martes, octubre 07, 2014

¡Pobres guillotinados!

¿Sigue viva una cabeza tras ser cortada? Larraquy novela los delirios del arte y la ciencia.


Oportunísima la puesta en circulación en España, en la nueva colección de Turner, de La comemadre, primera novela de Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975), publicada en Argentina cuatro años atrás, y que obtuvo una notable recepción crítica. La cosa no era para menos. Ya desde la página inicial (incluso antes, en los epígrafes) se detecta una prosa muy concentrada con una finalidad desasosegante. El asunto es claramente perturbador, y por partida doble. La novela se articula en dos relatos, ligados por el delirio; en uno, el desenfreno de verificación de la ciencia a principios de siglo (1907), y en otro, la obsesión del artista actual (2009) de convertirse él mismo en objeto artístico. En ambos se experimenta con el cuerpo, más allá de sus límites. El primero narra el proyecto de un grupo de psiquiatras que, en una clínica próxima a Buenos Aires, intenta averiguar qué sucede en los nueve segundos en que una cabeza humana sigue viva después de ser cercenada. Embaucan a los pacientes, enfermos terminales de cáncer, para que donen su cuerpo y los guillotinan para registrar la vida aún latente, lo que dice la cabeza. En el segundo relato, un artista corrige una tesis sobre su vida y obra, con todas las notas al pie desatinadas, exhibiendo su infancia de niño prodigio y joven obeso que, al perder kilos, perdía parte de su yo, y con esa humillación se esforzaba en distinguirse de la especie, en dar vida al monstruo que lo habita, a la vez que declara sus “ganas de ser involucrado en el amor”.

El amor recorre, en efecto, con una tensión subrepticia y abyecta, las zonas menos calamitosas de los dos relatos, que se complementan como una prótesis. Quintana, el psiquiatra que narra la historia de la clínica, se presta a trabajar en el desquiciado experimento por amor a Menéndez, la jefa de enfermeras, de la que sólo sabe que fuma cinco minutos apoyada en una baranda, sin más vida que su profesión, y que todos, incluido el director, andan detrás de ella. Un burbujeo de deseo para justificar la ignominia de la investigación. Al artista el amor le deja la cabeza “como una pantufla de anciana”, y su arte se fundamenta en la mutilación: se extirpa un dedo, que cuelga de un alambre; no es su mejor obra, pero así sabe que lo que pierde no importa, hasta que alguien lo roba, y la representación deriva en trivialidad.

En La comemadre, la precisión de la prosa, con frases breves, escuetas, que conforman una interrogación que obliga a detenerse continuamente, produce también un efecto de anonadamiento, como si la razón hubiera sido reemplazada por una lógica destructiva, y en ese proceso la novela misma aniquilara su significado. El título hace referencia a una planta que produce larvas que la devoran por dentro. Aquí las larvas que anidan en la ciencia y el arte devoran los cuerpos o los transforman en anomalías. Con esta primera novela, Roque Larraquy desplegó un inusitado talento sin renunciar a una inteligencia corrosiva.


El País, 06/10/2014

lunes, octubre 06, 2014

LA SOPORTABLE LEVEDAD

Por Maximiliano Crespi para Radar Libros

Entre la parodia y el grotesco, Scalabritney aborda la frivolidad demostrando con hidalguía que se lo puede hacer sin ser, precisamente, frívolo.



 Hay algo en el discurso de la frivolidad que resulta fascinante. No es, claro, su insolente disposición a hablar con desparpajo a la vez sobre asuntos complejos y banales, salvando con clichés todo nudo problemático. Lo fascinante es el vértigo con que se suceden, indiferentes, sus cambios de tema, en una arrolladora y tibia huida hacia adelante. La ficción de la frivolidad (que no tiene que ser obligatoriamente frívola) sigue un cauce de pensamiento leve (pero no por ello débil), serpentea frente a los obstáculos y cambia de curso de manera dúctil ante los accidentes de superficie. No elige los cambios; se deja llevar más bien por un impulso de apariencia neutra que la excede. Se abandona a esa “fuerza poética natural” que le permite evadir contradicciones, fantasmas, detalles y lapsus: lo ínfimo, tras lo cual asoma el rostro insoportable de lo real. En ese paso de baile aprensivo y etéreo –sobre el cual César Aira fue capaz de elaborar una obra de mérito incuestionable– se despliega la nouvelle de Martín Zícari.

La consistencia del semblante poético de Scalabritney no se apoya en la desidia de su adjetivación, radica ante todo en la sintaxis con que reproduce el flujo metonímico por el cual la narración avanza sobre una trama intrascendente, arrancando nuevas frases a frases que parecían agotadas en su monotonía y su banalidad. Partiendo tan sólo de un puñado de escenas, que no llegan más que a ser superficialmente hostiles, el relato se articula así sobre digresiones de evasión que rozan lo delirante (un sueño, una alucinación, una película de terror, un recuerdo, todo es distorsionado y transformado por la imaginación). La distinción no es siempre tangible. No porque todo se plantee bajo un mismo punto de vista, sino porque entre la percepción de lo “real” y lo imaginario no median diferencias en el orden de la ficción. Y es por eso que, más que el relato, lo que gradualmente se convierte en el centro neurálgico del texto es la imaginación sobreactuada de un personaje cuya existencia oscila entre la ingenuidad espontánea y la ridiculez. Más que lo que se dice, lo que importa es quién habla. En la recreación de esa voz y ese imaginario particular, el flujo discursivo adquiere en efecto –como ocurre a veces en Puig– un carácter casi performativo.

Sin embargo, el relato vacila a veces indeciso entre la parodia y el grotesco. Lo que ratifica el ademán paródico es el índice de un subtitulado donde el narrador cambia (o al menos se desdobla). Lo que remite al grotesco es la vitalidad de una ficción que pone en escena un narcisismo impúdico, tan exhibicionista en su frivolidad y su medianía que por momentos flirtea con lo transgresivo, ya fuere en el pavoneo de la incorrección política o en la impostura que recicla sus lugares comunes. Todo parece bastante claro: el personaje ama las fiestas privadas, los erotizantes paseos en bicicleta por Palermo Queer, las escapadas con amigos al Tigre y desprecia abiertamente a “la chusma” y a ese aburrido o amenazante “mundo hostil” del cual huye en sus dulces visiones. Pero se revela siempre demasiado satisfecho de su propio imaginario (y de su propia frivolidad) como para rozar siquiera la experiencia transformadora de lo íntimo. Scalabritney es “un espacio multisensorial, multidimensional, multimediático, múltiple” donde la infelicidad se conjura; un lugar secreto, lujoso e ilusorio –a la vez oscuro y placentero– donde la fiesta se prolonga “infinita” y donde nadie se acuerda de la bolsa de ropa sucia de su jefe.

Radar Libros, Página 12, 05/10/2014

jueves, octubre 02, 2014

Literatura continua

sobre Scalabritney, de Martín Zícari

por Quintín

Leo que Enrique Vila-Matas es el escritor invitado para inaugurar el Filba y también leo una reseña que Matías Serra Bradford publicó en PERFIL de Sobre cosas que me han pasado, de Marcelo Matthey. Es un libro muy extraño, un diario escrito durante 1987 y 1988 en el que sólo se anotan hechos cotidianos, desprovistos de toda interpretación: “En la micro del Cajón del Maipo, dos de los vendedores que subieron se pusieron a hablar con algunas personas de la micro. Al primero lo escuché hablar atrás. El otro se sentó al lado de la entrada”. Escrito en un chileno coloquial, Sobre cosas... es el resultado de unir dos libros breves, que es todo lo que escribió Matthey antes de decidir que ya era hora de parar y dejar que lo continuara “un gallo más avezado para seguir en eso y no destruir lo que está hecho”. Evidentemente, Vila-Matas se perdió un Bartleby para su recopilación de escritores que preferirían no hacerlo.

Y no uno cualquiera, porque en la empresa de Matthey se reconoce la literatura en una de sus variantes más radicales pero también más amables. El libro editado por Mansalva incluye una entrevista muy ilustrativa de Cristóbal Joannon y un artículo de Roberto Merino que define la textos de Matthey como exentos “del ruido anexo de los pensamientos”. Estamos en las antípodas de la “literatura de ideas”, pero lo más original de Sobre cosas... es que está articulado en torno a la idea de continuidad, entendida como la ambición de abolir la separación entre el adentro y el afuera, establecer el afecto entre la conciencia y las cosas, entre lo universal y lo particular, entre lo animal y lo mineral, entre lo concreto y lo abstracto, acercamientos que provocan en el escritor un tipo de emoción particular. “Hoy, mientras me volvía a casa, después de comprar el pan donde don Pepe, me vine tocando algunas murallas de las casas que quedan en Grajales. Así, puedo sentir cerca de mí todas estas cosas, que son parte de lo que más quiero”.

La literatura continua de Matthey se opondría así a una literatura discontinua, alterna o discreta (según que el antónimo elegido sea literal, eléctrico o matemático) de la que la novela decimonónica sería el mejor ejemplo, con su separación entre el narrador y lo narrado. Pero Proust, cuya prosa es puro pensamiento, es también un escritor continuo y acaso esa comunicación entre la mente y la materia sea la ambición de toda literatura. 


Para poner a prueba esta hipótesis, intento aplicarla a otro libro que leí esta semana: Scalabritney, de Martín Zícari, una novela muy corta que resulta del monólogo interior de un joven pop-gay-universitario contento con su bicicleta verde y sus performances danzantes que transita entre cartas astrales y teorías de alguna ciencia social, cuyo lenguaje es una parodia de la jerga que se usa entre adolescentes tardíos y con onda. Pero tal vez no haya ironía y el libro de Zícari aspire a ese amor entre cosas heterogéneas para simplificar la vida y hacerla legible y próxima, de tal modo que el sufrimiento sea abolido de la prosa o, en todo caso, esté prohibido nombrarlo, aunque los libros de Matthey y Zícari dejen entrever hiatos trágicos detrás de su textura. De todos modos, Vila-Matas podría recopilar la literatura continua como alguna vez hizo con la evasiva literatura portátil.

