Reseña de La comemadre en Lectura y Locura. Por Mariano Hortal.
jueves, octubre 09, 2014
“La Comemadre” de Roque Larraquy. Una maravilla en “El cuarto de las maravillas”
Si hay una editorial actual que se caracterice por su búsqueda de nuevos caminos editoriales y por su eclecticismo podemos hablar sin lugar a dudas de Turner. En su afán de buscar nuevo público uno se siente privilegiado que cuenten con él para experimentar con una nueva colección, máxime cuando esta colección se amolda tanto a mis posibles gustos como es “El cuarto de las maravillas”, cuya premisa es, desde luego, muy apetecible:
“El gabinete de curiosidades de la casa, lugar de las historias inverosímiles, las voces nuevas que además parecen nuevas, las crónicas verídicas, la cotidianidad poética y los libros experimentales.”
La idea de montar un “gabinete de curiosidades literarias” donde dicha etiqueta se comporte como aglutinadora de valores nuevos contemporáneos y un gusto por experimentar es, en mi opinión, un riesgo en los tiempos actuales y solo por ello ya es merecedor de aplauso. La calidad de los libros con los que han comenzado, afortunadamente, refrenda la propuesta dotándola de un interés aún mayor que viene acompañada, por si fuera poco, de unos precios muy competitivos (cercanos a ediciones de bolsillo) y un diseño de fajas ciertamente innovador.
Solamente por la publicación de la encantadoramente experimental y prometeica “La comemadre” del joven escritor argentino Roque Larraquy ya estaría más que justificada la aparición de esta colección.
Nacido en Buenos Aires en 1975 el autor estructura esta historia en dos tiempos paralelos: una primera parte en 1907 y una segunda parte en 2009. Mucho deben las dos narraciones al mito de Prometeo, pero ya en la primera podemos comprobar la base de lo que sucede en un sanatorio:
“Un hecho desconocido por quienes no practican el oficio es que la cabeza separada del tronco permanece consciente y en pleno uso de sus facultades durante nueve segundos. Al alzar la cabeza, el verdugo entrega a su víctima una visión del mundo, última y menguante. Haciéndolo, no solo contradice la idea misma del castigo, sino que convierte al público en espectáculo.”
Esta premisa experimental desencadenará una serie de experimentos para demostrar lo que sucede en el momento relatado, aquí lo experimental se sostiene en lo experimental del lenguaje usado (metaexperimentalidad), lo absurdo se mezcla con lo aparentemente real, el estar en un sanatorio de enfermos de cáncer estimula la imaginación de los doctores, como es el caso de Quintana:
“-Esta es la propuesta: seleccionamos pacientes terminales. Les cortamos la cabeza de modo que no se lastime el aparato fonador, técnica que he practicado exitosamente con palmípedos y que ya explicaré, y pedimos que la cabeza nos cuente en voz alta qué percibe. Por el intento recibimos una excelente paga a expensas de Mr Allomby.”
Parece lógico entonces que engañen a varios de los pacientes indicándoles que no ha funcionado su tratamiento para que acepten la propuesta; si además aluden al caduco e inherente patriotismo argentino como causa por encima de todo, Roque perpetra una burla del carácter argentino:
“La mayoría se deja convencer porque intuye un desastre científico argentino de dimensión mundial, y en esta efusión de patriotismo entregan el cuerpo. El clima de gesta favorece el sí fácil.”
Los intentos de comprobar lo que sucede desencadenan tal cantidad de muertos que, para desembarazarse de ellos, habrá que idear una forma de hacerlo. En medio del horror que supone este espectáculo, una digresión botánica le sirve para introducir la “comemadre”: “Una digresión botánica: el islote Thompson, en Tierra del Fuego, es el único lugar del mundo donde crece una planta de hojas aciculares conocida como “comemadre”, cuya savia vegetal produce (en un salto de reinos no del todo estudiado) larvas animales microscópicas. Las larvas tienen la función de devorar el vegetal hasta resecarlo por completo. Los restos se dispersan y fecundan la tierra donde se reanuda el proceso.”
Esa “comemadre” actúa como el elemento que es capaz de borrar nuestros fallos, resultado de nuestra experimentación, del anhelo de saber si existe otra vida y que alguien nos lo pueda confirmar. ¿Una posible metáfora del olvido selectivo que todos practicamos cuando algo no sale como esperábamos o sobre todo sobre los fallos que cometemos?
Si este pequeño relato nos desafía, el siguiente, ambientado en 2009 empieza con una prolepsis que anticipa parte de la historia, la del protagonista, que igualmente narra en primera persona las consecuencias de lo que le ha sucedido:
“Aquí su síntesis sobre mí: tengo una mano de cuatro dedos, el quinto se me perdió. Tengo un cuerpo que es mío, y una cabeza de perfil anormal que me costó mucho dinero. Un museo de Copenhague ofrece el doble por plastificarme y exponerme al público cuando muera. Dos asociaciones de derechos humanos de Dinamarca demandan al museo por estimular “una mirada del cuerpo como mercancía.” Un colectivo de lesbianas organiza una sentada en la puerta del museo, en solidaridad con el derecho de ponerle precio a mi cuerpo, como se hace con cualquier objeto de arte.”
El anhelo por buscar la otra vida se hace a través del arte, hay dos figuras paralelas, dos genios que llevan vidas similares, el narrador, conocerá a su amante Sebastián:
“Al terminar, con un verdor llamativo para la piel humana y la rodilla roja del roce contra el suelo, Sebastián dice (es un romántico) que esperaba la entrada de su cliente soñado, el que había buscado en los otros, y que yo soy ese. Quiere que estemos juntos desde ahora: con mi aspecto no hay manera de que le sea infiel. Da por descontado que en dos o tres días voy a enamorarme.”
Que le servirá de sujeto base sobre el que experimenta llegar a la sublimación artística aún a costa de lo que le pueda pasar; las consecuencias del dolor causado le llevarán a un sanatorio que es el de la primera historia:
“Veo un diploma de reconocimiento oficial con la cara de Eva, un escudo de armas inglés o irlandés, una pinta antropométrica, una hilera de frascos de porcelana, una serie de fotos individuales del primer plantel médico del sanatorio, con un mismo bigote puntiagudo recorriendo todas las caras, y un retrato al óleo del dueño y fundador, Mr R. Allomby, exhibiendo orgulloso una quemadura que le deforma la boca.”
Como unión no solo está ese sanatorio sino la “comemadre” de la que hablábamos, utilizable, incluso después de cien años; en este caso se convertirá en parte de dicho experimento, nuevamente:
“Es un polvo negro de textura irregular. Su nombre en español, “comemadre”, se extinguió con la planta en la Patagonia hace ochenta años, pero sobrevive en Inglaterra como motherseeker (“buscamadre”) o momsickener (“enfermami”). Los últimos ejemplares están al cuidado de la mafia inglesa, que usa las larvas para borrar evidencia. Esto es lo que dice Sebastián. Los datos restantes provienen de las notas de un médico muerto. ¿Sólo con agua? ¿Después de un siglo? Algunas semillas se mantienen en letargo durante más tiempo. Es un reto a la credibilidad, pero Lucio tiene el rostro apaciguado de los creyentes.”
Lo único que puede frenar el anhelo por la vida ulterior, por la sublimación a través del arte es, sin lugar a dudas, la falta de fe. Experimentar se convierte en un leitmotiv de nuestras vidas si creemos en sus posibilidades, como el de Roque Larraquy y su espléndida pequeña maravilla.
Lectura y Locura, 9/10/2014
miércoles, octubre 08, 2014
Bicisenda evasiva
Libros. Nouvelle citadina con sabor a Buenos Aires.
Por Lucas Cremades
En la voz de un joven estudiante universitario se aparece
Martín Zícari (Buenos Aires, 1989) para narrar el discurso interior y casi
invisible que parece inferir, connotar y demostrar que a través de situaciones
posibles, hipotéticas, elementales y astrales, la imaginación y algunas calles
de Buenos Aires son como moldes desde donde situar una escritura inquieta, real
e ilusoria que logra detenerse con éxito en hechos del estilo “un Yetti Yuppie
Yendo (YYY) a tomar su clase de inglés matutina antes de una jornada de diez horas
de trabajo en la empresa aseguradora de capitales menos relevante de la
economía argentina (…)”. A puro escape, confrontando con el rictus académico,
Zícari trae en su primera novela el relato interior de la vida cotidiana, el
cual puede sucederse a bordo de una bicicleta y sólo cuando cerramos los ojos.
Como una carga de voces que se oyen sólo desde una escollera profunda que se
adentra a mar abierto, Scalabritney arroja fantasías y demuele los letargos de
la mente.
Revista Veintitrés, 10/09/2014
martes, octubre 07, 2014
¡Pobres guillotinados!
¿Sigue viva una cabeza tras ser cortada? Larraquy novela los
delirios del arte y la ciencia.
Oportunísima la puesta en circulación en España, en la nueva
colección de Turner, de La comemadre, primera novela de Roque Larraquy (Buenos
Aires, 1975), publicada en Argentina cuatro años atrás, y que obtuvo una
notable recepción crítica. La cosa no era para menos. Ya desde la página
inicial (incluso antes, en los epígrafes) se detecta una prosa muy concentrada
con una finalidad desasosegante. El asunto es claramente perturbador, y por
partida doble. La novela se articula en dos relatos, ligados por el delirio; en
uno, el desenfreno de verificación de la ciencia a principios de siglo (1907),
y en otro, la obsesión del artista actual (2009) de convertirse él mismo en
objeto artístico. En ambos se experimenta con el cuerpo, más allá de sus
límites. El primero narra el proyecto de un grupo de psiquiatras que, en una
clínica próxima a Buenos Aires, intenta averiguar qué sucede en los nueve
segundos en que una cabeza humana sigue viva después de ser cercenada. Embaucan
a los pacientes, enfermos terminales de cáncer, para que donen su cuerpo y los
guillotinan para registrar la vida aún latente, lo que dice la cabeza. En el
segundo relato, un artista corrige una tesis sobre su vida y obra, con todas
las notas al pie desatinadas, exhibiendo su infancia de niño prodigio y joven
obeso que, al perder kilos, perdía parte de su yo, y con esa humillación se
esforzaba en distinguirse de la especie, en dar vida al monstruo que lo habita,
a la vez que declara sus “ganas de ser involucrado en el amor”.
