martes, octubre 18, 2016
Un paseo por los caminos olvidados de la lengua
Mauricio Koch reseña Quiroga, de Alejandro García Schnetzer, para Sólo Tempestad
Quiroga es la tercera novela de Alejandro García Schnetzer,
escritor y traductor argentino radicado en España. Antes había publicado
Requena (2008) y Andrade (2012), también por editorial Entropía. Las tres
llevan como título el apellido de sus protagonistas, y son palabras de siete
letras, en un claro homenaje a Juan Filloy, autor de culto de quien hay mucho
en estos libros. Las tres además son breves, no más de ochenta páginas, y
conforman una suerte de trilogía, no tanto por su unidad temática sino por la
época en que están ambientadas y, sobre todo, por la búsqueda formal y el
trabajo con el lenguaje, protagonista real de los textos.
El autor ha declarado que desde que vive en Barcelona
escribe “como arreando olvidos”, y que si bien le rehúye a la nostalgia, ha
recuperado estando allá “voces que creía perdidas”. Por eso dedica especial
atención a los diálogos, y afirma que si bien son libros de pocas páginas, le
lleva años escribirlos. “Lo que me preocupa de los personajes son sus maneras
de hablar, porque en esas maneras ya están prefigurados sus actos”, dice.
Hay en Quiroga un léxico deliberadamente anacrónico, propio
de los años 30 y 40 del siglo pasado. Y no se trata sólo de una mera cuestión
de vocablos antiguos o caídos en desuso, sino también de un modo de decir
anticuado, que apela siempre a la afectación para ir en busca de la sutil
ironía: “En cuanto Quiroga se hubo sentado oyó una reflexión que lo tenía por
objeto”; “Le costó domeñar el trance”; “Ahora haced el favor y restituidnos a
nuestros quehaceres contemplativos”. Un breve muestrario de verbos: domeñar,
esclerotizar, apersonar, escanciar, departir, mancar, deschabar. Sustantivos:
remansos, lendrera, contertulios, zangolotinos, fabriqueras, incordios,
légamos, piélagos, tarugo. Hay “familias copetudas”, “cuitas sentimentales”,
“veladas teutonas”, “muchachas agraciadas”, “almas dicentes”, “epidemias de
estulticia”. Y un adjetivo muy Op Oloop, de Filloy: “plúmbeo”.
Aunque pasan cosas y es una novela en la que se cuenta una
historia: Quiroga es un joven bibliotecario aprendiz de escritor que es
despedido de su trabajo y termina trabajando en un barco de contrabandistas,
bagayeros y malandrines buscavidas que trafican entre Buenos Aires y
Montevideo, lo que transforma a la novela en una especie de cruce de Aqueronte
neblinoso, donde el tedio va ganando a todos, y los personajes charlan,
discuten, filosofan y se aburren, no es esto lo que dinamiza la lectura sino
ese lenguaje en primer plano, y ésta, que es la principal virtud del texto, hay
momentos en que lo asfixia un poco, el lenguaje se vuelve contra sí mismo y uno
siente que la lectura se estanca, que los personajes hablan todos igual, que no
hay distingos entre ellos. Pero esos momentos son los menos, porque de pronto
aparece un nuevo hallazgo, o un nuevo guiño (“fumar el parpadeo de las luces
que a lo lejos”; “acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti; “todo
verdor perecerá”; “cólera buey”; la novela está plagada de ellos) y nos
devuelve la sonrisa y el placer. Celebro la búsqueda de Alejandro García
Schnetzer, un escritor libre y extraño, una voz para seguir de cerca.
Editoriales chicas que fichan a los grandes
Cómo es el trabajo de hormiga de los sellos independientes
para lograr incluir en sus catálogos a reconocidos autores del mundo; historias
de paciencia, olfato y marca personal para seducir a los escritores o a los
dueños de sus derechos.
Por Sofía Almiroty para La Nación Revista.
Muchas de las editoriales pequeñas y medianas incluyen
grandes nombres en sus catálogos. Los editores coinciden en que depende de
estar atentos a títulos que pueden pasar desapercibidos en los grandes grupos
editoriales, que incluso a veces se olvidan que poseen ciertos títulos. Pero en
mayor medida, conseguir un nombre importante depende de la insistencia y el
trabajo en la relación personal que se entabla con el escritor, la agencia o la
editorial extranjera que posee los derechos sobre un libro, así como conocer a
los traductores e investigadores que estudian la literatura y hacen de puente.
Estos últimos suelen encontrar la punta del hilo hacia material inédito de
escritores fundamentales y de rastrear la pista hasta ofrecérsela al editor. Y
luego, en tándem, trabajan sobre lo que después se convierte en un libro
importante para el capital cultural. "El editor literario independiente es
el que tiene la función de descubrir material inédito", afirma Fabián
Lebenglik. Y quizás así el rol del editor pequeño es un oficio más cercano al
de un detective idóneo y paciente. Así, además del trabajo de hormiga a paso
persistente, la tarea de editar implica también una red de personas, amigos,
traductores, quizás otros escritores o cualquier informante que, casi como un
espía, busca información y la ofrece a las editoriales. Los mismos traductores
funcionan como exploradores de este universo de textos inéditos.
Las editoriales independientes suelen también crear libros
que, de no ser por ellas, no existirían.
San Francisco, 16/6/1979
Casa de Coppola sobre Broadway.
Afuera un viento muy fuerte sacude con violencia los
arbustos de laureles. Los veleros en la bahía se inclinan por completo; las
olas están afiladas, inquietas. Desde Alcatraz, el faro manda señales en pleno
día. Todos mis amigos no están ahí. Cuesta acometer este trabajo, esta enorme
carga de los sueños. Sólo los libros dan algún consuelo.
Werner Herzog escribió este fragmento mientras filmaba
Fitzcarraldo, quizás una de las películas con el rodaje más accidentado de la
historia del cine. Quizás también, en un atisbo de registrar lo absurdo de
filmar una película en Iquitos, en el medio de la Amazonía peruana, creó un
diario de notas que daba cuenta de la odisea de realizar este film, luego
emblemático. El diario no existía en español hasta que la editorial Entropía
localizó el libro apenas lanzado en Alemania y comenzó las tratativas para
publicarlo. "En ese momento, Ariel Magnus, en su rol de traductor, estaba
ofreciendo el libro a las grandes editoriales, pero no parecía despertarles
interés -explica Juan Manuel Nadalini, editor socio de Entropía-. Cuando me
enteré de eso, le mandé un mail. Desde la editorial teníamos un gran interés
por el cine y por Herzog, y en ese momento se empezaba a reconocer a Herzog
como escritor además de director." Después de un año de idas y vueltas
entre los editores, el traductor y el propio Herzog, se publicó La conquista de
lo inútil en 2008, un libro que reúne estas anotaciones que le llevaron al
director más de veinticinco años escribir. "Publicamos este libro porque
estaba disponible y porque es imprescindible, pero no suele darse esta
coincidencia. Este tipo de libros siempre están ocupados", aclara
Nadalini.
Desde Entropía localizaron el material disponible y le
escribieron a Herzog para pedirle la cesión de los derechos de autor de la
primera edición del Diario de grabación de Fitzcarraldo, para traducirla al
español y publicarla. Esto les permitió abordar los gastos de la primera
impresión. El libro lleva vendidos siete mil ejemplares y va por la quinta
edición. A partir de la segunda, comenzaron a pagarle por los derechos. En
algún momento el mismo Herzog comentó, en alusión a La conquista de lo inútil:
"Escribo mejor de lo que filmo. Hay más sustancia en estos escritos que en
todas mis películas juntas". Fue Entropía, junto a un traductor, quienes
pensaron que ese material era imprescindible para constituir el citoplasma del
capital simbólico cultural y lo llevaron a cabo. El año pasado, la misma
editorial, el mismo traductor y el mismo autor publicaron Del caminar sobre
hielo, otro diario de notas que el cineasta había escrito sobre una travesía
iniciada en noviembre de 1974, a pie desde Munich, donde vivía, hasta París
para visitar a una amiga que estaba muy enferma.
La nota completa, en este link
domingo, octubre 16, 2016
Romina Paula: "Escribo para descubrir cosas que no sabía que sabía"
Entrevista a Romina Paula en Infobae. Por Matías Méndez
"Colecciono palabras", dice Romina Paula, con una
sonrisa tímida. Está sentada en el estudio de Infobae y revolea los ojos de un
lado al otro, se ríe cuando se le hace una referencia a su trabajo con el
lenguaje y con la oralidad de sus personajes. Cuenta que 'bicoca' es una de
esas palabras hermosas que encontró y puso en boca de la protagonista de su última
novela, Acá todavía, que Editorial Entropía distribuye este mes. Se trata de su
tercera novela, después de unos años sin publicar narrativa.
Antes publicó ¿Vos me querés a mí? (2005) y Agosto (2009),
por el mismo sello. Como dramaturga, sus obras están reunidas en el volumen
Tres obras.
El libro está estructurado en dos partes. La primera,
"Todavía", narra la agonía de Mario, el padre de Andrea, la narradora
protagonista, en un hospital; con él conversa mientras conviven en la rutina
hospitalaria de donde ella no quiere apartarse. "Acá" es la parte
final y también la consolidación de un personaje en primera persona que lleva
al lector al desenlace de una historia cruzada por una reflexión sobre el
significado del amor, el deseo y la identidad.
"Recuerdo haber leído en alguna parte que la medicina
creaba enfermos. O no, más bien decía algo así como que el lenguaje, el
lenguaje en torno a la enfermedad, el que se habla en los hospitales, crea
enfermos", dice Andrea, mientras revisa su pasado con sus padres y su
divorcio, su infancia y la etapa presexual, la relación con sus hermanos y sus
amores. Se hace preguntas porque no tiene certezas, ella se construye mientras
se interroga.
—¿En qué anduvo en estos casi diez años desde su última
novela?
—En el medio salió un libro con las tres obras de teatro.
Podría decir que en esta década estuve dedicada al teatro. Escribía pero con
unos tiempos muy dilatados.
