Sebastián Basualdo lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y la reseña para Radar Libros:
«Ya se sabe: un hombre puede ser un poeta sin haber escrito jamás un solo verso. Se trata de un modo particular de ver el mundo, o acaso de habitar una utopía en el sentido griego del término. Napoleón Toole, este entrañable personaje creado por Sebastián Martínez Daniell en Precipitaciones aisladas, pertenece a esa clase de hombres.
Relegado a trabajar en la sección de deportes hípicos, crítica cinematográfica y resultados de lotería en las últimas dos páginas del matutino El Observatorio, oriundo de Carasia Capital, ciudad a la que se ingresa únicamente desde el mar y que, al decir del joven Napoleón, quizá por eso el visitante la termina imaginando como una maqueta de escala modular, experimento de banal suceso en manos de Le Corbusier, decide pasar unos días en Limmermonk, ciudad esencialmente de pescadores y de perspectiva favorable si lo que realmente busca es poner orden a esa miscelánea de pensamientos, sensaciones y recuerdos que se imprimen en su conciencia negándole la visión cabal de lo que verdaderamente ocurrió entre él y su mujer Vera Pym. “El tiempo de Vera es industrialista, las horas son horas de producción. El mío es poscapitalista, rédito inmediato y vacuidad.”
Mencionado Limmermonk, ahora debo advertir rápidamente al lector sobre ningún tipo de analogía o resabio de un Macondo, un Comala o el Yoknapatawpha del gran Faulkner. De ningún modo hay una intención fundacional ni mucho menos la búsqueda de un universo totalizante propio del realismo mágico. Más bien se acerca a los universos condensados y poblados de seres en condición de refugio de Marcelo Cohen. Las simbologías y la anacrónica geografía de Limmermonk permiten, entre otras cosas, poner en primer plano las elucubraciones de Napoleón Toole que, a modo de flashback en constante vorágine, van hilando la trama de una novela inteligente y conmovedora, con personajes que entran en escena a través de la contingencia o lo imponderable, como sucede con la familia de pescadores compuesta por Ulises, Ginebra y Rhea, algo conservadores y prejuiciosos, que le dan hospedaje a Napoleón Toole para que se despache a gusto con irónicas referencias que recuerdan por momentos el sentido del humor propio de un Donleavy. “A Ulises no le gusta nada esto de las vacaciones. Me mira, me hace sentir un citadino del Sur que nunca podría estar suficientemente cansado como para merecer unas vacaciones. Me mira y me somete a un juicio sumario, a una sentencia proletaria.”
La prosa sutil de Sebastián Martínez Daniell oscila como un péndulo entre lo enciclopédico y la mirada adánica para que convivan distintos planos de una misma realidad, de este modo se hará presente con total naturalidad un personaje fantasmagórico al principio: el Emperador Bonaparte, que surge para acosar a Napoleón como una mala conciencia y sin embargo resulta inofensivo, a tal punto que se volverá grotesco cuando se imponga a lo largo de la novela con la falsa impronta del doble.
“En esa época, Bonaparte todavía conservaba las formas y se engalanaba en ultratumba para visitarme en mi celdilla de presente continuo. Nuestra relación no era tan fluida y él aún consideraba que yo debía prestarle una atención extraordinaria.”
Precipitaciones aisladas es una novela breve y rotunda como un desmoronamiento y puede ligarse a la búsqueda narrativa que Sebastián Martínez Daniell inició con Semana, publicada en 2004.»
jueves, marzo 10, 2011
Desde el observatorio
viernes, marzo 04, 2011
Convocatoria Placebo
martes, marzo 01, 2011
Invernadero en el Malba

Invernadero
Una película de Gonzalo Castro.
Interpretada por Mario Bellatin, Marcela Castañeda, Graciela Goldchluk, Laura Petrecca, Romina Paula, Margo Glantz.
BAFICI (Mejor película argentina) / FID Marseille / Cineuropa / Valdivia / Río Negro / VIENNALE / Cali / Hamburg / Gijón (Mejor película de no-ficción) / Festifreak / FICUNAM
Estreno: 5 de marzo, a las 18:30.
Proyecciones: Todos los sábados y domingos de marzo, a las 18:30hs
MALBA CINE – Fundación Costantini (Av. Figueroa Alcorta 3415)
Entrada general: $18 – Estudiantes y Jubilados: $9
lunes, febrero 28, 2011
La maquinaria de la crueldad
Patricio Zunini lee La comemadre, de Roque Larraquy, y luego entrevista al autor para el blog de Eterna Cadencia:
«Se llama Roque Larraquy y aunque su nombre tiene una musicalidad como de trabalenguas, su narrativa tiene un fuerte componente visual. Es el autor de la novela La comemadre, ópera prima en la que desarrolla una trama que combina, con artefactos propios de Bioy Casares, el positivismo científico de principios de siglo que llega a desarrollar experimentos que incluyen la decapitación de pacientes terminales, con el mercado del arte que parece no definir límites al momento de manipular el cuerpo como un lienzo.
—Es una novela en dos partes –explica Larraquy–. La primera transcurre en 1907 y cuenta la historia de un grupo de médicos de una clínica suburbana que desarrollan un experimento cruel, entre la pseudociencia y la religión, con el fin de indagar qué hay después de la muerte. El protagonista participa en el experimento motivado por su amor hacia la jefa de enfermeras, la señorita Menéndez, y paulatinamente descubre que no es el único interesado en ella. Esto lo lanza a una competencia inescrupulosa con sus colegas. La segunda parte transcurre en 2009, tiene un tono más artificial que la primera y trata sobre un artista que busca ingresar en el mercado del arte tensando la cuerda entre cultura popular y espectáculo.
—Rápidamente surgió el tema de la crueldad, que recorre toda la novela: ¿puede haber ciencia o arte sin crueldad?
—Sí, puede haberlos. La ciencia se ha encargado, no sé si con éxito, de desplazar el problema de la crueldad fuera de sus límites. El arte, en cambio, si tomamos la idea que heredamos de él de las vanguardias históricas, tiene que ver con un cierto desacomodamiento de la percepción, y eso difícilmente ocurre sin violencia. Buscar ese efecto es, de algún modo, planificar desde la crueldad. En lo que respecta a la novela, la crueldad aparece inscripta como un resultado del amor. El protagonista de la primera parte, el doctor Quintana, cree estar enamorado de esta mujer de la que no sabe casi nada, ni siquiera su nombre de pila. La identidad de ella se recorta en el deseo de él. Es como un amor a solas, una pura proyección. Un amor fundado en esas bases, alimentado por la competencia, carece de ética y fácilmente puede hacerse cruel. Algo similar ocurre con el protagonista de la segunda parte, sólo que en este caso le juega a favor, ya que su lectura desalmada del mundo del arte, su objeto de deseo, le permite ingresar en él a fuerza de cálculo y especulación.
—¿En qué medida la crueldad como espectáculo promueve el experimento?
—Siendo una novela monosexual, protagonizada casi exclusivamente por hombres, donde las mujeres ocupan un lugar fantasmático, ciertamente hay un juego con los valores más rancios de la masculinidad. ¿Quién se queda con la chica? ¿Quién tiene el poder? ¿Quién la tiene más grande? Es un espectáculo fogueado por la testosterona, y en ese plan vale todo, acumular enfermos terminales para cortarles la cabeza, o extirparse un dedo, o cambiar de rostro mediante cirugías, cualquier cosa sirve para conseguir el premio, aunque no se sepa muy bien en qué consiste el premio.»
La entrevista completa, acá.
viernes, febrero 25, 2011
Confidencias
Romina Paula participará, esta mismísima noche, de una nueva edición del ciclo Confesionario, que ahora tiene también su correlato radial y que conduce Cecilia Szperling.
Aquí, el programa:
Confesionario Radio Vivo
Confiesan: Pedro Mairal, Romina Paula y Paloma Fabrykant.
Música: Paula Maffía y Mel Muñiz de Las Taradas y la increíble Orquesta Inestable.
Confesora: Cecilia Szperling.
Cameo/Barman: Tommy Barban
Viernes 25 de febrero de 22 a 24 hs.
CCRRojas/Sala Batato Barea.
Gratis.
jueves, febrero 24, 2011
Molina cuenta su libro
Ignacio Molina es entrevistado por el equipo de Cuento mi libro, a raíz de la publicación de su novela Los modos de ganarse la vida.
lunes, febrero 21, 2011
Cabezas perdidas
Damián Huergo lee La comemadre, de Roque Larraquy, y la reseña para Radar Libros:
«Pensemos dos casos. El primero ocurre en 1907 en el Sanatorio Temperley. Un grupo de médicos, influido por el positivismo y el higienismo, emprende un experimento absurdo en pos de la “evolución de la ciencia”: decapitar a enfermos terminales y pedirles a las cabezas cortadas que cuenten sus –supuestos– últimos nueve segundos de lucidez. El segundo caso sucede un siglo después. Un prodigioso artista busca provocar a la sociedad de la imagen, convirtiendo su propio cuerpo en objeto de arte y mercancía a la vez. Estos sucesos podrían aparecer como objeto de estudio en algún seminario inédito de Foucault, que sea el eslabón perdido entre sus ensayos sobre la anátomo-política y la biopolítica. Sin embargo, son el eje narrativo de los dos relatos que integran La comemadre, la maravillosa y extravagante novela con que el joven escritor Roque Larraquy hace su debut literario.
En el primer relato Larraquy construye una atmósfera lúgubre, acorde con la rareza del proyecto. La arquitectura hospitalaria, las mentiras convertidas en verdades absolutas por el saber médico y los silencios –con tufillo conspirativo– de los pasillos recuerdan el clima turbio de El hombre elefante, de David Lynch. En ese escenario, los “hombres de ciencia” se arriman a responder una las preguntas troncales de la filosofía y la religión: ¿qué sucede después de la muerte? Con buenas dosis de humor macabro, Larraquy crea un relato científico-filosófico para nada acartonado. Allí los personajes no hacen preguntas como un mero ejercicio intelectual, las responden con el cuerpo, literalmente. De ese modo Larraquy parece burlarse del cliché del mundo intelectual que vive dudando. Y fuerza a sus personajes a asumir la monstruosidad de sus ideas como un sacrificio necesario al servicio de un ente que los excede (en este caso la ciencia).