El amor recorre, en efecto, con una tensión subrepticia y
abyecta, las zonas menos calamitosas de los dos relatos, que se complementan
como una prótesis. Quintana, el psiquiatra que narra la historia de la clínica,
se presta a trabajar en el desquiciado experimento por amor a Menéndez, la jefa
de enfermeras, de la que sólo sabe que fuma cinco minutos apoyada en una
baranda, sin más vida que su profesión, y que todos, incluido el director,
andan detrás de ella. Un burbujeo de deseo para justificar la ignominia de la
investigación. Al artista el amor le deja la cabeza “como una pantufla de
anciana”, y su arte se fundamenta en la mutilación: se extirpa un dedo, que
cuelga de un alambre; no es su mejor obra, pero así sabe que lo que pierde no
importa, hasta que alguien lo roba, y la representación deriva en trivialidad.
En La comemadre, la precisión de la prosa, con frases
breves, escuetas, que conforman una interrogación que obliga a detenerse
continuamente, produce también un efecto de anonadamiento, como si la razón
hubiera sido reemplazada por una lógica destructiva, y en ese proceso la novela
misma aniquilara su significado. El título hace referencia a una planta que
produce larvas que la devoran por dentro. Aquí las larvas que anidan en la
ciencia y el arte devoran los cuerpos o los transforman en anomalías. Con esta
primera novela, Roque Larraquy desplegó un inusitado talento sin renunciar a
una inteligencia corrosiva.
El País, 06/10/2014
lunes, octubre 06, 2014
LA SOPORTABLE LEVEDAD
Por Maximiliano Crespi para Radar Libros
Entre la parodia y el grotesco, Scalabritney aborda la frivolidad demostrando con hidalguía que se lo puede hacer sin ser, precisamente, frívolo.
Hay algo en el discurso de la frivolidad que resulta fascinante. No es, claro, su insolente disposición a hablar con desparpajo a la vez sobre asuntos complejos y banales, salvando con clichés todo nudo problemático. Lo fascinante es el vértigo con que se suceden, indiferentes, sus cambios de tema, en una arrolladora y tibia huida hacia adelante. La ficción de la frivolidad (que no tiene que ser obligatoriamente frívola) sigue un cauce de pensamiento leve (pero no por ello débil), serpentea frente a los obstáculos y cambia de curso de manera dúctil ante los accidentes de superficie. No elige los cambios; se deja llevar más bien por un impulso de apariencia neutra que la excede. Se abandona a esa “fuerza poética natural” que le permite evadir contradicciones, fantasmas, detalles y lapsus: lo ínfimo, tras lo cual asoma el rostro insoportable de lo real. En ese paso de baile aprensivo y etéreo –sobre el cual César Aira fue capaz de elaborar una obra de mérito incuestionable– se despliega la nouvelle de Martín Zícari.
La consistencia del semblante poético de Scalabritney no se apoya en la desidia de su adjetivación, radica ante todo en la sintaxis con que reproduce el flujo metonímico por el cual la narración avanza sobre una trama intrascendente, arrancando nuevas frases a frases que parecían agotadas en su monotonía y su banalidad. Partiendo tan sólo de un puñado de escenas, que no llegan más que a ser superficialmente hostiles, el relato se articula así sobre digresiones de evasión que rozan lo delirante (un sueño, una alucinación, una película de terror, un recuerdo, todo es distorsionado y transformado por la imaginación). La distinción no es siempre tangible. No porque todo se plantee bajo un mismo punto de vista, sino porque entre la percepción de lo “real” y lo imaginario no median diferencias en el orden de la ficción. Y es por eso que, más que el relato, lo que gradualmente se convierte en el centro neurálgico del texto es la imaginación sobreactuada de un personaje cuya existencia oscila entre la ingenuidad espontánea y la ridiculez. Más que lo que se dice, lo que importa es quién habla. En la recreación de esa voz y ese imaginario particular, el flujo discursivo adquiere en efecto –como ocurre a veces en Puig– un carácter casi performativo.
Sin embargo, el relato vacila a veces indeciso entre la parodia y el grotesco. Lo que ratifica el ademán paródico es el índice de un subtitulado donde el narrador cambia (o al menos se desdobla). Lo que remite al grotesco es la vitalidad de una ficción que pone en escena un narcisismo impúdico, tan exhibicionista en su frivolidad y su medianía que por momentos flirtea con lo transgresivo, ya fuere en el pavoneo de la incorrección política o en la impostura que recicla sus lugares comunes. Todo parece bastante claro: el personaje ama las fiestas privadas, los erotizantes paseos en bicicleta por Palermo Queer, las escapadas con amigos al Tigre y desprecia abiertamente a “la chusma” y a ese aburrido o amenazante “mundo hostil” del cual huye en sus dulces visiones. Pero se revela siempre demasiado satisfecho de su propio imaginario (y de su propia frivolidad) como para rozar siquiera la experiencia transformadora de lo íntimo. Scalabritney es “un espacio multisensorial, multidimensional, multimediático, múltiple” donde la infelicidad se conjura; un lugar secreto, lujoso e ilusorio –a la vez oscuro y placentero– donde la fiesta se prolonga “infinita” y donde nadie se acuerda de la bolsa de ropa sucia de su jefe.
Radar Libros, Página 12, 05/10/2014
jueves, octubre 02, 2014
Literatura continua
sobre Scalabritney, de Martín Zícari
por Quintín
Leo que Enrique Vila-Matas es el escritor invitado para
inaugurar el Filba y también leo una reseña que Matías Serra Bradford publicó
en PERFIL de Sobre cosas que me han pasado, de Marcelo Matthey. Es un libro muy
extraño, un diario escrito durante 1987 y 1988 en el que sólo se anotan hechos
cotidianos, desprovistos de toda interpretación: “En la micro del Cajón del
Maipo, dos de los vendedores que subieron se pusieron a hablar con algunas
personas de la micro. Al primero lo escuché hablar atrás. El otro se sentó al
lado de la entrada”. Escrito en un chileno coloquial, Sobre cosas... es el
resultado de unir dos libros breves, que es todo lo que escribió Matthey antes
de decidir que ya era hora de parar y dejar que lo continuara “un gallo más
avezado para seguir en eso y no destruir lo que está hecho”. Evidentemente,
Vila-Matas se perdió un Bartleby para su recopilación de escritores que
preferirían no hacerlo.
Y no uno cualquiera, porque en la empresa de Matthey se
reconoce la literatura en una de sus variantes más radicales pero también más
amables. El libro editado por Mansalva incluye una entrevista muy ilustrativa
de Cristóbal Joannon y un artículo de Roberto Merino que define la textos de
Matthey como exentos “del ruido anexo de los pensamientos”. Estamos en las
antípodas de la “literatura de ideas”, pero lo más original de Sobre cosas...
es que está articulado en torno a la idea de continuidad, entendida como la
ambición de abolir la separación entre el adentro y el afuera, establecer el
afecto entre la conciencia y las cosas, entre lo universal y lo particular,
entre lo animal y lo mineral, entre lo concreto y lo abstracto, acercamientos
que provocan en el escritor un tipo de emoción particular. “Hoy, mientras me
volvía a casa, después de comprar el pan donde don Pepe, me vine tocando
algunas murallas de las casas que quedan en Grajales. Así, puedo sentir cerca
de mí todas estas cosas, que son parte de lo que más quiero”.
La literatura continua de Matthey se opondría así a una
literatura discontinua, alterna o discreta (según que el antónimo elegido sea
literal, eléctrico o matemático) de la que la novela decimonónica sería el
mejor ejemplo, con su separación entre el narrador y lo narrado. Pero Proust,
cuya prosa es puro pensamiento, es también un escritor continuo y acaso esa
comunicación entre la mente y la materia sea la ambición de toda literatura.
Para poner a prueba esta hipótesis, intento aplicarla a otro
libro que leí esta semana: Scalabritney, de Martín Zícari, una novela muy corta
que resulta del monólogo interior de un joven pop-gay-universitario contento
con su bicicleta verde y sus performances danzantes que transita entre cartas
astrales y teorías de alguna ciencia social, cuyo lenguaje es una parodia de la
jerga que se usa entre adolescentes tardíos y con onda. Pero tal vez no haya
ironía y el libro de Zícari aspire a ese amor entre cosas heterogéneas para
simplificar la vida y hacerla legible y próxima, de tal modo que el sufrimiento
sea abolido de la prosa o, en todo caso, esté prohibido nombrarlo, aunque los
libros de Matthey y Zícari dejen entrever hiatos trágicos detrás de su textura.
De todos modos, Vila-Matas podría recopilar la literatura continua como alguna
vez hizo con la evasiva literatura portátil.
Perfil, 23/08/2014
lunes, septiembre 29, 2014
Entrevista a Roque Larraquy en BLISSTOPIC.com
Redacción / Fotografía de Felipe Restrepo
Este bonaerense de 1975 es uno de los protagonistas
iniciales de “El Cuarto de las Maravillas”, la nueva colección de Turner
dedicada a “las historias inverosímiles, las crónicas verídicas, la
cotidianidad poética y los libros experimentales”. Y lo es con la edición
española de su ópera prima, “La comemadre”, un libro en verdad memorable, tan
inteligente como irónico y desolador, acerca de un doble desencuentro entre
ciencia y arte. Que no se les escape: es un autor por el que muchos perderán la
cabeza.
¿Cuál fue el primer disco que compraste?
“Loveless” de My Bloody Valentine, a los 16, con dinero
hurtado de algún bolsillo de mi padre.
¿Cuál ha sido el último?
No lo recuerdo. Fue
hace mucho.
¿Y el que salvarías de un incendio?
“Divididos por la felicidad”, de Sumo.
¿Qué banda sonora le pondrías a tu última novela?
Ruido.
¿Eres de vinilo / CD / MP3?
MP3.
¿Cuál ha sido el mejor concierto de tu vida?
David Bowie en el estadio de Ferro, Buenos Aires, hace unos
años.
¿La primera película que recuerdas haber visto en cine?
“Time Bandits” de Terry Gilliam. Tremendo final.
¿Y la última?
“The Master” de Paul Thomas Anderson.
¿Qué sueles escuchar mientras escribes?
Cualquier cosa.
¿Y para relajarte?
Silencio.
¿Una película que veas cada vez que puedes?
“Solaris” de Tarkovsky, “Beetlejuice” de Tim Burton.
¿Un director de cabecera?
Fellini, Herzog, Favio, Martel.
