Silvina Friera lee Andrade, de Alejandro García Schnetzer, y entrevista al autor para Página 12:
«–En Andrade perdura su interés por cierto tiempo de Buenos Aires, por el habla de una época que se percibe en palabras o frases como “espichó”, “me tenés patilludo”, “no manyaba” y “campeó la mishiadura” por mencionar algunas en ese inventario en el que recrea un lenguaje, una manera de hablar que son como “sombras errantes”. ¿De dónde viene este interés, que también estaba en Requena , esa especie de nostalgia por los tiempos idos de la lengua?
–Listadas así parecen el vocabulario del hampa (risas). Pero esas palabras las siento cercanas, están en los libros que leo, en la música que conozco, en la charla con algunos amigos, personas de cierta edad y buen decir. Y no sólo esas voces, oraciones enteras, diría; expresiones que son justas y que no tienen reemplazo.
–¿Tiene en su biblioteca algunos de los libros que se mencionan en Andrade, como El casamiento de Laucha, Los caranchos de la Florida y Juan Moreira? Esos libros, ¿están minuciosamente subrayados como Memorias de un vigilante, de Fray Mocho, uno de sus preferidos?
–Claro que están; son obras de referencia, de gran importancia para mí. Ahora bien, esa literatura, leída y memorizada, daña el pensamiento, como si proyectara en uno mismo los ácaros que la roen. No parece ser muy recomendable. La mayor parte de los subrayados destacan expresiones, razonamientos oscuros, que hacen aportes a la desesperación. Pienso en el final de Sin rumbo, de Cambaceres, o ese pasaje de Manuel Gálvez donde Monsalvat recibe cuatro anónimos: “En uno le recordaban que era hijo natural y aludían groseramente a su madre; en otro escupíanle que se había entregado a la mala vida, vivía de las mujeres y era anarquista. Los dos restantes le vaticinaban el manicomio”. Bajo un punto de vista menos literal, el barro de la desesperación puede ser la lentitud y la inconsistencia. Mientras leía las novelas de Richardson, dijo Johnson que sentía ganas de ahorcarse.
–Es curioso el efecto que genera el “esplín” de Andrade. Al integrar a la novela el poema de Tomás de Iriarte, un poeta de la ilustración española, ¿se podría inscribir el ADN de ciertas letras de tango, de cierta nostalgia de la época, de los ’40, como algo más remoto que ya fue registrado en el siglo XVIII y quizá antes?
–Sí, Iriarte en el tango, como también están Bécquer y Lupercio de Argensola. Y no sólo en el tango, diría. Hay un verso de Lope de Vega que dice: “No hay cuchillo como el propio amigo”, lo escribió hacia el 1600... ya anuncia la gauchesca. Hidalgo y Ascasubi seguro lo conocieron.
–Otro detalle de la novela tiene que ver con una escena en la que una madre pregunta por su hijo. A diferencia de Requena, en Andrade se despliega, siempre oblicuamente, lo político. ¿Por qué inscribir a las Madres de Plaza de Mayo en febrero de 1940?
–La muerte es uno de los temas del libro y la política ha sido su principal benefactora a lo largo de la historia. Creo que ése pudo ser el fundamento de la confesión de Byron: “He simplificado mis opiniones políticas, detesto a todos los gobiernos”. De ahí a pedir que se vayan todos hay doscientos años, o más bien un paso solo.»
La entrevista completa, acá.
viernes, marzo 16, 2012
El vocabulario del hampa
miércoles, marzo 14, 2012
La clase media salva a la Argentina
Matías Raia lee La comemadre, de Roque Larraquy, y escribe para Golosina caníbal cosas como éstas:
«Si "la clase media salva a la Argentina", en La comemadre, la clase media encarna, al menos, dos figuras en 1907 y en 2009: la figura del médico positivista-paranoico y la del artista espectacularizado. Ambas figuras históricas muestran inflexiones intimistas en sus relatos, el diario y la carta, reflexionan en torno del cuerpo y el poder y muestran una debilidad patética de un yo en crisis. Roque Larraquy acierta en proponer esta estructura, en el tono que alcanza con cada figura y en los personajes secundarios que acompañan ambas historias de vida: Papini y sus elucubraciones paranoicas; Sebastián, el chongo fotosensible; etc.»
«Un último interrogante: entre las dos generaciones que encarnan las figuras, entre Quintana y el artista, hay un hiato. Me pregunto qué propuesta traía esa generación ausente, qué otra salida entre la medicalización del cuerpo social y la espectacularización de las formas de vida venía a proponer esa clase media ausente.»
La reseña completa, acá.
lunes, marzo 12, 2012
Escrituras incandescentes
Daniel Gigena lee Partida de nacimiento, de Virginia Cosin, y Los años que vive un gato, de Violeta Gorodischer, y escribe para el suplemento ADN:
«La protagonista de Partida de nacimiento, de Virginia Cosin (Caracas, 1973), tiene mayor conciencia, circunstancial y verbal, sobre la realidad que padece. Madre de una niña, separada, en duelo no sólo por la juventud terminada sino también por el abandono, expresa el desconcierto ante su maternidad ("¿en qué momento?, ¿cuándo sucedió?") y algo "con respecto a la soledad, al tiempo y al dolor". 95 fragmentos, en su mayoría narrativos (también hay breves poemas, y una forma híbrida entre el poema y la nota rápida), testimonian la vida de una periodista free lance en una Buenos Aires donde las pesadillas conviven con la realidad en un presente insomne. La lengua de la narradora no es inocente; filosa, traza los límites entre una voz y otra, aunque imite la cháchara ajena. Etnógrafa de la interioridad, registra con frases irreprochables los desechos de su historia personal. De nuevo la infancia, esta vez figurada en el personaje de su hija, asume la luminosidad (pero también lo más pulsional) del relato: "Má, ¿cómo es que se les dice a las personas que no tienen casa y duermen en la calle? ¿Solteras?". El texto de Cosin, digno heredero de La pasión según G. H., de Clarice Lispector, también encuentra en el cuerpo un signo inequívoco de lectura, y con él, su modernidad apremiante: "El cuerpo puede lo que nosotras no". En esa primera persona del plural se juega una filiación y una toma de distancia sobre lo que nace y lo que desaparece con la escritura.»
La nota completa, acá.
viernes, marzo 09, 2012
Gelman dixit
Juan Gelman lee Andrade, de Alejandro García Schnetzer, y escribe un texto breve, del cual, a la postre, se termina desprendiendo el contenido de la contratapa. El escrito, completo, a continuación:
«A modo de arrimo
¿Y esto? ¿Es una novela corta, como las Ejemplares de Cervantes? ¿Es un cuento largo, como Bola de sebo de Maupassant? ¿Es una nouvelle, palabra que inventaron los franceses adictos a la medición de un escrito por número de páginas? Andrade escapa a cualquier magnitud. Es Andrade nomás, una narración que excede su propia narrativa por todo lo que pone en juego a partir de un hombre que no consigue convencer a la mujer que amó de que está muerta.
Las aventuras del relato son insólitas: minihistorias dentro de la historia no subordinadas a la trama central, sino como sucesos que la callan y alimentan; citas filosóficas de autores del siglo XVI o XVIII, títulos inventados de libros que no se escribieron; versos de Le Pera y de Iriarte, del Martín Fierro y Juan Moreira en boca de los personajes, que entran sin comillas y como anillo al dedo de cada situación; mezcla de palabras que juntan “hundióse”, “no campeó la mishiadura”, el “canotier” que expiró con Maurice Chevalier, y un hablar porteño que dedica altisonancias a decires corrientes: “se me agarrotan las cervicales”, sí. ¿Qué muestra esta fábrica de hallazgos, sino los agujeros, los olvidos y los límites de la lengua?
