
PANEL | IMAGINARIOS SUBURBANOS: IOSI HAVILIO, SERGIO OLGUÍN Y LEONARDO OYOLA
Modera: Jorge Consiglio
El suburbio -entendido como espacio de construcción de sentido diferente del ámbito urbano y rural, pero no necesariamente opuesto- se presenta como una frontera difusa con identidad y problemáticas propias. Iosi Havilio (Opendoor, editorial Entropía), Sergio Olguín (Oscura monótona sangre) y Leonardo Oyola (Santería) abordarán esta zona desde diferentes perspectivas: ámbito de autopreservación, marginalidad y acceso a lo fantástico, en la búsqueda de una aproximación literaria a un espacio que se rige por sus propias leyes.
Sábado 10 de septiembre | 16 hs | MALBA (av. Figueroa Alcorta 3415) | en el marco del FILBA 2011
viernes, septiembre 09, 2011
Havilio en el FILBA
lunes, septiembre 05, 2011
Mapa subjetivo de la jungla
Silvia Hopenhayn lee Conquista de lo inútil, de Werner Herzog, y escribe el siguiente texto en La Nación:
«Los diarios de filmación pueden ser apasionantes o anecdóticos. No es fácil contar una película, y menos aún decantar por escrito la experiencia de filmación. Se van las páginas en las manías de tal o cual actor, las dificultades climáticas o divergencias con el productor. Pero cuando el director es una suerte de poseído por las imágenes, un portador de visiones, su obra se distingue por su intensidad. El relato puede ser tan maravilloso como un viaje a lo desconocido. Es el caso del cineasta alemán Werner Herzog, cuyo film Fitzcarraldo fue una verdadera proeza onírica.
En excelente traducción del escritor argentino Ariel Mangus, se publicó el diario de filmación de Fitzcarraldo con el título Conquista de lo inútil (Entropía). El prólogo, también de Herzog, es un trampolín al desenfreno y revela su brutal relación con las imágenes. Comienza así: "Con la descabellada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto y sacude y tironea al venado caído de modo que el cazador abandona la tarea de calmarlo, se prendió de mí una visión, la imagen de un gran barco de vapor sobre una montaña (?), la voz de Caruso que hace enmudecer todo dolor y todo grito de los animales de la selva y extingue el canto de los pájaros".
Herzog comienza su periplo en la casa de Francis Ford Coppola en San Francisco, en busca de financiamiento (un sueño mal pagado puede convertirse en pesadilla), y a las pocas páginas ya está en Caracas y luego en Lima, Iquitos y el río Marañón, a punto de empezar su travesía junto con el iracundo actor Klaus Kinski (antes protagonista de Aguirre, la ira de Dios y Nosferatu ). Recordemos lo que el propio Kinski escribió sobre Herzog tras el rodaje de la película: "Los cinco meses en la selva de Perú son muy parecidos a los de hace diez años, cuando rodamos Aguirre . De nuevo son la total imprudencia, ineptitud, incapacidad, arrogancia y falta de escrúpulos de Herzog las que ponen en juego una y otra vez nuestra vida y amenazan con echar a rodar definitivamente el rodaje y provocar un desastre financiero. De nuevo alimenta a la compañía con una bazofia incomible que hace cocinar con manteca de cerdo".
El diario de Herzog no redunda en esa relación (cuyos frutos, podridos y maduros, aparecen retratados en su documental Mi enemigo íntimo ); más bien traza un mapa subjetivo de la jungla, los revuelos del campamento, las dificultades para mantener intacto el barco que debían trasladar por la montaña, los problemas de sonido en la ejecución de la ópera. Lo más bello de la escritura es lo que el ojo de Herzog registra: "Un papagayo a mis pies mastica una vela que sostiene con los dedos de una pata?"; "unas hojas de banano inmóviles en el vapor vespertino; pequeños sapos aterrizan con un chasquido sobre las pálidas hojas".
El diario es casi un día a día, desde el 16 de junio (¡el mismo día en que transcurre Ulises , de James Joyce!) de 1979 hasta el 4 de noviembre de 1981. Gran parte de lo narrado transcurre en Iquitos y Camisea, y otro poco en San Francisco, Lima y Nueva York.
Se trata, en suma, de una embarcación literaria digna del estrepitoso mundo de las imágenes de Herzog.»
jueves, agosto 04, 2011
Recuerdos de provincias
Hernán Ronsino lee La sed, de Hernán Arias, y la reseña en el marco de un panorama sobre literatura de provincias que escribe para la revista Debate:
«En su primera novela, La sed, recientemente editada por Entropía, Arias modela, en cinco fragmentos fechados entre junio de 1986 y febrero de 1987, la percepción y la mirada de un chico en un pequeño lugar de Córdoba, más bien, en una zona rural. La cacería de liebres, los vericuetos del monte, las carreras de caballos, y un tío que trae, en su idealización, el eco de aquel tío del cuento de Walsh, en tanto héroe, todo eso, compone el entorno y el espíritu de un relato intenso. A partir de ese mundo familiar se va trenzando un profundo vínculo, entrañable, diría, con la naturaleza y con el mundo de los adultos. La violencia aparecerá como un elemento constitutivo de ese universo. Pero bordado por el afecto: los asados, las historias del lugar, los italianos, Buttiglieri, la figura enigmática de esa mujer, Lucrecia, que le cuenta al chico que el dolor de una lastimadura se parece a la sed. Y entonces esa ausencia que comenzará a perfilarse, mientras una tormenta se gesta y estalla al final. Una tormenta en la pampa. Esta novela explora la educación sentimental de un chico que comienza a percibir los bordes del mundo. Se abre, en esa construcción, a partir de una prosa sumamente cuidada, morosa, un clima o una forma de pensar el tiempo. En La sed se instala una indagación sobre la realidad encarnada en la mirada de un niño arrojado en la inmensa pampa.»
La nota completa, acá.
jueves, julio 28, 2011
Lunes: La sed

Editorial Entropía presenta La sed, de Hernán Arias.
Participan: Oliverio Coelho, Hernán Ronsino y el autor.
Música en vivo y brindis.
Lunes 1 de agosto | 19 hs | Eterna Cadencia (Honduras 5582)
martes, julio 19, 2011
Lo indecible
Lucas Mertehikian lee La sed, de Hernán Arias, y la reseña para Los inrockuptibles:
«Con La sed, Hernán Arias ha logrado armar una novela limpia y cargada a la vez. Limpia de sentimentalismos, ingenuidad, artificios, poses; cargada de emotividad, imágenes, ecos. Construida en torno a un narrador infantil (con todos los riesgos que eso implica), Arias escapa a los lugares comunes que en general esa forma de percepción trae consigo. La doble condición de prosa limpia y cargada se traduce en una puntuación bastante particular, que resulta en párrafos muy largos hechos de oraciones bien cortas. Esta especie de combinación de una sintaxis micro y otra macro, contrapuestas, permite a la narración una fluidez extraña. Abunda en descripciones minuciosas, pero como confía más en las acciones que en lo que sus personajes puedan decir acerca de ellas, el lector entra en la dinámica del relato sin esfuerzo.
Novela de formación rural, La sed recopila cinco episodios en la vida del narrador que siguen una progresión cronológica lineal: una cacería, una tala de árboles, las carreras de caballo del pueblo, una visita de un tío recién divorciado y un asado. Se trata de pequeñas excursiones del yo al exterior –del territorio– y al interior –de la familia–. Esos dos espacios, campo y familia, forman el radio que da la medida del círculo dentro del que narrador y personajes se mueven. El centro es inestable: a veces es el paisaje; otras veces, el padre; al final, el tío.
El yo que narra sigue de cerca ese centro móvil, como si no pudiera alcanzarlo nunca. Su relato minucioso mezcla acciones mínimas con brevísimos destellos de conciencia. El lector tiene la ambigua sensación de estar situado dentro de una mente casi vaciada de prejuicios, una tabula rasa sobre la que el ambiente va dejando sus huellas. Pero, al mismo tiempo, la voz narrativa es tan clara, tan distinguible, que da la impresión de ser una monada sin ventanas. Esto se nota en los poquísimos cortes de párrafo, casi siempre dados por la intervención oral de algún personaje. Esas frases ajenas funcionan como cuchillos que cortan el hilo hipnótico de esa conciencia en proceso, obligando el salto de línea. En cuando al tratamiento del lenguaje, su ritmo y densidad, el trabajo con la omisión es tan efectivo como podría serlo: las palabras valen por ellas mismas y por las que no están. Su limpidez carga a La sed con la potencia, más que de lo no dicho, de lo indecible.»
domingo, julio 03, 2011
Música para el fin de la infancia
Ángel Berlanga lee La sed, de Hernán Arias, y escribe para Radar Libros:
«Lo que le va pasando a un pibe de once, doce años, en cinco jornadas esparcidas entre invierno y primavera del ’86, verano del ’87: a eso se asoma el lector de La sed, novela inicial e iniciática de Hernán Arias (San Francisco, Córdoba, 1974). Fechada en 2003, publicada dos años después, ganadora del premio provincial Daniel Moyano y editada ahora en Buenos Aires, La sed se lee de un tirón, reivindica la morosidad del tiempo y deja una extraña sensación pictórica, que acaso provenga de las sutiles capas de sucesos familiares narrados en primera persona por el protagonista, sucesos que no se tornan tales por estruendo, efecto o vertiginosidad sino más bien por una voluntad de mirar en detalle, de aprehender lo que pasa, se dice o se hace, quizás en busca de entender, o de encontrar algún sentido.
Las jornadas que evoca el pibe/protagonista/narrador transcurren en el campo, casi todas con epicentro en una casa que la familia tiene en las afueras de un pueblo cordobés, donde viven. La del invierno es una cacería de perdices y liebres con perro, padre, tío y abuelo; la de la primavera, la tala de un árbol en medio de un monte de un campo vecino y el arrastre hasta casa del tronco para hacer leña, guiado por el tío. Luego, ya en el verano, sobrevendrán una tarde de carreras de caballos, con sus caudales de apuestas y vino, en un camino abandonado; una visita del tío, acompañado por una amiga (¿dónde está la tía?) y por su hijo (el primo); y, al final, un asado abundante, hecho artesanalmente y celebrado, mientras se acerca implacable una tormenta. Aunque al comienzo puede pensarse casi en un relato pormenorizado, sobre el pucho, para un diario personal, con el andar de las páginas hay señales de que el texto fue escrito a cierta distancia temporal, pero cuánta. Al margen, Arias lleva al lector ahí, a los momentos en los que está el chico. Pasado-presente: eso es uno. ¿Pero cómo hace, Arias? Cuenta corto, sustancia pura; pura sustancia al latir del pibe, al que le interesa qué dicen y hacen los suyos e ir experimentando su propio observar y hacer. Tiene, el pibe, conciencia de estar descubriendo el mundo y una curiosidad activa que sopesa y balancea tutelaje, en términos de estilo, entre el talante del padre y el del tío, el primero más controlado y correcto, el segundo más suelto, transgresor, rupturista. La tensión entre ambos, la enfermedad de la abuela que se agrava y la mudanza del primo a Córdoba capital marcan, en esos meses, un tiempo de transición: familia que se resquebraja, paraíso que se reconfigura, fin de infancia. Arias compone estas perplejidades y algunos riesgos que afronta el chico con una sutileza asombrosa: las notas precisas para que la música suene más allá de los tiempos.
