miércoles, diciembre 29, 2010

Para extender

Patricio Zunini fue convocado para participar de la presentación de Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribió el siguiente texto para que fuese leído durante el evento:

«Cuatro puntos para extender Los modos de ganarse la vida y un epílogo:

1. En antropología existe un término que introdujo Arnold van Gennep: liminalidad. El estado liminal podría definirse como el estado ambiguo del ser entre estados del ser. Un ejemplo: un chico de 12 años de una tribu debe atravesar por un rito para convertirse en hombre. En ese pasaje (después del antes pero antes del después) está en estado liminal. Victor Turner ha dicho que el estado de liminalidad es un estado sagrado y peligroso, y que los ritos tienen el poder para restringirlo y canalizarlo, para proteger el orden social.

2. Los cinco disparos de Mark Chapman no sólo congelaron el tiempo de Lennon y el edificio Dakota. Chapman tenía un libro en el bolsillo (después de matar a Lennon se quedó ahí leyendo): El cazador oculto. Holden Caufield se preguntaba dónde van los patos en invierno. Chapman dijo que había ido a ver a Lennon porque él tenía la respuesta.

3. Pedro y Sofía se conocen, se enamoran, se conquistan. Mientras la historia de amor se desarrolla, un video interrumpe la trama para explicar con pedagogía cómo fluyen químicamente en el cuerpo la sensaciones que produce el amor. Cuatro directores filmaron a dos actores en El amor (primera parte): Leonora Balcarce y Luciano Cáceres tienen una escena de sexo en tiempo real magistral, se diría que se están amando en cámara. El video explica científicamente que el amor dura aproximadamente dos años. La frase final de la película es desoladora.

4. “Nene, levantate que tenés que ir a la escuela. / Hombre, levantate que tenés que ir al trabajo”. Hay un libro (que no leí) que tiene un título maravilloso: Si te gustó la escuela te encantará el trabajo. También está la película fracesa: El empleo del tiempo. En todos los casos el trabajo deshumanizante. La obligación de compartir el espacio con conocidos desconocidos, gente con la que probablemente no tomaríamos ni un café.

*

La convivencia, el amor, el trabajo, la paternidad. ¿Qué marca el ingreso definitivo en la adultez? Ignacio Molina se interesa por estos temas: Luciano, un chico de 27 o 28 años que vive con su novia, es tironeado entre la vida y las obligaciones. Y mientras su pareja perdió el idilio, su mejor amigo le cuenta que con su mujer -de la que Luciano siente una atracción- comenzaron un tratamiento de fecundación asistida.

Los modos de ganarse la vida de Ignacio Molina es una novela excelente con una escritura que se compone de imágenes aparentemente simples, pero que se vuelven complejas en el todo final. Está escrita con una voz que avanza a tientas al igual que el protagonista. Tiene un cierto aire de desprolijidad que le da una potencia que rompe el texto.

Si yo fuera usted y volviera a tener 27 o 28 años y trabajara en un empleo sin futuro y viera como mi pareja se desahace y sintiera que soy un Holden Caufield tardío y creyera que ya es tiempo de hacerme hombre, no tardaría en correr a comprarla y leerla antes de año nuevo, esta época donde se suele tomar las grandes decisiones que se traicionan en enero.»

lunes, diciembre 27, 2010

Áreas léxicas

Matías Fernández lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para Hablando del asunto:

«Gracias al pedido de un amigo tuve que hacer un repaso de todos los libros que había leído a lo largo del año. Esas cosas no son fáciles. Todo lo que pasó de abril para atrás parece que fuera de otro año o década. Sin embargo después de sacar la maleza pude quedarme tranquilo diciéndole que el mejor libro que leí este año se llama Precipitaciones aisladas. Estos señalamientos suelen ser injustos, pero no este caso, por eso abrí el paraguas previamente. Se trata del mejor libro que leí. Recibí comentarios de otros tantos que parecen ser excelentes, pero el tiempo es finito, ya lo sabemos.

Precipitaciones aisladas es una novela breve (no llega a las 200 páginas) de Sebastián Martínez Daniell que sin embargo se estira como la masa de la pizza entre las manos. Napoleón Toole, el protagonista, escapa de una realidad que lo asfixia en la gran ciudad, la capital de Carasia, un país insular, ficcional e indeterminado, pero sin embargo inserto, mucho más que otros “países de novela”, en una tradición occidental. ¿Qué le pasa a Napoleón? Escapa de su mujer o más bien se toma un descanso, necesita pensar. Una familia del pueblo pesquero Limmermonk, donde llegó en tren, lo hospeda. Una madre con su hijita y un marido que, como buen pesquero, aparece de vez en cuando.

Apenas empecé a leer Precipitaciones... sentí que leía una novela decimonónica. Entendí que ese efecto está minuciosamente buscado, al repasar la contratapa. Pero eso no me decepcionó. Ese personaje, Napoleón, que no huye de otro más que de sí mismo, camina por un pueblo ferroviario que parece todo pintado con una estética steampunk delicada y literaria. Páginas más adelante, a medida que la primera impresión cede, se inmiscuyen otros colores que permiten no encasillar a la novela en la simple exposición de una escenografía.

Otro detalle que salta a la vista entre la minuciosidad y que se desprende del título es la fragmentación del libro. No me refiero a la fragmentación en el sentido (y como lugar común también) del montaje, de capítulos cortados que van y vienen narrando diferentes momentos de la vida del personaje. Estoy hablando del cultivo de diferentes áreas léxicas cuidadosamente delimitadas y al servicio de metáforas específicas. El océano, los trenes, las hormigas, cada compartimiento estanco delimita qué y cómo puede ser dicho: "Nos quedamos inmóviles un rato, esperando el cíclico diluvio, con todos mis sonares nocturnos estropeados por tanta fosforescencia. Hasta que le pregunto algo y eso basta para que ella inicie la toma del Palacio de Invierno. Su lengua coralina se despega de mi boca. Crece la tempestad intracorpórea, naufragan los bacilos entre las encías, en el oleaje de nuestra saliva. Se sublima lo sólido en lo aéreo."

Disfruté la lectura de Precipitaciones aisladas, pero también me gusta ver cómo Entropía persiste en el tiempo a pesar de ser un sello pequeño con una identidad tan marcada y homogénea, no tan solo desde el diseño de su colección, sino también en cada uno de sus autores, que a pesar de correr por caminos propios e individuales comparten un vínculo, un imaginario radio que los agrupa, en el centro.»

viernes, diciembre 24, 2010

Lo cotidiano, campo de batalla

Daniel Gigena lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribe para ADN Cultura.

«Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976) publicó en 2006 el volumen de cuentos Los estantes vacíos, con el cual Los modos de ganarse la vida comparte estilo narrativo y cierto repertorio temático. También es autor de los poemas de Viajemos en subte a China y de un manual sobre "culturas juveniles" titulado Tribus urbanas. En su blog Unidad Funcional, aparecen reseñas sobre sus libros, misceláneas y una singular defensa del kirchnerismo.

Dos amigos y sus parejas, Luciano y Guillermo y Cecilia y Marina, transitan casi siempre por un mismo espacio: Primera Junta, Caballito, Flores, Ramos Mejía, Caseros, el Centro. Quioscos, puestos de diarios, demasiadas pizzerías, paradas de colectivos, cuadras con luminarias descangayadas, albergues transitorios, barrios detenidos en los años setenta (la política asoma solamente en una consigna de esa época: "Libertad a los presos de Trelew") construyen un escenario que sobresale por su falta de atributos. De casa al trabajo y del trabajo a casa, surgen no obstante en esta chata topografía rodeos, desvíos, contratiempos que van desde fumarse un porro con dos desconocidos en una plaza porteña hasta sofocar una crisis amorosa con rondas urbanas. Como átomos con conciencia (y una ética elástica), los personajes van tejiendo redes que, pese a sus fisuras, configuran tarde o temprano redes de supervivencia en las que apenas se perfila el esbozo de una respuesta, una rendición o una revuelta íntima (separarse, reconciliarse, emigrar, embarazar a la novia de un amigo), en una ciudad hostil para adultos y jóvenes, solitarios y emparejados, desocupados y trabajadores.

A los personajes de Los modos de ganarse la vida se les puede achacar carecer de una estrategia vital o tener planes contradictorios, anémicos, resignados. No puede decirse lo mismo de la estrategia literaria del autor. Dividida en tres partes, en las que se operan unos desplazamientos temporales y de foco narrativo (en la primera parte y en la tercera, el narrador es Luciano, y en la segunda la perspectiva narrativa recae en Guillermo), su novela va, según las palabras de Luciano, "clasificando temas y registros". El fútbol, las chicas y la comida, además de los ritos domésticos y laborales (que incluyen sendos viajes en tren y colectivo para los que nunca hay monedas suficientes), encabezan la lista de los primeros.

Entre los registros, hay interioridades más o menos impostadas ("Muchas veces, cuando estaba solo e iba escuchando música, hacía ese tipo de actuaciones: me metía en algún papel, siempre más dramático que cómico, hasta que, al menos durante una milésima de segundo, me lo terminaba creyendo"), estereotipias verbales y un nihilismo subyacente, que definen la idiosincrasia de los jóvenes protagonistas. Seres pasivos ante los acontecimientos, parecen atentos a una segunda línea narrativa que sólo aflora en forma ocasional para cuestionar un falso consenso (el de la lealtad entre los integrantes de una pareja, por ejemplo, o el de los códigos honorables atribuidos a la amistad, que en la novela se asfixian mutuamente).

Drama de la endogamia en el que circulan y se intercambian parejas, ropa, dinero, comida, semen, modos de hablar y de comportarse, la primera novela de Molina tiene un aire de familia con las producciones de otros narradores de su generación (Félix Bruzzone, Aquiles Cristiani, Romina Paula, Iosi Havilio) en su manera simuladamente distraída o anticlimática de representar la realidad cotidiana como un campo de batalla.»

miércoles, diciembre 22, 2010

Todas las despedidas que nos habitan

Agosto, de Romina Paula, es elegido por la revista Ñ como uno de los mejores libros de ficción de 2010 y Jorgelina Núñez le dedica esta nota:

«Lo primero que llama la atención en Agosto es que la voz única de esta novela no quiere seducirnos, ni contarnos, ni invitarnos a seguirla en su viaje exterior e interior, ni hacernos creer nada. No tiene estrategias, no elige las formas, es más, se desentiende olímpicamente de nosotros los lectores. Para ella, no existimos, no hemos existido nunca.

