La película argentina Invernadero, de Gonzalo Castro, se llevó el premio al mejor film de no-ficción del Festival de Cine de Gijón, España, que concluyó el sábado.
lunes, noviembre 29, 2010
viernes, noviembre 26, 2010
Moderno por oposición
Patricio Zunini lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y entrevista al autor para el blog de Eterna Cadencia:
«En algún momento de la entrevista, cuando se arriesgue sobre las influencias en sus novelas, Sebastián Martínez Daniell disparará:
-Voy a aprovechar para despotricar contra algo que me gusta despotricar. Fijate que charlamos diez minutos y los dos escritores argentinos que mencionamos fueron Aira y Saer. Mis lecturas son muy desordenadas. De Saer he leído poco y de Aira sólo cuatro libros (dos me parecieron excelentes, uno me pareció un logrado ejercicio y otro no me gustó para nada; tengo una relación libro por libro). Hay cierta vagancia de la crítica literaria argentina en tratar de buscar las referencias en el entorno inmediato de acuerdo a un canon más o menos establecido. Una incapacidad para ver más allá de lo que está más a mano. Se agarra un libro de literatura actual argentina y se pregunta a quién se parece: a Aira, a Saer o a Piglia. Supongo que lo mismo le pasaría a esa generación respecto de los clásicos de los ‘50. Pero a esta altura, luego de la oleada de libros importados en los ‘90, me parece un poco difícil tratar que la genealogía se limite sólo a la literatura argentina.
Martínez Daniell, como sus personajes, intenta rechazar los clichés. Editor de Entropía, acaba de publicar por ese sello Precipitaciones aisladas, su segunda y esperada novela luego de un salto de seis años desde la aparición de Semana. Con un estilo particular entre erudito y anacrónico que resulta moderno por oposición, Precipitaciones aisladas sitúa la acción en una improbable isla en el Atlántico Norte llamada Carasia. Allí Napoleón Toole, un metereólogo que admira a los egiptólogos, intenta comprender la crisis que atraviesa con su mujer, tomándose unos días de licencia en la ciudad donde sus padres dicen haberlo concebido. A partir de ese viaje que lo conecta con el pasado, Napoleón avanza hacia la búsqueda de su futuro.»
La entrevista completa, acá.
miércoles, noviembre 24, 2010
Lento viaje a la vida
Sebastián Basualdo lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y la reseña para Radar Libros:
Si bien Los modos de ganarse la vida es la primera novela de Ignacio Molina, los notables cuentos que integraron Los estantes vacíos (Entropía, 2006) ya daban muestras de que nos encontrábamos frente a un narrador cuyo dominio en la técnica narrativa excedía los parámetros del realismo minimalista, logrando una vuelta de tuerca al género y sobre todo a sus limitaciones. Una vez más, el escritor nacido en Bahía Blanca retoma esas descripciones íntimas y minuciosas, pero esta vez desde la perspectiva de un joven cuya relación con la realidad parece un inventario preciso de todo aquello que conforma su cotidianidad y que, llevado al límite, se convierte inevitablemente en una gran metáfora de la sensación de soledad que provoca vivir en un mundo vulnerable que cambia pero mucho más lentamente que en la vida real (por ejemplo, en la novela los cassettes conviven aún con Internet), a finales de una década, con una adolescencia tardía a cuestas y un sentido de la vida adulta todavía desdibujado por una ciudadanía que no se reconoce ni en lo político ni en los valores propios de una sociedad de consumo.
“Después, en orden no cronológico, cociné y almorcé un omelet, fumé un cigarrillo de marihuana que guardaba desde hacía cuatro meses en un cajón, dejé los cubiertos en la pileta de lavar y me encerré en el baño, con la luz apagada y bajo la lluvia tibia, durante unos cuarenta minutos”, dirá Luciano, personaje principal de una novela que podría definirse como la extensa letanía del no decir.