Y no falta la referencia a la argentinidad, al llamado ser nacional, a “nuestra común condición rastacuera, mitad hija de Europa, mitad hija de la campaña”, dice un lector en procura de la obra que explique a fondo el tema. El librero le pregunta si está buscando El manuscrito Voynich, escrito por un autor anónimo en el año 1404 en un idioma incomprensible de alfabeto desconocido que viene rompiendo en vano la cabeza de sus descifradores. La mención nada tiene de casual.
Es que el verdadero protagonista de Andrade no es Andrade, es el lenguaje. El autor le descubre una arquitectura propia de la que brota la ironía como agua de manantial, una ironía que es pariente íntima del humor, afilada y a la vez compasiva, y hermoseante porque logra que alguien pinte de verde las alas de un gorrión. Nadie se llame a engaño: bajo el relato explícito subyacen otros, tristezas conmovedoras de la pérdida, guiños literarios de gran comicidad, reflexiones y preguntas sobre el ser humano y el mundo, los tiempos del pasado que modifican el presente que lo modificó, presagios de un futuro que fue. Alejandro García Schnetzer logra que el dolor sonría, con una finura de estilo que alcanza lo que Juan María Gutiérrez persiguió toda su vida: la difícil sencillez.»
viernes, marzo 02, 2012
Miércoles: Andrade
Editorial Entropía invita a la presentación de Andrade, de Alejandro García Schnetzer.
martes, febrero 28, 2012
La materialidad poética
Carolina Esses hace para la revista Ñ un repaso por algunos de los libros sobre poesía publicados en los últimos tiempos. Menciona "ese ejercicio barroco y genial que es El tesoro de la lengua, de Ariel Schettini" y luego profundiza sobre Caligrafía tonal, de Ana Porrúa:
«¿Y la crítica académica, esa que circula en seminarios, congresos, aulas universitarias? ¿Cómo lee poesía? Caligrafía tonal (Entropía, 2011) de Ana Porrúa –docente en la Universidad Nacional de Mar del Plata, investigadora de CONICET y poeta– es un ejemplo de crítica rigurosa y exhaustiva. A partir de la idea de caligrafía oriental y tomando la idea de “scripción” de Roland Barthes, Porrúa propone “leer caligrafías, leer tonos, leer la forma”. Es decir: leer la modulación de un trazo, la inclinación de una pincelada, el impacto del movimiento en el poema. La imagen es ilustrativa, bella; se detiene en el texto –sus procedimientos–, pero también en la mano que presiona o levanta el lápiz de la hoja, “el neobarroco carga las tintas y superpone trazos”, dirá, “los llamados objetivistas argentinos deslindan los trazos, se oponen a la mezcla, trabajan con trazos limpios”. Porrúa no olvida al sujeto y esto no es menor tratándose de un texto académico. Relee a los formalistas rusos sobre todo al Tinianov de Avanguardia e tradizione y abre la discusión a cuestiones que van más allá de lo textual. No sólo lo histórico cultural sino también, por ejemplo, la puesta en voz de la poesía y su circulación con las nuevas tecnologías. A la hora de elegir lo textos transita el camino más canónico: neobarrocos y objetivistas. Entonces la función de sus ensayos, su impacto dentro del campo poético, no será poner la lupa en poéticas más laterales –como sí será el objetivo del libro de Walter Cassara– sino sistematizar y profundizar en poéticas centrales de los últimos años. La audacia del libro no radica en su elección de los textos sino, por un lado en su elección bibliográfica, en la manera que encuentra para articular teoría y poesía, y por el otro en el gesto de colocar como objeto de análisis académico la materialidad poética. »
La nota completa, acá.
jueves, febrero 23, 2012
La evolución del duelo
Patricio Zunini lee El animal sobre la piedra, de Daniela Tarazona, y entrevista a la autora para el blog de Eterna Cadencia:
«La mexicana Daniela Tarazona viajó a Buenos Aires esta semana para presentar su novela El animal sobre la piedra. Incluida en la lista de los “25 secretos mejores guardados de América latina” en la reciente Feria del libro de Guadalajara, la escritora ha cosechado elogios desde el momento en que publicó la novela, que fue elegida como una de las diez mejores de 2008. El animal sobre la piedra acaba de ser publicada en la Argentina por el sello Entropía.
Fábula biologicista, novela fragmentaria e introspectiva, consigue registrar los cambios como un devenir natural, libre de culpas o principios morales. La trama comienza con una mujer que acaba de perder a su madre y, en busca de sobrevivir, decide emprender un viaje hacia la costa. Es en ese paisaje diferente donde vivirá un proceso que le permitirá sobrellevar el duelo a través de una metamorfosis que poco a poco la irá alejando de su forma humana hacia una etapa evolutiva superior en forma de reptil.
En esta entrevista, Tarazona habla de El animal sobre la piedra y de cómo la afecta la expectativa de quienes esperan que la próxima novela sea aún mejor que la primera.
—Quería proponerte comenzar con una cita del libro: la protagonista dice “yo deseo dar mi testimonio porque sé que otros padecen de la misma manera sin que puedan atestiguarlo”. ¿Cómo hace eco esta frases en la novela?
—Considero que el trabajo de la escritura es ser testigo. Por otro lado, la aparición del compañero y Lisandro tiene que ver la necesidad de que Irma estuviera acompañada por quienes pudieran completar la visión del proceso que ella atravesaba, pero sin juicio. Así también escribo: mi pretensión cuando me adentro en el cuerpo de un personaje es procurar que se desarrolle por sí mismo, sin que yo intervenga.
—Pero ¿tu posición es la de testigo o testigo hacedor?
—Es testigo hacedor en la medida en que la escritura es la vía por la que atraviesan esas palabras, esas ideas, ese imaginario. Trato de que mi participación se de hacia el final de la escritura cuando ya ha han pasado muchas versiones, pero procuro encontrarme en lugares que nunca me imaginé. Que el personaje llegue a lugares que yo nunca pude prever.
—Otra frase del libro. En un momento Irma, la protagonista, dice: “estoy compuesta por fragmentos, no soy un animal completo y desde esa carencia resulto extraña para quienes sí lo son”. ¿Esa característica fragmentaria de Irma hace que la novela también así lo sea?
—Creí que la mejor manera de contar esta historia y el proceso de mutación como forma de representar el estado de pérdida, de muerte y de supervivencia, era con frases muy cortas. Tratando de contener las emociones que me pudieran surgir con respecto al personaje y lo que pudiera bordar alrededor. Pensé que para que una historia así fuera más creíble tenía que ser fragmentada, tenía que incluir silencios donde el lector tuviera descansos para completar la lectura. Siempre quise caminar en un territorio de ambigüedad.»
La entrevista completa, acá.
viernes, febrero 10, 2012
Delicias perfectas
Alberto Manguel leyó Requena, de Alejandro García Schnetzer, y escribió su comentario para el suplemento Babelia del diario El País.