Cuando Emilia recibe la noticia de que la familia de Andrea, su amiga de toda la vida, ha resuelto, a los cinco años de su muerte, esparcir sus cenizas en algún lugar de las afueras de Esquel, está sola y lejos, en Buenos Aires. Vive con su hermano y a medias con su novio, está haciendo lo que quería, dentro de lo que puede, se siente más o menos contenta o no, no se siente contenta para nada. Cree que cuando una decide irse de su ciudad las cosas cuestan pero valen la pena, por lo menos se saca el gusto, o las dudas, no se queda añorando lo que podría haber sido. En fin, le gusta el barrio donde vive, su novio la quiere y está más o menos bien. O no, no sabe, le parece, pero no está segura. Entonces ya ha decidido que va a asistir a esa ceremonia, que viajar es lo más oportuno, tomar distancia, ver las cosas desde allá, desde el Sur y ver también lo que ha dejado, cómo ha sido durante estos años la vida en ese lugar, sin ella.

Todas estas cavilaciones se las está contando a su amiga muerta; ella la sigue acompañando, como lo ha hecho siempre. Nosotros hemos captado ese monólogo –o esa conversación de la que falta una parte– igual que si lo estuviéramos escuchando en el colectivo. Alguien, cerca, habla por teléfono e inesperadamente quedamos capturados en el relato: queremos seguir oyendo, qué va a hacer, cómo le va a ir a la que habla. Escuchamos expectantes, aguzando el oído para no perder detalle. Así, lo que empieza como una curiosidad auditiva distanciada, porque algunos no compartimos del todo los códigos de un discurso generacionalmente muy marcado, se nos hace de inmediato familiar y nos metemos de lleno en esa historia pequeña, de la que ya no deseamos salir.

La escritura de Romina Paula da vida a una intimidad indirecta, porque está contada para nadie o, mejor, para adentro, como esos diálogos con nosotros mismos en los que imaginamos lo que el otro nos diría y en los que no rige principio de contradicción ni censura alguna. Y es visceralmente creíble: está hecha de dudas, de penas, de euforias pasajeras y de chicanas para consigo misma y los demás. Con una sonrisa, pega fuerte y no perdona.

Los diálogos que se intercalan son pocos, pero casi siempre suenan perfectos. Intrigantes, hay un conjunto de escenas autónomas que hablan del mal. Refieren episodios truculentos de la vida real que la narradora cuenta como si dijera: todo esto pasa, incluso esta violencia condensada a la que pongo afuera para que no me envenene.

Pero lo que predomina es la melancolía que pesa como una mochila de la que no se decide a desprenderse. No se deriva de muerte de la amiga, aunque la ceremonia fúnebre merece algunas de las mejores páginas (“Me emocioné, no lo niego, sobre todo ahí en el puente, como había propuesto el tema del lanzamiento, de esparcirte en caída libre, y tenía la imagen de la china cayendo entre nubes, no pude evitar conmoverme, pero fue tanto que no lloré. Supongo que hubiese sido cursi llorar, redundante. Propongo la ceremonia y después me deshago en lágrimas, con tus padres ahí, no quedaba bien. (…) no nos movimos mientras duró el descenso, la evaporación, no sé cómo llamarlo, aquello, nos quedamos un ratito más así, el viento era terrible, filoso, pegaba en la nuca, pero yo llevaba capucha. Hasta que tu hermana dijo que nos fuéramos, que se estaba cagando de frío…”).

La melancolía proviene de otro lugar, de las pequeñas muertes cotidianas que la protagonista registra y en las que nos reconocemos, lo que ha quedado en otro tiempo y otro lugar y ya no está: la vida en familia, los amigos de la adolescencia, un amor que hizo su vida sin nosotros. Porque habla con la voz de toda una generación sin asumir su representación, porque atrapa como un policial, porque sin buscarlo nos interpela y nos somete a su temblor y porque abre las puertas a un modo distinto de narrar, hay que leer Agosto

lunes, diciembre 20, 2010

Para quedarse un rato más

Paula Tomassoni lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para Bazar americano cosas como éstas:

«De todos los diálogos posibles entre un lector y una novela, el más incómodo es aquél en el que se pretende dar, justamente, comodidad: el narrador que explica, que allana, que programa ordenar la sintaxis con sintaxis. En la otra punta estaría el escritor que deja esa incomodidad al lector. Y ese (éste) diálogo es el mejor de los posibles: un libro que convoca desde la inteligencia, la sensibilidad, la experiencia. No es sorprendente que su autor, Sebastián Martínez Daniell, tenga esas consideraciones hacia el lector. Él es un lector, o, para pensar antropológicamente, él quiere que se sepa (se crea) que es un lector.»

«Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Evolucionemos: nada de esto hace hoy a un hombre. Para serlo, hay que crear un mundo. Un mundo total, con su geografía, su clima, su sistema económico. Con las crisis psicológicas recurrentes en sus habitantes, su fauna alterada por la mano humana, sus costumbres alimenticias. Macondo, Santa María, Comala. Ciudades legendarias construidas con palabras, que parecen escondidas en algún punto interior del territorio conocido. Carasia (el país en Precipitaciones aisladas) es el exterior, lo otro, aquello. Una isla cuyo mar determina la existencia de sus habitantes (...) En Carasia hay una Historia (que Vera está escribiendo en un Manual escolar), con una Guerra de Secesión, que enfrentó al Norte y al Sur por la redistribución de los tributos federales. En Carasia hay música y un idioma. En Carasia hay una fauna, un gentilicio, un periódico. Y un estado climático que a veces llega a ser casi un personaje, y recurrentemente está explicado con tecnicismos y minuciosidad.»

«Es a través de esos intersticios y de los análisis y conclusiones del narrador desde donde se compone su punto de vista, que no es, en este caso, simplemente una figura retórica. El punto de vista Toole es un modo de leer el mundo, de interpretarlo para vivirlo. Es un abrir constante de puertas que, riéndose de las líneas de tiempo y espacio, conectan todos los potenciales. Carasia no es un mundo inventado, sino un mundo literario, es decir, que abre a quienes lo leen la visión de otros mundos tampoco fotografiables. Y eso gracias a un autor generoso que confía en sus lectores. Precipitaciones aisladas es uno de esos libros a los que se entra para quedarse un rato más. Quedamos a la espera, entonces, de las nuevas creaciones de Martínez Daniell.»

La reseña completa, acá.

jueves, diciembre 16, 2010

lunes, diciembre 13, 2010

Los modos de presentar una novela

























Y ahora, aquí arriba dice:

Editorial Entropía invita a la presentación de Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina.
Hablan: Elsa Drucaroff, Patricio Zunini y el autor.
Miércoles 15/12, 19 hs.
Librería Eterna Cadencia, Honduras 5574.

martes, diciembre 07, 2010

La comemadre, en sociedad

























Aquí arriba dice exactamente:

Editorial Entropía invita a la presentación de La comemadre, de Roque Larraquy.
Hablan: Max Gurian, Diego Peller y el autor.
Viernes 10/12, 19:00 hs.
Librería Prometeo, Honduras 4912.

jueves, diciembre 02, 2010

Una búsqueda hacia el no lugar

Emi Rodríguez lee ¿Vos me querés a mí? y Agosto, de Romina Paula, y escribe para la Asociación Amigos del Kraken cosas como éstas:

«¿Vos me querés a mi? me posicionó –como lector- en un lugar diferente en relación al recorrido que venía transitando en la literatura argentina contemporánea. Fue una lectura explosiva, en voz alta, de mil sentadas; se produjo un encuentro entre lo femenino (expresado en una puesta en escena cercana a lo teatral, cargada su escritura de una oralidad punzante, viva) y mi subjetividad (una subjetividad que debe entenderse como un depósito cargado/atravesado de discursos femeninos, virginales, juveniles y sexuales). El éxito, por supuesto, fue producto del proceso de identificación. Su escritura me planteó la posibilidad de estar en frente a una política (ética) de lo femenino, una política que, lejos de confirmar la esencia enigmática de la mujer, se propuso deslindar, depurar y revelar aquella esencia. La novela se construye en base a un lenguaje que se apropia de los registros informales, es –como leí en una reseña crítica- la maga de la oralidad.»

«Agosto se podría definir como una gran carta confesionaria (y, paradójicamente, un gran monólogo interno), escrita en una introspectiva primera persona (Emilia), cuyo destinatario es su amiga ya difunta de hace 5 años (Andrea). Logrando una exquisita profundidad afectiva, Agosto despliega un lenguaje polifónico (Bajtín) que nos hace rememorar a ciertos pasajes de las novelas de Puig. Agosto se cuenta desde la perspectiva/voz de Emilia. Por otro lado, Romina Paula, antes que escritora, fue y es persona de teatro; una dramaturga con gran crédito editorial, que supo y sabe apropiarse de los registros orales y traspolarlos a sus diálogos ficcionales. No podemos pasar por alto este dato, porque si nos peguntáramos por las influencias que atraviesan su escritura, considerar a Puig y al tratamiento formal del lenguaje teatral no sería descabellado.»

El texto completo, acá.

lunes, noviembre 29, 2010

Festival de Gijón

La película argentina Invernadero, de Gonzalo Castro, se llevó el premio al mejor film de no-ficción del Festival de Cine de Gijón, España, que concluyó el sábado.

viernes, noviembre 26, 2010

Moderno por oposición

Patricio Zunini lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y entrevista al autor para el blog de Eterna Cadencia:

«En algún momento de la entrevista, cuando se arriesgue sobre las influencias en sus novelas, Sebastián Martínez Daniell disparará:

-Voy a aprovechar para despotricar contra algo que me gusta despotricar. Fijate que charlamos diez minutos y los dos escritores argentinos que mencionamos fueron Aira y Saer. Mis lecturas son muy desordenadas. De Saer he leído poco y de Aira sólo cuatro libros (dos me parecieron excelentes, uno me pareció un logrado ejercicio y otro no me gustó para nada; tengo una relación libro por libro). Hay cierta vagancia de la crítica literaria argentina en tratar de buscar las referencias en el entorno inmediato de acuerdo a un canon más o menos establecido. Una incapacidad para ver más allá de lo que está más a mano. Se agarra un libro de literatura actual argentina y se pregunta a quién se parece: a Aira, a Saer o a Piglia. Supongo que lo mismo le pasaría a esa generación respecto de los clásicos de los ‘50. Pero a esta altura, luego de la oleada de libros importados en los ‘90, me parece un poco difícil tratar que la genealogía se limite sólo a la literatura argentina.

