martes, marzo 31, 2015

Sí, también es un gran escritor

por Gustavo F. Gros para Hacerse la crítica


Algunas consideraciones sobre Del caminar sobre hielo de Werner Herzog. Supongamos una utopía semiótico-greimasiana pos estructuralista: supongamos que Del caminar sobre hielo no tiene autor (apenas un enunciador); es más, supongamos al mismo tiempo la utopía propuesta por George Steiner en Presencias reales (1989) y asumamos que la obra no tiene ninguna conexión con la crítica, las reseñas, los análisis críticos, e, inclusive, con las voluntades estéticas circundantes con las que se podría relacionar el texto. Digamos que a Del caminar sobre hielo lo escribió algún “anónimo”, en alemán, en el año 1974 supuestamente, y dejó el manuscrito tirado en un bar. Asumamos todas estas utopías y nos preguntemos cuál es, realmente, el valor literario de Del caminar sobre hielo.

Muchos. Todos.

Del caminar sobre hielo es una pequeña joyita literaria. Conjuga un estilo narrativo bien yanqui: oraciones cortas, despojadas, precisas, descriptivas, sin metáforas casi, impresionistas -más que expresionistas lo cual siempre es una virtud en un enunciador alemán- junto a uno de los fetiches literarios más celebrados de todas las épocas: los diarios de viajes. Poco importa si esos casi treinta días que narra el texto son verdad o mentira. Poco importa si un 5, 10, 50, 85, 100% de las situaciones han sido inventadas o realmente vividas. Como ficción plena, es una idea maravillosa llevada a cabo con una imaginación frondosa (similar, quizás, a la que suele exponer Cormac McCarthy cuando construye sus infiernos). Como registro documental de un viaje, es detallista y certero, fotográfico más que cinematográfico. Como manifiesto religioso, es de un misticismo encomiable: un tipo camina desde un país a otro de Europa intentando que, a través de su brutal cansancio (¿sacrificio, martirio, santidad pagana…?), una mujer postrada y enferma no se muera. Como manifiesto político, es el interesante viaje de un hombre de 31 años de edad desde la ciudad más poderosa y rica de Alemania (Munich) hacia la ciudad estrella de la intelectualidad europea por antonomasia, París; es decir, es el viaje desde una ciudad urbano-industrial a otra, treinta años después de la guerra más devastadora de todas, mostrando, en el medio del viaje, todo lo que queda o sigue quedando de esa Alemania-Francia campesina, rural, periférica, primitiva que, en cierta forma, retroalimenta a esa otra Alemania-Francia industrial, intelectual y artística (el pasaje donde el enunciador discute con el dueño de un negocio de fotos de un pueblo que no le quiere vender los rollos de filmación porque cerraba a las 5 de la tarde puntualmente, es un ejemplo más que simbólico al respecto).

Ahora bien, anulemos las torpes fantasías semióticas y digamos que el autor existe, no es ningún anónimo, es, quizás, el director de cine vivo más importante del mundo, se llama Werner Herzog, es alemán, es el mismo que filmó la mejor película de todas las épocas, Fitzcarraldo (1982), y es el mismo que con igual tino (talento) escribió un diario de filmación sobre la misma película al que tituló como Conquista de lo inútil (2008). Es decir, resemanticemos el libro a través de lo que el nombre y el peso propio de su autor pueden aportar. Ahí es donde Del caminar sobre hielo se vuelve una suerte de ejercicio íntimo de la voluntad hipnótico; es decir, un documento bien herzoguiano cifrado en un formato literario que, no obstante, guarda una coherencia estética y espiritual absoluta con esos ejercicios íntimos de la voluntad expuestos por Herzog en formato cinematográfico. El mismo Herzog de Fitzcarraldo como escritor y director de cine, es el mismo Herzog que camina entre la ruralidad -por momentos esplendorosa, por momentos decadente- de una Alemania invernal buscando (¿?) que la crítica alemana de cine Lotte Eisner sobreviva a su internación por enfermedad, porque, en palabras del mismo Herzog, “el cine alemán aún no podría prescindir de ella”.

El mismo Herzog que cinematográficamente siempre se ha destacado como documentalista más que como un creador de ficciones, es el mismo Herzog que como escritor documenta sus dolores, pensamientos, cansancios, hambres, pasiones, obsesiones, fisiologías, visiones, sueños, anécdotas, superficialidades, redenciones, martirios en su solitario caminar de casi un mes por el noreste de Europa.

Best-Werner-Herzog-FilmsDel caminar sobre hielo es otro documental de Herzog expresado bajo una estética literaria con eficiente estilo narrativo y una dinámica impresionista sumamente atractiva. Cada pequeña oración, es un hecho. Cada hecho es una persona, un paisaje, un estadio del día, un pensamiento, una añoranza, un pueblo, un árbol, una nimiedad, una casa, una luz, una sombra, un paso más yendo desde Munich a París. Cada pequeña oración es un paso más que Herzog nos invita a dar según él dio aparentemente. Por eso, recién en el año 78, cuatro años después del viaje, Herzog decidió hacer público este documento. Por eso recién después de que se aseguró durante cuatro años que todos estos escritos podrían tener algún valor literario, los hizo literatura.

Sin embargo, a pesar de este valor literario mencionado, la palabra “documental” sigue sobrevolando, mezclando, infectando, intertextualizando y relacionando al Herzog documentalista y cineasta, con el Herzog documentalista y literato. Supongamos, una vez más entonces, que usamos esa voz en off solemne, por momentos irritantemente lenta, impostada y, sobre todo, falsa que Herzog usa en casi todos sus documentales para leer este viaje, este diario de viaje, a este Herzog en primera persona caminando con el tendón de Aquiles inflamado. Supongamos que esa voz en off lee en voz alta, línea por línea, Del caminar sobre hielo. Supongamos que Herzog, con esa voz en off, se lee su propia voz (literaria). El contraste sería, por momentos, devastador. No hay misterios ni revelaciones en Del caminar sobre hielo. No hay viajes místicos ni oníricos -por más que a veces coquetee con los mismos- como sucedió con ese monje con la frente llena de callos en La rueda del tiempo (2003) con el que Herzog se intentó comparar en el documental. No hay suspenso, no hay peligros, no hay selva pornográfica, no hay disparos, no hay flechas indias, no hay enfermedades incurables, no hay expresionismos, no hay óperas, no hay mayor acecho de la muerte, no hay extremismos de ningún tipo. La voz en off con la que Herzog suele imprimir a sus documentales una dosis sobreactuada de objetividad y trascendentalismo aquí nada más serviría para ridiculizar el texto como se lo ha hecho en esa maravillosa parodia de “¿Dónde está Wally?” que se puede ver en youtube*(Aquí se puede ver el “¿Dónde está Wally?” con la recreación paródica de la voz en off de Herzog). Es decir, si Herzog usara su voz documental y cinematográfica para aplicar en este texto documental y literario, el resultado no sería otro más que una hilarante parodia sobre sí mismo.

Y es justamente aquí, en la frontera con la parodia, donde el carácter literario de Del caminar sobre hielo cobra plena importancia: el texto es una obra literaria escrita en clave literaria. Por eso es más bien fotográfica que cinematográfica. Son impresiones más que expresiones. Son impresiones que sólo pueden cobrar un relieve trascendental (simbólico, metafórico y artístico) a través del lenguaje escrito. De allí que haya un poco (mucho) de simulacro de la corriente de la conciencia a lo Faulkner más que a lo Joyce. De allí que haya un poco (mucho) de realismo falseado -elipsis mediante- más que de naturalismo fidedigno.

Sin embargo, hay otro dato que el Herzog documentalista-cinematográfico le puede aportar, en contraste, al Herzog documentalista-escritor para potenciar a este último. En el 2010, Herzog estrenó un documental en 3D llamado La caverna de los sueños olvidados. En este documental, Herzog muestra la famosa Cueva de Chauvet en Francia y las pinturas que ahí adentro se encuentran pintadas desde hace más de treinta mil años. Son, supuestamente, el registro de pinturas más viejas que tiene la humanidad. Sin embargo, cuando uno ve finalmente las pinturas, no hay nada místico o revelador en las mismas. Más allá de la belleza que uno le pueda encontrar o no a las pinturas -y que el 3D de Herzog potencia- no hay nada mayormente trascendental en esas pictografías que las que uno puede encontrar en los graffities pintados en los trenes que encolerizan tanto a Randazzo. Son eso: graffities primitivos del hombre recreando su (medio)ambiente inmediato: animales, ríos, montañas, hombres. Un mero registro de territorialidad. No hay naves espaciales, ni dioses, ni ningún dato simbólico con el que uno podría especular sobre un conocimiento antiguo, vedado y fundamental para la existencia humana del presente. Herzog lo advierte. Sí, las pinturas son lindas y nada más. Por eso comienza a hacer foco en la locura paranoica que se establece alrededor de la caverna: miles de euros se gastan al año para preservar al lugar con las tecnologías de seguridad y aislación más modernas que existen. Apenas una semana al año se abre la cueva para que los especialistas y eruditos científicos más sobresalientes en su área entren a la cueva e investiguen las mismas pinturas que desde hace décadas investigan. De allí que Herzog simula involuntariamente, filmar ese “ridículo” humano en el que se transforman esos “formidables” eruditos al ser entrevistados y mostrar “un conocimiento supremo” que, claramente, no sirve para nada. El ejemplo más patético es cuando muestra a uno de estos científicos intentando usar de manera fallida y grotesca los métodos con los que supuestamente cazaban los antiguos hace treinta mil años. Herzog entiende que lo importante en ese documental no son las pinturas o lo que se dice o puede decir de ellas, si no, en todo caso, la pasión íntima y total con la que cada uno de los involucrados se relacionan con las mismas; es decir, ese apasionamiento conque las investigan, analizan, viven y desviven por más ridículos o sabios que parezcan. El final del documental con el cocodrilo blanco y su retórica es una maravillosa síntesis de este espíritu pasional buscado y su actualización permanente dentro del espíritu humano a pesar de que pasen miles y miles de años.

Pues bien, en Del caminar sobre hielo, el 90% de las situaciones que Herzog va viviendo en su periplo son totalmente intrascendentes. Sentarse a ver un pájaro, tomarse una cerveza en un bar, ver fragmentos de una revista porno, el dolor de una ampolla, la lluvia, la nieve, una casa irrumpida, una brújula perdida, no hay nada mayormente interesante en el sentido trascendental en el que uno espera encontrar en un viaje herzoguiano de este tipo. No es Fata Morgana (1969). No hay descubrimientos ni revelaciones poderosas. No hay aventuras ni personajes descabellados. Hay lo que queda del ruralismo de un país hiper industrial renacido de sus propias cenizas para volverse en tiempo récord, potencia mundial. Si Herzog hubiera filmado este viaje, más allá de algunas bellas imágenes tomadas en algún que otro paisaje, no hubiera encontrado fílmicamente hablando nada mayormente relevante de la condición humana. Siquiera de su condición personal. Sin embargo, esas imágenes intrascendentes, esa acumulación de momentos mínimos al ser registrados en clave literaria, cobran una singularidad poderosa: en vez de viajar por Alemania y Francia, viajamos por dentro de Herzog y su conciencia: vemos el mundo a través de sus ojos. Vemos el mundo construido a través de un lenguaje literario despojado y en esta construcción, es que lo intrascendente se vuelve o puede volver metafórico, simbólico y hasta épico en cierto sentido como bien ya mencionamos.