Para La sed, Arias dispone un marco bastante preciso: el universo del pibe se ciñe casi exclusivamente a lo que vive en el campo con su familia. Apenas si hay alguna referencia a su vida en el pueblo. No son los únicos recortes: tampoco hay referencias políticas específicas o inquietudes directas sobre el sexo o el amor. Y sin embargo el tío ha abierto, en la percepción del chico, unas grietas que invitan a asomarse. Cuando cuenta, por ejemplo, que un vecino terminó enloqueciendo de avaricia. Cuando brinda, en el asado final, “por la justicia y la libertad”. Su amiga le ha dicho al chico, en aquella visita, que el ardor físico, el de una herida, es como la sed. Que ella se había criado en un pueblo playero, que de chica no podía entender que toda esa agua no se pudiera tomar y que esa llanura, la que tenían ante sus ojos, era igual al mar. Inmensidades inabarcables. Como los tiempos, las vidas en perspectiva, el pasado-presente de esta novela que juega, en su cita inicial, unas palabras de Cioran: “Cansado del futuro, he atravesado los días y, sin embargo, estoy atormentado por la intemperancia de no sé qué sed”.»
miércoles, junio 22, 2011
Conceptos fósiles
Silvina Friera lee La comemadre, de Roque Larraquy, y entrevista al autor para Página 12:
«La cofradía de chiflados que ama a los escritores “raros” podría celebrar el debut literario de un joven autor argentino. Roque Larraquy no es un marginal, ni un desdichado o un extravagante, excepto que se incluya en el inventario de extrañezas que este guionista y profesor universitario cierra los ojos, de tanto en tanto, para gambetear cierta timidez o para husmear en una idea escurridiza que está a punto de extraviarse en la nebulosa de su memoria. La comemadre (Entropía) podría ser una ironía feroz hacia ese culto por la rareza que –casi siempre– va de la mano de un interés ajeno a la propia literatura, cuando el nombre propio trasciende por varios cuerpos de ventaja a los personajes de ficción. Como si la vida o las miserias del escritor “raro” en cuestión, más que los libros, fueran la gran obra. A falta de una nomenclatura satisfactoria, no queda más remedio que asumir la adjetivación que se quiere evitar. La primera novela de Larraquy genera la sensación de estar ante un texto rarísimo, un monstruo bicéfalo que disemina un asombro de digestión lenta. Desde las primeras páginas, el lector olfateará el positivismo e higienismo de principios del siglo pasado, de la mano de un narrador que pareciera emular anticipadamente el tono de un seminario de Foucault “vulgarizado”. Y mucho más sarcástico. (...)
–Si hay parodia sobre la retórica del discurso científico al comienzo, en la segunda parte La comemadre apunta hacia la retórica del arte y los cuerpos. ¿Cómo concibió o imaginó este cruce?
–Me interesaba plantear un puente de palabras con puntos de unión deliberadamente débiles para ver cómo esa circulación de signos repetidos podían producir una unión artificial de dos textos aparentemente muy separados entre sí. A través de ese puente, puse en juego la retórica de la ciencia y el arte, buscando equipararlos. El tema del cuerpo hace mucho tiempo que está instalado en el arte; creo que incluso comienza a evaporarse como síntoma de época, no sé si ahora está en su momento de paroxismo. En definitiva, quería evidenciar cuánto de la ciencia o del arte es algo que tiene que ver con el objeto a producir o cuánto es una capa que menciona al objeto, desde lugares más marginales, para producir un segundo objeto. Ese segundo objeto es lo que me interesa; los lugares marginales desde los cuales se puede hablar con un sistema de conceptos fósiles, que terminan superponiéndose, comiendo o resignificando por completo la obra.
–¿Intenta refutar la idea de trascendencia artística a través de la novela?
–No sé si la novela lo logra; la idea de trascendencia me genera muchas suspicacias. Es curioso, por supuesto, esa idea de que hay un después, una continuidad en ausencia que se convierte en un nombre y que ese nombre, al mismo tiempo, no deja de gravitar sobre el objeto producido como otra cosa que a la larga se termina desvinculando de la obra. La idea de trascendencia, en los casos en los cuales ocurre, tiene fuertes limitaciones. Hay nombres que se han instalado en la cultura canónicamente: Shakespeare, Joyce, Proust. Pero hay una enorme distancia entre la circulación del nombre y la obra.
–Lo que le produce ruido, entonces, sería que trasciende el nombre por encima de la obra, incluso hasta eclipsarla.
–Sí, porque la trascendencia se va llenando de sentidos contradictorios y eventuales y produce una entidad en sí, completamente distinta de lo que es el objeto. Ese tipo de trascendencia es ligeramente espuria. El disparador de la idea de trascendencia, que sería la obra, queda en un segundo nivel. Me acuerdo del final de “El inmortal”, de Borges, que dice algo así como “palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos”.»
La entrevista completa, acá.
jueves, junio 16, 2011
Deseo renovado
Alejandro Duchini lee Placebo, de José María Brindisi, y lo entrevista para el portal de A24:
«La última novela de José María Brindisi (Entropía) se llama Placebo, está escrita sin puntos aparte y le sobra densidad: la historia siempre es gris, triste, con un final cantado: nada puede salir bien. Pero en el relato, lo que importa es el camino. El protagonista, Becerra, tiene todo lo que la gente de clase media quiere: un buen auto, una esposa, una casa, posibilidades de vacacionar. Y una amante. Nada de esto le cierra. Pues no sólo lo destruye su propia vida –o la forma de entenderla-, sino también la muerta lenta y dolorosa que acecha a su mejor amigo. En el Tigre, donde se toma un descanso, un vecino lo obsesiona. Imagina sus días y sus sentimientos y en cierta medida lo envidia. Corre el alcohol, corren los sueños y acechan las frustraciones.
-Hay una escena en que el protagonista, Lucio, observa la ropa interior de la amante mientras unas colegiales pasan y se ríen de él. Parece el peor de sus momentos durante el relato. ¿Coincidís?
-Yo creo que el peor momento, durante estos escasos días en que lo acompañamos, son todos: es decir, todo es terrible, todo es en algún sentido triste, solitario y final. Pero ese momento tiene un valor simbólico, como también lo tiene la escena del comienzo, cuando observa a esas dos mujeres como si estuviese viviendo una alucinación. El sexo y la muerte van con frecuencia de la mano; es muy común que el sexo nos recuerde que la muerte existe, y que está ahí, acechando. Sin embargo, me quedo con la última visita a Horacio; por razones obvias -porque acaba de despedirse-, ése es el momento en que toca fondo.
-¿Planteaste la novela desde la intención de dar un mensaje, o simplemente la historia te fue llevando?
-No: para bien o para mal, ni mis personajes ni mis historias me llevan a ningún lado sin mapa. Van adonde yo quiero, o muero en el intento. Pero lejos de querer dar un mensaje; la novela plantea cosas, se pelea con otras, pero jamás se me ocurriría planteármelo de ese modo.
-¿De dónde viene y hacia dónde va Placebo?
-Viene de una novela muy diferente (Frenesí), y fue el punto de partida para despegarme en la siguiente (Nosotros y ellos), que está terminada, o eso creo. Ese es uno de mis faros: aunque sé que es imposible, trato de empezar de nuevo en cada libro. La pelea es, en buena medida, con el orgullo: aprender a reconocer cuando algo no funciona, cuando ha dejado de interesarnos, cuando sospechamos que podemos hacerlo más o menos bien pero ya no tiene sentido.
-¿Cuánto hay de vos en Lucio, el protagonista?
-Espero que no demasiado. Y sin embargo, hay algunas cosas de él que envidio: yo no sé si soy capaz de vivir una amistad de ese modo, si un amigo en peligro o desahuciado puede aniquilarme. Quiero creer que sí, pero no lo sé. Y también me conmueve su realismo, el modo en que se juzga a sí mismo a cada rato. Eso no le ha ocurrido siempre, pero ahora se abre paso, y él escucha.
-¿Qué te deja Placebo?
-La necesidad de ser humilde. Las ganas de sentarme a trabajar, a seguir trabajando. El renovado deseo de que la literatura sirva para algo.»
lunes, mayo 23, 2011
Un universo de leyes implacables
Jorge Consiglio lee Placebo, de José María Brindisi, y escribe su reseña para ADN Cultura:
«El protagonista de Placebo , de José María Brindisi (Buenos Aires, 1969), es un héroe melancólico. Arrastra un estado anímico insondable que impregna de oscuridad todos los actos de su vida. La piedra basal de la deriva del personaje, que es el urgido placebo al que alude el título, consiste en el desconocimiento más absoluto de la esencia y raíz de esa angustia.
La novela narra, por medio de una tercera persona muy próxima a los hechos, algunos días de verano en la vida de Lucio Becerra, que trabaja junto con un socio en un próspero estudio. Becerra está casado con Cecilia, una mujer que lo llena de hastío. Tiene una amante, Estela, cuyo nombre es igual al de la madre del protagonista, y un amigo de toda la vida, Horacio, que se encuentra internado víctima de un cáncer. El relato se inicia con una imagen poderosa que Becerra registra mientras se dirige con su esposa a la casa que ella heredó en Tigre: dos mujeres muy atractivas toman sol sobre el capot de un auto deportivo. Esta imagen dispara dos líneas argumentales que irán creciendo, hilvanadas, con el correr de las páginas. Una tiene que ver con el padecimiento existencial por el que Becerra está pasando, que no está ligado con un episodio concreto, sino que surge, más bien, como un malestar que se origina por la conciencia de la finitud individual y por una creciente sensación de vacío. En la otra línea, el narrador evoca por medio de flashbacks episodios del pasado del protagonista.
Placebo está escrita como un bloque narrativo sin fisuras: no hay un solo punto y aparte en toda la novela; sin embargo, la prosa es dinámica y aireada. Brindisi maneja con habilidad la temperatura del texto mediante el uso de un registro coloquial siempre adecuado a las escenas y la inserción oportuna del estilo directo y, también, del indirecto libre. Además, el empleo de la omnisciencia posibilita que los puntos de vista del narrador y de los personajes transcurran por un mismo torrente narrativo ininterrumpido.»