«Jorge Luis Borges conoció a Macedonio Fernández en 1930. Era, decía Borges, un hombre que deslumbraba con su conversación, con el redescubrimiento de las grandes ideas, con la proclamación de nociones asombrosas y estrafalarias. Curiosamente, sus escritos apenas dejan entrever ese genio intuitivo e instantáneo, como si todo dependiese de la magia momentánea, de la presencia física del improvisado filósofo, del recuerdo de su famoso admirador. En Requena, Alejandro García Schnetzer ha logrado dar al Macedonio de Borges la materialidad que le faltaba. Requena, hombre de las tertulias de café de Buenos Aires, excéntrico descubierto por una banda de amigos hacia 1929, es la encarnación literaria de aquel prodigio inventivo borgesiano. Requena lee el Martín Fierro en sánscrito (sólo está vagamente seguro de estar leyendo el Martín Fierro), traduce Macbeth al porteño (las brujas son curanderas y le dicen a Macbeth, "te la van a dar"), se queja de hispanismos que infectan el castellano rioplatense (como "el Escorial, el Tibidabo, los palmares de Elche, Alhambra"), y cree, como el obispo Berkeley, que "la perfección sólo toca a las cosas que podrían haber sido". Si García Schnetzer se hubiese limitado a hacer decir a su iluminado las ocurrencias que Borges le atribuyó al suyo, esta corta novela no hubiese sido sino una suerte de robo de identidad literaria. En cambio, García Schnetzer no ha hecho sino inspirarse en el estilo del evanescente Macedonio, y a partir de las anécdotas borgianas ha construido una figura más encantadora, más ocurrente, más generosa que el original histórico. Este pequeño libro de apenas 70 páginas es una delicia perfecta, heredero de las invenciones biográficas de Pío Baroja y Marcel Schwob.»
martes, enero 31, 2012
La letra y la voz
Juan Pablo Bertazza lee Caligrafía tonal, de Ana Porrúa, y escribe su reseña para Radar Libros:
«Muchos ensayos y artículos sobre poesía adolecen, aun cuando tratan de disimularlo, de una implícita pero tajante división entre poesía clásica y poesía moderna, o contemporánea. Como en las últimas décadas la poesía argentina ha atravesado diversos cambios y estadían, quienes la incluyen en sus análisis no suelen hacen referencia a la tradición, al origen y, por el contrario, los que dan cuenta de la tradición suelen ignorar la producción actual. Caligrafía tonal. Ensayos sobre poesía de Ana Porrúa –docente en la Universidad Nacional de Mar del Plata e investigadora del Conicet– es un claro ejemplo, al igual que otros casos como Historias de amor y otros ensayos de poesía de Tamara Kamenszain u Orfeo en el quiosco de diarios de Edgardo Dobry, de que la síntesis no sólo es posible sino que, además, puede resultar iluminadora. De hecho, este libro arranca con una relación entre una escena incluida en la novela De sobremesa del poeta colombiano José Asunción Silva, precursor del modernismo, sobre el desorden de la mesa de artista del aristócrata José Fernández (“había sobre tu mesa de trabajo un vaso de antigua mayólica lleno de orquídeas monstruosas, un ejemplar de Tíbulo manoseado por seis generaciones, el último libro de no sé qué poeta inglés, unas muestras de mineral de las minas de Río Moro, tu libro de cheques contra el Banco Angloamericano, un ídolo quichua y una estatueta griega de mármol blanco”) y el prólogo de Rubén Darío a Prosas profanas: “Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas: en Palenke y Utatlán, en el indio legendario y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es suyo, demócrata Whitman”.
El libro termina con un capítulo dedicado a las antologías de las últimas décadas, y a la producción poética actual en blogs y páginas como La infancia del procedimiento y Las afinidades electivas.
Más allá de la amplia cronología que maneja, los seis capítulos de este libro exploran y bucean en la forma poética en toda su resonancia, formas que hacen referencia al procesamiento de tradiciones, política e historia, pero también incluye subjetividad y visión del poeta, tonos, elementos sonoros e incluso aquel ingrediente casi secreto de todo poema que mantiene cierta característica inefable: “A mí me interesa leer la forma, el modo en que está escrito un poema, pero no como muestrario de recursos retóricos sino como movimiento del lenguaje y la cultura. Entonces surgió la idea de caligrafía como trazo que se dibuja sobre una superficie, una idea metafórica que me sirvió para pensar la materialidad, el trazo visual y sonoro de un poema. La de la puesta en voz de la poesía sería una caligrafía ausente, que se puede reponer a partir de la escucha”, explica Ana Porrúa desde Mar del Plata.
Entonces: voz y escritura, tradición y actualidad, objetivismo y subjetividad; se podría decir que casi todos los temas fundamentales de la poesía en el último siglo aparecen en este libro, como así también la célebre polémica en torno de la existencia o no del neobarroco o neobarroso (según la fórmula de Perlongher): “Recuerdo la primera vez que leí o escuché (no me acuerdo qué hice primero) ‘Cadáveres’, nunca había escuchado hablar así de los desaparecidos. Había algo distinto en el poema de Perlongher que se separaba de todas las formas del poema político conocidas por mí y a la vez –y tal vez por esa misma razón– instalaba el carácter ominoso de esas muertes, de esos asesinatos”. Hablando de este mismo poema, Ana Porrúa agregará una valiosa lectura que tiene que ver con la repetición de la proposición “en” que se da a lo largo de todo el poema “Bajo las matas / En los pajonales / Sobre los puentes / En los canales / Hay cadáveres”; y que remitiría al trillado: “En el cielo las estrellas / en el campo las espinas / y en el medio de mi pecho / la República Argentina”.
De hecho, Porrúa establece que sobre finales de los ‘80 y principios de los ‘90, lo político y lo histórico dejaron su naturaleza icónica, simbólica, para pasar al plano material, a partir del nombramiento de negocios, calles y lugares, algo que aparece también en las obras de Taborda, Prieto, Casas y Cucurto.
Otro aspecto interesante de este libro tiene que ver con el análisis de la puesta en voz de la poesía, desde la declamación quejumbrosa y anclada en el tiempo de Berta Singerman, hasta el análisis en la voz de William Carlos Williams, Marinetti, Breton, Ezra Pound, Perlongher, Neruda, Nicanor Parra, Pizarnik e incluso algunos cruces más que interesantes como Singerman declamando a Alfonsina Storni, Pizarnik leyendo a Arturo Carrera, o Gelman leyendo a Rubén Darío: “Gelman frasea Rubén Darío de la misma forma que frasea sus poemas, le resta antigüedad, lo hace más amigable, elimina su dureza, lima el artificio, como si todo poema pudiese decirse con la voz del presente. Cuando escucho a Perlongher leer ‘Cadáveres’, escucho a Tita Merello, cierto sonido del chisme barrial, cierto escándalo o escandalete que relaciono, en parte, con su versión personalísima del neobarroco. En definitiva, cuando escuchamos por primera vez un poema, se pone en juego nuestra escucha imaginaria, aquel sonido o aquella voz que imaginamos para ese texto”, se explaya Ana Porrúa, quien además de ser docente e investigadora, escribió tres libros de poemas: con Trapos en la boca (1992), Hormigas y samuráis (2001) y El chenque (2005).
“Hay algo interesante de la crítica de poesía y es que no suele estar recluida en la universidad, la crítica de poesía suele ser innovadora como la poesía misma”.»
lunes, enero 23, 2012
Todo sobre mí
Mercedes Halfon lee Partida de nacimiento, de Virginia Cosin, y escribe su reseña para Radar Libros:
«Como una acertada clave de lectura, en la contratapa de Partida de nacimiento se menciona la palabra bitácora. Objeto prehistórico, sucedido por el diario íntimo y luego por el blog, la bitácora podría ser considerada como una primera idea de género para estas páginas. La intimidad obsesiva, la mirada que no se despega del sujeto, además de ser una elección estética, es en esta novela su principio constructivo: Partida de nacimiento fue, en su origen, precisamente un blog. Claro que no era un blog pasatista o autocelebratorio, sino que poseía un germen literario celosamente cuidado. Tal vez sea por eso, por haber trabajado con una cantera de material fresco y vital, que la novela logre tal grado de verdad. Nos encontramos con una narradora que decide escribirse: la experiencia se convierte en la carne de la literatura. La literatura, en un espacio para la vivisección.