Aquí está el secreto de Ignacio Molina: concentrarse en lo no dicho. Priorizar lo secundario para esconder, muy por debajo, lo importante y hacer de Los modos de ganarse la vida una gran amalgama de historias que no buscan una resolución sino perpetuarse como experiencia. En apariencia trivial y cargadas de lugares comunes, es cierto; pero es deliberado, se trata aquí de extrañar situaciones que resultan próximas y familiares. Luciano, un joven de veintisiete años que vive con Cecilia, su novia, está sumergido en la cotidianidad y en la repetición de los días cargados de obligaciones, tareas y recuerdos, hasta que, en un determinado momento, todo se desbarata internamente para nuestro joven protagonista y, como recordando al Mersault de Camus, el tiempo se torna extraño y ajeno, incluso el amor, o sobre todo el amor y el deseo, quizá la amistad, el sentido de la lealtad y los códigos de un muchacho de barrio. “Aunque sabíamos que el almacén no quedaba lejos, Cecilia y Guillermo volvieron antes de lo que esperábamos. Por detrás de la música y de la respiración de Marina oí el chirrido de la puerta de calle. Al sentir las voces cada vez más cerca, ella fue a encerrarse en el baño. Yo tuve que hacer un esfuerzo para acomodarme los pantalones, y, antes de girar la llave, me tomé de un solo trago lo que quedaba en el vaso.” La vida sin luchas resulta trivial.
Dividida en tres partes, con un interesante cambio de perspectiva en el abordaje de los personajes, por medio de una prosa depurada y sin rodeos, Ignacio Molina ha escrito una novela donde cada detalle se sustenta a sí mismo como una constelación. Que el título no nos confunda: ganarse la vida no siempre tiene relación directa con ganar dinero. A veces ganarse la vida quiere decir otra cosa, y el mero hecho de levantarse cada mañana lo estaría justificando.
lunes, noviembre 22, 2010
Un réquiem de cámara
El autor de Deshecho en Buenos Aires lee Requena, de Alejandro García Schnetzer, y escribe en su blog:
«Requena es una interpretación, un arreglo musical, una partitura sobre una obra ya escrita. Esto no debe leerse como un ataque a la originalidad. Más bien lo contrario, es una revisita, una relectura. En estos tiempos nos queda el arte de la Conquista, nada más: construir un templo, con una nueva religión donde supo habitar otro, con otros dioses y otros rituales. Nuestro arte, por eso es bestial y emancipador. Viene en nombre de las buenas cosas a destruir las que otros consideraban, a su vez, del mismo modo y con igual derecho, buenas y justas. Volviendo. Como pieza musical viene a componer un réquiem de cámara, fragmentario. Quiere sumarse a un canon de obras elegiáticas, aquellas que buscan robarle algo a la muerte, como en la música se hace un impasse para robar un tiempo a la consecutio de las notas, así el final de este libro: “Como una hora esperamos en silencio tras la puerta... Hicimos callar a los vecinos para escuchar. Transcribo lo que llegamos a entender...” Así finaliza Requena cuando el nombre propio, se lleva desde su lecho de muerte, la experiencia de un sacerdote anarquista al más allá. Sus deudos, jóvenes para nada pervertidos por este socrático porteño, empiezan a escribir lo que llegan a entender.»
El artículo completo, acá.
jueves, noviembre 18, 2010
Una novela sobre la lluvia
Juan Terranova lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para HiperCrítico:
«Cuando ya cansa de parte de la crítica el largo, tedioso y fraudulento ritornello “una obra que parece salida de otra parte”, o una “obra que surge de la nada”, Precipitaciones aisladas muestra cierta originalidad, cierta placidez y confianza en entregarse a senderos narrativos poco transitados. Sin embargo, hay gestos reconocibles en los que puede rastrearse la influencia pesada de César Aira y de los diferentes escalones de su progenie (por usar una palabra solidaria al léxico de Martínez Daniell). Sin embargo, lo más sólido de la novela surge cuando se narra, con las herramientas básicas del realismo, situaciones raras, tensiones cotidianas que no por serlo se escuchan como menos ominosa. También hay algo de Leopold Bloom en este Napoléon Toole pasado por agua, en su construcción de personaje perplejo frente al mundo, su extravío, la ciudad que recorre y sus momentos de epifanías resignadas. En su apellido se esconde el tragicómico autor de La conjura de los necios. Lo cual no me impide preferir otra alusión. La irónica, velada apenas por una letra “e” final, a la herramienta genérica, verbo o sustantivo, símbolo de un pragmatismo del que Napoleón carece.
