Revista Crisis sobre Scalabritney de Martín Zícari
Por Mariano Canal - Alejandro Galliano - Hernán Vanoli
Novelas de jóvenes escritores, a veces no tan jóvenes, publicadas en 2014. Escritos que permiten trazar un panorama sobre la fiesta, el ocio y la experiencia urbana durante los años en que se forjó la ideología estatista socialdemócrata, sustentada en el consumo de tecnologías blandas, que hoy goza de un consenso casi total. Las capas medias se narran a sí mismas durante el kirchnerismo, pero: ¿qué kirchnerismo sucedió para las capas medias?
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miércoles, octubre 14, 2015
Militantes de la Peter Pan (dos)
Los flaneurs
Lo primero que hay que decir sobre Sacalabritney de Martín
Zícari es que, a diferencia de Merca o de Electrónica, no es una novela ni una
nouvelle, sino una colección de monólogos breves y desordenados que parecen
compartir un narrador. El libro se vincula con Electrónica por una cierta
exploración de la condición gay. También debido a cierto sistema de referencias
vinculado a lo camp, en su yuxtaposición con la estética de derecha
autodenominada hipster, un rosario de alusiones a la cultura indie y a consumos
que siempre deben ser explorados, marcados subjetivamente. En medio de un
pantano de diminutivos que pasan de resultar un recurso fácil en las primeras
páginas a tomar al lector por tonto al final de las ochenta carillas que tiene
la obra, el narrador declara que “La tristeza es ontológica, la única solución
creo yo es usar máscaras todo el tiempo”. Un diagnóstico y un conjuro.
Las máscaras, entonces, van a ser utilizadas en el trabajo
–una de las escenas o monólogos sucede en situación laboral; es un solo día, y
realmente el narrador lo toma como una excursión más al Tigre-, en las salidas
con amigos, en los paseos en bici por la ciudad. La tristeza ontológica, por su
parte, queda muy al fondo. Tan al fondo y tan ontológica es la tristeza que
termina devorada por un infantilismo premeditado, con ciertos momentos de
romanticismo en la contemplación de la naturaleza o de los bellos cadetes que
navegan la ciudad en sus rodados. Justamente la ciudad, con sus bicisendas, es
un espacio de circulación pero también de disfrute. La sintaxis de los
monólogos de Scalabritney construye a lo urbano como un escenario caótico y
frondoso, en permanente transformación. Los niños que hacen dibujitos y se
emborrachan mientras fuman porro en la novela han aprendido a no dejarse
avasallar por la policía; sin embargo no se animan a ir al baño de su propia
facultad porque consideran que esa es la única excursión peligrosa de todas las
que se plantean en el libro. Si un extranjero leyese Scalabritney probablemente
pensaría que Buenos Aires es un lugar apasionante y eso es un mérito de la
escritura de Zícari; también pensaría que es una inmensa incubadora de kidults
con una definida tendencia hacia la perversión polimórfica. Una ciudad sin lugar para los viejos: “Al
lado del chico acostado dibujé una fogata y un grupo de nenes y nenas que
bailan en ronda mientras las llamas cocinan la cabeza decapitada de un adulto.
Ardían sus bigotes, ardían sus arrugas, las bolsas abajo de sus ojos y todas
las marcas de vejez, ardían en la fogata mientras nosotros bailábamos y
cantábamos alrededor”.
La celebración de la amistad se produce como un sistema de
comunidades de éxtasis y rituales efímeros de donde el narrador entra y sale no
sin cierta incomodidad. El narrador de Scalabritney, sin embargo, no es
ingenuo. Su deriva va sembrando preguntas; pocas veces las responde. Conciente
de que las reuniones a fumar porro no pueden horadar la tristeza y que la
infantilización deliberada de la experiencia tiene un techo demasiado bajo y
quizás también demasiado sórdido, cuestiona sus propias verdades. Por ejemplo,
en un viaje en colectivo, empieza a bailar para “pervertir géneros y
experimentar con los límites entre la esfera pública y la privada”; de hecho,
la interrogación por los límites del cuerpo y cierta animalización provista por
la importancia del baile en los espacios de ocio es un tropo recurrente. Este
viaje a través de la tristeza, de las máscaras, del baile y de lo gregario,
estratos que se superponen como las capas de una ciudad con múltiples
fisonomías –la ciudad como lo real- concluye con la gran utopía de la clase
media hippie. En el penúltimo capítulo, Scalabritney se permite trazar una
alegoría onírica que describe una relación conflictiva entre la técnica, el
arte, el hombre y la naturaleza, a través de la historia de un strandbeest, una
bestia-máquina que funciona como mascota y también como proyección del
inconciente del narrador, que imagina su propia muerte. Esta iluminación
imaginativa choca sin embargo con la inexorable certeza cínica de que la
expresividad sirve para sobrevivir en un mundo hostil, y jamás para cambiarlo.