Una madre joven recién separada intenta encarar su día a día, con el dolor que agrieta su sentido de la normalidad. Los ojos hinchados por el insomnio y a la vez abiertos a las sensaciones que la embargan. Reflexiones, paseos por la ciudad, situaciones cotidianas con su hija, se suceden a la par que emergen recuerdos de su infancia, o de épocas no tan lejanas. Un mapa político, con las distintas provincias pintadas de tenues colores, algunos alegres, otros melancólicos, otros copados por las tropas enemigas. Un territorio dividido, diezmado. ¿Cómo reconstruirse después de una separación? ¿Cómo saber si esa separación, más que el fin de una relación, no alude a otra, de un carácter mucho más esencial y que en vez de erradicarse, va a en todo caso a hacerse sorda y dejarse arrastrar?
La escritura de Virginia Cosin se detiene en pequeñísimas escenas: fumar un cigarrillo a la noche escuchando a los vecinos por patio de aireluz, salir de excursión al videoclub de la mano de su hija (y contar a su vez otras microescenas que ocurren por las cuadras de Balvanera). Una minuciosidad cinematográfica en la descripción, fundida con una inspiración de prosa poética. Estructurada en breves capítulos numerados, la novela avanza sin dirección –igual que su protagonista– o mejor aún: más que avanzar, cava. Forja espirales de desazón, en la búsqueda de una identidad nueva, en la perplejidad frente a lo cotidiano. Devenir madre, aun en los momentos de infelicidad. Y en esos mismos instantes, muchas veces dispararse hacia el humor, aunque sea de lo más negro.
Partida de nacimiento registra las distintas capas de una mujer. Un bello diálogo entre la primera, la segunda y la tercera persona, de una misma pluma. De ahí en más se desplegaran las posibilidades, generosas, auspiciosas, de esta primera novela.»
viernes, enero 20, 2012
Todo tipo de palabras extravagantes
Nicolás Vilela lee Hélice, de Gonzalo Castro, y Precipitaciones aisladas, de Sebastián Martínez Daniell, y les dedica algunos párrafos en un panorama de la narrativa actual que escribe para la revista Transatlántico. Dice, entre otras cosas, lo siguiente:
«En este panorama —seguramente general y arbitrario como todo recorte— parece difícil no adjudicarle a algunas novelas recientes cierto antagonismo implícito con la narrativa realista-minimalista, no tanto en lo que respecta a la distancia siempre engorrosa entre cuento y novela sino más bien en torno a decisiones específicas. La realidad, objeto de deseo de todo realismo, se pone entre paréntesis en favor de un ecosistema narrativo autotélico. El resultado puede aproximarse a la ciencia ficción menos por el factor tecnológico que por la construcción de mundos paralelos e imaginarios. El lenguaje, en consecuencia, desprendido del referente tangible, se encuentra adánicamente en posición de inventar topografías, patronímicos y todo tipo de palabras extravagantes para el uso.
Éste es el sustrato básico de Precipitaciones aisladas (Sebastián Martínez Daniell, Entropía, 2010), novela situada en el archipiélago de Carasia, a cuyas costas arriba el protagonista y narrador, Napoleón Toole, para evadirse de una crisis amorosa. En una novela realista-objetivista, para que una cantidad ingente de palabras fuera de lo común entraran a escena se hubiera requerido probablemente de situaciones u oficios que abarcaran, desde el punto de vista del verosímil, campos semánticos muy diversos. Martínez Daniell lo resuelve partiendo de una zona artificial en que las especies pueden coexistir, o bien trasladando la materia concreta del mundo al laberinto de la psiquis humana.
Esos toques de destreza creativa se pueden analizar en el contexto de lo que Gottfried Benn, en su conferencia “Problemas de la lírica”, entendía por virtuosismo artístico: una tentativa del arte, en medio de la general decadencia de los contenidos, de vivirse a sí mismo como contenido y, sobre esta experiencia, de formar un nuevo estilo. Este concepto, dice Benn, abraza toda la problemática del expresionismo, de lo antihistórico y de lo abstracto, e instaura la trascendencia del placer creador.
Refiriéndose a los encuentros entre él y su pareja, el narrador de Hélice (Gonzalo Castro, Entropía, 2010), novela que comparte rasgos centrales con Precipitaciones aisladas, observa: “de hecho, de alguna manera, creo que estos encuentros son mi referente más palpable de realidad, es el tipo de sensación que entiendo como estar asomado en la superficie”. Sobre este aislamiento, sin los pies en la tierra, una literatura puede multiplicar los rasgos expresivos en lugar de apisonar prolijamente los estratos de la narración.»
martes, enero 17, 2012
Partituras críticas
Matías Moscardi lee Caligrafía tonal, de Ana Porrúa, y llega a la presentación marplatense con conceptos como éstos:
«En este orden de la crítica argentina de poesía contemporánea, Caligrafía tonal, el libro de Ana Porrúa que acaba de publicar la editorial Entropía, constituye una apuesta novedosa y singular. Recién hablaba de una relación refractaria entre crítica y poética, donde la crítica, muchas veces, aparece como sustraída ya no de su capacidad de mirar (se puede ver incluso con los ojos cerrados), sino de su capacidad de mirar al Otro (al objeto) y cuando pretende leer, en realidad lo leídoes su propia textualidad especular, duplicada, espejada: vacía.
En Caligrafía tonal asistimos, por el contrario, a una relación que podríamos llamar, más bien, proyectiva: para poder escribir, el crítico debe construir, en simultáneo, su objeto de lectura y sus modos de leer, ambos entendidos como proyecciones: imágenes diseñadas y amplificadas a partir de los textos poéticos. Es decir: no hay espejismo, duplicación, sino pura creación, que a la vez se propone como reinvención de los materiales. En otras palabras: éste es un libro que habla de una serie ecléctica de textos poéticos, no un libro que habla de teorías y conceptos que sirven para explicar algo (ecléctico) de la poesía que finalmente (felizmente) queda sin explicar.
Casi al comienzo, Porrúa dice que todo texto lleva inscripto su propio recorrido crítico. En este sentido, Caligrafía tonal es un libro que deslinda los materiales (las materias) que en los textos poéticos se presentan como resistencia, como dificultad, como encarnamiento.»
El texto completo se puede leer en el blog de El interpretador.
viernes, enero 13, 2012
La metamorfosis de un cuerpo
Ignacio Iriarte lee El animal sobre la piedra, de Daniela Tarazona, y escribe su reseña para Bazar Americano:
«Como se sabe, la metamorfosis tiene una amplia tradición. En la Antigüedad Clásica el argumento juega un rol central. La metamorfosis suele ser un relato que cuenta la transformación de una divinidad en alguna cosa de la naturaleza, por ejemplo la metamorfosis de Narciso en la flor que crece junto al río. Así, establece una comunicación entre el mundo profano y el mundo de lo sagrado. A fines del siglo XIX, pero retomando viejas tradiciones, los hombres lobo y los vampiros, con sus poderes para transformarse en murciélagos, lobos, ratas, insectos y niebla, conectan el tema con la animalidad que late debajo del hombre, forma mediante la cual la literatura recupera, tras el racionalista siglo XVIII, los temas góticos, los temas de la cultura goda que habían quedado sepultados como irracionales. Poco después, el gran libro de Kafka retoma la metamorfosis para elaborar una extraordinaria metáfora del individuo ante el peso de una sociedad burocrática que masifica a los hombres y los transforma en seres anónimos e indiferentes. La filosofía no fue ajena a este argumento inquietante. Algunas décadas atrás, Gilles Deleuze y Félix Guattari volvieron a la metamorfosis a través del “devenir animal”, concepto mediante el cual comprendieron la necesidad de salir del familiarismo y de las instituciones sociales que constriñen al ser humano.
