Eso dice Werner Herzog en la entrevista que le realizó Andrés Hax para la revista Ñ, a raíz de la publicación de "Conquista de lo inútil", traducido por Ariel Magnus para esta casa editora.
El texto completo de la nota, acá.
martes, marzo 31, 2009
"Escribo mejor de lo que filmo"
miércoles, marzo 25, 2009
martes, marzo 17, 2009
jueves, marzo 12, 2009
Los saberes de la infancia
A propósito de Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi, por Alejandro Caravario para Llegás a Buenos Aires.
Uno, varón al fin, podría caer en la tentación de leer Los domingos son para dormir, el muy bello libro de relatos de Sonia Budassi, como fisgón.
Quiero decir, adentrarse sigilosamente en territorio femenino y auscultar la intimidad (meditaciones, anhelos, preferencias sexuales, soliloquios inconfesables) de esas heroínas sencillas, como las que alguna vez invitamos al cine o les propusimos un porvenir sereno y colmado de niños.
Sería una lectura instrumental, de servicio, acaso valiosa en el arduo mercado de la seducción y la conquista, pero condenada al desconcierto. Porque las mujeres que animan los cuentos de Sonia son incompletas, vacilantes, inestables. Habitantes de un mundo de transiciones, un limbo en el que se superponen (no se suceden, ahí está el problema de esta gente) la inocencia infantil y el rigor de la adultez, el legado familiar (aquella información segura y anticuada) y el protocolo de la chicas modernas con aspiraciones profesionales, la periferia (el pago chico) y el centro.
Escenario clave, la casa. Allí se juegan los pormenores del coto femenino. Sólo que el lugar que antes protegía es ahora la exposición de un tablero que nunca se acomoda, donde todo es desorden. El relieve caótico de la soledad. Como en “Todo lo de anoche”, un cuento sobre la resaca del domingo (un día para dormir), en que una joven junta sus pedacitos y los de un departamento estragado.
Aun así, sobrevive en ella (y creo que en todos los personajes de Sonia) un resto poderoso de voluntad erótica (sus chicas son chicas guerreras, atentas al delineador y a los efectos de las medias de red) que su compañero desaira. Pero no es el desamor sino la eventualidad pura lo que resalta el encuentro fallido, el sexo insípido. Por lo demás, los hombres de Los domingos son para dormir -borrosos, fuera de foco- suelen ser insuficientes.
Sigue acá.
martes, marzo 10, 2009
lunes, marzo 09, 2009
Hacia una literatura más radical
[Reseña de Las teorías salvajes, por Hernán Vanoli para Ñ.]
Cuando una novela aborda de modo directo núcleos traumáticos de la sociabilidad que la constituye y alimenta, y además muestra la voluntad de cuestionar ciertas prácticas y creencias presentes su comunidad de lectores potenciales, ese ímpetu de trascendencia, por más que venga acompañado de los correspondientes anticuerpos, funciona como un hecho político – literario en el que vale la pena detenerse. Las Teorías Salvajes, de la debutante Pola Oloixarac, cumple con estos requisitos.
La novela es, a primera vista, el diario desbocado de una estudiante de filosofía que sueña conquistar a un titular de cátedra. Este diario convive con la historia de amor entre Pabst y Kamtchowsky, dos bloggers que, retratados con despiadada ironía, encarnan los clichés propios de una microcultura arraigada en un sistema de referencias geek cuyas coordenadas van de You Tube y la modernidad periférica del circuito de las artes visuales a Los Goonies y las películas de Olmedo y Porcel, pasando por la filosofía de Leibniz y la revista Humor. Recorrido hiperbólico entonces, que a través de la lógica de la redundancia y la superposición disecciona un humus emotivo generacional, como si Oloixarac fuese una etnógrafa trash empantanada en el fango académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, con la que se muestra inclemente pero de la cual, sin lugar a dudas, es un producto refinado.
Diario y romance narrado en tercera persona se ven interrumpidos por mazazos o bocetos de esas “teorías salvajes” que conforman el núcleo de la novela: una ambiciosa ontología de lo humano (la “Teoría de las transmisiones yoicas”, que apuesta por una suerte de neo-racionalismo pragmático e historicista, no teleológico), y unas acaso más interesantes reflexiones sobre lo actual (“había comprendido que el régimen de acceso a la empatía contemporánea se encuentra vinculado al uso inteligente, glamoroso, de la crueldad”) que, de a momentos, acercan su propuesta a la de Michel Houellebecq o Frederic Beigbeder. Pero, a diferencia de lo que ocurre con los franceses, el deseo de producción de verdad que sostiene Las Teorías Salvajes surge de procedimientos que asumen el riesgo de apropiarse y de re-contextualizar la jerga heredada de la filosofía canónica, haciéndola, al fin, productiva.
