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lunes, agosto 22, 2016

Los vagabundeos de Sergio Chejfec

Entrevista a Sergio Chejfec por Patricio Tapia para LaTercera (Chile)


En uno de los relatos de Modo linterna, de Sergio Chejfec (1956), el protagonista, un “novelista documental”, quiere sacar cierta fotografía para acreditar su presencia en un congreso de escritores; él mismo se extraña de su afán porque nunca se propuso escribir la verdad y siempre despreció las novelas basadas en hechos reales. Sin embargo, dice, desde hace un tiempo, “no sé si la realidad a secas, en todo caso el documento acerca de los hechos verdaderos, es lo único que me salva de una cierta sensación de disolución”.

En otros relatos, como en otros de sus libros -La experiencia dramática o Mis dos mundos-, muchas veces el narrador parece ser el propio autor, trastocando las convenciones del relato autobiográfico. Allí coexisten la digresión y el soliloquio, el viaje y el vagabundeo; puede contar una visita a Caracas (ciudad en la que vivió) o un paseo a un suburbio de Nueva York (donde vive hace una década); puede referir el caso de un vecino invisible o la visita a un cementerio.

Su libro más reciente, Últimas noticias de la escritura, podría ser crónica personal o ensayo. Partiendo de la historia de una libreta, reflexiona sobre su experiencia con diferentes soportes de lo escrito, las anotaciones en los libros y una serie de personajes extravagantes con no menos extrañas técnicas de apropiación: desde alguien que pretende la fabricación de sus originales hasta un artista que pasa a máquina obras clásicas, pero sin cambiar de hoja (resultando un papel ilegible); desde un transcriptor de miles de páginas de libros hasta un artista que copia manualmente prensa o documentos impresos del siglo XX.

Un “novelista documental”. ¿Le da importancia a la distinción entre ficción y no ficción?
Creo que para un novelista documental esa distinción es bastante relativa. Sobre todo porque piensa que cierto uso de los documentos puede desdibujarla. Quiero decir, esa una distinción relativa, o sea, también movediza. El novelista documental cree en la existencia de esa distinción, pero le da un significado relativo. 

¿Visitó alguna vez la tumba de Juan José Saer en París?
Sí, una vez. La visité con dos amigos. Los tres estábamos de paso en esa ciudad. Antes del encuentro yo tenía la secreta esperanza de que me acompañaran. Considero que es bueno ir solo a los cementerios si uno carece allí de deudos. Puede ser una experiencias fascinante.

¿Hay seres invisibles?
Entiendo que sí. Sería arrogante decir que he visto seres invisibles. Pero eso no desmiente la experiencia.

¿De qué modo la “materialidad” de lo escrito influye, si lo hace, en su sentido?
No sé si influye en su sentido. Creo que influye en su presencia. La idea de sentido es amplia y profunda. La materialidad de lo escrito tiene un efecto, digamos, climático; puede llegar a ajustarse a cierto tono, o no. Me ha pasado, notar leves diferencias entre una frase escrita sobre la pantalla, comparada con la misma frase, sobre papel.

¿Le da valor a los manuscritos suyos o de otros?
Tienen para mí un valor extrañamente sacramental. No los míos sino los de otros. Impresiona la inmediatez de lo escrito; la marca manual que, como tal, estuvo sometida a una lluvia de casualidades y efectos momentáneos. Y que por un extraño designio quedó fijada de un determinado modo. Pero esa quietud no proviene del manuscrito, sino de la violencia que se ejerce sobre él, precisamente para fijarlo. Entonces esa paradoja me parece increíble. Aquello que rescata al manuscrito, lo destruye, digamos.  

¿Es algo extraño escribir?
No creo. Es tan extraño como varias otras cosas. Como ellas, posee su propia extrañeza. En ese sentido sí lo es.

jueves, mayo 19, 2016

Últimas noticias de la escritura, de Sergio Chejfec

Por Leonardo Sabbatella para Revista Vísperas

 
 
Se sabe que Sergio Chejfec es de los que cuando escribe prefiere (y provoca) atajos, pasadizos que conectan pensamientos y hechos aislados, lejanos. Aunque paradójicamente no se trata de atajos que acorten las distancias sino que, por el contrario, su escritura se bifurca en una serie de desvíos inciertos y morosos, de una lentitud magnética, que amplifica las asociaciones; una literatura que procede por contigüidades y ecos. En su último libro, Chejfec vacila, casi como si se tratara de una meditación teórica, sobre las relaciones de la literatura con sus instrumentos de registro, con las formas de lectura de un texto y sobrevuela las fronteras entre el carácter verbal y plástico de la letra, ya sea manual o tipográfica.
¿De qué índole son las noticias que trae Chejfec? Desfasadas, inactuales, tardías, imprescindibles. Apuntes y hallazgos (notas antes que noticias) que llegan a destiempo o son ubicadas en otra secuencia temporal para que lo sean. Como si del hecho de asociar dos ideas o imágenes, sin importar de cuándo daten, surgiera una noticia sobre la escritura (algo de lo que Godard ya se había dado cuenta y que también retoma Didi-Huberman). Chejfec excava en recuerdos personales para ponerlos en relación con libros y obras plásticas. Trae, por ejemplo, las transcripciones de Franz Kafka que hacía años atrás y las contrasta con los artistas que trabajan sobre modos de copiados, impresiones superpuestas o imitaciones de caligrafías. Sobre la transcripción Chejfec pareciera decirnos, al menos, dos cosas: que es una forma de darle a la escritura cierto carácter interpretativo –como  si un pianista repasara la partitura de otro– pero también que la simulación es parte del acto de escribir, ser escritor también es simular serlo.
Una de las preguntas nodales del ensayo de Chejfec es sobre cómo los distintos dispositivos afectan a la escritura. Ya Nietzsche decía que el paso a la máquina de escribir había acortado sus frases y las había hecho más directas. Pareciera haber ciertas parábolas que solo son posibles a mano, como también podría afirmarse que ciertas frases certeras no hubieran existido sin un ordenador. Aunque Chejfec no está del todo seguro (y ahí radica una de sus virtudes: la incertidumbre, el suspenso) que esto sea así. Una vieja idea de Karl Marx dice que las máquinas no producen valor sino que transfieren el valor que produce un hombre. Quizás pueda encontrarse cierto paralelismo de lo que se plantea en el ensayo: una máquina de escribir, una computadora o una pluma no hacen la escritura sino que transfieren y abren camino a la escritura. Como en la frase de Marx, una máquina sola no produce nada si no hay alguien que la ponga a funcionar. La pregunta, entonces, que atraviesa el libro es menos por los instrumentos que por lo que se hace con ellos, por sus restricciones y habilidades, por sus usos y apropiaciones.
Últimas noticias de la escritura no es el primer acercamiento de Chejfec al ensayo. Pero no solo porque una década atrás publicaba El punto vacilante, una serie de textos críticos que iban desde la exploración de la literatura argentina hasta la pregunta por los libros con imágenes, sino porque la escritura de Chejfec es de carácter ensayístico desde su primer trabajo, la novela Lenta biografía. En toda su obra (más de quince libros donde se destacan Los planteas y Mis dos mundos, para decir solo un par), Chejfec cultiva el pensamiento y la reflexión como una caja de resonancias que produce escenas ficcionales. Procedimiento con el que expande las fronteras entre distintos registros y genera el otro rasgo de estilo de su literatura, cierta atipicidad de géneros que se da por momentos en sus libros. Por eso no podría culparse a un lector que leyera Últimas noticias de la escritura como un movimiento más de su novelística. Tal y como observó Enrique Vila-Matas, «Chejfec es alguien inteligente a quien no le cuadra bien la palabra novelista, porque él más bien crea artefactos, narraciones, libros, pensamiento narrados antes que novelas».
La de Chejfec es una escritura en la que no pareciera que lo más importante sea lo que tiene para decir sino la exploración de ideas, las asociaciones inesperadas, las inflexiones y los rodeos. Quizás porque pertenece al linaje de los escritores caminantes, que van desde Robert Walser hasta Juan José Saer, pasando por Sebald y Peter Handke, sea que Chejfec practica un ejercicio de acercamiento, una serie de aproximaciones posibles a su objeto de estudio; discontinuidades de un caminante que piensa puertas adentro de su cabeza. Se trata de una escritura que no es traccionada por el imperativo de arribar a conclusiones cerradas sino por el mero ensayo y la prueba de prototipos, como si se tratara de una sala de experimentos a escala caligráfica.
La pregunta por la materialidad de una escritura, su forma de registro, de dejarla materialmente o inmaterialmente asentada, pero también sobre cómo y de qué está hecha (cuestión quizás inseparable de la pregunta por los materiales de una poética), llevan a Sergio Chejfec, a lo largo de esta especie de documento privado sobre la escritura, a poner en crisis el uso instrumental del lenguaje, las nociones simplistas sobre la representación y, aunque no de forma asertiva (no podría ser de un modo distinto en él), postula para la literatura otros desplazamientos posibles. 
 

