lunes, marzo 26, 2007

Bárbara

Relato breve de Iosi Havilio publicado en el último número de Ñ.

-----

Axel intentaba convencerme de que fuésemos al departamento de su hermana. Me había citado en uno de esos bares horribles, con mucho vidrio, sillas cromadas y fotos enormes de comidas medio monstruosas. Llegué diez minutos antes, no por ansiosa sino porque me aburría en casa. Y mamá empezaba a hincharme con sus preguntas y estupideces melancólicas. Axel ya estaba ahí, sentado en una mesa contra la ventana, al lado de la puerta, con el pelo mojado y su espalda chiquita.
La hermana había ido a pasar el fin de semana a una quinta y no iba a volver hasta el domingo a la noche. Axel insistía, sin mirarme, con los ojos medio tristes. Y no es que no quisiera acostarme con él, sino más bien que ya no tenía muchas ganas de estar con él. Pero de sólo pensar en explicárselo me complicaba. Voy al baño, dije y él hizo algo raro con los labios que no entendí del todo. Un reproche, un tic.
Al baño se llegaba por una escalera de metal, tipo caracol gigante, que daba a una especie de mirador desde donde podía verse todo el bar, como un aeropuerto en miniatura. Ahora Axel miraba por la ventana y aunque la distancia no me permitía escucharlo sabía que estaba sonándose los dedos.
Frente al espejo del baño, una chica de unos veinticuatro o veinticinco se maquillaba con un pie en el aire. De perfil me pareció muy linda. Tenía puesta una musculosa blanca y no usaba corpiño. Me puse al lado con la excusa de lavarme las manos. La chica terminó de pintarse, se acercó todavía un poco más al espejo, abrió la boca y se pasó un dedo por sus dientes blancos, perfectos. Después tomó distancia, sacudió la cabeza, se desordenó un poco el pelo y salió. Cerré la canilla y al girar la cabeza, vi una cartera, dorada, rectangular, como una cartuchera grande.
La agarré sin pensarlo y me encerré en un compartimento. Me arrodillé y vacié el contenido de la cartera sobre la tapa del inodoro: un paquete de chicles sin abrir, dos preservativos, un encendedor, un atado de cigarrillos por la mitad, un anotador espiralado, un lápiz de labios, un pequeño estuche de maquillaje con espejo incorporado, y el documento de identidad. Se llamaba Bárbara. Qué buen nombre, pensé. En la foto del documento tenía cara de recién levantada y estaba con el pelo mucho más largo. Las hojas del anotador estaban en blanco, apenas unas ralladuras en la primera página. En la parte de atrás decía Made in India, y ella, supuse que había sido ella, le había agregado a mano una n y una a después de India formando la palabra Indiana. Dentro de un bolsillo con cierre había un billete de cincuenta pesos y unas monedas sueltas. Antes de guardar las cosas, abrí el paquete de chicles y me puse uno en la boca. Estuve a punto de bajar y buscar a Bárbara para devolverle la cartera pero me dio vergüenza y la dejé en donde la encontré.
Más tarde, en el departamento de la hermana, Axel me pregunta si me quiero dar un baño de inmersión. Me río. Él se sonroja. Le acaricio el pelo, no quiero que se sienta mal. Nos acostamos en la cama y prendemos la tele. Axel cambia de canal y deja en uno en donde pasan videoclips. Me abraza, me besa. Después empieza a desnudarme pero ante la primera dificultad se interrumpe como pidiéndome que me desnude sola. Lo hago y él se me tira encima.
Hicimos el amor dos o tres veces, siempre muy rápido. Axel, con los ojos cerrados, acercaba mucho su cara a la mía. Pero yo no lo veía, tenías las cosas de Bárbara en la cabeza.

viernes, marzo 23, 2007

Coming soon

La muerte no es, en los doce cuentos que completan “Mockba”, una entelequia abstracta exhibida en el laboratorio simbólico de la especulación teórica. En estos relatos, la muerte es una presencia que demanda roce, ritual, una arquitectura y una palpable relación con el devenir de los personajes. Lo que interesa aquí ya ha dejado de ser la finitud de la existencia. Más bien, lo que se explora es el punto de intersección entre los discursos sobre lo mortuorio y el efecto de la palabra como pulsión viva.
Es cierto que, en estas páginas, Diego Muzzio introduce cementerios, enterradores, deudos y profanadores de tumbas, pero también un par de gemelas antiestalinistas, un elefante desbocado o adolescentes que interpretan piezas de Sófocles. De este modo, la referencia tanática queda desplazada con astucia: deja de ser monomanía de la obra, para transformarse en un marco fértil, un entorno para el surgimiento de las innumerables circunvoluciones alrededor del pathos humano.
El hallazgo de “Mockba”, lo que le otorga coherencia y brillantez, es doble. Por un lado, radica en contar doce historias absolutamente disímiles, que sin embargo conservan un hilo conductor corroborable desde lo temático. Por otra parte, Muzzio sabe reactualizar el código de la narrativa clásica, de modo tal que su apuesta formal redunde en una colección de relatos que son, a un tiempo, estilísticamente potentes y conceptualmente reveladores.

jueves, marzo 22, 2007

Infierno grande

Pueblo chico
El campo, la locura y los animales condimentan una primera y enigmática novela.

[Reseña de Opendoor, por Juan Pablo Bertazza, para Radarlibros]

En 1899, en un terreno fértil de 600 hectáreas de Luján, se colocó la piedra base de un proyecto dirigido por el médico Domingo Cabred, para mejorar la rehabilitación de enfermos mentales. El novedoso sistema –inspirado en el modelo escocés del open door– buscaba combatir lo que José Ingenieros, otro médico, denunciaba en La locura en la Argentina: el maltrato permanente de los pacientes, a quienes aglutinaban en el siglo XIX, junto a los inmigrantes más problemáticos. Los objetivos del doctor Cabred eran, al menos, dos: terminar con el hacinamiento de los hospicios porteños y crear un complejo psiquiátrico que suprimiera el sadoquismo de los chalecos de fuerza, los electroshocks y los sedantes no probados. Con el tiempo, el complejo fue evolucionando hasta volverse un verdadero orgullo de la zona que, no obstante, no tardaría en sufrir algunas consecuencias negativas.
Iosi Havilio condimenta su primera novela con un tema tabú de la psiquiatría, hoy resignificado en el concepto de desmanicomialización, para revisar –al mismo tiempo– un tópico pilar en la historia de la literatura argentina: la representación del espacio del campo, trabajado por una diversa gama estética e ideológica que va de Benito Lynch a Ricardo Güiraldes y resurge en autores recientes como María Martoccia. Havilio incorpora a esa tradición un punto de vista contemporáneo a partir de cuarenta y un capítulos cortos más un epílogo que podrían conformar tranquilamente escenas de una película o de una obra de teatro (Havilio es autor de El comeclavos, unipersonal basado en El entenado de Saer).
Opendoor, el libro, es una máquina permanente de generar intrigas que –no queda claro si deliberadamente o no– nunca son resueltas. El primer enigma tiene que ver con la voz del narrador: una mujer nunca nombrada y estudiante de veterinaria que, no obstante, se asquea con la pata amputada del perrito de su novia, Aída, y resulta, a la inversa de lo que solemos percibir en los veterinarios, muy indolente. Una tarde va a pasear con Aída hasta que ella desaparece y luego presencia un suicidio desde un puente de La Boca que, si bien coincide a priori con la desaparición de su novia, no va a inquietar demasiado a la veterinaria.
Lo que sí despierta su intriga es el pueblo de Opendoor, a donde llega para diagnosticar el tumor de un caballo que comparte nombre con su dueño: Jaime. En Opendoor va a encontrarse con varios personajes, a quienes identificará con los propios animales que examina; al mismo tiempo que da rienda suelta a su incontrolable ansiedad por conocer la historia del manicomio, “un pueblo dentro del pueblo”.
Durante su estadía en la estancia de Julián, la protagonista vivirá dionisíacamente, entre marihuana, ketamina (droga que se suministra, justamente, a los caballos), caos permanente, el mal sexo con su hombre de campo y la orgía perpetua junto a Eloísa, una verdadera Lolita menor de quince años, no muy servidora de Dios precisamente.
El erotismo le da al libro una impronta muy fuerte que, por momentos, justifica que todos los enigmas terminen como eunucos, custodiando la fortaleza de un misterio que nunca se resuelve. Pero hay un detalle no menor: muchas de las intrigas se relacionan entre sí a partir del léxico. Por ejemplo, un misterioso personaje de la estancia es apodado Boca, que es el barrio donde ocurre el suicidio de las primeras páginas.
Iosi Havilio, a partir de un lujurioso manejo del relato, logra hacer de Opendoor un debut promisorio.

miércoles, marzo 21, 2007

Los inrockuptibles / Tête-à-tête



















En el último número de nuestra revista de rock favorita (¿RS sigue saliendo?), en la sección "Tête-à-tête", cruzaron a nuestra autora Romina Paula con la actriz Analía Couceyro.

Aquí, un fragmento de la nota:

Dijo Analía Couceyro sobre RP: "Conocí a Romina hace varios años, primero como alumna, y luego como actriz en una versión de "El padre" de Strindberg. Era muy interesante lo que hacía con ese personaje de la hija, que callaba, miraba intensamente y padecía a su padre torturado precisamente por lo imposible de asegurar que ésa era su hija. Y ahora me sorprendió, y muy gratamente, con su primera novela. "¿Vos me querés a mí?" tiene algo que me gusta mucho, algo que tiene que ver con el lenguaje y la construcción de un cotidiano extremo, coloquial y trivial, que, como Inesia, se va complicando, duda, piensa, analiza... Y cómo entonces el lenguaje, desde la protagonista, se transforma y seduce y se vuelve poético, encriptado, barroco. Y cuando se podría volver solemne, es atravesado de nuevo, y rescatado, por la "realidad" muy contundente de sus diálogos."

lunes, marzo 19, 2007

La narración-travesti

Alarmantes anatemas y cándidos consejos estéticos motivados por Opendoor, el más reciente opus de esta modesta y ambigua casa editora...

------

[por Esteban Lozano para "El Arca Digital", fanzine de "La Caja de Ahorro y Seguros"]

[...]
La novela de Iosi Havillo, se desarrolla en gran parte en los alrededores del ejemplar establecimiento y está plagada de contradicciones. La casa editora omite decirnos si Iosi es mujer u hombre, detalle no importante salvo que se escriba en primera persona y el sexo desaforado sea descrito sin omitir detalles, con lo cual puedo estar de acuerdo, salvo, como en este caso, cuando los detalles son escabrosos y hasta repugnantes. Como si esto no bastara, la o el protagonista (travestido) acepta cuanta propuesta le llega. Mantiene relaciones escalofriantes con una adolescente, la cual entre otros desbordes practica fellatio a un anciano en un galpón mientras la o el protagonista se masturba con desenfreno. El desenfreno es el ritmo de este conjunto de escenas, relatadas sin compromiso y sin cuidado y en ese clima es difícil establecer alguna crítica o parámetro para relatarlo. Cuando el autor (yo tomo partido, una mujer no habla con tantos remilgues de partes íntimas de sus compañeros masculinos) intenta el misterio, le sale dulzón y sólo logra apicantar el estofado cuando aparece la adolescente. (me reafirmo en la idea de que es un hombre el autor, porque lo enardece la nena, especie de Lolita pampeana)
Esto, lo cual con mucha bondad llamamos novela, es aunque cuesta creerlo, comentada, criticada y elogiada en un suplemento literario de los más elogiables, de un matutino que supo ser dirigido por Lanata. Y aquí vienen más sorpresas.
El autor del comentario no leyó el libro, de lo contrario no afirmaría que la protagonista es veterinaria cuando en la novela es presentada como frustrada estudiante de veterinaria. No escribiría que la protagonista vive en una estancia de un tal Julio cerca de Opendoor, cuando a).En esta novela, al menos, no existe el tal Julio. b) Donde vive la estudiante es un rancho cochambroso de un gaucho raro, lleno de tic poco gauchescos, el cual embaraza a la estudiante, ya a esta altura perdida entre sexo, drogas y alcohol, y además es un ejemplar muy poco conocido de gaucho, el gaucho jubilado. Sí, está jubilado y preocupado con los papeles de la jubilación. Tenemos el gaucho perseguido; Martín Fierro, el gaucho buenazo, Don Segundo Sombra, el gaucho ladrón, Hormiga Negra; y el gaucho guardaespaldas político, Juan Moreira, pero jubilado es la primera vez.
El comentarista deja pasar estos detalles por superfluos y por ignorarlos.
Para terminar quiero afirmar rotundamente que el autor, encontrará el camino porque tiene dos cualidades fundamentales para ser literato. Imaginación, desparpajo. Yo le recomendaría leer sus borradores para no cambiar el lenguaje de los personajes, e insistir con la ficción desesperada, pero dirigida a objetivos o entendibles o liberadores. Y al comentarista le diría, lea los libros señor. Y no le adjudique a Eloísa (nombre de la adolescente) significados sagrados sólo por haber sido la enamorada del filósofo y monje Abelardo, en el siglo XII: Prudencia.

viernes, marzo 16, 2007

Algo de ruido hizo

Aquí, como corresponde, "La Nación" festeja la nueva obra de teatro de Romina Paula. Bueno, vayan todos. Agoten las localidades.