A la hora de abordar la herencia de la militancia setentista, la novela cae en su propio diagnóstico generacional. Así, aunque la repetición de ciertos gestos pop sobre las fricciones entre líbido social y proyecto político no están a la altura de su inteligencia, estamos ante el triunfo de una voluntad que reclama un espacio diferente para la literatura, acaso más radical.
viernes, marzo 06, 2009
Dormir, soñar, huir
[Guido Carelli Lynch reseña, en Ñ, Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi.]
“Compulsión a la repetición” es el título de uno de los nueve relatos de Los domingos son para dormir, el primer libro de cuentos de Sonia Budassi y, también sin querer (queriendo) una declaración estética de la autora sobre su propia antología.
No se trata de reiteraciones sintácticas y mucho menos de una falencia de una escritora que ha dado sobradas cuentas de su manejo del idioma. Es, más bien, la reconfirmación de una voz, de un tono unificador en cada cuento, que terminan por sellar una unidad narrativa bien palpable.
La primera persona como voz narradora y protagonista en todos los relatos sirven para plasmar eso cometido monocorde. La omnipresencia de la pérdida de los padres, lugares, amantes, infancia o juventud, amores de una y otra forma, se reflejan y multiplican de un cuento a otro y refractan una emoción acabada de nostalgia. “La nostalgia es un espectro con armas de guerreros, pero se mezcla y se gasta”, se lee en el cuento citado.
Cada relato parece un segmento distinto en la vida del mismo personaje, esa mujer entre los veinte y los treinta, varada entre la ciudad (Buenos Aires), el pueblo (Bahía Blanca o Pehuancó) y dudoso primer mundo (Nueva York), que ama y odia al mismo tiempo sus rutinas y ritos compulsivos. La acción es mucho más estática que dinámica, más reflexiva que prosaica. El título que da nombre a la antología, hilvana los relatos en un tiempo muerto que es metáfora de las tardes de domingo. Si la autora acierta en la combinación de factores para plasmar una emoción, menos efectiva parece, por momentos, la cadencia interrumpida por el tiempo presente, aclaraciones, paréntesis reiterados y excesivos guiños autorreferenciales, que acaban por minar la paciencia del lector de igual manera que el clima opresivo de la depresión dominical.
Más allá de los juicios estéticos, subjetivos, circunstanciales y arbitrarios, es para festejar la audacia de Budassi – y de Entropía- independiente de la lógica comercial que determina la imposibilidad de un futuro más promisorio para un género siempre amenazado. Lógica a la que Budassi le lleva la contra desde la pequeña utopía que ella misma creó en la editorial Tamarisco y desde su propio ímpetu narrativo.
jueves, marzo 05, 2009
En faldas y a lo loco
[Silvina Friera resume para Página/12 la charla entre Terranova y Oloixarac del pasado martes.]
La comedia de la calle Puan
La inauguración del ciclo “Los martes de Eterna Cadencia” arrancó con Pola Oloixarac, autora de una primera novela, Las teorías salvajes (Entropía), que la instaló en un lugar de provocadora y revulsiva –hasta de chica mala o incorrecta de la literatura argentina– entre críticos, periodistas y lectores. Aprendió, rápido, a agitar el ambiente y a generar discusiones. Entrevistada por Juan Terranova, este “dúo dinámico” se sacó chispas, especialmente cuando se puso las cartas sobre la mesa de la sempiterna pulseada entre los del bando de filosofía (Pola) y los de letras (Terranova). El aplausómetro del público que desbordó el bar de la librería, por el ímpetu de las palmas de algunos más que por la convicción, se inclinó, hay que decirlo, a favor de la filosofía, carrera que estudió Oloixarac en “un ecosistema gagá donde se permitía al académico gagá convivir a gusto con el deterioro institucional”, tal como la define a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires la narradora de la novela. “Es difícil hacer una reflexión crítica de este libro, pero lejos de ser un obstáculo para su lectura resulta una virtud”, admitió Terranova.
Después de enumerar una serie de ideas que le generó la lectura de Las teorías salvajes –la filosofía como insatisfacción, el campo intelectual porteño como circuito de entrenamiento del narcisismo, “un libro que, más allá de su alta calidad literaria, faltaba por su contundente pronunciamiento sobre lo contemporáneo” y “Houellebecq en la calle Puán”, entre otras puntas–, Terranova señaló que “no hay posibilidad de que en la Argentina, más aún, en nuestra Argentina cibernética y kirchnerista del presente, las teorías no sean salvajes”. Ante la pregunta del escritor sobre la ausencia en la novela de un conocimiento positivo, Oloixarac dijo que “hasta los personajes más secundarios plantean relaciones entre la teoría y la acción; todos buscan contrastar teorías y, por lo tanto, inscribirse en una suerte de situación, de producción de verdad”. Terranova recordó que tuvo una discusión con una lectora de la novela respecto de si todos los personajes del libro eran feos, categoría que representarían dos de los protagonistas principales, Kamtchowsky y Pabst. Pola pegó un grito y aclaró: “Estos feos no son como el personaje feo que está marginado, que es como un nabo y nadie lo quiere. Los personajes feos acceden al cálido núcleo de la aceptación sexual, de hecho se mezclan. A mí me interesaba crear esta matriz porque la cuestión que me parecía más importante es que el sexo, una pasión que me parece totalmente contemporánea, es la pasión por la autoestima”.