lunes, mayo 16, 2016

Últimas noticias de la escritura, de Sergio Chejfec

Por Josefina Sartora para Le Monde Diplomatique
(publicado en su blog Claroscuros)

 
¿Qué ha sucedido con la escritura, con el acto material de escribir, después de los cambios tecnológicos y la irrupción de la cultura digital? ¿Modifica el medio empleado el acto de la escritura? Uno de los más lúcidos, originales y brillantes escritores argentinos desarrolla una serie de reflexiones absolutamente personales, a veces sorprendentes, sobre este tema que lo inquieta como escritor. Libretas de notas, manuscritos, escritos a máquina o computadora, reciben un análisis conceptual y sugieren ideas sobre la materialidad de la escritura, su plasticidad en las marcas sobre el papel en cada uno de los casos. Las diferencias entre estatutos de original y copia no podían faltar. ¿La escritura digital carece por su inmaterialidad del aura que tiene un manuscrito original?
Las notas de Chejfec circulan entre la narrativa y el ensayo, con su habitual maestría en el manejo verbal. Y no sólo estudia el resultado de la escritura sino también los efectos materiales que produce la lectura: subrayados, notas en los márgenes de los libros intervienen la escritura previa, transformado la obra. La cercanía de la escritura con la pintura no sólo se produce en el papel sino en las prácticas performáticas, que tanto tienen en común con las artes plásticas.  La larga lista de autores y sus marcas va desde Kafka y Borges, el mismo Torres García, hasta artistas conceptuales como Favio Kacero y Tim Youd.

viernes, mayo 06, 2016

“Ser un buen caminante te hace mejor escritor, mejor observador”


Entrevista a Sergio Chejfec. Por Daniela Sánchez Russo para Revista Arcadia (Colombia)
Osado y atípico en su literatura, Sergio Chejfec es un autor que curiosamente no pronunció palabra hasta que cumplió cinco años. Sus primeros recuerdos –afirma– son imágenes mudas: sus hermanos mayores burlándose de él (el niño raro) mientras comían en la mesa; su abuela judía intentando comunicarse a través de gestos con las manos… Escenas silenciosas que terminaron por ser decisivas, pues al parecer fue su silencio el que lo convirtió en un observador de detalles que se reflejan en su escritura y en su narrativa inusual.
Además de su encrucijada para hablar, Chejfec también fue un escritor tardío. La primera vez que intentó escribir un relato tenía 30 años, pero plena consciencia de las temáticas que le interesaba explorar: la identidad como un lugar voluble; el relato que no está obsesionado con la trama, con la idea de un inicio, un desarrollo y un final; y la ciudad como un espacio que se ha venido homogenizando con el pasar de los siglos. Estas temáticas convergen con sus narradores, cohabitan con ellos, y así es común que sus protagonistas sean caminantes sin rumbo de las ciudades, errantes lúcidos, reflexivos, hiperconscientes.
Por ejemplo, el narrador de la novela Mis dos mundos (Alfaguara, 2008) camina por una ciudad del sur de Brasil hasta cansarse de sus propios pensamientos:
“El vagabundeo se me ha convertido en una de esas adicciones pasibles de ser tanto la ruina como la salvación. Contraje la costumbre en la infancia, cuando por las secuelas de una enfermedad dejé de caminar. Me sentaban en el umbral para ver pasar la gente y los autos. (…) Al cabo de un año, un nuevo dictamen autorizó a que me pusiera de pie, y para mí fue recuperar una disposición física gracias a la palabra, como si un dios me delegara parte de su libertad”. 
También camina el narrador de Los Planetas (Alfaguara, 1999) por la periferia de Buenos Aires, cavilando, perdiéndose en su propio relato. Un relato que tiene como origen el recuerdo de un amigo secuestrado durante la dictadura militar argentina, y que en ningún momento se propone la linealidad. Este quiebre con la cronología también tiene incidencia sobre la sintaxis del texto, que, en algunos momentos, tiende a complejizarse. Como llega a suceder en recursos literarios como el flujo de consciencia, Chejfec rompe las reglas de la misma, dificultándole la tarea a un lector que queda a merced de la consciencia única del narrador.
En este primer punto hay que detenerse, para poder tener un entendimiento de este autor que es prolífico –tiene más de diez libros entre novelas, relatos, ensayos y poesía–, pero desconocido en Colombia por la industria editorial. 
¿Por qué jugar con algo tan establecido como las reglas de la sintaxis?
La sintaxis es el nivel más superficial de la escritura. Disfruto hacer frases donde el narrador se pierde, donde hay que retomar el sujeto, porque siento que allí es donde la escritura encuentra su límite material y se abre pie para la experimentación. Mi momento de máximo placer en la escritura se da cuando siento que un texto adquiere un tono único, y que sobre ese tono puedo escribir cualquier cosa, porque el ritmo igualmente se mantendría.
En sus libros los narradores parecen vivir por sus reflexiones, haciendo que se dificulte el avance de la trama. ¿Por qué esta resistencia a la construcción tradicional de una historia?
Desde siempre me sentí más comprometido con la literatura que no plantea una linealidad, que no es espejo de la realidad. La literatura entendida como un esquema que tiene que tener ciertos pasos y obedecer ciertos crescendos para revelar una verdad y ser conclusiva me parece formularia y técnica. Me gusta leer y tratar de escribir una literatura que trate de hurgar en los bordes, en las intermitencias, que proponga no un tiempo cronológico sino uno psicológico, perceptivo, dictado por la memoria. Aquí podemos ubicar a autores como Kafka o Tristam Shandi.
Siendo un escritor argentino, ¿qué connacionales ha tenido de referentes?
Sin duda, Juan José Saer. Es un caso particular porque en sus libros efectivamente se tienen ejemplos de cómo una narración puede avanzar no en términos de intrigas y argumentos sino en torno a tópicos reiterativos, a recurrencias que no son sino obsesiones del narrador, y que ayudan a establecer una memoria de la lectura.
¿Alguna vez tuvo miedo de que sus relatos, por ser poco convencionales, no fueran a ser publicados?
No tuve miedo, pero sí problemas para publicar. Mi primera novela, Lenta biografía, duró siete años en ser publicada, tiempo en el que estuve sometido a esperas y humillaciones. Pero yo decidí seguir escribiendo, sin cambiar mi escritura. Siempre concebí que la literatura propia tiene que tener un punto de resistencia que implique dificultades para ser leída y para que circule.
Sus personajes no parecen estar definidos, o al menos no a través de los retratos psicológicos, comunes en las novelas naturalistas o realistas. De hecho, la identidad fija es un estado del que ellos huyen. Por ejemplo, en Modo linterna hay un personaje que es invisible aunque imprescindible para el relato, mientras el narrador de Los Planetas admite: “Imaginemos el agotamiento de alguien queriendo ser el mismo todo el tiempo”…
Solo el hecho de preguntarse por la identidad crea posibilidades literarias: es un tema lo suficientemente amplio, común pero abstracto y polifacético, y que va acorde a mi forma de escribir. Una forma de escribir vinculada a la peripecia, a la idea de la anécdota, a la trama alejada del avance causa y efecto. En mis historias ocurren muchas cosas que no están organizadas convencionalmente, en términos de crescendo o argumental o de intriga. Como tampoco hay vínculos claros de relaciones causa y efecto, mis libros avanzan por un sistema de circunvoluciones reflexivas donde la descripción es tan importante como los hechos. Esto a la vez determina que los encadenamientos se organicen alrededor de tópicos y no de anécdotas.
Otro enclave de su literatura es el narrador en primera persona que, al caminar, se somete a una experiencia, a una serie de reflexiones del ambiente y de sí mismo: el ambiente de la ciudad. ¿Por qué esta fijación con la figura del caminante?
Siempre me gustaron los escritores caminantes: Benjamin, Kafka, Borges. Creo que ser un buen caminante te hace mejor escritor, mejor observador. Me parece que cuando uno camina desarrolla una sintaxis de pensamiento particular, diferente a la que se desarrolla cuando se está acostado o sentado. Tiene que ver con la velocidad, con las pausas de la respiración, con el paisaje que se va desplegando y que te somete a una interacción precisa con el entorno. Trato de que esta observación se ataña a mis personajes. Además, aunque esta idea pueda sonar infantil, creo que caminar es la única actividad que no ha sido colonizada por un mercado particular. Están quienes caminan por esparcimiento, quienes caminan para mantener su ritmo cardíaco, quienes peregrinan, quienes son turistas o forasteros, están los vagabundos, que podrían ser los caminantes revulsivos porque se les mira con desconfianza. Pero los pobres no tienen otro remedio sino caminar: ellos son los caminantes compulsivos.
¿Sus personajes tratan de revivir o copian la figura del flaneur?
No, pero no porque yo lo busque intencionalmente sino porque nuestro entorno ha cambiado. El flaneur era la persona o el personaje que, caminando, descubría y celebraba la ciudad. Sin embargo, esta figura, aunque se intente, ya no es posible, porque las ciudades se han ido homogenizando debido a las comunicaciones (ahora los turistas o habitantes de una ciudad saben qué hacer por Yelp o Google Maps), a las equivalencias en recursos humanos, económicos y arquitectónicos.
Entonces, ¿cómo describiría a sus caminantes?
Mis caminantes son sujetos que sienten desilusión frente a la caminata, son como tributarios de la tradición moderna, que constatan que caminar es una experiencia deceptiva. Por eso me parece que llega a crearse una atmósfera que refleja al autómata. Yo también soy un caminante asiduo, un caminante permanentemente decepcionado, así que estos personajes reflejan también mi experiencia personal.

