Por wenceslaob para el blog de viajes Blucansendel
jueves, junio 11, 2015
Del caminar sobre hielo
Los que siguen a Werner Herzog están acostumbrados a sus
locuras cinematográficas, pero las locuras en papel son una novedad. Del
Caminar sobre hielo es la crónica del viaje que Herzog hizo entre Munich y
París, en 1974, caminando.
A fines de 1974 Herzog recibió un llamado telefónico desde
la capital francesa donde le avisaron que Lotte Eisner estaba muy enferma y a
punto de morir. La noticia shockeó a Herzog, y luego de colgar el teléfono,
como él mismo explica en el libro, “Agarré una campera, una brújula y un bolso
con lo estrictamente necesario. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que
confiaba en ellas. Tomé el camino más recto hacia París, con la firme creencia
de que ella seguiría con vida si yo iba a pie”. En línea recta, de Munich a
París hay unos 850 kilómetros.
¿Por qué reaccionó así Herzog? ¿Quién era Lotte Eisner? En
1974 Herzog era un treintañero que junto a otros directores de cine estaban, de
alguna manera, reflotando el cine alemán que había sido cercenado por la
Segunda Guerra Mundial. Un nuevo cine emergía en Alemania pero nadie lo sabía,
hasta que a Lotte Eisner se le ocurrió escribir sobre el tema.
Lotte Esiner nació en 1896 en Berlín y dedicó toda su vida a
investigar, promover y escribir sobre cine. Fue la última persona que poseyó un
conocimiento integral sobre la historia del cine alemán desde sus orígenes. Fue
la primera crítico de cine de Alemania y una pensadora muy influyente. Su
ensayo más famoso es La Pantalla demoníaca (1952). Cuando el nazismo tomó el
poder en Alemania, Eisner se exilió en Francia, donde vivió el resto de su
vida. Y fue ella quien lanzó al plano global, quien legitimó, a la generación
de cineastas de la que era parte Herzog.
Se entiende así que Herzog, un ser humano extremadamente apasionado,
haya reaccionado como lo hizo, huyendo de una situación incómoda o buscando una
solución mágica. Cómo sea, Herzog se largó a caminar y Del caminar sobre el
hielo cuenta ese viaje que se extendió entre el 23 de noviembre y el 14 de
diciembre de 1974.
El relato es muy raro, pero es raro por lo puro y literal.
El autor aclara que para la publicación del libro suprimió las partes más
íntimas del diario. Lo que quedó es un relato tan minuciosamente real que por
momentos se torna surrealista. Da la sensación que Herzog mira a través de una
cámara y lo que va viendo se plasma en su diario. Y esa cámara se mueve de un
lado a otro constantemente. Pasa del
bosque, a un paquete de cigarrillo, a la lluvia, a un dolor en la pierna, al
silencio, el cielo. Son frases cortas, ágiles, contundentes, muy visuales.
Desde lo literario, el aporte se da en un recurso que
utiliza varias veces y que consiste en que en medio de una de las
descripciones, sin aviso, luego de una coma, arranca con el relato de otra
historia, breve, que a veces es auto concluyente y a veces te hace preguntarte
de qué está hablando este tipo.
Lo que se cuenta en Del caminar sobre hielo no es un viaje
de descanso, es un viaje atormentador contado por un viajero atormentado. Pero
el relato no se hunde en lo metafísico y existencial, sino todo lo contrario,
está absolutamente a nivel humano, a la altura de la cotidianidad de la vida de
las personas con las que se cruza en el camino. Son pocas las personas con las
que se involucra durante el viaje y más bien busca la soledad.
La mayor parte de la caminata la realiza bajo la lluvia o
neviscas, por carreteras solitarias, a través de bosques y campiñas, por
pequeñas localidades. Por las noches,
cuando puede, fuerza algunas casas deshabitadas para dormir o lo hace en
posadas o donde lo agarra la oscuridad. Camina muchos kilómetros por día,
demasiados, tanto que enseguida un dolor en una pierna se mete en el relato.
No es un típico relato de viaje, es una especie de catarsis
en formato narrativo.
Pero lo más sorprendente es el final de Del caminar sobre
hielo, simultáneamente realista y fantástico.
Por supuesto, no lo voy a develar.
El libro incluye, además, un mapa y un epílogo. El epílogo
es el discurso que Herzog pronunció en 1982 en ocasión de la entrega del Premio
Helmut Käutner a Lotte Eisner (la lectura del epílogo nos ayuda a atar cabos
acerca del atípico relato). Eisner murió en 1983.
miércoles, junio 10, 2015
Las esferas invisibles
Rescatamos de las redes dos comentarios de lectores sobre Las esferas invisibles, de Diego Muzzio
Por Sebastián Vargas:
Hoy les comento sobre “Las
esferas invisibles”, de Diego Muzzio. El libro, precioso, cuadradito, en un
formato pequeño, ultra cómodo de llevar de acá para allá y muy bien editado,
fue publicado (recién recién) por Entropía. (...)
El libro está integrado por
tres nouvelles (cuentos largos o novelas cortas, como prefieran considerarlos)
que tienen en común una ubicación histórica precisa: Buenos Aires en 1871, el
año de la gran epidemia de fiebre amarilla (la misma ubicación histórica tiene
también una de las más recientes novelas de Franco Vaccarini, “Fiebre
amarilla”, que me estoy debiendo pero leeré próximamente).
Las tres nouvelles (“El
intercesor”, “El ataúd de ébano”, “La ruta de la mangosta”) comparten también
una cercanía con lo inquietante, lo sobrenatural y lo tenebroso-diabólico, con
esas “esferas invisibles” que titulan el libro y remiten a un epígrafe de
Melville. La mímesis con las grandes voces del terror fantástico del siglo XIX
es perfecta: al leer estos textos uno se siente como leyendo a Conrad, a Poe, a
Stevenson, a Kipling. Por momentos, con conexiones a la literatura gauchesca, a
los textos costumbristas del 1900, a “El inmortal” de Borges, a “El señor de
las moscas” de Golding, a Lovecraft. Y es que estas nouvelles de Muzzio están
tan bien escritas y tan impecablemente estructuradas que son, ya, en mi
opinión, textos clásicos por prepotencia de trabajo (como diría Arlt).
En “El intercesor” (texto que
dialoga con Conrad, ya desde el epígrafe, tomado de “El corazón de las
tinieblas”), un joven sacerdote escucha (onda “El exorcista” de W. Blatty) el
relato final de un viejo ciego (y cuasi diabólico) que en su juventud había
sido deportado por Rosas a un fortín alejado de todo, a una frontera desierta
donde solo rondaban la locura, la miseria y fuerzas desconocidas y siniestras.
“El ataúd de ébano” muestra a
dos buscavidas delincuentes que vacían y roban ataúdes para revenderlos a
precio de oro, considerando la gran demanda existente en la ciudad a causa de
la peste. Pero mientras arrastran un ataúd, se les presenta una niña (que
podría tranquilamente ser hija de Poe) que les pregunta por qué tardaron tanto
y les exige que la sigan dentro de la casa y le entreguen el ataúd…
“La ruta de la mangosta”
muestra cómo un joven se vuelve a la vez aprendiz de fotógrafo y de inmortal,
aunque para ello deba entregar su cuerpo (y tal vez su alma) al opio y seguir
una ruta de guerras, pestes y desgracias, para conseguir cadáveres frescos que
le permitan sostener su juventud y su amor.
En síntesis: muy buen libro
de Diego Muzzio. Recomendado.
Por Mariano Blatt (editor en Blatt & Ríos)
viernes, junio 05, 2015
Acerca de Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog
Por Manuel Pedrosa para Escrituras Indie
Estamos en 1974. Werner Herzog, de 32 años, ya habia
producido y dirigido películas como Fata Morgana (1971), Aguirre, la ira de
Dios (1972) y El enigma de Kaspar Hauser (1974). A fines de noviembre de ese
año recibe la noticia de que Lotte Eisner, la historiadora del cine, la autora
de La pantalla diabólica, “la conciencia del Nuevo Cine Alemán”, esta
gravemente enferma en Paris. Sin dudar, Herzog decide ir desde Munich a Paris
caminando en línea recta, solo con un par de botas nuevas, una campera, una
brújula y un bolso de mano. Dos motivos empujan esta decisión: el convencimiento
de que Eisner seguirá con vida si recorre a pie la distancia hasta Paris y la
imperiosa necesidad de estar a solas con él mismo.
Durante esta travesía de 800 km, Herzog lleva un cuaderno
donde anota las impresiones, sensaciones y observaciones que le despiertan el
caminar. “¿Es buena la soledad?”, se pregunta en un momento del viaje. Y se
responde: “Sí, lo es. Sólo que aporta miradas dramáticas de lo venidero”. El
caminar posibilita una nueva experiencia, un extrañamiento en la mirada. Las observaciones
se presentan como un registro continuo donde lo desechado, la mugre que oculta
la civilización, se intercala con lo maravilloso. La fascinación que despierta
un paquete de cigarrillos puede alternarse con la visión de un tren en llamas
que “sale directamente hacia el oscuro universo”, donde “ocurren inconcebibles
colapsos de estrellas, planetas enteros se derrumban sobre un único punto”.
Bajo la lluvia constante del invierno europeo, castigado por
tormentas de nieve y ráfagas de viento, con los pies cada vez más lastimados y
el cuerpo llevado al límite, Herzog avanza. Recorre campos desolados, pierde el
rumbo en bosques laberínticos, pernocta en casas abandonadas o, cuando el
riesgo es demasiado, duerme en pequeños alojamientos. Cada tanto la duda
aparece: “¿Vive aun nuestra Eisner?”, pero la fuerza del caminar (“Cuando yo
camino, camina un bisonte”) aleja todo momento de recapitulación y mantiene a
Herzog en movimiento.