Leer todo.
martes, marzo 03, 2009
Fin de fiesta
[Reseña de Bizarra, por Gabriel Zayat para "Llegás a Buenos Aires"]
Y cinco años después se editó Bizarra. La obra que se consagró como una monumental fiesta del teatro, a la que acudieron más de ocho mil espectadores e indagó sobre la posibilidad de referirse, siempre con una distancia paródica y una ácida ironía, al género de la telenovela y al contexto político social de la Argentina del 2003, llegó a las librerías. Una telenovela teatral, una teatronovela. El guión de Bizarra se presenta con la expectativa implícita de poder soportar una existencia puramente literaria. Aquel contexto político y social en el que surgió, ya no existe. Ni su soporte escénico, ni los miles de espectadores, ni los casi 80 actores que participaron en sus diez ediciones, ni las figuritas, ni aquella fiesta… pero surgió el libro. Una fiesta en formato de libro.
Es sabido que la verdadera esencia del teatro se concreta en escena, que leer una obra de teatro es una experiencia más cercana a lo literario que a lo teatral. El texto dramático incluye (aunque existen corrientes que las excluyen deliberadamente) las didascalias, que determinan su potencialidad escénica. El teatro suele ir del texto a la escena, y en ciertos casos leer teatro puede ser una actividad aburrida, o al menos incompleta. Así como relatar un sueño no es soñarlo, leer teatro no es experimentar teatro. En este caso leer Bizarra después de tantos años, sabiendo que no es sólo improbable sino imposible que se reponga como puesta, es una experiencia de otro orden. Se trata de una aproximación, una forma de volver a experimentar (aún sin haberlo visto) aquello que alguna vez existió, que despertó los odios mas incondicionales y los amores mas irracionales y se transformó en un extraño acontecimiento, algo sin precedentes, en un fenómeno absolutamente inédito en la escena teatral porteña.
Completo, acá.
viernes, febrero 27, 2009
Pola Live, In Concert
La autora de la casa Pola Oloixarac, responsable de cada uno de los párrafos de Las teorías salvajes, será objeto de una exhaustiva disección pública, a cargo del forense Juan Terranova.
La cita es el próximo martes 3/3 a las 19:00 horas, en el marco del novel ciclo Los martes de Eterna Cadencia (Honduras 5582, Palermo, Capital Federal).
miércoles, febrero 25, 2009
Bellatin y el relieve pampino
[Texto escrito y leído por Ariel Schettini durante la presentación de Condición de las flores, de Mario Bellatin.]
Para negar la sentencia que diagnostica que los argentinos somos pedantes y altaneros, contamos con una serie (estoy tentado de decir: un ramillete) de visitantes ilustres que han apostrofado a los argentinos de modos diversos. No me refiero a los ya célebres “viajeros del siglo XIX” –aunque podría incluir en esta lista a los “naturalistas” (porque algo de naturalista hay en la obra que nos convoca), sino a aquellos que durante el siglo XX no han cesado de hacer de esta pobre patria un hogar que demandó de ellos epítetos y exhortaciones, títulos y advertencias.
En el año 1932, Borges adjudicó la autoría de la definición del efecto geográfico astronómico de la pampa (la vastedad del horizonte) a uno de los tantos “visitantes ilustres” de Victoria Ocampo, Pierre Drieu La Rochelle. En su paso por Argentina, antes de su “conversión” al nazismo, dijo la frase que es relatada por Borges así: “(...) recuerdo que salimos a caminar por los arrabales de Buenos Aires. No sé si era por Chacarita, por el puente de Alsina, por Barracas, no recuerdo bien dónde, pero de pronto sentimos la gravitación de la llanura. Habíamos dejado las casas y estábamos entrando en el campo, entonces Drieu dijo una cosa que no recogió en ningún libro, pero que es la definición de la llanura, que todos los escritores argentinos hemos buscado, con la cual no hemos dado. Fue necesario que aquel normando viniera y nos la dijera. Dijo: ‘Vertige horizontal’, es la expresión magnífica (...)” (Revista Sur, Nro. 349.)
