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martes, octubre 18, 2016

Un paseo por los caminos olvidados de la lengua

Mauricio Koch reseña Quiroga, de Alejandro García Schnetzer, para Sólo Tempestad



Quiroga es la tercera novela de Alejandro García Schnetzer, escritor y traductor argentino radicado en España. Antes había publicado Requena (2008) y Andrade (2012), también por editorial Entropía. Las tres llevan como título el apellido de sus protagonistas, y son palabras de siete letras, en un claro homenaje a Juan Filloy, autor de culto de quien hay mucho en estos libros. Las tres además son breves, no más de ochenta páginas, y conforman una suerte de trilogía, no tanto por su unidad temática sino por la época en que están ambientadas y, sobre todo, por la búsqueda formal y el trabajo con el lenguaje, protagonista real de los textos.
El autor ha declarado que desde que vive en Barcelona escribe “como arreando olvidos”, y que si bien le rehúye a la nostalgia, ha recuperado estando allá “voces que creía perdidas”. Por eso dedica especial atención a los diálogos, y afirma que si bien son libros de pocas páginas, le lleva años escribirlos. “Lo que me preocupa de los personajes son sus maneras de hablar, porque en esas maneras ya están prefigurados sus actos”, dice.
Hay en Quiroga un léxico deliberadamente anacrónico, propio de los años 30 y 40 del siglo pasado. Y no se trata sólo de una mera cuestión de vocablos antiguos o caídos en desuso, sino también de un modo de decir anticuado, que apela siempre a la afectación para ir en busca de la sutil ironía: “En cuanto Quiroga se hubo sentado oyó una reflexión que lo tenía por objeto”; “Le costó domeñar el trance”; “Ahora haced el favor y restituidnos a nuestros quehaceres contemplativos”. Un breve muestrario de verbos: domeñar, esclerotizar, apersonar, escanciar, departir, mancar, deschabar. Sustantivos: remansos, lendrera, contertulios, zangolotinos, fabriqueras, incordios, légamos, piélagos, tarugo. Hay “familias copetudas”, “cuitas sentimentales”, “veladas teutonas”, “muchachas agraciadas”, “almas dicentes”, “epidemias de estulticia”. Y un adjetivo muy Op Oloop, de Filloy: “plúmbeo”.

Aunque pasan cosas y es una novela en la que se cuenta una historia: Quiroga es un joven bibliotecario aprendiz de escritor que es despedido de su trabajo y termina trabajando en un barco de contrabandistas, bagayeros y malandrines buscavidas que trafican entre Buenos Aires y Montevideo, lo que transforma a la novela en una especie de cruce de Aqueronte neblinoso, donde el tedio va ganando a todos, y los personajes charlan, discuten, filosofan y se aburren, no es esto lo que dinamiza la lectura sino ese lenguaje en primer plano, y ésta, que es la principal virtud del texto, hay momentos en que lo asfixia un poco, el lenguaje se vuelve contra sí mismo y uno siente que la lectura se estanca, que los personajes hablan todos igual, que no hay distingos entre ellos. Pero esos momentos son los menos, porque de pronto aparece un nuevo hallazgo, o un nuevo guiño (“fumar el parpadeo de las luces que a lo lejos”; “acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti; “todo verdor perecerá”; “cólera buey”; la novela está plagada de ellos) y nos devuelve la sonrisa y el placer. Celebro la búsqueda de Alejandro García Schnetzer, un escritor libre y extraño, una voz para seguir de cerca.

lunes, julio 04, 2016

Mundos propios

Por Eugenia Zicavo para El Planeta Urbano.


Alejandro García Schnetzer es un escritor distinto.
Nacido en Buenos Aires y radicado desde hace años en Barcelona, este argentino que además es editor y traductor escribe en una lengua de otro tiempo: la de los padres, la de los abuelos, la de las generaciones pasadas. Su última nouvelle, Quiroga (que está en la sintonía de sus anteriores, Requena y Andrade ), transcurre en el Río de la Plata y sus orillas, a fines de la década del 30. El protagonista es un joven bibliotecario, enamorado perdidamente de una mujer a la que escribe cartas de manera compulsiva, que a partir de un viaje en barco advierte las posibilidades y recompensas de dedicarse al contrabando. Todo contado en un clima histórico construido sobre las bases de un lunfardo olvidado, de un gran rescate de arcaísmos que vuelven a la vida tamizados por la experiencia acumulada de la lengua, la resonancia de los términos que no por desconocidos resultan menos próximos, la memoria de los que hablaron antes y se niegan a seguir callados.
Van algunos: “degollina”, “pífanos”, “muermo”, “villorío”, “estrunso”. Y la lista sigue. Un retrato de una época en la que para cruzar a Uruguay había barcos con camarotes, los varones se batían a duelo y las mujeres pensaban en dotes y en buenos partidos. “Apúntele mejor a la piba de arrabal, la fabriquera, todo le saldrá igual de pésimo, pero a lo menos no se va a sentir un lumpen”, le recomiendan los amigos. Un libro repleto de guiños a la cultura rioplatense, que es también un gran experimento con el lenguaje, rarísimo y bello.
 

lunes, junio 06, 2016

Quiroga. Archivos de la lengua

Reseña de la novela de Alejandro García Schnetzer, por Pablo Potenza para Marcha


Quiroga, la última novela de Alejandro García Schnetzer, parece completar una trilogía iniciada con Requena (2008) y Andrade (2012). La decisión de titular con el apellido de los personajes principales y la elección de los años treinta como marco para las historias ya dan un principio de sentido conjunto. A esa unidad hay que sumar una sintaxis particular y un estilo atiborrado de palabras y frases propias de una época reconocible en la lengua rioplatense. Para “progresar en el arte de la novela” –se recomendaba en Andrade–, habría que tener “capacidad para distinguir los detalles principales” y “lucidez para notar lo que carece de importancia”. Esta teoría de la escritura que, en su afán selectivo, limpia y borra sucesos y elementos, permite explicar por qué las tres novelas de García Schnetzer son precisas hasta llegar a comprimirse sin superar ninguna las noventa páginas.
La opción filológica, entonces, tanto apunta al registro de la variedad lingüística como al contexto en el que los personajes se mueven. Juan Quiroga –opuesto a ese otro que resuena en el nombre que le falta: Facundo– es un ave solitaria que escribe cartas a una amada perdida (¿un nuevo Adán Buenosayres?) y pensamientos ensayísticos (Contribución a las Odas de don Leopoldo Lugones), hundido en los fondos del archivo de una biblioteca. Su anacrónico decadentismo es tal que su propio jefe le recomienda trocar el mundo de las letras por la circulación del contrabando: de bibliotecario a “mula”, se dedica a cruzar el Río de la Plata ida y vuelta entre Buenos Aires y Montevideo, en épocas donde los artículos importados eran rarezas de colección y el viaje en barco nunca menor a seis horas.
Novela en tres movimientos –el primero en Buenos Aires, el segundo sobre el río, el último en Montevideo–, es la parte central la que concentra los sentidos. Treinta veces ya unió ambos puertos Quiroga cuando volvemos a encontrarlo sobre el barco, sufriendo su existencia de hombre en tránsito; ni desterrado, ni afincado, sino víctima anfibia en estado de lamento: “De nuevo la amansadora de aquel leviatán de lata, la misma anodina existencia fluvial, de regusto atávico. Qué vida”. El río es la frontera entre las dos ciudades. Inmóvil en su incapacidad para hacer pasar el tiempo, despierta el “esplín” que conecta a Quiroga con la cofradía de los veteranos Fonseca, Maure y Suárez. Los cuatro “bagayeros” no solo comparten el código de los que están del otro lado de la ley, también se dedican a observar y evaluar el resto del pasaje, mientras sus propias miserias los empujan a extremos tales como un intento de suicidio.
Pero la verdadera hermandad está en la lengua. Es allí donde el hombre desterritorializado puede encontrar una posible identidad. Estos eruditos de café recrean y asisten a varios registros en distintos niveles, desde los espacios codificados –el relato de una carrera de caballos, el anuncio de una película en el cine– hasta la alternancia entre tonos clásicos y canyengues (“debemos digerir nuestro pasado, cargar con el error monumental que levantamos, llevarlo a pulso hasta el día que reventemos”), mientras descartan el voseo, mantienen la distancia formal en el trato y, como francos coleccionistas, reponen en escena las exactas palabras que necesitan (“Me explica por qué dio la nota como un desinserto”).
Novela hecha de fragmentos, el ritmo que los combina es lo que sostiene su estructura. Los concisos párrafos que, en su mayoría, no superan la mitad de una página, permiten que las cesuras que los separan vayan armando constelaciones de anécdotas, sentimientos, ideas, encuentros y desencuentros, rutinas, costumbres, diálogos, consejos, pequeños dramas, breves heroísmos y amores latentes. 
¿Desde dónde se hace la reconstrucción filológica? ¿Dónde queda el registro, el archivo de una lengua? Seguramente en los medios de comunicación –en este caso, periódicos, programas radiales, el cine– y, por supuesto, en la literatura. Quiroga se debate entre dos sustratos: el preciosismo que inunda al narrador y el habla popular que circunda a los personajes. El primero se expresa con estilo lugoniano, de acuerdo con la referencia literaria del protagonista; el resto, como en las películas de los años treinta y cuarenta. Ambos registros son rígidos, estrictos y perfectos en su artificialidad: las palabras necesarias son esas y no otras. “Qué son las palabras sin nuestro asombro”, reza una sentencia que parece aplicarse al propio autor: Schnetzer busca palabras, las encuentra, las toma, se asombra, las toca, las saborea y las deposita sobre el texto como mariposas en exhibición. Solo resta leer, escuchar, evocar, reconocer y admirar.
Quiroga, perdido entre círculos de gente de los que se apropia para luego separarse, encuentra en Montevideo el final del viaje. La fiesta popular en la que desemboca, como un carnaval a la vera del río, entre pseudo-filósofos y aludidos círculos del infierno, completa su paisaje de soledad hasta ofrecerle la posibilidad de elegir su destino, el único que le puede hacer honor a su linaje literario.