------

Del camino que se bifurca [por Alejandro Cruz]

Algo de ruido hace, de Romina Paula. Con Pilar Gamboa, Esteban Bigliardi y Esteban Lamothe. Vestuario: Glenda Lloyd. Espacio: Juliana Iriart y Matías Sendón. Realización: Francisco Sacconi. Luz: Matías Sendón. Sonido: Ignacio Bouquet. Coreografía: Manuel Attwel. Dirección: Romina Paula. Espacio Callejón, Humahuaca 3759. Los miércoles, a las 21.
Nuestra opinión: muy bueno

En Algo de ruido hace, Nacho y el Colo viven en la casa de su madre, ubicada en la costa atlántica. Podría ser Miramar, pero no lo sabemos. A juzgar por la manera como estos dos hermanos se visten o por la decoración de la casa, podrían haber optado por una onda retro. Pero no. Todo en ellos –la casa misma, sus vestimentas, el empapelado de las paredes o los almohadones del sillón– quedó detenido en los ochenta, como en una pausa.
Estos dos hermanos que rondan los veinte años sostienen un extraño equilibrio, un sutil juego de fuerzas en medio de un lejano y constante ruido de viento. Pero de repente llega ella, la prima, a quien hace largo tiempo que no ven. Nacho y el Colo la esperaban antes, para cuando murió la madre de ellos. Pero ella no pudo, no quiso o no supo despedirse de la tía y acompañar a sus dos primos, con quienes había pasado buena parte su vida.
Así es como llega ahora, cuando nadie la esperaba, y se instala en esa casa detenida en el tiempo, sin avisar porque el teléfono no anda, porque ellos no lo atienden, porque no suena o porque –de andar– quebraría la supuesta quietud de los hermanos.
A partir de su llegada, es el recuerdo y la reconstrucción de un hecho lo que comienza a hacer ruido. Por ahí hubo un beso escondido; más allá hay una anécdota inconclusa, y en todo momento ronda la certeza de que algo ya fue, que terminó más allá de la voluntad y el amor que se sienten estos tres seres que supieron llevarse al mundo por delante.
Pero ya no, ya no será lo mismo. Algo hace ruido.

Ellos, los primos
En manos de Pilar Gamboa, Esteban Bigliardi y Esteban Lamothe cada uno de los personajes transitan una fina paleta compuesta por mínimos gestos y por palabras de una comicidad subyacente. Todo está contenido en ellos y todo está a punto de estallar. En medio de esas dos fuerzas, los tres intérpretes se mueven con una sutileza y fragilidad atrapante.
El mundo de Romina Paula, directora y dramaturga de este trabajo estrenado anteayer en Espacio Callejón, es sumamente atractivo y de una inteligente economía de recursos. Todo en él –los silencios; los gestos contenidos; la mínima coreografía; este tema pegajoso que canta Robin Williams; un doloroso recuerdo escrito en una libretita; un erotismo siempre latente y hasta el movimiento en el espacio– responde a un equilibrio interno que Romina Paula maneja con enorme talento.
La misma creatividad está puesta en el vestuario de Glenda Lloyd y en la escenografía de Juliana Iziart y Matías Sendón (quienes leyeron muy bien las posibilidades del espacio).

Ellos, los del grupo Primos
Hay que reconocer que estos chicos algo de ruido están haciendo. Pilar Gamboa es la misma que el año pasado actuó y escribió Remitente Lorena, montaje de una delicadeza entrañable. Esteban Lamothe fue uno de los actores de Foz, aquel trabajo de Alejandro Catalán que estuvo tanto tiempo en cartel; y fue uno de los intérpretes de Budín inglés, el espectáculo de Mariana Chaud, que se estrenó el año pasado. Y Esteban Bigliardi acaba de hacer varios montajes en el Centro Cultural Rojas.
Por su parte, Romina Paula trabajó como actriz con los directores Mariano Pensotti, Daniel Veronese y Gonzalo Martínez, y ya escribió y estrenó el espectáculo Si te sigo, muero. Los cuatro formaron el grupo Primos y se largaron al ruedo con Algo de ruido hace, un trabajo que merecería hacer un poco de ruido en medio de la monotonía de la escena alternativa actual.

viernes, marzo 09, 2007

Opendoor revisado

La narración-clip

por Carlos Gazzera (La Voz)

En la última década, la literatura argentina ha tenido un buen número de escritores que han buscado mostrar –experimentalmente, aunque mal no fuera– el impacto que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación tienen en la cotidianidad. Quizá, el mejor ejemplo que se puede evocar aquí sea el relato Delivery (2002), de Alejandro Parisí, en el la droga, el sexo, la TV, los celulares, el beeper y la velocidad conforman el cóctel de la vida misma.

Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974) parece dar un paso más allá al intentar una novela-clip. Como su antecesor, el videoclip, la ficción aquí se articula sobre un eje temático (débil, enclenque) cuya estructura radiante le provee al lector la satisfacción de la fragmentariedad, la velocidad, el hipervínculo, la labilidad de toda identificación.

La historia se sostiene en capítulos breves, de historias breves, entrecortadas, que, como en los destellos de luz en la pantalla, emiten la sensación de una multiplicidad de realidades.

Opendoor es la historia de una joven que tras abandonar la carrera de veterinaria, vive la experiencia del extravío, el exceso y la des-subjetivación. Su deseo es el único instinto que parece vivo en su Yo. Deseo que le permite gozar tanto con el amor de una mujer que la arrastra, el sexo con un hombre cuya edad es la de su posible padre o bien con una adolescente que podría ser su hija. Solo la pulsión vital del sexo la mantiene viva. Eso es lo único que la conecta con la realidad exterior.

¿Por qué Opendoor? Es interesante el título porque a medida que se avanza en la lectura se establecen otras relaciones que le permitirán al lector aceptar el acierto del título. Como ocurre en los videoclips, el título sólo puede transparentarse cuando se ha escuchado la totalidad de la canción-eje. Opendoor, trascripción morfemática del inglés open door (puerta abierta) es el nombre de una localidad que se conformó alrededor de la colonia para enfermos mentales Domingo Cabred –quizá la más antigua de la psiquiatría moderna de "puertas abiertas"– de la zona del noroeste bonaerense (San Miguel-Pilar-Marcos Paz-Luján).

Iosi Havilio ha escrito una novela profunda, mucho más profunda de lo que a simple vista nos deja ver su estructura de relato-clip. Erótica y neurótica, la historia de la protagonista de Opendoor esconde la mirada de las nuevas generaciones, de los jóvenes de este nuevo siglo. En ellos debemos depositar la confianza de un futuro incierto, tan incierto como las narraciones que nos dan a leer. Porque como se sabe, de Homero a esta parte: sin relato no hay Nación, no hay (con)géneres.

lunes, marzo 05, 2007

Otra obra de Romina Paula

“Algo de ruido hace”, tal es el nombre de la bella obra por la cual nuestra autora lleva los créditos de dirección y dramaturgia, se estrena este miércoles, a las 21hs, en el Espacio Callejón.

Humahuaca 3759
Entrada: 15$
Reservas 4862-1167

lunes, febrero 26, 2007

Miedo a la oscuridad

[Cuento breve de Ignacio Molina, publicado en la revista Ñ el domingo]

Yo estoy último en la fila, soy el único que no lleva guardapolvo y espero mi turno para saludar a uno de los soldados que, inclinados en medio del patio, reciben las cartas y los chocolates que les entregan mis compañeros de jardín.

La escena, que parece sacada de un sueño o de una película argentina, es una de las que recuerdo de los meses de abril y mayo de 1982. En otra de esas escenas, que hoy se me aparecen como irreales, mi mamá y yo caminamos de la mano por la ciudad vacía y completamente a oscuras. Ella está vestida sólo con una bata y un camisón. Yo tengo un pijama grueso y un pulóver, y siento cómo el ruido de nuestras zapatillas retumba en la vereda.

Como los ingleses amenazaron con tirar una bomba sobre Bahía Blanca, la municipalidad ordenó encender la menor cantidad posible de luces interiores, dejar siempre apagadas las exteriores y, salvo algún caso de emergencia, no salir a la calle después del anochecer. Hay que cubrir todas las ventanas con cartones o papel madera, y tapar los focos de los autos con una tela oscura que reparten en los negocios. Hay que evitar que desde los aviones se den cuenta de que acá abajo hay una ciudad; cualquier mínimo reflejo de luz puede provocar que se cumpla la amenaza.