En el segundo relato las ideas también generan movimiento. Allí el joven artista plástico –mezcla de Ignatius Reilly y Oscar Wao– responde a la tesis de una doctoranda sobre su obra. En estas páginas narra su insólita biografía personal y artística. Repasa su infancia como niño prodigio apadrinado por Silvio Soldán, se ríe de las lineales comparaciones de su trabajo con El Matadero (como si el propio Larraquy se adelantara a las lecturas de La comemadre) y detalla con pasión las intervenciones artísticas en su propio cuerpo. Además, como al pasar, elabora un consciente ensayo sociológico sobre las nuevas reglas del arte. Alega que es necesario hacer alboroto afuera del campo artístico con una primera obra “que estimule la vulgaridad y la vergüenza ajena”. Y así desplazarse del afuera hacia adentro, desde “las páginas de Sociedad hasta las de Cultura”, hasta lograr que todos –sectores ajenos y propios del campo– identifiquen su nombre como si fuese una marca.
Ambos relatos están narrados en primera persona, con una precisa y acertada prosa que talla cada frase como si fuese el trabajo de un artesano. Además comparten escenarios, objetos y nombres familiares que sirven de puentes de conexión –espacial y temporal– entre los dos textos. Pero sobre todo la gran similitud que tienen es que por debajo, como si fuese el motor escondido que hace avanzar las atroces ideas científicas y artísticas, se desarrollan complejas (¿acaso las hay de otro modo?) historias de amor.
La comemadre, por su familiaridad con lo monstruoso y lo disparatado, se puede leer en sintonía con el trabajo de otros raros de la literatura latinoamericana, como Juan Emar, Pablo Palacios o los textos de Felisberto Hernández influenciados por Lautréamont. A la vez, los dos relatos se diferencian de otras novelas de tesis o de ficciones teóricas, donde las ideas sólo batallan en la arena del lenguaje. En cambio, en La comemadre, una idea, un pensamiento, puede dejar a varios sin cabeza o –en el mejor de los casos– con una pierna menos. Porque, como los buenos escritores, donde hay ideas Larraquy también ve acción.»
jueves, febrero 17, 2011
Long sellers

Así, como puesta al descuido un jueves en un blog, esta foto no dice mucho. Pero el asunto es que tanto Agosto como ¿Vos me querés a mí?, las dos novelas de Romina Paula que ha editado esta casa, acaban de atravesar un reciente proceso de reimpresión. La opera prima de la autora nacida en 1979 ya va por su tercera edición. Agosto, recientemente elegida por Ñ como el libro del 2010 en el rubro narrativa, va por su segunda tirada. Bueno, eso.
jueves, febrero 10, 2011
El receptor ausente
Rosario Arán lee Agosto, de Romina Paula, y escribe para Libros y Literatura cosas como éstas:
«El libro es una larga carta a su amiga, donde le cuenta su viaje aunque no nos damos cuenta que se trata de una carta. Porque parece una conversación, una verborragia típica argentina –con las expresiones de la oralidad puestas de forma prolija en la escritura– para comentar las sensaciones que le produce el encuentro con lo que se dejó atrás.»
«No es fácil llevar la oralidad a la escritura, en especial como hablamos los argentinos, con velocidad y miles de expresiones particulares que pueden parecer obscenas pero se han vuelto corrientes en las conversaciones. Sin embargo, allí en el papel, vuelca todo como si estuviese conversando con esa amiga. Ese ritmo de lectura, te engancha, te arrastra y sin darte cuenta vas pasando las páginas sintiéndote como si te hablara directamente.»
«No puedo dejar de añadir, que la ausencia de esa amiga, a quien recuerda y mediante esa enorme conversación/diario/carta, le habla porque tiene la necesidad de compartir todos esos interrogantes e impresiones que le van surgiendo (no todas grises, algunas son cómicas o la autora al usar herramientas de la conversación, utiliza expresiones que resultan más humorísticas). Y esa relación con el receptor ausente, conmueve aunque no se llene de palabras que lo reflejen. El libro en sí, lo expresa, entre líneas.»
La reseña completa, acá.
lunes, enero 31, 2011
Sin aliento
Maximiliano Tomas lee Placebo, de José María Brindisi, y le dedica su columna en Perfil:
«Salvo casos excepcionales, los escritores argentinos no solían dedicarse a la nouvelle, ese género híbrido entre el relato y la novela. Y sin embargo, de un tiempo a esta parte, mucho de lo que se publica viene en formato de novela breve o “novelitas”, como llama César Aira a sus libros que, por lo general, se mueven dentro de esa extensión. Y en varios sentidos se agradece esta suerte de moda de la literatura en frasco chico (lectura ideal de un fin de semana, de un viaje, que cabe en el bolso de mano y para la cual no hay que talar demasiados árboles), que contiene el tempo del relato y la respiración de la novela: libros que desde su apariencia evidencian una sana falta de presunción, que no es lo mismo que falta de ambición.
José María Brindisi (Buenos Aires, 1969) es escritor y crítico literario, y autor de los cuentos de Permanece oro y las novelas Berlín y Frenesí. Ahora, después de algunos años sin publicar, reaparece con la nouvelle Placebo, una historia de 99 páginas que no se detiene un segundo (literalmente: la novela no tiene un solo punto y aparte), un torrente de pensamiento y reflexiones al mismo tiempo enfermizo y adictivo. En una entrevista reciente, Brindisi declaraba que esta vez decidió escribir así porque pensaba que lo reclamaba la trama: “Esa angustia es parte del entramado de la novela, no es un mero ejercicio de soltar al personaje a que le pasen cosas. Si para el protagonista no hay respiro, que tampoco lo haya para el lector”.
El protagonista de Placebo es Lucio, un empresario de 52 años que se pasea entre Buenos Aires y Tigre (adonde viaja con su mujer actual, Cecilia, a quien aborrece) a bordo de su Audi último modelo, mientras recuerda momentos luminosos de su juventud, asiste a la lenta muerte de su mejor amigo (que agoniza en una clínica de la ciudad), visita a su madre (internada en un geriátrico), y mantiene furtivos encuentros con su amante. Y todo a su alrededor, por encima y por debajo de su cada vez más lábil membrana de cordura, crece, con un movimiento arborescente, la silueta de la muerte. No de una muerte, sino de todas: la de su amigo que acecha, la de su ex mujer, misteriosa y lacerante, la de su madre, que sobrevendrá algún día, la de su mujer, simbolizada en las carnes blandas que advierte por debajo de su camisón transparente y que le repugnan.
Lucio es un dandy cobarde, un burgués exitoso y frustrado, un diletante de la literatura que se apasiona con las historias de Poe, Maupassant y Stevenson, en desmedro de la obra de Faulkner, a quien considera un imbécil (seguramente una broma del propio Brindisi, cuyo libro tiene una relación de mayor afinidad con el estilo narrativo desbordante del último que con el seco y puntuado de los primeros). Lucio: el calco perfecto de la figura en la que muchos tememos convertirnos con el correr de los años. Placebo es la novela que Michael Haneke leería con gusto y adaptaría para sumar una pieza más a ese friso incómodo que es su filmografía, un ventanal a través del cual ver los diversos grados de alienación al que el hombre es condenado por la guerra o el capitalismo. Tiene, incluso, uno de esos cierres a los que el director austríaco-alemán nos tiene tan acostumbrados: un final, valga la paradoja, tan inesperado como al mismo tiempo imprevisible y brutal.»
viernes, enero 28, 2011
Conjuro homeopático
Laura Juliana Torres lee Biografía ilustrada de Mishima, de Mario Bellatin, y lo reseña para el blog El Roommate:
«¿Qué clasde de escritura instituye una biografía post-mortem? ¿Es que acaso sólo después de muertos “los escritores se encuentran ya preparados para entender los símbolos a partir de los cuales construyeron su trabajo”? (51). En Biografía ilustrada de Mishima, a diferencia de otros libros biográficos sobre el escritor japonés que sirven de posibles subtextos a la novela (como Confesiones de una máscara del autor nipón o Mishima y la visión del vacío de Yourcenar), Mario Bellatin propone como protocolo experimental la idea de una biografía que se inaugura con la muerte: “¿Qué clase de espanto ha sido capaz de generar una escritura semejante?”(49). La novela cuenta las peripecias de un Mishima descabezado después de cometer seppuku. Es precisamente los detalles de las circunstancias que rodearon la muerte del novelista japonés la única referencia rigurosamente biográfica que toma Bellatin de su vida. El suicidio ritual de Mishima en 1970 fue televisado por los medios, por lo que pudo ser observado en el mismo instante en que se llevaba a cabo. La fascinación de Bellatin por un tipo de lógica de producción que impone una forma específica de recepción –la impresión de que un determinado acto es experimentado de la misma forma en la cual fue ejecutado– parece inspirar la trama del libro.
Mishima, uniformado y desmochado, asiste con una solemnidad más bien cómica a una conferencia sobre su vida. Por motivos al parecer pedagógicos, un académico experto proyecta escenas de la vida de Mishima con un misterioso aparato. La narración dura el tiempo virtual de la proyección. A su vez, la escritura se construye a partir de bloques de texto cercenados por oraciones cortas, escuetas y de una desgarbada distinción. Cada párrafo desarrolla un transe de escritura en la vida de Mishima, inducido por experiencias paralelas a la realidad: la toma de fotografías con una cámara para niños, la zambullida en un estanque con monjes sintoístas, la contemplación de un polluelo despedazado por sus pares, el consumo de la droga sildenafil citrati … Estas visiones se entrelazan con el recuento de las infructuosas gestiones hechas por un Mishima empobrecido para remediar su ausencia de cabeza. La administración de esta “oquedad” genera una reflexión sobre una forma de obra particular dedicada a la reparación del vacío con “la esencia de una artificialidad extrema”: una máscara kabuki, un set de piezas-cabezas (prótesis que recuerdan al lector el garfio de cierto escritor). Se aspira a la conversión del hueco – la impronta del accidente- en un experimento controlado, en el espacio vaciado de una instalación. El libro concluye con cincuenta fotografías a color. Cada pie de foto comenta y amplía escandalosamente los detalles más azarosos de la narración. Las imágenes crean la ilusión de que la narración de la novela es el producto, el material excedente, del orden contingente de las fotografías. Sin embargo, la sobreposición de ambos órdenes parece corresponder a una lógica de desacreditación mutua.