¿Una serie?
“Veep”, con Julia Louis-Dreyfus. “Les revenants”.
Septiembre 2014, Blisstopic.com
miércoles, agosto 27, 2014
Requena: esbozo para una desaparición
Reseña de Requena, de Alejandro García Schnezter, en
Milenio.com
Por José Luis Prado
Camino esta tarde a lo que será una especie de tertulia con
los amigos, una tarde de lluvia y las anécdotas que no dejamos escapar al
tiempo. Pienso mientras me encamino al café en la novela del autor argentino
Alejandro García Schnetzer.
Requena (Editorial Entropia, Buenos Aires, 2007), novela,
apostilla o algo más o menos cercano a estas clasificaciones, toma como
estructura la fractalidad, lo segmentado y, siguiendo a Calabrese algo como “un
caso de monstruosidad geométrica es la exigencia de dimensiones no enteras,
correspondientes a fracciones” pero, actualmente hay una valoración estética y,
el texto de García Schnetzer, lo demuestra. Requena cumple con su carácter
gradual; es decir, “tiene una estructura irregular que se repite más o menos en
sus partes y en cualquier grado que se observe”.
Requena es una figura que recuerda al filósofo y escritor
Macedonio Fernández. En el texto hay marcas “Sobre la realidad y el tiempo.
Nuestro maestro jamás llegó a negarlos del todo. Decía tener sospechas y
algunas pruebas de que existían. Dudaba y desconfiaba igual de ambos. Decía no
haber sentido nunca como propios los supuestos de Berkeley y, esto por la razón
de que nunca los había leído. Nos pedía, asimismo, que evitáramos
explicárselos”.
La mayoría de las veces Schnetzer eleva sus sentencias para
delegarlas al absurdo. El libro trata sobre poesía, filosofía. La noche está
invitada pero todas están encaminadas a la escritura o a la imposibilidad de
ésta porque, al final, lo que tenemos es a un escritor que jamás publica un
solo libro pero, eso qué importa si su vida ha sido completamente literaria. La
novela está llena de anécdotas, de reflexiones filosóficas y literarias las que
servirán para ayudar a comprender un mundo, cercano a la literatura, en las
tertulias del café Albéniz.
Parece que esta idea de aprender a callarse, de la desaparición
a través del silencio, está siendo transgredida por el autor quien juega con
una técnica narrativa más cercana al entresijo, construyendo a partir de
diferentes voces narrativas a la figura de Requena, Lo que busca Alejandro
García Schnetzer en Requena, es dar la espalda a la escritura, a la
consagración literaria, a la figura del escritor, eso que algunas veces,
termina por desquiciar a cualquiera “la recuperación, el rescate de la figura,
la exposición homenaje en la Biblioteca Nacional”, y es en este sentido, en el
que el joven escritor argentino justifica la presencia difuminada de Requena,
personaje excéntrico de la primera mitad del siglo XX que piensa y se conduce
en un saber del mundo intentando trascender la duda. Al parecer, el intento ha
fallado y no era para menos: el poeta se ha quedado detenido, como en un
accidente, en la imposibilidad, en la duda que lo acecha.
Milenio.com, 23/08/2014
martes, agosto 12, 2014
Protagónico absoluto
Reseña de La Serenidad en Revista Invisibles
La nueva novela de Iosi Havilio marca una ruptura con el
estilo narrativo que venía desarrollando y sugiere una apuesta estética hacia
un campo fértil no tan transitado en el mapa literario argentino.
Por Juan Maisonnave.
En un ensayo que ya tiene sus buenos años, y a partir del
cual Fabián Casas acuñó un concepto de factura propia al que de vez en cuando
vuelve, el poeta de Boedo decía: “(…) resulta que uno siente que el escritor
debe ir siempre en contra de su habilidad. De manera que esos textos que
parecen tan redondos y buenos son en realidad falsos amigos. Así que los dejo
de lado o los intervengo hasta que escapan a mi control y empiezan a drenar la
voz extraña. Entonces los relatos o los poemas me empiezan a dar vergüenza
ajena, incertidumbre y todas esas sensaciones con las que es más difícil convivir.
Ahí sé que —mas allá de los logros— estoy, como quería Kerouac, en el camino.”
Sin demasiado esfuerzo, uno puede detectar en esas palabras
una crítica velada a cierto conformismo de escritor profesional, sea por el
rigor y la presión editorial, sea por las necesidades siempre insatisfechas del
ego, o sencillamente ante el horror al vacío que se le abre a todo narrador
reconocido cuando no escribe, no publica por un tiempo o no se le conceden
entrevistas ni forma parte de mesas redondas: la batalla contra la
invisibilidad. Para algunos, lidiar contra eso no es tan fácil, lo que trae
aparejado, muchas veces, como si no publicar regularmente causara una
abstinencia de la que hay que escapar a cualquier costo, una producción
sostenida, por lo general novelística, un fordismo literario que consiste en
empezar a repetirse de un libro a otro, a copiarse, a trabajar como cinta de
montaje que cada cierto tiempo libera otra historia eficaz, lista para que la
reciban sin sorpresas librerías y suplementos culturales. Es cierto que el
reproche recae sobre autores muy prolíficos, y suele hacerse la salvedad de que
vale la pena seguirlos hasta cierta novela que marca su declinación, la caída
en el tedioso terreno de la fórmula y el reciclaje de tonos, ideas o estructuras
(Paul Auster, Andrés Rivera).
Esta pregunta -¿Iosi Havilio se cansó de su fórmula, si es
que puede decirse que contaba con alguna?- surge a poco de empezar a leer La
serenidad (Entropía, 2014). La ruptura con lo que venía haciendo es llamativa
ya desde el uso del lenguaje y la estructura de los capítulos, con pequeños
títulos-sinopsis a la usanza de la novela del siglo XVI y XVII, pero sobre todo
por la intención y el juego de espejos que conforman las distintas referencias
–intertextuales, culturales, filosóficas, políticas, autobiográficas- que
recorren las escenas, dándole al conjunto un aire de tratado paródico cuyo
punto de partida son los sucesos/aventuras de un personaje destinado a lo que
parecería ser un fracaso épico, porteño y muy actual (“¿Y sobre la Década
Perdida no piensa decir nada? Pero si no fue una década, sabe su Yo reidor,
fueron dos años, tres a los sumo…”).
Hasta acá, la maquinaria narrativa de Havilio había
utilizado ciertos ingredientes de la cultura para servirse de ellos como si
fueran desechos orgánicos que nutrían al relato sin asfixiarlo, dándoles un
lugar lateral pero presente, incómodo, que cada tanto regresa transfigurado o
se confunde con la trama sin explicarse. En Paraísos (Mondadori, 2012) la
protagonista encuentra en la basura, y se lo apropia, un tomo de la obra de
Albertus Seba que perteneció a Ladislao Holmberg; en un relato incluido en la
antología Buenos Aires / Escala 1:1 (Entropía, 2007), un portero tiene obras de
Quinquela Martín arrumbadas en su sótano; en Opendoor (Entropía, 2006), el
libro hallado es En Argentine, De Buenos Aires au Grand Chaco, de Jule Huret,
con dedicatoria para Domingo Cabred.
El salto que da en La serenidad sorprende, y de nuevo es
posible plantear los interrogantes: ¿el escritor, harto de sí mismo y de su
prosa, que cosecha buenas críticas y no es precisamente amable ni complaciente,
consideró la posibilidad de una provocación que sacuda al lector de su zona de
confort? ¿Es ésta la voz extraña dictándole una novela enloquecida, catártica,
compuesta de máximas, digresiones, abismada en categorías abstractas y guiños
para entendidos?
Puede ser. Pero la
lectura atenta de la nueva obra de Iosi Havilio sugiere también un enrolamiento
–una apuesta estética- a un campo fértil aunque no tan transitado del mapa
literario argentino: La serenidad es el ejercicio de una prosa poética
entendida y ejecutada desde una rabiosa contemporaneidad. Sensualidad y
plasticidad en las imágenes, flujo incesante de peripecias y sensación pura,
discurso indirecto libre que ni una sola vez baja la calidad de las
descripciones (ni cuando se trata de medialunas exhibidas en la vidriera de un
bar), y que, al igual que la adjetivación rebuscada y el ritmo vertiginoso, lo
apuntalan dentro de la mejor tradición de poemas narrativos, de “El fiord” en
adelante.
La biografía caótica y manoseada del Protagonista –así se lo
nombra- comienza con su separación, después de la cual hace un revisionismo
sinuoso de su pasado y emprende el viaje inexorable hacia un futuro que lo
encontrará “no tan viejo como avejentado”, un futuro tecnológico, de
cataclismos y desiertos fertilizados, en el que “La moda es la desintegración
paulatina del bólido social”. Sin embargo, esta experimentación formal no sólo
no borró ciertas zonas de interés y ciertos vestigios autobiográficos del
autor, sino que, camuflado en la piel del Protagonista, aprovechó para
moldearlos a su antojo y sembrarlos a lo largo del texto mediante claves
generacionales y boutades al paso (“Votaba a peronistas, radicales, al MAS, al
MID, a la Ucedé. Al PI de Oscar Alende. Desmedidamente al PI”). Havilio vuelve
a escribir sobre el sur de la ciudad, ya presente en Opendoor con esa escena en
el puente Avellaneda y un personaje: Boca; reaparecen los piringündines y los
rusos del cuento “California”, publicado en la Antología La Joven Guardia por
la Editorial Belacqva en 2005 (“La antología de autores contemporáneos,¡destrócenla…!”),
donde el escritor ya había despuntado esta vena poética y alucinada; otra vez,
la estrella de David (“bordada a mano y con manchas de café”), como la que
roban la protagonista y Eloísa en Paraísos, aunque ésta estaba adornada con
diamantes.
Por otro lado, La
serenidad se lee perfectamente sin saber que el título responde a una
conferencia que dio Heidegger en 1955 o que el monólogo de Bárbara en el
capítulo llamado “El lenguaje estúpido del amor” remeda el de Molly Bloom en el
Ulises de Joyce. Lo que tal vez haga más ríspida su lectura, en especial para
aquellos no habituados a este tipo de escritura expansiva y por momentos
surrealista que alguna vez fue vanguardia (Néstor Sánchez), es que con el
transcurrir de las escenas se vuelve un tanto agobiante, y el asombro inicial y
la potencia de las frases decaen; el gesto beatnik de enunciar todo en
mayúsculas deviene uno de los mayores excesos en esta novela excesiva: con el
paso de las páginas el recurso pierde su efecto; el absurdo y el tono de sátira
permanente carecen de contrapunto o respiro, y en ese sentido el oportuno
monólogo de Bárbara ayuda un poco, cosa que no ocurre con las imágenes
insertadas.