lunes, mayo 16, 2016

Quiroga, de Alejandro García Schnetzer

Por Pablo Díaz Marenghi para Artezeta

 
 
Con una prosa formal y poética, el autor argentino construye en su tercera nouvelle una historia de contrabandistas, burreros, malandras y frustraciones literarias. Al mismo tiempo, invita al lector a navegar por el Río de la Plata de principios del siglo XX.
Como sostiene María Negroni en su contratapa, Quiroga es un libro “rarísimo”. Editado por Entropía, la novela breve -84 páginas- toma como protagonista a un joven bibliotecario, escritor a medio camino, que a partir de un viaje en barco termina coqueteando con el contrabandismo a fines de la década del 30. Esta tercera novela de García Schnetzer se enmarca en una especie de trilogía de los apellidos, por los títulos de sus publicaciones anteriores (Requena, 2008 y Andrade, 2012). El autor, que también es editor y traductor y está radicado en Barcelona, construye un clima de época a partir de expresiones del lunfardo, un lenguaje por momentos barroco pero con un alto grado de belleza estética y diversos personajes pesados. Tipos que no dudarían en resolver una disputa a navajazos, que disfrutan de la timba, los burros y el tango. Un aura rioplatense abriga la trama. Guiños hacia las cosmovisiones de Juan Carlos Onetti o Felisberto Hérnandez le dan a este relato una solidez que invita a dejarse llevar por la travesía.
El protagonista es un joven de 25 años que se siente más escritor que bibliotecario. Esto provoca su cese en su lugar de trabajo y el disparador para emprender una aventura por el río que lo marcará para siempre. No es casual que la acción ocurra en 1937. Es el año en que Jorge Luis Borges empezó a trabajar en la Biblioteca Miguel Cané. García Schnetzer confiesa, en una entrevista al diario Página 12: “Me puse a pensar qué habría sido de la vida de ese muchacho al que echaron para que Borges pudiera entrar. Esta es una anécdota irreal, pero posible. Ese muchacho es Juan Quiroga, pero eso no sucedió; es como el poema de Borges ‘El Golem’: ‘el gato no está en Scholem pero, a través del tiempo, lo adivino’ –parafrasea–”. Con muchas más frustraciones que certezas, Quiroga se sube al barco con libros y bocetos de poemas que maldice de forma constante.
El viejo Maure, mafioso y perspicaz, es el personaje que guía a Quiroga y lo hace olvidar, por un rato, sus impulsos por ser escritor. Lo introduce en el oscuro mundo del contrabandismo. Otros sujetos peculiares se van interponiendo en su camino e incluso dejan entrever opiniones del propio autor. Incluso, hasta de la misma literatura: “La mayoría de los hombres de letras obedece a alguna de las cinco variantes identificadas por Metchnikoff, y que son, atienda: el que recopila las cosas más intrascendentes, el que vuelve a decir lo que se ha dicho cien veces, el que investiga lo inútil, el que compone frivolidades y el hombre rudo… Todos incapaces de percibir el daño que se causan y el provecho irrisorio que el público obtiene de sus trabajos”.
A Quiroga le duele la realidad. El narrador, en tercera persona, omnisciente, reconstruye los mosaicos hechos añicos de su neurosis: “Quiroga mira la multitud deambular. En su visión perimetral ve a los chicos, los ancianos, los matrimonios, los viudos y se ubica mentalmente en una línea que va de la infancia a la agonía. Al obligarse a pensar en su propia condición, cae en la metáfora devaluada del tiempo que vino y que se nos va, la imagen inmemorial del río y de Heráclito. Quizá sea eso –piensa–, un irse limando, gastando como piedra en la corriente. Más allá de la nave todo es páramo, huye el viendo de la soledad”. El nihilismo y la angustia atraviesan las elucubraciones del joven bibliotecario mientras aprieta con fuerza su cuaderno de notas mirando la inmensidad del Río de la Plata.
Un punto fuerte de la nouvelle de García Schnetzer es el lugar de ser reflexivo que le otorga al protagonista. Sin recursos forzados y con simpleza, construye un personaje que reflexiona de manera constante sobre su propia existencia, sus proyecciones y sus miedos. Es digno el trabajo con los diálogos –algo que abunda en su escritura– que son utilizados como herramientas para construir el clima. Esto permite que, por momentos, Quiroga escupa, con su propia voz, sus pesadillas más profundas: “Mi enfermedad (…) irredimible de todo lo real; aborrezco la monotonía de la vida; soy un hombre fatigado, concluido; durante veinte años mi vida ha sido una disipación vana de facultades y de oro;he apurado las sensaciones, y heme aquí sin energías, sin ideales a qué consagrarme, y eso en caso de que rebuscando por los pliegues de mi cerebro pudiera encontrar algo de valía; creo definitivamente haber agotado mi provisión de fluido nervioso”. Esta angustia se  vuelve cada vez más densa y repetitiva hasta convertirse en una suerte de piedra de Sísifo. El joven empuja sus pesares en una secuencia perversa que parece no tener fin.
García Schnetzer forja un personaje que vive entre dos mundos: el aparentemente real, que aborda con sus sentidos, y el mundo propio de las notas de su cuaderno, que desprecia. Camina por senderos que se bifurcan en múltiples sentidos. A veces uno cobra preponderancia por encima de otro y el lector quizás confunda ciertos hechos con escenas que rozan lo fantasmal. Esa categoría psicoanalítica que representa el deseo inconsciente que fascina y asfixia al ser humano. Sufrimiento y goce a la vez. “Llegaba a reconocer como propios los recuerdos (…) pero siendo como un otro del otro irrecuperable”. Quiroga experimenta su yo como un otro, inabarcable. La historia puede impactar a todo joven que sueñe con triunfar en la literatura o también a toda persona que haya sentido frustraciones en torno a las metas que persigue. Sísifos modernos que hacen rodar la misma piedra una y otra y otra vez.

