lunes, diciembre 19, 2005

El archivo Puig

A 15 AÑOS DE SU MUERTE, SIGUE APARECIENDO SU OBRA

[por Elizabeth Neira - La Nación, Chile]

“Querida familia” recopila las cartas que el controvertido escritor argentino Manuel Puig envió a su familia entre 1956 y 1962, renovando la polémica de hasta qué punto es lícito hurgar en los papeles de un escritor fallecido. Carlos Puig, hermano menor, albacea y principal custodio de la obra del autor de “Boquitas pintadas” y “El beso de la mujer araña”, defiende la publicación de inéditos. Acá desclasificamos los documentos de un rechazado que fue traducido a más de 30 idiomas.

Hay escritores que, ante la inminencia de una edición póstuma de papeles dejados al azar, llevada a cabo generalmente por una viuda ambiciosa coludida con un editor de similares intenciones, destruyen en vida, todo indicio de escritura previa y se cuidan que del producto literario final no quede huella, ni borradores, ni primeras versiones. Nada de nada, ya que todo puede ser utilizado en su contra.

Tal vez el impulso sea narcisista y mucho de lo que va a la pira constituya un valioso material de estudio para futuras generaciones. Hay quienes piensan que no, como el meticuloso Adolfo Couve, que alimentó su chimenea durante años con manuscritos que él consideraba intentos fallidos. Distinto es el caso de Manuel Puig, el popular escritor argentino que publicó libros clave de la literatura latinoamericana de este siglo, como lo son sus novelas “Boquitas pintadas”, “El beso de la mujer araña”, “La traición de Rita Hayworth”, “Cae la noche tropical” y “Pubis angelical”. Libros que le valieron ser considerado el principal renovador de la literatura argentina, estancada medio siglo bajo la sombra de un Borges omnipresente.

Por estos títulos también sufrió persecuciones, críticas injustas, censuras y hasta amenazas de muerte. Pero también lo elevaron a un sitial de honor cuando, en 1982, fue postulado al Premio Nobel, circunstancia compartida en su país sólo por el mismísimo Borges.

Manuel Puig murió en la ciudad de Cuernavaca (México), en 1990 a la edad de 58 años, de manera abrupta. Según versión de sus familiares, producto de una negligencia médica que hizo que una simple operación de vesícula terminara en un paro cardíaco. Cuando eso ocurrió, Puig se encontraba en el cenit de su carrera y en mitad de una fervorosa producción. Es así como dejó a sus herederos una cuantiosa herencia literaria, consistente en una gran cantidad de manuscritos (12 mil piezas), entre los que se cuentan obras de teatro, guiones para cine, comedias musicales, cartas, primeras versiones, crónicas, borradores, proyectos de novelas, papelitos, diagramas de escritura y toda una serie de joyitas como para volver loco a cualquier editor con ganas de exprimir hasta el fondo ese pozo de talento.

Desde 1990 a la fecha, el llamado archivo Puig ha sido desmenuzado en publicaciones de diversa índole hasta la reciente aparición de “Querida familia” (Editorial Entropía), el primer tomo de una serie que recopila las cartas que el escritor enviara a su familia durante los años 1956 a 1962, correspondientes a su primera estadía en Europa.

Carlos Puig, el único depositario de los derechos del archivo, defiende con tesón la potestad de la familia de dar a conocer la herencia que dejara su más célebre miembro, como una manera de reivindicar al autor, por muchos años injustamente acallado, y de mantener viva la memoria de quien fuera el más importante renovador de las letras argentinas del siglo XX.



EL CUSTODIO DEL TESORO

Nietos de un matrimonio de españoles por parte paterna y de italianos recién bajados del barco por parte materna, los hermanos Manuel y Carlos Puig Delledonne crecieron en el pequeño pueblo de General Villegas, en la provincia de Buenos Aires. Pueblo que de no ser por el único cine que existía a mediados de los años ’30, hubiera sido un descampado total. Manuel, el mayor de los hermanos, tenía dos pasiones fundamentales: leer a los clásicos e ir todas las tardes a ver alguna película al destartalado recinto de General Villegas. Carlos tenía otra pasión: la pintura, oficio que hoy comparte con la gerencia improvisada del legado familiar.