Escribir en contra del lector de Havilio, defraudarlo. A
contrapelo de sus expectativas, muchas veces fogoneadas desde la taxonomía
impuesta por la crítica hasta el cansancio (autor salido de la nada, en la
línea de Busqued y Ronsino, etc.): escribir, entonces, en contra de él mismo,
como proponía Casas. Puede objetarse que este movimiento de Iosi Havilio llega
luego de haber sido elogiado ampliamente por escritores y suplementos
literarios y, encima, desde una editorial de las llamadas independientes, como
si les hubiera regalado un lado B, acaso inaceptable para el sello en el cual
editó sus dos últimas novelas (Mondadori). Eso no quita que sea un viraje
saludable, liberador, quizá bajo la influencia de algunas lecturas recientes o
con un material que sólo podía ser trabajado –dicho- de esta manera; quizás,
como respuesta posible a una de las tantas máximas contenidas en La serenidad:
“Todas las decisiones estéticas le resultan impracticables”.
Revista Invisibles, 08/2014
miércoles, agosto 06, 2014
Un agosto en la Patagonia
Agosto, de Romina Paula en La Repubblica
Romina Paula -directora, actriz, dramaturga- narra, en una
novela que es una larga carta a una amiga desaparecida, el balance sentimental
de una generación.
Por Elena Stancanelli.
Muchos están drogados. Es decir, intensamente drogados,
tanto como para no poder contar ninguna otra cosa más que el hecho de estar muy
drogados. Otros, la mayoría, han hecho lo que cuenta en Agosto Romina Paula, nacida en Buenos Aires en 1979. Dar vueltas,
llorar, mirar obsesivamente el film Generación
X, con Ben Stiller, Ethan Hawke, y
sobre todo Winona Ryder, actriz fetiche de los años noventa.
Pero sobre todo, dar vueltas. No sólo por lo que cuenta,
sino por cómo está escrito, este libro parece, de hecho, el vuelo en círculos del
águila sobre su presa. Un águila que no se decide nunca a lanzarse en picada y
se queda ahí, hambrienta, girando. Romina Paula también es directora,
dramaturga y actriz. Se parece un poco a Winona Ryder: pelo corto, rostro
inteligente, ojos soñadores. Abrazáme, pide continuamente Emilia, la
protagonista de su libro. “Algo así como
que quieren esparcir tus cenizas. Algo como que quieren esparcirte.” La
amiga de Emilia murió hace algunos años. Y su familia ahora ha decidido hacer
una especie de ceremonia en Esquel, el pueblito de la Patagonia donde crecieron
juntas. Emilia deja Buenos Aires, donde busca trabajosamente construir su vida
en la casa invadida por ratas que comparte con su hermano y un novio
esporádico, y se muda por unas semanas a la habitación que pertenecía a su
amiga, con los padres de aquélla. Agosto
es la larga carta que le escribe mientras husmea sus discos viejos, se prueba
su ropa, juega con su gato, se reencuentra con viejos amigos. Entre ellos está Julián, el novio que Emilia
dejó para mudarse a la ciudad, y que en el medio tuvo un par de hijos, pero no
importa. Porque igual no hay adónde ir. Todo gira y vuelve siempre ahí, a ese
momento en que las cosas tendrían que haber tomado forma, la juventud,
convertirse en adultez, y sin embargo algo se trabó. Y entonces la vida se
vuelve una obra idiota en la que nos empecinamos en usar ropa inadecuada,
escuchar música de adolescentes, jugar siempre con las mismas obsesiones
infantiles. Cada tanto nos emborrachamos, cada tanto tomamos un tren o un
colectivo y corremos un poco más adelante la línea de la angustia. Y cuando
muere Daisy como en The Brown Bunny de Vincent Gallo con Chloë Sevigny, el riesgo
es que ni siquiera te des cuenta.
Romina Paula, Agosto,
La Nuova Frontiera.
La Repubblica, 26/07/2014
martes, agosto 05, 2014
Baby One More Time
Scalabritney, de Martín Zícari en la web de CC Matienzo
Reseña de "Scalabritney", nouvelle de Martín
Zícari publicada por Entropía y disponible en nuestra Mediateca.
Por Julio César Estravis Barcalá
En la solapa de su primera nouvelle, Martín Zícari está
leyendo un libro de Blatt & Ríos. Se acepta la declaración estética:
Scalabritney no habría desentonado en el catálogo de esa editorial desenfadada
e impredecible. Sin embargo, Entropía la publicó como segundo título de su
nueva colección de relatos largos / novelas cortas a continuación, nada menos,
de un experimento idiomático como La serenidad de Iosi Havilio.
A hombros de gigantes, entonces, llega este relato de
iniciación cuyo primer rasgo es el registro poético. Zícari proviene de ese
campo, con un par de plaquetas publicadas y su propio proyecto editorial de
poesía, Hoja de trabajo. Desde ahí asistimos a la cotidianeidad de su
protagonista (de una cercanía sospechosa al autor) en su devenir por la
facultad de Puán, los trabajos no calificados, las fiestas y los viajes con
amigos. El indie sale hasta por los poros: Toro y Moi, bicicletas de caños
hermosos, casas en el Tigre, Cynar con pomelo.
Lo que diferencia a Scalabritney de tantas novelas tipo
"un-día-en-la-vida-de-un-intelectual-aburrido" es que encuentra la
trascendencia de esas vidas en su potencial poético. Además de construir un
narrador cáustico y engreído hasta la ridiculez ("yo he trabajado muchas
veces en relación de dependencia, y la verdad que esto es inadmisible,
realmente esto está abolido por ley desde el peronismo"), Zícari parece decirnos
que el único sentido de esta vida cortoplacista llena de licencias es edificar
un punto de vista hermoso y definitivo. Aunque dure hasta que venga el 141.
lunes, agosto 04, 2014
Presentación de La Serenidad de Iosi Havilio en CC Matienzo
Aquí el texto que Damián Ríos leyó en la presentación de La Serenidad, el 30/07/2014:
En La serenidad el Protagonista (el nombre
del protagonista es El Protagonista); el Protagonista rompe con Bárbara y se
apresta a vivir una aventura en viaje. El Protagonista, Bárbara (que es La
Reina de la Noche), El Gran Otro, El Filósofo de Toda una Generación, La
Hermana Unificada funcionan más como alegorías que como personajes, es decir,
como ideas encarnadas que atraviesan y sostienen el relato.
Iosi Havilio publicó Opendoor, su primera novela (o la primera que pudimos leer) en
2006, por Entropía, una editorial local que se especializa desde 2004
precisamente en primeras novelas de autores argentinos de los que, sin mayores
precisiones y por falta de un término mejor, en la industria llamamos “jóvenes”:
“jóvenes escritores”. Por eso todos estamos atentos al catálogo de Entropía,
que cumple esta función de decirnos qué y cómo se está escribiendo ahora, aquí.
El catálogo de Entropía descubre y
sigue escritores; es decir, es un mapa inestable que mete mano en el incesante
ir y venir de inéditos y los convierte en libros, en literatura, y los somete
al público lector. Opendoor era, es,
una muy buena novela, y nos pasó lo que nos pasa en estos casos a los que por
cuestiones personales y profesionales tomamos nota de las novedades: ¿cómo
sería una segunda novela de Havilio?, ¿escribiría otra cosa, estaría
escribiendo? Siempre vienen estas preguntas. Tenemos no diría miedo, pero sí
morbo cuando leemos una “primera novela” de un “joven escritor”: imaginamos las
cavilaciones y problemas del que, ahora que publicó, tiene que escribir más, publicar más. Esperamos un poco y en 2010
Mondadori avisó que Havilio seguía haciendo novelas, y publicó Estocolmo. Internacionalización de la
edición e internacionalización del asunto de la novela bajo el hilo argumental
del exilio. Bien, teníamos segunda novela. ¿Y ahora? En 2012 apareció la
luminosa Paraísos, también por
Mondadori. En esta tercera novela teníamos además una segunda parte o saga de Opendoor, hermosa, y Havilio nos decía
que no sólo seguía escribiendo, progresando, publicando, lineal. Con esta pequeña
Comedia humana de personajes recursivos Havilio mostraba que estaba pensando en
la novela, en los problemas de la novela, en las posibilidades de la novela.
La serenidad, su cuarta publicación, está dividida en capítulos
cuyos títulos son argumentos, como en las novelas clásicas, como en el Quijote.
Sumados a los nombres alegóricos de los personajes,
estos títulos parecen decirlo todo sobre lo que se está leyendo y se va a leer:
pura claridad clásica. Entonces, los capítulos se abren en apartados que
retoman, deformada, la lógica alegórica. En estricta mayúscula de nombre propio
leemos: “Fin de Fiesta”, “El Sur”, “Sucesos argentinos”, “Basta de Imaginar!”,
“Historia y Geografía”. Estos subtítulos poco descriptivos puntúan la aventura
que El Protagonista se apresta a vivir como misterios. Si los títulos suelen
empezar con “De como...”, los subtítulos interrumpen para preguntar: ‘sí,
bueno, pero cómo’. Las peripecias del viaje de El Protagonista a veces lo ponen
en ridículo, y el ridículo es un importante motor de la anécdota, que Havilio
nunca olvida en ninguna de sus novelas. Pero no es menos cierto que aquí la
anécdota no es lo único que importa, o mejor, ‘cómo, cómo es posible la
aventura, la peripecia, la anécdota, la novela’ es en sí mismo un misterio en La serenidad.
Prefiero pensar que esta es una novela sobre el
arte de novelar, entre otras cosas, pero me interesa sobre todo ese aspecto.
Está la mesita de novelar y sobrevienen las ganas de novelar, le gustaba decir
a Fogwill: novelar, hacer combinatorias de palabras y situaciones y poner a
andar los personajes, crearles un clima.
