frase “Plitvice in Jezersko/ Rimski Vrelec/ Bled”, y aunque no entiende qué significa y el “Rimski” del libro no coincide exactamente con su apellido, esa palabra fue el comienzo de un viaje hacia su historia familiar.

Poste restante de Cynthia Rimsky (2016, Editorial Entropía) es un libro de viajes muy original desde el punto de vista formal.

Está escrito en forma de diario, con capítulos son breves e incluye  en el relato imágenes del álbum de fotos que desencadena el viaje y cartas, que envía la autora y que recibe de sus familiares de Chile a lo largo de su viaje. El relato, fragmentado, se completa con otras imágenes como mapas y papeles manuscritos que usa la viajera. Pero lo que más llama la atención es que está narrado en tercera persona: “Cada vez que la viajera se aventura a un nuevo lugar…”. Al principio suena raro, pero a las dos o tres páginas fluye con naturalidad.

Luego de un breve paso por Londres, el viaje comienza en Tel Aviv, donde intenta rastrear su apellido aunque sin suerte. De aquí en adelante, principal actividad de Cynthia Rimsky es deambular aparentemente sin objetivo.

Por los diferentes barrios de Tel Aviv, y en otros pueblos y ciudades de Israel, la autora se mezcla con la vida cotidiana: habla con algunas personas, se mete en un cine, en locales, transita calles al azar, va a las plazas. No busca acumular visitas a lugares históricos ni a lugares turísticos, por el contrario, su mirada se detiene en los comportamientos de las personas de cada lugar.
Sus interlocutores no son referentes ni especialistas, sino personas comunes que conoce en sus paseos. De estos encuentros casuales salen breves diálogos que se van incorporando a la narración, fragmentada y dinámica.

Debido a su origen, indaga en el pensamiento judío, aunque en muchos aspectos toma cierta distancia y hasta rechaza. Habla con un fanático ortodoxo que vive en un local derruido que le dice: “El único sentido de estar aquí es porque fuimos elegidos para ser la conciencia del mundo”. Y también: “La guerra con los palestinos no hay que verla de forma política. Dios nos puso esta prueba para evitar que vayamos por el camino fácil del placer y la comodidad ahora que tenemos un Estado”.
Luego de varias semanas en Israel va en barco a Chipre, donde varios días con la intensión de escribir pero termina consumiendo el tiempo en vincularse con los nativos y turistas de la isla.
Cuando deja el Mediterráneo pasa a Turquía: viaja por Dalyan, Fethye, Olympia; en Capadocia, luego de andar varios meses sin certezas que vincularan el álbum de fotos con el origen de su familia, dio con una pista.

Una mujer con la que comparte la pensión donde se hospeda reconoce el lugar de las fotos del álbum: es su país, Eslovenia. Por la eslovena, Cynthia Rimsky se entera que “Plitvice” significa vacaciones, que “Bled” es un balneario a orillas de un algo y que “Jezersko” es un pueblo de las montañas en la frontera con Austria. Por otro lado, se entera que “Rimski” significa baño romano, por lo que “Rimski Vrelec” es una zona de baños termales.

Pese a que con estas revelaciones el sentido original del se desvirtuó, la autora irá de todas maneras a Jezersko. Pero antes cumplirá con un itinerario que la llevará a Odesa y a Kiev, en Ucrania para intentar llegar a Ulanov, el pueblo donde nació su abuelo. Luego de dar algunas vueltas, la autora llega a un pueblo pero no halla pistas de su familia. Y era difícil que las encontrara porque cuando se está yendo de allí ve, un poco más adelante en la ruta, un cartel que indica otra dirección de Ulanov; es decir, nunca había estado en realidad en el pueblo de su abuelo. Esta última parte del libro tiene algo de humor y absurdo.