Perfil, 23/08/2014

lunes, septiembre 29, 2014

Entrevista a Roque Larraquy en BLISSTOPIC.com




Redacción / Fotografía de Felipe Restrepo

Este bonaerense de 1975 es uno de los protagonistas iniciales de “El Cuarto de las Maravillas”, la nueva colección de Turner dedicada a “las historias inverosímiles, las crónicas verídicas, la cotidianidad poética y los libros experimentales”. Y lo es con la edición española de su ópera prima, “La comemadre”, un libro en verdad memorable, tan inteligente como irónico y desolador, acerca de un doble desencuentro entre ciencia y arte. Que no se les escape: es un autor por el que muchos perderán la cabeza.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?
“Loveless” de My Bloody Valentine, a los 16, con dinero hurtado de algún bolsillo de mi padre.

¿Cuál ha sido el último?
No lo recuerdo.  Fue hace mucho.

¿Y el que salvarías de un incendio?
“Divididos por la felicidad”, de Sumo.

¿Qué banda sonora le pondrías a tu última novela?
Ruido.

¿Eres de vinilo / CD / MP3?
MP3.

¿Cuál ha sido el mejor concierto de tu vida?
David Bowie en el estadio de Ferro, Buenos Aires, hace unos años.

¿La primera película que recuerdas haber visto en cine?
“Time Bandits” de Terry Gilliam. Tremendo final.

¿Y la última?
“The Master” de Paul Thomas Anderson.

¿Qué sueles escuchar mientras escribes?
Cualquier cosa.

¿Y para relajarte?
Silencio.

¿Una película que veas cada vez que puedes?
“Solaris” de Tarkovsky, “Beetlejuice” de Tim Burton.

¿Un director de cabecera?
Fellini, Herzog, Favio, Martel.

¿Una serie?
“Veep”, con Julia Louis-Dreyfus. “Les revenants”.


Septiembre 2014, Blisstopic.com

miércoles, agosto 27, 2014

Requena: esbozo para una desaparición

Reseña de Requena, de Alejandro García Schnezter, en Milenio.com


Por José Luis Prado

Camino esta tarde a lo que será una especie de tertulia con los amigos, una tarde de lluvia y las anécdotas que no dejamos escapar al tiempo. Pienso mientras me encamino al café en la novela del autor argentino Alejandro García Schnetzer.
Requena (Editorial Entropia, Buenos Aires, 2007), novela, apostilla o algo más o menos cercano a estas clasificaciones, toma como estructura la fractalidad, lo segmentado y, siguiendo a Calabrese algo como “un caso de monstruosidad geométrica es la exigencia de dimensiones no enteras, correspondientes a fracciones” pero, actualmente hay una valoración estética y, el texto de García Schnetzer, lo demuestra. Requena cumple con su carácter gradual; es decir, “tiene una estructura irregular que se repite más o menos en sus partes y en cualquier grado que se observe”.
Requena es una figura que recuerda al filósofo y escritor Macedonio Fernández. En el texto hay marcas “Sobre la realidad y el tiempo. Nuestro maestro jamás llegó a negarlos del todo. Decía tener sospechas y algunas pruebas de que existían. Dudaba y desconfiaba igual de ambos. Decía no haber sentido nunca como propios los supuestos de Berkeley y, esto por la razón de que nunca los había leído. Nos pedía, asimismo, que evitáramos explicárselos”.
La mayoría de las veces Schnetzer eleva sus sentencias para delegarlas al absurdo. El libro trata sobre poesía, filosofía. La noche está invitada pero todas están encaminadas a la escritura o a la imposibilidad de ésta porque, al final, lo que tenemos es a un escritor que jamás publica un solo libro pero, eso qué importa si su vida ha sido completamente literaria. La novela está llena de anécdotas, de reflexiones filosóficas y literarias las que servirán para ayudar a comprender un mundo, cercano a la literatura, en las tertulias del café Albéniz.
Parece que esta idea de aprender a callarse, de la desaparición a través del silencio, está siendo transgredida por el autor quien juega con una técnica narrativa más cercana al entresijo, construyendo a partir de diferentes voces narrativas a la figura de Requena, Lo que busca Alejandro García Schnetzer en Requena, es dar la espalda a la escritura, a la consagración literaria, a la figura del escritor, eso que algunas veces, termina por desquiciar a cualquiera “la recuperación, el rescate de la figura, la exposición homenaje en la Biblioteca Nacional”, y es en este sentido, en el que el joven escritor argentino justifica la presencia difuminada de Requena, personaje excéntrico de la primera mitad del siglo XX que piensa y se conduce en un saber del mundo intentando trascender la duda. Al parecer, el intento ha fallado y no era para menos: el poeta se ha quedado detenido, como en un accidente, en la imposibilidad, en la duda que lo acecha.

Milenio.com, 23/08/2014

martes, agosto 12, 2014

Protagónico absoluto


La nueva novela de Iosi Havilio marca una ruptura con el estilo narrativo que venía desarrollando y sugiere una apuesta estética hacia un campo fértil no tan transitado en el mapa literario argentino.

 Por Juan Maisonnave.















En un ensayo que ya tiene sus buenos años, y a partir del cual Fabián Casas acuñó un concepto de factura propia al que de vez en cuando vuelve, el poeta de Boedo decía: “(…) resulta que uno siente que el escritor debe ir siempre en contra de su habilidad. De manera que esos textos que parecen tan redondos y buenos son en realidad falsos amigos. Así que los dejo de lado o los intervengo hasta que escapan a mi control y empiezan a drenar la voz extraña. Entonces los relatos o los poemas me empiezan a dar vergüenza ajena, incertidumbre y todas esas sensaciones con las que es más difícil convivir. Ahí sé que —mas allá de los logros— estoy, como quería Kerouac, en el camino.”

Sin demasiado esfuerzo, uno puede detectar en esas palabras una crítica velada a cierto conformismo de escritor profesional, sea por el rigor y la presión editorial, sea por las necesidades siempre insatisfechas del ego, o sencillamente ante el horror al vacío que se le abre a todo narrador reconocido cuando no escribe, no publica por un tiempo o no se le conceden entrevistas ni forma parte de mesas redondas: la batalla contra la invisibilidad. Para algunos, lidiar contra eso no es tan fácil, lo que trae aparejado, muchas veces, como si no publicar regularmente causara una abstinencia de la que hay que escapar a cualquier costo, una producción sostenida, por lo general novelística, un fordismo literario que consiste en empezar a repetirse de un libro a otro, a copiarse, a trabajar como cinta de montaje que cada cierto tiempo libera otra historia eficaz, lista para que la reciban sin sorpresas librerías y suplementos culturales. Es cierto que el reproche recae sobre autores muy prolíficos, y suele hacerse la salvedad de que vale la pena seguirlos hasta cierta novela que marca su declinación, la caída en el tedioso terreno de la fórmula y el reciclaje de tonos, ideas o estructuras (Paul Auster, Andrés Rivera).    

Esta pregunta -¿Iosi Havilio se cansó de su fórmula, si es que puede decirse que contaba con alguna?- surge a poco de empezar a leer La serenidad (Entropía, 2014). La ruptura con lo que venía haciendo es llamativa ya desde el uso del lenguaje y la estructura de los capítulos, con pequeños títulos-sinopsis a la usanza de la novela del siglo XVI y XVII, pero sobre todo por la intención y el juego de espejos que conforman las distintas referencias –intertextuales, culturales, filosóficas, políticas, autobiográficas- que recorren las escenas, dándole al conjunto un aire de tratado paródico cuyo punto de partida son los sucesos/aventuras de un personaje destinado a lo que parecería ser un fracaso épico, porteño y muy actual (“¿Y sobre la Década Perdida no piensa decir nada? Pero si no fue una década, sabe su Yo reidor, fueron dos años, tres a los sumo…”).

Hasta acá, la maquinaria narrativa de Havilio había utilizado ciertos ingredientes de la cultura para servirse de ellos como si fueran desechos orgánicos que nutrían al relato sin asfixiarlo, dándoles un lugar lateral pero presente, incómodo, que cada tanto regresa transfigurado o se confunde con la trama sin explicarse. En Paraísos (Mondadori, 2012) la protagonista encuentra en la basura, y se lo apropia, un tomo de la obra de Albertus Seba que perteneció a Ladislao Holmberg; en un relato incluido en la antología Buenos Aires / Escala 1:1 (Entropía, 2007), un portero tiene obras de Quinquela Martín arrumbadas en su sótano; en Opendoor (Entropía, 2006), el libro hallado es En Argentine, De Buenos Aires au Grand Chaco, de Jule Huret, con dedicatoria para Domingo Cabred.

El salto que da en La serenidad sorprende, y de nuevo es posible plantear los interrogantes: ¿el escritor, harto de sí mismo y de su prosa, que cosecha buenas críticas y no es precisamente amable ni complaciente, consideró la posibilidad de una provocación que sacuda al lector de su zona de confort? ¿Es ésta la voz extraña dictándole una novela enloquecida, catártica, compuesta de máximas, digresiones, abismada en categorías abstractas y guiños para entendidos?