Herzog llegó a París el 14 de diciembre de 1974 y Eisner no
solo no había muerto sino que vivió nueve años más. Una vez mas, la voluntad y
visión de Herzog lo llevan a encontrar el arte en los límites de las
experiencias humanas.
Las esferas invisibles
Por Pablo Milani para Revista Aglaura
De inmediato Las esferas invisibles invita a dejar una
realidad para adentrarse en lo indecible e irrevocable, la muerte. Buenos Aires
en 1871, durante la epidemia de fiebre amarilla, es el escenario en el que
transcurren los tres cuentos que forman parte el libro: El intercesor, El ataúd
de ébano y La ruta de la mangosta. Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969) pone en
claro que su universo no deja ningún detalle librado al azar. El intercambio
explícito, la obsesión por la palabra justa en cada una de las situaciones que
describe en Las esferas invisibles, hace de este narrador exquisito uno de los
más interesantes de nuestro tiempo. En principio, el libro abre con un epígrafe
perteneciente a Moby Dick.
“Y si bien en muchos de sus aspectos este mundo visible
parece hecho en el amor, las esferas invisibles fueron creadas en el terror.”
Desde el comienzo nos transmite un universo lúgubre, con la
palabra muerte delante, girando en círculos en una Buenos Aires que aún es
aldea, una acumulación de aventuras -por completo- literaria. Una ciudad que se
describe desde donde nació, pero despojada de todo pintoresquismo. Un rasgo
fundamental es la reserva permanente frente al abismo de la representación
costumbrista. Es un narrador desconfiado, fiel a lo que él sólo describe. En
ese gesto puede sintetizarse precisamente porque su calidad de escritura está
basada en la ausencia de todo movimiento ampuloso y hedonista. El registro de
sus experiencias es invariablemente fragmentario, como también lo son sus
historias, respecto de quienes entran y salen del foco del relato.
“Giré sobre mi costado y, recién entonces, me decidí a abrir
los ojos.
Los abrí repetidas veces. Una y otra vez levanté los
párpados. Se me ocurrió pensar que todavía era de noche. Sin embargo, el sol
que sentía sobre la cara, el calor que me envolvía el cuerpo confirmaban que
era la mañana, una hora cercana al mediodía. Me froté los ojos, pero la
oscuridad que me rodeaba era inapelable.”
Las esferas invisibles resurge todo el tiempo desde un
sentido crudo y lejos de cualquier punto de defensa. Invade en un desarrollo
intrínseco donde toda acción es también una reflexión de un mundo crispado y no
apto para reflexionar. Como si todo el desencantamiento que describe Muzzio
fuera mudo y exasperado del deseo y del entendimiento imposible de emoción. La
angustia inevitable en una lengua trabajada e inquietante nos dice claramente
que no hay desenlace sino en la muerte. Una suerte de Pedro Páramo que apuesta
a ser leído al pie de la letra, sin despegarse de la escritura, sin dejar de
leer una palabra.
La intransigencia de estos tres relatos se apoyan en un
denominador común, ningún rasgo se abre a una relación complaciente. Muzzio ha
encontrado una estrategia para experimentar el tiempo y la ausencia. Esos dos
vacíos se llenan de otra materia, el espacio de la ciudad le proporciona
pretexto para pensar en otra cosa, de modo que la ausencia sea el ritmo del
tiempo y no una interrumpida conciencia de lo perdido.
“A partir de entonces, ya no supe diferenciar si me movía
dentro del infierno de mis alucinaciones o en el infierno real de las
trincheras. Ambos se asemejaban. Eran mundos gemelos, intercambiables. Pasaba
de uno a otro con la misma indiferencia y abandono, moviéndose como un
autómata, arrastrando mi carro-laboratorio y fotografiando miles de cadáveres
para, más tarde, arrancar de ellos la lúmina que me permitiera estar vivo.
Estaba tan embrutecido, tan habituado a aquel modo de funcionar, que ni
siquiera había advertido que todo podía terminar cuando yo lo decidiera.”
El espacio de la ciudad con la muerte es un espacio de
digresión, pero extrañamente un armazón fuerte y que al mismo tiempo delata
otra causa, el nombre del libro. Las esferas invisibles no es sólo la
mencionada cita de Moby Dick, sino también como ese lado oscuro de la luna en
la escritura, es lo que no se ve pero permanece irreversible. El paso de una
vida que culmina siempre en un mismo destino.
jueves, junio 04, 2015
Del caminar sobre hielo en Revista Brando
Recomendado del mes
Por Fernanda Nicolini
Quienes esperan ansiosamente lo nuevo de Werner Herzog
porque saben que siempre, pero siempre, hay un destello de genialidad en lo que
este alemán produce –puede ser un falso documental sobre el monstruo del Lago
Ness, una maravilla metafísica como La cueva de los sueños olvidados, una remake lisérgica de Bad Lieutenant
o el mejor diario de filmación y por qué no diario íntimo que alguien pudo haber escrito como
Conquista de lo inútil– saldrán a las librerías en busca de Del caminar sobre hielo. Con el
mismo formato que aquel diario de filmación de Fitzcarraldo, pero con una brevedad
contundente, Herzog registra el viaje que hizo a pie en el invierno de 1974 desde Múnich hasta París. Su
motivación era una promesa: su amiga y directora Lotte Eisner estaba muy enferma en la capital
francesa y él creía que si unía las dos ciudades caminando, podía evitar su muerte. Como aclara
en un prólogo de 1978 –el año de su primera publicación–, este diario había nacido como
algo privado, sin intención de ser mostrado. Pero en su relectura, a su autor
le pasó lo mismo que le va a pasar a cada futuro lector: la emoción que genera lo allí escrito
merece ser compartida. Que lo disfruten.
mayo, 2015
De la pantalla a la página
En Review, Revista de Libros, Diego Brodersen habla sobre libros de cine publicados en los últimos meses. Esto comenta sobre Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog y Subjetiva de nadie, de Marcos Vieytes:
Otro volumen, publicado recientemente, de pequeño tamaño pero
contenido altamente rendidor, demuestra la llama que arde en el interior del alemán.
Del caminar sobre hielo, publicado por primera vez en Argentina y con una nueva
traducción de Ariel Magnus registra en una primera persona por momentos
alucinada el peregrinaje de más de ochocientos kilómetros recorridos por Herzog
en 1974, de su Múnich natal al centro de París. No era la primera vez que el
joven director se afanaba en una larga caminata, pero esta en particular la
enfermedad y posible muerte de la crítica y ensayista Lotte Eisner, para muchos
una suerte de mecenas espiritual del Nuevo Cine Alemán. La crónica de ese viaje
a fines de un duro otoño boreal es lo más parecido al clásico documental
herzoguiano: el registro (escrito, en este caso) de la realidad cede
intermitentemente el lugar a los sueños, el lirismo y la locura.
Subjetiva de nadie (fragmentos de un diario crítico) es el
libro que da inicio a la colección Cine de la editorial Entropía. Su autor,
Marcos Vieytes, es un joven crítico argentino que abandonó las filas de la
revista El Amante. Cine para fundar y dirigir su propio sitio web, Hacerse la
crítica. El volumen recorre los laberintos de la memoria cinéfila de manera
singular y –como lo anticipa su título– sumamente personal, por momentos
incluso íntima, combinando con osadía e imaginación el apunte ensayístico, la
subjetividad del gusto y el fraseo poético, en un paseo que va de Aki Kaurismäki
a Romy Schneider y de Aleksandr Sokurov
a Yasujiro Ozu. Y también a Herzog, por cierto.
Herzog: se hace camino al andar
La editorial Entropía acaba de editar un cuaderno de viaje
que el gran director cinematográfico escribió en 1974
Por Christian Kupchik para Revista Quid
Entre los muchísimos méritos que acumula el cineasta alemán
Werner Herzog, hay uno que resulta incontrastable: ha agotado varias vidas sin,
por fortuna, dar por terminada la presente. Nos remitimos a las pruebas. A
saber, ha filmado con enanos y actores bajo hipnosis; convirtió en estrella a
Bruno S., un muchacho hasta entonces encerrado en su autismo; tomó como
escenarios para sus obras la Antártida y Siberia, el desierto de Australia
Central y el Amazonas (donde se animó a subir un barco por una montaña),
incluso las cuevas prehistóricas de Chauvet. Por si fuera poco, viene
resistiendo relativamente bien a Hollywood y ha conseguido sobrevivir a su
actor fetiche, Klaus Kinsky, a quien lo unía una irreparable relación de amor
odio (en verdad, más odio que amor).
Herzog parece estar siempre un paso más allá de todo, de
cualquier límite, de cualquier frontera, incluida la muerte. La primera señal
que dejó de ello fue un breve diario de viaje o cuaderno de apuntes que escribió
antes de llegar a la treintena. En noviembre de 1974 el alemán recibió la
llamada de un amigo de París que le comunicaba que Lotte Eisner, una
institución del cine alemán (la primera difusora del expresionismo) además de
mentora y amiga de Herzog, estaba al borde de la muerte. La respuesta no se
hizo esperar: el director tomó una campera, una brújula y un bolso con lo
estrictamente necesario y salió a la carretera para unir los casi mil
kilómetros que separan a Munich de París. Pero le añadió a su travesía un
sentido místico: cubriría la distancia a pie y durante el tiempo que demandara
el camino él tendría la certeza que su amiga se mantendría con vida.