Del caminar sobre hielo es un texto relativamente corto, bellamente editado, donde caminamos por los campos alemanes y franceses con un director de cine que si bien ya tenía un nombre en aquel año 74, todavía no era la leyenda que es hoy casi 40 años después. Del caminar sobre hielo es una experiencia más del mejor Herzog: el Herzog documentalista que encuentra en su propio lenguaje literario, esa cámara, esa fotografía, ese sonido, esa voz en off propicia para, con la excusa de “salvar” a Lotte Eisner, probarnos una vez más la condición humana; la condición herzoguiana dentro de la condición humana. La que Herzog entiende, más bien, como la misma: esa donde se pasan barcos por una montaña; esa donde se escalan cerros argentinos inalcanzables para demostrar un amor sincero; esa donde él, y solamente él, puede pasar un barco por una montaña y filmar la punta de un cerro argentino alcanzado por amor.

Esa donde después del caminar hasta París, Lotte Eisner vivió nueve años más.


lunes, marzo 30, 2015

En el camino

Por Pablo Chacón para Télam



En Del caminar sobre hielo, el cineasta, escritor, guionista y actor Werner Herzog recrea su viaje a pie, desde Munich a París, cuando un amigo lo entera de la inminente muerte de Lotte Eisner, la crítica de arte que formó a buena parte de la generación de intelectuales que en la segunda posguerra abrevó en el expresionismo de la primera y se lanzó al mundo abominando de un nacionalismo vergonzante.

El libro, publicado por primera vez en España, apenas se conocía en la Argentina. Ahora, la editorial Entropía, en traducción de Ariel Magnus, recupera aquel formidable diario de viaje que luego este artista exploraría en otros formatos y otras geografías hasta el día de la fecha.
“A fines de noviembre de 1974 me llamó un amigo desde París y me dijo que Lotte Eisner estaba muy enferma y que probablemente moriría, a lo que yo dije que no podía ser, no en este momento, el cine alemán no podía prescindir de ella, no debíamos permitir que eso sucediera”, cuenta Herzog. Así las cosas, “agarré una campera, una brújula y un bolso con lo estrictamente necesario (…) Tomé el camino más recto hacia París, con la firme creencia de que ella seguiría con vida si yo iba a pie”, agrega.

Y así fue: Eisner murió en 1983, y esa suerte de ordalía por la que pasó el director de Nosferatu, lo dejó en un estado -digámoslo, de gracia- imprescindible para acometer otros proyectos en el futuro que sonaban imposibles.

 Herzog nació en 1942. Ha filmado documentales, películas de ficción, adaptaciones; ha montado puestas en el Amazonas; ha conversado con asesinos que esperaban condena a muerte, ha recorrido el Golfo pérsico después que los norteamericanos destruyeran todos los pozos de petróleo durante la guerra homónima, etcétera.

Desde Munich a París no hay mucho más de 400 kilómetros. El autor de este libro (que también registró la experiencia en el Amazonas, Conquista de lo inútil, también publicado por la misma editorial), habría que decir que no es un caminante perezoso o un hedonista de esos que ahora proliferan para bajar las panzas atiborradas de cerveza.

En principio, elige senderos más que rutas; está en silencio y avanza; reniega de los lugares muy poblados; habla poco; se concentra en observar, establecer puentes con los diversos animales que todavía resisten en el corazón mismo de Europa; lo suyo, antes que turismo-aventura, o guiones predigeridos, es un homenaje.

Lotte Eisner había corrido la suerte de muchos disidentes en la república de Vichy: trasladada a un campo de concentración en los Pirineos, logró escapar y volver a París, donde Henri Langlois, que estaba poniendo a punto la cinemateca que tanta importancia tuvo durante mayo del 68, le consiguió un trabajo y la protegió.


Allí trabajó hasta un año después del viaje de Herzog: su demostración de generosidad y entrega por el espíritu de Eisner lo acompaña aun hoy, siempre enfebrecido por capturar imágenes imposibles, personajes imposibles, puntos de fuga para recorrer un mundo digitalizado, vigilado, administrado, regimentado, normalizado y escaneado en la mayoría de sus dimensiones.

miércoles, marzo 25, 2015

Hacia rutas salvajes

El vía crucis primal de Herzog

Por Miguel Zeballos para Revista Veintitrés




"Nuestra Eisner no debe morir, no va a morir, yo no lo permito. No morirá, no. No ahora. No lo tiene permitido”. Con esta declaración desesperada, Herzog inicia el vía crucis que lo llevará a París, el lugar donde Lotte Eisner, la gran teórica del cine alemán, lo espera moribunda. Hasta acá, nada excepcional, salvo que lo excepcional es una marca que Herzog lleva en la piel escrita con fuego, y salvo que el recorrido Munich-París lo hace caminando.

Herzog es primitivo, su conciencia está ligada al grito del tiempo, a cierta comunión ancestral, un rito que en este caso se refleja en la experiencia de caminar, pero podría ser cualquier cosa con tal de salvaguardar al mito y a la épica (el mito sería Lotte Eisner, él mismo es la épica).

Herzog –y su cine– ha perseguido desde siempre lo imposible: más que un cineasta, es un lobo rondando las cuevas de Altamira, un cuerpo marginado, o marginal, del mismo modo que lo fue Kaspar Hauser, Aguirre o Cobra Verde, por nombrar unos pocos ejemplos: “El hombre de la estación de servicio me dirigió una mirada tan irreal que me fui rápido al baño para cerciorarme frente al espejo de que aún tengo aspecto humano”, dice en unos de sus descansos de pies ampollados.

Herzog es tenaz. Lo que escribe, lo que filma, está unido de manera sanguínea a lo que vive, es prácticamente lo mismo. Para él, el destino es trashumante, se mueve para donde se muevan sus ojos, o sus piernas.

La misma animalidad intrínseca que contiene su cine se esboza en este libro, la misma nube espesa flotando en el aire, esa especie de brusca aventura del silencio.

sábado, marzo 21, 2015

Del caminar sobre hielo como viaje espiritual

Sección El señalador del diario La Nación

La idea pudo haber sido fruto de la imaginación afiebrada de Fitzcarraldo o Aguirre, dos de los personajes más memorables de Werner Herzog. Pero esta vez los hechos no provienen de la ficción, sino de la realidad más vívida y su protagonista no es otro que el genial realizador alemán. Del caminar sobre hielo (Entropía) tuvo una primera edición en 1978; recoge las anotaciones que el creador de Nosferatu hizo durante su viaje entre Munich y París, adonde llegó para visitar a Lotte Eisner, uno de los emblemas de la crítica europea, conciencia del nuevo cine alemán y una estudiosa del movimiento expresionismo.


Se hizo de una campera, una brújula y un bolso, y en noviembre de 1974 emprendió viaje. Lo que sigue son las anotaciones de un caminante impenitente, que deja constancia del mundo y de los hombres que encuentra a su paso después de observarlos con su mirada curiosa y tan personal. En el epílogo, el realizador le agradece a Eisner que le dio alas. Es el mismo vuelo que durante años emprendieron los agradecidos seguidores del cine de Herzog.

jueves, marzo 19, 2015

Cuento para una persona, de Laura Petrecca

Reseña de Franco Castignani para Revista Otra Parte


Si hay algo que probablemente distingue a la poesía más interesante de este siglo que recién comienza es su propuesta —y su apuesta— anfibológica: el intento de afirmarse desde un lugar intermedio entre los distintos discursos y retóricas que articulan la lengua en un momento determinado y que de alguna manera le imponen su dinámica. El lugar intermedio aparece en el discurso poético contemporáneo casi como una precondición para lograr su diferencia específica frente a otros lenguajes, diferencia que por cierto nunca es definitiva, al abrir el poema a sucesivas contaminaciones y distorsiones. Ya no habría espacio para el poema “puro” y, a diferencia del siglo que pasó, en el que una lectura muchas veces irreflexiva de cierta vulgata heideggeriana —que presuntamente prescribía al poeta hablar desde un único poema— resultó en la repetición mecanizada de un repertorio fijo de tópicos y figuras, la poesía más contemporánea parece apostar por una vigorosa pluralización de formas, ritmos y registros.

Es en este lugar intermedio donde intenta instalarse Laura Petrecca en Cuento para una persona, su nueva novela breve en verso. El trabajo con la cesura y las interrupciones de los versos se vuelve un recurso central en este poema-relato, en tanto movimientos que dejan aparecer el texto en su organicidad mínima, sin apelar a golpes de efecto ni refugiarse en cierres elocuentes. En el comienzo del poema “Un vestido nuevo”, leemos: “Las formas cambiantes de la belleza / dejan una suave nostalgia, / eso es lo que estaba escrito debajo de la fotografía; / mientras la contemplaba, se escapaba de la sábana, / de lo que todos habían comentado / sobre esa anotación a lo largo de los años, / lo que esa anotación construía / en el paso del tiempo y el efecto, / todos parecían encontrar algo muy profundo / algo muy verdadero. / Ella no encontraba nada ahí, / ni profundo ni verdadero / ni nada, no lo había / y lo único que la había llevado a conservarla / antes de tirarla al fuego / es que la niña que se mostraba era ella / y había dudado, como todos, un poco / antes de romper su propia imagen / y tirarla a la chimenea”. Bien se ve que tanto el corte de los versos, cuya escansión tiende a cierta forma antirrítmica, como el uso de una fina y dosificada ironía, contribuyen a producir en el lector el extrañamiento necesario como para que pueda introducirse en los eslabones fragmentarios característicos de toda autobiografía. Un clima de acedia melancólica, propio de quien no se acoge a los relatos sobre sí y a los dictados de la mirada, oficia de atmósfera secreta de estos poemas. El yo, extrañado y pluralizado por el trabajo preciso con la ironía, deja de ser un punto de estabilización de la voz para devenir, desde el enigma último que lo constituye, otra cosa, secreto hasta para quien enuncia. De ahí que quizás la mayor virtud de Cuento para una persona sea que, conforme lo leemos, las preguntas “¿quién habla?” o “¿de qué se habla?” se vuelven impertinentes e innecesarias.