Desafiando al estado de sitio militar y sin cambiarnos, sin temor a cruzarnos con algún vecino, mi mamá y yo salimos a la calle. Alumbrados sólo por la luna caminamos media cuadra, y nos quedamos un rato en la esquina con las miradas en el cielo. Desde mis ojos de cinco años veo seguramente muchas más cosas que ella: veo, también ahora mientras escribo, aviones y helicópteros ingleses que vuelan muy bajo. Aunque cuesta distinguir las siluetas de los autos a cincuenta metros de distancia, veo y siento el eco de una tropa argentina que avanza hacia nosotros desde el fondo de la calle. Imagino el patio del jardín de infantes a esa hora de la noche, y los cuartos silenciosos de mis amigos que, si pudieron vencer el miedo a la oscuridad, ya deben estar durmiendo.

viernes, febrero 02, 2007

Opendoor

[fragmento de la novela de Iosi Havilio recién editada]

Regreso en tren. Jaime me deja en la terminal de ómnibus de Luján. Al rato me entero de que acaba de declararse un paro sorpresivo de transporte. Que el último bus salió a las seis treinta y que el servicio está suspendido hasta nuevo aviso. Un cartel improvisado, escrito a mano, se repite en varias boleterías: “Sin servicio”. Me dice un hombre que si fuera por él haría el viaje pero el tema es que en la autopista lo pueden reventar a cascotazos. O a tiros, agrega uno que está de espaldas, jugando al solitario en la computadora. El próximo tren sale dentro de veinte minutos, escucho por ahí. Llueve. Me acerco a la parada de taxis y tomo el primero de una larga fila que me lleva a la estación en menos de cinco minutos. El andén se va poblando de gente, mayoría de estudiantes, que calman la ansiedad con cigarrillos y charlas cada vez más bulliciosas. También hay trabajadores, jubilados, mujeres con bebés y un par de borrachos acodados en un puesto de hamburguesas. El tren llega finalmente, con diez minutos de demora. Está vacío, me siento contra una ventanilla que no cierra. Cambio de lugar, pero al rato, cuando el tren se pone en movimiento, la traba de la ventanilla cede y tengo que estar atenta y sujetarla con la mano durante todo el trayecto para no mojarme. En el compartimento de al lado, pasillo de por medio, se sientan cuatro seminaristas. Uno más joven que el otro. Sólo uno de ellos va vestido de cura. Pero no cabe duda, se nota a la legua, son una cofradía. Charlan, leen, se hacen bromas entre sí. El de la sotana guarda entre las piernas una guitarra enfundada. El vagón se llena, el ambiente se enrarece. Con el traqueteo, empiezo a quedarme dormida, hasta que un hecho inesperado atrae mi atención. No se sabe mucho cómo, ni cuándo empieza la pelea. Primero se produce un forcejeo que la oscuridad no me deja entender con claridad. Son tres o cuatro, chicos y chicas, que se tiran de los pelos sobre el andén de una estación muy vieja mientras las puertas del tren todavía están abiertas, hay una bicicleta en el medio, alguien resbala, otro se aferra a una rueda dando patadas en el aire. No pasa mucho, no es grave, y sin embargo suficiente para alterar el curso del viaje. El chico que estaba en el piso consigue entrar al tren arrastrándose con el manubrio de la bicicleta en la mano. Los seminaristas enmudecen, observan la situación, se interrogan con la mirada, un poco tensos, pero no intervienen. Se cierran las puertas de golpe y el chico que subió al tren se recompone de a poco. Los que quedaron sobre el andén patean el chasis del vagón y uno, o una, lanza un escupitajo que se estampa contra la ventanilla de los seminaristas.
En un principio no se sabe bien si el que subió es la víctima o el victimario. Tiene la cara enrojecida, tiembla un poco, y, a pesar de ser un chico robusto, da la impresión de estar dispuesto a soltar unas lágrimas en cualquier momento. No cabe duda, es la víctima. La mirada pegada al vidrio, avergonzado, se esconde como puede de las miradas que le apuntan alrededor, se frota las manos manchadas de barro, y se descubre una pequeña herida superficial en la palma derecha que se relame el resto del viaje. Por momentos también se muerde un poco el pulgar derecho, para contener el dolor, o porque siente bronca, no se sabe. Quiere que el tiempo pase rápido.
Con los minutos, las miradas que al comienzo lo midieron con aprensión, luego curiosas y finalmente compasivas, van sumiéndose en la indiferencia y el olvido. Tres o cuatro estaciones más adelante, para terminar de sepultar el incidente por completo, uno de los seminaristas se anima, desenfunda la guitarra y con unos arpegios muy rudimentarios se acompaña para cantar una canción en un español raro, medio antiguo, que de a poco entusiasma al resto de los curitas que se ponen a hacer los coros.

martes, enero 30, 2007

Gelatina

[Cuento breve de Romina Paula, publicado en la revista Ñ el otro domingo]

Cargo el brazo a un lado, como un peso muerto. Ya no me sigue, no me obedece. Lavo la zurda con la diestra, que empezó a responder. Eso aprendí. Pero no siempre puedo. A veces la muerta, la inconsciente, pesa más. Una mano dormida, un brazo dormido, un lado, una mitad, media yo que ya no soy. O estoy, todavía estoy, pero aletargada. Llevo, cargo mi mitad dormida, anegada. Me reeduco. Reaprendo todo. Primero vegeto, sólo respiro y apenas si hago eso, eso recuerdo. Después, dicen que abro los ojos y muevo un dedo, como respuesta, por toda respuesta: ese es el primer y casi único modo que descubro, que desarrollo, para salir de mí. Me atrapé, quedé atrapada en mi cuerpo: estoy intacta pero no puedo comunicar. Conservo la capacidad de reflexión, puedo hilar, asociar, recuerdo, entiendo. Creo que sigo siendo yo, pero no puedo salir. Como no comunico, no soy. Mi dedo, el meñique por sí o por no, me restituyó algo de credibilidad, de crédito. Dejo de ser una planta, evoluciono, porque puedo decidir, por sí o por no, con mi dedo, por más complejas que sigan siendo mis estructuras de pensamiento. No puedo hablar, pero pienso, puedo pensar en sintaxis, pienso gramaticalmente. Pero no puedo articular. Olvidé o no puedo recordar, no por ahora, qué sonido corresponde a qué idea, a qué concepto- no sé pronunciar, no sé cómo se hace. Ensayo sonidos, pero fracaso: son los órganos que no me responden. Emito graznidos informes, abstractos, atemorizo a mis visitas. Desisto. Ahora, por lo menos, puedo escribir, aunque no sea del todo exitoso, tampoco, éste medio. Quiero escribir, para que me entiendan, para que sepan que sé, que no perdí nada, que está todo adentro, todo ahí, aunque encerrado, anegado por ahora, por aquello, por aquél pequeño malentendido, ése desajuste en mi cerebro. Quiero poder escribir, que estoy encerrada, por ahora, pero que estoy bien, que no tomen medidas, que no teman por mí, que no se lamenten, que es sólo cuestión de tiempo. Pero mi mano, la que responde, me desautoriza. Quiero escribir Hola. No perdí la facultad del pensamiento. Articulo, asocio, y recuerdo. Sé quien soy, conozco mi historia, reconozco y recuerdo a cada uno de ustedes. Entiendo nuestros vínculos y sé que algo extraordinario sucedió en mi cabeza. Algo que me adormeció toda y ahora la mitad de mi cuerpo, algo que me encerró. Y mi mano escribe hamaca. Con pulso tembloroso. Eso es lo primero, y un pino, cuando me quiero referir a la gramática, a que todavía la poseo. Ni siquiera. Escribo pino un y mamá llora con el cuaderno en su mano. Llora y me acaricia la cabeza. Quiero morderla, por necia. Pero no puedo. Muevo el meñique y me dan gelatina.

sábado, enero 27, 2007

Continuidad de los parques

(...) Enseguida apareció la señora psicótica del viernes pasado y se sentó al lado mío. Juan Incardona me propuso ir a sentarnos lejos, al fondo pero yo quería filmar cerca del escenario.
Igual, llegó un hombre con un termo y un mate y se sentó al lado de ella y hablaban. Pensé que él era su acompañante terapéutico y que ella no se había olvidado de tomar los antipsicóticos esa tarde, asi que estaba bastante compensada. De hecho, cuando todo terminó se fue sin hacer ninguna manifestación psiquiátrica.
La lectura de Gonzalo Castro estuvo muy buena. Me pareció muy atractivo el tema del libro (Hidrografía Doméstica) que leía: una chica de 10 años que vive sola y que tiene una relación especial con el agua. Y después, el reportaje se centró en la editorial (Entropía) de Castro y eso también estuvo muy interesante. Pero había mucho viento, enseguida se hizo oscuro y yo tenía frío. A veces parecía que se iban a volar todas las cosas. Los eucaliptus largaban miles de hojitas agudas todo el tiempo y los pájaros esta vez volaban muy muy alto. Me puso muy triste. Cuando todo terminó era casi de noche. Eso me puso más triste. (...)

[vía "Viejos son los trapos"]

lunes, enero 22, 2007

El principio de la tragedia

Sobre Los estantes vacíos, de Ignacio Molina.

Por María Eugenia Rombolá

[Publicada en la revista Los asesinos tímidos]

Recuerdo que en algún momento el autor de Los estantes vacíos comentó que no puede pensar en una palabra sin pensar al mismo tiempo en cómo se escribe, es decir, en su materialidad gráfica, en su cuerpo más concreto. Pienso que esta obsesión por el cuerpo de las palabras es la condición necesaria para intentar rasgarlas y poder llegar a lo que está detrás (¿a la nada? No se sabe a ciencia cierta, pero sí puede observarse que en este acto radica la exploración del autor). Molina lo sabe, tal vez no sabe que lo sabe, pero lo sabe. Y para los que no lo saben, puede ser una tarea ardua comprender, por ejemplo, la necesidad de construir un personaje como Matías (”El camino del agua”) que escucha (y acá vale la pena recalcar que no oye, sino que escucha) palabras sueltas en una conversación telefónica de su hermana, “técnico, tenedor, enganche, comentarios, filamento, volantes, campeonato, forra, camisa, líneas, público, chau”. Las palabras no son las cosas, eso todo el mundo lo sabe, pero las palabras sí son cosas y hay quienes lo niegan en virtud de una fidelidad desmedida hacia las formas ya concebidas de los géneros (hay una anécdota que cuenta que una vez Gauguin se encontró con Mallarmé y le dijo algo así: “Tengo un montón de ideas para escribir una novela” y Mallarmé le respondió “Las novelas no se escriben con ideas. Se escriben con palabras”).

El cuento
Hay muchas teorías respecto a qué es un cuento, pero vaciemos nuestros estantes de teorías y volvamos a la idea más simple, la que teníamos seguramente cuando empezamos a leer, ¿qué es un cuento, entonces? ¿No es acaso un relato en el que transcurren cosas y muchas veces termina antes de lo que querríamos, pero al mismo tiempo, en su propia constitución está la imposibilidad de que continúe? Es verdad que lo mismo puede decirse de la novela, pero a diferencia del cuento, en ella hay líneas de fuga intermedias que permiten digresiones casi, casi, infinitas. Entonces, el cuento le muestra el final al cuentista. El novelista, en cambio, decide cuando dejar de fugarse y en esta detención aparece el final.

Los personajes
A la hora de relacionarse entre ellos, tienen miedo de incomodarse con preguntas, suponen, consideran que no vale la pena decir todo lo que están pensando. Por otra parte, registran todo: el tiempo, las calles, los carteles, cada detalle de la ciudad son su verdadera compañía. Es que estos detalles dejan de ser cosas para convertirse en palabras-cosa. Los barrios entonces no sólo tienen nombre, sino que además son de colores específicos (“El camino del agua”), tomar un colectivo no sólo implica trasladarse de un lado a otro, sino repetir el trayecto narrado en un libro que se encontró poco tiempo antes en una librería de saldos (“Kilómetro cero”), la puerta de la heladera exhibidora anuncia tormenta (“Polirrubro Ama-Faby”), las calles amanecen inundadas (“El sistema”) y en ocasiones se humaniza a los objetos agregándole la preposición “a” cuando son objeto directo: “Después de unos minutos me acerqué a la ventana y me puse a mirar, alternativamente, al paraguayo que vivía al fondo del pasillo (...) y al empapelado violeta de la pieza” (“Kilómetro cero”) o “Después de abarcar en un solo paneo a las golosinas, las estanterías despobladas, los envases vacíos (...) se queda mirando el plano de la ciudad que cuelga de una de las paredes” (“Polirrubro Ama-Faby”).

