viernes, marzo 30, 2007

Estadísticas

LOS QUE COMPRARON OBRAS DE IOSI HAVILIO TAMBIEN COMPRARON:

"La Velocidad de la Luz", Javier Cercas
"La Boca del Testimonio", Tamara Kamenszain
"El Resto de su Vida", Paula Varsavsky
"Baron Biza", Christian Ferrer
"La Verdad de Agamenon", Javier Cercas
"China se Avecina", Sergio Cesarin
"Jefferson y / O Mussolini", Ezra Pound

jueves, marzo 29, 2007

Ignacio Molina en Perfil

Malvinas & literatura. Una nota de Elsa Drucaroff.

miércoles, marzo 28, 2007

Weather report

No nos busquen acá.

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Estimados editores:
Lamento informarles que, debido a las condiciones climáticas que estamos atravesando, la Dirección de Juventud decidió postergar la realización del Festival Hemisferios Emergentes. Los pronósticos no son para nada favorables e, incluso si dejara de llover el viernes o el jueves a la noche, el parque no estaría en condiciones para llevar adelante el festival.
Nos comunicaron que la actividad quedará pendiente y será reprogramada para el mes de mayo, una vez finalizada la 33ª Feria del Libro.
Les pido que nos disculpen y desde ya, agradezco su comprensión. Y muy especialmente, les agradezco a todos su colaboración y sus ganas de apoyarnos en estas iniciativas.
Trabajaremos juntos para el mes de mayo, entonces. No duden en contactarme por cualquier consulta.

Un saludo cordial,
G.

martes, marzo 27, 2007

lunes, marzo 26, 2007

Bárbara

Relato breve de Iosi Havilio publicado en el último número de Ñ.

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Axel intentaba convencerme de que fuésemos al departamento de su hermana. Me había citado en uno de esos bares horribles, con mucho vidrio, sillas cromadas y fotos enormes de comidas medio monstruosas. Llegué diez minutos antes, no por ansiosa sino porque me aburría en casa. Y mamá empezaba a hincharme con sus preguntas y estupideces melancólicas. Axel ya estaba ahí, sentado en una mesa contra la ventana, al lado de la puerta, con el pelo mojado y su espalda chiquita.
La hermana había ido a pasar el fin de semana a una quinta y no iba a volver hasta el domingo a la noche. Axel insistía, sin mirarme, con los ojos medio tristes. Y no es que no quisiera acostarme con él, sino más bien que ya no tenía muchas ganas de estar con él. Pero de sólo pensar en explicárselo me complicaba. Voy al baño, dije y él hizo algo raro con los labios que no entendí del todo. Un reproche, un tic.
Al baño se llegaba por una escalera de metal, tipo caracol gigante, que daba a una especie de mirador desde donde podía verse todo el bar, como un aeropuerto en miniatura. Ahora Axel miraba por la ventana y aunque la distancia no me permitía escucharlo sabía que estaba sonándose los dedos.
Frente al espejo del baño, una chica de unos veinticuatro o veinticinco se maquillaba con un pie en el aire. De perfil me pareció muy linda. Tenía puesta una musculosa blanca y no usaba corpiño. Me puse al lado con la excusa de lavarme las manos. La chica terminó de pintarse, se acercó todavía un poco más al espejo, abrió la boca y se pasó un dedo por sus dientes blancos, perfectos. Después tomó distancia, sacudió la cabeza, se desordenó un poco el pelo y salió. Cerré la canilla y al girar la cabeza, vi una cartera, dorada, rectangular, como una cartuchera grande.
La agarré sin pensarlo y me encerré en un compartimento. Me arrodillé y vacié el contenido de la cartera sobre la tapa del inodoro: un paquete de chicles sin abrir, dos preservativos, un encendedor, un atado de cigarrillos por la mitad, un anotador espiralado, un lápiz de labios, un pequeño estuche de maquillaje con espejo incorporado, y el documento de identidad. Se llamaba Bárbara. Qué buen nombre, pensé. En la foto del documento tenía cara de recién levantada y estaba con el pelo mucho más largo. Las hojas del anotador estaban en blanco, apenas unas ralladuras en la primera página. En la parte de atrás decía Made in India, y ella, supuse que había sido ella, le había agregado a mano una n y una a después de India formando la palabra Indiana. Dentro de un bolsillo con cierre había un billete de cincuenta pesos y unas monedas sueltas. Antes de guardar las cosas, abrí el paquete de chicles y me puse uno en la boca. Estuve a punto de bajar y buscar a Bárbara para devolverle la cartera pero me dio vergüenza y la dejé en donde la encontré.
Más tarde, en el departamento de la hermana, Axel me pregunta si me quiero dar un baño de inmersión. Me río. Él se sonroja. Le acaricio el pelo, no quiero que se sienta mal. Nos acostamos en la cama y prendemos la tele. Axel cambia de canal y deja en uno en donde pasan videoclips. Me abraza, me besa. Después empieza a desnudarme pero ante la primera dificultad se interrumpe como pidiéndome que me desnude sola. Lo hago y él se me tira encima.
Hicimos el amor dos o tres veces, siempre muy rápido. Axel, con los ojos cerrados, acercaba mucho su cara a la mía. Pero yo no lo veía, tenías las cosas de Bárbara en la cabeza.

