martes, noviembre 29, 2016
“Lo apropiado y lo propio podrían llegar a ser un oxímoron”
Entrevista a Romina Paula. Por Verónica Boix para LA GACETA de Tucumán.
Acá todavía no es sólo el título de la tercera novela de Romina Paula, publicada por Entropía: es una declaración de principios. En un presente puro, Andrea, la narradora, acompaña a su papá en el Hospital Alemán. Va reconstruyendo su devenir amoroso sexual y al mismo tiempo intenta entender quién es y qué quiere para su vida. La historia avanza en un espacio de incertidumbre, siempre entre el deseo y la muerte.
Con Acá todavía, Romina Paula vuelve sobre los temas de sus
novelas ¿Vos me querés a mi? y Agosto, solo que lo hace desde la madurez de una
voz capaz de nombrar las cosas a medida que transcurren, sin categorías
preestablecidas. Su serenidad para contestar no delata su inquietud como
artista multifacética; en los siete años que le llevó escribir la novela, actuó
en cine, publicó y dirigió en teatro Algo de ruido hace, El tiempo todo entero
y Fauna reunidas en Tres obras (Entropía) y, además tuvo un hijo.
Sentada frente a un café con leche, igual que Andrea, habla
en una aparente simplicidad que va a ir revelando el ritmo del pensamiento. Y
la naturalidad del lenguaje encuentra eco en la trama: el cuerpo es el centro
de las decisiones, entre lo accidental y lo voluntario, lo adecuado y lo
propio, lo pornográfico y lo sentimental.
- La historia hace de la incertidumbre un espacio: la agonía
entre la vida y la muerte, la indefinición entre la homosexualidad y la
heterosexualidad.
- Me gusta lo que decís, la muerte y el deseo están muy
presentes. Creo que están así incluso cuando no hay una situación de duelo
concreto. Muerte y deseo son parte de la vida minuto a minuto todo el tiempo.
Esa pulsión vital del deseo tiene adentro en sí misma la muerte, el final de
las cosas. Están vinculadas necesariamente. Me crié en un mundo de dicotomías
donde las cosas son “bueno o malo”, “blanco o negro”. Yo misma tengo la cabeza
muy formateada así pero trato de hacer el ejercicio de no juzgar. En ese
intermedio me siento mucho más inestable. Pero abrazar esa incertidumbre es
beneficioso.
- De alguna manera Andrea lo va haciendo a lo largo de la
historia...
- Ella intenta -yo intento- hacer ese recorrido de
preguntarse cada cosa. En la primera parte aparece el peso de su infancia y
toda esa maleza que forma lo que se pensó para ella, en la que trata de ver
quién es. En la segunda parte ella está en ese presente que elige. El “acá” con
ese no peso de la tradición. La novela termina con estas palabras “Adecuarse
sin poseer apropiado propio fin”. Lo apropiado y lo propio podrían llegar a ser
un oxímoron, una contradicción. En el capítulo de la infancia hablo de la idea
de la formación, la idea de otros decidiendo por uno. Eso pasa durante un lapso
de la vida, si tenés suerte, si alguien cuida de vos y decide por vos. Creo que
lleva toda la vida ese proceso de poder discernir qué de eso adquirido te
gusta, qué elegís después de que lo hayan elegido por vos y qué descartas,
dónde te configurás. Andrea está haciendo ese recorrido, tratando de ver cuál
es su lugar.
- ¿Cómo encontraste la voz de la narradora?
- Es una voz que va recorriendo preguntas más que
respuestas. Ella está en ese lugar del presente puro. Trabajé mucho con el
lenguaje. Obvio que soy Andrea y obvio que no. Lo que me sale y me divierte en
el plano de la anécdota es esto que sucede al mismo tiempo: alguien se está
muriendo y yo voy a tomar un café con leche. Del mismo modo, me gusta combinar
palabras o construcciones poéticas elevadas, con frases hechas o guarradas que
terminan de dar algo de la risa patética. Quitarle solemnidad. Lo solemne tiene
mala prensa y en realidad es bello pero aparece alguna cosa desprolija o
disruptiva, como puede ser una palabra de la calle, y te despierta. Me
conmueven esas cositas. Me gusta escribir en esa mezcla de niveles.
- ¿Ese juego con el estilo influye en la trama?
- Sí, vienen juntos. La primera persona me permite ir
derivando. Tengo esas fugas. En realidad quería escribir una novela familiar,
tenía la fantasía de la novela rusa, el primer título era “Los integrados”
porque quería que fuera irónicamente la adecuación. Es loco, viendo las novelas
que hubiese querido escribir siento que todas están un poquito acá, pero que no
es ninguna de esas. Me imagino al padre de una manera y al no nombrar muchas de
esas cosas se vuelve muchos padres posibles. Si vos das más, le quitás al
lector en términos de imaginación. Todas esas novelas que hubiese querido
escribir están en esta como las puntitas del iceberg.
- “Nada es lo que parece pero tampoco intenta serlo”, piensa
Andrea.
- Como los recuerdos de niños, hay un montón de palabras que
entendés y adoptás mal y te vas decepcionando cuando son otra cosa. Como pasa
en la novela con la frase “la vida perra” que el padre dice irónicamente y
Andrea piensa que es verdad, lo entiende como algo bueno. Está bueno pensar que
el lenguaje es social, que nos comunicamos, pero a veces, en tu misma lengua y
con tus mismas palabras no hay acuerdo. No es unívoco el significado de una
palabra. El acuerdo es mucho más azaroso de lo que uno quiere creer.
- ¿En la novela, de algún modo, buscás dejar ese equívoco en
evidencia?
- No es que me lo proponga. En la vida oral no me tomo el
tiempo de reparar en el equívoco pero cuando estoy escribiendo, me enfrento al
papel y aparece el juego con las palabras y el significado. Es algo de lo que
me gusta hablar; abrir la discusión. Siento que pongo las cosas ahí para
compartirlas, para compartir mi cabeza con mucha gente. Eso vuelve y se parece
a un diálogo.
La crónica de viajes se reinventa. Del mapa a la experiencia
Verónica Boix incluye Poste restante de Cynthia Rimsky en
esta nota sobre literatura y crónica de viajes. Para Ideas La Nación.
Es muy simple conocer un lugar. O eso parece. Alcanza con
escribir el nombre en un buscador, entrar a un blog o mirar un documental de
National Geographic. El mundo está a un clic de distancia. Sin embargo se viaja
cada vez más. Se viaja para pisar la arena blanca de las playas siempre al sol,
para llegar a una cumbre imposible, para sentir el dulce y picante del bun ma
en un puesto de comida callejera de Vietnam. Y no hay viaje sin relato.
Viajaron Marco Polo, Napoleón, William Hudson y nombraron por primera vez
lugares y modos de vida. Para el resto, los que no podían viajar, leer sus
crónicas resultaba la única manera de alcanzar lo desconocido. Los relatos de
esos viajes eran un espacio de ensueño, una forma de descubrir el otro lado, lo
exótico. Hoy, la hiperconectividad y la ilusión de acceso ilimitado a la
información vuelven difícil imaginar cómo la crónica de viajes puede seguir
revelando algo nuevo del mundo. Y, por extremo que parezca, se enfrenta en la
era digital a la necesidad de reinventarse para seguir teniendo sentido.
No hay otro género más cercano al mundo material y
sensorial, a eso que llamamos realidad, que la crónica de viajes. Si una pizca
de arrogancia lleva a pensar que a partir de Internet es posible conocer la
totalidad del mundo, los relatos de viaje se desplazan para demostrar que
todavía hoy existen zonas ocultas. Podría decirse que entre esos relatos y las
imágenes que saturan las pantallas existe la misma relación que entre ser
viajero y ser turista.
Es verdad que la mirada ya era importante en los primeros
viajeros, sólo que nunca tuvo el lugar primordial que adquiere en estos
tiempos. Nadie cuestionaría hoy que la geografía no alcanza. Lo esencial está
más cerca de la percepción. Y, en esa dinámica, las narraciones de viaje se
desplazan, una vez más, del testimonio a la experiencia.
(…)
Era de esperarse: cada cronista piensa el género desde sus
propios pasos por el territorio y por el lenguaje. Lo sorprendente es que las
diferencias subrayan un rasgo en común: para mostrar el mundo habría que ir
hacia adentro, inventarlo a partir de lo que se proyecta desde el interior de
cada uno. Eso se vuelve claro en Poste restante, las crónicas de viajes de
Cynthia Rimsky que acaba de reeditar Entropía. Una mujer chilena escribe su
diario de viaje, recibe cartas de familiares y amigos y, al mismo tiempo,
cuenta la historia de una mujer latinoamericana que busca a sus antepasados.
Las dos viajan por Israel, Chipre, Turquía y Europa Oriental. Cada una se vale
de un lenguaje distinto, en la frontera de la poesía, para descubrir ese algo
invisible que define un lugar del mundo. Los relatos nacen de la conjunción
entre introspección, imaginación y observación.
Escribe: "Al final de las escaleras Potemkin sorprende
el silencio y la amplitud. Los edificios, diseñados por arquitectos que
Catalina la Grande hizo traer de Italia y Francia para convertir a Odessa en
una ciudad cosmopolita, cuentan con espacio para ser admirados sin la
interferencia de letreros. Tarda varios días en comprender el origen del
silencio: el capitalismo lleva en sí el bullicio de la circulación que satura
el oído para doblegar al consumidor a la compra. Acostumbrado al ruido que lo
saca de sí, parece extraño encontrarse a solas. ¿Qué se mira al caminar? A los
otros, las flores, los frisos, los pensamientos como en un espejo".