—¿Dejó la narrativa a un costado para dedicarse al teatro?
—Viéndolo ahora, retrospectivamente, parece que sí, pero
siempre estuve acompañada por esta novela. Tuve distintos momentos con ella,
porque la estaba escribiendo, pero efectivamente estaba más abocada al teatro:
estrené, en estos diez años, tres obras con la misma compañía, que son las que
están publicadas. Se me hizo largo esta vez el tiempo.
—Repasé sus primeras dos novelas e intenté pensarlas junto a
esta. Creo que lo que une a las tres es el trabajo para construir la primera
persona y la elaboración precisa con respecto al lenguaje y, en particular, con
la elección de las palabras. ¿Está de acuerdo?
—Lo de la primera persona me acosa. Tenía la intención de
que esta fuera en tercera y, de hecho, la empecé a escribir así en un cuaderno
y me viraba naturalmente a la primera. El pensamiento me llevaba a la primera y
me forzaba a la tercera. Cuando la empecé a pasar a la computadora, en ese
proceso de copiar, me encontraba escribiendo en primera siempre y dije:
"¿Cuánto me voy a resistir a esto?". Así fue que volví a la primera,
con un poco de sensación de derrota. Estoy profundizando en eso, no sé si será
lo único que pueda escribir en toda mi vida, la primera persona. Hay algo del
punto de vista o del modo de contar las cosas, porque no son relatos muy
épicos, lo que puedo contar o lo que me sale: la primera es lo que me
representa. Sí hay mucho trabajo de edición. Cuando tengo el grueso terminado,
hay un refinamiento de eso, de escucharla, elegir las cadencias, la puntuación.
De mucho trabajo también con los editores, hay algunas frases o palabras a las
que sometemos realmente a juicio.
—Creo que esa cadencia se percibe en su literatura y, muchas
veces, está dada por el trabajo con los signos de puntuación.
—Para mí también. No lo manejo tan conscientemente desde la
gramática, de saber exactamente qué es lo correcto en los signos de puntuación,
pero sí tengo la sensación de cadencia, como el ritmo y el sonido de lo que voy
escribiendo. Es muy importante para mí que después lo pueda leer en voz alta
como ese ritmo del pensamiento.
—Dijo algo al pasar que me llamó la atención, ¿escribe a
mano?
—Sí, hice toda la primaria y la secundaria escribiendo a
mano; la computadora me llegó recién en la tardía adolescencia. Soy de la
generación de escribir a mano, claramente. Ahora alterno, teatro casi que lo
escribo en computadora, pero la narrativa, quizás por alguna cosa fetichista,
la sigo escribiendo primero en papel, después, en algún momento, ya cuando hay
un volumen más grande, voy a la computadora. El papel y el lápiz siempre te
permiten esa independencia, no así la computadora. Se arma el grueso en la
computadora, pero de esta novela la primera parte está escrita a mano y,
además, en lápiz.
—¿En lápiz?
—(Se ríe) Soy como un personaje antiguo. Hay algo como de la
materialidad de escribir así que me gusta, la velocidad de la mano como algo en
sí mismo.
—¿Y a medida que escribe, tacha?
—No, como es en lápiz, voy borrando con goma de borrar. Hay
algo de toda esa materialidad que me relaja.
—Hablo del sonido y la cadencia, pero creo que le falta un
aspecto más y es el trabajo que hace con la oralidad y cierta elección de
palabras. ¿Ahí hay una presencia de su trabajo como dramaturga?
—No sé bien, si sé que, al revés de lo que uno creería, en
teatro los diálogos no son tan coloquiales, incluso así fue la tendencia: al
principio eran más coloquiales, ahora son más literarios y aparatosos. Está
como cruzado. Siempre cuento esa anécdota: cuando hacía la escuela de
dramaturgia, Mauricio Kartun me había observado que escribía literatura como si
fuera teatro y teatro como si fuera narrativa. Quizás algo de eso haya.
—Pero hay una cosa que quiero señalar: los diálogos son
coloquiales, pero también son muy literarios en su narrativa, por ejemplo, la
incorporación de ciertas frases o palabras, como cuando la protagonista habla y
en medio dice: "La trucha contra vidrio".
—Esas frases hechas del habla cotidiana me encantan, las uso
muchísimo y me gusta mecharlas en un contexto solemne, porque dan como una
sensación de despertar, de cambio de código.
Me di cuenta de que
uno se aferra al significado de ciertas palabras y significan otra cosa
—A ese contraste me refería.
—Me gusta mucho ese contraste, lo uso mucho en la vida y no
sé si siempre es bienvenido, porque es un poco disruptivo, pero me divierte. La
narradora lo dice con la palabra 'bicoca'; una palabra en un lugar extraño te
puede salvar el día, la situación o algo del sentido del humor. Colecciono esas
palabras. Me pasa que estoy escribiendo y la cabeza me dispara una palabra.
Podría ser 'bicoca', y digo: "La voy a buscar en el diccionario", y
muchas veces me doy cuenta de que no significan lo que yo pensaba que
significaban. No sólo es una palabra extraña, coleccionada, sino que la usé
muchos años, no en literatura, pero sí hablando, en un contexto equivocado. A
veces, significan lo contrario de lo que yo creía. Descubro palabras
escribiendo y me di cuenta de que uno se aferra al significado de ciertas
palabras y significan otra cosa. Me encantan esos descubrimientos.
—¿De dónde llegan esas palabras?
—No sé, están ahí. Cuando hay una palabra que me llama la
atención, la retengo, pero me aparecen mucho al escribir. Es raro lo que sucede
cuando uno escribe; uno va a escribir algo que cree que va escribir y luego
aparece eso otro que está ahí. El otro día escuché que uno escribe para
descubrir cosas que no sabía que sabía. Algo de eso pasa.
—¿De esas palabras le atrae la sonoridad?
—No sé, por ejemplo, 'bicoca' es una palabra hermosa y su
sentido es hermoso. Colecciono palabras.
—¿Siente que su escritura evolucionó en estas tres novelas?
—No lo sé, claramente siento que estoy escribiendo en el
mismo sentido. No es que produce un cambio radical respecto de las anteriores,
acumula y establece un vínculo con la primera en cuanto a temas, y un vínculo
con la segunda, por la primera persona que va narrando. Esta tiene una
estructura un poquito más compleja que las dos anteriores y, de hecho, no la
escribí cronológicamente, que es lo que hice con Agosto. Acá hay saltos en el
tiempo en la narración y también los hubo en la escritura. Tuve que tomar más
decisiones de edición, cosa que no había hecho tanto hasta ahora. No sé si eso
es evolución, pero es algo que no había hecho antes.
—¿Esta es mucho más ambiciosa? A lo que usted dice, le
agregaría la elaboración de los planos temporales.
—También, hay dos tiempos, el de "Todavía" y el de
"Acá", y en el primero hay bastante salto hacia el pasado.
—A la novela la cruza una reflexión sobre el amor y sobre
los diversos tipos de amor. ¿Es un planteo que se hace en su escritura?
—No me lo planteo así, pero irremediablemente termino
preguntándome acerca de eso. Sí, es verdad que está ampliado, está el tema del
amor de pareja y la sexualidad, pero también está el vínculo familiar hacia
arriba y hacia abajo, y de la amistad; las distintas formas del amor, sin duda.
Es amor y es deseo también, no sólo vinculado a lo sexual afectivo, sino a lo
que uno quiere hacer, quién quiere ser. Aquí también hay mucho del tema de la
identidad, en el sentido de qué hace que uno sea uno, si es algo que deja de
ser o es algo en lo que uno se convierte y en relación con qué, con los padres,
los mandatos. Ese recorrido de intentar encontrar qué es lo adecuado para uno y
el no adecuarse. En donde uno se siente sí mismo. Para mí, la vida es un
recorrido de eso y hay mucha gente que nunca encuentra ese para sí y otros que
sí. Creo que eso late fuerte en esta novela.
—También está presente la muerte y, en particular, la
agonía, que la narradora parece vivirla más con resignación que con dolor.
—O con negación. Hay algo de la muerte real o de la
decadencia de la enfermedad que queda como fuera de cuadro. Ella se hace
preguntas o comenta cosas del estar enfermo, pero no en su vínculo con el
padre, que es el paciente. No está explícito el tema del deterioro, salvo en un
capítulo que sí aparece un poco, pero es como si no pudiera nombrarse eso, que
es algo que sucede en esas situaciones. Por un lado, la esperanza de que todo
salga bien y se cure; pero hay algo del día a día del hospital que es tan
alienante y está cargado y por eso el todavía: "Todavía estás acá, todavía
estás vivo y todo puede seguir siendo así". Uno pone una especie de piloto
automático de que te vas a tomar el cafecito y hacés cosas de tu vida, y el
otro está en esa especie de limbo, en donde funciona mucho la negación. Quería
contar esa normalidad en ese estado de excepción. Es una rutina la del
hospital, y la gente que trabaja ahí tiene esa continuidad donde la muerte es
parte de esa rutina laboral, es muy alienante y a la vez te da tranquilidad.
Son las dos cosas al mismo tiempo.
—¿En la narración de ese ámbito tiene un papel importante lo
sensorial?