El campo intelectual argentino atraviesa un momento de inseguridad donde su sensibilidad primera resulta más afín a los gestos miserabilistas de autores populacheros antes que populistas. Es probable, entonces, que prescinda de atravesar la complejidad de Precipitaciones aisladas –no tan compleja después de todo–. Para los que se tomen el tiempo de hacerlo, y más aun para los que pueden disfrutar de empáticas arbitrariedades y sutiles lapsos de extrañamiento, la experiencia resultará muy gratificante.»
La reseña completa, acá.
martes, noviembre 16, 2010
Molina TV
Osvaldo Quiroga lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y lo recomienda en su columna de Con sentido público:
viernes, noviembre 12, 2010
Sábado feria de editoriales independientes en lo de Garamona
Dice Garamona:
Vuelve ¡La sensación!
Amigos, este sábado 13 de Noviembre, a partir de las 18:00 hs.
Feria de editoriales independientes en la librería La Internacional Argentina.
El Salvador 4199, esquina Gascón.
Poesía y ficción, novelitas y novelones, poemas río y haykus arroyuelos,
relatos, literatura del yo y de los otros.
insensatez, sentimientos, guerrillas literarias, escuadrones tira bombas
y muchoooo más.
Ah y también las mejores ofertas del ramo (de rosas) editorial.
Los esperamos.
Va flyer adjunto.
Se agradece la difusión
Saludos
Francisco Garamona
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martes, noviembre 09, 2010
Autoras ejemplares
Patricia Somoza, de ADN Cultura, le pregunta a Josefina Ludmer:
-Usted ha vinculado los tonos antinacionales de ciertas escrituras latinoamericanas (Fernando Vallejo, Horacio Castellanos Moya, Diogo Mainardi) con el momento de las desnacionalizaciones o privatizaciones. ¿Hay escrituras, voces o tonos vinculados con el momento actual, en el que estaríamos asistiendo a una suerte de reformulación del Estado o la nación?
-Veo un cambio en relación con las identidades en la literatura. La postulación de las identidades nacionales (lo argentino, lo mexicano), tan claras en los años 60 y en los clásicos latinoamericanos, desaparece, y en cambio aparecen identidades locales, del barrio, de la ciudad. Pienso en textos muy actuales: Agosto, de Romina Paula, cuenta un viaje al interior, pero no se trata de lo nacional sino de la relación íntima con otro lugar; en Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, está el mundo de la facultad. Siempre son identidades locales. O identidades gay, feministas, que no son nacionales, son globales.
La entrevista completa, acá.
lunes, noviembre 08, 2010
martes, octubre 26, 2010
La decapitación
Javier Martínez lee Mishima o la visión del vacío, de Marguerite Yourcenar, y Biografía ilustrada de Mishima, de Mario Bellatin, y escribe para Esto no es una revista, cosas como éstas:
«En el modo ficcional elegido por Bellatin, el vacío es, también, uno de los puntos en los que se anuda el relato. Y ya no tiene que ver con el suicido ritual sino con su consecuencia: el vacío que la decapitación ha dejado sobre sus hombros, falta que es marca y que el espectro tratará de poblar con sucedáneos de la cabeza perdida; siempre fallados, siempre fallidos.»
«Ese sentido del honor, del compromiso, es el que, en la vida real de Mishima, llevó a Morita a ser el ejecutor de su decapitación, fallando tantas veces que cedió su lugar a otro de los adláteres del escritor devenido general de un ejército paralelo. Parecen ser esas fallas, ese contínuo errar y sus consecuencias lo que construye la pregunta recurrente del espectro: pregunta que insiste en hacerse presente: “¿Qué clase de espanto ha sido capaz de generar una escritura semejante?”.»
