viernes, septiembre 30, 2016
Contar la vida
Valeria Tentoni entrevistó a Romina Paula para el blog de Eterna Cadencia
Una década (y 60 libros en el catálogo de Entropía) después
de su primera novela, ¿Vos me querés a mí?, Romina Paula publica Acá todavía.
El deseo, el amor, la vida y todas las escenas explícitas –sexuales, mortales–
que reflejan ese triángulo.
"Todas las familias felices se parecen unas a otras;
pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse
desgraciada": las líneas magistrales con las que Tólstoi abre su Anna
Karenina. "Todo lo que se pudre forma una familia", escribió Fabián Casas,
más acá en el tiempo y en el espacio.
"Se parecen mucho lo bueno y lo malo a veces”, aparece
en uno de los diálogo de Acá todavía, el último libro de Romina Paula (Buenos
Aires, 1979). Igual que sus novelas anteriores –Agosto y ¿Vos me querés a mí?–
salió por Entropía, ese sello que la editó por primera vez en 2005. Unos 10
años y 60 libros después, el tomo fucsia es el resultado de un proceso de lucha
entre la tercera y la primera persona. Ganó la primera, aunque Paula lo
explique por la contraria: “Fracasé con la tercera”, dirá en esta entrevista.
“Quizás alguna vez tenga una historia que necesite ser contada en tercera, pero
acá me imponía la tercera, escribía y se me aparecía la primera”.
Podría pensarse que las preguntas que se aceleran en los
tres libros se continúan, aun cuando la disposición no sea lineal; como si las
cosas pudieran continuarse superponiéndose. “La perfección no es posible más
que en el instante”, sabe –porque lo escribe– Paula, y la espiral que recorre
la altura sobre un mismo punto se eleva. Para un lector que las atraviese de
corrido, las novelas podrían conformar un tríptico. Uno que se ocupa del deseo,
de la sexualidad, de la atracción, de las relaciones de pareja, del amor
propio, de la familia y de la soledad. La muerte y la enfermedad, que son
también manifestaciones de la vida, funcionan como escenografías, terreno
propiciatorio.
También actriz y dramaturga, Paula en estos días se
encuentra preparando las funciones de Cimarrón, obra que viene después de
Fauna, El tiempo todo entero y Algo de ruido hace. Ahí trabajó con textos de
Luciano Lamberti y de Rilke, entre otros.
–Acá todavía se puede leer en juego con tu primera novela,
no solo porque comparte escenarios como el Hospital Alemán sino también por las
preguntas que se hacen las protagonistas de cada una. ¿La pensaste así?
–No, no la armé así, en función de la primera. Para nada. En
todo caso son mis temas recurrentes. Pero probablemente sí vuelven cosas,
espero que no de la misma manera. Sí pienso, en ese sentido, que comparten el
mismo mundo de preguntas. Que ¿Vos me querés a mí? trabaja mucho sobre la
sexualidad y ésta también, bastante. En toda la primera parte de Acá todavía
hay una especie de voluntad de reconstrucción del devenir sexual. Anécdotas que
son de distintos estadios de la sexualización. En ese sentido quizás sí, es
como si ampliara ciertas preguntas de la primera, pero desde la evidencia.
–Esa primera novela había sido apenas la tercera del
catálogo de Entropía, sello en el que seguís saliendo. ¿Cómo fue el proceso de
producción ahora?
–La última novela, Agosto, la había publicado en 2009. Esta
fue mutando. Lo primero que tengo escrito es de fines de 2010, a mano, en un
cuaderno. Ahora me doy cuenta de que es un poco de las dos cosas, pero en
realidad tenía ganas de escribir la historia de la protagonista, de Rosa y del
padre, la historia con la enfermera, tenían un lugar más central en esa
versión. De hecho, mi primera idea era: la misma situación, pero invertida. Y,
al mismo tiempo, tenía la fantasía de escribir una novela familiar. No sé ni
qué significa, pero quería escribir sobre una familia. Y al final, es un poco
de las dos cosas, pero ninguna de esas dos a fondo. Por otra parte también
vuelvo muy a lo mío con la primera persona, que no le puedo escapar. Creo que
la fantasía de esa novela familiar era en tercera, también; una cosa más
decimonónica de mirar desde afuera y no, no... Fracasé en eso. Volví a la
primera. Me daba cuenta de que arrancaba en tercera y me encontraba escribiendo
al rato en primera; mi cabeza me dictaba en primera. Entonces era un poco
forzado ir hacia otro lado. Quizás alguna vez tenga una historia que necesite
ser contada en tercera, pero acá me imponía la tercera, escribía y me aparecía
la primera.
–Se marca, de tu escritura, el paso de lo íntimo a lo
universal. ¿Cómo lo ves?
–Es como si no pudiera zafar de ahí. Creo que son cosas que,
al ponerlas en palabras, me las termino de figurar; me las pregunto, y es como
si al ponerlas en palabras tratara de entenderlas. Ni siquiera puedo decir que
escribo lo que me gusta que sea escrito, sino que es lo que puedo escribir. Lo
que me dicto. La cadencia, sumado a los temas y a esa primera persona, pero por
supuesto que hay partes de acá que se pueden sacar de un diario íntimo y a mí
se me borroneó ya también la medida de “esto es lo que escribo en mi diario /
esto es lo que escribo en ficción”. Es una especie de malla, entonces lo
consciente aparece en la mentira y en la ficción, entrelazado con lo
confesional. Eso está creo que en todas, quizás un poco menos en Agosto. Pero
tampoco, porque hay algo de esa primera que está tan pegado a mí... Me pasa
mucho que me dicen: “Voy por la parte esa que estás en el bar”, como si se
tratase de mí y no de la narradora. Pero lo cierto es que, por lo general, las
cosas anecdóticas son inventadas.
–Hay otra cosa que vuelve y es el tema de la muerte, que
está en las anteriores. La enfermedad, el deterioro. Y el deseo que se activa
en esos contextos.
–La muerte siempre está, no sé cómo eludirla, no se puede.
Es cierto que hay algo morboso, de alguna manera. Ahora que lo pienso, tal vez
está vinculado; sin embargo creo que cualquiera que haya vivido una situación
hospitalaria sabe que es un poco así.
–La pregunta por el deseo reaparece, por cómo se configura.
–Creo que con esta novela ya terminé de preguntarme eso. No
solo por la novela sino también por mi edad, por mi momento en la vida; supongo
que evolucionaré hacia otras preguntas.
–En el epígrafe, Mekas dice: “La realidad mensurable termina
en la punta de nuestros dedos: más allá está el abismo”, ¿cómo juega eso con la
estructura del libro en dos partes?
–Las partes se llaman “Todavía” y “Acá”, y lo pensé por algo
tan básico como que el “todavía” es alguien que está a punto de morir, que
todavía está vivo, y el “acá” es como el presente puro de la segunda parte. La
primera parte está escrita como si fuera hacia atrás, retrospectivamente, y la
otra es como si fuera: hay algo que empieza, y no tengo idea de qué es esto que
empieza. Va en el presente, presente, presente. La primera parte se encarga de
cómo es la concepción de la sexualidad con momentos, hitos en la vida de
alguien. Con recortes súper arbitrarios de las anécdotas, donde ahí sí hay mucho
real, pero en la segunda parte es todo inventado, cosas que no sucedieron.
Mientras la iba escribiendo no sabía hasta dónde iba a llegar. Por eso, para mí
también la segunda parte tiene algo medio new age.
–Hay una atmósfera lisérgica, pero quizás sea porque está
embarazada. Hay una novela, también por Entropía, en la que se puede pensar; El
animal sobre la piedra, de Daniela Tarazona.
–Está buenísima esa novela. Es que sí, es lisérgico tener
algo creciendo adentro tuyo. Y los primeros meses no lo percibís; o sea, sí lo
percibís por sus síntomas, pero después está toda la construcción de
voy-a-tener-un-hijo. Pero, en realidad, lo que está sucediendo son unas células
ahí alterando todo. Puede ser parecido al cáncer, de hecho, solo que generando
otra cosa. Son también células fuera de control. Y la segunda parte de la
novela es un poco ese estado para mí, el de embarazo y a la vez cuando todavía
no es nada que puedas observar, cuando es del orden de la fantasía. Cuando
empecé a escribir esa segunda parte no estaba embarazada, pero quedé embarazada
poco después. Terminé de escribirlo en ese estado. Pero esta novela, a
diferencia de Agosto, que sí escribí en orden cronológico, fue escrita en
partes que fueron cambiando de lugar.
–¿Cómo fue el proceso de edición?
–Gonzalo [Castro], uno de los editores de Entropía, también
es mi amigo y leyó esta novela hace bastante y sobre eso trabajé. Y después,
cuando tuve lo que yo pensé era la última versión se las pasé y ahí la leyeron
todos; Gonzalo otra vez, Valeria [Castro], Sebastián [Martínez Daniell] y Juan
Manuel [Nadalini]. La leen todos. Y ahí cada uno hace sus marcas. Son muy
minuciosos y trabajamos mucho, tenemos discusiones alrededor de una frase,
atención en todos los niveles de escritura, cambiamos cosas de lugar... Me
encanta, me parece fundamental trabajar así.
–Cuando escribís narrativa, ¿en qué se distingue tu manera
de trabajar guiones?
–Lo que pasa es que las obras nunca las escribo si no las
voy a hacer, no tengo ahí guardadas obras que nunca hice. Al teatro lo escribo
para hacerlo. Las últimas tres obras que escribí las hice para los mismos
actores, entonces ya tenía esa restricción, la de escribir para ellos, más o
menos con los mismos niveles de producción, más o menos con las mismas limitaciones.
En el teatro la restricción me ayuda a organizarme. Y ahora la última, la que
estoy ensayando, Cimarrón, esa es con otros actores, aunque uno se repite, y
esa tiene muchas citas literarias. Ya venía con la familia de las citas, en
Fauna sobre todo, pero esta arranca desde la primera escena con un monólogo que
es de un cuento de Luciano Lamberti, de El loro que podía adivinar el futuro.