Así, la utopía final de Martín, narrador de la novela, es formar un centro
cultural donde “todo el tiempo pasen cosas”: “Pensé que sería genial tener toda
la plata del mundo, e instalar ahí un centro de arte donde vivamos tipo
internos todos los que hacemos algo copado y organicemos ciclos, festivales,
recitales y fiestas. Y todos tengamos nuestros talleres ahí y ese sea nuestro
hogar”. Queda la agridulce sospecha de que Martín no se sentirá cómodo ni
siquiera en este contexto, o de que quizás se olvide pronto del centro
cultural, durante su próxima ronda de baile y de porro, contada otra vez desde
un monólogo errático y lleno de diminutivos.
La nota completa, acá
viernes, abril 17, 2015
Prefiero estar con mis amigos
A los 25 años el escritor y editor Martín Zícari ya tiene en
su haber un puñado de plaquetas de poesía, un proyecto editorial propio y acaba
de publicar su primera novela, Scalabritney. En una charla con Revista Ramera
analiza su relación con la escritura, nos cuenta sobre sus influencias, se
distancia de la Alt-Lit y apunta contra la crítica literaria.
Por Emmanuel Milwaukee
“Es que estamos todos cada vez más locos”, me dice Martín
Zícari, haciendo referencia al paso del tiempo, mientras caminamos al lado de
las vías del tren atravesando el predio de Agronomía; la tarde cae lentamente
alrededor nuestro, la luz se vuelve cada vez más naranja y se filtra entre las
hojas de los enormes árboles que nos rodean. Martín es escritor y editor; entre
tantas otras cosas, claro. Tiene 25 años y creció en Bella Vista, partido de
San Miguel. Editó los libros de poesía Dragón de agua (Hoja de trabajo, 2012),
El problema de la droga y los días lindos (Tammy Metzler, 2013) y el ebook de
relatos eróticos Papus (De parado, 2013). En 2014 Entropía publicó su primera
novela, titulada Scalabritney, en la que narra la vida de un pibe de
veintipocos en Buenos Aires, abordando tópicos varios como la amistad, el
trabajo precarizado, el ocio y el constante roce entre la realidad y la
fantasía. “Es medio la visión de un pendejo provinciano, puto, que cae a
capital y quiere experimentar la ciudad, flashar y tener amigos”, resume.
Martín vive actualmente en Villa Urquiza, lejos del bardo,
cerca del club Argentinos, donde va a nadar casi todos los días. Una zona agradable.
Al entrar a su departamento, en un primer piso al que subimos por escalera –
aunque hay un ascensor –, lo primero que se ven son libros: arriba de una mesa,
arriba de otra mesa, en los estantes, en una mesita frente a un sillón y así.
Mucha poesía: Obra Completa de Héctor Viel Temperley, Antología de Juan L.
Ortiz, Trabajo Nocturno de Juan Manuel Inchauspe. También aparecen los tres
tomos de Nueva corónica y buen gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala. “Es que
estoy haciendo mi tesis”, explica Martín, que está terminando la licenciatura
en Historia en la UBA.
Ya instalados en su casa -y con alguna cerveza sobre la
mesa- charlamos acerca de Scalabritney, de su proceso de escritura y de su paso
por distintos talleres (entre ellos los de Gabriela Bejerman y Alberto Laiseca)
hasta dar con el de Damián Ríos y Mariano Blatt, donde la novela terminaría de
tomar forma. “Yo empecé a escribir la novela en el 2011 y la terminé en el
2012. La terminé en el taller de Damián, ahí se terminó de armar. Yo había empezado
a hacer algunos talleres antes y había escrito algunas partes, la fui
escribiendo de a fragmentos. Cada parte de la novela nació por separado”,
relata Martín en relación al origen de Scalabritney. “Algunos capítulos
nacieron de consignas que me habían dado, como toda la primera parte, por
ejemplo.”
LAS INFLUENCIAS SALVAJES
Scalabritney tiene un devenir vertiginoso y esquivo, la
narración de cada capítulo parece no detenerse jamás ni establecer jerarquías
entre qué es importante narrar y qué no, pareciera ser un caudal desaforado,
una correntada que lleva al lector muy lejos. Cualquier detalle mínimo puede
ser el disparador para una gran digresión: el poema de una canción imaginaria,
los ojos negros de los caballos, un recuerdo de infancia o animales ficticios
movidos por el viento. Martín reconoce en ello una gran y potente influencia de
Copi: “En una época empecé a leer mucho Copi. Me acuerdo de ‘La ciudad de las
ratas’. El libro es como las peripecias de una familia de ratas por los
suburbios de Paris, la narración avanza siempre. Me gustaba eso de la narración
que sigue y sigue, él tenía mucho de eso y me encantaba. Con Scalabritney yo
quise hacer algo así”.