La nota completa, acá.
martes, octubre 19, 2010
Neurosis y deshonestidad
Patricio Zunini lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y lo entrevista para el blog de Eterna Cadencia:
La convivencia, el amor, la paternidad: qué marca el ingreso definitivo en la adultez. Ignacio Molina se interesa por estos temas en su primera novela, Los modos de ganarse la vida (Ed. Entropía) con una escritura que se compone de imágenes aparentemente simples, pero que se vuelven complejas en el todo final. Luciano, un joven de 27 o 28 años que vive con su novia, es tironeado entre la vida y las obligaciones. Y mientras su pareja perdió el idilio, su mejor amigo le cuenta que con su mujer -de la que Luciano siente una atracción- comenzaron un tratamiento de fecundación asistida.
Los personajes tienen unos 27, 28 años. ¿Qué te interesó de esa edad?
Es una edad interesante, como etapa de transición. La gente a esas edades está empezando a vivir una vida más adulta, proyectándola o ingresando a ella pero todavía sin poder verla plenamente. Sobre todo cuando todavía no son padres y pertenecen al sector de la clase media que retrata la novela.
¿Cuánto le debe Luciano, el protagonista, a Holden Caufield?
Nunca me lo había preguntado, pero creo que es cierto que es una novela de iniciación. Me parece que algo bueno de los personajes de mis novelas y mis relatos es que, tengan la edad que tengan, siempre están en la búsqueda de algo.
¿Le prestaste muchas neurosis a Luciano?
Sí. Pero creo que mi neurosis o la de Luciano no se alejan demasiado de la neurosis que todo el mundo tiene. Lo que pasa es que, tal vez, narradas en una novela esas neurosis resultan más extrañas, pero me parece que todas las personas tienen un alto grado de neurosis, aunque no sean tan conscientes de eso. Luciano, por ejemplo, está sentado en un banco de una estación, su novia ya subió al tren y él piensa “no me voy a levantar hasta que alguien no se siente al lado mío”. No tiene mucho sentido eso que se plantea, pero no creo que sea el único que piensa en ese tipo de boludeces. Yo pierdo mucho tiempo en esas cosas, pero por suerte las puedo usar para algo. Supongo que, de alguna manera, escribo para descargar la neurosis.
¿Es una novela melancólica?
Me lo han señalado muchos lectores, a veces casi como una crítica: “¿por qué tiene que ser tan melancólica?” Y yo tengo un conflicto con eso, porque no la pensé de esa manera y cuando la leo tampoco la veo tan así. Tal vez yo tenga un espíritu bastante melancólico y eso se cuele de alguna forma en lo que escribo, pero no es algo consciente. No creo que en la novela haya más tristeza o melancolía que la que hay en la vida cotidiana. A mí me obsesionan mucho el pasado y la historia de las cosas. Eso, sin dudas, está indefectiblemente vinculado con la melancolía. Y por lo visto se ve reflejado en lo que escribo. Pero creo que si me propusiera escribir algo melancólico, no me saldría nada.
La novela atraviesa diferentes relaciones de parejas. ¿Qué pensás de la pareja?
¡Uh! La pareja es la relación más deshonesta que existe. En una amistad hay honestidad, en una relación familiar hay honestidad: son relaciones fundadas en eso. Pero en una pareja lo último que hay es honestidad. Y se me hace un problema insalvable, sin solución. ¿Cómo se explica que alguien te parezca el mejor del mundo mientras te siga queriendo, pero cuando deja de hacerlo se transforma en el peor? ¿Qué clase de amor es ese? No me entra en la cabeza que dos personas se vean uno, dos o diez años, y que de un día para otro pasen a ser extraños. Si uno lo piensa fríamente, no sólo es doloroso sino que es hasta absurdo. La persona que fue la más importante en tu vida pasa a ser indiferente o despreciada. Es muy doloroso. No te voy a decir que prefiero la amistad a la pareja, uno tiene que seguir sus impulsos, pero sí sé que la amistad es un tipo de relación en donde hay más sinceridad que la pareja. Y todo esto no lo digo en base a experiencias propias; es lo que veo que sucede en general.