Luego de estas frustraciones o desencuentros, cuando el viaje está llegando a su final y aun no tiene nada concreto de lo que fue a buscar, la viajera sigue su recorrido por Praga, Polonia, Cracovia (donde sospecha que nació su abuela) y Austria, desde donde pasa a Eslovenia para ir finalmente a Jezersko, el lugar que muestran las fotos.

La autora llega al lugar y descubre que es una posada que lleva adelante una mujer, nieta del creador de la posada a comienzos del siglo XX.  La mujer reconoce las fotos pero no a las personas. Y se alegra de poder ver una foto de cómo era la posada original que había construido su abuelo, donde ella había nacido. Una historia, por lo menos, se completa.

Dejo un capítulo breve que se llama Falsificaciones:

“Los turistas que recalan en Estambul cruzan al menos una vez la explanada que une el palacio Topaky con la mezquita Santa Sofía. Por cada turista que pasa, un vendedor de souvenirs va tras él. Como el chancho y el afrecho, como el agua estancada y los mosquitos, son indivisibles.
La mercancía que ofrecen es una réplica barata e inexacta de los originales que se encuentran en el palacio y la mezquita. Su evidente falsedad induce a pensar que ningún turista se dejaría embaucar.

Habiendo una tarde permanecido más tiempo del habitual en la explanada, habiéndose acostumbrado los vendedores a su presencia, pudo comprobar cómo los turistas, por cansancio o necesidad de volver con regalos compran las baratijas que luego exhiben en sus repisas de sus casas en Oregón, Temuco, Guayaquil, Alaska, Pekín… Con el paso del tiempo, la muerte y las mudanzas, los objetos llegarán al mercado persa donde serán encontrados por sus hijos o nietos, quienes asociarán las baratijas al relato mítico, volverán a comprarlas y la réplica tomará el lugar del original”.

Entrevista a Romina Paula en Elle Argentina



martes, febrero 21, 2017

Humor, cruce de géneros más teatro de revistas

Entrevista a Leandro Ávalos Blacha en Tiempo Argentino.
Por Juan Cinelli



Dos amigos, uno de ellos recién casado con una chica rara que conoció en la iglesia a la que asiste su madre, viajan a Carlos Paz en temporada. Su vínculo está signado por el recelo y la envidia, que los empujan a una competencia permanente. Pero sus vacaciones, en las que reparten el ocio entre el casino y los espectáculos del teatro de revistas, se ven alteradas por una serie de brutales asesinatos de vedettes que sacuden la tranquilidad de la ciudad. Así comienza Malicia, la nueva novela del argentino Leandro Ávalos Blacha, en cuyo primer capítulo la narración se desdobla a partir del uso de dos narradores, uno en primera y el otro en tercera persona, para dar cuenta del vínculo ambiguo de estos dos amigos. Tratándose de una novela policial, dicha alternancia genera un interesante juego de confianzas y desconfianzas que permite preguntarse por el vínculo que los lectores establecen con un texto, a partir de quién y cómo lo relata. Pero Malicia no sólo es una novela policial: una serie de elementos entre fantásticos y sobrenaturales pronto la convierten en un lúdico cruce de géneros, en el que no faltan el terror, la ciencia ficción, el pulp y el noir. Un híbrido extraño y delicioso en el que Ávalos Blacha se mueve con gracia y astucia.

“Esta novela me llevó mucho tiempo de trabajo y me siento muy a gusto con el resultado final”, comenta el autor. “Y siempre está bueno ver qué repercusión tiene entre los lectores o qué lecturas hacen los periodistas. No desde el lugar de cuánto puede influenciar una crítica negativa en mi modo de escribir, porque creo que los libros no tienen por qué gustarle a todo el mundo. Pero me interesa conocer las distintas lecturas que puedan tener, incluso en lectores que por ahí no sienten ninguna filiación con los distintos géneros con los que juega la novela, aunque tampoco se inscriba decididamente en ninguno de ellos”.