—Trato de sentir, a veces recuerdo y a veces invento, pero
en ambos casos intento sentir eso que estoy contando y me zambullo en lo que
estoy contando, y esa situación está plagada de sensaciones. Para mí, estar en
el mundo es percibir con todos los sentidos y hay bastante de referencias a
olores, que es algo que me interesa particularmente, porque el sentido del
olfato me acompaña mucho, para bien y para mal. La vista está por encima de
todo en nuestra sociedad y eso está claro, porque todo siempre se ve, pero el
olor es algo fundante para mí y trato de escribir sobre eso, porque me importa
mucho el olor de las cosas.
martes, octubre 11, 2016
Seis autores que nadie puede dejar de leer
Tamara Tenembaum elige seis autores imprescindibles de 2016 para Infobae. Entre ellos, Romina Paula y Acá todavía
El de Romina Paula es otro regreso esperado a la novela. Su
última incursión en el género, Agosto, fue un éxito absoluto; hace muy poco se
terminó de traducir al inglés para The Feminist Press at CUNY. Su nueva novela,
Acá todavía, retoma el tono honesto, inquietante y algo incómodo que
caracteriza su prosa y repite algunos motivos de Agosto: también es
protagonizado por una chica joven que no sabe bien qué hacer con su vida pero
de pronto tiene que lidiar con la muerte. Acá todavía se toma su título muy en
serio: es una novela de iniciación inconclusa, una historia en la que el pasaje
a la adultez se siente incompleto e imposible, un comentario interesantísimo
sobre ese subgénero que nunca pasa de moda. Como si fuera poco, Romina Paula
también regresa a la dramaturgia: el 26 de octubre se estrena en el TACEC (el
centro de experimentación y creación del Teatro Argentino, en La Plata)
Cimarrón, su nueva obra de teatro. Acá todavía es una edición de Entropía, el
prestigioso sello independiente por el que sigue apostando la autora.
viernes, octubre 07, 2016
Quemar París
La Revista Transas reseña París y el odio, de Matías Alinovi.
Por Mauro Lazarovich.
París y el odio es la segunda novela de Matías Alinovi
(1972). Construida sobre un paródico incendio de la ciudad de la luz, la novela
indaga en torno al mito de la cultura francesa como horizonte de expectativa de
ciertos sectores ideológicos de la Argentina. Cortázar, Copi, la editorial
Gallimard y un simulacro de Pepe Bianco son invocados con sorna y patetismo en
flamígeras páginas.
En su última película, Francofonía, estrenada este año en
los cines argentinos, el director ruso Alexander Sokurov retrata la ocupación
nazi a París de junio de 1940, poniendo en el centro de su relato al mítico
museo del Louvre. La película parece, a golpe vista, un homenaje a un pacto
implícito de complicidad entre dos hombres: el director del Louvre, Jacques
Jaujard, y el Conde Wolff Metternich, el oficial alemán encargado de supervisar
la gestión del museo durante la ocupación, quién se comprometería con el
cuidado de las piezas de arte por sobre los intereses de sus superiores, al
punto que acabaría procurando una franca desobediencia al gobierno de su país
en nombre de algo que podríamos identificar como el patrimonio cultural
universal.
El relato de la velada traición de Metternich, crucial para
la preservación de obras de indudable valor y belleza que podrían haberse
perdido (como tantas otras) merecería, a priori, un tono de festejo. Sobrevuela
la película, sin embargo, una inflexión melancólica, de desconsuelo y de
inquietante denuncia. Sokurov contrasta las poéticas imágenes de la ocupación
(un joven soldado alemán persigue y besa a una enfermera francesa, hermosos
ambos, junto al Sena) con la crudeza de la ocupación rusa (gente caminando al
lado de cadáveres por calles nevadas: la naturalización del horror). Incisivo,
Sokurov muestra la belleza imponente de las obras del Louvre mientras desliza
un discurso subversivo (históricamente algo cuestionable y posiblemente
autocrítico) que indaga “nuestra” debilidad por París. Las imágenes de archivo
del film muestran un Hermitage exponiendo marcos vacíos, paredes desnudas en
plena posguerra frente a un Louvre incólume, campante. Sokurov imagina, aunque
no lo dice, un bombardeo contrafáctico, una calamidad que nunca sucedió porque
Metternich y Jaujard lograron evacuar todas las obras, evitar los posibles
saqueos, ponerlas fuera del alcance de la guerra y la violencia, preservar el
patrimonio. Matías Alinovi, joven escritor argentino, no fantasea con un
bombardeo, pero sí con un incendio.
“La decisión de quemar París fue repentina” arranca París y
el Odio, la última novela de Alinovi, segunda de su obra, publicada este año
por la editorial Entropía, generando una tensión que en buena medida se
mantiene (con algunas dispersiones) durante todo el relato. Alinovi es
reconocido dentro de los nuevos narradores de la literatura argentina por haber
sacado en el año 2013 La Reja, una novela inspirada que establecía un velado
juego literario, sagaz y renovador, con la obra de Cortázar (particularmente
con cuentos como “Casa tomada” y, sobre todo, “Las puertas del cielo”) al
tiempo que procuraba, con un estilo elegante y una ironía mordaz, una
indagación profunda sobre la posesión o, todavía más, acerca de la identidad.
París y el odio, podríamos decir, es también una obra sobre
la identidad y, más específicamente, sobre la nacionalidad y la procedencia.
Divida en tres secciones (I, II y III) que se alternan a lo largo del libro, la
novela narra la historia de Eladio Marino, alter ego del autor, proyecto de
escritor aunque físico hasta el momento, que habita una París clase b, hace
vida de becario y, mientras padece enfurecido las fantasías cortazarianas sobre
la ciudad luz, planea escribir una novela incendiaria y parricida. Los otros
dos relatos, que funcionan con menos fluidez y, por momentos, hay que decirlo,
hacen extrañar la contundencia de La Reja, narran por un lado, la historia del
túnel por donde entrarán los árabes (una cita sarmientina, aclara el autor) que
destruirán París al final de la novela y, por otro, la trágica historia de
Héctor Bianco, referencia explícita a Héctor Bianciotti y, como ya ha sugerido
Beatriz Sarlo, a José Bianco, legendario jefe de redacción de Sur y quizás el
escritor argentino que con más fluidez recorrió las letras francesas.
El guiño híper explícito a Bianciotti surge, al igual que
sucedía con La Reja, de un hecho real y autobiográfico. Alinovi conoció al
escritor en los ocho años que vivió en París y, relata él mismo, quedó
impresionado por su adaptación y metamorfosis, la que en buena medida se narra
hacia el final de la obra. El Bianco de París y el Odio funciona como héroe y
villano a la vez. Es, al mismo tiempo, la fantasía del que se va y triunfa, el
que se mimetiza totalmente, como también, en tanto que representante de unas
instituciones culturales vetustas, un viejo melancólico y olvidadizo
(tematizando claramente el alzhéimer de Bianciotti), ridículamente disfrazado
de “general decimonónico”, representando una batalla que ya no le importa a
nadie con una solemnidad un poco patética, un poco absurda. En ese doble juego
se percibe el modus operandi general de la novela: Alinovi toma una fantasía,
la pasea e intenta destruirla y, en tal caso, si La Reja era un agudo análisis
sobre el imaginario y las ilusiones de la clase popular argentina, París y el
Odio da vuelta la mirada y examina el horizonte ideológico y cultural de la
clase media/alta, procurando meter el dedo en la llaga de sus esnobismos y
tilinguerías.
En este sentido Bianco, el personaje, sería apenas una
excusa, una pieza en una batalla más grande. La guerra (ficticia, novelesca,
como manda el epígrafe de Silvina Ocampo) que establece Alinovi es tanto una
lucha contra el cliché, contra el lugar común y la banalidad, como una diatriba
contra un París desesperado por “francesizarlo” todo y, sobre todo, contaminado
por un imaginario cansado, deshecho, insoportable. A lo largo de las páginas de
la novela se acumulan un sinnúmero de referencias a Rayuela, a la editorial
Gallimard, a Copi, voluntaria y conscientemente transparentes, poco sutiles y
paródicas, exhibiendo a libros y autores deambular por las calles parisinas en
toda su “estudiada y negligente indolencia”.
Pasean por las páginas del libro jóvenes sensibles leyendo novelas
iniciáticas en librerías polvorientas (“esa elegancia fría de París”),
constantes referencias a Juan José Saer, a Atahualpa Yupanqui, a todo personaje
marcado por la estela parisina, todo filtrado por una prosa que imita al tiempo
que parodia a Cortázar (las preguntas retóricas, las oraciones truncas, el
discurso que se interrumpe a sí mismo): un homenaje pasado por la sorna.
“Caminando por París te caminaba Cortázar por encima”,
piensa el protagonista en un momento. Luego completa: “Cortázar es el nombre de
una claudicación existencial innominada, propia (…) Había venido a París por
Cortázar, Marino lo pensaba y sentía de repente una vergüenza piadosa ante sí
mismo” (Pág. 40). Clarísimo: Cortázar es una mochila demasiado pesada para
caminar y por eso Alinovi necesita, al final de la novela, montar una escena
tan perfecta y rococó (aristócratas ofreciendo tomates en la boca de unos
bambis salvajes) sólo para interrumpirla con un disparo, con el ruido de las
armas y la revolución.
La cita es útil porque también expresa la dosis de
autocrítica que tiene la invectiva del argentino. La búsqueda de independencia
también aparece como una reacción contra el rechazo, en palabras del autor, “un
rencor contra uno mismo, como si me planteara por qué me quedé enganchado con
esa mina que no me quiere”. París como una femme fatale que abandona a su
amante cuando éste más la necesita, una imagen que se ve claramente en la
historia de Bianco quién, al enterarse de la muerte de su pareja, entra en tal
shock que olvida su francés de repente, y debe arreglárselas con un español
natal que no le sirve para nada y que es lo único que le queda.
El personaje de Bianco sirve para ilustrar todavía un núcleo
más de la obra: el problema de la identidad como continuidad o como ruptura. El
contraste entre Marino y Bianco procura reflejar esa dicotomía: el que rompe
con sus orígenes y el que los mantiene. Esta reflexión, sobre el ser argentino,
que por supuesto abarca también la pregunta sobre qué es ser un escritor
argentino, toma una forma acabada en la noticia que Marino lee en Libération
acerca de un árabe, Alí-el-Hadjiri, que se hacía pasar por Robert Maillard, un
francés elegante, educado, un poco snob. Obligado por la policía y la justicia
a asumir su verdadera identidad el acusado opta por el suicidio. Mejor morir
que volver a ser quien era; en la carta de despedida firma Robert.