Los finales
Si bien cada uno de los quince cuentos de Los estantes... exige su final, éstos últimos, de alguna manera, retumban, delicadamente, como ecos, en los demás cuentos y, por qué no, en la vida misma. Es que en cada conclusión hay una puerta abierta, una invitación a asomarse a un abismo que no se muestra, apenas se anuncia en palabras-cosa, en cosas que hablan, que nos dicen la soledad, la sorpresa, las coincidencias y desencuentros, los malentendidos inevitables, los olvidos evitables, pero necesarios... Podría decirse, entonces, que los cuentos concluyen en el principio de la tragedia. Un modo arriesgado y lúcido de trazar el antagonismo que presenta la vida de los hombres y mujeres en la ciudad contemporánea.

miércoles, enero 17, 2007

Avisos parroquiales

Recordad: este viernes, a las mil novecientas, en el Jardín Botánico “Carlos Thays”, al reparo de ñangapiríes, euforbias y sicomoros, Damián Ríos entrevistará a Gonzalo Castro. Se admitirán, también, preguntas de la audiencia (sobre literatura, diseño gráfico, paisajismo y fitología). Que no falte nadie.

miércoles, enero 10, 2007

Cine para leer

Maese Juan:

En tus manos, una primera reseña de las cartas de Manuel Puig, que saldrá publicada, si la resaca decembrina no afecta el orden de las cosas, el fin de semana del 31 de diciembre en El Espectador de Colombia. En todo caso, cuando salga publicada, reenvío el texto para que lo veas tal y como salió,

Hugo

P. D. Y cuando veas "Cine para leer", no te extrañes, así se llama la columna que tengo en el diario.

-----

La pasión según Puig [por Hugo Chaparro Valderrama]

El escritor argentino Manuel Puig hizo del cine su biblioteca. La pantalla fue para él semejante a lo que sería para Borges la Enciclopedia Británica. Allí descubrió sus mitos, sus aventuras y las historias que lo convirtieron en un autor al margen de cualquier tendencia, estética o política, en la década de los años 60.
Cuando su amigo Mario Fenelli leyó las primeras páginas de La traición de Rita Hayworth, descubrió la sublimación de lo cursi —algo que indigestó a Mario Vargas Llosa como jurado del Premio Seix Barral en 1966, argumentando que no se trataba de una novela “literaria” (¿?)—. El melodrama hecho cine formó entonces a Puig. No en vano idolatraba Imitation of life (Sirk, 1959), donde se magnifica la tristeza de manera delirante. Una pasión compartida con el gusto por las historias de amor sufridas hasta la muerte por Greta Garbo —¿la recuerdan lanzándose al tren, como última solución al despecho, en Ana Karenina?
Entre Europa y Estados Unidos, la biografía de Puig permanece en su literatura; en los guiones que escribió con la ilusión de que fueran producidos en Inglaterra o Italia; en la correspondencia que mantuvo con su familia durante un lapso que abarca desde 1956, cuando viaja a Roma para estudiar en el Centro Sperimentale di Cinematografia, hasta 1983, cuando se traslada a Río de Janeiro.
Manuel Puig. Querida familia, en dos tomos divididos por sus Cartas europeas (1956-1962) y sus Cartas americanas - New York - Río (1963-1983), gracias al esmero de Graciela Goldchluk, quien hizo la compilación, el prólogo y las notas de las cartas, y a la editorial Entropía, que publicó el primer tomo en abril de 2005 y el segundo en septiembre de 2006, descubre al escritor adentrándose en el laberinto de un camino todavía incierto, por el que avanza con una confianza creciente cuando se multiplican los lectores y se agiganta ese monstruo, la fama.
Tras la aventura del viaje —que Puig disfruta cuando recorre el mapa de un lado a otro— está la celebración del cine como punto de equilibrio ante la incertidumbre; el trabajo como traductor de películas italianas al español; la exploración minuciosa que le permite comprarles a sus padres y a su hermano las prendas que detalla en sus cartas; la nostalgia por Buenos Aires —al mismo tiempo que el rencor por una ciudad en la que no confía del todo cuando el mundo le ha enseñado otros panoramas—; las peticiones de su madre para que regrese —a las que responde Puig: “Mamá: yo no comprendo por qué ponés la vuelta a la Argentina como si fuera para mí el comienzo de todas las bendiciones”.
En otras palabras, la ansiedad por encontrarse en una geografía propicia a sus intereses, sin tener que preocuparse por el circo de las vanidades como expresión de nacionalismo asfixiante. El cine es suficiente. Sus imágenes le muestran a Puig que la mejor realidad está en la ficción. No importa de dónde provengan, las fronteras no existen. Sin embargo, con La traición… escribe una novela en la que evoca de forma visceral a los fantasmas de su infancia, extraviados en General Villegas, el pueblo donde nació.
Él mismo no esperaba dar el salto del cine a la literatura. Pero surgió la novela como una necesidad ineludible. Entre los reclamos de su madre por la presencia del hijo al que adora, la cinefilia sin pausa y los viajes, se lee la evolución de un autor que necesitó, como tantos, ausentarse de lo habitual para contrastarse a sí mismo con lo diferente y encontrar así su lugar. Las cartas nos hablan sobre ese proceso y sus hallazgos. El resultado, en sus novelas, en sus argumentos para cine y en sus obras de teatro, enseña cómo la ausencia se convirtió en presencia cuando regresamos a la pasión según Puig.

lunes, enero 08, 2007

El marketing y sus reveses

Aquí, Edmundo Paz Soldán sobre "Querida familia: 2"

(...) Los que han leído a este influyente escritor argentino descubrirán en varios pasajes un tono similar al de esa voz coloquial inconfundible de sus mejores novelas, en especial La traición de Rita Hayworth. Sin embargo, el efecto general es distinto: en las novelas de Puig, las cartas producen una sensación vivificante, incluso audaz: nos hallamos ante el escritor que se atrevió a prescindir de narrador y dejar que escucháramos directamente a sus personajes, y que incluso viéramos sus errores ortográficos a la hora de escribir. En cambio, como documento, las cartas a su familia son repetitivas, monocordes, planas. (...)

El texto completo, acá.

jueves, enero 04, 2007

Two thumbs up!

Espejismos [reseña de "Los estantes vacíos"]

por Ariel Bustos

El escritor “minimalista” viene a resultar algo así como “la gran esperanza blanca” en el boxeo, o como el eslabón perdido. Así autores despojados en el lenguaje y dueños de un mundo potente se han visto bajo el peso de ese rótulo ocioso, con Raymond Carver a la cabeza. Tal vez, en el caso de este libro en particular, podamos afirmar que la caza ha llegado a su fin.
Los estantes vacíos, de Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976), era un libro esperado en cierto circuito de blogs literarios, esas nuevas trincheras de la literatura argentina. De hecho, Molina es el autor del blog Unidad Funcional unidadfuncional.blogspot.com. Cada uno de sus cuentos podría leerse, en cierta manera, como una versión inversa de Carver. Así, todas las líneas que prometen un mundo rico que subyace bajo la superficie terminan confluyendo en la nada. En Molina se produce la muerte de las historias.
Se trata de un libro poco convencional. “Los quince relatos que conforman Los estantes vacíos construyen su propio campo de exploración narrativa”, reza la contratapa antes de diluirse en una jerga ilegible, y hay que reconocer que Molina establece una idea personal del cuento. Para ello suprime dos claves de la definición clásica del cuento: la unidad de efecto y el punto de no retorno. Eliminada la arquitectura de la narración sólo le queda al autor reciclar cuestiones formales, como los ciclos que forman distintos cuentos que comparten los mismos personajes, recurso que Liliana Heker escribió hace treinta años. Así pueden considerarse las series conformadas entre los cuentos Espirales, Los estantes vacíos y Ejército de Salvación por una parte, Arpegios y El opio de los pueblos por otra, y El sistema y Jornadas literarias en tercer lugar. Ya sea que apelen a diversos puntos de vista para contar los mismos hechos, o que de un cuento al otro haya un cambio de la primera a la tercera persona, pasa de todo pero no pasa nada. Las acciones se suceden sin tener peso en la realidad: una chica que se va a vivir sola encuentra una tortuga a la salida del trabajo, un hombre recién separado yendo a visitar a su hijita y a su ex mujer, personajes que van a la cancha a ver a Platense o a Nueva Chicago, la relación que traba un bibliotecario con una mucama, ambos inquilinos de una anciana: todo puede pasar y nada se define. Molina desplaza el centro de gravedad de los cuentos, deteniéndose a registrar pequeños detalles, y evitando mostrar los puntos de tensión, como los encuentros sexuales concretos o sugeridos en distintos cuentos, o los quiebres en las relaciones familiares. Al hacer este desplazamiento, la única resolución posible sucede en un sueño: el sueño de venganza de Matías en El camino del agua.
Las acciones de los personajes no producen un crescendo que apunte a caer con todo el peso hacia el final del cuento para culminar resolviendo o revelando algo; tampoco en el transcurrir de los cuentos se produce un quiebre en los personajes que termine modificándolos en sus personalidades. Su fragilidad no proviene de un desencuentro con el mundo donde anidan el fracaso, la desilusión o el deseo, sino de un profundo vacío interno por el cual pequeñas cuestiones, como la elección de una mesa para comer en una parrilla hacia el final de Ejército de Salvación, terminan por resultar conflictos enormes.
El ascetismo del lenguaje de Molina no levanta ninguna barrera hacia el lector. Pero finalmente este pacto básico se ve defraudado por sus personajes, autosuficientes en el mar de indiferencia en que viven, que terminan por no conmover al lector.

[publicado en Zonamoebius.com]

martes, enero 02, 2007

Printing Opendoor

SMD y su vista de águila no dejan en paz a Manolo, en la prosecución de un matiz, de una temperatura de color imposible de verbalizar.



jueves, diciembre 28, 2006

El año que viene:

Editaremos 7 libros/
Aceptaremos consejos de extraños


Feliz lunes

jueves, diciembre 14, 2006

Entropía

Contemplamos el stock entrópico, con su arco cromático y su desbordante volumetría, y parpadeamos de incredulidad. ¿Estamos contentos, satisfechos? No, no, es algo más complejo, más cercano a la ansiedad, a la violenta ansiedad, a los efluvios etílicos del cóctel molotov (tanto papel nos despierta el espíritu incendiario). Ah, tenemos tanto para dar, tantos libros se agolpan en nuestros Quark-xpress. Esta compulsión por imprimir palabras no puede ser saludable, pero nos multiplicaremos, que duda cabe, porque está en nuestra naturaleza, en nuestra denominación. Que bonito año.

jueves, diciembre 07, 2006

Incorruptibles

Querida familia: Tomo 2
(por Matías Capelli, para Los Inrockuptibles)

Habrá que esperar todavía algunas décadas para ver en qué forma literaria decantarán los mails guardados en servidores y discos rígidos. Mientras tanto, la de Manuel Puig probablemente sea una de las últimas generaciones de escritores y artistas en dejar, para la curiosidad postmortem, profusos volúmenes de correspondencia hechos -tal y como el género epistolar nos tiene acostumbrados desde hace siglos- de cartas. Cartas de papel teñidas por la incertidumbre de si llegarán o no a destino, de si lo escrito fue y será leído; cartas extraviadas, cartas que se demoran semanas, cartas desde el subte con el pulso "electroshokeado" o en los tiempos muertos en la oficina de Air France en la que Puig trabajó durante su estadía neoyorquina a mediados de los 60. Cartas a los padres escritas en esa verdadera lengua materna que arrastra dichos y palabras, esas que sólo en la familia tienen sentido; pero un fluir, también, que encuentra en ciertos detalles sobre los que vuelve una y otra vez el atajo para no mencionar todo eso de lo que Puig seguramente no hablaba con su querida familia. Cartas (las neoyorquinas) signadas por el frenesí de los viajes gratis y el vértigo de la consagración, tan inminente como esquiva. Ya circulaban originales de la que sería su primera novela, La traición de Rita Hayworth (68), y Puig transcribe comentarios como: "Según Juan Goytisolo mis cosas están a leguas de todo lo escrito en español (contemporáneo). Qué plato." Cartas (las de Río), de principios de los ochenta, después del exilio mejicano, en las que Puig, consagrado y en su mayor momento de reconocimiento, sigue viajando sin parar, ahora invitado por universidades, en giras de promoción, supervisando traducciones y coleccionando videos. Cartas, casi trescientas, en las que "Coco" -más que Puig-, habla y calla con los mismos modales, iluminado por la misma luz que sus personajes.