La construcción de los personajes es muy precisa. El extravío de Lucio Becerra, que termina por hundirlo en una crisis, se relaciona con su complejidad: es tanto el hombre diligente que maneja su Audi y pergeña estrategias para levantar el pago a un cliente como el ser introspectivo que lee a Guy de Maupassant y que escribe cuentos que no comparte con nadie. La tensión entre estos dos polos es un factor decisivo para mantener la intriga del relato y para su posterior desenlace. El texto cifra su consistencia en la pericia con la que Becerra trabaja sobre su angustia mediante un balanceo constante entre aquellos dos perfiles. Este contrapunto hace posible que el personaje funcione. Justamente, cuando el mecanismo se interrumpe, Becerra se desconoce a sí mismo y necesita de los otros como un espejo de discusión. En este punto, recurre a dos personajes: su amigo Horacio, al borde de la muerte, imagen de lo incondicional, y Sutton, un vecino del delta que condensa una existencia vital y alternativa con la que Becerra se mide.
Otro recurso contribuye al clima de agobio, que estrechará los límites del universo ficcional hasta cercar al protagonista. Se trata de la disección minuciosa de las escenas: el narrador se introduce en los engranajes secretos de las relaciones, busca decodificar lo oculto en cada gesto para trazar un mapa en el que la verdad no admite pliegues. Brindisi, en Placebo , organiza con destreza y oficio un universo de leyes implacables.»
miércoles, mayo 18, 2011
La dimensión desconocida
Matías Moscardi lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribe su reseña para Bazar Americano:
«Los modos de ganarse la vida (Entropía, 2010) es la primera novela de Ignacio Molina y empieza así: “Aunque la habitación estaba en penumbras, por la intensidad de la luz que entraba por las rendijas de la persiana supe que era un día soleado”. El enunciado de apertura tiene un poder expansivo, ya que en el mundo de la novela todas las transparencias aparecen opacadas, los objetos que puede atravesar o refractar la mirada (ventanas, vidrieras, pantallas, espejos, parabrisas) están siempre sustraídos de su función visual: “A medida que el ambiente se iba llenando de vapor vi cómo mi imagen desnuda se iba haciendo borrosa en el espejo”; o en la otra punta: “Achiqué los ojos para ver mejor, pero la gente que pasaba por la vereda y las letras pintadas en el vidrio me molestaban”. De este modo, la niebla, el vapor, el exceso de enfoque, los obstáculos, las interferencias atentan contra la posibilidad de completar apenas un indicio visual del mundo, ya que las imágenes que circulan en la novela de Molina están tramadas sobre su propia disfunción, una zona borrosa que va dando lugar al extrañamiento. Esta “dimensión desconocida” en la que se desarrolla la novela –adelantemos– es nada más y nada menos que la vida cotidiana en pareja: Luciano (el narrador) y Cecilia son dos personajes pendulares que fluctúan entre la soledad y la vida conyugal.
Las imágenes han perdido, entonces, su legibilidad, su contingencia. Luciano parece un narrador con los ojos entrecerrados que ha optado, como una persona que está a punto de quedarse ciega, por agudizar el oído: “Cerré los ojos para dejarme guiar por los sonidos”. Pero al comienzo todo es ruido: “Escuchando los gritos y los motores que pasaban detrás de sus palabras, me retiré en la cama para subir el volumen del televisor”. Por eso, a lo largo de la novela, asistimos a un entrenamiento del oído narrativo, que intenta decantar, del trasfondo de distorsiones de la vida cotidiana en pareja, un resto de sonido que sea la constatación de aquel mundo de imágenes mutiladas: “Sólo me convencí de que ninguna moneda era falsa cuando escuché cómo se imprimía el boleto”. El sonido, luego, viene a suplantar la legibilidad perdida del plano visual y, en ese movimiento, traza las únicas huellas de la cartografía cotidiana por donde circula el protagonista, en donde los sonidos son el último ticket de regreso: “un bocinazo lo volvió a la realidad”.
La primera y la última parte de la novela están ordenadas, de manera progresiva, de la A a la Zeta, como si el orden de las letras fuera el índice de una cesación, de un límite, pero también como si en esa serie pudiera leerse una dirección temporal irreversible: la temporalidad del lenguaje, eso que Saussure llamaba la linealidad del significante, pero con una carga metafísica que, si se quiere, daría como saldo el peso irrevocable de las cosas dichas, el carácter sentencioso y definitivo de todo acto verbal. En este orden solapado del relato, confluyen la centralidad del sonido, los ruidos de fondo y las palabras de intercambio en una pareja que –intuimos desde un comienzo– está a punto de separarse.»
La reseña completa, acá.
lunes, mayo 16, 2011
Sin detenerse a respirar
Paula Tomassoni lee Placebo, de José María Brindisi, y escribe su reseña para Bazar Americano:
«Un recorrido posible en Placebo es el que puede hacerse a partir de las mujeres. Cecilia, su segunda esposa, quien funda el lugar común de la cárcel del matrimonio: deteriorada físicamente por el paso del tiempo (aunque Becerra reconoce que a otros puede resultarle atractiva), se pasea semidesnuda por el interior de la casa del Tigre (su territorio) pretendiendo sensualidad y causando en su esposo algo parecido a la repulsión. Su descripción contrasta con la de las mujeres del principio sobre el Lamborghini, la de la enfermera sensual del geriátrico, o la imagen que Becerra se hace a partir de las voces y gemidos que llegan de lo del vecino. La casa de El Tigre encierra además otra historia de mujeres que llegan desde unas fotos como los personajes de Morel a la isla: es la de la tía Leonor, anterior dueña de la propiedad, y su amante, a quien se conocía en la familia como “la señora”. El pasado del protagonista entra bajo la imagen de otra mujer: Ana, su primera pareja, que murió de cáncer. Esa muerte conecta a Becerra con la de Horacio, y le permite hacer comparaciones: a diferencia de Ana, físicamente a Horacio no se le nota que se está muriendo. Estela, su amante, se llama igual que su madre. La ve cuando viaja a la ciudad por trabajo. Becerra se siente atraído y a la vez sorprendido por su actitud: es la primera relación extramatrimonial en la que la mujer no lo acosa. La pasan bien juntos pero es ella la que no responde los mensajes, o los responde de manera escueta. A la otra Estela la ve en el geriátrico (siempre y cuando no esté durmiendo). Es una mujer inteligente, aunque está vieja, y de algún modo Becerra siente hacia ella una distancia también infranqueable: Estela compartía con Ana su pasión por la literatura rusa, y habían fundado desde allí una relación en la que él mismo no había podido entrar. Incluso la muerte de su amigo entra en escena de la mano de una mujer: Moni, su esposa. Ella es quien llama por teléfono para avisar que Horacio está en coma, juntos van a verlo y juntos también intentarán pensar en otra cosa.
Este mapa femenino organiza la novela; cada mujer abre un aspecto en la configuración del personaje –el eje, en realidad, de todos los conflictos-, explica un modo de ver, justifica un pensamiento, sustenta una actitud. La relevancia de estas mujeres no está en su existencia sino en su funcionalidad: Becerra se construye desde estas relaciones que, pensadas sistemáticamente, lo comprenden. Por ese camino la voz narrativa se complejiza: el narrador en tercera toma la mirada del personaje para observar a estas mujeres; las mujeres a su vez se adueñan de esa mirada y se la devuelven, como desde un espejo, definiéndolo.
Formalmente, toda la nouvelle se completa en un solo párrafo, sin puntos y aparte. “Si para el protagonista no hay respiro, que tampoco lo haya para el lector.”, explica su autor. Brindisi intenta pensar qué contar y cómo hacerlo como parte del mismo proceso, en un único y sólido producto. El resultado es esta obra que conduce al lector a repetir la respiración de lo narrado. La novela comienza a leerse, como dice Roland Barthes, cuando se levanta la vista de la página. En este caso, de la página final.»
La reseña completa, acá.
viernes, mayo 06, 2011
Más allá del género
Rosario Arán lee ¿Vos me querés a mí?, de Romina Paula, y lo reseña para Libros y literatura:
«El primer párrafo y ya es imposible no seguir leyendo. Vamos a admitirlo, ¿A quién no le despierta curiosidad una conversación ajena? Si, es vergonzante pero si se trata de una pareja discutiendo su vida amorosa, resulta más tentador. En un libro, plasmar un diálogo tan fácil de ser “escuchado” no es tarea sencilla y al iniciar una novela con un guión que indica al lector que se trata de una conversación puede parecer arriesgado si no se lo hace atrapante. ¿Vos me querés a mí? de Romina Paula se inicia con palabras de una joven y una vez que leíste la primera línea, es muy difícil no dejarse llevar por la agilidad de la lectura.
Ya presenté a Romina Paula en este blog, quizás cometiendo esa falencia de leer primero lo último editado para seguir con su primera novela, la que le da espacio para confiar en una segunda escritura. No voy a negar que tenía miedo de llevarme una mala impresión pese a ser su primera novela, pero Agosto me había gustado y mucho.
¿Vos me querés a mí? es igual de atractiva gracias al estilo que lleva. El diálogo rápido, casi en tiempo real, de los protagonistas de la historia. Mejor dicho, la protagonista es una: Inesia. Ella se plantea las mil y una dudas sobre el amor, la vida y la muerte. Lo hace sola, con sus amigos o sacudida por algún hecho del día a día.
Inesia está con alguien. No dice de novia, o en una relación. Está…y ese suspenso la descoloca. Así comienza la novela, en una conversación con este hombre y su situación sentimental. Después se traslada a lo que le pasa a sus amigas, a su familia, a esa chica que se quiere ir a otro lado y apunta contra su lugar de origen con argumentos que a Inesia no le resultan claros.
Todos van y vienen, en ese ritmo propio de la vida, lleno de conversaciones. Podríamos decir que las temáticas son similares a esos libros de chick-lit pero, por más que muchas veces me entretengan, este libro está más allá de ese género. La autora está más allá de otros autores que haya leído. Tiene tan marcado su estilo que me atrae y me lleva por inercia hasta la página 60 sin notarlo hasta las 12 de la noche que apago la luz y me doy cuenta que “me comí” el libro en un día (claro que no es largo).
Se genera una continua reflexión sobre la vida de alguien joven, buscando la forma de entender el síntoma de no querer comprometerse con nada y no saber para donde disparar corriendo. Ella y sus amigas, con anécdotas graciosas y ese diálogo tan cercano que parece que mis amigas y yo estamos hablando.
La escritura es impecable. Podrán decirme que de poético no tiene nada pero de real, todo. Esa parte es la que admiro de esta joven autora. En general, rechazo los diálogos que no resultan creíbles que abundan en palabras que los mortales comunes no decimos. Ese personaje tan común pierde la credibilidad con palabras pomposas. Acá no sucede, es un reflejo de cómo hablamos, con esa gracia natural que tiene la lengua cuando se habla.