Si en Shiki Nagaoka: una nariz de ficción las fotografías falsifican la supuesta existencia del escritor japonés, en esta ocasión Bellatin ficcionaliza a Mishima al ilustrar desfachatadamente su biografía con el archivo de sus fotos personales. Biografía pertenece a una serie de intervenciones donde el novelista contamina o “inocula” el espacio de la ficción con la autobiografía, pero una autobiografía “desfigurada” por la faz de un autor japonés. (Ya en su artículo “Kawabata: el abrazo del abismo,” Bellatin plagia artículos críticos de otros autores sobre su propia obra, y los hace pasar como sus ideas sobre el Nobel japonés). En , Mishima narra la experiencia de asistir a la representación teatral de Salón de belleza y cómo de esta manera logró “leerse a sí mismo,” alcanzar una inusitada exterioridad. Tal vez sea ésta la función de la autobiografía en Bellatin: un conjuro homeopático para la despersonalización, la conversión ciega de la vida en escritura, como un texto que se recita a sí mismo, un autómata, un cuerpo que se mueve sin cabeza, una biografía post-mortem…»
miércoles, enero 26, 2011
La palabra salvaje
Oscar Guisoni lee Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, y escribe una nota en la revista Arcadia, a propósito de la presencia de la autora en el Hay Festival de Cartagena:
«Hay un personaje que se repite como una obsesión en las portadas del único libro que hasta ahora se conoce de Pola Oloixarac. Un Napoleón furibundo montado en un blanco caballo mientras mira con ojos torvos y esconde su mano en el abrigo militar en ese gesto que sólo el emperador francés era capaz de ejecutar con tanta autoridad aparece en la edición argentina de Las teorías salvajes (Editorial Entropía) y un Napoleón con un extraño pajarraco anidando en su sombrero corso se repite en la edición española (Alpha Decay). Como si la propia Pola hubiera dado la orden ¿marcial? de incorporar al guerrero máximo en una obra que habla de la guerra como si se tratara de una película pornográfica en la que los fusiles son penes incólumes que penetran cuerpos de mujeres que provocan la muerte con filosófica alegría. Las portadas (ambas) funcionan así como preludio alucinado de lo que vendrá, anuncio de un texto bizarro como pocos, plagado de árboles invertidos, tortugas que son como el universo, manzanas por cabeza y elegantes cucarachas de roja cabellera. Ante semejante despliegue surge la pregunta: ¿quién es Pola Oloixarac?»
«Su primera novela, que recibió elogios de Ricardo Piglia (“el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina”) y de Ignacio Echevarría (“una novela realmente insólita, escrita por una exquisita antropóloga de la barbarie contemporánea”), entre otros, es un texto arrollador que tiene por protagonistas a una joven pareja que hace de su deformidad física su raison d’être, mientras una rara voz en primera persona fantasea con seducir a un viejo profesor de la facultad proponiéndole llevar hasta las últimas consecuencias su extravagante Teoría de las Transmisiones Yoicas. Personajes que en realidad son refinadas excusas para que Oloixarac saque a relucir su ácida visión del Buenos Aires contemporáneo, una ciudad que bien podría ser cualquier otra del planeta, ya que en la era de las redes sociales y el mundo Google poco importa en qué lugar se desarrollan las tramas.»
«Novela sobre el mito, o mejor, sobre el reciclaje de los viejos mitos en el esperpéntico siglo XXI que apenas comienza, Las teorías salvajes es también una broma macrabra de humor negro capaz de hacer desternillar de la risa al lector durante páginas, una risa que se corta de manera brusca cuando se percibe que no hay mucho de qué reírse y la mueca se trastoca en horror. Es ese mismo horror que ensombrece el texto desde el principio, cuando un narrador incierto todavía relata “los ritos de pasaje” practicados por ciertas comunidades primitivas en los que los niños que van a ser iniciados son “amenazados por adultos que se agazapan entre los arbustos” para provocarles miedo, un miedo primordial que está en la base de toda formación del yo. Después de convertirse “en testigos de secretas ordalías y tormentos que cifran la historia de la tribu”, los niños que sobreviven “regresan a la aldea, vestidos con máscaras y plumas como los espíritus que los amenazaron al principio, y participan de la caza de cerdo. Regresan ya no como presa sino como predadores”.»
La nota completa, acá.
viernes, enero 21, 2011
La vida es una moneda
Matías Matarazzo lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribe en el blog de Ría Revuelta:
«Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976 y desde 1992 vive en Buenos Aires. En su infancia y adolescencia jugó al básquet en uno de los 21 clubes que desarrollan ese deporte en la ciudad, Napostá. Cientos de veces habrá tomado los colectivos bahienses, las 500, que te dejan a pocas cuadras de tu destino o habrá comprado caramelos en kioscos de barrio, atendidos por sus dueños. En su primera novela Los modos de ganarse la vida (Entropía 2010), esos usos del espacio público, tal vez más humanizados, dejan lugar a un relato que se estructura al ritmo de los grandes centros urbanos donde la vida también es papel de cambio.
Así como comprar cigarrillos en un kiosco, pagar el pasaje de colectivo o negociar con el canillita un diario de hace dos semanas son los intercambios comerciales más básicos a los que nos somete la vida cotidiana; hablar de fútbol con un compañero, pedir empanadas por teléfono en la misma rotisería todos los viernes o cederle el asiento a una embarazada, son los intercambios humanos más elementales.
De eso va Los modos de ganarse la vida: la negociación permanente con las obligaciones, la rutina, los imprevistos, la familia, los amigos, los desconocidos, los deseos reprimidos, los no reprimidos, para intentar ganarse la vida.
Porque el kiosco, además de un espacio de intercambio comercial, se convierte en un lugar de escape, a donde se va sin necesidad, sólo para ir, o puede ser un refugio en un día de lluvia o una excusa para caminar por determinada avenida. Porque los colectivos sólo te llevan a destino cuando querés andar por la vida sin demasiada precisión y tenés monedas en el bolsillo. Porque, aunque no te importe el fútbol, le charlás de fútbol a Ezequiel a cambio de que te alcance a la oficina en su auto y Etelvina, que atiende el teléfono de la rotisería donde pedís empanadas, resulta ser tu amante.
La voz principal de la novela es la de Luciano, un joven de 27 que vive con su novia, Cecilia, pero sobre todo convive consigo mismo y su percepción obsesionada de lo cotidiano. En el medio, una tercera persona nos presenta escenas de la vida de Guillermo y Marina, una pareja de amigos; escenas que después se retoman desde la perspectiva de Luciano.
Con todo esto, Ignacio Molina construye una narrativa muy precisa. Pero precisa no significa descriptiva, sino todo lo contrario. La novela no describe la magnitud de la tormenta que engendra lo aparentemente elemental, el tamaño de las nubes y los truenos que estremecen la tierra: te cuenta lo que Luciano estaba haciendo y pensando en el momento exacto que el viento cambió al sur y volaron las primeras hojas.
Los atardeceres, siempre son más interesantes que los mediodías. Una narrativa clara, pero que se cuida de que el exceso de luz no vele la trama.
Es llamativo que Los modos de ganarse la vida prácticamente pase por alto el mundo laboral de los personajes. Todo sucede en los trayectos y en lo que se omite. El ojo no está puesto en la producción, sino en el intercambio: comprar la golosina que te permita recibir un vuelto en monedas para viajar en el colectivo que te lleva a ningún lugar. Porque, en última instancia, cambiar fuerza de trabajo por dinero no es ganarse la vida.»
miércoles, enero 19, 2011
Novela bicéfala
Matías Capelli lee La comemadre, de Roque Larraquy, y escribe la siguiente reseña en Los inrockuptibles.
«“Es un niño pequeño, bonito, y tiene dos cabezas. La primera le nace del cuello, con normalidad. La segunda le cuelga lánguida por detrás de la primera; no tiene nariz ni ojos, pero sí una boca, pequeña y bien conformada, con dientes prematuros. No es posible extirparla porque el cerebro abarca ambos cráneos, o porque el niño tiene dos cerebros, o porque es dos niños. Nadie lo sabe con certeza.” Estas palabras, usadas para describir a un ser humano monstruoso que un joven artista contemporáneo utiliza en la muestra que catapultará su carrera, es también un buen ideograma de La comemadre, primera novela de Roque Larraquy (1975). Una novela bicéfala apuntalada por dos relatos siameses, autónomos pero interconectados entre sí por delgados filamentos nerviosos: algunas cosas (hormigas, ranas metálicas, un extraño polvillo negro y una guillotina), algunos lugares (El Palais de Glace, el Sanatorio Temperley), y un mismo linaje familiar. La primera parte de La comemadre transcurre a principios de siglo XIX y está protagonizada por un grupo de psiquiatras que, en una clínica privada, llevan adelante un experimento kafkiano con pacientes terminales. Mientras intentan determinar qué ocurre, si es que algo ocurre, en la mente de una persona después de la muerte, compiten por conquistar a la misma mujer, la jefa de enfermeras. En estas páginas, además de hacer gala de un humor esmerilado y una notable imaginación narrativa, Larraquy pareciera afinar magistralmente, como muy pocos han logrado en los últimos años, el tono de Di Benedetto. El otro relato, también en primera persona, está situado en 2009 y es un racconto de la carrera de un artista joven global, exitoso y polémico por partes iguales. Editado hace algunas semanas, La comemadre es un libro del que, ojalá, se hable y mucho el año que viene. Una novela pequeña y bonita, de dos cabezas.»
lunes, enero 17, 2011
La vida sin placebos
Patricio Zunini lee Placebo, de José María Brindisi, y entrevista al autor para el blog de Eterna Cadencia.
La historia se teje como una sábana infininta que provoca una sensación de ahogo, la angustia de saber que, como decía Cortázar, allá al fondo está la muerte. Qué pasa cuando esa idea persiste en la conciencia, cuando no se encuentra con qué mitigar el futuro.
La crisis de Becerra se inicia en una sala de hospital mientras acompaña a un amigo que está esperando morir. Lo cotidiano se resquebraja, parece estrecharse. Pasa el verano en Tigre, pero sólo registra el calor agobiante, la ausencia de amor a su mujer, la incomodidad de un vecino oscuro. La amante le impone una distancia que él quisiera romper. Las obligaciones monocordes del trabajo: todo se vuelve un sinsentido que lo empuja hacia un embudo. ¿Cómo seguir? El placebo funciona mientras que el que lo toma cree en los efectos. Becerra, empujado hasta el límite, es capaz de cualquier cosa.
Placebo, de José María Brindisi (Entropía), es una nouvelle escrita en un único párrafo que contagia la sensación claustrofóbica creciente del protagonista.