viernes, marzo 23, 2007

Coming soon

La muerte no es, en los doce cuentos que completan “Mockba”, una entelequia abstracta exhibida en el laboratorio simbólico de la especulación teórica. En estos relatos, la muerte es una presencia que demanda roce, ritual, una arquitectura y una palpable relación con el devenir de los personajes. Lo que interesa aquí ya ha dejado de ser la finitud de la existencia. Más bien, lo que se explora es el punto de intersección entre los discursos sobre lo mortuorio y el efecto de la palabra como pulsión viva.
Es cierto que, en estas páginas, Diego Muzzio introduce cementerios, enterradores, deudos y profanadores de tumbas, pero también un par de gemelas antiestalinistas, un elefante desbocado o adolescentes que interpretan piezas de Sófocles. De este modo, la referencia tanática queda desplazada con astucia: deja de ser monomanía de la obra, para transformarse en un marco fértil, un entorno para el surgimiento de las innumerables circunvoluciones alrededor del pathos humano.
El hallazgo de “Mockba”, lo que le otorga coherencia y brillantez, es doble. Por un lado, radica en contar doce historias absolutamente disímiles, que sin embargo conservan un hilo conductor corroborable desde lo temático. Por otra parte, Muzzio sabe reactualizar el código de la narrativa clásica, de modo tal que su apuesta formal redunde en una colección de relatos que son, a un tiempo, estilísticamente potentes y conceptualmente reveladores.

jueves, marzo 22, 2007

Infierno grande

Pueblo chico
El campo, la locura y los animales condimentan una primera y enigmática novela.

[Reseña de Opendoor, por Juan Pablo Bertazza, para Radarlibros]

En 1899, en un terreno fértil de 600 hectáreas de Luján, se colocó la piedra base de un proyecto dirigido por el médico Domingo Cabred, para mejorar la rehabilitación de enfermos mentales. El novedoso sistema –inspirado en el modelo escocés del open door– buscaba combatir lo que José Ingenieros, otro médico, denunciaba en La locura en la Argentina: el maltrato permanente de los pacientes, a quienes aglutinaban en el siglo XIX, junto a los inmigrantes más problemáticos. Los objetivos del doctor Cabred eran, al menos, dos: terminar con el hacinamiento de los hospicios porteños y crear un complejo psiquiátrico que suprimiera el sadoquismo de los chalecos de fuerza, los electroshocks y los sedantes no probados. Con el tiempo, el complejo fue evolucionando hasta volverse un verdadero orgullo de la zona que, no obstante, no tardaría en sufrir algunas consecuencias negativas.
Iosi Havilio condimenta su primera novela con un tema tabú de la psiquiatría, hoy resignificado en el concepto de desmanicomialización, para revisar –al mismo tiempo– un tópico pilar en la historia de la literatura argentina: la representación del espacio del campo, trabajado por una diversa gama estética e ideológica que va de Benito Lynch a Ricardo Güiraldes y resurge en autores recientes como María Martoccia. Havilio incorpora a esa tradición un punto de vista contemporáneo a partir de cuarenta y un capítulos cortos más un epílogo que podrían conformar tranquilamente escenas de una película o de una obra de teatro (Havilio es autor de El comeclavos, unipersonal basado en El entenado de Saer).
Opendoor, el libro, es una máquina permanente de generar intrigas que –no queda claro si deliberadamente o no– nunca son resueltas. El primer enigma tiene que ver con la voz del narrador: una mujer nunca nombrada y estudiante de veterinaria que, no obstante, se asquea con la pata amputada del perrito de su novia, Aída, y resulta, a la inversa de lo que solemos percibir en los veterinarios, muy indolente. Una tarde va a pasear con Aída hasta que ella desaparece y luego presencia un suicidio desde un puente de La Boca que, si bien coincide a priori con la desaparición de su novia, no va a inquietar demasiado a la veterinaria.
Lo que sí despierta su intriga es el pueblo de Opendoor, a donde llega para diagnosticar el tumor de un caballo que comparte nombre con su dueño: Jaime. En Opendoor va a encontrarse con varios personajes, a quienes identificará con los propios animales que examina; al mismo tiempo que da rienda suelta a su incontrolable ansiedad por conocer la historia del manicomio, “un pueblo dentro del pueblo”.
Durante su estadía en la estancia de Julián, la protagonista vivirá dionisíacamente, entre marihuana, ketamina (droga que se suministra, justamente, a los caballos), caos permanente, el mal sexo con su hombre de campo y la orgía perpetua junto a Eloísa, una verdadera Lolita menor de quince años, no muy servidora de Dios precisamente.
El erotismo le da al libro una impronta muy fuerte que, por momentos, justifica que todos los enigmas terminen como eunucos, custodiando la fortaleza de un misterio que nunca se resuelve. Pero hay un detalle no menor: muchas de las intrigas se relacionan entre sí a partir del léxico. Por ejemplo, un misterioso personaje de la estancia es apodado Boca, que es el barrio donde ocurre el suicidio de las primeras páginas.
Iosi Havilio, a partir de un lujurioso manejo del relato, logra hacer de Opendoor un debut promisorio.