Romina Paula tiene dos libros editados. Así como el primer párrafo de esta novela me atrapó, su forma de contarme una historia desde la reflexión dura hasta lo gracioso me lleva a pensar que me convertí en su fiel lectora.»
miércoles, mayo 04, 2011
Realidades difusas
Nancy Giampaolo lee Placebo, de José María Brindisi, y entrevista al autor para el diario Los Andes:
«Un hombre que ronda los 50 años. Un hombre con una buena posición económica, una esposa que parece quererlo y hasta una amante más joven que él. Un hombre con un auto muy caro y un berretín de escritor que oculta a los ojos de los demás.
Un hombre cuyo mejor amigo está muriendo. Becerra, el protagonista de Placebo (Editorial Entropía), la nueva novela de José María Brindisi, pasea al lector por un universo hecho de realidades que a veces se tornan difusas y pensamientos que influyen en la realidad, un universo que se tiñe por el dolor y la perplejidad de la muerte de un par.
Escrita sin ni un punto y aparte, la historia del autor de Berlín y Frenesí, tiene la virtud de detenerse en detalles y omitir datos en igual medida, atrapando al lector en una suerte de viaje por el interior de un individuo de apariencia común y corriente. En diálogo con Cultura Los Andes, Brindisi reflexionó sobre su trabajo literario y su rol de tallerista, y recordó a algunos de sus autores favoritos.
-Placebo tiene un ritmo que se palpita desde el comienzo hasta el fin... ¿Está todo calculado o hubo lugar para la improvisación?
-Hay muy poco de improvisación. Las elipsis temporales, las idas y vueltas, yo no las puedo separar de un aspecto formal que tiene el texto, algo que puede parecer medio pretencioso -entendiendo lo pretencioso como algo ambicioso que salió mal- y que se da fundamentalmente en que en todo el libro no haya punto y aparte.
Esto responde a un barullo progresivo que se va armando en la cabeza del protagonista, esa confusión, esa manera que tiene de hundirse en su tristeza. Y creo que forma y fondo, en este caso, están muy relacionados porque traté de usar un tipo de escritura que me permitiera potenciar lo que al tipo le estaba pasando, sin tener que contarlo tanto.
-La escena que inicia el libro, con dos mujeres hermosas que hacen al protagonista pensar en la muerte es muy inquietante...
-Las mujeres le hacen ver lo triste que es su vida, y lo triste que es la vida en general fuera de esas escenas explosivas. Ahí trato de jugar un poco con la realidad de estas mujeres. En alguna medida para mí son parte de una alucinación que Becerra, el protagonista, estaba predispuesto a tener. No son una alucinación, pero él las convierte en algo fantasioso.
-Becerra quiere escribir como Poe, Stevenson y Maupassant. ¿Por qué?
-Porque a mí me encantan los tres, porque es la literatura de una época de mi vida en la que los leí por primera vez, pero también es una literatura a la que vuelvo porque hay algunas cosas que no evolucionan, cambian pero no evolucionan.
-¿Qué otros autores, entre los argentinos, le resultan inspiradores?
-Me doy cuenta de que a Rodolfo Walsh lo tengo metido hasta en la métrica de la dedicatoria que le puedo hacer a un amigo. Me parece un escritor con una economía insuperable y además un tipo muy dúctil en un montón de subformas, dentro de lo poco que se dedicó a la ficción. Indudablemente lo tomo a Saer, que en alguna época me influyó.
Aunque decir "me influyó" es medio pelotudo porque la influencia se tiene que notar (risas). Un consejo que le doy a la gente que viene a los talleres es no leer nunca cinco libros seguidos de un autor porque eso te arruina un año de escritura. Vos leés Borges, que es genial, y después el mundo comienza a ser como lo plantea él, cualquier cosa que sale de la mente borgeana se te pega, uno empieza con esos latiguillos retóricos propios de él hasta con los amigos y terminás sintiéndote un nabo (risas).
Tiene poca obra, pero Miguel Briante fue genial, hay un cuento de él que se llama "Fin de Iglesias" que está para mí en el top ten de la literatura argentina. Más acá pensaría en Marcelo Cohen, que tiene una obra muy sólida y ambiciosa, que se va metiendo en distintos recovecos de su pensamiento.
Luisa Valenzuela me gustaba mucho. Fogwil; hace poco releí "Muchacha Punk" después de mucho, y cada vez me parece mejor. Pero creo que mis escritores favoritos siempre van cambiando: Faulkner siempre está, pero también es un recuerdo. Exceptúo a Borges de todo esto porque Borges es Borges (risas).»
viernes, abril 29, 2011
Una voz que te va dictando
Sol Lauría entrevista para El Litoral a Ignacio Molina a raíz de sus libros Los estantes vacíos y Los modos de ganarse la vida:
Ser o hacer. “Sé que soy escritor porque escribo; es una derivación natural. Pero no me autoproclamo escritor. Tal vez si viviera monetariamente de mi tarea como escritor, lo tomaría de otra manera. Pero también tengo que trabajar de otras cosas. Si bien trabajo de cosas relacionadas con la escritura, no de la escritura que a mí me gusta. Entonces nunca deja de ser algo que hago por puro placer. Gano poca plata con los libros, sé que en algún momento podría ganar más, pero nunca pienso en esos términos en una carrera de escritor. Sí lo tomo con un compromiso diferente que hace diez años, en cuanto la escritura en sí misma y a las meta que me pongo”.
De inspiraciones y placeres. “Tengo hábitos por proyectos que me planteo. Ahora estoy escribiendo una novela y trato de sentarme a escribir todos los días. Porque tal vez estoy en la calle y se me ocurre algo, pero se me va a ocurrir algo mucho mejor si en ese momento estoy escribiendo. Si borro, tacho, intento otra cosa, algo va a ir saliendo. La inspiración llega con el trabajo. Lo que más disfruto es pensar y elaborar un mundo creado por mí, pero que al mismo tiempo parezca independiente de mí. Porque uno crea los personajes, crea alguna situación, pero lo que termina en una novela o en un cuento es otra cosa, es la suma de todas las cosas que uno imaginó y algo diferente también. Cuando leo una novela mía, sé que no la pensé conscientemente palabra por palabra, las cosas fueron saliendo así de alguna manera. Y en el momento de la escritura también pasa eso: hay una voz que te va dictando, no es algo mágico, pero pasa. Y es un momento muy placentero”.
Lo violento. “La parte tortuosa es que no llegue la inspiración. O ponerte a escribir y leer lo que escribiste y decir ‘esto es malo’. Eso pasa mucho: no te sale nada o pensás que lo que estás haciendo no tiene sentido. Publicar no me resultó difícil. Presenté mi primer libro en Entropía y lo editaron a su costo. Con la novela pasó igual. Claro que siempre trabajé con editoriales medianas, que tienen otro trato hacia el autor. Si bien hay menos plata, hay más confianza, más intimidad, te dejan trabajar mejor. En cuanto al mercado de lectores, es muy difícil acceder a uno amplio. En los casos de mis libros, los potenciales lectores se cuentan por cientos. Mis libros tienen una tirada promedio de 1000 ejemplares”.
Las obsesiones. “En el momento de la escritura mis obsesiones son la métrica, el ritmo, el tono. El tono, sobre todo. Es el gran desafío de la ficción: escribir una historia que todo el mundo sabe que es mentira y que parezca verdadera. La literatura es una de las actividades lúdicas más maravillosas que podés ejercer en la adultez. Y otro desafíos es que el texto sea lo más perfecto posible pero sin que se note que intentaste hacer eso. Que parezca natural. Esa es la preocupación de mi primera lectura: que no parezca artificial, que sea verosímil, que tenga un estilo propio. Que no suene forzado”.
La entrevista completa, acá.
lunes, abril 25, 2011
Fragmentos de un discurso amoroso
Fernanda Nicolini lee La comemadre, de Roque Larraquy, y entrevista al autor para Llegás a Buenos Aires:
«Un aviso de 1907 publicado en la revista Caras y Caretas en el que un sanatorio de la provincia de Buenos Aires promete la cura del cáncer. Un documental sobre un amante de Liberace que se opera la cara para ser igual que él. Dos disparadores reales que dieron origen a La comemadre, una novela de dos cabezas como las que se cortan en la primera parte, y la que se duplica en la segunda, en la que Roque Larraquy construye personajes -médicos primero, artistas plásticos después- que se valen de la misma materia para conseguir el amor que se les niega: la manipulación del cuerpo, la crueldad sobre él como mercancía de cambio. ¿Un tratado teórico sobre ciencia positivista de principios de siglo XX espejado en el mundillo del arte conceptual del XXI? No, uno de esos libros en los que la acción manda, y hace reír a la vez que perturba, y hace pensar dónde estuvo todo este tiempo este chico Roque Larraquy que nunca antes lo había leído y ahora lo quiero seguir leyendo. Guionista y profesor universitario, nacido en Buenos Aires en 1975, Larraquy estuvo siete años haciendo y deshaciendo la novela hasta dar con el registro –y no hay dudas de que dio con él–, desde aquel día en el que se encontró con el aviso de Caras y Caretas: “El tono era explicativo, desafectado; no tenía el estruendo de otros anuncios igualmente chapuceros que había en la revista–recuerda-. Ese decoro en el engaño me llamó la atención, y le dio al relato un tiempo y lugar. Después apareció el documental frívolo sobre el amante de Liberace y eso quedó como material de la segunda parte”.
Obsesionados con la idea de descubrir qué hay más allá de la muerte, un equipo de médicos diseña un proyecto macabro con enfermos terminales para que, al momento de ser decapitados, sus cabezas hablen y digan qué es aquello que ven. Sí, suena a delirio, pero en La comemadre todo esto encuentra su lógica a través de lenguaje técnico y explicaciones que, si uno se descuida, suenan más que convincentes. “Muchas de las que hoy consideramos pseudociencias fueron ciencia en el siglo XIX, y perdieron ese estatus en las primeras décadas del siglo XX -explica Larraquy-. Me interesa ese periodo de transición en el que la lucha por definir qué es y qué no es científico se verifica en las estrategias de legitimación discursiva, en la invención de vocabulario específico”.
-¿Qué textos de la época te llamaron la atención a la hora de reconstruir este lenguaje?
-Hay un libro del Dr. Francisco de Veyga, Degeneración y degenerados: miseria, vicio y delito, basado en un seminario que todavía en 1938 continúa la herencia de Lombroso, pero ya en un tono derrotado y lleno de excusas, agónico. Hay otro caso, el de Gabriel Delanne, un promotor de la cientificidad en el espiritismo, que en 1900 escribió Investigaciones sobre la mediumnidad, un tratado sobre el diálogo entre vivos y muertos, muy bien escrito, que argumenta en contra de la existencia del inconsciente y le da pelea a otro discurso contemporáneo que a la larga terminaría ganando. Me gustan esas tensiones, producen textos muy potentes, como tomados por el enojo, sobre todo del lado de los perdedores. Y en la novela me interesaba trabajar los puntos de unión entre ciencia y arte, cierta propensión a la búsqueda a ciegas, o la idea de que ambos dependen en gran medida de la construcción de un discurso que los legitime como tales.