Martín habla de Copi con fervor, confiesa la admiración por
su obra y también por la excentricidad y lucidez que emanaba de ese escritor y
dramaturgo argentino que a pesar de la distancia supo convertirse en uno de los
acontecimientos más originales de nuestra literatura. “Me interesaba mucho la
figura de Copi y lo que generaba él. El chabón era puto, tenía HIV, su familia
se exilió por problemas con el peronismo, él se radicó en Paris después, hizo
la suya, todo eso”. Martín se incorpora y camina hasta su biblioteca, revisa
los estantes con la mirada. Finalmente encuentra lo que busca. Se acerca y trae
en las manos el libro Habla Copi. Homosexualidad y creación, de José
Tcherkaski, una extensa entrevista a Copi en la que responde con humor punzante
a un largo cuestionario. Leemos juntos algún fragmento. Sin duda un gran tesoro
que Martín guarda con cariñoso recelo.
Hurgando en torno a influencias contemporáneas aparece en la
conversación Pola Oloxiarac, cuya novela Las teorías salvajes (editada por
Entropía, al igual que Scalabritney) parece haber dejado huella en la escritura
de Martín. “También venía pensando mucho en ese libro de Pola Oloxiarac, justo
había salido por esa época. Ese fue un libro que me marcó mucho para escribir
Scalabritney. Ella escribe desde Puan, yo también estudié ahí, su protagonista
es una universitaria que se dirime en teorías. Yo sentía que quería generar un
diálogo” . Martín se detiene un momento y piensa, abre mucho los ojos y señala
con determinación otro detalle que considera importante destacar entre ambas
novelas: “Pola usa mucho neologismo, mucha jerga. Yo también hice eso. Entropía
resaltó esas palabras en el texto de ella. Con Scalabritney quisieron hacer lo
mismo, lo querían marcar con itálicas, y yo dije que no, que me parecía que eso
cosificaba el lenguaje. Pienso que al marcar tanto las particularidades del
lenguaje se termina perdiendo mucho de lo que hay ahí, se vuelve medio
estático, no tiene sentido.”
ALT-LIT, ELLOS Y NOSOTROS
La publicación de Scalabritney significó el hito de mayor
exposición dentro de la obra de Martín. Sin embargo, un puñado de reseñas y
entrevistas poco comprometidas con el texto lo interpelaron en torno a su labor
como escritor desde interpretaciones que no lo dejaron demasiado satisfecho.
“Siento que la gente la lee mucho en línea con el Alt-Lit y toda esa boludez de
la literatura norteamericana actual. Puede llegar a tener algo de eso porque es
un acto de escritura y la escritura se hace en soledad, pero nada más. En
varias entrevistas que tuve que hacer sentí que nadie había leído la novela,
repetían la contratapa, te preguntaban cosas muy superficiales. Me parece una
falta de respeto. Un panorama medio deplorable de la crítica cultural”, se
lamenta Martín.
Algunas reseñas hablan de banalidad, de reivindicación de la
frivolidad, de enajenación urbana, de pibe ensimismado perteneciente a una
generación desinteresada. Otras rozan la homofobia refiriéndose a un narrador
infantilizado hasta la lobotomía, homosexual y ocioso. “Lo que me interesa a mí
es lo formal, cómo está construida una oración, quiero que se me juzgue por
eso, no por los temas que toco. Si son medio inmaduros es porque tenía 19 años
cuando lo escribí. Igual todo bien, ¿por qué la gente tiene que entender tu
flash? La gente está leyendo las cosas pensando en su vida. Entonces vos te
relacionás con eso si tiene algo que ver con tu vida. Ponele, estos héteros que
escribieron estas críticas están hartos de los putos tomando control de la
cultura, entonces escriben esas críticas antiputos súper machistas porque tiene
que ver con su vida, no tiene que ver con el texto, tiene que ver con cómo ven
el mundo ellos”, concluye tajante.
En relación a los vínculos que se intentan establecer –
desde la crítica literaria porteña – entre cierta literatura joven argentina y
la movida Alt-Lit de Estados Unidos, Martín irradia tirria. Se levanta y busca
una nota publicada en Revista Ñ, en la que se presentan a los principales
exponentes de la literatura de internet estadounidense y se intenta encontrar
un paralelismo argentino en la narrativa actual, entre las novelas elegidas
como posibles referencias se encuentra Scalabritney. “Me parece una paja que
busquen representaciones de la Alt-Lit en Argentina, con esto del centro y la
periferia, y nosotros siempre escribiendo como lo que escribe Estados Unidos,
que me parece que nada que ver, me parece que Argentina tiene un desarrollo
literario particular que no tiene nada que ver con Estados Unidos. Odio la
Alt-Llit, y que lo comparen con la Alt-Lit me parece una pelotudez.”