Martínez Daniell, como sus personajes, intenta rechazar los clichés. Editor de Entropía, acaba de publicar por ese sello Precipitaciones aisladas, su segunda y esperada novela luego de un salto de seis años desde la aparición de Semana. Con un estilo particular entre erudito y anacrónico que resulta moderno por oposición, Precipitaciones aisladas sitúa la acción en una improbable isla en el Atlántico Norte llamada Carasia. Allí Napoleón Toole, un metereólogo que admira a los egiptólogos, intenta comprender la crisis que atraviesa con su mujer, tomándose unos días de licencia en la ciudad donde sus padres dicen haberlo concebido. A partir de ese viaje que lo conecta con el pasado, Napoleón avanza hacia la búsqueda de su futuro.»

La entrevista completa, acá.

miércoles, noviembre 24, 2010

Lento viaje a la vida

Sebastián Basualdo lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y la reseña para Radar Libros:

Si bien Los modos de ganarse la vida es la primera novela de Ignacio Molina, los notables cuentos que integraron Los estantes vacíos (Entropía, 2006) ya daban muestras de que nos encontrábamos frente a un narrador cuyo dominio en la técnica narrativa excedía los parámetros del realismo minimalista, logrando una vuelta de tuerca al género y sobre todo a sus limitaciones. Una vez más, el escritor nacido en Bahía Blanca retoma esas descripciones íntimas y minuciosas, pero esta vez desde la perspectiva de un joven cuya relación con la realidad parece un inventario preciso de todo aquello que conforma su cotidianidad y que, llevado al límite, se convierte inevitablemente en una gran metáfora de la sensación de soledad que provoca vivir en un mundo vulnerable que cambia pero mucho más lentamente que en la vida real (por ejemplo, en la novela los cassettes conviven aún con Internet), a finales de una década, con una adolescencia tardía a cuestas y un sentido de la vida adulta todavía desdibujado por una ciudadanía que no se reconoce ni en lo político ni en los valores propios de una sociedad de consumo.

“Después, en orden no cronológico, cociné y almorcé un omelet, fumé un cigarrillo de marihuana que guardaba desde hacía cuatro meses en un cajón, dejé los cubiertos en la pileta de lavar y me encerré en el baño, con la luz apagada y bajo la lluvia tibia, durante unos cuarenta minutos”, dirá Luciano, personaje principal de una novela que podría definirse como la extensa letanía del no decir.

Aquí está el secreto de Ignacio Molina: concentrarse en lo no dicho. Priorizar lo secundario para esconder, muy por debajo, lo importante y hacer de Los modos de ganarse la vida una gran amalgama de historias que no buscan una resolución sino perpetuarse como experiencia. En apariencia trivial y cargadas de lugares comunes, es cierto; pero es deliberado, se trata aquí de extrañar situaciones que resultan próximas y familiares. Luciano, un joven de veintisiete años que vive con Cecilia, su novia, está sumergido en la cotidianidad y en la repetición de los días cargados de obligaciones, tareas y recuerdos, hasta que, en un determinado momento, todo se desbarata internamente para nuestro joven protagonista y, como recordando al Mersault de Camus, el tiempo se torna extraño y ajeno, incluso el amor, o sobre todo el amor y el deseo, quizá la amistad, el sentido de la lealtad y los códigos de un muchacho de barrio. “Aunque sabíamos que el almacén no quedaba lejos, Cecilia y Guillermo volvieron antes de lo que esperábamos. Por detrás de la música y de la respiración de Marina oí el chirrido de la puerta de calle. Al sentir las voces cada vez más cerca, ella fue a encerrarse en el baño. Yo tuve que hacer un esfuerzo para acomodarme los pantalones, y, antes de girar la llave, me tomé de un solo trago lo que quedaba en el vaso.” La vida sin luchas resulta trivial.

Dividida en tres partes, con un interesante cambio de perspectiva en el abordaje de los personajes, por medio de una prosa depurada y sin rodeos, Ignacio Molina ha escrito una novela donde cada detalle se sustenta a sí mismo como una constelación. Que el título no nos confunda: ganarse la vida no siempre tiene relación directa con ganar dinero. A veces ganarse la vida quiere decir otra cosa, y el mero hecho de levantarse cada mañana lo estaría justificando.

lunes, noviembre 22, 2010

Un réquiem de cámara

El autor de Deshecho en Buenos Aires lee Requena, de Alejandro García Schnetzer, y escribe en su blog:

«Requena es una interpretación, un arreglo musical, una partitura sobre una obra ya escrita. Esto no debe leerse como un ataque a la originalidad. Más bien lo contrario, es una revisita, una relectura. En estos tiempos nos queda el arte de la Conquista, nada más: construir un templo, con una nueva religión donde supo habitar otro, con otros dioses y otros rituales. Nuestro arte, por eso es bestial y emancipador. Viene en nombre de las buenas cosas a destruir las que otros consideraban, a su vez, del mismo modo y con igual derecho, buenas y justas. Volviendo. Como pieza musical viene a componer un réquiem de cámara, fragmentario. Quiere sumarse a un canon de obras elegiáticas, aquellas que buscan robarle algo a la muerte, como en la música se hace un impasse para robar un tiempo a la consecutio de las notas, así el final de este libro: “Como una hora esperamos en silencio tras la puerta... Hicimos callar a los vecinos para escuchar. Transcribo lo que llegamos a entender...” Así finaliza Requena cuando el nombre propio, se lleva desde su lecho de muerte, la experiencia de un sacerdote anarquista al más allá. Sus deudos, jóvenes para nada pervertidos por este socrático porteño, empiezan a escribir lo que llegan a entender.»

El artículo completo, acá.

jueves, noviembre 18, 2010

Una novela sobre la lluvia

Juan Terranova lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para HiperCrítico:

«Cuando ya cansa de parte de la crítica el largo, tedioso y fraudulento ritornello “una obra que parece salida de otra parte”, o una “obra que surge de la nada”, Precipitaciones aisladas muestra cierta originalidad, cierta placidez y confianza en entregarse a senderos narrativos poco transitados. Sin embargo, hay gestos reconocibles en los que puede rastrearse la influencia pesada de César Aira y de los diferentes escalones de su progenie (por usar una palabra solidaria al léxico de Martínez Daniell). Sin embargo, lo más sólido de la novela surge cuando se narra, con las herramientas básicas del realismo, situaciones raras, tensiones cotidianas que no por serlo se escuchan como menos ominosa. También hay algo de Leopold Bloom en este Napoléon Toole pasado por agua, en su construcción de personaje perplejo frente al mundo, su extravío, la ciudad que recorre y sus momentos de epifanías resignadas. En su apellido se esconde el tragicómico autor de La conjura de los necios. Lo cual no me impide preferir otra alusión. La irónica, velada apenas por una letra “e” final, a la herramienta genérica, verbo o sustantivo, símbolo de un pragmatismo del que Napoleón carece.

El campo intelectual argentino atraviesa un momento de inseguridad donde su sensibilidad primera resulta más afín a los gestos miserabilistas de autores populacheros antes que populistas. Es probable, entonces, que prescinda de atravesar la complejidad de Precipitaciones aisladas –no tan compleja después de todo–. Para los que se tomen el tiempo de hacerlo, y más aun para los que pueden disfrutar de empáticas arbitrariedades y sutiles lapsos de extrañamiento, la experiencia resultará muy gratificante.»

La reseña completa, acá.

martes, noviembre 16, 2010

Molina TV

Osvaldo Quiroga lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y lo recomienda en su columna de Con sentido público:


viernes, noviembre 12, 2010

Sábado feria de editoriales independientes en lo de Garamona

Dice Garamona:

Vuelve ¡La sensación!
Amigos, este sábado 13 de Noviembre, a partir de las 18:00 hs.
Feria de editoriales independientes en la librería La Internacional Argentina.
El Salvador 4199, esquina Gascón.
Poesía y ficción, novelitas y novelones, poemas río y haykus arroyuelos,
relatos, literatura del yo y de los otros.
insensatez, sentimientos, guerrillas literarias, escuadrones tira bombas
y muchoooo más.
Ah y también las mejores ofertas del ramo (de rosas) editorial.
Los esperamos.
Va flyer adjunto.
Se agradece la difusión
Saludos

Francisco Garamona
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martes, noviembre 09, 2010

Autoras ejemplares

Patricia Somoza, de ADN Cultura, le pregunta a Josefina Ludmer:

-Usted ha vinculado los tonos antinacionales de ciertas escrituras latinoamericanas (Fernando Vallejo, Horacio Castellanos Moya, Diogo Mainardi) con el momento de las desnacionalizaciones o privatizaciones. ¿Hay escrituras, voces o tonos vinculados con el momento actual, en el que estaríamos asistiendo a una suerte de reformulación del Estado o la nación?

-Veo un cambio en relación con las identidades en la literatura. La postulación de las identidades nacionales (lo argentino, lo mexicano), tan claras en los años 60 y en los clásicos latinoamericanos, desaparece, y en cambio aparecen identidades locales, del barrio, de la ciudad. Pienso en textos muy actuales: Agosto, de Romina Paula, cuenta un viaje al interior, pero no se trata de lo nacional sino de la relación íntima con otro lugar; en Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, está el mundo de la facultad. Siempre son identidades locales. O identidades gay, feministas, que no son nacionales, son globales.

La entrevista completa, acá.

martes, octubre 26, 2010

La decapitación

Javier Martínez lee Mishima o la visión del vacío, de Marguerite Yourcenar, y Biografía ilustrada de Mishima, de Mario Bellatin, y escribe para Esto no es una revista, cosas como éstas:

«En el modo ficcional elegido por Bellatin, el vacío es, también, uno de los puntos en los que se anuda el relato. Y ya no tiene que ver con el suicido ritual sino con su consecuencia: el vacío que la decapitación ha dejado sobre sus hombros, falta que es marca y que el espectro tratará de poblar con sucedáneos de la cabeza perdida; siempre fallados, siempre fallidos.»