-¿Cómo se relacionan entre sí dentro de la lógica de la novela?
-Como si fueran uno. El artista de 2009 sólo puede realizar su obra tomando préstamos de la ciencia, como las cirugías plásticas o las extirpaciones; los médicos de 1907 producen con su experimento una evocación, involuntaria, de experiencias de la vanguardia europea, como el cadáver exquisito.
-Las mujeres no tienen entidad más que en las voces de los personajes. ¿Por qué?
-Quería armar un relato donde el amor funcionara como el motor de la acción, sin redimirla. El médico protagonista de 1907 se enamora de esta mujer de la cual no sabe casi nada, la quiere tener, y eso lo lleva a una competencia con sus colegas en la que vale todo; el artista de 2009 acumula amores frustrados de los que a la larga consigue adueñarse, haciéndolos parte de su obra, y es también una mujer, una desconocida, la que impulsa el racconto de su vida. Me interesaba plantear un escenario masculino, monosexual, que la imagen de la mujer pudiera poner en crisis.
-¿Por qué todos los personajes quedan, por decirlo de algún modo, del lado del mal?
-Porque los motiva el amor, creo, pero un amor imaginado, sin participación del otro, un amor hecho en la soledad y el encierro.»
lunes, abril 18, 2011
El hacedor

Nos dicen que:
Fondo Nacional de las Artes y Casa de Letras (Escuela de escritura y oralidad) presentan por sexto año consecutivo el ciclo:
La ficción y sus hacedores (Ciclo de lectura y conversación)
Este año la cita habitual con narradores, poetas, ensayistas y dramaturgos renueva su escena.
Para compartir con el público, se leerán a viva voz y con distintas tonalidades -inclusive la del autor-, fragmentos diversos de la obra.
En conversación con Silvia Hopenhayn, estas lecturas ilustrarán el proceso de escritura y las motivaciones vitales que llevan a un autor a dedicar su vida a las palabras.
Miércoles 20/4: José María Brindisi.
Los encuentros se realizan en Casa de la Cultura (Rufino de Elizalde 2831, Palermo Chico, Buenos Aires).
Entrada libre y gratuita.
jueves, abril 14, 2011
Sin remedio
Gabriela Cabezón Cámara lee Placebo, de José María Brindisi, y escribe para Clarín:
«Placebo es el título de la nueva novela de José María Brindisi. Se llama Placebo pero tranquilamente podría llamarse “Sin remedio” o “Sin aliento”. No sólo porque lo que aprieta es la muerte –y no hay fármaco posible contra lo irremediable– y no sólo porque el discurso del narrador corra, tenso, opresivo, al borde de la asfixia y sin puntos y aparte en un único párrafo que es un desbarranque. También porque Brindisi apuesta a no hacer concesiones; le sale bien: en Placebo no hay consuelo y no hay futuro.
Becerra, el narrador y principal personaje de esta nouvelle de 90 páginas, es un hombre exitoso que mira el mundo desde su Audi nuevo. Ve la medida de su éxito social, la amortiguada distancia que lo separa de los otros. Ve a dos mujeres jóvenes sentadas sobre un Lamborghini amarillo y las desea. Ve la distancia que lo separa de esa juventud. Y las sigue deseando, es una imagen que lo asalta. Otra es la de un caballo blanco reventado por la muerte al costado de un camino que vio durante un viaje que hizo cuando él mismo era joven, junto a su mejor amigo, que ahora agoniza en la cama de un hospital. Además, una ex mujer, muerta. Otra, la suya, a la que que detesta. Una madre por morir. Una casa en una isla del Delta, con todo lo de opresivo que puede tener una isla por lujosa que sea. Una vocación de escritor bastante frustrada. Un vecino inquietante. Una amante con la que se ve furtivamente.
Con esos elementos Brindisi retoma un tema clásico como el de la fugacidad de la carne, tan objeto del deseo como de los gusanos. Y revisa la idea de éxito vigente.»
lunes, abril 11, 2011
Una grieta en la prosa
Matías Capelli lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para Los Inrockuptibles:
«Un lector desprevenido poco afecto a internarse por terrenos algo escarpados de la lengua puede resbalar a las pocas páginas de Precipitaciones aisladas. Y sería una pena, porque estaría perdiéndose una novela jugosa sobre un tipo que, tras una separación de su mujer que sólo el tiempo dirá si es transitoria o permanente, decide viajar unos días al pueblo costero en el que, según le contaron sus padres, fue engendrado, con la intención de cambiar de aire y acomodar un poco las ideas en su cabeza.
Esa podría ser, hablando mal y pronto, una breve sinopsis del argumento de esta segunda novela de Martínez Daniell. Sólo que Martínez Daniell no escribe mal ni pronto: cada palabra, cada frase parece sopesada y calibrada de antemano. Lo mismo podría decirse del mundo narrativo que despliega. Porque a pesar de hacer el recuento de un amor como cualquier otro, de los altibajos de la vida conyugal (con lectura de diarios de domingo y elaboración de mermeladas caseras incluidos), a pesar de ser una novela construida a partir de actos reconocibles y cotidianos (¿cuántos niños urbanos debutaron en el cuidado de mascotas con tortugas malogradas?), el texto evita siempre las opciones trilladas del realismo ramplón. Todo transcurre en el archipiélago de Carasia; el pueblo costero al que viaja Napoleón Toole, protagonista y narrador, se llama Limmermonk; por momentos se filtra el léxico técnico de un grupo de meteorólogos, por momentos se alternan diálogos con el espectro de su tocayo Bonaparte, discusiones sobre guerras decimonónicas, digresiones de un enciclopedismo juguetón, entre otros dispositivos que van delimitando las formaciones calcáreas de sentido que dan al relato su singularidad. El mérito del narrador consiste en desplegar todos estos elementos en su punto justo; hasta “ahí nomás”, como aclara en la segunda línea, haciendo, desde el vamos, una grieta en la prosa a través de la cual la novela respira.»
jueves, abril 07, 2011
Notas sobre una novela implacable
Juan Martini lee Placebo, de José María Brindisi, y escribe este texto para el blog de Eterna Cadencia:
«* Becerra es un hombre de 52 años. Está casado por segunda vez. Detesta a su mujer. Le va bien en los negocios. Tiene un Audi envidiable. Una amante a la que en el mejor de los casos desea de una manera intermitente. Secuelas fantasmáticas de eyaculación precoz. Becerra tiene calor. Es un verano aplastante y ha resuelto irse con su mujer unos días a una casa bien puesta que ella heredó en el Tigre. Casi no sabe por qué ha resuelto eso. Becerra tiene un amigo, un amigo de toda la vida, que se está muriendo. Entonces Becerra, desde el muelle de la casa en el Tigre mira el muelle destartalado que hay del otro lado del arroyo y mira, allá, a Sutton, un hombre que con pasos de box le pega a una bolsa. Y tiene miedo. De pronto Becerra tiene miedo.
* El calor es desmesurado, la lluvia es infinita, esperar que pase un día entero es algo insoportable. La realidad se ve como a través de una insolación. Las únicas drogas que toma Becerra son somníferos que le saca a su mujer. Se clava unos cuantos whiskys y algún Martini pero no es alcohólico: toma para no ser: entre el ser y la nada (parafraseando una oposición planteada en la novela) Becerra se queda con la nada.
* ¿Qué le pasa a Becerra? No tiene deseo. Es como si el deseo hubiese quedado atrapado para siempre en las primeras aventuras, en las primeras pasiones. En un viaje al sur y otro al DF, en las chicas de entonces, y en las chicas de Horacio, su amigo de toda la vida, como la chica del DF con la que formaban un trío inalterable menos a la hora del sexo. Hoy Becerra no desea. Ni siquiera a su amante. El sentimiento por ella es escénico. Becerra tiene una madre internada en un geriátrico que aparentemente conoce las flaquezas de su hijo mejor que las propias. Obvio: la culpa por su madre taladra a Becera.
* Escrita con un estilo tan exacto como un metrónomo, Placebo es la novela del amor por uno mismo, del amor no narcisista por uno mismo, la novela del amor perdido por uno mismo, la novela de la tristeza, la novela de la desolación y de la angustia. Eso es lo que le pasa a Becerra. Y Brindisi despliega un discurso implacable. Un tono que no deja resquicios. Pero sin embargo tan elástico como para no detenerse nunca. Un discurso que por supuesto no da respiro porque no hay respiración en estos días de Becerra. Nadie respira. Ni Horacio que se muere. Ni la mujer de Horacio que espera que Horacio se muera. Ni Cecilia, la mujer de Becerra, que espera (a pesar de todo) que Becerra se decida y se la coja, aunque sea por última vez. Nadie respira. El único que respira, enfrente, es Sutton, un hombre raro que vive en el Tigre y de quien Becerra quiere creer que tiene noches pobladas de mujeres, música y alcohol… Puro frenesí. Esas chicas que en el principio de la novela Becerra ve tomando el sol sobre el capó de un Lamborghini amarillo, inmaculadas, casi desnudas, casi jóvenes, casi putas, y con las que quisiera, aunque no lo desée, tener una aventura como las que él cree que esas chicas tienen con Sutton. Por eso, quizá, Becerra tiene miedo.
* Pero ¿qué le pasa a Becerra? Porque en esta novela en la que no pasa nada la tensión es material, la tensión es una materia inabordable, como la conciencia de Becerra. Lo único que progresa en esta novela es la enfermedad, la muerte inevitable de Horacio, su amigo, su amigo de toda la vida. Eso progresa.
* Es tanta la tristeza, tanta la nostalgia que el texto de Placebo convoca otros textos, resuena en otros textos. La novela cita los propios. Y el discurso a veces parece seguir algunas líneas de Homero Expósito: Primero hay que sabe sufrir, / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento… / Perfume de naranjo en flor, / promesas vanas de un amor / que se escaparon con el viento. Pero Placebo no es un tango. Es un lied.
* La percepción de Becerra, en medio del sopor, es a veces una percepción de alta fidelidad y casi siempre una percepción desquiciada o delirante. La percepción de Becerra encuentra sus mejores momentos, o una posibilidad de decir algo cierto sobre el presente, cuando vuelve a las imágenes imborrables de la juventud: el caballo blanco, en la ruta, muerto… Pero no sólo eso. Becerra se inclina sobre el caballo, le acaricia el lomo, y entonces ve cómo le salen gusanos entre los dientes. Nunca olvidará ese caballo, Becerra.