-Trato de que no se vuelva una obsesión -explica el autor- esta confluencia entre el qué y el cómo, pero en la medida en que puedan dialogar de cerca, ayuda a contar lo que quieras contar. No significa que descanse en la escritura, pero sin eso la historia era más difícil de contar. Uno siente que esa angustia es parte del entramado de la novela, no es un mero ejercicio de soltar al personaje a que le pasen cosas. Es totalmente inherente a la trama que no haya un solo punto aparte. Si para el protagonista no hay respiro, que tampoco lo haya para el lector.
-Aunque el vínculo más fuerte de la novela es con Faulkner, en varios pasajes pensé en los versos de Rubén Darío “y la carne que tienta con sus frescos racimos / y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos”.
-Todo el tiempo está el deseo, por eso la novela empieza con dos mujeres hermosas, semidesnudas, apoyadas en un auto que parecen una ilusión (hasta la grasada de que el auto sea un Lamborghini amarillo). Es algo contradictorio que recorre el estado general de Becerra. El problema es que la pulsión de muerte va ganando terreno y por eso, sin adelantar demasiado la trama, hace lo que hace, que por un lado es un delirio y por el otro es totalmente lógico. Por lo que le está pasando, este tipo es capaz de salir a matar un perro o quemar una casa.
-¿Por qué a Becerra lo conmueve tanto la enfermedad de su amigo?
-Primero porque es su mejor amigo, pero lo más perturbador es que el amigo esté como si nada. Es mucho más tranquilizador para uno que alguien se muera y no que se esté por morir dentro de un rato. Encima, si no hablaran con el médico parecería que le quedaran cien años de vida. En este sentido, mi referencia fue La noche de Antonioni, una de mis películas favoritas, donde los amigos dejan al enfermo en el hospital y se van toda la noche a una fiesta que va perdiendo sentido porque está pasando otra cosa. Y sabemos que la mejor manera de contar esa otra cosa es no contarla.
-Si hablamos de películas, encuentro cierta relación con La ciénaga de Lucrecia Martel.
-No lo había pensado pero es un paralelo bastante lógico. Además me encanta Martel, sobre todo por esa inquietud constante.
-Becerra repite una frase faulkneriana que le molesta mucho: “entre la pena y la nada, prefiero la pena”. Él dice que prefiere la nada, pero ¿realmente es así?
-Es una frase conocida y la he visto tanto estos últimos meses que en un momento pensé que no la tendría que haber puesto. Pero Faulkner me fascina y la frase no está tomada con mayúsculas. Yo no puedo ver a Becerra con objetividad –me despierta ternura y hasta cierta empatía–, pero que prefiera la nada es bastante triste. Sin embargo, es en algún sentido conmovedor que trate de salir de esa nada. Quiere salir, quiere pensar un poco más allá, y bueno, le sale más o menos.
*
Becerra es un escritor de ratos libres, tiene algunos cuentos escritos en la computadora, se siente hermanado con Maupassant. Pero cuando se va a pasar el verano al Tigre con su mujer decide sólo llevarse para leer: “Había decidido que el descanso en el Tigre sería absoluto; nada de preocupaciones, ni de planes, ni de las batallas que diariamente le presentaba la escritura, de las que incluso en el triunfo jamás salía airoso”.
-¿Te pasa esto que le pasa Becerra?
-Sí: por suerte y por desgracia. Siempre le recomiendo a mis alumnos que lean con cuidado el prólogo de Capote a Música para camaleones: cuando Dios te da un don, al mismo tiempo te da un látigo. En ese prólogo Capote dice que el primer momento clave fue cuando advirtió la diferencia entre escribir y escribir bien, el siguiente momento iluminador pero angustiante fue distinguir la diferencia entre escribir bien y escribir muy bien, y el momento más terrible y más intenso fue descubrir la diferencia entre escribir muy bien y el verdadero arte. Le podemos disculpar a Capote la soberbia, pero me parece que es así, que te van corriendo la vara. Como decía Coleman Hawkins: “escucho una música y no la puedo tocar”. Pero también digo que es una suerte porque imaginate que a los 40 ya sabés que más allá de no vas a llegar. ¡Te pegás un tiro!
-En esta inquietud literaria de Becerra se habla de Maupassant, Faulkner, Poe, Stevenson. Pero no hay referencias a la literatura argentina actual. No están, por ejemplo, ni Aira ni Piglia. ¿Tus intereses son hacia la literatura más clásica? ¿Cómo te relacionás con la literatura argentina?
-Escribo en medios hace mucho y lo que uno sabe y ve con frecuencia es que a los demás no les gusta escribir sobre los colegas. Cuesta hacerse cargo de esa frase de Dalmiro Sáenz que uno no quiere el éxito de sus colegas, pero hay que admitir que es algo con lo que se tiene que luchar. Estoy al tanto, leo mucho, me interesa, escribo sobre la literatura argentina, trato de tomar riesgos, me precio de escribir críticas negativas. En cuanto a los padres de la literatura argentina moderna, no me gusta Aira. Es un escritor tremendamente sobrevaluado. Cuando dice que se sienta a escribir y tiene una leve idea del comienzo y después viene el resto, entendés por qué pasa lo que pasa en sus libros: efectivamente el comienzo siempre es lo más sólido. Después es un tipo con buena pluma, puede hacer pequeños milagros. En cuanto a Piglia estoy sorprendido con su último libro: sorprendido para mal, no entiendo sinceramente. Es una catarata de lugares comunes. Pero hay muchos escritores de la literatura actual que me interesan: Matías Capelli, Oliverio Coelho, gente más joven como Federico Levin, hay otros que no me gustan pero que están muy en boga y por eso me esfuerzo y los leo. Lo que pasa con Becerra es que no está familiarizado con la literatura argentina de los últimos tiempos. Hace lo que puede, sigue un manual, pero él no va a leer a Bruzzone, no se va a enterar que existe salvo que lo vea en la tapa de Clarín.
jueves, enero 13, 2011
Geología
Matías Raia lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para Golosina caníbal cosas parecidas a éstas:
«Precipitaciones aisladas de Sebastián Martínez Daniell (Entropía, 2010) comienza con el anuncio de una “exploración genealógica”, una lucha contra la desmemoria, que se irá transformando en una exploración geológica. El movimiento pendular del relato va y viene de Napoleón Toole, su pasado y su relación con Vera al jardín, el frío de Limmermonk, el refugio de rinocerontes o la discusión en torno de anuncios meteorológicos oficiales. Carasia es el archipiélago en el que se desarrolla esta historia, un territorio imaginario en el que el clima y la geografía enmarcan las derivas de un narrador que intenta comprender su relación, amorosa y conflictiva, con una mujer, Vera.»
«Si hay genealogía, hay exploración del pasado. La vuelta a las escenas primordiales pueden ser la solución de sentido para la relación Napoleón-Vera: el regreso a la pareja originaria, el regreso al padre y la madre, como mitología familiar y clave para iluminar los conflictos de la pareja principal de la novela. Por otro camino, Napoleón Toole, erudito, recurre a conocimientos enciclopédicos (la muerte de Séneca; la historia de Carasia) o triviales (cómo preparar arroz; una reflexión sobre los baños) para comprender su amor por Vera, esa mujer cautivante que conoció una noche de discusiones eólicas, para reconstruir una genealogía, una historia que va de la paz a la “guerra” y que culminará, de algún modo, con la frase que vuelve una y otra vez a lo largo de la novela: “—Señor Toole, su mujer lo espera.”. ¿Para qué lo espera? ¿Por qué lo espera?»
«Digo que la genealogía se vuelve geología y si hay geología, hay exploración por capas: las tres capas de relato (el metarrelato, el pasado y la relación con Vera, la estadía en Limmermonk) que se alternan en Precipitaciones aisladas; las parejas en la prehistoria (Hammer-Dora), la historia (Napoleón-Vera) y el tiempo de la espera (Ulises-Ginebra); y las capas de palabras referidas a la climatología, a la geografía y la biología que recubren el núcleo de acontecimientos, una exploración geológico-biológica del vocabulario.»
«En este sentido, uno de los varios aciertos de Precipitaciones aisladas es el tono de la narración, un tono que se sostiene en una descripción y comprensión de la realidad lograda a través de los espéculos de las disciplinas antes mencionadas. Esa perspectiva desde la que Napoleón Toole realiza su exploración genealógica abre interrogantes en la relación del hombre con su entorno (el territorio, el clima, la flora) pero también con su propia naturaleza: cómo se organiza la especie, cómo prever, como en el servicio meteorológico, los acontecimientos que se avecinan, cuánto influyen los espacios en la historia de los hombres, dónde quedó nuestra animalidad.»
«En Precipitaciones aisladas, voy cerrando pero podrían agregarse muchos más elementos de tan fascinante novela, la genealogía geológica de Toole es también un modo de conjurar la muerte, el fin (...). Por eso, porque el relato de Napoleón Toole funciona como talismán contra la muerte, hacia el final de la novela, otra cita irrumpe: “Sólo donde hay sepulcros, hay resurrecciones”.»
La reseña completa, acá.
martes, enero 11, 2011
Placebo está entre nosotros
miércoles, enero 05, 2011
Mártir de la homonimia
Max Gurian fue convocado a la presentación de La comemadre, de Roque Larraquy, ocasión para la cual elaboró este texto, en el que cavila sobre la homonimia, el legado de Lombroso y las disecciones anatómicas:
«A la Mujer Maravilla, ícono televisivo de fines de los 70 y comienzos de nuestra infancia, no se le conoce descendencia directa y, sin embargo, su lazo mágico ha concebido, desde entonces, un sinnúmero de reivindicaciones de género y no menos imputaciones sexistas, haciendo gala, para ello, de un atuendo de traza yanqui que la moda actual sólo admite en cumpleaños de un dígito, en inventarios de pornoshop con licencia para el comercio kitsch o, cual efecto de realidad, en las emisiones de cumbia sabatinas. Tan etéreas y evidentes como el avión de esta heroína impar, dos mujeres son el vehículo inconsulto de las pasiones puestas en juego por la comunidad de hombres que puebla La comemadre. Menéndez, Jefa de Enfermeras del Sanatorio Temperley, es el mudo objeto de deseo del cuerpo médico a cargo de la institución, grupo contemporáneo de las rimas modernistas de Leopoldo Lugones y adepto, como él, a las fuerzas extrañas, la depuración de la raza y el suicidio ritual. La académica Linda Carter, en cambio, será, un siglo más tarde, apenas un año atrás de acuerdo al calendario vigente, centro de mofa y estrategia crítica de un artista plástico local con pretensiones cosmopolitas. Ambas mujeres asistirán, desde el escenario o en un palco lateral, a las metamorfosis amorosas del Doctor Quintana y del joven creador sin nombre, voces cantantes de la narración que se empeñan en mezclar el registro de sus propias mutaciones con la descripción paciente de los experimentos límites que realizan con los otros.