miércoles, abril 27, 2016

Poesía polifónica

Por Antonio Jiménez Morato para el blog de Eterna Cadencia



Una lectura en tándem de Requena, Andrade y Quiroga. Las novelas de García Schnetzer, todas publicadas por Entropía, todas con el apellido de sus protagonistas como título, todos de siete letras, muestran el vínculo sólido del autor con la poesía.
Podrían leerse como una trilogía las novelas que Alejandro García Schnetzer. Muchos lo han hecho. Quizás porque, voluntariamente o no, muestran una unidad que posiblemente el autor ni siquiera sospechaba cuando las fue tramando. Pero también, por qué no, puedan leerse como los tres primeros ladrillos de una construcción de más largo aliento, que termine abarcando toda la obra de García Schnetzer, formada por un ejército de novelas tituladas con apellidos formados con siete letras. Porque si hay algo que ha ido consolidando a través de estos tres primeros libros es una voz. Una que es única e intransferible, fraguada con las lecturas de literatura clásica del Plata, de canciones y, sobre todo, de distancia. Sería muy complicado forjar un estilo tan definido bajo las presiones constantes de una lengua coloquial en la que uno se ve envuelto. García Schnetzer vive en Barcelona, y en medio del español catalanizado en que se mueve resulta menos complicado crear su estilo literario. Una de las apreciaciones que siempre se hacen sobre sus libros es que ha sabido fijar la lengua de esa primera mitad del siglo que materializa en sus personajes. Lo ha leído uno en varias ocasiones: la capacidad de estas novelas de transportarte al pasado, a una lengua desaparecida, a un mundo que se extinguió con la llega de las televisiones. Y creo que esa recepción de sus libros habla muy a las claras de la capacidad de García Schnetzer como escritor, porque ha sabido vender una ficción perfectamente trabada a todos esos lectores. Sus novelas son máquinas ficcionales, constructos, y su habilidad pasa por conseguir que los lectores las lean como documentos de un pasado que nunca existió. Existieron, sí, los referentes, existió buena parte del léxico que despliega, pero no era así ni la sintaxis, ni la cadencia verbal. Basta con releer a Arlt, a Mallea, al primer Borges, a Bioy, a tantos otros, para ver que no era así el modo en que se hablaba o se escribía en las orillas del Río de la Plata en aquellos años. Y esto, lejos de ser un demérito de García Schnetzer debe ser reivindicado como su mayor logro, lo que nos permite atisbar la estatura de este autor de cara a esa producción futura que ansiosamente esperamos.
Como bien recuerda María Negroni en las palabras que aparecen en la contratapa de Quiroga, los personajes de estas novelas son «prismas de lenguaje». No son en sí unos personajes visualizables sino audibles. En medio de una avalancha de literatura superficial que concibe la modernidad como un asunto icónico, y siembra sus narraciones de pixeles y referencias cinematográficas o fotográficas, García Schnetzer no ha olvidado que la literatura es lenguaje y, como tal, entra más en el negociado del oído que en el del ojo. Y tiene el acierto de, pese a ello, no integrar ese campo asociativo en sus historias del modo más simplón: con canciones o referentes radiofónicos. No, al contrario, lo que hace es vehiculizar los hechos que novela mediante mecanismos puramente lingüísticos. Por eso sus novelas están basadas, ante todo, en conversaciones, conversaciones en las que las acotaciones son las imprescindibles y es mediante la diferenciación de las voces como el lector puede dilucidar quién dice cada cosa. Ahí radica la fascinante capacidad de García Schnetzer de doblegar al lenguaje. Marcelo Cohen, en otro título de la misma editorial, Música prosaica, recordaba lo que muchos parecen haber olvidado, que las variedades del castellano no son tanto léxicas como sintácticas, y en estas tres novelas (Requena, Andrade y Quiroga) eso se lleva al extremo: cada uno de los personajes tiene su sintaxis, su particular cadencia verbal. Si se relacionan entre sí, si hay algo que los une, es la misma cercanía de esos tonos, como se dice en un pasaje de Quiroga: «No es que fueran semejantes las maneras del hablar, caminos clausurados se diría, pero se parecían las voces, más que nada en la intención.» Y, como es obvio, es ese cuidado microscópico por la dicción, por el modo en que esa polifonía se funde en un mismo tono narrativo, lo que ha provocado el interés que los poetas parecen sentir por las novelas de García Schnetzer. No creo que sea casual que, salvo en el caso del primero de los libros, los otros dos hayan sido presentados desde sus contratapas por poetas y no por narradores. Acaso lo lógico habida cuenta su condición novelística fuera haber buscado el refrendo de autores afamados en su condición de narradores, pero no, tanto Juan Gelman como María Negroni son poetas, excelentes poetas, y si han sentido interés por estas novelas es precisamente por el profundo calado poético que destilan, por su condición de artefactos lingüísticos y no tanto narrativos. Salvando las distancias, podría decirse que García Schnetzer pone en práctica narrativa la idea del drama em gente de Pessoa. Donde el poeta portugués presentaba un espacio de intercambio estético, las novelas de García Schnetzer se atreven a hacer de ese intercambio estético una herramienta de un desarrollo narrativo.
Porque leídas de modo sucesivo, como hice yo con la intención de escribir estas líneas, en una relectura tan intensa como placentera, se hacen más patentes no ya las estructuras narrativas de cada una de las novelas sino los hilos que las enlazan. Si bien la primera, Requena, se centraba más en Palermo y en la figura de un maestro oral, mentor de un grupo de rendidos discípulos que dialogaba de modo directo con uno de los últimos libros de Antonio Machado, Juan de Mairena, la segunda, Andrade, se ubicaba un par de décadas más tarde en la zona de Plaza de Mayo y las librerías de viejo, para trazar una metáfora de la muerte que se cerraba con la partida de un barco en medio de la noche, y es justamente en un barco nocturno donde se trasladan de Buenos Aires a Montevideo los contrabandistas de Quiroga. Por otro lado, las narraciones se vehiculizan, como se ha dicho, a través de conversaciones, pero siempre se trata de conversaciones entre hombres, llenas de los sobreentendidos y alusiones propias de ese tipo de conversaciones, y, pese a ello, también desarrolladas en medio de los formulismos y protocolos que la sociedad impone en el trato social. Es en esa tensión entre lo íntimo y lo público donde tienen lugar las tensiones argumentales de las novelas de García Schnetzer y es ahí y sólo ahí donde debe buscarse lo que tienen de profundización histórica al describir unos modelos de relación ya desaparecidos, pero no en el lenguaje, ya que el lenguaje es plenamente actual o eterno, elijan el punto de vista que más les convenga, porque es, sencillamente, poesía.

lunes, abril 25, 2016

Siluetas de expresión olvidadas: entrevista a Alejandro García Schnetzer

Por Luis Adrián Vives para Evaristo Cultural

 

Tango, barco y contrabando. La percepción, entre razones y emociones, va tejiendo peripecias que intensifican el sentido de cada elemento elegido, por necesario, en la narración.
Una realidad conocida y también pensada; un ámbito de especulación que, con fuerza de tango, rompe la cuarta pared en cada página, en cada escena. Así corta cualquier distancia con el lector. Como en El Sur -de Borges-, un  tiempo, un Juan de los años ´30 en una Biblioteca, un destino que puede ser despiadado,  un sueño y un puñal ajeno con el que se escribiría, en principio, el final de la historia.
Un lenguaje que, en pasajes, ensambla con el vigente entonces, con el de la guardia vieja.  Diálogos y reflexiones.  El argot local -rioplatense- que abarca palabras, frases y expresiones.
Un vocabulario activo en esta novela corta. Una contextualización de tiempo y espacio. El lenguaje de la época como instrumento. Como la edad variable durante un tiempo; como la vejez, mediante la vida. El tiempo, la vida y el lenguaje como nexo. Literatura y poesía.
“Fuera de este idilio trunco, padecido como una trepanación, los años en la Biblioteca fueron un tiempo agradable. El salario, frugal, le había abierto las puertas de un cuarto de pensión, donde pudo experimentar la autocompasión del pobre y la bohemia libresca. Contrajo fiebre lectora, una verdadera fruición por conocer las obras cumbre del pensamiento. Al azar de sus lecturas apenas llegó a entender muy pocos libros, pero cuántas conclusiones, cuántas verdades pasaban ante sus ojos; poco le importaba que fueran aparentes o inútiles, la cuestión de fondo era superar el desorden y la ignorancia en el plano sensitivo; que no es poco.”
El protagonista, Juan Quiroga. El punto de partida, aquella Biblioteca; ¿cómo se define esta elección?
Desasosiego. Suelo preguntarme por los muertos, gente que intuyo o derivo. El recuerdo que dejaron en las cosas. En Quiroga me pareció adivinar al tipo que echaron de la biblioteca de Boedo, para hacerle sitio a Borges, en el año ’37. Ya después, con un nombre y dos tres taras, la neurosis hizo el resto.
Pensaste en un entorno apropiado; así  aparecieron Maure, Suárez y Fonseca. La pregunta es ¿desde dónde llegan a tu cabeza estas siluetas, estas esencias de época?
No lo sé, no tengo idea… se van juntando por la tonada. Será gente que traté, leí en libros o en canciones, que suponía olvidada y volvió.
¿Cuánto pesa el amor en tu novela?
Sus accesorias pesan, y de todas ellas, la pena extraordinaria de la pérdida o la ausencia. No hay salida; en el fondo de nosotros está el pecio. El pensamiento interroga siempre en vano la vivencia, por eso no tiene centro.
¿Cuánto pesa el tiempo y las edades?
De muy joven sentí haber agotado mi provisión de fluido nervioso. Dada la naturaleza de mis intereses y aversiones, me reconocí bien pronto en la tercera edad.
¿Qué idea tenés sobre “el destino”?
Un conjunto de pesares que se organiza.
El lenguaje literario “culto”, por una parte, y en “la vereda de enfrente” palabras y expresiones que funcionan como factor de integración de un sector social determinado. ¿Es lícito hablar de una vereda de enfrente?. De ser así, ¿cuál de estos dos imperios del lenguaje estaría contando, hoy, con mayores posibilidades de cruzar de vereda sin perder su fuerza o su potencial? Te pido una reflexión?
Más que veredas y lenguajes literarios, podría pensar en ríos subterráneos, en arroyos entubados, canales aliviadores. De lo «culto» me interesa la bruticia; por la vereda no voy, «me gusta lo desparejo». Las preocupaciones de la crítica literaria sobre cuántos alfileres caben en el cabeza de un ángel, me superan.

¿Qué podés decirnos sobre la producción cultural, la crítica y el mercado en Barcelona?
Una de las producciones culturales más destacadas que ha dado esta ciudad es la edición original de Pago Chico, de Roberto Payró en 1908. Por otra parte, la colección de románico del MNAC es sobresaliente. Sobre la crítica… no creo en más crítica que la del propio artista en el momento del hacer. Y en cuanto al mercado… en fin, diré que el señor Alibeck, puestero del Mercat de l’Abaceria, ofrece la mejor cocina libanesa del país.

Hablemos, puntualmente, del argot en las costas del Río de la Plata; hablemos de ese tiempo y del por qué de este rescate.
Hablemo’. No creo rescatar nada en el sentido arqueológico, más bien creo habitar una isla doble, una ínsula duplicada. Vivo en Barcelona, es decir fuera de ambiente; y habito un territorio de lenguaje clausurado, ya ilegible, terminal. Esa segunda isla surgió por acumulación de sedimentos verbales, de naufragios y deshechos. Una imagen aproximada sería la de Robinson departiendo con la osamenta de Viernes en una lengua muerta.

¿Qué decir de los amantes de la lectura, en este tiempo?
La idea de lectura y amor me rebota en la frente. La lectura que reconozco es la que opera como una horadación, que se proyecta en el tiempo de manera soterrada, ya sin libro, en la memoria; pero sobre todo me interesa la desfiguración, el desorden posterior de la lectura, porque la ruina cuenta más que el monumento.
El Sur, de Borges, reúne elementos tales como el tiempo, la Biblioteca, el destino, el sueño, la fiebre, las pesadillas; el protagonista también es un tal Juan y, en ese cuento, un puñal corta la historia dando lugar a interpretaciones. En ambos casos, todo ocurre en los últimos años de la década del treinta. Y en ambos casos el protagonista es cautivo de las lecturas. En el cuento de Borges: “…La fiebre lo gastó y las ilustraciones de las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pesadillas”. ¿Podemos ver en Quiroga un homenaje implícito o, tal vez, en El Sur una suerte de inspiración?
El homenaje, la misa, la rosa en la sepultura… no cojeo de ese lado. Yo he escuchado a los muertos con lo ojos, y converso con ellos a mi modo. Me he visto en la situación de reproducir expresiones suyas porque han dicho bien o mal, es igual. Importa su resonancia. Toda originalidad es un gran malentendido, en el pasado está todo. En mi caso, creo que la obstinación del recuerdo, la dependencia, el fárrago de la memoria, entredicen lo que me preocupa.