viernes, marzo 11, 2016

Menos que una lluvia, una llovizna

Últimas noticias de la escritura, por Héctor Pavón para la revista Boca de Sapo.

 
 
Elogio de lo inestable. Algo, por caso una novela, una máquina de escribir o una libreta verde de notas cobra la apariencia de lo sólido. A primera vista pero, sometido cualquiera de estos objetos a una segunda vista o, si la curiosidad o el método del observador lo demandan, a una tercera, la solidez se desvanece en el aire, en el movimiento o en la escritura de Sergio Chejfec.
Este parece ser el método: caminar por una calle y una ciudad hermanadas por el anonimato y dejarse cautivar por un objeto cualquiera. Después operar un pasaje del objeto desde “el mundo real” hacia “el mundo de la ciencia”, se trata de pensarlo, en esta instancia, como “un objeto de estudio”. Los nombres de los primeros capítulos de Últimas noticias… remiten a una epistemología ficcional: “Origen del ‘problema’” y “Modos de copiado”. Sin embargo, más temprano que tarde, las analogías con el método científico también se desvanecen, porque se trata de una ficción y al mismo tiempo de una puesta en crisis. Caminar, dejarse cautivar y reflexionar sobre un objeto. Reflexionar una y otra vez. Adoptar un punto de vista y otro y otro. Pero esta adopción, dinámica, propicia un devaneo. No hay, Chejfec no parece necesitarlo, un rumbo determinado.
Otro pasaje (siempre el movimiento): desde la narración como vagabundeo físico hacia el ensayo como devaneo mental. Chejfec, el narrador, camina, se detiene frente a la vidriera de una tiende y dice: “Ese soy yo, miro con atención la libreta verde que está junto a un florero angosto, para apenas dos flores, de un color parecido” (pág.16). La temprana inscripción del “yo” en Últimas noticias… abre la dimensión del ensayo y favorece la puesta en crisis del método científico. Se trata de una historia de la escritura, desde la era manuscrita hasta la era digital, pero de una historia personal, narrada y pensada desde las experiencias del “yo”.
Una constante atraviesa todas las experiencias del “yo”: lo inestable. Chejfec construye un diccionario y una fraseología a su alrededor, en sólo dos párrafos por ejemplo nos habla de lo precario, lo inseguro, lo oscilante, de presencias no muy firmes y de motivos siempre poco claros para escribir. Esta inestabilidad, producto de los cambios de puntos de vista y de la reflexión permanente, se ha vuelto un estilo que lo sustrae de las afirmaciones.
Una salvedad (matizada): “¿Alguien puede sostener con seriedad que la escritura no existe? Sería como negar la lluvia. Pues bien, el cuaderno al que me refiero viene a presentar muchos de los lazos hacia lo escrito que se apoyan en la oscilante disposición hacia esa creencia” (13). Dos actos de fe: creer en la lluvia y creer en la escritura, dos actos que Chejfec necesita matizar (incluso la lluvia se muestra vacilante). Descomponer la realidad mediante la descomposición de la escritura, menos que una lluvia, se trata de una escritura que se deshilacha como una llovizna, que se dice y se desdice en los vagabundeos y en los devaneos del narrador. Ese es su placer: el de quien pasea bajo una llovizna de otoño. 

viernes, enero 29, 2016

Entrevista a Sergio Chejfec

Una entrevista a Sergio Chejfec por Gonzalo León, publicada en su blog

 
 
En agosto pasado Sergio Chejfec vino a Buenos Aires a presentar una obra musical en el Colón y a presentar su nuevo libro de ensayos, Últimas noticias de la escritura, de ahí que las entrevistas y conversaciones con amigos se multiplicaran. En su libro reflexiona, desde su experiencia personal, sobre la influencia de los distintos soportes o tecnologías en la escritura. Toma nota, por ejemplo, de la vinculación de la industrialización de la producción de armas con la masificación de las máquinas de escribir y le otorga el estatus de pensatividad a la escritura en pantalla, por su condición titilante entre la inmutabilidad y la fragilidad. Pero además aborda modos de representación escriturales como imitación, copia, simulación y los subrayados, ya no como anotaciones al margen, sino como posibilidad estética.                                            

LOS SOPORTES
“Todo soporte vinculado a la literatura parece accesorio ya que modificando la herramienta de anotación, el resultado, en apariencia, no se modifica, a diferencia de otras artes, en las que el soporte y el medio son esenciales como componentes de la obra. A mí me interesa inducir una serie de reflexiones con ese hecho irrelevante en apariencia”, empieza de sopetón para explicar las motivaciones que llevaron a este libro. A diferencia de quienes han tratado de sistematizar la herramienta de escritura y encontrar algún tipo de correlación con algún tipo de escritura que provoca (“Heidegger creía que llevaría a una despersonalización de la escritura”), Chejfec no trabajó con ninguna hipótesis, “porque la relación entre literatura y escritura sigue siendo intrigante; a veces el soporte parece no importar en los resultados de la escritura, pero otras el soporte parece actuar de manera soterrada sobre la escritura. En el caso de la escritura en pantalla tengo la sensación de que a veces induce un deslizamiento hacia esferas de la simulación”. 

LA SIMULACIÓN
En su ensayo señala que los simuladores, al igual que las máquinas de escribir, proliferaron desde el campo militar, extendiéndose hacia el campo de los videojuegos y las computadoras, para terminar en narrativas específicas. “Lo simulatorio me parece interesante como fenómeno respecto del cual yo puedo ser testigo”, señala para explicar por qué se detuvo más en la simulación que en la imitación o en la copia. La simulación está presente en ciertas escrituras, como las del español Agustín Fernández Mallo (El hacedor. Un remake), donde “hay un intento anacrónico por recrear un viaje servido de elementos propios de la simulación, como Google Maps. De ahí que yo me animo a sugerir que quizá no estemos frente a un nuevo tipo de  configuración realista, ya no basada en la idea de representación, ya que la idea de representación está dirigida hacia una versión de lo real de manera objetiva”, sino donde todo lo reproducido está exactamente reproducido y donde se encontrarían “variados pliegues de sensibilidad”. 