VIAJES EN AUTO A BRASIL
La noche ya está bastante avanzada, los envases de cerveza
ya están vacíos hace rato. Ambos nos desplegamos sobre un enorme sommier. Nos
rodean los libros, por supuesto. Nos acompaña también una botella de agua, cada
tanto algún colectivo pasa frente al edificio, debajo de la ventana, y nos hace
retumbar los oídos. Le pregunto a Martín que qué sigue ahora, si se encuentra
escribiendo algo nuevo. “Si, estoy escribiendo. Ahora estoy escribiendo la
tesis, pero de vez en cuando escribo algunos poemas y un poco de prosa. La
prosa es medio rara. Estuve estudiando sobre la comunidad campesina en el siglo
XIV y empecé a escribir sobre eso, sobre el campesino que vuelve de trabajar
las tierras del señor feudal, un poco de cómo era esa sociedad, sobre las
leyendas, el misticismo del bosque.”
Martín piensa en la escritura como algo que siempre estuvo
en su vida. Del interior de un cúmulo de cosas, a un costado de la cama, saca
un cuaderno anillado de tapa dura con una imagen del Demonio de Tasmania. Es su
cuaderno de infancia, me cuenta, el que le reglaron sus padres cuando era un
niño para que escriba y el cual lo acompaña hasta estos días. “Siempre tuve a
la escritura como algo medio de la imaginación y el escape. Empecé a escribir
porque me aburría en el auto con mi familia. Nos íbamos a Brasil en auto con
mis viejos y con mis hermanos nos portábamos como el culo. Mis viejos se
hincharon las pelotas y me compraron un cuaderno y me dijeron ‘escribí
historias’, así me quedaba callado un rato”, recuerda entre risas. “Después
escribía historias y me mareaba escribiendo en el auto, me la pasaba vomitando
todo el viaje”, agrega y ambos largamos una carcajada.
jueves, marzo 12, 2015
El abrigo de una forma linda
Carlos Ríos reseña Scalabritney para Bazar Americano
Hay en esta primera novela de Martín Zícari (Buenos Aires,
1989) un efecto encantatorio que le llega al lector como el resultado de un
dislocamiento lírico y argumental, en un fraseo incesante que da cuenta de los
desplazamientos de Martu, un joven universitario, espécimen citadino o “chico
urbano” que se consagra a la amistad, al fluir del presente y al amor entre
pares. En ella importan menos los acontecimientos –sobreabundantes, sean reales
o ficticios– que las modulaciones de un archivo sensible, a medias documental,
caprichoso e irónico, a medias inventado que reproduce Martu con la sagrada
potencia de un diario que se escribe en plena exploración, subido a la bici o
en el colectivo, en la facultad o en el trabajo deplorable, junto a sus amigos
y amigas, en incursiones más o menos salvajes o artísticas, siempre con la
varita de las sensaciones en la mano.
Los hechos, menores, elevados o dramáticos según los acentos
que vaya poniendo Martu (¿Martín?) según sus humores en la clasificación de las
cosas, con una media distancia a la vez crítica, temerosa y dotada de una carga
“perspicaz” –palabra que Martu promete buscar en el diccionario– aparecen en la
nouvelle filtrados por un artefacto hipersensible –una cajita hecha de colores y de música– que
funciona como un acelerador de partículas emocionales, una cajita donde podrían
guardarse un corazón y un set de palabras luminosas que fueran adhiriéndose,
como una piel, al organismo de la novela.
El espectro sensible se derrama sobre los hechos, en
especial donde se reconoce una condición de fragilidad constitutiva a un paso
de lastimar, un lastre con el que ajustar cuentas luego del resplandor
epifánico. Ejemplo: una canción puesta para acompañar el regreso feliz y
radiante en la bici puede aportar tristeza, hacer que la gente que pasa le deje
a Martu “sus pedazos de persona que ellos no querían”. El entorno, de golpe, se
torna amenazante: “Los que pasaban en moto me suspiraban en la nuca, los que
pasaban en auto me tocaban bocina y me encerraban para matarme, los que iban en
colectivo estaban tan en la suya que no se daban cuenta de lo que sucedía
alrededor. Los que manejan están tan pendientes de sus volantes que no ven la
carne, los músculos y los ojos de los demás”.
La de Zícari es una prosa vibrante, plenipotenciaria, cuyo
avance en apariencia errático construye, para sí misma y para quien la escribe,
un sistema de esclusas que contenga y distribuya el impacto de lo real: así lo
pequeño se magnifica, los enamoramientos involucran, en su belleza, el entorno,
los peligros se redimensionan o se aplazan con el poder de la imaginación. Lo
que se sabe sobre el mundo, entonces, resulta de una construcción selectiva. Y
de una escritura poderosa. Luego eso es crecer, entrar en el mundo de otro
modo.