Cualquiera puede viajar, sacar una selfie y subirla a las redes sociales. En
cambio Rimsky, viaja, observa, piensa, imagina: crea un relato y a la vez una
ciudad.
Punto de vista
La escritora chilena es igual de clara al hablar: "La
crónica de viajes la encuentras hoy en la escritura, no en la geografía; la
encuentras en el punto de vista, en el distanciamiento, en la sensibilidad, en
el estilo. Ahora estoy en el campo, ¿qué podría escribir de este lugar? Todas
las mañanas pasa por la calle de tierra un hombre joven con una niña pequeña y
un bolso. Pienso que la lleva al jardín de infantes, pero vuelve con la niña y
sin el bolso, entonces reparo en el extremo cuidado con el que lleva la mano de
su pequeña; es esa fragilidad, como si tuviese a su cuidado un jarrón que
pudiese trizar el aire, la que veo pasar todas las mañanas por la ventana que
da al campo donde pastan las vacas y los terneros que nacieron hace muy
poco".
A esta altura no quedan dudas acerca de la transformación.
Cristoff dice: "Creo que se reinventa, sí, y que en esa reinvención
aparecen cosas más que interesantes, entre ellas un trabajo con el lenguaje que
antes, enfocado el texto en la información, se obliteraba. Y, en paralelo, una
indagación en la intimidad, como si el traslado sin encargo predeterminado se
volviera indefectiblemente sobre ese yo que narra". La crónica se renueva
a través de una mirada que es prisma capaz de condensar todos los viajes pasados,
reales, virtuales y literarios. Se aventura en el territorio de la intimidad
con las herramientas que le da el lenguaje. Hace propios recursos como el
monólogo interior o la poesía.
Y en esa tensión entre lo íntimo y lo literario aparece el
misterio. Y, por supuesto, la necesidad de develarlo. La experiencia de María
Moreno es elocuente: "Cuando hago la crónica de los lugares donde he
estado, lo hago con la cabeza vacía. Son las palabras las que van armando su
circuito cerrado y venido de otras palabras donde lo vivido opone, sin embargo,
una resistencia: puedo apropiarme de la enumeración caótica hecha a través del
deseo de otro a quien, mientras yo permanezco indiferente a las series de
objetos y a sus variaciones, miro desear. Pero antes necesito el cuaderno de
bitácora de la lectura, sólo leyendo sabré qué leer luego a mi alrededor. Nada
especial puesto que incluyo junto a los libros consagrados -también de este
modo soy turista-, la carta de un restaurante, el recorte de un diario, los
relatos orales de un amigo mitómano".
Intimidad, memoria, fuga, autobiografía, tradición,
experiencia, política, irreverencia, poesía. La enumeración se escapa de los
discursos homogéneos y la crónica de viajes respira de nuevo. En ese movimiento
delimita un territorio a medida que lo nombra. Suele decirse que viajar es un
intento por escapar del ego; hoy es justo al revés. Viajar para contar se
transforma, más que nada, en rescatar de ese mundo de vivencias, recuerdos,
saberes, cosas leídas, todo aquello que resuena en el paisaje. Contar es más
que nada ver lo que está ahí pero nadie más es capaz de ver. Puede ser que, al
fin, las dos fuerzas que luchan en cada uno, según Vladimir Nabokov, el anhelo
de intimidad y la pulsión para ir a otros lados, se encuentren y bailen. Y la
crónica ya no se limite a contar el mundo. Mejor todavía: lo construya en el
lenguaje.
La nota completa, en este link
"Siento una profunda desconfianza respecto al sentido"
"Los libros se encuentran con su lector como una
persona que mira el cielo por si acaso encuentra la respuesta a un pensamiento
y justo se le cruza una estrella fugaz", dice la escritora chilena,
residente argentina y autora de libros como Poste restante (Entropía), en esta
entrevista.
Por Gonzalo León para el Blog de Eterna Cadencia.
Cynthia Rimsky lleva viviendo cuatro años y medio en Buenos
Aires y es una de las escritoras más interesantes de su país: ha publicado un
puñado de novelas que se han caracterizado por una escritura sobria y
puntillosa, atenta a los detalles, a la expresión de una subjetividad, contraria
a los lugares comunes y a las tendencias imperantes. De una simple historia
abre el panorama a un sinfín de minihistorias imprevistas que se derraman, por
lo general, en no muchas páginas; es también una escritura condensada, espesa,
profunda, visual. Este año publicó su primera novela en Argentina, Poste
restante (Entropía), que ya había sido editada en Chile, y en el país
trasandino El futuro es un lugar extraño, su última novela, y Fui, un libro de
cuentos-crónicas que da cuenta de su permanencia en Argentina.
Rimsky da talleres, especialmente de literatura de viajes y
de no ficción entendida como un amplio espectro donde conviven muchos géneros;
reparte su vida entre su casa en un pueblito de la provincia de Buenos Aires y
capital. Nunca le ha interesado ser parte del mundo literario, al contrario, ha
preferido la reclusión y la tranquilidad para poder escribir. Hoy es fin de
semana y, a esta hora, la tradicional vorágine de los días de semana de Buenos
Aires parece detenerse o suspenderse en el aire. Se la ve tranquila, atenta a
las preguntas. Sus respuestas son claras, lentas, como si quisiera no dar pie
al malentendido, aunque a veces no pueda evitarse.
―Primero que todo, ¿qué haces hace cuatro años y medio en
Buenos Aires?
―El primer año, orientarme sin la Cordillera de Los Andes,
aprender a pedir remolachas y no beterragas, a andar por la calzada y no por la
vereda. En esa época enviaba un relato semanal a una revista digital en
Santiago y me lanzaba a las calles a cazar imágenes, situaciones, diálogos como
extranjera. Aun con la residencia definitiva, me sorprendió la libertad y una
indisciplina que crea numerosos agujeros por donde se cuela y tiene espacio la
diferencia, la autonomía, el pensamiento ilógico y un delirio que en Chile está
bloqueado y culpabilizado por el disciplinamiento prusiano religioso. Eso me
hizo sentir que hasta ahora había vivido en un regimiento, cárcel o internado,
y esa sensación me dio pena, rabia y lo más importante, me condujo hacia
escritores y escritoras argentinos que me hicieron pensar críticamente sobre el
realismo, no sólo como un estilo literario sino como una forma de leer, de
mirar y hasta de pensar.
―En este año sacaste tres libros: la edición argentina de
Poste restante en Entropía, la novela El futuro es un lugar extraño en Random
House Chile y Fui en una editorial independiente de tu país. El primer libro
trata de un personaje que va al encuentro de sus orígenes, el segundo es la
recuperación de la memoria política tras una desilusión amorosa y el tercero
aborda tu último viaje acá a Buenos Aires. ¿Por qué la recurrencia del viaje?
―Acabo de leer La Introducción, de Fogwill, donde el
narrador se pregunta qué es pensar. Para eso determina un trayecto, el viaje de
ida y vuelta a las Termas, y un método que consiste en interrumpir sus
recuerdos, las asociaciones fáciles que se le vienen a la mente. De otras
maneras, lo hacen Walser, Chejfec, Berger, Luiselli, María Moreno, Benjamin.
Demarcas un trayecto; un parque, plazas, las termas, calles, y esperas a que
aparezca el primer fenómeno; un taxi, un burro, una silla, y te pones a pensar.
No a la manera de un filósofo o de Odiseo, sino a la manera de Penélope: tejes
en el día y deshaces por la noche. Así vas construyendo, a la distancia, dos
pensamientos, el visible y el invisible, el de acá y el de allá. Supongo que
por eso en mis libros los tiempos y los espacios se mezclan y confunden, y por
eso los narradores o personajes se desplazan; para construir la experiencia en
la que se van a comprometer. Estos viajeros, además de testigos, tienen una
singularidad: llevan puestos los anteojos de la ficción, como dice Vila-Matas,
pero como el viaje es accidentado, los anteojos se han rayado.
―Arturo Carrera define vanguardia como una parodia crítica
de la tradición y Piglia como el intento de destruir una tradición y construir
otra. En El futuro es un lugar extraño estas concepciones están porque, si bien
esta novela podría ser incluida en la última tradición de novelas chilenas que
ha abordado la historia reciente, se nota que hay una parodia crítica y a la
vez el intento por destruir esa tradición y construir otra.
―En El futuro hay un plano en el que trabajé con materiales
documentales, como hago generalmente, pero esta vez con la intención explícita
de romper con la tradición realista chilena por la cual se busca sacar de la
oscuridad la historia que la élite y sus medios nos han ocultado o tergiversado
para producir una identificación con el lector que piensa: “Ah, la realidad es
como yo siempre creí”. Justamente, en esta novela quise correrme del punto de
vista de las víctimas, de la épica, de la nostalgia, de lo vintage y del lugar
común. Intenté construir otra percepción, desfigurar, extrañar. Lo oculto
retorna pero en una forma desconocida para el lector. Lo oculto no es lo real
que los medios callan, sino otra forma de percibir. Ayer me contaba una amiga
chilena que escuchó críticas a la novela porque no podía ser que la
protagonista no recordara, no era lógico; o sea, a pesar de no ser una novela
no realista, se la intenta leer desde el realismo y, como no calza, la asumen
fallida. El problema de la tradición realista es que es una forma de leer que
se emparenta con la literalidad. Respecto a la segunda parte de tu pregunta, la
de construir otra tradición, diría que mas bien me sumo a todos los huérfanos
que la centralidad chilena condena a una permanente existencia flotante, como
Adolfo Couve, Mauricio Wacquez, Guadalupe Santa Cruz...