Con la novela El animal sobre la piedra, la escritora mexicana Daniela Tarazona se inscribe en esta amplia tradición. Con un estilo fragmentario, en el texto recupera la metamorfosis para establecer un relato incierto sobre el cuerpo y sus transformaciones. El tema, asimismo, le permite salir de la literatura de lo originario, tan presente durante el siglo XX, que en México tiene su gran realización en Pedro Páramo. Como toda oposición, esta diferencia se basa en algunas similitudes. La más importante es que Tarazona y Rulfo escriben relatos de viaje tras la muerte de la madre. En Pedro Páramo Juan Preciado busca la tierra en la cual Dolores Preciado ha sido feliz, sembrada de trigo como miel derramada y de sus recuerdos que se pegan en las paredes de las casas a medio caer. Casi no hace falta citar el comienzo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo”. Juan Preciado busca el origen en esa tierra de su madre y por eso mismo busca a su padre, para cobrarle el olvido en el que los tuvo. En cambio, Tarazona le arranca a la muerte de la madre un camino opuesto, un viaje que no es hacia el pasado, hacia el origen mítico y a la noche de los tiempos, sino hacia el futuro abierto de la metamorfosis. Narrada en primera persona, como si fuera el cuaderno escrito por una mujer joven pero de edad incierta, en las primeras páginas de El animal sobre la piedra se propone este camino inverso al de la narrativa de los orígenes:
"Desde que mi madre murió cada noche es de pensamientos. Llego cansada a la cama, duermo poco y despierto con temblores.
Yo no estoy enferma. Quiero escapar. Ansío la fuerza que me llevará a hacerlo.
Pienso en probar suerte en la tierra de mi madre, luego dudo, porque no me sentiría bien allí, así que escojo viajar al extranjero.
La salida no está hecha de pensamientos articulados, es el deseo en estado puro: correr como un animal perseguido."
Irma, así dice llamarse en un momento la mujer, escapa efectivamente como un animal perseguido. Viaja en avión y al llegar a destino comienza a experimentar una serie de transformaciones en su cuerpo: una noche se le desprende la piel y un día se echa a asolearse en una piedra junto al mar. Encuentra a un hombre raro con un oso hormiguero que hace de perro y continúa sus mutaciones hasta convertirse, casi completamente, en una iguana. Tarazona abandona el relato de los orígenes, que Rulfo llevó a su máxima expresión y tal vez a su acabamiento, y retoma la larga tradición de la metamorfosis. Con esto, compone una narrativa en la que se cruzan algunos de los temas que atraviesan la contemporaneidad: la subjetividad, la locura, el cuerpo propio y la reivindicación de lo femenino.»
miércoles, enero 11, 2012
Never gratuitous
Fatema Ahmed realiza para Prospect Magazine un repaso de los libros más relevantes editados en el Reino Unido durante los últimos tiempos y, por supuesto, recala en la edición inglesa de Opendoor, de Iosi Havilio.
jueves, enero 05, 2012
El paisaje interminable
Homero Aridjis lee La sed, de Hernán Arias, y escribe su reseña para la revista Ñ:
«¿Es La sed un ejercicio epigonal, una variación de alumno sobre la obra de Juan José Saer? ¿Es un regreso de las preocupaciones argentinas sobre los temas faulknerianos, pasados por el tamiz del objetivismo francés y la reticencia de Hemingway? Es una novela de tema rural, con el asunto del aprendizaje infantil en el centro y el paisaje del chato este cordobés aplastado bajo un viento constante y furioso. Es una novela morosa, detenida con una lírica precisión (seca, objetivista) en las maniobras de las que depende la vida en el campo. Pero alimentada como está por la lectura de la tradición literaria, La sed (el título no podía ser más vitalista) no está asfixiada por ella, y es más bien un trozo vibrante de vida: desgajada en cinco capítulos de extensión obsesivamente pareja, la novela cuenta en sordina la travesía sentimental de un chico que pasa por la ordalía de Perceval (está mudo para hacer las preguntas exactas en el momento indicado) mientras aprende a cazar, a hachar y a cocer la carne, pero también a tolerar la pérdida (sus tíos se separan, su primo se va a la ciudad, su abuela está gravemente enferma en una pieza de la casa junto al campo), a tolerar lo tácito (el árbol hachado por el tío debe ser ocultado de los empleados del tipo en cuyo campo fue talado; las cuadreras funcionan como una escuela de sobreentendidos), y, sobre todo, a entender que el sentido del mundo es una materia en constante disputa, que toma a cada hombre como medida posible.
lunes, enero 02, 2012
MMXI, Anno Domini
Nos avisan que terminó 2011. Y que, aquí y allá, algunos libros de esta casa editora han sido mencionados en diversos balances de la prensa especializada.
miércoles, diciembre 28, 2011
Puro gozo
Patricio Zunini lee Partida de nacimiento, de Virginia Cosin, y entrevista a la autora para el blog de Eterna Cadencia:
—¿Por qué el título de Partida de nacimiento?
—Me gustan las frases polisémicas. En la narradora hay un renacer, un nacer otra vez, a partir del desprendimiento, de la separación. Tiene esas dos acepciones: la partida como inicio y de la partida como quebrada. De hecho, en una interpretación a posteriori, es un libro fragmentario, está escrito en distintas personas. Tiene que ver con la manera en que entiendo cómo se transita por la vida. A veces más reconcentrado en uno, a veces viéndose de afuera.
—El libro está compuesto por casi un centenar de fragmentos, como si fueran entradas. ¿Cómo fue el proceso de escribir y reunir las entradas?
—No sabía que estaba escribiendo una novela. Fui escribiendo entradas: de hecho en algún momento fue un blog. Pero quiero ser cuidadosa con este tema, porque yo no tenía un blog donde escribía todo el tiempo, sino que primero escribía, luego corregía, y después lo subía. El blog era una especie de soporte: como yo soy desordenada y toda mi vida escribí en cuadernitos que tengo repartidos por todos lados, el blog permitió que me organizara y que no se perdiera nada.
—¿Era una especie de repositorio?
—Exacto. El orden vino después, cuando empecé a releer los esos textos. Descarté un montón, agregué otros y les di un orden. Entonces me di cuenta que se podía armar un hilo conductor.
—¿Cuándo pensaste que se podía convertir en novela?
—No me hubiera dado cuenta de no haber sido por algunos amigos, a los que les estoy profundamente agradecida. Tenía mucha inseguridad, tuve que pasar por muchas instancias. Después, imprimí todo y Romina Paula me dijo que no me quedara preguntándome si era o no una novela, que lo llevara a Entropía.
—En un momento, la protagonista se pregunta si está escribiendo una novela o un diario íntimo. ¿Partida de nacimiento es un diario íntimo?
