Soledad Quereilhac lee Circuito de memoria, de Raúl Castro, y escribe su reseña para La Nación:
Al terminar de leer Circuito de memoria, segunda novela del inventor y escritor Raúl Castro (1936), es inevitable no pensar en genealogías imaginarias: el mundo de Roberto Arlt, quien transformó el discurso técnico en materia narrativa; o los personajes de El Eternauta de Héctor Oesterheld, que sintetizan en su comunidad distintas esferas del saber técnico-científico: el profesor de física, el fabricante de baterías y el tornero fabril. Al tratarse de una novela de iniciación y aprendizaje, centrada en un niño que a los seis años fabrica por su cuenta un electroscopio y que logra todos sus inventos posteriores gracias a la lectura de viejos libros de física, revistas y manuales técnicos, los ecos de un Astier de la década de 1940 llegan con fuerza.
Pero todas estas reminiscencias no son, en realidad, estrictamente literarias, porque no surgen de una similitud estética ni de estilos de escritura. Parten de un núcleo común que está en la cultura
argentina y que la literatura tomó sólo en contadas ocasiones: la figura del inventor popular, que cobró fuerte protagonismo en los años veinte y que en la década de 1940 resurgió fuertemente con el primer peronismo. Circuito de memoria es, antes que una autobiografía, la biografía de los inventos de este niño precoz que quería ser el científico de la película Frankenstein protagonizada por Boris Karloff o un émulo de Nikola Tesla, particularmente de su imagen rodeada de rayos que tanto "La Prensa" como "Fray Mocho" divulgaron en la década del veinte.
Cada capítulo avanza sobre los inventos, exitosos o fracasados, concretados o sólo imaginados, que fueron moldeando la identidad del narrador, inventos que a su vez representan su más gozosa y profunda experiencia de vida, muy superior a la del contacto interpersonal. El narrador logra traducir un mundo que, inicialmente, no está hecho de palabras, sino de circuitos, electrones, válvulas Radiotron, voltios; describiendo la mecánica de los inventos se alcanzan clímax narrativos, similares a los que en un western sería la persecución a una diligencia o en un policial, la resolución del enigma.
Paralelamente a esta historia, se narra una atractiva historia de la técnica en Argentina, sobre todo vinculada a aquellos inventos o innovaciones que ingresaron al hogar. La tercera dimensión que trama esta historia es el trasfondo político del país, con referencias al golpe de 1955 o a la Noche de los Bastones Largos de 1966, entre otros episodios.
Con un estilo sobrio, seco, Circuito de memoria recorre más de siete décadas de una vida que se inicia con la subida al "furgón de cola de la ciencia" y que termina, curiosamente, con la necesidad de traducir algo de esa "magia" en palabras, o de hacer de las máquinas inventadas en el pasado, los engranajes de esta nueva máquina narrativa.
martes, mayo 23, 2017
Inventos y engranajes
lunes, abril 17, 2017
“El avance tecnológico es más rápido que el crecimiento moral”
Martín De Ambrosio lee Circuito de memoria, de Raúl Castro, y entrevista al autor para Planeta azul:
Raúl Castro (Buenos Aires, 1936) es uno de esos inventores casi secretos que tiene Argentina. Desde los nueve años, y después de encontrarse con un libro sobre la física de la electricidad de 1860, se dedicó a hacer inventos, perfeccionarlos y, lo más notable, vivir de eso en un lugar del sur de Sudamérica, cuando “eso” era tecnología de punta mundial.
Sus memorias de inventor –focalizadas en aquellos años en que las radios a galena eran toda una novedad- fueron editadas recientemente por Entropía bajo el título Circuito de memoria. “El libro es un homenaje a todos los que teníamos en esos momentos fe y fervor en el futuro, que estaba más claro. Cuando nos parecía que la ciencia iba a ser algo, el hilo conductor. La verdad es que nos fuimos encontrando con bastantes atolladeros a lo largo de todo el siglo XX”, dice Castro, sentado en un sillón de su casa de Villa del Parque, con algo de desilusión por el curso de la humanidad.
-¿Qué lo impulsó a dedicarse a inventar desde tan chico?