Mientras los amigos y amigas son cuadros más o menos
inmóviles, superficiales o pasivos que funcionan a pares como ciertos
personajes de Kafka, el derrotero de Martu es hacia la profundidad, en un
compuesto caótico detecta el brillo de las cosas y las levanta, hace de un
epifenómeno un momento insuperable de la vida, o sólo superable por algo de la
misma sintonía que venga después, tenga que ver con un chapuzón en el río o con
los efectos de lectura que ocasiona un poema malo. Al mismo tiempo, sobreviene
la sensación de que el mundo podría derrumbarse de golpe, cualquier hecho
insignificante podría empañar todo el conjunto, hacerle daño (y es un daño que
viene de afuera pero ya estaba, de algún modo, en uno).
Perderse en un bosquecito o en una fiesta, imaginar la
película de un paseo en barco, devenir animal artístico o subhumano, ser el
“susanito” que limpia su espacio íntimo para purificarse, en todo caso asentar
un territorio para escaparle a las clausuras del miedo. La decepción, la
tristeza o la escalada depresiva son el fusible por donde el mundo entra para
reconfirmarse como ajeno; Martu se libera de estos embates con las lanzas
resplandecientes de una escritura lanzada hacia adelante, arborizante o
detenida, siempre a metros de la autoprotección.
¿Cómo luchar contra ese mundo que se inclina sobre uno de
manera irremediable? Oponiéndole un patrón sensible y amoroso que obre como
conjuro. Y en esta oposición, la novelita de Zícari condensa en su charla
interna cada pretensión de resguardo y libertad con sus reenvíos poéticos, como
si las miserias grises del mundo, tamizadas en la cajita ultrasensible de
Martu, pudieran ser abolidas a puro golpe de belleza.
(Actualización marzo
– abril 2015/ BazarAmericano)
lunes, diciembre 22, 2014
Alt Lit, una nueva sinceridad
Tendencia. En la línea de esta nueva narrativa
estadounidense, cuatro jóvenes autores argentinos ensayan modos de narrar las
relaciones, la alienación y el hastío contemporáneo.
Fragmentos de la nota de Diego Erlan en Revista Ñ (nota completa en el link)
Un profesor al que acaban de echar del trabajo despierta en
el pelotero de un Mc Donald’s. Un escritor indie vuelve a su pueblo donde todos
parecen odiarlo y en un bar paranoiquea con que lo podrían matar. Un policía
amable arresta a una chica por manejar ebria y después la alcanza hasta su
casa. Otro personaje llega a su casa cargando el hastío. Insulta a su vida. A
su padre. Se pregunta si acaso podría cogerse a su tía. “Sos una mierda”,
piensa el personaje cada vez que se mira en el espejo y no puede dormir. Son
personajes trazados por Sam Pink, Noah Cicero, Lily Dawn y Jordan Castro. Estos
autores son parte de la nueva narrativa estadounidense conocida como la Alt
Lit.
(…)
Entre el hiperrealismo y el absurdo
Una serie de novelas argentinas recientes, que atraviesan
esta “nueva sinceridad” contemporánea, conducen a una pregunta inevitable:
¿podría hablarse de una Alt Lit en la Argentina? Veamos. Novelas como Te quiero
, de J. P. Zooey, Scalabritney de Martín Zícari, Los catorce cuadernos de Juan
Sklar o incluso Merca del autor llamado simplemente Loyds son novelas que
hablan del sistema y sus dinámicas sociales, de la alienación, de la forma
falsamente colectiva de relacionarnos. Internet democratiza los vínculos pero
también aísla. Es el confinamiento en el que se encierran los personajes que
inundan estos libros. Un retrato de la época. De la abulia y el hastío que dan
cuenta de un momento y producen un efecto (a veces demoledor) en el lector.
Separemos estas cuatro novelas en dos grupos. Por un lado
Zooey y Zícari. Por otro, Sklar y Loyds. Empecemos por el hiperrealismo que
proponen estos últimos.