No muchos años después, en una de sus conferencias en la Universidad de La Plata, Ortega y Gasset, otro visitante ilustre, nos calificó de modos varios (en todas sus versiones uno podría decir que eran formas educadas y finas de decir que los argentinos eran haraganes…). Pero lo hizo con un argumento de la “Geografía Humana”: Ortega miró la vasta llanura pampera y percibió que en esa inmensidad que se hundía había algo de la idiosincrasia argentina: la idea de un país cuyo valor consistía en ser una pura promesa que jamás se habría de realizar. Como Ortega y Gasset era filósofo, creyó que una palabra suya era suficiente para cambiar ese destino ya trazado en la orografía y decidió poner manos a la obra y hacer del relieve pampeano un desafío que su sola voz habría de transformar como un terremoto: “Argentinos, a las cosas”, rezó, para la sabiduría o el misterio nacional.
Seguramente hubo otros, pero hoy me preocupa agregar uno más a la lista: la semana pasada, invitados por la Fundación que dirige Arturo Carrera, un grupo de artistas e intelectuales fuimos a conocer el proyecto de Estación Pringles. Conocimos la Estación de Quiñihual, donde pronto habrá una residencia de artistas, que en el medio de la pampa podrán ver florecer su obra, protegidos por la hospitalidad de otros artistas. Allí, Arturo Carrera confrontó a Mario Bellatin con el Paisaje chato, uniforme e indudablemente rico, y el Autor de Condición de las flores dijo su frase para el bronce.
Ajeno a la historia de extranjeros que lo precedían, dijo aquello que los argentinos esperan que se diga cuando se coteja a un foráneo con esa rareza del relieve pampeano.
Como en todos los casos en los que habla, casi sin intención o fingiendo espontaneidad, Bellatin inauguró la lista ilustre del siglo XXI.
El hombre miró la llanura, y luego de una meditación corta y bajo el rayo del sol que nos doblegada, pronunció las palabras. Dijo (y aquí la entrego para la meditación colectiva): “¡Qué verde es casi todo!”.
Seguir leyendo...
lunes, febrero 23, 2009
Culebrón bizarro
[Reseña de "Bizarra", por Celia Dosio para "Perfil"]
No se hace una tele-novela, con sus entregas semanales, en un teatro. No se puede hacer reír con temas tan serios como la crisis de 2001. No se monta una obra de teatro-arte con un elenco de más de cincuenta actores. Tampoco se habla de política en un culebrón ni se permite al público elegir entre posibles finales. Sin embargo, Rafael Spregelburd escribió, digirió y hasta actuó en Bizarra una “teatro-novela” en diez capítulos que fueron estrenados de a uno por semana en el Rojas entre agosto y noviembre de 2003.
La fórmula era la vieja y conocida historia de dos hermanas separadas al nacer, una vive en la riqueza y opulencia; la otra, es pobre y desgraciada pero llena de virtud. Según Spregelburd, esa fue la excusa para poner en escena la disparatada idea de que en la Argentina la memoria y la política se viven en clave melodramática.
La extraña conjunción de los lugares comunes de la telenovela latinoamericana y la narración del derrumbe del país involucró en una misma trama a personajes tan disímiles como la rubia de ABBA, el coro de Bomberos Voluntarios de Luján, una artista pop, un sindicalista troskista, Jorge Dubatti, monjas alucinadas, falsas travestis, policías de otras obras de teatro y hasta el mismísimo Satanás. Hubo también un álbum de figuritas de Bizarra, un CD y una colección de fotos pseudo eróticas de los protagonistas.
La Editorial Entropía entendió el valor de todo esto y acaba de publicar la versión completa de la teatronovela. Incluyendo un epílogo en donde el autor dialoga con Javier Daulte: cuentan anécdotas muy divertidas, aportan su pertinente y lúcida reflexión teórica y no se privan de repetir las ventajas de nuestro teatro comparado con el del viejo continente. La experiencia de lectura de Bizarra es necesariamente distinta –falta la inmediatez, los errores, la precariedad– pero se disfruta como un buen folletín.
miércoles, febrero 18, 2009
Boca de urna
Este es el listado de los ejemplares más vendidos, durante la última semana, en Librería Otra lluvia (Bulnes 640), según "Radar Libros".
FICCIÓN
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo
Haruki Murakami
Tusquets
Las teorías salvajes
Pola Oloixarac
Entropía
Virilidad
Cynthia Ozick
Bajo la Luna
Recorre los campos azules
Claire Keegan
Eterna Cadencia
Los encubridores
Muriel Spark
La Bestia Equilátera
lunes, febrero 16, 2009
La teoría en tiempos de Google
[Beatriz Sarlo escribe en "Perfil" sobre "Las teorías salvajes", de Pola Oloixarac.]