El relato de un hermoso y desmesurado gesto de amor


Por Maximiliano Tomas para La Nación



En 2008 se publicó en la Argentina lo que solo en apariencia se trataba de un diario de rodaje: el libro era febril y por momentos genial como su autor, llevaba por título Conquista de lo inútil, narraba las dificultades y desgracias de la filmación de la película Fitzcarraldo en medio de la selva peruana y estaba firmado por Werner Herzog. ¿Cómo empujar un enorme barco de vapor de un río a otro a través de la selva amazónica? ¿Cómo convivir con cocodrilos, serpientes y mosquitos, cómo sobrevivir a los ataques de furia bipolar de un actor como Klaus Kinski, con el que Herzog estuvo más de una vez al borde de ser asesinado o de cometer un homicidio? ¿Cómo sobornar a los gobiernos locales para conseguir permisos, nutrir de alimento, bebidas y prostitutas a los pobladores y a los trabajadores de la producción, que pasarían meses aislados de todo, a cientos de kilómetros de la ciudad más cercana? Todo está en esos cuadernos que el director llevó entre 1979 y 1981, y que permanecieron ocultos durante más de veinte años hasta que vieron la luz. Si Fitzcarraldo se convirtió en una película legendaria, ese registro llamado Conquista de lo inútil funciona como un complemento cuyo destino no será, acaso, menos mítico.

Cinco años antes de aquella experiencia, Herzog acometió otra aventura extrema. A fines de 1974 Lotte Eisner, la primera crítica de cine de la historia alemana y cofundadora de la Cinemateca Francesa en el exilio (aquella mujer que escapó de los nazis y puso a resguardo en París un acervo cultural de valor incalculable) se estaba muriendo. Cuando se enteró de la noticia, Herzog estaba en Munich. Conmocionado, enfurecido, decidió ir a su encuentro. Partiría ese mismo día, y haría los 830 kilómetros que separan Munich de París a pie, atravesando campos, bosques y montañas. "Agarré una campera, una brújula y un bolso con lo estrictamente necesario. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que confiaba en ellas. Tomé el camino más recto hacia París, con la firme creencia de que ella seguiría con vida si yo iba a pie. Además, quería estar a solas conmigo". Herzog tardó poco más de veinte días en llegar a París, y también llevó un registro de ese viaje. El libro se publicó en 1978 en Alemania, se llamó Del caminar sobre hielo y ahora acaba de aparecer su versión en castellano.
Como en Conquista de lo inútil, aquí se presenta otro episodio de la lucha desigual entre el hombre y la naturaleza. Si en aquel libro el enemigo que todo lo corrompe había sido la selva, en este lo son los bosques, la lluvia invernal, y sobre todo la nieve. Herzog, su egotismo y su fuerza de voluntad dan como resultado esta vez un libro íntimo, menos anecdótico y más reflexivo. "Al caminar, uno se cruza con muchas cosas desechadas", apunta. "Una bicicleta de mujer casi nueva tirada en el arroyo, largo rato estuve pensando en eso. ¿Un crimen? ¿Una pelea previa? Sospecho que ahí sucedió algo rural, lóbrego, dramático". "¿Cómo puede doler tanto caminar?", se pregunta. "Ando con ritmo acelerado, sin parar, porque estoy mojado hasta la piel y si me quedo quieto enseguida me congelo; así al menos mantengo el calor".

Pasan los días y Herzog se alimenta con leche y mandarinas. Por las noches, asalta graneros y fuerza las puertas de casas tapiadas debido al inminente invierno europeo. Duerme poco, y a la madrugada reemprende camino. Algunas veces su ánimo flaquea y se pregunta si su amiga seguirá con vida. Pasa una que otra noche en un hostal, otras come en estaciones de servicio, e incluso permite que algún auto o camión lo lleve, bajo la tormenta, unos pocos kilómetros. Pero cuando siente que su compromiso está siendo traicionado se baja y sigue caminando bajo el granizo. Con los días y los kilómetros, Herzog se convierte en un vagabundo y en un misántropo. Rara vez habla con alguien. Le escapa al contacto con la gente. "Después nieve, nieve, lluvia con nieve, maldigo la Creación. ¿Para qué es esto? Estoy tan empapado que cruzo los campos embarrados para evitar a las personas, para no tener que mirarlas a la cara. Ante los poblados siento vergüenza. Ante los chicos pongo cara de ser de la zona".

Las páginas están puntuadas por los días que comienzan y acaban, en los que se mezclan pensamientos, sueños y observaciones agudas, que alcanzan muchas veces un registro delicadamente poético y maravilloso: "Veo muchos ratones. Ya no tenemos idea de la cantidad de ratones que hay en el mundo, es inconcebible. Los ratones crujen muy silenciosamente en el césped aplastado. Sólo el que camina ve los ratones. Sobre los campos nevados abrieron pasillos entre la nieve y el pasto, y ahora que la nieve se fue quedan las huellas serpenteantes. Con los ratones es posible trabar amistad". Hay escenas epifánicas, como si uno estuviera leyendo un cuento o una fábula, pero tratándose de Herzog bien sabemos que deben haber sido reales: "En el peor momento de la tormenta de nieve sobre los Alpes de Suabia, unas ovejas congeladas y desconcertadas dentro de un cercado provisorio me miraron y se vinieron apiñadas hacia mí, como si yo les trajera una solución, la solución. Nunca vi tanta confianza como la que me expresaban las caras de esas ovejas en la nieve".

La idea de llevar a cabo un sacrificio como el que narra Del caminar sobre hielo es tan poderosa que el libro bien podría no existir, o haber sido inventado de punta a punta. Lo que importa es que una persona haya sido capaz de semejante gesto de amor: mientras haya gente así, la raza humana tendrá un futuro y una posibilidad. Lotte Eisner murió el 25 de noviembre de 1983 en París. Sobrevivió casi diez años a aquella caminata que alguien, en soledad y en silencio, emprendió en su honor.

lunes, marzo 16, 2015

Werner Herzog y el libro único

Acaba de editarse “Del caminar sobre hielo”, del realizador alemán nacido en 1942. Un diario en el que Herzog toma nota de las impresiones y recuerdos que le dispara una larga caminata entre Munich y París (más de 800 km) entre noviembre y diciembre de 1974.

Por Guillermo Piro para Perfil Cultura



Estamos a fines de 1974. Werner Herzog, de 32 años, es el realizador de Señales de vida (1968), Los enanos también empezaron pequeños (1970), Fata Morgana (1971), El país del silencio y la oscuridad (1971), Aguirre, la ira de Dios (1972), El gran éxtasis del escultor de madera Steiner y El enigma de Kaspar Hauser (ambas de 1974). Lotte Eisner agoniza en un hospital parisino. Lotte Eisner, la historiadora del cine, la autora de La pantalla diabólica, tiene entonces 78 años y en 1974, según Herzog, “el cine alemán no puede prescindir de ella”. Sin una explicación plausible, Herzog, que se encuentra en Munich, decide llegar a París caminando en línea recta. No especifica si el sacrificio obedece a una promesa, no especifica si con ello trata de saldar una deuda de amor o de estirar una agonía con la certeza de que su amada Lotte no se atreverá a cruzar al otro mundo sin haberse despedido de él. Simplemente toma una campera, unas botas nuevas, una brújula y un bolso “con lo estrictamente necesario” y emprende el camino a pie. “Lo que escribí durante el viaje no estuvo pensado para lectores”, escribe Herzog en la breve nota que acompaña la primera edición de ese diario de viaje, en 1978.

Del caminar sobre hielo. Munich-París 23/11 al 14/12 de 1974 acaba de ser editado por Entropía. El libro ya había sido traducido y editado en España en los 80, pero la nueva traducción del argentino Ariel Magnus vuelve a poner a nuestro alcance una pequeña joya sin la tediosa necesidad de tener que estar recurriendo todo el tiempo al diccionario.
El italiano Roberto Bazlen dejó sentadas en 1962 las bases teóricas de lo que él mismo llamó “el libro único”: no una obra, no una serie, sino un único libro con el que el autor sabe que su tarea no consiste en otra cosa que transmitir con la máxima precisión algo que vale la pena ser recordado. La definición se ajusta a la perfección a Del caminar sobre hielo –y la existencia de un libro posterior de Herzog, Conquista de lo inútil, el diario de filmación de Fitzcarraldo, en 1982, no cambia en nada el carácter de “único” de Del caminar sobre hielo: según Bazlen, se puede ser el autor de un libro único habiendo escrito infinidad de libros.
En un momento dos palabras ocupan misteriosamente la mente de Herzog: “mijo” y “robusto”, y se convierte en una tortura tratar de encontrar una relación entre ambas. Hasta que finalmente, inadvertidamente, la encuentra: “Mi producción de humedad es enorme, porque avanzo robustamente y pienso en mijo.”

“¿Es buena la soledad?”, se pregunta Herzog. Y responde: “Sí, lo es. Sólo que aporta miradas dramáticas de lo venidero”. Herzog toma nota de cosas maravillosas e intrascendentes. Lo intrascendente no importa, pero lo maravilloso se parece a esto: “Cuando me acerco a la gente me limpio las comisuras de los labios porque siento que tienen espuma. Escupí en el río Ill y la escupida se fue flotando como sólido copo de algodón”. O a esto: “Veo muchos ratones. Ya no tenemos idea de la cantidad de ratones que hay en el mundo, es inconcebible. Los ratones crujen muy silenciosamente en el césped aplastado. Sólo el que camina ve los ratones. [...] Con los ratones es posible trabar amistad”.

Varias veces, a lo largo de la accidentada caminata (no hay que usar botas nuevas si se piensa caminar mucho), Herzog piensa en emprender la vuelta. Varias veces se pregunta: “¿Vive aún Eisner?”.
Herzog llegará a París y encontrará viva a la “Eisnerin” (así la llamaba Bertolt Brecht). Morirá en 1983, a los 86 años. Sin duda lo hizo porque Herzog se lo permitió. De otro modo, no se explica semejante falta de respeto.


jueves, marzo 12, 2015

Viajes al centro del hombre

Cineastas de culto, Herzog y Waters describen, en dos libros recién editados, las peripecias existenciales de lanzarse a la ruta.

11 de marzo de 2015

Por Walter Lezcano para La Agenda de Buenos Aires



Werner Herzog también prestó su voz a un olvidable capítulo de Los Simpsons: The Scorpion’s Tale. Sin embargo, a diferencia de Waters, Herzog es un director de cine que no es para nada una celebridad. Su figura, respetadísima luego de más de sesenta películas, tiene algo de totémico y milagroso, como si fuese portador de alguna verdad no revelada y cada obra suya fuera una entrega fragmentaria de ese secreto.
Cuando se piensa en Nosferatu, Aguirre, la ira de Dios, Fitzcarraldo o en sus documentales, la imagen es la de alguien que utiliza el arte para llegar hasta los límites de las experiencias humanas, que es donde se desintegra la personalidad y surge la esencia. ¿Cómo escribe alguien que mira y filma de ese modo?
La respuesta llegó en el 2011 cuando se publicó en nuestro país Conquista de lo inútil (Entropía), una obra deslumbrante que nos trajo la voz de un escritor, hasta ese momento, desconocido. {descripción de la imagen}El diario de filmación de Fitzcarraldo es una epopeya donde las voluntades luchan contra la despiadada frialdad de la naturaleza para llegar a buen puerto una película que parecía imposible. El 18 de agosto de 1979, Herzog anota: “El tiempo tira de mí como un elefante y a mi corazón lo desgarran los perros”. Son las palabras de alguien intenso que es capaz, por ejemplo, de ir a pie de Munich a Paris porque piensa que así va salvar de la muerte a una amiga a quien admira. Bueno, eso es lo que cuenta Del caminar sobre el hielo (Entropía).
En noviembre de 1974, Herzog se entera que Lotte Eisner está muy enferma. Decide entonces ir a verla y se convence que ese viaje a pie va ser definitivo para que ella no muera. El libro es el diario de ese peregrinaje. Y al igual que en Conquista de lo inútil, Herzog muestra que la buena escritura tiene, sin importar los géneros, mucho de misterio y también mucho de revelación. En ese aspecto, todo lo que describe Herzog pertenece a un mundo desconocido y fantástico: de otra era y con otro modo de vida. De todas maneras, su escritura es la de alguien que está en la búsqueda de algo superior y es ahí donde, paradójicamente, se logra la conexión con lo terrenal, con la experiencia humana: con la necesidad de creer. 
Al comienzo de la crónica, Herzog escribe: “Un único pensamiento omnipresente: irse de acá. Las personas me dan miedo. Nuestra Eisner no debe morir, no va a morir, yo no lo permito. No morirá, no. No ahora, no lo tiene permitido. No, no va a morir porque no está muriendo. Mis pasos son firmes. Y ahora tiemble la tierra. Cuando yo camino camina un bisonte. Cuando descanso, reposa una montaña”. Herzog llegó a París el 14 de diciembre de 1974 y Eisner no solo no había muerto sino que vivió nueve años más.