—No: podríamos decir que es algo así como una bitácora de la intimidad. Un diario íntimo tiene la característica bastante fundamental de estar fechado. Tal vez lo que tenga de diario íntimo es que reúne una cosa medio caótica. Pero me interesan especialmente los diarios íntimos. Hace un tiempo que estoy abocada a leer diarios íntimos de escritores.
—¿Cuánto hay de biográfico en el libro?
—Me interesa trabajar con la propia experiencia, con las vivencias, con el recuerdo. Pero después todo eso se reelabora en medida en que entra en el envase del lenguaje y el lenguaje selecciona, recorta y da forma. Ahí se da algo donde la autobiografía y la ficción no se distinguen tanto. La materia es biográfica pero el resultado no. Podría haberlo disfrazado: haber inventado que la protagonista era peruana en lugar de venezolana. Pero no siento que gane nada. Incluso aparecen los nombres de pila de mis abuelos. Claro que nada sucedió tal como se cuenta; es imposible. Uno recrea. Construye algo a partir de la huella y la huella es el vacío de la forma de lo que estuvo presente, pero ahí se arma otra cosa.
—Hablemos del uso de las personas. Cada texto alterna entre primera, segunda, tercera, incluso una impersonal. ¿Qué se persigue detrás de esos cambios?
—La narradora es la misma; eso es evidente. Tiene que ver con la necesidad que a veces uno tiene de narrarse. A veces uno se habla, se ve como si fuera otro. Ese también es uno de los motivos para escribir: quizás en los momentos límites o dolorosos hay algo que se puede rescatar si uno se transforma en un personaje. Transformar una experiencia en una narración. Hay una entrada donde ella se imagina como protagonista de una película. Hay una especie de redención. Si estoy en la cocina de mi casa llorando a mares soy patética. Si escribo sobre alguien que está en la cocina de su casa llorando a mares se vuelve interesante.
—Hacia el final del libro, la protagonista dice “mi mayor anhelo es escribir mal”. ¿Por qué?
—La intención es despojarse de las ataduras, de la represión, de la inseguridad, del miedo a la hora de escribir. O de estar sometido a las expectativas ajenas. Una de las cosas más difíciles al escribir es encontrar el grado de libertad donde uno tira un montón de cosas desprolijas, sucias, y recién después busca la posibilidad de corregir. Yo siempre soy medio estreñida para escribir [se ríe]: escribo un poquito, leo, reescribo y releo. Soy obsesiva. Es agotador. En realidad es más una sensación mía de autora que de lectora.
—¿Lo bueno no es libre?
—A lo bueno se llega después de haber cometido errores y desprolijidades. En escribir mal también está el sentido de no estar atado a ciertas convenciones de lo que se supone que es literario con mayúsculas.
—En la trama es muy importante la relación madre-hija. Una hija que tiene, además, la edad de la tuya. ¿Cómo puede tomarlo ella en un futuro?
—Me hicieron esta pregunta: mi madre me la hizo. Me preocupa, no sé muy bien qué decir: hay un montón de explicaciones que puedo dar a otros lectores que no sean ella. No me preocupa que nadie pueda leer y encontrarse como un doble en el libro. Pero mi hija sí. A la vez, no hubiera querido renunciar a los pasajes donde aparece la hija. Hablar de la relación que se arma entre la madre y la hija y entre la madre y su maternidad. No es sólo una madre, sino también una mujer que está viviendo y experimentando y naciendo como madre. Con todas las ambivalencias y ambigüedades. La maternidad es un tema muy idealizado. Una de las primeras cosas que le dije a amigas que estaban por tener hijos es que a veces uno tiene ganas de tirar al pibe por la ventana y sin embargo eso no compromete en lo más mínimo el amor inmenso que una le tiene. Cuesta darse esos permisos: cuando una es madre se convierte sólo en madre. Pero cómo se vive ser mujer y madre, ser mujer y amante, ser mujer y ser ex, ser mujer y escritora. Espero que ella lo entienda .
—La última oración del libro es “Lo cotidiano es el hueso de la felicidad”: ¿cómo se debería leer?
—Cuesta muchísimo que lo cotidiano sea el hueso de la felicidad. En toda novela, en todo relato, por más fragmentario o informe que sea, hay algo de un viaje y un aprendizaje final. Me parece que esta novela transita bastante por el dolor y que ese es el aprendizaje que recibe la protagonista.
—¿Partida de nacimiento es un libro triste?
—Puede provocar tristeza, puede haber sido escrito en momentos de tristeza, pero un libro nunca es triste. Una vez que se convirtió en obra, en el pasaje de la persona al personaje, en lo puesto en palabras, es puro gozo.»
miércoles, diciembre 21, 2011
Máquina ficcional
DOS preguntas movilizan la trama en la Biografía ilustrada de Mishima: “¿de qué se nos habla en ese extraño exilio que es la escritura?” y “¿qué clase de espanto fue capaz de provocar una escritura semejante?”. La proyección, la conferencia y la vida de Mishima (que hacia el final de la conferencia el maestro japonés califica de inexistente) son el vehículo con que se transita la indagación de esas interrogantes.
TRES títulos de la obra de Mishima se mencionan en la conferencia: El jardín de la señora Murakami, Salón de Belleza y Damas chinas. Y en este momento de la conferencia (acerca del que no miente el narrador cuando dice que fue “la sorpresa mayor que ofreció Mishima a los presentes”) es cuando se esclarece, llevándolo al extremo, el artificio con que el autor ha estado hablando, hasta entonces de un modo más críptico, de sí mismo y de su obra.
CUATRO o cinco datos biográficos del autor (que probablemente el lector conoce por la vida pública de este) y el título de esas obras acercan la figura de Mishima y la figura de Bellatin, a un punto que a ratos parece metonímico: ambos son talídomes, ambos se someten a “sesiones de fotos en las que buscaba emular cierta iconografía donde se mezclaba el dolor y el placer”, y a ambos le falta un miembro del cuerpo: a Bellatin, un brazo, y a Mishima, la cabeza.
CINCO o seis datos de la vida de Mishima alejan su figura, ya no de la de Bellatin, sino de lo meramente humano. Mishima sigue viviendo después de un suicidio asistido, que consistió en que su mejor amigo lo decapitara; Mishima devora corazones hervidos de pollos sacrificados que su tío le envía; Mishima va a almorzar en un cementerio. La vida de Mishima, puesta en escena en un show de recinto educativo, opera como metáfora del distanciamiento que el autor establece entre él y su obra para reflexionar en torno a ella. Un episodio de la proyección, en el que Mishima asiste a una puesta en escena de su libro Salón de belleza, condensa esa metáfora: “En aquel teatro fue la primera vez que pudo leerse a sí mismo”, dice el narrador. Entonces lo toma “un trance casi hipnótico” y surge la pregunta: “¿qué clase de espanto ha sido capaz de generar una escritura semejante?”.
CINCUENTA Y CINCO páginas de texto le lleva a la vida de Mishima agotar la escritura. Y todo parece dispuesto para que, cuando el lector llegue a la secuencia de fotografías que le sigue a estas páginas, haya alcanzado el “cierto estado de éxtasis” que el narrador ha advertido al inicio de la conferencia, en algunos asistentes. La biografía recomienza, ahora en fotografías de distintos grados de definición y texturas. Todas van acompañadas de leyendas irónicas, de un desenfado que roza a veces el ludismo infantil, pero que, cargadas del relato que les precede, adquieren una densidad que parece destinada a generar en el lector el “incontrolable estado de exaltación” del que fue presa Mishima cuando asistió a la puesta de Salón de belleza.