«Ese sentido del honor, del compromiso, es el que, en la vida real de Mishima, llevó a Morita a ser el ejecutor de su decapitación, fallando tantas veces que cedió su lugar a otro de los adláteres del escritor devenido general de un ejército paralelo. Parecen ser esas fallas, ese contínuo errar y sus consecuencias lo que construye la pregunta recurrente del espectro: pregunta que insiste en hacerse presente: “¿Qué clase de espanto ha sido capaz de generar una escritura semejante?”.»

La nota completa, acá.

martes, octubre 19, 2010

Neurosis y deshonestidad

Patricio Zunini lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y lo entrevista para el blog de Eterna Cadencia:

La convivencia, el amor, la paternidad: qué marca el ingreso definitivo en la adultez. Ignacio Molina se interesa por estos temas en su primera novela, Los modos de ganarse la vida (Ed. Entropía) con una escritura que se compone de imágenes aparentemente simples, pero que se vuelven complejas en el todo final. Luciano, un joven de 27 o 28 años que vive con su novia, es tironeado entre la vida y las obligaciones. Y mientras su pareja perdió el idilio, su mejor amigo le cuenta que con su mujer -de la que Luciano siente una atracción- comenzaron un tratamiento de fecundación asistida.

Los personajes tienen unos 27, 28 años. ¿Qué te interesó de esa edad?

Es una edad interesante, como etapa de transición. La gente a esas edades está empezando a vivir una vida más adulta, proyectándola o ingresando a ella pero todavía sin poder verla plenamente. Sobre todo cuando todavía no son padres y pertenecen al sector de la clase media que retrata la novela.

¿Cuánto le debe Luciano, el protagonista, a Holden Caufield?

Nunca me lo había preguntado, pero creo que es cierto que es una novela de iniciación. Me parece que algo bueno de los personajes de mis novelas y mis relatos es que, tengan la edad que tengan, siempre están en la búsqueda de algo.

¿Le prestaste muchas neurosis a Luciano?

Sí. Pero creo que mi neurosis o la de Luciano no se alejan demasiado de la neurosis que todo el mundo tiene. Lo que pasa es que, tal vez, narradas en una novela esas neurosis resultan más extrañas, pero me parece que todas las personas tienen un alto grado de neurosis, aunque no sean tan conscientes de eso. Luciano, por ejemplo, está sentado en un banco de una estación, su novia ya subió al tren y él piensa “no me voy a levantar hasta que alguien no se siente al lado mío”. No tiene mucho sentido eso que se plantea, pero no creo que sea el único que piensa en ese tipo de boludeces. Yo pierdo mucho tiempo en esas cosas, pero por suerte las puedo usar para algo. Supongo que, de alguna manera, escribo para descargar la neurosis.

¿Es una novela melancólica?

Me lo han señalado muchos lectores, a veces casi como una crítica: “¿por qué tiene que ser tan melancólica?” Y yo tengo un conflicto con eso, porque no la pensé de esa manera y cuando la leo tampoco la veo tan así. Tal vez yo tenga un espíritu bastante melancólico y eso se cuele de alguna forma en lo que escribo, pero no es algo consciente. No creo que en la novela haya más tristeza o melancolía que la que hay en la vida cotidiana. A mí me obsesionan mucho el pasado y la historia de las cosas. Eso, sin dudas, está indefectiblemente vinculado con la melancolía. Y por lo visto se ve reflejado en lo que escribo. Pero creo que si me propusiera escribir algo melancólico, no me saldría nada.

La novela atraviesa diferentes relaciones de parejas. ¿Qué pensás de la pareja?

¡Uh! La pareja es la relación más deshonesta que existe. En una amistad hay honestidad, en una relación familiar hay honestidad: son relaciones fundadas en eso. Pero en una pareja lo último que hay es honestidad. Y se me hace un problema insalvable, sin solución. ¿Cómo se explica que alguien te parezca el mejor del mundo mientras te siga queriendo, pero cuando deja de hacerlo se transforma en el peor? ¿Qué clase de amor es ese? No me entra en la cabeza que dos personas se vean uno, dos o diez años, y que de un día para otro pasen a ser extraños. Si uno lo piensa fríamente, no sólo es doloroso sino que es hasta absurdo. La persona que fue la más importante en tu vida pasa a ser indiferente o despreciada. Es muy doloroso. No te voy a decir que prefiero la amistad a la pareja, uno tiene que seguir sus impulsos, pero sí sé que la amistad es un tipo de relación en donde hay más sinceridad que la pareja. Y todo esto no lo digo en base a experiencias propias; es lo que veo que sucede en general.

Otro tema que suele aparecer en tus textos, y de hecho aquí aparece, es la paternidad. ¿Cómo lo vivís?

Yo trato de no ser muy explícito y no trasladar las cosas que me conmueven a mí directamente a lo que escribo, salvo en los poemas que sí pueden ser más autorreferenciales. No escribo sobre la paternidad por el hecho de ser padre: en esta novela, por la tipología y por la edad que tienen, los personajes se enfrentan a esas situaciones. No es algo que yo les imponga. En los poemas sí me expongo más, también en ciertas cosas que publico en el blog o en un próximo libro que va a salir por 17 grises, cuyo título tentativo es Literatura del yo. Ahí sí hablo de mí, son textos autobiográficos y lo hago con impunidad. Pero no en las novelas. Por ejemplo, yo soy de Bahía Blanca, pero ni en Los estantes vacíos ni en Los modos de ganarse la vida nombro a la ciudad. En Los estantes sólo aparece mencionada como el nombre de una calle en Floresta. Siempre intento poner un poco de distancia. Creo que, si para algunos lectores esta novela tiene un dejo melancólico, si yo escribiera cosas más estrechamente vinculadas a lo que me pasa los textos ya saldrían inverosímilmente melancólicos.

Pero, ¿te da dolor escribir?

Al contrario: lo mitiga. El dolor en cierta forma es un motor para la escritura. Escribir no me provoca dolor; a lo sumo me puedo irritar o malhumorar cuando algo no me sale… Si no fuera por la escritura, el dolor en mi vida estaría mucho más en primer plano.

martes, octubre 12, 2010

Topografía contemporánea

Sonia Budassi lee Hélice, de Gonzalo Castro, y escribe para Bazar americano cosas como éstas:

«El texto puede pensarse, también, como una topografía –a veces sólida, a veces esquiva– que explora con pasión entomóloga la atmósfera de resignada y suave incertidumbre en la que se mueve el narrador. Hay que aclarar que Hélice, a priori, asume la diáfana inestabilidad como condición necesaria y produce, como contrapartida, un lenguaje propio, que materializa una búsqueda permanente, exploratoria y, si vale el término, exitosa. Es ese trabajo sobre el entramado de sentido lo que le da al texto una rugosidad tangible, penetrante, que nos sumerge en un mundo posible de entidad orgánica: emprender la lectura será como entrar a un lugar con luz y presión propias, en el que pueden reconocerse signos de lo conocido desde un rincón esmerilado. Admitido este valor, estructurante de todas las capas, la hipótesis topográfica se apoya en la vocación exploratoria de paisajes subjetivos y materiales. Si el narrador sólo puede descansar en la seguridad de proyectos laborales que imponen reglas, pasos a seguir, rutinas, instrucciones utilitarias y finalidades concretas bajo el rótulo de objetivos a alcanzar, el resto de los marcos simbólicos y relacionales son difusos, y necesitarán de un tanteo que les de forma, interpretación; sentido.»

«Hélice trabaja –incluidas las referencias a la terapia psicológica a la que el protagonista acude para explayarse y tomarla en sorna– sobre la irreversibilidad de la experiencia, la biografía y los códigos que incorpora cada personaje y que configuran la propia condena. Sobre el final, en un flashback delicioso en el que asistimos a una escena cotidiana entre el narrador y su padre, leemos: “Pienso ahora, o pensaba entonces, que cocinar, y construir, son las más sofisticadas tareas naturales”. Algo así podría señalarse sobre el procedimiento de la novela, que bajo un lenguaje que actúa como regente, adopta pizcas de varios géneros –la intriga no es ajena a Hélice, tampoco el melodrama- para dar forma a una materia que problematiza la configuración de su propia superficie, es decir, de la novela en sí.»

La reseña completa, acá.

jueves, octubre 07, 2010

Meteorología y logística

Así, con un dejo melancólico, Precipitaciones aisladas, la segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, ha finalizado su Via Crucis por imprentas y encuadernadoras. Y, con quiméricas esperanzas, se lanza raudamente hacia los anaqueles de las librerías.


miércoles, octubre 06, 2010

Avalos Blacha, leído

Nos dicen que:

Leandro Avalos Blacha, autor de Berazachussetts, interviene en las Veladas Noveladas, dentro del Ciclo de novela inconclusa e inédita.

Fombona lee Ávalos Blacha.

Ávalos Blacha lee Fombona.

Cabezón Cámara lee Guinot.

Guinot lee Cabezón Cámara.

Ameniza: Rojo Estambul.

Presentan: Juan Marcos Almada & Patricio Eleisegui.

Cuándo: jueves 7 de octubre. En qué momento del día: 21.30 horas.

Dónde: El Arte de Fluir. Olleros 3804 (y Rosetti).

viernes, octubre 01, 2010

Caballo en llamas

Las amigas de Sur de Babel han remozado su interfase virtual y, para relanzarla, procedieron a la publicación de un cuento inédito de nuestro Diego Muzzio, intitulado "Caballo en llamas". Ahí mismo se puede acceder a la lectura de dos relatos breves escritos por Federico Levín y Samantha Schweblin.