―¿Cuál es la mayor
virtud de la narrativa chilena y cuál es su peor defecto?
―La mayor virtud es el lenguaje del cual se nutre, esa
distancia ladina entre las cosas y los nombres que Raúl Ruiz realza de una
manera prodigiosa en sus películas, ese desplazamiento, esas vueltas para decir
una cosa diciendo otra o no decir lo que se quiere decir, tampoco lo que podría
decirse y lo que se dice no dice. Esa maravillosa capacidad del lenguaje de
escamotear lo real es una de las pocas cosas que el neoliberalismo no ha
conseguido estandarizar. Su peor defecto es su horizonte de poder y de instalación.
―¿A qué te refieres con horizonte de poder e instalación?
―La chilena es una sociedad extremadamente competitiva, por
otro lado, es un país de una estrechez geográfica impresionante, en su parte
más angosta mide noventa kilómetros y el promedio es 180. No hay espacio para
todos, el campo del arte es pequeño. Los que tras una cruenta batalla logran
tener presencia y arribar al podium, tienen que dar una batalla peor para no
ser arrasados por los que trepan de más abajo. Puedes percibir la animosidad
con asomarte a Facebook. Los que están en los márgenes pasan o no pendientes
del centro y de entrar a él o de ser conocidos o valorados por los centrales,
porque si no caen al abismo. En Argentina también hay grupos que tienen códigos
de comportamiento excluyentes, pero hay muchos más porque es un espacio vasto.
―En Poste restante, que tiene una escritura sobria y
fragmentada ―no porque se quiera construir a propósito eso sino porque se trata
de una escritura donde lo sobrio y fragmentario van de la mano―, hay una carta
que le manda el padre a la protagonista: “Tengo la impresión que estás un poco
perdida. Usa la cabeza, no cometas tonterías”. ¿Qué es el “perderse”?
―No hubiese escrito ninguna novela de no haberme perdido
tanto geográficamente como escrituralmente. No puedo planificarlas a priori, no
tengo la capacidad de ver el bosque, voy de árbol en árbol. Por ejemplo, en Los
perplejos, mi idea fue hacer el mismo viaje que Miamónides desde Córdoba hasta
Aleppo y, cuando estuve en Córdoba, en el falso congreso sobre el falso
Maimónides, en vez de ir a Tánger como él, me fui a Eslovenia y terminé en
Montenegro y la novela la escribí de todas maneras. Perderse es perder el hilo,
ir por otro lado, no saber dónde ir, creo que en el fondo siento una profunda
desconfianza respecto al sentido.
―En tus libros sueles trabajar con una exposición de una
sensibilidad que da la ilusión de que estás trabajando con el yo, pero eludes
la primera persona: tanto Poste restante como El futuro... están escritas en
tercera persona, pero el narrador tiene una complicidad subjetiva con la
protagonista. ¿Se puede exponer una autobiografía sin recurrir a la primera
persona?
―No creo haber escrito una autobiografía, tampoco una
autoficción. Creo que las escrituras del Yo, como se las llama, son más una
forma de leer que una forma de escribir. Si te fijas, los personajes de mis
libros generalmente no tienen nombre o tienen más de uno porque no creo en las
identidades fijas, estables, y un nombre fija. Fue un riesgo llamar a la protagonista
de El futuro por su apellido, la Caldini, además siendo chilena, le puse un
apellido argentino, me interesan esos descalces, como poner una sensibilidad
supuestamente del yo en una tercera persona o al revés. En Poste restante el
personaje se llama la viajera, la chilena, la mochilera, la periodista, la
nieta de inmigrantes, todo el tiempo va desplazándose. En Ramal el personaje se
llama El que viene de afuera.
―Ya nombraste a María Moreno, ¿pero qué escritoras
argentinas contemporáneos te interesan y por qué?
―No leo por géneros, si me gusta María Moreno es por su
punto de vista, su escritura, sus torceduras, sus experiencias. María Negroni,
por su combinación de sensibilidad e inteligencia; Fernanda Laguna por su
experimentación y desfachatez; Paloma Vidal, que vive en Brasil, porque combina
escritura con artes visuales. No porque son mujeres. El otro día hablábamos con
Laura Petrecca, poeta y traductora, que nuestras lecturas están guiadas por el
azar, o sea, los libros se encuentran con su lector como una persona que mira
el cielo por si acaso encuentra la respuesta a un pensamiento y justo se le
cruza una estrella fugaz.
―La otra vez una editora chilena contó que una escritora le
había preguntado cuántas mujeres había publicado y respondió que ninguna. ¿Cuál
es el lugar de la mujer en el mundo de la literatura chilena? ¿Detectas alguna
diferencia con Argentina?
―No estoy de acuerdo, creo que nunca se han publicado a
tantas escritoras. Respecto a las diferencias, aquí existe una mayor diversidad
dentro de la cual hay escrituras desfachatadas y desenfadadas. Por otra parte,
el departamento de Estudios de Género de la UBA tiene un mayor vínculo con la
comunidad, no solo rescata escritoras para la academia sino que estas son
publicadas, por ejemplo en la colección Las Antiguas de Mariana Docampo,
difundidas y leídas. Hay que fijarse que es una argentina, Mónica Szurmuk, la
coautora de La historia de Cambridge de la literatura femenina de América
Latina. Este año participé en la presentación de ese libro y el auditorio del
Malba estaba repleto. No sé si ocurriría eso en Chile, si las mujeres se
comprometen con el género desde esa generosidad e interés. Lo mismo las
lecturas, aquí siempre participan escritoras, tengo la impresión de que en
Chile es una excepción o tiene que ser organizado por ellas. Creo que el
problema no está tanto en la publicación como en la ausencia de espacios
participativos para que esas publicaciones se difundan y se compartan. Y cuando
se hace es en calidad de mujeres. Un crítico chileno escribió una linda reseña
de El futuro pero parte señalando que ocupo el lugar de capitana entre las
escritoras mujeres. ¿Por qué hace ese corte si la novela ni siquiera toca el
tema de género? Acá no sé si dirían: es buena pero entre las mujeres.
viernes, noviembre 18, 2016
Entrevista a Matías Alinovi
Entrevista a Matías Alinovi a propósito de París y el odio. Por Fernando Infante Lima para Radio Gráfica
Las brazadas de Herzog y Cheever
Luis Sagasti escribe para el blog de Eterna Cadencia sobre la epifanía que llevo a Werner Herzog a caminar de Munich a París, relatada en su diario Del caminar sobre hielo.
Como un rayo se le cruzó por la cabeza a Werner Herzog la
siguiente idea: si emprendía una marcha a píe de Munich hasta París, la
extraordinaria crítica alemana Lotte Eisner, a quien al decir prudente de todos
el cine de su país tanto le debía, se iba a salvar de una enfermedad que la
tenía al borde de la muerte. Una y otra vez, con la convicción de un recién
converso, Herzog se repite que ella no tiene ningún derecho a morirse. No
ahora, dice; hay que impedirlo de algún modo. Veintiún días exactos demoró en
recorrer a pie los casi ochocientos cincuenta kilómetros que separan las dos
ciudades. En una sola ocasión estuvo al borde de resignarse a un vehículo pese
al frío y la lluvia constante. De semejante marcha, que parece una suerte de
reverso de El nadador de Cheever ―amén de que ambos viajes concluyen de manera
diametralmente opuesta, el alemán se hospeda en muchas casas de verano que
encuentra deshabitadas, mientras no hay día en que en algún momento no camine
bajo el agua― de semejante marcha, decía, surge un libro entrañable, es decir
de los que se leen mejor en la cama: Del caminar sobre el hielo (Entropía)
.
Agradecimiento y expiación son los motivos más usuales por
los cuales alguien inicia una peregrinación: de alguna manera hay algo de
capitalismo religioso en el asunto, después de todo se trata de pagar por los
favores recibidos o devolver con dolor en el cuerpo el daño realizado. Herzog
paga por adelantado; un cheque al portador que debe entregar sin decir una
palabra de su sacrificio (“Alguien le tiene que haber dicho por teléfono que yo
había venido a pie, yo no quería mencionarlo”).
A medida que avanza, los dolores y achaques de su admirada
Lotte van ocupando su cuerpo. Cada paso la libera. Ampollas, calambres, el frío
como una segunda piel. La mugre lo cubre por completo. Solo en un momento,
justo en mitad del viaje, el cuatro de diciembre, habita en él la duda, la
sensación cruda del sinsentido: “¿Vive aún nuestra Eisner?” ―se pregunta.
Dos años antes, Herzog había filmado una obra maestra:
Aguirre, la ira de Dios.
En su diario de viaje escribe cosas como: “Las suelas arden
por efecto del núcleo incandescente del interior de la tierra”, “la lluvia
puede dejarte ciego”, “la verdad atraviesa incluso los bosques”. Se trata de
pequeñas iluminaciones, retazos, esquirlas de la epifanía inicial. Son
guijarros involuntarios, salvajes, que arroja hacia adelante para marcar el
camino que lo lleve hacia El Dorado que le fuera negado a Lope de Aguirre, al
nadador de John Cheever. El combustible de su andar es el amor entrañable por
alguien a quien hay que aplazarle la fecha de partida. Con semejante kerosene
no hay forma de fallar.
Herzog llega sin pies, exhausto, a París. Y, cuando
encuentra a Eisner en su cama, susurra: “Abra las ventanas, desde hace unos
días que puedo volar”.