IMITACIÓN O COPIA
Google Maps no es la única herramienta para esta nueva configuración, hay una serie de herramientas digitales que pueden ser o no aplicadas a la escritura digital o en pantalla, a la que se refiere este autor de varias novelas. Lo más interesante de esta escritura es que “postula una fricción entre inmutabilidad (la supuesta promesa de permanencia y la ausencia de desgaste material) y fragilidad (el riesgo de que un colapso elimine los archivos…)”. Pero Chejfec no reflexiona sólo de lo digital, sino también lo hace a partir de las artes visuales. Menciona la retrospectiva de Fabio Kacero en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y se detiene en una instalación que era una versión manuscrita de ‘Pierre Menard, autor del Quijote’, de Borges, en la que Kacero se apropió de su caligrafía sobre una página en blanco. Este procedimiento le sirvió para darse cuenta de “la oscilación o ambivalencia que puede haber entre la noción de ‘copia’ y la de ‘imitación’”. Chejfec, que en el cuento que sirvió como libreto para la obra Teatro Martín Fierro ya abordaba los conceptos de simulación y subrayado en su propia ficción, no pasa por alto el hecho de que María Kodama no haya reaccionado a la obra de Kacero: “Hay una especie de sensibilidad de la viuda de Borges que ha impregnado la mentalidad de cada uno de nosotros y marca la vinculación imaginaria que establecemos con Borges”.

SUBRAYADO
Advierte la importancia del subrayado como “gesto de apropiación, en la mayor de las veces privado, otras veces público”. La frase “No leía, pero sus subrayados era perfectos”, de Osvaldo Lamborghini, le dio pie para desarrollar esta parte de su ensayo y llegar a la conclusión de que el subrayado también puede ser una posibilidad estética: En el camino de Ida, de Ricardo Piglia, y El tratado contra el método de Paul Feyerabend, de Ezequiel Alemian son ejemplos. El controversial libro de Pablo Katchadjian, El aleph engordado, sería otro subrayado, aunque “mucho más radical porque es una escritura”; si bien todo subrayado aspira a restituir la escritura, en este caso se ha subrayado lo que no estaba en El aleph. Para Chejfec, subrayar es el momento culminante de la escritura. Visto así “toda novela es un subrayado” y la literatura no es más que “un subrayado permanente”.

La revolución del texto digital

Entrevista de Gustavo Pablós a Sergio Chejfec para Ciudad Equis, La Voz del Interior

 
Escritura manual, mecánica y digital. Cada una con sus propias y singulares técnicas, materiales y hábitos, le ha dado forma a la expresión textual hasta el presente. En Últimas noticias de la escritura (Entropía), a partir del interrogante principal sobre el estatuto físico de la escritura, el narrador y ensayista Sergio Chejfec aborda, entre otras, las nociones de manuscrito, original, copia, reproducción, transcripción, serialidad, imitación. 
“El libro surge de la experiencia de la escritura y de la lectura, además de un interés por la escritura a mano en una época acotada por lo digital”, señala el autor. También advierte que el ensayo está marcado por “varios hitos ahora encadenados”, pero que inicialmente fueron momentos “bastante neutros”. La compra de una libreta para escribir manualmente y que después terminó cumpliendo la función de talismán; la etapa de su juventud en que copiaba relatos de Kafka, creyendo que a través de la transcripción algo se le impregnaría; y el descubrimiento de imágenes facsimilares del diario de Enrique Wernicke en la revista Crisis, cuya letra manuscrita lo llevó a admirar su obra antes de conocerla. 
El karma de la escritura digital
Una de las ideas planteadas por Chefjec para pensar la escritura digital es la de “presencia pensativa”, a partir del concepto de “imagen pensativa” que emplea Jacques Rancière al referirse a cierta clase de fotos. “Sería algo así como una reserva autónoma respecto de la mirada del observador. La escritura en pantalla es inmaterial porque no precisa de un soporte físico para mostrarse –argumenta–. La falta de materialidad es una carencia. En la medida en que toda escritura remite a una idea de incisión manual sobre una superficie, mi impresión es que la escritura digital arrastra esa carencia como un karma, algo que debe ser compensado. Y la compensación anida en esa somnolencia o titilación de la pantalla digital, que exhibe una escritura como a la expectativa, recelosa o al acecho”. 
–¿Cuáles son las diferencias entre la escritura de acuerdo con las diversas tecnologías?
–Las diferencias son muchas o pocas, depende de cómo se mire. Pero más me intrigan las coincidencias. Ha habido cambios drásticos en la tecnología de la escritura y en su manipulación, circulación y archivo; sin embargo, la escritura entendida como una secuencia de palabras a ser contenida por una línea, párrafo, página, etc., se mantiene invariable. Incluso se podría llegar a decir que, cuando todo ha cambiado, la escritura es lo más invariable. Esa constante me inspira más preguntas que cualquier diferencia.
–Las preguntas que guían el ensayo no son muy frecuentes dentro del pensamiento crítico y literario. ¿A qué se debe ese desinterés?
–Quizás porque las actuales herramientas de escritura y toda esa circulación múltiple de lo textual obran con lentitud sobre las premisas literarias. A veces el rechazo obedece a prejuicios contra las redes sociales, y por extensión el descarte de lo que proviene de ellas. Pero es un error. Un ejemplo es el reciente libro de Daniel Gigena, Estados, que viene a ser una compilación de sus estados en Facebook. Uno podría decir que bajo la forma libro esa masa textual se ha convertido en otra cosa, pero también es cierto que posee una prosodia y una economía narrativa que de otro modo no se hubiera dado.
Un campo fértil para las artes visuales
Por el contrario, algunos artistas visuales sí han mostrado interés en pensar la relación entre las herramientas de la escritura y su soporte. Uno es Fabián Kacero, quien en su obra Fabián Kacero autor del Jorge Luis Borges, autor de Pierre Menard, autor del Quijote, copia páginas del cuento de Borges imitando su caligrafía. Otro es Tim Youd en su proyecto Typewriter Performance Series, que consiste en pasar a máquina 100 obras relevantes de la literatura, con la particularidad de que la copia de cada libro se hace sobre un mismo papel y con una máquina de escribir similar a la que utilizó el autor en su momento. Otros artistas son Mirtha Dermisache, Fernando Bryce, Torres García. 
–¿Qué te llamó la atención de estos artistas?
–Son experiencias que rescatan la connotación plástica o material de la escritura, en momentos en que los originales manuscritos son cada vez más inusuales. Hasta su virtual abolición por la computadora, el manuscrito fue el único punto en común que la literatura tenía con la plástica. Me refiero a la omnipresencia del original, su carácter de fuente de autenticidad y, llegado el caso, de verdad.
–En este período de la escritura inmaterial en pantalla, ¿es posible que las narrativas transmediales lleguen a modificar radicalmente las formas de escritura?
–No me parece que el cambio vaya a ser radical, en todo caso será paulatino. La presión se orienta hacia la narración en soporte visual, el cine y la televisión. La palabra escrita, cualquiera sea su naturaleza, sigue teniendo como principal y excluyente virtud el matiz. Allí anidan el sentido y la ideología.

lunes, enero 25, 2016

Últimas noticias de la escritura

Por Matías Serra Bradford para Otra Parte Semanal



Ya era visible en las narraciones de Sergio Chejfec una obviedad —de ahí quizá su insistencia— a menudo olvidada: la escritura es el centro de la escritura. Única certeza en medio de la incertidumbre total. Su último ensayo viene a cristalizar el asunto, estudiando ejemplos de la relación de un autor y un receptor con lo escrito, los diversos modos de crearlo y apreciarlo. Frente a un entretenido repertorio de formatos y soportes, el ejercicio también se celebra entre líneas, justamente en un libro sobre la tensión entre materialidad e inmaterialidad.

Uno de los puntos más originales en una obra que lo es en sucesivas fases y facetas es que pareciera bastar la idea —la imagen— de la escritura manual, aunque no se la practique, para seguir escribiendo (por otra vía). Una concesión de Chejfec proyecta un interrogante: alguien que admite no tener una relación natural con la escritura, ¿sentirá que no tiene derecho a la escritura manual? Tal vez él no siguió escribiendo a mano —otros lo precisan para alcanzar el mismo objetivo— con el fin de conservar una cierta cualidad etérea que estima en la literatura.

