martes, mayo 27, 2014

Alberto Szpunberg. Como sólo la muerte es pasajera

En el número 12 de la Revista Kundra, Manuel Quaranta reseña Como sólo la muerte es pasajera, de Alberto Szpunberg

Una palabra, poco más, pero qué menos que una palabra
como una hoja abandonada en el aire por sus manos
que abre el silencio en ese punto, ese giro
por donde siempre asoma la muerte, poco menos
que una palabra que no dice nada, “muerte”, precisamente nada,
absurda e inexistente como el silencio
que pretende olvidar sus labios –alucinados– que la pronuncian.


Reseñar Como sólo la muerte es pasajera –poesía reunida– de Alberto Szpunberg resulta un ejercicio imposible. ¿Qué criterio utilizar para abrir el juego? Podría, por ejemplo, seleccionar el libro inédito que le da título al volumen completo. Pero ¿consigo con esto captar un mínimo de su producción? ¿Cuál de los quince libros –entre inéditos y editados– representa mejor al conjunto? ¿Qué hacer?
El criterio elegido para esta reseña es tan arbitrario como cualquiera: podría haber pensando en el mar, la ausencia, la memoria, los pájaros, la inocencia o la lluvia, sin embargo una de las palabras que más se repite en cada uno de los libros es muerte, y es ella –sólo ella, en este caso– la que me permite reflexionar acerca de la poesía reunida de Alberto Szpunberg, publicada por editorial Entropía.
Morimos de amor, de hambre, de sed, mueren los pobres, los ricos, los desaparecidos. Muerte Muerte Muerte Muerte Muerte: ¿A qué responde esta insistencia? ¿Derrotarla, conjurarla, vaciarla, morirla? ¿Por qué nombrarla? El nombre no nombra, sólo llama. ¿Convocarla? La muerte, nunca tanta chance de aventura, ¿festejarla?, También ¿te acuerdas? está la muerte, ¿recordarla?, La palabra calla lo que dice, ¿despreciarla?

Demasiadas muertes, piensa él, demasiadas. Un mar de muertos o un mar lleno de muertos, o lágrimas que lloran a los muertos, aunque, firme, “un poema, por favor, corto de agua y ausente de llanto”, rebelde, soberano, como quien dice: “de acuerdo –dijo–: esta es la vida, esta es la muerte”, saliendo a pelear un combate perdido, Despertamos de un sueño en otro sueño/ ¿qué pasó?, nos restregamos los ojos, ¿qué pasó?, y con cierto horror no exento de tristeza nos enfrentamos al día más terrible de los días, un 24 de marzo de 1976, oscuro, como “oscura es la palabra”.
En realidad, estoy triste: en realidad, no estoy triste. Escribo para morir, en realidad, escribo para vivir. Pare revivir a mis demasiados muertos, a los hermanos muertos en la imposible ausencia. Una mano, un hermano, la mano que mata, La posibilidad de matar ya nos hace asesinos,/ y hay preguntas de siempre que siguen sin respuesta:/ ¿por qué el manotazo que mata al mosquito?/ ¿Por qué la osadía de rematar hasta la misma muerte?

La mano, la muerte, ¿la muerte del hermano?, ¿de qué hermano? El primer libro publicado por Szpunberg se titula Poemas de la mano mayor (1962), y yo leo poemas del hermano mayor, presencia constante en ese libro, el hermano, la mano, desde el epígrafe de los hermanos Expósito; ¿qué significa la mano? Acariciar, escribir: Mientras tus manos,/ pacientemente,/ me abrigan de la muerte. ¿La muerte?

La poesía reunida de Alberto Szpunberg está plagada de obsesiones, la muerte, sin duda es una, pero, más allá, o más acá de la muerte, la poesía, la preocupación poética recorre, ubicua, desesperada, toda su obra: Porque en algún recuerdo ya lo hemos visto/ es pasajera la muerte, no el desamparo,/ pero hay una palabra,/ una sola/ que se vuelve poema.
Afirma Szpunberg, en el prólogo, Volver es imposible, y tiene razón, la vuelta siempre es engañosa, el origen, mítico, está perdido, pero sobre todo, el poeta es incapaz de volver porque no tiene ni un sombrero para decir adiós.

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