-Ese cóctel de géneros y la representación del universo del teatro de revistas está atravesado por el humor como elemento vital, a partir de una mirada que nunca se permite ser burlona.

-Es que una mirada burlona no fue algo que me interesara cuando se me cruzó por la cabeza hacer algo con el teatro de revista, que no era un mundo que conociera en lo más mínimo. Me interesaba tratar de entrar en ese mundo pero no de manera prejuiciosa ni para hacer una sátira, sino para ver de qué se trataba, cómo era una revista e incluso ver qué había pasado con ese género que seguía teniendo cierta vitalidad. O cómo había absorbido los cambios de la figura de la mujer en la sociedad, siendo un género en el que lo femenino tiene un lugar de objeto.

-Tomás ese universo para rodearlo de crimen y de un horror que en primer lugar se manifiesta a través del femicidio, tema que puede vincularse con las formas violentas de percibir lo femenino.

-Por un lado tiene que ver con esa secuencia de asesinatos seriales, un elemento que tomé del giallo italiano en el cine. Fue un disparador: imaginar una serie de asesinatos que tuvieran a la temporada del teatro de revista como escenario. Lo que pasa en muchos giallos es que al intentar descubrir a la persona que cometió los crímenes se termina mostrando un fresco de la sociedad. O al menos del grupo de personas que rodeaban a una víctima y cómo afloran las miserias que permiten creer que cada uno podría haber tenido un motivo para querer matar. Creo que eso es algo del terror que en esta novela funciona bien, más allá de los asesinatos en sí y de que lo más gore no son los crímenes, sino esa pulsión individualista que tienen algunos personajes. Creo que el horror está en ese círculo más que los crímenes mismos.

-La novela empieza en un tono de realismo policial cruzado por cierto costumbrismo, pero luego se dispara hacia lo inesperado.

-Mi intención era que la novela no entrara directamente con el código fantástico, sino que eso fuera apareciendo de a poco. Quizá por este interés que tenía en hacer algo sobre la forma del giallo, sobre todo las películas de Darío Argento o Mario Bava, donde de repente hay alguna trama policial en la que se presenta una hipótesis más ligada a lo sobrenatural como puerta posible para la resolución de un crimen. Quería que esa cuestión más fantástica fuera apareciendo de a poco, cuidando cierto verosímil. Que aún cuando la novela tuviera que ver con extraterrestres o satanistas, encontrar la manera de que no fuera un disparate, sino que fuera un mundo más realista en el que estas cosas van apareciendo.

-¿Y esa fachada costumbrista en torno al teatro de revista te sirvió para eso?

-Era la intención, aunque nunca lo tomé sólo como un decorado, sino como algo que es fundamental en el desarrollo de la novela. Además hay muchos giallos que tienen escenarios artísticos, como la ópera, la academia de baile o la escuela de modelos. En todos esos ámbitos está la figura femenina como cuestión central y entonces el mundo del teatro de revista me parecía ideal para esta historia. Otra cosa que me atrae del giallo es que muchas veces la mujer no es solamente la víctima, sino que son también los asesinos, y tienen un rol muy activo en las historias. Y siento que en todo lo que escribo los personajes femeninos son siempre los que cargan con el peso dramático y van haciendo que las tramas se muevan.

-¿Sentís que en tu escritura hay una influencia de la narrativa del cine?

-Creo que el cine me sirve de disparador, para pensar momentos o climas. Acá el cine me dio la estructura de la historia, porque casi todo estaba dado a partir de los elementos que veía que aparecían de manera recurrente en estas películas. Sentía además una filiación con el hecho de que se trata de películas que a veces incluso son malas o no aspiran a una perfección y eso también me interesa: una literatura que se atreva a buscar a través de una forma fallida, pero que busque algo que no sea lo convencional.

-Es muy fácil pensar en una adaptación al cine de Malicia. Ahora, ¿fantaseás con la idea de una adaptación al formato del teatro de revista? Porque dentro de la novela te das el lujo de casi de escribir el guión de una revista.