Herzog y las ganas de caminar

Del caminar sobre hielo en la La Nación Revista




Si algún fan de Werner Herzog cree que la mayor locura del director alemán fue filmar en la selva con Klaus Kinski, o su documental Grizzly Man (foto) tal vez no conozca otras pequeñas delicias aventureras como largarse a caminar, en noviembre de 1974, de Munich a París en línea recta (unos 684 km). La travesía fue un impulso y una autopromesa: si lograba llegar a la casa de la crítica Lotte Eisner, ella superaría una dura enfermedad. Con una campera, una brújula y un bolso "con lo estrictamente necesario" partió en su (finalmente exitoso) trayecto que se narra día por día en Del caminar sobre hielo, delicioso libro (Entropía) editado por primera vez en el país con traducción de Ariel Magnus.

LNR, 8/3/2015

El abrigo de una forma linda

Carlos Ríos reseña Scalabritney para Bazar Americano



Hay en esta primera novela de Martín Zícari (Buenos Aires, 1989) un efecto encantatorio que le llega al lector como el resultado de un dislocamiento lírico y argumental, en un fraseo incesante que da cuenta de los desplazamientos de Martu, un joven universitario, espécimen citadino o “chico urbano” que se consagra a la amistad, al fluir del presente y al amor entre pares. En ella importan menos los acontecimientos –sobreabundantes, sean reales o ficticios– que las modulaciones de un archivo sensible, a medias documental, caprichoso e irónico, a medias inventado que reproduce Martu con la sagrada potencia de un diario que se escribe en plena exploración, subido a la bici o en el colectivo, en la facultad o en el trabajo deplorable, junto a sus amigos y amigas, en incursiones más o menos salvajes o artísticas, siempre con la varita de las sensaciones en la mano.

Los hechos, menores, elevados o dramáticos según los acentos que vaya poniendo Martu (¿Martín?) según sus humores en la clasificación de las cosas, con una media distancia a la vez crítica, temerosa y dotada de una carga “perspicaz” –palabra que Martu promete buscar en el diccionario– aparecen en la nouvelle filtrados por un artefacto hipersensible  –una cajita hecha de colores y de música– que funciona como un acelerador de partículas emocionales, una cajita donde podrían guardarse un corazón y un set de palabras luminosas que fueran adhiriéndose, como una piel, al organismo de la novela.

El espectro sensible se derrama sobre los hechos, en especial donde se reconoce una condición de fragilidad constitutiva a un paso de lastimar, un lastre con el que ajustar cuentas luego del resplandor epifánico. Ejemplo: una canción puesta para acompañar el regreso feliz y radiante en la bici puede aportar tristeza, hacer que la gente que pasa le deje a Martu “sus pedazos de persona que ellos no querían”. El entorno, de golpe, se torna amenazante: “Los que pasaban en moto me suspiraban en la nuca, los que pasaban en auto me tocaban bocina y me encerraban para matarme, los que iban en colectivo estaban tan en la suya que no se daban cuenta de lo que sucedía alrededor. Los que manejan están tan pendientes de sus volantes que no ven la carne, los músculos y los ojos de los demás”.

La de Zícari es una prosa vibrante, plenipotenciaria, cuyo avance en apariencia errático construye, para sí misma y para quien la escribe, un sistema de esclusas que contenga y distribuya el impacto de lo real: así lo pequeño se magnifica, los enamoramientos involucran, en su belleza, el entorno, los peligros se redimensionan o se aplazan con el poder de la imaginación. Lo que se sabe sobre el mundo, entonces, resulta de una construcción selectiva. Y de una escritura poderosa. Luego eso es crecer, entrar en el mundo de otro modo.

Mientras los amigos y amigas son cuadros más o menos inmóviles, superficiales o pasivos que funcionan a pares como ciertos personajes de Kafka, el derrotero de Martu es hacia la profundidad, en un compuesto caótico detecta el brillo de las cosas y las levanta, hace de un epifenómeno un momento insuperable de la vida, o sólo superable por algo de la misma sintonía que venga después, tenga que ver con un chapuzón en el río o con los efectos de lectura que ocasiona un poema malo. Al mismo tiempo, sobreviene la sensación de que el mundo podría derrumbarse de golpe, cualquier hecho insignificante podría empañar todo el conjunto, hacerle daño (y es un daño que viene de afuera pero ya estaba, de algún modo, en uno).

Perderse en un bosquecito o en una fiesta, imaginar la película de un paseo en barco, devenir animal artístico o subhumano, ser el “susanito” que limpia su espacio íntimo para purificarse, en todo caso asentar un territorio para escaparle a las clausuras del miedo. La decepción, la tristeza o la escalada depresiva son el fusible por donde el mundo entra para reconfirmarse como ajeno; Martu se libera de estos embates con las lanzas resplandecientes de una escritura lanzada hacia adelante, arborizante o detenida, siempre a metros de la autoprotección.

¿Cómo luchar contra ese mundo que se inclina sobre uno de manera irremediable? Oponiéndole un patrón sensible y amoroso que obre como conjuro. Y en esta oposición, la novelita de Zícari condensa en su charla interna cada pretensión de resguardo y libertad con sus reenvíos poéticos, como si las miserias grises del mundo, tamizadas en la cajita ultrasensible de Martu, pudieran ser abolidas a puro golpe de belleza.


(Actualización marzo – abril 2015/ BazarAmericano)

miércoles, febrero 25, 2015

El sacrificio

Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog en Radar

Por Mariana Enríquez


Para Werner Herzog, como para toda su generación de cineastas, Lotte Eisner era el faro, la maestra, la mujer que les dio legitimidad. En la laudatio que escribió en ocasión de la entrega del premio Helmut Kaütner (y que Del caminar sobre hielo incluye como epílogo), Herzog dice que Eisner es la conciencia del Nuevo Cine Alemán y repasa la vida de esta mujer fascinante: pionera de la crítica de cine, firma ineludible de Cahiers du Cinéma, autora del fundamental La pantalla demoníaca y de libros sobre F. W. Murnau y Fritz Lang que son considerados clásicos. Eisner escapó del Tercer Reich a Francia en 1933 pero fue atrapada durante la guerra y detenida en un campo de concentración de Aquitania, en el que sobrevivió. Trabajó cuarenta años en la Cinémathèque Française junto a Henri Langlois y restauró miles de películas. Y, sobre todo, su departamento en París era lugar de reunión constante de jóvenes, especialmente de jóvenes cineastas alemanes que la escuchaban con devoción y disfrutaban de su calidez (Wim Wenders, por ejemplo, le dedicó Paris, Texas). Herzog explica: su generación es una generación sin padres. Está quebrada por el horror del nazismo. El puente histórico-cultural para conseguir la legitimidad como cineastas se lo dio Eisner. Una vez ella le dijo: “Escúcheme, la historia del cine no les permite a los jóvenes realizadores alemanes como usted que se den por vencidos”.

Ese invierno de 1974, cuando Lotte Eisner se enfermó gravemente, a Herzog se le antojó una fecha demasiado temprana para la muerte de esta mujer que estaba ayudando a la (re) construcción de una nueva cultura alemana. Por eso, en un impulso, decide ir a visitarla caminando: a pie desde Munich hasta París, donde ella vive. Un exorcismo para alejar la muerte. Si uno hace un sacrificio impresionante, un sacrificio que es como un grito, los dioses escuchan. También si se siguen las reglas más o menos rígidas del ritual. Así, Herzog decide visitar a Lotte Eisner como peregrino y en la línea más recta posible. Cree que, si lo logra, Eisner vivirá. Y sucede lo que típicamente le sucede a Herzog, un hombre que construye su mitología personal con la ayuda de la intuición, la suerte y su enorme talento: Eisner vive, y vivirá nueve años más. El joven peregrino invernal e intenso salva a la anciana sabia.

Del caminar sobre hielo (Entropía, traducción de Ariel Magnus) se escribió como diario en noviembre y diciembre de 1974 y se publicó cuatro años después. Tiene el “tono Herzog”, casi siempre lúgubre, romántico y salpicado de breves epifanías, destellos de luz e incluso de humor. Es un libro hermoso y a veces onírico: por momentos, éstos podrían ser los diarios de Rimbaud, el poeta que alguna vez también recorrió Europa a pie –aunque él lo hizo por motivos misteriosos y con un frenesí más feroz–. Y se ubica en la obra de Herzog a la perfección. Gran parte de la filmografía herzoguiana trata su obsesión por el hombre contemporáneo ubicado en la naturaleza, no necesariamente luchando contra ella sino tratando de conquistarla, y siempre la conclusión es la misma: es imposible hacerlo. Sin embargo, persevera y se fascina con quienes perseveran. Esta relación obsesiva con la naturaleza está en los largos de ficción de Herzog y en sus documentales, en las condiciones de rodaje, en las locaciones, en los temas: los cinco meses de producción de Aguirre o la ira de Dios (1972) sobre el río Amazonas en la selva peruana: los actores y equipo abrieron caminos a machetazos y navegaron en balsas construidas por los aborígenes. Fitzcarraldo (1982) y su barco que hay que hacer pasar sobre una montaña y el sueño de construir una ópera en Iquitos para que cante Enrico Caruso. Grito de piedra (1991), sobre una expedición que escala el Cerro Torre en Patagonia. Hasta Maldito policía en Nueva Orleans, (2009) donde uno de los protagonistas es el Huracán Katrina: la película está filmada con gran parte de la ciudad todavía bajo el agua. Y los documentales: Fata Morgana de 1969, con narración justamente de Lotte Eisner, una visión particularísima del Sahara con recitado del Popol Vuh; Diamante blanco, de 2004, sobre Graham Dorrington, un ingeniero aeronáutico que sobrevuela la selva de Guyana tratando de capturar la fauna que vive sobre los árboles inalcanzables; el extraordinario Grizzly Man, sobre Timothy Treadwell, activista ecologista amateur que termina su vida comido por los osos que quería proteger en Alaska; la maravillosa Encuentros en el fin del mundo, sobre esa frontera de la naturaleza que es la Antártida. Siempre, en cada película, Herzog tiene algo para decir, y siempre negativo, sobre esa naturaleza inasible en la que se sumerge una y otra vez: “Lo que me perturba”, dice en Grizzly Man, con su hermosa voz grave y su inconfundible acento alemán, “es que en las caras de todos los osos que Treadwell filmó no encontré parentesco, ni entendimiento, ni piedad. Sólo veo la apabullante indiferencia de la naturaleza. Sólo veo la mirada ciega que muestra un interés aburrido por la comida”. Y en El peso de los sueños (1982), el documental sobre Fitzcarraldo, después de que Klaus Kinski habla del erotismo de la naturaleza, Herzog apunta: “Yo veo obscenidad. La naturaleza aquí es vil y básica. Sólo veo fornicación y asfixia y estrangulamiento y pelea por la supervivencia y crecimiento... y veo cómo todo se pudre. Por supuesto, hay mucha desdicha. Es la misma que está alrededor de nosotros. Los árboles aquí son desdichados, los pájaros también. No creo que canten, gritan de dolor... No hay armonía en el universo. Tenemos que acostumbrarnos a esa idea. Pero cuando lo digo, lo digo lleno de admiración por la jungla. No la odio, la amo. La amo con locura. Pero la amo en contra de mi mejor juicio”.