Lo paradójico es que el estilo del autor aparenta ser el de quien sólo puede redactar a mano. La de Chejfec es una prosa de bucles, volutas, de lentitudes magnánimas y subordinadas consentidas, y el fervor caligráfico quedó impregnado en su genética literaria, un acto reflejo después de haberse escolarizado copiando relatos de Kafka en un cuaderno rayado. Hay muchas formas de lo moroso, y la de Chejfec pertenece a una familia antigua que arranca con Sterne y termina con Saer y Sebald, para volver a empezar. Ya en Mis dos mundos (2008) y en La experiencia dramática (2012) se internaba en los usos de la tecnología en la ficción y, como el resto de su obra, en las delectaciones de la percepción. Ambos sondeos encuentran aquí un terreno común, en conversación virtual con el arte contemporáneo.
El ensayo parece desdeñar la tentación de la superstición (en el trato con materiales e instrumentos de escritura) pero el talismán de su autor —una libreta verde— es fetichizado hasta el paroxismo, y es curioso que sostenga que a máquina o a mano “los resultados están muy poco alejados”. Esta suave falacia da por supuesto, entre otras cosas, que no existe la superstición en un escritor, o que la superstición no tiene consecuencias técnicas, literarias.

En otra instancia postula que “la textualidad electrónica presume de la existencia de un original escrito, pero todos sabemos que esa presunción es elíptica, remite a un paso innecesario para la escritura, aunque esta se presente como si hubiese cumplido con los necesarios requisitos físicos”. Lo que “innecesario” puede estar presumiendo es que escribir a mano comenzó a ser un paso inútil desde hace algunos años o que ya nadie compone de ese modo. (Conste, al menos, que siguen haciéndolo algunos de los escritores vivos más relevantes: DeLillo, Berger, Aira, Handke). Más adelante plantea otra buena idea sediciosa, terrorista, para un felix retrógrado como este lector: “Esa condición flotante de la escritura sobre la pantalla me hace pensar en ella como poseedora de una entidad más distintiva y ajustada que la física”.
Esas instigaciones de aspecto inofensivo —lances de un tímido— se emparientan por lo bajo con la hilaridad a lo Buster Keaton con que los narradores de Chejfec suelen presentarse. La ausencia de falso candor se nota desde Moral (1990), pero con más claridad desde Sobre Giannuzzi (2010). En su caso quizá sea el precio de la persecución de un horizonte no excesivamente común: una nueva forma para cada libro. El problema, en definitiva, no es escritura a mano o no; el problema es qué mano.

martes, diciembre 22, 2015

Cuadernos encontrados

Reseña en el diario El País a propósito de la edición española de Últimas noticias de la escritura, de Sergio Chejfec.
Por Antonio Muñoz Molina.

 

El hallazgo de una libreta o de un cuaderno adecuado puede ser tan providencial para un escritor como el encuentro con una persona o con un lugar que le inspire el origen de una historia, con un libro que va a marcar un cambio de dirección en sus lecturas y hasta en su vida. Los cuadernos mejores, como las historias, se encuentran a veces en el curso de un viaje, en el escaparate de una papelería de una ciudad desconocida y prometedora. Quizá los viajes son más propicios a esos hallazgos porque la suspensión de los hábitos sedentarios le despierta a uno la atención, lo vuelve más alerta a las posibilidades de lo insospechado. Y el mérito de un cuaderno no depende de su calidad objetiva, de la encuadernación o la cubierta de cuero o la lisura del papel. El cuaderno aparece y se impone a la mirada y a las manos. En los mejores casos no será el recipiente donde verter algo que ya existe, sino el catalizador que hará que nazca en la imaginación y cobre forma una historia o un tono de escritura que de otro modo no se habría revelado a la conciencia.
Un cuaderno de tapas de corcho y hojas cuadriculadas débilmente en azul que encontré ahora hace 25 años en un viaje a Madrid favoreció que cuajara una novela ya en marcha pero todavía disgregada en una confusión de imágenes sin conexiones bien trabadas entre sí. El día antes de un viaje a Nueva York compré por casualidad un cuaderno de anchas hojas blancas y tapas de tela azul en una tienda de papelería sueca que ya no existe en Madrid: sin la tentación y el reclamo de esas hojas en blanco, yo no habría sentido la urgencia de contar todo lo que veía y todo lo que se me pasaba por la imaginación. El paso de los días era simultáneo al de las hojas del cuaderno. Según se aproximaba el final de aquel viaje, yo tenía la urgencia de visitar todos los lugares que todavía me faltaban y de llenar de escritura las hojas del cuaderno que aún estaban en blanco. Lo llevaba conmigo en una mochila y me sentaba en cualquier parte a escribir en él. La materialidad del cuaderno y los apuntes a mano daban a la escritura la misma cualidad estimulante de experiencia física que el vigor de las caminatas a pie por la ciudad.
En el origen de Últimas noticias de la escritura, de Sergio Chejfec, hay un descubrimiento así. Aunque el libro es un ensayo, la escena tiene la tonalidad de una de las novelas del propio Chejfec, en las que con frecuencia hay paseantes solitarios en parajes no exóticos pero tampoco del todo familiares para ellos. En uno de esos lugares improbables, donde uno siempre se pregunta con algo de estupor cómo ha llegado allí, Sergio Chejfec encuentra el cuaderno que lo va a acompañar durante muchos años de su vida: “Un objeto que adopté inmediatamente, apenas verlo medio olvidado en la vidriera de una tienda muy poco glamurosa, en un barrio alejado de una ciudad que apenas conocía y hasta donde había caminado sin nada mejor que hacer”. El cuaderno, barato, de fabricación china, tiene un volumen considerable, 300 páginas con rayas horizontales. Más que de registro de escritura sostenida, le ha ido sirviendo a Chejfec, a lo largo de los años, como un talismán, una libreta de mensajes cifrados y dirigidos a sí mismo, anotaciones breves y recordatorios; y sobre todo, la libreta habrá sido para él la prueba material de una continuidad, el asidero sólido de un oficio en el que casi todo es frágil, inseguro, tan volátil como esas ideas luminosas que prometen algo y luego se revelan superfluas, o se borran simplemente de la memoria, y en el que además ahora desaparecen a toda velocidad hasta sus precarios soportes físicos.

Justo ahora, en el vértigo acelerado de lo digital, cuando escribimos palabras fantasmales sin tinta sobre rectángulos en blanco que simulan la hoja de papel sobre una pantalla, cuando basta un golpe accidental de una tecla para que se borre lo que tardó tanto en ser escrito, Sergio Chejfec, sentado frente a su portátil, con su viejo cuaderno al lado, reflexiona sobre el lado material de la escritura y de la lectura, con la perspectiva paradójica de quien parece recordar un mundo que se extinguió hace ya mucho tiempo, pero que en realidad duró hasta bien entrada nuestra edad adulta.

Aprendimos a escribir inclinándonos premiosamente sobre cuadernos de caligrafía dotados de rayas paralelas. Escribimos luego con ruidosas máquinas mecánicas, y más tarde, con aquellos mastodontes eléctricos en los que se de­sataba un tableteo de ametralladora en cuanto apretábamos una tecla con más fuerza de la debida. Arqueólogo de un tiempo sepultado y cercano, Sergio Chej­fec se acuerda también del reinado brevísimo, aunque muy excitante para algunos de nosotros, de aquellas máquinas electrónicas de diseño mucho más ligero que nos permitían ver la escritura deslizándose por una pantalla lineal encima del teclado unos segundos antes de que las palabras se imprimieran.

La instanteidad silenciosa, la lisura sin tacto de lo digital seguramente acentúan en el escritor el remordimiento de no estar trabajando con las manos, la envidia que cuenta Chejfec que siente, y en la que me reconozco tanto, cuando visita el estudio de un artista, con su atmósfera de almacén y chamarilería, de taller en el que se pintan, se cortan y tallan y manipulan cosas. Escribir tendría que parecerse más a una de esas tareas. Sin duda se pareció en otro tiempo.

Cuando era muy joven, para leer más intensamente a Franz Kafka y empaparse mejor de su espíritu y de su estilo, Sergio Chejfec copiaba a mano las historias suyas que más le gustaban. El artista Tim Youd copia textos enteros de novelas en una sola hoja, usando el mismo modelo de máquina en el que se escribieron originalmente. Joaquín Torres García pintaba y dibujaba objetos que sugerían una escritura jeroglífica y cuando escribía dibujaba las palabras con una plasticidad rotunda de pintor. Los ojos no dejan huella de su paso sobre las líneas de escritura, pero en un libro impreso el lector marca algunas veces la constancia de su reacción a lo leído, pruebas de la “conversación con los difuntos” a la que alude Quevedo en su soneto a la imprenta. En la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires, la presencia de Borges está fijada en sus anotaciones y subrayados a los libros que leyó. En su libro sobre Lucrecio, El Giro, Stephen Greenblatt cuenta una historia que le gustará a Sergio Chejfec: hace unos años se subastó un ejemplar de De rerum Natura impreso hacia mediados del siglo XVI, lleno de subrayados y notas: por la caligrafía y el tono de las anotaciones se comprobó con toda certeza que ese era el ejemplar que había poseído y leído infatigablemente Montaigne.