Id. Leed hasta la afasia.

martes, septiembre 28, 2010

Las palabras y las cosas

José Villa lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribe para la revista Ñ:

Lo primero, o lo esencial, que este relato propone es el tema del desorden de la realidad y el orden de la narración. La meticulosidad del narrador, la primera persona gramatical casi constante, organiza un recorrido que casi siempre es exterior, con alguna que otra elipse o cambio de punto de vista, que aun siendo muy leves, son importantes si se tiene en cuenta que el relato es muy liso. Los modos de ganarse la vida, primera novela de Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976), quie publicó Los estantes vacíos (cuentos, 2006), Viajemos en subte a China (poesía, 2009) y Tribus urbanas (ensayo, 2009), propone un minucioso desplazamiento por la vida cotidiana fijando cortes en la percepción y trazos para la interpretación. Las palabras quieren reflejar ni más ni menos que el hecho: si se fuma marihuana, sólo se fuma marihuana, no provoca mayor efecto que el acto de decirlo. El recorrido del narrador protagonista es el del joven y adulto ciudadano medio de la gran urbe (Buenos Aires): calles, bares, oficinas, dudosos amigos, amantes, esposas, continuo relato del desapego. No obstante, hay una serie de equidistancias y comparaciones, observaciones que viajando por el vacío de la narración finalmente se casan con otra. Cada tanto, el relato se cierra y, principalmente, se fija, aunque el intento sea el de constituir una narración “pura”, con poca escena: cada tanto ocurre que, por acumulación, empiezan a emerger nombres propios bastante convencionales (de novela natural) y objetos del consumo, sucesos mediáticos o episodios que afectan cierto tono sentimental del narrador. Uno termina preguntándose en qué papel se anotaron tantos hechos memorizados, en qué tiempo se escribe el relato y, por último, por qué el narrador oculta lo que oculta. Posiblemente, porque utiliza la narración para decir: yo no soy éste, cuando narra, y ésta es la verdad de la historia, cuando hay un silencio antes de que el relato vuelva.

miércoles, septiembre 22, 2010

Chejfec recomienda

Sergio Chejfec lee Manigua, de Carlos Ríos, y lo recomienda en la undécima edición de Cuatrocuentos:

"A veces la realidad nos depara libros oscuros y al mismo tiempo maravillosos. Este sería un claro ejemplo de ello. El vínculo que establece esta novela (que no podría llamarse breve sino, todo lo contrario, fragmentaria) entre la así llamada realidad, el relato entrecortado y múltiple, y las historias míticas sobre lo social, te deja con la sensación de haber recibido, sin darte mucha cuenta, un diagnóstico sobre lo que te constituye y rodea, sobre tu cultura y la barbarie acumulada que ella oculta. Mientras la leía recordé a Zelarrayan, a Taborda, a Cohen, a Fogwill. A todos y en particular a ninguno, que es la mejor manera de olvidar."

martes, septiembre 14, 2010

El otro lado del realismo

Fernanda Nicolini lee Hélice, de Gonzalo Castro; Varadero y Habana maravillosa, de Hernán Vanoli; Las estrellas federales, de Juan Diego Incardona, y Punta Roja, de Daniel Diez, y luego escribe para Ñ:

En Hélice (Entropía), la segunda novela de Gonzalo Castro, el protagonista es un abogado asesor de empresas con problemas de pareja que le escribe casi a diario a una persona de la que está distanciado. Si no fuera porque su tarea es diseñar un país para que lo habiten artistas y que los autos funcionan en piloto automático -entre otros detalles futuristas-, se leería como la historia de un hombre en crisis en el mundo actual. Los cuatro relatos de Varadero y Habana maravillosa (Tamarisco), primer libro de Hernán Vanoli, parten de situaciones cercanas: una manifestación reprimida, vacaciones familiares en Cuba, alguien que vuelve de España, dos hermanos que ofrecen un servicio de turismo obrero para gringos. Hasta que un elemento sacude los parámetros de lo conocido y la escena se subvierte de un modo casi ballardiano. En Punta Roja (El 8vo Loco), de Daniel Diez, y Las estrellas federales, próxima novela de Juan Diego Incardona, las referencias geográficas e históricas delinean un contexto próximo habitado por criaturas fantásticas. En el primero, un grupo de investigadores del Conicet espera la aparición de las “gábulas” en la orilla del Salado; en el segundo, la contaminación de la cuenca del Matanza sirve para plantear las consecuencias del cierre de fábricas en los 90 en clave de ucronía.

Decisión política, búsqueda de nuevos recursos narrativos o resultado no premeditado, lo cierto es que estos cuatro autores nacidos en la década del 70 corren la frontera de lo real. Pero lo hacen sin interesarse especialmente en un género -la ciencia ficción o el fantástico-, ni sentirse deudores de una tradición local que tiene en su vértice a Borges, Bioy Casares o Angélica Gorodischer. Al contrario: como parte de una generación encorsetada en cierto realismo marcado por la llamada literatura del yo, abren un hueco, iluminan las limitaciones de trabajar con lo cotidiano, y van un poco más allá. Huyendo, en lo posible, de las etiquetas.

Gonzalo Castro –a quien le llevó nueve años escribir la novela en medio de sus tareas como arquitecto, responsable del sello Entropía y director de raras películas- es el más enfático a la hora de desmarcarse: “Soy realista, sólo que soy realista en lo lateral. En lo esencial soy vitalista, abogo por la energía y por el espacio narrativo y creo que la realidad se refleja únicamente en las cosas concretas. En los esquemas más amplios de la vida, y de las novelas, la realidad no tiene ninguna importancia”.

Ajeno a las categorizaciones, dice que los trazos futuristas de Hélice no buscan ninguna filiación con la ciencia ficción: “Los incluí buscando oxigenación, algo de incertidumbre temporal que me separara de las referencias más cotidianas. Igual los elementos no-reales son pocos y están tratados con la naturalidad de alguien que convive con ellos, con lo cual no se les exige una prueba descriptiva profunda: el éxito de esos artefactos casuales depende más del lector que de mí.”

Hernán Vanoli, que publicó cuentos en antologías y está al frente de la editorial Tamarisco, reconoce que su intención inicial era escribir dentro de los márgenes de lo real, pero que las formas ya ensayadas del realismo no lo satisfacían. “Algunos me señalaron que el libro es una suerte de ‘costumbrismo intervenido’, y me gusta esa idea como programa. Tengo la voluntad de tensionar ciertos elementos que valoro de la hegemonía simbólica del relato realista actual, como el pensamiento sobre lo social, pero busco que el realismo no sea un paradigma sino una frontera por la cual entrar y salir”, explica.

Sin embargo, lo que para Vanoli hace que un texto sea más o menos efectivo a la hora de tensionar esa realidad, no es el género sino el concepto que se tenga de la función de la literatura: “Yo no creo que lo no-realista sea de por sí más interesante, sino que hay que ver qué relaciones sociales concretas y efectivas se traman en cada libro. No me interesan el delirio ni las fantasías técnicas; me interesan las fronteras donde los cuerpos trafican con las tecnologías y donde las tecnologías profanan los cuerpos: desde ahí hay que pensar las cuestiones de ciudadanía cultural y literaria”.

Juan Diego Incardona, que ideó una suerte de “peronismo fantástico” con El Campito (Mondadori), también cree que hay una decisión política en la elección de temas y el recorte geográfico con el que trabaja (el Conurbano bonaerense). Pero no le atribuye la misma racionalidad al uso del género fantástico. “No fue una decisión consciente sino el resultado de los mecanismos de la imaginación –cuenta-. Me gusta inventar paisajes y criaturas, pero trato de que eso esté conectado con la realidad, que lo fantástico sea en versión local, más material que existencial.”.

El quiebre del realismo en algunos de los relatos de Daniel Diez que integran Punta Roja –su primer libro- tampoco forma parte de un programa literario, sino que es resultado del mismo acto de escribir: a veces lo fantástico, dice, le funciona como disparador y otras, incluso, lo ayuda a creer en la historia. “Pienso a la línea que separa lo fantástico de lo real como muy fina, borrosa y escurridiza. En el caso de algunas de las criaturas de mis cuentos, podrían existir perfectamente y por eso, por lo general, el ambiente en el que aparecen resulta conocido. De todos modos, no me preocupa el tema de los géneros ni tampoco creo que la única forma de tratar ciertos conflictos sea a través del realismo”.

Quizás estas incursiones más allá del contorno de lo real sean una manera, como dice el crítico Pablo Capana a la hora de definir la ciencia ficción, de acudir al pensamiento lateral para tomar distancia y mostrar el otro lado del realismo: su costado hipotético.

martes, septiembre 07, 2010

La épica de lo particular

Patricio Feminis leyó Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribió esta reseña para el suplemento Cultura del diario Perfil:

En la combinación de intuiciones y temores, lo pasajero y lo inevitable, el asumir que sólo se puede dejar la rutina, tal vez, con fatalidad, está el peso de los miedos de ganarse la vida que ofrece Ignacio Molina en su primera novela: en tratar de ir más allá de las experiencias aparentemente nimias o contingentes de dos, tres, cuatro jóvenes (luego, algún otro, olvidado; alguien venido de Europa, uno de Mendoza; el que se quedó a pelearla en Buenos Aires luego de la crisis) entre los cuales oscila Los modos de ganarse la vida, con el buen oficio de quien sabe mirar lo cotidiano sin volverlo escándalo o artificio. El valor, aquí, está en los puntos de vista contrastados sobre el día a día cuestionado: un accidente podría detener las cosas o despertarlas; el amor podría irse, o una pareja reencontrarse; alguien, robar porque sí; un embarazo, ocurrirle a otra; unas vacaciones en la playa, tiempo muerto; un amigo de antes, recobrado, menos que nada.

Es la épica de lo particular, o sus posibilidades girando en las mentes correlativas de sus amigos -Luciano, Guillermo-: uno, contado en tercera persona; el otro, buscándose desde la primera, como puede, y cada uno lo que elige ver o irá viendo con su novia, con quien vive. ¿Demora uno en pensarse, en ponerlo en blanco? ¿Actúa, o está ahí para que las cosas ocurran? Molina no frena a su narrador para comprobarlo; no encierra intimidades en el tono del diario privado: el entorno y el mundo mismo debe modificarse con cada vínculo o decisión, como una compuerta abriéndose lentamente. No es casual que ciertos datos de contexto aparezcan sin muchas repercusiones directas en la trama: esa dificultad, en el relato, es la que han de vivir los personajes desde una ciudad grande y caótica, donde la rutina es fuga: algo más lejos, afuera -saben ellos-, podrían estar pasando otras cosas.

martes, agosto 31, 2010

Objeto sólido e inestable

Beatriz Sarlo lee Hélice, de Gonzalo Castro, y escribe para Perfil apuntes como éstos:

"Hay que decir que las líneas de Hélice, pese a mostrar su incompletitud, son encantadoras y Castro las escribe del modo más preciso, menos alambicado y más seguro."