miércoles, marzo 21, 2007

Los inrockuptibles / Tête-à-tête



















En el último número de nuestra revista de rock favorita (¿RS sigue saliendo?), en la sección "Tête-à-tête", cruzaron a nuestra autora Romina Paula con la actriz Analía Couceyro.

Aquí, un fragmento de la nota:

Dijo Analía Couceyro sobre RP: "Conocí a Romina hace varios años, primero como alumna, y luego como actriz en una versión de "El padre" de Strindberg. Era muy interesante lo que hacía con ese personaje de la hija, que callaba, miraba intensamente y padecía a su padre torturado precisamente por lo imposible de asegurar que ésa era su hija. Y ahora me sorprendió, y muy gratamente, con su primera novela. "¿Vos me querés a mí?" tiene algo que me gusta mucho, algo que tiene que ver con el lenguaje y la construcción de un cotidiano extremo, coloquial y trivial, que, como Inesia, se va complicando, duda, piensa, analiza... Y cómo entonces el lenguaje, desde la protagonista, se transforma y seduce y se vuelve poético, encriptado, barroco. Y cuando se podría volver solemne, es atravesado de nuevo, y rescatado, por la "realidad" muy contundente de sus diálogos."

lunes, marzo 19, 2007

La narración-travesti

Alarmantes anatemas y cándidos consejos estéticos motivados por Opendoor, el más reciente opus de esta modesta y ambigua casa editora...

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[por Esteban Lozano para "El Arca Digital", fanzine de "La Caja de Ahorro y Seguros"]

[...]
La novela de Iosi Havillo, se desarrolla en gran parte en los alrededores del ejemplar establecimiento y está plagada de contradicciones. La casa editora omite decirnos si Iosi es mujer u hombre, detalle no importante salvo que se escriba en primera persona y el sexo desaforado sea descrito sin omitir detalles, con lo cual puedo estar de acuerdo, salvo, como en este caso, cuando los detalles son escabrosos y hasta repugnantes. Como si esto no bastara, la o el protagonista (travestido) acepta cuanta propuesta le llega. Mantiene relaciones escalofriantes con una adolescente, la cual entre otros desbordes practica fellatio a un anciano en un galpón mientras la o el protagonista se masturba con desenfreno. El desenfreno es el ritmo de este conjunto de escenas, relatadas sin compromiso y sin cuidado y en ese clima es difícil establecer alguna crítica o parámetro para relatarlo. Cuando el autor (yo tomo partido, una mujer no habla con tantos remilgues de partes íntimas de sus compañeros masculinos) intenta el misterio, le sale dulzón y sólo logra apicantar el estofado cuando aparece la adolescente. (me reafirmo en la idea de que es un hombre el autor, porque lo enardece la nena, especie de Lolita pampeana)
Esto, lo cual con mucha bondad llamamos novela, es aunque cuesta creerlo, comentada, criticada y elogiada en un suplemento literario de los más elogiables, de un matutino que supo ser dirigido por Lanata. Y aquí vienen más sorpresas.
El autor del comentario no leyó el libro, de lo contrario no afirmaría que la protagonista es veterinaria cuando en la novela es presentada como frustrada estudiante de veterinaria. No escribiría que la protagonista vive en una estancia de un tal Julio cerca de Opendoor, cuando a).En esta novela, al menos, no existe el tal Julio. b) Donde vive la estudiante es un rancho cochambroso de un gaucho raro, lleno de tic poco gauchescos, el cual embaraza a la estudiante, ya a esta altura perdida entre sexo, drogas y alcohol, y además es un ejemplar muy poco conocido de gaucho, el gaucho jubilado. Sí, está jubilado y preocupado con los papeles de la jubilación. Tenemos el gaucho perseguido; Martín Fierro, el gaucho buenazo, Don Segundo Sombra, el gaucho ladrón, Hormiga Negra; y el gaucho guardaespaldas político, Juan Moreira, pero jubilado es la primera vez.
El comentarista deja pasar estos detalles por superfluos y por ignorarlos.
Para terminar quiero afirmar rotundamente que el autor, encontrará el camino porque tiene dos cualidades fundamentales para ser literato. Imaginación, desparpajo. Yo le recomendaría leer sus borradores para no cambiar el lenguaje de los personajes, e insistir con la ficción desesperada, pero dirigida a objetivos o entendibles o liberadores. Y al comentarista le diría, lea los libros señor. Y no le adjudique a Eloísa (nombre de la adolescente) significados sagrados sólo por haber sido la enamorada del filósofo y monje Abelardo, en el siglo XII: Prudencia.

