lunes, diciembre 26, 2016

Sobre la arena húmeda de la noche, por Cynthia Edul

Acá el texto que Cynthia Edul leyó en la presentación de Acá todavía, de Romina Paula


Imagino un diálogo habitual:

Alguien me pregunta:

¿De qué se trata la novela?

Respondo:

La novela narra la agonía de un padre. Mario, el padre de Andrea, la narradora, agoniza en el Hospital Alemán, padece una enfermedad en la sangre. Andrea lo acompaña en los largos días de tratamiento, en la habitación de terapia intensiva. Ella no tiene, como sus hermanos, Juanchi y Coco, grandes obligaciones. Trabaja free-lance como técnica en cine, está sola (terminó una relación con Lourdes, su novia) y decide acompañar, en todo momento, a su padre. En el hospital va a conocer a Rosa, una enfermera por la que va a sentir una fuerte atracción y a Iván, el ex de Rosa, y que por contagio, también va a sentir una fuerte atracción.

¿De qué se trata la novela?

Bueno, ese es el punto de partida.

¿Cómo empieza la novela?

La novela empieza en penumbras.

Las penumbras.

Dice la narradora: “Acá, ahora que los pasillos están en penumbras”. Son las penumbras de un hospital en el que de a poco, Mario empieza a transitar una agonía, agonía que Andrea o Trapo como la llaman su padre y sus hermanos, o el cebú (como ella se dice a sí misma), que hace guardia junto al cuerpo deprimido del que fue un padre fornido, robusto, enérgico y que ahora, de a poco, se está yendo.  Pero, ¿qué son las penumbras? ¿cómo se “está” en penumbras? No se ve bien, se camina “a tientas”, se va descubriendo con el tacto, con el olfato, con un esfuerzo de la mirada, eso que nos rodea. Porque las penumbras son el territorio de Acá todavía. Y el territorio tiene sus rutas, el territorio puede ser un objeto de deseo, puede ser el cuerpo, también puede ser una pesadilla. Pero el territorio siempre pide una exploración. Y de eso se trata Acá todavía, de una exploración dedicada, precisa, enfática, sobre todos los sentidos de eso que llamamos “mundo”:  La sexualidad, la familia, la pareja, la amistad, el ser y el hacer. Pero ese mundo se pone en crisis cuando el padre anticipa su muerte. La potencialidad y el hecho de la muerte del padre tensionan los sentidos de todo lo que se conoce. Se tiró de la soga. Descienden las penumbras y empieza la exploración. Bienvenidos. Estamos en este territorio, Acá. Todavía.  

Los territorios suelen tener fronteras que indican acá, allá. También una historia. Un “entonces”, un “ahora”. ¿Qué es “todavía”? El pasado que perdura en el presente, que liga el entonces con el acá, el ahora. Eso que viene de atrás y todavía persiste, como un dolor, como un recuerdo o una emoción. O se lo quiere hacer persistir. Eso es lo que transita la escritura de Romina Paula. Camina sobre ese tramo emocional que liga el pasado de una vida común con el momento en el que esa vida se va. Y esa vida no es más que la de un padre al que se acompaña a morir. En tanto Mario “todavía” agoniza, Andrea, evoca escenas del pasado que dejaron huella en lo que ella de alguna manera puede reconocer como lo que “es”, también escenas que hicieron a ese mundo en común que es la familia y que con la ausencia de Mario, se empieza a disolver. Y ¿acá? Acá, puede ser el adentro del hospital, ese no lugar de paredes blancas y pisos blancos, que pueden tener un estilo, tal vez señorial como el del Hospital Alemán, en el que sucede gran parte de la novela, lugar de tránsito, en el que el cuerpo se enferma o se calma o se disciplina o se depone. Pero el acá, ese no lugar, ese sopor de la habitación de terapia intensiva, es también el territorio en el que se evocan otros lugares, otros territorios, como las vacaciones en Punta del Este en la década de los noventa, que Andrea llama “colorinche, mal cortada, cínica y bronceada” y que por impuesta, ajena y extemporánea, solo provocaba angustia; o la escuela y los primeros objetos de deseo, como Wolf, o Juanchi, o San Isidro, el territorio de la familia, o los paseos nocturnos en la Costanera. Los territorios de la propia experiencia, que acá, todavía, se evocan para hacerles algunas preguntas. Preguntas a esos lugares y a esos protagonistas que la componen. ¿Qué? ¿cómo? ¿por qué? Desde ese no lugar, habitado por las preguntas, se evoca. Dice Andrea: “Desde esta ronda, evoco la mañana en la que comienza, esto que componemos”.

El padre va a morir. Quedamos ahora en un mundo que se presenta como ajeno, porque lo propio, lo que uno puede identificar como lo propio, se fue. Andrea acompaña a su padre a morir y la primera parte del libro despide una vida, al mismo tiempo que reconstruye la vida en común, para que la letra, conserve, acá, todavía, eso que fueron y eso que la hizo ser.