También tomé cosas de Carta a un joven poeta de Rilke, o sea que hay mucha
intertextualidad. Y es más de ideas esta ultima, pero lo que me preguntabas era
narrativa versus teatro: en realidad es un tiempo más acotado el de la
escritura de teatro, y es para la escena. Es raro, pero como que la literatura
me viene más para el teatro, va a parar más al teatro, y en la narrativa me
aparece más algo así como la vida, la necesidad de contar la vida. Lo literario
siempre va a parar más al teatro.
–¿Te acordas de la primera vez que fuiste al teatro?
–Seguramente no sea la primera, pero es la primera que
recuerdo; me llevaron los papás de unos amiguitos al Colón, era un espectáculo
de Pro Música de Rosario. Un grupo de música para niños con instrumentos
medievales. Se ve que me impresionó, el lugar también. De chica no iba mucho al
teatro, mis papás no eran de llevarme. Lo más vinculado a lo escénico era la
comedia musical, en la secundaria, que me encantaba hacerla y me gustaba verla
también, me lo tomaba muy en serio. En esa época fui a ver las de Pepe Cibrián,
El Jorobado de Notre Dame y Drácula. Salí fascinada.
–¿Tus papás a qué se dedicaban?
–Mi mamá es ama de casa. Estudió educación física primero y
cuando nos tuvo, desde ahí, es felizmente ama de casa, muy productiva, ama de
casa como las de antes. Y mi viejo era ingeniero. Trabajaba en una empresa,
primero, y después solo, vendiendo maquinaria para cementeras, representando a
empresas alemanas. De chica me costaba muchísimo entender qué hacia. Si me
preguntaban decía: “Vende máquinas”.
–¿Y en tu casa había biblioteca?
–Había una biblioteca pero muy rándom. Pero mi mamá sí nos
fomentó la lectura. Todas las noches leíamos, mi mamá nos hablaba, de chicos,
en alemán. Nació acá pero su familia es de allá. Todas las noches leíamos
libritos, después cuando ya sabíamos cómo leíamos solos. La noche era leer. La
televisión no estaba tan bien vista en mi casa, igual se miraba mucha menos
televisión por entonces. Ahora que lo pienso, mi mamá probablemente lo haría
más por el alemán que por la literatura. Siempre me gustó mucho leer, en la
primera adolescencia leía muy desprejuiciadamente, no tenía una bajada de línea
de lo que estaba bien y lo que no, así que leía cualquier cosa, lo que llegaba
a mis manos. Después empecé a estudiar Letras y me puse careta de lo que está
bueno y lo que no. Y ahora, recordándolo, pienso que estaba buena esa cosa de
“se puede leer todo”. Mi mamá me compraba libros en el supermercado, por
ejemplo, no estaba el prejuicio de “eso no está bueno”.
–¿Y a escribir te acordás cuándo empezaste?
–Escribía de chica, pero casi todas las nenas tienen, creo,
¿no? un diario. Era inconstante.
–¿Ahora mantenés un diario?
–Sí, tengo diario pero no es diario, es más bien que cuando
quiero, escribo. Un diario donde van a parar cosas que no tienen voluntad de
ficción. Siempre tengo uno de esos cuadernos conmigo, ya son muchos. Hace
veinte años que tengo esos cuadernos. Antes usaba los Rivadavia tapa dura,
primero con rayas, después blancos, y después me fueron regalando otros. Pero
siempre de hoja blanca, porque soy medio obsesiva y ocupo toda la hoja.
–Decías que Acá todavía lo escribiste a mano, ¿no?
–Empezó a mano, sí, a lápiz en un cuaderno. Después lo pasé,
que también es un momento de primera corrección. En esa instancia fue cuando se
me iban muchas cosas de la tercera a la primera persona.
–Además de escribir, actuás, ¿qué disfrutás más?
–La pregunta por el disfrute es más delicada. No sé si diría
que disfruto ninguna de las cosas. Actúo tan poquito que, cuando lo hago, lo
disfruto mucho, pero sobre todo que la responsabilidad total sea de otro.
Cuando actúo con palabras de otra persona, dirigida por otra persona, es como
un alivio. Pero actuar no es algo que podría hacer todo el tiempo.
–¿Disfrutás escribir?
–Por momentos sí, por momentos no. Creo que escribir en sí
mismo sí, siempre se disfruta, pero está toda esa cosa alrededor de cuando no
podés escribir que te llena de angustia. Está casi equilibrado el no poder con
el poder, así que no sé cuál gana.
–¿Te imaginás sin hacerlo?
–No tanto, y creo que casi no estuve sin escribir. También
ahora, a esta altura de mi vida, puedo mirar hacia atrás y decir: parece que
escribo siempre. No todos los días, por supuesto, pero es algo que a través de
los años seguí necesitando hacer.
jueves, septiembre 29, 2016
Falta menos que antes
Tamara Tenembaum escribe sobre Acá todavía, de Romina Paula para La Agenda BA
“Todo el mundo tiene mi edad ahora”, me dijo hace poco una
amiga escritora que tiene 37 y escribió, hace poco, sobre tener esa edad.
Obviamente es un chiste, pero hay algo de verdad. Muchos de los autores que
hace 10 años fascinaban a los que recién descubríamos la literatura argentina
contemporánea, a los que empezábamos a pensar en un escritor como un ser de
jean y zapatillas que te podés cruzar por la calle o en un bar de Almagro,
dejaron de ser jóvenes angustiados de casi treinta para tener, bueno, 10 años
más. Algunos de mis escritores favoritos están entre ellos. Pienso en Pedro
Mairal y Fabián Casas, por ejemplo, cuyas novelas “adultas” leímos en el último
tiempo, y también en Romina Paula (aunque sea más joven que los otros dos), que
acaba de sacar novela nueva después de varios años de silencio. Silencio ante
todo novelístico: su obra de teatro Fauna, aunque ya parezca un clásico
absoluto, es de 2013 nomás. A mí, que los leía a todos ellos de adolescente y
recién ahora reconozco los universos y las frustraciones de las que ellos se
ocuparon siempre, me resulta muy emocionante leerlos a todos tan sabios, como
una luz que espera al final del túnel de los veintilargos. Más allá de la edad
que elijan para sus protagonistas, que es un detalle, es evidente (y Romina
Paula no es la excepción) que de la literatura y de la vida han tomado
lecciones. Lecciones ni lineales ni demasiado claras, pero aprendizajes al fin.
Así me senté a leer Acá todavía, y no me decepcionó; ni cerca.
Son menos de 300 páginas (apenas más de 200), pero Acá
todavía es para bien o para mal una novela larga; ante todo, porque el lapso de
tiempo que cubren esas páginas es bastante breve. El presente de la novela se
ubica en la internación por una enfermedad terminal del padre de Andrea, la
protagonista y narradora. Digo que el presente se ubica ahí porque,
especialmente en la primera parte de la novela, ese punto particular en el
tiempo es una especie de banco de arena en el que hacer pie mientras Andrea
revive recuerdos y escenas del pasado. Esas escenas ya nos dan a entender que
la identidad sexual de Andrea es una parte clave de la novela, y en la segunda
parte se revela no solamente como un rasgo de personaje sino como un elemento
que mueve la trama (pero esta parte es una verdadera sorpresa así que mejor no
arruinarla). Hay algo particularmente interesante que Romina Paula capta en
estos flashbacks respecto de la identidad queer, y es esa mezcla entre la
certeza absoluta y el estado permanente de pregunta. Es más común encontrarnos,
en los personajes gay de la ficción literaria, televisiva o cinematográfica,
con uno de estos polos: el gay que siempre se supo gay y el hetero que duda, o
el nuevo gay que no está seguro. En la Andrea de Romina Paula aparecen las dos
cosas y sin que medie una contradicción, o al menos sin que se acuse recibo de
la contradicción: están las escenas de la infancia, el enamoramiento de una
amiguita de veraneo (una de mis partes preferidas del libro) y esa seguridad
que solo te puede dar el deseo inmediato, no filtrado por las palabras y las
categorías del sexo conversado o siquiera concientizado, y están también las
búsquedas de la adultez, el reconocimiento de que sí, más allá de las
etiquetas, todo es más complejo. Es especialmente interesante también la
constelación de relaciones que Andrea arma con los varones de la familia, con
su papá y con sus hermanos; Romina Paula captura con mucha honestidad lo
contaminado de los vínculos, el punto en que el erotismo y el afecto se
confunden de modos que no son patológicos (o al menos no están patologizados).
La voz de Andrea también es uno de los grandes logros de la
novela; habría que estudiar en la literatura, y particularmente en la
literatura argentina (es un buen tema para una tesis de maestría, por ejemplo,
por si algún futuro magíster nos está leyendo) las marcas lingüísticas y
estilísticas con la que se producen las voces lesbianas en la literatura. Hay
una especie de brusquedad, un desprecio por la suavidad y los voladitos a pesar
de que se trate de una prosa con mucho vuelo y para nada “naturalista”: es una
prosa literaria pero no afeminada. Esta personalidad se introduce ya al nivel
de la sintaxis, del orden de las palabras, de las preposiciones y los
conectores que se eligen omitir. Romina Paula trabaja mucho al nivel de la
oración, al nivel más micro, pero también por efecto acumulativo: se pueden
introducir ejemplos como “Entonces a Dolores prefiero no decirle lo de mis
planes de confirmarme en el protestantismo sino que me finjo católica de cepa y
digo catequesis y padrenuestro y comunión”, en donde ya se ve esa decisión de
usar poca coma, poca pausa y poco adjetivo, pero la voz se construye justamente
en la suma de estas pequeñas elecciones. No es un estilo extraño al de Romina
Paula pero siento que está exacerbado en Acá todavía.