El breve relato, casi una parábola, encierra -creo- la
posición de Alinovi: una solución arltiana. El problema sería menos París que
el insoportable determinismo de las decisiones acostumbradas, la repetición
incesante de mentiras ruinosas, y la solución, entonces, se encontraría solo en
un gesto: la traición. El indirecto libre de Marino lo expresa bien en un
momento: “¿No era la muerte de las posibilidades argentinas -exagerado-, su
propia muerte parcial, la de Marino -no exageremos, morirse voluntariamente-,
la entrega fervorosa de las dos o tres cosas sagradas que no pueden entregarse
-lo sagrado, imperiosa aparición de herejía-, la confesión entusiasmada de no
querer ser nada, liberados de los desasosiegos del que aspira a darse esencia,
para estar, entonces sí, tranquilos para siempre siendo nada?” (Pág. 57).
Alivoni traiciona una fantasía y se queda con otra: la libertad de recorrer a
caballo las calles de una Paris devastada; la ilusión de la emancipación
cultural.
jueves, octubre 06, 2016
Lo directo y lo obtuso
Quintín sobre Poste restante, de Cynthia Rimsky en La lectora provisoria
Pasé unos días en compañía de una escritora y unas horas en
compañía de otra. La primer está muerta (ya lo estaba cuando pasé unos días con
ella). Se llamaba Lucia Berlin (1936-2004) y su fama fue póstuma, o casi. Una
extensa colección de sus cuentos acaba de ser traducida bajo el título Manual para mujeres de la limpieza (…)
La otra mujer es Cynthia Rimsky y nació en Santiago de Chile
en 1962, años después de que Berlin volviera a su país. De ella se acaba de
reeditar en la Argentina Poste restante, pequeña crónica de un viaje que la
autora hizo en 1999 en busca de señales de su familia de inmigrantes judíos a
partir de un vago álbum de fotografías con su apellido. Rimsky pasa por Medio
Oriente, Chipre y Europa Oriental y su estrategia es un vagabundeo entre gente
perdida, con la que se comunica muy poco. En la contratapa (¡oh, las
contratapas!), María Moreno escribe que se trata de un tipo de viaje que
contrasta con el beat y el guevarista, y que Rimsky hace “observaciones
delicadas pero políticas”. No veo la política, pero creo encontrar en las fotos
y reproducciones sesgadas ecos de Sebald y de Bellatin. Si Berlin escribe en el
sistema narrativo apreciado en la industria editorial, Rimsky lo hace en el
mundo de los procedimientos literarios (cambios de persona y de género,
desenfoques, distanciamiento de los personajes, incluso de sí misma). Pero
ambas transitan un espacio común: el de los que no tienen dinero ni destino.
miércoles, octubre 05, 2016
“Escribís cuando necesitás sacártelo del cuerpo”
La multifacética autora Romina Paula habla de Acá todavía,
su tercera novela, y cuenta de los mecanismos secretos de su escritura, de las
claves de su obra, de sus obsesiones y sus intuiciones.
Por Camila Selva Cabral para AANCOM (Agencia de Noticias de Ciencias de la Comunicación, UBA). Fotos de Camila Alonso
Suárez.
Romina Paula es autora, directora y actriz. Así, en ese
orden. Un ranking de su práctica artística que arma “sin dudar”. Acaba de
publicar su tercera novela, Acá todavía (Editorial Entropía) en la que Andrea,
la protagonista, narra un presente dividido en dos partes. La primera,
“Todavía”, transcurre en el Hospital Alemán durante la internación de su padre,
un paréntesis de tiempo y lugar que arrastra algo del pasado para reflexionar
sobre la familia y sobre la configuración de su sexualidad, de sus relaciones,
de su propio recorrido vital. En la segunda parte, “Acá”, Andrea viaja a
Uruguay y todo avanza en un presente sin red.
Antes de cada respuesta, Romina Paula mira unos segundos a
través del vidrio del bar antes de volver al café con leche, a la mesa. Trae
palabras que se van hilando, como en sus textos. En sus novelas intenta escribir
el pensamiento, explica, y durante la entrevista dirá que está pensando en voz
alta. Le gusta hablar sobre su propia obra porque, dice, así empieza a
entenderla. Romina Paula piensa su propia obra, su propia práctica. Piensa y
escribe. O escribe y piensa. Y se ríe.
¿Reconocés el momento en el que dijiste “voy a ser autora”?
Hace relativamente poco que encontré esta palabra. Me formé
como dramaturga pero esa palabra no la conoce nadie fuera del ámbito teatral,
es una palabra rara y difícil. Y aparte también escribo narrativa, entonces no
era absolutamente cierto.
¿Y por qué no “escritora”?
Escritora me parece como medio de Isabel Allende, como “la
señora escritora”. Lo de autoría me gusta, porque me parece que tiene algo muy
del oficio. Y siento que también puede haber autoría en la dirección y en la
actuación. Siento que es algo más amplio.
¿Tiene que ver con poner tu firma?
Sí, claro. Las veces que actúo siento que puedo decir que
actúo porque le doy algo de mí. No siento que sea una actriz que pueda hacer
una paleta enorme. Es mi autoría de lo que puedo dar en ese ámbito. O mismo la
dirección, no siento que pueda agarrar cualquier obra de teatro, cualquier
texto y ponerlo en escena, montarlo. Lo de la autoría me parece bien
¿Pero siempre escribiste o hubo un momento fundacional?
Siempre escribí. Suena pretencioso, parece “la niña
escritora”, como cuando los actores cuentan que bailaban frente al espejo, ¿qué
niño no bailó frente al espejo? ¡Por Dios! Pero la verdad es que siempre
escribí. No tiene nada ni de mágico ni de particularmente pretencioso, sólo fue
así, algo que me gustaba. Y siempre leí, aunque ahora leo bastante menos que
cuando era más chica.
En la conferencia Direccionario, en Fundación PROA,
repasaste la evolución de tu obra teatral. ¿Cómo ves ese recorrido en tu
narrativa? ¿Reconocés una evolución, un vínculo entre ¿Vos me querés a mí?
(2005), Agosto (2009) y Acá todavía (2016)?
Para mí están muy vinculadas las tres. Con la primera
novela, por los temas: el Hospital Alemán, la muerte, el deseo. Y con la
segunda, a través de la primera persona femenina. Es una voz similar, como si
fuera que Agosto es de los veintipocos y Acá todavía, de los veintimuchos o los
treinta.
¿Pensás que, de alguna manera, podría ser la misma
narradora?
No lo es. Me la imagino distinta. Pero sí hay un registro de
un cierto momento de la vida y un registro de otro cierto momento de la vida,
con lo cual podría ser como una serie. Eso es todo lo que podría decir en
cuanto a verlo en perspectiva.
La entrevista completa, siguiendo este link
viernes, septiembre 30, 2016
Contar la vida
Valeria Tentoni entrevistó a Romina Paula para el blog de Eterna Cadencia
Una década (y 60 libros en el catálogo de Entropía) después
de su primera novela, ¿Vos me querés a mí?, Romina Paula publica Acá todavía.
El deseo, el amor, la vida y todas las escenas explícitas –sexuales, mortales–
que reflejan ese triángulo.
"Todas las familias felices se parecen unas a otras;
pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse
desgraciada": las líneas magistrales con las que Tólstoi abre su Anna
Karenina. "Todo lo que se pudre forma una familia", escribió Fabián Casas,
más acá en el tiempo y en el espacio.
"Se parecen mucho lo bueno y lo malo a veces”, aparece
en uno de los diálogo de Acá todavía, el último libro de Romina Paula (Buenos
Aires, 1979). Igual que sus novelas anteriores –Agosto y ¿Vos me querés a mí?–
salió por Entropía, ese sello que la editó por primera vez en 2005. Unos 10
años y 60 libros después, el tomo fucsia es el resultado de un proceso de lucha
entre la tercera y la primera persona. Ganó la primera, aunque Paula lo
explique por la contraria: “Fracasé con la tercera”, dirá en esta entrevista.
“Quizás alguna vez tenga una historia que necesite ser contada en tercera, pero
acá me imponía la tercera, escribía y se me aparecía la primera”.
Podría pensarse que las preguntas que se aceleran en los
tres libros se continúan, aun cuando la disposición no sea lineal; como si las
cosas pudieran continuarse superponiéndose. “La perfección no es posible más
que en el instante”, sabe –porque lo escribe– Paula, y la espiral que recorre
la altura sobre un mismo punto se eleva. Para un lector que las atraviese de
corrido, las novelas podrían conformar un tríptico. Uno que se ocupa del deseo,
de la sexualidad, de la atracción, de las relaciones de pareja, del amor
propio, de la familia y de la soledad. La muerte y la enfermedad, que son
también manifestaciones de la vida, funcionan como escenografías, terreno
propiciatorio.
También actriz y dramaturga, Paula en estos días se
encuentra preparando las funciones de Cimarrón, obra que viene después de
Fauna, El tiempo todo entero y Algo de ruido hace. Ahí trabajó con textos de
Luciano Lamberti y de Rilke, entre otros.
–Acá todavía se puede leer en juego con tu primera novela,
no solo porque comparte escenarios como el Hospital Alemán sino también por las
preguntas que se hacen las protagonistas de cada una. ¿La pensaste así?
–No, no la armé así, en función de la primera. Para nada. En
todo caso son mis temas recurrentes. Pero probablemente sí vuelven cosas,
espero que no de la misma manera. Sí pienso, en ese sentido, que comparten el
mismo mundo de preguntas. Que ¿Vos me querés a mí? trabaja mucho sobre la
sexualidad y ésta también, bastante. En toda la primera parte de Acá todavía
hay una especie de voluntad de reconstrucción del devenir sexual. Anécdotas que
son de distintos estadios de la sexualización. En ese sentido quizás sí, es
como si ampliara ciertas preguntas de la primera, pero desde la evidencia.
–Esa primera novela había sido apenas la tercera del
catálogo de Entropía, sello en el que seguís saliendo. ¿Cómo fue el proceso de
producción ahora?