 Puede ser. Pero la lectura atenta de la nueva obra de Iosi Havilio sugiere también un enrolamiento –una apuesta estética- a un campo fértil aunque no tan transitado del mapa literario argentino: La serenidad es el ejercicio de una prosa poética entendida y ejecutada desde una rabiosa contemporaneidad. Sensualidad y plasticidad en las imágenes, flujo incesante de peripecias y sensación pura, discurso indirecto libre que ni una sola vez baja la calidad de las descripciones (ni cuando se trata de medialunas exhibidas en la vidriera de un bar), y que, al igual que la adjetivación rebuscada y el ritmo vertiginoso, lo apuntalan dentro de la mejor tradición de poemas narrativos, de “El fiord” en adelante.

La biografía caótica y manoseada del Protagonista –así se lo nombra- comienza con su separación, después de la cual hace un revisionismo sinuoso de su pasado y emprende el viaje inexorable hacia un futuro que lo encontrará “no tan viejo como avejentado”, un futuro tecnológico, de cataclismos y desiertos fertilizados, en el que “La moda es la desintegración paulatina del bólido social”. Sin embargo, esta experimentación formal no sólo no borró ciertas zonas de interés y ciertos vestigios autobiográficos del autor, sino que, camuflado en la piel del Protagonista, aprovechó para moldearlos a su antojo y sembrarlos a lo largo del texto mediante claves generacionales y boutades al paso (“Votaba a peronistas, radicales, al MAS, al MID, a la Ucedé. Al PI de Oscar Alende. Desmedidamente al PI”). Havilio vuelve a escribir sobre el sur de la ciudad, ya presente en Opendoor con esa escena en el puente Avellaneda y un personaje: Boca; reaparecen los piringündines y los rusos del cuento “California”, publicado en la Antología La Joven Guardia por la Editorial Belacqva en 2005 (“La antología de autores contemporáneos,¡destrócenla…!”), donde el escritor ya había despuntado esta vena poética y alucinada; otra vez, la estrella de David (“bordada a mano y con manchas de café”), como la que roban la protagonista y Eloísa en Paraísos, aunque ésta estaba adornada con diamantes.

 Por otro lado, La serenidad se lee perfectamente sin saber que el título responde a una conferencia que dio Heidegger en 1955 o que el monólogo de Bárbara en el capítulo llamado “El lenguaje estúpido del amor” remeda el de Molly Bloom en el Ulises de Joyce. Lo que tal vez haga más ríspida su lectura, en especial para aquellos no habituados a este tipo de escritura expansiva y por momentos surrealista que alguna vez fue vanguardia (Néstor Sánchez), es que con el transcurrir de las escenas se vuelve un tanto agobiante, y el asombro inicial y la potencia de las frases decaen; el gesto beatnik de enunciar todo en mayúsculas deviene uno de los mayores excesos en esta novela excesiva: con el paso de las páginas el recurso pierde su efecto; el absurdo y el tono de sátira permanente carecen de contrapunto o respiro, y en ese sentido el oportuno monólogo de Bárbara ayuda un poco, cosa que no ocurre con las imágenes insertadas.


Escribir en contra del lector de Havilio, defraudarlo. A contrapelo de sus expectativas, muchas veces fogoneadas desde la taxonomía impuesta por la crítica hasta el cansancio (autor salido de la nada, en la línea de Busqued y Ronsino, etc.): escribir, entonces, en contra de él mismo, como proponía Casas. Puede objetarse que este movimiento de Iosi Havilio llega luego de haber sido elogiado ampliamente por escritores y suplementos literarios y, encima, desde una editorial de las llamadas independientes, como si les hubiera regalado un lado B, acaso inaceptable para el sello en el cual editó sus dos últimas novelas (Mondadori). Eso no quita que sea un viraje saludable, liberador, quizá bajo la influencia de algunas lecturas recientes o con un material que sólo podía ser trabajado –dicho- de esta manera; quizás, como respuesta posible a una de las tantas máximas contenidas en La serenidad: “Todas las decisiones estéticas le resultan impracticables”.

Revista Invisibles, 08/2014

miércoles, agosto 06, 2014

Un agosto en la Patagonia

Agosto, de Romina Paula en La Repubblica

Romina Paula -directora, actriz, dramaturga- narra, en una novela que es una larga carta a una amiga desaparecida, el balance sentimental de una generación.

Por Elena Stancanelli.


Muchos están drogados. Es decir, intensamente drogados, tanto como para no poder contar ninguna otra cosa más que el hecho de estar muy drogados. Otros, la mayoría, han hecho lo que cuenta en Agosto Romina Paula, nacida en Buenos Aires en 1979. Dar vueltas, llorar, mirar obsesivamente el film Generación X,  con Ben Stiller, Ethan Hawke, y sobre todo Winona Ryder, actriz fetiche de los años noventa.
Pero sobre todo, dar vueltas. No sólo por lo que cuenta, sino por cómo está escrito, este libro parece, de hecho, el vuelo en círculos del águila sobre su presa. Un águila que no se decide nunca a lanzarse en picada y se queda ahí, hambrienta, girando. Romina Paula también es directora, dramaturga y actriz. Se parece un poco a Winona Ryder: pelo corto, rostro inteligente, ojos soñadores. Abrazáme, pide continuamente Emilia, la protagonista de su libro. “Algo así como que quieren esparcir tus cenizas. Algo como que quieren esparcirte.” La amiga de Emilia murió hace algunos años. Y su familia ahora ha decidido hacer una especie de ceremonia en Esquel, el pueblito de la Patagonia donde crecieron juntas. Emilia deja Buenos Aires, donde busca trabajosamente construir su vida en la casa invadida por ratas que comparte con su hermano y un novio esporádico, y se muda por unas semanas a la habitación que pertenecía a su amiga, con los padres de aquélla. Agosto es la larga carta que le escribe mientras husmea sus discos viejos, se prueba su ropa, juega con su gato, se reencuentra con viejos amigos.  Entre ellos está Julián, el novio que Emilia dejó para mudarse a la ciudad, y que en el medio tuvo un par de hijos, pero no importa. Porque igual no hay adónde ir. Todo gira y vuelve siempre ahí, a ese momento en que las cosas tendrían que haber tomado forma, la juventud, convertirse en adultez, y sin embargo algo se trabó. Y entonces la vida se vuelve una obra idiota en la que nos empecinamos en usar ropa inadecuada, escuchar música de adolescentes, jugar siempre con las mismas obsesiones infantiles. Cada tanto nos emborrachamos, cada tanto tomamos un tren o un colectivo y corremos un poco más adelante la línea de la angustia. Y cuando muere Daisy como en The Brown Bunny  de Vincent Gallo con Chloë Sevigny, el riesgo es que ni siquiera te des cuenta.

Romina Paula, Agosto, La Nuova Frontiera.

La Repubblica, 26/07/2014

martes, agosto 05, 2014

Baby One More Time

Scalabritney, de Martín Zícari en la web de CC Matienzo



Reseña de "Scalabritney", nouvelle de Martín Zícari publicada por Entropía y disponible en nuestra Mediateca.

Por Julio César Estravis Barcalá

En la solapa de su primera nouvelle, Martín Zícari está leyendo un libro de Blatt & Ríos. Se acepta la declaración estética: Scalabritney no habría desentonado en el catálogo de esa editorial desenfadada e impredecible. Sin embargo, Entropía la publicó como segundo título de su nueva colección de relatos largos / novelas cortas a continuación, nada menos, de un experimento idiomático como La serenidad de Iosi Havilio.
A hombros de gigantes, entonces, llega este relato de iniciación cuyo primer rasgo es el registro poético. Zícari proviene de ese campo, con un par de plaquetas publicadas y su propio proyecto editorial de poesía, Hoja de trabajo. Desde ahí asistimos a la cotidianeidad de su protagonista (de una cercanía sospechosa al autor) en su devenir por la facultad de Puán, los trabajos no calificados, las fiestas y los viajes con amigos. El indie sale hasta por los poros: Toro y Moi, bicicletas de caños hermosos, casas en el Tigre, Cynar con pomelo.
Lo que diferencia a Scalabritney de tantas novelas tipo "un-día-en-la-vida-de-un-intelectual-aburrido" es que encuentra la trascendencia de esas vidas en su potencial poético. Además de construir un narrador cáustico y engreído hasta la ridiculez ("yo he trabajado muchas veces en relación de dependencia, y la verdad que esto es inadmisible, realmente esto está abolido por ley desde el peronismo"), Zícari parece decirnos que el único sentido de esta vida cortoplacista llena de licencias es edificar un punto de vista hermoso y definitivo. Aunque dure hasta que venga el 141.



lunes, agosto 04, 2014

Presentación de La Serenidad de Iosi Havilio en CC Matienzo

Aquí el texto que Damián Ríos leyó en la presentación de La Serenidad, el 30/07/2014:

En La serenidad el Protagonista (el nombre del protagonista es El Protagonista); el Protagonista rompe con Bárbara y se apresta a vivir una aventura en viaje. El Protagonista, Bárbara (que es La Reina de la Noche), El Gran Otro, El Filósofo de Toda una Generación, La Hermana Unificada funcionan más como alegorías que como personajes, es decir, como ideas encarnadas que atraviesan y sostienen el relato.
Iosi Havilio publicó Opendoor, su primera novela (o la primera que pudimos leer) en 2006, por Entropía, una editorial local que se especializa desde 2004 precisamente en primeras novelas de autores argentinos de los que, sin mayores precisiones y por falta de un término mejor, en la industria llamamos “jóvenes”: “jóvenes escritores”. Por eso todos estamos atentos al catálogo de Entropía, que cumple esta función de decirnos qué y cómo se está escribiendo ahora, aquí. El catálogo de Entropía descubre y sigue escritores; es decir, es un mapa inestable que mete mano en el incesante ir y venir de inéditos y los convierte en libros, en literatura, y los somete al público lector. Opendoor era, es, una muy buena novela, y nos pasó lo que nos pasa en estos casos a los que por cuestiones personales y profesionales tomamos nota de las novedades: ¿cómo sería una segunda novela de Havilio?, ¿escribiría otra cosa, estaría escribiendo? Siempre vienen estas preguntas. Tenemos no diría miedo, pero sí morbo cuando leemos una “primera novela” de un “joven escritor”: imaginamos las cavilaciones y problemas del que, ahora que publicó, tiene que escribir más, publicar más. Esperamos un poco y en 2010 Mondadori avisó que Havilio seguía haciendo novelas, y publicó Estocolmo. Internacionalización de la edición e internacionalización del asunto de la novela bajo el hilo argumental del exilio. Bien, teníamos segunda novela. ¿Y ahora? En 2012 apareció la luminosa Paraísos, también por Mondadori. En esta tercera novela teníamos además una segunda parte o saga de Opendoor, hermosa, y Havilio nos decía que no sólo seguía escribiendo, progresando, publicando, lineal. Con esta pequeña Comedia humana de personajes recursivos Havilio mostraba que estaba pensando en la novela, en los problemas de la novela, en las posibilidades de la novela. 
La serenidad, su cuarta publicación, está dividida en capítulos cuyos títulos son argumentos, como en las novelas clásicas, como en el Quijote.  
Sumados a los nombres alegóricos de los personajes, estos títulos parecen decirlo todo sobre lo que se está leyendo y se va a leer: pura claridad clásica. Entonces, los capítulos se abren en apartados que retoman, deformada, la lógica alegórica. En estricta mayúscula de nombre propio leemos: “Fin de Fiesta”, “El Sur”, “Sucesos argentinos”, “Basta de Imaginar!”, “Historia y Geografía”. Estos subtítulos poco descriptivos puntúan la aventura que El Protagonista se apresta a vivir como misterios. Si los títulos suelen empezar con “De como...”, los subtítulos interrumpen para preguntar: ‘sí, bueno, pero cómo’. Las peripecias del viaje de El Protagonista a veces lo ponen en ridículo, y el ridículo es un importante motor de la anécdota, que Havilio nunca olvida en ninguna de sus novelas. Pero no es menos cierto que aquí la anécdota no es lo único que importa, o mejor, ‘cómo, cómo es posible la aventura, la peripecia, la anécdota, la novela’ es en sí mismo un misterio en La serenidad. 
Prefiero pensar que esta es una novela sobre el arte de novelar, entre otras cosas, pero me interesa sobre todo ese aspecto. Está la mesita de novelar y sobrevienen las ganas de novelar, le gustaba decir a Fogwill: novelar, hacer combinatorias de palabras y situaciones y poner a andar los personajes, crearles un clima.
Y me parece que no invento esta lectura para esta ocasión; me parece que aquella tercera novela, Paraísos, que era la segunda parte de Opendoor decía que la preocupación por el arte de novelar era un insumo de la continuidad de la escritura de Iosi Havilio, sin renunciar a la novela misma. Cuando llegamos a aceptar que las novelas, los poemas, los cuentos y la televisión pueden ser una combinación de experiencia y costumbrismo, Havilio hace uso de su capital simbólico acumulado con un ritmo constante de publicación y nos propone la aventura de imaginar una novela; dice que la novela, bajo el estricto cuidado de las buenas frases, de las sentencias con fuerza de slogan y de las observaciones que le dan un verosímil, también es imaginación y misterio de la escritura. Y para esto vuelve de su periplo internacional a Entropía.
Hay humor y hay unas peripecias, hay un héroe y hay novela de esas en las que todo lo que pasa y vive ocurre dentro de las novelas, sin respetar convenciones que la novela misma no haya impuesto. Es decir que no tenemos nada afuera de la novela que nos distraiga de la novela misma, para eso leemos. El Protagonista rompe con Bárbara y se apresta a vivir una aventura que dura un día y cincuenta años: los tiempos que dura la novela, desde Tolstoi y Joyce.  Como en sus novelas anteriores, pero más programático, con La serenidad Havilio ofrece el resultado de una feliz discusión con los modos de novelar en el presente. Podríamos decir: he aquí la segunda primera novela de Iosi Havilio, publicada por Entropía.

Damián Ríos.


viernes, agosto 01, 2014

La trabajosa y cristalina prosa de Ignacio Molina


Cámara Gesell

Los puentes magnéticos
Ignacio Molina
Entropía, 2013

Por Miguel Zeballos.

La cadena de pensamientos de la narradora y protagonista de Los puentes magnéticos salta de detalle en detalle. En ese tránsito, los recuerdos se suceden ya no por nostalgia o añoranza, sino como complemento de un cuerpo que deambula –¿perdido?– y de una mente que insiste en hacer asociaciones disímiles con las personas y los lugares que va cruzándose, como si esa voz femenina al surcar los puentes magnéticos insistiera en vomitarnos en la cara su puesta en escena de la memoria.

El 118, Emiliano, Parque Patricios, Rodrigo, podrían considerarse el presente. Su padre, Cristian, los ex compañeros del secundario, el pasado. Sin embargo, para Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976), el tiempo parece elástico, se estira a más no poder, no se rompe nunca, y para dar cuenta de que pasado y presente tienen el mismo peso, conviven en el centro de la conciencia de la protagonista, que a su vez será el centro de la conciencia de los lectores.

Dan igual sus clases de inglés, los encuentros casuales, las mudanzas, Chacarita o Paternal, Javier o Emiliano, la desaparición misteriosa de su padre, dan igual en tanto y en cuanto esa suerte de cámara Gesell en la que ella parece vivir no se rompa del todo. Cámara Gesell o frontón de situaciones con el que parece chocar una y otra vez de manera hipnótica, o como reza el título, magnética.

Aunque parezca lo contrario, no hay repetición sino insistencia, y es ese modo afiebrado como el autor de Los modos de ganarse la vida (2010) vuelve al ruedo para contragolpear con su trabajosa y cristalina prosa.

Revista Veintitrés, 30/07/2014

jueves, julio 31, 2014

Iosi Havilio: "La palabra acá es una excusa, un síntoma de la neurosis"

La Serenidad de Iosi Havilio en Diario Registrado 
Por Mariana Kozodij.

En su última nouvelle, que se presenta el 30 de julio, encontramos una estela de lo indescifrable que genera lecturas de buceo. Hablamos con el autor de este texto que rompe con las tramas convencionales.



 Iosi Havilio nos trae una nouvelle que juega con nuestra paciencia. Comenzar e internarse en "La Serenidad" es un desafío. No es para cualquiera. Hay tramas y cabos que se atan de manera sutil, un Protagonista que se llama de manera impersonal "El Protagonista", mafia rusa, una mujer que representa todos los deseos contenidos en el nombre Bárbara, una "misión salvadora", el lenguaje de las ratas, una madre descalza, filosofía, psicología e historia, entre otras cosas.

"La Serenidad" no brinda una lectura fácil, es de esos textos que no se centran tanto en las continuidades de una trama clásica sino en la forma en que se narran aconteceres. Una forma que puede generar disfrute en esta "fábula del yo" pero que también puede perdernos en una intertextualidad que está en la cabeza del autor pero no siempre en la del lector.

Dialogamos con Havilio e intentamos un acercamiento a ese universo tan particular que supo construir en "La Serenidad".

¿Cómo describirías al Protagonista de esta nouvelle? Por que si bien uno puede ir descubriendo pequeñas cosas de su persona, hay mucho misterio e impersonalidad, ya desde el hecho de llamarlo Protagonista a secas. 
Ioisi Havilio (IH)- El Protagonista de La Serenidad es un maniático de todas las manías. Empezando por la palabra. El tipo va y viene de la exaltación al derrumbe, de nombrarse héroe de la nada a regodearse con sus decadencias. Yo creo que se sabe mucho sobre él, demasiado, el narrador, que es él mismo, encuentra en el exceso la estrategia para que la disección no sea tan cruda. Sus circunstancias son de lo más ordinarias, se pelea con la novia, escribe poemas malos, vagabundea por la noche, se enfrenta al duelo paterno, el pasado se le viene encima a cada rato y él se escapa, lo exorciza con palabras, alucinándolo. Llamarlo "El Protagonista", es una ironía, claro, pero también la posibilidad de armar tu propia aventura. -

Hay un uso de mayúsculas muy particular a lo largo de todo el relato ¿Por qué? 
IH- ¿Qué nombramos con mayúsculas? Los nombres propios, los lugares, las divinidades, el título de una obra. En el mundo fabulesco y fabulero de La Serenidad, el juego se abre y se entroniza con mayúsculas al pretencioso pero también al que se arrastra, que muchas veces es el mismo. El Protagonista no podría sostenerse en pie si no fuera por esas muletas que son las mayúsculas, igual que el padre muerto, la madre baqueteada, el filósofo pusilánime, El Gran Otro o El Zar de La Milonga. La mayúsculas es un pedido de auxilio, un Aquí estoy, ¡rescátenme de este pantano!

Cuando uno escribe y cuenta una historia también propone una lectura y "La Serenidad" resulta por momentos un tanto encriptada ¿sentís que es así?
H- Entiendo que es un texto que desde el vamos propone tomar distancia de la letra, desde el momento que anuncia las peripecias de El Protagonista antes de cada capítulo y ensaya una narración atiborrada y engañosa. Justamente, porque la palabra acá es una excusa, un síntoma de la neurosis. Al pie de la letra, la serenidad es imposible. La comprensión cede su terreno en favor de la experiencia, de todo lo que constituye lo real.

La novela ofrece una prosa que juega con lo poético, lo ensayístico y también se acerca a lo político y la militancia ¿cómo te surgieron todos esos cabos en la trama? Lo pienso en términos que incluso decís que el Protagonista "está dado a la intertextualidad". 
 IH- La trama está atravesada por esa manía oral del narrador/protagonista. Y en cada aventura, a cada paso, lo interpelan fantasmas, situaciones, que traen consigo discursos de todos sus tiempos, canciones de cuna, textos filosóficos, cuadros lacanianos, cánticos políticos, lecturas de todo tipo, noticias, grafitis… todas esos símbolos que lo agobian. Se tira la cultura por la cabeza con la vana esperanza de que en el desboque aparezca la calma.