A medida que avanza la novela el presente va tomando más
protagonismo y potencia y las reflexiones se vuelven más accesorias, quizás,
salen del centro de la novela: nos la encontramos a Andrea en el medio de una
especie de comedia de enredos (aunque sin demasiada comedia) que recuerda
mucho, y no solo por los escenarios charrúas, a La uruguaya de Pedro Mairal,
con su puesta en escena de las complejidades de la vida contemporánea pero
mostrando sentimientos y preguntas antiquísimas detrás de los vínculos
posmodernos. Pero a pesar de que los acontecimientos se pongan un poquito más
vertiginosos, la novela sostiene hasta el final el ritmo que le da ese título
maravilloso, “Acá todavía”. Un “todavía” que refiere un poco al ritmo
hospitalario del padre de Andrea, a ese tiempo chicle de las enfermedades (gran
decisión la de que la novela no tenga capítulos numerados ni titulados,
solamente un par de enters cada grupito de páginas: da esa sensación de “en qué
día estamos” que es tan característica de las internaciones largas) pero
también a ese momento justo antes de la adultez en el que uno está esperando que
pase algo que cambie todo, algo que nos convierta inequívocamente en “gente
grande”. Me hizo acordar un poco a “Por ahora”, el título de la serie que
protagonizaban los chicos de Cualca y que aludía también a esa sensación de lo
transitorio, el trabajo que tengo ahora es transitorio, la pareja que tengo
ahora es transitoria, la vida que tengo ahora es transitoria. La novela termina
justo cuando está por llegar, quizás, ese evento transformador en la vida de
Andrea. Pero el verdadero aprendizaje (y en esto creo que la obra se emparenta
con muchas otras obras maduras y sabias) es que no pasa nada: nadie te toca con
la varita mágica y te convierte en una persona de verdad, y la sensación esa de
que vivís en la antesala de tu vida no es más que, bueno, una neurosis
adolescente. Eso que pensabas que era la sala de espera era la vida, y lo que
te queda no es muy distinto. Creo que de esa pregunta es que se trata la novela
de Romina Paula; y me hace pensar también en esto que escribió Cercas hace poco
en El punto ciego sobre las novelas modernas, que glosan y glosan una pregunta
para descubrir, al final, que no había respuesta, o que la respuesta estaba en
ese desarrollo, en ese persistir sin solucionar.
martes, septiembre 13, 2016
París y el odio, de Matías Alinovi
Reseña de Josefina Sartora para Claroscuro
El odio hacia París y hacia Francia toda fluye en cada línea
de esta asombrosa novela de Matías Alinovi, quien se revela como un gran nuevo
novelista. Odio hacia la celebridad instituida de esa ciudad, laudada por
tantos, despreciada por el protagonista, suerte de alter ego del autor, quien
también es físico, quien también es traductor, quien vivió penurias en París,
al parecer. A diferencia de tantos que hemos hecho el peregrinaje cortazariano
por París, su personaje Eladio Marino
desmerece la experiencia de Cortázar y su literatura, pero no puede apartarse
de ellas. (Un capítulo comienza diciendo “¿Encontraría a Maude?”, parafraseando
el comienzo de Rayuela.) No sabemos si por odio genuino, frustración de quien
no puede acceder o no está a la altura del mito, o toda una simulación
pretendidamente iconoclasta, en una suerte de amor-odio muy personal y logrado.
Su nueva novela (la primera había sido La reja, de alguna
manera un homenaje a Casa tomada, justamente, y escrita en verso) atraviesa la
historia de ese traductor que involuntariamente sigue los pasos de Cortázar por
la Ciudad Universitaria y la Orilla Izquierda, hasta dar con un escritor
consagrado. Novela en clave, su personaje Héctor Bianco está basado en la
figura de Héctor Bianciotti, escritor argentino miembro de la Academia
Francesa, a quien la novela describe detalladamente: homosexual, editor de Gaulemard
(=Gallimard), autor de Los páramos plateados (=Los desiertos dorados), ganador
del premio Domina (=Femina), amigo de Topi (=Copi), hasta su hundimiento en el
Alzheimer. Y hay más claves, que no queremos denunciar.
Pero no es ese el único recorrido: hay un inevitable grupo
de amigos bohemios algo decadentes, y entre tantos escritores, todos
obsesionados con París, no faltan los robos literarios; hay un sorpresivo
descubrimiento de secretas galerías subterráneas que unen la campiña con los
túneles de París; y hay un grupo de musulmanes que sembrarán la destrucción y
desolación en todo el territorio francés, donde ya no queda ningún mito por
rescatar, en una reedición europea muy actualizada de la dupla civilización y
barbarie.
Todo esto, sí, y en una
novela breve, que ofrece una escritura maravillosa. El trabajo de Alinovi con
la lengua es formidable, similar al del poeta, y es es aspecto más alto de la
novela. Su prosa suena evocativa del verso, y no sólo el alejandrino de 14
sílabas, como se encarga de advertir la contratapa. Párrafos enteros tienen una
musicalidad, un ritmo, una cadencia que guía la lectura con una fluidez de
placer agradecido. Valga un fragmento:
“Tenía que hacer tiempo. Amanecía. Buscó el Sena en el mapa,
qué otra cosa, el Sena obligatorio. Había que tomar la rue de Bercy y bajar por
el boulevard Diderot. Lo encontró detrás de unas defensas de piedra
majestuosas, bajo puentes soberanos, brillando movedizo entre calzadas muy
amanecidas y todo era mejor que el agua igual que en cualquier parte. Caminó
mirando el río hasta Saint-Michel, bajó al metro.
Y no pensó que había una lección agazapada en el silencio
esplendoroso de la piedra: el prestigio como afán de la distancia, algo del
orden de un desdén equilibrado. Porque en principio París era el asombro sin un
signo definido.”
Damián González Bertolino: "No me siento cómodo con la etiqueta fantástica"
Entrevista a Damián González Bertolino, autor de El increíble Springer.
Por Joel Vargas para Artezeta.
En Uruguay viven 3.286.314 personas. ¿Cómo hacen para
destacarse siendo tan pocos? Ganaron dos mundiales y en su tierra nacieron
algunos de los escritores más importantes del siglo XX: Felisberto Hernández,
Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti. ¿Habrá un proyecto ultra secreto de parte
del gobierno para potenciar las cualidades de sus habitantes? ¿Hubo un grupo de
científicos que en un bunker de La Paloma encontraron la clave del éxito? ¿O es
la divina providencia? Sus últimos éxitos son Luis Suárez y Mario Levrero. Una
demostración de cómo el fútbol y el arte manejan diferentes tiempos y, claro,
otros presupuestos. Pero no hay que celebrar solo la obra de autores muertos,
hay que estar atentos. Un ejemplo, Damián González Bertolino otro producto de
esa buena tradición literaria uruguaya ¿o del grupo de científicos aislados en
La Paloma?
Bertolino, oriundo de Punta de Este, lleva publicado tres
libros, las novelas El fondo (2013) y Los trabajos del amor (2015) y su primera
producción, la nouvelle El increíble Springer, editada recientemente en nuestro
país por Entropía. A razón de eso, hablamos con él.
AZ: El increíble Springer fue editada en Uruguay en
2009, se reeditó en 2014 y recién en
Argentina se editó el pasado año. ¿Qué cosas nuevas encontrás cada vez que
volvés a ella?
DGB: En realidad, cuando termino de escribir un libro, y más
cuando se publica, me deshago de él tanto laboral como sentimentalmente. Es un
proceso paulatino de indiferencia que me permite concentrarme en pensar y
escribir algo nuevo. El hecho de que El increíble Springer se hubiera editado
ya varias veces (y hasta cuento una traducción inédita al portugués que tuve
que revisar en un par de ocasiones) supone leer nuevamente toda la historia, lo
que en general me agobia un poco; pero con este libro existe un nivel de
excepción. Como está fuertemente ligado a la relación que tengo con mi padre,
no puedo dejar de emocionarme con dos o tres situaciones o detalles que, aunque
no estén tan basados en lo que de verdad le ocurrió, me recuerdan a él: su
infancia, sus privaciones, la lucha por vivir o por ser aceptado, en definitiva.
AZ: El Increíble… puede leerse como una historia sobre la
amistad. ¿Qué es la amistad para vos?
DGB: Sin duda uno de los vínculos más importantes de la
vida, solo por debajo del familiar. Tengo pocos amigos, y de hecho no los veo
seguido debido a la distancia física, pero esto último me hizo entender que la
amistad también es un poco lo que está en el medio de un encuentro y otro, esa
forma de mantenerse la idea que uno tiene de alguien cuando no lo ve.
AZ: En una entrevista mencionaste que El Increíble… fue un
homenaje a tu padre. Evocas una anécdota de tu padre para crear la nouvelle. En
El fondo aparece otra vez en el foco las relaciones familiares. Me gustaría que
charlemos un poco sobre el papel importante que juega la familia y la relación
padre-hijo en la nouvelle y, sobretodo, en tu obra.
DGB: La familia es una sociedad en pequeño, como todos
sabemos. Más allá de que haya amor o no, unos tienen cierto poder sobre otros,
y eso a veces puede darse vuelta con el tiempo. Siempre me intriga saber qué es
ese último elemento que mantiene unido a un grupo. Debe ser porque en un
momento dado mi familia, que fue un grupo estrechamente unido, de pronto
explotó. Cada uno se fue para un lugar diferente del mundo, literalmente. A
partir de entonces cualquier intento de reunión fue imposible por motivos muy
variados. Es significativo que haya escrito El fondo (el recuerdo de lo que fue
una familia) cuando ese proceso estaba en pleno desarrollo, y El increíble
Springer cuando, justamente, mi padre pasó a ser la única persona de mi familia
con la que podía tener una cercanía física regular. Con la escritura de El
increíble… cobré conciencia de cuán importantes pasaron a ser las pocas
historias que conozco de la vida de mi padre (es alguien muy discreto). Mi padre
tuvo una vida extraordinaria, o que al menos así me resulta luego de oírlo. En
cierto sentido, siempre lo consideré una suerte de sobreviviente. Llegó de un
mundo distinto, de una forma de concebir la vida nada condescendiente, y se
negó a repetir las pautas de comportamiento que traía de esa vida. Hay que ser
muy valiente y a la vez muy esforzado para hacer algo así. Comencé a darme
cuenta de que si quería honrar ese esfuerzo vital, yo tendría que transformarme
en la memoria de mi padre a través del trabajo con la escritura. Esa
narratividad tan potente que yo percibía en sus historias debía ser salvada.