Y me parece que no invento esta lectura para esta
ocasión; me parece que aquella tercera novela, Paraísos, que era la segunda parte de Opendoor decía que la
preocupación por el arte de novelar era un insumo de la continuidad de la
escritura de Iosi Havilio, sin renunciar a la novela misma. Cuando llegamos a
aceptar que las novelas, los poemas, los cuentos y la televisión pueden ser una
combinación de experiencia y costumbrismo, Havilio hace uso de su capital
simbólico acumulado con un ritmo constante de publicación y nos propone la
aventura de imaginar una novela; dice que la novela, bajo el estricto cuidado
de las buenas frases, de las sentencias con fuerza de slogan y de las
observaciones que le dan un verosímil, también es imaginación y misterio de la
escritura. Y para esto vuelve de su periplo internacional a Entropía.
Hay humor y hay unas peripecias, hay un héroe y hay
novela de esas en las que todo lo que pasa y vive ocurre dentro de las novelas,
sin respetar convenciones que la novela misma no haya impuesto. Es decir que no
tenemos nada afuera de la novela que nos distraiga de la novela misma, para eso
leemos. El Protagonista rompe con Bárbara y se apresta a vivir una aventura que
dura un día y cincuenta años: los tiempos que dura la novela, desde Tolstoi y Joyce.
Como en sus novelas anteriores, pero más programático, con La
serenidad Havilio ofrece el resultado de una feliz discusión con los modos
de novelar en el presente. Podríamos decir: he aquí la segunda primera novela
de Iosi Havilio, publicada por Entropía.
Damián Ríos.
viernes, agosto 01, 2014
La trabajosa y cristalina prosa de Ignacio Molina
Cámara Gesell
Los puentes magnéticos
Ignacio Molina
Entropía, 2013
Por Miguel Zeballos.
La cadena de pensamientos de la narradora y protagonista de
Los puentes magnéticos salta de detalle en detalle. En ese tránsito, los
recuerdos se suceden ya no por nostalgia o añoranza, sino como complemento de
un cuerpo que deambula –¿perdido?– y de una mente que insiste en hacer
asociaciones disímiles con las personas y los lugares que va cruzándose, como
si esa voz femenina al surcar los puentes magnéticos insistiera en vomitarnos
en la cara su puesta en escena de la memoria.
El 118, Emiliano, Parque Patricios, Rodrigo, podrían
considerarse el presente. Su padre, Cristian, los ex compañeros del secundario,
el pasado. Sin embargo, para Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976), el tiempo
parece elástico, se estira a más no poder, no se rompe nunca, y para dar cuenta
de que pasado y presente tienen el mismo peso, conviven en el centro de la
conciencia de la protagonista, que a su vez será el centro de la conciencia de
los lectores.
Dan igual sus clases de inglés, los encuentros casuales, las
mudanzas, Chacarita o Paternal, Javier o Emiliano, la desaparición misteriosa
de su padre, dan igual en tanto y en cuanto esa suerte de cámara Gesell en la
que ella parece vivir no se rompa del todo. Cámara Gesell o frontón de
situaciones con el que parece chocar una y otra vez de manera hipnótica, o como
reza el título, magnética.
Aunque parezca lo contrario, no hay repetición sino
insistencia, y es ese modo afiebrado como el autor de Los modos de ganarse la
vida (2010) vuelve al ruedo para contragolpear con su trabajosa y cristalina
prosa.
Revista Veintitrés, 30/07/2014
jueves, julio 31, 2014
Iosi Havilio: "La palabra acá es una excusa, un síntoma de la neurosis"
En su última nouvelle, que se presenta el 30 de julio, encontramos una estela de lo indescifrable que genera lecturas de buceo. Hablamos con el autor de este texto que rompe con las tramas convencionales.
Iosi Havilio nos trae una nouvelle que juega con nuestra paciencia. Comenzar e internarse en "La Serenidad" es un desafío. No es para cualquiera. Hay tramas y cabos que se atan de manera sutil, un Protagonista que se llama de manera impersonal "El Protagonista", mafia rusa, una mujer que representa todos los deseos contenidos en el nombre Bárbara, una "misión salvadora", el lenguaje de las ratas, una madre descalza, filosofía, psicología e historia, entre otras cosas.
"La Serenidad" no brinda una lectura fácil, es de esos textos que no se centran tanto en las continuidades de una trama clásica sino en la forma en que se narran aconteceres. Una forma que puede generar disfrute en esta "fábula del yo" pero que también puede perdernos en una intertextualidad que está en la cabeza del autor pero no siempre en la del lector.
Dialogamos con Havilio e intentamos un acercamiento a ese universo tan particular que supo construir en "La Serenidad".
¿Cómo describirías al Protagonista de esta nouvelle? Por que si bien uno puede ir descubriendo pequeñas cosas de su persona, hay mucho misterio e impersonalidad, ya desde el hecho de llamarlo Protagonista a secas.
Ioisi Havilio (IH)- El Protagonista de La Serenidad es un maniático de todas las manías. Empezando por la palabra. El tipo va y viene de la exaltación al derrumbe, de nombrarse héroe de la nada a regodearse con sus decadencias. Yo creo que se sabe mucho sobre él, demasiado, el narrador, que es él mismo, encuentra en el exceso la estrategia para que la disección no sea tan cruda. Sus circunstancias son de lo más ordinarias, se pelea con la novia, escribe poemas malos, vagabundea por la noche, se enfrenta al duelo paterno, el pasado se le viene encima a cada rato y él se escapa, lo exorciza con palabras, alucinándolo. Llamarlo "El Protagonista", es una ironía, claro, pero también la posibilidad de armar tu propia aventura. -
Hay un uso de mayúsculas muy particular a lo largo de todo el relato ¿Por qué?
IH- ¿Qué nombramos con mayúsculas? Los nombres propios, los lugares, las divinidades, el título de una obra. En el mundo fabulesco y fabulero de La Serenidad, el juego se abre y se entroniza con mayúsculas al pretencioso pero también al que se arrastra, que muchas veces es el mismo. El Protagonista no podría sostenerse en pie si no fuera por esas muletas que son las mayúsculas, igual que el padre muerto, la madre baqueteada, el filósofo pusilánime, El Gran Otro o El Zar de La Milonga. La mayúsculas es un pedido de auxilio, un Aquí estoy, ¡rescátenme de este pantano!
Cuando uno escribe y cuenta una historia también propone una lectura y "La Serenidad" resulta por momentos un tanto encriptada ¿sentís que es así?
H- Entiendo que es un texto que desde el vamos propone tomar distancia de la letra, desde el momento que anuncia las peripecias de El Protagonista antes de cada capítulo y ensaya una narración atiborrada y engañosa. Justamente, porque la palabra acá es una excusa, un síntoma de la neurosis. Al pie de la letra, la serenidad es imposible. La comprensión cede su terreno en favor de la experiencia, de todo lo que constituye lo real.
La novela ofrece una prosa que juega con lo poético, lo ensayístico y también se acerca a lo político y la militancia ¿cómo te surgieron todos esos cabos en la trama? Lo pienso en términos que incluso decís que el Protagonista "está dado a la intertextualidad".
IH- La trama está atravesada por esa manía oral del narrador/protagonista. Y en cada aventura, a cada paso, lo interpelan fantasmas, situaciones, que traen consigo discursos de todos sus tiempos, canciones de cuna, textos filosóficos, cuadros lacanianos, cánticos políticos, lecturas de todo tipo, noticias, grafitis… todas esos símbolos que lo agobian. Se tira la cultura por la cabeza con la vana esperanza de que en el desboque aparezca la calma.
La Madre descalza es una figura que se repite de manera constante y que va ganando profundidades ¿cómo surgió?
IH- Al comienzo de la noche, El Protagonista está en una fiesta y recibe un mensaje: La Madre se escapó descalza. La imagen genera una pulsión, el hijo sale al rescate, la madre huye, de un hospital, de la casa, de la oscuridad, de la muerte, como una mártir. Se la imagina en camisón con los pies desnudos caminando por el medio de una avenida porteña en la mitad de la noche, es su modo de redimirla, su manera de verla resurgir. El Protagonista corre en su auxilio, pero sobre todo corre tras esa imagen, repitiendo en su presente la historia de la madre para volver a ocupar el lugar de la niñez. La madre que encuentra en casa está en paz, tiene algo de monje. Un monje que lo arropa, le lee, le da de comer queso y unos pesos para seguir adelante.
Hay una épica que se destaca a partir de las enunciaciones clásicas, casi como en el cine mudo, de aquello que va a acontecer ¿presentarlo de esa manera te ayudó a organizar las ideas, los textos? ¿O hay otro tipo de intencionalidad?
IH- Hubo un momento en que pude ver el derrotero del protagonista en esta noche/día como una película de aventuras tan palpables como alucinadas y las bajé al papel; estas indicaciones fueron tomando esta forma de didascalias que cumplen la doble función de organizar el relato y declarar el género. Exaltan situaciones de lo más banales, que el narrador se encarga de enmascarar.
Damián Ríos presenta "La Serenidad" como una discusión tuya con los modos de novelar el presente ¿coincidís?
I H- La escritura de La Serenidad irrumpió entre otras escrituras, digamos más conscientes, planificadas. Una expresión más orgánica que literaria, de algún modo molesta, difícil de aprehender, caótica y deforme. Más tarde, a medida que fui tomando distancia, entendí que en efecto venía a problematizar con cierto modo de concebir la novela que había cultivado en los otros libros. Ahora, no se trata de una discusión exclusivamente estética, te diría que en buena medida se trata de una discusión muy personal, en relación a qué es esto de escribir, en la actualidad, en nuestras circunstancias, pero también política: ¿qué lugar tiene esto que llamamos literatura?
***
La Serenidad nos ofrece una lectura particular que puede generar el disfrute entre reflexiones y diálogos muchas veces ontológicos o puede perdernos entre aconteceres y prosa. Iosi Havilio sirvió la mesa de La Serenidad, quedará en usted- estimado lector- decidir si disfruta o se abstiene de ese festín.
Iosi Havilio: Nació en Buenos Aires en 1974. Publicó las novelas Opendoor (2006), Estocolmo (2010), Paraísos (2012). Sus obras han sido editadas en España, Inglaterra, Estados Unidos y Croacia
Diario Registrado, 29/07/2014
viernes, julio 25, 2014
Transmitir una experiencia
Reseña de Como sólo la muerte es pasajera de Alberto Szpunberg para ADN Cultura.
Por Sandro Barrella.