Era pleno invierno y el conjuro suponía un duro esfuerzo,
además, en virtud del clima. La experiencia iba siendo documentada por Herzog
en un pequeño cuaderno que accedió a editar por primera vez en 1978 bajo el
título de Del caminar sobre hielo
(Entropía, 2015). Se trata, en verdad, de un relato formidable, con una
escritura bella y poética, lleno de agudas observaciones y reflexiones que
exceden lo subjetivo y la anécdota personal. Habla en realidad de lo que la
marcha ofrece, cómo potencia las capacidades de ver y pensar. Habla de lo que
significa el sentido de las pruebas que muchas veces se autoimponen los hombres
y la forma de superarlas. El periplo no fue fácil: debió enfrentar el frío, el
viento, la tempestad violenta, las nubes bajas, la lluvia, el agua que chorrea,
el granizo menudo y duro y la nieve ardiendo plena en el rostro, exponer el
cuerpo al dolor, el agotamiento, y, en ocasiones, la tentación de volver atrás,
de rendirse, de interrumpirlo todo, de abandonar una convicción puesta en
marcha por un sueño insensato y cambiar los lechos de heno en un granero por la
seguridad de una cama cálida. No obstante, Herzog siguió adelante, a pesar de
los peligros latentes y la inseguridad propia.
Y no lo hizo únicamente por esa fidelidad que sentía por su
vieja amiga. El paisaje comenzó a hablarle, lo invitó a la reflexión. Las
impresiones nacidas de esta marcha larga y peligrosa son exquisitas, en la
medida que exaltan la cantidad y variedad de ideas que sorprenden al caminante,
estímulos imposibles de asimilar para el sedentario. Al caminar se redescubren
formas y volúmenes invisibles, el olor de los campos resulta algo poderoso y
nuevo a los sentidos. Surgen sonidos invisibles, el aire se llena de silbidos.
El caminante redescubre en soledad la infinita capacidad del silencio. Herzog
confiesa volver a sentirse vivo hundido en lo profundo de un bosque tenebroso,
donde el silencio sepulcral sólo era interrumpido por una ráfaga de viento. Se
pregunta por los beneficios de la soledad y la respuesta se abre a intuiciones
dramáticas del futuro. Los instantes de armonía perfecta, de euforia con él
mismo, donde comprueba que el aire es de una pureza y de una frescura perfecta,
ponen al lector también en camino.
En este diario de viaje, el paso de lo real a lo imaginario
se sucede sin continuidad. Quizás sirva como clave para observar allí varias de
las vidas que Herzog sigue agotando. Por momentos lo asalta una sed tan
poderosa que siente sólo puede entregarse a ella: la sed por recorrer. El
hombre que camina es soberano, irreductible, libre y, al mismo tiempo, frágil,
anacrónico, mecánicamente imperfecto, físicamente hundido. Volátil, se vuelve
inútil, pues comienza a ser.
miércoles, junio 03, 2015
El crítico como arista
Por Eduardo D. Benítez para Haciendo Cine
El libro de Marcos Vieytes explota el estilo que supo
caracterizarlo. Ese en el que desarrolla una relación vital con un lenguaje tan
mutante como el cine, y en el que la crítica no es el análisis y la
interpretación de una obra que ya está hecha, sino la intención de establecer
un diálogo que se ubica muy en los bordes de ese centro donde habita la critica
clásica.
Son diversas las maneras de cultivar la crítica. Existe la
crónica diaria de los medios masivos enmarcada o ceñida a parámetros
determinados (número de caracteres, relación directa entre aquello que se
aborda y la condición de noticiabilidad). Existen trabajos eruditos nutridos de
un flujo retórico “profesional” en tanto descriptor aséptico de evidencias
estilísticas. Existe también la crítica como arte, un contexto
conversacionalque expone sobre todo la relación del crítico con las películas,
pero que gesta a su vez un espacio colectivo imaginario. Allí el lector
encuentra un hogar donde consolidar y extenuar el placer cinematográfico por
otras vías: la lectura y la escritura. Adoptando en ciertos pasajes la impronta
del libro biográfico, y en otros casos exhibiendo una enorme capacidad
analítica, Subjetiva de nadie se estructura de manera fragmentaria y abre la
posibilidad de establecer relaciones insospechadas. Del anecdotario que nos
habla del descubrimiento de la belleza, la poesía y la sexualidad, damos el
salto hacia la trilogía del cineasta turco Semih Kaplanoglu; del recuerdo de
una viñeta familiar en la que una madre le acerca a su hijo un exprimido de
naranjas derivamos en una reflexión sobre Volver, de Almodóvar. Esa manera de
impulsar el desarrollo de la lectura, pivoteando entre la linealidad y la
sinuosidad en una combinación de registros, es lo que hace del libro de Marcos
Vieytes un recorrido necesariamente desafiante. Algo parecido a lo que sucede
en la descripción que hace el autor sobre cierto tipo de inquietud inherente a
la labor crítica: “Este crítico busca en cada película escollos que lo desafíen
antes que facilidades. Lo excita la dificultad de descifrar la demasiado
evidente superficialidad de las convenciones (…)”. La prosa de Vieytes se lee,
entonces, como una puesta en tensión de una escena de escritura, la escritura
crítica en una matriz profundamente literaria. Porque la actualidad y el pasado
del cine son convocados a partir de un lirismo que se sabe agradecer, y que va
hilando memorias personales e impresiones ensayísticas hasta transformar a
Subjetiva de nadie en un objeto estético en sí mismo, en una aventura casi en
clave novelada que elude la simple antología de textos críticos. El placer aquí
no se reduce al recuento y rejunte de datos, e incluso sobrepasa la esfera de
la opinión. Porque si estos capítulos desbordan las posibilidades meramente
prácticas de la función crítica, es para proponernos un intenso raid por las
densidades del lenguaje y para hacernos entrar en un corte transversal
(personal) a través de la historia y la contemporaneidad del séptimo arte.
Herzog de Munich a París… caminando
Por Laura Cabrera para la revista Marcha
La editorial Entropía lanzó Del caminar sobre hielo (1978),
obra del realizador cinematográfico Werner Herzog, compuesta por crónicas de su
viaje a la ciudad francesa a fines 1974, en lo que podría decirse la búsqueda
de un milagro.
“Lo que escribí durante el viaje no estuvo pensado para
lectores. Ahora, casi cuatro años más tarde, al volver a tomar en mis manos el
pequeño anotador, me vi embargado por una rara emoción, y el deseo de
mostrarles el texto también a otros, desconocidos, para mí pesó más que la
timidez por abrir tanto la puerta a miradas extrañas. Sólo suprimí algunos
pasajes muy privados”. Así habla el realizador cinematográfico Werner Herzog de
su libro, Del caminar sobre hielo, compuesto por anotaciones personales, casi
de diario íntimo, escritas en 1974 y publicadas por primera vez en 1978. La
obra fue editada y lanzada hace algunos meses en Argentina por Entropía.
Del caminar sobre hielo pertenece a la literatura de no
ficción, esa que fusiona hechos reales con figuras que corresponden al campo de
lo literario. Es que en su génesis no existe el hecho de pensar en escribir un
libro, ya que fue una experiencia real que intentó guardar en su memoria: la
crítica de arte Lotte Eisner, enfermó. Ella en París, Herzog en Munich. El
cineasta, preocupado por la situación decidió viajar de allí hasta la ciudad
francesa caminando. Creyó que si lo hacía de esa forma ella lo esperaría, se
mantendría con vida y le evitaría una gran tristeza al mundo, ya que él
consideraba que las personas no estaban preparadas para la pérdida de la mujer
que formó a muchos intelectuales de la segunda posguerra.
Emprendió su viaje con una brújula, abrigo, un bolso y unos
zapatos nuevos que creería que serían cómodos. No lo fueron. Pasó frío,
lluvias, hambre. Conoció a muchas personas y observó paisajes, todo en poco
menos de un mes, todo plasmado en crónicas tan descriptivas que al leerlas uno
puede pensarlas en imágenes. El resultado es un libro interesante desde la
experiencia contada y desde la forma, tan puntillosa como apasionada en cada
relato.
La historia, que tuvo un buen final para Eisner, da como
resultado en el papel un riquísimo libro. Es evidente que este Werner
esperanzado describió lo vivido desde los sentimientos y desde las experiencias
sensoriales, quizá no con el objetivo de que algún otro pueda aproximarse a lo
que él vivió sino con el de recordar él mismo aquella historia en otro momento
de su vida. Como sea, el resultado es brillante.
Si bien Del caminar sobre hielo se dio a conocer en 1978 y
la historia ya es conocida por quienes suelen inclinarse por los libros
vinculados al cine, ésta es la primera edición nacional. Sin dudas, esta
reedición viene acompañada con el crecimiento de la producción cinematográfica
nacional, tanto a nivel independiente como en el circuito más comercial.
Junio, 2015
viernes, mayo 29, 2015
Subjetiva de nadie, de Marcos Vieytes
Reseña en Otra Parte Semanal.