Sobre la arena húmeda de la noche

La novela tiene dos momentos y dos lugares establecidos como territorios de la ficción. La agonía de Mario en el Hospital Alemán y Uruguay, el territorio en el que en el pasado, Mario “se estiraba en la arena, se desperezaba bajo el mediodía, exponiendo el torso y toda su piel al sol y su inclemencia, su brillo, y exhalaba ese ‘qué vida perra’, mientras sumergía los pies en la arena caliente”, y a donde los hijos deciden tirar las cenizas del padre. Y que se inicia, sobre la arena húmeda de la noche. Pero Uruguay es otra ruta. La ruta del deseo, que se va desplegando por impulsos y que Andrea transita sin mapa, solo guiada por la brújula de la intuición. Ahí va a buscar a Iván, el chico que conoció en el hospital durante los largos días de la agonía de Mario y que se le impone como pregunta. Así como es el deseo. Se impone y solo se lo puede caminar.

Porque eso es lo que busca descubrir esta exploradora Andrea/Romina. En algún momento de su camino pensó “que era necesario definirme, saber qué exactamente, pensaba en el concepto de identidad”. Y elige un lugar: el margen. “Ahora prefiero mantenerme entre el margen y atenta a las personas, gente que me gusta, que me llama la atención, a veces son hombres, otras es una mujer, quiero que ya no sea un tema de conversación, no quiero quedar fijada, no quiero ni necesito saber…”
Pero la búsqueda va mucho más allá del sentido de todas las categorías. Intenta comprender qué es eso rancio que acecha de fondo, esa mancha en el corazón que no es melancolía, tampoco ser propenso a la depresión. La mancha en el corazón es una puerta de acceso a la búsqueda de lo posible, para poder asomarse al verdadero estar bien. Que de qué se trata el verdadero estar bien. Dice la narradora: De la “auténtica adecuación, la de cada uno para sí, estar adecuado, ser adecuado para uno, uno mismo… ser adecuado para sí y poder encontrarse con otra gente que también está buscando su propio entorno, su propia adecuación, su para sí. Ese camino había emprendido y vaya que me costó y que me cuesta aún”. Esa es la puerta que abre la muerte del padre. Ese es el camino que se inicia. Hacia adelante y hacia atrás, con pocas herramientas en la mochila, las mínimas para sobrevivir día a día, mientras se intenta dilucidar algo de qué somos.

Sobre la arena húmeda de la noche. La novela es también una novela sobre la visión. Sobre la visión más profunda, la de las cosas del mundo que nos rodea, la de lo más interno de uno mismo. Intentar ver ahí donde no se puede ver, porque es de noche o porque se está en penumbras o porque se esconde, como la enfermedad que corroe el cuerpo del padre, como el deseo que se impone sin ley, sin orden, como la de esa mancha en el corazón, angustia, inquietud, inadecuación de uno con el mundo y Dios contra todos. Intentar ver, discernir, ver como si se viera por primera vez. Poner en palabras la muerte del padre, el acto de nombrarlo, decir papá murió, para poder decir entonces que estamos en un nuevo territorio y que empezamos de nuevo. En un artículo que recientemente escribió a propósito de Cimarrón, la nueva obra de Romina que tuve el honor y también el orgullo de acompañar a estrenar, Fabián Casas recuerda una escena de Mad Max en la que los protagonistas entienden que la única salida posible es volver hacia atrás. Y a propósito del mundo y los problemas que Romina despliega en Cimarrón, Casas dice algo que me parece también tan adecuado para Acá todavía. Dice: “es volver a enfrentar los problemas, las dudas, alejarse del confort y atravesar el camino del dolor para resurgir en un territorio extraño”. Eso es lo que hace Romina Paula en Acá todavía. Alejarse del confort, atravesar el camino del dolor, resurgir en un territorio extraño.

La literatura es un territorio de penumbras. Eso lo entendió muy bien Romina. Penumbras que se explorar con una sola linterna: la pregunta. Territorio de preguntas y no de afirmaciones. En ese explorar, se obtiene, desde ya, un conocimiento. Pero lo que nos dice Romina Paula en Acá todavía, es que ese no es el conocimiento de la razón, ese saber positivista que define las cosas, pone etiquetas o establece categorías. Es otro tipo de conocimiento. El conocimiento que Andrea/Romina obtienen explorando los territorios de Acá, todavía, es otro. Es un deseo en verdad. “Anhelo el momento en el que el caos y la no linealidad cuántica lo tomen todo y modifiquen el modo de ver y nos abstengan de la voluntad del mandato de entender” para resurgir en un territorio extraño, para poder recibir al otro tal como es, en lo que tiene para ofrecer, para entender que la perfección no es posible más que en el instante. Porque allí donde solo se ve la noche o la penumbra, Romina encuentra una verdad. Para compartirla, con nosotros, acá, todavía. Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Por Cynthia Edul.