¿Qué podés decirnos de tus preferencias y/o influencias? ¿Cuáles han sido y son tus lecturas predilectas?
Suelen afectarme las obras de músicos y letristas uruguayos, por sus modos de nombrar o de decir, que no tienen parecido. Incluso quienes no cantan. Por caso, Gustavo Ripa, artista de talento fino, cuya música compendia la obra múltiple que prefiero. Las tres calmarías de Ripa son instrumentales, y logran decirlo todo. Ojalá se pudiera escribir como su guitarra dice y calla. De las otras preferencias, diré dos: Josep Pla y Joan Coromines. Y también los escritores a los que el tiempo arrasó; incluyo a los traductores, a los más duros de oído…  Tuve un amigo francófono, muerto ya, obcecado en traducir a Strindberg al castellano. Una vez me dio a leer un párrafo, redondo, que acababa de pulir. Le pregunté si Strindberg había dicho algo tan bueno.  «Lo ignoro –me dijo–, para eso habría que saber sueco».

¿Cómo describirías tu proceso de escritura? Y ¿qué podrías decirnos sobre el lenguaje, la trama y el argumento en relación a cada una de tus novelas?
Para mí, escribir es algo lioso, denso, confuso, nunca intervengo sino tarde y malamente, con el verbo ya encarnado. Voy anotando fragmentos y hecha regia provisión, los recorto finalmente, al piso los tiro luego y les doy agrupamiento. Cuanto sé de mi escritura es que trabajo con el bronce de Quevedo, y sólo puedo hacer eso, más bronce. También sé que las expresiones que registro cuando escribo, se apreciarían como una mancha roja en toda composición no paródica. Pero si uno escribe enteramente en rojo, no hay contraste, no hay parodia, sólo desesperación.
¿Tu punto de vista sobre el encuentro de la prosa con la poesía?

Durante la escritura no pienso en categorías. Y en la lectura tampoco. Descifro dentro y pienso por fuera del texto. Todo texto es una tapia y hay que arrojar por encima los yuyos de la razón, arrancados de raíz. Opino que esos útiles platónicos (la prosa, la poesía, etc.) juegan su humilde papel en la circulación, la academia, con sus tristes sucedáneos que amortajan y resecan. No sirven para pensar.

miércoles, abril 20, 2016

Navegando a la deriva

Por Rodrigo Fernández para El Popular de Olavarría

 
Quiroga se encuentra un poco a la deriva. No sabe qué debe hacer de su vida y mientras tanto se embarca en un trabajo que le permite pensar y distraerse de su destino. "Quiroga", de Alejandro García Schnetzer, en Editorial Entropía.
Un escritor siempre debe organizarse en favor de su propio universo. Sentar las bases de lo que será su obra sobre algunas cuestiones básicas que no sólo definirán sus personajes, sino también sus tramas. Un lugar al que volver. Con "Quiroga", Alejandro García Schnetzer completa una trilogía de nouvelles que tienen en común una época, un escenario que se ubica entre Buenos Aires y Uruguay, la nostalgia de sus personajes y una sensible manera de narrar. Con 25 años, Juan Quiroga se debate entre la escritura, una bella mujer que lo ha subyugado y un trabajo que lo distrae de sus verdaderos emprendimientos. Un día su jefe lo llama y lo convence de que debe cambiar de trabajo. No hay lugar allí para un espíritu libre como el suyo. A Quiroga todo le suena raro y en un primer momento siente que lo ha perdido todo. Pero su jefe le ha dado una dirección y un contacto y hasta ahí se encamina para obtener la promesa de un empleo. La ruta de los "bagayeros" comienza en Buenos Aires y sigue hasta la orilla oriental. El contrabando parece ser moneda para sobrevivir en el barco que Quiroga comparte con otros de su mismo pelaje y con familias enteras con lazos en el Uruguay. "Mientras no aprenda usted a pensar, la confusión tomará el estandarte y lo guiará por caminos que conducen; uno a la pereza, el otro a la enajenación", le dice el viejo Maure en algunas de las divagaciones en las que se pierden mientras el barco se mueve y a la deriva van sus pensamientos. Pensar y divagar es el deporte preferido de los hombres que mitigan la espera. Quiroga y los otros están sumidos en un vaivén, en un movimiento perpetuo que los sostiene y los justifica. Sobre la proa o la popa, sentados en el salón comedor o descansando el cuerpo en algún camarote, se imaginan un mundo que los tiene como protagonistas. Dueños de sus destinos y herederos de una suerte que no los esquiva. Ellos saben que navegan a la deriva sin embargo el azar es su dios cotidiano.
Hay un estilo particular en la escritura de Alejandro García Schnetzer que no se puede dejar de destacar. Es lo primero que como lector tuve en cuenta y lo que me sigue llamando mucho la atención. Una trama sencilla pero con descripciones precisas de los escenarios, pero haciendo un fuerte hincapié en la psiquis de los personajes, que con la publicación de "Quiroga" el autor termina de pulir.

lunes, marzo 07, 2016

Contra la literatura ergonómica

Sobre Quiroga, de Alejandro García Schnetzer para Bazar Americano. Por Ulises Cremonte


En Quiroga -al igual que en Requena y que en Andrade, sus anteriores novelas- Alejandro García Schnetzer elige desplegar un narrador cuya retórica está poblada de anacronismos. Recuerdo que, después de leer Andrade, me pregunté: ¿García Schnetzer es o se hace? Como en ese momento no tenía la urgencia de encontrar ninguna respuesta, la cuestión quedó ahí. Pero ante la (saludable) tarea de hacer una reseña sobre Quiroga develar ese interrogante ganó nuevamente el centro de la escena. El atajo para llegar al Santo Grial, siempre es Google: debajo del nombre me aparecieron varias entradas, algunas de ellas con entrevistas al autor. La tarea se volvió todavía más sencilla porque Entropía en su blog se ha encargado de compilar todas las notas. En la mayoría aparece un denominador común y explicaciones similares que pueden sintetizarse en este fragmento:
“En Andrade perdura su interés por cierto tiempo de Buenos Aires, por el habla de una época que se percibe en palabras o frases como “espichó”, “me tenés patilludo”, “no manyaba” y “campeó la mishiadura” por mencionar algunas en ese inventario en el que recrea un lenguaje, una manera de hablar que son como “sombras errantes”. ¿De dónde viene este interés, que también estaba en Requena, esa especie de nostalgia por los tiempos idos de la lengua?
Listadas así parecen el vocabulario del hampa (risas). Pero esas palabras las siento cercanas, están en los libros que leo, en la música que conozco, en la charla con algunos amigos, personas de cierta edad y buen decir. Y no sólo esas voces, oraciones enteras, diría; expresiones que son justas y que no tienen reemplazo.”
(Entrevista realizada por Silvia Friera para Página 12, 5 de marzo del 2012)
Entonces a la pregunta: ¿es o se hace?, la respuesta parecería ser “es”. Pienso, pensaba cuando volví a Quiroga, cuando leí las entrevistas, que finalmente la pregunta que me había hecho, si bien era válida, también podía resultar un poco insustancial. Y sin embargo es lo primero que aparece después de leer cualquiera de las tres novelas de García Schnetzer. Abordar su literatura implica una suspensión: dejar de lado la contemporaneidad lectora. Cuando esto pasa, cuando un libro no es la continuidad transparente de un tiempo y espacio que juegan a coincidir (eso que se llama registro “realista”) la literatura cobra la dimensión de un artefacto. Ante la imposibilidad de ser fiel reflejo del mundo, diversos autores, con estilos muy distintos han elegido mostrar esa imposibilidad fabricando un objeto autosuficiente. Ejemplos sobran: desde la impostura conjetural de los cuentos de Jorge Luis Borges, pasando por las voces en frecuencia ready made de Manuel Puig o las falsas fábulas de César Aira. Así, Quiroga se inscribe en esa tradición que pone más el acento en el artificio de la voz narradora que en lo narrado. Un juego arriesgado porque el relato se encuentra con palabras que parecen cortar la fluidez del texto. Dice Alejandro García Schnetzer en un momento destacado del relato: “El recuerdo para Quiroga vuelve entonces como lo hace una molestia física, que imprime su carácter y condición”. Algo de eso le pasa al lector: la historia avanza hasta que una frase o una palabra aparece como una molestia física que imprime su carácter y condición. Pero, virtud de García Schnetzer, sus libros no tienen más de 90 páginas, como si supiera que exponer a alguien mucho tiempo en ese viaje en el tiempo puede traer efectos colaterales.
No quiero ser injusto con Quiroga, porque la novela no es, pese a la insistencia de García Schnetzer, sólo una voz narrativa anacrónica. Hay más. Primero grandes personajes, quiero decir, Quiroga, el personaje, tiene una docilidad oscura que lo vuelve atractivo. La historia que transcurre mayoritariamente en las cubiertas de los abuelos del Buquebus, no se priva de incluir un tono de comicidad:
Quiroga se retira a fumar el parpadeo de las luces que a lo lejos. El aire le da en la cara, lo despeja (…)
De medio lado en un banco, piensa si debería retomar o no la escritura del ensayo Contribución a las Odas de don Leopoldo Lugones, cuando un sonoro golpe lo sacude y en el seco aturdimiento percibe un grito que ordena:
-Le diste con la guanaca al señor, andá a disculparte.
De seguido ve delante suyo un zangolotino, un muchacho desgarbado, con pantalones cortos (…) Quiroga tiene la pelota bajo el brazo y examina al muchacho cual tarasca (…) Le da la pelota al chico y le previene:
-La próxima te la mando a Martín García.
El chiste, pueril, a la usanza del humor de los 40 o los 50, encuentra su potencia, justamente en la solemnidad del andamiaje de las frases. El narrador hace que Quiroga reciba el pelotazo en el preciso instante en que está pensando en volver a la escritura de un ensayo que bien podría haber pretendido escribir algún personaje de Borges. Justamente la solemnidad recibe un pelotazo, pero paradojas narrativas, la presentación de la escena se realiza bajo el mandato de un lenguaje aparatoso. Y es por eso o así, como el relato genera una especie de magnetismo hipnótico, entrar en Quiroga implica ingresar a un mundo (y por lo tanto abandonar otro). Un viaje, como en el que transcurre la novela.
A fuerza de buscar alguna metáfora que sintetice las producciones de  Alejandro García Schnetzer, podría decir que su obra se parece a una silla reciclada, pongámosle Art Decó, cuya utilidad es más decorativa que práctica. Quiroga no es de lectura ergonómica sino de colección: allí parece radicar su valor.
(Actualización marzo-abril 2016 / Bazar Americano)