Mi timidez me impulsó, mi poca aptitud para comunicarme. Y también que nunca me gustó seguir el camino fácil. Por ejemplo, en el secundario, cuando tenía física y mecánica en los exámenes usaba fórmulas alternativas. No hacía el desarrollo esperado, sino de otra manera, y después tenía que explicarles a los profesores por qué lo había hecho.
-Se acuerda de cosas que pasaron hace mucho en una Buenos Aires que ya no existe, con tranvías y antes del reinado de la imagen.
Lo notable es que antes de escribirlas yo no creía que podía retener esas memorias. Pero me di cuenta de que el olvido contiene a la memoria. Tomando el desarrollo tecnológico como guía me fui a otros lugares que tenía como una foto, según fui viendo. Fue casi una arqueología de la tecnología, hasta lo que hay ahora.
-Otra de las cosas que sorprende es la construcción de televisores de manera artesanal, con sus propias manos. Hacer algo así hoy sería imposible por los niveles de complejidad requeridos.
Construí cientos de televisores, algunos eran bastante difíciles de hacer por los componentes que tenían. Fue una pasión como cualquier otra. Pero me incidió en el lenguaje: yo no pensaba con palabras sino con componentes. A través de mecanismos lo que hacía era traducir de otro idioma. Por eso cuando apareció el transistor fue como un cambio de idioma, como irse a vivir a otro país. Eso me pegó un sacudón hasta que engrané de nuevo.
-Todo ese mundo de individuos solitarios con aptitudes tecnológicas que se cuenta en el libro en cierto sentido murió.
Sí. Yo acompañaba los procesos, pero como hay fenómenos de realimentación positiva, va demasiado rápido la ciencia, tan rápido que no se puede alcanzar. El avance es peligroso porque es más rápido que el crecimiento moral de las sociedades, del sentido de la vida. Es como que el proceso superó a nuestras capacidades. Ahora es imposible además hacerlo de manera individual, todo es en equipo y está fragmentado, no se alcanza a conocer todo. A veces, quien lo hace no tiene remota idea de qué hace.
-Arthur Clarke decía que se llega a un momento en que la tecnología es indistinguible de la magia.
Tal cual. Eso lo planteo al final: los científicos están en una nebulosa, en parte son como los poetas. Cualquier teoría que pueda pensarse no se aparta de un conjunto significativo y las hipótesis se les ocurren de muchas maneras. La tecnología es una cosa, son trabajos en equipos, pero los teóricos, como los que postulan la teoría de cuerdas pueden y deben volar con la imaginación. Pero debo decir que no me gusta la ciencia ficción. Al contrario, me genera rechazo. Soy un mal lector porque leo y me embalo. La palabra me reverbera en la cabeza y me sugiere cosas que hace que yo pueda plantearme la posibilidad de actuar. Entonces, dejo de leer y me pongo a hacer.
lunes, marzo 06, 2017
En los elegantes dominios de la técnica
lunes, febrero 13, 2017
Entrevista a Raúl Castro
sábado, junio 06, 2009
Primeras páginas (V)
Antuca (novela)
de Raúl Castro
1
Miro los destellos de agua, el temblor de los reflejos, las ondas que se cruzan y bailotean, y es una red tan intrincada como mi memoria, tan impenetrable y misteriosa.
El muelle de madera podrida cruje siempre, con una queja monótona y vacía.
Así paso las horas y los días mirando el agua marrón, con olor a barro fermentado, a junco y a pescado.
Paso las horas y los días esperando mi nombre. Esperando que se abra ese telón pesado que me separa de mis recuerdos, y sepa quién soy. Que me diga quién carajo es este tipo que está sentado en este muelle crujiente de madera podrida, mirando el agua.
Mi historia termina del otro lado de la isla, donde los naranjales se encuentran con el río Luján, donde los camalotes se enganchan en el recodo de la orilla.
Allí me recogió Roberta y me arrastró por el yuyal y el colchón de naranjas caídas, me cargó por la escalera de troncos hasta la casilla y me dejó en su catre, como si hubiera pescado un hombre.
Roberta dice que hervía y que hablé mucho pero que no entendió lo que decía, que más bien era un lamento o un llanto, y que a veces me retorcía como un animal maniatado que estuvieran marcando.
Eso decía Roberta, y es toda mi prehistoria. A los tres días desperté violentamente, me sorprendí sentado sobre un catre, en una casilla precaria, con una mujer maciza, de cara aindiada, pómulos fuertes, pelo lacio y tez muy oscura, que me miraba desde un rincón, sentada en una silla de mimbre.