–¿Siente una responsabilidad muy grande administrar la obra de su hermano?

–Claro que sí, porque no es mi obra, sino la de otro y encima ese otro es mi hermano mayor. Yo sé cómo era Manuel, cómo pensaba, lo meticuloso que era. Entonces, trato el tema con mucho respeto.

–¿No son las cartas un tipo de documentación muy privada?

–Sí, pero las cartas que él escribe muestran una faceta del escritor que la gente no conoce. Por ejemplo, derrumba el mito de que él era un autor espontáneo, que todo le salía más o menos por pura inspiración. Él era un gran lector, un estudioso y devorador de bibliotecas, tenía muchísimos referentes literarios, que no hacía explícitos en sus novelas porque no le interesaba. No escribía para intelectuales, sino para toda la gente.

–¿Es verdad que al principio le costó mucho conseguir editor?

–Sí, claro, porque lo distinto asusta a la gente. La censura siempre estuvo presente en la obra de Manuel, desde sus inicios, y él se lo tomaba muy a pecho, sufrió mucho por eso. Visto desde hoy, fue una verdadera persecución.

–¿De qué maneras se materializó esa persecución?

–De las maneras más evidentes: no lo editan, lo descalifican a través de la prensa, se prohíben sus libros, su nombre, y por último lo amenazan de muerte. Ahí es cuando decide irse definitivamente de Argentina. A mí, un día me confunden cuando levanto el teléfono y ahí me entero que estaba amenazado. Cuando él se exilia, su literatura deja de circular en la Argentina y comienza su carrera internacional.

–¿Tuvo en vida una postura política muy recalcitrante?

–No, nunca. Era político en la medida que era un humanista y le interesaba la libertad humana. En sus libros eso queda claro. Fue perseguido y rechazado tanto por los conservadores como por la izquierda ultramilitante, porque los totalitarismos justamente atentan contra las libertades humanas.



SIN ALHARACA

–¿Cómo se vivió el tema de la homosexualidad de Manuel al interior de la familia?

–Yo diría que de la mejor manera, siendo un asunto personal y particular de él. No derivó ni en tensión ni en exposición. Tuvo en él un desarrollo tan natural, no tuvo cuestión. Yo siempre sentí a Manuel como una persona muy libre, por lo que su homosexualidad siempre fue parte de su naturalidad y en la familia siempre se respetaron mucho las individualidades.

–¿Le parece que la publicación de inéditos contribuye a la revalorización de la obra de Manuel?

–Lentamente, pero sí. Creo que el archivo contribuye a cambiar el ángulo de visión que tenían los argentinos sobre la obra de Manuel Puig, que era muy estrecho. Los manuscritos lo muestran en su faceta íntima, de hacedor, de ser humano, de familiar, de viajero, de artista que tuvo que vencer muchas dificultades para llegar a ser quien fue.

–¿Cuál sería esta forma estrecha que tienen los argentinos de entender la obra de Manuel Puig?

–Que era un escritor de rarezas, que sólo escribió “Boquitas...” y dos novelitas más. No existe en Argentina la conciencia de que él escribió y experimentó con todo tipo de textos: breves, reportajes (que se publicaron en la revista “Bazaar”), guiones, teatro, comedia, musicales, etc. Manuel hacía cuidadosos diagramas de las tramas de sus obras y corregía mucho. Hay dibujos sobre ello. Tomaba nota de todo y no descuidaba detalle; su literatura dista mucho de ser casual.

–¿Cuál es para usted la pieza más valiosa del archivo?

–Todo es valioso, desde los papeles aislados hasta los proyectos más delineados. Dejó numerosos proyectos inconclusos, la mayoría orientados a la escritura de guiones, pero también el proyecto de una novela que se llama “Mére Fantasie”, sobre la que no había comenzado la etapa de redacción. Y un guión sobre la vida de Vivaldi.

–Todo eso ya es público. ¿Qué queda por mostrar?

–Queda. Lo próximo es otro tomo con más cartas. En eso estamos trabajando.

–¿Cómo le gustaría que se recuerde a su hermano?

–Como un espíritu libre, una persona muy libre que sin hacer revuelo ni alharaca causó una verdadera revolución en el arte y en su época.