viernes, marzo 16, 2007

Algo de ruido hizo

Aquí, como corresponde, "La Nación" festeja la nueva obra de teatro de Romina Paula. Bueno, vayan todos. Agoten las localidades.

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Del camino que se bifurca [por Alejandro Cruz]

Algo de ruido hace, de Romina Paula. Con Pilar Gamboa, Esteban Bigliardi y Esteban Lamothe. Vestuario: Glenda Lloyd. Espacio: Juliana Iriart y Matías Sendón. Realización: Francisco Sacconi. Luz: Matías Sendón. Sonido: Ignacio Bouquet. Coreografía: Manuel Attwel. Dirección: Romina Paula. Espacio Callejón, Humahuaca 3759. Los miércoles, a las 21.
Nuestra opinión: muy bueno

En Algo de ruido hace, Nacho y el Colo viven en la casa de su madre, ubicada en la costa atlántica. Podría ser Miramar, pero no lo sabemos. A juzgar por la manera como estos dos hermanos se visten o por la decoración de la casa, podrían haber optado por una onda retro. Pero no. Todo en ellos –la casa misma, sus vestimentas, el empapelado de las paredes o los almohadones del sillón– quedó detenido en los ochenta, como en una pausa.
Estos dos hermanos que rondan los veinte años sostienen un extraño equilibrio, un sutil juego de fuerzas en medio de un lejano y constante ruido de viento. Pero de repente llega ella, la prima, a quien hace largo tiempo que no ven. Nacho y el Colo la esperaban antes, para cuando murió la madre de ellos. Pero ella no pudo, no quiso o no supo despedirse de la tía y acompañar a sus dos primos, con quienes había pasado buena parte su vida.
Así es como llega ahora, cuando nadie la esperaba, y se instala en esa casa detenida en el tiempo, sin avisar porque el teléfono no anda, porque ellos no lo atienden, porque no suena o porque –de andar– quebraría la supuesta quietud de los hermanos.
A partir de su llegada, es el recuerdo y la reconstrucción de un hecho lo que comienza a hacer ruido. Por ahí hubo un beso escondido; más allá hay una anécdota inconclusa, y en todo momento ronda la certeza de que algo ya fue, que terminó más allá de la voluntad y el amor que se sienten estos tres seres que supieron llevarse al mundo por delante.
Pero ya no, ya no será lo mismo. Algo hace ruido.

Ellos, los primos
En manos de Pilar Gamboa, Esteban Bigliardi y Esteban Lamothe cada uno de los personajes transitan una fina paleta compuesta por mínimos gestos y por palabras de una comicidad subyacente. Todo está contenido en ellos y todo está a punto de estallar. En medio de esas dos fuerzas, los tres intérpretes se mueven con una sutileza y fragilidad atrapante.
El mundo de Romina Paula, directora y dramaturga de este trabajo estrenado anteayer en Espacio Callejón, es sumamente atractivo y de una inteligente economía de recursos. Todo en él –los silencios; los gestos contenidos; la mínima coreografía; este tema pegajoso que canta Robin Williams; un doloroso recuerdo escrito en una libretita; un erotismo siempre latente y hasta el movimiento en el espacio– responde a un equilibrio interno que Romina Paula maneja con enorme talento.
La misma creatividad está puesta en el vestuario de Glenda Lloyd y en la escenografía de Juliana Iziart y Matías Sendón (quienes leyeron muy bien las posibilidades del espacio).