-Y… si alguien quisiera hacerla (risas). Por mí encantado. Creo que uno tiene que escribir la novela y después lo que pase con el libro ya no tiene tanto que ver con uno. Esos cuadros y números musicales que describo dentro de la revista tenían que ver con los de algunas obras que había visto, o el personaje de la vedette que encabeza el cartel del espectáculo es básicamente una doble de Moria Casán. Cuando fui a ver algunas obras del teatro de revista lo que estaba muy avejentado era todo lo que tenía que ver con el humor. En una creo que estaba Beto César y era un humor en el que parecía que no hubiera cambiado nada en 30 años…

-Lo más probable es que lo que no haya cambiado en 30 años sea Beto César.

-Sin dudas (risas). Era muy impresionante. Me parece que estaba en una revista de Carmen Barbieri. Era un año en el que ella y Moria estaban peleadas y era el tema del verano. En las dos obras pasaba que los cuadros de baile eran lo más atractivo, porque hay un auge del baile, mucha gente joven que se dedica a eso y me gustó la posibilidad de incluir algo de esos pequeños cuadros. Pero también está ese otro lado de la revista retrógrada. No sé cómo se podría llevar todo esto a la revista, pero si alguien se animara, bienvenido.

-¿Escribir esta novela no habrá sido una excusa para legitimar el placer culpable de ir a ver teatro de revista? 

-No (risas). Es algo que hubiera hecho de todas formas sin ninguna culpa. En todo caso fue encontrarle una utilidad a haberlo hecho y al haber perdido tanto tiempo viendo Intrusos y cosas así. Creo que hay algo del morbo que se juega en estas obras y me quería dar el gusto de hacer una novela con eso. «

lunes, febrero 20, 2017

Desmesura bajo control

José María Brindisi reseña Malicia para Ideas La Nación



La desmesura tiene buena prensa. Se trata de un canto a la libertad, olvidando que la libertad en literatura es sólo aparente y que a menudo actúa apenas como salvaguarda de la pereza. No la desmesura como desarrollo, ni como valor digresivo, ni como apuesta última; más bien un vale todo, una deriva que justifica lo que sea, que se recuesta en el efectismo de lo inmediato y que a partir de una lógica inaprensible termina por reducir la expectativa prácticamente a cero. Lo cierto es que Pynchon hay uno solo, y el mayor misterio en él no es el de su identidad, sino cómo es posible que sepa tanto y que maneje todos esos hilos sin descarrilar.

Justamente, aun en su búsqueda bastante menos extrema que las del norteamericano, si hay un mérito esencial en la última novela de Leandro Ávalos Blacha (Quilmes, 1980) es el control notable que su autor parece guardar sobre la multiplicidad de elementos que la componen. Malicia no deja de ser nunca un policial; aunque entren otras cartas en el juego, el modo primero progresivo en que plantea una serie de enigmas para luego robustecerlos y finalmente hacerlos estallar le hace honor -mientras se lo apropia- a las rigurosas bases del género.

A la vez, Malicia es también una comedia que, poco inclinada a las arenas movedizas de la caricatura, apenas se deja tentar por el gag o el chiste; Ávalos Blacha se detiene siempre un par de pasos antes del costumbrismo, es decir, de la reducción que diluye o vacía de sentido, y está lejos, pese a que muchos de los componentes de la novela hubiesen propiciado esa debilidad, del grotesco, ese modo de la desmesura que arrasa con todo. Pero el humor es un protagonista central de su novela, y en el diálogo que mantiene con lo terrorífico y la sugestión se filtra lo extraordinario, un complemento de la intriga que jamás le discute su cetro.