–La última novela, Agosto, la había publicado en 2009. Esta
fue mutando. Lo primero que tengo escrito es de fines de 2010, a mano, en un
cuaderno. Ahora me doy cuenta de que es un poco de las dos cosas, pero en
realidad tenía ganas de escribir la historia de la protagonista, de Rosa y del
padre, la historia con la enfermera, tenían un lugar más central en esa
versión. De hecho, mi primera idea era: la misma situación, pero invertida. Y,
al mismo tiempo, tenía la fantasía de escribir una novela familiar. No sé ni
qué significa, pero quería escribir sobre una familia. Y al final, es un poco
de las dos cosas, pero ninguna de esas dos a fondo. Por otra parte también
vuelvo muy a lo mío con la primera persona, que no le puedo escapar. Creo que
la fantasía de esa novela familiar era en tercera, también; una cosa más
decimonónica de mirar desde afuera y no, no... Fracasé en eso. Volví a la
primera. Me daba cuenta de que arrancaba en tercera y me encontraba escribiendo
al rato en primera; mi cabeza me dictaba en primera. Entonces era un poco
forzado ir hacia otro lado. Quizás alguna vez tenga una historia que necesite
ser contada en tercera, pero acá me imponía la tercera, escribía y me aparecía
la primera.
–Se marca, de tu escritura, el paso de lo íntimo a lo
universal. ¿Cómo lo ves?
–Es como si no pudiera zafar de ahí. Creo que son cosas que,
al ponerlas en palabras, me las termino de figurar; me las pregunto, y es como
si al ponerlas en palabras tratara de entenderlas. Ni siquiera puedo decir que
escribo lo que me gusta que sea escrito, sino que es lo que puedo escribir. Lo
que me dicto. La cadencia, sumado a los temas y a esa primera persona, pero por
supuesto que hay partes de acá que se pueden sacar de un diario íntimo y a mí
se me borroneó ya también la medida de “esto es lo que escribo en mi diario /
esto es lo que escribo en ficción”. Es una especie de malla, entonces lo
consciente aparece en la mentira y en la ficción, entrelazado con lo
confesional. Eso está creo que en todas, quizás un poco menos en Agosto. Pero
tampoco, porque hay algo de esa primera que está tan pegado a mí... Me pasa
mucho que me dicen: “Voy por la parte esa que estás en el bar”, como si se
tratase de mí y no de la narradora. Pero lo cierto es que, por lo general, las
cosas anecdóticas son inventadas.
–Hay otra cosa que vuelve y es el tema de la muerte, que
está en las anteriores. La enfermedad, el deterioro. Y el deseo que se activa
en esos contextos.
–La muerte siempre está, no sé cómo eludirla, no se puede.
Es cierto que hay algo morboso, de alguna manera. Ahora que lo pienso, tal vez
está vinculado; sin embargo creo que cualquiera que haya vivido una situación
hospitalaria sabe que es un poco así.
–La pregunta por el deseo reaparece, por cómo se configura.
–Creo que con esta novela ya terminé de preguntarme eso. No
solo por la novela sino también por mi edad, por mi momento en la vida; supongo
que evolucionaré hacia otras preguntas.
–En el epígrafe, Mekas dice: “La realidad mensurable termina
en la punta de nuestros dedos: más allá está el abismo”, ¿cómo juega eso con la
estructura del libro en dos partes?
–Las partes se llaman “Todavía” y “Acá”, y lo pensé por algo
tan básico como que el “todavía” es alguien que está a punto de morir, que
todavía está vivo, y el “acá” es como el presente puro de la segunda parte. La
primera parte está escrita como si fuera hacia atrás, retrospectivamente, y la
otra es como si fuera: hay algo que empieza, y no tengo idea de qué es esto que
empieza. Va en el presente, presente, presente. La primera parte se encarga de
cómo es la concepción de la sexualidad con momentos, hitos en la vida de
alguien. Con recortes súper arbitrarios de las anécdotas, donde ahí sí hay mucho
real, pero en la segunda parte es todo inventado, cosas que no sucedieron.
Mientras la iba escribiendo no sabía hasta dónde iba a llegar. Por eso, para mí
también la segunda parte tiene algo medio new age.
–Hay una atmósfera lisérgica, pero quizás sea porque está
embarazada. Hay una novela, también por Entropía, en la que se puede pensar; El
animal sobre la piedra, de Daniela Tarazona.
–Está buenísima esa novela. Es que sí, es lisérgico tener
algo creciendo adentro tuyo. Y los primeros meses no lo percibís; o sea, sí lo
percibís por sus síntomas, pero después está toda la construcción de
voy-a-tener-un-hijo. Pero, en realidad, lo que está sucediendo son unas células
ahí alterando todo. Puede ser parecido al cáncer, de hecho, solo que generando
otra cosa. Son también células fuera de control. Y la segunda parte de la
novela es un poco ese estado para mí, el de embarazo y a la vez cuando todavía
no es nada que puedas observar, cuando es del orden de la fantasía. Cuando
empecé a escribir esa segunda parte no estaba embarazada, pero quedé embarazada
poco después. Terminé de escribirlo en ese estado. Pero esta novela, a
diferencia de Agosto, que sí escribí en orden cronológico, fue escrita en
partes que fueron cambiando de lugar.
–¿Cómo fue el proceso de edición?
–Gonzalo [Castro], uno de los editores de Entropía, también
es mi amigo y leyó esta novela hace bastante y sobre eso trabajé. Y después,
cuando tuve lo que yo pensé era la última versión se las pasé y ahí la leyeron
todos; Gonzalo otra vez, Valeria [Castro], Sebastián [Martínez Daniell] y Juan
Manuel [Nadalini]. La leen todos. Y ahí cada uno hace sus marcas. Son muy
minuciosos y trabajamos mucho, tenemos discusiones alrededor de una frase,
atención en todos los niveles de escritura, cambiamos cosas de lugar... Me
encanta, me parece fundamental trabajar así.
–Cuando escribís narrativa, ¿en qué se distingue tu manera
de trabajar guiones?
–Lo que pasa es que las obras nunca las escribo si no las
voy a hacer, no tengo ahí guardadas obras que nunca hice. Al teatro lo escribo
para hacerlo. Las últimas tres obras que escribí las hice para los mismos
actores, entonces ya tenía esa restricción, la de escribir para ellos, más o
menos con los mismos niveles de producción, más o menos con las mismas limitaciones.
En el teatro la restricción me ayuda a organizarme. Y ahora la última, la que
estoy ensayando, Cimarrón, esa es con otros actores, aunque uno se repite, y
esa tiene muchas citas literarias. Ya venía con la familia de las citas, en
Fauna sobre todo, pero esta arranca desde la primera escena con un monólogo que
es de un cuento de Luciano Lamberti, de El loro que podía adivinar el futuro.
También tomé cosas de Carta a un joven poeta de Rilke, o sea que hay mucha
intertextualidad. Y es más de ideas esta ultima, pero lo que me preguntabas era
narrativa versus teatro: en realidad es un tiempo más acotado el de la
escritura de teatro, y es para la escena. Es raro, pero como que la literatura
me viene más para el teatro, va a parar más al teatro, y en la narrativa me
aparece más algo así como la vida, la necesidad de contar la vida. Lo literario
siempre va a parar más al teatro.
–¿Te acordas de la primera vez que fuiste al teatro?
–Seguramente no sea la primera, pero es la primera que
recuerdo; me llevaron los papás de unos amiguitos al Colón, era un espectáculo
de Pro Música de Rosario. Un grupo de música para niños con instrumentos
medievales. Se ve que me impresionó, el lugar también. De chica no iba mucho al
teatro, mis papás no eran de llevarme. Lo más vinculado a lo escénico era la
comedia musical, en la secundaria, que me encantaba hacerla y me gustaba verla
también, me lo tomaba muy en serio. En esa época fui a ver las de Pepe Cibrián,
El Jorobado de Notre Dame y Drácula. Salí fascinada.
–¿Tus papás a qué se dedicaban?
–Mi mamá es ama de casa. Estudió educación física primero y
cuando nos tuvo, desde ahí, es felizmente ama de casa, muy productiva, ama de
casa como las de antes. Y mi viejo era ingeniero. Trabajaba en una empresa,
primero, y después solo, vendiendo maquinaria para cementeras, representando a
empresas alemanas. De chica me costaba muchísimo entender qué hacia. Si me
preguntaban decía: “Vende máquinas”.
–¿Y en tu casa había biblioteca?
–Había una biblioteca pero muy rándom. Pero mi mamá sí nos
fomentó la lectura. Todas las noches leíamos, mi mamá nos hablaba, de chicos,
en alemán. Nació acá pero su familia es de allá. Todas las noches leíamos
libritos, después cuando ya sabíamos cómo leíamos solos. La noche era leer. La
televisión no estaba tan bien vista en mi casa, igual se miraba mucha menos
televisión por entonces. Ahora que lo pienso, mi mamá probablemente lo haría
más por el alemán que por la literatura. Siempre me gustó mucho leer, en la
primera adolescencia leía muy desprejuiciadamente, no tenía una bajada de línea
de lo que estaba bien y lo que no, así que leía cualquier cosa, lo que llegaba
a mis manos. Después empecé a estudiar Letras y me puse careta de lo que está
bueno y lo que no. Y ahora, recordándolo, pienso que estaba buena esa cosa de
“se puede leer todo”. Mi mamá me compraba libros en el supermercado, por
ejemplo, no estaba el prejuicio de “eso no está bueno”.
–¿Y a escribir te acordás cuándo empezaste?
–Escribía de chica, pero casi todas las nenas tienen, creo,
¿no? un diario. Era inconstante.
–¿Ahora mantenés un diario?
–Sí, tengo diario pero no es diario, es más bien que cuando
quiero, escribo. Un diario donde van a parar cosas que no tienen voluntad de
ficción. Siempre tengo uno de esos cuadernos conmigo, ya son muchos. Hace
veinte años que tengo esos cuadernos. Antes usaba los Rivadavia tapa dura,
primero con rayas, después blancos, y después me fueron regalando otros. Pero
siempre de hoja blanca, porque soy medio obsesiva y ocupo toda la hoja.
–Decías que Acá todavía lo escribiste a mano, ¿no?
–Empezó a mano, sí, a lápiz en un cuaderno. Después lo pasé,
que también es un momento de primera corrección. En esa instancia fue cuando se
me iban muchas cosas de la tercera a la primera persona.