Dice que me sacó del río enredado en las ramas de un camalote, con las manos atadas con alambre de enfardar. Todavía tengo marcas rojas en las muñecas y heridas en el cuerpo que parecen quemaduras, y un horror impreciso y lejano que se mueve atrás de la niebla, más allá del naranjal.
Sigue acá.
viernes, agosto 10, 2007
El contorno del deseo
[Microrrelato de Raúl Castro, publicado en el cultural de Perfil]
Cae, golpeando en las salientes, fragmentándose en infinitas partículas tremulantes, hasta sumergirse en sí mismo estrepitosamente, él.
Recoge unas palabras cercanas; mesa, vaso, ralladuras en la tabla de pino, algunas iniciales cuneiformes bajo la luz oblicua de la ventana; ve el viento en las hojas de la vereda y danza sin moverse, él.
–Sería mejor que no viniese –piensa–. Sería mejor.
Se amarilla con la tarde, se otoña, se envina mientras espera, él.
Si viniese tendría un vestido ligeramente verde, muy liviano, casi como dar vuelta la esquina, ella. Y frío. Porque refrescó.
Pero ya no tiene ganas de abrigar. Prefiere simplemente desear su ir llegando, el de ella. Imaginarla crecer desde la esquina, su pelo suelto, su andar viniendo.
Hay poca gente en la calle. Los coches pasan encerrados en su aire.
La vereda se pierde en la línea de fuga y el círculo rojo del vino va rodando por baldosas de vainilla su reflejo en el vidrio plano de la ventana.
No pasa casi nada, pero anochece.
Paga su vino, deja unas monedas sobre la tabla y se va caminando por donde esperó verla venir. Por donde ella vino muchas veces cuando era posible su llegada.
Atrás de sus pasos los árboles de la calle y las casas se disuelven.
A la vuelta de la esquina comienza el desierto. Una llanura de sal sin límites donde caminar o no caminar es casi lo mismo, salvo eso de mover las piernas. Pero la llanura no es de sal ni de arena, es un desierto de nada.
Se piensa un nombre: Juan.
Juan camina por un desierto de nada, pero puede nombrarse. Puede gritar su nombre. Eso sí, no hay eco. Todavía no llegó el momento de inventarlo.
Puede inventar el agua que es insípida, incolora e inodora, pero no tiene sed.
Si Juan tuviese sed, habría manantial y correría un río por el desierto.
Tiene dos materiales para hacer el mundo: la memoria y la imaginación. Le faltan ganas.
Prescindiendo de las ganas de Juan la nada se vuelve arena por propia voluntad. Una arena muy fina y blanca.
Mientras Juan deja correr la arena entre sus dedos, piensa que si no actúa todo volverá a ser como era, porque “lo mismo” quiere ser.
Detrás del horizonte, el humo negro de la vida flota sobre el contorno azul de la ciudad.
Si la imaginación está hecha del material de los recuerdos, piensa Juan, ¿por qué no pensar lo mismo?
Entonces piensa el bar con la ventana, y la vereda con baldosas de vainilla por donde ella, ahora sí, puede llegar.
Pasan los mismos coches y vuelven a pasar. Las mismas hojas vuelven a caer, la misma mujer del perro negro se detiene en el mismo árbol. Una película sin fin como las que se veían en las viejas máquinas a manivela de los parques de diversión.
Juan piensa sólo un fragmento de tiempo y ahora está cómodo en el retorno de lo mismo. Se recuesta en la góndola de una vieja calesita.
Todavía no está decidido a pensar su llegada, la de ella. No está preparado para verla dar vuelta la esquina y venir por la vereda de baldosas de vainilla, con su paso de encontrarse, pensando en él, ella, balanceando el encuentro con su andar vestido tan liviano a pesar del otoño.
miércoles, junio 13, 2007
Si todos fossem iguais a você
[vía Cidade devolvida.]
Tuesday, May 22, 2007
Evidentemente, como o cinema, a literatura argentina está muito à frente da nossa.
"Mi historia termina del otro lado de la isla, donde los naranjales se encuentran con el río Luján, donde los camalotes se enganchan en el recodo de la orilla. Ahí me recogió Roberta y me arrastó por el yuyal y el colchón de naranjas caídas, me cargó por la escalera de troncos hasta la casilla y me dejó en su catre, como si hubiera pescado un hombre."