Por Federico Romani
En las plataformas y los dispositivos digitales se ha
multiplicado uno de esos oficios laterales que prácticamente nacieron junto con
el cine, pero a los que ya hace un tiempo este último parece limitado a
soportar como un mal necesario. La crítica de cine, muchas veces fagocitada por
la más imprecisa “crítica de espectáculos”, luce hoy —salvo múltiples y muy
variadas resistencias— reducida al gacetilleo informal y desinformado, al
resumen argumental inofensivo o al inventario de virtudes técnicas. La
reducción del espacio textual y la dinámica de la red han encogido, también,
las posibilidades de explayarse o apelar a densidades del lenguaje que casi
siempre riñen con la instantaneidad del mundo virtual. Este replanteamiento de
los contenidos ha puesto de lado la función primordial de la crítica, que
debería ser el muestreo de posibilidades de lectura y no el juicio sumario a
base de “estrellitas” o “deditos” con que suele identificársela. Las
calificaciones casi siempre tienden a sellar la obra, del mismo modo en que suelen
ocasionar el bloqueo de las claves subjetivas de interpretación y de cualquier
orden de referencia que proponga complejidad.
La crítica local aferrada todavía a los espacios de largo
aliento (los libros, por ejemplo) ha venido ocupándose casi con exclusividad de
ese fenómeno inmanejable que es el llamado “nuevo cine argentino”. Mientras
sobran los textos de autoría nacional que se ocupan de ese tema, escasean los
que bucean en recorridos cinéfilos más amplios. El libro de Marcos Vieytes
vuelve manifiesta esa asimetría dando cuenta de una experiencia personal que
adquiere un inusual valor precisamente por su escasa frecuencia de aparición.
En Subjetiva de nadie no hay espacio para las boutades ni los gestos ampulosos
de posicionamiento, pero hay una tentativa —muy lograda— de obtener nuevas
verdades a través de un redescubrimiento de cierta “intensidad” de espectador.
No siempre lo esencial es invisible a los ojos, y los directores con los que
trabaja el libro (John Ford, Maurice Pialat, Naomi Kawase, Brian De Palma y
George Romero, entre muchos otros) marcan y enfatizan un tránsito sumamente
desaplicado —en el mejor sentido del término— donde el acto de ver cine no sólo
es aprehendido en su calidad de espectáculo de consumo sino también como un
rito melancólico que ya ha escuchado demasiadas veces las versiones de su
propia muerte clínica como para tomarse cualquiera de ellas en serio. Vieytes
no ha escrito semblanzas biográficas ni intenta entronizar a algún oscuro
realizador desterrado a las catacumbas del celuloide caduco (cediendo a ese
extraño culto de lo bizarro y lo freak que tanto daño produjo), ni se queja de
que las películas de ahora no sean como las de antes. Lo que ha hecho es
rastrear el destino secreto de algunas películas y directores en su propia
vida/memoria (¡esa bellísima referencia al Horror Express —1972— de Eugenio
Martín!) y escribirlo con un aire casual y sumamente atento por el que
sugerimos dejarse hamacar.
martes, mayo 19, 2015
A la orilla de la conciencia
“Creo que muchas veces pensamos que el lector va a necesitar
más de lo que en realidad necesita y a mí incluso me gusta darle hasta menos
que eso”. Entrevista a la escritora mexicana Daniela Tarazona, autora de El
animal sobre la piedra y El beso de la liebre, quien visitó Buenos Aires para
participar de la Feria del Libro.
Por Valeria Tentoni para el Blog de Eterna Cadencia
Daniela Tarazona nació en Ciudad de México en 1975. Es
autora del ensayo Clarice Lispector publicado por Nostra Ediciones en 2009.
Tres años antes, en 2006, ganó la beca Jóvenes Creadores del Fondo Nacional
para la Cultura y las Artes Mexicano, con el proyecto de su primera novela: El
animal sobre la piedra (que editó en México Almadía y en Argentina, Entropía).
Fue considerada una de las diez mejores obras de su tipo publicadas en México
durante 2008. En 2012, publicó su segunda novela El beso de la liebre
(Alfaguara), que resultó finalista del premio Las Américas. La escritora fue
reconocida como “uno de los 25 secretos literarios de América Latina” por la
Feria Internacional del Libro de Guadalajara, junto a la argentina Fernanda
García Lao. Ha dado talleres de escritura, “con intenciones de fomentar el
gusto por lo anómalo, deforme y extravagante”, según explica, y esos gustos son
concordantes con los que se evidencian en sus obras.
Los dos personajes centrales de estas novelas, Irma e
Hipólita, son seres extraordinarios en un sentido biológico: sus cuerpos pueden
cosas imposibles, tan imposibles que hasta a ellas les cuesta procesarlas con
el pensamiento, pasarlas al lenguaje. Tarazona acude a la animalidad como a una
fuente mayúscula y olvidada de sentido, y a la metamorfosis como proceso por el
cual sus personajes atraviesan las historias. Las tramas les reservan
modificaciones venidas de fuentes externas (dios y el amor, por caso, que es
como una enfermedad que debilita: “Era una mujer empobrecida por sus
sentimientos, era una mujer con un intelecto pervertido”), pero los cuerpos de
estas mujeres, a su vez, reaccionan a sí mismos. La autosuficiencia de esas
metamorfosis está concentrada en este pasaje de El beso de la liebre:
Una crisálida llevaba días pegada a la corteza del árbol.
Guillermo le mostró a Hipólita los cambios que había sufrido.
—Es la voluntad del encierro. Tal vez no puedes comprenderlo
aún, pero este animal crece por sí mismo, como otros dentro del cuerpo de sus
madres, sólo que la crisálida procura su propia mutación. Tú vas a resucitar,
Hipólita, y la resurrección es ventura y ruina —le dijo Guillermo, mientras
movía su boca desdentada como si alguien más hablara dentro de él. Enseguida,
puso la yema del índice sobre la mancha de nacimiento en la corva de Hipólita:
—Aquí está la marca.
Tarazona fue invitada a la Feria del Libro en Buenos Aires
para presentar sus libros y en ese marco se realizó una entrevista en vivo que
aquí desgrabamos:
—En una entrevista indicás que te cuesta distinguir entre
realidad y ficción, que tu propio tránsito por la vida cotidiana tiene que ver
con no insistir con esa distinción.
—Tiene que ver con tomar una extensión en otros territorios
que para mí son reales, existen, y esa es una de las problemáticas que he
expuesto en otras ocasiones; el pensar que todo esto puede ser verdadero. Tiene
su parte gozosa y su parte complicada. Trato de poner mucha atención en lo que
el personaje pide. Nunca he empezado a contar una historia, a escribir una
novela, en la que yo sepa qué es lo que va a suceder. Sé que el personaje
atraviesa distintas escenas, tres o cuatro, y entonces comienzo a escribir de
esa manera. A través de ese ejercicio, el de poner al personaje en acción y que
sea él quien llame al mundo que lo rodea, voy comprendiendo qué necesita. Sin
embargo, sobre todo en El beso de la liebre, la idea de realidad o de
verosimilitud está constantemente puesta en duda. Lo hice con total intención:
el tiempo está roto, los episodios se vuelven a contar de maneras distintas, en
tiempos diferentes. Es una novela que está desbaratada. Está escrita de manera
fragmentaria también para poner en duda las nociones de tiempo, credibilidad,
verosimilitud. Aquí esta mujer muere y revive, resucita. Yo pensé: si eso puede
pasarle al personaje, pues yo puedo desmembrar mi novela y ése va a ser el
mejor modo de contar la historia.
—También en El animal sobre la piedra también hay espacios,
una construcción fragmentaria: no le das todo masticado al lector.
—Sí, es una preocupación, un asunto que me interesa. Creo
que muchas veces pensamos que el lector va a necesitar más de lo que en
realidad necesita y a mí incluso me gusta darle hasta menos que eso, es decir,
invitarlo a que reconstruya, a que aporte más de lo habitual o de lo
considerado como habitual en este tipo de textos. La participación activa del
lector permite que la interpretación sea muy rica y que pueda encontrar quizás
en esos espacios de silencio o vacíos una parte de su propia historia. Por lo
menos a mí, como lectora de novelas que ponen en duda esta cuestión de la
linealidad, me parece algo importantísimo de hacer. Esta participación activa,
esa manera de completar el texto.
—¿Cuáles fueron los primeros libros que te dieron ganas de
escribir?
—Desde luego, La metamorfosis, que es bastante obvio, pero
me parecía sensacional que hubiera una historia donde eso pudiera ser contado.
Yo pensaba: si esto puede ser contado, ya está. Fue una enorme atracción.
Despues, la cuestión más de aventura y de fuga vino con El Mago de Oz, otro
texto que para mí fue muy importante. Me fascinaban las posibilidades que
estaban expuestas allí y el asunto de salir disparado a otro universo.
—Has sido leída en el marco del género fantástico, junto a
escritoras como la argentina Silvina Ocampo. ¿Te sentís representada, te
interesa inscribirte en algún género?
—No me interesa particularmente eso. Creo que cada escritor
tiene un universo donde se siente mas cómodo, que le es más próximo. A mí estos
universos me resultan más familiares, quizas porque mi infancia tuvo muchos
elementos de magia. Mi abuela era poeta, y había en ella y en mi madre también
una composición del mundo en donde había cosas muy absurdas que eran posibles.
Eso, creo, ha sido una de las cosas que más agradezco haber experimentado,
porque me dieron la chance de ver un poco más allá, inclusive en momentos
difíciles. Veo esa posibilidad de la magia, del atravesar una pared. Eso era
posible cuando yo era niña, y era hecho por los adultos.
—¿Tu abuela te pasaba libros?
—Sí, mi abuela me pasaba libros y fue quien me pasó de hecho
Lazos de familia, de una de las escritoras que más he querido, Clarice
Lispector. Me los pasaba como hacía las cosas mi abuela, era como una especie
de misterio. Me decía: Bueno, te lo voy a dar y me dirás, sutilmente, qué. Era
algo subrepticio, no era una comunicación abierta. Así me daba los libros.