Del caminar sobre hielo es el registro de una de las primeras experiencias de Herzog con ese amor contra la razón, con su intencional e invocada falta de juicio. Y también de su personal y vagamente pagana búsqueda de trascendencia.

miércoles, febrero 18, 2015

Todos los caminos conducen al cine (o a otra parte)

El primer libro del crítico de cine Marcos Vieytes, Subjetiva de nadie, reúne en un mismo espacio géneros que resulta difícil imaginar juntos como la crítica, la poesía y el diario personal.

Por Horacio Bernades para Tiempo Argentino.



De las tres citas que abren Subjetiva de nadie, primer libro de Marcos Vieytes, una es de uno de los más importantes teóricos cinematográficos (el argelino Jean-Louis Comolli) y otra del poeta Henri Michaux. Poeta y crítico cinematográfico (edita muy buen el sitio de Internet Hacerse la Crítica), en lugar de mantener separadas las dos cuerdas que lo mueven, Vieytes decidió juntarlas, sumándoles encima una tercera vertiente: el diario personal. Subtitulado Fragmentos de un diario crítico, este libro se propone lo que a simple vista parecería un doble oxímoron. ¿Puede concebirse acaso una subjetiva de nadie? ¿Un diario crítico? ¿Y crítico y poético? En la idea que lo anima, Subjetiva de nadie no parece reconocer precedentes y admite una sola clase de lector: aquel que saca boleto para un viaje que desconoce, y que posiblemente no lo lleve a ninguna parte.
Vieytes "sopla donde quiere", cita bíblica con la que él mismo titula el segundo apartado, dedicado a John Ford, maestro del western y del cine en general. Sus textos siguen recorridos dictados por la libre asociación de ideas, de temas o motivos. Y saltan, separados por párrafos o en forma de llamadas con asterisco, a un recuerdo personal o un poema. Diario personal, libre ejercicio de la crítica de cine, irrupción poética: esos tres ejes se yuxtaponen y entrelazan en Subjetiva de nadie. Tanto como se fusionan la cita culta con la lengua coloquial-popular. Las libertades que el autor se toma incluyen el objeto del que habla o cita: Vieytes no ensaya sobre "las películas que conocemos todos", sino sobre aquéllas sobre las que considera debe hacerlo.
Así, puede dedicar miniestudios de seis páginas a Maurice Pialat, cineasta francés de quien en Argentina no se estrenó ni una película (lo cual no le resta un gramo de importancia) o al genial Jackie Chan, máxima expresión de la kinesis cinematográfica, conocido aquí casi únicamente en su etapa de decadencia hollywoodense. O comparar al señor Spock de Viaje a las estrellas con el protagonista-alter ego de los films del gran Nanni Moretti. Viajes galácticos los de Vieytes, llenos de desvíos lógicos pero imprevistos. En medio de esos sesudos análisis, el autor recuerda el olor de Dominga Indelangelo, la señora que lo cuidó de niño. Revisa el éxtasis que sintió en una librería de usados por una chica que ojeaba libros a su lado. Califica al director de cine mudo Fred Niblo de "nabo". Versea "quebraduras/ de hierro en las costillas/no más alga/viscosa no más liquen/quemaduras/de cigarro en las entrañas (…)."

Lo dicho: un libro que es muchos y no se parece a ninguno. 

Tiempo Argentino, 15/2/2015

jueves, febrero 12, 2015

Libros sobre cine en continuado

Roger Koza para Ñ sobre Subjetiva de nadie, de Marcos Vieytes 

En una de las tantas publicaciones fugaces de Twitter, un reconocido crítico y periodista de cine argentino informa que en Francia 500.000 espectadores han visto Timbuktu , una película mauritana de Abderrahmane Sissako. Del resto de los países del mundo, tal vez sólo Argentina podría reunir una cantidad considerable de espectadores para un filme de esa procedencia. ¿Una conjetura descabellada? La cinefilia vernácula es numerosa y multigeneracional; hay una cultura cinematográfica vigorosa y una tradición ostensible.

Quizás eso explique un poco, a pesar de la insuficiencia argumentativa pero lejos de cualquier atisbo de sofisma, la insólita cantidad de libros de cine que se publican en el país. Para el hispanoparlante que no vive en la nación de Leonardo Favio y Lucrecia Martel, la oferta en la materia resulta asombrosa. Está claro que, en comparación con los títulos de autoayuda, el número puede ser irrisorio, pero no deja de ser un mercado editorial que a su vez denota una variedad bienvenida.
Un ejemplo reciente: el reconocido crítico de El Amante Cine , Leonardo D’Espósito, acaba de publicar Todo lo que necesitas saber sobre cine.

La voluntad pedagógica del libro no implica subestimar al lector ni abandonar cierto rigor tanto histórico como analítico. Casi al mismo tiempo, el cineasta y crítico Nicolás Prividera ha publicado El país del cine , obra clave para leer políticamente el denominado Nuevo Cine Argentino. Se trata de una obra ambiciosa y arriesgada, tan polémica como las películas de su autor, inobjetable en su solidez argumentativa como también en su distintiva inventiva para agrupar problemas teóricos y contextos disímiles.

Uno de los libros más hermosos que se han publicado recientemente, en la pequeña editorial cordobesa Vilnius, es Hacia lo que vendrá , de Fernando Pujato. En ciertos círculos, el sucinto pero sustancial libro de Pujato, quien escribe sobre películas recientes como también sobre obras ineludibles del pasado, se atesora debido a sus pocos ejemplares. Lo fundamental y maravilloso de Hacia lo que vendrá pasa por cómo expresa una forma de mirar el mundo a través del cine y por su porfía en demostrar que la crítica de cine es una suerte de física descriptiva sensible que se apoya en el movimiento de los planos.

Recientemente se ha publicado Subjetiva de nadie , de Marcos Vieytes, el libro vernáculo más racionalmente salvaje del género, cuyo autor conjura su exposición narcisista al demostrar que la composición de su subjetividad está configurada en gran medida por las películas que analiza, desmarcando su aguda lectura de las películas de una mera idolatría del yo. Su hipérbole estilística es una evidencia de que considera su oficio como una tarea de deposición de falsos ídolos en busca de un dios verdadero. Y, además, las extraordinarias traducciones de títulos fundamentales para la supervivencia y construcción de una cultura cinematográfica que interrogue la imagen por medio de la palabra escrita.


El cine del diablo , de Jean Epstein, Cine Capital , de Jun Fujita Hirose, Bresson por Bresson , Herzog por Herzog , El cine después del cine , de Jim Hoberman, los ensayos de Jean Rancière sobre el arte cinematográfico, algunas joyas entre tantas novedades bibliográficas que confirman la pertinencia de la palabra frente al devenir de las imágenes.

miércoles, febrero 11, 2015

Sobre la autopsia de un ojo (o la disección de la mirada)

Sobre Subjetiva de nadie, de Marcos Vieytes. Por Oscar Cuervo para La Otra



No vi Horror Express y no tenía idea de su existencia ni de quién es su director, Eugenio Martín; es más: creo que no la veré siquiera después de haber leído este hermoso texto de Marcos Vieytes que forma parte de su primer libro. El "subproducto del cine de terror europeo" queda definitivamente fuera de mi radar; lo digo sin culpa y sin orgullo. Apartada esta cuestión de deseos y deberes, debo decir que el texto de Vieytes justificaría la existencia de la película que no veré. Hay ahí una metáfora del cine señalada como al pasar, en una intuición genial, en medio de una cadena de instantáneas sobre la mirada (la mirada de Romy Schneider, la mirada de un conejo muerto (ver acá)), cada una de las cuales que valen por un tratado de mil páginas sobre la ontología de la imagen cinematográfica. Una serie de asociaciones, lícitas o ilícitas, autorizadas por la vida de la escritura.

Vieytes no hace un libro de crítica cinematográfica; tampoco creo que sea muy precisa la etiqueta del subtítulo: Fragmentos de un diario crítico. Al menos yo no encuentro un diario. Hay sí una apuesta por la contingencia de la escritura, un escrutar la mirada, por el rebote aparentemente caprichoso de una memoria cinéfila capaz de lograr una iluminación a partir de la secuencia de un subproducto del terror europeo. La cinefilia que Marcos escribe no es la de un culto esotérico que se erige en contra del mundo, así como su crítica tampoco es el Tribunal de la Razón Cinematográfica ante el cual hace comparecer a cada película. No hay Juez ni Sistema, pero tampoco se trata de un mero montón de ocurrencias. Hay una trama urdida desde la inquietud de la pasión por el cine como parte de la experiencia vital: un cine que ayuda a ver el mundo escribiendo la mirada. No ideas, diría el Godard de Adiós al lenguaje, sino metáforas. Por eso creo que el libro Subjetiva de nadie, con su apariencia de ensayo acerca de la experiencia cinéfila interferido por poemas y relatos autobiográficos, es más una novela que otra cosa.


Un texto notable que atestigua que hay vida para la escritura cinematográfica, más allá de la liturgia vaciada de las reseñas y del gesto pendenciero de las camarillas. No está solo: lo acompañan textos tan distintos y tan productivos como los de Nicolás Prividera (El país del cine), los de Roger Koza en Ojos Abiertos, los de Emilio Bernini en Kilómetro 111 o los de José Miccio acá nomás. Un momento extraño y promisorio de eso que alguna vez se llamó "crítica cinematográfica" y hoy ya no sé cómo.