Ellos, los del grupo Primos
Hay que reconocer que estos chicos algo de ruido están haciendo. Pilar Gamboa es la misma que el año pasado actuó y escribió Remitente Lorena, montaje de una delicadeza entrañable. Esteban Lamothe fue uno de los actores de Foz, aquel trabajo de Alejandro Catalán que estuvo tanto tiempo en cartel; y fue uno de los intérpretes de Budín inglés, el espectáculo de Mariana Chaud, que se estrenó el año pasado. Y Esteban Bigliardi acaba de hacer varios montajes en el Centro Cultural Rojas.
Por su parte, Romina Paula trabajó como actriz con los directores Mariano Pensotti, Daniel Veronese y Gonzalo Martínez, y ya escribió y estrenó el espectáculo Si te sigo, muero. Los cuatro formaron el grupo Primos y se largaron al ruedo con Algo de ruido hace, un trabajo que merecería hacer un poco de ruido en medio de la monotonía de la escena alternativa actual.

viernes, marzo 09, 2007

Opendoor revisado

La narración-clip

por Carlos Gazzera (La Voz)

En la última década, la literatura argentina ha tenido un buen número de escritores que han buscado mostrar –experimentalmente, aunque mal no fuera– el impacto que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación tienen en la cotidianidad. Quizá, el mejor ejemplo que se puede evocar aquí sea el relato Delivery (2002), de Alejandro Parisí, en el la droga, el sexo, la TV, los celulares, el beeper y la velocidad conforman el cóctel de la vida misma.

Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974) parece dar un paso más allá al intentar una novela-clip. Como su antecesor, el videoclip, la ficción aquí se articula sobre un eje temático (débil, enclenque) cuya estructura radiante le provee al lector la satisfacción de la fragmentariedad, la velocidad, el hipervínculo, la labilidad de toda identificación.

La historia se sostiene en capítulos breves, de historias breves, entrecortadas, que, como en los destellos de luz en la pantalla, emiten la sensación de una multiplicidad de realidades.

Opendoor es la historia de una joven que tras abandonar la carrera de veterinaria, vive la experiencia del extravío, el exceso y la des-subjetivación. Su deseo es el único instinto que parece vivo en su Yo. Deseo que le permite gozar tanto con el amor de una mujer que la arrastra, el sexo con un hombre cuya edad es la de su posible padre o bien con una adolescente que podría ser su hija. Solo la pulsión vital del sexo la mantiene viva. Eso es lo único que la conecta con la realidad exterior.

¿Por qué Opendoor? Es interesante el título porque a medida que se avanza en la lectura se establecen otras relaciones que le permitirán al lector aceptar el acierto del título. Como ocurre en los videoclips, el título sólo puede transparentarse cuando se ha escuchado la totalidad de la canción-eje. Opendoor, trascripción morfemática del inglés open door (puerta abierta) es el nombre de una localidad que se conformó alrededor de la colonia para enfermos mentales Domingo Cabred –quizá la más antigua de la psiquiatría moderna de "puertas abiertas"– de la zona del noroeste bonaerense (San Miguel-Pilar-Marcos Paz-Luján).

Iosi Havilio ha escrito una novela profunda, mucho más profunda de lo que a simple vista nos deja ver su estructura de relato-clip. Erótica y neurótica, la historia de la protagonista de Opendoor esconde la mirada de las nuevas generaciones, de los jóvenes de este nuevo siglo. En ellos debemos depositar la confianza de un futuro incierto, tan incierto como las narraciones que nos dan a leer. Porque como se sabe, de Homero a esta parte: sin relato no hay Nación, no hay (con)géneres.

lunes, marzo 05, 2007

Otra obra de Romina Paula

“Algo de ruido hace”, tal es el nombre de la bella obra por la cual nuestra autora lleva los créditos de dirección y dramaturgia, se estrena este miércoles, a las 21hs, en el Espacio Callejón.

Humahuaca 3759
Entrada: 15$
Reservas 4862-1167

lunes, febrero 26, 2007

Miedo a la oscuridad

[Cuento breve de Ignacio Molina, publicado en la revista Ñ el domingo]

Yo estoy último en la fila, soy el único que no lleva guardapolvo y espero mi turno para saludar a uno de los soldados que, inclinados en medio del patio, reciben las cartas y los chocolates que les entregan mis compañeros de jardín.

La escena, que parece sacada de un sueño o de una película argentina, es una de las que recuerdo de los meses de abril y mayo de 1982. En otra de esas escenas, que hoy se me aparecen como irreales, mi mamá y yo caminamos de la mano por la ciudad vacía y completamente a oscuras. Ella está vestida sólo con una bata y un camisón. Yo tengo un pijama grueso y un pulóver, y siento cómo el ruido de nuestras zapatillas retumba en la vereda.

Como los ingleses amenazaron con tirar una bomba sobre Bahía Blanca, la municipalidad ordenó encender la menor cantidad posible de luces interiores, dejar siempre apagadas las exteriores y, salvo algún caso de emergencia, no salir a la calle después del anochecer. Hay que cubrir todas las ventanas con cartones o papel madera, y tapar los focos de los autos con una tela oscura que reparten en los negocios. Hay que evitar que desde los aviones se den cuenta de que acá abajo hay una ciudad; cualquier mínimo reflejo de luz puede provocar que se cumpla la amenaza.