–Además de escribir, actuás, ¿qué disfrutás más?
–La pregunta por el disfrute es más delicada. No sé si diría
que disfruto ninguna de las cosas. Actúo tan poquito que, cuando lo hago, lo
disfruto mucho, pero sobre todo que la responsabilidad total sea de otro.
Cuando actúo con palabras de otra persona, dirigida por otra persona, es como
un alivio. Pero actuar no es algo que podría hacer todo el tiempo.
–¿Disfrutás escribir?
–Por momentos sí, por momentos no. Creo que escribir en sí
mismo sí, siempre se disfruta, pero está toda esa cosa alrededor de cuando no
podés escribir que te llena de angustia. Está casi equilibrado el no poder con
el poder, así que no sé cuál gana.
–¿Te imaginás sin hacerlo?
–No tanto, y creo que casi no estuve sin escribir. También
ahora, a esta altura de mi vida, puedo mirar hacia atrás y decir: parece que
escribo siempre. No todos los días, por supuesto, pero es algo que a través de
los años seguí necesitando hacer.
jueves, septiembre 29, 2016
Falta menos que antes
Tamara Tenembaum escribe sobre Acá todavía, de Romina Paula para La Agenda BA
“Todo el mundo tiene mi edad ahora”, me dijo hace poco una
amiga escritora que tiene 37 y escribió, hace poco, sobre tener esa edad.
Obviamente es un chiste, pero hay algo de verdad. Muchos de los autores que
hace 10 años fascinaban a los que recién descubríamos la literatura argentina
contemporánea, a los que empezábamos a pensar en un escritor como un ser de
jean y zapatillas que te podés cruzar por la calle o en un bar de Almagro,
dejaron de ser jóvenes angustiados de casi treinta para tener, bueno, 10 años
más. Algunos de mis escritores favoritos están entre ellos. Pienso en Pedro
Mairal y Fabián Casas, por ejemplo, cuyas novelas “adultas” leímos en el último
tiempo, y también en Romina Paula (aunque sea más joven que los otros dos), que
acaba de sacar novela nueva después de varios años de silencio. Silencio ante
todo novelístico: su obra de teatro Fauna, aunque ya parezca un clásico
absoluto, es de 2013 nomás. A mí, que los leía a todos ellos de adolescente y
recién ahora reconozco los universos y las frustraciones de las que ellos se
ocuparon siempre, me resulta muy emocionante leerlos a todos tan sabios, como
una luz que espera al final del túnel de los veintilargos. Más allá de la edad
que elijan para sus protagonistas, que es un detalle, es evidente (y Romina
Paula no es la excepción) que de la literatura y de la vida han tomado
lecciones. Lecciones ni lineales ni demasiado claras, pero aprendizajes al fin.
Así me senté a leer Acá todavía, y no me decepcionó; ni cerca.
Son menos de 300 páginas (apenas más de 200), pero Acá
todavía es para bien o para mal una novela larga; ante todo, porque el lapso de
tiempo que cubren esas páginas es bastante breve. El presente de la novela se
ubica en la internación por una enfermedad terminal del padre de Andrea, la
protagonista y narradora. Digo que el presente se ubica ahí porque,
especialmente en la primera parte de la novela, ese punto particular en el
tiempo es una especie de banco de arena en el que hacer pie mientras Andrea
revive recuerdos y escenas del pasado. Esas escenas ya nos dan a entender que
la identidad sexual de Andrea es una parte clave de la novela, y en la segunda
parte se revela no solamente como un rasgo de personaje sino como un elemento
que mueve la trama (pero esta parte es una verdadera sorpresa así que mejor no
arruinarla). Hay algo particularmente interesante que Romina Paula capta en
estos flashbacks respecto de la identidad queer, y es esa mezcla entre la
certeza absoluta y el estado permanente de pregunta. Es más común encontrarnos,
en los personajes gay de la ficción literaria, televisiva o cinematográfica,
con uno de estos polos: el gay que siempre se supo gay y el hetero que duda, o
el nuevo gay que no está seguro. En la Andrea de Romina Paula aparecen las dos
cosas y sin que medie una contradicción, o al menos sin que se acuse recibo de
la contradicción: están las escenas de la infancia, el enamoramiento de una
amiguita de veraneo (una de mis partes preferidas del libro) y esa seguridad
que solo te puede dar el deseo inmediato, no filtrado por las palabras y las
categorías del sexo conversado o siquiera concientizado, y están también las
búsquedas de la adultez, el reconocimiento de que sí, más allá de las
etiquetas, todo es más complejo. Es especialmente interesante también la
constelación de relaciones que Andrea arma con los varones de la familia, con
su papá y con sus hermanos; Romina Paula captura con mucha honestidad lo
contaminado de los vínculos, el punto en que el erotismo y el afecto se
confunden de modos que no son patológicos (o al menos no están patologizados).
La voz de Andrea también es uno de los grandes logros de la
novela; habría que estudiar en la literatura, y particularmente en la
literatura argentina (es un buen tema para una tesis de maestría, por ejemplo,
por si algún futuro magíster nos está leyendo) las marcas lingüísticas y
estilísticas con la que se producen las voces lesbianas en la literatura. Hay
una especie de brusquedad, un desprecio por la suavidad y los voladitos a pesar
de que se trate de una prosa con mucho vuelo y para nada “naturalista”: es una
prosa literaria pero no afeminada. Esta personalidad se introduce ya al nivel
de la sintaxis, del orden de las palabras, de las preposiciones y los
conectores que se eligen omitir. Romina Paula trabaja mucho al nivel de la
oración, al nivel más micro, pero también por efecto acumulativo: se pueden
introducir ejemplos como “Entonces a Dolores prefiero no decirle lo de mis
planes de confirmarme en el protestantismo sino que me finjo católica de cepa y
digo catequesis y padrenuestro y comunión”, en donde ya se ve esa decisión de
usar poca coma, poca pausa y poco adjetivo, pero la voz se construye justamente
en la suma de estas pequeñas elecciones. No es un estilo extraño al de Romina
Paula pero siento que está exacerbado en Acá todavía.
A medida que avanza la novela el presente va tomando más
protagonismo y potencia y las reflexiones se vuelven más accesorias, quizás,
salen del centro de la novela: nos la encontramos a Andrea en el medio de una
especie de comedia de enredos (aunque sin demasiada comedia) que recuerda
mucho, y no solo por los escenarios charrúas, a La uruguaya de Pedro Mairal,
con su puesta en escena de las complejidades de la vida contemporánea pero
mostrando sentimientos y preguntas antiquísimas detrás de los vínculos
posmodernos. Pero a pesar de que los acontecimientos se pongan un poquito más
vertiginosos, la novela sostiene hasta el final el ritmo que le da ese título
maravilloso, “Acá todavía”. Un “todavía” que refiere un poco al ritmo
hospitalario del padre de Andrea, a ese tiempo chicle de las enfermedades (gran
decisión la de que la novela no tenga capítulos numerados ni titulados,
solamente un par de enters cada grupito de páginas: da esa sensación de “en qué
día estamos” que es tan característica de las internaciones largas) pero
también a ese momento justo antes de la adultez en el que uno está esperando que
pase algo que cambie todo, algo que nos convierta inequívocamente en “gente
grande”. Me hizo acordar un poco a “Por ahora”, el título de la serie que
protagonizaban los chicos de Cualca y que aludía también a esa sensación de lo
transitorio, el trabajo que tengo ahora es transitorio, la pareja que tengo
ahora es transitoria, la vida que tengo ahora es transitoria. La novela termina
justo cuando está por llegar, quizás, ese evento transformador en la vida de
Andrea. Pero el verdadero aprendizaje (y en esto creo que la obra se emparenta
con muchas otras obras maduras y sabias) es que no pasa nada: nadie te toca con
la varita mágica y te convierte en una persona de verdad, y la sensación esa de
que vivís en la antesala de tu vida no es más que, bueno, una neurosis
adolescente. Eso que pensabas que era la sala de espera era la vida, y lo que
te queda no es muy distinto. Creo que de esa pregunta es que se trata la novela
de Romina Paula; y me hace pensar también en esto que escribió Cercas hace poco
en El punto ciego sobre las novelas modernas, que glosan y glosan una pregunta
para descubrir, al final, que no había respuesta, o que la respuesta estaba en
ese desarrollo, en ese persistir sin solucionar.
martes, septiembre 13, 2016
París y el odio, de Matías Alinovi
Reseña de Josefina Sartora para Claroscuro
El odio hacia París y hacia Francia toda fluye en cada línea
de esta asombrosa novela de Matías Alinovi, quien se revela como un gran nuevo
novelista. Odio hacia la celebridad instituida de esa ciudad, laudada por
tantos, despreciada por el protagonista, suerte de alter ego del autor, quien
también es físico, quien también es traductor, quien vivió penurias en París,
al parecer. A diferencia de tantos que hemos hecho el peregrinaje cortazariano
por París, su personaje Eladio Marino
desmerece la experiencia de Cortázar y su literatura, pero no puede apartarse
de ellas. (Un capítulo comienza diciendo “¿Encontraría a Maude?”, parafraseando
el comienzo de Rayuela.) No sabemos si por odio genuino, frustración de quien
no puede acceder o no está a la altura del mito, o toda una simulación
pretendidamente iconoclasta, en una suerte de amor-odio muy personal y logrado.
Su nueva novela (la primera había sido La reja, de alguna
manera un homenaje a Casa tomada, justamente, y escrita en verso) atraviesa la
historia de ese traductor que involuntariamente sigue los pasos de Cortázar por
la Ciudad Universitaria y la Orilla Izquierda, hasta dar con un escritor
consagrado. Novela en clave, su personaje Héctor Bianco está basado en la
figura de Héctor Bianciotti, escritor argentino miembro de la Academia
Francesa, a quien la novela describe detalladamente: homosexual, editor de Gaulemard
(=Gallimard), autor de Los páramos plateados (=Los desiertos dorados), ganador
del premio Domina (=Femina), amigo de Topi (=Copi), hasta su hundimiento en el
Alzheimer. Y hay más claves, que no queremos denunciar.