* ¿Es verosímil todo esto que le pasa y no le pasa a Becerra? Es verosímil a pesar de que a veces no lo parezca. Es verosímil porque en las pesadillas o en la desesperación todo es verosímil.
* ¿Qué le pasa a Becerra? Becerra se está muriendo. Su amigo de toda la vida, Horacio, se está muriendo. Un amigo así es el otro, es el espejo, es el doble. Cuando se quiere así a un amigo se quiere también algo de uno en él. No se lo puede querer como a un hermano. Becerra intenta pensar que sí. Pero su amigo es el otro y es el doble que morirá con él. Es decir, cuando muera Becerra morirá su amigo de toda la vida.»
lunes, abril 04, 2011
Cadáveres exquisitos
Diego Peller lee La comemadre, de Roque Larraquy, escribe un extenso texto sobre la obra, lo lee en la presentación del libro y, finalmente, lo publica en Bazar Americano:
«La comemadre es, contra toda evidencia, un libro intempestivo. Ni actual ni inactual, ni realista ni fantástico: no se propone la reconstrucción de un verosímil histórico –pese a que la primera parte de la novela esté situada con precisión en 1907, en un sanatorio “en las afueras de Temperley, a pocos kilómetros de Buenos Aires”–, al mismo tiempo que carece de toda intención de “actualidad”, entendida como sumisión dócil a los mandatos temáticos y formales de la hora –y esto pese a que la segunda parte lleve por título “2009” y posea, en realidad, todo lo necesario para ser un relato en sincronía absoluta con eso que podríamos llamar vagamente “cultura contemporánea”.
Hay, por cierto, algo inquietante, incómodo, difícil de identificar en La comemadre; por lo cual, pese a tener todos los ingredientes necesarios para ser una novela histórica (la clínica sórdida y suburbana, los delirios positivistas y antropométricos), no es una novela histórica; y pese a tener, en apariencia, todo lo necesario para ser una “novela actual” (el cruce entre arte conceptual, sociedad del espectáculo y biopolítica; las zonas grises de la muerte, la enfermedad y lo animal como umbrales de lo humano), algo en su tono somete esa actualidad a un proceso de distanciamiento, tratándola como un cuerpo ajeno, extraño, ni del todo vivo ni del todo muerto.
Si se descuida este carácter intempestivo de La comemadre, resulta difícil asir la figura en dos tiempos que la informa; porque La comemadre es también –y esto sí es una evidencia– un libro doble. Dos partes (“1907” / “2009”), dos epígrafes (arriba –bien arriba– una cita del Curso de Ferdinand de Saussure, que señala la relatividad de lo nuevo: “Lo que domina en toda alteración es la persistencia de la materia vieja: la infidelidad al pasado es sólo relativa”; abajo –bien abajo– una profecía de Benjamín Solari Parravicini: “La clase media salva a la Argentina. Su triunfo será en el mundo”). Pero no es este un libro doble solo porque esté dividido en dos partes, o porque esas dos partes correspondan a dos momentos históricos claramente delimitados; La comemadre es un libro partido en dos en cada una de sus partes; un libro escrito todo el tiempo en dos tiempos, en dos series, en dos ritmos y en dos regímenes de significación y sensibilidad.
De un lado, el registro de lo alto, la alta cultura y la trascendencia, la ciencia y el arte como “políticas de la inmortalidad”, en términos de Boris Groys; del otro, el registro de las bajas pasiones como motor más o menos oculto de estas empresas de trascendencia, la fluidez del deseo, y la repugnancia de los cuerpos. Acompañando estos dos registros, dos series –separadas, en conflicto– la serie de los cuerpos, y la serie de los nombres.»
El texto completo, acá.
viernes, abril 01, 2011
Minimalista, reverberante
Jimena Repetto lee Hélice, de Gonzalo Castro, y escribe una breve reseña para la Revista Siamesa:
«Hay momentos del verano en los que el sol pide lecturas livianas. Y hay tardes en las que buscamos que las palabras conformen texturas dignas de un buen sillón. Éste es el caso de Hélice, de Gonzalo Castro. Para quienes esperaban una buena nueva después de Hidrografía doméstica (Entropía, 2004), esta novela es una propuesta más que interesante.
Así empieza: estamos en un futuro -¿cercano?, imposible saberlo-. Pero este futuro, lejos de acercarnos a las clásicas referencias de la ciencia ficción, tiende a perderse en la poética de las palabras. Es decir, la voz del narrador en primera persona se desarrolla con una mirada tan peculiar -minimalista, reveberante- que a la representación del mundo se llega lentamente, como a través de ecos. Nuestro narrador vuelve a la historia con Julia, un amor que no termina de perderse y pareciera suspendido en su memoria. Tan ausente pareciera Julia, por momentos, como presente el amigo a quien se dirigen las palabras. Porque Hélice se articula como pequeños relatos hacia un compañero de aventuras que se ha ido, y cuya ausencia se vuelve cada vez más aguda. En cierta forma, Hélice es, en su poética y universo propio, una novela sobre los vínculos que llevamos adentro. O, mejor dicho, sobre la imposibilidad de comunicarnos con quienes habitan, como fantasmagorías, nuestro espacio interior.
Con nieblas orientales, frases de una hermosa sencillez y una mirada detallista, esta novela es una invitación para quienes buscan textos en donde la escritura narrativa se desenvuelve en la plenitud de la poesía. Castro hace de su narrador una hélice que torsiona el movimiento de un cielo calmo. Entre los círculos del aire se encuentran su mundo, su presente, su voz.»
miércoles, marzo 30, 2011
Un mito contemporáneo
Oliverio Coelho lee Placebo, de José María Brindisi, y, luego de entrevistar al autor, escribe para Los Inrockuptibles:
«Casi cualquier novela con un comienzo promisorio como el de Placebo, cuarto libro de José María Brindisi, tendería a licuarse con las páginas, a no corresponder a las expectativas generadas. Simplemente porque corresponder a las expectativas equivaldría a cumplir un absurdo en la literatura argentina: inscribir el relato en la familia de nouvelles magistrales. Porque pese que a la nouvelle es, por excelencia, el género magistral, parece haber en la brevedad una extenuación contradictoria, como si la poca extensión no hiciera más que propiciar esa falta de rigor que tanto escandaliza a los cuentistas ortodoxos. Brindisi: “Traté es de sacarle el jugo a ese formato. Creo que una nouvelle juega con la posibilidad de ser leída de una sentada o dos. Pero esa posibilidad, como escritores, tenemos que ganárnosla. Y de allí deriva, en buena medida, la intensidad con que se lea. Es algo que respecto del cine, por ejemplo, tenemos clarísimo, pero en literatura apenas lo tenemos en cuenta. Un cuento o una novela corta están emparentados con lo cinematográfico, también, porque permiten una unidad de efecto similar”.
En la primera página de Placebo, un recuerdo, una de las tantas imágenes insoladas que retornarán cada vez que en la narración se ponga en juego la muerte inminente de un amigo muy querido: dos mujeres deslumbrantes sobre un Lamborghini. Luego, la instantánea de un caballo blanco pudriéndose al sol, un extraño ángel caído. Un viaje, los lazos cómplices de una juventud ida. Todos elementos inconexos o contingentes que la prosa omnívora de Brindisi reúne y repuja sobre la vida del protagonista, Becerra. Cincuentón, largamente casado y con una amante que le da volumen a su presente monocorde, Becerra oscila entre espejismos culpógenos: visita a la madre en un geriátrico, a su amigo consumido en una clínica, y a esa amante perfecta que nunca llegará a ser su mujer pero que sostiene su pathos, aunque la verdadera golosina subjetiva de nuestro héroe resida en el recuerdo y se manifieste, a ramalazos, bajo la forma siniestra de la nostalgia, cuando vuelve la imagen del caballo blanco pudriéndose al sol. “Encontré la novela cuando tuve la primera imagen, la de las mujeres: ahí estaba el tono. Y el caballo era para mí el espíritu, un símbolo: lo que todo el tiempo le han robado a Becerra… El desafío más interesante desde mi perspectiva era ver cómo me alejaba progresivamente de ese hombre que, reducido a unos pocos trazos, podía verse –como suele suceder– como un conglomerado de lugares comunes. Busqué que Becerra no fuera un laburante oscuro, abrumado, que desprecia a su mujer, tiene una amante, cuida su autazo, etcétera: quise que Becerra fuera Becerra, y no alguien a quien pudiésemos reducir o estigmatizar con un par de pinceladas.”
Brindisi decidió atacar –inventar– una vida en su momento de inflexión, y por eso lo narrado en Placebo tiene, en el fondo, la potencia de un mito contemporáneo. La apuesta es de lo más arriesgada. Hay mitos en torno a vidas partidas que desembocan en la alegoría o en el costumbrismo. Brindisi, a través de un narrador distanciado pero con ojo clínico y poético, escapa de todos los lugares comunes del realismo para que su protagonista, con su auto, sus recuerdos sinceros, su bienestar burgués, el amigo al borde de la muerte, un matrimonio en estado vegetativo y una amante incomparable, sea parte agobiante de nuestro mundo y se dirija hacia lo que el ojo dorado del lector secretamente entrevé: la tragedia. “Era imprescindible que Becerra no fuera despreciable, porque de otro modo iba a ser difícil que empatizáramos con él. Becerra tenía que ser para mí alguien digno de compasión, y también alguien que se esfuerza y descubre que su horizonte está demasiado cerca. Para nada un mal tipo, y sí alguien mezquino, por ejemplo, como a menudo lo somos casi todos. Un tipo noble y sombrío a la vez, pero sobre todo, en este momento tan particular, estos pocos días en que le seguimos los pasos, alguien profundamente confundido.”