Quiero hacer mía la queja que la doctoranda extranjera formula a modo de presentación en la novela. Dice (y cito): “Soy una mártir de la homonimia” (97). Como recordarán, Linda Carter es, de hecho, el nombre de la actriz que encarnó a la Mujer Maravilla en la serie mencionada, pero no así –hay que subrayarlo– el otro nombre del personaje, que sigue, a pie juntillas, la lógica identitaria dual de los superhéroes: para los amigos del barrio, entusiastas del olímpico Pierre Grimal, su nombre era, simplemente, Diana. Es en esa brecha constitutiva entre nombres y cuerpos, ya advertida, desde el título mismo de la publicación, en el anuncio de la revista Caras y Caretas que da cuerda y tono a la fábula de La comemadre, que Larraquy habrá de indagar, corrosivo, los modos de construcción de toda genealogía.»
El texto completo, acá.
miércoles, diciembre 29, 2010
Para extender
Patricio Zunini fue convocado para participar de la presentación de Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribió el siguiente texto para que fuese leído durante el evento:
«Cuatro puntos para extender Los modos de ganarse la vida y un epílogo:
1. En antropología existe un término que introdujo Arnold van Gennep: liminalidad. El estado liminal podría definirse como el estado ambiguo del ser entre estados del ser. Un ejemplo: un chico de 12 años de una tribu debe atravesar por un rito para convertirse en hombre. En ese pasaje (después del antes pero antes del después) está en estado liminal. Victor Turner ha dicho que el estado de liminalidad es un estado sagrado y peligroso, y que los ritos tienen el poder para restringirlo y canalizarlo, para proteger el orden social.
2. Los cinco disparos de Mark Chapman no sólo congelaron el tiempo de Lennon y el edificio Dakota. Chapman tenía un libro en el bolsillo (después de matar a Lennon se quedó ahí leyendo): El cazador oculto. Holden Caufield se preguntaba dónde van los patos en invierno. Chapman dijo que había ido a ver a Lennon porque él tenía la respuesta.
3. Pedro y Sofía se conocen, se enamoran, se conquistan. Mientras la historia de amor se desarrolla, un video interrumpe la trama para explicar con pedagogía cómo fluyen químicamente en el cuerpo la sensaciones que produce el amor. Cuatro directores filmaron a dos actores en El amor (primera parte): Leonora Balcarce y Luciano Cáceres tienen una escena de sexo en tiempo real magistral, se diría que se están amando en cámara. El video explica científicamente que el amor dura aproximadamente dos años. La frase final de la película es desoladora.
4. “Nene, levantate que tenés que ir a la escuela. / Hombre, levantate que tenés que ir al trabajo”. Hay un libro (que no leí) que tiene un título maravilloso: Si te gustó la escuela te encantará el trabajo. También está la película fracesa: El empleo del tiempo. En todos los casos el trabajo deshumanizante. La obligación de compartir el espacio con conocidos desconocidos, gente con la que probablemente no tomaríamos ni un café.
*
La convivencia, el amor, el trabajo, la paternidad. ¿Qué marca el ingreso definitivo en la adultez? Ignacio Molina se interesa por estos temas: Luciano, un chico de 27 o 28 años que vive con su novia, es tironeado entre la vida y las obligaciones. Y mientras su pareja perdió el idilio, su mejor amigo le cuenta que con su mujer -de la que Luciano siente una atracción- comenzaron un tratamiento de fecundación asistida.
Los modos de ganarse la vida de Ignacio Molina es una novela excelente con una escritura que se compone de imágenes aparentemente simples, pero que se vuelven complejas en el todo final. Está escrita con una voz que avanza a tientas al igual que el protagonista. Tiene un cierto aire de desprolijidad que le da una potencia que rompe el texto.
Si yo fuera usted y volviera a tener 27 o 28 años y trabajara en un empleo sin futuro y viera como mi pareja se desahace y sintiera que soy un Holden Caufield tardío y creyera que ya es tiempo de hacerme hombre, no tardaría en correr a comprarla y leerla antes de año nuevo, esta época donde se suele tomar las grandes decisiones que se traicionan en enero.»
lunes, diciembre 27, 2010
Áreas léxicas
Matías Fernández lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para Hablando del asunto:
«Gracias al pedido de un amigo tuve que hacer un repaso de todos los libros que había leído a lo largo del año. Esas cosas no son fáciles. Todo lo que pasó de abril para atrás parece que fuera de otro año o década. Sin embargo después de sacar la maleza pude quedarme tranquilo diciéndole que el mejor libro que leí este año se llama Precipitaciones aisladas. Estos señalamientos suelen ser injustos, pero no este caso, por eso abrí el paraguas previamente. Se trata del mejor libro que leí. Recibí comentarios de otros tantos que parecen ser excelentes, pero el tiempo es finito, ya lo sabemos.
Precipitaciones aisladas es una novela breve (no llega a las 200 páginas) de Sebastián Martínez Daniell que sin embargo se estira como la masa de la pizza entre las manos. Napoleón Toole, el protagonista, escapa de una realidad que lo asfixia en la gran ciudad, la capital de Carasia, un país insular, ficcional e indeterminado, pero sin embargo inserto, mucho más que otros “países de novela”, en una tradición occidental. ¿Qué le pasa a Napoleón? Escapa de su mujer o más bien se toma un descanso, necesita pensar. Una familia del pueblo pesquero Limmermonk, donde llegó en tren, lo hospeda. Una madre con su hijita y un marido que, como buen pesquero, aparece de vez en cuando.
Apenas empecé a leer Precipitaciones... sentí que leía una novela decimonónica. Entendí que ese efecto está minuciosamente buscado, al repasar la contratapa. Pero eso no me decepcionó. Ese personaje, Napoleón, que no huye de otro más que de sí mismo, camina por un pueblo ferroviario que parece todo pintado con una estética steampunk delicada y literaria. Páginas más adelante, a medida que la primera impresión cede, se inmiscuyen otros colores que permiten no encasillar a la novela en la simple exposición de una escenografía.
Otro detalle que salta a la vista entre la minuciosidad y que se desprende del título es la fragmentación del libro. No me refiero a la fragmentación en el sentido (y como lugar común también) del montaje, de capítulos cortados que van y vienen narrando diferentes momentos de la vida del personaje. Estoy hablando del cultivo de diferentes áreas léxicas cuidadosamente delimitadas y al servicio de metáforas específicas. El océano, los trenes, las hormigas, cada compartimiento estanco delimita qué y cómo puede ser dicho: "Nos quedamos inmóviles un rato, esperando el cíclico diluvio, con todos mis sonares nocturnos estropeados por tanta fosforescencia. Hasta que le pregunto algo y eso basta para que ella inicie la toma del Palacio de Invierno. Su lengua coralina se despega de mi boca. Crece la tempestad intracorpórea, naufragan los bacilos entre las encías, en el oleaje de nuestra saliva. Se sublima lo sólido en lo aéreo."
Disfruté la lectura de Precipitaciones aisladas, pero también me gusta ver cómo Entropía persiste en el tiempo a pesar de ser un sello pequeño con una identidad tan marcada y homogénea, no tan solo desde el diseño de su colección, sino también en cada uno de sus autores, que a pesar de correr por caminos propios e individuales comparten un vínculo, un imaginario radio que los agrupa, en el centro.»
viernes, diciembre 24, 2010
Lo cotidiano, campo de batalla
Daniel Gigena lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y escribe para ADN Cultura.
«Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976) publicó en 2006 el volumen de cuentos Los estantes vacíos, con el cual Los modos de ganarse la vida comparte estilo narrativo y cierto repertorio temático. También es autor de los poemas de Viajemos en subte a China y de un manual sobre "culturas juveniles" titulado Tribus urbanas. En su blog Unidad Funcional, aparecen reseñas sobre sus libros, misceláneas y una singular defensa del kirchnerismo.
Dos amigos y sus parejas, Luciano y Guillermo y Cecilia y Marina, transitan casi siempre por un mismo espacio: Primera Junta, Caballito, Flores, Ramos Mejía, Caseros, el Centro. Quioscos, puestos de diarios, demasiadas pizzerías, paradas de colectivos, cuadras con luminarias descangayadas, albergues transitorios, barrios detenidos en los años setenta (la política asoma solamente en una consigna de esa época: "Libertad a los presos de Trelew") construyen un escenario que sobresale por su falta de atributos. De casa al trabajo y del trabajo a casa, surgen no obstante en esta chata topografía rodeos, desvíos, contratiempos que van desde fumarse un porro con dos desconocidos en una plaza porteña hasta sofocar una crisis amorosa con rondas urbanas. Como átomos con conciencia (y una ética elástica), los personajes van tejiendo redes que, pese a sus fisuras, configuran tarde o temprano redes de supervivencia en las que apenas se perfila el esbozo de una respuesta, una rendición o una revuelta íntima (separarse, reconciliarse, emigrar, embarazar a la novia de un amigo), en una ciudad hostil para adultos y jóvenes, solitarios y emparejados, desocupados y trabajadores.
A los personajes de Los modos de ganarse la vida se les puede achacar carecer de una estrategia vital o tener planes contradictorios, anémicos, resignados. No puede decirse lo mismo de la estrategia literaria del autor. Dividida en tres partes, en las que se operan unos desplazamientos temporales y de foco narrativo (en la primera parte y en la tercera, el narrador es Luciano, y en la segunda la perspectiva narrativa recae en Guillermo), su novela va, según las palabras de Luciano, "clasificando temas y registros". El fútbol, las chicas y la comida, además de los ritos domésticos y laborales (que incluyen sendos viajes en tren y colectivo para los que nunca hay monedas suficientes), encabezan la lista de los primeros.