LA ANTEPENÚLTIMA fotografía muestra a Bellatin junto a una mujer mayor, con la leyenda “pareja de analistas que trabajó el caso Mishima”. Y en este punto, podemos pensar en este libro como una máquina ficcional (“una suerte de aparato”) con el que el autor jugó a estar entre el público leyéndose a sí mismo.»
viernes, diciembre 16, 2011
Lunes: Tarazona en Buenos Aires
jueves, diciembre 15, 2011
martes, diciembre 13, 2011
Jueves: consideraciones intempestivas
lunes, diciembre 12, 2011
Tarazona al cubo
Volvemos a visitar el blog de la escritora, dramaturga y actriz Fernanda García Lao, pero en este caso para encontrarnos con el intercambio que mantuvo con Daniela Tarazona, autora de El animal sobre la piedra.
martes, diciembre 06, 2011
Sin detenerse a respirar
Paula Tomassoni lee Placebo, de José María Brindisi, y escribe su reseña para Bazar Americano:
Becerra es un hombre de cincuenta y dos años en el momento cumbre de su vida: éxito económico, reuniones y compromisos laborales, un matrimonio, una amante, su madre en un cómodo geriátrico, un amigo que es como su hermano, vacaciones en una casa propia (heredada) en El Tigre. Así y todo, Becerra, manejando su Audi extraña su viejo 147, su trabajo no le interesa, no se siente seducido por su mujer, su amante no le responde las llamadas, su madre está vieja, su amigo se muere, la casa en El Tigre es muy calurosa y, cruzando el arroyo vive aquel vecino al que condena, envidia y teme en intervalos que se superponen.
La historia no comprende más que un par de días de vacaciones en la vida de Lucio Becerra. El recorrido geográfico va desde el centro de Capital Federal hasta la casa del Tigre y viceversa. Es el momento preciso en que coagulan en la vida del personaje todos los hechos que en ella han sido significativos. Una escena emblemática: Becerra llorando la inminente muerte de Horacio contra el vidrio de su auto, agarrado a una tanga de colores fluo que compró para su amante. Sin embargo, en ese par de días, aún nada sucede. Horacio no murió: se está muriendo; sus sospechas sobre el vecino nunca se confirman; la indiferencia de su amante no tiene explicación. En estos días Becerra ni siquiera alcanza a abrir la carta lacrada que Horacio le deja para que lea “en ese momento”. Quizás sólo en el final se encuentra la única referencia a una acción determinante que más que cerrar una secuencia abre al lector la expectativa de un después que nunca se narra: “… hace tanto calor que a Becerra se le ocurre que el tiempo se ha detenido, que la llegada del martes y los días subsiguientes es apenas una ilusión.”. El presente de la nouvelle es una ventana para conocer el pasado a través de los recuerdos y para pensar el futuro desde la imaginación. Y el relato se afirma en ciertos recursos narrativos como la descripción y la reflexión que se entretejen para ir develando el transcurso de los hechos desde la voz de un narrador en tercera que se acerca y aleja de la historia, como una imagen que bajo los movimientos de un zoom entra y sale de foco.
La primera descripción, la escena inicial, es ya una revisión del modo descriptivo: se describe desde la imprecisión. La escena es inverosímil (confesión del narrador) y la carencia de aseveraciones la congela entre la experiencia y el sueño, o la imaginación: “Dos mujeres sobre un Lamborghini amarillo, al borde de algún desvío, en las afueras de Benavídez. Dos mujeres desnudas o vestidas, (…). Una u otra tiene las piernas firmes, el estómago liso o más bien musculoso, los brazos fibrosos, los hombros armados, la mirada profunda o perversa. Una u otra se da vuelta, se quita los lentes, se acomoda el cabello rubio o castaño. Una u otra observa los autos…”. Así, los hechos que agobian a Becerra intentan ser explicados a partir de los recuerdos y sus expectativas o anticipaciones.
Un recorrido posible en Placebo es el que puede hacerse a partir de las mujeres. Cecilia, su segunda esposa, quien funda el lugar común de la cárcel del matrimonio: deteriorada físicamente por el paso del tiempo (aunque Becerra reconoce que a otros puede resultarle atractiva), se pasea semidesnuda por el interior de la casa del Tigre (su territorio) pretendiendo sensualidad y causando en su esposo algo parecido a la repulsión. Su descripción contrasta con la de las mujeres del principio sobre el Lamborghini, la de la enfermera sensual del geriátrico, o la imagen que Becerra se hace a partir de las voces y gemidos que llegan de lo del vecino. La casa de El Tigre encierra además otra historia de mujeres que llegan desde unas fotos como los personajes de Morel a la isla: es la de la tía Leonor, anterior dueña de la propiedad, y su amante, a quien se conocía en la familia como “la señora”. El pasado del protagonista entra bajo la imagen de otra mujer: Ana, su primera pareja, que murió de cáncer. Esa muerte conecta a Becerra con la de Horacio, y le permite hacer comparaciones: a diferencia de Ana, físicamente a Horacio no se le nota que se está muriendo. Estela, su amante, se llama igual que su madre. La ve cuando viaja a la ciudad por trabajo. Becerra se siente atraído y a la vez sorprendido por su actitud: es la primera relación extramatrimonial en la que la mujer no lo acosa. La pasan bien juntos pero es ella la que no responde los mensajes, o los responde de manera escueta. A la otra Estela la ve en el geriátrico (siempre y cuando no esté durmiendo). Es una mujer inteligente, aunque está vieja, y de algún modo Becerra siente hacia ella una distancia también infranqueable: Estela compartía con Ana su pasión por la literatura rusa, y habían fundado desde allí una relación en la que él mismo no había podido entrar. Incluso la muerte de su amigo entra en escena de la mano de una mujer: Moni, su esposa. Ella es quien llama por teléfono para avisar que Horacio está en coma, juntos van a verlo y juntos también intentarán pensar en otra cosa.
Este mapa femenino organiza la novela; cada mujer abre un aspecto en la configuración del personaje –el eje, en realidad, de todos los conflictos-, explica un modo de ver, justifica un pensamiento, sustenta una actitud. La relevancia de estas mujeres no está en su existencia sino en su funcionalidad: Becerra se construye desde estas relaciones que, pensadas sistemáticamente, lo comprenden. Por ese camino la voz narrativa se complejiza: el narrador en tercera toma la mirada del personaje para observar a estas mujeres; las mujeres a su vez se adueñan de esa mirada y se la devuelven, como desde un espejo, definiéndolo.
Formalmente, toda la nouvelle se completa en un solo párrafo, sin puntos y aparte. “Si para el protagonista no hay respiro, que tampoco lo haya para el lector.”, explica su autor. Brindisi intenta pensar qué contar y cómo hacerlo como parte del mismo proceso, en un único y sólido producto. El resultado es esta obra que conduce al lector a repetir la respiración de lo narrado. La novela comienza a leerse, como dice Roland Barthes, cuando se levanta la vista de la página. En este caso, de la página final.»
viernes, diciembre 02, 2011
Conversión y sucesión
Oliverio Coelho lee El animal sobre la piedra, de Daniela Tarazona, y escribe su reseña para Los Inrockuptibles:
jueves, diciembre 01, 2011
Caligrafía social
miércoles, noviembre 30, 2011
La piel que habito
Alejandra Zina lee El animal sobre la piedra, de Daniela Tarazona, y escribe su reseña para la revista Ñ:
jueves, noviembre 24, 2011
Sábado, libros, calle Corrientes
Editorial Entropía invita a la Noche de las Librerías, en el marco de la cual se desarrollará la charla “Así se escribe Buenos Aires. Relatos sobre la experiencia urbana”.