lunes, febrero 29, 2016

Cuando la suerte que es grela

Horacio Mohando comenta Quiroga, de Alejandro García Schnetzer, para Revista Invisibles

 
 
Novela anclada en la lengua y los modos de su época, Quiroga viene a completar una trilogía involuntaria que hace del estilo –anacrónico, elegante, fatalmente rioplatense- el caballito de batalla del autor, marca registrada de toda su obra que comenzara en el lejano 2008 con su primer libro y su primer caso de toponimia, Requena.
Quiroga escribe. Compone, dirá, “obras de pensamiento”. Esa es su condena. Se queda sin trabajo por eso. Y por usar el tiempo en escribirle cartas a la mujer que lo dejó. Su superior, como argumento, explicándole el lugar que ocupa en el mundo, dicta la sentencia y lo define, sin vueltas y en su propia cara, como un sinvergüenza. Tal vez por eso, asumiendo su condición de desclasado, sin demasiada reflexión previa, apurado por una necesidad real y apremiante, acepta convertirse en contrabandista. Ilegalidad de poca monta, de bagatelas, entre Buenos Aires y Uruguay, yendo y viniendo sobre ese río que un autor definió alguna vez como inmóvil. Esa falta de sobresaltos, esa tranquilidad que apenas se bambolea, es lo que lo lleva a pensar a Quiroga que el espíritu de desgracia que lo rodea, a él y a sus compañeros de travesía, no es una metáfora sino un hecho concreto y desesperante. Por eso Quiroga defenderá sus vicios (la literatura, el amor, sus posibles combinaciones) aunque no sean tan efectivos como método de escape.
Quiroga, el libro, construye su universo a través del lenguaje. Esto que pareciera ser una obviedad es en realidad una decisión estética, una postura, tal vez una declaración de principios pero sin intenciones pedagógicas ni necesidad de establecerse como regla universal. Por el contrario, sumando al análisis la trilogía involuntaria que forma Quiroga junto a Requena y Andrade, ambas publicadas por Editorial Entropía en el 2008 y 2012, lo que parece haber aquí es solo un deseo sencillo, una obsesión profunda y calma a la vez pero siempre pulsante por un determinado período histórico, por una manera de expresarse, por la belleza de las palabras cuando se liberan de la obligación del entendimiento por la simple cotidianeidad. La historia transcurre a fines de los años treinta y el relato parece haber sido escrito en esa época. Error sería suponer que se trata de nostalgia, de rebeldía descontextualizada como la coloquialidad de aquellos tiempos, de poner el pasado como valor solo por ser pasado. Todo lo contrario. El lenguaje, la forma que adquiere, se planta como asumiendo que es la única opción que había para contar esta historia que tiene mucho de tango y de infierno y absolutamente nada de artificio.
La falta de uso y costumbre de algunos términos y expresiones exigirá que el lector además de recurrir al diccionario, recurra también a desprenderse de la desesperación de saberlo todo y volver a confiar en su intuición comprensiva tal como lo hace día a día frente a nuevas expresiones. Mientras se lee Quiroga, además, a veces se sospecha un error, de gramática, semántico. De lo que no cabe duda es que fue deliberado. Una enseñanza más sobre el lenguaje, aplicable, por qué no, al resto del Universo: asumidas las equivocaciones es no solo factible entenderse a través de ellas sino que además es justamente ahí donde se asientan las bases de la gramática del futuro. Porque como dice el mismo Alejandro García Schnetzer, es imposible ser antiguo.  
Resulta difícil de dilucidar si el título y nombre a su vez del personaje principal tiene alusión directa al escritor, usando un término de dudosa justicia geográfica, rioplatense. Otras referencias ligadas directamente a otros escritores argentinos se escapan por estar presentadas con extrema sutileza. Como dato anecdótico, que nada aporta al libro en sí, Alejandro García Schnetzer dice que la historia de Quiroga es un invento sobre la posible vida del empleado que fue echado para que Jorge Luis Borges ocupara su lugar en la Biblioteca Miguel Cané. Esto solo sirve para dar con el año exacto en que transcurre Quiroga: 1937. 
Alejandro García Schnetzer es argentino pero vive, desde hace mucho, en Barcelona. Y acá, es esa distancia que también cruza sobre el agua, lo que hace que su escritura sea tan de acá, tan porteña, tan marcada por ese río de plata turbia que nos une y nos separa de nuestros vecinos confusamente definidos como orientales. Tal como Quiroga, el contrabandista con su exquisito paladar literario (Safo, Luciano de Samosata, entre otros notables) García Schnetzer nos muestra que también somos eso de lo que estamos lejos, también somos lo que apenas reconocemos como historia y que nada nos constituye tanto como todo aquello que escapa, a pesar de nuestros manotazos de ahogado, al entendimiento.
 

lunes, febrero 15, 2016

Envolvente historia Anacrónica

Daniel Gigena comenta Quiroga, de Alejandro García Schnetzer, para IDEAS La Nación



La tercera novela de Alejandro Schnetzer lleva por título, a la manera de los libros anteriores, el apellido de siete letras de su protagonista. Juan Quiroga es un joven bibliotecario y archivista con ansias de convertirse en escritor. Su estilo, de un modernismo no sólo tardío sino también francamente rancio, le impone un modus vivendi de spleen, insatisfacción y vejez prematura. Heredia, su jefe en la biblioteca de Boedo, en apariencia para encaminarlo en la senda de las bellas letras, se deshace de él y lo envía al local donde un jefe de contrabandistas le brindará instrucciones claras y concisas, como si fuera Artigas, piensa el protagonista que en un instante cambia el escritorio por los barcos de cabotaje. Ahora hará viajes de ida y vuelta a Montevideo a bordo del ensordecedor Ciudad de Buenos Aires para traer mercancías de la costa vecina: chocolates, medias de mujer, tabaco. Luego de ser contratado y notificado de que cualquier trapisonda por parte de él será sancionada a los golpes, el joven vate emprende su primer viaje rumbo a Uruguay.
Allí, en ese microcosmos flotante, Quiroga conoce a otros pasajeros, bagayeros como él, y juntos realizan un viaje que parece condensar varios: "Así como se juntan, se disgregan. Van y vienen: de la carencia al vacío y del vacío al olvido. En el fondo, ¿qué distingue un viaje de otro? Las sutiles variaciones de pasaje o de estación no aportan singularidad. En el recuerdo esas horas devienen un amasijo". En el tiempo mítico del viaje por agua, donde se articulan protofrases hechas, refranes populares y secas sentencias - como "las mujeres lo ablandan a uno", "la vida es un fardo que crece con la edad" o "qué son las palabras sin nuestro asombro"-, Maure, Suárez, Fonseca y Dora, la pícara montevideana, lo adoctrinan, lo educan, lo censuran y le ofrecen un espejo del futuro que, si continúa así, como sugiere la chica, lo aguarda.
Schnetzer ambienta otra de sus tramas arcaicas en un escenario al mismo tiempo determinado y difuso, situado en los años treinta del siglo XX en Buenos Aires. Ambas características, en verdad, están marcadas por el lenguaje que los personajes hablan y que el narrador comparte: "Su mirada repasaba el puerto: la aduana, el dique, los silos, oficinas, almacenes. Hora en que los últimos operarios y demás trabajadores terminaban la jornada, marchaban del mostrador, del yugo, del cadenero". Eso no impide que la voz narrativa evite extrapolaciones que revelan una conciencia mayor, provista de un arco temporal más amplio que el de sus criaturas y con una reserva verbal que incluye líneas de Juan Gelman, José Agustín Goytisolo y Alberto Szpunberg en una envolvente historia anacrónica que interroga el presente de la sensibilidad artística.