Entre los registros, hay interioridades más o menos impostadas ("Muchas veces, cuando estaba solo e iba escuchando música, hacía ese tipo de actuaciones: me metía en algún papel, siempre más dramático que cómico, hasta que, al menos durante una milésima de segundo, me lo terminaba creyendo"), estereotipias verbales y un nihilismo subyacente, que definen la idiosincrasia de los jóvenes protagonistas. Seres pasivos ante los acontecimientos, parecen atentos a una segunda línea narrativa que sólo aflora en forma ocasional para cuestionar un falso consenso (el de la lealtad entre los integrantes de una pareja, por ejemplo, o el de los códigos honorables atribuidos a la amistad, que en la novela se asfixian mutuamente).
Drama de la endogamia en el que circulan y se intercambian parejas, ropa, dinero, comida, semen, modos de hablar y de comportarse, la primera novela de Molina tiene un aire de familia con las producciones de otros narradores de su generación (Félix Bruzzone, Aquiles Cristiani, Romina Paula, Iosi Havilio) en su manera simuladamente distraída o anticlimática de representar la realidad cotidiana como un campo de batalla.»
miércoles, diciembre 22, 2010
Todas las despedidas que nos habitan
Agosto, de Romina Paula, es elegido por la revista Ñ como uno de los mejores libros de ficción de 2010 y Jorgelina Núñez le dedica esta nota:
«Lo primero que llama la atención en Agosto es que la voz única de esta novela no quiere seducirnos, ni contarnos, ni invitarnos a seguirla en su viaje exterior e interior, ni hacernos creer nada. No tiene estrategias, no elige las formas, es más, se desentiende olímpicamente de nosotros los lectores. Para ella, no existimos, no hemos existido nunca.
Cuando Emilia recibe la noticia de que la familia de Andrea, su amiga de toda la vida, ha resuelto, a los cinco años de su muerte, esparcir sus cenizas en algún lugar de las afueras de Esquel, está sola y lejos, en Buenos Aires. Vive con su hermano y a medias con su novio, está haciendo lo que quería, dentro de lo que puede, se siente más o menos contenta o no, no se siente contenta para nada. Cree que cuando una decide irse de su ciudad las cosas cuestan pero valen la pena, por lo menos se saca el gusto, o las dudas, no se queda añorando lo que podría haber sido. En fin, le gusta el barrio donde vive, su novio la quiere y está más o menos bien. O no, no sabe, le parece, pero no está segura. Entonces ya ha decidido que va a asistir a esa ceremonia, que viajar es lo más oportuno, tomar distancia, ver las cosas desde allá, desde el Sur y ver también lo que ha dejado, cómo ha sido durante estos años la vida en ese lugar, sin ella.
Todas estas cavilaciones se las está contando a su amiga muerta; ella la sigue acompañando, como lo ha hecho siempre. Nosotros hemos captado ese monólogo –o esa conversación de la que falta una parte– igual que si lo estuviéramos escuchando en el colectivo. Alguien, cerca, habla por teléfono e inesperadamente quedamos capturados en el relato: queremos seguir oyendo, qué va a hacer, cómo le va a ir a la que habla. Escuchamos expectantes, aguzando el oído para no perder detalle. Así, lo que empieza como una curiosidad auditiva distanciada, porque algunos no compartimos del todo los códigos de un discurso generacionalmente muy marcado, se nos hace de inmediato familiar y nos metemos de lleno en esa historia pequeña, de la que ya no deseamos salir.
La escritura de Romina Paula da vida a una intimidad indirecta, porque está contada para nadie o, mejor, para adentro, como esos diálogos con nosotros mismos en los que imaginamos lo que el otro nos diría y en los que no rige principio de contradicción ni censura alguna. Y es visceralmente creíble: está hecha de dudas, de penas, de euforias pasajeras y de chicanas para consigo misma y los demás. Con una sonrisa, pega fuerte y no perdona.
Los diálogos que se intercalan son pocos, pero casi siempre suenan perfectos. Intrigantes, hay un conjunto de escenas autónomas que hablan del mal. Refieren episodios truculentos de la vida real que la narradora cuenta como si dijera: todo esto pasa, incluso esta violencia condensada a la que pongo afuera para que no me envenene.
Pero lo que predomina es la melancolía que pesa como una mochila de la que no se decide a desprenderse. No se deriva de muerte de la amiga, aunque la ceremonia fúnebre merece algunas de las mejores páginas (“Me emocioné, no lo niego, sobre todo ahí en el puente, como había propuesto el tema del lanzamiento, de esparcirte en caída libre, y tenía la imagen de la china cayendo entre nubes, no pude evitar conmoverme, pero fue tanto que no lloré. Supongo que hubiese sido cursi llorar, redundante. Propongo la ceremonia y después me deshago en lágrimas, con tus padres ahí, no quedaba bien. (…) no nos movimos mientras duró el descenso, la evaporación, no sé cómo llamarlo, aquello, nos quedamos un ratito más así, el viento era terrible, filoso, pegaba en la nuca, pero yo llevaba capucha. Hasta que tu hermana dijo que nos fuéramos, que se estaba cagando de frío…”).
La melancolía proviene de otro lugar, de las pequeñas muertes cotidianas que la protagonista registra y en las que nos reconocemos, lo que ha quedado en otro tiempo y otro lugar y ya no está: la vida en familia, los amigos de la adolescencia, un amor que hizo su vida sin nosotros. Porque habla con la voz de toda una generación sin asumir su representación, porque atrapa como un policial, porque sin buscarlo nos interpela y nos somete a su temblor y porque abre las puertas a un modo distinto de narrar, hay que leer Agosto.»
lunes, diciembre 20, 2010
Para quedarse un rato más
Paula Tomassoni lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para Bazar americano cosas como éstas:
«De todos los diálogos posibles entre un lector y una novela, el más incómodo es aquél en el que se pretende dar, justamente, comodidad: el narrador que explica, que allana, que programa ordenar la sintaxis con sintaxis. En la otra punta estaría el escritor que deja esa incomodidad al lector. Y ese (éste) diálogo es el mejor de los posibles: un libro que convoca desde la inteligencia, la sensibilidad, la experiencia. No es sorprendente que su autor, Sebastián Martínez Daniell, tenga esas consideraciones hacia el lector. Él es un lector, o, para pensar antropológicamente, él quiere que se sepa (se crea) que es un lector.»
«Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Evolucionemos: nada de esto hace hoy a un hombre. Para serlo, hay que crear un mundo. Un mundo total, con su geografía, su clima, su sistema económico. Con las crisis psicológicas recurrentes en sus habitantes, su fauna alterada por la mano humana, sus costumbres alimenticias. Macondo, Santa María, Comala. Ciudades legendarias construidas con palabras, que parecen escondidas en algún punto interior del territorio conocido. Carasia (el país en Precipitaciones aisladas) es el exterior, lo otro, aquello. Una isla cuyo mar determina la existencia de sus habitantes (...) En Carasia hay una Historia (que Vera está escribiendo en un Manual escolar), con una Guerra de Secesión, que enfrentó al Norte y al Sur por la redistribución de los tributos federales. En Carasia hay música y un idioma. En Carasia hay una fauna, un gentilicio, un periódico. Y un estado climático que a veces llega a ser casi un personaje, y recurrentemente está explicado con tecnicismos y minuciosidad.»
«Es a través de esos intersticios y de los análisis y conclusiones del narrador desde donde se compone su punto de vista, que no es, en este caso, simplemente una figura retórica. El punto de vista Toole es un modo de leer el mundo, de interpretarlo para vivirlo. Es un abrir constante de puertas que, riéndose de las líneas de tiempo y espacio, conectan todos los potenciales. Carasia no es un mundo inventado, sino un mundo literario, es decir, que abre a quienes lo leen la visión de otros mundos tampoco fotografiables. Y eso gracias a un autor generoso que confía en sus lectores. Precipitaciones aisladas es uno de esos libros a los que se entra para quedarse un rato más. Quedamos a la espera, entonces, de las nuevas creaciones de Martínez Daniell.»
La reseña completa, acá.
jueves, diciembre 16, 2010
lunes, diciembre 13, 2010
Los modos de presentar una novela

Y ahora, aquí arriba dice:
Editorial Entropía invita a la presentación de Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina.
Hablan: Elsa Drucaroff, Patricio Zunini y el autor.
Miércoles 15/12, 19 hs.
Librería Eterna Cadencia, Honduras 5574.
martes, diciembre 07, 2010
La comemadre, en sociedad
jueves, diciembre 02, 2010
Una búsqueda hacia el no lugar
Emi Rodríguez lee ¿Vos me querés a mí? y Agosto, de Romina Paula, y escribe para la Asociación Amigos del Kraken cosas como éstas:
«¿Vos me querés a mi? me posicionó –como lector- en un lugar diferente en relación al recorrido que venía transitando en la literatura argentina contemporánea. Fue una lectura explosiva, en voz alta, de mil sentadas; se produjo un encuentro entre lo femenino (expresado en una puesta en escena cercana a lo teatral, cargada su escritura de una oralidad punzante, viva) y mi subjetividad (una subjetividad que debe entenderse como un depósito cargado/atravesado de discursos femeninos, virginales, juveniles y sexuales). El éxito, por supuesto, fue producto del proceso de identificación. Su escritura me planteó la posibilidad de estar en frente a una política (ética) de lo femenino, una política que, lejos de confirmar la esencia enigmática de la mujer, se propuso deslindar, depurar y revelar aquella esencia. La novela se construye en base a un lenguaje que se apropia de los registros informales, es –como leí en una reseña crítica- la maga de la oralidad.»
«Agosto se podría definir como una gran carta confesionaria (y, paradójicamente, un gran monólogo interno), escrita en una introspectiva primera persona (Emilia), cuyo destinatario es su amiga ya difunta de hace 5 años (Andrea). Logrando una exquisita profundidad afectiva, Agosto despliega un lenguaje polifónico (Bajtín) que nos hace rememorar a ciertos pasajes de las novelas de Puig. Agosto se cuenta desde la perspectiva/voz de Emilia. Por otro lado, Romina Paula, antes que escritora, fue y es persona de teatro; una dramaturga con gran crédito editorial, que supo y sabe apropiarse de los registros orales y traspolarlos a sus diálogos ficcionales. No podemos pasar por alto este dato, porque si nos peguntáramos por las influencias que atraviesan su escritura, considerar a Puig y al tratamiento formal del lenguaje teatral no sería descabellado.»