Otro tema que suele aparecer en tus textos, y de hecho aquí aparece, es la paternidad. ¿Cómo lo vivís?
Yo trato de no ser muy explícito y no trasladar las cosas que me conmueven a mí directamente a lo que escribo, salvo en los poemas que sí pueden ser más autorreferenciales. No escribo sobre la paternidad por el hecho de ser padre: en esta novela, por la tipología y por la edad que tienen, los personajes se enfrentan a esas situaciones. No es algo que yo les imponga. En los poemas sí me expongo más, también en ciertas cosas que publico en el blog o en un próximo libro que va a salir por 17 grises, cuyo título tentativo es Literatura del yo. Ahí sí hablo de mí, son textos autobiográficos y lo hago con impunidad. Pero no en las novelas. Por ejemplo, yo soy de Bahía Blanca, pero ni en Los estantes vacíos ni en Los modos de ganarse la vida nombro a la ciudad. En Los estantes sólo aparece mencionada como el nombre de una calle en Floresta. Siempre intento poner un poco de distancia. Creo que, si para algunos lectores esta novela tiene un dejo melancólico, si yo escribiera cosas más estrechamente vinculadas a lo que me pasa los textos ya saldrían inverosímilmente melancólicos.
Pero, ¿te da dolor escribir?
Al contrario: lo mitiga. El dolor en cierta forma es un motor para la escritura. Escribir no me provoca dolor; a lo sumo me puedo irritar o malhumorar cuando algo no me sale… Si no fuera por la escritura, el dolor en mi vida estaría mucho más en primer plano.
martes, octubre 12, 2010
Topografía contemporánea
Sonia Budassi lee Hélice, de Gonzalo Castro, y escribe para Bazar americano cosas como éstas:
«El texto puede pensarse, también, como una topografía –a veces sólida, a veces esquiva– que explora con pasión entomóloga la atmósfera de resignada y suave incertidumbre en la que se mueve el narrador. Hay que aclarar que Hélice, a priori, asume la diáfana inestabilidad como condición necesaria y produce, como contrapartida, un lenguaje propio, que materializa una búsqueda permanente, exploratoria y, si vale el término, exitosa. Es ese trabajo sobre el entramado de sentido lo que le da al texto una rugosidad tangible, penetrante, que nos sumerge en un mundo posible de entidad orgánica: emprender la lectura será como entrar a un lugar con luz y presión propias, en el que pueden reconocerse signos de lo conocido desde un rincón esmerilado. Admitido este valor, estructurante de todas las capas, la hipótesis topográfica se apoya en la vocación exploratoria de paisajes subjetivos y materiales. Si el narrador sólo puede descansar en la seguridad de proyectos laborales que imponen reglas, pasos a seguir, rutinas, instrucciones utilitarias y finalidades concretas bajo el rótulo de objetivos a alcanzar, el resto de los marcos simbólicos y relacionales son difusos, y necesitarán de un tanteo que les de forma, interpretación; sentido.»
«Hélice trabaja –incluidas las referencias a la terapia psicológica a la que el protagonista acude para explayarse y tomarla en sorna– sobre la irreversibilidad de la experiencia, la biografía y los códigos que incorpora cada personaje y que configuran la propia condena. Sobre el final, en un flashback delicioso en el que asistimos a una escena cotidiana entre el narrador y su padre, leemos: “Pienso ahora, o pensaba entonces, que cocinar, y construir, son las más sofisticadas tareas naturales”. Algo así podría señalarse sobre el procedimiento de la novela, que bajo un lenguaje que actúa como regente, adopta pizcas de varios géneros –la intriga no es ajena a Hélice, tampoco el melodrama- para dar forma a una materia que problematiza la configuración de su propia superficie, es decir, de la novela en sí.»