lunes, enero 25, 2016

Mempo Giardinelli sobre Quiroga, de Alejandro García Schnetzer

Conti, García Schnetzer. Por Mempo Giardinelli para su blog Cosario de Mempo



A propósito del consecuente posteo de estos Lecturarios, quiero ratificar que este ejercicio es apenas una recopilación caprichosa de impresiones, comentarios, anotaciones y signos que suelo borronear en los márgenes de los libros que leo.
            Ningún mérito me cabe, y espero que tampoco reproche alguno. Son sólo apuntes de lecturas recientes, y quienquiera pasa de ellos y eso es todo.
            Lo más interesante para mí es descubrir que esta modesta y entretenida tarea me incita a reflexionar sobre mi oficio. Supongo que es por eso que comparto estas ideas, dudas, impresiones y descubrimientos que casi siempre vienen en malón y yo ordeno caprichosamente. A nadie tienen por qué interesarles, desde ya, pero si ayudan a alguien de algún modo, lo celebro.
* Hoy quiero comentar dos obras o conjuntos de ellas que recomiendo, si me permiten, con fervor juvenil. Y comienzo por "Haroldo Conti. La colección", un merecido homenaje en 6 libros de distribución gratuita estupendamente editados en conmemoración al 90º aniversario del nacimiento de este extraordinario narrador nacido en 1925 en Chacabuco, Provincia de Buenos Aires, y secuestrado y asesinado por la dictadura en mayo de 1976.
            Publicados por el Ministerio de Educación durante la gestión de Alberto Sileoni (o sea, hasta Diciembre de 2015) la relectura de la narrativa contiana es una experiencia impactante. En primer lugar releí la novela "En vida" (de 1971, ahora presentada por Guillermo Saccomano), que sigue siendo tan intensa y tan porteña como cuando salió, y cuya vigencia, como toda la obra de Conti, es impresionante.
            Con presentación de Juan José Becerra, la primera novela de Conti, "Sudeste" (Premio Fabril 1962) muestra al brillante narrador fluvial, el hombre del río y los peces y los barcos, materias que prefiguraban ya entonces los que serían sus mejores cuentos posteriores. Y materias, precisamente, que Selva Almada recupera en la presentación del tercero de los libros de esta colección: "La balada del álamo carolina", para mí uno de los libros más bellos y logrados de Conti, con relatos plenos de lirismo y personajes inolvidables. Y relatos, además, que se repiten en "Cuentos completos", cuarto volumen de esta serie que presenta con su habitual solvencia Guillermo Martínez.
            Completan el conjunto la novela "Alrededor de la jaula" (1966), presentada por Ana María Shúa como libro que "tiene magia. Pero no trucos. Magia de la verdadera, la misteriosa, la que es difícil de explicar". Y la para mí incomparable novela "Mascaró el cazador americano" (que es de 1975), una novela que fue para mí formativa y me influenció poderosamente, y que en esta colección presenta Eduardo Romano.
            No sé si será fácil conseguir estos libros, sobre todo ahora que tanto están cambiando a la Argentina, pero lo que declaro con seguridad es que vale la pena cualquier esfuerzo para tener, leer y releer a este escritor excepcional.
* El otro comentario lo reservo para un autor que a mí me encanta: Alejandro García Schnetzer, un joven narrador argentino que vive en Barcelona desde no sé cuándo pero parece, por su prosa, que nunca se fue de Buenos Aires.
             Desde hace un tiempo lo sigo con creciente interés, y vengo pensando que es uno de los dos más notables escritores de la que podría llamarse nueva camada de narradores argentinos. La otra es Samantha Schweblin, desde luego, y los dos me gustan por sutiles y originales. Curiosamente además, y también diría que lamentablemente, ambos residen en Europa: en Berlín Samantha y Alejandro en Barcelona.
            En este posteo me detengo en "Quiroga", que es la nueva, tercera y más reciente novela de García Schnetzer, cuyo mundo narrativo parecería que nunca salió de Buenos Aires, y a quien ya mencioné en el primer Lecturario, el que inauguró esta serie luego de una inundación. Escribí entonces:
            "Requena" y "Andrade", dos nouvelles maravillosas de quien es para mí uno de los más originales escritores jóvenes de nuestro país: Alejandro García Schnetzer. Publicadas por Entropía, no se las pierdan".
            La primera es de 2008 y la segunda de 2012, y aparte de sus títulos de siete letras (evidente homenaje a Juan Filloy) su segunda particularidad es que siempre sus títulos son apellidos.
            Ahora en "Quiroga" AGS profundiza su línea de continuidad narrativa, en lo que constituye un verdadero proyecto literario, algo que, en mi opinión, no es frecuente en nuestra literatura. Y menos hacerlo con virtuosismo, siempre inesperado y con hallazgos casi en cada página.
            En esta nouvelle (todas son novelas breves, de un centenar de abigarradas páginas) hay un tour de force muy interesante alrededor de varios temas vigorosa y convencidamente rioplatenses: el mundo de los burros, la timba, el contrabando, los diálogos lunfardos, el tango y el río de la Plata como escenario eterno e incuestionable. Con una prosa seca y ardua pero sobre todo poética y cautivante, este escritor nacido en 1974 vuelve a sorprender con ésta su tercera novela, que es breve, intensísima y desafiante como las anteriores.
            "Quiroga" es la historia de un viaje en barco, lo que hace décadas se llamaba "el vapor de la carrera" que unía Buenos Aires con Montevideo y en el que convivían durante toda una noche inmigrantes, trabajadores, empresarios, fulleros, contrabandistas, malandrines y buscas de toda calaña. En este texto, de prosa compacta y compleja, pletórica de intertextos tangueros, el personaje que da nombre a la novela es un joven intermediario que interactúa con sujetos delineados breve, impecablemente, y entre los que sobresale un inefable veterano, Maure, que combina humor, literatura, sabiduría, astucia y picardía, y que de alguna manera guía al joven todavía inexperto en los cruces rioplatenses.
            Pero lo que más me gustó no fue estrictamente el argumento, el plot, digamos, sino la prosa atrevida y el modo como se cuenta esta historia de ambas orillas. Es decir, estilo puro. Críptico por momentos, sí, pero capaz de teñir estéticamente al texto de sutil poética tanguera y a la vez jugando con la poesía clásica universal e incluso la contemporánea. Lo que garantiza una lectura encantadora, llena de hallazgos, y todo en menos de 90 páginas.

Entrevista a Alejandro García Schnetzer en Télam

“Pienso, quizá por ver si sobrevienen ideas impensadas”
Por Pablo Chacón para Télam.



En Quiroga, el escritor, editor y traductor alejandro garcía schnetzer, radicado desde hace años en barcelona, arma una historia -situada en una atmósfera rioplatense que recuerda ciertos momentos del siglo xix- mientras progresa en sus primeros palotes un polígrafo nómade entreverado en diversos o inéditos modos de vida.
El libro, publicado por la editorial Entropía, está precedido por otras dos novelas breves, Requena y Andrade.
García Schnetzer nació en Buenos Aires en 1974. Conversó con Télam desde su ciudad adoptiva.
T : ¿Cómo jugó, si es que jugó, tu formación como traductor en la construcción de los lenguajes que se hablan en Quiroga?
GSCH : No sé, mejor no saber, qué entra en juego y qué queda fuera, ¿no?... Escribir es un reflejo, como agarrar un vaso. Escribo como me sale, trato de apuntar ciertas escenas y acomodar los tantos; y pienso, pienso, quizá por ver si sobrevienen ideas impensadas, que me saquen del pantano del pensamiento y me lleven a algún lado. El lenguaje es un instrumento.
T : ¿Alguna relación, parentesco espiritual o algo así, entre Quiroga y Horacio Quiroga? Lo pregunto por esa época, algo nebulosa, pero inequívocamente rioplatense.
GSCH : Algo así, exactamente. Quiroga es una aventura modesta que transcurre en el Plata y sus orillas, como el sino del salteño, y en el año 37, el de su muerte; es todo cuanto podría decir en materia de asonancias; el sentido que comprendan esas y otras afecciones son provincia del lector.
T : Quiroga, ¿funciona como un trío junto a Andrade y Requena? Si así fuera, ¿de qué se trataría, y cómo seguiría?
GSCH : Siquiera sé si funciona. Ni sé de qué podría tratar la juntura de mis libros.  Sobre seguir o cesar, no depende eso de mi voluntad, sino de que persistan o no ciertas obsesiones.
T : ¿Cuántas veces cruzaste vos, AGSCH, a Montevideo, o a Colonia, para situar con tanta precisión el aire que suele respirarse en esos botes medio gigantescos?
GSCH : Muchas veces, casi siempre por trabajo. Pero quien ha hecho un viaje por el Río de la Plata, creo yo, los ha hecho todos. Río de las congojas. El de los muertos. Más sentidas para mí fueron las veces que literariamente crucé al Uruguay, por Wimpi, por Morosoli, por Felisberto, por Isidoro de María, por Enrique Estrázulas y Onetti, por Idea y por Marosa, por músicos y letristas.
T : En Barcelona, donde vivís, o en Buenos Aires, ¿frecuentás tertulias de escritores? ¿De quiénes, entre los argentinos, te sentís cercano?
GSCH : No, no frecuento tertulias literarias. Não gosto de samba, não vou a Ipanema. Suelo verme con amigos, gente con preocupaciones... velamos lo que nos queda. Entre los argentinos de aquí y allá guardo trato con gente mayor, entrada en años, con una subjetividad formada antes de la era digital; cambiamos perplejidades sobre el pasado del mundo y su rodar descendente.
T : Tres libros que nunca dejarás de leer.
GSCH : De tribus impostoribus en la versión de Erasmo de Rotterdam, Mad Tryst de Launcelot Canning, y la Correspondencia entre Jeffrey Aspern y Juliana Bordereau.

martes, diciembre 22, 2015

Los ecos de las ficciones que marcaron un año intenso

Silvina Friera incluye Las esferas invisibles (Diego Muzzio) y Quiroga (Alejandro García Schnetzer) entre las novelas que marcaron el 2015.
La nota completa, se puede leer acá





Miradas perplejas
El terror que suscita un horizonte fúnebre es el inquietante tejido que despliega Las esferas invisibles (Entropía), de Diego Muzzio, tres nouvelles o cuentos largos –ambientados durante el brote de fiebre amarilla que diezmó a la población porteña en 1871–, que se desplazan por el andarivel de la literatura gótica rioplatense. 