Nueve años más vivió la gran Lotte.
Gira mágica y misteriosa
Nota en Radar sobre La Flor, película protagonizada por las actrices de Piel de Lava.
La nueva titánica, maratónica, epopéyica saga realizada por
Mariano Llinás y El Pampero Cine, y protagonizada por las actrices del grupo
teatral Piel de Lava, que comenzó a rodarse hace nada menos que siete años y
que comienza su recorrido de exhibición en esta ciudad del Oeste de la
provincia de Buenos Aires, casi en el límite con La Pampa. Un paisaje, por otra
parte, verde, plano y al borde de la Ruta 5, que podría asociarse
inmediatamente con las películas de Mariano Llinás.
La hazaña de los que llegan es solo comprensible como parte
y colofón de la hazaña total del proyecto de esta película. La flor comenzó a
filmarse el 5 de septiembre de 2009 en la por entonces casa de Agustín
Mendilaharzu –miembro de Pampero Cine y responsable de las imágenes de esta
película–y recién el 30 de octubre de 2016 comienza su itinerario de
exhibición. En el medio pasaron una cantidad de cosas bastante difícil de
enumerar, pero que podría resumirse de la siguiente manera: tiempo. Así como
Boyhood de Richard Linklater fue filmada en doce años (hizo de eso su
estrategia no solo estética sino también publicitaria)La flor filmó a cuatro
actrices clave del teatro independiente de Buenos Aires a lo largo de siete
años y mil aventuras: Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria
Correa, las deslumbrantes Piel de lava, que pasaron de tener venitipico a tener
treintipico, dos de ellas –Valeria y Laura– se convirtieron en madres,
protagonizaron otras películas, programas de TV y obras de teatro que viajaron
por el mundo.
martes, noviembre 01, 2016
Remembranza de una amistad gigante, reseña de "El increíble Springer"
Sobre El increíble Springer, de Damián González Bertolino,
en La Voz del Interior. Por Martín Cristal.
La infancia de su nouvelle es entonces la de una generación
anterior, con autos descapotables, una ciudad que todavía es un pueblo y con
playas que todavía no están abarrotadas de turistas argentinos (si bien desde
los médanos se puede espiar a una joven y muy deseable Mirtha Legrand en traje
de baño). Lo que para su narrador es una remembranza, para el autor -quien le
dedica el texto a su padre- es un ejercicio de la imaginación.
Con nostalgia ficcional, esa imaginación dicta que el hijo
de un pescador, que acompaña a su padre en bicicleta para repartir la
mercadería de cada día, conozca al hijo de unos inmigrantes franceses. El lazo
entre ellos será el de esas amistades automáticas que surgen entre niños de 6
años, y que en los adultos son más difíciles de forjar. De hecho, cuando
crezcan -los dos, pero en particular Gastón Springer-, esa lealtad será puesta
a prueba.
Con un aire de literatura norteamericana, el estilo es
reposado pero constante, sin apresuramientos ni dilaciones, en un tono de
confidencia amable, sólido en su madurez de adulto que rememora o que repite un
relato que ya ha pulido de reflexiones innecesarias.
La atmósfera de aquel pasado no se le impone al lector con
detalles abrumadores, sino que lo va ganando de a poco con pinceladas
impresionistas. Crece, sin prisa y sin pausa, como la mancha de sudor en la
camisa de ese padre que pedalea.
El increíble Springer funciona bien como relato
independiente, tal como lo reeditó el sello argentino Entropía, si bien
originalmente se publicó como parte de un díptico, que mereció el Premio
Nacional de Narrativa "Narradores de la Banda Oriental" en 2009.
En esa edición inicial, su lado B era el relato
"Threesomes", donde Punta del Este se parece mucho más a la que
conocemos -o imaginamos- los argentinos: su historia transcurre en los '90, en
el club de golf (escenario que en el relato sobre Springer también aparece,
aunque de pasada). Tres mujeres juegan y un caddie las sigue; entre esas cuatro
figuras construidas en tercera persona, se van destilando una decrepitud que
linda con la locura, miserias sociales, hipocresías, la necesidad de cuidar las
apariencias y otras preocupaciones -a veces irrisorias- de la gente de dinero o
con aspiraciones de figurar.
Aunque sea más difícil de conseguir por estas pampas, vale
la pena asomarse también a esa versión "completa" (desde 2014 se
consigue por Estuario Editora). En ella, ambos relatos se apuntalan por los
cruces que generan un escenario común y dos épocas muy diferentes.
París y el odio, de Matías Alinovi
Por Pablo Díaz Marenghi para Artezeta
En su segunda novela, Alinovi construye una trama que une a
un aprendiz de escritor exiliado en la capital parisina, con un argentino en la
Academia Francesa de Letras y terroristas árabes
“La decisión de
incendiar París fue repentina. París o Francia, era lo mismo. La tomó solo, una
mañana, en el pozo de dos plantas”. Así arranca París y el odio (Entropía,
2016), la más reciente novela de Matías Alinovi. Eladio Marino (un homenaje a
otro Eladio, Linacero, habitante del pozo de Onetti) es el narrador de una
novela muy extraña. Posee una prosa por momentos confesional, monologuista. A
veces, el tono se vuelve algo confuso, enredado, pero tal parece ser la
intención del narrador: marear al lector en un relato que oscila entre un
físico argentino que quiere escribir y se va a probar suerte a la capital
parisina y un escritor consagrado, el único hispano parlante que logró acceder
a la Academia Francesa de Letras: Héctor Bianco, un claro guiño a la historia
de Héctor Bianciotti, el único argentino que formó parte de la institución
encargada de regular y perfeccionar el idioma francés.
Alinovi construye una París en ruinas antes de su propio
incendio. Una ciudad en donde “hacía frío y oscurecía pronto”. Marino va
narrando y recorriendo las callecitas de la ciudad encontrándose con otros
compatriotas. Algunos están vivos y son simples trabajadores que se ganan sus
baguettes como pueden. Otros, están muertos hace rato y se convirtieron en
leyendas, como Atahualpa Yupanqui y Julio Cortázar. Bianco toma la voz en el
relato por momentos y cuenta sus desventuras; desde que escribió sus primeras
novelas hasta su romance con un crítico literario francés. La muerte de su
compañero de vida lo marcaría para siempre. Luego, su llegada a la Academia y
sus dudas por el hecho de volverse un académico o, como le dicen en Francia, un
“inmortal” -sobrenombre que se origina en el lema A la inmortalidad, creado por
el fundador de la Academia, el cardenal Richelieu.
Marino mata el tiempo en las piletas públicas de París y va
alternando críticas a la ciudad con referencias cortazarianas (sí, aparecen los
axolotes y oraciones que empiezan con “Encontraré a…”, símil Rayuela). Recorre
museos y se aburre. La ciudad que había leído como una maravilla lo defraudaba
y la quería en ruinas. En la novela se destila todo el tiempo un sentimiento de
decepción que desborda las 172 páginas. Quizás los puntos más altos sean
aquellos en donde Marino desnuda su alma a través de sus preocupaciones. ¿Cómo
podría convertirse en escritor y escribir su anhelada novela? La prosa de
Alinovi es muy prolija. A veces, por momentos, roza lo artificioso. Como si
quisiera dar muestras excesivas de su capacidad narrativa que es, sin dudas,
notable. Pese a ser una obra breve, hay ciertas estructuras que podrían
evitarse y evidenciar la potencia ígnea del verdadero relato: la historia de un
joven exiliado que mastica su desarraigo e intenta convertirse en escritor, con
todo el vértigo que eso implica. El final, con árabes y el protagonista a
caballo, cual Juan Moreyra, podrá ser para algunos incorrección política y para
otros un cliché.
El verdadero valor de una obra de arte se esconde en la
motivación. El resplandor de Stephen King es una historia de terror pero es,
ante todo, el relato de las obsesiones de un alcóholico que teme dañar a su familia.
1984 de George Orwell es una distopía pero que nace de las tripas de un
periodista que le grita a una sociedad en defensa del derecho a la información.
En París y el odio se percibe una motivación muy personal, casi iniciática en
el autor. También graduado en Ciencias Físicas, también joven, su primera
novela La Reja (Alfaguara, 2013), fue muy destacada por la crítica. Peculiar
por su estructura (casi un poema largo) le permitió abrirse camino dentro de la
literatura argentina contemporánea. Es posible encontrar similitudes entre
Alinovi y Marino. Por momentos, estas similitudes tan densas parecen
encarcelarse por barrotes literarios artificiosos (como la historia de los
túneles parisinos o los árabes del final de la novela, que aparecen desdibujados,
llenos de lugares comunes y de una manera algo brusca).
La segunda novela de Alinovi es una aventura atractiva, con
una prosa estéticamente muy lograda pero con una motivación personal que parece
constreñida, que podría dar mucho más. Como dijo Leon Tolstoi en su ensayo ¿Qué
es el arte? (1897) “se considerará arte lo
que exprese sentimientos
bastante universales para
que los sientan
todos los hombres”. Alinovi
enciende las llamas de un fuego universal, como esta idea también del escritor
ruso de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. ¿Quién no se sintió extranjero
alguna vez, pateando sus propias veredas? ¿Quién no tuvo miedo de dar el primer
paso en un camino profesional que se parecía a un ascenso al Everest con
escarbadientes? Resta saber si el escritor querrá profundizar este camino en su
siguiente novela, experimentando aún más en estructuras lingüísticas y voces
alternadas, o explorará en su interior más profundo que se deja leer
incendiario, sin necesidad de recurrir a túneles medievales o a terroristas
islámicos.
lunes, octubre 31, 2016
Un refugio contra la opresión
Gonzalo León escribe sobre la obra de Cynthia Rimsky para Paniko.cl
Disculpa, pero hace años que no vivo en Chile y me
parece que no me
estoy dando a entender.