Por supuesto, soy un incordio para él cuando empiezo a hacerle cierto tipo de
preguntas. Le cuesta volver al pasado. Pero algunos días, como me ocurrió hace
una semana, tengo suerte. Me enteré de que vivió cinco años en Villa
Pueyrredón, antes de casarse con mi madre, y que pintaba interminablemente una
mansión en Belgrano que pertenecía a un alto funcionario del gobierno argentino
de comienzos de los setenta. Luego de superado el esfuerzo monumental de pintar
toda la construcción, sus paredes, sus rejas, sus aberturas, etcétera, la
señora de la casa decidió que los colores no eran tan de su agrado y mandó
repintarlo todo. Si alguien le pregunta a mi padre si se molestó con la actitud
de la dueña de casa, él responde: ¡Al contrario! ¿No te gusta comer?
AZ: Te asocian mucho a un realismo contaminado de lo
fantástico. Leí en algunas notas que no te sentís muy cómodo con esa etiqueta y
que no te interesa la literatura fantástica. ¿Es así? ¿Cómo definirías a tu
escritura?
DGB: No me siento cómodo para nada con esa etiqueta. Si bien
fui un gran lector de literatura fantástica y escribí hasta más o menos los
veinticinco años muchos cuentos que podrían responder con facilidad al manual
básico de lo que es un texto fantástico, reniego sin vergüenza ninguna de todo
eso. Me resultó un tanto mecánico escribir de esa manera… En cierto modo me
sirvió para observar que el misterio de la vida, eso que me intrigaba y
perseguía, estaba en otra forma de comunicar las experiencias. Me interesa
mucho más la construcción de personajes, algo que no es la prioridad de la
literatura fantástica, creo. Pero tampoco me sirve el realismo chato. Me gusta
pensar que los sueños, su lenguaje, sus figuras y su lógica, son parte
constitutiva de la realidad, porque siento que sucede en mi propia vida.
AZ: Ya que estamos hablando de esa fina línea que existe
entre el realismo y lo fantástico,
Felisberto Hernández fue un
explorador de esa frontera. ¿Es una gran
influencia tuya? ¿Qué libro de él es que
más te marcó?
DGB: No lo reconozco como una gran influencia. Lo que ha
sucedido es que acá en Uruguay leyeron mi primer libro y creo que hubo como un
apuro en ubicarme en algún sitio. Otra vez lo de las etiquetas… Y me pusieron
en Literatura Fantástica esquina Felisberto Hernández. Por supuesto que soy el
primer agradecido ante cualquier comentario que hagan sobre lo que escribo.
Pero no me siento un continuador de su estética ni pienso serlo. Felisberto es
un genio de una originalidad suprema. Realmente es único. Su trabajo con el
concepto de memoria es estupendo, y sus asociaciones simbólicas son únicas en
su género. De lo que escribió, me gusta lo que le gusta a todo el mundo: Por
los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido, Las Hortensias, etc. También
me producen una particular fascinación las cartas a su familia de cuando se iba
a tocar a pueblos del interior de Uruguay o de la provincia de Buenos Aires.
AZ: ¿Cuáles son tus obsesiones recurrentes?
DGB: No creo tener obsesiones. En cualquier plano de la vida
intento rehuirle a todo lo que me pueda atar, esclavizar. De hecho, le tengo
pavor a los vicios, a que le sustraigan algo a mi interioridad. A nivel
creativo, tampoco me gusta anclarme en lo mismo. Me interesa pasar de un
registro o tema a otro. La inseguridad creativa me parece fértil.
AZ: ¿Cómo definís el panorama actual de la literatura
uruguaya? ¿A qué autores recomendás?
DGB: Para los narradores de mi generación, digamos los que
nos formamos sentimentalmente en la reapertura democrática y que hoy tenemos
entre treinta y cuarenta años, se trata de un período muy estimulante. No sé si
hubo desde la dictadura otra generación que recibiera por parte de un sector
importante del público y de los medios, tanta atención. Hay un interés especial
acerca de lo que estamos escribiendo y se nos lee de inmediato. Creo que eso se
debe en parte a los distintos que somos. Hay algo de policromático en todo el
conjunto. Y si no, basta comparar las prosas y los intereses de narradores como
Manuel Soriano, Valentín Trujillo, Rodolfo Santullo, Martín Bentancor, Martín
Lasalt, Fernanda Trías, Horacio Cavallo, Fernández de Palleja, Ramiro Sanchiz,
Pedro Peña, Martín Arocena o Natalia Mardero, por nombrar algunos.
Pertenecientes a generaciones anteriores son muy interesantes los libros de
Roberto Appratto y Gustavo Espinosa, también.
AZ: ¿En qué estás trabajando?
DGB: Estoy muy próximo a terminar un libro de memorias cuya
estructura o dirección está dada por la forma en que desde niño me fui
aproximando al fenómeno del lenguaje. Se llama El origen de las palabras. Al
principio, fue un libro en el que iba a escribir sobre unas veinte palabras, la
historia íntima de esas veinte palabras, digamos. Después comenzó a
transformarse en algo más amplio, es decir la historia de cómo me di cuenta de
que quería ser escritor y cómo eso a su vez se vinculaba con mi familia, el
modo en que mis padres habían luchado contra lo peor de la vida. Por último, me
descubrí además escribiendo sobre el lugar en el que me crié, un barrio muy
humilde que se formó con gente que llegó de partes muy diversas del país, tipos
humanos que están desapareciendo. La escritura se transformó, página a página,
en un homenaje, un rescate. Se trata de personas que se sobreponen todos los
días a situaciones terribles. ¡Y uno llorando por la página en blanco!
jueves, septiembre 08, 2016
Alinovi incendia París
Una lectura de París y el odio, de Matías Alinovi. Por Guillermo Roz para Soñamos España
Hay relatos que son como un relámpago en un campo oscuro:
sirven para dejar iluminados ciertos perfiles de animales, fantasmagóricos en
una breve eternidad. París y el odio (Editorial Entropía, Buenos Aires, 2016)
es el relámpago que inventa Matías Alinovi, quien ya había sorprendido a la
literatura en castellano con su novela anterior La Reja, para eternizar y dejar
a la vez en la oscuridad, un círculo de ciertos personajes de la cultura
argentina que pasaron parte de su vida en la capital francesa.
Tres historias se cruzan y se tocan: un joven argentino
pretendiente a escritor pero profesional de la Física, un autor glorioso y
ridículo a la vez, y un proyecto arqueológico desmesurado y surrealista. Así,
todos mezclados, en medio de un París por momentos elevado a la categoría de
mito y por otros vulgar y embustero, las viejas glorias argentinas se dejan
llevar por la prosa de Alinovi. Alinovi, que bebe de Saer y de Cortázar y de
Copi y de ninguno, compone un fresco de arrabal y nostalgia, de sueños rotos y
pandillas de desclasados, y de un plan que acabe con la ciudad de Eiffel. Una
novela que los mata a todos para revivirlos, y que crece al ritmo de una lengua
literaria, la de Matías Alinovi, que arrastra a los lectores hacia el incendio
magnífico de una gran literatura.
Testigos del milagro
Una lectura de Los incapaces de Alberto Montero por Antonio Jiménez Morato para el blog de Eterna Cadencia.
¿Qué es una novela? ¿Se ha escrito en estas páginas una, o
se trata de otra cosa? ¿Interesa hacerse preguntas como esas? Sobre el primer
libro de Alberto Montero, publicado por Entropía, "un segundo extendido de
369 páginas, donde al final tiene lugar todo y nada".
Hay que desconfiar de los embalajes. No sé cómo, a día de
hoy, con toda la experiencia que tenemos como consumidores, seguimos cayendo en
las trampas del empaquetado. Por ejemplo, hace unos meses la gente de Entropía
sacó, bajo el formato novela, así lo dice en la tapa, una frase larguísima,
escrita por Alberto Montero y bajo el título de Los incapaces. No, no estoy de
broma, se trata de una frase de 369 páginas en la que una voz narrativa se va
retorciendo una y otra vez sobre su pasado familiar, sus obsesiones personales,
su voluntad de escribir una novela y su incapacidad de concluirla, y, cómo no,
sobre sus referentes estéticos a la hora de lanzarse a la escritura de esos
conatos de novela. Pues bien, el asunto no es, como algún malintencionado
podría pensar, que las buenas gentes de la editorial Entropía nos quieran dar
gato por liebre y nos coloquen como novela una cosa que no lo es. Antes de
hacer una afirmación tan osada sería obligatorio preguntarse qué es una novela.
Nadie lo sabe. Es por ese espíritu proteico por lo que la novela es siempre un
género lozano desde que hace unos cuatro siglos la reinventasen Cervantes y
quienquiera que escribiera el Lazarillo. Y precisamente por eso ha habido
siempre voces, más o menos reputadas, que anuncian el fin del género, queriendo
ponerle puertas al campo o encerrar definitivamente el genio en una lámpara que
sólo ellos pueden frotar. O sea, Los incapaces puede ser una novela si no
quiere leerla de esa manera, o cualquier otra cosa si uno pretende leerla bajo
otro prisma. Lo importante, lo verdaderamente determinante, es que es una frase
larguísima en la que uno se sumerge gozosamente y que no puede dejar de
transitar hasta llegar a ese punto final, el único que hay en las casi
cuatrocientas páginas del texto.