La Madre descalza es una figura que se repite de manera constante y que va ganando profundidades ¿cómo surgió?
IH- Al comienzo de la noche, El Protagonista está en una fiesta y recibe un mensaje: La Madre se escapó descalza. La imagen genera una pulsión, el hijo sale al rescate, la madre huye, de un hospital, de la casa, de la oscuridad, de la muerte, como una mártir. Se la imagina en camisón con los pies desnudos caminando por el medio de una avenida porteña en la mitad de la noche, es su modo de redimirla, su manera de verla resurgir. El Protagonista corre en su auxilio, pero sobre todo corre tras esa imagen, repitiendo en su presente la historia de la madre para volver a ocupar el lugar de la niñez. La madre que encuentra en casa está en paz, tiene algo de monje. Un monje que lo arropa, le lee, le da de comer queso y unos pesos para seguir adelante.

Hay una épica que se destaca a partir de las enunciaciones clásicas, casi como en el cine mudo, de aquello que va a acontecer ¿presentarlo de esa manera te ayudó a organizar las ideas, los textos? ¿O hay otro tipo de intencionalidad? 
 IH- Hubo un momento en que pude ver el derrotero del protagonista en esta noche/día como una película de aventuras tan palpables como alucinadas y las bajé al papel; estas indicaciones fueron tomando esta forma de didascalias que cumplen la doble función de organizar el relato y declarar el género. Exaltan situaciones de lo más banales, que el narrador se encarga de enmascarar.

Damián Ríos presenta "La Serenidad" como una discusión tuya con los modos de novelar el presente ¿coincidís? 
I H- La escritura de La Serenidad irrumpió entre otras escrituras, digamos más conscientes, planificadas. Una expresión más orgánica que literaria, de algún modo molesta, difícil de aprehender, caótica y deforme. Más tarde, a medida que fui tomando distancia, entendí que en efecto venía a problematizar con cierto modo de concebir la novela que había cultivado en los otros libros. Ahora, no se trata de una discusión exclusivamente estética, te diría que en buena medida se trata de una discusión muy personal, en relación a qué es esto de escribir, en la actualidad, en nuestras circunstancias, pero también política: ¿qué lugar tiene esto que llamamos literatura?

 ***
 La Serenidad nos ofrece una lectura particular que puede generar el disfrute entre reflexiones y diálogos muchas veces ontológicos o puede perdernos entre aconteceres y prosa. Iosi Havilio sirvió la mesa de La Serenidad, quedará en usted- estimado lector- decidir si disfruta o se abstiene de ese festín.

Iosi Havilio: Nació en Buenos Aires en 1974. Publicó las novelas Opendoor (2006), Estocolmo (2010), Paraísos (2012). Sus obras han sido editadas en España, Inglaterra, Estados Unidos y Croacia

Diario Registrado, 29/07/2014


viernes, julio 25, 2014

Transmitir una experiencia

Reseña de Como sólo la muerte es pasajera de Alberto Szpunberg para ADN Cultura.

Por Sandro Barrella.

Como sólo la muerte es pasajera llama Alberto Szpunberg al conjunto de su obra y toma prestado el título de un verso propio. Este gesto—como en el pase del testigo— se repite: versos que pasan de poema a poema, títulos que hacen uso de palabras ya dichas, escenas que se trasladan de libro en libro con alguna variación en el curso del tiempo, de una vida en el poema. Otro tanto ocurre con la dedicatoria que reitera una y otra vez: “a los compañeros, desde siempre y hasta siempre”, con spinoziana persistencia, blandiendo una memoria que también es imperativo categórico para el hombre que publica su primer libro a los veintidós y a punto estuvo un par de años después, de unirse a la célula del guevarista EGP en el monte salteño, en lo que fuera una de las primeras experiencias de la guerrilla en la década del sesenta.
Experiencia y transmisión parece querer decir Szpunberg a lo largo de sus libros que, leídos como un todo cobran una dimensión de unidad indisoluble. Experiencia y transmisión, como quien discute la tesis de Walter Benjamin en Experiencia y pobreza. En su artículo, Benjamin se refiere a los combatientes que regresan de las trincheras de la primera guerra mundial: “la cotización de la experiencia ha bajado y precisamente en una generación que de 1914 a 1918 ha tenido una de las experiencias más atroces de la historia universal. Lo cual no es quizás tan raro como parece. Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable”. Un cuarto de siglo después, los campos de exterminio nazis darán cuenta de un nuevo enmudecimiento. Si Benjamin se anticipa a Adorno, Primo Levi los contradice al afirmar que después de la Shoa, no se puede escribir poesía sino sobre Auschwitz. Lejos de pretender asimilar aquellos acontecimientos capitales—únicos, singulares—del siglo XX con el reciente pasado argentino, de lo que se trata es de comprender el contexto político, social y cultural, en el que la escritura de Szpunberg toma cuerpo y se vuelve una voz esencial de la poesía argentina.
    Luego de Poemas de la mano mayor (1962) y Juego limpio (1963), ambos con ciertas marcas de estilo que harán presencia en sus libros posteriores, es El che amor (1965), el que va a trazar el devenir de la obra futura: “Abajo aquí sus huesos sus fusiles/ ese atadito de hombre/ no sé la tierra cómo hace que se aguanta/ los que avanzan sobre ella son las mejores noticias que nos llegan de ustedes// delen, muertos de amor, sostengan que nacemos.” La literatura y la vida se funden: a la revolución por la poesía, por el amor. “Poemario que decidió mi vida”, escribe Szpunberg en el prólogo. El libro encarna el pre-texto de lo que va a venir, tanto en los hechos de la vida del poeta como en el decurso de su poesía, que, a silencio de imprenta, siguió siendo escrita, aquí y en el exilio, volviéndose cada vez más compleja, cohesionada en su núcleo y expandida en recursos. Szpunberg alterna el verso corto, medido, con el versículo, y en ambos casos es la música, la encadenada entonación de las palabras, el ritmo que fluye, lo que da entidad a su poesía.
    En sus poemas abundan, la lluvia, el mar (por todas partes), el bosque y la tierra húmeda, ramas y niebla; muchas preguntas. En diálogo abierto, la pregunta como meditación y búsqueda del rostro amado, la voz amada, el sentido de lo que se perdió; la compasión y el pensamiento sobre el otro. La pregunta como exégesis constante, elucidación y comentario, de quien no clausura ni sella la experiencia individual y colectiva. Diálogo abierto—con la tradición lírica, con la filosofía, la literatura y con la historia—desde una obra abierta, Szpunberg aguza la mirada, su visión es una máquina que atrae todo cuanto ve y devuelve postales de la totalidad.
  Como sólo la muerte es pasajera, incorpora a títulos fundamentales como Su fuego en la tibieza (1981), Luces que a lo lejos (2008), La encendida calma (2002) o La academia de Piatock (2008), una extensa sección de obras inéditas que confirman la densidad, la riqueza de la poesía de Szpunberg, su honestidad intelectual (“No, ya no soy yo el que habla, es sólo el poema,/ donde las palabras siempre dicen otras cosas,/ menos mentir.)”, su apego a una lírica que no renuncia al sentido de la historia,   como si hiciera suyas, las palabras de Marina Tsvietáieva: “El tema de la Revolución es el encargo del tiempo. El tema de la exaltación de la Revolución es el encargo del partido”.

ADN Cultura, 11/07/2014

miércoles, julio 23, 2014

“El verdadero protagonista de esta novela es el lenguaje”

La Serenidad, de Iosi Havilio en Página 12:

La cuarta novela del escritor porteño es un extraño artefacto, tan teatral en sus excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa, el autor pone en tela de juicio los modos de representación.

Por Silvina Friera

Las raíces están en el misterio. De la sonrisa inicial al desenlace con el discurso de Heidegger –“la creciente falta de pensamiento reside en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su huida antes de pensar”– intervenido por la lengua florida del Protagonista, que pronuncia el texto frente a una multitud de ratones. La serenidad (Entropía), la cuarta novela de Iosi Havilio, es un extraño artefacto, tan teatral en sus excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa que pone en tela de juicio los modos de representación, el escritor no deserta. El puñado de imposibilidades y problemas que despuntaban en sus anteriores novelas, acaso en estado larvario, ahora son llevados al paroxismo. La anécdota dentro de la anécdota, para el héroe de esta ficción, sería su propio suicidio. “La reconstrucción es un anhelo imposible –se afirma hacia el final del libro–. El Protagonista deja la horizontalidad y se abalanza sobre el escritorio para dejar correr lo que queda de tinta: ‘el último soplo de un hábito decadente’. Desmenuza una biografía que nunca existió en el sentido estricto. Y, sin embargo, en el fondo del relato hay tensión, trama y personajes que, al igual que los extras y los decorados, cayeron en el atiborre. Sus frases fueron frívolas y sentimentalistas. Todas las decisiones estéticas le resultan impracticables. Se le ocurre una genialidad: resignar el papel principal y ver.”

“Yo tengo una relación difícil con la palabra personaje, como la palabra trama y estructura”, confirma el escritor a Página/12. “Entiendo que existen, pero en el trabajo de la escritura, cuando esas palabras intervienen, termina notándose. Y el texto se va deshilachando. Uno de los tantos corrimientos que supone La serenidad es pensar qué es eso de un personaje. Y aparece, en mayúsculas, El Protagonista.”

–¿Cuál sería la diferencia entre protagonista y personaje?