Pero no es ese el único recorrido: hay un inevitable grupo
de amigos bohemios algo decadentes, y entre tantos escritores, todos
obsesionados con París, no faltan los robos literarios; hay un sorpresivo
descubrimiento de secretas galerías subterráneas que unen la campiña con los
túneles de París; y hay un grupo de musulmanes que sembrarán la destrucción y
desolación en todo el territorio francés, donde ya no queda ningún mito por
rescatar, en una reedición europea muy actualizada de la dupla civilización y
barbarie.
Todo esto, sí, y en una
novela breve, que ofrece una escritura maravillosa. El trabajo de Alinovi con
la lengua es formidable, similar al del poeta, y es es aspecto más alto de la
novela. Su prosa suena evocativa del verso, y no sólo el alejandrino de 14
sílabas, como se encarga de advertir la contratapa. Párrafos enteros tienen una
musicalidad, un ritmo, una cadencia que guía la lectura con una fluidez de
placer agradecido. Valga un fragmento:
“Tenía que hacer tiempo. Amanecía. Buscó el Sena en el mapa,
qué otra cosa, el Sena obligatorio. Había que tomar la rue de Bercy y bajar por
el boulevard Diderot. Lo encontró detrás de unas defensas de piedra
majestuosas, bajo puentes soberanos, brillando movedizo entre calzadas muy
amanecidas y todo era mejor que el agua igual que en cualquier parte. Caminó
mirando el río hasta Saint-Michel, bajó al metro.
Y no pensó que había una lección agazapada en el silencio
esplendoroso de la piedra: el prestigio como afán de la distancia, algo del
orden de un desdén equilibrado. Porque en principio París era el asombro sin un
signo definido.”
Damián González Bertolino: "No me siento cómodo con la etiqueta fantástica"
Entrevista a Damián González Bertolino, autor de El increíble Springer.
Por Joel Vargas para Artezeta.
En Uruguay viven 3.286.314 personas. ¿Cómo hacen para
destacarse siendo tan pocos? Ganaron dos mundiales y en su tierra nacieron
algunos de los escritores más importantes del siglo XX: Felisberto Hernández,
Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti. ¿Habrá un proyecto ultra secreto de parte
del gobierno para potenciar las cualidades de sus habitantes? ¿Hubo un grupo de
científicos que en un bunker de La Paloma encontraron la clave del éxito? ¿O es
la divina providencia? Sus últimos éxitos son Luis Suárez y Mario Levrero. Una
demostración de cómo el fútbol y el arte manejan diferentes tiempos y, claro,
otros presupuestos. Pero no hay que celebrar solo la obra de autores muertos,
hay que estar atentos. Un ejemplo, Damián González Bertolino otro producto de
esa buena tradición literaria uruguaya ¿o del grupo de científicos aislados en
La Paloma?
Bertolino, oriundo de Punta de Este, lleva publicado tres
libros, las novelas El fondo (2013) y Los trabajos del amor (2015) y su primera
producción, la nouvelle El increíble Springer, editada recientemente en nuestro
país por Entropía. A razón de eso, hablamos con él.
AZ: El increíble Springer fue editada en Uruguay en
2009, se reeditó en 2014 y recién en
Argentina se editó el pasado año. ¿Qué cosas nuevas encontrás cada vez que
volvés a ella?
DGB: En realidad, cuando termino de escribir un libro, y más
cuando se publica, me deshago de él tanto laboral como sentimentalmente. Es un
proceso paulatino de indiferencia que me permite concentrarme en pensar y
escribir algo nuevo. El hecho de que El increíble Springer se hubiera editado
ya varias veces (y hasta cuento una traducción inédita al portugués que tuve
que revisar en un par de ocasiones) supone leer nuevamente toda la historia, lo
que en general me agobia un poco; pero con este libro existe un nivel de
excepción. Como está fuertemente ligado a la relación que tengo con mi padre,
no puedo dejar de emocionarme con dos o tres situaciones o detalles que, aunque
no estén tan basados en lo que de verdad le ocurrió, me recuerdan a él: su
infancia, sus privaciones, la lucha por vivir o por ser aceptado, en definitiva.
AZ: El Increíble… puede leerse como una historia sobre la
amistad. ¿Qué es la amistad para vos?
DGB: Sin duda uno de los vínculos más importantes de la
vida, solo por debajo del familiar. Tengo pocos amigos, y de hecho no los veo
seguido debido a la distancia física, pero esto último me hizo entender que la
amistad también es un poco lo que está en el medio de un encuentro y otro, esa
forma de mantenerse la idea que uno tiene de alguien cuando no lo ve.
AZ: En una entrevista mencionaste que El Increíble… fue un
homenaje a tu padre. Evocas una anécdota de tu padre para crear la nouvelle. En
El fondo aparece otra vez en el foco las relaciones familiares. Me gustaría que
charlemos un poco sobre el papel importante que juega la familia y la relación
padre-hijo en la nouvelle y, sobretodo, en tu obra.
DGB: La familia es una sociedad en pequeño, como todos
sabemos. Más allá de que haya amor o no, unos tienen cierto poder sobre otros,
y eso a veces puede darse vuelta con el tiempo. Siempre me intriga saber qué es
ese último elemento que mantiene unido a un grupo. Debe ser porque en un
momento dado mi familia, que fue un grupo estrechamente unido, de pronto
explotó. Cada uno se fue para un lugar diferente del mundo, literalmente. A
partir de entonces cualquier intento de reunión fue imposible por motivos muy
variados. Es significativo que haya escrito El fondo (el recuerdo de lo que fue
una familia) cuando ese proceso estaba en pleno desarrollo, y El increíble
Springer cuando, justamente, mi padre pasó a ser la única persona de mi familia
con la que podía tener una cercanía física regular. Con la escritura de El
increíble… cobré conciencia de cuán importantes pasaron a ser las pocas
historias que conozco de la vida de mi padre (es alguien muy discreto). Mi padre
tuvo una vida extraordinaria, o que al menos así me resulta luego de oírlo. En
cierto sentido, siempre lo consideré una suerte de sobreviviente. Llegó de un
mundo distinto, de una forma de concebir la vida nada condescendiente, y se
negó a repetir las pautas de comportamiento que traía de esa vida. Hay que ser
muy valiente y a la vez muy esforzado para hacer algo así. Comencé a darme
cuenta de que si quería honrar ese esfuerzo vital, yo tendría que transformarme
en la memoria de mi padre a través del trabajo con la escritura. Esa
narratividad tan potente que yo percibía en sus historias debía ser salvada.
Por supuesto, soy un incordio para él cuando empiezo a hacerle cierto tipo de
preguntas. Le cuesta volver al pasado. Pero algunos días, como me ocurrió hace
una semana, tengo suerte. Me enteré de que vivió cinco años en Villa
Pueyrredón, antes de casarse con mi madre, y que pintaba interminablemente una
mansión en Belgrano que pertenecía a un alto funcionario del gobierno argentino
de comienzos de los setenta. Luego de superado el esfuerzo monumental de pintar
toda la construcción, sus paredes, sus rejas, sus aberturas, etcétera, la
señora de la casa decidió que los colores no eran tan de su agrado y mandó
repintarlo todo. Si alguien le pregunta a mi padre si se molestó con la actitud
de la dueña de casa, él responde: ¡Al contrario! ¿No te gusta comer?
AZ: Te asocian mucho a un realismo contaminado de lo
fantástico. Leí en algunas notas que no te sentís muy cómodo con esa etiqueta y
que no te interesa la literatura fantástica. ¿Es así? ¿Cómo definirías a tu
escritura?
DGB: No me siento cómodo para nada con esa etiqueta. Si bien
fui un gran lector de literatura fantástica y escribí hasta más o menos los
veinticinco años muchos cuentos que podrían responder con facilidad al manual
básico de lo que es un texto fantástico, reniego sin vergüenza ninguna de todo
eso. Me resultó un tanto mecánico escribir de esa manera… En cierto modo me
sirvió para observar que el misterio de la vida, eso que me intrigaba y
perseguía, estaba en otra forma de comunicar las experiencias. Me interesa
mucho más la construcción de personajes, algo que no es la prioridad de la
literatura fantástica, creo. Pero tampoco me sirve el realismo chato. Me gusta
pensar que los sueños, su lenguaje, sus figuras y su lógica, son parte
constitutiva de la realidad, porque siento que sucede en mi propia vida.
AZ: Ya que estamos hablando de esa fina línea que existe
entre el realismo y lo fantástico,
Felisberto Hernández fue un
explorador de esa frontera. ¿Es una gran
influencia tuya? ¿Qué libro de él es que
más te marcó?
DGB: No lo reconozco como una gran influencia. Lo que ha
sucedido es que acá en Uruguay leyeron mi primer libro y creo que hubo como un
apuro en ubicarme en algún sitio. Otra vez lo de las etiquetas… Y me pusieron
en Literatura Fantástica esquina Felisberto Hernández. Por supuesto que soy el
primer agradecido ante cualquier comentario que hagan sobre lo que escribo.
Pero no me siento un continuador de su estética ni pienso serlo. Felisberto es
un genio de una originalidad suprema. Realmente es único. Su trabajo con el
concepto de memoria es estupendo, y sus asociaciones simbólicas son únicas en
su género. De lo que escribió, me gusta lo que le gusta a todo el mundo: Por
los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido, Las Hortensias, etc. También
me producen una particular fascinación las cartas a su familia de cuando se iba
a tocar a pueblos del interior de Uruguay o de la provincia de Buenos Aires.
AZ: ¿Cuáles son tus obsesiones recurrentes?
DGB: No creo tener obsesiones. En cualquier plano de la vida
intento rehuirle a todo lo que me pueda atar, esclavizar. De hecho, le tengo
pavor a los vicios, a que le sustraigan algo a mi interioridad. A nivel
creativo, tampoco me gusta anclarme en lo mismo. Me interesa pasar de un
registro o tema a otro. La inseguridad creativa me parece fértil.