El cine entre creyentes y ateos

Marcos Vieytes habla de Subjetiva de nadie en el Blog deEterna Cadencia: “Ni la literatura ni el cine me explicaron lo inexplicable todavía, pero mucho de lo que yo creía inexplicable terminé por encontrarle o inventarme alguna explicación”, dice.

Por Walter Lezcano. Foto: Gabriela Garciulo.


¿De qué está hecha la vida de un crítico? Subjetivas de nadie. (Fragmentos de un diario crítico), de Marcos Vieytes (Entropía), es un libro particular que exhibe algo complejo e íntimo: una política de la mirada. Pero también es el modo en el que una persona ve en las películas el vehículo perfecto al paraíso. Y, por supuesto, en esa zona de placer y hedonismo, el celuloide es una parte que se conecta con otros discursos: la poesía, la narración, la mitología personal y el ensayo, por ejemplo. Ver, leer y escribir parece ser la triada, conectada de modo ineludible, en la cual se apoya Vieytes para construir los textos de Subjetivas de nadie. Y a partir de ahí, escapa al cómodo lugar de crítico en un sentido parasitario, para ubicarse en el movedizo espacio de observador y explorador de todo aquello que detona una emoción.

En la página 173 se lee:
“31 de diciembre de 2009. Parece que va ser larga. Son más de las dos pero no tengo sueño. Podría escuchar tangos de Manzi por Lamarque o seguir viendo una película sobre Demy. Ya no se oyen más cohetes. La noche pide café y no tengo más que mate y vino blanco. Aunque el cielo estuvo amenazando desde las seis o siete de la tarde, finalmente no cayó ni una gota. Hasta hace un rato barajé la posibilidad de reunir fragmentos de El oficio de vivir bajo el título “Pavese para un creyente difunto”, o de subir al blog ese poema de Saer sobre un violador que cierta noche hace inventario de los cuerpos ultrajados y le viene, como un escalofrío, la culpa, sin imaginarse siquiera, de tan inocente, que su espasmo responde a ese nombre. Esta tarde me hablaron de una mujer que no veo hace mucho, y no sentí más que el vago deseo de que le hubiera ido bien.”

Por esa senda sinuosa y atractiva bordea el libro: hablar de cine no como un lapidario cinéfilo nerd si no como alguien que descubre las relaciones vitales que establecen la películas con alguien atento, o ver la escritura como algo parecido a la libertad –así lo dice Fernando Martín Peña en la contratapa– pero también está la rigurosidad con las propias ideas sobre aquello que al autor lo convoca, lo interpela y lo saca del letargo cotidiano. Desde ese precipicio inhóspito, que busca un lector afín a esa clase de búsquedas, habla y escribe Marcos Vieytes en Subjetivas de nadie.

—Decís: “Mirar cine es hurgar, excavar, desesperar por hallar lo que subyace a la realidad”. ¿Cómo llegás al cine, por intermedio de quién? ¿Y de qué manera arribás a esta idea?
—Llego al cine por intermedio de mis padres. Nací y viví los primeros siete años a cuadras de Lavalle, que por entonces todavía era “la calle de los cines” y desde muy chico anduve con ellos por allí, adentro y afuera de las salas, viendo películas o recorriendo la peatonal de una punta a la otra. Las dos cosas están asociadas en mi memoria: ver y andar. Tanto influyeron esos pocos años que a mis 13, ya en San Fernando, zona norte de la provincia de Buenos Aires, comencé a llevar un fichero con la filmografía de los directores de cine que me parecían importantes; para completarla buscaba en diarios y revistas porque todavía no existía internet. Otro momento importante es la compra de la primera videocasetera, cerca del final de la secundaria.
Hasta escribir esa línea a la que te referís pasaron muchas cosas. Mencionar un par de ellas puede servir para tener una idea más clara sobre su origen. Una es la religión, que anda dando vueltas alrededor del final de esa frase, como una dimensión metafísica que en mi caso fue menos una forma de búsqueda que un punto de partida: nací y mis dos padres ya eran Testigos de Jehová. Desde el principio el cine estuvo asociado a la magia, el espiritismo, la fe, la resurrección de los muertos y un largo etcétera. Durante el transcurso de una película la ilusión puede ser tal que es capaz de convertirlo a uno, volverlo creyente. Una segunda cosa sobresaliente es la escritura. Fue, es y calculo que seguirá siendo la forma de búsqueda y expresión, por no decir respiración (anímica, vale decir espiritual) más importante en mi vida. En la escritura crítica se reunieron ese espectador por partida doble –de las películas y de Dios- y el productor -para usar un término cinematográfico significativo- de poemas que también soy.

—¿En qué momento decidís dedicarte a la crítica y por qué?
—Nunca lo decidí y sigo sin hacerlo. En tercer o cuarto año de la secundaria un compañero a quien nunca más volví a ver, Andrés Zarza, me dijo que yo tenía que ser crítico de cine; años más tarde volví a comprar un número de El Amante para ver qué habían escrito sobre una película que me gustaba y cómo no estuve de acuerdo con lo que leí me dije que alguna vez iba a escribir allí para defenderla; terminé haciéndolo aunque no hice nada para logarlo, salvo seguir mirando películas y escribiendo poesía y, bastante más tarde, escribir un par de cartas que fueron publicadas en el correo de lectores. Desde entonces empecé a escribir cada vez más seguido porque el editor me alentaba a hacerlo, a veces sacándole tiempo al trabajo; más tarde empecé a dar clases y desde hace algo más de dos años dirijo www.hacerselacritica.com, una página web de crítica de cine que reúne a más de veinte críticos, ha contado con la colaboración de escritores y directores de cine, presentó su primer volumen en papel en marzo del año pasado con Fernando Martín Peña como anfitrión y Adrián Caetano y José Campusano como participantes, y presentará el segundo dentro de par de meses. Así que la escritura de textos relacionados con la crítica se ha ido dando, pero nunca decidí ser crítico de cine. Digamos que lo soy por defecto. En verdad, no soy crítico, soy disléxico. Lo “crítico”, para mí, es escribir, en general.

—Subjetiva de nadie tiene muchos elementos: memorias, crítica, poesía, ficción, etcétera. ¿Cómo nace este libro y cómo le fuiste descubriendo la forma?
—Nace, justamente, cuando me di cuenta de que nunca iba a ser un crítico tradicional porque la película me importaba menos que lo pasaba entre ella y yo y no tenía la intención de ocultarlo. Eso era notorio en los textos que no sólo había escrito sino que también fueron publicados en los medios en los que escribía por entonces, El Amante y Cineismo, a los que mucho agradezco la libertad que me dieron. Años después percibí que en esos textos había creado un personaje, un alter ego que ahora, una vez terminado el libro, parece ser un crítico de cine pero es alguien que usa la crítica de cine para otra cosa, sin dejar por ello de tener una mirada crítica, en tanto que analítica, del cine y las películas. Pensé que seleccionando y reuniendo los textos adecuados, además del valor ensayístico de cada uno podía construir un relato atractivo, y a eso le sumé los poemas, que ocupan un lugar inhabitual, más subterráneo que subalterno. Cuando conocí a Gonzalo Castro esa idea terminó de tomar forma y se concretó en este libro.

—En el libro se mencionan una cantidad impresionante de películas. Seguramente, muy poca gente ha tenido posibilidad de verlas todas. ¿En qué tipo de lector pensás para tu texto?
—En uno que le guste sentirse estimulado, supongo, pero la verdad es que no pensé en ninguno a la hora de hacerlo sino en lo que yo quería y necesitaba decir. Claro que sí lo hice cuando escribí los textos que fueron publicados en revistas de crítica de cine, y eso ha redundado en que sean sugerentes e inteligibles. Haber visto las películas de las que se habla no es indispensable para entender lo que se cuenta en él, aunque arroja más luz tanto sobre el personaje como sobre mí y la selección que hice. Pero también puede suceder que, si se desconocen algunas de las películas referidas, los apuntes biográficos irrumpan con otro fulgor, que la poesía no esté solamente en los poemas sino también en el pasaje de los fragmentos analíticos a los íntimos. Porque es un libro en el que el montaje de las partes es tan importante como la progresión del relato que atraviesa las cinco secciones: La hora de religión, Subjetiva de nadie, Crónica de la intermitencia, El sexo de la cosa y La comedia cósmica.

—¿Qué opinás sobre el cliché que dice que el crítico es un “creador frustrado”?
—¿Aquí, ahora, ya? Nada. Que un cliché está para ser ignorado o repetido.

—A tu entender, ¿cuáles son los elementos que contiene una buena crítica cinematográfica?
—No sabría decírtelo, y creo que no tampoco debería hacerlo si lo supiera, en parte porque hay otros que se han dedicado a eso más y mejor que yo, pero sobre todo porque no sé ni me gusta teorizar programáticamente. Además, si lo pudiera formular acabadamente tendría que obligarme a observar esa fórmula, y sólo de pensar en algo como me eso me inunda un desasosiego esterilizador tal que prefiero seguir cultivando esta ignorancia específica. Prefiero que la crítica se porte mal a que se porte bien y le sirva de lubricante a la industria cultural.

—En el libro se habla mucho de cine, pero también de literatura. ¿Qué espacio le das a la vida, a las experiencias que están por afuera de eso? Y por otra parte: el cine y la literatura, ¿ayudan a comprender de una mejor manera los hechos inexplicables de la existencia cotidiana?
—Mirá, en un tiempo, cuando la Psicosis, mi perra, andaba todo el día suelta dando vueltas alrededor mío, te hubiera dicho que le daba más bien poco espacio a la vida. Ahora que la tengo todo el santo día atada y, además, ya está bastante más vieja, diría que es una locura separar la literatura y el cine de la vida. Ni uno ni otro me explicaron lo inexplicable todavía, pero lo que sí pasó es que a mucho de lo que yo creía inexplicable terminé por encontrarle o inventarme alguna explicación, y eso me ayudó a domesticar a la perra, pero ahora me aburro bastante más que antes.

—En Subjetiva de nadie hay pocas referencias al cine argentino. ¿Qué relación tenés con nuestro cine nacional?
—Creo que tengo bastante buena relación con el cine argentino, o por lo menos una muy activa. Hay películas de Manuel Romero, Mario Soffici, Carlos Schlieper, Armando Bó, Hugo del Carril, Leonardo Favio, Pino Solanas, Adolfo Aristarain, Adrián Caetano, Ana Poliak, José Campusano que están entre las que más quiero. En Hacerse la crítica el cine argentino es un objeto central de nuestras reflexiones y discusiones, tanto es así que nuestro primer volumen en papel se llamó “Pampa bárbara” a fin de privilegiar los debates que contiene. En Subjetiva de nadie no hay referencias al cine argentino porque su carácter es predominantemente lírico, en el sentido más despiadado y menos sentimental que puede llegar a tener la lírica, y en mis textos sobre cine nacional la política es protagonista. La distancia dada por el hecho de que todas las películas a partir de las cuales escribo sean extranjeras permite situar al lector en un paisaje cuyas referencias no son inmediatas. Además, se corresponde con mi primera etapa de escritura sobre cine, que fue una de aprendizaje global, y con la de formación del personaje en un ambiente religioso que pretendía abstraerlo de lo específicamente político y nacional. Tampoco descarto la posibilidad de reunir y publicar mis textos sobre películas argentinas contemporáneas en otro libro.