Cynthia Rimsky en El futuro es un lugar extraño
1.
Si no saco mal la cuenta, he visto más veces a Cynthia
Rimsky (Chile, 1962) en Buenos Aires que en Santiago, eso habla de una cercanía
que espero no se traduzca en parcialidad, porque si algo tenemos con Cynthia
son diferentes ópticas para abordar, por ejemplo, la literatura argentina que,
a excepción de César Aira, no concordamos en casi nada, a veces estas
diferencias se expresan —las menos, aunque no por eso menos estridentes— hasta
los gritos. Tampoco concordamos en el diagnóstico de lo que pasa en Chile ni en
el plano político ni cultural, aunque a mi entender no son visiones
contrapuestas, sino complementarias, aunque claro, Cynthia podría pensar todo
lo contrario.
2.
Cuando llegó a Buenos Aires en julio de 2012 le pregunté en
un bar de Barrio Norte si estaba escribiendo algo nuevo, el año anterior nos
habíamos encontrado aquí cuando ella vino al Filba de invitada y me pasó su
última novela, Ramal. Puede que la memoria me falle, pero en ese bar de Barrio
Norte me respondió que no tenía nada nuevo y que eso precisamente era lo que la
inquietaba. Quería escribir en Buenos Aires e iba a tratar de hacer todo lo
posible para lograrlo. Y lo hizo. Cuando nos juntábamos en su casa o en algún
bar, hablábamos del país —Chile y Argentina convertido en un extraño país
llamado ArgenChile—, luego hablábamos lo que nos pasaba para finalmente llegar
a lo que estábamos escribiendo. Yo contaba más cosas que ella, y eso no era ni
sigue siendo una novedad. El año pasado en una caminata hacia el cóctel anual
de Editorial Mardulce me dijo que había terminado una novela y un libro de
cuentos y que los pensaba publicar este año. La borrachera de aquella noche
hizo que olvidara este recuerdo hasta hoy.
3.
No he leído todos sus libros, algunos los he encarado y
otros he preferido seguir de largo. De los que he encarado el que más me gustó
fue La novela de otro (2004) publicado por una editorial salesiana. Cuando se
lo dije no le gustó nada. Ramal (2011) que ha sido su novela con mejor crítica
no llegó a entusiasmarme tanto; de Poste restante (2001 y 2010 en Chile), aquel
diario de viajes o de encuentro con el origen, María Moreno escribió en la contratapa
de la edición de la edición argentina «está hecho de epifanías, lejos de la
exaltación maniaca del viaje beat o del sesgo de denuncia del viaje
guevarista». Todo esto para decir que hace unas semanas terminé de leer su
última novela, El futuro es un lugar extraño (Random House, 2016, Chile), y me
sorprendió por muchas razones. En nuestras charlas ella me decía que esta
novela tenía algo argentino, y yo busqué eso argentino (en mis cánones por
supuesto), y no lo encontré, es más, me pareció una novela muy chilena, con una
lengua anclada en el país, con cierto coloquial, lo que denotaba a mi entender
una enorme nostalgia. Sin embargo, no era una nostalgia por Chile, sus
cazuelas, sus empanadas y su vino tinto, sino por cuestiones que expresaban una
sensibilidad: amistad, fraternidad, compañerismo, en fin, algunos de los
ideales que aparecen en la tapa del libro, ideales que son nombres de calles
del lugar donde acontece el desenlace de la historia.
La nota completa, en este link
El misterio de un nombre
Sobre Poste Restante, de Cynthia Rimsky, en Ideas La Nación.
Por Laura Cardona.
Cuando se sale de viaje, bien se puede contar algo",
dice un dicho popular citado por Walter Benjamin. La crónica de viaje supone la
elaboración estética de la experiencia del peregrino; es un "diario
personal en movimiento" (Santiago Gamboa) aun si el viaje es "un
accidente dentro de ella" (Martín Caparrós). El cronista hoy puede elegir
no hacer un mero recuento de hechos ordenados o una relación de impresiones, y,
sobre todo, puede decidir ser viajero y no turista.
Estas elecciones son las que organizan Poste restante, de la
chilena Cynthia Rimsky, libro-álbum hecho con fotos, no necesariamente
ilustrativas del recorrido, y fragmentos textuales que siguen un viaje por
Israel, Chipre, Turquía, el sur de Rusia y Europa Oriental. La narradora ha
encontrado en un mercado persa en Santiago un álbum de fotos familiar que tiene
borrosamente escrito el apellido Rimski; imagina que la diferencia i/y respecto
de su apellido pudo haber sido un error en los trámites de inmigración y se
convence de que el álbum pertenece a familiares de Ucrania. Decide ir tras el
origen de las fotografías, dando un nuevo motivo al viaje ya proyectado para
buscar datos sobre sus antepasados judíos, rehuidos en los relatos de sus
padres.
Evocación, memoria, emigración e imaginación son cuatro
conceptos que aparecen en el primer fragmento que abre el libro. Y serán los
ejes de una escritura que dispone de distintos recursos narrativos. La primera
persona se desdobla en tercera, y la protagonista se convierte en la viajera,
la visitante o la extranjera a secas. El orden cronológico de las entradas de
un diario convive con los relatos del periplo; con descripciones de las fotos;
con cartas escritas por familiares y amigos a poste restante y devueltas, que
vienen a ser como piezas de museo en medio de la crónica sesgada. Todo un coro
de voces que, junto a las imágenes (un mapa, una página de una guía turística
en la que se advierte de los peligros que aguardan a los viajeros), proponen
reconstruir un sentido parcial, distante de las escenas originales, a las que
se prefiere mostrar desde los márgenes.
Las puertas entreabiertas permiten ver los interiores y
adivinar las vidas de sus habitantes; las compañías eventuales pueden sumar
buenos momentos, ofrecer ayuda a la viajera o estafarla. Un pequeño templo
evoca al abuelo; las estaciones, a personajes de novelas; los objetos de un
mercado, memorias familiares. La mirada curiosa y determinada de la narradora
capta entonaciones, traduce el tiempo de cada lugar. La voz es pausada, tan
calma que produce un efecto de encantamiento. Con un formato de libro inusual,
pequeño y amable, Poste restante es un viaje, también, a las tierras de la
experiencia poética.
jueves, octubre 27, 2016
Romina Paula, en el Tacec
Sobre Cimarrón y Acá todavía, de Romina Paula, en La Nación.
Desde hace nueve temporadas, cuando la actriz, dramaturga,
directora y escritora Romina Paula estrenó Algo de ruido hace -aquella bella
propuesta en la que actuaban Pilar Gamboa, Esteban Lamothe y Esteban
Bilgiardi-, su firma como creadora no paró de crecer dentro y fuera del país.
Luego vinieron El tiempo todo entero, otro mazazo escénico, al que se sumó
Susana Pampín y que incorporaba con maestría un tema de Marco Antonio Solís; y
Fauna, otra propuesta de impecable factura que incluía algunos diálogos
inolvidables.
Hoy, en el Tacec de La Plata, estrenará Cimarrón. Esta vez,
en escena estarán Denise Groesman, Agostina Luz López y Bigliardi (tremendo
actor que ha formado parte de todas las producciones de esta talentosa
creadora). El texto, escrito por la propia Romina Paula, lo construyó sobre
tres ejes: Late, a cowboy song, obra de la dramaturga norteamericana Sarah
Ruhl; el movimiento literario y artístico Sturm und Drang, que tuvo su
epicentro en Alemania durante la segunda mitad del siglo XVIII, y Cartas a un
poeta joven, del poeta checo Rainer Maria Rilke.
En este viaje por los tiempos, aparecerán en escena una
chica cowboy y una chica de pueblo que se confrontan con un personaje masculino
que, según la creadora, parece una figura salida de un cuadro de Caspar David
Friedrich.
La nueva propuesta de Romina Paula, quien acaba de presentar
su tercer libro, llamado Acá todavía, se presentará hasta el sábado, a las 21,
en el mágico sótano del Teatro Argentino de La Plata. Todo indica que la
temporada próxima Cimarrón tendrá su segunda temporada en una sala pública de
la ciudad de Buenos Aires. Por ahora, el cruce de situaciones, vínculos y
constelaciones que propone esta creadora tan personal tomará cuerpo en la
ciudad de las diagonales.
De vuelta al ruedo, Romina Paula brilla con nuevo libro y obra teatral
Entrevista a Romina Paula en Clarín Cultura. Por Ivanna Soto.
Acaba de publicar la novela "Acá todavía" y
estrena hoy la pieza "Cimarrón" en el Argentino de La Plata.
Dice Romina Paula que cuando alguien importante muere, algo
de uno muere pero también algo nace. Y le consta porque no hay nada más fuerte
que la experiencia para decantar certezas. O, al menos, preguntas. Fue cuando
murió su padre, en 2010, que empezó a escribir Acá todavía (Entropía), su
tercera novela, que trascurre en sentido inverso, partida en dos: de la agonía
–“todavía”, estar todavía–, mezclada con el devenir del deseo sexual, al puro
presente: ese “acá”, escrito antes y después de quedar embarazada de su hijo
Ramón.