El texto completo, acá.
lunes, noviembre 29, 2010
Festival de Gijón
La película argentina Invernadero, de Gonzalo Castro, se llevó el premio al mejor film de no-ficción del Festival de Cine de Gijón, España, que concluyó el sábado.
viernes, noviembre 26, 2010
Moderno por oposición
Patricio Zunini lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y entrevista al autor para el blog de Eterna Cadencia:
«En algún momento de la entrevista, cuando se arriesgue sobre las influencias en sus novelas, Sebastián Martínez Daniell disparará:
-Voy a aprovechar para despotricar contra algo que me gusta despotricar. Fijate que charlamos diez minutos y los dos escritores argentinos que mencionamos fueron Aira y Saer. Mis lecturas son muy desordenadas. De Saer he leído poco y de Aira sólo cuatro libros (dos me parecieron excelentes, uno me pareció un logrado ejercicio y otro no me gustó para nada; tengo una relación libro por libro). Hay cierta vagancia de la crítica literaria argentina en tratar de buscar las referencias en el entorno inmediato de acuerdo a un canon más o menos establecido. Una incapacidad para ver más allá de lo que está más a mano. Se agarra un libro de literatura actual argentina y se pregunta a quién se parece: a Aira, a Saer o a Piglia. Supongo que lo mismo le pasaría a esa generación respecto de los clásicos de los ‘50. Pero a esta altura, luego de la oleada de libros importados en los ‘90, me parece un poco difícil tratar que la genealogía se limite sólo a la literatura argentina.
Martínez Daniell, como sus personajes, intenta rechazar los clichés. Editor de Entropía, acaba de publicar por ese sello Precipitaciones aisladas, su segunda y esperada novela luego de un salto de seis años desde la aparición de Semana. Con un estilo particular entre erudito y anacrónico que resulta moderno por oposición, Precipitaciones aisladas sitúa la acción en una improbable isla en el Atlántico Norte llamada Carasia. Allí Napoleón Toole, un metereólogo que admira a los egiptólogos, intenta comprender la crisis que atraviesa con su mujer, tomándose unos días de licencia en la ciudad donde sus padres dicen haberlo concebido. A partir de ese viaje que lo conecta con el pasado, Napoleón avanza hacia la búsqueda de su futuro.»
La entrevista completa, acá.
miércoles, noviembre 24, 2010
Lento viaje a la vida
Sebastián Basualdo lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y la reseña para Radar Libros:
Si bien Los modos de ganarse la vida es la primera novela de Ignacio Molina, los notables cuentos que integraron Los estantes vacíos (Entropía, 2006) ya daban muestras de que nos encontrábamos frente a un narrador cuyo dominio en la técnica narrativa excedía los parámetros del realismo minimalista, logrando una vuelta de tuerca al género y sobre todo a sus limitaciones. Una vez más, el escritor nacido en Bahía Blanca retoma esas descripciones íntimas y minuciosas, pero esta vez desde la perspectiva de un joven cuya relación con la realidad parece un inventario preciso de todo aquello que conforma su cotidianidad y que, llevado al límite, se convierte inevitablemente en una gran metáfora de la sensación de soledad que provoca vivir en un mundo vulnerable que cambia pero mucho más lentamente que en la vida real (por ejemplo, en la novela los cassettes conviven aún con Internet), a finales de una década, con una adolescencia tardía a cuestas y un sentido de la vida adulta todavía desdibujado por una ciudadanía que no se reconoce ni en lo político ni en los valores propios de una sociedad de consumo.
“Después, en orden no cronológico, cociné y almorcé un omelet, fumé un cigarrillo de marihuana que guardaba desde hacía cuatro meses en un cajón, dejé los cubiertos en la pileta de lavar y me encerré en el baño, con la luz apagada y bajo la lluvia tibia, durante unos cuarenta minutos”, dirá Luciano, personaje principal de una novela que podría definirse como la extensa letanía del no decir.
Aquí está el secreto de Ignacio Molina: concentrarse en lo no dicho. Priorizar lo secundario para esconder, muy por debajo, lo importante y hacer de Los modos de ganarse la vida una gran amalgama de historias que no buscan una resolución sino perpetuarse como experiencia. En apariencia trivial y cargadas de lugares comunes, es cierto; pero es deliberado, se trata aquí de extrañar situaciones que resultan próximas y familiares. Luciano, un joven de veintisiete años que vive con Cecilia, su novia, está sumergido en la cotidianidad y en la repetición de los días cargados de obligaciones, tareas y recuerdos, hasta que, en un determinado momento, todo se desbarata internamente para nuestro joven protagonista y, como recordando al Mersault de Camus, el tiempo se torna extraño y ajeno, incluso el amor, o sobre todo el amor y el deseo, quizá la amistad, el sentido de la lealtad y los códigos de un muchacho de barrio. “Aunque sabíamos que el almacén no quedaba lejos, Cecilia y Guillermo volvieron antes de lo que esperábamos. Por detrás de la música y de la respiración de Marina oí el chirrido de la puerta de calle. Al sentir las voces cada vez más cerca, ella fue a encerrarse en el baño. Yo tuve que hacer un esfuerzo para acomodarme los pantalones, y, antes de girar la llave, me tomé de un solo trago lo que quedaba en el vaso.” La vida sin luchas resulta trivial.
Dividida en tres partes, con un interesante cambio de perspectiva en el abordaje de los personajes, por medio de una prosa depurada y sin rodeos, Ignacio Molina ha escrito una novela donde cada detalle se sustenta a sí mismo como una constelación. Que el título no nos confunda: ganarse la vida no siempre tiene relación directa con ganar dinero. A veces ganarse la vida quiere decir otra cosa, y el mero hecho de levantarse cada mañana lo estaría justificando.
lunes, noviembre 22, 2010
Un réquiem de cámara
El autor de Deshecho en Buenos Aires lee Requena, de Alejandro García Schnetzer, y escribe en su blog:
«Requena es una interpretación, un arreglo musical, una partitura sobre una obra ya escrita. Esto no debe leerse como un ataque a la originalidad. Más bien lo contrario, es una revisita, una relectura. En estos tiempos nos queda el arte de la Conquista, nada más: construir un templo, con una nueva religión donde supo habitar otro, con otros dioses y otros rituales. Nuestro arte, por eso es bestial y emancipador. Viene en nombre de las buenas cosas a destruir las que otros consideraban, a su vez, del mismo modo y con igual derecho, buenas y justas. Volviendo. Como pieza musical viene a componer un réquiem de cámara, fragmentario. Quiere sumarse a un canon de obras elegiáticas, aquellas que buscan robarle algo a la muerte, como en la música se hace un impasse para robar un tiempo a la consecutio de las notas, así el final de este libro: “Como una hora esperamos en silencio tras la puerta... Hicimos callar a los vecinos para escuchar. Transcribo lo que llegamos a entender...” Así finaliza Requena cuando el nombre propio, se lleva desde su lecho de muerte, la experiencia de un sacerdote anarquista al más allá. Sus deudos, jóvenes para nada pervertidos por este socrático porteño, empiezan a escribir lo que llegan a entender.»
El artículo completo, acá.
jueves, noviembre 18, 2010
Una novela sobre la lluvia
Juan Terranova lee Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y escribe para HiperCrítico:
«Cuando ya cansa de parte de la crítica el largo, tedioso y fraudulento ritornello “una obra que parece salida de otra parte”, o una “obra que surge de la nada”, Precipitaciones aisladas muestra cierta originalidad, cierta placidez y confianza en entregarse a senderos narrativos poco transitados. Sin embargo, hay gestos reconocibles en los que puede rastrearse la influencia pesada de César Aira y de los diferentes escalones de su progenie (por usar una palabra solidaria al léxico de Martínez Daniell). Sin embargo, lo más sólido de la novela surge cuando se narra, con las herramientas básicas del realismo, situaciones raras, tensiones cotidianas que no por serlo se escuchan como menos ominosa. También hay algo de Leopold Bloom en este Napoléon Toole pasado por agua, en su construcción de personaje perplejo frente al mundo, su extravío, la ciudad que recorre y sus momentos de epifanías resignadas. En su apellido se esconde el tragicómico autor de La conjura de los necios. Lo cual no me impide preferir otra alusión. La irónica, velada apenas por una letra “e” final, a la herramienta genérica, verbo o sustantivo, símbolo de un pragmatismo del que Napoleón carece.
El campo intelectual argentino atraviesa un momento de inseguridad donde su sensibilidad primera resulta más afín a los gestos miserabilistas de autores populacheros antes que populistas. Es probable, entonces, que prescinda de atravesar la complejidad de Precipitaciones aisladas –no tan compleja después de todo–. Para los que se tomen el tiempo de hacerlo, y más aun para los que pueden disfrutar de empáticas arbitrariedades y sutiles lapsos de extrañamiento, la experiencia resultará muy gratificante.»
La reseña completa, acá.
martes, noviembre 16, 2010
Molina TV
Osvaldo Quiroga lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y lo recomienda en su columna de Con sentido público:
viernes, noviembre 12, 2010
Sábado feria de editoriales independientes en lo de Garamona
Dice Garamona:
Vuelve ¡La sensación!
Amigos, este sábado 13 de Noviembre, a partir de las 18:00 hs.
Feria de editoriales independientes en la librería La Internacional Argentina.
El Salvador 4199, esquina Gascón.
Poesía y ficción, novelitas y novelones, poemas río y haykus arroyuelos,
relatos, literatura del yo y de los otros.
insensatez, sentimientos, guerrillas literarias, escuadrones tira bombas
y muchoooo más.
Ah y también las mejores ofertas del ramo (de rosas) editorial.
Los esperamos.
Va flyer adjunto.
Se agradece la difusión
Saludos
Francisco Garamona
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martes, noviembre 09, 2010
Autoras ejemplares
Patricia Somoza, de ADN Cultura, le pregunta a Josefina Ludmer:
-Usted ha vinculado los tonos antinacionales de ciertas escrituras latinoamericanas (Fernando Vallejo, Horacio Castellanos Moya, Diogo Mainardi) con el momento de las desnacionalizaciones o privatizaciones. ¿Hay escrituras, voces o tonos vinculados con el momento actual, en el que estaríamos asistiendo a una suerte de reformulación del Estado o la nación?
-Veo un cambio en relación con las identidades en la literatura. La postulación de las identidades nacionales (lo argentino, lo mexicano), tan claras en los años 60 y en los clásicos latinoamericanos, desaparece, y en cambio aparecen identidades locales, del barrio, de la ciudad. Pienso en textos muy actuales: Agosto, de Romina Paula, cuenta un viaje al interior, pero no se trata de lo nacional sino de la relación íntima con otro lugar; en Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, está el mundo de la facultad. Siempre son identidades locales. O identidades gay, feministas, que no son nacionales, son globales.