lunes, diciembre 04, 2006

Romina Paula por Sarlo

por Beatriz Sarlo (Punto de Vista, número 86, diciembre 2006)

Sujetos y tecnologías
La novela después de la historia


[...]
Algunos ejercicios recientes de estilo plano son simplemente extremos. Los diálogos de ¿Vos me querés a mí?, de Romina Paula, presentan exactamente todo lo que el lector aseguraría que esos personajes dicen en la vida real, si fueran personajes de la vida real. Probablemente esta novela sea un ejemplo casi experimental de ese estilo: personajes enclaustrados en su dialecto, como si se tratara de informantes de una investigación realizada obedeciendo al pie de la letra todos los principios de la etnografía lingüística.
Con esta técnica, las lenguas registradas pueden ser cualquier dialecto de la sociedad: el de una adolescente de capas medias altas (Paula Varsavsky, Nadie alzaba la voz) o de la mas estereotipada pequeño burguesía (Romina Paula). En ambos casos. El efecto es etnográfico, porque entre narrador e “informante” la distancia del registro es mínima.
Sin embargo, ese pacto de mimesis transparente se hace difícil de sostener. Romina Paula introduce un segundo idiolecto igualmente tipificado: su narradora es universitaria, mira películas y lee libros, sabe algunas palabras en alemán, etc. Lo “cultural” está como prueba de que el registro plano, la documentación de la lengua, es un procedimiento de la ficción y no las fichas de un investigador encubierto que ha encendido sus grabadores sin que la gente se enterara.
[...]

jueves, noviembre 30, 2006

Contrataping

[Texto de contratapa para Opendoor, novela de Iosi Havilio]

El desplazamiento entre la ciudad y el campo construye la dinámica de esta novela, una movilidad que transforma y amplifica los rasgos sensoriales en la voz de su protagonista: una joven estudiante de veterinaria, cuyo discurso a la vez indolente y desamparado enhebra una trama de sobrio desarrollo y exquisita resolución.
A partir del diagnóstico de un viejo caballo, en un campo cerca de la colonia psiquiátrica Open Door, la protagonista descubre un lugar de pertenencia, donde mitiga su falta de vínculos y la ausencia de su novia. Será el paisaje rural o pueblerino –pocas veces idealizado, siempre radicalmente concreto– el escenario donde el discurso interno que guía el relato sufrirá su evolución. El otro hemisferio será, entonces, la ciudad: el cada vez más lejano entramado urbano, ya sólo referencia tanática, a la que vuelve para toparse con una creciente vacuidad.
Opendoor crece, así, en un entorno argumental donde pasado y futuro ven velados sus contornos en favor de una actualidad
marcada por el choque entre lo extraño y lo natural. Es ahí donde la prosa de Iosi Havilio encuentra su mejor tonalidad.
Una escritura que puede maniobrar con destreza entre la mordacidad contenida y la ternura, el realismo y la abstracción, la precisión descriptiva y la solidez narrativa.

martes, noviembre 28, 2006

Schettini en Appetite

Empleado en las oficinas de una empresa de aviación como traductor, e instalado en New York, Manuel Puig se dedica en sus cartas a la verdadera tarea del traductor: Construye un mundo epistolar para generar un efecto de claroscuros en el que se muestra para ocultarse y entrega a la familia su modo, a veces dominante, de ser parte de ella.
Manuel Puig no es el escritor dandi que envía sus cartas como ejercicio de estilo remedando un gesto romántico del artista full time. Antes bien, prefiere ocupar el lugar del corresponsal y del cronista moderno. Todo rasgo de estilo queda sumergido en la narración de una serie de hechos y de “noticias del mundo” que actúan sobre la familia del mismo modo que sus novelas actúan sobre la literatura argentina: Le abren una ventana y permiten que entre un poco de aire.
Nadie leerá en estas cartas la confesión sentimental, ni la entrega desmedida a las pasiones que el género epistolar parece exigir a cambio de un ocultamiento del cuerpo y, por lo tanto de todo riesgo físico. Se trata de un tipo completamente otro de relaciones peligrosas.
Acaso mucho más complejas que la solicitación de amor o la confesión escrita, en estas relaciones Puig hace lo que siempre supo hacer: traduce una lengua a la otra. Explica a la familia cómo es el verdadero glamour instruyendo acerca del tipo de ropa que debe usar la madre y, en menor medida, el padre y el hermano, les establece un recorrido por el mundo y les organiza las inversiones familiares.
“Ojalá pueda hacer buenas compras. Tailleur sensacional para Bette? Vamos a ver. El conjunto que compré todavía está en el ropero.” O “Espero que surja alguna combinación para que Bette no pase el invierno sin Tailleur, pero lo que pasó en Roma fue diabólico…. Lo del traje gris y el tapado demuestra que los astros en abril estaban adversos a la pobre Bette” (Bette es la madre) o “¿Papá se puso la campera nueva?”
Esa teatralidad del vestuario, sobre la que Puig alecciona como un etnógrafo de las costumbres, va acompañada por el trato de diva cinematográfica que le dispensa a la madre. Confirmando que para Puig el lenguaje del cine y de la literatura nace del lenguaje más familiar, su madre es alternativamente la Buschiazzo (la actriz argentina madre proverbial de las películas de Sandrini), Bette Davies, o la Malisita a secas… en la familia se revela el funcionamiento de las estrellas distantes de Hollywood. Pero al mismo tiempo, en Hollywood, Puig ve aquello que hace a las divas mujeres familiares. Incorporadas a la domesticidad, él les descubre a esos seres marmóreos, afectados, aislados o intocables que eran las actrices de Hollywood, aquello que las hace mujeres cualquiera. Por eso puede ser el mejor crítico cinematográfico. Viste a la madre, pero despoja de disfraz a las actrices. Ellas son solamente Lana, Marlene, Liz, o Bette… el trato excesivamente familiar las rebaja y las condena y les descubre el artificio como si les quitara un velo y para comprender su funcionamiento les impone un equivalente “familiar”. La madre, como en el tango, es al mismo tiempo mujer única y mujer común:
Dice:
“Vi “Arabesque” y me convertí al lorenismo. La vista es un asco, a la moda, de espías, medio en broma… pero la vaca sagrada está muy bien, no tiene simpatía, pero muy segura y de una belleza fenomenal, y qué bien sabe presentarse. Saca unos anteojos blancos iguales a los que te lleva Antonieta. Anoche qué impresión rara: por TV “las infieles”, cuántos recuerdos…. Irene papas, la may Britt, y la más burra de todas era la Gina. ….”
En un gesto que sólo se puede advertir en su literatura, Puig le saca a las divas, los anteojos y una parte del nombre, y se los lleva a la madre. Hace de Loren y Lollobrigida figuras familiares y eleva a la madre a la categoría de estrella distante al enviarle los mismos anteojos del personaje de la película…
En ese intercambio que tiene la forma del un juego perverso, Manuel Puig define toda su literatura y le inventa a la literatura un lugar impensado en la cultura argentina: el de la fábrica de mundos y de realidades posibles. Y lejos de la fantasía fútil que hace de la literatura un plan de evasión, el mundo del cine es un operador sobre la realidad, transforma la realidad y la convierte en otra cosa.
Intervención épica sobre la cultura, porque tiene la forma de un gesto heroico sostenida sobre la toma de distancia que impone la figura distante (de la madre y de la actriz) y el trato epistolar. Si alguien sabía que las palabras son operadores sobre las cosas fue él, de modo que no era necesaria su presencia en al familia para ser parte de ella, tanto como no era necesario seguir la conversación plúmbea de la literatura argentina. Abrir una puerta, salir, cambiar de aire y cambiar de tema.
Nada más distante de las cartas de Coco a su querida familia que las cartas de Berto a su hermano en La traición de Rita Hayworth, las de Leonor a Nené en Boquitas Pintadas, las de Nidia y Luci en Cae la noche tropical o el bolero “mi carta” que canta Molina en la cárcel… estas cartas, las del Coco, son una retruénaco aún más imposible sobre el género epistolar... la carta señala la distancia del Coco con su familia, pero también señalan toda distancia y, para volverlas legibles, como si se tratara la letra de un tango “truculento y popular” como él mismo los define, Puig encuentra la lengua argentina de la patria perdida, inmigrante y trashumant. El “lenguaje privado” de la familia Puig está colmado de voces dialectales de Parma- Piacenza. Allí aparece la voz del expatriado de la querida familia.
“…me cayó visita, uno de esos ingleses, el que mandó el sobretodo, bueno, no supe desbratarme (sic) y se me engruñó (sic) a cenar, casi me da un ataque…”
Ese lenguaje cocoliche, en la voz de coco, dibuja la figura del tango y de la patria perdida. Para seguir hablando el lenguaje de la familia, Puig elige el lenguaje de la patria perdida por la familia, Coco habla en cocoliche macarrónico y las voces extraviadas del italiano titilan en sus cartas, como el tango habla de lo perdido: la angustia frente a la movilidad social experimentada como educación sentimental y el parpadeo adivinado de una ciudad a la que inevitablemente volver es imposible porque se trata de un país que visto de lejos tiene el mismo efecto que el mundo del cine.
En la misma carta, por ejemplo, una de las últimas enviadas por Puig en 1983 define al mismo tiempo el cine y la argentinidad:
“el mundo del cine es el horror”
dice; y en una de sus pocas opiniones sobre la sociedad argentina sentencia:
“la cuestión es que ya está claro, vuelve el peronismo y todo igual, es un pueblo maldito por el destino.”
Maldición eterna (porque siempre es todo igual) y horror frente al mismo mundo que lo alimenta y sobre el cual interviene de modo definitivo. Puig no cesa de tomar distancia frente a sí mismo, frente a la nacionalidad y frente al cine. Procedimiento incesante en su obra que leída desde estas cartas podría nombrarse como el de “toma de distancia radical” o “escritura de los extremos”. Se trata de poner en contacto con tenacidad dos elementos enfrentados y hacerlos colisionar en un acto de experimentación como si trabajara con químicos en un laboratorio para probar las dimensiones del estallido: Nombrar el centro de la cultura desde la periferia absoluta del pueblo de provincia; someter la vida infame de un preso al glamour irrestricto y el lujo caprichoso de una diva de Hollywood; hacer hablar a la vejez como si se pudiera, en el lenguaje travieso de la infancia; finalmente, poner el mundo de lo visual al servicio de un régimen estrictamente verbal. En ese acto de etnografía experimental y de escritura de los extremos, Puig encuentra su lengua perfecta y su forma de incluirse a la fuerza en la literatura argentina. Nunca ocupando el mundo de lo semejante y siempre asociando opuestos irreconciliables.
Robadas al tiempo y a la nostalgia de un país soñado, estas cartas de Puig nos iluminan como una estrella distante. Nos imponen incesantemente un régimen de lectura extremo. En medio de sus negocios, de sus planes de viajes y de sus interminables listas de películas olvidadas que Coco persigue por el mundo con el afán de un coleccionista de joyas, se cuela su presencia siempre perturbadora, siempre inquietante y siempre feliz.
El nos trata a nosotros en su epistolario del mismo modo distante y arrebatador que las actrices de Hollywood lo tratan a él cuando se instalan en su casa, cuando se vuelven parte de la vida cotidiana. Después de adquirir la maquina de video y al iniciar su proverbial colección de cine: dice como si se tratara de invitadas en su habitación:
“Me parece mentira, de golpe ver aparecer a Hedy Lamarr ahí en la pieza.”
Inevitablemente, el video genera un plus de realidad sobre la vida cotidiana de la televisión Hedy Lamarr entra a su dormitorio porque es el modo más perfecto en el que la ficción se realiza, se convierte en realidad en la vida de los espectadores, interviene y dialoga son nosotros como si sus personajes fueran parte de una familia querida que invitamos a compartir nuestra vida.
Las cartas de Manuel Puig, retazos de su vida y laboratorio de sus investigaciones sobre la proximidad y la distancia se pueden leer como si tuviéramos a Coco ahí, en casa.