La vida en los márgenes
El bibliotecario Juan Quiroga deviene contrabandista de un mafioso vinculado con la Liga Patriótica, sin dejar de experimentar la bohemia libresca. A fines de diciembre de 1937, en un viaje de Buenos Aires a Montevideo, el atribulado muchacho se siente acorralado. “Mi enfermedad es el tedio irredimible de todo lo real; aborrezco la monotonía de la vida; soy un hombre fatigado, concluido”, se queja el personaje, como si estuviera caminando por la cuerda floja de un final anunciado. En Quiroga (Entropía), otra belleza de Alejandro García Schnetzer, la travesía de cruzar el Aqueronte rioplatense se despliega como una eterna condena fluvial.

viernes, diciembre 04, 2015

Quiroga, de Alejandro García Schnetzer

Por Pablo Debussy para Perfil Cultura 

 
 
Las tres novelas de Alejandro García Schnetzer (1974) están tituladas con apellidos: así ocurría en Requena (2008) y en Andrade (2012) y Quiroga no es la excepción. En esta última resuenan, lejanos, los ecos históricos de Facundo Quiroga, el caudillo riojano a la vez admirado y vilipendiado por Domingo Faustino Sarmiento, y los ecos literarios de Horacio Quiroga. Ese linaje en el que convergen la acción y la palabra está en Juan Quiroga, el protagonista de la novela de García Schnetzer, un hombre joven de letras, bibliotecario, voraz lector y aspirante a escritor (incluso en horas de trabajo), a quien su superior despacha elegantemente por sinvergüenza, luego de descubrir su manifiesta improductividad.
Le reconoce, eso sí, “el problema de la escritura y su conciliación con el trabajo y la vida”, y le pasa un contacto mediante el cual el muchacho terminará como contrabandista de un mafioso vinculado con la Liga Patriótica. Del sedentarismo de la biblioteca, de la confección de fichas de lectura a los paseos por la cubierta del Ciudad de Buenos Aires y del Ciudad de Montevideo, las embarcaciones que funcionan como testigos mudos de sus actos clandestinos.
De la literatura a la acción: uno de los integrantes de la pequeña banda que componen sus compañeros de viaje Suárez, Fonseca y Maure (“todos bagayeros, gente común que un día se vio empujada al contrabando”) le quita el libro de poemas que está leyendo y lo tira por la borda.
Quiroga es una novela atípica, que elabora una lengua literaria arcaizante y coloquial, siempre con una melodía propia e irrepetible. Hay en ella una artificialidad trabajada que parece funcionar, que (re)crea un pasado con tanto de humor como de sutil melancolía.

viernes, octubre 23, 2015

Alejandro García Schnetzer habla de Quiroga

“En mi caso, la escritura no es sólo sentarse a escribir”



Aunque vive en Barcelona, el mundo literario del escritor es ciento por ciento rioplatense. En esta novela, un joven bibliotecario deviene contrabandista de un mafioso vinculado con la Liga Patriótica, sin dejar de experimentar la bohemia libresca.

 Por Silvina Friera para Página 12

“La vida es un fardo que crece con la edad”. El bibliotecario Juan Quiroga –25 años, contextura de junco, peinado a un lado– deviene contrabandista de un mafioso vinculado con la Liga Patriótica, sin dejar de experimentar la bohemia libresca. La escritura –cree– es su auténtica vocación; anda con su libreta y las historias inacabadas “que el tiempo y la desidia malograron”. A fines de diciembre del 37, en un viaje de Buenos Aires a Montevideo, el atribulado muchacho se siente acorralado. “Mi enfermedad es el tedio irredimible de todo lo real; aborrezco la monotonía de la vida; soy un hombre fatigado, concluido”, se queja el personaje, como si estuviera caminando por la cuerda floja de un final anunciado. En este periplo desdichado, está bien acompañado por un puñado de viejos como Maure, Suárez y Fonseca. En Quiroga (Entropía), otra belleza de Alejandro García Schnetzer –la tercera de una saga de novelas tituladas con apellidos de siete letras (Requena y Andrade)–, la travesía de cruzar el Aqueronte rioplatense se despliega como una eterna condena fluvial. “El agua es una sola, como la espera en el tiempo”, se podría afirmar.

Aunque vive en Barcelona desde 2001, el mundo literario de García Schnetzer es ciento por ciento rioplatense. Quiroga es el primer libro que no pudo leer Juan Gelman. “Cada vez lo extraño más a Juan –confiesa el escritor a Página/12–. Lo quise mucho y él también me quiso. Lo que siempre me abismó fue esa grandeza con la que me trataba como igual cuando yo sólo tenía 70 páginas escritas. Juan tenía una generosidad difícil de encontrar. Cómo lloré cuando murió... Se despidió de mí y sabía que se despedía. Hablé con él quince días antes del final. Juan sabía que se moría y no quería morir. En Quiroga también hablo con él. En el final de la novela, Juan está en esa “cólera buey y humana cólera...”. La novela transcurre en 1937, año en que Borges empezó a trabajar en la biblioteca Miguel Cané. “Me puse a pensar qué habría sido de la vida de ese muchacho al que echaron para que Borges pudiera entrar. Esta es una anécdota irreal, pero posible. Ese muchacho es Juan Quiroga, pero eso no sucedió; es como el poema de Borges ‘El Golem’: ‘el gato no está en Scholem pero, a través del tiempo, lo adivino’ –parafrasea–. Si el tema de Andrade, la novela anterior, era la muerte, que estaba aludida de manera directa o indirecta en cada párrafo, en esta novela creo que es la vejez. Quiroga es un muchacho rodeado de gente mayor que trabaja como contrabandista. La historia sucede en un viaje en el vapor de la Carrera desde la Atenas del Plata a la Nueva Troya. Esos dos elementos a su vez me cifraban la posibilidad de explorar algún mito helénico, apoyado también por un comentario de Ana Basualdo, que es el acápite del libro: ‘la verdadera agua sagrada del mito es la dulce, la de río’.”

–¿Por qué el interés por la vejez?
–El tiempo es una de mis preocupaciones. Mis amigos de Barcelona son todos veteranos, gente que tiene de 70 años para arriba. Si hago un censo, soy como el más joven de ese grupo. Y tienen maneras de hablar, de decir, de pensar, de construir sus frases, que son un museo de la lengua, porque quedaron como mosquito en la resina; expresiones que ya no circulan, que son caminos clausurados. A veces me siento escribiendo como arreando olvidos, pero para mí resuenan mucho allá, sobre todo por el contexto lingüístico.
–Hay un par de expresiones en ese “museo de la lengua” que aparecen en Quiroga: “si algún chorlito lo tenacea”, “lo zurce de mal modo”, “que peludo me suelta”, “mal de la azotea”...
–¿Ya no se dicen acá?

–No, aunque quizá las personas mayores de 70 años sí...
–Yo se lo oigo decir a Alberto Szpunberg, se lo oía decir a Juan Gelman, a Mara, a Ana Basualdo, a Antonio Seguí... María Negroni me invitó a una charla en la maestría de escritura de la Untref y les leí a los estudiantes El che amor de Alberto Szpunberg. Cuando llegué a los versos finales, me quebré y se me piantaron unos lagrimones. Hay un comentario que cita Adolfo Bioy Casares de un libro de aforismos, sobre un alto mando del almirantazgo británico que había dicho: “nunca leo poesía, podría ablandarme” (risas).
La entrevista completa, acá

miércoles, octubre 14, 2015

El mito del río

Alejandro García Schnetzer habla de su nueva novela, Quiroga: “No sabría escribir con el habla del presente, aunque, por otra parte, es imposible ser antiguo”, dice.

Por Patricio Zunini para el Blog de Eterna Cadencia
 
 Algunos datos permiten suponer que la novela transcurre a fines de la década del ‘30. En esta entrevista Alejandro García Schnetzer va a precisar el año: 1937. Ese fue el año en el que Borges comenzó a trabajar en la biblioteca de Almagro; también fue el año que se suicidó Horacio Quiroga. Y la novela tiene justamente ese apellido por título: Quiroga llega después de Requena y Andrade —todos de siete letras, como los libros de Juan Filloy. El Quiroga de García Schnetzer es un empleado de una biblioteca que se queda sin trabajo y empieza a contrabandear para un mafioso que lo manda a Montevideo. Con un tono épico en sordina, rebajado por lo cotidiano de una travesía que sabía ser extraordinaria, el tiempo de la novela sucede en uno de aquellos viajes entre “la Nueva Troya y la Atenas del Plata”. 