El pececito se llama Yorick y la gata Montaigne Michelle. Su dueña se aferra a una “edición trilingüe de la Metafísica de Aristóteles” y usa “gorra de escribir” como Jo en Mujercitas. Una tormenta le impone, como toda la naturaleza, su “efecto gótico” y el terror la conduce a una cita de John Aubrey sobre la costumbre de Hobbes de cantar de noche desgañitándose porque creía que así beneficiaba sus pulmones. Inmediatamente, por deslizamiento, llega Rousseau que, como Hobbes, también protagoniza episodios de paranoia “clásica y barroca”.
Cualquier párrafo de la novela de Pola Oloixarac ofrece esta variedad de remisiones culturales. La Facultad de Filosofía y Letras de la UBA es la patria de adopción de la narradora (alias Rosa Ostreech: Avestruz Rosado), hija vengadora y respetuosa, satírica y disciplinada de la heterotopía cuyo lugar físico es Puán y Pedro Goyena. Las teorías salvajes no podría haber salido de una cabeza educada en otra parte; a quienes conocen la abigarrada escena de la Facultad esta novela les resultará algo así como una carta escrita por un pariente próximo que desprecia y ama los cuatro pisos del edificio y los personajes de picaresca que discurren allí (los vendedores de videos y discos truchos o de panes rellenos, los organizadores de iniciativas descabelladas que la novela, al pasar, pone en ridículo, las profesoras arratonadas, los ayudantes de cátedra solícitos, los titulares carcomidos por la decrepitud y la repetición que se transforman en objetos eróticos de estudiantes obsesivas, ávidas y ambiciosas).
Las teorías salvajes muestra lo que se puede hacer con lo que se aprendió en la Facultad, o sea que, a su modo, es un panegírico del mundo universitario que ha convertido a una mujer joven y bella (narradora, personaje, conste que no digo autora) en una especie de monomaníaca para quien lo erótico se consume o se consuma en la pasión filosófica y viceversa. Reivindicación hipercrítica de Puán y Pedro Goyena, la novela se apoya sobre el mismo suelo que convierte en un campo minado. No hay por qué pensar de antemano que eso carece de un interés más amplio, porque todo depende de la eficacia de la sátira que a veces es veloz, inteligente, cruenta, y otras, demasiado engolosinada con su perspicacia.
Fiel a esta heterotopía del Saber, la narradora tiene siempre un libro a mano para fregarlo contra el hocico de su gata en un gesto de didactismo mimético; o para contar una performance porno-underground o un trip de pastillas y polvos diversos en una disco. Las teorías (antropológicas, psiquiátricas, filosóficas, tecnológicas) fascinan, pero también son instrumentos para escribir una novela que yo no llamaría filosófica, sino de aprendizaje, no una “educación sentimental” sino una educación a secas.
Se podría hablar de los procedimientos intertextuales que ponen de manifiesto esta educación, de las citas de libros reales o de textos inventados. Sin embargo, no estoy muy segura de que “intertextual” sea la palabra adecuada. Habría que buscar otra. La intertextualidad pertenece a la época de las bibliotecas reales y de las enciclopedias. Las citas, alusiones y ficciones teóricas de esta novela son de la era Google, que ha vuelto casi inútil el trabajo de hundir citas cifradas porque nada permanece cifrado más de cinco minutos. Sylvia Molloy escribió que la erudición borgeana era incierta y finalmente poco confiable. Esa cualidad dudosa de la cita, que producía la indeterminación de los textos de Borges, hoy no tiene condiciones de posibilidad: no hay incertidumbre; verdadera, modificada o intacta, la cita siempre se encuentra a pocos golpes de teclado; y las citas falsas no aparecen entre los resultados del buscador.
El personaje de Las teorías salvajes lleva una mochila llena de libros, posee los clásicos en las lenguas correspondientes, clasifica con cartoncitos los estantes de su biblioteca. Pero ella y nosotros sabemos que allí está Google, burlando la colección de libros y artículos sobre papel, como una amenaza a la custodia privada del saber. Atento a esta cualidad Google, Tulio Halperín Donghi, en Son memorias, reemplazó todas las referencias a libros que conoce perfectamente por una fórmula leve y divertida: “Google me informa”. Después de Google, no hay erudición sino links. Las teorías salvajes vive desesperadamente esta situación y quizá por eso Pola Oloixarac acumula referencias.
Aunque Hobbes es “el centro flamígero” de la biblioteca y las teorías de un antropólogo apócrifo invierten la ficción freudiana en torno al asesinato del Padre, Las teorías salvajes sobresalen más en el aforismo y el mot d’esprit: un setentista es un “trasto viejo de ideologemas” y está “envuelto en su extraño glamour de veterano de guerra sucia”; el consumo de cumbia por las capas medias es una “degeneración chic de lo inadmisible”. Igual que Laura Ramos, Oloixarac es implacable con la educación recibida como hija de “progres”: a los chicos no se les compra helados Massera y en los colegios está bien visto “escribir ensayos sobre los desaparecidos y poemas sobre la dictadura en las clases de expresión corporal”, cuyos títulos pueden ser “Pégame y llámame Esma”. La caricatura de esos años de infancia es tan sarcástica como eficaz, con una sola excepción: no funciona la parodia del diario íntimo de una militante setentista que la novela transcribe. La parodia necesita una idea más exacta del texto a parodiar y Oloixarac no la tiene.