Como sólo la muerte es pasajera llama Alberto Szpunberg al conjunto de su
obra y toma prestado el título de un verso propio. Este gesto—como en el pase
del testigo— se repite: versos que pasan de poema a poema, títulos que hacen
uso de palabras ya dichas, escenas que se trasladan de libro en libro con
alguna variación en el curso del tiempo, de una vida en el poema. Otro tanto
ocurre con la dedicatoria que reitera una y otra vez: “a los compañeros, desde
siempre y hasta siempre”, con spinoziana persistencia, blandiendo una memoria
que también es imperativo categórico para el hombre que publica su primer libro
a los veintidós y a punto estuvo un par de años después, de unirse a la célula
del guevarista EGP en el monte salteño, en lo que fuera una de las primeras
experiencias de la guerrilla en la década del sesenta.
Experiencia y
transmisión parece querer decir Szpunberg a lo largo de sus libros que, leídos
como un todo cobran una dimensión de unidad indisoluble. Experiencia y
transmisión, como quien discute la tesis de Walter Benjamin en Experiencia y pobreza. En su artículo, Benjamin
se refiere a los combatientes que regresan de las trincheras de la primera
guerra mundial: “la cotización de la experiencia ha bajado y precisamente en
una generación que de 1914 a 1918 ha tenido una de las experiencias más atroces
de la historia universal. Lo cual no es quizás tan raro como parece. Entonces
se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No
enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable”. Un cuarto
de siglo después, los campos de exterminio nazis darán cuenta de un nuevo
enmudecimiento. Si Benjamin se anticipa a Adorno, Primo Levi los contradice al
afirmar que después de la Shoa, no se puede escribir poesía sino sobre
Auschwitz. Lejos de pretender asimilar aquellos acontecimientos capitales—únicos,
singulares—del siglo XX con el reciente pasado argentino, de lo que se trata es
de comprender el contexto político, social y cultural, en el que la escritura
de Szpunberg toma cuerpo y se vuelve una voz esencial de la poesía argentina.
Luego de Poemas de la mano mayor
(1962) y Juego limpio (1963), ambos con ciertas marcas de estilo que
harán presencia en sus libros posteriores, es El che amor (1965), el
que va a trazar el devenir de la obra futura: “Abajo aquí sus huesos sus
fusiles/ ese atadito de hombre/ no sé la tierra cómo hace que se aguanta/ los
que avanzan sobre ella son las mejores noticias que nos llegan de ustedes//
delen, muertos de amor, sostengan que nacemos.” La literatura y la vida se
funden: a la revolución por la poesía, por el amor. “Poemario que decidió mi
vida”, escribe Szpunberg en el prólogo. El libro encarna el pre-texto de lo que
va a venir, tanto en los hechos de la vida del poeta como en el decurso de su
poesía, que, a silencio de imprenta, siguió siendo escrita, aquí y en el
exilio, volviéndose cada vez más compleja, cohesionada en su núcleo y expandida
en recursos. Szpunberg alterna el verso corto, medido, con el versículo, y en
ambos casos es la música, la encadenada entonación de las palabras, el ritmo
que fluye, lo que da entidad a su poesía.
En sus poemas abundan, la
lluvia, el mar (por todas partes), el bosque y la tierra húmeda, ramas y niebla;
muchas preguntas. En diálogo abierto, la pregunta como meditación y búsqueda
del rostro amado, la voz amada, el sentido de lo que se perdió; la compasión y
el pensamiento sobre el otro. La pregunta como exégesis constante, elucidación
y comentario, de quien no clausura ni sella la experiencia individual y
colectiva. Diálogo abierto—con la tradición lírica, con la filosofía, la
literatura y con la historia—desde una obra abierta, Szpunberg aguza la mirada,
su visión es una máquina que atrae todo cuanto ve y devuelve postales de la
totalidad.
Como sólo la muerte es pasajera,
incorpora a títulos fundamentales como Su
fuego en la tibieza (1981), Luces que
a lo lejos (2008), La encendida calma
(2002) o La academia de Piatock (2008),
una extensa sección de obras inéditas que confirman la densidad, la riqueza de
la poesía de Szpunberg, su honestidad intelectual (“No, ya no soy yo el que
habla, es sólo el poema,/ donde las palabras siempre dicen otras cosas,/ menos
mentir.)”, su apego a una lírica que no renuncia al sentido de la historia, como si hiciera suyas, las palabras de
Marina Tsvietáieva: “El tema de la Revolución es el encargo del tiempo. El tema
de la exaltación de la Revolución es el encargo del partido”.
ADN Cultura, 11/07/2014
miércoles, julio 23, 2014
“El verdadero protagonista de esta novela es el lenguaje”
La Serenidad, de Iosi Havilio en Página 12:
La cuarta novela del escritor porteño es un extraño artefacto, tan teatral en sus excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa, el autor pone en tela de juicio los modos de representación.
La cuarta novela del escritor porteño es un extraño artefacto, tan teatral en sus excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa, el autor pone en tela de juicio los modos de representación.
Por Silvina Friera
Las raíces están en el misterio. De la sonrisa inicial al
desenlace con el discurso de Heidegger –“la creciente falta de pensamiento
reside en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su
huida antes de pensar”– intervenido por la lengua florida del Protagonista, que
pronuncia el texto frente a una multitud de ratones. La serenidad (Entropía),
la cuarta novela de Iosi Havilio, es un extraño artefacto, tan teatral en sus
excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa que
pone en tela de juicio los modos de representación, el escritor no deserta. El
puñado de imposibilidades y problemas que despuntaban en sus anteriores
novelas, acaso en estado larvario, ahora son llevados al paroxismo. La anécdota
dentro de la anécdota, para el héroe de esta ficción, sería su propio suicidio.
“La reconstrucción es un anhelo imposible –se afirma hacia el final del libro–.
El Protagonista deja la horizontalidad y se abalanza sobre el escritorio para
dejar correr lo que queda de tinta: ‘el último soplo de un hábito decadente’.
Desmenuza una biografía que nunca existió en el sentido estricto. Y, sin
embargo, en el fondo del relato hay tensión, trama y personajes que, al igual
que los extras y los decorados, cayeron en el atiborre. Sus frases fueron
frívolas y sentimentalistas. Todas las decisiones estéticas le resultan
impracticables. Se le ocurre una genialidad: resignar el papel principal y
ver.”
“Yo tengo una relación difícil con la palabra personaje,
como la palabra trama y estructura”, confirma el escritor a Página/12.
“Entiendo que existen, pero en el trabajo de la escritura, cuando esas palabras
intervienen, termina notándose. Y el texto se va deshilachando. Uno de los
tantos corrimientos que supone La serenidad es pensar qué es eso de un
personaje. Y aparece, en mayúsculas, El Protagonista.”
–¿Cuál sería la diferencia entre protagonista y personaje?
–El personaje es una función que puede volverse carne. Y ése
es el intento: pensar el personaje como una verdadera entidad, sin distancia.
En Paraísos, tengo un personaje que se llama Eloísa y yo
prefiero llamarla siempre Eloísa, no nombrarla como personaje. El Protagonista
es el modo en que el narrador se nombra a sí mismo, así se sublima, pateando
sus funciones de personaje. Esa es su aventura. Si me apurás, te diría que en
ese movimiento cobra vida.
La aventura narrativa se le escapa de las manos al
Protagonista en un juego donde es héroe y antihéroe. “Yo pienso La serenidad
como una descarga, como una reacción casi orgánica –reflexiona Havilio–. Hay un
momento en que El Protagonista se pregunta: ¿y yo qué hago en todo esto? Yo me
sumo a esa pregunta en términos literarios. La descarga se volvió un texto y
apareció una posible estructura y cronología. Hay un rechazo y a la vez un
homenaje a ciertas formas de representación. De hecho cuando vi la palabra
‘fin’ al cierre de la novela, me di cuenta de que debía ir ‘telón’. Yo creo que
es un texto que está interpelado e inspirado por expresiones no necesariamente
literarias, sino más bien musicales, teatrales, audiovisuales. Es un texto
puesto en escena en la distribución, en la inclusión de imágenes. No sé si la
palabra es homenaje, pero sí tiene cierto vínculo con la teatralidad. Incluso
el uso del adjetivo es claramente teatral y no contemporáneo.”
–Sin embargo, hay ciertas marcas de contemporaneidad, como
“los ringtones más tristes de la historia” que aparecen mencionados.
–De tan contemporáneo me sale esto (risas). El Protagonista
es un pobre hombre que realmente está atrapado en un círculo de expresiones
previsibles. Y le sale esta descarga, este desborde. Yo lo siento como un
pedido de auxilio por fuera y por dentro. ¿Qué es esto de escribir?
–¿Y qué es?
–Hay un momento en que empecé a preguntarme por el oficio,
eso que para mí era una palabra de viejos, cuando estaba terminando de escribir
mi anterior novela, Paraísos. ¿Quién está escribiendo? ¿Yo, el oficio, el
narrador? Se produjo un conflicto muy interesante que dio origen a esta
reacción. Escribir tendría que ver con acercarse y asomarse al misterio del
mundo. Y el oficio puede que atente, que domestique el misterio. Eso me dio
cierto pavor. En algún momento escuché que pasé de “escritor joven” a “escritor
establecido” en un chasquido. Esa palabra, “escritor establecido”, me llevó a
preguntarme por la materia de la escritura. Y el verdadero protagonista de esta
novela es el lenguaje.
–¿Qué importancia tiene la filosofía en La serenidad, que ya
desde el título remite a Martin Heidegger?
–Gelassenheit –la serenidad– fue uno de los textos de
Heidegger que más me impactó en mi paso por filosofía. Yo estudié muchos años
la carrera; fue un paso largo y frustrante. Antes de entrar a la carrera, pensaba
la filosofía como una ficción o como parte de un universo donde no discrimino
qué es ficción o ensayo. La academia me mató porque no supe adaptarme y se fue
fagocitando mi vínculo con la filosofía. La génesis de mi placer filosófico
está en ese texto de Heidegger, que fue quedando como un recuerdo de infancia,
como uno de esos espacios que vas revisitando. Como Opendoor, mi primera
novela, fue en otro sentido. En un momento, mientras estaba escribiendo esta
descarga, apareció la palabra serenidad y volví a leer el texto de Heidegger,
un discurso bellísimo que pronuncia en su pueblo natal, en 1955, en ocasión del
aniversario de un compositor. Y tuve una imagen que sucedía en un futuro bien
remoto. Me imaginaba los restos de la civilización y se me vinieron un conjunto
de roedores o ratones, rescatando el texto de Heidegger. El Protagonista es un
sobreviviente; es un hombre ya vencido que comparte irónicamente el texto de
Heidegger, uno de las materiales más brillantes de siglo, con estos ratones que
se mofan y se enternecen del hombre y sus meditaciones. También está (Jacques)
Lacan, que lo abordé de una manera desprejuiciada, libre, descarada. Hay un
texto en el que define las tres esferas del imaginario, donde piensa la
expresión artística, que me resultó muy inspirador. La serenidad me permitió
reconciliarme con el discurso filosófico y rescatarlo en el lugar de la
ficción.