El disparador de toda la historia es un asesino serial de vedettes, y sin duda ocupa un espacio nuclear -aunque silencioso-, pero Malicia gira en verdad alrededor de una serie deliciosa de personajes y combinaciones improbables: el jugador que se va de viaje de bodas con su amigo quinielero para ahorrar, y su esposa que se convierte súbitamente en estrella; Marta, la calculadora médium que pelea con uñas y dientes por retener su prestigio, y Celina, la niña introvertida captada por el mal que saltea todas las etapas y despliega su furia demoníaca. Otros instrumentistas nada menores se entrelazan en esta adictiva novela que puede leerse en la estela pynchoniana, pero asimismo en la del inefable Quentin Tarantino, ese maestro en hacer que todo lo disperso conviva sin salirse del plato y que sólo pueda ser reproducido en sus propios términos.

lunes, febrero 13, 2017

Música prosaica

Quintín sobre Música prosaica, de Marcelo Cohen, en Perfil Cultura



(...) La traducción de El peregrino es de Marcelo Cohen. Aunque el sello editorial es argentino, el léxico es más bien español: Cohen usa parasoles, binoculares y mecheros, llama “pico” al pájaro carpintero y algunos pasajes ornitológicos nos sumen en el misterio (“al modo de un agateador, un chochín escaló el tejado”). Por otra parte, los giros y la cadencia de la prosa no responden a los usos peninsulares, lo que me produjo una cierta perplejidad que aclaré recurriendo a un libro de Cohen que no había leído y trata el tema: Música prosaica (cuatro piezas sobre la traducción), publicado por Entropía en 2014. Resultó un gran ensayo, que merecería mucha más atención. Cohen habla de música, de literatura, de su vida y del oficio que aprendió en España y continuó practicando en la Argentina. La doble adscripción lingüística lo llevó de un rechazo inicial por todo lo que sonara como español de allá a una simétrica desconfianza por las actuales traducciones de acá, que pretenden independizarse de la metrópoli implantando el voseo. Como antídoto para el chauvinismo dialectal, Cohen propone una ampliación selectiva de la lengua a sus regionalismos, traducciones que mantengan la extrañeza de la lengua original, sirvan como oasis del castellano y le eviten al lector el aplanamiento que los medios y la industria editorial le imponen a la escritura.

Entrevista a Raúl Castro

Por Noelia Pistoia para Evaristo Cultural


Circuito de Memoria es la segunda novela de Raúl Castro, un escritor que por la solapa solo sabemos que nació en Buenos en 1936 y que en 2005 publicó su primer novela, Antuca. Sin embargo, el enigma que rodea su figura se devela parcialmente por el carácter biográfico de la trama, que comienza con un niño de 6 años que, en los ‘40,  construye un electroscopio en el patio de su casa gracias a un libro de física impreso en 1868. El vínculo con la ciencia es un legado familiar, su abuela tiene una colección de los artículos sobre Tesla publicados en La presa y Fray Mocho, su tío le regala un baúl de partes para sus experimentos, su abuelo librero le facilita tomos técnicos. Una vez subido  “al furgón de cola de la ciencia”, se narra en primera persona el desarrollo de una subjetividad particular en la que el mundo exterior se presenta como una red de circuitos y tiene un lenguaje específico, el de los símbolos eléctricos, que lo permite “olfatear las ondas electromagnéticas en los alambrados, en los techos de zinc y en cualquier metal aislado de tierra”.

En simultáneo la historia se vuelve permeable al contexto y el espectáculo de la ciencia tiene como telón de fondo la historia política y económica de la Argentina. La radio galena que él mismo construye, además de enseñarle alrededor de mil tangos a los 9 años, le permite percibir, desde sus auriculares y directo a su cabeza, un tono áspero, paternal, autoritario y amable en un discurso de Perón. “Si el patrón de la estancia cierra la tranquera con candad, rompa el candado o la tranquera. O corte el alambrado y pase a cumplir con su patria”. Asimismo, cuando estalla la Revolución Libertadora y las radios repiten  cada cuatro horas los mensajes de aparente control y paz, el protagonista encuentra la manera de sintonizar Radio Colonia de Uruguay con una antena de cuadro y dos planchas de aluminio, convirtiendo su casa en una oficina de prensa en la que se encuentran peronistas y antiperonistas.