Acaso el gran problema, para algunos, de Los incapaces, su
adscripción o no el género novelístico, pase por la narratividad de este
torrente verbal. Obviamente hay un lecho narrativo que surge de la misma
concepción del lenguaje, sucesivo, y del modo en que este se va vertebrando a
medida que cobra existencia. De hecho, el que lea la novela, yo sí la considero
novela, lo que pasa es que un tipo de novela muy singular, comprenderá que bajo
otra perspectiva que no sea la de la acumulación de hechos que sí se trata de
una novela plenamente canónica. Esto es, el texto, este monólogo del terapeuta
que conforma el cuerpo de Los incapaces, tiene como núcleo un cambio
fundamental. Hasta cierto punto podría decirse que estamos ante una novela de
aprendizaje, o de logro. Es la primera novela de su autor. O, usando las
categorías de Macedonio, su primera novela buena, la primera terminada, la
primera en la que, atentos, sucede algo. El narrador, la voz incontinente que
se va construyendo, no la que vamos escuchando o leyendo, sino la que se
construye ante nosotros, puede finalmente hablar de sus traumas, de su familia,
de la escritura y de sus obsesiones hasta completar una frase, hasta cerrar una
idea, un pensamiento, que se vertebra en esa extensísima frase de 369 páginas.
Meditación compleja, sí, y ardua, que presenciamos de modo simultáneo con su emisor.
Somos, como lectores, testigos privilegiados de una epifanía, posiblemente
terapéutica, posiblemente fruto del tratamiento psicológico autoimpuesto por el
terapeuta a sí mismo a través de la escritura. Digo testigos porque la novela
no consiente, no permite, que haya espectadores, entes pasivos que contemplan
lo que sucede en la distancia, sin involucrarse en los hechos, es imposible que
alguien comience a deambular por esta frase sinuosa, cambiante, sin pasar a
formar parte de los hechos, como sucede con los testigos, que se introducen,
muchas veces en contra de su voluntad, en el tejido de los hechos. El narrador
de Los incapaces, que no es sólo una voz, sino el escenario mismo de los
hechos, parte de sus referentes, explícitos, saqueados y citados hasta el
delirio, pues nada hay más cercano a la salmodia reiterativa e insistente de la
voz con la que se expresa que la del austriaco Thomas Bernhard, profusamente
citado, nombrado, invocado en el libro, en especial su primera gran novela,
Trastorno, que funde a la voz de Los incapaces como modelo y cianotipo sobre el
que vertebrarse. Podría haberse llamado, también, Trastorno, esta Los
incapaces, pero no habría sido la misma novela, ya que si hay algo que Montero
va también construyendo a lo largo del texto es su obsesión personal, por su
familia, por su tierra, por esa esquina del mundo –¿no vivimos todos
esquinados, fatalmente esquinados, inevitablemente esquinados,
inexplicablemente complacidos en nuestro esquinamiento cuando decidimos
dedicarle tiempo y esfuerzos a escribir
y comenzar a poner en duda, tensionar, hacernos preguntas sobre los mecanismos
de la escritura?–, que al final le da su tono, su voz, su novela y, lo que es
más importante, el destino al que llega cuando toma conciencia de ellos y puede,
al fin, escribir un punto con el que cerrar esa anhelante necesidad que lo
empujó a escribir.
Porque, y ése es el fin último de la novela, y por eso
aparece puesto en evidencia con los síntomas que van emergiendo durante su
escritura, es registrar el delirio de la escritura, sus manías –en una
computadora o en otra–, sus antojos, que a la postre sea más que una vocación
una sumisión de la que no se sale indemne. Todo eso sucede en una frase, en un
segundo extendido de 369 páginas, donde al final tiene lugar todo y nada, la
hoguera en la que se expían los demonios particulares y también la ceremonia en
la que se santifican. Acaso por eso la novela termine por honrar con su título
a los que han fracaso, los incapaces de llegar a ese punto final, a lograr escribir,
sobreponiéndose al delirio, la transformación, a los que han logrado concluir
la terapia en la que se sumergieron tan necesitados de una solución como
desconocedores del camino. Un camino que Montero ha, finalmente, encontrado y
que sucede frente a los lectores, testigos que pueden dar fe del milagro.
lunes, agosto 22, 2016
Los vagabundeos de Sergio Chejfec
Entrevista a Sergio Chejfec por Patricio Tapia para LaTercera (Chile)
En uno de los relatos de Modo linterna, de Sergio Chejfec
(1956), el protagonista, un “novelista documental”, quiere sacar cierta
fotografía para acreditar su presencia en un congreso de escritores; él mismo
se extraña de su afán porque nunca se propuso escribir la verdad y siempre
despreció las novelas basadas en hechos reales. Sin embargo, dice, desde hace
un tiempo, “no sé si la realidad a secas, en todo caso el documento acerca de
los hechos verdaderos, es lo único que me salva de una cierta sensación de
disolución”.
En otros relatos, como en otros de sus libros -La
experiencia dramática o Mis dos mundos-, muchas veces el narrador parece ser el
propio autor, trastocando las convenciones del relato autobiográfico. Allí
coexisten la digresión y el soliloquio, el viaje y el vagabundeo; puede contar
una visita a Caracas (ciudad en la que vivió) o un paseo a un suburbio de Nueva
York (donde vive hace una década); puede referir el caso de un vecino invisible
o la visita a un cementerio.
Su libro más reciente, Últimas noticias de la escritura,
podría ser crónica personal o ensayo. Partiendo de la historia de una libreta,
reflexiona sobre su experiencia con diferentes soportes de lo escrito, las
anotaciones en los libros y una serie de personajes extravagantes con no menos
extrañas técnicas de apropiación: desde alguien que pretende la fabricación de
sus originales hasta un artista que pasa a máquina obras clásicas, pero sin
cambiar de hoja (resultando un papel ilegible); desde un transcriptor de miles
de páginas de libros hasta un artista que copia manualmente prensa o documentos
impresos del siglo XX.
Un “novelista documental”. ¿Le da importancia a la
distinción entre ficción y no ficción?
Creo que para un novelista documental esa distinción es
bastante relativa. Sobre todo porque piensa que cierto uso de los documentos
puede desdibujarla. Quiero decir, esa una distinción relativa, o sea, también
movediza. El novelista documental cree en la existencia de esa distinción, pero
le da un significado relativo.
¿Visitó alguna vez la tumba de Juan José Saer en París?
Sí, una vez. La visité con dos amigos. Los tres estábamos de
paso en esa ciudad. Antes del encuentro yo tenía la secreta esperanza de que me
acompañaran. Considero que es bueno ir solo a los cementerios si uno carece
allí de deudos. Puede ser una experiencias fascinante.
¿Hay seres invisibles?
Entiendo que sí. Sería arrogante decir que he visto seres
invisibles. Pero eso no desmiente la experiencia.
¿De qué modo la “materialidad” de lo escrito influye, si lo
hace, en su sentido?
No sé si influye en su sentido. Creo que influye en su
presencia. La idea de sentido es amplia y profunda. La materialidad de lo
escrito tiene un efecto, digamos, climático; puede llegar a ajustarse a cierto
tono, o no. Me ha pasado, notar leves diferencias entre una frase escrita sobre
la pantalla, comparada con la misma frase, sobre papel.
¿Le da valor a los manuscritos suyos o de otros?
Tienen para mí un valor extrañamente sacramental. No los
míos sino los de otros. Impresiona la inmediatez de lo escrito; la marca manual
que, como tal, estuvo sometida a una lluvia de casualidades y efectos
momentáneos. Y que por un extraño designio quedó fijada de un determinado modo.
Pero esa quietud no proviene del manuscrito, sino de la violencia que se ejerce
sobre él, precisamente para fijarlo. Entonces esa paradoja me parece increíble.
Aquello que rescata al manuscrito, lo destruye, digamos.
¿Es algo extraño escribir?
No creo. Es tan extraño como varias otras cosas. Como ellas,
posee su propia extrañeza. En ese sentido sí lo es.
Diez libros que narran la infancia
Daniel Gigena selecciona para La Nación diez títulos que incluyen personajes memorables de niños en la Literatura argentina e incluye entre ellos a La Sed, de Hernán Arias, e Hidrografía doméstica, de Gonzalo Castro.
La sed. Hernán Arias Ferreyra Editor, 2005 (reeditada por
Entropía)
"Algo sobre lo que me hablaron algunos lectores de La
sed es del efecto que provoca un narrador que no lo comprende todo, que sólo
puede describir las situaciones que vive o las charlas que escucha, sin dar
ninguna interpretación al respecto -indica el escritor cordobés, años después
de la publicación de su primera novela-. Me lo señalaron como un valor. Y
posiblemente se deba a que a los lectores nos gusta imaginar, nos gusta aportar
nuestra parte de la obra. Y un chico narrando exige eso. Ese narrador no tiene
demasiadas ideas sobre el mundo, más bien lo contempla. A nosotros nos toca
cargar de sentido esas situaciones." La sed narra en cinco escenas -desde
el invierno de 1986 hasta el verano de 1987- lo que le sucede a un chico que
vive en el campo, tironeado por los ideales y hábitos de sus familiares. La
novela ganó en 2004 el premio provincial bautizado con el nombre del gran
escritor Daniel Moyano.