–El personaje es una función que puede volverse carne. Y ése es el intento: pensar el personaje como una verdadera entidad, sin distancia.
En Paraísos, tengo un personaje que se llama Eloísa y yo prefiero llamarla siempre Eloísa, no nombrarla como personaje. El Protagonista es el modo en que el narrador se nombra a sí mismo, así se sublima, pateando sus funciones de personaje. Esa es su aventura. Si me apurás, te diría que en ese movimiento cobra vida.

La aventura narrativa se le escapa de las manos al Protagonista en un juego donde es héroe y antihéroe. “Yo pienso La serenidad como una descarga, como una reacción casi orgánica –reflexiona Havilio–. Hay un momento en que El Protagonista se pregunta: ¿y yo qué hago en todo esto? Yo me sumo a esa pregunta en términos literarios. La descarga se volvió un texto y apareció una posible estructura y cronología. Hay un rechazo y a la vez un homenaje a ciertas formas de representación. De hecho cuando vi la palabra ‘fin’ al cierre de la novela, me di cuenta de que debía ir ‘telón’. Yo creo que es un texto que está interpelado e inspirado por expresiones no necesariamente literarias, sino más bien musicales, teatrales, audiovisuales. Es un texto puesto en escena en la distribución, en la inclusión de imágenes. No sé si la palabra es homenaje, pero sí tiene cierto vínculo con la teatralidad. Incluso el uso del adjetivo es claramente teatral y no contemporáneo.”

–Sin embargo, hay ciertas marcas de contemporaneidad, como “los ringtones más tristes de la historia” que aparecen mencionados.

–De tan contemporáneo me sale esto (risas). El Protagonista es un pobre hombre que realmente está atrapado en un círculo de expresiones previsibles. Y le sale esta descarga, este desborde. Yo lo siento como un pedido de auxilio por fuera y por dentro. ¿Qué es esto de escribir?

–¿Y qué es?

–Hay un momento en que empecé a preguntarme por el oficio, eso que para mí era una palabra de viejos, cuando estaba terminando de escribir mi anterior novela, Paraísos. ¿Quién está escribiendo? ¿Yo, el oficio, el narrador? Se produjo un conflicto muy interesante que dio origen a esta reacción. Escribir tendría que ver con acercarse y asomarse al misterio del mundo. Y el oficio puede que atente, que domestique el misterio. Eso me dio cierto pavor. En algún momento escuché que pasé de “escritor joven” a “escritor establecido” en un chasquido. Esa palabra, “escritor establecido”, me llevó a preguntarme por la materia de la escritura. Y el verdadero protagonista de esta novela es el lenguaje.

–¿Qué importancia tiene la filosofía en La serenidad, que ya desde el título remite a Martin Heidegger?

–Gelassenheit –la serenidad– fue uno de los textos de Heidegger que más me impactó en mi paso por filosofía. Yo estudié muchos años la carrera; fue un paso largo y frustrante. Antes de entrar a la carrera, pensaba la filosofía como una ficción o como parte de un universo donde no discrimino qué es ficción o ensayo. La academia me mató porque no supe adaptarme y se fue fagocitando mi vínculo con la filosofía. La génesis de mi placer filosófico está en ese texto de Heidegger, que fue quedando como un recuerdo de infancia, como uno de esos espacios que vas revisitando. Como Opendoor, mi primera novela, fue en otro sentido. En un momento, mientras estaba escribiendo esta descarga, apareció la palabra serenidad y volví a leer el texto de Heidegger, un discurso bellísimo que pronuncia en su pueblo natal, en 1955, en ocasión del aniversario de un compositor. Y tuve una imagen que sucedía en un futuro bien remoto. Me imaginaba los restos de la civilización y se me vinieron un conjunto de roedores o ratones, rescatando el texto de Heidegger. El Protagonista es un sobreviviente; es un hombre ya vencido que comparte irónicamente el texto de Heidegger, uno de las materiales más brillantes de siglo, con estos ratones que se mofan y se enternecen del hombre y sus meditaciones. También está (Jacques) Lacan, que lo abordé de una manera desprejuiciada, libre, descarada. Hay un texto en el que define las tres esferas del imaginario, donde piensa la expresión artística, que me resultó muy inspirador. La serenidad me permitió reconciliarme con el discurso filosófico y rescatarlo en el lugar de la ficción.

–Le permitió producir ficción con la filosofía, ¿no?

–Sí, y más que ficción: escritura, expresión. Tuvieron que pasar casi unos veinte años para poder reencontrarme con la filosofía. Yo hice varios estudios, estudié filosofía, composición musical, guión de cine. En todos fracasé. Después, con los años, estos estudios me supieron dar una recompensa. Hay un famoso poema de Fogwill, “Llamado por los malos poetas”. La serenidad es un llamado a los malos poetas, pero también a los malos filósofos. Se necesitan muchos malos filósofos dando vueltas permanentemente para rescatar la flor del pensamiento. El Protagonista es un mal poeta y un mal filósofo, pero de eso hace su pequeña epopeya.

–Hay también en la novela una cita bíblica sobre el buen ladrón y el mal ladrón, algo que no es ajeno en su narrativa.

–Es cierto. Pero no tengo un programa que establezca que en cada novela tengo que meter una cita bíblica. En este momento estoy escribiendo una novela y tengo una Biblia al lado. No he tenido una educación religiosa ni nada parecido, pero la Biblia es un texto fascinante. Ahora estoy trabajando con descaro las distintas versiones que hay del momento de la Resurrección; son cinco o seis ficciones en una. Es una especie de “elige tu propia aventura”, según Mateo, Lucas o el Evangelio que sea. Hay un texto que descubrí sobre el camino a Emaús, que es donde Jesús en carne y hueso se disfraza de caminante y se les acerca a dos incrédulos y camina con ellos hasta Emaús, tres días después de la resurrección. Lo que estoy escribiendo es el reverso de La serenidad, pero forma parte de la misma pregunta, del mismo barajar y dar de nuevo. Y está inspirada, en parte, por Resurrección de Tolstoi.

Más allá del dispositivo quijotesco en el que cada capítulo es presentado a la manera de la célebre novela de Cervantes –por ejemplo: “De cómo El Protagonista rompió con Bárbara, se enredó en discusiones ontológicas y fue humillado por la presencia del Gran Otro”–, La serenidad está intervenida también por otras escrituras. “Algunos que la leyeron me dicen que reconocen a (Witold) Gombrowicz, a (Osvaldo) Lamborghini, a (Roberto) Arlt.” “Sí, es probable. Pero si hay una influencia viva, tiene que ver con las escrituras corridas del naturalismo y del realismo del presente –subraya el escritor–. La literatura suele estar con la mirada puesta sobre las grandes obras y las grandes influencias. Me tomó trabajo liberarme y sacarme cierto lastre literario de la solemnidad que tiene que ver con algo que está entre tapa y tapa, y que todavía sigo sin entenderlo mucho.”

–El Protagonista queda en medio de una movilización y está tan perdido que no entiende muy bien lo que está pasando. Es como si todo le pasara por el costado.

–Podría decir que después de escuchar sobre la narradora de Opendoor, a la que le pasaba todo por el costado –en la que hay cierta indiferencia, ya que así como se droga hasta la médula va a recoger moras–, me pregunto si será un poco eso. ¿Es indiferencia? Yo estoy convencido de que uno escribe por dos razones: para preguntarse quién es el que habla, qué le está pasando a ese protagonista, y para preguntarme quién soy yo. En un momento descubrí que había una estrategia. Ese desapasionamiento tenía una contracara en la vehemencia del lenguaje y la expresión. Todo esto que a ella parecía resbalarle en Opendoor lo expresaba necesariamente en la escritura, en el decir. Esto estalla por los aires en La serenidad. Si al Protagonista pareciera que la novia lo deja y está en la plaza desorientado, y viene un hombre que le dice que es su hermano y de-spués se acuerda de que no tiene hermano, él grita su libertad de una manera barroca, visceral y también cursi. El relato de ese momento en la plaza es muy sentido, aunque él esquive las pancartas y las columnas. Su revolución pasa por el decir, por el relato mismo.

–El Protagonista recuerda que sus convicciones eran aleatorias, que podría votar, como cuando jugaba de niño, a la UCedé, a los peronistas, al MAS. ¿Este desconcierto admite una lectura generacional?


–Sí, en un momento El Protagonista, cuando recuerda la urna de cartón que había hecho para celebrar la vuelta de la democracia, dice: “Su izquierda, su derecha; su letanía desamorada”. Para mí fue enorme escribir eso. Hay una mirada en relación con lo vivido que hace que esté plagado de contradicciones, que en este desboque salieron un poco a la luz, ¿no? Yo nací el mismo año en que murió Perón. Mi madre es artista, pintora; mi padre, comerciante, un hombre criado en cierta burbuja de clase media. Siempre me quedé en un lugar conformista y cuando quise superar eso me sentí fuera de juego, algo que coincide con el momento en que empiezo a escribir y publicar. De preguntar y recibir respuestas medio abstractas sobre la década del ’70, en la que pasé mi infancia, que es donde se cuece todo, pasé a un desayuno brutal y a ver las esquirlas del otro. Eso sucede políticamente, pero también en la literatura. Así como uno celebra ese desayuno brutal, también de algún modo me silenció. ¿Qué puedo decir yo en ese concierto? No soy ni hijo de militantes ni hijo de desaparecidos. Ahí aparece ese “revisionismo” de plantear que yo tengo de todas formas un relato para contarme. En La serenidad está graficado en esa urna de cartón que me hice. Nos habíamos ido a vivir a París por un año y volvimos en el ’83. Y yo en esa urna votaba por todos, jugando. “Era su izquierda, su derecha.” El desconcierto de dónde estaba parado lo pude pensar un poco en esta novela. Me acuerdo de que Fogwill, a su modo brutal, decía que para triunfar en España con una novela había que poner cada 50 o 60 páginas la palabra “desaparecido”. Más allá de lo brutal, tiene también un costado que te permite pensar y tomar prestada una herencia que no tengo. Escribir es una actividad imparable que te toma en la vigilia, en el sueño. A los seis o siete años, cuando salimos de Buenos Aires para hacer un viaje a Chile, vi un cartel que decía “Opendoor”. Y le pregunté a mi padre qué era. El me dijo que era un pueblo donde había un hospital para locos de puertas abiertas. Yo le pedí y le rogué que bajáramos, que lo quería ver. Pero, ante la negativa de mi padre, tuve que imaginarme ese lugar. Y no fui consciente entonces de que eso sería una novela veinticinco años más tarde. Yo tengo la idea del escritor como médium y hay que trabajar ese médium. La escritura es un acto de liberación del ego y del yo para entregarse al narrador.