Trecho de Antuca, de Raúl Castro.
jueves, julio 20, 2006
Antuca
[Revista Acción, Junio]
Se diría que el corazón radiante de la primera (y tardía) novela de Raúl Castro (1936) es un nombre de mujer, Antuca, pero como un agujero donde se pierden fantasmas y ensoñaciones de toda una generación. El universo político y cultural de los años 60 en Buenos Aires, evocado por un grupo de amigos reunidos en una playa fría y ventosa, otorga al realismo del relato cierto aire melancólico y de lejanía que solo la imagen de Antuca (una modelo negra de cuerpo de serpiente) rompe como un objeto de deseo inalcanzable. Mientras los protagonistas danzan con torpeza o elegancia a través de botellas de vino y ginebra, libros, cigarrillos, amores cálidos o suavemente gélidos, cinismos o desesperaciones, el nombre de Antuca asciende por momentos a la categoría de símbolo irresoluble, de emblema de algo que todavía no es o no puede ser. Esa tensión se expresa en la escritura crispada de Castro y en la textura de las historias que se entrecruzan a varias voces, bajo el signo del sarcasmo o la tristeza, contra el fondo desértico de un paisaje de mar y pampa. Un laberinto cuya máxima osadía consiste quizá en abandonar a la deriva todo consuelo.
_Antuca
lunes, junio 12, 2006
Las ruinas de la catástrofe

[Revista Ñ, 3 de Junio]
Por Susana Rosano
Andar sin memoria, dictamina un personaje de Antuca, es estar desamparado. Y esta parece ser la premisa que da impulso a la primera novela de Raúl Castro que acaba de publicar la editorial Entropía. Aquí, la pregunta por la posibilidad del recuerdo, la búsqueda de un relato que dé cuenta de quiénes fuimos y de los restos que asoman en este devastado presente no parece tener tanto que ver con la indecibilidad del horror. De lo que se trata es de poder juntar las partes que la locura y la muerte que la última dictadura militar argentina hicieron estallar en el interior de cada uno de los personajes, y de preguntarse valientemente si es posible saldar deudas con un pasado ante el que se interpone la culpa de estar vivos y el silencioso trabajo del miedo. De alguna u otra manera, toda la sociedad podría ser pensada hoy como víctima de la catástrofe.
La novela relata a seis voces el encuentro de cinco amigos en una playa desierta del sur de Buenos Aires, veinte años después de haber compartido la experiencia de sentirse parte de la vanguardia artística porteña. Lucas, convertido en el presente en empresario, es quien convoca a sus viejos amigos a este verdadero viaje hacia el pasado, para aplazar aunque sea por un tiempo, la asfixiante sensación de que la muerte ya está instalada para siempre en su vida. Sin embargo, en la casa persiste una ausencia: la de Pascual, el único del grupo que fue chupado en Rosario. La voz de Pascual, sin embargo, se inscribe en la novela a partir de su propia búsqueda. Y en este sentido es el único que puede realmente volver y recorrer el pasado, visitar la casa donde vivía en el momento en que fue secuestrado, para reconocer que no hay retorno posible, y retomar una vida nueva en una isla del Tigre.
Lo interesante, y es precisamente lo que permite la ficción, es que no se trata aquí del relato de una militancia, tramada en blanco y negro, o de la pregunta por la validez de una lucha política, sino de algo mucho más sutil: ¿qué fue lo que nos unía en el pasado y por qué el presente se nos asoma con tanta grisura? En el intento desesperado de los amigos por revivir el "espíritu del grupo", en la propia insistencia sobre esta palabra, la novela de Raúl Castro parece sugerir que 1a dictadura dejó como saldo mucho más que muertes y desapariciones. Lo que se perdió en cada una de las vidas adultas de estos personajes, y en la sociedad en su conjunto, fue precisamente esto: la posibilidad de pensarse en comunidad, la sensación, por más utópica que fuera, de que había un presente, pero también un futuro, que nos permitía sentirnos aunque sea un poco menos solos.