—Tu libro puede ser leído como una teoría de la crítica o un modo de ejercerla. ¿Considerás que la crítica tiene injerencia en el arte y en la creación?
—Espero que sí, que tenga que ver con la creación, y que este libro sea una prueba de ello. Es la razón por la que escribí esto que puede leerse en una de las primeras páginas: “El espectador de cine es un creyente; el crítico, un ateo, pero uno militante que derriba los falsos ídolos que pululan a su alrededor en busca de un dios verdadero en el que depositar algo de la fe perdida irrecuperable. El crítico al que me refiero no es necesariamente un crítico profesional sino un espectador tan apasionado que ya no puede ser ingenuo. Este crítico busca en cada película escollos que lo desafíen antes que facilidades. Lo excita la dificultad de descifrar la demasiado evidente superficialidad de las convenciones, en las que divisa la ilusión de un sentido que excede al dado por la conciencia de los realizadores a condición de que se sustente en evidencias concretas. Las interpretaciones pueden ser refutadas, la visión del crítico no en tanto y en cuanto su escritura tenga poder de convicción. Eso es lo que hace del crítico un creador y ¿qué sentido tiene serlo si no se aspira a ello?”


miércoles, febrero 04, 2015

Eso que la literatura ilumina

Sergio Chejfec. Los cuentos de “Modo linterna”, el último libro del escritor argentino, confirman la singularidad de su estilo que hace del matiz y del deslinde una geografía personal.





En El punto vacilante, una compilación de ensayos de 2005, Sergio Chejfec se refería a una tradición de la errancia encarnada en escritores como Paul Groussac, Guillermo Enrique Hudson, Witold Gombrowicz. Se trata de escritores que no ceden fácilmente sus páginas a los regímenes de la legibilidad, escritores que han hecho de la extranjería su domicilio: “El idioma extranjero revela lo que el castellano argentino es incapaz de ver y describir, ‘enseña’ a escribir porque descubre zonas y formas de representación ocultas para la lengua local” –escribía Chejfec por aquel entonces. En esa tradición de Chejfec se suman muchos nombres y trabajos con el lenguaje. Se agrega el francés de Copi, el italiano de Juan Rodolfo Wilcock, las incrustaciones del calabrés en la obra de Roberto Raschella, la glosolalia de Emeterio Cerro. Es una tradición que sitúa a la literatura en un punto intersticial de la lengua, saliendo al encuentro de un idioma que vuelve extraño al lenguaje.

En esa pesquisa Sergio Chejfec repara naturalmente en Juan José Saer, acaso una de sus grandes pasiones como lector, quien hizo de su “apartamiento” del mundo un modo de existencia. De paso por Buenos Aires Sergio Chejfec vuelve sobre aquellas reflexiones, pero esta vez para matizar la idea de que esa domiciliación en el extranjero pueda ser vista como otra condición de posibilidad para la escritura: “Son muchos en la Argentina los escritores que escribieron fuera del propio país. El hecho no pasa por hacer del hecho de estar afuera algo importante para la escritura de la obra sino que hay una situación previa. Hay ciertos rasgos constitutivos de una poética que hacen del hecho de estar fuera un motivo más de su literatura. El distanciamiento de Saer respecto del objeto que se quiere narrar, por ejemplo, la extrañeza que hay con respecto a los motivos de sus relatos, todo eso es previo al hecho de vivir afuera. El se va en el 68 y ya encontrás en su literatura previa operaciones que después se van a repetir”.

Residente en el extranjero desde 1990 (en Venezuela hasta 2005, en los Estados Unidos desde ese año), Sergio Chejfec ha hecho de la reflexión sobre la geografía y sobre el espacio uno de los grandes temas de su literatura: “Hay diferentes tipos de presencias de escritores. Hay algunos escritores que prefieren no tener una presencia pública tan marcada y que prefieren intervenir de una manera más solapada, más elusiva, y puntualmente cuando publican alguna novela. En relación con eso yo no tengo una posición tomada. Yo creo que un escritor es tan autorizado como muchos otros para opinar sobre lo que ocurre. Para mí fue muy inspirador estar fuera del país en la medida en que estuve catorce años o más en un país como Venezuela que es un país tan parecido y al mismo tiempo tan diferente de la Argentina. Cuando yo me voy a Venezuela me encuentro con que no voy a un país del Primer Mundo. Entonces buena parte de la experiencia del exilio que pasa por el contraste entre Tercer Mundo y Primer Mundo, abundancia/escasez, integración social/desarticulación, etcétera, esos contrastes emigrando a Venezuela estaban mucho más disueltos. Entonces me encuentro con un país que tiene muchos parecidos con lo que estaba ocurriendo en la Argentina en ese momento. Y al mismo tiempo con una enorme cantidad de matices. Sobre todo esa diferencia un poco tenue de empezar a vivir en un país que tiene como lengua al español también, y que posee una diferencia de grado con la Argentina, creo que fue una experiencia impactante para mí para poder tener una experiencia del matiz y del deslinde no radical respecto de mi propio paisaje y geografía que fue muy decisivo para la manera en que yo concebía tanto la distancia del país como mi propia literatura. Es una hipótesis, pero es como si la experiencia me hubiera brindado la oportunidad de ejercitar conmigo mismo y con mi propia percepción cotidiana unos leves matices de grado.

–¿Cuando vas a Estados Unidos eso cambia?

–Eso en Estados Unidos cambia, pero yo casi todo lo que escribí lo escribí en Venezuela. Porque de acá cuando me voy había salido Lenta biografía (1990) y al poco tiempo iba a salir Moral (1990). Pero yo lo que siento es que de alguna manera para mi propia acumulación –no quisiera usar la palabra trayectoria o formación–, para mi propio despliegue como escritor, el período de Venezuela fue decisivo. Fue determinante para que yo siguiera escribiendo. Los Estados Unidos fueron importantes pero eso ya responde a otra lógica. Tiene que ver con una experiencia zombi, te diría. Yo fui bastante zombi en Venezuela también. No fui escritor nunca en Venezuela. Nunca publiqué. Y allí, salvo algunos amigos, nadie me reconocía como escritor. Yo era como una especie de persona común. No quiero decir que los escritores se destaquen por algo en particular, pero a lo que me refiero es que el hecho de no publicar ahí me daba una vida bastante particular. Yo estaba dedicado a mis cosas. Venezuela es como un país ideal para eso. Te encontrás con mucha gente que se dedica al arte y que desarrolla una obra durante décadas más allá del medio profesional e intelectual en el que te animás. Y en un punto a mí me resultaba fascinante esa especie de desencuentro que había entre geografía y literatura. Se daba la situación de que yo estaba ausente de la Argentina pero publicaba en Buenos Aires, y estaba físicamente presente en Venezuela pero allá no era escritor. Todo esto de ser y no ser escritor al mismo tiempo para mí es una experiencia muy buena, yo me siento muy a gusto. Y es lo que en Estados Unidos me sigue ocurriendo. Al pertenecer a una minoría lingüística tengo una presencia fantasmal, entre insignificante y virtual, demasiado imaginaria.

La inmaterialidad del mundo

En Modo linterna , su último libro, Sergio Chejfec vuelve sobre ese núcleo imaginario y virtual que ha latido desde siempre en sus novelas y relatos. Casi siempre hay un viaje, alguien que medita sobre el espacio y la geografía y que va describiendo objetos con precisión. En “El testigo”, por ejemplo, tras una larga ausencia alguien regresa al país para perseguir los rastros que ha dejado Julio Cortázar durante sus años en Buenos Aires. Busca en una guía de teléfonos de los años 30 la dirección en la que pudo haber vivido Cortázar, o las direcciones de otras personas que pudieron haber tenido contacto con el escritor. A aquel tiempo y a aquella geografía se superponen los trayectos invisibles que trazan las líneas de colectivos en una Buenos Aires contemporánea que, a su vez, se superpone con los trayectos de las líneas de colectivos de una Buenos Aires a la que el personaje, llamado Samich, evoca de su infancia en la ciudad. Ese rasgo huidizo y efímero de la realidad también vuelve a aparecer en el cuento “El seguidor de la nieve”. Allí el narrador ve en la débil materia que constituye la nieve una metáfora para ilustrar la sospechosa materialidad del mundo. También sospechosa es la materialidad de la propia escritura de Chejfec, pese a ser la suya una escritura muy plástica. Chejfec piensa a su escritura como “navegaciones conceptuales y abstractas”. La suya parece ser, como la de la nieve, una escritura inscripta con suavidad, nunca impuesta sobre la hoja. Podría decirse que aquella metáfora de la nieve es también una búsqueda de la página en blanco, como aquella persecución de Maurice Blanchot cuando afirma que una utopía de la literatura es escribir el silencio.
Chejfec acarrea silencios de una página a otra, de un punto a otro del mapa. Y sus relatos, como decía Borges a propósito del hecho estético, emergen como la inminencia de una revelación que no se produce. O se produce de otro modo. Es que esa misma idea parece estar tomando al perseguidor de la nieve en el relato de Chejfec: la belleza poética de la nieve no promete nada, pero en “su promesa falsa lo deja todo”.
Desde la perspectiva de muchos, un escritor es un modo de ver el mundo. Y una escritura es, ante todo, una forma de mirar. Un modo de mirar detalles precisos.
Modo linterna también parece estar tomado por ese principio: el de mirar de a una sola cosa por vez. “Yo encontré como adecuado el título de Modo linterna por una cuestión muy pedestre. Medio en broma y medio en serio para mí la idea del modo linterna tiene mucho que ver con la operación misma de la literatura o de lo que se espera de ella. La literatura sería un discurso o un dispositivo textual que a medida que va iluminando va oscureciendo otras zonas pero eso gracias o debido a o por culpa de lo que va iluminando. Eso de iluminar áreas, pero a costa de oscurecer otras, eso me parece que es lo mejor que se le puede pedir a la literatura. Entonces se me ocurrió el título de Modo linterna como una metáfora de la literatura. Fue algo que me entusiasmó casi como un principio. ¿Qué cosa es la literatura? Es algo que ilumina zonas de la realidad a costa de dejar otras en la oscuridad. Y eso nunca es fijo sino que, si se quiere mover, entonces aquello que hasta hace un momento estaba iluminado pasa a quedar a oscuras.”

–¿Qué es lo que la literatura puede iluminar?

–No importa lo que la literatura puede iluminar, lo que importa es que esté iluminando. Son operaciones como escénicas. ¿Qué ilumina el lenguaje? No sabés si ilumina lo que se está diciendo o lo que se quiere decir.

Revista Ñ, 02/02/2015

miércoles, enero 21, 2015

Un estratega a favor de la música de la lengua

Paola Cortés Rocca lee Música prosaica, de Marcelo Cohen, y lo reseña para Ñ:

Marcelo Cohen vivió 20 años en Cataluña y volvió a la Argentina a mediados de los 90. Además de traducciones notables –de Shakespeare, Eliot, Austen, Lispector, Pessoa, Ballard, entre otros–, es uno de los escritores más originales de la narrativa argentina de los últimos años.

