viernes, noviembre 09, 2007

Californication

La otra tarde, en la Funceb, y recién llegado de Santiago de Chile (hacia donde peregrina anualmente para visitar a Pedro Lemebel), Iosi Havilio leyó el siguiente texto, que bien podría haber formado parte de “Buenos Aires. Escala 1:1”. Y lo hizo sin amplificación, aun a riesgo de que el tintineo de las petaquitas de pisco que escondía en el bolsillo de su perramus tapara su sonora voz de barítono.
El relato se llama “California”.


Salgo a eso de las doce. Ordeno un poco, apago la luz y cruzo el patio. Casi siempre los perros se me vienen encima. Los atajo como puedo, con los brazos extendidos, nunca supe perderles el miedo. Se calman lamiéndome la punta de los dedos. En la escalera, los olores de adentro, a corazón hervido, kilos y kilos de corazón hirviendo que se van a comer los perros, se confunden con los de afuera, y esa mezcla, esa síntesis, siempre distinta, me cambia el ánimo, engordándolo, o pinchándolo, según. Porque ese olor a útero cansado que sale del fondo del río, ese olor que a veces me diseca y otras me vuelve el más valiente, que es el olor de las deformidades, de las tres orejas y de las mandíbulas rectas, ese olor a pólvora con azufre, y a semen con limón, picante, agrio, devastador, que cambia de color con el viento, la marea, los astros, ese olor mágico hoy está de mi lado. Y en esta esquina de California y el río, con la luna enorme, oblonga, y amarilla trabada entre los puentes empieza mi aventura. Tengo un chicle rojo enloquecido en la boca y un cigarrillo doblado en la punta de los labios, voy rumbo a la civilización, no es muy lejos, serán unos quinientos metros, dos curvas y una recta. El movimiento es inusual, las chicas, los chicos, los anteojos, las botas arremangadas, ese estado único, crónico, que me llena de satisfacción ajena. Me meto, acertando en las miradas, una mano en el vermú, y un pie en la terraza, hago un esfuerzo, quiero participar, pero algo funciona mal, algo trastabilla, las palabras me salen torcidas, no entiendo el código, me arrepiento, me angustio, retrocedo, y con la noche encima, cargándose de espuma rancia, camino por la costanera tarareando canciones que no voy a tocar nunca más en el piano. Entre los puentes, antes de la autopista, las canoas, las balsas, y las cintas de clausura donde encontraron al chino decapitado la semana pasada. Más allá está la villa, tan cerca. Me excito pero no avanzo, vuelvo sobre mis pasos, agarro por Brown, y se me van los ojos admirando las marquesinas de los piringundines, resisto, cierro el puño, frunzo las piernas. Me dije que no, que no iba a volver a entrar, pero mi fuerza motriz habla sola, cuál mejor, cuál más delicioso, quisiera abarcar a todos a la vez, repartir mis miembros, multiplicarme, cierro los ojos, y apunto al azar. Ahí voy pasar la noche, cruzo la calle, respiro profundo y entro, respetuoso, sin mirar a los costados. En la barra pido una cerveza rubia, la mujer me mira como nunca, aceptándome, o amenazándome. En este antro perfecto, sin ventanas ni tragaluces, la mesa de pool divide el universo en dos, de un lado la pista, del otro la platea, una pareja de tres baila en el medio, dos chicas con cueros juegan al pool, me quedo tímido, esperando, con sonrisa de muñeca articulada. La primera media hora pasa sin novedades, soy feliz igual. Al rato entran tres hombres robustos, las caras de piedra, hermosas, mitad rusos, mitad paraguayos, entran y todo cambia, vienen hacia mí, me encandilan, brutos, tatuados, vanidosos, en la barra piden sus cosas, sin hablar, parpadeando, y les llegan vasos de distintos tamaños, con líquidos blancos, negros, transparentes, y entre trago y trago, se palmean, miran, me miran, me encierran. Voy a olerlos, tengo que olerlos, saborearlos, y alguno de los tres, no sé cuál, me va pasando por debajo del asiento, vasos, muchos vasos llenos que tomo hasta el final, uno con leche, otro con vodka, otro con café, uno blanco, otro negro, otro transparente. Con la garganta de fuego, oigo sus palabras mordidas, gruñidas, trato de entender, el por qué de los rosarios que corren por sus manos, los granos de café que se pasan por los orificios de la nariz, el origen de los besos que se dan muy cerca de la boca. Me doy cuenta de que no soy nada, me entrego, me dejo caer.

Salgo en cuatro patas, el pantalón desgarrado, la piel brillante, regurgitando leche y la oscuridad del cielo empieza a ceder. Salgo temblando, las piernas hacen menos de la mitad de lo que les pido, pero igual llego, medio rastrero a la vera del río, y me recuesto boca arriba en un banco de hormigón, con la panza llena. Va ser un día raro. Acurrucado, dormitando, con las patas en el aire, fumo el primer cigarrillo de la mañana, y ahora que asoma la punta del sol allá en el horizonte, no puedo entender como se hizo tan temprano, pero ya no tengo apuro, estoy cerca. Desde acá mismo, si quisiera, levantándome un poco, o sólo cabeceando, podría ver mi altillo de California y el río, y también, con un poco de ganas, las colas de esos perros podridos. Voy a ir más tarde, en un rato, y voy a dormir hasta las cinco, voy a juntar el sueño con la siesta, pero por ahora quiero quedarme mirando, un poco más.

3 comentarios:

Anónimo dijo...
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Apostillas dijo...

El regreso del rayo láser.

Anónimo dijo...

Pudo ser el mejor texto de 1:1