En el personaje de Antuca, que da nombre a la novela y que paradójicamente nunca adquiere la voz de narradora, se cifran los deseos de cada uno de los amigos. Pero, al igual que la pregunta sobre el pasado, se trata de un deseo siempre huidizo, ocluido, absolutamente cancelado. Como aquel otro que convocó el encuentro de los cinco amigos. En el presente desolado, sólo pueden verse las ruinas de la catástrofe.
_Antuca
martes, mayo 23, 2006
Feliz domingo
miércoles, mayo 03, 2006
Incorruptibles
lunes, abril 03, 2006
Consejos para suplementos culturales

Recomendaría todas las novelas que estén al alcance de la mano, sin calificarlas, por el placer de descubrir, en el libro menos pensado, el hecho literario que, al fin y al cabo, sólo se concreta en su encuentro con el lector, pero puesto a extremista sugiero “La manzana en la oscuridad” de Clarice Lispector y “La redundancia del valor” de Timothy Mo.
La palabra en Clarice Lispector derrapa, está desorientada, extravió la significación, sin embargo va mas allá, sobrepasa sus límites y traduce lo que no tiene nombre. Cada frase es una sola palabra nueva que está nombrando lo innombrable, y expande los límites de lo real. Leer a Clarece Lispector me da coraje.
Timothy Mo está ubicado en el otro extremo del lenguaje. Su voz, tan exacta, se liga unívocamente a la materia que la sustenta, y es refinada y compasiva como un buen bisturí. “La redundancia del valor” nos hace vivir la voracidad del nuevo orden mundial.
En poesía vuelvo a Cesar Vallejo cuando me falta tristeza de la buena, esa humedad profunda que me hace sentir más vivo.
Recomiendo el CD “Lagrimas Negras” de Diego “El Cigala”, y en especial el tema “Nieblas del riachuelo”. Creo que ese viejo tango entregó por fin lo que tenía guardado.
[Revista Ñ, sábado 1º de abril,
por el autor de:
_Antuca]
miércoles, marzo 29, 2006
Making of Antuca (contratapa)
[1er párrafo primigenio]
"Antuca es un nombre de mujer, de una mujer referida en una novela a seis voces (masculinas y femeninas), donde las sucesivas primeras personas toman distancia y se perspectivan. Antuca como punto de fuga de un grupo disuelto de amigos que atravesaron los años sesenta explorando las posibilidades de una década de fórmulas abiertas, y que se reencuentran veinte años después. En cierta manera iguales, pero, a la distancia, violentados por la pérdida, persiguiendo lo irrecuperable."
[un editor comentó:]
Me gusta. Sobre todo la primera frase. Aunque dudo en el paréntesis. Y el verbo "perspectivar" está fuera de todo diccionario. Después sigue bien. ¿"Veinte años" no da la sensación de década del 80? El cierre es fenomenal.
[otro editor respondió:]
Se supone que si exploraron a fondo las posibilidades de la década, la terminaron. Eso nos sitúa, por lo menos, en la década del 70 (+20=90). Lo de perspectivar, bueno, es una palabra horrenda.
[2do párrafo, en un principio]
"Con una brillante articulación sonora, simplificando la compleja arquitectura del relato en una secuencialidad adictiva; mordaz, lírica y de salvaje melancolía, Antuca se desentiende de las implicancias políticas (y sobre todo de la didáctica sobre los “años de plomo“), imbricándolas de manera tácita en la carga emotiva de sus personajes."
[un editor comentó:]
Fundamentalmente, tres objeciones. La primera, estilística. Entre la primera palabra y "Antuca" hay cinco "modificadores" (por llamarlos de algún modo), que a su vez contienen seis adjetivos. Quedó un poco churrigueresco. Parece una novela mía. La segunda, de contenido. Creo ver a dónde apunta todo el asunto, pero no creo que sea cierto que "se desentiende" de las implicancias políticas. En todo caso, esquivemos el asunto de otro modo. Tercera, war-against-cliché: "años de plomo".
[otro editor respondió:]
La primera objeción atenta contra los cimientos mismos de nuestra práctica contratapística. Mirá, vos lo sabés muy bien, esto se trata de apilar adjetivos sin echar mano nunca a incómodos verbos que puedan obstruir el necesario y perfecto nihilismo. En este caso esto deriva, exitosamente, en la negación de la responsabilidad política acerca de los plumbic years (cliché vintage, ennoblecido por la corrosión del desuso, y, por ello, reutilizable). Yo creo que se desentiende bastante, al menos es ciertamente no-didáctica.