—¿A qué edad leíste a Lispector?
—Como a los 17…
—Sé que has trabajado sobre ella, y entiendo estás
enemistada un poco con la lectura que la suscribe únicamente a la parte
feminista. Tus personajes también son mujeres y podrían predicarse cosas
similares, ¿cómo te sentis con respecto a esa lectura?
—Creo que me resulta natural escribir personajes femeninos.
Ahora estoy escribiendo otra vez uno femenino… Me parece que me es más natural
contar una historia protagonizada por una mujer. Me han marcado dos cosas muy
opuestas. En el caso de la primera novela me decían: tu personaje tiene que
sufrir. Si está atravesando una transformación de esa naturaleza, si le están
saliendo escamas, le está cambiando la visión, la lengua, el olfato, entonces
tiene que sufrir. Y yo decía que no, porque el asunto precisamente en la novela
es que esto es un ascenso en la escala evolutiva, ella está mejor en el mundo
de esta manera. Fui muy necia al sostener eso. En cambio, en El beso de la
liebre, me dicen que le hago cosas horrorosas a mi personaje, que cómo puede
ser que le haga esas cosas…
—Pero tampoco sufre, ni se angustia, Hipólita. Quizás porque
tiene superpoderes.
—No sé por qué, quizás porque es parte de la vida, la parten
en muchos pedazos, la decapitan, pero eso pasa también de otras maneras en la
vida y es una representación de eso, esa pérdida de miembros y extremidades que
sufrimos. Para cerrar la idea, diría que son tratamientos muy distintos de
personajes femeninos. El primero es instrospectivo, más formal, más preoccupado
por una forma muy cuidada del lenguaje. Creo que la literatura escrita por
mujeres es una de las escrituras que más me interesan, porque soy mujer, y me
interesa leer y escribir acerca de eso.
—Además de Lispector, ¿qué otras escritoras te interesan?
—Me interesa mucho la escritura extraña de Amparo Dávila,
que es terrible y sutil. Ella está hablando de cosas realmente muy duras y sin
embargo logra hacerlo de una manera que se podría llamar elegante, y eso me
gusta.
—También aparece la cuestión de la medicina como arte que
interviene los cuerpos en ambas novelas. ¿Cómo trabajaste eso? ¿Te
documentaste, es algo que te obsesione?
—Sí, entrevisté a un médico que hizo el primer transplante
de brazos de Latinoamérica, en México. Él me preguntó: ¿Por qué te interesa
esto? Y bueno, yo no supe bien qué contestarle. En mi familia hay varios
médicos, son ortopedistas todos. Sin embargo, no soy muy valiente para ver
cirugías ni nada de esas cosas. Mi hermano ponía cirugías en la casa, en la
televisión, grabadas, y yo no me atrevía a verlas, me daba mucho horror. No sé
si ahora podría aventurarme, ahora que lo estoy diciendo se me antoja.
—A veces esas visiones que tenemos de chicos de lo que no
queremos ver pero vemos de refilón son las que nos marcan más.
—Sí, son además muy apreciables, porque creo que son como
pequeños núcleos que tienen mucha potencia de significado. Pequeñas bombas que
cada uno tiene en su historia y a las que puede recurrir y puede desenmarañar y
comprender un montón de cosas a través de esos recuerdos.
—Una cantera de horrores.
—Sí, claro, algo de lo que ir tomando elementos.
—Sé que tu papá te regaló un diario de chica y empezaste con
eso, ¿no? Es el formato un poco de El animal sobre la piedra, el de diario.
—Sí. Estábamos de viaje y entramos a una juguetería. Había
una pared con diarios rosas, azules, violetas, con dibujitos muy cursis, y mi
papá me dijo: ¿Quieres un diario para escribir? Era de estos que venden con
candadito, y a mí me parecía increíble tener algo que podía, por el momento,
ocultar y tener resguardado. Y poder escribir ahí lo que se me diera la gana.
Eso fue muy atractivo para mí y ahí lo tengo, desde luego, no sé si lo volví a
abrir.
—¿Eso fue lo primero que escribiste?
—Sí, mis primeras incursiones en la escritura fueron mis
diarios.
—En tu primer cuento había un monstruo, ¿no? Lo monstruoso
ya estaba presente desde el principio.
—Sí, también estaba de viaje, estábamos con mi mamá en un
centro comercial y de pronto había mucha gente y me pareció muy interesante la
idea de imaginar que entraba un monstruo a ese lugar. Imaginar qué iba a hacer
la gente al verlo, para dónde iban a correr, en dónde se iban a esconder. Creo
que el cuento era muy breve, lo escribí en una servilleta, e hice un dibujo. En
El animal también hay algunos dibujos. En realidad, era como si hubiera
tachoneado la hoja, esta manera de rayar la hoja que uno no cesa y entonces la
hoja se rompe. Así era el monstruo.
—¿Y escribías poesía?
—Sí, tengo unos poemarios que no he publicado. Era lo que
escribía hasta que me dije: voy a hacer una novela. Me acuerdo que lo hablé con
mi abuela, que todavía vivía, y empzamos a conversar sobre de qué podía ser. En
aquel tiempo era la historia de una mujer que hacia un viaje, bastante alejada
del resultado final. Empecé a escribir cosas. El primer tratamiento de ese
texto me fue llamando, me tardé mucho tiempo, estaba pensando y haciendo otras
cosas y volvía a ese texto inicial que sufrió muchas transformaciones hasta
convertirse en el libro.
—Se llamaba Terciopelo en su primera versión, ¿por qué?
—Por la composición de la tela, que tiene dos urdimbres y
una trama, y hace esta cuestión, como que brilla por un lado pero también al
pasarle la mano tiene movimiento, por los hilos… Yo quería escribir una
historia sobre todo que fuera ambigua, donde estuviera jugándose todo el tiempo
la posibilidad de que el lector juzgara si realmente estaba pasando que ella se
transformase en este animal o no. Parece a veces que sí, pero no del todo.
Quería hacer ese juego de doble vista, de movimiento.
—¿Recordás cómo fue el momento, después de esos cinco o seis
años, en que la diste por terminada?
—Fue bastante física la sensación. Yo me fui muchas veces a
Tepoztlán, cerca de la Ciudad de México, a escribir ese libro. Y llegué al
final de esa historia una tarde y pensé que era el final, no tenía la menor
duda. No se por qué. Y qué tristeza que la terminé, sentí que me podría haber
quedado escribiéndola. También creo que a veces se trata de eso; uno publica
distintos libros, y se ha dicho mucho sobre esto, uno está muchas veces
escribiendo el mismo libro. O tienes las mismas inquietudes.
—¿Cuales creés que son las que más persisten en vos?
—Creo que la pregunta sobre la identidad, sobre quién soy.
Es algo que no se puede responder, entonces me lo pregunto una y otra vez
porque creo que no somos susceptibles de ser definidos. El cambio es continuo.
Tengo muy mala memoria, por ejemplo, entonces a veces tengo la sensación de que
no soy yo la misma de antes, pero es una sensación bastante verídica, entonces
esa descomposición de la memoria también me interesa. El cuerpo, las
posibilidades del cuerpo. El otro día me contaban de un escalador que se fue de
la plaza de un pueblo a un volcán, en México, corriendo, porque quería romper
un récord y hacer algo así, extraordinario. Cuando escucho esas cosas u otras
que tienen que ver más con historias de curación, de gente que iba a morirse y
de repente resulta que se curan, eso… Hay posibilidades del cuerpo que me
parecen asombrosas. Y también es extraño estar dentro del cuerpo, estar a la
vez un poco contenido y en expansión.
—Esa preocupación se ve también en la maternidad como tema.
El beso de la liebre comienza en el útero, Hipólita en el vientre de su madre,
e Irma está embarazada –y además se embaraza casi sin necesidad del hombre, con
autosuficiencia. El embarazo como situación en la que hay un cuerpo dentro de
otro cuerpo, que se parece a la preocupación también tuya de escritor habitando
al personaje.
—Me interesa mucho también la idea de estar habitado por
otros, creo que todos estamos habitados por otros. No distinguimos de manera
natural a veces de qué modo lo que otros nos han transmitido y compartido es
parte de nuestra composición más profunda. Esa cuestión del ser, es como el ser
de Madame Noël en El beso de la liebre, esta composición de muchos pedazos de
piel para hacer un ser nuevo es realmente algo que me parece fascinante. Qué
ves cuando estás con una persona y la miras a los ojos, qué otras personas hay
allí —que son personas reales, es decir históricamente reales, amigos suyos,
hermanos, padres, lo que sea, pero también qué otras identidades hay formuladas
dentro de cada uno de nosotros. Lo que decíamos hace un momento: de qué modo el
recuerdo que es un núcleo que en un momento explota y nos puede hacer girar la
cabeza asustadas, de qué modo nos podemos detener ante algo que no sabemos de
dónde viene. Todas esas preguntas sobre la vida interior me parecen muy inquietantes,
muy sabrosas.
—Es interesante el lugar que les das a los animales. Irma
convive con un oso hormiguero, producís sistemas en los que los animales y los
seres humanos están puestos en el mismo nivel.
—De hecho, hay un gato que entra, al principio de El animal
sobre la piedra, al cuarto y orina. Hay un punto, una perspectiva que no tenía
tan clara pero sí, considero que los animales… ¡Es que creo que hay muchas
cosas que realmente no sabemos! ¡En general! Pero sí creo que con los animales
se puede establecer un vínculo profundo, hay personas que hablan con sus
animales, yo lo hago con mi gato, sé que hay mucha gente que cree esto. Y ese
orden en que los humanos están con los animales en igualdad me parece el orden
natural de las cosas.