(…)
Zooey y Zícari, por su parte, proponen un realismo aturdido,
extrañado, donde abundan las mentes en fuga y el delirio de ciertos elementos
sumergen a Zooey y a Zícari en un virtuoso diálogo generacional. La escena en
la pizzería Kentucky entre Bonnie y Clyde con la que empieza Te quiero (Páprika),
podría citar el comienzo de Tiempos violentos : Tarantino eje del canon de una
estética contemporánea. El enigmático J. P. Zooey, luego de Sol artificial y
Los electrocutados , vuelve con un relato delirante, rítmico y frenético
protagonizado por dos personajes algo paranoicos, con diálogos chispeantes y
atisbos de absurdo. Clyde escribe y discute sobre los clásicos, la literatura
posmoderna y la crítica literaria. Bonnie está obsesionada con los asaltos y
las formas de hablar de los “pibe Face”. Si tuviera una banda de sonido, en Te
quiero debería sonar todo el tiempo Babasónicos: una música sin prejuicios que
teje imágenes insospechadas, una tras otra, entre la ilusión y la desfachatez,
produciendo desfasajes casi imperceptibles (“paguemos algo que todavía no
rompimos/ para que luego no nos vengan a frenar”, canta Adrián Dárgelos en la
letra de “Tormento”). Zooey, de algún modo, entabla una discusión directa con
la estética que propone Tao Lin y el grupo de la Alt Lit: “La literatura
posmoderna es fácil, dice Clyde, cualquiera escribe con ironía y socarronería,
cualquiera puede burlarse de sí mismo. Hay que leer a los clásicos, Faulkner,
Stendhal, Thomas Mann, a los que sostenían una palabra desde el comienzo hasta
el final de las trescientas o quinientas páginas. Hoy todos quieren ser
ingeniosos y paródicos. Tienen el yeite del ingenio, pero están muertos. Están
todos muertos.” Scalabritney (Entropía) se desarrolla en el chisporroteo de una
mente en fuga, de un protagonista con rasgos similares a los de Dani Umpi.
Suerte de melancolía naivë y sentimentalismo posmo, Zícari construye su relato
a través de filtros: como los flujos de la imaginación o el filme
(“mentalmente, esto es una película”). En el núcleo del libro de Zícari está su
idea de “una aventura indie”: consumo pop para una travesía emocional.
Aburrido, el protagonista sólo encuentra que puede refugiarse “en la actuación,
el canto, el baile y la sobreexpresión de todo lo que siento arriba de un
escenario para poder sobrevivir en este mundo hostil”. Si en Te quiero suenan
los Babasónicos, en Scalabritney se escucha la música de los DJ’s Pareja. El
personaje de Zícari (más conservador, menos desesperado) quizás sea el más
cercano al protagonista de Los catorce cuadernos : alienación, soledad y una
búsqueda infructuosa de la felicidad, sin saber muy bien de qué se trata eso.
Vanoli y Lolita Copacabana entienden que tanto Zooey como
Zícari intentan construir una cierta espontaneidad vinculada a los recorridos
urbanos. La movilidad y ciertos escenarios muy reconocibles son palpables en
ambas novelas. Escribe Zícari: “...me acuerdo de mi proyecto de baile en los
espacios públicos para el taller y ahí nomás saco la cámara digital y se la doy
a un pibe re lindo que estaba al lado mío y le digo que soy estudiante de un
taller para el cual tengo que hacer un trabajo de experimentación literaria
usando la problemática entre las esferas pública y privada de la vida de uno
mismo como escritor con el fin de pervertir alguno de los géneros establecidos
por los cánones literarios y si él por favor podía filmar las caras y gestos y
expresiones corporales de la gente mientras yo bailaba con los ojos cerrados en
el espacio para discapacitados que nunca se usa y siempre está vacío”.
Hay algo en común en estas cuatro novelas: Internet. No se
trata de una fuente de preguntas sobre las maneras de narrar en tiempos de
digitalización de las interacciones o de la experiencia, sino que está
incorporada a través de un doble movimiento: naturalizándolo en la
cotidianeidad y construyendo con ella una relación singular. Podría
arriesgarse, a modo de conclusión, que si bien el efecto 11 de Septiembre fue
la expresión de una nueva sensibilidad en el centro del mundo global, en la
periferia, en tanto, esa misma sensación del derrumbe de las certezas se
anticipa ya en los años 90 y se metamorfosea, primero como tragedia y ahora
como comedia. Tanto Sklar, Loyds, Zooey como Zícari intentan entender las
gramáticas sociales. A veces con ejercicios de lenguaje, otras con una mera
perspectiva sociológica, estos autores posan para una selfie literaria: son
ellos y su mundo. Realistas por opción, cada una de estas novelas elige su modo
de extrañamiento. Y con sus diferencias, coincidencias, derrapes y pretensiones
de singularidad, se manifiestan como una manera de expresar el hastío, el
desencanto y el sinsentido contemporáneo. Desde luego, no son las únicas.
Revista Ñ, 15/12/14
miércoles, octubre 08, 2014
Bicisenda evasiva
Libros. Nouvelle citadina con sabor a Buenos Aires.
Por Lucas Cremades
En la voz de un joven estudiante universitario se aparece
Martín Zícari (Buenos Aires, 1989) para narrar el discurso interior y casi
invisible que parece inferir, connotar y demostrar que a través de situaciones
posibles, hipotéticas, elementales y astrales, la imaginación y algunas calles
de Buenos Aires son como moldes desde donde situar una escritura inquieta, real
e ilusoria que logra detenerse con éxito en hechos del estilo “un Yetti Yuppie
Yendo (YYY) a tomar su clase de inglés matutina antes de una jornada de diez horas
de trabajo en la empresa aseguradora de capitales menos relevante de la
economía argentina (…)”. A puro escape, confrontando con el rictus académico,
Zícari trae en su primera novela el relato interior de la vida cotidiana, el
cual puede sucederse a bordo de una bicicleta y sólo cuando cerramos los ojos.