Desafiando al estado de sitio militar y sin cambiarnos, sin temor a cruzarnos con algún vecino, mi mamá y yo salimos a la calle. Alumbrados sólo por la luna caminamos media cuadra, y nos quedamos un rato en la esquina con las miradas en el cielo. Desde mis ojos de cinco años veo seguramente muchas más cosas que ella: veo, también ahora mientras escribo, aviones y helicópteros ingleses que vuelan muy bajo. Aunque cuesta distinguir las siluetas de los autos a cincuenta metros de distancia, veo y siento el eco de una tropa argentina que avanza hacia nosotros desde el fondo de la calle. Imagino el patio del jardín de infantes a esa hora de la noche, y los cuartos silenciosos de mis amigos que, si pudieron vencer el miedo a la oscuridad, ya deben estar durmiendo.

viernes, febrero 02, 2007

Opendoor

[fragmento de la novela de Iosi Havilio recién editada]

Regreso en tren. Jaime me deja en la terminal de ómnibus de Luján. Al rato me entero de que acaba de declararse un paro sorpresivo de transporte. Que el último bus salió a las seis treinta y que el servicio está suspendido hasta nuevo aviso. Un cartel improvisado, escrito a mano, se repite en varias boleterías: “Sin servicio”. Me dice un hombre que si fuera por él haría el viaje pero el tema es que en la autopista lo pueden reventar a cascotazos. O a tiros, agrega uno que está de espaldas, jugando al solitario en la computadora. El próximo tren sale dentro de veinte minutos, escucho por ahí. Llueve. Me acerco a la parada de taxis y tomo el primero de una larga fila que me lleva a la estación en menos de cinco minutos. El andén se va poblando de gente, mayoría de estudiantes, que calman la ansiedad con cigarrillos y charlas cada vez más bulliciosas. También hay trabajadores, jubilados, mujeres con bebés y un par de borrachos acodados en un puesto de hamburguesas. El tren llega finalmente, con diez minutos de demora. Está vacío, me siento contra una ventanilla que no cierra. Cambio de lugar, pero al rato, cuando el tren se pone en movimiento, la traba de la ventanilla cede y tengo que estar atenta y sujetarla con la mano durante todo el trayecto para no mojarme. En el compartimento de al lado, pasillo de por medio, se sientan cuatro seminaristas. Uno más joven que el otro. Sólo uno de ellos va vestido de cura. Pero no cabe duda, se nota a la legua, son una cofradía. Charlan, leen, se hacen bromas entre sí. El de la sotana guarda entre las piernas una guitarra enfundada. El vagón se llena, el ambiente se enrarece. Con el traqueteo, empiezo a quedarme dormida, hasta que un hecho inesperado atrae mi atención. No se sabe mucho cómo, ni cuándo empieza la pelea. Primero se produce un forcejeo que la oscuridad no me deja entender con claridad. Son tres o cuatro, chicos y chicas, que se tiran de los pelos sobre el andén de una estación muy vieja mientras las puertas del tren todavía están abiertas, hay una bicicleta en el medio, alguien resbala, otro se aferra a una rueda dando patadas en el aire. No pasa mucho, no es grave, y sin embargo suficiente para alterar el curso del viaje. El chico que estaba en el piso consigue entrar al tren arrastrándose con el manubrio de la bicicleta en la mano. Los seminaristas enmudecen, observan la situación, se interrogan con la mirada, un poco tensos, pero no intervienen. Se cierran las puertas de golpe y el chico que subió al tren se recompone de a poco. Los que quedaron sobre el andén patean el chasis del vagón y uno, o una, lanza un escupitajo que se estampa contra la ventanilla de los seminaristas.
En un principio no se sabe bien si el que subió es la víctima o el victimario. Tiene la cara enrojecida, tiembla un poco, y, a pesar de ser un chico robusto, da la impresión de estar dispuesto a soltar unas lágrimas en cualquier momento. No cabe duda, es la víctima. La mirada pegada al vidrio, avergonzado, se esconde como puede de las miradas que le apuntan alrededor, se frota las manos manchadas de barro, y se descubre una pequeña herida superficial en la palma derecha que se relame el resto del viaje. Por momentos también se muerde un poco el pulgar derecho, para contener el dolor, o porque siente bronca, no se sabe. Quiere que el tiempo pase rápido.
Con los minutos, las miradas que al comienzo lo midieron con aprensión, luego curiosas y finalmente compasivas, van sumiéndose en la indiferencia y el olvido. Tres o cuatro estaciones más adelante, para terminar de sepultar el incidente por completo, uno de los seminaristas se anima, desenfunda la guitarra y con unos arpegios muy rudimentarios se acompaña para cantar una canción en un español raro, medio antiguo, que de a poco entusiasma al resto de los curitas que se ponen a hacer los coros.