Hidrografía doméstica. Gonzalo Castro, Entropía, 2004
"La novela empezó con el texto que escribe un personaje
de Peter Handke, el hijo de ocho años que aparece en La mujer zurda -dice
Castro, narrador y editor-. Es sólo un breve párrafo conmovedoramente absurdo
donde el niño describe cómo se imagina un mundo mejor. Yo me propuse
desarrollar algo cercano a eso que encontraba tan peculiar en esa voz: cierto
pragmatismo que se vuelve lírico a fuerza de querer comprender fenómenos
emocionales complejos desde los mínimos elementos de la percepción y la
experiencia infantil. Enseguida me encontré lejos de ese modelo inicial, al
menos en la textura verbal, y también con la edad de mi personaje, Chloé, que
al ser una niña y tener once años, tomó una saludable distancia de su par
austríaco." Imaginativa y sensual, la novela de Castro parece un cuento de
hadas ambientado en una casona de Villa Devoto.
jueves, agosto 11, 2016
Adelanto: Poste restante de Cynthia Rimsky
Adelanto de Poste restante, de Cynthia Rimsky, en el blog de Eterna Cadencia
Por Cynthia Rimsky
En el centro de Tel Aviv existe un barrio, a una cuadra de
la avenida Ben Yehuda, que evoca un melancólico pueblo del norte de Chile o
Polonia. Es verdad que comienzan a aparecer restaurantes, talleres de arte y
tiendas de souvenirs, pero el desgano, las casas hundidas bajo el nivel
irregular de la calle, la música fuerte, los vecinos que conversan en la acera
sin camisa, hacen olvidar la ciudad moderna que está a unos pasos. Entrever lo
que ocultan las puertas es la razón que anima al viajero a caminar por las
ciudades. Una mezcla de reserva y respeto impide prolongar la observación el
tiempo necesario, hambriento de imágenes fugaces se le hace necesario
completarlas con la imaginación.
El texto completo, acá.
Paradojas de un viaje ideal
París y el odio, de Matías Alinovi, en La Nación. Por Edgardo Scott.
No está mal: la adquisición de la escritura como el
aprendizaje del fuego. Escribir para hacer un incendio. En París y el odio,
mediante un alegórico y alucinado aprendizaje, Matías Alinovi completa el gesto
iniciado en La reja (2013) y también lo completa para su propia generación. La
definitiva recuperación de la rabia arltiana. Esa rabia localizable en Rodolfo
Walsh y Osvaldo Lamborghini, después ahogada, renacida en Carlos Correas y
Gustavo Ferreyra, que ahora Alinovi enriquece junto a los textos de Ariana
Harwicz, Carlos Godoy o Juan José Burzi. Porque el secreto de la cultura yace
en la violencia, un descubrimiento que siempre intenta erradicarse y que, sin
embargo, nunca deja de renacer, de resistir, acaso porque "escribir
-escribe Alinovi- era ante todo incomodar".
Y para esa rabia, para ese proyecto, una novela de exilio.
El desventurado joven graduado e intelectual argentino que intenta volverse
sofisticado, educarse -evadirse- habitando París. ¿Qué París? El ideal porteño
por excelencia. Post 2001, desde luego. El país incendiado, los asesinados, los
pobres, la clase media en pánico, en desbandada. Y Eladio Marino (guiño a
Eladio Linacero, que soportaba El pozo onettiano) se va a París. ¿Y qué
encuentra? Primero, a otros argentinos. Concretos y fantásticos. Está el que lo
aloja y le consigue trabajo, pero también los fantasmas: Cortázar, Yupanqui.
Finalmente, la cruza de los dos planos: la figura de Héctor Bianccioti, el
único escritor hispanoamericano -argentino, cordobés- que ingresó en la Academia
francesa. ¿El que realizó el sueño? Más bien un destino confuso, hecho de
ilusiones, rencor e intrascendencia.
A diferencia de La reja, menos una novela que un poema largo
(a la manera de Los jóvenes o de El Fiord), una honda impresión narrada con
pena y violencia en endecasílabos, en París y el odio, Alinovi sí despliega
toda una imaginación. Hay escenas, detalles, fantasías, extravíos, citas.
Construye intercambios y personajes en calladas amistades, amores frágiles,
todo siempre bajo una soledad erizada: "Lo que habrá siempre entre los
hombres: un comercio que de a poco se establece y que se va estragando una vez
establecido".
Pero siempre tendremos París; el amor, el odio, las dos
caras de una misma pasión: en la Ciudad Luz, la ignorancia. "Mejor así,
porque entonces no saber era lo pleno." Alinovi escribe los ensueños
parisinos desde este lado del mundo como indescifrables ruinas arqueológicas.
¿Quedarse y rabiar o irse y evadir? No hay conclusión.
Dicotomía falsa. La única certidumbre es estética. La verdadera literatura es
anarquista: desconoce la propiedad, la identidad, la frontera.
La sal de ciertas visiones
Ariel Dilon reseña Trenzas, de Susana Szwarc, para Revista Ñ.
Reedición. 25 años después de su primera aparición,
“Trenzas” de Susana Szwarc vuelve a acercarse a los lectores en toda su
singularidad.
A veces, cuando coinciden en un mismo estante de nuestra
biblioteca o en un instante de nuestro pensamiento, los libros intercambian
cortesías, discuten o se ponen de acuerdo. En ocasiones conspiran. Al que
escribe le ocurrió llevar en la mochila, sin haber previsto las reacciones
químicas resultantes, un libro de William Carlos Williams junto al hermoso
libro de Susana Szwarc (editado originalmente en 1991, hoy se lo devuelve a su
perenne juventud).
Parece que en esa oscuridad portátil y literalmente a sus
espaldas algo se urdió, porque –durante una pausa en un café, cuando en vez de
sacar el libro de Szwarc para leer las pocas páginas que le faltaban, optó por
hojear el otro– desde una carta citada en el prefacio de Kora en el infierno de
Williams, Ezra Pound se las arregló para entregarle una clave de lectura de
Trenzas , que la poeta y narradora nacida en el Chaco en 1954 ha querido definir
como “nouvelle”.
Le dice Pound a su amigo Williams: “Lo que salva tu obra es
la opacidad, no lo olvides. La opacidad no es una cualidad estadounidense. Ve y
agradécele a dios que tienes suficiente sangre española para embarrar tu mente
y evitar que las ideas estadounidenses ordinarias circulen en ella como en un
colador”. Las ideas ordinarias sobre lo que significa narrar no pasan el
cerrado tamiz de Szwarc, y lo que embarra sus venas argentinas no sería sangre
de España sino de Polonia y Uzbekistán: nada que salvar en su poema/nouvelle,
felizmente condenado.
El reseñista se diferencia del lector en esto: debe dar
cuenta. ¿Y cómo dar cuenta, cuando una escritura no ofrece los asideros cómodos
de la explicación, del relato que puede ser glosado, del “armado” narrativo y
las coartadas literarias –poco importaría sugerir que Pedro Páramo o las prosas
poéticas de Vallejo preñan con lo mejor de sí mismos la verba de Szwarc–,
cuando una escritura está desnuda en su suscitación de dolor y de belleza, o de
dolor-belleza?
No se trata de “juzgar” un libro, sino de mostrar que, pese
a todo, no es refractario al juicio y huye de la tautología: es bello porque es
bello. Cierto que una trama se trenza en él: una mujer llega de regreso a un
pueblo; hubo un hombre y desamor; hay una hija o unas hijas; hay unos padres
ancianos que no acogen ahora con más calor que en la propia niñez helada; hay
una curandera que escucha y habría de curar con la palabra; hay fiebre o
agonía, no hay cura, no hay fe; los tiempos se mezclan, las voces se
yuxtaponen, los amores se contaminan de cólera vieja. Pero la belleza está en
los entresijos, en la ternura estaqueada en la violencia del tiempo, en la
irrupción de lo indecible: opacidad del mundo, leal opacidad de la lengua.
La inspiración ciertamente existe: cada escritor la busca lo
sepa o no. Cada escritor la traiciona a su manera. Susana Szwarc trabaja muy
cerca de su propia inspiración: su labor de trenzado consiste en no dejarse
despertar del sueño que dejó en las orillas del lenguaje la sal de sus
visiones, que quema la página y la sangre. La tarea consiste en no curarse de
la fiebre que en su protagonista es metáfora de otra fiebre: la de escribir.
Dejar paso a lo que pulsa por decirse. En este sentido es médium, y tal es la
explicación –no una banal ruptura de géneros de ambición vanguardista– de que
su nouvelle pueda leerse como poesía: trenza, trance, avatar, invocación.
miércoles, agosto 03, 2016
El libro de la semana por Beatriz Sarlo: "París y el odio"
Por Beatriz Sarlo para Télam
Turbas de origen islámico destruyen París. Antes del
desastre final, un tirador furtivo interrumpe una fiesta aristocrática cuyos
invitados se dedican a alimentar cervatillos ofreciéndoles tomates. Suena
ridículo, pero así pueden ser las reuniones de una decadencia definitiva. La
ciudad histórica y literaria ya no existirá y quien lo cuenta es un argentino,
tanto el personaje, Eladio Marino, como Matías Alinovi, autor de "París y
el odio" (Entropía, 2016).
Medio siglo después de "Rayuela", Alinovi celebra
París de una manera bien contemporánea: en lugar de la magia que irradia en la
novela de Cortázar, la ciudad es aniquilada. Son dos formas distintas de la
persistencia de un mito poderoso para los argentinos. Entre Cortázar y Alinovi,
está la París de Victoria Ocampo, escenario en 1913 de una de las batallas de
la nueva música, la noche en que la Consagración de la Primavera provocó la ira
de un público también aristocrático, del que Victoria Ocampo se apartó,
abrazando la causa de Stravinski y dando comienzo a su propio mito de París, el
de la modernidad estética.
Cortázar puso a caminar a Oliveira y a la Maga por una
ciudad especialmente diseñada para el flâneur culto, haciendo de cuenta que los
puentes y los mendigos que dormían bajo sus arcos estaban allí para que la
literatura trazara apropiados contrastes. Alinovi ya no puede repetir este
programa porque ha sido demasiado desgastado por la ficción y por la realidad.
Pero el magnetismo de París es tan persistente que, incluso detestándola,
resulta difícil alejarse de su pasado, aunque sea en clave irónica.