Es muy probable que estas “últimas noticias de la escritura” no sean nunca las últimas. Entre los cuadernos escolares y las pantallas de Internet, entre la aplicación del copista y las fantasías caligráficas del arte contemporáneo, Sergio Chejfec lleva consigo su cuaderno que no llega a colmarse y prolonga su hilo asiduo y su viaje de palabras escritas. Me gusta que en un momento dado las compare con la lluvia.

jueves, diciembre 17, 2015

Últimas noticias de la escritura en IDEAS, La Nación

IDEAS, el suplemento cultural de La Nación, eligió a Últimas noticias de la escritura de Sergio Chjefec entre los quince libros de 2015.

Acá, la lista completa



A mitad de camino entre la narración y el ensayo, Sergio Chejfec consiguió en este libro mínimo uno de los textos más agudos de una obra ya de por sí sostenidamente aguda e inteligente. A partir de la historia de una libreta verde (la suya), despliega las relaciones entre la lectura, la escritura y los distintos soportes materiales (del papel a la pantalla) de una y de la otra.

jueves, noviembre 12, 2015

Últimas noticias de la escritura

Por Aquiles Zambrano para contrapunto.com


La deslumbrante serenidad de la mirada áurea, esa respiración pausada de la prosa, que nos eleva sin fricción por encima de nuestra propia inteligencia, hacen de este libro un objeto asombroso.
Así empezaría esta columna si pudiera circunscribirme al perímetro de la reseña. Pero ocurre que la resonancia intelectual que su lectura ha tenido en mí excede por todos los costados este ámbito del periodismo cultural. Por muchas razones. Pero la principal es que luego de leer este libro he tenido la sensación de que toparme con sus páginas era algo inevitable, como si desde siempre me hubiera aguardado o como si desde siempre hubiese estado escrito. Y es que no parece un libro publicado en el 2015, sino un libro anterior, ya escrito, sin el cual no podríamos entender de la manera en que lo hacemos el panorama actual de la lecto-escritura. Es como si incluso antes de su publicación, e incluso antes de su escritura, este libro fuera ya imprescindible. Una reflexión que, en la misma medida de su necesidad impostergable, destierra al propio Chejfec a la contingencia, pues de no haber sido escrita por él, hubiese sido escrita por alguien más. Pero lo escribió Chejfec y a él debemos esta brújula magnífica, que nos permite orientarnos hoy en medio de esa migración caótica hacia lo digital.
La nota completa, acá

viernes, noviembre 06, 2015

No sé. La literatura es tiempo. Charlando con Sergio Chejfec

Entrevista a Sergio Chejfec en el sitio español Iletrado pero cuerdo, a propósito de la edición española de Últimas noticias de la escritura.




 
Hay autores por los que sentimos una cierta atracción antes incluso de haberlos leído. Es como si existiera un vínculo imaginario que ha sido creado por una serie de afinidades lectivas. Si varios de nuestros escritores de cabecera hablan y escriben maravillas de Sergio Chejfec, entonces no hay duda: Sergio Chejfec tendrá algo interesante qué decir, y por ello decidí en su día leerlo. No me defraudó en absoluto, claro.

Tras La experiencia dramática y Modo linterna, publicados ambos por Candaya, ahora acaba de salir en España Últimas noticias de la escritura en uno de esos sellos que no dejan de asombrar al quisquilloso lector (o bibliófilo) por su atrevimiento y gracia, por su locura, excentricidad y ese amor por la literatura y el libro bien hecho. Me refiero a los inigualables Jekyll&Jill. «Me siento afortunado porque fueron sumamente hospitalarios. Se plegaron a la moral del texto y de ese modo, creo, lo hicieron suyo como solo un buen editor puede sentir como propios los libros que hace», afirma el propio autor argentino. Y es ese mismo trato y cariño es el que yo he encontrado, pues han sido ellos los que me han brindado la posibilidad de hablar con Chejfec sobre su «talismán equívoco», ese cuaderno de color verde que le ha servido para resaltar el valor meramente artístico al que tiende la escritura manual, y sobre el poder, la nostalgia o el olvido de la palabra.

Pregunta: De su libro Modo linterna extraje ciertas frases o subrayados, eso que en Últimas noticias de la escritura, cuando hace mención a Feyerabend, dice que sirve para «extraer una hebra de pensamiento o una frase conclusiva». Una de esas frases conclusivas es esta: «[…] un escritor es alguien abierto al mundo, un ser curioso por todo lo que ocurre y alguien para quien ningún saber resulta ajeno o extravagante». ¿De ahí parte Últimas noticias de la escritura, como mecanismo para comprender más y mejor todo cuanto rodea a la escritura?

Sergio Chejfec: Es curioso que esa frase parezca tan concluyente cuando se propone como lo contrario (el opuesto de ese otro lugar común, el de la torre de marfil). De todos modos no es tan importante lo que uno haya querido decir, como la idea de que el escritor puede saber mucho o poco acerca de lo que escribe, puede estar o no especialmente interesado en el mundo, etc., pero aquello que lo definirá es esa tensión más que cualquier diagnóstico en un sentido u otro. Al escribir el ensayo no me propuse un tratado sobre la escritura que agotara hipótesis y casos. Mi intención fue ofrecer un relato lo más honesto posible, que rodeara lo que sé y expusiera, subrayándolo para quien lo sabe, aquello que ignoro. En cuanto a la partida, es tanto una idea de narración como una idea más reflexiva. Me gusta mezclar ambas dimensiones en mis libros. Tomé algunas experiencias personales que considero fundantes en mi relación con la escritura y con la lectura de literatura, y partir del relato de ellas seguí con algunas consideraciones analíticas sobre la escritura cuando es adoptada como principio constructivo de ciertas propuestas de la plástica.

P: Dice que «se sintió escribiente antes que escritor». Autores como el guatemalteco Eduardo Halfon no dejan de preguntarse cómo se convirtieron en escritores, cuál fue el momento –si es que existe ese momento– en el que decidieron ser escritores. Desde su punto de vista, ¿cuándo uno es consciente de ser escritor?

S. C.: Uno asume entera conciencia de ser escritor cuando lo leen sus pares. Ser escritor no es otra cosa. Creo que es como en el fondo funciona.

P: Su interés por la tecnología, por cómo ésta transforma e impone, como diría Alberto Olmos, «nuestra concepción de la realidad», está presente en Modo linterna pero también en La experiencia dramática. En Últimas noticias de la escritura también ahonda en ello, confrontando y reflexionando sobre la escritura manual y la escritura digital. Se habla y se escribe mucho acerca de la muerte del libro en papel, del papel en sí. Esto me lleva a pensar sobre algo que queda reflejado en su ensayo, como es la precariedad o volatilidad física de la palabra. No obstante, en las plataformas virtuales, la vida de esas palabras igualmente es precaria, se pierden en un mar infinito de información. ¿Cree que hay esperanza para la palabra escrita, gráfica? ¿Y qué valor tiene hoy en día la palabra?

S. C.: El punto es que prácticamente toda palabra escrita, cuando la vemos impresa sobre papel o sobre cualquier otra superficie, es epifenómeno de su condición digital. Lo impreso no es algo que se oponga a lo digital, sino que es uno de sus canales, aun cuando precise un soporte material para exponerse. Ahora bien, la palabra no es menos precaria o volátil por el hecho de estar impresa. La precariedad proviene de su movediza relación con el sentido y el significado.