—Y con respecto al futuro que imaginás en El beso de la
liebre, ¿de dónde vienen estas visiones en debacle?
—Creo que estamos no muy lejos de que ocurra algo así. Estas
estructuras existen y hay una procuración de uniformar, desde cómo vestir hasta
uniformar las conciencias, el pensamiento, anular las diferencias. Creo que es
algo que está ahí, que es muy visible. Mi interés va hacia la recuperación de
esas particularidades. Por eso también me gusta mucho meter señas particulares;
cicatrices, lunares. Todas esas cuestiones que hagan visible la individualidad,
esa manera especial de cada uno de nosotros. Creo que de pronto hay muchas
cuestiones dadas en nuestra sociedad que nos quieren alejar cada vez más de eso
que nos hace ser a cada uno, único.
—¿Lo leerías como un libro de ciencia ficción?
—Sé que tiene elementos que corresponden a la ciencia
ficción. Pero a mí lo que me ha interesado en estos dos libros, y en el libro
que estoy ahora trabajando, es hacer algo distinto, uno de otro, aunque existan
estas preocupaciones constantes. Me gusta que sea cada uno separado en su
tratamiento, a pesar de que aparezcan mismas inquietudes. No me gustan tampoco
mucho las etiquetas, son cosas que nos sirven para clasificar, claro, pero a
veces creo que dejan mucho de lado. Es como una especie de visera.
—Ray Bradbury decía que al escribir hay que usar el teclado
como una ouija y escribir cosas que una no sabía que sabía. ¿Te sentís
identificada?
—Sí, ¡eso es lo espeluznante! Hay mucho de predicción en
estos libros que yo escribí. Justo eso: saber que una escribió algo que después
se manifiesta, y que quizás una no lo tiene claro porque es una especie de
trance, está en la lectura que tiene de su propio texto cuando lo está
escribiendo, y no te das cuenta, pero de pronto ahí está y es un llamado a
situaciones que son realmente singulares. No diré muchos detalles al respecto
pero, por ejemplo, en El animal sobre la piedra yo encontré muchas cosas que
después viví.
—Dijiste en una entrevista con Andrés Hax que escribir es un
peligro. ¿Por qué?
—Sí, porque cuando lo dije lo sentía, después lo comprobé.
Ahí dije: siento peligro cuando escribo. Y después me di cuenta que escribir es
algo peligroso, una no regresa de la misma manera, ni completa, ni feliz en
oportunidades. Muchas veces es un acto bastante peligroso, sí, bastante de
orilla. Un acto que sucede a la orilla de la conciencia, entonces a veces se
pueden tomar caminos que uno no alcanzó a vislumbrar bien o de los que es
difícil volver.
Daniela Tarazona: “La inquietud es mi principal alimento"
Entrevista a Daniela Tarazona en Revista Ñ
Otros caminos. A contracorriente del realismo en boga,
Daniela Tarazona explora el borde entre lo extraño y lo fantástico.
Su primera novela El animal sobre la piedra (Entropía) es de
una perfección asombrosa: una mujer va mutando en reptil, en animal
prehistórico, y ese tránsito es descripto con minuciosidad, gozosamente. La
segunda, El beso de la liebre (Alfaguara), combina rasgos genéricos del cómic,
la mitología y la ciencia ficción; sucede en un presente global y decadente, en
un territorio cuya identificación no importa. Su protagonista es también
femenina y tiene superpoderes. La tercera, todavía en proceso de escritura, es
sobre una mujer que atraviesa el tiempo. Daniela Tarazona, una de las voces más
impactantes de su generación, es parte de la comitiva mexicana. Estará presente
en tres mesas de la Feria junto a escritores mexicanos y argentinos y en un
evento en el Malba el 11 de mayo.
–Tu novela El animal sobre la piedra narra un viaje y una
metamorfosis, en ambos casos se parte hacia lo nuevo y desconocido. Más allá de
lo doloroso de dejar la propia piel, enfatizás que se trata de una
transformación gozosa. ¿Por qué?
–Supongo que se debe a la necesidad de escribir sobre la
experiencia vital, y la vida es cambio continuo. Cuando escribía El animal
sobre la piedra pensaba que el cambio de Irma era gozoso porque no quería que
el personaje pudiera verse como una víctima. Los lectores de un taller, en
aquel entonces, insistían: “ella debe dolerse, debe sufrir”, y cuando les decía
que para ella la transformación era un ascenso en la escala evolutiva, dejaban
de insistir. ¿Dejar la propia piel es doloroso? Sí, me hice esta pregunta. Es
doloroso perder las cualidades anteriores, eso que llamamos talentos,
habilidades. Sin embargo, tras el cambio, aparecen nuevos atributos –como le
sucede a Irma– y es cosa de vivir con esos nuevos talentos y dejar de
lamentarse por los que se perdieron.
–En este libro se rozan los temas del trauma ante la muerte,
del dolor y la maternidad. Parte de su extraordinario impacto en el lector
tiene que ver con la sutileza con que se abordan esos temas, con lo enigmático
de las situaciones. ¿Cuál es tu búsqueda estilística? ¿Qué es lo que más te
interesa lograr?
–Que el lector no quiera irse. Atraparlo como si cayera en
una telaraña. Eso, casi siempre. No sé si tenga una búsqueda estilística
definida. Así como me gusta leer historias que se arriesgan en su forma, busco
narrar de la manera más adecuada lo que estoy contando aunque implique un
riesgo. Esto es: cada historia busca su forma. Por otra parte, la reunión de
las palabras que componen un texto son invocadas desde la inquietud. La
inquietud es mi principal alimento y espero contagiarla a los lectores.
Considero que se puede contar algo simple de manera extraordinaria. Lo más
complicado es encontrar el tono que seduzca al lector.
–Tanto en esta novela como en El beso de la liebre la
narración parece borrar sus propias pisadas, los hechos no siempre parecen
formar parte de un encadenamiento. ¿Dirías que esta es una marca de tu
escritura?
–Sí, puede ser una marca de mi escritura. No me interesa
contar nada de manera lineal porque no creo que la vida se experimente así. Enfrentamos
un suceso y recordamos otro semejante o lo relacionamos con otro hecho perdido
en nuestro tiempo vital. No me interesan las ideas absolutas y tengo pocas
certezas. El encadenamiento de los hechos sucede en “desorden”, aunque eso no
quiere decir que su devenir sea ilógico; me refiero a la inmensa cantidad de
asuntos que desconocemos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Me
detengo en lo que no se entiende a golpe de vista. Los enigmas están por todas
partes. La civilización contemporánea pretende hacernos creer, bajo el
dinamismo de su información e imágenes, que la mayor parte de las preguntas
sobre el mundo y la vida del hombre han sido respondidas. Yo creo que sabemos
muy poco. Y muchas veces ignoramos nuestra propia composición interior.
–En ambas novelas se trata de mujeres con “cualidades
únicas”. ¿Por qué esta recurrencia?
– He preferido escribir historias de personajes femeninos
porque soy mujer. Me interesan los personajes anómalos. Es una vocación
antigua, me entiendo mejor con los espíritus deformes. Las cualidades únicas
son, obviamente, las que nos distinguen de los otros. No sólo seremos
reconocidos por nuestras señas particulares si tenemos un accidente fatal.
Nuestra particularidad existe. Tal vez esa recurrencia de escribir sobre
mujeres con cualidades únicas se repita pues la protagonista de la novela que
estoy escribiendo atraviesa el tiempo. Lo hace sin darse cuenta hasta que está
del otro lado del tiempo.
–¿Frecuentas otros géneros?
–Antes de escribir narrativa me dedicaba a la poesía. Y
tengo varios cuentos publicados. Pero la novela es mi género favorito: permite
estar sumergida en un mismo tema durante periodos larguísimos de tiempo,
obsesionarse con la historia y los personajes, con sus misterios. Me gusta la
mirada horizontal que abarca la novela, su más allá: la línea frente a los
ojos, ese extraño destino de los personajes: un secreto que va revelándose poco
a poco.
–¿Con qué escritoras y escritores argentinos sentís
afinidad?
–He leído con fascinación libros de Carlos Ríos, Roque
Larraquy y Fernanda García Lao y siento afinidad con sus temáticas, los puntos
de vista y el humor que presentan sus textos.
–¿Qué autores mexicanos recomendarías?
–Cristina Rivera Garza, Julián Herbert, Carla Faesler,
Valeria Luiselli, Luis Felipe Fabre... La escritura mexicana atraviesa un
momento excelente.
Yo creo en ti. Subjetiva de nadie (Fragmentos de un diario crítico), de Marcos Vieytes
Por José Miccio para Bazar Americano
1
Al comienzo de
Subjetiva de nadie Marcos Vieytes dice que el inventor del cine es Dios. En la
página 88 se pregunta si no será obra del diablo. La posible contradicción
(habrá argumentos teológicos para explicar que lo que inventa uno lo inventa
también el otro) es menos importante que el ámbito del que proceden los dos
demiurgos. Porque si hay algo que se puede decir de Subjetiva de nadie sin
demasiado temor a equivocarse es que se trata de un libro religioso, como
parece serlo todo lo que tiene que ver con el
amor cuando el amor se toma en serio. Casi no hay página que no recuerde
al cristianismo. Vieytes dice que las imágenes cinematográficas de Romy
Schneider son ofrendas, que Terence Fisher es un satanista católico, que Mario
Bava es un multiplicador de panes y peces, que John Ford es la Biblia, que
Godard es Adán. Lo mismo que pasa con los directores pasa con las películas.