Como una carga de voces que se oyen sólo desde una escollera profunda que se
adentra a mar abierto, Scalabritney arroja fantasías y demuele los letargos de
la mente.
Revista Veintitrés, 10/09/2014
lunes, octubre 06, 2014
LA SOPORTABLE LEVEDAD
Por Maximiliano Crespi para Radar Libros
Entre la parodia y el grotesco, Scalabritney aborda la frivolidad demostrando con hidalguía que se lo puede hacer sin ser, precisamente, frívolo.
Hay algo en el discurso de la frivolidad que resulta fascinante. No es, claro, su insolente disposición a hablar con desparpajo a la vez sobre asuntos complejos y banales, salvando con clichés todo nudo problemático. Lo fascinante es el vértigo con que se suceden, indiferentes, sus cambios de tema, en una arrolladora y tibia huida hacia adelante. La ficción de la frivolidad (que no tiene que ser obligatoriamente frívola) sigue un cauce de pensamiento leve (pero no por ello débil), serpentea frente a los obstáculos y cambia de curso de manera dúctil ante los accidentes de superficie. No elige los cambios; se deja llevar más bien por un impulso de apariencia neutra que la excede. Se abandona a esa “fuerza poética natural” que le permite evadir contradicciones, fantasmas, detalles y lapsus: lo ínfimo, tras lo cual asoma el rostro insoportable de lo real. En ese paso de baile aprensivo y etéreo –sobre el cual César Aira fue capaz de elaborar una obra de mérito incuestionable– se despliega la nouvelle de Martín Zícari.
La consistencia del semblante poético de Scalabritney no se apoya en la desidia de su adjetivación, radica ante todo en la sintaxis con que reproduce el flujo metonímico por el cual la narración avanza sobre una trama intrascendente, arrancando nuevas frases a frases que parecían agotadas en su monotonía y su banalidad. Partiendo tan sólo de un puñado de escenas, que no llegan más que a ser superficialmente hostiles, el relato se articula así sobre digresiones de evasión que rozan lo delirante (un sueño, una alucinación, una película de terror, un recuerdo, todo es distorsionado y transformado por la imaginación). La distinción no es siempre tangible. No porque todo se plantee bajo un mismo punto de vista, sino porque entre la percepción de lo “real” y lo imaginario no median diferencias en el orden de la ficción. Y es por eso que, más que el relato, lo que gradualmente se convierte en el centro neurálgico del texto es la imaginación sobreactuada de un personaje cuya existencia oscila entre la ingenuidad espontánea y la ridiculez. Más que lo que se dice, lo que importa es quién habla. En la recreación de esa voz y ese imaginario particular, el flujo discursivo adquiere en efecto –como ocurre a veces en Puig– un carácter casi performativo.
Sin embargo, el relato vacila a veces indeciso entre la parodia y el grotesco. Lo que ratifica el ademán paródico es el índice de un subtitulado donde el narrador cambia (o al menos se desdobla). Lo que remite al grotesco es la vitalidad de una ficción que pone en escena un narcisismo impúdico, tan exhibicionista en su frivolidad y su medianía que por momentos flirtea con lo transgresivo, ya fuere en el pavoneo de la incorrección política o en la impostura que recicla sus lugares comunes. Todo parece bastante claro: el personaje ama las fiestas privadas, los erotizantes paseos en bicicleta por Palermo Queer, las escapadas con amigos al Tigre y desprecia abiertamente a “la chusma” y a ese aburrido o amenazante “mundo hostil” del cual huye en sus dulces visiones. Pero se revela siempre demasiado satisfecho de su propio imaginario (y de su propia frivolidad) como para rozar siquiera la experiencia transformadora de lo íntimo. Scalabritney es “un espacio multisensorial, multidimensional, multimediático, múltiple” donde la infelicidad se conjura; un lugar secreto, lujoso e ilusorio –a la vez oscuro y placentero– donde la fiesta se prolonga “infinita” y donde nadie se acuerda de la bolsa de ropa sucia de su jefe.
Radar Libros, Página 12, 05/10/2014
jueves, octubre 02, 2014
Literatura continua
sobre Scalabritney, de Martín Zícari
por Quintín
Leo que Enrique Vila-Matas es el escritor invitado para
inaugurar el Filba y también leo una reseña que Matías Serra Bradford publicó
en PERFIL de Sobre cosas que me han pasado, de Marcelo Matthey. Es un libro muy
extraño, un diario escrito durante 1987 y 1988 en el que sólo se anotan hechos
cotidianos, desprovistos de toda interpretación: “En la micro del Cajón del
Maipo, dos de los vendedores que subieron se pusieron a hablar con algunas
personas de la micro. Al primero lo escuché hablar atrás. El otro se sentó al
lado de la entrada”. Escrito en un chileno coloquial, Sobre cosas... es el
resultado de unir dos libros breves, que es todo lo que escribió Matthey antes
de decidir que ya era hora de parar y dejar que lo continuara “un gallo más
avezado para seguir en eso y no destruir lo que está hecho”. Evidentemente,
Vila-Matas se perdió un Bartleby para su recopilación de escritores que
preferirían no hacerlo.