–Le permitió producir ficción con la filosofía, ¿no?
–Sí, y más que ficción: escritura, expresión. Tuvieron que
pasar casi unos veinte años para poder reencontrarme con la filosofía. Yo hice
varios estudios, estudié filosofía, composición musical, guión de cine. En
todos fracasé. Después, con los años, estos estudios me supieron dar una
recompensa. Hay un famoso poema de Fogwill, “Llamado por los malos poetas”. La
serenidad es un llamado a los malos poetas, pero también a los malos filósofos.
Se necesitan muchos malos filósofos dando vueltas permanentemente para rescatar
la flor del pensamiento. El Protagonista es un mal poeta y un mal filósofo,
pero de eso hace su pequeña epopeya.
–Hay también en la novela una cita bíblica sobre el buen
ladrón y el mal ladrón, algo que no es ajeno en su narrativa.
–Es cierto. Pero no tengo un programa que establezca que en
cada novela tengo que meter una cita bíblica. En este momento estoy escribiendo
una novela y tengo una Biblia al lado. No he tenido una educación religiosa ni
nada parecido, pero la Biblia es un texto fascinante. Ahora estoy trabajando
con descaro las distintas versiones que hay del momento de la Resurrección; son
cinco o seis ficciones en una. Es una especie de “elige tu propia aventura”,
según Mateo, Lucas o el Evangelio que sea. Hay un texto que descubrí sobre el
camino a Emaús, que es donde Jesús en carne y hueso se disfraza de caminante y
se les acerca a dos incrédulos y camina con ellos hasta Emaús, tres días
después de la resurrección. Lo que estoy escribiendo es el reverso de La
serenidad, pero forma parte de la misma pregunta, del mismo barajar y dar de
nuevo. Y está inspirada, en parte, por Resurrección de Tolstoi.
Más allá del dispositivo quijotesco en el que cada capítulo
es presentado a la manera de la célebre novela de Cervantes –por ejemplo: “De
cómo El Protagonista rompió con Bárbara, se enredó en discusiones ontológicas y
fue humillado por la presencia del Gran Otro”–, La serenidad está intervenida
también por otras escrituras. “Algunos que la leyeron me dicen que reconocen a
(Witold) Gombrowicz, a (Osvaldo) Lamborghini, a (Roberto) Arlt.” “Sí, es
probable. Pero si hay una influencia viva, tiene que ver con las escrituras
corridas del naturalismo y del realismo del presente –subraya el escritor–. La
literatura suele estar con la mirada puesta sobre las grandes obras y las
grandes influencias. Me tomó trabajo liberarme y sacarme cierto lastre
literario de la solemnidad que tiene que ver con algo que está entre tapa y
tapa, y que todavía sigo sin entenderlo mucho.”
–El Protagonista queda en medio de una movilización y está
tan perdido que no entiende muy bien lo que está pasando. Es como si todo le
pasara por el costado.
–Podría decir que después de escuchar sobre la narradora de
Opendoor, a la que le pasaba todo por el costado –en la que hay cierta
indiferencia, ya que así como se droga hasta la médula va a recoger moras–, me
pregunto si será un poco eso. ¿Es indiferencia? Yo estoy convencido de que uno
escribe por dos razones: para preguntarse quién es el que habla, qué le está
pasando a ese protagonista, y para preguntarme quién soy yo. En un momento
descubrí que había una estrategia. Ese desapasionamiento tenía una contracara
en la vehemencia del lenguaje y la expresión. Todo esto que a ella parecía
resbalarle en Opendoor lo expresaba necesariamente en la escritura, en el
decir. Esto estalla por los aires en La serenidad. Si al Protagonista pareciera
que la novia lo deja y está en la plaza desorientado, y viene un hombre que le
dice que es su hermano y de-spués se acuerda de que no tiene hermano, él grita
su libertad de una manera barroca, visceral y también cursi. El relato de ese
momento en la plaza es muy sentido, aunque él esquive las pancartas y las
columnas. Su revolución pasa por el decir, por el relato mismo.
–El Protagonista recuerda que sus convicciones eran
aleatorias, que podría votar, como cuando jugaba de niño, a la UCedé, a los
peronistas, al MAS. ¿Este desconcierto admite una lectura generacional?
–Sí, en un momento El Protagonista, cuando recuerda la urna
de cartón que había hecho para celebrar la vuelta de la democracia, dice: “Su
izquierda, su derecha; su letanía desamorada”. Para mí fue enorme escribir eso.
Hay una mirada en relación con lo vivido que hace que esté plagado de
contradicciones, que en este desboque salieron un poco a la luz, ¿no? Yo nací
el mismo año en que murió Perón. Mi madre es artista, pintora; mi padre,
comerciante, un hombre criado en cierta burbuja de clase media. Siempre me
quedé en un lugar conformista y cuando quise superar eso me sentí fuera de
juego, algo que coincide con el momento en que empiezo a escribir y publicar.
De preguntar y recibir respuestas medio abstractas sobre la década del ’70, en
la que pasé mi infancia, que es donde se cuece todo, pasé a un desayuno brutal
y a ver las esquirlas del otro. Eso sucede políticamente, pero también en la
literatura. Así como uno celebra ese desayuno brutal, también de algún modo me
silenció. ¿Qué puedo decir yo en ese concierto? No soy ni hijo de militantes ni
hijo de desaparecidos. Ahí aparece ese “revisionismo” de plantear que yo tengo
de todas formas un relato para contarme. En La serenidad está graficado en esa
urna de cartón que me hice. Nos habíamos ido a vivir a París por un año y
volvimos en el ’83. Y yo en esa urna votaba por todos, jugando. “Era su
izquierda, su derecha.” El desconcierto de dónde estaba parado lo pude pensar
un poco en esta novela. Me acuerdo de que Fogwill, a su modo brutal, decía que
para triunfar en España con una novela había que poner cada 50 o 60 páginas la
palabra “desaparecido”. Más allá de lo brutal, tiene también un costado que te
permite pensar y tomar prestada una herencia que no tengo. Escribir es una
actividad imparable que te toma en la vigilia, en el sueño. A los seis o siete
años, cuando salimos de Buenos Aires para hacer un viaje a Chile, vi un cartel
que decía “Opendoor”. Y le pregunté a mi padre qué era. El me dijo que era un
pueblo donde había un hospital para locos de puertas abiertas. Yo le pedí y le
rogué que bajáramos, que lo quería ver. Pero, ante la negativa de mi padre,
tuve que imaginarme ese lugar. Y no fui consciente entonces de que eso sería
una novela veinticinco años más tarde. Yo tengo la idea del escritor como
médium y hay que trabajar ese médium. La escritura es un acto de liberación del
ego y del yo para entregarse al narrador.
Página 12, 16/06/2014
martes, julio 22, 2014
La Serenidad de Iosi Havilio en Inrockuptibles
Después de tres libros más tradicionales, Iosi Havilio se
arriesga en La serenidad a construir una nouvelle experimental, que bucea en
los rincones de la conciencia de sus personajes reafirmando el rol clave que
tiene en la ficción el artificio literario.
Por: Martín Caamaño para Los Inrockuptibles
“Es una gran bocanada de aire, un exabrupto, una pequeña
sublevación”, dice Iosi Havilio sobre La serenidad, su nuevo libro, la nouvelle
que acaba de editar por Entropía, editorial en la cual dio sus primeros pasos
como novelista.
El de Havilio es un derrotero curioso. Sin dudas, se trata
de uno de los grandes narradores argentinos surgidos en los últimos tiempos,
algo que ya quedó claro con Opendoor, su primera novela. Lo que sorprendió de aquella
historia narrada por esa estudiante de veterinaria anónima que decide irse a
vivir al campo luego de la confusa desaparición de su novia no fue solo la
precisión con que estaba escrita ni ese nuevo enfoque sobre una de las
dicotomías dominantes de la literatura argentina desde sus inicios –la
oposición entre el campo y la ciudad– sino el placer hipnótico de una trama en
apariencia sin propósitos ajenos a los de la historia misma; es decir, sin
gestos pirotécnicos externos al propio libro. La sorpresa fue entonces la
vocación latente por la narración pura, algo que con el correr de los años y de
las diferentes publicaciones se transformaría en un sello de autor. Quizás esto
fue lo que provocó que nombres como Fabián Casas o Beatriz Sarlo afirmaran entusiastas
que Havilio parecía un escritor salido de la nada, revelando cierto
desconcierto en el elogio. Luego de
Opendoor, vino un cambio de frente radical con Estocolmo, el relato sobre un
chileno gay que regresa a su país escapando de un novio después de pasar más de
tres décadas exiliado en la capital sueca. A esa peripecia sobre las diferentes
formas que puede adoptar el miedo le siguió Paraísos, la continuación de
Opendoor, que sin embargo puede leerse igualmente de forma autónoma. Para ese
entonces, Havilio ya había demostrado tener el don para escribir sobre casi
cualquier cosa. Cualquier cosa –la descripción de un tumor en la cola de un
caballo, de un dedo deforme o del brazo flácido de una diabética; los
comportamientos inesperados y al mismo tiempo posibles de los personajes;
ciertas palabras, ciertas escenas– que caiga bajo el encantamiento de su pluma
parece volverse automáticamente interesante.
-
Ya desde la primera línea queda certificada la supremacía de
la conciencia por sobre el cuerpo; una conciencia que solo va a materializarse
a través de la escritura.