Wake in Fright es Génesis y Apocalipsis. Huracán, Antiguo y Nuevo Testamento.
Obviamente, a la palabra satén sigue Satán.
Pero antes que del
vocabulario cristiano – que bien podría ser solo retórica – la fuerza religiosa
del libro procede de su tono. Subjetiva de nadie no viene de un sacerdote con
autoridad y doctrina sino de un místico. O de un tipo como el Robert Duvall de
El apóstol, sacudido por palabras que parecen tenerlo como médium. Vieytes
escribe de cine entusiasmado. Es decir, poseso. Los pocos conectores que usa
hablan en parte de ello. Hay, por supuesto, algún por otra parte, algún por un
lado, algún entonces. Pero lo que hay fundamentalmente son oraciones largas,
adición y subordinación, comas y más comas. Los argumentos levantan la cabeza
de entre una sintaxis abigarrada, no se acomodan uno detrás de otro,
coordinados de manera clara y distinta. Podría ser una catástrofe: mala
literatura que habla de cine. O peor: otro caso de semiología hermética
perpetrado por la anticinefilia. Pero no. Es un trip. Contra su propio
subtítulo, hay que decir que más que un libro de crítica, y más que un diario,
Subjetiva de nadie es el cuaderno de notas de alguien interesado en ciertas
sustancias. La droga en este caso se llama cine, y de lo que sucede cuando el
cine entra en el cuerpo de Vieytes se trata todo.
He aquí un fragmento
ilustrativo y notable:
“La idea es delirante, genial, desmesurada, propia de un
subproducto del cine de terror europeo tan sugestivo y poético como acabó
siendo Horror Express (1972) de Eugenio Martín (Gene Martin para la
distribución internacional), protagonizada por el dúo dinámico de la Casa Hammer
que formaron para siempre Christopher Lee y Peter Cushing, trasplantados a esta
producción con director español, Telly Savalas haciendo de cosaco, Alberto de
Mendoza fagocitándose la película al dárselas con todo desparpajo de monje ruso
medio loco y medio brujo, más desatado aún que la suma del Rasputín histórico y
del mítico, un par de mujeres filmadas de verdad, un monstruo simultáneamente
material y metafísico, un tren que atraviesa el nevado desierto siberiano, tres
o cuatro secuencias que asustan como pocas, un silbido sibilino y asesino, ni
un solo plano irrelevante debido al imán iconográfico del reparto, y ese
momento maravilloso en el que, tras cazar y dar muerte al monstruo o a una de
sus encarnaciones, Peter Cushing le hace la autopsia para encontrarse con la sorpresa de que en el
ojo tiene grabadas – talladas, registradas, impresas – imágenes solamente
visibles a través de la lente de un microscopio. Pero eso no es todo, también
se revelan milenarias y extraterrestres. Algo así como si Dios hubiera tenido
una cámara y mandara home movies desde el cielo, películas de su panorámica
cenital. Solo que estas resultan ser las de un demonio, especie de subjetivas
cenitales de Satán en caída libre hacia la Tierra tras su derrota bíblica a
manos del arcángel Miguel. ¿Quién no pagaría la entrada – digo más: quién no
vendería su alma por ver esta película?”
Leer una aventura teológica de este tipo en Godard es fácil,
porque hay una marcada predisposición a encontrar en sus películas revelaciones
de todo tipo. Leerlo en una fascinante y olvidada película de terror de los
años 70 le da al libro de Vieytes un interés bien propio, independiente de la
dignidad que dan los grandes nombres y los elogios seguros.
2
Quien haya leído El
Amante en sus últimos años de existencia en papel sabrá de donde procede
fundamentalmente Subjetiva de nadie. Buena parte de los textos – sino todos –
aparecieron antes en la revista. Incluso han quedado marcas de tiempo
curiosamente desatendidas, como la referencia a la última década del cine de
Bellocchio, que se establece no desde 2014 sino desde 2010, año del estreno en
Argentina de Vincere y del número de El Amante para el que Vieytes escribió una
nota con poema. (La idea de diario explicaría esto con sencillez, pero no hay
ninguna fecha). El pasaje de la revista al libro tiene consecuencias profundas.
Es bien sabido: el libro otorga (impone) una coherencia que la edición
periódica no exige. El libro espacializa el tiempo. Antes significa atrás. Sin
un prólogo que avise de su historia, por el solo hecho de aparecer juntos, los
textos publicados durante varios años se vuelven todos contemporáneos entre sí,
hijos del día de su aparición entre tapas, como parte de una editorial y un
catálogo. El prestigio que confiere el libro no está libre de tributos. El
libro pide unidad, líneas de fuerza, arquitectura. Una contradicción - o cualquier cosa que la ortodoxia obligue a
pensar de esa manera – entre algo dicho en 2009 y algo dicho en 2014 cambia de
estatuto si pasa a ser una contradicción entre algo dicho en la página 34 y
algo dicho en la página 243. El libro es un disciplinador fenomenal. Cuanto más
fuerte es la coherencia, mayor es la virtud. Ni la novela ha logrado remover
esta superstición (de ahí que tanta gente piense todavía que César Aira manda
fruta).
Vieytes no es
insensible a esta presión libresca. Subjetiva de nadie está cosido con hilos
más robustos que los de la compilación. Los mismos textos leídos en El Amante
son otros textos porque el entramado del que forman parte es completamente
distinto. Lo más evidentemente singular es el modo en que el discurso sobre el
cine comparte ahora espacio con fragmentos autobiográficos. No es que una
anécdota de la vida de Vieytes dispare una reflexión sobre tal película o tal
director, como ocurre tan a menudo en el ensayo. Eso pasa algunas veces. Al
comienzo, por ejemplo, un juego que le hizo un amigo de su padre cuando era
pibe lleva a Vieytes a hablar de Melville y Johnnie To, y a poner de alguna
manera todo el libro bajo la protección de películas como Un flic y Running Out
of Time, en las que al cine se juega “sin culpa ni causa”. Pero hay párrafos y
párrafos que funcionan paralelamente al análisis vertiginoso que constituye el
corazón del libro. El efecto es notablemente orgánico: cuando habla de cine
Vieytes parece metido en algún tipo de viaje transpersonal; cuando habla de sí
mismo repone el yo que las películas y la crítica le borronean. De Herzog a la
mujer que lo cuidó durante su infancia, de los caminos de Kiarostami a
Polvaredas, el pueblo de su madre, Vieytes juega a encontrase y perderse todo
el tiempo, como un chico en el laberinto de espejos deformantes o algún
personaje de Rivette.
Para completar la
descripción, a la crítica y la autobiografía hay que sumar todavía un tercer
género (la palabra es indispensable y confusa). Siempre a pie de página
aparecen poemas (alrededor de cincuenta), con sus versos y estrofas divididos
por barras. El lugar que ocupan, la letra chica y la falta de verticalidad
hacen de Subjetiva de nadie también un poemario tímido.
3
En la memoria
desjerarquizada de Vieytes Godard llama a Del Toro y Mario Bava a Bresson.
(Otro par inesperado: Ferreri y Ted Kotcheff). Lo único que puede reunir un
conjunto de directores tan poco afines entre sí, tan reacios a la doctrina, es
la cinefilia, ese modo de vincular el cine y la vida (y en un punto
confundirlos) que persiste hasta hoy a pesar de las acusaciones de ingenuidad
teórica e ideológica que siguen cayéndole encima. Subjetiva de nadie es un
libro ultracinéfilo. Lo que quiere decir también: un libro feliz, inocente,
enfermo, irresponsable, intransitivo. La cinefilia, es cierto, resulta pobre si
se le pide solvencia epistemológica. Su causa ha sido siempre el placer y el
gusto razonado. Al no ofrecer más que un simulacro de sistema, una pobre
interpretación histórica y un puñado de peticiones de principio dejó un margen
amplísimo para el goce del arte y el entretenimiento. Los cinéfilos no escriben
tesis sino libros con títulos como Las películas de mi vida. Y frases como
estas, tan poco aptas para los discursos del decoro. “No he visto de un tirón
casi ninguna película de Godard o de Marker” / “Todas las películas de
Verhoeven me calientan” / “Nunca me voy a olvidar de las tetas de esa mujer a
punto de estallar bajo el corset mientras Delon la busca por los pasillos de un
palacete abandonado”.
Algunos cineastas de
los que habla Vieytes: Pialat, Buñuel, Ford, Almodóvar, De Palma, Tourneur,
Sokurov, Mizoguchi, Errol Morris, Oshima, Bigelow, Carpenter, Tarantino,
Bellocchio, Fesser, Jackie Chan. (De Argentina, solo unas palabras veloces para
Favio y Caetano). Especialmente valorable es la atención que le dedica a Claude
Sautet, un director estupendo, considerado muy por debajo de sus virtudes y
confundido a veces con el academicismo francés. Vieytes tiene el coraje de
declararlo maestro del plano y contraplano, un procedimiento de montaje que la
crítica con aspiraciones de modernidad automática rechaza con aplomo (Negarse
al plano-contraplano es un acontecimiento político / El plano-contraplano es
fascista, por recordar dos despropósitos) para abrazar a cambio el mundo de
infracciones simples propias del cine bien educado, y aberraciones
universitarias como el denominado documental de creación, a esta altura un
género en sí mismo. (A Vieytes le gusta, hay que decir).