[Texto leído en la presentación de Querida Familia: Tomo 2, en la galería Appetite.]

sábado, noviembre 25, 2006

Demasiado lejos

El escándalo golpea nuevamente a las puertas de Entropía: juzguen e impugnen ustedes mismos la presentación de las cartas de Puig en Appetite mediante estas imágenes captadas in situ.
Nosotros entendemos (ahora, demasiado tarde, lo entendemos) que esto no es literatura.




lunes, noviembre 20, 2006

Puig como cinéfilo

Por Quintín [para Diario Perfil]

"No sé qué habré hecho de malo que caí a ver El proceso que tendría que llamarse El castigo, qué asco, pobre Kafka, qué traición, ese Welles es un gran boludo." La correspondencia de Manuel Puig recopilada en los dos tomos de Querida familia abunda en referencias cinematográficas. De hecho, el libro incluye un índice con las películas mencionadas y el cine es uno de los temas recurrentes de las cartas, donde se alterna con otras obsesiones de Puig como la preocupación por su carrera y la pasión por la ropa y los viajes.
El descubrimiento de la vocación literaria de Puig es una leyenda con final feliz, una historia de patito feo, de crisálida transformada en mariposa. En 1956, a los 24 años, Puig viaja a Roma con el fin de estudiar dirección de cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Al cabo de unos meses, abandona la institución pero se traza el objetivo de ingresar en la industria del cine como guionista. Su estadía europea se prolonga por varios años, y allí, mientras trabaja subtitulando o lavando copas, escribe guiones que intenta vender sin éxito. Hasta que un día, haciendo un ejercicio de construcción de un personaje, la voz fantasmal de una tía le dicta veinticinco páginas. Así nace La traición de Rita Hayworth, la primera novela de alguien que no era un gran lector ni se había imaginado escritor pero que, recorriendo el camino inverso de tantos literatos encogidos a guionistas, terminará teniendo un reconocimiento enorme en el campo de la literatura. Las cartas son el testimonio más cercano de esa evolución.
Es sabido que Puig se inicia como espectador en compañía de su madre en las tardes de General Villegas, que ama sobre todo las viejas películas y la performance de las actrices, pero el lector de la correspondencia se sorprende un poco al comprobar que los apasionamientos juveniles de Puig pasan por cuestiones tales como la defensa de Gina Lollobrigida sobre Sophia Loren ("Esa vaca"). La especialista Graciela Speranza afirma que, durante esos años, Puig "revé decenas de clásicos de Hollywood pero vibra también con los nuevos filmes de Antonioni, Fellini, Bresson, Bergman, Resnais o Godard". Las cartas muestran casi lo contrario: a cambio de algunos tibios elogios para Bergman o Resnais, el escritor se indigna con Antonioni ("La aventura, muy repetida y pedante", "El eclipse, una lata que no termina nunca") y con Fellini: "8 ∏, algo que no tiene nombre, tan estúpida, pesada, intelectualoide, pretenciosa, creo que es la peor película que he visto en mi vida". En cuanto a Godard, Sin aliento le parece "simpática y nada más". Tras elogiar Vivir su vida y El desprecio, cuando llega Masculino femenino es lapidario: "Es IMPOSIBLE, se le fue la mano en la forma, lo peor de todo es que aburre bestialmente". En cuanto a los clásicos, Puig asiste al estreno de The Searchers de Ford ("Me fui en la mitad"), Elena y los hombres de Renoir ("Pésima, mamarracho imperdonable"), Sed de mal de Welles ("Está completamente reblandecido"), Un rey en Nueva York de Chaplin ("Es algo lastimoso, no podría ser más estúpida y desagradable").
En plena época de la política de los autores, Puig sigue hablando de las películas "de" Marlene Dietrich o de Ingrid Bergman. A veces acierta con un film y es capaz de advertir, contra la opinión general, que Marilyn Monroe o Robert Mitchum son buenos actores. Pero, normalmente, prefiere Marcelino pan y vino a Lola Montes y Doce hombres en pugna a Vértigo ("El último mamarracho de Hitchcock"). Tal vez lo más discutible del gusto cinematográfico de Puig no sea el cholulismo sino su apuesta al entretenimiento, a la eficacia y el profesionalismo, los valores de la crítica más reaccionaria.
El escritor que sostenía esa mirada populista sobre el cine es hoy central en el canon de las letras argentinas. Admirada y copiada, su obra es sinónimo de literatura de vanguardia. ¿No hay aquí un pequeño misterio?

jueves, noviembre 16, 2006

Appetite por Entropía






















Presentan el libro: Ariel Schettini y Graciela Goldchluk
Performance/ Dirección artística: Matías Umpierrez
Asiente de dirección: Macarena Albalustri
Vestuario/ Peinado/ Maquillaje: Catalina Rautenberg

Actrices Invitadas: María Marull, Eugenia Capizzano, Maru Sussini, Karina Roldan, Felicitas Luna, Delia Folgueira, Eugenia Mercante, Macarena
Albalustri, Susana Tale, Paula Pichersky, Carolina Martin Ferro, Paula Travnik, Alejandra Maidana.
Agradecemos a Ariel Cusnir por ofrecer su obra "Casi" como lugar de encuentro.

Galeria Appetite

lunes, noviembre 13, 2006

Radar Puig

El cartero llama dos veces

Por Juan Pablo Bertazza

Del tríptico de cartas familiares de Puig, este segundo tomo reúne doscientas treinta y cinco misivas que envió el escritor desde Nueva York de 1963 a 1967, y desde Río de Janeiro de 1980 a 1983. Con una fuerza narrativa similar a la de las cartas europeas, el presente epistolario comienza a trazar la consagración de Puig, desde que pule los capítulos de La traición de Rita Hayworth hasta las realizaciones cinematográficas de sus primeras novelas.
El primer tomo de Querida familia empezaba con la romántica partida en barco a Europa en 1956 con el ingenuo objetivo de hacer contactos a lo loco para poder consagrarse como director de cine; pero esta segunda parte marca el paso hacia su madurez como escritor cinéfilo. Ya con la experiencia, mucho más afín a su literatura, de un turbulento viaje en avión (lo cual se hará recurrente con un puesto en Air France), y ayudado por el propicio escenario de Nueva York, Puig se vuelca a escribir con estrategias más productivas, al tiempo que va tomando una confianza creciente en su prosa. Aunque siempre que habla bien de sí mismo, enseguida se burla con la frase qué plato, como si todavía no pudiera soportar el peso del éxito: “Para ellos [los responsables de la editorial Gallimard] soy ya una realidad luminosa, un astro en el firmamento literario, qué plato”.

[sigue aquí]

lunes, noviembre 06, 2006

Exaltación de lo cotidiano

Por Gloria Nozal [La Nueva Provincia]

Ignacio Molina construye en este libro de sugerente título un escenario propio, que tal vez sea el de muchos; el de una vida en Buenos Aires, la de amigos y compañeros. Privilegiando los simples hechos cotidianos, lo que daría sólo sustento para otros y en él es leit motiv, único tema central: levantarse, desayunar, hacer una compra, tomar un colectivo y que cada cosa común se torne por el arte de su reiteración, su moroso deambular por y ello y nada más, en argumento, nudo, y diálogos, así como también descripciones, las que convergen en ese mismo universo sin crescendos ni desenlaces insólitos y que constituyen trama, fondo.
Ese insistente andar de cada día, sin suspenso, sin reflexiones, donde los seres parecen entregados al sino monocorde demarcado por quién sabe qué, como una suerte de marionetas, va creando un estilo particularmente distinto. Deliberadamente ostentosa, la valorización de lo común, de una simpleza sin planes expresados, sin pensamientos o monólogo interior, con sólo diálogos que también constituyen meros hechos diarios, va creando una personalidad despojada, monótona.
Los personajes son jóvenes en sus estudios, trabajos, comidas, y los diálogos están dados por lo inmediato de sus movimientos: "El jueves a la noche, desde el umbral de su cocina, Gonzalo le mostró a Nahuel una botella de vino y le preguntó si en su departamento no tenía un sacacorchos. –No sé. Pero sino podés mandarlo para abajo con alguna... –Che, vago –lo retó Camila palmeándole la espalda–. Andá, yo vi que tenés en los cajones. "De la página 163: "Un atardecer, al salir de la biblioteca, me puse a leer el folleto publicitario de unas jornadas literarias sobre narrativa argentina que, des¬pués de obtener mi permiso, un estudiante universitario había pegado en la cartelera de la entrada." Deducimos de estas meras acotaciones, formación, estudios, lo que constituye apenas un detalle orientador, casi dado por descuido del protagonista. Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de los escritores, voluntariamente apartado de todo asunto intelectual, Molina retoma el universo de su derrotero de hechos simples, de una chatura que no puede menos que caer dolorosa y que en él es oficio consolidado, que enarbola como sello distintivo.
Sin duda, Los estantes vacíos es una depurada muestra del estilo notable y vigoroso de este escritor que, pintando su universo juvenil, logra su objetivo, el que para nosotros sería aciago si fuera algo más que una realidad retratada por la literatura. Si fuera la vida real de los jóvenes de ahora. Sin signos que apunten a algo intelectual y espiritual, y a la vez tan natural que no se puede dudar de su realismo. Sólo la música, mencionado en ocasiones, emerge como algo más trascendente o conmovedor.
Por lo distinto, por el destacado manejo de la simpleza de las cosas, que lo hace asemejarse a algunos clásicos rusos, Ignacio Molina ha creado una obra de relieve, que aparece en el movimiento actual con un sello particular de búsqueda, de intención de mostrar la realidad sin eufemismos, valorizando así de paso cada acto humano, sin que sencillez o banalidad aparente lo distraigan de su camino, el de la vida y sus actitudes insertas en la rutina de una gran ciudad.
Surge de esto una especie de estilo, por así llamarlo, que siendo literario se aparta de lo común, haciendo destacable lo mínimo, llamando la atención sobre las formas de las cosas más que sobre las cosas. Más lo visible y palpable que los sentimientos, decisiones, pensamientos; todo lo que constituye la superficie de las cosas más que su canal conductor.
En este mundo del autor los seres no parecen pensar, sino que son llevados a cumplir sus ocupaciones sin cuestionamientos y toda otra motivación que anime y vivifique sus desplazamientos y actitudes, parece voluntariamente apartada, como si la misma gran ciudad se encargara un poco de deshumanizar a sus criaturas, llevándolas una y otra vez a los mismos encuentros en una suerte de danza ritual, donde seguramente el hondo significado de los hechos quedará oculto, inadvertido.

miércoles, noviembre 01, 2006

Cartas americanas

por Jorge Ariel Madrazo [El arca digital]