Página 12, 16/06/2014

martes, julio 22, 2014

La Serenidad de Iosi Havilio en Inrockuptibles

Después de tres libros más tradicionales, Iosi Havilio se arriesga en La serenidad a construir una nouvelle experimental, que bucea en los rincones de la conciencia de sus personajes reafirmando el rol clave que tiene en la ficción el artificio literario.

Por: Martín Caamaño para Los Inrockuptibles

“Es una gran bocanada de aire, un exabrupto, una pequeña sublevación”, dice Iosi Havilio sobre La serenidad, su nuevo libro, la nouvelle que acaba de editar por Entropía, editorial en la cual dio sus primeros pasos como novelista.
El de Havilio es un derrotero curioso. Sin dudas, se trata de uno de los grandes narradores argentinos surgidos en los últimos tiempos, algo que ya quedó claro con Opendoor, su primera novela. Lo que sorprendió de aquella historia narrada por esa estudiante de veterinaria anónima que decide irse a vivir al campo luego de la confusa desaparición de su novia no fue solo la precisión con que estaba escrita ni ese nuevo enfoque sobre una de las dicotomías dominantes de la literatura argentina desde sus inicios –la oposición entre el campo y la ciudad– sino el placer hipnótico de una trama en apariencia sin propósitos ajenos a los de la historia misma; es decir, sin gestos pirotécnicos externos al propio libro. La sorpresa fue entonces la vocación latente por la narración pura, algo que con el correr de los años y de las diferentes publicaciones se transformaría en un sello de autor. Quizás esto fue lo que provocó que nombres como Fabián Casas o Beatriz Sarlo afirmaran entusiastas que Havilio parecía un escritor salido de la nada, revelando cierto desconcierto en el elogio.  Luego de Opendoor, vino un cambio de frente radical con Estocolmo, el relato sobre un chileno gay que regresa a su país escapando de un novio después de pasar más de tres décadas exiliado en la capital sueca. A esa peripecia sobre las diferentes formas que puede adoptar el miedo le siguió Paraísos, la continuación de Opendoor, que sin embargo puede leerse igualmente de forma autónoma. Para ese entonces, Havilio ya había demostrado tener el don para escribir sobre casi cualquier cosa. Cualquier cosa –la descripción de un tumor en la cola de un caballo, de un dedo deforme o del brazo flácido de una diabética; los comportamientos inesperados y al mismo tiempo posibles de los personajes; ciertas palabras, ciertas escenas– que caiga bajo el encantamiento de su pluma parece volverse automáticamente interesante.
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Ya desde la primera línea queda certificada la supremacía de la conciencia por sobre el cuerpo; una conciencia que solo va a materializarse a través de la escritura.
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Como si la historia (y el tono) que atraviesa al personaje de Opendoor y Paraísos lo obligara a abismarse, a asumir riesgos nuevos cada vez que la deja atrás –de ahí el cambio de registro en Estocolmo–, ahora con La serenidad vuelve a dar un salto desconcertante en su narrativa. Havilio recuerda: “Un día, alguien me dice: ‘te estoy siguiendo la carrera, te convertiste en un escritor establecido’. ‘¡Qué horror!’, pensé. ¿Qué diablos significa eso? ¡Establecido! Un escritor establecido es un escritor muerto”. En este caso, la fuga de lo establecido para Havilio es una novela de sesgo experimental, en la que los personajes son más bien categorías o funciones (se llaman: El Protagonista, La Reina De La Noche, El Gran Otro, El Filósofo De Toda Una Generación, La Madre, El Padre, así, todo en mayúsculas) y cuyo verdadero protagonista no es otro que el lenguaje mismo, al que le saca chispas, produciendo durante la lectura un efecto placentero e inquietante que se asemeja al crepitar de un caramelo Fizz en la boca.
Aunque ciertos rasgos distintivos de su literatura se mantienen –la deriva de los personajes como motor del relato, la búsqueda de la supervivencia en un mundo adverso y enrarecido– La serenidad apunta a otra dirección. Ya desde uno de los epígrafes, pasando por la odisea del personaje principal durante una jornada delirante que a su vez contiene la eternidad del tiempo novelesco, las referencias a Shakespeare (con el espectro del padre Hamlet incluido) y el monólogo de Barbarita sobre el final a la manera de una Molly Bloom del conurbano, convierten a esta en una novela en la cual resuenan constantemente los ecos del Ulises de Joyce. “Después de varios intentos fallidos, hace un par de años leí y disfruté enormemente la lectura del Ulises en voz alta, guiado por una frase que Joyce escribe en una carta cuando termina el manuscrito, donde dice temer que alguien se tome una sola línea en serio”, confiesa Havilio.
Por sus temas y ciertos juegos de lenguaje, en La serenidad se puede detectar, además del de Joyce, el influjo de una tradición de escritores locales como Roberto Arlt, Cesar Aira y sobre todo Osvaldo Lamborghini. “A los que mencionás podría agregar Gombrowicz,  Sánchez, al Fogwill poeta”, coincide Havilio, aunque aclara que con este libro en realidad se propuso establecer una suerte de diálogo con cierta tendencia vanguardista de la literatura argentina contemporánea. “Lo cierto es que La serenidad es el resultado de haberme sentido interpelado por escrituras del presente, algo así como influencias del futuro. Pienso en Gracias, de Katchadjian, El Tucumanazo, de Castromán, los cuentos de Falco, los textos de Aldana Capellano, el gran Roberto Echavarren, también la danza y el teatro, por ejemplo el Ulises de Ariel Farace.”
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“La serenidad es el resultado de haberme sentido interpelado por escrituras del presente, algo así como influencias del futuro.”
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Mientras que Opendoor y Paraísos tienen como rasgo común no revelar información acerca del pasado de sus personajes, encadenados al presente elástico de la trama –empezando por la narradora, de la que ni siquiera sabemos el nombre–, en La serenidad –como en Estocolmo, aunque con procedimientos muy diferentes–, el pasado insiste una y otra vez más no sea para demostrar la imposibilidad de su restitución. Es de esta imposibilidad que se nutren los artilugios de la ficción. La historia se pone en movimiento luego de una aparente ruptura amorosa, cuando Bárbara deja a El Protagonista. A partir de entonces asistimos a un vagabundeo errático en dos direcciones: por una ciudad enloquecida aunque perfectamente reconocible, y por los rincones de la conciencia de El Protagonista. Es ahí que se activa la máquina fallada de la memoria: el recuerdo de una fiesta cercana, el regreso a la infancia, el pasado político, la caprichosa herencia legada por El Padre. La serenidad plantea la aventura de las diferentes posibilidades que puede asumir el yo; El protagonista se desdobla en su Yo Pequeño, en El Gran Otro (amante de Barbarita) o hasta incluso en su propia mujer en el instante del acto sexual.
En un momento se lee: “El seso es lo de menos, lo que vale es la conciencia”. Y ese podría ser el lema que rige la novela. Ya desde la primera línea (“El misterio está en La Sonrisa. Ni en la carne ni en los huesos”) queda certificada la supremacía de la conciencia por sobre el cuerpo; una conciencia que solo va a materializarse a través de la escritura. “¿Podés hablar claro, estúpido…?”, le reclama el Hermano Mayor a El Protagonista. Ya es sabido que cuando la que habla es la conciencia se suele dar paso al exabrupto lírico. “Llevar al oficio al paroxismo precisa de práctica, aislamiento, algo de misterio”, reza otro pasaje. Y Havilio bien podría estar hablando de sí mismo como autor. Porque, después de tres novelas, su apuesta con La serenidad parece ser justamente esa, llevar el oficio al paroxismo.

Iosi Havilio
La serenidad
(Entropía)
146 páginas

Inrockuptibles, 03/07/2014


jueves, julio 17, 2014

Palabras inesperadas

Entrevista a Iosi Havilio sobre su última novela, La Serenidad, en La Voz del Interior
Por Javier Mattio.

Tal vez el escritor argentino más prometedor y secretamente reverenciado de la nueva generación, Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974), desplegó un veloz in crescendo con la seguidilla Opendoor (2006), Estocolmo (2010) y Paraísos (2012). De la contención preciosista de la primera al exceso desfondado de la última, Havilio exploró las posibilidades de la novela con una autonomía y tenacidad elogiables, levantando un mundo no muy distinto al real en extrañeza, volubilidad y encantamiento.

El agujero negro en el que se abismaba la planicie urbano-grotesca de Paraísos es una posible clave para entender La serenidad, la nueva nouvelle de Havilio, a primera vista un giro desconcertante en su trabajo. Divertimento satírico y metanarrativo con aires de folletín dieciochesco, La serenidad avanza con libre pulso experimental en las andanzas de El Protagonista, quien con su nombre parece revelar el entramado que subyace a toda historia. Suerte de compendio no ya de la obra de Havilio sino de la humanidad y la literatura enteras en sus poco más de 140 páginas, La serenidad incluye filosofía –el título del libro replica al de un texto de Heidegger–, triángulo amoroso, autobiografía, referencias que van de la Biblia al Ulises, juegos con el lenguaje, mucho humor y un radar pícaro de lo contemporáneo que siempre caracterizó al autor porteño: la militancia, el country, el barrio, los noticieros, el vaivén ciudad-campo siguen murmurando entre bastidores.