"El flashback es una novela de amor, sentimental y dura, irónica y nostálgica. Una historia muy de la adolescencia tardía o de la juventud adolescente, con peripecias que la hacen más interesante pero no menos verosímil en términos subjetivos, como la de una operación en la que el narrador pierde su hígado averiado para recibir uno artificial; la convalecencia transcurre en una especie de estudiantina hospitalaria, en cuyo clima los tres amigos se divierten intoxicándose un poco con oxígeno de uso medicinal. Ese triángulo sentimental perdido es un modelo utópico y su escritura tiene una leve seducción nostálgica."

"El espacio de ciencia ficción es plausible (como debe ser). Sobre todo, muy atractiva una rara playa tropical donde el narrador pasa, solo, sus vacaciones antes de comenzar el Proyecto. Y el Proyecto mismo abre un escenario porque consiste en el reciclaje de una ciudad, que será un nuevo país, allí donde poco antes la industria había producido un desastre ecológico."

"Así, la ciencia ficción se vuelve actualidad. Imposible no ver a estos artistas como versiones irónicas de la escena local, que remite a otras escenas internacionales. Sin embargo, no hay objeción que pueda invalidar este cruce entre gente diseñada y ciencia ficción. El cruce es inestable, tanto como es inestable el tejido de la narración del presente con la del pasado. Así, Hélice es un original objeto sólido que, al mismo tiempo, no ha terminado de encajar sus partes."

La reseña completa, acá.

martes, agosto 24, 2010

Etéreo palpitar de los corazones

Natalia Gelós lee Teatro reunido, de Manuel Puig, y escribe la siguiente reseña para la revista Boca de sapo:

Asomarse a Teatro reunido es enfrentarse a un Manuel Puig despojado de la intertextualidad pop y vestido sólo de la voz de sus personajes y el drama que éstos acarrean. El beso de la mujer araña, Bajo un manto de estrellas, Misterio del ramo de rosas, Triste golondrina macho y Un espía en mi corazón son las cinco obras compiladas por la editorial Entropía, las que brindan un nuevo camino para entrar al mundo de este autor.

Podría decirse que este Puig dramaturgo es parido por el desarraigo. Se gesta a partir de 1973, luego del estreno de The Buenos Aires Affair. Con ésa, su tercera novela, llegaron la censura y las amenazas. Sobrevino el exilio y lo transitó en México, Brasil y Estados Unidos. Fue en esas nuevas geografías (internas y externas) que el autor de Boquitas Pintadas (1969) incursionó en el teatro y la comedia musical, y produjo una decena de obras que destilan su impronta en cada frase. Ese flamante dramaturgo mantiene la oralidad y la polifonía. Su fanatismo por los radioteatros acentúa esa búsqueda por explotar –y explorar– lo sonoro. La lengua en estado vivo es el personaje central en su dramaturgia, multiétnica y exponencial.

Si bien su lugar como literato fue revalorizado en los últimos años, el Puig de teatro no logró vencer las resistencias. Alberto Wainer, dramaturgo y asesor literario del Teatro Nacional Cervantes, recomendó en 1998 la puesta en escena de Triste golondrina macho (de 1982). Fue difícil para Wainer transmitir el entusiasmo por esa obra que, decía en su informe inicial: “retrotrae a ese teatro poético, incluso simbólico, de reacción a los naturalismos iniciales del XX”.

Difícil de ubicar en el escenario que generacionalmente le correspondería –formado por Cossa, Rozenmacher, Halac, por un lado, Gambaro, Trejo, por el otro–, el de Puig es un teatro que apuesta por la experimentación sin abandonar nunca ese manto kistch con el que cubre cada palabra que conjura.

“Puig dramaturgo no ha terminado aún su exilio”, anuncia Jorge Dubatti en el prólogo de Teatro reunido. Las tablas nacionales reincidieron en El beso de la mujer araña, pero quedan por explorar las otras obras, que redundan en un mundo poblado de mujeres solas, sueños rotos y esperanzas testarudas: El misterio del ramo de rosas, que presenta una estructura ibseniana, se hace fuerte en el desarrollo de dos personajes, una paciente y su enfermera, hermanadas por la desdicha y las esperanzas dormidas.

Como comedia musical se incluye Un espía en mi corazón, que cuenta las aventuras de una costurera que se anima a enfrentar a un grupo de fascistas para salvar al amor improbable de un muchacho. Inspirada en el encuentro de Puig con la artista Renata Schussheim, la obra incorpora un collage de la argentinidad cotidiana. Con más coordenadas que en sus otras obras, Puig apuntala las voces, que, indica, deben adquirir matices “a lo Virginia Luque” o “a lo Mirtha Legrand”.

La metateatralidad es otra de sus jugadas preferidas y el juego de cajas chinas, con personajes que interpretan a otros personajes, es recurrente: robots camuflados de humanos, personajes que reencarnan, que simulan. En Bajo un manto de estrellas, Puig apuesta a una intriga obsesiva: un matrimonio y su hija adoptiva se enfrentan en un universo psicótico en el que una pareja de visitantes vuelve una y otra vez reinterpretándose en fantasmas del pasado.

En 1982, Puig escribió Triste golondrina macho y con ella abandonó el realismo para presentar una puja siniestra entre una joven y el fantasma de su hermana muerta. Ambas se disputan la pasión de un recién llegado. Otra vez, el amor naïf con resabios agridulces, como una magia que llega a despertarse a fuerza de insistencia.

El Puig dramaturgo es el Puig de las novelas, creador de ese mundo tan particular que se puso de moda hace unos años. Es el mismo, pero es diferente. Un cierto pesar sobrevuela su teatro, una tristeza mustia que lo torna más grave. Alejado del realismo, este otro Puig nos deja el drama, pintado desde la mirada de pueblo, desde esa óptica provinciana que siempre consigue filtrarse en sus historias.

viernes, agosto 20, 2010

La extrañeza de lo cotidiano

Diego Rojas lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y la reseña para Veintitrés:

La vida es esa construcción que se realiza día a día, noche a noche, en la que el paso del viento de la historia o el acto que marca a los héroes forman parte de lo excepcional, del acontecimiento que se realiza como tal sólo mediante la delimitación del rito de lo cotidiano. Sin embargo, toda vida es excepcional. Así lo demuestran las páginas de Los modos de ganarse la vida, primera novela de Ignacio Molina, que se detiene en la cotidianidad de sus protagonistas: jóvenes que avanzan –o que ya ingresaron, pero de todas maneras no lo podrían asegurar– hacia la madurez que requiere la vida adulta, que realizan ese avance sin estridencias, tal vez sumergidos en el tedio. Sin embargo –y a diferencia de cierta literatura actual que, para describir el tedio, lo hace a través de páginas tediosas–, la rutina de los personajes se nutre de la vitalidad de los detalles de tal modo que cada acto, por pequeño que sea, se transforma en un núcleo narrativo muy dinámico. El texto se estructura a través del relato en primera persona de un joven oficinista sumergido en una vida de pareja que no puede disimular su crisis –aunque lo intente–, una voz que no sólo acierta en definir cada parcela de su circunstancia a través de una ágil y la vez obsesiva descripción, sino que atrapa en la narración de la habitualidad. Un intermedio –no tan logrado– interrumpe a esa voz con otro relato de la vida cotidiana de una pareja amiga para regresar en la última parte a la cotidianidad del protagonista central. Molina acierta a la hora de que lo no dicho se convierta en una parte activa de la narración y permite que el relato urbano de la rutina adquiera esplendores de una aventura suave y sencilla, como la vida.

martes, agosto 17, 2010

Caracola Pop

Sabino Méndez lee Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, en su versión española, y escribe esto para Babelia.

Cuentan los mejores guitarristas de los sesenta que cuando Jimmy Hendrix se presentó sobre un escenario europeo, después de ver su técnica y la variedad de sus dotes, todos pensaron que iban a tener que espabilarse mucho porque el nivel de exigencia iba a subir desmesuradamente. Entre los escritores jóvenes que actualmente usan el español como herramienta de trabajo, es posible que algo parecido vaya a suceder cuando progresivamente vayan conociendo el libro de Pola Oloixarac Las teorías salvajes, recientemente editado en nuestro país (Alpha Decay). Libros como este son libros-prueba, libros que no admiten opciones tibias. Suponen un salto técnico en el panorama joven, y hablo de escritura joven dando por buena la definición de Montaigne. El libro podrá gustar o no, ser admirado o rechazado, comprendido o malinterpretado, pero en cualquier caso queda fuera de duda la capacidad de la autora a la hora de dominar los registros, su pericia para combinarlos, su facilidad para el contraste y, en general, una variedad de técnicas narrativas de excelente página. Da la sensación como si Pola hiciera los solos con las seis cuerdas y los demás escritores jóvenes los hicieran solo con una. Se lo pone muy difícil a los debutantes de estereotipo narrativo como el hipido feminista autocompasivo, el buenismo terribilista de barrio o el telegrafismo de angustias de juguete para usuario de Internet. Los escritores del tipo de Pola (cuyo apellido al revés suena como un italianizado Caracciolo) no pueden conformarse con tópicos monocordes porque son voraces; absorben todo. En sus páginas vemos aparecer desde el hoyuelo estilístico de la añeja Jane Austen hasta la malignidad de un Vila-Matas, la franqueza de un Hunter S. Thomson e incluso versiones pop de las innovaciones de W. G. Sebald sobre la página impresa. Enfoques similares podrán encontrar los más avisados en otros escritores jóvenes como Manuel Vilas. A veces pienso que la mayor brecha de comunicación entre los diferentes países que usamos el español se debe precisamente a causa de nuestro común idioma. A los españoles nos cuesta hacernos a la idea de que los argentinos llamen cola a la región glútea sin sentirse fatal al beber una pepsi. El enigma del verbo coger ya es broma vieja. ¿Por qué usan una palabra tan común y polisémica para el trato carnal? Los españoles, como andamos todo el día cogiendo cosas (incluso medios de locomoción), no es extraño que terminemos pergeñando libros que parecen embarazados por un trolebús. En el libro de Pola se coge mucho, y eso me alegra porque permite repetir esa palabra muchas veces en las críticas sin ser considerado chabacano. Como libro contagiado de pop intelectual (fabuloso oxímoron), Las teorías salvajes tiene una extraña música, a medio camino entre The Residents, Tav Falco y The Tigerlillys. La vocación literaria de Pola está fuera de toda duda porque, con la grupa y el tipazo que gasta, podría perfectamente ganarse la vida de una forma espléndida sin necesidad de dedicarse a la escritura. Pero lo definitivo, lo fundamental, es que su libro nace de toda la cultura de masas que ha acompañado la música popular en el último medio siglo. Y eso supone un paso adelante en la idea (tan cara a cualquiera que tenga visión de futuro) de que esas herramientas pueden estar al servicio del verdadero arte.

miércoles, agosto 11, 2010

De remate

Feria de Editoriales Independientes.