AZ: ¿Cómo definís el panorama actual de la literatura
uruguaya? ¿A qué autores recomendás?
DGB: Para los narradores de mi generación, digamos los que
nos formamos sentimentalmente en la reapertura democrática y que hoy tenemos
entre treinta y cuarenta años, se trata de un período muy estimulante. No sé si
hubo desde la dictadura otra generación que recibiera por parte de un sector
importante del público y de los medios, tanta atención. Hay un interés especial
acerca de lo que estamos escribiendo y se nos lee de inmediato. Creo que eso se
debe en parte a los distintos que somos. Hay algo de policromático en todo el
conjunto. Y si no, basta comparar las prosas y los intereses de narradores como
Manuel Soriano, Valentín Trujillo, Rodolfo Santullo, Martín Bentancor, Martín
Lasalt, Fernanda Trías, Horacio Cavallo, Fernández de Palleja, Ramiro Sanchiz,
Pedro Peña, Martín Arocena o Natalia Mardero, por nombrar algunos.
Pertenecientes a generaciones anteriores son muy interesantes los libros de
Roberto Appratto y Gustavo Espinosa, también.
AZ: ¿En qué estás trabajando?
DGB: Estoy muy próximo a terminar un libro de memorias cuya
estructura o dirección está dada por la forma en que desde niño me fui
aproximando al fenómeno del lenguaje. Se llama El origen de las palabras. Al
principio, fue un libro en el que iba a escribir sobre unas veinte palabras, la
historia íntima de esas veinte palabras, digamos. Después comenzó a
transformarse en algo más amplio, es decir la historia de cómo me di cuenta de
que quería ser escritor y cómo eso a su vez se vinculaba con mi familia, el
modo en que mis padres habían luchado contra lo peor de la vida. Por último, me
descubrí además escribiendo sobre el lugar en el que me crié, un barrio muy
humilde que se formó con gente que llegó de partes muy diversas del país, tipos
humanos que están desapareciendo. La escritura se transformó, página a página,
en un homenaje, un rescate. Se trata de personas que se sobreponen todos los
días a situaciones terribles. ¡Y uno llorando por la página en blanco!
jueves, septiembre 08, 2016
Alinovi incendia París
Una lectura de París y el odio, de Matías Alinovi. Por Guillermo Roz para Soñamos España
Hay relatos que son como un relámpago en un campo oscuro:
sirven para dejar iluminados ciertos perfiles de animales, fantasmagóricos en
una breve eternidad. París y el odio (Editorial Entropía, Buenos Aires, 2016)
es el relámpago que inventa Matías Alinovi, quien ya había sorprendido a la
literatura en castellano con su novela anterior La Reja, para eternizar y dejar
a la vez en la oscuridad, un círculo de ciertos personajes de la cultura
argentina que pasaron parte de su vida en la capital francesa.
Tres historias se cruzan y se tocan: un joven argentino
pretendiente a escritor pero profesional de la Física, un autor glorioso y
ridículo a la vez, y un proyecto arqueológico desmesurado y surrealista. Así,
todos mezclados, en medio de un París por momentos elevado a la categoría de
mito y por otros vulgar y embustero, las viejas glorias argentinas se dejan
llevar por la prosa de Alinovi. Alinovi, que bebe de Saer y de Cortázar y de
Copi y de ninguno, compone un fresco de arrabal y nostalgia, de sueños rotos y
pandillas de desclasados, y de un plan que acabe con la ciudad de Eiffel. Una
novela que los mata a todos para revivirlos, y que crece al ritmo de una lengua
literaria, la de Matías Alinovi, que arrastra a los lectores hacia el incendio
magnífico de una gran literatura.
Testigos del milagro
Una lectura de Los incapaces de Alberto Montero por Antonio Jiménez Morato para el blog de Eterna Cadencia.
¿Qué es una novela? ¿Se ha escrito en estas páginas una, o
se trata de otra cosa? ¿Interesa hacerse preguntas como esas? Sobre el primer
libro de Alberto Montero, publicado por Entropía, "un segundo extendido de
369 páginas, donde al final tiene lugar todo y nada".
Hay que desconfiar de los embalajes. No sé cómo, a día de
hoy, con toda la experiencia que tenemos como consumidores, seguimos cayendo en
las trampas del empaquetado. Por ejemplo, hace unos meses la gente de Entropía
sacó, bajo el formato novela, así lo dice en la tapa, una frase larguísima,
escrita por Alberto Montero y bajo el título de Los incapaces. No, no estoy de
broma, se trata de una frase de 369 páginas en la que una voz narrativa se va
retorciendo una y otra vez sobre su pasado familiar, sus obsesiones personales,
su voluntad de escribir una novela y su incapacidad de concluirla, y, cómo no,
sobre sus referentes estéticos a la hora de lanzarse a la escritura de esos
conatos de novela. Pues bien, el asunto no es, como algún malintencionado
podría pensar, que las buenas gentes de la editorial Entropía nos quieran dar
gato por liebre y nos coloquen como novela una cosa que no lo es. Antes de
hacer una afirmación tan osada sería obligatorio preguntarse qué es una novela.
Nadie lo sabe. Es por ese espíritu proteico por lo que la novela es siempre un
género lozano desde que hace unos cuatro siglos la reinventasen Cervantes y
quienquiera que escribiera el Lazarillo. Y precisamente por eso ha habido
siempre voces, más o menos reputadas, que anuncian el fin del género, queriendo
ponerle puertas al campo o encerrar definitivamente el genio en una lámpara que
sólo ellos pueden frotar. O sea, Los incapaces puede ser una novela si no
quiere leerla de esa manera, o cualquier otra cosa si uno pretende leerla bajo
otro prisma. Lo importante, lo verdaderamente determinante, es que es una frase
larguísima en la que uno se sumerge gozosamente y que no puede dejar de
transitar hasta llegar a ese punto final, el único que hay en las casi
cuatrocientas páginas del texto.
Acaso el gran problema, para algunos, de Los incapaces, su
adscripción o no el género novelístico, pase por la narratividad de este
torrente verbal. Obviamente hay un lecho narrativo que surge de la misma
concepción del lenguaje, sucesivo, y del modo en que este se va vertebrando a
medida que cobra existencia. De hecho, el que lea la novela, yo sí la considero
novela, lo que pasa es que un tipo de novela muy singular, comprenderá que bajo
otra perspectiva que no sea la de la acumulación de hechos que sí se trata de
una novela plenamente canónica. Esto es, el texto, este monólogo del terapeuta
que conforma el cuerpo de Los incapaces, tiene como núcleo un cambio
fundamental. Hasta cierto punto podría decirse que estamos ante una novela de
aprendizaje, o de logro. Es la primera novela de su autor. O, usando las
categorías de Macedonio, su primera novela buena, la primera terminada, la
primera en la que, atentos, sucede algo. El narrador, la voz incontinente que
se va construyendo, no la que vamos escuchando o leyendo, sino la que se
construye ante nosotros, puede finalmente hablar de sus traumas, de su familia,
de la escritura y de sus obsesiones hasta completar una frase, hasta cerrar una
idea, un pensamiento, que se vertebra en esa extensísima frase de 369 páginas.
Meditación compleja, sí, y ardua, que presenciamos de modo simultáneo con su emisor.
Somos, como lectores, testigos privilegiados de una epifanía, posiblemente
terapéutica, posiblemente fruto del tratamiento psicológico autoimpuesto por el
terapeuta a sí mismo a través de la escritura. Digo testigos porque la novela
no consiente, no permite, que haya espectadores, entes pasivos que contemplan
lo que sucede en la distancia, sin involucrarse en los hechos, es imposible que
alguien comience a deambular por esta frase sinuosa, cambiante, sin pasar a
formar parte de los hechos, como sucede con los testigos, que se introducen,
muchas veces en contra de su voluntad, en el tejido de los hechos. El narrador
de Los incapaces, que no es sólo una voz, sino el escenario mismo de los
hechos, parte de sus referentes, explícitos, saqueados y citados hasta el
delirio, pues nada hay más cercano a la salmodia reiterativa e insistente de la
voz con la que se expresa que la del austriaco Thomas Bernhard, profusamente
citado, nombrado, invocado en el libro, en especial su primera gran novela,
Trastorno, que funde a la voz de Los incapaces como modelo y cianotipo sobre el
que vertebrarse. Podría haberse llamado, también, Trastorno, esta Los
incapaces, pero no habría sido la misma novela, ya que si hay algo que Montero
va también construyendo a lo largo del texto es su obsesión personal, por su
familia, por su tierra, por esa esquina del mundo –¿no vivimos todos
esquinados, fatalmente esquinados, inevitablemente esquinados,
inexplicablemente complacidos en nuestro esquinamiento cuando decidimos
dedicarle tiempo y esfuerzos a escribir
y comenzar a poner en duda, tensionar, hacernos preguntas sobre los mecanismos
de la escritura?–, que al final le da su tono, su voz, su novela y, lo que es
más importante, el destino al que llega cuando toma conciencia de ellos y puede,
al fin, escribir un punto con el que cerrar esa anhelante necesidad que lo
empujó a escribir.
Porque, y ése es el fin último de la novela, y por eso
aparece puesto en evidencia con los síntomas que van emergiendo durante su
escritura, es registrar el delirio de la escritura, sus manías –en una
computadora o en otra–, sus antojos, que a la postre sea más que una vocación
una sumisión de la que no se sale indemne. Todo eso sucede en una frase, en un
segundo extendido de 369 páginas, donde al final tiene lugar todo y nada, la
hoguera en la que se expían los demonios particulares y también la ceremonia en
la que se santifican. Acaso por eso la novela termine por honrar con su título
a los que han fracaso, los incapaces de llegar a ese punto final, a lograr escribir,
sobreponiéndose al delirio, la transformación, a los que han logrado concluir
la terapia en la que se sumergieron tan necesitados de una solución como
desconocedores del camino. Un camino que Montero ha, finalmente, encontrado y
que sucede frente a los lectores, testigos que pueden dar fe del milagro.
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