“La serenidad irrumpió como una tromba entre medio de otras escrituras, digamos, más conscientes –cuenta Havilio–. Me resulta difícil precisar un tiempo, fue lo más parecido a escribir dentro de un sueño. Reconozco una serie de orígenes: una conversación trasnochada, entre la filosofía y la frivolidad, que dejó su huella en el párrafo inicial; un texto más o menos homónimo de Heidegger que estudié allá lejos y hace tiempo; el cuadro de Bouguereau (la tapa del libro), una pintura clásica nacida a destiempo, entre las vanguardias. Por último, atravesando estas memorias desmembradas, hay una frase atrapada en el aire que le escuché decir a mi hijo menor que se convirtió en epígrafe, faro, película aglutinante de todo este mundo: ‘Soy una mala historia’”.

–¿Parte “La serenidad” del escepticismo o de la confianza en toda historia?
–En la novela trama y voz son una misma cosa. Más que del escepticismo, el libro es fruto de un convencimiento: sea cual fuera el universo en cuestión todo termina rindiéndose o revelándose a la voz que lo perfora. Y no hablo de la voz del escritor, nada más triste y lejos, sino de las voces que germinan desde el interior de determinado mundo para horadarlo. Esa esencia es la que me interesa. Ocurrió igual con las novelas anteriores, las publicadas y las no. Pienso en La serenidad como un eslabón en carne viva de una misma cadena.

–¿Es este tu libro más humorístico?
–Me dejé llevar y entretener por este Protagonista que se distancia de sí mismo para retratarse, sin escalas, entre la humillación y la gloria, como un stand upper desaforado y barroco inmolándose en un gran teatro de operaciones que incluye la tragedia pero también el sketch, la realidad más berreta, lo onírico. En esa falsedad donde gana el absurdo él destila sin embargo algo de humanidad. Visto desde afuera seguramente podría decirse que se trata de una parodia, de una gran farsa. Desde la mirada del Protagonista/Narrador, es la crónica y la elegía de un tremendo nopodermiento.

–¿Lo contemporáneo guía tu obra?
–Escribimos, decimos, nos movemos, ensayando una doble coreografía. Interpelados e interpelando aquello que llamamos real, lo que nos rodea. Ahora bien, y aquí anida un equívoco grande, lo real no se reduce a lo tangible, lo palpable y mensurable. También está hecho de lo que no es, del pasado, del futuro, de la imaginación, de las potencialidades y, fundamentalmente, de los misterios, cósmicos y minúsculos que, arrinconados, siguen gobernándolo todo.

Viaje espiralado
–¿Marcó “Paraísos” un límite? ¿Qué te llevó a dar el giro de “La serenidad”?
–Entiendo la escritura como un viaje espiralado al fondo de algo, de un todo, con aproximaciones y alejamientos hacia un núcleo que, en el mejor de  los casos, conseguimos olfatear, tantear, vislumbrar de a ratos. Como fogonazos. Paraísos fue sin dudas una buena curva, una curva peligrosa, en las vueltas de ese caracol sin fin. En ese giro hubieron muchas lecturas, músicas, películas y experiencias que fueron avivando el mundo de La serenidad.

–Además de las fotos, hay un diagrama misterioso en “La serenidad”, ya había uno en “Paraísos”. ¿A qué se deben?

–Opendoor también estaba poblada de imágenes, diagramas, bocetos. De hecho, durante toda su escritura alimenté una suerte de collage que permaneció en la cocina narrativa (fotos, recortes, líneas de tiempo, acuarelas, culos, manchas de café) donde seguramente estaban cifradas las bases de La serenidad. Sólo que aquí sucede al revés: la historia y la trama quedaron en casa y la trastienda tomó el escenario llevándose todo puesto. Creo que uno de los puntos esenciales de la escritura es el trabajo del pretexto, del paratexto. De eso se trata: escribir es, ante todo, explorar el imaginario que nos convoca más allá de los símbolos, al margen de la anécdota y los personajes. Ahí está el goce.

La Voz del Interior, 03/07/2014

martes, junio 03, 2014

La Serenidad, de Iosi Havilio

Manuel Quaranta reseña La Serenidad, de Iosi Havilio, para la revista Vísperas.

Eco, la más famosa de las ninfas que habitaban en el bosque –Oréades– era capaz de proferir frases de una belleza inconmensurable, esta facultad perturbaba a Hera, esposa celosa de Zeus, e instigadora –debido a sus temores– de un terrible castigo: Eco fue condenada a repetir indefinidamente la última palabra que expresaba cada persona, de este modo, quedaba para siempre trunca la posibilidad de establecer un diálogo con otro ser humano.

La serenidad, título emblemático de la nouvelle de Iosi Havilio, parecería abrir una grieta profunda en la esperanza de construir una comunión lingüística entre las personas. El diálogo se encuentra, definitivamente, obturado: “El hermano mayor es incapaz de advertirle sobre el descontrol del lenguaje y traslada las fisuras del discurso por todos los lados de la cara”. Pero no sólo eso.

La serenidad es un quiebre –¿es verdaderamente un quiebre o las problemáticas del escritor de Opendoor y Paraísos se repiten aunque de forma diferente?– con respecto a la producción anterior de Havilio, un lenguaje exuberante atraviesa casi todas las páginas hasta llegar a un paroxismo descomunal plasmado en frases tales como “…hierve la palabra en las cavidades textuales del protagonista y la ilación es un placer inevitable” o “…llorar, llorar, llorar, por los pobres, los muertos, los violentos, los degollados, los consumidores, los poetas, los locos, los militantes, llorar juntos por los benefactores, por los críticos y los mormones, llorar por las plantas que se van muriendo, llorar por nosotros, mucho, por nuestros parientes…y contemplarnos en el lago espejo desde el sillón roto, los pies mojados, chorreantes de pellejos, con el partido de ajedrez abandonado en lo mejor, para estirar el goce”; en este contexto cobra sentido la pintura expuesta en la tapa del libro, Les Oréades de William-Adolphe Bouguereau, en tanto cifra de lo que uno encontrará apenas comience a leer: proliferación incansable de palabras expuestas al sin sentido o a volver todo un engaño.

Cada capítulo de la nouvelle de Havilio se presenta de idéntico modo que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, por ejemplo, Segunda parte del libro de Cervantes: Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea; Capítulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote; Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote.

La serenidad: De cómo El Protagonista desembarcó en un suburbio, comió entre gitanos, subió una montaña, se perdió en el bosque y dio milagrosamente con el camino a casa; Donde se cuenta el escape en tren del Protagonista, las extrañas escenas que vivió durante el viaje y la manera en que recuperó un par de zapatillas tres décadas después.

¿Por qué la filiación? Havilio vuelve a leer El Quijote. Lo da vuelta: promesas de aventuras o historias que se deshacen, una intertextualidad presente en cada resquicio que carcome la posibilidad de un conflicto principal, la magdalena de Proust en “Queso Fresco”: “La cara de La madre se vuelve nítida de a poco. Es una reconstrucción por capas finas…Esa mujer infinita que lo conoce desde la semilla […] El Protagonista hizo lo que tenía que hacer. El sabor de ese queso consagrado por el recuerdo”.

La serenidad es también, como indica Damián Ríos, “el resultado de una feliz discusión de Havilio con los modos de novelar en el presente”, poniendo en cuestión todas las figuras representativas de la novela moderna: “El Protagonista deja correr lo que queda de tinta…el último soplo de un hábito decadente…Desmenuza Una Biografía que nunca existió en el sentido estricto. Y sin embargo, en el fondo del relato hay Tensión, Trama y Personajes que al igual que los Extras y los Decorados, cayeron en el atiborre. Todas las decisiones estéticas le resultan impracticables. Se le ocurre una genialidad: resignar el papel principal y ver si así…”.

Si cabe alguna duda de que La serenidad es una novela sobre la novela, basta citar un pasaje, “El Protagonista se siente tentado a hablar de la pelambre que evita su propio suicidio, la anécdota dentro de la anécdota”, como esas muñecas rusas que guardan el secreto de una historia dentro de otra historia, pero ¿qué es lo que en realidad guardan si nada pasa dos veces de la misma manera?; en este sentido La serenidad es “el sueño de la reconstrucción” de una historia, de una vida, de una infancia, pero con plena conciencia de que “La reconstrucción es un anhelo imposible”.

Por último, envalentonado en esta exuberancia verbal propongo un exceso interpretativo final: La serenidad es una novela sobre el lenguaje en la que se multiplican las referencias filosóficas, por ejemplo en el parágrafo “Discurso inaugural”, que cierra la nouvelle, habría una clara alusión a las famosas y polémicas palabras pronunciadas por Martin Heidegger al asumir el rectorado de la Universidad de Friburgo en 1933. Y aquí viene el exceso: Eco, en tanto prefijo significa ‘casa’, ‘morada’ o ‘ámbito vital’; Heidegger, a su vez, en Cartas sobre el Humanismo, escribió: “El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada”.

*Nota: Iosi Havilio corrige mi exceso, “Discurso inaugural” remite a un discurso que Heidegger pronunció en su pueblo natal en el año 1955 titulado Serenidad: “La Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio se pertenecen la una a la otra. Nos hacen posible residir en el mundo de un modo muy distinto. Nos prometen un nuevo suelo y fundamento sobre los que mantenernos y subsistir, estando en el mundo técnico pero al abrigo de su amenaza”.