En paralelo a la historia del desenfrenado erotismo filosófico de la narradora nacida y criada en Filosofía y Letras hay otra historia, que transcurre en el escenario de lo semi fashion, semi cool, bizarro de Buenos Aires, donde cada minoría cultural es el centro de pequeños oleajes de celebridad marginal (en realidad: todo es margen). Esos personajes, por un capricho de la fortuna, acceden al estatuto de celebrities fugaces. Allí hay de todo: hijos de madres setentistas (exactamente captadas con su pelos al viento a lo Farrah Fawcett y sus largas polleras), parejas en busca de parejas que arman una especie de colonia urbana para el sexo, las drogas, la difusión de videos, y la creación de una página de games en Internet que se inaugura con Dirty Wars 1975, nerds, cumbieros y, como pintoresco desafío, un empleado de MacDonald’s con síndrome de Down que se masturba con la protagonista de videos under porno. Este abanico de life-styles tiene una dinámica merecidamente mayor que el reducto Puán de las pasiones filosóficas. La zona juvenil de Las teorías salvajes, en especial una noche en la disco y la realización del video-game cuya acción transcurre en los años setenta, muestra una vitalidad exuberante, acentuada por la original insistencia con que Oloixarac escribe sobre los cuerpos feos y las materias o los olores inmundos.
La mezcla de bizarros, nerds y beautiful people produce un tratado de microetnografía cultural más convincente que los que resultan de las pasiones teóricas. Las teorías salvajes están allí.
jueves, febrero 12, 2009
Un espectáculo de realidad
Por Virginia Cosin [para revista Ñ]
La materialidad física de Condición de las Flores, el último libro publicado por el escritor mexicano Mario Bellatín, no es diferente de la de cualquier libro clásico: sus páginas están encuadernadas entre una tapa y una contratapa, en la solapa se consignan los datos biográficos del autor, en su interior no hay fotos, ni dibujos.
Sin embargo se trata de un libro-objeto. Una “caja negra” dentro de la que se encuentra una combinatoria de elementos que más tarde serán revelados. Un artefacto por medio del cual es posible asistir al proceso de apareamiento y germinación de algunos de los textos que ya forman parte del canon de la nueva literatura latinoamericana.
Efecto invernadero, Lecciones para una liebre muerta, Canon perpetuo, Salón de belleza, El gran vidrio son, entre otros, algunos de los títulos que Bellatín publicó a través de importantes editoriales una vez que su nombre comenzó a circular. Actualmente considerado uno de los exponentes principales de un tipo de literatura radical y novedosa, lejos de la tradición y cerca –mucho más cerca- del nuevo boom que rompió (si hace crack es boom) con los parámetros previamente establecidos, dueño de un estilo que escapa a las convenciones: fragmentario, escueto, sincrónico, atonal; Mario Bellatín fue, en algún momento, un escritor anónimo. Durante ese tiempo, debido a una suerte de temor patológico, carente de recursos económicos (no podía siquiera sacar fotocopias), les entregaba a sus amigos en consignación una serie de textos -borradores, apuntes- mecanografiados en una máquina portátil Underwood del año 1915, para que los resguardaran de posibles catástrofes. Buena parte de esos mismos textos fueron, también, ofrecidos como forma de pago a su psicoanalista de orientación lacaniana. “Me pagas con palabras”, fue la propuesta de ella, en aquel momento. El valor de esos textos, adquiridos en pleno ejercicio de la transferencia analista-paciente, creció con el correr del tiempo a medida que crecía la figura del escritor. Años más tarde, abocada a la tarea de recopilar esos escritos dispersos, la crítica Graciela Goldchluk contactó a la psicoanalista Laura Benetti quien, en un acto auténticamente “derrideano” los donó para que fueran publicados.
Condición de las flores es, entonces, un libro de pre - textos que se funden con el contexto (la historia que rodea su publicación), de modo que sus bordes se desdibujan, se derraman unos sobre otros como una pieza de alfarería en pleno proceso de elaboración, en el que las manos untadas de material no se distinguen del objeto. Allí, adentro y afuera son uno: el libro se hace y se deshace en sus intersticios. Las anotaciones de Goldchluk bordan los márgenes del libro, reponiendo a partir de una meticulosa descripción las condiciones performáticas del escrito original: desde el tipo de papel utilizado hasta el color de la birome con la cual el autor realizaba las correcciones del texto mecanografiado en la vieja máquina de escribir.