Los polos vitales, el amor y la muerte: esos son los temas
que rigen su novela, teñida por el color de una época que nos marcó a todos los
que crecimos en ella: los 90, “la década colorinche, mal cortada, cínica y bronceada”,
escribirá. Su estilo es ya una marca que arrastra desde la primera novela, ¿Vos
me querés a mí?: es fácil entrar al juego de un relato que fluye con
transparencia, entre diálogos y observaciones del mundo.
Paula es también dramaturga y directora (entre ellas, la
memorable El tiempo todo entero, versión muy libre de El zoo de cristal, de
Tennessee Williams) y actriz (en cine estuvo en El estudiante, de Santiago
Mitre). Y en el salto de la narrativa a la dramaturgia, lo que transmuta en
palabras no son las cosas de la vida sino la propia literatura. De una manera
radicalmente distinta y atravesada por un mundo de citas y referencias a Rainer
Maria Rilke y Sarah Ruhl, con los mismos temas da lugar a la más abstracta de
todas sus obras teatrales, Cimarrón, que estrena hoy en la sala TACEC del
Teatro Argentino de La Plata y se verá solo hasta el sábado.
-Los dos hechos que marcan Acá todavía: la muerte y la nueva
vida a través del embarazo, te pasaron a vos. ¿Qué tanto se diferencia el
personaje que narra en primera persona de la vida misma?
–Lo que escribo en narrativa es una suerte de criatura que
se nutre de cosas que viví y cosas que no. La primera parte, la del hospital,
la escribí mucho después de haberla vivido, y obviamente no fue de ese modo. Y
la segunda la había empezado a escribir antes de estar embarazada pero el deseo
funciona de modos misteriosos.
–¿Empezó como una catarsis?
–Sin dudas fue catártica. Pero mi intención no fue
documentar pensamientos o sentimientos. Sí son cosas que yo pienso, pero cuando
voy a escribir no es que yo quiero contar eso que pensé sino que me pongo a
escribir y se me va mezclando. Y cuando va pasando el tiempo, se me empiezan a
confundir un poco la realidad y la ficción. Creo que cuando sea vieja voy a
pensar que cosas que no sucedieron, sucedieron. Y al revés (risas).
–Hay en general una asociación fuerte entre el sexo y la
muerte. De hecho, en la novela el deseo nace en un contexto de hospital y ahí
se narra la primera escena sexual.
–Es muy frecuente que cuando mueren tus padres, o uno de
ellos, tengas un hijo. Hay algo de la subsistencia supongo. Quise hacer una
especie de reconstrucción del devenir sexual de una mujer e ir hacia atrás,
partir desde la infancia.
–En tu obra, Cimarrón, aparece fuerte Rilke. Vamos con otra
cita del escritor pero esta vez aplicada a la novela: “La verdadera patria es
la infancia”. ¿Hay algo de eso?
–Nunca me gustó la sobrevaloración de la infancia como un
lugar perdido y al que uno anhela volver. Nunca sentí eso.
–Pero no como un lugar al que uno quiere volver sino como el
lugar del que uno nunca puede irse, por cierta cosmovisión del mundo a la que
se queda un poco pegado.
–Me convoca especialmente algo de esos primeros vínculos en
la constitución de uno: quién es uno respecto de esos otros que durante muchos
años de tu vida eligieron por vos. Entender la construcción de la identidad a
favor de, en contra de, o a pesar de. No es que yo haya pasado una mala
infancia, pero recuerdo con bastante angustia esa cosa de que otras personas
tomen las decisiones por mí. Y ahora estoy del otro lado. En ese sentido, yo lo
que quería era escribir una suerte de novela familiar de estilo siglo XIX, que
entrara en todos los personajes, pero no lo fue. Finalmente están ahí ocupando
mucho lugar el deseo y la muerte.
–De una forma mucho más explícita que en tus novelas
anteriores.
–Siento que esas situaciones requieren ese nivel de
descarnamiento, de crudeza. Me parece bastante cruda esta novela. Pero lo del
sexo me da mucho pudor también. Son cosas que en general escribo y después
olvido. En ese sentido un libro es raro, porque es algo muy íntimo que uno
escribe en soledad y luego, de repente, se hace público.
–Pasó un lapso de tiempo importante entre tu última novela,
Agosto (2009) y ésta. Pero mientras no publicabas novelas, en el medio hiciste
(y publicaste) teatro...
–Desde que la empecé a escribir, tenía períodos en los que
la dejaba. En cambio, cuando escribo una obra ya sé que la voy a hacer, me la
imagino para ciertos actores, para el espacio, tengo algunas limitaciones que
agilizan su escritura. La narrativa para mí no tiene esa urgencia, me acompaña
durante el tiempo que sea necesario, no tiene una finalidad tan práctica.
Escribir es algo en sí mismo y por momentos me genera placer pero publicar es
ya otra cosa. Me llevó un tiempo hasta que finalmente me decidí a eso. Y acá
estamos.
lunes, octubre 24, 2016
Romina Paula: entrevista en Télam
Entrevista a Romina Paula para Télam. Por Emilia Racciatti.
"Cuando murió mi padre sabía que la única manera de soportarlo iba a ser escribir sobre eso"
Paula prefiere definirse como "autora" porque dice
que es un título que incluye su práctica como dramaturga, escritora y actriz.
El próximo fin de semana se presentará su obra "Cimarrón" en el
teatro Argentino de La Plata, que llegó después de "Fauna", "El
tiempo todo entero" y "Algo de ruido hace", en las que también
se encargó de la puesta en escena.
Su primera novela "¿Vos me querés a mí?" (2005)
fue el tercer título que publicó la Editorial Entropía, que también fue la responsable
de editar "Agosto" (2009) y ahora "Acá todavía".
En esta oportunidad, Paula construye la voz de una narradora
que asiste a la agonía de su padre en un hospital en el que a partir del
vínculo con sus hermanos rememora su pasado, su rol como hija y encuentra
puentes para pensarse en el más allá de esa instancia de duelo en la que está
inserta.
-Télam: ¿Estas novelas componen una trilogía?
-Romina Paula: Claramente no hay un salto radical, y la voz
es bastante parecida. Incluso creo que esta es un poquito más literaria en el
sentido de ciertas decisiones estructurales, pero sin duda tienen una marca las
tres. La anterior es sobre la adultez y esta es sobre la adultez más entradita.
-T: Sobre el título: también le da nombre a las dos partes
de la novela pero de manera invertida: la primera parte es Todavía y la segunda
Acá.
-RP: Cuando decidí que ese fuera el título pensé en una
frase que dice Rosa, la enfermera, a la protagonista: "¿Vos acá
todavía?", y me di cuenta que también podía usarlo para la estructura.
Pensaba en la versión aristotélica del teatro que sucedía en la unidad de
espacio, tiempo y lugar. Me gustó que sean adverbios de lugar y de tiempo.
Además el "Todavía", que es el nombre de la primera parte, sería
"el todavía estoy vivo" en referencia a la salud del padre. Hay algo
diferente en cada una de las partes: en la primera algo de retrospectiva, los
hitos de la adolescencia y la infancia, lo que pasa con la agonía del padre, su
devenir sexual. Y el "Acá" es puro presente, donde la narradora
avanza sin juzgar las decisiones que va tomando y que tienen que ver los
efectos que te dejan los traumas de una muerte. Es un duelo que te deja también
en un lugar de mucha vitalidad en el que decís "Bueno, todavía estoy
acá".
-T: En la segunda parte hay una pregunta que queda sin
respuesta que es la pregunta por el encuentro con el otro al que fue a buscar
la protagonista.
-RP: Sí, cuando debería empezar, termina.
-T: Vuelve a aparecer el Hospital Alemán en la ficción.
-RP: Eso no tiene nada de poético ni literario: tuve un
vínculo con ese hospital porque hay dos cosas biográficas que sucedieron allí.
Mi abuela estuvo internada en ese hospital y la abuela de la protagonista
estaba internada en ese hospital. Y mi viejo estuvo internado y se murió allí.
Igual el hospital está ficcionado. También aparece Uruguay y un pueblo al que
le puse Reartes porque hay un montón de nombres increíbles para el partido de
la costa en Uruguay, pero no quería que fuera uno real porque cualquiera que
conoce ya tiene un vínculo más real con ese lugar. Reartes es un lugar en
Córdoba.
-T: En el libro se habla de "la década colorinche, mal
cortada, cínica y bronceada".
-RP: Sí, es la década del 90. De hecho cuando lo escribí
dije que era una década a la que no se iba a poder volver y después ganó Macri,
y no sé si es tan difícil que eso suceda. Yo fui adolescente en los 90 y creo
que eso influye, pero no sé cuánto porque no sé si hay un cambio tan grande, ya
que creo que podemos hablar de una generación si hablamos de 30 años juntos, no
de 10 años juntos.
-T: ¿Qué leés de literatura argentina?
-RP: Tengo un hijo de un año y medio y entre todas las cosas
que hago, leer es la que menos hago. Tenía pendiente hace mucho "El libro
enterrado", de Mauro Libertella, que me encantó. Leo a Iosi Havilio que me
gusta mucho. Leí "Los residentes" de Camila Fabri. Me gusta Clara
Muschietti que escribe poesía. Leí a Selva Almada.
-T: ¿Cuando empezaste a escribir la novela?
-RP: La empecé a escribir después de "Agosto", en
2010. Mi papá se murió en 2010 y yo sabía cuando estaba atravesando ese proceso
que el único modo de soportarlo era saber que iba a escribir algo sobre eso y a
fin de año empecé a escribirla. También quería escribir una novela familiar.
Había lugares en los que quería entrar. Empecé a escribir sobre el embarazo y
después quedé embarazada.