martes, enero 30, 2007

Gelatina

[Cuento breve de Romina Paula, publicado en la revista Ñ el otro domingo]

Cargo el brazo a un lado, como un peso muerto. Ya no me sigue, no me obedece. Lavo la zurda con la diestra, que empezó a responder. Eso aprendí. Pero no siempre puedo. A veces la muerta, la inconsciente, pesa más. Una mano dormida, un brazo dormido, un lado, una mitad, media yo que ya no soy. O estoy, todavía estoy, pero aletargada. Llevo, cargo mi mitad dormida, anegada. Me reeduco. Reaprendo todo. Primero vegeto, sólo respiro y apenas si hago eso, eso recuerdo. Después, dicen que abro los ojos y muevo un dedo, como respuesta, por toda respuesta: ese es el primer y casi único modo que descubro, que desarrollo, para salir de mí. Me atrapé, quedé atrapada en mi cuerpo: estoy intacta pero no puedo comunicar. Conservo la capacidad de reflexión, puedo hilar, asociar, recuerdo, entiendo. Creo que sigo siendo yo, pero no puedo salir. Como no comunico, no soy. Mi dedo, el meñique por sí o por no, me restituyó algo de credibilidad, de crédito. Dejo de ser una planta, evoluciono, porque puedo decidir, por sí o por no, con mi dedo, por más complejas que sigan siendo mis estructuras de pensamiento. No puedo hablar, pero pienso, puedo pensar en sintaxis, pienso gramaticalmente. Pero no puedo articular. Olvidé o no puedo recordar, no por ahora, qué sonido corresponde a qué idea, a qué concepto- no sé pronunciar, no sé cómo se hace. Ensayo sonidos, pero fracaso: son los órganos que no me responden. Emito graznidos informes, abstractos, atemorizo a mis visitas. Desisto. Ahora, por lo menos, puedo escribir, aunque no sea del todo exitoso, tampoco, éste medio. Quiero escribir, para que me entiendan, para que sepan que sé, que no perdí nada, que está todo adentro, todo ahí, aunque encerrado, anegado por ahora, por aquello, por aquél pequeño malentendido, ése desajuste en mi cerebro. Quiero poder escribir, que estoy encerrada, por ahora, pero que estoy bien, que no tomen medidas, que no teman por mí, que no se lamenten, que es sólo cuestión de tiempo. Pero mi mano, la que responde, me desautoriza. Quiero escribir Hola. No perdí la facultad del pensamiento. Articulo, asocio, y recuerdo. Sé quien soy, conozco mi historia, reconozco y recuerdo a cada uno de ustedes. Entiendo nuestros vínculos y sé que algo extraordinario sucedió en mi cabeza. Algo que me adormeció toda y ahora la mitad de mi cuerpo, algo que me encerró. Y mi mano escribe hamaca. Con pulso tembloroso. Eso es lo primero, y un pino, cuando me quiero referir a la gramática, a que todavía la poseo. Ni siquiera. Escribo pino un y mamá llora con el cuaderno en su mano. Llora y me acaricia la cabeza. Quiero morderla, por necia. Pero no puedo. Muevo el meñique y me dan gelatina.

sábado, enero 27, 2007

Continuidad de los parques

(...) Enseguida apareció la señora psicótica del viernes pasado y se sentó al lado mío. Juan Incardona me propuso ir a sentarnos lejos, al fondo pero yo quería filmar cerca del escenario.
Igual, llegó un hombre con un termo y un mate y se sentó al lado de ella y hablaban. Pensé que él era su acompañante terapéutico y que ella no se había olvidado de tomar los antipsicóticos esa tarde, asi que estaba bastante compensada. De hecho, cuando todo terminó se fue sin hacer ninguna manifestación psiquiátrica.
La lectura de Gonzalo Castro estuvo muy buena. Me pareció muy atractivo el tema del libro (Hidrografía Doméstica) que leía: una chica de 10 años que vive sola y que tiene una relación especial con el agua. Y después, el reportaje se centró en la editorial (Entropía) de Castro y eso también estuvo muy interesante. Pero había mucho viento, enseguida se hizo oscuro y yo tenía frío. A veces parecía que se iban a volar todas las cosas. Los eucaliptus largaban miles de hojitas agudas todo el tiempo y los pájaros esta vez volaban muy muy alto. Me puso muy triste. Cuando todo terminó era casi de noche. Eso me puso más triste. (...)

[vía "Viejos son los trapos"]

lunes, enero 22, 2007

El principio de la tragedia

Sobre Los estantes vacíos, de Ignacio Molina.