Participarán con sus lecturas Daniel Guebel, Anna-Kazummi Stahl (autores de la antología Buenos Aires, la ciudad como un plano, editorial La bestia equilátera), Ignacio Molina y Natalia Moret (autores de la antología Buenos Aires / Escala 1:1, editorial Entropía).
Modera: Diego Erlan
Sábado 26 de noviembre, 21 hs.
Librería Hernández. Av. Corrientes 1436.
miércoles, noviembre 23, 2011
On the Air
En su programa Leer es un placer, Natu Poblet le dedica una emisión a Las teorías savajes, de Pola Oloixarac, y otra a El animal sobre la piedra, de Daniela Tarazona, y entrevista a las autoras.
lunes, noviembre 21, 2011
Ríos al cubo
La escritora, dramaturga y actriz Fernanda García Lao mantiene el blog Autor al cubo, en el que entrevista a distintos narradores sobre su pasado, presente y futuro.
jueves, noviembre 17, 2011
Natalicio
martes, noviembre 15, 2011
Aquí, allá, en todas partes
Esta tarde (la del martes 15), a las 19 hs, en Eterna Cadencia (Honduras 5582) continúa el ciclo "¿Cómo fue que llegamos hasta aquí? La literatura en 2011". Esta entrega está dedicada a "Los editores de la generación" y participarán Sebastián Martínez Daniell (Editorial Entropía), Marina Gesberg (Pánico al pánico) y Enzo Maqueira (Outsider). Modera: Damián Ríos (Blatt&Ríos).


viernes, noviembre 11, 2011
Tutto in una settimana
FedEx nos ha hecho entrega de un paquetito de Semana, Tutto in una settimana, de Sebastián Martínez Daniell, recientemente publicado en MIlano por Leone Editore. Aquí, una muestra.
lunes, noviembre 07, 2011
Powers of suggestion
Martín Schifino lee la traducción inglesa de Opendoor, de Iosi Havilio, y escribe su reseña para The Independent:
«The first open-door institution for the mentally ill in Argentina was established at the end of the 19th century in an area of countryside some 50 miles north of Buenos Aires. A village grew around it, named after that comparatively novel medical practice: Open Door. Iosi Havilio's remarkable first novel takes its title from the village, though it is only indirectly concerned with its development or the history of psychiatry. Relying on the area for its symbolic associations, he touches on key aspects of the social history of Argentina, exploring themes such as absence, identity and the awkward relationship between town and country (...)
The novel is a success in large part thanks to its powers of suggestion. Writing in a crisp brand of minimalism – frictionlessly translated by Beth Fowler – Havilio remains both impassive and evocative throughout a book sprinkled with gently pregnant observations: "I flop onto my back in the grass and the sky renders me speechless." At times, he courts the erotic with equal assurance: "Eloísa holds the figs by the base and with her tongue licks the sweet, sticky milk, before opening and devouring them." Now and then, his novel may fall into romanticised strangeness, but it brings news of an intriguing world.»
La reseña completa, acá.
viernes, noviembre 04, 2011
Caligrafía tonal
Editorial Entropía presenta Caligrafía tonal (Ensayos sobre poesía), de Ana Porrúa.

Lanzamiento oficial:
Lunes 7 de noviembre, 22 hs.
Dickens Pub
Diagonal Pueyrredón 3017 / Mar del Plata
Presenta: Matías Moscardi
miércoles, noviembre 02, 2011
La edad de la sed
Fernanda Nicolini lee La sed, de Hernán Arias, y entrevista al autor para la revista Llegás:
«Si la literatura no le hiciera trampa a la memoria, si no se la apropiara como una materia dispuesta a ser traicionada más que respetada (qué sería de un recuerdo sin el relato que lo ficcionaliza y lo abre como un abanico: las imágenes se reducirían a un olor indecible, a la manera de masticar de un familiar del que no recordamos el nombre; simples detalles apelmazados), si esa trampa no existiera, decíamos, a muchos escritores les faltaría la pulsión para sentarse a escribir. Hernán Arias es de los que le hacen trampa a la memoria. Y de los que saben tirar de lo real que quedó comprimido en el recuerdo para reinventar una geografía mental. Nació en 1974 en San Francisco, ciudad cordobesa enclavada en el límite con Santa Fe, ahí donde a la pampa se le dice gringa y la provincia pierde su relieve irregular y su tonada para extenderse en llanura fértil. Un día de 2001, se sentó a escribir el primer capítulo de lo que después se convertiría en su novela, La sed, con la que ganó el premio provincial Daniel Moyano, y que ahora reedita Entropía: Salimos de la casa en silencio. Mi padre me hizo señas, cuando me despertó, para que no hablara. Las mujeres seguían durmiendo. Mi abuelo ya estaba afuera cuando salimos. Había desatado al perro. El perro caminaba en todas direcciones, excitado, buscando rastros entre los árboles frutales. Hacía frío. Mi padre había preparado café mientras yo me cambiaba. Mi tío salió en último lugar. Traía la campera y el cinturón con los cartuchos en una de sus manos“.
Es una mañana de junio de 1986 en medio de la Pampa Gringa y el que está a punto de salir de caza, casi como un ritual iniciático, es un chico de unos doce, trece años. Tiene los sentidos alerta: no quiere perderse ninguna señal que pueda habilitarle la entrada al mundo al que ahora le permiten asomarse, el de los grandes. Es la edad de la sed. ¿Por qué narrar la edad de la sed? “Hay una frase que escribió Montaigne como síntesis de sus ensayos: «Soy yo mismo la materia de mi libro.» Creo que también es una frase válida para los escritores de ficción, en mayor o menor medida. Para mí la escritura forma parte de un recorrido en el que voy encontrando con qué entretenerme, y para eso algo que tengo muy a mano y a la vez me resulta muy atractivo porque lo que me constituye es mi propia experiencia. Mientras escribía La sed, estuve pensando en un período de mi infancia y en mi pubertad, en determinadas personas y situaciones, y ficcionalizando todos esos recuerdos“, dice Hernán.
Primero fue el capítulo de la caza. Así, como algo suelto que, de todos modos, no terminaba de cerrar. “Cuando lo releía me quedaba la sensación de que estaba frente a algo incompleto. Después, hablando con otros escritores, supe que pasar por esa sensación frente a un texto y trabajar a partir de eso es bastante común“.Y entonces le siguieron cuatro capítulos más: cada uno condensa un día en la vida del narrador, y bien podrían funcionar como una muestra de su educación sentimental. Entre los vaivenes de una familia que se instala d en una casa de campo “con la abuela enferma, el tío algo errático, el primo que se muda a la ciudad-, aparecen la excursión en busca de leña, las lecciones de cómo asar un animal, el ritual de la apuesta de carreras. Instrucciones para ser adulto, que solo otro adulto de la familia puede transmitir. En el medio queda lo que nadie explica ni se anima a preguntar.
“Me gusta la idea de una educación sentimental de la Pampa Gringa”, concede. “Aunque no sé si se trata de una educación sólo sentimental. Me parece que hay varios asuntos mezclados. Usé a propósito pocos puntos y aparte en la novela porque pensaba que en una narración fluida las jerarquías en algún momento podían confundirse. Para mí las historias se vuelven más interesantes cuando pierden nitidez. Intenté que los personajes pasaran de una situación a otra o de un asunto a otro sin cortes, como le pasa a cualquiera todos los días: tenemos que atravesar una mezcla de cosas“.»