La reseña completa, acá.
jueves, octubre 07, 2010
Meteorología y logística
Así, con un dejo melancólico, Precipitaciones aisladas, la segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, ha finalizado su Via Crucis por imprentas y encuadernadoras. Y, con quiméricas esperanzas, se lanza raudamente hacia los anaqueles de las librerías.
miércoles, octubre 06, 2010
Avalos Blacha, leído
Nos dicen que:
Leandro Avalos Blacha, autor de Berazachussetts, interviene en las Veladas Noveladas, dentro del Ciclo de novela inconclusa e inédita.
Fombona lee Ávalos Blacha.
Ávalos Blacha lee Fombona.
Cabezón Cámara lee Guinot.
Guinot lee Cabezón Cámara.
Ameniza: Rojo Estambul.
Presentan: Juan Marcos Almada & Patricio Eleisegui.
Cuándo: jueves 7 de octubre. En qué momento del día: 21.30 horas.
Dónde: El Arte de Fluir. Olleros 3804 (y Rosetti).
viernes, octubre 01, 2010
Caballo en llamas
Las amigas de Sur de Babel han remozado su interfase virtual y, para relanzarla, procedieron a la publicación de un cuento inédito de nuestro Diego Muzzio, intitulado "Caballo en llamas". Ahí mismo se puede acceder a la lectura de dos relatos breves escritos por Federico Levín y Samantha Schweblin.
Id. Leed hasta la afasia.
martes, septiembre 28, 2010
Las palabras y las cosas
José Villa lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribe para la revista Ñ:
Lo primero, o lo esencial, que este relato propone es el tema del desorden de la realidad y el orden de la narración. La meticulosidad del narrador, la primera persona gramatical casi constante, organiza un recorrido que casi siempre es exterior, con alguna que otra elipse o cambio de punto de vista, que aun siendo muy leves, son importantes si se tiene en cuenta que el relato es muy liso. Los modos de ganarse la vida, primera novela de Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976), quie publicó Los estantes vacíos (cuentos, 2006), Viajemos en subte a China (poesía, 2009) y Tribus urbanas (ensayo, 2009), propone un minucioso desplazamiento por la vida cotidiana fijando cortes en la percepción y trazos para la interpretación. Las palabras quieren reflejar ni más ni menos que el hecho: si se fuma marihuana, sólo se fuma marihuana, no provoca mayor efecto que el acto de decirlo. El recorrido del narrador protagonista es el del joven y adulto ciudadano medio de la gran urbe (Buenos Aires): calles, bares, oficinas, dudosos amigos, amantes, esposas, continuo relato del desapego. No obstante, hay una serie de equidistancias y comparaciones, observaciones que viajando por el vacío de la narración finalmente se casan con otra. Cada tanto, el relato se cierra y, principalmente, se fija, aunque el intento sea el de constituir una narración “pura”, con poca escena: cada tanto ocurre que, por acumulación, empiezan a emerger nombres propios bastante convencionales (de novela natural) y objetos del consumo, sucesos mediáticos o episodios que afectan cierto tono sentimental del narrador. Uno termina preguntándose en qué papel se anotaron tantos hechos memorizados, en qué tiempo se escribe el relato y, por último, por qué el narrador oculta lo que oculta. Posiblemente, porque utiliza la narración para decir: yo no soy éste, cuando narra, y ésta es la verdad de la historia, cuando hay un silencio antes de que el relato vuelva.
miércoles, septiembre 22, 2010
Chejfec recomienda
Sergio Chejfec lee Manigua, de Carlos Ríos, y lo recomienda en la undécima edición de Cuatrocuentos:
"A veces la realidad nos depara libros oscuros y al mismo tiempo maravillosos. Este sería un claro ejemplo de ello. El vínculo que establece esta novela (que no podría llamarse breve sino, todo lo contrario, fragmentaria) entre la así llamada realidad, el relato entrecortado y múltiple, y las historias míticas sobre lo social, te deja con la sensación de haber recibido, sin darte mucha cuenta, un diagnóstico sobre lo que te constituye y rodea, sobre tu cultura y la barbarie acumulada que ella oculta. Mientras la leía recordé a Zelarrayan, a Taborda, a Cohen, a Fogwill. A todos y en particular a ninguno, que es la mejor manera de olvidar."