La entrevista completa se puede leer acá.

jueves, octubre 29, 2015

Sergio Chejfec: un viaje al interior de la escritura

Juan Rapacioli entrevistó a Sergio Chejfec para Télam sobre Últimas noticias de la escritura


 
Publicado por Editorial Entropía, este ensayo surge a partir de la compra de una libreta verde que acompaña desde hace tiempo a Chejfec, “como si se tratara de un talismán equivoco”, según explica el escritor al comienzo del libro.
Autor de novelas, cuentos, poemas y ensayos, Chejfec (Buenos Aires, 1956) es uno de los escritores más reconocidos de su generación. Entre sus publicaciones figuran Modo linterna, La experiencia dramática, El punto vacilante, Los incompletos y El aire, entre otros libros.
En diálogo con Télam, el escritor argentino, que reside en el extranjero, habló de la construcción de este libro, al que definió como una mezcla de testimonio de su experiencia, "habiendo pasado por distintas herramientas o hábitos de escritura, y de reflexión sobre la escritura literaria -más bien narrativa- en un momento en que la tecnología tiende a apropiarse incluso de los originales manuscritos, por otra parte ya residuales”.

En una parte del libro decís que "lo digital en su conjunto tiende a producir, en algunos casos, nuevos verosímiles de representación narrativa”. ¿Podrías ampliar esa idea?
El ejemplo más a la mano está en la simulación. Es el caso de los juegos. Son sistemas que se presentan como una emulación de la realidad. Ya no se trata de una representación, como a la que tradicionalmente apelan el cine o la literatura aun con distintas estrategias. Ahora son performances digitales que reproducen íntegramente el sistema al que aluden. Es inevitable que esto impacte en los verosímiles narrativos; o sea, los formatos de representación que, más allá de que resulten aisladamente inverosímiles, son creíbles.
También, en otro momento, sostenés que "el esfuerzo de la escritura digital por solapar la ausencia de sustrato físico obedece a esa condición incompleta, a su profunda inmaterialidad". En ese sentido, ¿pensás que se puede compensar esa ausencia? ¿De qué forma?
El punto es que nada puede compensar esa ausencia. La literatura se distingue precisamente porque se construye con palabras escritas. Las palabras escritas invocan una presencia o referencia respecto de la cual ellas mismas no son garantías de verdad. La imposibilidad de compensar esa ausencia convierte a la literatura, y a lo escrito en general, en algo tan intrigante.
En cuanto a los manuscritos, ¿te parece que existe una relación íntima entre la letra de los escritores y su obra?
No tanto “letra” entendida como disposición plástica, como ese dibujo más o menos armónico o estilizado que llamamos caligrafía. Sí “letra” entendida como palabra escrita, ya sea manuscrita o impresa, o en cualquier otra forma. Por ejemplo, Proust o Joyce no podían resistir las pruebas de galera para agregar texto, no solamente correcciones, en lo que después serían sus grandes obras. Pienso que lo escrito tiende a proponer su propia proliferación, más o menos autónoma de la voluntad de quien escribe o lee. Por otro lado, no podría separarse la escritura, por ejemplo, de Juan L. Ortiz de su preferencia por los formatos pequeños. ¿Cuál era la “letra” de Ortiz? ¿Aquella que dibujaba al escribir o la que prefería que se usara para componer sus libros? Quiero decir, Ortiz escribía los originales con su letra, obvio, pero algo en la prosodia de sus composiciones derivaba de la imaginación gráfica vinculada con la letra impresa de formato pequeño con que él prefería ver impresa su obra.
En otra parte decís que tu relación oscilante con el cuaderno te permitió vislumbrar una dimensión de la escritura a mano: es estatuto físico de la propia escritura. ¿Cómo fue esa revelación?
A veces uno establece con los objetos que acompañan durante mucho tiempo una relación utilitaria y simbólica a la vez. Pero es el tiempo, si se produce una cohabitación prolongada, lo que convierte las cosas en fantasmas. Tengo un cuaderno de notas hace muchos años. Como carezco del hábito de escribir constantemente en él, pero siempre lo tengo a mano, se ha convertido en una presencia vigilante: me anuncia que todo aquello que no he escrito en sus páginas lo escribí en una pantalla de la computadora. A veces siento que ese cuaderno es eterno en la interminable frustración que sugiere: nunca será llenado.
¿Cuál crees que será el futuro de la escritura o la escritura del futuro?
No creo que vaya a ser muy distinta de cómo es hoy, bastante subterránea. Me refiero a la escritura literaria. Pero sobre todo diría que no me siento muy afirmado como para hacer predicciones.

jueves, octubre 15, 2015

Una libreta migrante

Últimas noticias de la escritura, de Sergio Chejfec
En SLT (Suplemento Literario Télam) por Edgardo Berg.



Desde hace un tiempo a esta parte, el escritor argentino Sergio Chejfec ha venido reflexionando sobre los cambios que trae aparejado la sustitución y la permutación de la escritura manual y mecánica por el desarrollo de los nuevos formatos digitales. En lecturas recientes y atendiéndo a procesos escriturarios contemporáneos, se ha detenido en la parcial imbricación de los relatos con la iconografía visual o analógica como formas de validación externa de la literatura y prueba documental. Al modo de ciertas instalaciones contemporáneas, los mapas en línea, los vi - deo juegos o los simuladores de manejo en pantalla para principiantes, esas nuevas formas de ensamblaje y actuales dispositivos escriturarios permiten pensar al autor, en la transformación del viejo concepto de imitación (desplazando la categoría de representación) por el de la simulación; como si en verdad, estuviéramos atravesando una nueva fase o estadio del realismo. Una forma pensar, si se quiere, la actual interrogación sobre la paulatina descomposición del hecho literario; basta recordar su ensayo El punto vacilante (2005), algunas notas de lectura que circulan en revistas o por la red, la reproducción de sus manuscritos en su conocido blog “La parábola anterior”, su artículo “Lo que viene después”, producto de su intervención en un encuentro realizado en la ciudad de Sevilla sobre “Literatura y después. Reflexiones sobre el futuro de la literatura después del libro”, en el mes de abril del año 2012, o las incrustaciones fotográficas en algunos relatos de su libro Modo linterna (2013).

En Últimas noticias de la escritura, publicado recientemente por la Editorial Entropía en su colección “Apostillas”, Chejfec vuelve a colocar en el centro de sus reflexiones algunas ideas e hipótesis sobre el estatuto actual de la escritura y del arte contemporáneo. Los nuevos protocolos tecnológicos y las traspolaciones escenográficas de algunas herramientas digitales en la esfera del arte, parecen dar muestra de esta incipiente modificación, al poner en peligro no sólo el principio de secuencialidad literaria; sino también, al mismo tiempo, corroer, a partir de ciertas experiencias colectivas, la noción e imagen de un autor único e indivisible. Testimonios estéticos donde el pasado cultural (libresco) parece disolverse o petrificarse en anaqueles polvorientos; o permanecer fosilizado en bibliotecas destinadas al paseo errante de anacrónicos investigadores, eclipsados bajo la irradiación insomne de sus cristales ópticos.

Si el comienzo de Últimas noticias de la escritura se abre con la letra manuscrita de Salvador Garmendia que sirve como epígrafe al ensayo, una presencia fantasmática invade el texto. En este sentido, el último libro de Chejfec puede ser leído como la historia de una libreta donde se registra, los pasos errantes y peregrinos de la experiencia de la escritura. Ese carnet o cuaderno de apuntes, como amuleto u objeto de una superstición literaria, acompañará al escritor desde sus iniciales copias y transcripciones de historias kafkianas a los actuales croquis y bocetos literarios. Ideas, proyecciones y esquemas que parecen surgir de la cohabitación, intensa o pausada, en algunas estaciones de la vida del escritor, con una vieja libreta verde.

Los lazos conflictivos y tensos entre la escritura manual y la digital será uno de los motivos centrales que el autor recorrerá en su último ensayo. Así, el recuerdo de la experiencia de la escritura en su modo manual, el repiqueteo mecánico de los golpes sobre las teclas, o el imborrable timbre de un carro en su fricción sobre una tela entintada, reaparecerán en algunas prácticas artísticas como certificación actual de la simulación caligráfica y reproducción analógica de sus precursores materiales. Frente a la titilación incandescente de la pantalla señalarán, si se quiere, las formas de una historia del desplazamiento. La intriga o el misterio de la escritura manual ingresarán, otra vez, en la contemporaneidad, bajo nuevas modalidades digitales que modificarán el sentido y el concepto material de su inscripción.