En estas mismas páginas se comentó la aparición del primer tomo de esta radiografía íntima de Manuel Puig; el que reunía las llamadas "cartas europeas" del autor nacido en General Villegas. Bullía allí el fervor de los comienzos literarios, el acercamiento al cine y a sus figuras fundamentales –sobre todo, durante la permanencia en Italia y más exactamente en Cinecittá–, los primeros contratos, las promesas y desilusiones.
En el Prólogo de este segundo volumen Graciela Goldchluk, compiladora y autora de las notas, señala que si aquellas cartas enviadas desde Europa narraban una suerte de novela de iniciación, estas otras doscientas treinta y cinco que Puig envió a su familia entre 1963 y 1967 (cuando vivía en Nueva York como escritor que trabajaba en un aeropuerto a la espera de ser publicado) y entre l980-1983, cuando ya consagrado residió en Río de Janeiro abocado a traducciones y adaptaciones cinematográficasde sus obras, marcan un cambio crucial en el autor de La traición de Rita Hayworth. Puig está ya seguro de su escritura, vista por él como un don: "Leí por orden la novela (no la pude terminar porque al final se juntaron muchos paseos) y me produjo una impresión REGIA; modestia aparte, me parece que me tocó la varita mágica."
Esta correspondencia incursiona en todo: se inicia en Nueva York y despliega desde problemas de dinero a la búsqueda de vivienda, sus proyectos literarios, el trabajo, la compra de un camisón o una blusa para su madre, las incontables idas a cine o al teatro que dan pie a juicios críticos muchas veces vitriólicos, sus "escapadas" a Alaska o Tahití... Se telefonea con Fellini, o revela que Goytisolo "se interesó mucho por mi novela", en alusión a La traición de Rita Hayworth y "me dice que está todo listo para el contrato con Gallimard", o bien: "El chisme se corre en París de que Sarduy y yo somos las dos revelaciones castellanas..." La editorial Jorge Alvarez lanzó por fin en el 58 aquella primera novela, con un éxito fenomenal que incluyó la edición por Gallimard y las reediciones en toda Europa. De todo eso y mucho más tratan estas cartas, que se reanudarán en 1980-83 desde Río: antes, Puig se había exiliado en México, huyendo de las amenazas de la Triple A. A fines del 83 su madre se instala cerca de él, en Leblon; en el 89 Manuel desea radicarse en México, el lugar elegido es Cuernavaca. Pero un paro cardíaco tras una operación de vesícula termina con su vida, el 22 de julio de 1990.
Fotos, un índice de películas y un glosario del dialecto parmesano usado por el escritor en muchas de sus cartas, completan este libro de valor excepcional.

lunes, octubre 30, 2006

Reseña bahiense

Los estantes vacíos

por Silvana Angelicchio [Ecodias, Bahía Blanca]

Definir su género, hacer un resumen de su argumento o perfilar su temática puede resultar un ejercicio tan elusivo como la propia lectura de Los estantes vacíos. Sin embargo, esto no es una objeción sino un halago, ya que la sensación de no hacer pie que proviene de los quince relatos que lo conforman resulta estimulante y atrapa al lector en su realidad enrarecida.
La geografía se reconoce como porteña, el tiempo como presente y cercano, pero siempre hay alguien que pide la hora o pregunta a gritos por una calle.
Los detalles son minuciosos, pero no tienen incidencia en las acciones que se describen.
Los personajes son recurrentes, protagonizan un relato y son comparsas en otro, mostrando el mismo hecho desde diferentes ángulos, pero no se los reconoce fácilmente. Sólo pinceladas cortas que van pintando un estado de ánimo generacional. Una indolencia que los protagonistas no reconocen sino vagamente: "Una madrugada de domingo mientras caminaba desvelado por el barrio, tuvo una sensación extraña. Durante unos segundos no supo de dónde venía ni hacia dónde iba, se preguntó qué hacía parado en ese lugar y para no perder el equilibrio, tuvo que apoyarse en un poste.", y se mantiene con rutinas, diversiones inmediatas o durmiendo.
El título proviene de uno de los relatos -definitivamente no son cuentos tradicionales cuando exponen poco, son todo desarrollo, y carecen de desenlace-, en el que un hombre registra que ha finalizado su matrimonio recién al ver vacíos los estantes de su biblioteca. Faltan los libros, entre los que ha escondido un mensaje que su ex podría no encontrar jamás. Un azar al que parece haber apelado el propio autor, con este atrapante trabajo.
Nativo de Bahía Blanca y afincado en Buenos Aires donde se desempeña como periodista y corrector, esta es la primera obra editada del joven Molina, que ya era conocido como blogger.

martes, octubre 24, 2006

Mockba cover

La inagotable imaginería entrópica no se detiene, claro. No ante el volumen de relatos de Diego Muzzio, Mockba, de próxima materialización.
Elegante y lúgubre, el color elegido es el negro, para solaz de los newtonianos, que siempre sostienen que sí, que se trata de un color.

[Como siempre, censuraremos los comentarios excesivamente laudatorios, que corroen la credibilidad de este globbspot.]

viernes, octubre 20, 2006

Contrataping

En un paso más hacia el vacío, ahora vamos a experimentar con la composición de la contratapa de “Opendoor”, de Iosi Havilio (novela de la cual ya apostillamos anteriormente los tres primeros párrafos, y un puñado de versiones de tapa).

Aquí un inicio posible cualquiera, y ya sigan ustedes:

Opendoor
Iosi Havilio

El desplazamiento entre la ciudad y el campo construye la dinámica básica de esta novela, un movimiento que transforma y amplifica los rasgos sensoriales en la indolente voz de su protagonista, una joven veterinaria [...]

miércoles, octubre 18, 2006

Molina lector

En el marco de su ciclo de lecturas itinerante, el Quinteto (Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Funes, Federico Levín, Ignacio Molina) se presentará hoy miércoles a las 20:30 horas en el bar "El viejo Belgrano", Amenábar 2363, ciudad de Buenos Aires.
Estamos todos invitados.

jueves, octubre 12, 2006

Cómo entretener a la familia

Una tardía reseña del tomo 1 de la correspondencia de Puig , en la página web de Punto de vista.

-------

Cartas... y más cartas: cómo entretener a la familia o el arte de querer a la distancia

por Adriana A. Bocchino


Las cartas europeas de Manuel Puig, cuidadosamente editadas por Graciela Goldchluk el año pasado, remiten a un autor, un escritor de novelas que todavía no sabe –sobre todo él no lo sabe-, que será un escritor de novelas. Lo que sí sabe es que está empeñado en meterse de lleno en el ámbito del cine y el espectáculo europeos.
Manuel empieza a viajar en barco hacia Europa el viernes 27 de julio de 1956, tan sólo con veintitrés años y decidido a ganarse el favor de maestros, directores, productores, actores y actrices, a fin de llevar adelante un sueño: hacer películas. Películas como aquellas que lo mimaron desde chico en el cine España de su General Villegas natal: primero, a los cuatro años, de la mano de su padre, Baldomero, para ver La novia de Frankestein y quitarse el miedo, y luego, casi a diario, de la mano de su madre, tanto sea para ver películas de todo tipo como buscar libros en la Biblioteca Municipal que funcionaba en el mismo edificio, en el piso de arriba.
El viaje se realiza para seguir la carrera de dirección cinematográfica en el Centro Sperimentale di Cinematografía di Roma. Puig nunca llega a ser director de cine pero las cartas que empieza a escribir desde el primer momento que pone un pie en el barco, la primera fechada a los tres días de haber zarpado, devuelven a la familia, a su madre, una novela -una película, tal vez- como ellos deseaban sea vivida por Coco. Manuel Puig firma estas cartas familiares con la intimidad del sobrenombre, un perfecto desconocido para quienes serán luego los lectores de sus novelas. Y si bien resultan familiares e íntimas también a los lectores de sus novelas futuras le ofrecen otra novela -la póstuma arriesgará su prologuista: una novela de formación para dejar paso a una de iniciación, en la que el protagonista nos cuenta su viaje, sus diversas estadías, los paisajes que más lo conmocionan, las personas que definen, por la positiva o la negativa, sus gustos, su estética, los amigos y las amigas, pero sobre todo, fundamentalmente, las películas, los espectáculos, la ópera, la danza... Metidos en diagonal entre Coco y su familia, los lectores hacemos también el viaje.

[sigue en Bazar americano]

martes, octubre 10, 2006

Laboratorio

Estamos convencidos de que con este material (polaroids tomadas por SMD en Moscú y Barcelona) alcanzaremos el cenit del book-cover design. El libro se llama Moskva, y es un volumen de relatos de Diego Muzzio, excelente compañía para el libro de Molina, hasta el momento único bajo la nomenclatura:
_cuento

viernes, octubre 06, 2006

Adaptation

Río, lunes 22 de marzo 1982


Querida familia:

Primera carta de la nueva tanda. Hoy una semana que se fueron, acá todo más o menos controlado, el Zacharías está cuidando el 107 así que eso no me preocupa. El teatro bien, dieron los premios Molière, los más importantes de teatro del año, y Rubens Corrêa ganó el mejor actor.
Lo malo de la semana fue la llegada del guión “pasado en limpio” por De la Torre. Una verdadera catástrofe. Cortó cosas y puso otras al tun tun, hoy habló por teléfono y me le mostré absolutamente decepcionado, se pegó un susto y quería venir hoy mismo en el avión de las tres pero lo frené... hasta mañana, ahora lo voy a llamar a cobrar para tratar de disuadirlo de que venga, es un cabezón y basta ¿para qué más discusiones? si total sale haciendo cualquier burrada. Es algo de no creer lo que quedó del guión, al sacar cosas no se entiende nada. Una lástima. Yo le voy a pedir que saque mi nombre de la adaptación y basta. Qué se le va a hacer, total nadie va a ver el bodrio fuera de la Argentina, y allá me sirve de propaganda, y hasta es capaz de tener éxito de público. Pero yo no quiero tener nada que ver. Será la última vez que me meto con él, es increíble.
Bueno, a otra cosa. El otro bodriero, el Babenco, sigue con la cuestión de la mujer araña, dice que no descarta el otro argumento del bígamo pero sigue con esta cuestión. Conversamos una tarde sobre la película de la mujer araña y dijo tantos disparates que quedé planchado ¡qué redoblona de burros! Acá para colmo un calor asqueroso que empezó el día mismo que se fueron, se la salvaron.

Besos y cariños

Coco_

jueves, octubre 05, 2006

Daniel, contratapista

A partir de este paratexto, que gentilmente robamos a Daniel Link para la contratapa de "Querida familia 2" (y cuyo evidente punch marketinero triplicará las ventas del mentado volumen), surge el siguiente intercambio de opiniones:

Comments:
pregunta:

¿Sólo el diario de ellos interesa pq es utilizado como motor de obra?
acaso no es ir incontra de la idea de literatura menor y canonizar su fuerza. A lo mejor lo que digo es una boludes atómica , ya que se trata también un poco de públicidad y de arenga, así que mis disculpas. Pase, leí y dije lo que pensé.
dam
# posted by guacha editora : 1:47 PM

Ehhhh, creo que el texto no habla de diarios, sino de cartas.
El texto aparece en una contratapa, pero fue publicado en otro lugar como artículo (a propósito del tomo anterior de cartas de Puig), de modo que no es, estrictamente hablando, un texto de circunstancia.
El problema de la "obra", naturalmente, supone el problema del "autor". No tratándose de ciencia, sino de artefactos culturales, es necesario que haya "obras" y "autores". De otro modo, ni siquiera una polítcia contracanónica sería posible.
Saludos
# posted by linkillo : 3:38 PM

martes, octubre 03, 2006

Sarcasmo

Ahora la gente de la revista La Nación, con justa intertextualidad, se mofa de nuestro extravagante estilo contratapístico, a la hora de empastillar “Los estantes vacíos”.

lunes, octubre 02, 2006

No voy en tren, voy en avión

[Suplemento Cultura del diario Perfil, por Juan Terranova]

Se acaba de editar el segundo tomo de la profusa correspondencia que el genial escritor argentino mantuvo con su familia. Si en la primera entrega el joven Puig miraba el mundo con arrogancia, ahora se lo reconoce entre los paisajes de Nueva York y Río de Janeiro, practicando el turismo relámpago, preocupado por las traducciones de sus libros y deslumbrado por el formato VHS que le permite ver cientos de películas, y copiarlas, sin salir de su casa.