martes, septiembre 14, 2010
El otro lado del realismo
Fernanda Nicolini lee Hélice, de Gonzalo Castro; Varadero y Habana maravillosa, de Hernán Vanoli; Las estrellas federales, de Juan Diego Incardona, y Punta Roja, de Daniel Diez, y luego escribe para Ñ:
En Hélice (Entropía), la segunda novela de Gonzalo Castro, el protagonista es un abogado asesor de empresas con problemas de pareja que le escribe casi a diario a una persona de la que está distanciado. Si no fuera porque su tarea es diseñar un país para que lo habiten artistas y que los autos funcionan en piloto automático -entre otros detalles futuristas-, se leería como la historia de un hombre en crisis en el mundo actual. Los cuatro relatos de Varadero y Habana maravillosa (Tamarisco), primer libro de Hernán Vanoli, parten de situaciones cercanas: una manifestación reprimida, vacaciones familiares en Cuba, alguien que vuelve de España, dos hermanos que ofrecen un servicio de turismo obrero para gringos. Hasta que un elemento sacude los parámetros de lo conocido y la escena se subvierte de un modo casi ballardiano. En Punta Roja (El 8vo Loco), de Daniel Diez, y Las estrellas federales, próxima novela de Juan Diego Incardona, las referencias geográficas e históricas delinean un contexto próximo habitado por criaturas fantásticas. En el primero, un grupo de investigadores del Conicet espera la aparición de las “gábulas” en la orilla del Salado; en el segundo, la contaminación de la cuenca del Matanza sirve para plantear las consecuencias del cierre de fábricas en los 90 en clave de ucronía.
Decisión política, búsqueda de nuevos recursos narrativos o resultado no premeditado, lo cierto es que estos cuatro autores nacidos en la década del 70 corren la frontera de lo real. Pero lo hacen sin interesarse especialmente en un género -la ciencia ficción o el fantástico-, ni sentirse deudores de una tradición local que tiene en su vértice a Borges, Bioy Casares o Angélica Gorodischer. Al contrario: como parte de una generación encorsetada en cierto realismo marcado por la llamada literatura del yo, abren un hueco, iluminan las limitaciones de trabajar con lo cotidiano, y van un poco más allá. Huyendo, en lo posible, de las etiquetas.
Gonzalo Castro –a quien le llevó nueve años escribir la novela en medio de sus tareas como arquitecto, responsable del sello Entropía y director de raras películas- es el más enfático a la hora de desmarcarse: “Soy realista, sólo que soy realista en lo lateral. En lo esencial soy vitalista, abogo por la energía y por el espacio narrativo y creo que la realidad se refleja únicamente en las cosas concretas. En los esquemas más amplios de la vida, y de las novelas, la realidad no tiene ninguna importancia”.
Ajeno a las categorizaciones, dice que los trazos futuristas de Hélice no buscan ninguna filiación con la ciencia ficción: “Los incluí buscando oxigenación, algo de incertidumbre temporal que me separara de las referencias más cotidianas. Igual los elementos no-reales son pocos y están tratados con la naturalidad de alguien que convive con ellos, con lo cual no se les exige una prueba descriptiva profunda: el éxito de esos artefactos casuales depende más del lector que de mí.”
Hernán Vanoli, que publicó cuentos en antologías y está al frente de la editorial Tamarisco, reconoce que su intención inicial era escribir dentro de los márgenes de lo real, pero que las formas ya ensayadas del realismo no lo satisfacían. “Algunos me señalaron que el libro es una suerte de ‘costumbrismo intervenido’, y me gusta esa idea como programa. Tengo la voluntad de tensionar ciertos elementos que valoro de la hegemonía simbólica del relato realista actual, como el pensamiento sobre lo social, pero busco que el realismo no sea un paradigma sino una frontera por la cual entrar y salir”, explica.