Becerra no sabe en qué momento su vida cambió de rumbo, pero en el camino hubo duelos, fracaso en la escritura, y un éxito profesional que a esa altura le ha permitido emparejarse con la encarnación de una gran máquina humanizada por el dinero: un Audi último modelo. Dice Brindisi: “Indudablemente para él el auto es un refugio. Ocurre que hay que pensar –la novela sólo nos deja imaginarlo– lo que puede haber sido para él hasta ahora, y lo que es durante esa suerte de alucinación continua. Antes, quizá: un refugio como el lugar privilegiado para recuperar cosas y dialogar consigo mismo. Ahora, es decir en la novela: el único lugar seguro”. Allí, en su Audi, es donde verdaderamente Becerra recuerda. Donde hace tiempo. Donde vive. Donde anhela. Donde calibra sus apuestas y juega con el último deseo del amigo. Ese último deseo, una carta que espera ser revelada durante toda la novela, funciona como un inteligente anzuelo. Lo mismo podría decirse del uso del presente y de la ausencia de puntos y aparte, clave para que los distintos planos afectivos y temporales se articulen en algo que raramente se da con una intensidad verosímil en la literatura de hoy: el drama. Un tipo de narración en la que el narrador se salpica, acompaña las pequeñas miserias y los goces estrictos del personaje, sin sobrarlo. Casi a cualquier otro escritor, con todos estos elementos y toda esta intensidad, la novela se le habría ido de las manos. Que el resultado sea un mito contemporáneo como Placebo es, en verdad, un milagro.»
lunes, marzo 28, 2011
Una unidad orgánica
Othoniel Rosa lee Agosto, de Romina Paula, y desde Princeton lo reseña para el blog El Roommate:
«A mí me gustan los acercamientos a lo melodramático desde afuera. La forma más simple para esto, es la crítica o la burla. Es decir, mostrar lo melodramático como una banalización mercantilizada de las emociones, producto del capitalismo individualista que nos dice cómo tenemos que sentir. La estrategia más sencilla es reírnos de ello, negarle la solemnidad falsa que pretende. La forma compleja es la de Manuel Puig, cuya pasión por lo melodramático de la cultura de masas (telenovelas, películas, etc.) no es ni burla ni homenaje, sino obsesión rara que no imita en sus novelas (que no pueden ser consideradas como cultura de masas), pero que usa, obsesivamente, para crear algo complejo en algo banal. La novela Agosto, la segunda de Romina Paula (1979), puede ser leída en esta tradición. O al menos así empecé a leerla. Por ejemplo.
Suena Every breath you take, hay varios puntos de contacto de mi cuerpo con el suyo, voy relajándome, dejando/apoyando mi peso sobre esos puntos, pasándoselo todo a él, el peso, inhalando su olor, hay de todo ahí, es él y a la vez hay un par de texturas nuevas, algo de niño, vómito o alguna otra cosa, y olor a comida, un poco de olor a comida también.
El trabajo con lo melodramático en esta novela es todo cuestión del tono cotidiano con que la autora lo maneja y contiene, mostrando cómo lo patético (esa canción, por ejemplo, Every breath you take) sucede y nos atrapa a la vez que se hace evidente en el vómito. El resumen de las partes de la novela parece una receta para la catástrofe literaria de una novela cursilona. Si embargo, la autora logra, de una manera muy sencilla y bella, amarrar esas partes en una unidad orgánica que funciona muy bien. La novela cuenta la historia de Emilia, la narradora, que vuelve a su pueblo natal por una semana, para esparcir las cenizas de quien fuera su amada amiga. En el proceso se tropieza con el pasado que abandonó, el ex novio que ahora tiene esposa e hijos, con su padre rejuvenecido, con el trauma de su “madre abandónica”, y todo esto narrado en la segunda persona, la más difícil de las voces narrativas. Difícil porque es proclive a lo cursi o al virtuosísmo. And yet, and yet, la autora logra evadir toda la banalidad del sentimentalismo enlatado con un tono narrativo que no pretende la identificación facilona del lector y que sabe reírse de su propio patetismo, sin con eso descartar el hecho de que, a veces, la vida nos pone en situaciones patéticas que nos causan tanto la risa como la tristeza. Es decir, como dice Nietzsche en La gaya ciencia, una voz que sabe encontrar tanto al héroe trágico como al idiota cómico en su búsqueda de sí. En la siguiente cita, la narradora avista a la nueva familia de su ex-novio y se esconde tras un arbusto.
Qué horror, qué espanto, y yo escondida detrás del yuyo, qué patético, la historia de mi vida: la gente forma familias mientras yo me oculto detrás de un arbusto.
Otro elemento que logra darle una bella unidad literaria a la novela, y que ya se puede ver en esta cita, es el lugar marginal desde el que la narradora enuncia y ve la realidad. El lugar de la ex-novia celosa detrás de un arbusto, o como en las citas que siguen, el lugar de la adolescente que no logra la adultez siendo ya adulta, o el lugar de la improductuvidad social de quien no sabe lo que hace con su vida.
Fui tan hija ahí, con todos los adultos. Se me permitía estar callada, no tener opinión acerca de nada por un rato, supongo que hasta podría haberme quedado dormida sobre la mesa o extendida sobre una par de sillas y a nadie le hubiera llamado la atención. De hecho, estuve a punto de hacerlo. Tan hija fui.
La gente trabaja, yo no. Yo miro por la ventana, miro por la ventana, por la ventana.
Y luego, por supuesto, está el gran evento literario de una narradora en segunda persona que funciona y que tiene un gran poder literario sin que podamos acusarla de virtuosismo pretencioso; Paula es una autora del detalle minimalista. La narradora cuenta la historia de cómo el pasado geográfico y filial se nos pega en el cuerpo y lo que nos enseña a los lectores compulsivos es que, para quien sepa usarla, la segunda persona es realmente la mejor voz para narrar el pasado propio, lo que es contra-intuitivo (pensaríamos que la primera persona es mejor). Como si la distancia que implica ese tú fuera necesaria para hablar del yo, como que el yo necesita ese alejamiento, ese maldito yo que tanto infesta la literatura argentina contemporánea con su poco cuestionado afán autobiográfico y narcisista. En general, la segunda persona en esta novela funciona como un diario, apenas contándonos nada de la vida de ese tú tan extrañado que es la amiga muerta. Pero en el momento climático de la novela, en su tour-de-force, la autora suelta dos páginas de pleno vuelo poético, en las que erupciona la presencia de ese tú. Es una conmovedora enumeración de todos los lugares en los que la muerta se hace presente. Así, nomás, los dejo con la cita.
Acá no, acá vengo y estás en todo. En el frío, en la mañana, en la almohada, en tu campera, en tu mamá. Y estás afuera, en la subida, el ripio, en el asfalto y ahí donde el asfalto empieza a ser tierra casi imperceptiblemente y no se puede distinguir con claridad quién engulle a quién. Ahí y en los ladridos. En los ladridos de los cuzcos, hijos de los hijos de los hijos. […] En la escasez de ropa sobre esa piel de adolescentes, bronceadas y expuestas junto al agua, en el agua, bajo la mirada intermitente de esos otros adolescentes a la sombra de esos álamos. En eso y en la progresión del deseo. En su realización o suspensión, en su llevada a cabo o fracaso absoluto.»
miércoles, marzo 23, 2011
Vitalidad y arritmia
Carolina Esses lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe su reseña para la revista Ñ:
«Precipitaciones aisladas, la segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, viene a dar cuenta de la vitalidad a la que puede aspirar el género en nuestra literatura. Con un pie dentro de la novela decimonónica y sentimental –en cuanto a la densidad conceptual, la la indagación en la interioridad de los personajes, la utilización de saberes que responden mucho más a la enciclopedia que a Internet– y otro en los recursos formales propios de la novela moderna, el autor logra construir una narración conmovedora.
La trama es simple: Napoleón Toole visita una ciudad extranjera. No es una ciudad elegida al azar, es el lugar donde sus padres dicen haberlo engendrado. De allí podríamos deducir una primera mitología, la del pasado más remoto del narrador. Habrá otras: la mitología del pasado amoroso, la de la primera infancia, la que el propio Napoleón construye para Ulises, Ginebra y esa diosa púber que pareciera ser Rhea, tales los nombres de los personajes con los que se encuentra en Limmermonk. El autor juega con estos nombres cargados de significación con total libertad y humor, sin connotaciones solemnes –el protagonista, por ejemplo, recibe la visita del “otro” Napoleón, es decir Bonaparte– y esto crea un clima singular y atractivo. Sin embargo, ni esa cartografía de nombres ni esa isla imaginaria que es Carasia son fundamentales. Lo fundamental es mucho más visceral. Napoleón sufre por amor. Vera, su mujer, se ha ido de la casa que ambos compartían. Como consecuencia, él decide ausentarse, refugiarse en este escenario otoñal y helado. Entonces la invitación que Martínez Daniell le hace al lector es a deambular, como el personaje principal, por el recuerdo –y el recuento– de los avatares de una relación, recapitular aquel primer encuentro y volver, en un juego de temporalidades, al presente de un adorado jardín donde es posible reflexionar junto a una hilera de hormigas. Después dormir o sucumbir a un estado de duermevela porque, ¿quién quiere estar despierto cuando lo que nos anima es el frío de una separación?
La novela podría haber caído en un sinnúmero de problemas. ¿Cuántas veces la proliferación verbal termina por opacar la trama y el lector se encuentra chapoteando en un laberinto de palabras sin poder avanzar en la lectura? ¿Cuántas veces el recurso de la fragmentación pareciera ser más el alarde de una herramienta formal que el mecanismo necesario para un determinado relato? Aquí se da un celebrado equilibrio. La narración responde al ritmo de la memoria y en ese sentido se fragmenta. La percepción de este narrador exquisito que es Napoleón se potencia al máximo y es capaz de descripciones de gran riqueza sensorial. Es como si Martínez Daniell se hubiese dejado llevar completamente por su personaje al punto de cederle a él todo el protagonismo del relato, al punto de desaparecer completamente –y esto es mucho decir para una literatura tantas veces heredera de la autobiografía de los blogs, donde el autor pareciera colocarse por encima de su personaje.
Como suele suceder cuando el relato se fragmenta, es la repetición lo que da cohesión al relato. En este sentido las palabras usadas como leitmotiv “Señor Toole, su mujer lo espera” actúan como motor disparando la narración hacia un futuro que el correr de las páginas esclarece. No quisiera develar el misterio. Simplemente decir que Precipitaciones aisladas describe excepcionalmente bien ese destiempo propio del amor. Quizás porque toda relación se teje en la arritmia de dos interioridades, como la de Vera y Napoleón. Incluso aquellas a las que matrimonio o la llegada de los hijos otorgan un velo de piedad.»
lunes, marzo 21, 2011
Fantasías médicas
Daniel Gigena lee La comemadre, de Roque Larraquy, y escribe para ADN Cultura cosas como éstas:
«A la manera de un texto anfibio, La comemadre cuenta dos historias de comienzos de siglo. La primera transcurre en 1907 en el Sanatorio Temperley, donde un grupo de médicos comandado por un directivo ambicioso y un inglés que pone la plata realiza pruebas para indagar qué hay más allá del umbral de la muerte. El doctor Quintana comenta aquello que escribe en su diario personal, que es también diario del experimento con pacientes de cáncer y de una esforzada conquista amorosa. La segunda parte, ambientada en la ciudad de Buenos Aires en 2009, está protagonizada por un ex niño prodigio convertido en "la salvación del arte" (y también en su negación), debido a las osadas instalaciones que monta, en las que el cuerpo humano cumple un papel central.»
«Como la planta que devora los cadáveres acumulados en el sótano del Sanatorio Temperley mientras se come a sí misma (la "comemadre"), con esa misma autofagia voraz procede la escritura de Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975). Su texto bicéfalo asimila "la idea de continuidad, la ilusión de un programa y la mítica de las pampas". Mítica alimentada -cuándo no- con sangre humana: en la primera parte, se guillotina a enfermos terminales (pobres e iletrados) para escuchar qué dicen en los instantes posteriores a la decapitación; en la segunda, hay cirugías financiadas por instituciones extranjeras, desmembramientos y visitas clandestinas a la morgue.»