Alguien podría
pensar, teniendo en cuenta los cineastas mencionados: de lo alto a lo bajo, de
lo bajo a lo alto. Pero, ¿quién va en cada nivel? En el universo de Subjetiva
de nadie el trascendentalismo ruso de Sokurov no es más valioso que las
coreografías del chino Chan. Virtud nada menor de Vieytes: bancarse su capricho
sin melindres, negarse a redimir películas poniéndolas bajo la protección de
otras más prestigiosas o llenando la página de nombres respetables. Contra los
corazones académicos y rigoristas, los cinéfilos saben muy bien que el hecho de
que Deleuze haya hablado bien de Terence Fisher habla bien de Deleuze, no de
Fisher. La vocación (la fe) cinéfila podría definirse con estas palabras de
Vieytes: “Porque el espíritu sopla donde quiere, incluso en un peplum. Y cuando
esto sucede, su efecto, por inesperado, es todavía más poderoso que el de una
obra maestra”. O con estas otras: “Tarantino se vale de un cine desatendido por
los estándares del buen gusto para demostrar que el goce está más allá del
prestigio, y que puede hallarse en cualquier pedazo fortuito de celuloide”.
En fin. Uno se puede
enojar con esta afirmación o con aquella, dejar de leer pronto los poemas,
preguntarse por qué Vieytes habla solo de películas que lo entusiasman,
extrañar algunos nombres, renegar de otros. Pero es difícil que alguien no
sienta que Vieytes escribe. Se nota en cada párrafo que el deseo es lo único
que mueve el libro hacia adelante, y el convencimiento de que no se pide perdón
ni se anda uno con chiquitas cuando se habla de lo que nos sostiene en pie. De
ahí la moraleja. Nadie debe confiar en alguien que admira todas las películas
que se deben admirar, que carece de pasiones indecorosas o se mueve por la vida
tanteando opiniones ajenas, ganándose la honra. Nadie debe confiar en las
personas respetables. Hay algo pobre en ellas. Algo exangüe. La gente seria
sabe apreciar lo que fue hecho para merecer su elogio, y decir las palabras que
apuntalan su decencia, y sumar documentos a una futura sociología del arte,
condenada a dilucidar cómo pudieron gozar de favor unos procedimientos y unas
razones que se adivinaban ya en su tiempo injustificables. Vieytes no es un
tipo serio ni aspira con su libro a la respetabilidad, y eso le basta para que
Subjetiva de nadie gane lo primero que un libro debe ganar para sí: un fervor
propio que bien podemos llamar derecho a ser leído.
(Actualización mayo - junio 2015/ BazarAmericano)
Dos libros
Sobre Cuento para una persona, de Laura Petrecca
Por Damián Tabarovsky para Perfil
Cuento para una persona, editado por Entropía, es el tercer
libro de Laura Petrecca (Buenos Aires, 1985). Está escrito con una deliberada
ambigüedad (no sólo de género: ¿es poesía? ¿Es una novela? ¿Una nouvelle, como
anuncia la tapa del libro? Preguntas que a esta altura no tienen ya casi
sentido), pero por sobre todo con una sintaxis perturbadora que se cuela, se
filtra y se expande por la violencia en que se escanden los versos. Escandir
–es decir: salirse de truco de escandir como recurso de taller literario– no es
un arte fácil, y Petrecca lo logra con autoridad. Y si digo violencia es porque
el balbuceo (el tartamudeo, escribe Arturo Carrera, como una cita a Deleuze, en
el paratexto del libro) detrás de esa fachada de levedad, de indefinición
topológica (va para acá, va para allá), esconde –es decir, exhibe– una
formidable violencia sobre el sentido, al que coloca en la indefensión de la
demora, del extravío. Compacto, Cuento para una persona parece desconfiar de la
búsqueda de la frase perfecta (búsqueda fallida de antemano) y concentrarse en
el flujo de los párrafos, en la circulación de la tensión interna de texto:
“Cuando él salió/ ella se dio cuenta que hacía mucho/ no sentía una
tranquilidad tan cierta.”
miércoles, mayo 06, 2015
Subjetiva de nadie, de Marcos Vieytes
Por José María Gómez
“En cine, la cámara objetiva es aquella que representa lo
que ven los espectadores. Cuando la cámara se identifica con el punto de vista
de uno de los personajes, es decir, nos identificamos con lo que éste ve, se
denomina cámara subjetiva” (La Literatura en las Artes Combinadas 1 Ficha de
cátedra: Términos cinematográficos Realizada por: Lic. Mónica Gruber)
“De repente termina la película. Sobre la pantalla, gastada,
carraspea la cinta, se ilumina la sala tenuemente, miramos hacia atrás. Los
hombres quietos. Sobrevivientes todos de batallas perdidas.
Como muertos.
Esperan.
Otra película.
Mientras dure la cinta olvidarán” (fragmento de la novela
“El cine de los sábados”, de José María Gómez)
La subjetiva de Vieytes
Como un verdadero amante del cine, Marcos Vieytes, el autor
de este libro fascinante, nos lleva de la mano, haciéndonos luz en el camino,
hacia uno de los fenómenos más complejos y relevantes de la modernidad:
precisamente el cine, es decir, el sistema productor de imágenes más
espectacular que rodea a nuestras vidas. ¿Existe una vida sin el cine, existe
una vida sin imágenes? Las bastardillas son a propósito, términos de un posible
cuaderno de bitácora para adentrarnos en el libro. La tarea es para todos los
afortunados que lo lean, yo ya hice mi tarea, es decir, me dejé ganar por la
apuesta de la obra y cada uno deberá corresponder por sí mismo a las imágenes
que provoca su lectura y al despliegue meticuloso de estas. Como cuando uno
mira una película.
Como un verdadero intelectual, Marcos Vieytes hace foco
(encuadra, recorta alguna realidad, dirige una mirada, hace plano, etc.,etc.)
en un determinado campo artístico (la cinematografía) y lo hace a través de las
realizaciones concretas (las películas: cientos, muchas de ellas no las hemos
visto y no las veremos jamás) pero no para criticarlas (en el sentido de la
conocida actividad profesional que reseña aspectos técnicos y argumentales de
un filme) sino para adentrarnos en el fenómeno, el hecho, la cosa, y salgamos
de eso sabios, es decir, provistos de un ropaje de cuya necesidad no habíamos
reparado todavía –a pesar de que vivimos en el cine–, y apropiados de un bagaje
cuyas consecuencias nos perseguirán (como un
perro andalúz, por decir algo) y que era hora de que nos diésemos
cuenta. A mí me pasó eso, y aquí lo digo, con todas las letras, al igual que el
autor me lo hizo saber (y ver) con todas las imágenes a las que remite en
extensión y con profundidad. Extracto solamente un párrafo del libro, cuando habla
de un director de cine: “… erige su catedral… hecha de sombras tan precarias
como el celuloide, materia de la están hechos nuestros sueños…”, dice, casi al
final.
Aún así, una de las características mas sorprendentes del
libro es que Marcos Vieytes se remite a sí mismo todas las veces, a su mirada
particular, su subjetiva, y sin escatimar las consecuencias: como nadie y sin
antecedentes en su profesión, el autor pone su propio cuerpo en la estacada
(por medio de referencias autobiográficas, poesías de su autoría, reflexiones
sobre su propio acto de mirar películas o preguntarse, por ejemplo: “¿Por qué
me gusta tanto esa película…”?). Y lo hace porque justamente el libro habla de
eso, no solamente de películas –y de ahí la potencia y la inteligente concepción
de la obra– sino del acto de mirarlas. Y entonces, por esa vía, el libro
adquiere un plus particular, de alguna manera inédito. Y también perturbador.
¿Por qué? Porque no habla solamente de ese acto –con todas las condiciones
intelectuales al servicio de la idea rectora del libro– sino del acto mismo en
el momento de responder a una pregunta, sumamente indiscreta: ¿Quién está ahí,
mirando una película? Y la pregunta no podría ser otra que: “Un hombre”, y, en
este caso, ese hombre es Marcos Vieytes. Subjetiva de nadie, subjetiva de
todos, subjetiva de Marcos Vieytes.
Igual que si la Esfinge, luego del primer acertijo (donde la
respuesta que todos conocemos es: “El hombre”) preguntara, en el colmo de la
indiscreción: ¿Y qué está haciendo? Y la respuesta fuera, es: “Mirando una
película”.
El hombre, es decir, sus deseos, el desgarramiento, también
la soledad –infinita–. Por eso es que se apagan las luces de la sala, para
permitir el encantamiento, para no ver a los demás en las butacas, estar solo
mirándose al espejo. Ver películas es como estar frente a un espejo. Ese espejo
es terrible porque es vasto, abigarrado, multicolor, y sólo los que saben lo
que están haciendo (los creadores) consiguen en algún momento componer una
imagen, una sola, y que sea capaz de dar cuenta de todo el universo; pero no el
universo de todos, sino el del único, irrepetible y particular hombre que está
ahí, en la platea, solo consigo mismo.
Es un ejercicio peligroso.
Se debería ver cine con los ojos cerrados.
Todos los hombres buscan su película, incansablemente, y muy
pocos la encuentran. La felicidad es muy difícil de lograr. A veces está ahí,
muy cerca de nosotros, y es apenas una imagen pero en la que nos reconocemos
completamente. “Padre nuestro que estás en los cielos, la imagen de cada día,
dánosla hoy…”
Sin ninguna duda, “Subjetiva de nadie”, de Marcos Vieytes,
es un gran libro sobre el cine.
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