Sin embargo, lo que para Vanoli hace que un texto sea más o menos efectivo a la hora de tensionar esa realidad, no es el género sino el concepto que se tenga de la función de la literatura: “Yo no creo que lo no-realista sea de por sí más interesante, sino que hay que ver qué relaciones sociales concretas y efectivas se traman en cada libro. No me interesan el delirio ni las fantasías técnicas; me interesan las fronteras donde los cuerpos trafican con las tecnologías y donde las tecnologías profanan los cuerpos: desde ahí hay que pensar las cuestiones de ciudadanía cultural y literaria”.
Juan Diego Incardona, que ideó una suerte de “peronismo fantástico” con El Campito (Mondadori), también cree que hay una decisión política en la elección de temas y el recorte geográfico con el que trabaja (el Conurbano bonaerense). Pero no le atribuye la misma racionalidad al uso del género fantástico. “No fue una decisión consciente sino el resultado de los mecanismos de la imaginación –cuenta-. Me gusta inventar paisajes y criaturas, pero trato de que eso esté conectado con la realidad, que lo fantástico sea en versión local, más material que existencial.”.
El quiebre del realismo en algunos de los relatos de Daniel Diez que integran Punta Roja –su primer libro- tampoco forma parte de un programa literario, sino que es resultado del mismo acto de escribir: a veces lo fantástico, dice, le funciona como disparador y otras, incluso, lo ayuda a creer en la historia. “Pienso a la línea que separa lo fantástico de lo real como muy fina, borrosa y escurridiza. En el caso de algunas de las criaturas de mis cuentos, podrían existir perfectamente y por eso, por lo general, el ambiente en el que aparecen resulta conocido. De todos modos, no me preocupa el tema de los géneros ni tampoco creo que la única forma de tratar ciertos conflictos sea a través del realismo”.
Quizás estas incursiones más allá del contorno de lo real sean una manera, como dice el crítico Pablo Capana a la hora de definir la ciencia ficción, de acudir al pensamiento lateral para tomar distancia y mostrar el otro lado del realismo: su costado hipotético.
martes, septiembre 07, 2010
La épica de lo particular
Patricio Feminis leyó Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribió esta reseña para el suplemento Cultura del diario Perfil:
En la combinación de intuiciones y temores, lo pasajero y lo inevitable, el asumir que sólo se puede dejar la rutina, tal vez, con fatalidad, está el peso de los miedos de ganarse la vida que ofrece Ignacio Molina en su primera novela: en tratar de ir más allá de las experiencias aparentemente nimias o contingentes de dos, tres, cuatro jóvenes (luego, algún otro, olvidado; alguien venido de Europa, uno de Mendoza; el que se quedó a pelearla en Buenos Aires luego de la crisis) entre los cuales oscila Los modos de ganarse la vida, con el buen oficio de quien sabe mirar lo cotidiano sin volverlo escándalo o artificio. El valor, aquí, está en los puntos de vista contrastados sobre el día a día cuestionado: un accidente podría detener las cosas o despertarlas; el amor podría irse, o una pareja reencontrarse; alguien, robar porque sí; un embarazo, ocurrirle a otra; unas vacaciones en la playa, tiempo muerto; un amigo de antes, recobrado, menos que nada.
Es la épica de lo particular, o sus posibilidades girando en las mentes correlativas de sus amigos -Luciano, Guillermo-: uno, contado en tercera persona; el otro, buscándose desde la primera, como puede, y cada uno lo que elige ver o irá viendo con su novia, con quien vive. ¿Demora uno en pensarse, en ponerlo en blanco? ¿Actúa, o está ahí para que las cosas ocurran? Molina no frena a su narrador para comprobarlo; no encierra intimidades en el tono del diario privado: el entorno y el mundo mismo debe modificarse con cada vínculo o decisión, como una compuerta abriéndose lentamente. No es casual que ciertos datos de contexto aparezcan sin muchas repercusiones directas en la trama: esa dificultad, en el relato, es la que han de vivir los personajes desde una ciudad grande y caótica, donde la rutina es fuga: algo más lejos, afuera -saben ellos-, podrían estar pasando otras cosas.