-T: ¿Por qué te definís como autora?
-RP: En las tres cosas que hago, la literatura, la
dramaturgia y la actuación, siento que puedo dar algo que tiene que ver conmigo
y que lo que puedo ofrecer soy yo. Por ejemplo como actriz no soy súper
maleable sino que lo que puedo dar es algo que tiene que ver conmigo, entonces
siento que lo que puedo ofrecer es lo que soy yo. Por otro lado, ser escritor
sacaría lo de ser actor y la posibilidad de dirigir teatro. En cambio como
autora soy todas esas cosas. Como directora puedo ser autora, como actriz puedo
ser autora y es una mirada más amplia que la de escritora.
-T: ¿Cómo es la relación con la literatura o la escritura
para el teatro?
-RP: Para el teatro no me pasa que tengo una idea y escribo.
Trabajo casi por encargo para mí misma. Escribo y sé que voy a empezar a
ensayar. Después viene el proceso de la puesta en escena donde seguís trabajando.
Pero sé que el texto se va a encontrar con actores, con ese ser dicho, entonces
son más acotados los procesos.
Matías Alinovi: “La literatura es una incesante lucha en contra del lugar común”
Entrevista a Matías Alinovi en Infobae. Por Matías Méndez.
Las citas que abren el libro son la primera señal de lo que
nos vamos a encontrar en la última novela de Matías Alinovi: Ernest Hemingway,
Eva Perón, Jean-Paul Sartre y Silvina Ocampo conviven en las dos primeras
páginas de París y el odio (Entropía). Con esa mixtura, el lector ingresa y
rápido recibe otro llamado de atención para que agarre el libro con más ímpetu:
"La decisión de incendiar París fue repentina. París o Francia, era lo
mismo", así comienza el libro de Alinovi, autor de una recordada y
elogiada novela, La Reja (Alfaguara, 2013).
Si en aquella primera novela la reflexión acerca de la
identidad entraba en juego a partir de la toma de una casa en el Conurbano,
aquí Alinovi la plantea desde la construcción que puede hacerse de una nueva.
Lo hace tomando datos biográficos del escritor Héctor Bianciotti, que se radicó
en París, se naturalizó francés y fue el único miembro proveniente de un país
hispano que integró la Academia Francesa de Letras. Alinovi vivió ocho años
ahí, lo conoció y se sintió atraído por la decisión de Bianciotti de
construirse una nueva identidad. "Esa idea de la negación de unos orígenes
y la integración en otra cultura me interesaba particularmente, porque yo me
sentía en el lugar opuesto: me parecía que la identidad era sostener el
origen", afirma Alinovi en el estudio de Infobae.
En esta entrevista, el autor cuenta cómo Bianciotti llegó a
olvidar palabras del castellano, reflexiona sobre la identidad, sobre la idea
argentina de París, sostiene que en Julio Cortázar conviven dos escritores y
explica su posición frente a la escritura.
—¿Se planteó esta novela con la idea de hacer una biografía
de Héctor Bianciotti?
—Sí, quería utilizar los datos biográficos de Héctor
Bianciotti que conocía y ponerlos en la novela y los que no conocía los
inventé. No hacer una biografía, lo que me interesaba del personaje era que
representaba para mí al tipo de escritor, te diría de persona en general, que
es capaz de adaptarse a un nuevo lugar olvidando el lugar de origen. Él lo
logró y la metáfora fue tan perfecta que murió olvidando todo con Alzheimer. Se
volvió un personaje muy francés, muy amable, muy difícil de definir de dónde
vendría, un personaje con un levísimo acento. Me encontré con él algunas veces
y a mí me sorprendió mucho. Yo le preguntaba por Córdoba, porque él nació ahí y
me dijo: "Yo odio Córdoba".
—¿Usted veía en él una negación de la identidad?
—No, yo veía un modo de construirse una identidad que sería
negar el origen para una identidad construida por el entorno, ser es ser
francés o ser es ser del lugar que vos elegís. La identidad como una idea de
elección personal y no como una fatalidad.
—¿La identidad como una construcción y no como lo dado?
—Absolutamente, uno siente que la identidad es lo dado, es
el tesoro de la cultura que se te confía para bien y para mal. Aparecés en el
mundo y sos fatalmente argentino, qué le vamos a hacer. Con eso es con lo que
tengo que hacer, es lo que Sartre llamó la facticidad, es lo que no elijo.
Gracias a que hay algo que no elijo es que puedo elegir. Es trascendiendo eso
que no elijo, trascendiéndolo hacia mis propias posibilidades es como me
construyo y como me convierto en alguien. No es la única forma de entender la
idea de la identidad, él la entendía como parte de las cosas que podían ser
elegidas, no como algo dado.
—¿Como una búsqueda?
—Quizás como una búsqueda.
—¿Le atrajo eso cuando lo conoció personalmente o cuando lo
veía en la escena pública?
—No sabía prácticamente nada de él antes de conocerlo, salvo
que formaba parte, y este es un dato que siempre fue muy llamativo, de la
Academia de Letras Francesas, que tiene como una cuestión de récord, es el
único. Es también una institución como decimonónica, en donde están vestidos
con trajes, hay que hacerse forjar una espada cuando uno entra, se hacen llamar
"Los inmortales". Es una cuestión que para nosotros remite a la
logia, a la secta. No sabía nada, salvo eso y lo llamamos por teléfono desde la
nada, siendo absolutamente nadie; nos atendió y vino a comer a la casa en la
que vivíamos. Conocíamos un personaje muy raro, era como un tipo muy pintón,
tenía un porte como de actor de cine, alto, de ojos verdes. Vino muy trajeado,
empezamos a hablar y fue muy interesante. Se había olvidado muchas palabras,
por ejemplo, se había olvidado la palabra "venta", me decía /vont/,
se había olvidado la palabra "tractor". Me contó que había conocido a
Eva Perón en la fábrica de aviones de Córdoba, donde trabajó poco tiempo y que
un día fue Eva en un tractor. Decía: "Eva estaba subida a una de esas
cosas que andan por el campo"; y yo le dije: "carreta", y me
respondió: "¿Qué carreta?", y después entendimos. Conocimos a ese
personaje muy raro y después lo cruzábamos en encuentros mundanos como en la
Embajada y ese tipo de cosas, y siempre me llamó la atención la voluntad de
convertirse en francés olvidando los orígenes.
—¿Ese olvido lo llevó a olvidar el lenguaje?
—Sí, se olvidaba las palabras castellanas. Estuvo muchísimos
años sin volver a la Argentina, hasta que volvió con el presidente [Jacques]
Chirac, porque es un poco el papel que juegan en la Academia Francesa, son como
los representantes de las culturas del mundo y entonces los presidentes toman
apoyos de ellos.
—Crecimos escuchando dos leyendas: una, que París es la
ciudad luz, una suerte de meca de la cultura hacia la que hay que ir y la
segunda, que Buenos Aires es la París del sur, y usted viene con su novela a
barrer con todo eso.
—Está bien, lo ponés en términos de la infancia y las ideas
de la infancia están llamadas a ser, tarde o temprano, abandonadas. Es como un
llamado al abandono de esas ideas, a la crítica de esas ideas desde todos
lados. [René] Descartes propone como punto de partida de su filosofía
justamente eso, dice: "Desde chico he recibido unas ideas, nunca las puse
en duda, las acepté como verdaderas, alguna vez tengo que hacer la crítica de
esas ideas y entender por mí mismo si son verdaderas o no". Ser argentino
es un poco recibir la idea de que París es todo lo deseable, es la
civilización, es una idea vieja para nosotros, que viene de [Domingo F.]
Sarmiento y de la generación del 37. Nosotros recibimos la idea como la recibe
un chico; además recibimos que debe ser nuestro modelo y que debemos acercarnos
a ella y que Buenos Aires es la París de Sudamérica.
—Inclusive que lo fuimos…
—Eso también está bien: sería el mito de la edad dorada,
hemos sido, hemos podido serlo, quizás podamos serlo de nuevo. Me hiciste
acordar a [Mario] Vargas Llosa diciendo que Argentina tiene que ser lo que ya
fue, lo cual es una cosa bastante desconcertante: "Tengo que ser lo que
fui, pero no sé qué es eso que fuimos". Está ahí dando vueltas el mito.
Eso nos recorta y nos distingue de Latinoamérica, nos hemos pensado siempre
como muy atraídos. Ninguna de estas ideas es novedosa, están todas en el
Facundo, están todas en la generación del 37.
Ser argentino es un
poco recibir la idea de que París es todo lo deseable, es la civilización
—¿Hemos crecido con el mito de que somos más europeos que
latinoamericanos?
—Absolutamente, y es una lástima eso, es como un destino
sudamericano fallido. Me parece que la historia nos ha pasado por arriba y que
esta novela a veces la pienso como vieja en su planteo, porque la idea de la
idealización de París corresponde a generaciones anteriores. Me parece que eso
se abandona, tarde o temprano.
—Si uno piensa el título, París y el odio, también habría
que decir que nunca hemos pensado el odio atado a París, sino que está
vinculada más al amor que al odio.
—Edgardo Scott, un amigo, me dijo que no le cerraba el
título y después me dijo: "Es lindo porque lo entendí: es el amor y el
odio". Yo no lo había entendido y él lo entendió, y me parece que está
bien como lo entendió. París desde el título está en el lugar del amor, de un
amor no correspondido además y esto es lo que a mí me hace un poco mal de eso,
es extraño querer tanto a alguien cuando ese alguien no se fija en vos.