Sigue aquí

martes, septiembre 26, 2006

Resentimientos

Sabemos que el segmento infanto-juvenil no se nos da bien.
Que la sección ”Libros” de Rollingstone es una microscópica broma es algo aceptado, pero la edición argentina de Les inrockuptibles nos produce un especial fastidio con su amable manera de soslayarnos. Pastillas. Pastillas. Pastillas.

jueves, septiembre 21, 2006

Solidaridad corporativa

Flaco favor le hacemos a la editorial de Romana, difundiendo esta gacetilla de prensa entre los tres o cuatro lectores que aún conserva este aletargado glob.

(Nosotros, se entiende, no pensamos ir.)

---

Queridos amigos, este viernes 22 de septiembre a las 19 hs. Sigamos Enamoradas lanza sus dos nuevos libros: Ruego por el Tornado, de Osvaldo Bossi, y Paisaje Oblicuo, de Diego Bentivegna. Los presentarán Nicolás Peyceré y Paula Jiménez y habrá un vinito para brindar y música acompañadora.

En la Biblioteca Leopoldo Lugones de Belgrano, La Pampa 2215 (entre Vuelta de Obligado y Cuba) a pasitos del subte D.

Ojalá puedan venir. Un beso.

Romana.

miércoles, septiembre 20, 2006

Abandon all hope...

¡Ay, Destino de Moisés! Morir, exhaustos, a las puertas mismas de la Tierra Prometida...
Cómo son, eh: primero nos ofrecen una caja PAN, y ahora pretenden que celebremos el raquítico banquete sobre porcelana de Limoges, que desempolvemos nuestra cristalería Riedel... ¿Como qué deberíamos estar habilitados, exactamente? ¿Como manipuladores de manuscritos canónicos? ¿Como ingenieros en estiba de resmas impresas? ¿Como operadores culturales? ¿Como local bailable clase C? Horror, el horror...

Ansiamos, de todo corazón, que la inteligencia del burócrata (¡es hielo abrasador, es fuego helado!) haga la vista gorda sobre este enojoso e incumplido ítem de nuestra solicitud. Gracias.

----------

Estimados,

Nos dirigimos a ustedes para informarles que ya han pasado la etapa de la evaluación económica financiera, y ahora van a pasar al jurado.
Debemos informarles que es un requisito excluyente para la obtención del subsidio tener la habilitación municipal correspondiente o inicio de tramite. Es por ello que debemos avisarle que en caso de que el jurado los elija como beneficiarios tendrán indefectiblemente que presentar la habilitación o inicio de tramite. Cabe aclarar que al momento de conocerse la decisión de dicho órgano van a tener un plazo de 7 días para cumplir con ese requisito.
Les solicitamos por favor nos confirmen la recepción de este mail.

Saludos cordiales

Evaluación de Proyectos
Centro Metropolitano de Diseño
Subsecretaría de Industrias Culturales
Ministerio de Producción
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

martes, septiembre 19, 2006

Así se lee Semana

Así, en un ámbito de austeridad y tabaquismo.
El lector puede también echar mano a alguna bebida de alambique, como el bourbon, la maltodextrina o el petróleo.

viernes, septiembre 15, 2006

Iosi 3

Si alguien tiene alguna imagen cualquiera que se le ocurra para la tapa de la novela de Iosi Havilio, nos la envía a unsolparahavilio@hotmail.com

miércoles, septiembre 13, 2006

Opendoor (The Twilight of the Ice Nymphs)

Luego del frontal repudio a las presencias bovinas, decidimos dar un golpe de timón y reemplazar al ganado por la imagen de un galpón de carpintería en la colonia psiquiátrica Cabred, en Open Door. Fotos (al igual que la de las vacas) que datan del año 1906, lo cual las convierte en centenarias... Pero claro, que saben ustedes de todo esto, que aún no tienen la chance de leer la novela de Havilio; y, que como sigan entorpeciendo nuestro trabajo con sus arbitrarias críticas, nunca leerán.

lunes, septiembre 11, 2006

Opendoor

En avanzada de la novela de Iosi Havilio, ahora tenemos una versión preliminar de tapa. Sin la debida autorización de las damas presentes en el collage, trámite que está en progreso, nos atrevemos a la exposición temprana, en busca del siempre fértil feedback que ustedes, lectores y comentadores, de seguro, nos brindarán, en avalancha.

viernes, septiembre 08, 2006

Puig en stock

Con un peso total de 8 quintales métricos, la llegada del tomo 2 de la correspondencia de Manuel Puig ha limitado de manera drástica nuestra libertad de movimiento.

miércoles, septiembre 06, 2006

Canecalón

[Por Juan F. García, Canecalón, número doce]


Sala de lectura

“...Quizás sea bueno pensar en libros que por sus antagonismos nos deparen la inigualable fortuna de gozar leyendo. De cierta intraducibilidad en reseñas críticas. Cruces. Pienso en El discurso vacío de Mario Levrero (Interzona, 2006) y en Hidrografía doméstica (Entropía, 2004) de Gonzalo Castro.
El libro del inclasificable Mario Levrero discurre sobre la ritualidad de la escritura, sus imposibilidades. Y a su vez, el elemento autobiográfico trabajado en los bordes siempre sutiles, lábiles, de la pura ficción. El primer libro del joven escritor Gonzalo Castro, anima a una niña que descorre velos sobre la infancia y el paso previo a la adolescencia. De ritmo muy bien trabajado, esta primera novela no es deudora de nadie, no deshilacha las influencias y se sitúa cómoda en las novelas por venir, deudoras de su propia voz (como es la luminosa primera novela de Lucía Puenzo El niño pez (B. Viterbo. 2004)).

[...]

“...Leyenda. Literatura argentina: cuatro cortes de Daniel Link (Entropía, 2006) reclama un lector interesado en preguntas sobre la literatura argentina a partir de cortes periódicos que, en el orden social y politico, enlazan peronismo, postperonismo, dictaduras, democracia, los 90 y después. Y en ese entramado, Link lee las líneas fundamentales de las escrituras locales. De ardua lectura, de inteligente pluma que sopesa los desvaríos de la teoría con la justeza de una cita.”

martes, septiembre 05, 2006

Coming Attractions

[fragmento de Opendoor, de Iosi Havilio]


Open Door no se dice siempre igual. Algunos dicen ópendor, y otros opendór. Eloísa dice ópendor, Boca y Jaime, opendór. Yo todavía no me decido. Depende del momento, y de quién tenga enfrente. En general digo ópendor, pero la verdad es que no sé cuál de las dos me gusta más.

El almanaque que cuelga de la manija de la alacena atrasa. Nadie arranca las hojas desde el dos de marzo y estamos a veinte o diecinueve de abril, ya ni sé. No tengo a quién preguntarle. Es bien de noche, deben faltar unas pocas horas para que amanezca. Jaime ronca en el cuarto, no es un ronquido fuerte pero sí persistente, que nunca se apaga. A veces crece, va del agudo al grave, se enoja, después se apacigua, pero enseguida recobra aliento y se acelera. Cuando no ronca, silba, y cuando no silba sopla. De alguna manera habla, dice cosas en ese idioma básico y universal, cosas difíciles, fragmentos de algo que Jaime lleva bien adentro, en las entrañas, y suelta de noche sin hacerse cargo, para que yo lo escuche, y lo comprenda un poco más, o para que empiece a despreciarlo. Estoy desvelada por completo y más proclive al odio que a la comprensión.
Ahora, en la cocina, trago sorbos de ginebra para poder dormirme. Entonces me fijo en este almanaque que nunca había notado hasta hoy y cuyas hojas nadie saca desde hace tiempo. Arranco una por una, del dos de marzo al diecinueve de abril. Estoy a punto de hacer un bollo con todos los días y tirarlos al tacho de basura pero un descubrimiento me detiene. A cada hoja le corresponde una frase entrecomillada al dorso de la fecha. Están firmadas por personajes célebres, escritores, artistas, filósofos, estadistas, hombres y mujeres notables, a primera vista muchos más hombres que mujeres. Algo así como una consigna para encarar el nuevo día. Algunas son confusas o están mal traducidas, las más proponen conductas impracticables, hay proverbios chinos, refranes criollos, versículos bíblicos, fragmentos de la literatura universal. Uno de los temas más recurrentes es la codicia. Otro es la relación entre cuerpo y alma.
Retengo dos citas, una por ingeniosa, la otra porque me deja pensando. La primera es de Schopenhauer, al menos el almanaque se la adjudica, y dice: “La mujer es un animal con cabello largo e ideas cortas.” Horacio firma la otra: “No sacar de la luz humo, sino humo de la luz.” Me encanta, no sé por qué.

lunes, septiembre 04, 2006

Conductas

Del autor: Romina Paula
De la clasificación: Ficción y Literatura / Novelas / Argentina


Clientes que compraron “¿Vos me Queres a Mi?” también compraron

Breve Historia de la Filosofia Occidental
Dos Novelas Cortas
La Guerra de los Mundos
Matematica...¿Estas Ahi? Sobre Numeros, Personajes, Problemas y Curiosidades
El Lago


Clientes que compraron libros de Romina Paula también compraron de

Bordelois, Ivonne
Lewis, C. S.
Allende, Isabel
Mastretta, Angeles
Serrano, Marcela


[Tomado de Tematika.com, el sitio de venta por internet de Yenny)

viernes, septiembre 01, 2006

Entropía random

Ahora tomamos Todo esto será tuyo, de Augusto Bianco, y leemos este fragmento:

[...]
Siempre en el centro de las lentes con el logo de TUC refulgiendo en los pectorales, asaltó aviones secuestrados, recuperó ministerios, embajadas, teatros, cárceles tomadas, disolvió y encabezó manifestaciones, despejó piquetes, barricadas, depuso dictaduras, repuso democracias y copó países delincuentes sin nunca comprender qué parte de la misión cumplía consciente y en cuál soñaba.
Cuando descendió a los sumideros de Nueva York a convivir con los hombres-rata, comentó ante las cámaras: “No hay formas de vida indignas”, pero en la transmisión del Primer Canal Mundial se perdió la palabra “no”. Cuando enviado en misión a los países más atrasados denunció las inhumanas condiciones de vida y de trabajo, en el doblaje apareció arengando a los operarios a seguir su ejemplo y superar día a día los límites de la productividad humana. Cuando se hizo disparar a cañón una bola de acero en el abdomen para apoyar la campaña de reclutamiento militar, salivó ante las cámaras: “¡A esto y mucho más hay que estar dispuestos para defender a la patria!” Pero no era lo que había dicho. Cuando logró la rendición de un grupo insurgente que operaba desde el interior de un volcán al que hacía aparecer en actividad mediante el simple artilugio de echar humo por el cráter y exaltó la generosidad de aquellos que encontraron en la lucha por los demás su objetivo de vida, en las pantallas del globo apareció acusándolos de masacres inventadas. Cuando en su carácter de justiciero global se apersonaba en las aldeas más remotas y recibía en audiencia denuncias contra “los ricos que nos quitan las tierras, desvían ríos, manipulan la atmósfera y cercan el mar”, en sus contestaciones mediáticas aparecía anunciando indemnizaciones que cuando se cumplían sólo servían para perpetuar ese estado de cosas. Cuando a solicitud de las corporaciones asociadas viajó a los países inviables y se inflamó de indignación ante las políticas esclavistas, en las pantallas del planeta esa indignación persistía pero dirigida tanto contra el neocolonialismo del pasado como contra las rebeliones del presente que impiden el acceso a los beneficios de la civilidad globalizada.
–¡Sólo la fe en la ciencia y el progreso sustenta! –se lo oyó pregonar protegido por un campo magnético entre falsas bandas de música falsos indígenas y falsos pordioseros en medio de insultos explosiones y pedradas mientras su secretario se esforzaba en seguir las instrucciones por citófono.