La entrevista completa, acá.
lunes, noviembre 08, 2010
martes, octubre 26, 2010
La decapitación
Javier Martínez lee Mishima o la visión del vacío, de Marguerite Yourcenar, y Biografía ilustrada de Mishima, de Mario Bellatin, y escribe para Esto no es una revista, cosas como éstas:
«En el modo ficcional elegido por Bellatin, el vacío es, también, uno de los puntos en los que se anuda el relato. Y ya no tiene que ver con el suicido ritual sino con su consecuencia: el vacío que la decapitación ha dejado sobre sus hombros, falta que es marca y que el espectro tratará de poblar con sucedáneos de la cabeza perdida; siempre fallados, siempre fallidos.»
«Ese sentido del honor, del compromiso, es el que, en la vida real de Mishima, llevó a Morita a ser el ejecutor de su decapitación, fallando tantas veces que cedió su lugar a otro de los adláteres del escritor devenido general de un ejército paralelo. Parecen ser esas fallas, ese contínuo errar y sus consecuencias lo que construye la pregunta recurrente del espectro: pregunta que insiste en hacerse presente: “¿Qué clase de espanto ha sido capaz de generar una escritura semejante?”.»
La nota completa, acá.
martes, octubre 19, 2010
Neurosis y deshonestidad
Patricio Zunini lee Los modos de ganarse la vida, de Ignacio Molina, y lo entrevista para el blog de Eterna Cadencia:
La convivencia, el amor, la paternidad: qué marca el ingreso definitivo en la adultez. Ignacio Molina se interesa por estos temas en su primera novela, Los modos de ganarse la vida (Ed. Entropía) con una escritura que se compone de imágenes aparentemente simples, pero que se vuelven complejas en el todo final. Luciano, un joven de 27 o 28 años que vive con su novia, es tironeado entre la vida y las obligaciones. Y mientras su pareja perdió el idilio, su mejor amigo le cuenta que con su mujer -de la que Luciano siente una atracción- comenzaron un tratamiento de fecundación asistida.
Los personajes tienen unos 27, 28 años. ¿Qué te interesó de esa edad?
Es una edad interesante, como etapa de transición. La gente a esas edades está empezando a vivir una vida más adulta, proyectándola o ingresando a ella pero todavía sin poder verla plenamente. Sobre todo cuando todavía no son padres y pertenecen al sector de la clase media que retrata la novela.
¿Cuánto le debe Luciano, el protagonista, a Holden Caufield?
Nunca me lo había preguntado, pero creo que es cierto que es una novela de iniciación. Me parece que algo bueno de los personajes de mis novelas y mis relatos es que, tengan la edad que tengan, siempre están en la búsqueda de algo.
¿Le prestaste muchas neurosis a Luciano?
Sí. Pero creo que mi neurosis o la de Luciano no se alejan demasiado de la neurosis que todo el mundo tiene. Lo que pasa es que, tal vez, narradas en una novela esas neurosis resultan más extrañas, pero me parece que todas las personas tienen un alto grado de neurosis, aunque no sean tan conscientes de eso. Luciano, por ejemplo, está sentado en un banco de una estación, su novia ya subió al tren y él piensa “no me voy a levantar hasta que alguien no se siente al lado mío”. No tiene mucho sentido eso que se plantea, pero no creo que sea el único que piensa en ese tipo de boludeces. Yo pierdo mucho tiempo en esas cosas, pero por suerte las puedo usar para algo. Supongo que, de alguna manera, escribo para descargar la neurosis.
¿Es una novela melancólica?
Me lo han señalado muchos lectores, a veces casi como una crítica: “¿por qué tiene que ser tan melancólica?” Y yo tengo un conflicto con eso, porque no la pensé de esa manera y cuando la leo tampoco la veo tan así. Tal vez yo tenga un espíritu bastante melancólico y eso se cuele de alguna forma en lo que escribo, pero no es algo consciente. No creo que en la novela haya más tristeza o melancolía que la que hay en la vida cotidiana. A mí me obsesionan mucho el pasado y la historia de las cosas. Eso, sin dudas, está indefectiblemente vinculado con la melancolía. Y por lo visto se ve reflejado en lo que escribo. Pero creo que si me propusiera escribir algo melancólico, no me saldría nada.
La novela atraviesa diferentes relaciones de parejas. ¿Qué pensás de la pareja?
¡Uh! La pareja es la relación más deshonesta que existe. En una amistad hay honestidad, en una relación familiar hay honestidad: son relaciones fundadas en eso. Pero en una pareja lo último que hay es honestidad. Y se me hace un problema insalvable, sin solución. ¿Cómo se explica que alguien te parezca el mejor del mundo mientras te siga queriendo, pero cuando deja de hacerlo se transforma en el peor? ¿Qué clase de amor es ese? No me entra en la cabeza que dos personas se vean uno, dos o diez años, y que de un día para otro pasen a ser extraños. Si uno lo piensa fríamente, no sólo es doloroso sino que es hasta absurdo. La persona que fue la más importante en tu vida pasa a ser indiferente o despreciada. Es muy doloroso. No te voy a decir que prefiero la amistad a la pareja, uno tiene que seguir sus impulsos, pero sí sé que la amistad es un tipo de relación en donde hay más sinceridad que la pareja. Y todo esto no lo digo en base a experiencias propias; es lo que veo que sucede en general.
Otro tema que suele aparecer en tus textos, y de hecho aquí aparece, es la paternidad. ¿Cómo lo vivís?
Yo trato de no ser muy explícito y no trasladar las cosas que me conmueven a mí directamente a lo que escribo, salvo en los poemas que sí pueden ser más autorreferenciales. No escribo sobre la paternidad por el hecho de ser padre: en esta novela, por la tipología y por la edad que tienen, los personajes se enfrentan a esas situaciones. No es algo que yo les imponga. En los poemas sí me expongo más, también en ciertas cosas que publico en el blog o en un próximo libro que va a salir por 17 grises, cuyo título tentativo es Literatura del yo. Ahí sí hablo de mí, son textos autobiográficos y lo hago con impunidad. Pero no en las novelas. Por ejemplo, yo soy de Bahía Blanca, pero ni en Los estantes vacíos ni en Los modos de ganarse la vida nombro a la ciudad. En Los estantes sólo aparece mencionada como el nombre de una calle en Floresta. Siempre intento poner un poco de distancia. Creo que, si para algunos lectores esta novela tiene un dejo melancólico, si yo escribiera cosas más estrechamente vinculadas a lo que me pasa los textos ya saldrían inverosímilmente melancólicos.
Pero, ¿te da dolor escribir?
Al contrario: lo mitiga. El dolor en cierta forma es un motor para la escritura. Escribir no me provoca dolor; a lo sumo me puedo irritar o malhumorar cuando algo no me sale… Si no fuera por la escritura, el dolor en mi vida estaría mucho más en primer plano.
martes, octubre 12, 2010
Topografía contemporánea
Sonia Budassi lee Hélice, de Gonzalo Castro, y escribe para Bazar americano cosas como éstas:
«El texto puede pensarse, también, como una topografía –a veces sólida, a veces esquiva– que explora con pasión entomóloga la atmósfera de resignada y suave incertidumbre en la que se mueve el narrador. Hay que aclarar que Hélice, a priori, asume la diáfana inestabilidad como condición necesaria y produce, como contrapartida, un lenguaje propio, que materializa una búsqueda permanente, exploratoria y, si vale el término, exitosa. Es ese trabajo sobre el entramado de sentido lo que le da al texto una rugosidad tangible, penetrante, que nos sumerge en un mundo posible de entidad orgánica: emprender la lectura será como entrar a un lugar con luz y presión propias, en el que pueden reconocerse signos de lo conocido desde un rincón esmerilado. Admitido este valor, estructurante de todas las capas, la hipótesis topográfica se apoya en la vocación exploratoria de paisajes subjetivos y materiales. Si el narrador sólo puede descansar en la seguridad de proyectos laborales que imponen reglas, pasos a seguir, rutinas, instrucciones utilitarias y finalidades concretas bajo el rótulo de objetivos a alcanzar, el resto de los marcos simbólicos y relacionales son difusos, y necesitarán de un tanteo que les de forma, interpretación; sentido.»
«Hélice trabaja –incluidas las referencias a la terapia psicológica a la que el protagonista acude para explayarse y tomarla en sorna– sobre la irreversibilidad de la experiencia, la biografía y los códigos que incorpora cada personaje y que configuran la propia condena. Sobre el final, en un flashback delicioso en el que asistimos a una escena cotidiana entre el narrador y su padre, leemos: “Pienso ahora, o pensaba entonces, que cocinar, y construir, son las más sofisticadas tareas naturales”. Algo así podría señalarse sobre el procedimiento de la novela, que bajo un lenguaje que actúa como regente, adopta pizcas de varios géneros –la intriga no es ajena a Hélice, tampoco el melodrama- para dar forma a una materia que problematiza la configuración de su propia superficie, es decir, de la novela en sí.»
La reseña completa, acá.
jueves, octubre 07, 2010
Meteorología y logística
Así, con un dejo melancólico, Precipitaciones aisladas, la segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, ha finalizado su Via Crucis por imprentas y encuadernadoras. Y, con quiméricas esperanzas, se lanza raudamente hacia los anaqueles de las librerías.
miércoles, octubre 06, 2010
Avalos Blacha, leído
Nos dicen que:
Leandro Avalos Blacha, autor de Berazachussetts, interviene en las Veladas Noveladas, dentro del Ciclo de novela inconclusa e inédita.
Fombona lee Ávalos Blacha.
Ávalos Blacha lee Fombona.
Cabezón Cámara lee Guinot.
Guinot lee Cabezón Cámara.
Ameniza: Rojo Estambul.
Presentan: Juan Marcos Almada & Patricio Eleisegui.
Cuándo: jueves 7 de octubre. En qué momento del día: 21.30 horas.
Dónde: El Arte de Fluir. Olleros 3804 (y Rosetti).
viernes, octubre 01, 2010
Caballo en llamas
Las amigas de Sur de Babel han remozado su interfase virtual y, para relanzarla, procedieron a la publicación de un cuento inédito de nuestro Diego Muzzio, intitulado "Caballo en llamas". Ahí mismo se puede acceder a la lectura de dos relatos breves escritos por Federico Levín y Samantha Schweblin.
Id. Leed hasta la afasia.