—En la novela incluso postula a ese alguien, París, que sólo
se mira a sí mismo, por ejemplo, en una escena en una estación de metro. ¿Por
qué?
—Ahí hay un cartel que dice: "El tango es una música de
origen africano que estuvo de moda en la París de comienzo del siglo XX",
esa es la definición del tango. Es una definición francesizante. Ellos dicen,
está escrito por ahí, que Francia se hizo en todo y que eso está bien porque es
un modo de entender la realidad. Por eso digo que es raro poner a alguien en el
lugar del amor cuando ese amor está tan poco correspondido que ni siquiera
aparecés nombrado en la línea que define al tango. Es raro.
—Plantea una referencia a lo que podríamos llamar las
primeras lecturas. Hablo de Cortázar, sobre el que el narrador dice:
"Caminando por París te caminaba Cortázar por encima".
—Qué injusto, qué feo decir eso, la verdad que me siento muy
mal. Hay algo de eso, hay algo de la caricatura París hecha por Cortázar o que
nosotros vemos así. Me siento mal y casi que no quiero decir nada, pero es
verdad que Rayuela es una novela que se lee en la adolescencia y que parece
estar muy por debajo de las posibilidades literarias de Cortázar, que parece
ahí haber un Cortázar él mismo adolescente, un poco obnubilado por esas
posibilidades de París.
—¿Barroco?
—Puede ser barroco, un poco sustancialista, como si París
fuera una sustancia maravillosa. Todas esas cosas que a mí siempre me
parecieron un poco ridículas, eso de los encuentros fortuitos, de La Maga…
Nadie se encuentra con nadie. Uno sale caminando para Palermo y otro para
Constitución y no nos vamos a encontrar. Está bien, ahí me pueden acusar de que
estoy perdiendo el aspecto más importante o el romanticismo de la novela. No
sé, Cortázar es un extraordinario escritor y luego es una persona, que como
persona puede estar más o menos influida, más o menos atraída por cuestiones
más o menos banales. Yo disfruté, como casi ningún otro grupo de cuentos, los
cuentos de Cortázar, a los que leí en París.
—¿Pueden parecer dos escritores?
—Son dos escritores completamente distintos. Eso lo sentí
muchas veces, el de Rayuela y el de los cuentos.
—Hay una palabra que cruza la novela y en la que me quiero
detener: 'afectación', que creo que está postulada acerca de París, pero
también sobre el campo literario. ¿Es así?
—Creo que sí. Dos cosas: una, es pesado que siempre la
literatura, porque me decís esto y me reconozco en ese lugar y pienso:
"miles de tipos han escrito" y siempre escribir es escribir sobre la
afectación de la literatura o criticarla. Cuando era chico, pensaba que
hablaban sobre la escritura y yo quería que hablaran sobre las novelas, hay
algo del regodeo que está siempre presente que lleva a la afectación, a lo
remanido. La otra cosa, yo entiendo a la literatura como una incesante lucha en
contra del lugar común, en el sentido más amplio del término: en la escritura,
en las palabras, en los temas, en las posiciones, en las opiniones, en la
afectación. Hay algo en la literatura que siempre empuja para el mismo lado,
hacia el lado de la afectación, de lo remanido, del lugar común. Es como una
tradición la de la literatura, muy agobiante por momentos. Ya se ha dicho todo,
ya se ha escrito todo, ya han aparecido todos los personajes en el mundo.
Seguir escribiendo es enfrentar esas dificultades, con mayor o menor éxito,
pero enfrentarlas, no ceder al lugar común, a la tontería.
—La novela tiene un protagonista que navega entre el fuego y
el agua, entre las piletas que visita y su deseo de incendiar París.
—Este Iladio Marino, que tiene un nombre ridículo pero no
encontraba el nombre. Entre el fuego y el agua, sí. El agua sería la metáfora
de lo gentil, de lo amable, de lo que permite navegar y el fuego sería la de la
destrucción. Está entre esos dos estados de ánimo, un estado agua y un estado
de ánimo, fuego. Es un poco París, que puede ser amable, interesante, que puede
ser atractiva, pero también puede ser dura, excluyente, puede ser antipática.
Acá todavía en Revista VIVA
Miguel Frías incluye Acá todavía entre los libros recomendados de la revista VIVA del 23/10
Dramaturga, actriz y escritora, Romina Paula ya demostró su
talento narrativo en la novela Agosto, sobre todo. En la nueva, Acá todavía,
aborda la muerte del padre, los roles familiares/sociales y la maternidad,
desde el punto de vista de una mujer joven que carece de certezas, incluidas
las sexuales. Certezas que tal vez nadie tiene, o que, en todo caso, ella no
busca o no necesita.
martes, octubre 18, 2016
Las partes del que fui
Rodrigo Fernández sobre Niño Enterrado, de Edgardo Cozarinsky, para Diario El Popular de Olavarría.
En "Niño enterrado", publicado por editorial
Entropía, Edgardo Cozarinsky reflexiona acerca del pasado, la identidad y la
memoria para luego detenerse en las raíces de su propia vida.
"El pasado es indestructible; tarde o temprano vuelven
todas las cosas, y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el
pasado" dijo Jorge Luis Borges en su famosa conferencia sobre Nathaniel
Hawthorne y que Edgardo Cozarinsky cita para abrir uno de los capítulos de
"Niño enterrado", su nuevo libro publicado por la editorial Entropía.
Porque no hay forma de hablar de la memoria sin nombrar, aunque sea una vez, a
Borges.
En su nuevo libro, cada capítulo parece estar desconectado
pero uno puede ir viendo que de a poco se va conformado una delgada línea que
lo hilvana todo. Un detalle aquí y otro por allá van generando las coordenadas
necesarias para seguir el relato y conformar el todo.
La escritura del autor de "El rufián moldavo",
"En ausencia de guerra" o "La novia de Odessa", es siempre
placentera y atractiva, y una se va deslizando por el texto con una cierta
cadencia pensante. Cozarinsky parece hacer de los motivos de su búsqueda la
forma del texto, llevando sus sensaciones hasta el papel. Mirando al pasado a
través de un vidrio que si bien lo deforma todo, muestras las grietas de la
memoria.
Un paseo por los caminos olvidados de la lengua
Mauricio Koch reseña Quiroga, de Alejandro García Schnetzer, para Sólo Tempestad
Quiroga es la tercera novela de Alejandro García Schnetzer,
escritor y traductor argentino radicado en España. Antes había publicado
Requena (2008) y Andrade (2012), también por editorial Entropía. Las tres
llevan como título el apellido de sus protagonistas, y son palabras de siete
letras, en un claro homenaje a Juan Filloy, autor de culto de quien hay mucho
en estos libros. Las tres además son breves, no más de ochenta páginas, y
conforman una suerte de trilogía, no tanto por su unidad temática sino por la
época en que están ambientadas y, sobre todo, por la búsqueda formal y el
trabajo con el lenguaje, protagonista real de los textos.
El autor ha declarado que desde que vive en Barcelona
escribe “como arreando olvidos”, y que si bien le rehúye a la nostalgia, ha
recuperado estando allá “voces que creía perdidas”. Por eso dedica especial
atención a los diálogos, y afirma que si bien son libros de pocas páginas, le
lleva años escribirlos. “Lo que me preocupa de los personajes son sus maneras
de hablar, porque en esas maneras ya están prefigurados sus actos”, dice.
Hay en Quiroga un léxico deliberadamente anacrónico, propio
de los años 30 y 40 del siglo pasado. Y no se trata sólo de una mera cuestión
de vocablos antiguos o caídos en desuso, sino también de un modo de decir
anticuado, que apela siempre a la afectación para ir en busca de la sutil
ironía: “En cuanto Quiroga se hubo sentado oyó una reflexión que lo tenía por
objeto”; “Le costó domeñar el trance”; “Ahora haced el favor y restituidnos a
nuestros quehaceres contemplativos”. Un breve muestrario de verbos: domeñar,
esclerotizar, apersonar, escanciar, departir, mancar, deschabar. Sustantivos:
remansos, lendrera, contertulios, zangolotinos, fabriqueras, incordios,
légamos, piélagos, tarugo. Hay “familias copetudas”, “cuitas sentimentales”,
“veladas teutonas”, “muchachas agraciadas”, “almas dicentes”, “epidemias de
estulticia”. Y un adjetivo muy Op Oloop, de Filloy: “plúmbeo”.
Aunque pasan cosas y es una novela en la que se cuenta una
historia: Quiroga es un joven bibliotecario aprendiz de escritor que es
despedido de su trabajo y termina trabajando en un barco de contrabandistas,
bagayeros y malandrines buscavidas que trafican entre Buenos Aires y
Montevideo, lo que transforma a la novela en una especie de cruce de Aqueronte
neblinoso, donde el tedio va ganando a todos, y los personajes charlan,
discuten, filosofan y se aburren, no es esto lo que dinamiza la lectura sino
ese lenguaje en primer plano, y ésta, que es la principal virtud del texto, hay
momentos en que lo asfixia un poco, el lenguaje se vuelve contra sí mismo y uno
siente que la lectura se estanca, que los personajes hablan todos igual, que no
hay distingos entre ellos. Pero esos momentos son los menos, porque de pronto
aparece un nuevo hallazgo, o un nuevo guiño (“fumar el parpadeo de las luces
que a lo lejos”; “acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti; “todo
verdor perecerá”; “cólera buey”; la novela está plagada de ellos) y nos
devuelve la sonrisa y el placer. Celebro la búsqueda de Alejandro García
Schnetzer, un escritor libre y extraño, una voz para seguir de cerca.
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