Sábado 14/08, desde las 18 hs.

En La Internacional Argentina (Gascón y El Salvador, CABA).

Participan: Belleza y Felicidad, Blatt & Ríos, Malón, Mansalva, Planta, Santiago Arcos, Spiral Yetty y Entropía.

Precios formidables.

jueves, julio 29, 2010

Un absurdo disimulado

Miguel Ángel Petrecca lee Hélice, de Gonzalo Castro, y escribe para Ñ la siguiente reseña:


Hélice, la segunda novela de Gonzalo Castro, transcurre en un futuro y una ciudad indeterminados, cuyos rasgos vagamente distópicos, sugeridos apenas a través de breves toques descriptivos, remiten en un primer momento a la ciencia ficción. El espacio tiempo futurista, sin embargo, funciona acá más bien como un decorado sobre el que se proyecta la historia y los temas que le interesan al libro: el amor, la amistad, las relaciones entre las personas.

El núcleo de la novela es, en efecto, según se va descubriendo a medida que avanza el relato, un triángulo amoroso que incluye al apático narrador, a la novia de este y a un tercero misterioso que es el destinatario invariable de las “cartas” o monólogos que componen el texto. Un triángulo que, empleando una imagen de la novela, pasa de escaleno a isósceles, y de isósceles nuevamente a escaleno, o tal vez a equilátero, siguiendo el alejamiento y acercamiento de los vértices entre sí.

En las “cartas” el narrador alterna, por un lado, el relato de la fase terminal de su noviazgo con los flashbacks en los que va recapitulando aspectos de su pasado y particularmente de la relación con los demás vértices de ese triángulo; por el otro, desarrolla y relata el involucramiento del narrador en un megaproyecto urbanista de características delirantes (la reconstrucción y reconversión de un “pequeño país” arrasado en una ciudad para artistas) y abunda en su relación con distintos personajes con quienes la participación en dicho proyecto lo pone en contacto: Matsumi, la enigmática japonesa con quien trabaja y que tiene sobre el narrador un influjo fuera de lo normal; la bizarra dupla de hermanos (de nombre Scouty y Brisa) que lo contratan para el proyecto; Malakián, el multimillonario aquejado por una crisis espiritual; además de una serie de artistas extravagantes y grupos de vanguardia.

El sistema de nombres de la novela (de cual se listan algunos ejemplos en el párrafo anterior) da la clave de una voluntad de extrañamiento que es congruente con la elección misma de ese espacio y tiempo indeterminados; voluntad de extrañamiento que, a su vez, hace pareja perfectamente con dos elementos más (formando como una especie de segundo triángulo, a nivel estilo): la ambigüedad y el humor que atraviesan gran parte del libro. El primero de esos elementos (sintetizado involuntariamente en la frase “la luz no deja ficción en pie”) opera a partir de un gusto por la omisión, la sugerencia y el detalle impresionista, que muestra menos de lo que oculta, dejando huecos por los que la lectura debe colarse para completar lo fragmentario de la imagen y la trama. El humor, por su parte, operando tanto al nivel de las frases como de las situaciones marcadas por un absurdo apenas disimulado, contribuye considerablemente al tono general de la novela y a sus momentos más logrados.

Este humor absurdo que da la tónica general de la novela genera un distanciamiento con respecto al núcleo dramático que está en el centro de ella: el deterioro de las relaciones y el aislamiento al que se ve conducido el narrador, la nostalgia por un momento de balance y felicidad perdidos. Interpone así permanentemente una suerte de película irónica que, sin embargo, cede por momentos a ramalazos de cierto lirismo: “De chico dormía boca abajo, con fruición, y creo que había algo puro en esa manera, como abrazarse a la tierra (representada en el colchón, que es la isla por antonomasia, la isla original), aferrarse mientras la mente se soltaba.” Es en esos momentos que el futuro desangelado en el que transcurre la historia parece revelarse, de golpe, como una metáfora de la adultez y la pérdida.

martes, julio 27, 2010

Los estantes no tan vacíos
















Los modos de ganarse la vida
Ignacio Molina
_novela
148 páginas

Hoy mismo en su librería de confianza.

viernes, julio 23, 2010

Déjame que te cuente, limeña


























Mañana, sábado 24 de julio, la editorial estruendo mudo presenta en la Feria Internacional del Libro de Lima, la versión peruana de Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac.

La cita es a las 20:15 en la Sala José María Arguedas de la feria, montada en el Parque Próceres de la Independencia. Estarán presentes Fernando Ampuero, el editor Alvaro Lasso y la autora.

martes, julio 20, 2010

Palimpsestuosamente

Desde la Ilha de Santa Catarina, Antonio Carlos Santos y Jorge Wolff escriben este análisis imprescindible sobre Manigua, de Carlos Ríos, y lo publican en Bazar Americano:

Para ler Manigua –novela de estréia de Carlos Ríos– o leitor não pode contar com marcos firmes, pilares seguros ou mesmo personagens, no sentido convencional do termo. Assim como as diversas tribos que a atravessam e povoam, a novela “swahili” do escritor nascido em Santa Teresita, na costa argentina, superpõe e desloca sem cessar vozes e imagens, modos de falar, de ver e de viajar, sempre em bandos e em direção à “provincia costera”. Suntuoso espetáculo da vida nua feito de plástico, lixo e papelão, o relato se desdobra palimpsestuosamente (como diria Haroldo de Campos) num antes e depois do “processo civilizatório”. Nesse espetáculo anacrônico e “desgeograficado” (Mário de Andrade), os clãs em trânsito e em guerra permanente carregam consigo toda a tralha tecnológica – celulares, câmeras, tevês – mas reclamam antes de tudo a desregulamentação da antropofagia: “Se habla de despenalización del aborto o las drogas, pero lo que todo el mundo se pregunta es cuando los gobiernos desregularán la antropofagia”. A propósito da antropofagia, o escritor saqueia sem hesitação os arquivos da world wide web, se apropriando de nomes próprios, nomes de cidades e de etnias africanas.

Misturam-se também a voz taína na escolha do título (manigua), a Argentina na epígrafe de Hebe Uhart, os personagens, lugares e comidas africanas para compor uma história, definida pelo próprio escritor como uma “antropologia do desastre”, em um tempo presente que está atravessado por outros tempos, o dos mitos, dos clãs. Trata-se, ao fim das contas, de um filme, ou melhor, da posta-em-ato de um método onírico-mitológico de capturar “imagens acústicas” cujo fim é a escuta, o desenho e a escritura da vida, isto é, da morte. Como disse Plínio, o velho, “entre todas as graças concedidas pela natureza ao homem, nenhuma supera a da morte no tempo oportuno”.

El texto completo, acá.

viernes, julio 16, 2010

La vencida

Tercera edición de Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac.


miércoles, julio 14, 2010

Club de fans

Quizás sepan que tenemos un perfil de Facebook. Una tecnología cuyo manejo se nos escapa casi en su totalidad. Una plataforma infernal, alejada de nuestro habitual recato.

El problema es que el tiempo todo lo erosiona. Y un día descubrimos que nuestro perfil ya no admitía más amistad. Habíamos alcanzado un arbitrario tope de cinco mil amigos y eso, pareciera, era inadmisible para los servidores que alojan la información bajo el ardiente pedregullo de Napa. La red, aparentemente, no puede albergar tanto amor.

Desolados, como es de suponer, resolvimos una medida desesperada. Creamos una nueva página de Facebook, que directamente
rechaza el concepto de amistad. Sí, en cambio, habilita a los hombres y mujeres de buena voluntad a fanatizarse. Al fundamentalismo, fase superior del destemplado afecto.

Los invitamos a sumarse a la cruzada. Contra los impíos.

lunes, julio 12, 2010

Retrato

Matías Capelli escribe para Los Inrockuptibles un retrato de Gonzalo Castro, a propósito de la presentación de su tercera pelicula, Invernadero, y de la publicación de su segunda novela, Hélice. He aquí el resultado:


“Es fundamental para mí, no podría hacerlo de otra manera. Básicamente, no quiero delegar… Me gusta hacer las cosas yo mismo”, dice Gonzalo Castro frente a una pregunta que no tarda en hacerse quien conoce algunos detalles sobre su forma de trabajar tanto en el cine como en el campo literario. Es que Castro es un realizador en el sentido más amplio de la palabra, un artista artífice. No sólo escribe y filma sus películas, sino que se encarga del montaje y la fotografía; no sólo escribe novelas, sino que edita y diseña las suyas y las de tantos otros a través del sello Entropía. Un proyecto editorial que fundó junto a su hermana Valeria, Juan Nadalini y Sebastián Martínez Daniell y que con los años –llevan siete– logró hacerse un lugar bastante relevante en el panorama editorial local, sobre todo en materia de autores inéditos o casi. Castro: “Sostenemos casi todos los mismos conflictos de los primeros tiempos. Todas las fases de nuestra editorial son puro caos, seguimos moviéndonos a tientas… Casi nada funciona como debería, excepto que, unas ocho veces al año, emitimos un libro, esa extraña mediación entre escritores, imprenteros, libreros, crítica y lectores, lo cual nos produce algo así como una gran felicidad”.

El libro que Entropía publica este mes es la segunda novela de Castro, Hélice. Compuesta de cartas destinadas a un viejo amigo, los fragmentos van dando forma a un relato en un futuro indeterminado, casi sin coordenadas espaciales y “con levísimos trazos de algo que no podría llamarse ciencia ficción”, y despliegan una prosa que podría emparentarse en alguna medida con la de Marcelo Cohen, o la de Oliverio Coelho, por nombrar un autor más cercano generacionalmente. “Nada me produce tanto pavor como hablar del argumento de una novela mía. Bastante hago para desdibujarlos en las estructuras mismas de los libros, para olvidarlos… Como empecé a escribirla hace nueve años, tuve mucho tiempo para arrepentirme y rectificar elementos. Con el tiempo corté muchas cosas y la volví cada vez más ininteligible, casi como ocultando hacia dónde había dejado ir a mi irresponsable imaginación.”