Los detalles que ambientan cada una de las décadas en las que transcurre la historia, producen la misma fascinación que pasear por una casa de antigüedades. El enfoque crítico del revisionismo histórico también ofrece al lector la posibilidad de ver detrás de la televisión, el tranvía, los autos, la radio -o cualquier otro aparato que haya producido el fervor propio de una novedad tecnológica-, el resultado de procesos complejos en el que participan diferentes factores pero, sobre todo, el Estado.

Publicaste tu primera novela a los 69 años. ¿Tuviste un acercamiento tardío a la literatura o no te decidías a publicar?
Integré el grupo literario que llevó adelante la revista “Cero” entre 1964 y 1967. Circuló por quioscos y librerías porteñas junto a sus hermanas mayores: “El escarabajo de oro” y “Panduro”. Publicamos como novedad la poesía de Ho Chi Minh y un cuento inédito del Che. En esos años escribía poesía y algunos de esos trabajos aparecieron en antologías, como El corno emplumado, editada en México.

La biografía que se cuenta en Circuito de memoria está completamente ligada a la historia de la ciencia y las posibilidades del desarrollo científico en la Argentina, ¿Esta trama surge de una experiencia personal o es resultado de una investigación?
La trama surge de la experiencia personal y de ser testigo, durante siete décadas, de los procesos evolutivos de la ciencia en general. El desarrollo científico argentino ha sido quebrado en varias ocasiones. A pesar de su extraordinaria capacidad para renacer, sin una política de Estado que solvente los proyectos y les dé continuidad en el tiempo, no tiene chance.

En algún momento esbozás la disputa construida entre las ciencias “blandas” y las “duras”, ¿cuál es tu opinión al respecto?, ¿considerás que es una polémica vigente?
Creo que la disputa entre ciencias “blandas” y “duras” ya no tiene vigencia. En las ciencias físicas, a medida que aumenta el conocimiento, aumentan las dudas. Hasta que se verificó la certeza de la teoría de la relatividad de Einstein, las leyes de Newton eran inmutables. Ahora desde la mecánica cuántica se sospecha de la teoría de la relatividad. El comportamiento de las partículas elementales se vuelve impredecible. Se acumulan hipótesis, y los físicos navegan en la niebla, sorprendiendo con sus excelentes resultados. Estoy convencido que el origen de muchas teorías es la intuición.

En el capítulo correspondiente al año 1956 escribís que “como la Universidad Tecnológica fue un invento peronista, la habían ninguneado. De hecho, se discutía el título”. ¿Considerás que existe alguna similitud con el proceso de “desperonización” que se vive a partir de las últimas elecciones?
Es la misma matriz: escarmiento, vaciamiento cultural y suspensión de toda idea de independencia. Un esquema elemental, poderoso, para encapsular todo intento de autonomía. Cada tanto a los argentinos nos toca vivir desolados.

Si tuvieras que continuar la trama con el panorama científico actual, ¿cómo te imaginas que sería ese escenario?
Si hablamos del panorama científico global, soy optimista. La ciencia puede resolver muchos de los dramas que afectan a la humanidad. El problema es político: qué uso se le da a esos logros. En ese plano, no soy optimista. En cuanto a la ciencia en la Argentina, me duele mucho el trato que se les da actualmente a nuestros científicos.

Actualmente, ¿cuáles son tus proyectos? ¿Tenés pensado publicar otra novela?

Para mí, escribir es una tarea continua, inevitable. Los resultados no me pertenecen. Cuando toman cuerpo y exigen de la voluntad, que no cuento con mucha, me apodero de ellos y pueden terminar en novela, poemas o ir a la papelera de reciclaje.