«Además de parodiar las ficciones científicas del siglo XIX (de Julio Verne a E. L. Holmberg), que reciclaban argumentos "imposibles" y hacían accesible la ciencia al vulgo, La comemadre utiliza motivos fraguados en el campo del arte. Fantasmones que se someten a cirugías espantosas para exhibirlas en video, identidades alteradas clínicamente y luego desechadas, instalaciones con niños deformes, el dolor considerado una prueba de la honestidad artística son algunas de las variantes del nuevo milenarismo (sostenido con propaganda y becas), muchas de ellas ya puestas en práctica en bienales, galerías y museos: esta ficción saca crédito del contrapunto con las demagógicas novedades del mundo del arte, flamante laboratorio, como apunta uno de los narradores de la novela, de "la aceptación social".»
La reseña completa, acá.
viernes, marzo 18, 2011
Bellatin + Castro @ MALBA
miércoles, marzo 16, 2011
El deseo y la furia
Martín Kasañetz lee Placebo, de José María Brindisi, y escribe su reseña para Radar Libros:
«En El sonido y la furia, William Faulkner detallaba por medio de la técnica narrativa del “monólogo interior” la personalidad más íntima de tres hermanos, emulando los mecanismos del pensamiento, buscando evitar las explicaciones odiosas y logrando así un resultado superior. En Placebo, Brindisi utiliza este mismo método con gran destreza, sumergiendo al lector en la mente de un personaje que, de manera obsesiva, va construyendo el laberinto asfixiante que le provoca la idea de su propia muerte. Placebo es una nouvelle que se agrega a los libros anteriores de José María Brindisi: los cuentos Permanece oro (1996) y las novelas Berlín (2001) y Frenesí (2006).
Becerra, personaje principal de esta novela, es un hombre de 52 años que está casado con una mujer que detesta. El solo hecho de observarla desnuda le provoca rechazo ya que en ella –sin importar que aún es una mujer atractiva– observa el irremediable deterioro físico del paso del tiempo. Es por eso que sus planificadas vacaciones en el Delta con su esposa, las alterna con regresos a la Capital para encontrarse con su amante, Estela. Esta mujer, que resulta ser el único resto de deseo que permanece en su vida, parece necesitarlo menos de lo que él desearía, generando en él una especie de ansiedad incierta ante cada encuentro. Para completar su complejo universo, también se encuentra Horacio: un amigo de la infancia que está agonizando en un hospital, aquejado de una enfermedad irreversible. Las visitas que Becerra realiza a su amigo lo llevan a recordar su remota adolescencia juntos, cuando eran jóvenes y la vida les parecía más dulce y esperanzadora. La presencia de la muerte, que parece una constante en la vida del personaje, también se ve exteriorizada por su madre que, internada en un geriátrico, le recuerda a cada visita la finitud inevitable.
No es casual que la novela comience con una escena de deseo sexual extremadamente explícita ya que Becerra, a lo largo del texto, parece experimentar una pérdida del deseo por lo vital, únicamente aliviado por escenas de sexo que recuerda o imagina y que actúan como placebos. Esta crisis en la que vive lo lleva a situaciones insólitas como proyectar sus limitaciones en un vecino misterioso que, separados por un arroyo, comparte sus vacaciones en el Tigre. Aquel hombre empieza a forjarse como una amenaza en la confusa mente de Becerra. Todo lo que él no es y quizá desearía ser se encuentra encarnado desafiándolo a metros de su casa de descanso: el otro es feliz, es atlético y parece tener una vida sin problemas.
Esta novela corta está construida de una manera destacable ya que al no existir en todo el texto ni un solo punto aparte, el lector puede sentir el exacerbado agobio del personaje principal; ser parte de su difuso mundo de subjetividades. Esta forma del relato puede considerarse arriesgada ya que atenta con causar agotamiento en la lectura, sin embargo Brindisi lo resuelve revirtiendo el efecto y llegando a alcanzar un alto grado de intimidad con el personaje desde las primeras páginas.
Relatada desde una lograda voz narrativa de tono claustrofóbico, Placebo describe la historia de una implosión a través del recorrido lento de una mecha que, a medida que las páginas avanzan, parece reforzar la idea de un camino sin salida.»
lunes, marzo 14, 2011
Absoluta libertad
Romina Paula es entrevistada por Luciana Olmedo-Wehitt para ADN Cultura:
«Habla mucho, pero pausadamente, y sus pausas están hechas de risas. Así es Romina Paula. A sus 32 años, ya tiene una historia como actriz, dramaturga, directora teatral y novelista. En febrero repuso El tiempo todo entero, una versión propia de El zoo de cristal, de Tennessee Williams que cuando se estrenó, el año pasado, recibió muchos elogios. Además, presenta Fiktionland , la obra que escribió con el suizo Gerhard Meister para el Ciclo 2010 de Nueva Dramaturgia del Instituto Goethe.
En cuanto al cine, en la próxima edición del Bafici se la verá como actriz en la ópera prima de Santiago Mitre, El estudiante, en el papel de una profesora muy politizada de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
A diferencia de lo que le pasa con sus novelas (¿Vos me querés a mí? y Agosto), confiesa que se limita cuando escribe obras teatrales, porque piensa en las condiciones de producción. "Con las novelas, me doy absoluta libertad", dice. Los integrados es el título que eligió para la próxima, aunque todavía tiene estado de borrador escrito a mano en las hojas de varios cuadernos. Jura que no la va a releer hasta encontrarle el final, que todavía le falta, pero adelanta el principio: cuenta la historia de Andrea, una veinteañera que está pasando la Nochebuena con su padre, enfermo de cáncer, en el hospital.
Romina Paula dice que al comienzo pensó en retratar a la familia entera, pero que terminó concentrándose en la relación padre-hija. Los demás integrantes de la familia sólo están presentes en las anécdotas de tiempos mejores que van contándose los dos protagonistas. "Quise resignificar el hospital como un espacio en el que no sólo hay sufrimiento, en el que la comunicación y la intimidad son posibles cuando la muerte apremia y únicamente el ahora es cierto", explica.
Al preguntarle si está pensando en adaptar alguna de sus novelas para la escena, levanta los ojos buscando una respuesta. Dice que nunca lo había pensado, pero ahora parece pensarlo. "Por el momento no. Pero sólo por este momento", contesta.»
jueves, marzo 10, 2011
Desde el observatorio
Sebastián Basualdo lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y la reseña para Radar Libros:
«Ya se sabe: un hombre puede ser un poeta sin haber escrito jamás un solo verso. Se trata de un modo particular de ver el mundo, o acaso de habitar una utopía en el sentido griego del término. Napoleón Toole, este entrañable personaje creado por Sebastián Martínez Daniell en Precipitaciones aisladas, pertenece a esa clase de hombres.
Relegado a trabajar en la sección de deportes hípicos, crítica cinematográfica y resultados de lotería en las últimas dos páginas del matutino El Observatorio, oriundo de Carasia Capital, ciudad a la que se ingresa únicamente desde el mar y que, al decir del joven Napoleón, quizá por eso el visitante la termina imaginando como una maqueta de escala modular, experimento de banal suceso en manos de Le Corbusier, decide pasar unos días en Limmermonk, ciudad esencialmente de pescadores y de perspectiva favorable si lo que realmente busca es poner orden a esa miscelánea de pensamientos, sensaciones y recuerdos que se imprimen en su conciencia negándole la visión cabal de lo que verdaderamente ocurrió entre él y su mujer Vera Pym. “El tiempo de Vera es industrialista, las horas son horas de producción. El mío es poscapitalista, rédito inmediato y vacuidad.”
Mencionado Limmermonk, ahora debo advertir rápidamente al lector sobre ningún tipo de analogía o resabio de un Macondo, un Comala o el Yoknapatawpha del gran Faulkner. De ningún modo hay una intención fundacional ni mucho menos la búsqueda de un universo totalizante propio del realismo mágico. Más bien se acerca a los universos condensados y poblados de seres en condición de refugio de Marcelo Cohen. Las simbologías y la anacrónica geografía de Limmermonk permiten, entre otras cosas, poner en primer plano las elucubraciones de Napoleón Toole que, a modo de flashback en constante vorágine, van hilando la trama de una novela inteligente y conmovedora, con personajes que entran en escena a través de la contingencia o lo imponderable, como sucede con la familia de pescadores compuesta por Ulises, Ginebra y Rhea, algo conservadores y prejuiciosos, que le dan hospedaje a Napoleón Toole para que se despache a gusto con irónicas referencias que recuerdan por momentos el sentido del humor propio de un Donleavy. “A Ulises no le gusta nada esto de las vacaciones. Me mira, me hace sentir un citadino del Sur que nunca podría estar suficientemente cansado como para merecer unas vacaciones. Me mira y me somete a un juicio sumario, a una sentencia proletaria.”
La prosa sutil de Sebastián Martínez Daniell oscila como un péndulo entre lo enciclopédico y la mirada adánica para que convivan distintos planos de una misma realidad, de este modo se hará presente con total naturalidad un personaje fantasmagórico al principio: el Emperador Bonaparte, que surge para acosar a Napoleón como una mala conciencia y sin embargo resulta inofensivo, a tal punto que se volverá grotesco cuando se imponga a lo largo de la novela con la falsa impronta del doble.
“En esa época, Bonaparte todavía conservaba las formas y se engalanaba en ultratumba para visitarme en mi celdilla de presente continuo. Nuestra relación no era tan fluida y él aún consideraba que yo debía prestarle una atención extraordinaria.”
Precipitaciones aisladas es una novela breve y rotunda como un desmoronamiento y puede ligarse a la búsqueda narrativa que Sebastián Martínez Daniell inició con Semana, publicada en 2004.»
viernes, marzo 04, 2011
Convocatoria Placebo
martes, marzo 01, 2011
Invernadero en el Malba

Invernadero
Una película de Gonzalo Castro.
Interpretada por Mario Bellatin, Marcela Castañeda, Graciela Goldchluk, Laura Petrecca, Romina Paula, Margo Glantz.
BAFICI (Mejor película argentina) / FID Marseille / Cineuropa / Valdivia / Río Negro / VIENNALE / Cali / Hamburg / Gijón (Mejor película de no-ficción) / Festifreak / FICUNAM
Estreno: 5 de marzo, a las 18:30.
Proyecciones: Todos los sábados y domingos de marzo, a las 18:30hs
MALBA CINE – Fundación Costantini (Av. Figueroa Alcorta 3415)
Entrada general: $18 – Estudiantes y Jubilados: $9