Y no uno cualquiera, porque en la empresa de Matthey se
reconoce la literatura en una de sus variantes más radicales pero también más
amables. El libro editado por Mansalva incluye una entrevista muy ilustrativa
de Cristóbal Joannon y un artículo de Roberto Merino que define la textos de
Matthey como exentos “del ruido anexo de los pensamientos”. Estamos en las
antípodas de la “literatura de ideas”, pero lo más original de Sobre cosas...
es que está articulado en torno a la idea de continuidad, entendida como la
ambición de abolir la separación entre el adentro y el afuera, establecer el
afecto entre la conciencia y las cosas, entre lo universal y lo particular,
entre lo animal y lo mineral, entre lo concreto y lo abstracto, acercamientos
que provocan en el escritor un tipo de emoción particular. “Hoy, mientras me
volvía a casa, después de comprar el pan donde don Pepe, me vine tocando
algunas murallas de las casas que quedan en Grajales. Así, puedo sentir cerca
de mí todas estas cosas, que son parte de lo que más quiero”.
La literatura continua de Matthey se opondría así a una
literatura discontinua, alterna o discreta (según que el antónimo elegido sea
literal, eléctrico o matemático) de la que la novela decimonónica sería el
mejor ejemplo, con su separación entre el narrador y lo narrado. Pero Proust,
cuya prosa es puro pensamiento, es también un escritor continuo y acaso esa
comunicación entre la mente y la materia sea la ambición de toda literatura.
Para poner a prueba esta hipótesis, intento aplicarla a otro
libro que leí esta semana: Scalabritney, de Martín Zícari, una novela muy corta
que resulta del monólogo interior de un joven pop-gay-universitario contento
con su bicicleta verde y sus performances danzantes que transita entre cartas
astrales y teorías de alguna ciencia social, cuyo lenguaje es una parodia de la
jerga que se usa entre adolescentes tardíos y con onda. Pero tal vez no haya
ironía y el libro de Zícari aspire a ese amor entre cosas heterogéneas para
simplificar la vida y hacerla legible y próxima, de tal modo que el sufrimiento
sea abolido de la prosa o, en todo caso, esté prohibido nombrarlo, aunque los
libros de Matthey y Zícari dejen entrever hiatos trágicos detrás de su textura.
De todos modos, Vila-Matas podría recopilar la literatura continua como alguna
vez hizo con la evasiva literatura portátil.
Perfil, 23/08/2014
martes, agosto 05, 2014
Baby One More Time
Scalabritney, de Martín Zícari en la web de CC Matienzo
Reseña de "Scalabritney", nouvelle de Martín
Zícari publicada por Entropía y disponible en nuestra Mediateca.
Por Julio César Estravis Barcalá
En la solapa de su primera nouvelle, Martín Zícari está
leyendo un libro de Blatt & Ríos. Se acepta la declaración estética:
Scalabritney no habría desentonado en el catálogo de esa editorial desenfadada
e impredecible. Sin embargo, Entropía la publicó como segundo título de su
nueva colección de relatos largos / novelas cortas a continuación, nada menos,
de un experimento idiomático como La serenidad de Iosi Havilio.
A hombros de gigantes, entonces, llega este relato de
iniciación cuyo primer rasgo es el registro poético. Zícari proviene de ese
campo, con un par de plaquetas publicadas y su propio proyecto editorial de
poesía, Hoja de trabajo. Desde ahí asistimos a la cotidianeidad de su
protagonista (de una cercanía sospechosa al autor) en su devenir por la
facultad de Puán, los trabajos no calificados, las fiestas y los viajes con
amigos. El indie sale hasta por los poros: Toro y Moi, bicicletas de caños
hermosos, casas en el Tigre, Cynar con pomelo.
Lo que diferencia a Scalabritney de tantas novelas tipo
"un-día-en-la-vida-de-un-intelectual-aburrido" es que encuentra la
trascendencia de esas vidas en su potencial poético. Además de construir un
narrador cáustico y engreído hasta la ridiculez ("yo he trabajado muchas
veces en relación de dependencia, y la verdad que esto es inadmisible,
realmente esto está abolido por ley desde el peronismo"), Zícari parece decirnos
que el único sentido de esta vida cortoplacista llena de licencias es edificar
un punto de vista hermoso y definitivo. Aunque dure hasta que venga el 141.
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