Mario Bellatín ha confesado que este es un libro que, habiéndolo escrito, no fue leído por él jamás. De modo que el interés que despierta, más allá de la curiosidad que pueda suscitar su lectura, reside en su particular construcción de alguna forma ejecutada a cuatro manos y a la manera de un ready made. Gracias a su particular carácter híbrido, se instala en el panorama actual más como una obra de arte contemporáneo, un “espectáculo de realidad” como lo definiría el crítico rosarino Reinaldo Laddaga, que como un tradicional objeto literario.
martes, febrero 10, 2009
jueves, febrero 05, 2009
Preguntan si...
¿Te sentís parte de una generación literaria? ¿Qué elementos los hermana además del momento y del lugar?
La generación existe, no es cuestión de sentirse parte o no. Supongo que todas las épocas tuvieron sus camadas de nuevos escritores, pero lo que hay ahora, y que se nota desde hace unos cuatro años, es una herramienta como Internet que les permitió, en principio, darse a conocerse entre ellos. Así como en otras décadas los autores se nucleaban en torno a revistas, ahora lo hacen a través de blogs y de sitios digitales. Paralelamente a eso surgieron algunas editoriales independientes como Entropía –en la que edité mi primer libro y voy a editar el próximo– y se armó un circuito de lecturas que ayudó a crear un clima. En cuanto a los autores, no veo ningún patrón común. Por suerte hay una gran variedad de concepciones y de estilos.
De una entrevista que le hizo Valeria Tentoni a Ignacio Molina, y que se puede leer completa: acá.
lunes, febrero 02, 2009
Dasbald lee a Oloixarac
["Huida y lectura rápida", publicado en La lectora provisoria]
Tratando de huir a los microefectos negativos que me provoca el contacto con mi familia política, de la cual una parte esta noche viene de visita a mi hogar dulce hogar, salgo a la calle, me encamino hacia una librería tratando de comprar Las teorías salvajes de Pola Oloixarac. Pronto me doy cuenta de que estoy ante un posible pequeño best seller, si es que apresuradamente se puede llamar así al efecto de haberse agotado en una, dos, tres, cuatro librerías. Finalmente hay dos ejemplares en una sucursal de Hernández sobre los que me abalanzo discretamente. Entonces pago, miro de reojo alguna que otra cosa, pero básicamente salgo rápidamente del local y más rápidamente intento abandonar la zona de la avenida Corrientes con su aire de fantasma setentista de sábado por la noche. No es que la calle Corrientes me parezca insoportablemente espeluznante y horrible bajo cualquier luz o a cualquier hora del día, debiendo escapar imperiosamente cada vez que necesito frecuentar sus inmediaciones, sino que en esta ocasión su fealdad no es suficiente. Debo buscar algún espacio o sitio aún más espantoso que silencie el continuo tic tac con el que una bomba de horror doméstico me acosa: ellos, es decir, mi cuñado, el primo de C., en fin, y algunos otros miembros de la tribu de los Campanelinsky, en este momento deben de estar paseándose por mi casa y sus pasillos, inspeccionándolo todo, hablando a los gritos, etc. Por lo tanto, no se me ocurre nada mejor que el Alto Palermo para esta emergencia. La noche recién comienza y el show aún no.
Todo, acá.
jueves, enero 29, 2009
Los domingos no son cartesianos
A propósito de Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi
Por Patricio Erb, vía Malón Literiario 2.0
“¿Qué cuento te gustó más?” Sin lugar a dudas esta era una del 99% de las preguntas periodísticas que conocen de antemano su respuesta. “No sé”, me dijo la autora de “Los domingos son para dormir” (Editorial Entropía), que de inmediato amplió su contestación contándome los cuentos preferidos de otros. “Los domingos son para dormir”, de Sonia Budassi, invita, del primero al último de sus relatos, a mirar una pantalla de 1000 pulgadas de ideas que buscan desesperadamente un pedazo de carne. “Acto de Fe”, “Seis menos dos”, “Fuera de temporada”, estuvieron entre los mencionados por Budassi (que otros le dijeron), como las narraciones que más gustaron. Tal vez estos tres cuentos pueden pensarse como el paso de la racionalización cartesiana más brutal a la materialidad del dolor (sea de felicidad o de tristeza).
“Acto de Fe”, con mirada femenina, hace recordar a "Memorias del Subsuelo", de Dostoievski. La protagonista, sola en el extranjero edifica sus relaciones (lo maravilloso, lo más o menos, lo terrible) de forma imaginaria. Incapacitada de gritar... de decir, la actriz principal del cuento mantiene vínculos ficcionales con los que la rodean. Pese a todo, allí deviene lo concreto: la muerte, como una irrupción en la vida intelectual, inmóvil, de ella, que sabe pero no puede. Imaginando una línea progresiva hacia la tangibilidad, el cuento “Seis menos dos” podría funcionar como un puente entre lo intelectivo y lo material: la vida de una niña de campo que, dentro de su mundo enfant, vive junto a sus tres hermanos, en casi una misma escena, el nacimiento (fallido) de un ternero y la muerte de sus padres.