-
Como si la historia (y el tono) que atraviesa al personaje
de Opendoor y Paraísos lo obligara a abismarse, a asumir riesgos nuevos cada
vez que la deja atrás –de ahí el cambio de registro en Estocolmo–, ahora con La
serenidad vuelve a dar un salto desconcertante en su narrativa. Havilio
recuerda: “Un día, alguien me dice: ‘te estoy siguiendo la carrera, te
convertiste en un escritor establecido’. ‘¡Qué horror!’, pensé. ¿Qué diablos
significa eso? ¡Establecido! Un escritor establecido es un escritor muerto”. En
este caso, la fuga de lo establecido para Havilio es una novela de sesgo
experimental, en la que los personajes son más bien categorías o funciones (se
llaman: El Protagonista, La Reina De La Noche, El Gran Otro, El Filósofo De
Toda Una Generación, La Madre, El Padre, así, todo en mayúsculas) y cuyo
verdadero protagonista no es otro que el lenguaje mismo, al que le saca
chispas, produciendo durante la lectura un efecto placentero e inquietante que
se asemeja al crepitar de un caramelo Fizz en la boca.
Aunque ciertos rasgos distintivos de su literatura se
mantienen –la deriva de los personajes como motor del relato, la búsqueda de la
supervivencia en un mundo adverso y enrarecido– La serenidad apunta a otra
dirección. Ya desde uno de los epígrafes, pasando por la odisea del personaje
principal durante una jornada delirante que a su vez contiene la eternidad del
tiempo novelesco, las referencias a Shakespeare (con el espectro del padre
Hamlet incluido) y el monólogo de Barbarita sobre el final a la manera de una
Molly Bloom del conurbano, convierten a esta en una novela en la cual resuenan
constantemente los ecos del Ulises de Joyce. “Después de varios intentos
fallidos, hace un par de años leí y disfruté enormemente la lectura del Ulises
en voz alta, guiado por una frase que Joyce escribe en una carta cuando termina
el manuscrito, donde dice temer que alguien se tome una sola línea en serio”,
confiesa Havilio.
Por sus temas y ciertos juegos de lenguaje, en La serenidad
se puede detectar, además del de Joyce, el influjo de una tradición de
escritores locales como Roberto Arlt, Cesar Aira y sobre todo Osvaldo
Lamborghini. “A los que mencionás podría agregar Gombrowicz, Sánchez, al Fogwill poeta”, coincide Havilio,
aunque aclara que con este libro en realidad se propuso establecer una suerte
de diálogo con cierta tendencia vanguardista de la literatura argentina
contemporánea. “Lo cierto es que La serenidad es el resultado de haberme
sentido interpelado por escrituras del presente, algo así como influencias del
futuro. Pienso en Gracias, de Katchadjian, El Tucumanazo, de Castromán, los
cuentos de Falco, los textos de Aldana Capellano, el gran Roberto Echavarren,
también la danza y el teatro, por ejemplo el Ulises de Ariel Farace.”
-
“La serenidad es el resultado de haberme sentido interpelado
por escrituras del presente, algo así como influencias del futuro.”
-
Mientras que Opendoor y Paraísos tienen como rasgo común no
revelar información acerca del pasado de sus personajes, encadenados al
presente elástico de la trama –empezando por la narradora, de la que ni
siquiera sabemos el nombre–, en La serenidad –como en Estocolmo, aunque con
procedimientos muy diferentes–, el pasado insiste una y otra vez más no sea
para demostrar la imposibilidad de su restitución. Es de esta imposibilidad que
se nutren los artilugios de la ficción. La historia se pone en movimiento luego
de una aparente ruptura amorosa, cuando Bárbara deja a El Protagonista. A
partir de entonces asistimos a un vagabundeo errático en dos direcciones: por
una ciudad enloquecida aunque perfectamente reconocible, y por los rincones de
la conciencia de El Protagonista. Es ahí que se activa la máquina fallada de la
memoria: el recuerdo de una fiesta cercana, el regreso a la infancia, el pasado
político, la caprichosa herencia legada por El Padre. La serenidad plantea la
aventura de las diferentes posibilidades que puede asumir el yo; El
protagonista se desdobla en su Yo Pequeño, en El Gran Otro (amante de
Barbarita) o hasta incluso en su propia mujer en el instante del acto sexual.
En un momento se lee: “El seso es lo de menos, lo que vale
es la conciencia”. Y ese podría ser el lema que rige la novela. Ya desde la
primera línea (“El misterio está en La Sonrisa. Ni en la carne ni en los
huesos”) queda certificada la supremacía de la conciencia por sobre el cuerpo;
una conciencia que solo va a materializarse a través de la escritura. “¿Podés
hablar claro, estúpido…?”, le reclama el Hermano Mayor a El Protagonista. Ya es
sabido que cuando la que habla es la conciencia se suele dar paso al exabrupto
lírico. “Llevar al oficio al paroxismo precisa de práctica, aislamiento, algo
de misterio”, reza otro pasaje. Y Havilio bien podría estar hablando de sí
mismo como autor. Porque, después de tres novelas, su apuesta con La serenidad
parece ser justamente esa, llevar el oficio al paroxismo.
Iosi Havilio
La serenidad
(Entropía)
146 páginas
Inrockuptibles, 03/07/2014
jueves, julio 17, 2014
Palabras inesperadas
Entrevista a Iosi Havilio sobre su última novela, La Serenidad, en La Voz del Interior
Por Javier Mattio.
Tal vez el escritor argentino más prometedor y secretamente
reverenciado de la nueva generación, Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974),
desplegó un veloz in crescendo con la seguidilla Opendoor (2006), Estocolmo
(2010) y Paraísos (2012). De la contención preciosista de la primera al exceso
desfondado de la última, Havilio exploró las posibilidades de la novela con una
autonomía y tenacidad elogiables, levantando un mundo no muy distinto al real
en extrañeza, volubilidad y encantamiento.
El agujero negro en el que se abismaba la planicie
urbano-grotesca de Paraísos es una posible clave para entender La serenidad, la
nueva nouvelle de Havilio, a primera vista un giro desconcertante en su
trabajo. Divertimento satírico y metanarrativo con aires de folletín
dieciochesco, La serenidad avanza con libre pulso experimental en las andanzas
de El Protagonista, quien con su nombre parece revelar el entramado que subyace
a toda historia. Suerte de compendio no ya de la obra de Havilio sino de la
humanidad y la literatura enteras en sus poco más de 140 páginas, La serenidad
incluye filosofía –el título del libro replica al de un texto de Heidegger–,
triángulo amoroso, autobiografía, referencias que van de la Biblia al Ulises,
juegos con el lenguaje, mucho humor y un radar pícaro de lo contemporáneo que
siempre caracterizó al autor porteño: la militancia, el country, el barrio, los
noticieros, el vaivén ciudad-campo siguen murmurando entre bastidores.
“La serenidad irrumpió como una tromba entre medio de otras
escrituras, digamos, más conscientes –cuenta Havilio–. Me resulta difícil
precisar un tiempo, fue lo más parecido a escribir dentro de un sueño.
Reconozco una serie de orígenes: una conversación trasnochada, entre la
filosofía y la frivolidad, que dejó su huella en el párrafo inicial; un texto más
o menos homónimo de Heidegger que estudié allá lejos y hace tiempo; el cuadro
de Bouguereau (la tapa del libro), una pintura clásica nacida a destiempo,
entre las vanguardias. Por último, atravesando estas memorias desmembradas, hay
una frase atrapada en el aire que le escuché decir a mi hijo menor que se
convirtió en epígrafe, faro, película aglutinante de todo este mundo: ‘Soy una
mala historia’”.
–¿Parte “La serenidad” del escepticismo o de la confianza en
toda historia?
–En la novela trama y voz son una misma cosa. Más que del
escepticismo, el libro es fruto de un convencimiento: sea cual fuera el
universo en cuestión todo termina rindiéndose o revelándose a la voz que lo
perfora. Y no hablo de la voz del escritor, nada más triste y lejos, sino de las
voces que germinan desde el interior de determinado mundo para horadarlo. Esa
esencia es la que me interesa. Ocurrió igual con las novelas anteriores, las
publicadas y las no. Pienso en La serenidad como un eslabón en carne viva de
una misma cadena.
–¿Es este tu libro más humorístico?
–Me dejé llevar y entretener por este Protagonista que se
distancia de sí mismo para retratarse, sin escalas, entre la humillación y la
gloria, como un stand upper desaforado y barroco inmolándose en un gran teatro
de operaciones que incluye la tragedia pero también el sketch, la realidad más
berreta, lo onírico. En esa falsedad donde gana el absurdo él destila sin
embargo algo de humanidad. Visto desde afuera seguramente podría decirse que se
trata de una parodia, de una gran farsa. Desde la mirada del
Protagonista/Narrador, es la crónica y la elegía de un tremendo nopodermiento.
–¿Lo contemporáneo guía tu obra?
–Escribimos, decimos, nos movemos, ensayando una doble
coreografía. Interpelados e interpelando aquello que llamamos real, lo que nos
rodea. Ahora bien, y aquí anida un equívoco grande, lo real no se reduce a lo
tangible, lo palpable y mensurable. También está hecho de lo que no es, del
pasado, del futuro, de la imaginación, de las potencialidades y, fundamentalmente,
de los misterios, cósmicos y minúsculos que, arrinconados, siguen gobernándolo
todo.
Viaje espiralado
–¿Marcó “Paraísos” un límite? ¿Qué te llevó a dar el giro de
“La serenidad”?
–Entiendo la escritura como un viaje espiralado al fondo de
algo, de un todo, con aproximaciones y alejamientos hacia un núcleo que, en el
mejor de los casos, conseguimos olfatear, tantear, vislumbrar de a ratos. Como
fogonazos. Paraísos fue sin dudas una buena curva, una curva peligrosa, en las
vueltas de ese caracol sin fin. En ese giro hubieron muchas lecturas, músicas,
películas y experiencias que fueron avivando el mundo de La serenidad.
–Además de las fotos, hay un diagrama misterioso en “La
serenidad”, ya había uno en “Paraísos”. ¿A qué se deben?
–Opendoor también estaba poblada de imágenes, diagramas,
bocetos. De hecho, durante toda su escritura alimenté una suerte de collage que
permaneció en la cocina narrativa (fotos, recortes, líneas de tiempo,
acuarelas, culos, manchas de café) donde seguramente estaban cifradas las bases
de La serenidad. Sólo que aquí sucede al revés: la historia y la trama quedaron
en casa y la trastienda tomó el escenario llevándose todo puesto. Creo que uno
de los puntos esenciales de la escritura es el trabajo del pretexto, del
paratexto. De eso se trata: escribir es, ante todo, explorar el imaginario que
nos convoca más allá de los símbolos, al margen de la anécdota y los
personajes. Ahí está el goce.
La Voz del Interior, 03/07/2014
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