En "Rayuela", ese pasado literario son el museo de
citas que, a todos sus lectores, si llegaron a la novela muy jóvenes, les
ofreció una biblioteca de iniciación. Alinovi no repite este gesto, sino que
narra la madurez, la vejez y la muerte del escritor Héctor Bianco, un nombre
que conduce de forma transparente a Héctor Bianciotti, el argentino que tuvo
éxito al migrar a la lengua francesa y terminó entre "los
inmortales", como se llama en Francia a los Académicos. Por supuesto,
haber elegido el apellido Bianco es una pista que, además de homenajear a un
escritor poco citado hoy, conduce a la revista Sur, de la que José Bianco fue
secretario de redacción durante dos décadas. La revista Sur nos conduce a
Victoria Ocampo. Nada se pierde en las alusiones.
Alinovi ofrece muchas menciones levemente enmascaradas del
campo literario francés que son amablemente divertidas porque no exigen gran
trabajo. El temido crítico, cuyo programa de televisión fue un altar donde
rodaban cabezas o se consagraban obras, Bernard Pivot, en esta novela pasa a
ser Tizot; su programa, que se llamaba "Apostrophe", acá se llama
Circunflejo. Gallimard, la legendaria editorial, se convierte en Gaulemard,
donde en efecto trabajó Bianciotti; no falta la nrf, rebautizada Rnf, la
Nouvelle Revue Française en cuya famosa sigla solo se desplaza una letra.
Alfredo Arias aparece como Abelardo Soria y Copi, como Topi. Además de estas
transposiciones, los nombres de las calles y de las estaciones de subte dan
París con exactitud de sonido, que es lo que vale en la literatura, pero
también con exactitud topográfica (o eso le pareció a esta lectora que conoce
bastante mal París).
Alinovi tiene más material del que necesita. Para llegar al
jardín aristocrático donde los cervatillos son obsequiados con tomates, una
línea de la historia arranca en siglos pretéritos y, alrededor de 1900, tiene
un elenco de campesinos, pastores y un noble que se desplazan por una
escenografía de bosques donde se descubre un túnel que apunta ¿dónde si no a
París? Es probable que la trama de la novela necesite de este túnel para que su
protagonista conozca a los aristócratas de la fiesta, pero también podría
objetarse que el motivo que hace posible este mutuo conocimiento es demasiado
artificioso. Digo artificioso sabiendo que esta palabra puede ser objetada, ya
que todo en la literatura lo es. Sin embargo, el artificio del túnel no termina
de encajar en la trama y, por eso, no por ser arbitrario, se vuelve irritante o
innecesario, como si hubiera formado parte de otra historia y se lo hubiera
querido rescatar en esta.
Hay más: la persuasiva ambigüedad del personaje frente a la
ciudad en la que no pensaba quedarse y termina quedándose. Marino frente a
París elude el enamoramiento y eso permite vivir en una ciudad real, donde los
departamentos son pozos mal amueblados; donde los extranjeros no comen haute
cuisine ni toman grandes vinos; donde no se experimenta permanentemente un
rapto de cultura o un desmayo estético; donde los científicos rusos cobran
medio sueldo y el otro medio lo cobra un argentino; donde incluso la vida de un
escritor consagrado puede ser un modelo de monotonía y penuria. París resulta
interesante en esta versión que no exalta sus cualidades.
Alinovi escribe una ciudad distinta a la del mito pretérito.
Más que la fiesta en el jardín aristocrático, que evoca una desvanecida Dolce
vita, interesan los domingos repetidos en los que Marino se encuentra con un
amigo y juntos leen Libération. En París, el escritor Bianco abandona su lengua
de origen, el castellano del Río de la Plata, para adoptar el francés.
Inteligente y patética experiencia la de esa libre elección entre lenguas, que
concluye en una paradoja funesta: Bianco primero gana el francés y luego va
perdiendo su lengua natal y también la nueva, hasta morir en la desmemoria del
Alzheimer.
Desde el comienzo los lectores saben que Marino quiere
incendiar París. Es matemático (investiga un tema sugestivamente designado como
las "matrices simétricas") y quiere escribir una novela donde se incendie
la ciudad-museo de Cortázar. Matrices simétricas porque Alinovi termina su
novela mostrando la destrucción de París por otros medios: la actual pesadilla
francesa con los islámicos.
Podría decirse entonces que su París y el de Cortázar (a
quien menciono porque se lo menciona muchas veces, incluso con citas como
"¿Encontraría a …?") son dos caras bien diferentes del mito. Y, sin
embargo, no. La ciudad que merece una destrucción gigantesca es la ciudad del
mito por razones mucho más íntimas, que tocan la escritura. Me explico. La
primera novela de Alinovi, "La reja", estaba totalmente escrita en
versos endecasílabos, sorprendente desafío ya que el resultado, además de
original, no era un texto hiperculto, a pesar de que el verso endecasílabo es
el verso más difícil en castellano. No había sido hecho antes y esto le daba a
la novela no un aire forzado sino una elaborada sencillez, si se admite la
unión de dos términos contradictorios. Un escritor original en su primera
novela.
Las segundas novelas son siempre un problema. Nadie puede
exigir que se repita la inesperada originalidad de "La reja". Pero
tampoco era posible prever que la escritura de Alinovi mostraría, justamente en
esta novela parisina, muchos de los rasgos que Cortázar convirtió en estilo, hasta
el amaneramiento. Los lectores los reconocerán en las oraciones sin final
(porque se cree que ese truncamiento refuerza lo expresivo o lo coloquial); en
las oraciones sin verbo conjugado (a las que se atribuye las mismas virtudes);
en las oraciones independientes encadenadas por la conjunción "y"
(que simplifican las enumeraciones o la narración).
Finalmente, en la forma que da a conocer los pensamientos
del personaje, el famoso discurso indirecto libre, que, por supuesto, no
inventó Cortázar, pero que lleva su marca para la literatura argentina. Esta
escritura sucede como si Alinovi se hubiera contagiado del predecesor, pese a
las ironías que le dedica.
Por eso, mientras leía esta segunda novela esperaba la
tercera, la que todavía no llegó.
martes, julio 26, 2016
Achicando distancias con lo insoportable
Entrevista a Alberto Montero, autor de Los incapaces, en Revista Llegás. Por Martín Caamaño.
Si bien el narrador habla de sus “formas bernhardianas” también nombra a Faulkner, justo un escritor que delimitó muy bien su espacio literario. Lo inquietante de la geografía de Los incapaces es que tiene muchos aspectos reconocibles del conurbano bonaerense y también una cosa foránea, ligada a EEUU, como las barbacoas o los nombres anglosajones. ¿Cómo trabajaste esa fusión?
La geografía de la novela ya venía armada desde mi experiencia vital, nací efectivamente en el conurbano bonaerense, y después de más de treinta años en Capital Federal, construí casa nuevamente en el conurbano donde hoy todavía trato de sobrevivir. Por supuesto William Faulkner, como todos a los que en Los Incapaces se alude con el calificativo de favoritos, de una u otra forma, funcionaron para mí como habilitadores, me autorizaron al uso, y muchas veces abuso, de matrices de enunciación por así decir. En ese sentido las maneras llamadas en la novela bernhardianas de hacerme a la palabra, operaron en la dirección de intentos recursivos de coser palabras apelando al arbitrio de la exageración para procesar lo propio y más íntimo. La fusión con lo anglosajón, y en general con lo más bobo de lo anglosajón, actuó en Los Incapaces como descompresión, hubiera sido demasiado escribir desde mi tragedia acerca de la tragedia de T. Monroe utilizando los nombres históricos, los auténticos. Además el mismo carácter anagramático de la inicial y el apellido del narrador me empujó de entrada hacia lo anglosajón. Y ciertamente porque tampoco me gustan como suenan los nombres y apellidos en castellano.
Además de esos autores extranjeros que nombrás en el libro, me gustaría saber cuál es tu relación con la literatura argentina. Es inevitable que te pregunte por Saer, a quien en varios aspectos tu escritura recuerda, aunque en tu caso, por ejemplo, el recurso de la frase larga, compuesta, llena de aposiciones, está llevado a un extremo.
Desde mi punto de vista la narrativa es siempre y en todos los casos un ejercicio de elaboración. En ese sentido la literatura argentina y latinoamericana en general, pienso, está atravesada por escritores que en términos formales mantienen una pasmosa distancia con la propia tragedia, y que entonces narrativamente jamás terminan de ir al fondo. Que escriben acerca de pero por lo común nunca desde. Y que así se hojaldran unos en otros, y se pegotean con lo que escriben en lo que escriben y, claro está, por lo común de la forma más afectada y diletante. Desde mi enfoque esta es la particularidad de la literatura latinoamericana, no sólo lógicamente, ya que hay literaturas todavía más distantes y por eso más intrascendentes ―insisto que salvando como se dice habitualmente honrosas excepciones, el mismo Saer, Onetti, el gran Rulfo…, muchos sin duda. Pero la mayoría son evidentemente lucidísimos cuando se trata de tramar aunque terriblemente elusivos cuando se trata de vérselas con lo más íntimo y por eso más comprometedor, es decir, cuando se trata de achicar distancias con lo insoportable. De hecho me parece, me pareció siempre, que el problema de la narrativa argentina y latinoamericana es, repito que en general, un problema de compromiso con lo esencialmente desesperante, para mí, fundamento y razón de toda narrativa.
¿Entonces cuánto hay de autobiográfico en Los incapaces? En la novela hay una concepción muy trágica de la institución familiar. ¿Esa es tu propia visión de la familia?
Insisto, para mí la verdadera literatura es siempre en primera y última instancia literatura de elaboración, a mayor o menor distancia, de lo autobiográfico. No se puede uno desprender de lo autobiográfico en tanto tragedia. Las historias familiares son siempre tremendas. Creo que la familia como institución es, como en definitiva toda institución, en sí misma tremenda.
¿Sos psicoanalista como T. Monroe?