Por María Eugenia Rombolá

[Publicada en la revista Los asesinos tímidos]

Recuerdo que en algún momento el autor de Los estantes vacíos comentó que no puede pensar en una palabra sin pensar al mismo tiempo en cómo se escribe, es decir, en su materialidad gráfica, en su cuerpo más concreto. Pienso que esta obsesión por el cuerpo de las palabras es la condición necesaria para intentar rasgarlas y poder llegar a lo que está detrás (¿a la nada? No se sabe a ciencia cierta, pero sí puede observarse que en este acto radica la exploración del autor). Molina lo sabe, tal vez no sabe que lo sabe, pero lo sabe. Y para los que no lo saben, puede ser una tarea ardua comprender, por ejemplo, la necesidad de construir un personaje como Matías (”El camino del agua”) que escucha (y acá vale la pena recalcar que no oye, sino que escucha) palabras sueltas en una conversación telefónica de su hermana, “técnico, tenedor, enganche, comentarios, filamento, volantes, campeonato, forra, camisa, líneas, público, chau”. Las palabras no son las cosas, eso todo el mundo lo sabe, pero las palabras sí son cosas y hay quienes lo niegan en virtud de una fidelidad desmedida hacia las formas ya concebidas de los géneros (hay una anécdota que cuenta que una vez Gauguin se encontró con Mallarmé y le dijo algo así: “Tengo un montón de ideas para escribir una novela” y Mallarmé le respondió “Las novelas no se escriben con ideas. Se escriben con palabras”).

El cuento
Hay muchas teorías respecto a qué es un cuento, pero vaciemos nuestros estantes de teorías y volvamos a la idea más simple, la que teníamos seguramente cuando empezamos a leer, ¿qué es un cuento, entonces? ¿No es acaso un relato en el que transcurren cosas y muchas veces termina antes de lo que querríamos, pero al mismo tiempo, en su propia constitución está la imposibilidad de que continúe? Es verdad que lo mismo puede decirse de la novela, pero a diferencia del cuento, en ella hay líneas de fuga intermedias que permiten digresiones casi, casi, infinitas. Entonces, el cuento le muestra el final al cuentista. El novelista, en cambio, decide cuando dejar de fugarse y en esta detención aparece el final.

Los personajes
A la hora de relacionarse entre ellos, tienen miedo de incomodarse con preguntas, suponen, consideran que no vale la pena decir todo lo que están pensando. Por otra parte, registran todo: el tiempo, las calles, los carteles, cada detalle de la ciudad son su verdadera compañía. Es que estos detalles dejan de ser cosas para convertirse en palabras-cosa. Los barrios entonces no sólo tienen nombre, sino que además son de colores específicos (“El camino del agua”), tomar un colectivo no sólo implica trasladarse de un lado a otro, sino repetir el trayecto narrado en un libro que se encontró poco tiempo antes en una librería de saldos (“Kilómetro cero”), la puerta de la heladera exhibidora anuncia tormenta (“Polirrubro Ama-Faby”), las calles amanecen inundadas (“El sistema”) y en ocasiones se humaniza a los objetos agregándole la preposición “a” cuando son objeto directo: “Después de unos minutos me acerqué a la ventana y me puse a mirar, alternativamente, al paraguayo que vivía al fondo del pasillo (...) y al empapelado violeta de la pieza” (“Kilómetro cero”) o “Después de abarcar en un solo paneo a las golosinas, las estanterías despobladas, los envases vacíos (...) se queda mirando el plano de la ciudad que cuelga de una de las paredes” (“Polirrubro Ama-Faby”).

Los finales
Si bien cada uno de los quince cuentos de Los estantes... exige su final, éstos últimos, de alguna manera, retumban, delicadamente, como ecos, en los demás cuentos y, por qué no, en la vida misma. Es que en cada conclusión hay una puerta abierta, una invitación a asomarse a un abismo que no se muestra, apenas se anuncia en palabras-cosa, en cosas que hablan, que nos dicen la soledad, la sorpresa, las coincidencias y desencuentros, los malentendidos inevitables, los olvidos evitables, pero necesarios... Podría decirse, entonces, que los cuentos concluyen en el principio de la tragedia. Un modo arriesgado y lúcido de trazar el antagonismo que presenta la vida de los hombres y mujeres en la ciudad contemporánea.

miércoles, enero 17, 2007

Avisos parroquiales

Recordad: este viernes, a las mil novecientas, en el Jardín Botánico “Carlos Thays”, al reparo de ñangapiríes, euforbias y sicomoros, Damián Ríos entrevistará a Gonzalo Castro. Se admitirán, también, preguntas de la audiencia (sobre literatura, diseño gráfico, paisajismo y fitología). Que no falte nadie.