—¿Cómo es el arco que se da entre Requena, Andrade y Quiroga?
—Requena era un maestro oral. En ese libro estaba la presencia de Juan de Mairena, a quien debo la rima de Requena, pero también Pessoa, de alguna manera Sócrates, ciertas anécdotas de Macedonio y de Gombrowicz. Requena era un santón de barrio, en este caso de Palermo, en relación con un grupo de jóvenes que lo apreciaban. Me interesaba explorar un registro de lo oral, que va sobre todo del año 29 al 32. La novela siguiente, Andrade, tiene un tono semejante, quizá, pero otras preocupaciones. En Andrade todos los párrafos aluden a la muerte, que es distancia. Con Quiroga partí de una suposición, una suerte de excusa. En el año 37 Borges entra a trabajar en la biblioteca de Almagro, por obra y gracia de Francisco Luis Bernárdez, que le consigue un puesto. Francisco Luis Bernárdez era hermano de Aurora, la primera mujer de Cortázar. Y me pregunté, aquí la suposición, qué habrá sido de la vida del muchacho al que tal vez echaron para que Borges entrara. Quiroga tiene una estructura fragmentaria, pero es un poco más orgánica que las novelas anteriores. 
—Menos “apostillas”, como era el género de Requena.

—La nomenclatura es algo arbitrario, yo considero novelas a las tres. La industria utiliza ciertas categorías para determinar qué son las cosas, pero sus límites son muy sinuosos. En Quiroga me interesaba tratar, ya no la muerte como en Andrade, sino la vejez. Eso también se inscribe en una preocupación sobre el tiempo y en explorar ciertos caminos clausurados de la lengua, formas de decir y de expresarse que ya no circulan. Pero que sí circulan entre mis amigos y mis lecturas. Los amigos que tengo en Barcelona son gente mayor, con maneras de decir, de construir las frases, de razonar, diría, que me remiten a un pasado que también encuentro en los libros que leo. Con esa materia dudosa fui dando forma a la novela. 
—El lenguaje escrito es una construcción: en el regreso al tono de la década del 30 o 40, ¿hay una voluntad de poner en primer plano esa construcción? 

—Yo no lo tomo como un artificio. Para mí es natural expresarme así con los amigos. Por ejemplo mi amigo América Sánchez vive en Barcelona desde el año 64: el otro día estábamos hablando y dejó caer la frase: “Se estroló”. Quizá aquí no signifique mucho, pero para mí sí, porque es una forma de nombrar que resalta en el contexto lingüístico donde vivo.
—¿Eso es porque se cristaliza el idioma cuando sale del país? 
—Porque no circula. Resuena de otra manera; el oído se sensibiliza, o se atrofia, es igual, con las entonaciones. Hace 15 años que me fui y tengo un trato con amigos que tienen 60 años para arriba, y cuando nos reunimos a hablar lo hacemos de una manera que yo no usaría con los castellanohablantes de Cataluña ni con mis amigos catalanes. Pero esa lengua está en mis lecturas y en la música que escucho. Es un trato ya incorporado. Me siento, de algún modo, arreando olvidos. No sabría escribir con el habla del presente, aunque, por otra parte, es imposible ser antiguo y uno siempre escribe parado en el año dos mil y pico. Me cuesta explicar lo que hago porque una cosa es el escritor y otra el autor: el psiquismo del tipo que escribe es diferente del que habla sobre su obra. Yo creo que si el primero pudiera dar alcance al segundo, lo acogotaría.
—Llevás 15 años afuera, pero tus novelas siguen localizadas en la Argentina.
—En el Plata, sí. Y lo primero que vi de la novela fue un viaje en el Vapor de la Carrera, de Buenos Aires a Montevideo. De pronto pensé en la Nueva Troya y en la Atenas del Plata, con esos elementos me di cuenta de que podía haber una historia que a lo mejor conseguía dialogar con el pasado helénico. Por eso el acápite de Ana Basualdo, que dice: «La verdadera agua sagrada del mito es la dulce, la de río». Me interesaba cruzar ambas cosas: las dos ciudades y el mito fluvial.
—¿Hay una influencia de Onetti?
—Onetti es superior, de esos autores que suelo leer poco por la influencia que podrían ejercer en mí. No soy un cultor de la obra de Onetti; pero me parece brillante, un escritor envenenado —porque Onetti está cabreado y sigue estando cabreado cada vez que uno lo abre. Al mismo tiempo, su manera escribir es perfecta, las palabras son las que son y las que deben ser aún mucho tiempo después. Como si las hubiera escrito en bronce. Es una influencia poderosa. Lo quiero demasiado, por eso lo visito poco.
—¿Y está Arlt en tu forma de concebir el mundo de Quiroga?
—Al igual que Onetti, hace mucho que no releo a Arlt. Sin duda debió marcarme en su día. Sucede que cuando uno se refiere a los años 30 en Buenos Aires, la figura de Arlt cae como una maceta del quinto piso. No es que estuve leyendo a Arlt para medir el tono: simplemente está. Su tono es parte de ese tiempo. Lo que me preocupa de los personajes son las maneras del hablar, porque en esa maneras ya están prefigurados sus actos.
—Hay muchas citas literarias que se cuelan en la novela. Pienso, por ejemplo, en “el río inmóvil”.
—Hay contraseñas. Aunque no sé si son necesarias para apreciar la obra. Hay citas que están porque son, a mi entender, la manera más justa de expresar el decir. El asunto es que también eso es transitorio. Si releyera este libro en el tiempo, probablemente lo seguiría corrigiendo.
—Quiroga, el protagonista, es un letraherido que todo lo tamiza por la literatura y los mitos griegos, pero el resto de los personajes son refractarios.
—Bueno… qué es la literatura, ¿no? Es otra construcción que depende del tiempo y de cada lector, frente a una realidad donde están los mandarines, tan diligentes al momento de indicar qué es y no es literatura. Pienso que los personajes que circundan a Quiroga no ignoran esto, por eso nos llevamos bien. En la novela también hay, muy lateralmente, una reflexión sobre la industria. La industria del libro es extraña, se puede producir y funcionar, sin que se lea. No hay una correspondencia entre lo producido y lo leído; en todo caso hay una relación entre lo producido y lo adquirido.
—Hablemos de poesía, que atraviesa tus novelas de una forma que hace que se lean con ese tono.
—He leído bastante poesía. He tenido el gusto de publicar a varios poetas en ediciones ilustradas. Con Alberto Szpunberg preparé su poesía reunida, que publicó Entropía. La poesía es otro de los géneros que frecuento y que al escribir de alguna manera está presente, pero como intención nada más, como escarceo.
—Quiroga tiene una deriva hacia lo poético. En el final, cuando la historia se rompe, se rompe con una poesía.
—Para qué negarlo. Pero lo poético, gravita igual que el comentario o el relato breve, la sentencia, el aforismo. Una mixtura de registros difusos en el mejor de los casos. En un punto, yo escribí Quiroga pero no soy el mejor lector de ese libro. Lo que pude haber escrito es una cosa y lo que se interprete es otra.
—¿Pero tenés conciencia sobre la obra? 
—Me llevo mal también con eso, por lo que decía antes: una cosa es el psiquismo del escritor y otra el del autor. El traje de autor me queda suelto, no me reconozco ahí, lo llevo mal. La experiencia de Quiroga culminó cuando terminé. Ni siquiera se extendió cuando me puse a corregir. Lo que vino después, la edición, la entrevista, la presentación, es algo que sobrellevo, pero no me avengo bien. Es parte del vestuario de autor.
—Es una pregunta que vengo haciéndome desde hace un tiempo: por qué un escritor tiene que tener entrevistas, por qué no alcanza con lo que dice el libro sobre sí.
—Esa publicidad la impone la materialidad, la lógica de la circulación y de la difusión; a veces el ego. El texto, para ser leído, tiene que encarnarse en una materialidad y esa materialidad exige que esto se llame novela, que su cubierta sea tal, que haya un texto de contratapa… Yo lidio con eso en mi trabajo profesional como editor. No es que reniegue ahora, pero cuando tengo que pasar al otro lado, me cuesta mucho.
—Requena, Andrade, Quiroga finalmente conforman una trilogía. No sé si era un proyecto que nació así o si fue, a lo Levrero, una trilogía involuntaria. ¿Qué identidad se produce entre ellos?
—Los reconozco como tres experiencias. Son experiencias que no puedo provocar. No concibo escribir imponiéndome la voluntad de escribir. De alguna manera, la neurosis sobreviene, se ordena y transcurre. Es una trilogía porque son tres obras, sí, pero hace un par de días me pareció encontrar el nombre del próximo título. Creo que se podría llamar Estrada y todo lo que tengo es una frase: “Estrada lo vio venir y le aguantó la mirada”. No sé qué sucederá después, a dónde me llevará la oración, pero estas presunciones a veces se van ordenando…
—¿Es la frase inicial?
—Quién sabe.
—¿La frase inicial de Quiroga, que entre paréntesis es exquisita, es la que dio origen al libro?
—No, había empezado por la segunda parte: Quiroga en el Vapor de la Carrera. Lo que sucede es que después, cuando debí ordenar los fragmentos, eché en falta el pasado de Quiroga y la primera parte la reescribí. No hay una relación temporal entre la escritura y el comienzo de una obra. Al menos en mi caso.
—Los personajes de la novela tienen mucha comicidad. Vos hablás del mundo helénico: Quiroga bien podría ser una tragedia griega, pero está lleno de comicidad.
—Como la comedia griega. Quizás es una constante, como el amor perdido, perfecto igual que todo lo que pudo haber sido. Pero no pasa de una intención, no quiere decir que lo cómico suceda gracias a que uno lo dispuso. Es legítimo que alguien lea algo cómico y se aburra, o lea algo trágico y se ría. “Tanto dolor que hace reír”, dijo Discépolo. Para los lectores, lo escrito puede ser un territorio de la soberanía.