Podría decirse que tengo muchas profesiones y que practico muchos oficios, y que siempre fue así en mi vida, la inquietud como un rasgo constante y un modo de encararla y tratar de hacerla, como digo, un poco más soportable. En cuanto al psicoanálisis, considero que es un sistema entre muchos otros de hacer y hacerse una pregunta que al fin de cuentas remite siempre a lo más íntimo y entonces más insistente y punzante y atormentador. Y también un sistema para cargar con esa pregunta, y para llevarla adelante, para hacer que se expanda e incremente siempre, y un sistema para soportar esa pregunta como interpelación, y, entonces, para el esfuerzo de no contestarla nunca que sería una de las estrategias del silencio.
¿Sos psicoanalista como T. Monroe?
Podría decirse que tengo muchas profesiones y que practico muchos oficios, y que siempre fue así en mi vida, la inquietud como un rasgo constante y un modo de encararla y tratar de hacerla, como digo, un poco más soportable. En cuanto al psicoanálisis, considero que es un sistema entre muchos otros de hacer y hacerse una pregunta que al fin de cuentas remite siempre a lo más íntimo y entonces más insistente y punzante y atormentador. Y también un sistema para cargar con esa pregunta, y para llevarla adelante, para hacer que se expanda e incremente siempre, y un sistema para soportar esa pregunta como interpelación, y, entonces, para el esfuerzo de no contestarla nunca que sería una de las estrategias del silencio.
La potencia de la exageración
Sobre Los incapaces, de Alberto Montero. Por Ramiro Quintana para La Nación.
No detenerse. Escribir "a como salga", pero no detenerse.
Ésa es la premisa del narrador de Los incapaces, T. Monroe, anagrama del
apellido del autor. Detenerse implicaría para él, que es, además de un analista
de cierto renombre, un contumaz escritor fracasado -lo acosan novelas
encajonadas y proyectos inconclusos-, no poder recomenzar, que sus asociaciones
terminen por perder todo hilván. De allí, pues, que esta novela, la primera
publicada por Alberto Montero (Buenos Aires, 1954), y cuya extensión orilla las
cuatrocientas páginas, se componga de un único párrafo y, más aún, de una única
frase. Tan sólo un punto y seguido podría obturar ese torrente discursivo, que
rezuma, en franco in crescendo, desesperación y repugnancia.
T. Monroe está en una situación límite, encerrado en su casa
suburbana, una "desviación mental constructivo-arquitectónica" que él
mismo construyó, que lo acicatea a escribir sin parar. Ricardo Zelarayán decía
que "la poesía exige una situación límite, una de no poder aguantar más.
algo entre el lenguaje y el grito". Ésa es la exigencia a la que responde
la prosa de Los incapaces. Sin embargo, lo que da cauce a la escritura es la
adopción, por parte de T. Monroe, del estilo de su muy admirado Thomas
Bernhard, adopción a la que denomina "mis maneras bernhardianas de hacerme
a la palabra escrita". En efecto, aquí están los rasgos estilísticos del
autor austríaco: la recursividad de los motivos, las concatenaciones rampantes
y la modulación sinuosa tributaria de la profusión de comas. Y, como en sus
novelas, priman la exageración y la injuria. El narrador de Extinción, novela
de Bernhard, planteaba que el arte de la exageración es, en definitiva, lo que
permite soportar la existencia.
Y la existencia de T. Monroe es exageradamente penosa,
empezando por su familia de origen, pasando por sus relaciones sentimentales y
profesionales, hasta su imposibilidad para lograr "una producción
novelística de calidad". En el centro está enquistada la figura del padre,
Manny, hombre depravado en vida, que ahora, ya fallecido, sigue rondándolo
"para no morir del todo". Lo único bueno que parece haber en la vida
de T. Monroe es Farley, su hijo. Nombres, los de Los incapaces, que remiten sin
excepción a la lengua inglesa. No sólo en el caso de los personajes, sino
también en el de las ciudades. De hecho, T. Monroe vive en Clayburg, que de
anglosajona tiene sólo el nombre y, en cambio, mucho del conurbano bonaerense.
Resulta una operación destacable, que le permite a Montero pintar el sitio en
toda su horribilidad, lo que quizá no habría conseguido si hubiera apelado a la
toponimia vernácula. Sin ocultar la hoja de calcar, Montero ha escrito un
artefacto literario de inusitada potencia.
jueves, julio 21, 2016
“Lo temido y lo deseado son parte de lo vivido”
Entrevista a Edgardo Cozarinzky en La Gaceta de Salta. Por Verónica Boix.
Si se cruza la lectura de sus últimos dos libros (Dark y
Niño enterrado), la memoria y la literatura se funden y hacen real la frase de
Faulkner: “El pasado no ha muerto. Ni siquiera ha pasado”. Cozarinsky dirá en
la entrevista: “Es algo que me habita. Supongo que como vivo con ese
sentimiento, es inevitable que pase a lo que escribo”
Una vez más el azar confabula. Es habitual en la poética de
Edgardo Cozarinsky que la narración esté atravesada por reflexiones; lo
extraordinario es que Dark, su último libro de ficción -una nouvelle publicada
por Tusquets que muestra la relación de Víctor con un hombre turbio y
enigmático-, abra la posibilidad de descubrir qué más puede estar contando Niño
enterrado, una serie de crónicas y ensayos claramente autobiográficos que salió
al mismo tiempo publicada por Entropía.
- En Dark, Víctor piensa que ese amigo nuevo “sería el
primer personaje conocido fuera de los libros al que podría prestarle rasgos de
ficción” ¿Buscabas mostrar que lo autobiográfico no es lo que invade la
ficción, sino al revés?
- Lo autobiográfico no existe en mis cuentos y novelas.
Apenas alguna anécdota del servicio militar en Maniobras nocturnas, pero es un
detalle dentro de la trama. Ocurre que a menudo elaboro recuerdos y sentimientos
para armar la narración, y hay quienes creen que hago autobiografía. Los
desengaño: nada de lo narrado ocurrió. Pero lo temido y lo deseado son parte de
lo vivido, aunque no se hayan verificado en los hechos.
- En ambos libros aparece el cruces entre literatura y
experiencia, marginalidad y erudición ¿Qué te interesaba explorar de esos
mundos?
- Me parece que hace más de un siglo, no sé si desde las
difuntas vanguardias del siglo XX, todas esas categorías, centro y margen,
cultura alta y baja, se volvieron permutables. Me interesa violar las fronteras
impuestas. Lo dije en más de una ocasión, me atrae lo nacional y lo popular,
pero detesto la etiqueta populista nac & pop, que no permite escuchar el
diálogo entre Borges y Discépolo.
- El kintsugi, el arte japonés para pegar objetos rotos con
oro, aparece en Dark ¿Cómo juega esa técnica en tu escritura?
- No sé. Juega en mi vida de todos los días, así que algo
puede o debe pasar a la escritura, pero es una de las tantas cosas que prefiero
no indagar. A lo sumo te diría que en el armazón de Niño enterrado hubo un
remendar, sanar si querés una palabra más “digna”, muchas grietas por medio de
la prosa, del lenguaje.
- El presente entra en la nouvelle a través de la mirada del
escritor en que se convirtió el protagonista ¿Esa es una forma de desdoblar la
trama y mostrar los hilos que la enlazan?
- Puede ser. No me interesó hacer una narración lineal de
hechos sino cuestionar el recuerdo, la interpretación de esos hechos
recordados, quién sabe cuán corregidos por la memoria... Y armar ese
cuestionamiento como un puzzle de puntos de vista, el del escritor viejo y el
del adolescente que alguna vez fue, con deslizamientos donde la tercera persona
nunca es la misma.
- Es curioso, a pesar de que los textos de Niño enterrado
hablan de tu experiencia, también elegís la tercera persona para narrarlos.
- En Niño enterrado sentí el deseo de hacer objetivo lo que
puede haber de demasiado subjetivo en la experiencia personal. Así como el
escritor que escribe “yo” está creando un personaje autónomo, poco importa si
incursiona en lo confidencial, al escribir “él” busqué inventarme un doble.
- Buenos Aires es central en los dos libros. A través de los
lugares hablás de la sociedad, la historia, tus lecturas. Se diría que seguiste
las pistas de tu memoria en el trazado de tu Buenos Aires personal.
- “Mi Buenos Aires privado”, para parafrasear el título de
una película de los 90, lo he inventado en estos 20 últimos años. Ninguno de
los lugares donde viví de adulto me promete semillas de ficción. En cambio, el
sur de mi primerísima infancia, apenas recordado, lo he estado explorando desde
que volví a instalarme en la ciudad donde nací, y me lo he apropiado como
territorio de ficción; lo mismo ocurre con Paseo Colón y Alem, desde el Parque
Lezama hasta Retiro. Están en algunos cuentos, sobre todo en novelas como Lejos
de dónde, Maniobras nocturnas y Dinero para fantasmas. Y por supuesto en Dark.
- En uno de los ensayos aparece que la intuición mayor de
Joyce fue “ver al adolescente como el material con que el artista debe dar
forma a su propio ser de creador” ¿Vos aplicas esa idea a tu obra?
- Hay algo inevitable en el escritor que se quiso escritor
desde temprano, aunque no haya publicado hasta muy tarde, como es mi caso, que
esté realizando no solo aquel deseo sino que también que busque (permitime que
me cite) “imponer alguna forma a ese desorden de pérdidas y desastres que
llaman experiencia”.
- “Una vez dicho esto ¿Qué otra cosa queda por decir?”, la
frase final de Niño enterrado, intriga y sugiere que hay un mensaje cifrado
¿Por qué elegiste ese final?
- Como bien viste, hay un mensaje cifrado. Y como está
cifrado, solo lo entenderá la persona a la que va dirigido. Para el resto de
los lectores, me interesa proponer que existe algo sensual en el hecho de
eludir lo virtual, de escribir con la mano en una hoja que esa mano toca y será
tocada por quien la recibe.
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