En algo que ya se volvió casi una costumbre, este año Castro presenta su tercera película en la competencia local del BAFICI. Filmada en México y Buenos Aires, Invernadero está protagonizada por el escritor Mario Bellatin (también participa Margo Glantz), pero está lejos de ser un retrato de artista, un documental, así como una ficción (una indistinción en la que el propio Bellatin se mueve como pez en el agua). “Invernadero está hecha de planos fijos; la cámara estuvo siempre inmóvil, seca, mineral. La película es tan quieta que desmaya, pero plena de momentos de gracia.”

jueves, julio 08, 2010

Careos con Romina Paula

Hace ya algunos meses, Patricio Zunini entrevistó a Romina Paula para el blog de Eterna Cadencia. Rescatamos hoy esa charla, en la que la autora de esta casa dice, entre otras cosas:

«(Agosto) es una novela de estar lejos: lejos de tu casa, lejos de lo que deseás, lejos de la persona amada porque está muerta o porque es un ex novio que está casado. No saber si querés estar en Buenos Aires o en el sur. En las dos novelas está eso de “no sé lo que quiero y lo que tengo no lo quiero tener”, una neurosis clase media. En parte es una novela de amor, pero diría que es más del agujero en el corazón aplicado al amor o a la familia o al lugar en el que naciste. Del agujero.»

Esa interviú puede leerse completa acá.

Pero eso no es todo. La gente de El Fósforo TV también le puso una cámara y un micrófono enfrente y el video de esa entrevista puede verse completo acá.

martes, julio 06, 2010

Cartas del porvenir

Fernando Bogado lee Hélice, de Gonzalo Castro, y se despacha con esta reseña para el suplemento Radar Libros:

Leer una novela es atravesar una lengua particular, de eso no hay ninguna duda. Por más que notemos ciertas aspiraciones por parte de la prosa de querer pasar por transparente, siempre encontraremos un punto de flaqueza en donde ese aparente universo creado de la nada, tan parecido al nuestro, se cae: levantamos los ojos de la página, volvemos la vista a las páginas anteriores para ver si esas extrañas palabras que nos sorprendieron en una producción aparentemente cristalina pueden encontrar su significación en algún párrafo anterior. Ni bien ni mal, ni correcto ni incorrecto, hay novelas que eligen agarrarse como garrapatas al lenguaje, remarcarlo, subrayarlo, forzando al lector a prestar un plus de atención a cada palabra que no atraviesa así porque sí sin un ligero tropezón: ésa, al menos, es la pretensión que las palabras que componen la nueva novela de Gonzalo Castro, Hélice, parecerían tener.

Narrada en primera persona, el texto está compuesto, básicamente, por una serie de cartas –quizás manuscritas, quizás no– enviadas por el narrador a un destinatario anónimo, del cual se saben ciertas cosas a lo largo del relato. No es una relación sencilla la que estas dos personas tienen, eso queda claro desde el primer capítulo, y mucho más cuando se habla de la pareja del protagonista, Julia, la tercera en discordia, con quien las cosas no están pasando por su mejor momento.

La novela, sin embargo, elude con elegancia convertirse en una especie de historia de dramas pasados con impacto en la actualidad. Teñida de una nube melancólica, todo lo que podría funcionar en otros relatos como sentimientos definidos adquieren aquí ambigüedad, la misma que invade cada palabra del trabajo, no solamente a aquellas destinadas a retratar sensaciones particulares de un personaje que se reconoce como “pura refracción”. Ejemplo de esta característica es, por ejemplo, el hecho de que no sabemos muy bien si estamos ubicados en un futuro y, en el caso de que lo estemos, si ese futuro es o no tan diferente a nuestros tiempos: burbujas de realidad virtual –con sus respectivos juegos bélicos–, autos manejados por un piloto automático, elefantes del tamaño de un perro, pequeñas pistas que nos ambientan en un tiempo diferente, pero que conviven con acciones cotidianas que operan como esas invariantes cronológicas de las cuales nadie dudaría: al momento de servirnos agua lo hacemos en un vaso, al momento de viajar al centro vamos en subte.

Gonzalo Castro, que tiene en Hélice su segundo trabajo novelístico luego de Hidrografía doméstica (2004), consigue en esta novela sorprender en el mejor de los sentidos posibles: lo que en los primeros capítulos da la sensación de ser los deslices de un novelista haciendo sus primeras armas en la labor, recurriendo a un lenguaje rebuscado, pronto se convierte en una meditación válida no sólo de la manera en que se debe escribir una novela, sino de cómo funciona el arte. El narrador deberá visitar a personajes excéntricos que proponen diversas concepciones de lo que debería ser el arte, de lo que no puede ser más, casi con el tono de un canto fúnebre para algo verdaderamente muerto.

El gran conflicto del texto es el mismo conflicto del lenguaje, la verdadera hélice del título: un lenguaje enrevesado que va de lo líquido a lo sólido, de lo cotidiano a un futuro totalmente ajeno. Hélice logra demostrar aquello de que cada novela es, en sí, una lengua diferente a la que tenemos que habituarnos, no ya un espejo, sino una superficie que, como sus palabras, como la confesión del personaje, es pura refracción.

martes, junio 15, 2010

Havilio's Political Tour

Aparentemente, la Casa América está llevando adelante el III Congreso de Nuevos Narradores Iberoamericanos, en Madrid. Y lo han invitado a nuestro Iosi Havilio. No sólo eso. El autor de la casa deberá disertar en unos días frente a un auditorio que suponemos ávido de revelaciones.

Los detalles:

Mesa redonda: ¿Hay una nueva literatura política latinoamericana?

Participan: Iosi Havilio (Argentina), Carlos Labbé (Chile) y Patricio Pron (Argentina).
Presenta y modera Ignacio Echevarría, crítico literario (España).

Entrada libre


Día: 21 de junio de 2010
Hora: 19:30 h.

viernes, mayo 28, 2010

Homicidas pudorosos

Ariel Gamarra toma entre sus manos Biografía ilustrada de Mishima, de Mario Bellatin, y escribe esta reseña para Los asesinos tímidos:

«Mario Bellatin, o mejor dicho: su narrativa, se ha venido independizando cada vez más de lo que se puede denominar “la realidad”. El universo donde sus ficciones suceden no es el de lo maravilloso, lo real-maravilloso ni lo fantástico, ya que esta tipología de ficción literaria está ligada a la verosimilitud y se apoya en una poética orientada a que el lector crea, al menos mientras lee, lo que se le cuenta, pues el efecto estético del relato depende de un poder de persuasión considerado fundamental. La ruptura de Bellatin con la tradición, su acercamiento a la literatura del absurdo, consiste en hacer claramente perceptible lo ficcional de sus textos, contra toda pretensión de que el lector viva sus relatos.

Así, sus personajes habitan lugares descontextualizados y lo que acontece se da en contradicción con los principios lógicos, sicológicos, naturales y sociales en función de los que actuamos. Estas características, que para nada perturban la nitidez de su prosa, están muy presentess en este libro, Biografía ilustrada de Mishima, publicada por Editorial Entropía. Y lo están a tal punto que en algunos pasajes de esta breve novela el interés puede menguar, pero en ningún caso caerse del todo, dada la maestría con que Bellatin mantiene siempre seducido al lector.

Biografía ilustrada de Mishima, narra lo que le ocurre al escritor Yukio Mishima, después de que le cortan la cabeza. Mishima, quien se suicidó en 1970 siguiendo el ritual japonés tradicional (primero comete seppuku, o sea, se destripa con una daga, y luego se hace decapitar por otra persona), relata sus viajes y experiencias. Para él, la acefalía funciona como motor del quehacer literario mientras busca llenar aquello que lo hace sentir incompleto.

Esta edición incluye un dossier fotográfico que ilustra las escenas del libro. Las imágenes, tomadas por el autor, cuentan nuevamente la historia de Mishima, abriendo perspectivas inesperadas para entender la novela.»

miércoles, mayo 26, 2010

Hélice y el protocolo digital

Ahora sí, nuestra morosa página web da cuenta de Hélice.

jueves, mayo 06, 2010

Romina Paula feriada

Hoy, 18.30 del jueves lluvioso, en la Feria del Libro.

Panel: “Algo nuevo por decir. Las escritoras del momento”. Participan: Gabriela Cabezón Cámara, Patricia Kolesnicov, Laura Meradi y Romina Paula. Coordina: Gabriela Saidon.

En la sala Victoria Ocampo.

martes, abril 27, 2010

Desde Camerún a Somalia

Desde Chile, Rodrigo Pinto escribe una breve reseña sobre Manigua, de Carlos Ríos:

Manigua, del argentino Carlos Ríos, es uno de los tantos libros que me traje de Buenos Aires en mi último viaje, en mayo del año pasado. Lo leí hace pocos días, en un bus que se dirigía hacia la costa. Breves 61 páginas y toda una curiosidad: la novela está ambientada en algún país africano (que puede ser cualquiera de los habitados por los bantúes, desde Camerún a Somalia, cosa que puede deducirse si se investiga las denominaciones tribales usadas en el libro), en un paisaje que alterna la exhuberancia de la naturaleza con la sequedad del desierto. Es la primera novela del autor, nacido en 1967; antes había publicado un par de libros de poesía (aquí hay una selección de su poesía). Como a veces ocurre en estos casos, lo principal aquí es el tratamiento del lenguaje.

Nada es lineal aquí y el hilo de la leyenda que se narra -el hijo que tiene que partir lejos a buscar una vaca, para celebrar el nacimiento de su hermano- se apoya en un narrador que cambia de personas y de lugares; a veces al lado del camastro donde agoniza su hermano, ese hermano que requería la vaca, muchos años después, a veces desde un presente que de todos modos se difumina en versiones alternativas y relecturas de los mismos hechos. Tiene, todo ello, un extraño atractivo, y el carácter experimental de la novela no impide mantener viva la curiosidad y el interés. Y reafirma mi percepción de que siempre hay que prestar atención a los catálogos de las editoriales independientes, como Entropía. No tenía la menor idea previa sobre Ríos, pero ya sé que conviene seguirle la pista.