Con respecto al primer cuento aquí mencionado, en “Seis menos dos” se observa un giro: la niña protagonista del cuento, dentro de su inocencia, es parte del barro del mundo; mira como sus hermanos (sin éxito) ayudan a parir a un ternero, siente dolor al clavarse una astilla y asume con naturalidad que no verá nunca más a papá y mamá. Finalmente “Fuera de temporada” es el punto de llegada de esta falsa progresión que elimina por completo al mundo de las ideas platónicas. Llegar a Pehuancó en diciembre significa abandonar el racionalismo cartesiano y entrar definitivamente al “conocimiento de sí” foucaultiano. No se trata de empezar a leer libros de autoayuda, sino de enfrentar físicamente los problemas que nos atormentan. Tres amigas en un balneario (nada chic) del sur de la provincia de Buenos Aires fuera de temporada, es la entrada concreta de “Los domingos son para dormir” a lo bello y a lo desagradable de la vida.
lunes, enero 26, 2009
Retrato del Yo
A propósito de Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac
por Mariano Dorr, para Radar
Algunos de los primeros capítulos de esta novela filosófica comienzan con el relato de un rito de iniciación; niños que son perseguidos y atormentados por hombres enmascarados “que amenazan a los pequeños iniciados, persiguiéndolos a punta de lanza hasta empujarlos al centro de los rituales del miedo”. Una vez de regreso, los niños traen puestas las mismas máscaras con que habían sido perseguidos: dejan de ser presas para convertirse en cazadores. La experiencia del miedo los prepara para enfrentar las dificultades de la vida en comunidad y, sobre todo, la guerra. El primer epígrafe de la novela pertenece a un texto de Adorno: “Toda la práctica, toda la humanidad del trato y la conversación es mera máscara de la tácita aceptación de lo inhumano” (Mínima Moralia). Es decir, la práctica misma de los ritos de iniciación, donde hacen falta torturadores enmascarados –verdaderos precursores de toda pedagogía futura– es ya una “mera máscara”. ¿Y qué hay detrás de ese disfraz? Sólo bestias; la más cruda brutalidad que llamamos, eufemísticamente, humanidad. Las teorías salvajes cuenta (entre otras historias paralelas) la iniciación de la “pequeña Kamtchowsky” y su grupo de amigos en la vida sexual e intelectual de Buenos Aires en la era del blog y la ketamina; pero esta vez, se trata de una iniciación con tormentos teóricos y son las teorías mismas las que ahora se exhiben como máscaras. En definitiva, las teorías son máscaras detentadas por tribus modernas. En este sentido, el texto se revela menos como una novela filosófica que como una ficción teórica. En su estructura, la novela amenaza con presentarse como un Tractatus, aunque asediado por el mismo caos que caracterizó desde siempre a la filosofía.
Una voz femenina en primera persona especula con fascinar a un viejo y afamado profesor de Puan (Filosofía y Letras) proponiéndole “un proyecto imposible”: llevar sus propios desarrollos teóricos –la “Teoría de las Transmisiones Yoicas”– a su máxima radicalidad. El loco afán de seducir al profesor Augusto García Roxler lleva a la narradora a escribir sus más bellas páginas en algún lugar entre la carta de amor, la meditación cartesiana y la filosofía política hobbesiana. Para explicar el vínculo entre Soberanía, Reverencia y Muerte, la narradora observa (como Spinoza con sus arañas) un encuentro entre su gata –Montaigne– y una “Blatella Germanica”, la típica cucaracha. Ante el poder de la gata, que la manipula con facilidad, la cucaracha “avanzó voluntariamente hacia su Predador y se postró frente a él”. La narradora se pierde en el “derrotero mental del insecto” Y si es posible imaginar la voz interior de la cucaracha es, ante todo, porque nosotros mismos somos conciencia, y la conciencia –según la teoría– no es sino el resultado de la experiencia del terror. Sólo puede haber un Yo allí donde hay miedo.
La primera novela de Pola Oloixarac no es tanto un texto ambicioso como una novela sobre la ambición. ¿Acaso “pensar”, decir “yo pienso” no es ya una empresa ambiciosa? Las teorías salvajes propone su propio proyecto imposible: hacer un retrato del Yo. Es decir, el retrato de esa ficción que asumimos todos los días, sin hacernos cargo de sus efectos. Y no se trata ni de una psicología ni de una fenomenología del espíritu, sino más bien de una comedia filosófica deslumbrante.