Es así, como en la reverberación de algunas experiencias, tanto literarias como plásticas; se repone la garantía de verdad de los manuscritos, y, en fricción con los anuncios proféticos de Walter Benjamin, asistimos a un retorno aurático. Ciertos empeños grafológicos en actuales formas de reproducción y de transcripción digital, son así puestos de relieve para poner de manifiesto algunas formas de la mediación problemática con el estatuto previo, físico y material de la grafía manual. Las instalaciones borgeanas y menardianas de Fabio Kacero, las transcripciones ilegibles en la serie sesiones performativas de Jim Youd, con su descomunal proyecto de reproducir mecánicamente cien obras de la literatura universal, los manuscritos encuadernados e ilustrados a mano en Joaquín Torres García, el repertorio de trazos ilegibles y asémicos de Mirtha Dermisache, o el proyecto de Esteban Feune con sus Fotografías de libros intervenidos por 99 escritores, son puestos, a modo de ejemplos, como pruebas de la reproducción icónica del original o como retorno de los manuscritos por otras vías. Si para Boris Groys el carácter efímero de las instalaciones reemplazan el lugar social que antes tenía la novela en el siglo XIX, ahora, los nuevos protocolos y principios constructivos parecen preanunciar modalidades del realismo por fuera de sus antiguas convenciones. Los subrayados, las anotaciones, las huellas de la manipulación física en los diarios, libretas o manuscritos, parecen resurgir con las técnicas analógicas del escaneo y por las reproducciones icónicas de los originales. Es así como Chejfec recorre y analiza las Mutacionesde Agustín Fernández Mallo, los relatos-esquemas donde se repite, bajo los efectos del mapa digital, los trayectos urbanos de Smithson por New Jersey; las instalaciones verbales de Lorenzo García Vega que tienden a desacomodar la temporalidad literaria habitual; o las entradas y las cadenas virtuales como búsqueda de una nueva sintaxis en Carlos Gradin, ya sea en Charlygr (spam)o en El peronismo es como.

Y cuando el oleaje de la memoria vuelve a traer el recuerdo grávido del encantamiento juvenil por el descubrimiento y la lectura de los papeles personales de Enrique Wernike, en viejas páginas de la revista Crisis, la reproducción visible de la letra única y privada del autor en su libreta, en una imagen como prueba tangible, inscribirá las instantáneas reflexiones sobre lo efímero en el arte a partir de un relato de César Aira. Las transformaciones perpetuas de las figuras sobre los pliegues de un papel delgado y efímero, a modo de ofrendas que los parroquianos entregan a una niña que corretea entre las mesas de un café, parecen disolverse, mientras su imperturbable madre dialoga con una amiga; al mismo tiempo que el autor, luego de una consulta oftalmológica, anota el título de su futuro proyecto. Es verdad como dijo alguna vez Nicolás Rosa, el hombre pudo no haber escrito nunca y por ende no haber leído jamás. Las actuales tecnologías de comunicación, en sus diversos registros y formatos, inciden en nuestra vida cotidiana y articulan nuevas formas de experiencia pero suelen ocultar las intrigas y los misterios de la escritura. En una línea del tiempo, las vacilaciones e incertidumbres de la letra sobre la pantalla son acompañadas por un cuaderno verde medio oculto sobre la mesa

jueves, octubre 08, 2015

Dibujar cada una de las letras

Por Ezequiel Alemian para Revista Ñ

 
 
 
Ensayo. La literatura, propone Sergio Chejfec, tal vez consista en enunciar temas en extinción o disolución. En su nuevo libro, el narrador argentino se pregunta por el estatuto físico de la escritura.
Nacido en 1915, Enrique Wernicke publicó cinco libros de cuentos, dos novelas, teatro y poesía, y murió en 1968, “convencido de la inutilidad de lo que había escrito”, señala Sergio Chejfec en las páginas finales de Ultimas noticias de la escritura. 
“Hace bastantes años”, “escribiente antes que escritor”, Chejfec ocupó tardes enteras copiando relatos de Kafka, con la idea de que algo de su literatura se impregnaría en la propia gracias a la transcripción. “La escritura, para mí, ha estado ligada desde un principio a una idea de disciplina moral, de la que, aun cuando me queda por escribir bastante menos de lo que tengo escrito, me resulta difícil separarme”, dice. La transcripción de Kafka se da en la misma época en que descubre a Wernicke. 1975. Ese año, la revista Crisis publica una selección de los diarios inéditos de Wernicke. La edición se completa con imágenes del manuscrito. “Observar en ese momento la materialidad de su escritura me permitió intuir aquello que la letra evoca a través de sus rasgos: la entrega casi dogmática a cómo –más que a qué– se está escribiendo”. 
Últimas noticias de la escritura es un texto que se pregunta por el estatuto físico de la escritura. Ese estatuto elusivo, tensionado por técnicas, artefactos y disciplinas diversas, no en su definición, sino en su capacidad de “deslizamiento y reverberación”, Chejfec lo ausculta recurriendo a experiencias diferentes. En el Pierre Menard, autor del Quijote , de Fabio Kacero, en que el artista transcribe el dibujo de la letra borgeana, Chejfec indaga la ambivalencia entre las nociones de copia e imitación, la apropiación como virtud y fraude. Después de atribuir el interés por la letra manuscrita a la práctica plástica, más que a la literaria, remite a la función autorreflexiva de la escritura a mano tal como se presenta en El discurso vacío , de Mario Levrero. La literatura, propone Chejfec, tal vez consista en enunciar temas en extinción o disolución. 
Recuerda el reaprendizaje de Robert Walser, cuando pasó de usar pluma a usar un lápiz pequeño, y narra el proyecto de Tim Youd, de copiar a máquina, cada una sobre una sola hoja, cien obras importantes de la literatura. Escribir a mano, escribir a máquina, escribir en una computadora. A pesar de las diversas formas materiales de la escritura, “la organización textual sigue siendo básicamente la misma”, dice Chejfec: “la palabra, la línea, el párrafo, la página”. 
Define a la escritura en pantalla (¡sin conexión!) como una escritura “pensativa”. Inmaterial, con un carácter propio casi nulo, próximo a la abstracción, a la idea de escritura sin soporte, todas sus operaciones de digitación reducidas a un mismo tipo de proceso, “permanece en un estado de latencia e incluso de reflexividad del que los textos carecían en épocas anteriores”. Esta condición flotante de la escritura sobre la pantalla aparece incluso como más distintiva y ajustada que la física. 
“Quizás una de las pocas opciones de una escritura que busque preservar su aliento primario de pensatividad sea transfigurar una voluntad gráfica alternativa en una composición que refleje la hesitación propia de toda escritura, de por sí con tendencia a ser siempre inestable”, señala. En Lorenzo García Vega, en Charly Gradin, en Milton Laufer, busca la sintaxis de los formatos audiovisuales, la textura de las mediaciones, entre azarosas y automáticas, que hay entre intenciones y resultados. En algunas experiencias de subrayado lee la recuperación del trazo físico, en el borde de la discursividad, como intento posible de restitución del carácter aurático de la escritura. Remite la frase de Osvaldo Lamborghini “No leía, pero sus subrayados eran perfectos” a una lógica setentista de traducción de textos a un sistema de consignas ideológicas o políticas más o menos relevantes o urgentes, transmisibles.
 “¿Quería decir Joaquín Torres García (como si hubiese creado una familia tipográfica privada) que la escritura es antes un acto material de fabricar palabras que traducir el pensamiento a través del propio trazo?”, se pregunta Chejfec después de haber analizado la escritura “asémica” de Mirtha Dermisache y la restitución manual que hace Fernando Bryce de los elementos tecnológicos cuando copia artesanalmente portadas de diarios. 
Ultimas noticias de la escritura se abre con un epígrafe que remite a una larga cita. No es tanto un libro lineal como una suerte de deriva. Es un libro de desvíos, de notas. De expresiones como: “tal vez”, “más adelante”, “en otro lugar”. Un libro que logra dar un ritmo argumentativo a una serie de elementos relativamente dispersos. No es un libro sobre un objeto que falta, sino sobre un objeto en proceso de constitución. O el registro de una voluntad de sondear un objeto que siempre parece resonar, irreductible, en otro sitio.
 “Ultimas”, dice Chejfec, para unas noticias que cargan con algo de lo atemporal. Quizás porque la forma en que mejor se organizan experiencias como las que trabaja este libro incitante, abierto, “no conclusivo”, no sea la vertical de las variaciones temporales, genealógicas, sino la de aquella figura a la que estas experiencias tanto han recurrido: la del big bang, y su constelación.