Música prosaica, su último libro de ensayos, reúne una serie de reflexiones sobre sus 20 años de trabajo como traductor profesional, producidas al compás de este posicionamiento múltiple, entre el idioma extranjero y variantes de la extranjería en el interior de la propia lengua, entre el ejercicio de una voz propia y de otra que se vuelva eco alterado de alguna modulación extranjera. Se trata de ensayos que se suceden con la agilidad y la tersura de una melodía que invita a ser tarareada. Allí se coleccionan curiosidades y hallazgos, se narran los gajes del oficio –así como sus excentricidades y caprichos, el de no leer el libro completo de antemano para “agregar interés”, el pronunciar las frases a media voz para ver cómo suenan– se repasan las variaciones históricas que modela la práctica concreta de la escritura, por ejemplo la diferencia entre el escribir a máquina con carbónico –que hacía engorroso corregir y por lo tanto, obligaba a una traducción por párrafos– y la facilidad para la enmienda que ofrece la pantalla, permitiendo entonces “montarse en la frase como un ciclista con canasta, corrigiendo la dirección con manubrio, un poco de freno y cambios”. También se explora la fascinante relación que trama la escritura con el dinero, mediada por la traducción. Para el traductor, la escritura no es extemporánea, pertenece a una temporalidad marcada por el trueque. Aquí time is money, no sólo porque es una escritura presionada por entregas y plazos, sino también porque cuanto más se tarda, menos rinde la traducción y también porque, en el caso de Cohen, como en el de muchos otros escritores, el tiempo de la traducción es un tiempo comprado para escribir las cosas de uno. Habría que agregar algo más: una necesidad física, que hace al ritmo de la lengua, pero también a ese cosquilleo en los dedos y que conecta al traductor con el músico que ejecuta una partitura siguiendo un tempo preciso y predeterminado.

En Música prosaica, Cohen compila las minucias del oficio, la cotidianeidad del que conecta dos lenguas y vive ese vínculo como una relación con el cuerpo, con el tiempo, con el dinero. Porque Música prosaica es, también, una crónica de la metódica cotidianeidad del traductor, que se levanta temprano, desayuna mientras lee el diario y se queja por los diversos errores de la escritura mediática, traduce rodeado de diccionarios y gramáticas, recorre páginas de Internet en la deriva a la que lo somete un término desconocido, una curiosidad o la dispersión.

El tono ágil y narrativo, el ritmo entretenido de las anécdotas y observaciones, no impide que el libro sea a la vez, una sólida incursión en cuestiones de glotopolítica, de imperialismo y lucha lingüística, de articulación entre identidad y lengua nacional. Así, Cohen propone una serie de hipótesis fuertes sobre teoría de la traducción, que a la vez funcionan como herramientas de (su) trabajo. Aprovechando la experiencia de vivir y traducir para distintas zonas del español, Cohen explica que las diferencias insalvables entre formas locales no son de léxico, no se juegan, por ejemplo, entre encendedor y mechero, entre fósforos y cerillas. “La concepción de un mundo local está inscripta en la entonación, la prosodia, en el uso de los tiempos verbales y los pronombres demostrativos, en el montaje de la frase”, propone. ¿Cuál es la apuesta del traductor, en un mundo marcado por la peninsularización de la industria del libro y la difusión del campo lector, por la tensión entre la arrogancia de la supuesta lengua única y transparente y el micro autoritarismo de la celebración del localismo? Cohen apuesta por una lengua cosmopolita y zumbona, de una hibridez astuta y distinguida. O dicho de otro modo: una lengua artificial y gestada a la medida de cada libro a traducir.

En la estela dejada por Walter Benjamin, traductor de Baudelaire, Marcelo Cohen ensaya aquí una reflexión sobre la teoría, la ética y la política de la traducción. Como la ejecución de una pieza musical, como el despliegue de una práctica de yoga, en Música prosaica esa reflexión brota de la experiencia misma y la sustenta. Marcelo Cohen, traductor, revela que el ejercicio de la traducción toca esa cuerda vital que une la lengua y el cuerpo, la teoría y la praxis, el oficio y la vida cotidiana, a partir de la escritura de alguien dotado de oído absoluto para la música de la lengua, capaz de seguir las volutas de una frase elegante y armoniosa y la irrupción tempestuosa del ritmo coloquial.

Paola Cortés Rocca es doctora en Literaturas Romances por Princeton University. Ha escrito, entre otros, El tiempo de la máquina.

miércoles, enero 07, 2015

"Se repiten las mismas pasiones: no me aburro de ellas"

Por Pablo Chacón.


En Subjetiva de nadie (fragmentos de un diario crítico), el realizador, crítico y poeta Marcos Vieytes reúne su trabajo de escritura de años alrededor del cine y más en general, de la práctica y el oficio de artista bajo la forma de una suerte de diario donde convoca pasiones, interpretaciones, invitaciones a la lectura y a la dicha de ponerse en camino y perderse, si fuera necesario, en los senderos de ese bosque. El libro, publicado por la editorial Entropía, reenvía al lector de una película a otra, de una época a otra, atiende referencias tanto con poemas o referencias a la literatura como con llamados a pie de página.

Vieytes nació en Buenos Aires en 1973; dirige la publicación Hacerse la crítica y éste es su primer libro publicado sin seudónimo.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
T : ¿Qué pretendés transmitir con un título tan sugestivo como Subjetiva de nadie?
V : No hay ninguna pretensión específica, y lo que más quisiera es que se prestara a interpretaciones diversas. Eso sí, tiene un origen específico: es una de las secciones del libro, a su vez tomado de un texto que escribí sobre César et Rosalie, de Claude Sautet. Al final de esa película los tres protagonistas de ella, porque son tres a pesar de lo que parece indicar su nombre, quedan separados por la cámara en un espacio fílmico que pone a los dos hombres de un lado y a la mujer del otro. A su vez, el nombre excluido del título de esa película es el del personaje que a todas luces cumple la función de testigo de la historia de amor de la pareja. Interviene, y mucho, en ella, pero no deja de estar afuera del mundo construido por ambos, como el espectador, y como la cámara en ese final, que filma todo desde un punto de vista que no pertenece a ningún personaje pero sigue siendo subjetiva, acaso por la potencia afectiva de la puesta en escena de Sautet y no sólo por su posición. Me gustaría lograr algo similar en este libro, involucrar emocionalmente a un lector que, a su vez, no dejara de estar adentro y afuera de él. Tendrá una historia -familiar- que seguir, la del crítico, que es el protagonista de la dimensión narrativa, pero también las críticas que ese crítico escribe y otra voz, a pie de página, más íntima.

T : Además de tu intervención en guiones y de la revista (que a Mar del Plata no llega), ¿éste es tu primer texto o es un texto que reúne trabajos de años? Como sea, ¿por qué publicarlo?
V : Hasta ahora sólo colaboré parcialmente en un solo guión. La revista está online hace ya más de un año y publicamos un primer volumen en marzo de este año que presentamos en el auditorio de la ENERC con un ciclo en fílmico proyectado por Fernando Martín Peña, que fue nuestro anfitrión, y acompañados por José Campusano y Adrián Caetano. Organicémonos para que pueda estar en las librerías de Mar del Plata o para hacer una presentación allá. Ya estamos componiendo el segundo volumen, que saldrá un año después del primero. Este libro es el primero que publico sin seudónimo y es el resultado de más de veinte años de escritura en general y de crítica de cine en particular. Reúne poesía, crítica, ensayo, diario y ficción. La razón de publicarlo es el deseo de ser leído, por un lado, y el interés manifiesto por Gonzalo Castro y la editorial Entropía, que lo juzgó digno de comercializarlo.

 T : Están tus pasiones (cinematográficas, literarias, otras). ¿Cuál de ellas -si se puede decir así- detectás que se repite, aunque sea desde distintos puntos de vista?
 V : Se repiten siempre las mismas, esas que mencionás y otras que no (Dios, el amor, Argentina, la política). Lo que me llama la atención es que no me aburra de ellas; más bien son las que me han salvado del aburrimiento. Puedo llegar a agotarme, pero una y otra vez vuelven, me ocupan, me angustian, me divierten.

T : Contame del peso en tu obra de Mijaíl Sukarov -si querés del cine eslavo en general.
V : Gracias por el halago, pero con un solo libro publicado yo no puedo hablar de obra, y la verdad que el cine de Sokurov no es necesariamente una de mis pasiones principales, aunque hay una película corta de él que ocupa unas cuántas páginas de una de las secciones del libro. Vi Elegía de un viaje hace seis o siete años y quedé embrujado por la manera en que la pantalla de video temblaba como si tuviera vida propia y no fuera tan fría como lo es si la comparamos con la textura general del fílmico. Además, la voz de Sokurov materializaba unos textos en los que la función poética del lenguaje impregnaba a las imágenes y me emocionaba mucho. De allí salió un texto sobre el video y la palabra que no tiene valor teórico sino sugestivo, en el que terminan apareciendo películas de Romero, De Palma y Carpenter filmadas total o parcialmente en video. Esas relaciones entre mundos cinematográficos sólo aparentemente antitéticos me interesa mucho más que cualquiera de los dos polos. El libro está lleno de puentes entre películas, directores y personajes; tantos que acaso haya únicamente puentes en él, que se superponen hasta eliminar las distancias o los accidentes que supuestamente deberían salvar. Quizás esos accidentes estén en las notas a pie de página, en los poemas.

T : Otra impresión: ¿de dónde sale tiempo para ver tanto cine, y para pensarlo?
V : Bueno, me dedico a eso, a ver películas, escribir, dirigir y editar una revista de cine sin ningún tipo de apoyo económico oficial o privado hasta el momento, y dar clases, que es lo que me da de comer. Me imagino que debo haber resignado varias cosas debido a esa elección, pero ni siquiera fue tal durante la mayor parte de mi vida. Veo películas desde muy chico, primero en el cine y la televisión, luego gracias a las videocaseteras, ahora internet. La mayor parte del tiempo compartía mi tiempo entre ellas y los distintos trabajos que tuve, hasta que desde hace menos de diez años empecé a dar clases, lo que me permitió enfocar aún más la dirección de mi cinefilia, y hace ya cinco o seis que vivo de ellas. Si dura, voy a tener la mayor parte del día para seguir viéndolas. Si no, tendré algunas horas menos. Pensar se piensa siempre, durante. Todo el mundo lo hace todo el tiempo.

T : Si te dieran a elegir tres directores o tres películas, ¿cuáles serían las elegidas?

V : Prefiero elegir directores porque así no tengo que contentarme con sólo tres películas sino con todas las que ellos filmaron, y porque un director es un hombre o mujer, una persona, una vida, una historia, un cuerpo, unas decisiones. Herzog, Buñuel y Sautet te digo ahora, sin pensarlo más, y me quedó con las ganas de hacerle un lugar a Kiyoshi Kurosawa.

Télam, 4/1/2015