[otro editor, distraído:]
Ahora nos preocupan las aliteraciones... El leve ulular del heliotropo...
[3er párrafo, manuscrito]
"La escritura de Raúl Castro, por momentos exuberante, entre científica y erótica a la vez, es la presa de un vibrante motor narrativo que admite la reflexión y la quietud en sus altas revoluciones, pero nunca la intrascendencia."
[un editor comentó:]
Tres dudas menores. 1) Me gusta "entre científica y erótica", pero no sé si "a la vez". 2) ¿"Presa"? 3) Por supuesto que funciona así como está, pero ¿quién creería que admite la "intrascendencia"?
[otro editor respondió:]
1. Tal vez no va, claro.
2. Presa es imposible.
3. No sé.
Seis meses después, esto:
_Antuca (contratapa)
martes, marzo 28, 2006
[¡Nueva sección!] Making of Antuca (tapa)



Tras recolectar, una mañana, audazmente, del revoltijo de fotos familiares de Raúl Castro, el equipo de diseño de Entropía se retiró sigilosamente con estas tres fotos (un árbol palo borracho, la luneta trasera de una Ranchera, una cañería hiperfluvial con clavadistas) en los bolsillos interiores de sus anoraks.
Luego de ensayar cerca de seiscientas combinatorias, seis meses después, se arribó a esto:
_Antuca
viernes, marzo 17, 2006
jueves, marzo 09, 2006
Antuca
«Antuca es un nombre de mujer, de una mujer referida en una novela a seis voces, masculinas y femeninas, que se alternan en la posesión de un relato común.
Antuca como punto de fuga de un disuelto grupo de amigos que atravesaron los años sesenta explorando las posibilidades de una década de fórmulas abiertas, y que se reencuentran veinte años después; en cierto modo iguales, pero, a la distancia, violentados por la pérdida.
Con una articulación polifónica que simplifica su compleja arquitectura en una secuencialidad adictiva, Antuca se desentiende de la didáctica sobre la historia política, imbricándola de manera tácita en la carga subjetiva de sus personajes, hasta configurar un estudio dinámico del deseo. La vibrante escritura de Raúl Castro –un motor narrativo que en sus altas revoluciones admite, también, la reflexión y la quietud– hace de Antuca una obra mordaz, lírica y de salvaje melancolía.»
martes, octubre 25, 2005
Adelanto de Antuca
Estoy pescando. Solo, en esta playa inmensa, trato de sacar algún bicho del agua. Llevo cuatro horas de espera sin ningún resultado.
En estas cuatro horas pensé mucho en Antuca, en Teresa y en mí. Me imaginé en la cama con ellas. Pensé intensamente en ese triángulo. Pensé en Henry Miller con June y Anais Nin. Dos es lo diferente a uno, pero tres es la pluralidad, es lo total. Lo dual parece destinado a agotarse en sí mismo, a unificarse. Mientras que en un trío siempre hay otro, siempre hay un afuera, siempre hay alguien que atestigüe. Por eso la propuesta de Teresa tiene tanta fuerza que es imposible eludirla. Miro el vendaje de mi mano y siento vergüenza. No entiendo por qué soy tan patético.
Aparecieron muchos bichos raros en la playa. Se desplazan en círculo, caminando sobre largas patas como insectos terrestres, pero salieron del mar, seguramente expulsados desde lo más profundo por un tornado o algún lejano cataclismo. Unas nubes extrañas se van enroscando en el cielo. La atmósfera comienza a ponerse densa y misteriosa.
No es el viento común de nuestras playas, sino el ir y venir de un aire enloquecido. El fenómeno me oprime el pecho. Algo trágico está armando la naturaleza a mi alrededor. Un cielo bajo y oscuro comienza a girar sobre mi cabeza. El mar se encrespa y ruge, y la playa se vuelve hostil. Destrabo la caña de su soporte metálico y comienzo a recoger la línea. Las olas se amontonan una sobre otras como en una estampida de búfalos. Siento un dolor agudo en el corazón y lo masajeo con fuerza, pero no puedo irme, estoy narcotizado por este espectáculo. Me resguardo entre los tamarindos, pero los médanos comienzan a volar y escapo hacia las casas.






